LA
FUNDACIÓN DEL CALIFATO HAMMUDÍ, EL CALIFATO OLVIDADO DE AL-ÁNDALUS
Pocas dinastías han sido tan injustamente
menospreciadas e infravaloradas en la historiografía española y de al-Ándalus
como la dinastía hammudí. De hecho, si buscas en YouTube ni siquiera te aparece
un solo vídeo sobre ellos. Los hammudíes eran una rama de la dinastía idrisí,
que gobernó numerosas ciudades y regiones de Marruecos entre los siglos VIII y
X. Esto significa que los hammudíes eran una dinastía árabe descendiente
directa de Alí y Fátima, y, por tanto, del profeta del islam, Muhammad. Es falso,
entonces, que fueran bereberes o árabes berberizados, acusaciones hechas para
no romper con el esquema simplista de dividir a los gobernantes de taifas en
andalusíes, bereberes y saqaliba.
Cronología de la dinastía hammudí, por María
Dolores Rosado Llamas.
Aclarado esto, la primera vez que las fuentes
mencionan a Ali ibn Hammud y su hermano mayor al-Qasim es en junio de 1010,
cuando lograron abandonar al-Ándalus tras el descalabro en la batalla de El
Vacar y se apoderaron de Ceuta. Más tarde, reaparecen en 1013 entre los
conquistadores de Córdoba al servicio del califa al-Musta’in. Como he dicho,
Sulayman reconoció el control hammudí sobre ambas orillas del Estrecho de
Gibraltar, incluyendo Ceuta, Algeciras, Tánger y Arcila. Los cronistas árabes
consideraron un grave error político por parte de Sulayman permitir que una
dinastía idrisí con legitimidad para reclamar el califato tuviera tanto poder.
Entre 1013 y finales de 1014, Ali ibn Hammud
acuñó dinares a nombre de Sulayman, aprovechando el control de Ceuta sobre las
rutas transaharianas que traían oro. Sin embargo, desde 1015, Ali comenzó a
acuñar monedas de oro y plata a nombre de Hisham II, presentándose como su
heredero. ¿Qué había ocurrido? Según los hammudíes, durante el asedio a
Córdoba, Hisham II habría enviado una carta a Ali ibn Hammud pidiéndole que lo
liberara del sitio a cambio de nombrarlo heredero en el califato. Muchos
historiadores contemporáneos se han apresurado a negar categóricamente este
hecho y lo consideran una falsificación de Ali para legitimarse.
Sin embargo, historiadores como Manuel Acién,
María Dolores Rosado Llamas, o Almudena Ariza se han encargado de rehabilitar
la memoria del Califato hammudí y defienden que es plausible que Hisham
ofreciera el califato a Ali. Primero, eso era la misma oferta que le había
hecho a Sulayman y que este rechazó. Ali servía a al-Musta’in, así que tal
ofrecimiento también hubiera tenido sentido para sembrar la división entre los
enemigos, igual que Hisham ya se intentó ganar el favor de Zawi ibn Ziri.
Ofrecerle el califato a alguien que no era un
omeya no hubiera sido excepcional en Hisham, pues ya lo hizo con Sanchuelo,
quien ni siquiera pertenecía a los Quraysh, como sí pertenecían los idrisíes.
Además, ningún otro pretendiente califal en la fitna se legitimó en la
existencia de una carta similar, lo que de nuevo da credibilidad a la supuesta
carta de Hisham a Ali. Desde el punto de vista islámico, Ali ibn Hammud estaba
perfectamente legitimado para reclamar el título califal por ser un miembro de la
tribu Quraysh y descendiente del profeta, y por el ofrecimiento de Hisham II de
nombrarle heredero.
Fuera verdad o no lo de la carta, muchos en el
Magreb y al-Ándalus lo creyeron y apoyaron su alzamiento contra Sulayman. Ali
ibn Hammud se rebeló en 1015 con el pretexto de querer liberar a Hisham II, ya
que muchos creían que no estaba muerto, sino encarcelado o recluido, como ya
había pasado en otras ocasiones. En la primavera de 1016, el fundador de la
dinastía hammudí, de 54 años, cruzó el Estrecho con la intención de llegar
hasta Córdoba. Primero, se apoderó de Málaga con el beneplácito de la mayoría
de su población.
Zonas de dominio directo hammudí, cecas, y
lugares del Magreb donde fueron reconocidos, por Alejandro Peláez Martín.
El principal apoyo del pretendiente hammudí no
eran los bereberes, pues solo consiguió el apoyo activo de los ziríes de
Granada, sino los saqaliba de Almería y Murcia liderados por
Jayrán. Sulayman apenas pudo ofrecer resistencia porque ya pocos amazighes le
apoyaban. Ali entró en Córdoba el 1 de julio de 1016 y exigió ver a Hisham II,
vivo o muerto. Desenterraron su cadáver y, al comprobar que estaba muerto, lo
enterraron junto a los emires y califas omeyas. Sulayman al-Musta’in fue
acusado de asesinar a Hisham y decapitado por el propio Ali ibn Hammud.
Después de esto, el hammudí fue proclamado califa
en el alcázar de Córdoba, símbolo de soberanía y fuente de legitimidad desde la
época emiral. Ali adoptó el sobrenombre honorífico del venerado califa Abd
al-Rahman III, al-Nasir. Era toda una declaración de intenciones para
presentarse como continuador del Califato omeya cordobés y como un gran califa.
Una cuestión interesante es si los hammudíes defendían el chiismo, una rama
minoritaria del islam que sostiene que solo los descendientes del profeta Muhammad
pueden ser califas.
En el chiismo, los hombres de religión tienen un
gran poder, y existen doctrinas religiosas y místicas que difieren del islam
sunní, el mayoritario. María Dolores Rosado considera que el chiismo hammudí se
limitaba a su legitimación dinástica por descender de Alí y Fátima. Por su
parte, Almudena Ariza cree que las monedas hammudíes muestran una influencia
chií mayor de lo aceptado generalmente. Quizás Ali y sus sucesores trataron de
equilibrar el sunismo de al-Ándalus con el chiismo dinástico hammudí y las creencias
chiíes y místicas heterodoxas, bastante extendidas entre algunos grupos
bereberes.
Pero volviendo a Ali ibn Hammud, este fue
reconocido como califa en buena parte del antiguo Magreb omeya y en el sur de
al-Ándalus. Lo reconocieron los ziríes de Granada, los bereberes de Arcos,
Carmona, Jaén, Morón, Ronda, Fez y Orán, e incluso los saqaliba que
gobernaban Valencia acuñaron monedas a su nombre. A diferencia de los omeyas,
que habían perdido sus bases de poder, los hammudíes contaban con dominios
directos. Ali puso a su hijo Yahya al frente del gobierno de Ceuta, a su hijo
Idris en Málaga y a su hermano mayor al-Qasim en Sevilla.
Por su parte, Jayrán regresó a sus tierras
almerienses descontento, ya que esperaba que Hisham estuviera vivo para usarlo
como califa títere. Poco después, probablemente comenzó a conspirar, aunque
inicialmente reconoció nominalmente a Ali ibn Hammud. Cabe destacar que el
califa Ali ibn Hammud es el primer soberano de al-Ándalus al que las fuentes se
refieren también como sultán, palabra que hasta ese momento aludía al poder en
abstracto, pero que comenzó a usarse como sinónimo de soberano en el mundo islámico.
Esto refleja que, desde hacía tiempo, la figura del califa fue perdiendo su
sacralidad original en el mundo islámico sunní y la autoridad del soberano
musulmán se veía de forma secular, de forma bastante similar a la de un rey
cristiano.
Los cronistas alaban la justicia de los primeros
meses de gobierno de Ali ibn Hammud. Presidió juicios y aplicó la ley islámica
de manera implacable contra las faltas graves, independientemente de si los
delitos eran cometidos por personas notables o humildes, bereberes o
andalusíes. Además, nombró al primer cadí de origen muladí de Córdoba, quien
permaneció doce años en el cargo a pesar de los cambios de califa. Se conserva
una carta dirigida a los habitantes de la provincia de Jaén, en la que Ali ibn Hammud
mostraba su comprensión por las molestias del pago del impuesto del grano en
especie y dispuso que el pago se hiciera en metálico, para ahorrar costes de
transporte a los vecinos.
Dinar de 3,21 gramos acuñado por Ali ibn Hammud
en 1016.
Otro aspecto destacable de los primeros tres
califas hammudíes es la excelente calidad de sus dinares y dirhams, que
mantuvieron la pureza característica de los mejores tiempos del Califato de
Córdoba. Los dinares hammudíes, acuñados principalmente en Ceuta, circularon
tan extensamente que incluso el condado de Barcelona comenzó a producir sus
propias monedas de oro, conocidas como mancusos, a imitación de las hammudíes.
Las buenas relaciones de los califas hammudíes con los bereberes magrawa y
gumara de Marruecos dificultaron que otros reinos de taifa accedieran al oro
sudanés y a la plata magrebí.
Sin embargo, la fitna del Califato de Córdoba
también tuvo efectos negativos en el Magreb occidental y central. Bajo el
régimen amirí, se había llevado a cabo un notable proceso de centralización del
poder político en el Magreb, pero el colapso del Estado omeya provocó la
fragmentación del poder. La decadencia del Califato hammudí en los años 1040 y
1050, junto con las conquistas almorávides en el Magreb, dificultaron el acceso
a metales preciosos, haciendo que la pureza de los dirhams de plata cayera del
70-80% a monedas de vellón con menos del 10% de plata en los peores casos.



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