miércoles, 18 de febrero de 2026

ZUHAYR AL-'AMIRI

 

ZUHAYR AL-'AMIRÍ

Zuhayr al-‘Āmirī. ?, f. s. X – Alquería de Alfunt (Granada), 4.VIII.1038. Rey de la taifa de Almería-Murcia (1028-1038).

Rey de Taifa

Biografía

Esclavo al servicio del califato de Córdoba, de origen eslavo, posiblemente de la zona de Europa oriental. Zuhayr fue castrado en su infancia y adiestrado para servir en diversas funciones, y la desintegración del estado omeya le ofreció la posibilidad de aprovechar el poder del que gozaba en provecho propio, en buena medida gracias al apoyo de sus compañeros de partido, los ṣaqāliba.

Las primeras apariciones de Zuhayr en las fuentes van ligadas a las del eslavo Jayrān, del que posiblemente fuera hermano; con él batalló a favor del califa omeya Hišān II al-Mu’ayyad, que aparece en las monedas almerienses de 1013/1014, aunque posiblemente había sido asesinado ya cuando dicha moneda fue acuñada. La fuerte relación entre Jayrān y Zuhayr se puede comprobar en que el segundo sucedió al primero en el gobierno de Murcia cuando éste acudió a tomar posesión de Almería, en 1014.

La intervención de Jayrān, al que secundaba Zuhayr, tuvo como efecto indeseado la instauración de ‘Alī b. Ḥammūd en el califato, contra lo que resistieron los ṣaqāliba, encabezados por Muŷāhid de Denia y por Jayrān, que apoyaron a miembros del clan omeya o a descendientes de Ibn Abī ‘Āmir, aunque, en la mayor parte de los casos, éstos no pasaron de marionetas en manos de sus ambiciosos protectores. El primero en esta serie fue al-Murtaḍà (1018), al que siguió un nieto de Almanzor, Muḥammad al-Mu‘taṣim (1022). El califa Ḥammūdí al-Qāsim intentó atraerse a algunos ṣaqāliba, y en especial a Jayrān y a Zuhayr; sin embargo, tuvo poca fortuna en este empeño, y fue pronto preterido por los propios beréberes de su partido a favor de su sobrino Yaḥyà, por lo que Zuhayr se apartó de la política cordobesa durante un tiempo, aunque Jayrān aún mantuvo sus intervenciones hasta el año 1026. No obstante, desde este momento se encuentra Zuhayr vinculado a los beréberes, con los que colaboró en numerosas ocasiones contra los reyezuelos andalusíes.

Cuando en 1028 el propio Jayrān muere, Zuhayr le sucede al frente de la taifa de Almería, tras vencer la oposición de Musallam de Orihuela. Además del esplendor comercial y de la riqueza de esta región, la propia ciudad había sido mejorada con un gran programa de obras públicas por su antecesor, que incluyó la construcción de las murallas, que otorgaban una gran fuerza defensiva a la ciudad; en época de Zuhayr prosiguió esta actividad con la construcción de la mezquita aljama de Almería, muy ponderada por las fuentes árabes.

En el mismo año 1028 tuvo que acudir a Murcia, donde los co-gobernadores a los que había designado mantenían una fuerte pugna, que llevó a uno de ellos, Ibn al-Jaṭṭāb, a acudir a Muŷāhid de Denia buscando ayuda para expulsar a Ibn Ṭāhir, ofreciéndole su lealtad a cambio. Para evitar que Murcia saliera de su ámbito de influencia encarceló a Ibn al-Jaṭṭāb en Almería, quedando Ibn Ṭāhir como único gobernador de la región.

Los dominios abarcados por su reino incluían Játiva —con Alcira—, Murcia y el Levante hasta la zona de Alicante y Lorca, después de cederle al rey de Valencia ‘Abd al-‘Azīz la ciudad de Játiva, Almería, Jaén y Baeza, una extensión enorme que aun trató de aumentar, llevando su ambición hasta crear la primera taifa expansiva de al-Andalus.

En el año 1035 Zuhayr apoyó al pretendiente Ḥammūdí Idrīs, en alianza con la taifa de Granada, que fue una de las constantes de la actuación de Zuhayr durante su gobierno en Almería; aunque tras algunos éxitos militares contra la taifa de Sevilla, la muerte de Idrīs volvió a dejar al partido beréber sin califa.

Zuhayr llegó a ocupar Córdoba (1035-1036), aliado con el partido beréber, en contra de la taifa de Sevilla, que reclamaba lealtad a los demás reyes para el falso Hišām II, al que al parecer el propio Zuhayr había tratado y expulsado de su reino. Esta ocupación se mantuvo hasta que la alianza con Bādīs b. Ḥabūs, rey de la taifa de Granada, se comenzó a resquebrajar para romperse posteriormente, según las crónicas andalusíes debido al exceso de ambición de Zuhayr, que intentó monopolizar el poder en su favor, reduciendo a su aliado al papel de comparsa, y a la alianza que sostenía con un enemigo de Bādīs, Muḥammad b. ‘Abd Allāh al-Birzālī. Esto desencadenó un choque en el que Zuhayr fue traicionado (4 de agosto de 1038) por parte de sus tropas, tanto esclavos negros como soldados norteafricanos, y cayó muerto a manos de sus propias tropas, antes de que el resto huyera en desbandada. Fueron despedazados por los granadinos, que apresaron a buena parte de los hombres de confianza de Zuhayr, entre los que se encontraba el Kātib Aḥmad b. ‘Abbās; la mayor parte de ellos, incluido este erudito —por el que intercedieron algunos personajes destacados de al-Andalus—, fueron ejecutados.

Los almerienses declararon sucesor de Zuhayr al rey de Valencia, ‘Abd al-‘Azīz, que ejercía un patronazgo sobre los ṣaqāliba en virtud de su condición de descendiente de Almanzor, el protector de todos ellos. ‘Abd al-‘Azīz dominó la misma durante un corto tiempo.

La trayectoria de Zuhayr muestra la grandeza y la miseria de los reyes eslavos de al-Andalus del siglo XI, pues si bien logró alcanzar un enorme poder y mantuvo en jaque tanto a las taifas árabes como a las beréberes, no pudo consolidar su posición. Y ello por carecer de una base social para sostenerse, extraño tanto a la población andalusí como a la norteafricana, por lo que en el campo de batalla sólo podía contar con mercenarios de dudosa fidelidad.

Fuentes

Al-‘Uḏrī, Kitāb tarsī’ al-ajbār, f. s. XI (ed. de ‘Abd al-‘Azīz al-Ahwānī, Madrid, Instituto de Estudios Islámicos, 1965, pág. 83)

‘Abd Allāh b. Buluqqīn, Tibyān, p. m. s. XII (trad. de E. Lévi-Provençal y E. García Gómez, Madrid, Alianza, 1980, págs. 104-105)

Ibn Bassām, Al-Ḏajīra fī maḥāsin ahl al-Ŷazīra, p. m. s. XII (ed. de I. ‘Abbās, vol. I, Beirut, 1979, págs. 656-663)

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb a‘māl al-a‘lām, m. s. XIV (ed. de E. Lévi-Provençal, Beirut, 1956, pág. 216)

Ibn al-Jaṭīb, Al-iḥāṭa fī ajbār Garnāṭa, m. s. XIV (ed. de ‘Inān, vol. I, El Cairo, 1973-1977, págs. 518-519)

Ibn ‘Iḏārī, Al-Bayān al-mugrib fī ajbār al-Andalus wa-l-Magrib, f. s. XIV (ed. de E. Lévi-Provençal, vol. III, Paris, P. Geuthner, 1930, págs. 169-171; trad. de F. Maíllo Salgado, La caída del califato de Córdoba y los reyes de taifas, Salamanca, Universidad, Estudios Árabes e Islámicos, 1993, págs. 146-148, y Crónica anónima de los reyes de taifas, Madrid, Akal, 1991, págs. 23-25)

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb min guṣn al-Andalus, s. XVII (ed. de R. Dozy et al., vol. II, Leiden, Brill, 1855-1861, págs. 360 y 413)

Bibliografía

E. Molina López, “Algunas consideraciones sobre la vida socioeconómica de Almería en el siglo XI y primera mitad del XII”, en Anales del Colegio Universitario de Almería, III (1981), págs. 7-28

M.ª J. Viguera Molins, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes, Madrid, Mapfre, 1992

D. Wasserstein, The Caliphate in the West, Oxford, Clarendon, 1993, págs. 129-145

P. C. Scales, The Fall of the Caliphate, Leiden, Brill, 1994

M.ª J. Viguera Molins, “Las taifas”, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidalvol. VIII. Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XI, Madrid, Espasa Calpe, 1996, págs. 92-96 (2.ª ed.)

M. Marín, “El ejército”, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez PidalVIII. Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XIop. cit., págs. 193-225

P. Guichard, Al-Andalus frente a la reconquista cristiana, Valencia, Universidad de Valencia, 2001, págs. 54-58

Autor/es

  • José Ramírez del Río

 

viernes, 13 de febrero de 2026

FILETES DE LENGUADO, MUSELINA DE CIGALAS, SALSA AMERICANA

 

FILETES DE LENGUADO, MU SELINA DE CIGALAS, SALSA AMERICANA

Ingredientes

4 hermosos filetes de lenguado

12 hermosas colas de cigalas (podemos sustituir por 12 langostinos)

150 gr de nata para montar

1 clara de huevo

½ manojo de perejil de hoja plana

Sal

Caviar o sucedáneo

Pimienta negra recién molida

Pimentón picante

Salsa:

½ L de salsa americana

Decorar:

Pilaf de arroz

 

Elaboración

Colocamos las 12 colas de cigalas peladas (o 12 langostinos pelados) en la licuadora, picamos finamente. Sazonamos con sal y pimienta negra recién molida, removemos bien y agregamos el pimentón picante, trituramos suavemente.

Agregamos suavemente la nata para montar mientras mezclas, así como la clara de huevo.

Recortamos los filetes de lenguado, unió a uno.

Picamos finamente la mitad del manojo de perejil de hoja plana.

En la superficie de trabajo, colocamos una hoja de papel film,  Colocamos los filetes de lenguado uno contra el otro. Condimentamos con sal y caviar. Extendemos la muselina de cigalas (o langostinos) en una capa uniforme. Espolvoreamos con el perejil picado por encima.

Enrollamos suavemente los filetes en jun rollo grande. El papel film nos permite apretar los bordes y doblarlos por la parte inferior.

Cocinamos al vapor en juna vaporera durante veinte minutos. Tenemos que adaptar la cocción según el tamaño de los panecillos. Al final de la cocción, retiramos la tapa y dejamos enfriar unos 20 minutos antes de manipular el rodillo.

Mientras, preparamos el arroz Pilaf calentamos la salsa americana a fuego lento.

Colocamos el rollo de lenguado en una tabla de cortar. Retiramos con cuidado el papel film y cortamos el rollo en rodajas de 1 centímetro de grosor.

Colocamos una tira de salsa americana en un plato de servir y colocamos los panecillos y encima 2 rodajas de filetes de lenguado en el plato.

Servimos con arroz pilaf.

¡Buen provecho!

jueves, 12 de febrero de 2026

DESASTRES NATURALES Y POLITGICOS, E IMAGINACIÓN MEDIOAMBIENTAL Y APOCALIPTICA EN AL-ANDALUS Y MAS ALLA

 

DESASTRES NATURALES Y POLÍTICOS, E IMAGINACIÓN MEDIOAMBIENTAL Y APOCALÍPTICA EN AL-ANDALUS Y MÁS ALLÁ


En la cosmovisión medieval, las catástrofes naturales y las catástrofes políticas, como la pérdida de al-Andalus, fueron narradas como un fenómeno singular y holístico. Los autores utilizaron el imaginario natural como un dispositivo afectivo capaz de generar emociones. Los paisajes textuales resultantes no eran simples reflejos geográficos, sino terrenos emocionalmente codificados. Este patrón mediterráneo de narrar la catástrofe como pedagogía divina (castigo por los pecados de la comunidad) se extiende más allá de al-Andalus, señalando una epistemología medieval compartida donde los órdenes natural, político y moral están inextricablemente ligados.


Javier Albarrán
Universidad de Granada





Inundaciones en Sevilla, 1947.


El estudio de la historia a menudo separa cuidadosamente las catástrofes causadas por la naturaleza (terremotos, sequías, inundaciones…) de los desastres políticos y militares (guerras, derrotas, pérdidas territoriales…). Sin embargo, para los autores medievales, estos dos ámbitos estaban profundamente entrelazados en una misma visión cosmológica e histórica. Este artículo explora cómo la derrota militar y la pérdida de territorio, como la sufrida en al-Andalus, fueron narradas y percibidas a través del prisma de las catástrofes naturales, funcionando como un lenguaje común para expresar el trauma y la desintegración social.

Este texto se centra en la relación entre los fenómenos naturales y los eventos sociopolíticos en la imaginación, el discurso y el pensamiento histórico de los autores islámicos medievales, poniéndolos en relación con su contexto mediterráneo y examinando cómo la pérdida territorial y las emociones que esta generaba (trauma y miedo) se representaban mediante referencias a desastres naturales, fueran estos reales o imaginados.

El vínculo entre lo natural y lo político

La producción textual medieval está repleta de ejemplos que vinculan estrechamente los fenómenos naturales (especialmente, aunque no exclusivamente, los desastres) con los eventos sociopolíticos. En árabe, un “desastre” puede expresarse mediante kāritha, cuyo sentido se asocia a la idea de causar angustia, aflicción o una gran calamidad, o mediante muṣība, literalmente “aquello que golpea o acontece”, y que designa un infortunio, desgracia o adversidad sobrevenida. Se definía como un evento repentino e imprevisto que provocaba cambios significativos.

En ocasiones, los fenómenos naturales eran presentados como la causa o el antecedente directo de sucesos políticos. Por ejemplo, el cronista de Fez, Ibn Abī Zarʿ, registró que en el año 1078–9, un eclipse solar sin precedentes coincidió con la toma de Coria por el rey Alfonso de Castilla. De manera similar, en el Mediterráneo oriental, el cronista bizantino Teófanes el Confesor relató que un terremoto, junto con un signo celestial en forma de viga o espada que duró treinta días, predijo la conquista islámica de Palestina en el año 634.




Antoine Caron, Astrónomos observando un eclipse solar (1570-80). Paul Getty Museum, Los Ángeles.


Otros fenómenos naturales no solo coincidían, sino que jugaban un papel activo en la resolución de asuntos políticos. Un terremoto destruyó la mitad de una de las torres de Latakia (Siria) en 1287, facilitando la conquista musulmana, lo que llevó a los cruzados a creer que los musulmanes habían sido ayudados por un ángel y el seísmo. También se registraron casos de fenómenos naturales que precipitaron victorias islámicas, como el terremoto que dispersó a los cruzados mientras el gobernante de Egipto, Ibn Ruzzīk, enviaba un ejército en 1158. Incluso un terrible torbellino surgido en el centro del campo de batalla en Ager Sanguinis (1119) fue interpretado por el historiador cruzado Guillermo de Tiro como la causa de la victoria islámica, al cegar a ambos ejércitos y tener la apariencia de una “enorme jarra ardiendo con llamas sulfurosas”.

Inversamente, los desastres naturales eran a menudo interpretados como consecuencias directas de eventos políticos. El propio Ibn Ruzzīk afirmó que el terremoto de Siria del año 1153 ocurrió debido a que el islam había perdido Jerusalén ante los cruzados, lo que había permitido que “cerdos y vino morasen en ella” y que “la cruz y la campana reinaran allí”. La destrucción de Bagdad por los mongoles también se vinculó con incendios, inundaciones y terremotos en el Hiyaz.




Batalla de Ager Sanguinis. Miniatura del manuscrito Français 22495, BNF.


El concepto de catástrofe abarcaba la guerra y la naturaleza por igual. Al-Maqrīzī, un polígrafo del Egipto mameluco, comparó el efecto destructivo de un terremoto (entendido como un acto divino) con el de un ataque enemigo, enfatizando que quien viera la ciudad de El Cairo después del seísmo de 1303 pensaría que una fuerza hostil la había arrasado.

Manifestación del poder divino: el discurso providencial

Detrás de esta visión interconectada del mundo subyacía la creencia fundamental de que Dios es la causa de toda acción. En esta perspectiva providencial de la historia, con raíces en el Antiguo Testamento, tanto las catástrofes naturales como las derrotas militares se entendían principalmente como castigos divinos, medidas correctivas para los pecados humanos.

Los males eran vistos como expresiones de una ira divina justificada. Por ejemplo, el califa omeya ʿAbd al-Raḥmān III (m. 961) instruyó a sus gobernadores, durante una sequía severa, a ofrecer oraciones por la lluvia, exhortándolos al arrepentimiento por los “errores que han provocado Su ira”. A principios del siglo XII, el erudito andalusí al-Ṭurṭūshī reforzó esta idea, citando en su espejo de príncipes una tradición profética: “Los reptiles morirán agotados por los pecados de los hombres”, explicando que, si los humanos cometían muchas transgresiones, los cielos retenían la lluvia y la tierra dejaba de producir vegetación.

La derrota militar era interpretada con una lógica comparable. El campo de batalla era el escenario ideal para que Dios castigara a Sus creyentes pecadores. La caída de Barbastro en el 1064, un evento que hizo que “la tierra de al-Andalus temblara”, fue atribuida por Ibn ʿAbd al-Barr a la pecaminosidad musulmana, especialmente al estado de fitna (fragmentación y desunión de la umma). El poeta ʿAbdallāh b. al-ʿAssāl (m. 1094) expresó un sentimiento similar sobre Barbastro: “Si los musulmanes no hubieran cometido pecados graves, ni un solo caballero cristiano habría triunfado sobre ellos: ¡son los pecados los que han causado todo el daño!”. Incluso la derrota almohade en Huete (1172) fue interpretada como el resultado de una niyya (intención) corrompida, y se dice que Dios respondió a las oraciones de los cristianos sedientos enviando lluvia.

Este patrón de castigo también se aplicaba a los no creyentes. Abū Shāma documentó un terremoto en 1170 que, aunque afectó a los musulmanes, fue especialmente destructivo para los cruzados, ya que ocurrió en un día festivo mientras estaban reunidos en iglesias que se derrumbaron sobre ellos. Este evento fue visto como un signo para los monoteístas.



Representación de un terremoto en un manuscrito del Apocalipsis (s. XIV). British Library.


El poder del arrepentimiento

Dentro de este marco, la única vía para obtener la misericordia divina era a través del arrepentimiento, los actos piadosos y los rituales comunitarios. Como las catástrofes indicaban una ruptura en la relación con Dios, la solución radicaba en restablecer ese vínculo. Al-Ṭurṭūshī aconsejaba: “Pedid perdón a vuestro Señor, porque Él es el más perdonador; Él os enviará lluvia abundante de los cielos”.

La penitencia colectiva era crucial. En el año 920, cuando vientos violentos y oscuridad envolvieron Fez, la población se arrepintió, llenó las mezquitas y corrigió sus transgresiones. De manera más dramática, en Mosul (1179–80), durante una sequía y hambruna, el pueblo protestó contra el gobernador de la ciudad, exigiéndole que prohibiera la venta de vino antes de rezar por la lluvia. Él accedió, y atacaron las casas de los vendedores de vino.

La figura del gobernante justo era vista como un instrumento de la misericordia divina. El poeta al-Ṭurṭūshī comparó la autoridad soberana con la lluvia, señalando que el pueblo anhela un rey justo con la misma intensidad con que desea la lluvia tras una sequía prolongada. La llegada de un gobernante justo podía ser vista como una lluvia salvadora, como ocurrió con el sultán Nūr al-Dīn en Baalbek, cuya presencia coincidió con el fin de una sequía prolongada. En al-Andalus, el emir almorávide Yūsuf b. Tāshufīn fue descrito como “una lluvia misericordiosa enviada por Dios a al-Andalus”. Incluso la muerte de un rebelde contra los omeyas de Córdoba, como Sulaymān b. ʿUmar b. Ḥafṣūn, podía provocar la clemencia divina en forma de lluvia que purificaba la tierra no solo de la sequía, sino también de la impureza del traidor.




Otto Pilny (m. 1936), Morning prayer. Wikimedia Commons.


El lenguaje compartido del miedo y la angustia

Las narrativas de desastres naturales y catástrofes políticas compartían una simbología y un vocabulario emocional común. Un tema recurrente era el deshonor de las mujeres, un recurso retórico utilizado para personificar y dramatizar el colapso de la sociedad islámica. Tras la caída de Barbastro, Ibn ʿAbd al-Barr lamentó el “saqueo de posesiones atesoradas, el deshonor de esposas veladas e hijas bien custodiadas, todo lo que la modestia había ocultado expuesto a la vista pública”.

Este mismo motivo aparecía en las descripciones de catástrofes naturales. Durante el gran incendio del Cairo en 1321 o el terremoto de 1303, se relató que las mujeres se vieron obligadas a aparecer en público sin velo, un acto que simbolizaba la desintegración social y el impacto devastador del desastre. Las mujeres eran representadas como figuras pasivas, emblemas de una comunidad cuya inviolabilidad había sido quebrantada.

El miedo en sí mismo era un topos común. El miedo a un enemigo o a un terremoto se describían de manera similar. Por ejemplo, Ibn ʿIdhārī narró que, tras un violento terremoto en Córdoba en el 944, la gente estaba “aterrorizada y se apresuró a las mezquitas, llorando y orando”. La ansiedad y el terror se localizaban a menudo en el corazón. Este miedo estaba profundamente ligado a la dimensión escatológica. En el Corán y la Sunna, los desastres naturales se entendían como señales del fin de los tiempos. Tras una tormenta de arena en Irak (1179–80), la oscuridad fue tal que la gente pensó que el Día del Juicio había llegado, lo que provocó un arrepentimiento masivo.




La conjunción del sol y la luna en el Día del Juicio. Aḥwāl al-Qiyāma (Las condiciones de la Resurrección), s. XVI. Staatsbibliothek zu Berlin, Ms. Or. Oct. 1596, f. 26v.


Las derrotas militares se interpretaron bajo la misma lente apocalíptica. La entrada de las fuerzas aragonesas en Mallorca en 1229 fue descrita por Ibn ʿAmīra como “uno de los días más agonizantes para alcanzar la salvación, y su terror se parecía más al Día de la Resurrección”. La retórica escatológica, que describía nodrizas olvidando a sus hijos y mujeres embarazadas abortando, se usaba explícitamente en la carta sobre la caída de Barbastro, citando versos coránicos que describen los signos del fin de los tiempos (C. 80:37 y C. 22:2). Este terror escatológico, a su vez, tenía un valor espiritual, pues el miedo a la condenación y al juicio divino podía conducir a un arrepentimiento sincero y a la corrección de la conducta religiosa.

Paisajes de ansiedad y consuelo

La unificación de las catástrofes naturales y políticas en un mismo marco epistemológico condujo a la construcción de un paisaje simbólico compartido de terror y pérdida, un locus horribilis. El concepto de paisaje aquí no es solo físico, sino una forma de percepción culturalmente construida de ver el mundo. Las fuentes musulmanas reflejaban el paisaje de la derrota militar mediante imágenes de desastres ambientales. La pérdida de Zaragoza (1118) fue interpretada como un ḥukm Allāh (juicio de Dios) ejecutado por un ejército cristiano representado como una plaga de langostas y hormigas. Ibn ʿAbd al-Barr, en su lamento por Barbastro, describió el retroceso territorial de al-Andalus como un volcán cuyas chispas volaban en todas direcciones y un diluvio cuya terrible lluvia caía sin descanso. Este lenguaje fusionaba la amenaza política con la amenaza natural, situando ambas experiencias bajo el mismo cielo de castigo divino.

Frente al paisaje de la catástrofe y el miedo, los autores andalusíes construyeron una estrategia retórica de resistencia: un paisaje de consuelo, memoria e idealización. Al-Andalus fue reimaginado, principalmente a través de la imagen del jardín y el Paraíso. Este locus amoenus, o lugar agradable, bebía de la tradición clásica y bíblica, vinculando los espacios verdes con agua fluida y el concepto islámico de Paraíso. Esta idealización se intensificó precisamente durante el declive territorial.

El poeta Ibn Jafāja (m. 1138) elevó esta metáfora al extremo, describiendo a la gente de al-Andalus como bendecida por Dios, con sus “aguas, sombra, ríos y árboles”. Llegó a afirmar que “no hay Jardín del Paraíso excepto en vuestras moradas”, sugiriendo que la vida en al-Andalus superaba la promesa celestial. Ibn ʿAmīra, tras la caída de Valencia, lamentó la pérdida de los “prados y su rica vegetación, los arroyos y la vegetación de sus riberas”, refiriéndose a su ciudad natal, Alcira, como “un paraíso a través del cual Allāh ha hecho fluir un río”, una referencia directa a las descripciones coránicas del Edén (C. 2:25; C. 18:31).




Representación de una almunia. Manuscrito del Hadith Bayad wa Riyad (s. XIII). Bibliotheca Apostolica, manuscrito Vaticano arabo 368, f. 19r. Wikimedia Commons.


Igualmente, la memoria actuaba como una herramienta de consuelo, creando un contrapresente que contrastaba las tribulaciones actuales con una edad de oro pasada. Ante la opresión, Ibn ʿAmīra evocaba las victorias de Mūsā b. Nuṣayr, Ṭāriq b. Ziyād, o las campañas de Almanzor, sugiriendo que la posibilidad de una gloria alternativa todavía existía.

Esta articulación emocional de la historia reflejaba un profundo apego a la tierra que se intensificaba debido al trauma de la pérdida y la necesidad de emigrar, una condición también causada por los desastres naturales. El sentimiento de pertenencia a la yamāʿat al-Andalus (la comunidad de al-Andalus) se manifestó en obras como la Risāla fī faḍl al-Andalus wa-riyālihi de Ibn Ḥazm, que idealizaba la excelencia cultural andalusí como una forma de resistencia y memoria frente a los reveses territoriales.

Consideraciones finales

El estudio de las fuentes islámicas medievales demuestra que las catástrofes naturales y las catástrofes políticas, como la pérdida de al-Andalus, fueron narradas como un fenómeno singular y holístico. Los autores utilizaron el imaginario natural como un dispositivo afectivo capaz de generar emociones. Los paisajes textuales resultantes no eran simples reflejos geográficos, sino terrenos emocionalmente codificados donde el miedo, la pérdida y la esperanza estaban espacial y retóricamente inscritos.

Este patrón mediterráneo de narrar la catástrofe como pedagogía divina (castigo por los pecados de la comunidad) se extiende más allá de al-Andalus, señalando una epistemología medieval compartida donde los órdenes natural, político y moral están inextricablemente ligados. La descripción de al-Andalus realizada por el geógrafo al-Ḥimyarī en el siglo XV encapsula esta dualidad, idealizando el territorio como un Paraíso fértil, pero reconociendo la amenaza constante de desastres naturales y enemigos, al ser un lugar de ribāṭ rodeado por naciones infieles. Esta convergencia narrativa subraya que, en la mentalidad medieval, la ruina de la tierra era indistinguible de la ruina del alma y del estado. Así como un sismo agita la tierra bajo los pies, la derrota militar agitaba los cimientos morales y políticos de la comunidad.


Para ampliar:

·         AKASOY, Anna. “Islamic Attitudes to Disasters in the Middle Ages: A Comparison of Earthquakes and Plagues”, The Medieval History Journal 10/1–2 (2007), pp. 387–410.

·         ALBARRÁN, Javier. “Natural Disasters and Political Catastrophes: Entangled Feelings and Landscapes in al-Andalus and Beyond”, Journal of Arabic and Islamic Studies, 25/4 (2025), pp. 207-235.

·         BINTLEY, Michael, and FRANKLIN, Kate, Landscapes and Environments of the Middle Ages. Routledge, 2023.

·         LAFFAN, Michael, and WEISS, Max (eds.), Facing Fear: the History of an Emotion in Global Perspective. Princeton: Princeton University Press, 2012.

·         RAPHAEL, Sarah Kate. Climate and Political Climate: Environmental Disasters in the Medieval Levant. Leiden: Brill, 2013.

·         SCHENK, Gerrit J. (ed.) Historical Disaster Experiences: Towards a Comparative and Transcultural History of Disasters Across Asia and Europe, Leiden: Brill, 2017.

·         SCOTT, Anne, and KOSSO, Cynthia (eds.), Fear and Its Representations in the Middle Ages and Renaissance, Turnhout: Brepols: 2002.

 

martes, 10 de febrero de 2026

LANGOSTINOS AL DIABLO

 

LANGOSTINOS AL DIABLO

Ingredientes

10 langostinos

1,5 limón (o lima)

1 diente ajo grande

1 cebolla roja pequeña

1 cucharadita de jengibre fresco

1 cucharada de pimiento verde

½ pimiento chile majado

Aceite de oliva

Sal

 

Elaboración

Retiramos las cabezas de los langostinos (o gambas), Pelamos los langostinos manteniendo la cola.

En un bol o ensaladera, combinamos el limón o lima, el ajo picado, la cebolla cortada, el jengibre, el pimiento verde y el pimiento chile majado.

Incorporamos los langostinos, removemos y dejamos macerar durante 29 minutos. Escurrimos los langostinos.

Doramos los langostinos en una sartén durante 1 minutos por cada lado, añadimos al bol o ensaladera.

Removemos para que vuelva a coger los sabores.

¡Buen provecho!

AROZ CON LECHE DE FRAMBUESA Y LIMÓN

 

ARROZ CON LECHE DE FRAMBUESA Y LIMÓN

Ingredientes

Para el arroz con leche:

½ taza de arroz redondo

4 tazas de leche

1 vaina de vainilla

4 piezas de cascara de limón

½ Taza de azúcar

Para la salsa de frambuesa:

1 taza de frambuesas frescas:

2 cucharadas de azúcar

1 cucharadita de jugo de limón recién exprimido

Frambuesas frescas y ralladura de limón `para decorar

 

Elaboración

En una cacerola pequeña calentamos a fuego medio y agregamos 1 taza de frambuesas frescas (o congeladas), 2 cucharadas de azúcar, 1 cucharadita de jugo de limón recién exprimido , y mezclamos todo hasta su integración.

Después de unos 4 minutos, retiramos la cacerola del fuego, agregamos la mezcla de frambuesas sobre un colador con un bolo debajo, y con una cuchara de madera, presionamos las frambuesas hacia abajo para liberar todos los líquidos, dejamos el líquido de frambuesa a un lado desechando la pasta del colador.

Calentamos una sartén grande con fondo a fuego medio, agregamos 4 tazas de leche, 1 vaina de vainilla, 4 trozos de cascara de limón y mezclamos todo suavemente.

Una vez que la leche comience a hervir ligeramente, agregamos ½ taza de arroz redondo a la sartén y mezclamos todo suavemente, removiendo continuamente mientras se cocina.

Despues de unos 10 minutos desde que agregamos el arroz, bajamos el fuego a bajo y agregamos ½ taza de azúcar y continuamos removiendo.

Despues de unos 15 minutos desde que agregamos el azúcar, el arroz con leche debe estar perfectamente cocido, si pasamos la espátula de silicona por el fondo de la sartén, podemos ver la sartén, está listo, apagamos el fuego y dejamos reposar unos 5 minutos.

Distribuimos el arroz con leche en tres tazones usando solo la mitad del arroz con leche, luego distribuimos la salsa de frambuesa en cada tazón, cubrimos cada tazón con el resto de arroz con leche.

Decoramos con algunas frambuesas frescas y un poco de ralladura de limón.

¡Buen provecho!