jueves, 21 de marzo de 2024

ABU ALLAH

 

ABU ALLAH

‛Abd Allāh: Abū Muḥammad ‘Abd Allāh b. Muḥammad. Córdoba, rabī‛ II de 229 H. / I.844 C. – Córdoba, rabī‛ I 300 H. / 15.X.912 C. Séptimo emir omeya de Córdoba (independiente).

‛Abd Allāh era hijo del emir Muḥammad, fruto de su relación con la concubina ‛Aššār. Existen discrepancias en las fuentes respecto al momento de su nacimiento, pues Ibn ‛Iḏārī cita la fecha de rabī‛ II de 229 (enero 844), mientras que otras crónicas más tardías afirman que fue en 228/842-843. El emir ‛Abd Allāh es descrito por los cronistas árabes como un personaje piadoso, recto y justo, adaptado a los cánones del buen soberano musulmán.

Su acceso al poder se produjo en circunstancias algo especiales, debido a la muerte prematura e inesperada de su hermano, el emir al-Munḏir, en 275/888, poco más de un año después de su proclamación, cuando asediaba la fortaleza malagueña de Bobastro, sede de Ibn Ḥafṣūn, el más conspicuo rebelde contra la autoridad de los Omeya. El célebre polígrafo cordobés de época taifa, Ibn Ḥazm, formula de forma abierta la acusación de asesinato contra su hermano ‛Abd Allāh, quien, sostiene, acordó con el médico que lo atendía que pusiera veneno en el instrumental con el que había de sangrarlo para tratarle sus heridas. Tampoco se conoce la fecha exacta de su muerte, que algunas fuentes sitúan el 15 de ṣafar (29 de junio). En cualquier caso, ‛Abd Allāh no perdió ni un instante y, según la narración de Ibn Ḥayyān, exigió su inmediato reconocimiento como nuevo soberano a todas las autoridades presentes en el campamento, obteniéndola, al parecer, sin ninguna objeción ni resistencia por parte de nadie. Acto seguido, partió hacia Córdoba con el cadáver de su hermano, trasladado a lomos de camello. Tras los funerales del fallecido emir, que fue enterrado al lado de su padre, en el cementerio palatino de los Omeya, llamado al-Rawḍa y situado dentro del alcázar, se convocó una segunda ceremonia de proclamación, el día 17 de ṣafar (1 de julio), a la que, según el citado cronista, asistió buena parte del pueblo cordobés.

Se inicia a partir de ese momento la época de ‛Abd Allāh, que se inserta de lleno en el período conocido como la fitna, la primera gran crisis del poder omeya de Córdoba desde su instauración a mediados del siglo VIII con el triunfo de Abderramán I. Esta situación fue producto del surgimiento de numerosos focos de rebeldía contrarios a la dominación omeya, de los cuales el más importante fue, sin duda, el protagonizado por el citado ‛Umar b. Ḥafṣūn desde su fortaleza de Bobastro. De esta forma, los veinticinco años de gobierno del emir ‛Abd Allāh se caracterizan, sin lugar a dudas, por una gran inestabilidad política interna y por la ausencia de una autoridad fuerte de parte del soberano de Córdoba, a tal punto que, en esta época y en los momentos más graves de las revueltas, el poder efectivo del emir apenas superaba los límites del propio territorio cordobés, no habiendo, como afirma de manera expresiva un cronista anónimo tardío, ‘una sola ciudad que le obedeciera’. De esta forma, la actividad principal del emir se concentra en intentar conservar su escaso poder, más que en combatir realmente a los rebeldes. Una clara muestra de la desorganización que llegó a registrarse en la administración omeya durante la época de ‛Abd Allāh consiste en la interrupción de las emisiones monetarias a partir de 286/899 y durante casi treinta años, hasta 316/929, cuando la victoria de Abderramán III sobre los rebeldes quedó consagrada con la proclamación del califato. No obstante, pese a todo lo dicho, es cierto que nuestra perspectiva está muy condicionada por las fuentes, en especial por Ibn Ḥayyān, el mejor cronista andalusí, que se extiende en la descripción pormenorizada de los rebeldes, casi siempre cercanos a los territorios nucleares del emirato cordobés, mientras que dedica mucha menos atención a otras regiones que siguieron fieles a la obediencia omeya. Tal es, por ejemplo, el caso de la lejana Tortosa, en la que consta el nombramiento de gobernadores en los años 275/888-889, 278/891-892 y 280/893-894.

Los comienzos de la rebeldía se remontan al año 878-879, durante la época de Muḥammad I, y se registra en las regiones meridionales de Sidonia, Algeciras y Málaga. Esta situación de insurgencia generalizada contra los emires de Córdoba ha sido explicada en base a factores de diverso tipo. Para algunos autores, siguiendo las descripciones de las fuentes narrativas árabes, los motivos principales serían las rivalidades de tipo étnico que enfrentaban a la población indígena con los árabes. En cambio, otros investigadores minimizan o niegan la incidencia de los factores étnicos, que consideran un mero estereotipo acuñado por las propias fuentes, y explican los conflictos debido a problemas de índole social y económica, en particular la persistencia de señores de renta, de origen visigodo, que mantenían aún a mediados del s. IX sólidas bases de poder y se resistían a ser asimilados en el sistema tributario islámico. Los protagonistas de los diversos focos rebeldes son principalmente caudillos árabes o muladíes, mientras que, en cambio, los cristianos apenas aparecen mencionados, salvo en el caso de Ibn Ḥafṣūn, a pesar de que en esta época aún formaban una parte muy importante de la población. En efecto, algunos de los casos estudiados no confirman la caracterización étnica de las rivalidades y enfrentamientos que establecen las fuentes árabes. Tal es el caso de Pechina, donde a mediados del siglo IX los emires habían establecido una guarnición militar para prevenir posibles ataques vikingos. Junto a este centro militar árabe surgió un núcleo urbano integrado por elementos indígenas y de vocación marinera, dedicado al comercio y a la piratería. De esta forma, se desarrolló a finales del siglo IX la conocida como ‘república de los marinos’, una ciudad autónoma que se erigió en centro económico de gran relevancia.

El análisis de la terminología utilizada para designar a los rebeldes ofrece una variedad de grupos entre los cuales cabe destacar, al menos, los cuatro siguientes. Por un lado, los beréberes de las Marcas Inferior y Media, designados siempre por sus nombres tribales y encabezados por jefes que reciben la designación de ‘jeque’ (šayj). Otros son grupos de árabes que conforman linajes dirigidos por un miembro preeminente que recibe la denominación de ‘señor’ (ṣāḥib). El tercer elemento lo integran sociedades jerarquizadas con fuertes lazos de dependencia, tales como los Ḥafṣūníes o los Ŷillīqíes, asimismo bajo la dirección de caudillos designados como ‘señores’. Finalmente, hay también sociedades urbanas, que funcionan mediante asambleas o consejos, y a cuyo frente se encuentran un número variable de caudillos o arráeces. Los vínculos étnicos no resultan determinantes en la conformación de las alianzas existentes entre estos distintos grupos, ni tampoco los religiosos. Por otra parte, la conducta de todos ellos resulta bastante semejante y se basa en el saqueo y la depredación, aunque en algunos casos, como el de Ibn Ḥafṣūn y otros rebeldes, se da un paso más, imponiendo tributos a las poblaciones dominadas.

Resulta prácticamente imposible ofrecer una relación exhaustiva de las múltiples localidades, ciudades y núcleos fortificados, dominados por un jefe o señor local, así como de los ‘señoríos’ rurales autónomos que se mencionan en las fuentes y que conforman otras tantas células políticamente autónomas. Entre la multitud de situaciones de agitación y rebeldía que caracterizan esta época es preciso distinguir entre los poderes locales de escasa envergadura y aquellos otros de una dimensión más relevante, bien por tener como centro núcleos urbanos importantes o por haber logrado el dominio de extensos conjuntos territoriales. Entre los primeros podemos destacar el caso de Sevilla, que, a partir del año 889, fue el escenario de la disputa entre dos grandes linajes árabes yemeníes, los Banū Ḥaŷŷāŷ y los Banū Jaldūn. Las tensiones entre los distintos elementos implicados en aquel contexto condujeron en el año 891 a una gran matanza de muladíes efectuada por los árabes yemeníes, quienes a continuación se deshicieron del gobernador omeya de la ciudad y lograron controlar el poder. Poco más adelante, en 899, Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ eliminó a su hasta entonces aliado, Kurayb b. Jaldūn, y estableció una especie de principado que gobernó de forma independiente respecto a la soberanía de los Omeya.

El principal linaje muladí fue el de los Banū Qasī, de origen visigodo y sólidamente asentados en el alto valle del Ebro, territorio sobre el que desde comienzos del siglo IX ejercieron pleno control, si bien a partir de 890 irán progresivamente perdiendo poder a favor del linaje árabe de los Tuŷībíes, gobernadores de Zaragoza nombrados por ‛Abd Allāh. Pero, sin lugar a dudas, el papel protagonista durante esta época corresponde al ya citado Ibn Ḥafṣūn, el único rebelde que, por sí sólo, llegó a representar una amenaza real para la soberanía de los emires de Córdoba, no sólo desde el punto de vista político, sino también ideológico. En efecto, Ibn Ḥafṣūn buscó la asimilación con la figura de ‛Abderramán I, fundador de la dinastía omeya, en una actitud de reivindicación de la legitimidad de sus aspiraciones. No es casual que ciertos aspectos de su biografía coincidan con la del primer omeya, tales como las predicciones que aseguraban que llegaría a gobernar y el hecho de que ambos residiesen un período de tiempo en Tahert para luego pasar a la Península. La actividad de Ibn Ḥafṣūn comienza a registrarse desde el año 880, momento a partir del cual logra atraerse el apoyo de las poblaciones de las zonas rurales y montañosas de Málaga, predominantemente pobladas por cristianos y muladíes, quienes se adhirieron a él como forma de combatir la opresión de los árabes. El emir al-Munḏir estuvo, tal vez, en condiciones de acabar con este incipiente foco de rebeldía, pero, a su muerte, su poder se extendió de manera considerable.

En el momento del apogeo de su poder, Ibn Ḥafṣūn controlaba un extenso territorio con centro en la serranía de Málaga y que se extendía por parte de las actuales provincias de Málaga, Jaén y Córdoba, incluyendo el dominio de importantes núcleos urbanos de la campiña andaluza, como Écija y Poley (Aguilar de la Frontera), situados a apenas 50 km de distancia de la capital cordobesa. De hecho, una fuente magrebí anónima y tardía llega a señalar que Ibn Ḥafṣūn aparecía todos los días ante Córdoba sin que el emir, encerrado dentro de la capital, pudiera hacer nada para impedirlo. Su supremacía le granjeó el reconocimiento de otros rebeldes de zonas próximas, como Jaén e incluso Murcia, llegando a establecer alianzas con linajes árabes como los sevillanos Banū Ḥaŷŷāŷ. Asimismo, con el fin de consolidar su autoridad buscó la legitimación de diversos poderes islámicos extrapeninsulares, tales como el califato abasí de Bagdad (a través de los Aglabíes de Qayrawān, los Idrisíes de Fez y los propios Fatimíes). En realidad, parece claro que Ibn Ḥafṣūn no tenía un programa político muy definido, ni tampoco sus adscripciones religiosas eran muy estables: originario de una familia muladí, al parecer apostató de la fe islámica y volvió al cristianismo. No obstante, fue el más duradero de los insurgentes, ya que, aunque murió en 918, el núcleo de Bobastro no pudo ser sometido hasta 928, ya en época de ‛Abderramán III.

En realidad, aparte del ya citado caso de Ibn Ḥafṣūn, la mayoría de los poderes establecidos en los distintos núcleos y territorios no atacaron nunca de forma directa al emir de Córdoba ni cuestionaron su pertenencia a la comunidad musulmana. Al contrario, muchos de ellos, aunque ejercían el poder de manera independiente, buscaban el reconocimiento explícito de su legitimidad en la autoridad del soberano omeya. Uno de los casos mejor documentados a este respecto es el de Ibn Marwān al-Ŷilliqī de Badajoz, el cual, apoyándose en los muladíes de Mérida y del valle medio del Guadiana, logró gobernar sobre aquella zona de manera independiente, si bien ello no le impedía reconocer la soberanía del emir ‛Abd Allāh, a quien pidió el envío de personal cualificado para urbanizar la nueva ciudad según las pautas islámicas, procediendo a edificar mezquitas y baños. Por otro lado, pese al estado generalizado de anarquía política y atomización del poder, el emir ‛Abd Allāh siguió conservando cierta capacidad de actuación. De esta manera, en mayo de 891 pudo recuperar el control de Poley y Écija, lo cual le permitió salvar Córdoba, que ya no sería amenazada de forma tan directa, pese a que la revuelta de Ibn Ḥafṣūn aún subsistiría largo tiempo. Asimismo, en 283/896-97 encabezó otra campaña, esta vez sobre Murcia, acompañado por el caíd Ibn Abī ‛Abda. En otras ocasiones fueron sus hijos, principalmente Muṭarrif y Abān, los que encabezaron campañas militares destinadas a controlar a los rebeldes. Lo mismo indica la expedición llevada a cabo en 902 por un rico cordobés, ‛Iṣām al-Jawlānī, quien, a su costa, pero con la previa autorización del emir ‛Abd Allāh, organizó una expedición naval en nombre de los omeya con el fin de someter las islas Baleares a la soberanía cordobesa.

En el ámbito exterior, la época de ‛Abd Allāh, momento de máxima crisis política en al-Ándalus, coincide en la zona cristiana con el reinado de Alfonso III (866-910) como soberano del reino astur, que alcanza ahora su máximo apogeo, pues a la espectacular expansión exterior se añaden la culminación de la reorganización política y administrativa del reino así como los máximos logros alcanzados por el movimiento cultural iniciado en la capital ovetense por Alfonso II. Asimismo, en el ámbito musulmán es de enorme importancia en esta época la proclamación del califato chií fatimí en Ifrīqiya (Túnez) en el año 296/909. De esta forma, la decadencia política omeya se veía acentuada por el desarrollo de entidades situadas en ámbitos geográficos inmediatos y que suponían una indudable amenaza política, territorial e ideológica para el emirato cordobés.

La presencia de una dinastía chií que reivindicaba el califato en una posición geográficamente muy próxima a la península Ibérica constituía una clara amenaza a la legitimidad y soberanía de los emires cordobeses. De hecho, en el año 288/901 tuvo lugar un episodio que denotaba el peligro que implicaba la difusión de la propaganda fatimí. El escenario fue la zona de la Marca media, zona habitada predominantemente por beréberes, tradicionalmente muy sensibles a la propaganda religiosa. Allí encontraron apoyo las ideas de Abū ‛Alī al-Sarrāŷ, un agitador de inspiración fatimí que presentaba al omeya Ibn al-Qiṭṭ, descendiente de Hišām I, como el Mahdī, figura de resonancias mesiánicas que guardan una estrecha relación con la propaganda fatimí. Ambos recibieron el apoyo de grandes multitudes beréberes en su proyecto de ŷihād contra la ciudad cristiana de Zamora, pero Ibn al-Qiṭṭ fue abandonado por los jefes tribales en el momento decisivo, al parecer por miedo a que la victoria otorgase demasiado prestigio al omeya y mermase la propia autoridad de los jeques, siendo su cabeza colgada de las murallas de la ciudad que había querido conquistar.

Sin haber sido capaz de recuperar la estabilidad, el emir ‛Abd Allāh murió el 1 rabī‛ I 300/15.X.912, siendo sucedido por su nieto Abderramán, futuro primer califa de Córdoba. Esta peculiar sucesión presenta elementos de considerable interés que la convierten en un caso particular dentro de la tradición omeya cordobesa, primero por la eliminación violenta de los dos principales candidatos a la sucesión y, segundo, por la elección de su nieto como heredero pese a tener otros hijos que podrían haberle sucedido. En efecto, Muḥammad, hijo del emir ‛Abd Allāh y de Durr y padre de Abderramán, fue asesinado por su hermanastro Muṭarrif, nacido de la relación del emir con otra mujer, Gizlān. Las fuentes árabes atribuyen a la fuerte rivalidad entre ambos hermanastros el desencadenamiento de los acontecimientos que produjeron la muerte de Muḥammad, que era el primogénito de ‛Abd Allāh y había sido designado por el emir como su sucesor. Tras un enfrentamiento con uno de los caballeros de Muṭarrif, Muḥammad habría huido de Córdoba, refugiándose junto a Ibn Ḥafṣūn durante un tiempo. El emir le ofreció el perdón si regresaba y Muḥammad volvió a Córdoba, pero desde entonces Muṭarrif no dejó de instigar al emir en su contra, pretendiendo que seguía en contacto con Ibn Ḥafṣūn para atentar contra él. Muḥammad fue encarcelado en el año 277/891 por orden de su padre. Tras las pertinentes averiguaciones, decidió liberarlo, su hermanastro Muṭarrif lo mató. No está muy clara la actitud del emir en este contexto, pues Muṭarrif no recibió castigo alguno, al menos de forma inmediata. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 282/895, el propio Muṭarrif fue ejecutado por orden del emir, al parecer debido a sus relaciones con los rebeldes sevillanos, aunque fue acusado además de otros delitos, tales como beber vino y de zandaqa, término que define al apóstata encubierto o al hereje. De esta forma, la crisis política y social que vivía el emirato omeya se reflejaba en la propia situación interna de la familia, envenenada por las rivalidades, las enemistades y las sospechas.

A pesar de haber eliminado a sus dos primogénitos, ‛Abd Allāh contaba con más hijos que podrían haber optado a su sucesión. En efecto, tuvo una abundante descendencia y ya antes de acceder al poder, a los cuarenta y cuatro años, había sido padre de siete hijos varones y ocho hembras, a los que se añadieron otros cuatro varones y cinco hembras más con posterioridad. Entre ellos estaban al-‛Āṣī y Abān, quienes contaban con una amplia experiencia militar, habiendo protagonizado ambos diversas campañas contra los rebeldes, pese a lo cual fueron soslayados a favor de la candidatura de su nieto, ‛Abderramán, hijo de Muḥammad. Ello representaba una novedad importante en la tradición dinástica omeya, donde los soberanos siempre se habían sucedido de padres a hijos y donde la tendencia dominante era favorable al primogénito, aunque no en todos los casos hubiese sucedido así. Lo cierto es que la elección de Abderramán como sucesor de ‛Abd Allāh se produjo, al parecer, por voluntad del propio emir, quien decidió que se instalase con él en el alcázar, mientras que, en cambio, sus hijos no vivían con él. Otros signos y actitudes del emir confirman esta decisión, tales como el hecho de que, en ciertas celebraciones y actos públicos, Abderramán se sentase en el trono junto al soberano para recibir los saludos del ejército y, sobre todo, que, según narran las fuentes, cuando se encontraba en su lecho de muerte, ‛Abd Allāh diese su anillo a su nieto, lo que se interpreta como una designación de sucesor.

Pese a que la designación de ‛Abderramán como heredero rompía con la tradición omeya de sucesión de padres a hijos con preferencia sobre el primogénito, esta decisión no parece haber despertado excesivas controversias, ni siquiera entre sus propios hijos, los principales perjudicados, los cuales no sólo no se opusieron, sino que apoyaron la decisión de su padre. Asimismo, las fuentes destacan el apoyo a esta decisión en los medios palatinos y de la administración, señalando que los altos funcionarios del Estado “tenían puestas en él sus esperanzas”. La razón de esta decisión se vincula al contexto político de la época y guarda estrechas conexiones con elementos de índole ideológico y simbólico. En efecto, en la figura del joven ‛Abderramán confluye la acumulación, casual, en unos casos, forzada, en otras, de una serie de elementos que lo asimilaban a su antecesor, ‘Abd al-Raḥmān I, el fundador de la dinastía omeya de Córdoba. En un contexto de profunda crisis política, el linaje omeya necesitaba de una figura que la fortaleciese y renovase las bases de su dominio sobre el territorio de al-Ándalus. ‛Abd Allāh había sido el séptimo emir omeya de Córdoba y, además, falleció en el año 300/912, de tal forma que ello suponía, no sólo el final de un ciclo de siete emires, sino además un cambio de siglo según el cómputo de la era islámica. Teniendo en cuenta la fuerte simbología del número siete en la tradición musulmana, es probable que se creyese en la necesidad de que un nuevo ‛Abderramán diese paso a un nuevo ciclo de poder y prosperidad para los omeyas. De ahí que la decisión de designar como sucesor al nieto de ‛Abd Allāh fuese tomada de forma consciente, con toda seguridad, en época del propio emir, considerando que era el más capacitado para sacar a la dinastía de la postración en la que había caído.

A lo largo de sus veinticinco años de gobierno, ‛Abd Allāh no sólo no había mejorado la situación de la dinastía omeya tal y como la heredó de su hermano y antecesor, sino que la había empeorado de manera considerable. A su muerte, en el año 300/912, cuando contaba ya con setenta y dos años, al-Ándalus era un mosaico de núcleos independientes que, a lo sumo, reconocían la soberanía nominal del emir. Fue labor de su sucesor, ‘Abd al-Raḥmān III, lograr la reunificación del dominio de al-Ándalus bajo la soberanía omeya.

 

Bibl.: E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de JC), Madrid, Espasa, 1957; P. Guichard, Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, Barral, 1976; J. Vallvé, “Sobre demografía y sociedad en al-Ándalus”, en Al-Andalus, XLII (1977), págs. 323-340; P. Guichard, La España musulmana. Al-Ándalus omeya (siglos VIII-X), Madrid, Historia 16, 1995; M. Fierro, “Cuatro preguntas en torno a Ibn Ḥafṣun”, en Al-Qanṭara, XVI (1995), págs. 221-257; M. Acién Almansa, Entre el feudalismo y el islam. ‛Umar b. Ḥafṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia, Jaén, Universidad, 1997, 2ª ed.; P. Guichard, De la expansión árabe a la Reconquista. Esplendor y fragilidad de al-Andalus, Granada, Junta de Andalucía, 2002; M. Fierro, “Por qué ‛Abd al-Raḥmān III sucedió a su abuelo el emir ‛Abd Allāh”, en Al-Qanṭara, XXVI/2 (2005), págs. 357-369; E. Manzano Moreno, Conquistadores, emires y califas. Los omeyas y la formación de al-Andalus, Barcelona, Crítica, 2006.


Alejandro García Sanjuán

 

sábado, 2 de marzo de 2024

LOS LEGADOS PÍOS EN AL-ÁNDALUS

 

LOS LEGADOS PÍOS EN AL-ANDALUS

Publicado por ALEJANDRO GARCÍA SANJUÁN


La historia social y económica ha sido tradicionalmente una de las facetas peor conocidas de las sociedades islámicas medievales. Ello obedece, sobre todo, a la escasez de una documentación archivística similar a la que se ha preservado en amplias zonas de Europa y que permite conocer numerosos aspectos de las sociedades medievales de dichos territorios. En este artículo se analiza una faceta importante de esa poco conocida realidad a través del análisis de una institución islámica, los llamados “legados píos” o “fundaciones piadosas”, que históricamente han dado forma a un conjunto amplio y variado de realidades a lo largo y ancho de distintas sociedades, desde épocas tempranas del islam hasta nuestros días 


ALEJANDRO GARCÍA SANJUÁN
UNIVERSIDAD DE HUELVA


Maristán de Granada. Fotografía de Lucía Rivas


Definición jurídica 

Técnicamente, los legados píos, llamados en árabe waqf (pl. awqāf) o, como era más frecuente en al-Andalus, ḥubs (pl. aḥbās) constituyen un tipo de propiedad que equivale a lo que en la tradición europea se denominan bienes de manos muertas. Es decir, se trata de bienes cuya característica principal es su naturaleza teóricamente inalienable, adscritos de manera perpetua a una determinada finalidad y cuyas rentas se utilizan para satisfacer fines específicos, que deben adecuarse al concepto islámico de lo piadoso (birr). 

Esta clase de propiedades proceden de donaciones realizadas de manera voluntaria por los musulmanes y consisten fundamentalmente en bienes inmuebles (tierras, viviendas, tiendas, hornos, etc.), aunque en determinados casos se admite la donación de propiedades muebles, por ejemplo, libros o armas. Es el donante quien establece las especificaciones de su legado, indicando la finalidad a la que quiere dedicarla, así como los beneficiarios últimos de la misma. 

Aunque, como se ha dicho antes, apenas disponemos de documentación archivística, sabemos que en al-Andalus se elaboraban documentos notariales para una amplia variedad de actos jurídicos, entre ellos la donación de legados píos. Gracias a los tratados o manuales para la formación de notarios podemos conocer los perfiles legales de esta institución. Asimismo, otras fuentes legales, como las recopilaciones de fetuas o dictámenes emitidos por los alfaquíes o expertos en jurisprudencia islámica (fiqh) aportan datos muy interesantes para descubrir aspectos de su funcionamiento. De alguna manera, por lo tanto, las fuentes doctrinales y jurídicas islámicas permiten suplir la carencia de documentos. 




Edición del formulario notarial de Ibn Mugīṯ


La gestión de los bienes podía ser encargada por el propio donante a un administrador nombrado por él mismo. Asimismo, conocemos la existencia de una figura específicamente destinada a la administración de los legados píos, al que a veces se designa en los textos como ṣāḥib al-aḥbās, una denominación que recuerda a la de otras magistraturas islámicas urbanas, como el encargado del mercado (ṣāḥib al-sūq) o el prefecto de policía (ṣāḥib al-šurṭa). También correspondía a los jueces (cadíes) la supervisión del correcto funcionamiento de los legados, velando por que se cumplieran las estipulaciones de los donantes y que los bienes sirviesen a los fines previstos. Cuando, debido al paso del tiempo, a veces se perdía la memoria de determinados bienes, era también el cadí el responsable de su correcta gestión. 

Características sociales y económicas 

Los musulmanes de al-Andalus realizaron donaciones para una amplia variedad de finalidades, aunque, entre ellas, la más frecuente parece haber sido las mezquitas. Estas donaciones podían ser de dos tipos. A veces se donaba un terreno para la construcción de una nueva mezquita. En otras ocasiones, los bienes se donaban para el mantenimiento de lugares de culto ya existentes. Parece probable que buena parte de las mezquitas de al-Andalus se sostuvieran gracias a las propiedades acumuladas a lo largo del tiempo, normalmente en forma de tierras o de inmuebles urbanos. Con las rentas que generaba el alquiler de los bienes podían satisfacer tres tipos de gastos principales: personal, tanto cultual (imam, almuédano), como de mantenimiento, gastos de fábrica y consumibles (aceite para lámparas, esterillas para el rezo). 

Otro tipo de finalidad habitual era la asistencial, siendo los pobres (fuqarā’masākīn) y los enfermos los destinatarios más frecuentes. A veces eran los propios soberanos quienes, con el fin de ganar fama de piadosos, las realizaban. Fue el caso, por ejemplo, del califa al-Ḥakam II quien, con motivo de la finalización de la ampliación de la aljama cordobesa en el año 355/965, decidió donar la cuarta parte de las rentas producidas por las fincas heredadas de su padre en todas las provincias y distritos de al-Andalus en favor de los pobres de las regiones fronterizas, salvo si hubiera hambruna en Córdoba, en cuyo caso dichas rentas se destinarían a paliar sus efectos. 

En el caso de los enfermos, el ejemplo mejor conocido es el que tiene su origen en la donación realizada por una de las favoritas del emir al-Ḥakam I, llamada ‛Aǧab, que fue conocida como “la almunia de ‛Aǧab”, situada, al parecer, a la otra orilla del Guadalquivir. En este lugar existía una leprosería, probablemente asociada a la donación de ‛Aǧab, y con el tiempo se desarrolló la formación de un arrabal que generó su propia nisba, con la cual se designa en los repertorios de ulemas a varios de los que procedían de allí. Ya en la época nazarí, la fundación del hospital (māristān) de Granada por el Muḥammad V en šawwāl del año 768 (junio 1367), fue acompañada, como indica la inscripción fundacional, de la correspondiente dotación de legados píos (awqāf) para su mantenimiento. Ubicado en la ladera meridional del Albaicín, el edificio de dicho hospital ha sido restaurado recientemente. 

 

Recreación del Maristán de Granada. Antonio Almagro Gorbea


Otra clase de donaciones eran las realizadas con finalidad educativa, para ayudar a quienes deseaban adquirir una formación generalmente asociada al conocimiento de la doctrina islámica. A veces los repertorios de ulemas nos informan de esta esta clase de fundaciones, dotadas de un cierto carácter “endogámico”, pues contribuían a la perpetuación de su propio grupo o colectivo. Por ejemplo, el repertorio de Ibn Baškuwāl (m. 578/1183) indica que el ulema toledano Faraǧ ibn Abī-l-Ḥakam ibn ‛Abd al-Raḥmān ibn ‛Abd al-Raḥīm al-Yaḥṣubī (m. 448/1057) donó su casa para los estudiantes de tradición profética (sunna). 

Uno de los elementos determinantes de la evolución histórica de al-Andalus fue la relación con los reinos cristianos del Norte peninsular. La necesidad de mantener un sistema de defensa del territorio explica la existencia de una amplia red de fortalezas, a cuyo mantenimiento los musulmanes contribuían a veces con la donación de legados píos. De igual forma, la participación voluntaria en el yihad era una de las expresiones de la piedad islámica, y ello permite entender la existencia de donaciones consistentes en espadas e incluso caballos que ayudaban a facilitar el desarrollo de dicha actividad. 

La ausencia de datos suficientes nos impide conocer la extensión y el alcance económico que pudo llegar a tener este tipo de propiedad en los distintos momentos de la historia de al-Andalus. Ciertos datos aislados, sin embargo, nos permiten llegar a tener una idea del patrimonio acumulado en determinados casos. En el año en el año 401/1010-1011, al comienzo de la crisis (fitna) que dio al traste con el califato de Córdoba, el cadí de la ciudad prometió la entrega de 500 caballos adquiridos con cargo a los legados píos para combatir a los beréberes. Aunque el texto no lo indica, no parece arriesgado suponer que parte de esa sin duda costosa financiación debía proceder del patrimonio de la mezquita aljama de Córdoba.  

La vida en la frontera: la comarca malagueña de la Axarquía 

La última parte de este texto está dedicada a analizar un conjunto de textos jurídicos del siglo XV y relativos a la comarca de la Axarquía, una de las nueve existentes en la provincia de Málaga, situada en su parte más oriental, como indica su nombre, que proviene del árabe al-šarqiyya (“la oriental”). 

Una de las características más importantes de la época nazarí fue, sin duda, la vida de frontera, debido una estrecha vecindad de más dos siglos de duración que se extendía a lo largo de un amplio territorio de más de 300 km de distancia. A través de una serie de textos que tratan sobre problemas relativos a los legados píos podemos apreciar cómo la presión cristiana afectaba a las zonas rurales musulmanas y los efectos que ello generaba en la vida de dichas comunidades. Entre otros aspectos, este dossier de textos legales nos permite apreciar que las mezquitas de las aldeas nazaríes disponían con frecuencia de legados píos, aspecto que confirman los registros y libros de habices castellanos elaborados con posterioridad a 1492. 

La capital histórica y la ciudad más importante de la Axarquía es Vélez-Málaga, en árabe Ballaš, situada a unos 35 km al Este de Málaga y a unos 5 km de la costa.  Sobre ella disponemos de un dossier de textos jurídicos relativamente amplio compuesto por una serie de consultas dirigidas a determinados ulemas nazaríes que revelan algunos de los problemas causados en el poblamiento rural de la zona como consecuencia de la actuación del enemigo cristiano, que creaba situaciones que alteraban los objetivos a los que servían dichos bienes. 

 

Castillo de Vélez-Málaga. Wikimedia Commons.


Una de dichas consultas se refiere al caso de una aldea cuyo nombre no se menciona, localidad que ha quedado despoblada y arrasada tras haber sido atacada por el enemigo cristiano. Sin embargo, su mezquita aljama sigue en pie, al igual que su minarete, y la mezquita tiene muchas propiedades en forma de donaciones piadosas. Los habitantes de la localidad desean utilizar los ingresos de estas propiedades para levantar el minarete haciendo un observatorio para vigilar al enemigo. La respuesta del alfaquí a esta consulta es positiva, pues considera que la elevación del alminar puede ser beneficiosa por motivos defensivos y no impide que se vuelva a utilizar para la llamada a la oración en caso de repoblación de la aldea. Esta primera consulta nos sitúa por tanto claramente en un contexto de enfrentamiento con los cristianos que está provocando desajustes del poblamiento musulmán en la zona y generando por tanto la necesidad de destinar las rentas de las fundaciones pías a necesidades defensivas más urgentes. 

Otra consulta se refiere tanto a la ciudad de Ballaš como a una de sus núcleos dependientes, la fortaleza de Ṣāliḥa, hoy denominada Castillo de Zalia, situada en el término municipal de Alcaucín, a unos 3 km al Este de dicha localidad. Esta consulta, dirigida a un ulema que no se puede identificar con certeza, se refiere a cierta fundación piadosa vinculada a una sala de abluciones del arrabal de Ballaš. Por razones no mencionadas en el texto, las autoridades de la ciudad presionaron al administrador de estos bienes para que la renta procedente de su explotación se destinase a la fortaleza de Zalia, sin duda debido a acuciantes necesidades defensivas. En su escueta respuesta, el anónimo ulema se limita a subrayar que el administrador de la fundación no cometió ninguna irregularidad, ya que actuó presionado por las autoridades. Por otra parte, los ulemas no se pronuncian sobre la legalidad o ilegalidad de la modificación de la asignación de los ingresos de la piadosa fundación. 

Hay una segunda consulta legal muy similar a la anterior y también referente a la fortaleza de Ṣāliḥa. De nuevo se describe una situación en la que se ha cambiado la utilidad de ciertas fundaciones piadosas a favor de la fortaleza. Se trata de bienes donados en beneficio de los recitadores coránicos y de los pobres que, según se dice, fueron confiscados por un grupo de personas con la intención de atribuir los ingresos a la fortaleza, porque, dice literalmente el texto “está débil”. Como en los casos previos, en esta consulta se menciona la necesidad de utilizar los ingresos de determinadas fundaciones piadosas para la reparación o refuerzo de estructuras arquitectónicas defensivas. El texto incluye una referencia muy elocuente tras la mención de la fortaleza de Ṣāliḥa, amana-hā Allāh (“que Dios la proteja”), invocación frecuente en las fuentes árabes cuando se mencionan localidades amenazadas por el enemigo, lo que nos remite al contexto histórico propio de la época nazarí. En este caso, sin embargo, la respuesta del ulema, se mantiene en plena conformidad con el principio jurídico que estipula la inmutabilidad de las fundaciones piadosas. La breve, pero explícita respuesta, va seguida de una referencia a Corán 2:181: “Si alguien lo cambia luego de haberlo oído, pecará sólo el que lo cambie. Dios todo lo oye, todo lo sabe”. Dado que, en la tradición islámica el Corán contiene la palabra de Dios, la invocación de este versículo sirve a los ulemas para anclar el principio de inmutabilidad de las fundaciones pías en fundamentos del máximo rango doctrinal. 

 

Ruinas del Castillo de Zala, Alcaucín. Wikimedia Commons.


Un segundo grupo de cuestiones jurídicas relativas a la comarca de Ballaš se refiere a lugares que han quedado despoblados por causas que no se mencionan en los textos, pero que ciertamente podemos relacionar con circunstancias relacionadas con la amenaza cristiana. La primera de ellas se refiere a una aldea (qarya) ubicado a tres millas de Ballaš, cuyo nombre lamentablemente no se menciona. La mezquita de esta aldea dispone de fundaciones pías para su reparación y mantenimiento. Sin embargo, el texto indica que en “en tiempos recientes”, la gente de Ballaš fue a la aldea para coger el techo de madera de dicha mezquita y usar dichos materiales en la mezquita del arrabal Ballaš. 

La respuesta del anónimo alfaquí no está exenta de cierta ambigüedad y revela una voluntad de compromiso entre un dogmatismo que se apega a la estricta legalidad y el pragmatismo que exige tener en cuenta las circunstancias específicas de cada caso concreto. Comienza recordando que según la opinión de Ibn al-Qāsim, principal referente jurídico del malikismo andalusí, la mezquita de la aldea despoblada debe dejarse como está, a la espera de que pueda volver a ser usada. Sin embargo, añade que otros ulemas tienen un punto de vista diferente y valoran positivamente la posibilidad de utilizar los materiales de una mezquita abandonada para construir otra, si efectivamente se pierde la esperanza de que sea repoblada y que los habitantes del pueblo vuelvan a vivir allí. Esta sería la opinión del célebre ulema cordobés Ibn Abī Zamanīn (m. 1008). Ante esta dualidad de opiniones contradictorias, la solución del alfaquí consultado es aparentemente salomónica, aunque, en el fondo, favorece a los autores de la acción. En efecto, considera correcta la opinión de Ibn Abī Zamanīn (ṣaḥīḥ), y añade que lo hecho, hecho está, y que no debería haber consecuencias para los autores, aunque hubiera sido preferible que se hubieran abstenido de hacerlo. 

La segunda consulta, dirigida a un ulema llamado al-Saraqusṭī, de nuevo se refiere a una aldea situada a tres millas de Ballaš, que presumiblemente debe ser la misma que en la consulta anterior. En este caso, el texto indica con claridad que estamos en un contexto de guerra, ya que se menciona la existencia de una tregua (ṣulḥ). Además, la consulta menciona que, en esta aldea, que tiene legados píos para pagar al imán de la mezquita la realización de las oraciones supererogatorias de ramadán, solo queda una familia. Encima de esta aldea existe otra, igualmente bien dotada de legados píos, gracias a los cuales sus habitantes han construido una fortaleza en la que pueden refugiarse. El texto señala que los habitantes de esta segunda aldea tienen la intención de apropiarse de los bienes de la aldea abandonada en beneficio de su mezquita. En su respuesta, el alfaquí de alguna forma mezcla rigorismo con flexibilidad. Por un lado, mantiene su apego a la legalidad al afirmar que, si se encuentra un imán para dirigir la oración en presencia del único habitante de la aldea abandonada, no se debe transferir la propiedad de los bienes pertenecientes a la mezquita. De lo contrario, concluye, sería lícito que el cadí traslade estos bienes a otras mezquitas cuyos bienes no sean suficientes para cubrir sus gastos. 

En el dossier relativo a la Axarquía hay consultas relativas a otra zona de la misma comarca, cuyo núcleo central es Comares, localidad situada a unos 25 km al Oeste de Ballaš y 39 km al Noreste de Málaga. Como en los casos que acabamos de mencionar, este dossier incluye consultas legales sobre aldeas despobladas en las que se plantea el problema de sus mezquitas y los bienes piadosos a ellas adscritos. 

Una de ellas se refiere a dos aldeas de dicho distrito, Qūṭa (Cútar, a unos 7 km de Comares) y al-Zanǧ, despoblada después de 60 años, debido a lo cual un tercio de su mezquita se encuentra en mal estado. La gente de Cútar pretende utilizar los materiales de esta mezquita en ruinas para reparar la mezquita de su aldea. Sin embargo, la respuesta del alfaquí es, en este caso, negativa y muy sucinta: señala que, si la mezquita en ruinas tiene propiedades en forma de legados píos, debe repararse con sus ingresos. 

 

La conocida como «fuente árabe» de Cútar, que en documentos del siglo XVI era denominada «Aina Alcaharia», la «fuente de la alquería.


Hay otra consulta sobre la zona de Comares que también se refiere a los problemas generados por las aldeas despobladas. En este caso, se indica que la aldea de al-Zāwiya, que no podemos identificar con ninguna localidad actual, quedó despoblada, y que la herencia de las propiedades de su mezquita pasó a la ya citada aldea de al-Zanǧ, que a su vez también quedó despoblada, por lo que la propiedad de su mezquita pasó a ser heredada por la aldea de Cútar. El texto de la consulta pregunta si los materiales de la mezquita de al-Zanǧ, tales como tejas, vigas y tablones, podrían utilizarse en otra mezquita. En este caso, la respuesta del alfaquí es positiva, ya que afirma que los materiales de una mezquita donde no se reza debido al abandono de la población pueden servir para construir otra mezquita. 

También respecto al distrito de Comares se plantea otra consulta relativa a un bosque (ša‛rā’) donado desde hace más de un siglo en favor de la mezquita de una aldea. En este caso, el problema es que la propiedad ha sido totalmente improductiva a lo largo de ese tiempo y la gente de la aldea solicita poder venderla y utilizar el dinero obtenido en la fábrica de la mezquita. A pesar de que, en este caso, la solución propuesta afecta de forma absoluta a la fundación, ya que implica su disolución, la respuesta de Ibn Sirāǧ es favorable a la consulta, lo cual implica la priorización de criterios de pragmatismo económico frente al principio legal de la inalienabilidad de las fundaciones piadosas.

Como hemos visto, algunas de estas fetuas nos muestran a unos alfaquíes que aplican criterios pragmáticos, lo cual se opone a la visión tradicional de un dogmatismo malikí anquilosado y alejado de las necesidades reales de la sociedad. Lo que estos textos revelan es que las normas podían acomodarse a las necesidades económicas y sociales en determinadas situaciones, y que los alfaquíes encontraban argumentos legales para justificar sus pronunciamientos. En el caso de los legados píos, el principio de que «no hay mal en que lo que es de Dios se gaste en lo que es de Dios», que ya se registra en la tradición malikí cordobesa de época omeya, permitía acomodar la gestión de los legados píos, teóricamente inalienables e invariables, a circunstancias sobrevenidas o a contextos en los que las comunidades se veían afectadas por situaciones de emergencia y necesidad. 


PARA AMPLIAR:

  • A. García Sanjuán, Hasta que Dios herede la tierra. Los bienes habices en al-Andalus (siglos IX-XV), Universidad de Huelva, 2002. 
  • V. Lagardère, Histoire et société en Occident musulman au Moyen Âge. Analyse du Mi’yār d’al-Wanšarīšī, Madrid, Casa de Velázquez, 1995.