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viernes, 12 de junio de 2026

.'ABD AL-RAHMAN V

 

.'ABD AL-RAHMAN V

‘Abd Al-Raḥmān V: Abū l-Muarrif, ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār b. ‘Abd al-Raḥmān al-Nāṣir, al-Mustaẓhir bi-llāh (El que pide ayuda de Dios). Probablemente en Córdoba más que en Madīnat al-Zahrā’, mes de ḏu-l-qa‘da de 391 H./22.VIII-21.IX.1001 – Alcázar de Córdoba, 3 de ḏu-l-qa‘da de 414 H./17.I.1024. Séptimo califa omeya de Córdoba, cuyo califato duró cuarenta y siete días exactos; era hombre de hermosas prendas naturales, de gran cultura literaria y fino poeta; hasta el punto que el literato Ibn Bassām recogería un siglo largo después sus poemas en la famosa obra de la Ḏajīra (Tesoro).

Califa omeya

Biografía

Era hermano uterino del califa Muḥammad II b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār al-Mahdī, que derrocó a los amiríes e inició la guerra civil que daría al traste con el califato cordobés. Su padre Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār que se había prestado a ser nombrado califa en una conjuración para derrocar a Hišām II y a su chambelán al-Muẓaffar, fue llevado el 13 de rabī‘ I de 397/4 de diciembre de 1006 a un calabozo de la cárcel de Córdoba, en el que pereció de asfixia o de inanición. Su madre fue una umm walad, una esclava concubina llamada Gāya (Perfección). Fue proclamado califa el día de la salida de al-Qasim b. Ḥammūd y de los beréberes de Córdoba, el martes 16 de ramadán del año 414/2 de diciembre de 1023.

Los cordobeses, después del fracaso de los califas ḥammūdíes, fuertemente berberizados, estaban decididos a nombrar de nuevo a un príncipe omeya. Acordaron elegir uno el 2 de diciembre de 1023 en la mezquita aljama de Córdoba. Tres descendientes de ‘Abd al-Raḥmān III se presentaron como candidatos: Sulaymān, hijo de ‘Abd al-Raḥmān IV al-Murtaḍà; Muhammad b. al-‘Irāqī, y ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām. Pronto se vio que la mayoría de los sufragios de la elite (jāṣṣa) y de la plebe (‘āmma) en asamblea iban a recaer en su mayoría en Sulaymān, que se hallaba en la macsura de la mezquita. Cuando he aquí que apareció ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām con gran gentío de soldados y plebe, escoltado por dos emires de la guardia, Maḥmūd y ‘Anbar, con sus espadas desenvainadas. Esto atemorizó a los visires y, llegado el último candidato a la macsura, al punto se apresuraron a besarle las manos y a prestarle juramento de fidelidad. También lo reconocieron como soberano los otros dos candidatos. Acto seguido el célebre secretario Aḥmad b. Burd raspó del acta de proclamación el nombre Sulaymān y escribió el nombre de ‘Abd al-Raḥmān, quien tomó el nombre califal de al-Mustaẓhir bi-llāh (El que pide ayuda de Dios).

Parece que este califa, pese a sus buenas intenciones y a su exquisita educación no pudo enderezar la trayectoria del califato: el tesoro estaba exhausto y, por tanto, no tenía los medios para ejercer su autoridad sobre una población tan turbulenta y dispuesta a la rebelión como la cordobesa. Cierto es que se rodeó de compañeros de intelectual valía, entre ellos, Abū ‘Amir b. Ṣuhayd, ‘Adl al-Wahhāb b. Ḥazm, y el famosísimo ‘Alī b. Ḥazm, que el gran historiador Ibn Ḥayyān, contemporáneo de los hechos, califica de “grupo de jóvenes inexpertos… muy presuntuosos”, anteponiéndolos a otros hombres de mayor autoridad política.

El califato de al-Mustaẓhir no pudo empezar peor, para procurarse dineros el nuevo califa recurrió a expedientes ilegales que le granjearon pronto la impopularidad entre las clases trabajadoras y entre el vulgo. Ibn ‘Iḏārī, recogiendo las palabras de Ibn Ḥayyān, describe así la situación: “Los engañó el brillo de la ambición en medio de una ciudad asediada, una región oprimida, una ruina continuada, y un sultán pobre en cuya mano no caía un dirhem, si no era de los restos de lo que se recogía en el interior de la ciudad o del saqueo de los víveres de los que entraban en ella, con los que prolongaba su último aliento y repartía al conjunto de los soldados que lo rodeaban y a su guardia personal, y así llegaba a cometer actos indignos y de tiranía a su grey”. Ibn Ḥayyān termina con estas lapidarias palabras: “No se mantiene un poder con el que se perjudica, se derrama sangre y se pierde la esperanza en su régimen”.

Como el nuevo califa carecía además de soldados aguerridos, acogió y honró en su alcázar a un grupo de beréberes que vinieron a proponerle sus servicios, y esta imprudencia bastó para que se desencadenase un motín en la ciudad, puesto que la población había sufrido sobremanera con la todavía reciente ocupación bereber. La población que estaba harta de los norteafricanos mató los que pudo y tomaron el alcázar de Córdoba. Los visires, notables y jeques, a quienes el califa había extorsionado dineros y mantenía presos, pidieron socorro y la plebe rompió los candados y los pusieron en libertad. Todos penetraron en el harén y lo profanaron. Al-Mustaẓhir trató de escapar del alcázar, pero al ir a salir por una puerta Maḥmūd y ‘Anbar, que días antes lo habían izado al poder, se lo impidieron. Entonces optó por esconderse en la leñera del baño con algunos beréberes. Acudió la guardia y numerosa plebe y lo sacaron de allí con la camisa ennegrecida, “en un estado horrendo”, y en ese estado fue llevado ante la persona de su primo paterno Muḥammad b. ‘Abd al-Raḥmān —que momentos antes habían hallado escondido en otro sitio del alcázar y aclamaron como califa— el futuro e incapaz al-Mustakfī bi-llāh, ya en la cincuentena (el pueblo de Córdoba lo apodaba “Miedosillo” y “Barriguita” por su poco coraje y gordura) que ordenó matarlo inmediatamente, el 3 de ḏu-l-qa‘da de 414/17 de enero de 1024. Esa fue la primera medida del nuevo soberano.

Así terminó, con 23 años, uno de los califas omeyas intelectualmente más capaces, pero que la situación y las circunstancias se aunaron para que no pudiera desarrollar sus talentos. Los efímeros califas que siguieron, ni de lejos estuvieron a su altura; pues ni fueron cultos, ni inteligentes, ni valientes.

Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, t. II, págs. 146-148

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihayāt al-arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, t. I, págs. 82-83/79

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtiṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. de E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 135-140 [traducción crítica (con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lèvi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258) por F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas (al-Bayān al-Mugrib), Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 120-123]

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne. Jusqu’à la Conquête de l’Andalousie par les Almoravide (711-1010), ed. E. Lévi-Provençal, Leide, Brill, 1932, t. II, págs. 321-326

Ibn Al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-a‘lām, ed. E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dar al-Makchouf, 1956, págs. 134-135 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschischte Spanien. Übersetzung der A‘mal al-A‘lam und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlags, 1970, págs. 272-273)

E. Lèvi-Provençal, España Musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J. C.), t. IV de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, 3ª ed. Madrid, Espasa-Calpe, 1967, págs. 482-483

“‘Abd al-Raḥmān V b. Hishām b. ‘Abd al-Djabbār”, en Encyclopédie de l’Islam, Leide-Paris, Brill-Maisonneuve, t. I, 1975, pág. 86

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 172-174/218-221

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

jueves, 11 de junio de 2026

ALI B.HAMMUD

 ALI B.HAMMUD

‘Alī b. Ḥammūd. Abū l-Ḥasan ‘Alī b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‛Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‛Alī b. Abī Ṭālib, al-Nāṣir li-Dīn Allāh (El que defiende victoriosamente la religión de Dios), Mutawakkil ‘alà Allāh (El que se pone en manos de Dios). Actual norte de Marruecos, hacia 352-3 H. / 964 – Córdoba el 1º de ḏu-l-qa‘da de 408 H./22.III.1018. Primer califa ḥammūdí, y por tanto ḥāšimí, de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭālib y de Fátima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato no duró más que un año, nueve meses y nueve días.

Rey de Taifa

Biografía

 


Su padre Ḥammūd b. Maymūn fue un notable de la zona de Arcila, de una preclara familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo. La familia empezó a adquirir relieve de nuevo con ‛Alī b. Ḥammūd. Éste, cuando se enteró de que el califa Muhammad II al-Mahdī había sido depuesto, fue con su gente a Ceuta y tomó posesión de la ciudad diciendo que el nuevo califa Sulaymān al-Musta‘īn le había concedido su gobierno. Efectivamente, Sulaymān concedió el gobierno de las plazas andalusíes de Ceuta a ‛Alī b. Ḥammūd, y Algeciras, Tánger y Arcila a su hermano mayor, al-Qāsim, adheridos hacía tiempo al partido bereber que sostenía al nuevo califa.

Hay que tener en cuenta que en los albores del siglo XI los ḥammūdíes aparecen ya establecidos en al-Andalus. Ibn Hayyān cuenta que cuando las milicias de Sulaymān al-Musta‘īn asaltaron Madīnat al-Zahrā’ el 23 de rabī‘ I del 401/4 de noviembre de 1010, el califa situó en Seqūnda a los caídes ‘alawíes con sus zanāta, ‛Alī y al-Qāsim hijos de Ḥammūd, sin parar mientes que depositaba las llaves del Estrecho en manos que no le eran adictas. La decisión del califa sorprendió a los notables bereberes que lo habían elevado al trono, los cuales le reprocharon este acto que estimaban contrario a los intereses del soberano. Los ‘alawíes no habían renunciado a sus pretensiones al califato y el buen criterio político aconsejaba relegarlos a un segundo término. ‘Abd Allāh al-Birzālī, que dominaba la comarca de Jaén increpó al califa diciéndole: “¿Acaso los ‘alawíes no son ṭālibíes?” Contestó: “Si”. Díjole: “Has dado eso a unas culebras y los has vuelto gruesas serpientes”.

Dado el desgobierno y el reparto de al-Andalus efectuado por Sulaymān al-Musta‘īn para pagar tropas con territorios, ‘Alī b. Ḥammūd se comportó como soberano independiente, con razón o sin ella pasaba por haber recibido el testamento de Hišām II, que había designado a ‘Alī como su auténtico sucesor, dada la nobleza de su origen.

Pronto el ḥammūdí se deshizo de los notables ceutíes leales al califa al-Musta‘īn, entre ellos el cadí de la ciudad y un reputado alfaquí que serían asesinados por su orden en el año 404/1013-4. Después de tener el poder asegurado en Ceuta resolvió hacerse con el califato. Enseguida recibió el apoyo de los esclavones ‘āmiríes del Levante de al-Andalus y la neutralidad de los bereberes zīríes de Granada. En el 406/1016 atravesó el estrecho y se aposentó en Málaga, en manos del gobernador ‘Āmir b. Fatūḥ, leal a su causa. Desde allí se dirigió a Almuñécar, donde se le unió Jayrān, esclavón ‘āmirí, régulo de Almería, y tomó el camino de Córdoba. Su hermano al-Qāsim quedaba en la retaguardia aposentado en Algeciras, en caso de fracasar el proyecto. Sulaymān al-Musta‘īn fue derrotado y hecho prisionero con suma facilidad en las cercanías de la capital por las fuerzas de ‛Alī; ya que por lo general los mercenarios bereberes hicieron causa común con el aspirante al trono al que consideraban uno de ellos.

Una vez en Córdoba, en la que entró el 22 de muḥarram de 407/1 de julio de 1016, lo primero que hizo fue exigir que se le entregase a Hišām II vivo o muerto, pues aunque sabía que había sido asesinado, quería legitimar así su ascensión al trono. Desenterrado el cadáver de Hišām e identificado, se le volvió a sepultar, y el propio ‛Alī b. Ḥammūd mató al depuesto Sulaymān al-Musta‘īn por su propia mano. Según el historiador Ibn al-Jaṭīb, diciendo en árabe berberizado: “El sultán no debe ser matado sino por el sultán”, ordenando acto seguido que el hermano de Sulaymān y su anciano padre fueran suprimidos. Al día siguiente 23 de muḥarram de 407/2 de julio de 1016 fue proclamado califa como legítimo sucesor de Hišām II, siendo jurado por sus partidarios y notables cordobeses en Bāb al-Sudda, una de las puertas del alcázar califal, adoptando el nombre honorífico que otrora había llevado Abderramán III: al-Nāṣir li-Dīn Allāh, así como aquel otro de Mutawakkil ‘alà Allāh. Por vez primera, desde la restauración de la dinastía omeya en al-Andalus, ocupaba el trono un soberano no marwāní.

Durante los primeros ocho meses de su reinado se aseguró la estima de sus administrados aplicando rigurosamente la ley entre los beréberes, habituados a cometer desmanes en la más absoluta impunidad, hasta el punto de mandar ejecutar a un beréber por coger un ramo de uvas de una parra ajena. Pero le sirvió de poco la estricta aplicación de la ley (šarī‘a), los cordobeses empezaron a murmurar contra él considerándolo un usurpador extranjero y manifestando abierta simpatía por el pretendiente omeya, al-Murtaḍà, o sea, ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd Allāh b. al-Nāṣir, suscitado en el Levante de al-Andalus por el esclavón Jayrān, señor de Almería, y el tuŷībí Munir b. Yaḥyà de Zaragoza, proclamándolo califa el 10 de ḏu-l-hiŷŷa de 408/29 de abril de 1018. Entonces ‛Alī b. Ḥammūd trocó su benevolencia por las gentes de Córdoba en terror, haciendo que los zanāta recobraran su inmunidad y sus privilegios, y sometiendo a la población a toda clase de impuestos, declarando a los notables cordobeses responsables de la menor agitación de la plebe.

Los cordobeses esperaban la llegada de al-Murtaḍà para levantarse contra el tirano, quien resuelto a acabar con el opositor omeya, anunció su propósito de dirigirse a tierras jienenses para atacarlo. No pudo realizar su proyecto, sin embargo, tres esclavones domésticos del alcázar (Mun’ih, Labīb y ‘A’īb) resolvieron acabar con ‛Alī b. Ḥammūd en el baño real por propia iniciativa. Le arrojaron a la cabeza un pesado cubo de cobre y lo apuñalaron, evadiéndose sin más del alcázar de Córdoba. Fueron sus mujeres, inquietas por su tardanza, las que descubrieron su cadáver nadando en un charco de sangre. Sus partidarios entonces —por más que el califa asesinado hubiera designado previamente como sucesor a su hijo Yaḥyà, que se hallaba en Ceuta— avisaron a su hermano que estaba de gobernador en Sevilla. Éste temió que fuera un ardid contra él y envió a quien examinara y verificara la autenticidad de los hechos; sólo entonces al-Qāsim b. Ḥammūd se desplazó a Córdoba, sacaron el cuerpo de su hermano, hizo los rezos preceptivos por él y envió su féretro a la ciudad de Ceuta, donde fue enterrado. Dos de los asesinos parece que fueron hallados y crucificados en el puente de Córdoba.

Los beréberes se apresuraron a proclamar califa a al-Qāsim b. Ḥammūd tres días después de la muerte de su hermano, o sea, el 4 de ḏu-l-qa‘da de 408/22 de marzo de 1018.

Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, t. II, págs. 133-137

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la littérature des Arabs d’Espagne, por R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leide, 1855, t. II, págs. 315-319 (trad. parc. P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, New York-London, Johnson Reprint Corporation, 1964, t. II, págs. 230-233)

Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, ed. C. J. Tornberg, Leide, Brill, 1863, t. IX, págs. 269, 272

‘Abd Al-Wāḥid Al-Marrākušī, Kitāb al-Mu‘ŷib fī taljīs ajbār al-Magrib, ed. R. Dozy bajo el título de History of the Almohades, Leide, 1881, reimpr. Ámsterdam, Oriental Press, 1968, pág. 35 (trad. E. Fagnan, Histoire des Almohades, Argel, Adolfo Jordán, Libraire-Éditeur, 1893, págs. 36-37 y 42-43)

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihāyat al-‘arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, t. I, págs. 79-80/75

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtiṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 113-114, 117-125 y 188-189; trad. crít. (con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lévi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258) por F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas (al-Bayān al-Mugrib), Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 103-104, 106-112 y 160-161

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne, ed. E. Lévi-Provençal, Leide, Brill, 1932, t. II, págs. 310-316

L. Seco de Lucena, Los Ḥammūdies, Señores de Málaga y Algeciras, Málaga, Exmo. Ayuntamiento de Málaga, 1955, págs. 13-19

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-a‘lām, ed. E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dar al-Makchouf, 1956, págs. 128-129 (trad. W. Hoenerbach, Islamische Geschischte Spanien. Übersetzung der A‘māl al-A‘lām und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlags, 1970, págs. 262-264)

Al-Ḥumaydī, Ŷadwat al-muqtabis fī ḏikr wulāt al-Andalus, ed. M. T. al-Tanŷī, El Cairo, al-Dār al-Miṣriyya, 1966, pág. 22

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), t. IV de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, 3ª ed. Madrid, Espasa Calpe, 1967, págs. 477-478

A. Huici Miranda, “Ḥammūdides”, en Encyclopédie de l’Islam, t. III, Leide-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975, págs. 150-151

J. M. Continente, “Los Ḥammūdíes y la poesía”, en Awrāq, 4 (1981) pág. 57-72

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. de L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 170-171/216-217

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

miércoles, 27 de mayo de 2026

LOS AMIRÍES: SUCESORES DE ALMANZOR. ABD AL-MLIK AL-MUZAFFAR.

 

LOS AMIRÍES: SUCESORES DE ALMANZOR. ABD AL-MLIK AL-MUZAFFAR.

 

Abd al-Mlik   al-Muzaffar.

Tras la muerte de Almanzor, su sucesor fue su hijo predilecto, Abd al-Malik, que ya había dado pruebas de su buen hacer, tanto en las luchas contra los cristianos, como cuando fue virrey en tierra magrebíes. Se encontraba junto a su padre, cuando éste murió en Medinaceli y a él le transmitió su testamento político, dictado en plena lucidez. En este testamento, anima a su hijo a seguir el camino que él le ha trazado; le deja una hacienda próspera; la aristocracia ha sido relegada a un segundo plano, cuando no aniquilada, y ya no puede hacer uso de sus antiguas prerrogativas militares; los recursos del Estado no deben ser malgastados y los agentes fiscales vigilados muy de cerca. Almanzor aconseja a su heredero que cuide bien de Hisham II, especialmente de cara al exterior, pues nada tiene que temer de él, si le mantiene en su puesto y le hace sentirse como un califa ante él mismo y los demás,  ro que tenga cuidado con la camarilla  que le rodea que pueden utilizar el nombre del califa para sus manejos. Si no se sale de los términos de fidelidad jurada a Hisham, su posición sera siempre sólida. Por último le encarga que trate con benevolencia a su hermano Abd Al Rahman, más pequeño que él y peor dotado, y a todos los clientes en Córdoba como en las peligrosas fronteras con tierras cristianas.

Abd al-Mali no tenía la talla de su padre, pero poseía algunas de sus cualidades y fue un digno sucesor, al que su prematura muerte no permitió ir más allá. Respetó las instrucciones que le diera su progenitor, y tanto su celo religioso como su valor en el combate, le granjearon el respeto de sus súbditos.
Hisham II ratificó la sucesión de Abd al-Malik al frente del Estado. El califa sólo quería vivir tranquilo, y le entregó un decreto en el que le confería las mismas prerrogativas que a su padre. Este decreto fue leído desde el minarete de la mezquita mayor. Los que había tomado sus posiciones de oposición al nuevo regente, fueron desterrados a Ceuta y el traspaso de poderes, de padre a hijo, se realizó sin sobresaltos. Abd al-Malik parece que sintió agradecimiento hacia el califa por haber accedido tan pronto y tan bien a confirmarle como regente y le tratará mejor aún que su padre. Incluso a veces le invitará a fiestas en al-Zahira, pero eso sí, lo sacará del Alcázar, disfrazado y por calles desiertas para que no pueda mantener ningún contacto con su pueblo. El caso es tenerlo entretenido y que no piense en nada que tenga que ver con el gobierno o con el Estado. También tendrá buen cuidado Abd al-Malik en congraciarse con las mujeres de palacio, siempre inquietas y aburridas. Las príncesas se vuelven locas por los objetos originales, por productos exóticos, por las joyas de ensueño... y llevadas de este afán y de su credulidad, avispados mercaderes y anticuarios sin escrúpulos, les venderán planchas de madera del arca de Noé y otros elementos igual de falsos y sorprendentes. Y el nuevo regente no escatimará recursos, salidos de las arcas del Estado, para que satisfagan todos los caprichos.


 De todas formas, nunca se vio en Córdoba un lujo más desenfrenado. Se vivía el presente como si se presagiara que ese " estado de bienestar " no iba a ser duradero. Cualquier actividad que tuviera que ver con mercancías elegantes y costosas, nunca se había visto favorecida con tan numerosa clientela. El propio Abd al-Malik hacía alarde de una ostentación, en el vestido y en las joyas, que admiraba y sorprendía. Pero hay que reconocer que a pesar de estos alardes, el hijo de Almanzor también sabe acercarse, en un gesto de humildad, a los eremitas, a los cárceles para conocer su funcionamiento y que los presos no cumplan más pena que a la que han sido condenados. Al igual que su padre, se preocupará de los literatos, poetas, astrólogos, y jugadores profesionales de ajedrez, que se mueven en su entorno, reciban pagas y gratificaciones. Con todo, Abd al-Malik, es y se siente un soldado, y en ningún lugar está tan a gusto como rodeado de sus tropas, de sus oficiales con los que, con frecuencia, se entrega, con demasiada pasión, a los placeres del vino. Aunque todos conocían este defecto, grave en un musulmán, todos callan, pues al llegar al poder, Abd al-Mali, ha reducido en una sexta parte el total de las contribuciones del pueblo.
   A su lado, la personalidad del hermano, Abda al-Rahman, queda bastante desdibujada, así como su papel en la corte. Entre el alto personal del Estado, los dos primeros son el esclavo Tarafa  el visir Ibn al-Qatta. Otro de sus protegidos será Isa ben Sa´id, en el que confiaba tanto que hasta llegó a otorgarle la mano de una de sus hermanas, pero todos participarían en conjuras contra aquel al que debían buena parte de su fortuna.
   Ibn al-Qatta se dio cuenta de que Abd al-Malik no tenía el carácter de su padre y decidió tomar sus propias decisiones. Molestó a los eslavos e intentó introducir en los cuadros del ejército a clientes árabes. Isa, por su parte, tramó un complt para asesinar, de una sola tacada, a Hisham y a Abd al-Malik, para colocar en su lugar a un nieto de Abd al-Rahman III. El regente no dio crédito a las denuncias que recibió hasta que su propia madre le puso en alerta. No tuvo tiempo para concretar sus planes, pues fue apresado y muerto en el propio palacio ante Abd al-Malik. En cuanto al pretendiente fue encarcelado, tres días después, y murió en la cárcel, no se sabe si estrangulado o de inanición.


   Poco después de estos hechos, Abd al-Malik volvió de una expedición victoriosa contra la plaza de Clunia, y obtuvo el permiso de Hisham para usar el titulo de al-Muzaffar,  " el Triunfador ", por el que los historiadores árabes le nombrarán casi siempre. Pero poco tiempo iba a disfrutar de este título honorífico. Comenzó a sufrir una enfermedad en el pecho que lo mató en un año, cuando salía para una campaña invernal contra Sancho García. Murió junto al convento cristiano de Guadalmellato, el 20 de octubre de 1008. Algunos cronistas apuntan,  y según Levi Provençal puede que acierten, que el segundo hijo de Almanzor, Abd al-Rahman Sanchuelo puedo tener algo que ver en la muerte prematura de su hermano, que dejó este mundo con sólo 33 años. Lo cierto es que , tras la muerte de al-Muzaffar, se iba a desencadenar la terrible época de la fitna, mientras que comenzaba la agonía del califato andalusí.
   Abd al-Malik supo mantener la hegemonía militar de Córdoba frente a los reinos cristianos, todavía sumidos en luchas intestinas, e incapaces de hacer frente , unidos, a su tradicional enemigo musulmán. Castigará a aquellos que rompan las treguas firmadas, como en el caso del conde franco de Barcelona, pero se avendrá a nuevos pactos en el conde castellano Sancho García.
   También intervendrá como árbitro en la querella del conde Sancho García con el conde gallego Menendo González, tutor del rey leonés Alfonso V. La madre del pequeño era hermana del conde castellano y éste quería quitar de en medio al gallego y ejercer él mismo la regencia del reino de León. Abd al-Malik les envió al juez de los mozárabes de Córdoba que se pronunció a favor del Menendo González que conservará la tutela del joven hasta su asesinato en 1008.


   Sancho, molesto con el fallo del juez, rompió la tregua con al-Andalus, pero no tardó en darse cuenta de su error y en ofrecerse a colaborar en las campañas de Abd al-Malik, si bien el conde castellano firmaba tantas treguas como prisa se daba en romperlas , y al-Muzaffar tuvo que combatirle en varias ocasiones, con suerte diversa.
   En el año 1006, estando el regente en Medinaceli, recibió a un embajador bizantino que traía un mensaje del emperador Basilio II, y que parece que llevaba con él a cierto número de marinos andaluces, apresados en las costas de Cerdeña y Córcega, mientras ejercían la piratería. Posiblemente se tratase de un intercambio de cautivos, pero fue y a la última vez que un embajador bizantino se presentó en la Península Ibérica ante un jefe del Estado musulmán.

Libro al-Andalus de Concha Masiá.

 

MUHAMMAD II

 

MUHAMMAD II

Muḥammad II. al-Mahdī: Abū l-Walīd Muḥammad b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār b. ‘Abd al-Raḥmān, al-Mahdī. Córdoba, m. s. x – 23.VII.1010. Cuarto califa omeya de Córdoba.

Califa omeya

Biografía

Bisnieto de ‘Abd al-Raḥmān III. Su padre, Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār, fue asesinado al conocerse la conjura para colocarlo en el Trono en lugar de Hišām II, organizada por el visir ‘Īsà b. Sa‘īd al-Yaḥşūbī, a fin de deshacerse de ‘Abd al-Malik al-Muẓaffar. Su madre fue una esclava llamada Muzna, conocida por la Coja.

Físicamente era de piel clara, rubio, de ojos azules y pupilas negras, de elevada estatura, aunque encorvado, y hermoso cuerpo.

El reinado del califa Hišām II se había caracterizado por la nula intervención de éste en los asuntos de Gobierno y por haber delegado el poder en sus chambelanes, primero Almanzor y luego los hijos de éste, ‘Abd al-Malik al-Muẓaffar y ‘Abd al-Raḥmān Sanchuelo.

La designación en 1008 del ‘āmirí Sanchuelo como sucesor de Hišām II, que suponía el traspaso del título califal de la dinastía omeya a la ‘āmirí, provocó el descontento general en Córdoba y dio paso a la época de la fitna, caracterizada por continuas revueltas y levantamientos.

Los omeyas, para quienes era una afrenta el nombramiento de Sanchuelo, se confabularon contra el ‘āmirí y propusieron a un bisnieto de ‘Abd al-Raḥmān III, Muḥammad b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār para encabezar el golpe de Estado. Se supone que éste recibió la ayuda de al-Ḏalfā’ la madre de al-Muẓaffar, que deseaba vengar la muerte de su hijo, a la que creía que no era ajeno Sanchuelo. Con su fortuna ayudó a Ibn ‘Abd al-Ŷabbār, que empleó el dinero recibido en ganarse al populacho.

Los conjurados aprovecharon una campaña militar de Sanchuelo en territorio enemigo para el levantamiento. Lo primero que hicieron fue asaltar el alcázar. Hišām II, temeroso, cerró la puertas y subió a la azotea con dos servidores que portaban sendos ejemplares del Corán, esperando el apoyo del pueblo, pero, no obteniendo el resultado previsto, se encerró y envió un emisario a Muḥammad prometiéndole deshacerse de los ‘Āmiríes y nombrarlo sucesor. Éste no aceptó la propuesta y Hišām hubo de rendirse. Esa misma noche abdicó y tuvo lugar la investidura de Muḥammad, que tomó el título honorífico de al-Mahdī. Según dice Ibn ‘Iḏārī, nunca un omeya había utilizado el título de Mahdī y su adopción por parte de Ibn ‘Abd al-Ŷabbār fue el primero de sus actos reprobables. Hay que tener en cuenta que Al-Mahdī significa “el bien guiado” (por Dios), como delegado directo suyo, y que la adopción de este nombre por Ibn ‘Abd al-Ŷabbār tal vez fuera un intento de legitimación del poder que había usurpado. Tuvo Muḥammad al-Mahdī otro apodo, el Mangas (al-Manqaš), éste otorgado por el pueblo, debido a su “blandura, inconstancia y ligereza” (Bayān, tr. F. Maíllo, pág. 56).

Madīnat al-Zāhira, la residencia de los ‘Āmiríes y centro del poder desde época de Almanzor, fue asaltada y sólo la rendición de sus moradores puso punto final a los saqueos que se estaban produciendo. No obstante, al-Mahdī se apropió del tesoro que allí se guardaba y lo trasladó al alcázar califal.

Abandonado por sus oficiales beréberes, Sanchuelo encontró su fin antes de llegar a Córdoba a manos de las tropas de al-Mahdī. Fue decapitado el 4 de marzo de 1009, y la misma suerte corrió su aliado el conde cristiano Ibn Gómez. Posteriormente le unieron la cabeza al cuerpo, que fue clavado en un alto madero en la puerta de la Azuda.

Nada más hacerse con el poder, al-Mahdī empezó a tomar medidas para consolidar su situación, es decir, asegurarse la fidelidad de sus partidarios y deshacerse de todo el que supusiera una amenaza. En primer lugar, fingió la muerte de Hišām II, a quien ocultó, mientras exponía el cadáver de un cristiano o judío que se le parecía y convocaba a los visires y servidores para que lo vieran. El cuerpo fue reconocido como el del depuesto califa, sin que nadie objetara nada, ni siquiera su primo Hišām b. ‘Abd Allāh b. al-Nāsir; tampoco habló el cadí Ibn Ḏakwān y el falso Hišām fue enterrado como al-Mu’ayyad. Ocurrió esto el 25 de abril de 1009.

Wāḍiḥ, jefe de la frontera y de Medinaceli, que había enviado su sumisión a al-Mahdī, recibió en pago grandes riquezas y fue confirmado en el mando de toda la frontera. Otros no corrieron la misma suerte, pues el 28 de marzo de 1009 al-Mahdī expulsó a un grupo de esclavos ‘āmiríes a los extremos de al-Andalus, donde posteriormente fundarían sus propios reinos.

Con todo, fueron los beréberes los que llevaron la peor parte. Zāwī b. Zīrī, jefe şinhāŷa cuya familia dominaba el norte de África, fue humillado y, no sólo eso, sus casas y las de los Banū Māksan y otros beréberes fueron desvalijadas, sin que el nuevo Califa hiciera nada para impedirlo, debido a su odio a los beréberes.

Se dice que su vida depravada, con borracheras continuas y otros actos considerados ilícitos, fue una causa más del levantamiento que finalmente tuvo lugar y que agrupó a esclavos ‘āmiríes, beréberes y otros de la plebe que habían sido recientemente licenciados, en torno a Hišām b. Sulaymān, nieto de ‘Abd al-Raḥmān III, al que llamaron al-Rašīd (“el bien dirigido”).

Bajo su mando se dirigieron al alcázar y lo asediaron durante un día y una noche, tras la cual, al-Mahdī atacó. Hišām b. Sulaymān fue apresado y matado en presencia de al-Mahdī y los beréberes fueron perseguidos. Se ofreció recompensa por sus cabezas, se saquearon sus casas, se cautivó a sus mujeres y hubo una gran matanza por parte de la plebe. Los beréberes tuvieron que ocultarse hasta que se prohibió hacerles daño mediante un pregón.

Los que habían huido se refugiaron en Secunda, agrupándose en torno a Sulaymān b. al-Ḥakam, un sobrino de al-Rašīd, al que proclamaron califa con el título de al-Musta‘īn bi-llāh (“el que busca la ayuda de Dios”) el 24 de junio de 1009. Marcharon con él a Calatrava hacia el 27 de junio de 1009 y allí los alcanzó ‘Abbās al-Birzālī enviado por Ibn ‘Abd al-Ŷabbār con un amán para que volvieran a la obediencia. Ellos rechazaron el perdón y marcharon contra Guadalajara, que tomaron por la fuerza, y luego a Medinaceli, donde estaba Wāḍiḥ. Tras vanos esfuerzos de negociar, entablaron combate con él, venciéndolo en Qal‘at ‘Abd al-Salām, cerca de Alcalá de Henares (agosto de 1009).

Mientras, Córdoba se preparaba para la llegada de los beréberes. Muḥammad III cavó un foso alrededor, dejó salir a los beréberes que habían quedado, aunque éstos prefirieron refugiarse en sus casas, y dispuso a los hombres en las entradas de los arrabales, puertas y murallas. Contaba además con Wāḍiḥ, que había llegado con cuatrocientos hombres desde Medinaceli.

Sulaymān al-Musta‘īn, con la ayuda de Sancho García, conde de Castilla, al frente de un gran Ejército cristiano, atacó el sábado 5 de noviembre de 1009, logrando la victoria sobre los cordobeses en la batalla de Qantīš. Los beréberes provocaron el terror en Córdoba, la ciudad fue saqueada y murieron miles de cordobeses (se dice que diez mil). Al-Mahdī se vio obligado a huir y de nada le sirvió su intento de reponer a Hišām.

La jura del nuevo Califa tuvo lugar en noviembre de 1009. Reinó Sulaymān al-Musta‘īn desde el 8 noviembre de 1009 hasta el 29 de mayo de 1010, en total siete meses.

En esas fechas tuvo lugar el segundo enfrentamiento. Al-Mahdī había huido a Toledo. Mientras, Wāḍiḥ logró aliarse con Ramón Borrell III, conde de Barcelona, y Ermengol I, conde de Urgel, quienes, a cambio de una gran suma de dinero, más víveres y otras concesiones territoriales, accedieron a acompañarlo a Córdoba para apoyar a Ibn ‘Abd al-Ŷabbār. Se enfrentaron las tropas “francas”, como las llaman las fuentes árabes, y las beréberes en la batalla del Vacar (23 de mayo de 1010) y Sulaymān, al ver avanzar al enemigo, huyó a Játiva. Ante la huida de su jefe, los beréberes marcharon a Madīnat al-Zahrā’ para intentar salvar familias y bienes.

Al-Mahdī volvió a reinar en Córdoba, después de recibir el juramento de fidelidad. El primero en prestarlo fue Hišām II. Este segundo reinado duró aún menos que el primero, pues Wāḍiḥ, que había sido nombrado ḥāŷib, lo odiaba por lo que había hecho a los ‘āmiríes y por haberse entregado de nuevo a la depravación y al vino, y se alió con un grupo de esclavos ‘āmiríes para matarlo. El encargado de su ejecución fue un esclavo de al-Ḥakam II llamado al-Šafaq. Después de degollarlo, su cabeza fue enviada a los beréberes (23 de julio de 1010).

Reinó Muḥammad II al-Mahdī, pues, dos veces, la primera desde el destronamiento de Hišām II el 14 de enero de 1009 (según otras fuentes, 16 de febrero) hasta ser depuesto por Sulaymān al-Musta‘īn el domingo 6 de noviembre de 1009, durando este primer reinado nueve meses. El segundo reinado, tras al-Musta‘īn, duró tan sólo cuarenta y nueve días.

No tuvo más descendientes que un hijo y una hija. Ésta se casó con Muḥammad b. ‘Abd al-Ŷabbār b. ‘Abd al-‘Azīz b. ‘Abd al-Ŷabbār b. al-Nāşir. El hijo, llamado ‘Ubayd Allāh, que a la muerte de su padre contaba dieciséis años, huyó a Toledo, donde se dice que sus partidarios lo nombraron emir. También se dice que fue quien mató a Hišām II. A él lo mató Wāḍiḥ.

Bibliografía

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E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031 de J. C.), en Historia de España de Menéndez Pidal, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1947, págs. 457-470

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Ibn al-Abbār, Kitāb al-Ḥulla al siyarā’, vol. II, ed. Ḥ. Mu’nis, El Cairo, Al-Šarika al-‘Arabiyya li-l-Ţibā‘a wa-l-Našr, 1963, págs. 5-7

M. ‘A. A. ‘Inān, Dawlat al-Islām fī l-Andalus, vol. II, El Cairo, Maktabat al-Jānŷī, 1964-1969, págs. 632-638 y 642-650

Ibn ‘Iḏārī al-Marrākušī, Kitāb al-Bayān al-Mugrib fī ajbār al-Andalus wa-l-Magrib = Histoire de l’Afrique du Nord et de l’Espagne musulmane, nouvelle édition publié d’aprés l’édition de 1848-1851 de R. Dozy par G. S. Colin et E. Lévi-Provençal, t. III, Beirut, Dār al-Ṯaqāfa, 1967, págs. 50-100

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb min gusn al-Andalus al-raṭīb, ed. I. ‘Abbās, t. I, Beirut, Dār Ṣādir, 1968, págs. 426-428

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Ibn Bassām al-Šantarīnī, Al-Ḏajīra fī maḥāsin ahl al-Ŷazīra, ed. I. ‘Abbās, vol. I, Beirut, Dār al-Ṯaqāfa, 1979, págs. 35-36

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Una descripción anónima de al-Andalus = Dikr bilad al-Andalus, ed. y trad. L. Molina, Madrid, Instituto Miguel Asín, 1983, I, págs. 199-201 (texto árabe), y II, págs. 209-212 (trad. española)

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bn ‘Iḏārī al-Marrākušī, La caída del Califato de Córdoba y los reyes de taifas (al-Bayān al-Mugrib), estudio, trad. y notas por F. Maíllo Salgado, Salamanca, Universidad, 1993, págs. 56-92

Autor/es

  • María Luisa Ávila Navarro

 

viernes, 22 de mayo de 2026

EL FIN DE SANCHUELO.

 

EL FIN DE SANCHUELO.


   Los omeyas, que se habían visto relegados del trono, encontraron un aliado singular: la madre del difunto Abd al-Malik al-Muzaffar, llamada al-Dhalfa. Sospechaba la mujer que su hijo había sido envenenado a instancias de Sanchuelo y deseosa de vengar su muerte se alió con los descendientes de al-Nasir, prometiéndoles ayuda material, pues era inmensamente rica, si emprendian alguna acción contra el hijo pequeño de Almanzor. Eligieron para el golpe de Estado a un descendiente omeya, bisnieto de Abd al-Rahman III, Muhammad ben Hisham ben Abd al-Chabbar. A pesar de la nobleza de su linaje, Muhammad tenía un aire plebeyo y se encontraba a sus anchas entre el populacho más bajo de la ciudad de Córdoba. Tal vez por eso le eligieron para dar ese golpe de mano. Con el dinero de al-Dhalfa, se dedicó a comprar voluntades con lo que el número de sus adeptos se multiplicó. Sólo se esperaba que Sanchuelo llegase al confín más alejado, dentro de la Península, para proceder a desencadenar la revuelta.

   El regente había dejado al-Zahira a cargo de tres personas de toda su confianza: el visir, el secretario de Estado y el prefecto de su residencia. Pero lo primero que hizo Muhammad ben Hisham fue atacar el Alcázar, donde se encontraba el califa. El 15 de febrero de 1009, los correos trajeron noticias de que Sanchuelo entraba en territorio enemigo, lo que fue aprovechado por los conjurados para rodear el palacio califal. Las cárceles se abrieron y todos los condenados se unieron al movimiento de los sublevados.
   Hisham II comprendió que estaba en peligro y mandó cerrar las puertas del Alcázar, mientras se exhibía desde una terraza. Pensaba que su presencia, entre ejemplares del Corán, impondría respeto y cordura, pero fue acogido entre burlas. Se retiró a su oratorio privado, dando órdenes de que no se disparase sobre los amotinados. El jefe de la rebelión, por su parte, ordenó que el Alcázar se tomase lo antes posible. Con escalas sujetas a los muros, las masas fueron entrando en el palacio por los tejados, sin que nada contuviese su avance. Los asaltantes se hicieron con los depósitos de armas y comenzaron el saqueo. El califa, sintiéndose perdido, envió un mensaje a Muhammad por el que se comprometía a quitar el poder a los amiríes, devolverlo a los omeyas y designarle heredero. Muhammad, dueño de la situación, le hizo llegar a Hisham otro mensaje, en el que él imponía sus condiciones al califa, que no tuvo más remedio que aceptar. El Alcázar quedó abierto y Muhammad se instaló en el salón del trono, donde pasó la noche dictando consignas a sus ardientes partidarios.


   Estas noticias llegaron a al-Zahira, que se puso en sobre alerta para defender la residencia amirí. Los primeros revoltosos fueron rechazados por una salida de la guarnición, pero como anochecía, las hostilidades quedaron suspendidas hasta el día siguiente.
   Las primeras medidas que tomó Muhammad fueron muy acertadas. Hizo que la multitud abandonara el Alcázar y que se protegiese la entrada del harén. Envió un eunuco a Hisham, que continuaba refugiado en su oratorio privado, para invitarle a que abdicara en su favor. El califa lo aceptó y, esa misma noche, fueron convocados todos los altos dignatarios y todos los alfaquíes para que jurasen al nuevo soberano. Dos notarios recogieron la renuncia de Hisham II y se invistió a Muhammad con arreglo a la tradición, con el mismo ceremonial con el que se designaba a los califas. El nuevo califa adopto el sobrenombre de al-Madhí bi-allah, " el bien dirigido por Dios ".
   Al día siguiente Muhammad dio la oportunidad a toda la plebe de incorporarse al ejército, en gratitud por haberle ayudado a acceder al trono con tanta facilidad, en calidad de milicianos remunerados. Pero no eran más que soldados ruines, sedientos de botín y, enviados a saquear al-Zahira, no dejaron piedra sobre piedra. La residencia se entregó a cambio de que sus habitantes pudieran salvar la vida. No se respetaron ni los gineceos de Almanzor y sus hijos. A las mujeres que allí estaban y que eran de condición libre, se las dejó marchar, mientras que las que eran esclavas, pasaron a poder del nuevo califa. Al-Dhalfa fue tratada con todo respeto, pero ella, por si acaso, ya había puesto su fortuna a buen recaudo, en Córdoba.
   Al-Zahira cuando ya había sido despojada de todo, hasta de las vigas de madera, puertas o tazas de mármol, quedó reducida a escombros, de tal manera, que el tiempo se ha encargado de borrar de manera total, sin que nunca se haya encontrado el más mínimo vestigio de ella.
   ¿ Cuál iba a ser la reacción de Sanchuelo ?
Además de estar bien vivo, contaba con las fuerzas del ejército regular, con el que podría defenderse. Era de suponer que volviese, a uña a caballo, a recuperar su puesto y que la ciudad se aprestase a la defensa.  Para contar con las adhesiones de los más reticentes, Muhammad abolió varios impuestos y reforzó la medida, con que, desde el minarete de la mezquita, se lanzasen maldiciones contre el usurpador amirí.
   Estas noticias le llegaron a Sanchuelo estando en Toledo y en lugar de correr hacia Córdoba perdió el tiempo en recibir el juramento personal de todos los soldados que le acompañaban. Empezaron las deserciones. El jefe zeneta dijo que no se podía combatir a los cordobeses sin atraer la desgracia sobre sus familias que se habllaban en la ciudad. Muchos consideraban que Sanchuelo era demasiado mal musulmán para que le debieran lealtad... Se encontraba cada vez más desamparado. Desde Calatraba, tomó el camino a Córdoba y el 28 de febrero de 1009 llegó a dos jornadas de la capital. Hicieron noche y desertaron todos los beréberes. Sólo podía contar con el gobernador de Medinaceli, Wadith, pero no se sabe por qué no recurrió a él.


   Un conde cristiano, de la familia de los Beni Gómez de Carrión, que le acompañaba, le aconsejó volver a Medinaceli, pero Sanchuelo quería llegar a Córdoba. Es sorprendente que este conde cristiano no quisiera abandonarlo, cuando se veía que su aventura no podía tener buen final.
   En una nueva jornada llegó hasta Guadalmellato, donde murió su hermano, y en una quinta de placer que allí había, instaló a las sesenta mujeres de su harén que le acompañaban en la campaña. Él fue a pedir hospitalidad a los monjes del vecino convento mozárabe. Al día siguiente, el 3 de marzo, llegaron tropas enviadas por Muhammad con orden de apresarlo. Detuvieron a Sanchuelo, con un puñal que llevaba escondido, intentó quitarse la vida sin conseguirlo, y fue muerto al instante, al igual que el conde cristiano, que no pronunció una sola palabra. Sus cuerpos fueron expuestos en Córdoba, donde el populacho se cebó con ellos.

 

ABD AL-RAHMAN " SANCHUELO ".

 

ABD AL-RAHMAN " SANCHUELO ".

   A la muerte de Abd al-Malik, su hermano, Abd al-Rahman " Sanchuelo " se aferró al poder en Córdoba. Muy poco duró esta "regencia " del tercer amiri, tras la que se desencadenó una crisis política sin precedentes en al-Andalus. Duraría veinte años y produciría la caída definitiva del califato omyeya en Occidente. Estalló la guerra civil que se extendió hasta a las regiones más remotas de las Marcas. La sangre corrió a raudales, en una época de caos y de anarquía. La fitna, que es como designa en árabe la revolución andaluza de los inicios del siglo XI, destrozó al país y ya jamás volvería a recuperarse por completo.
   Sanchuelo nacido entre 983 y 986, era hijo de ibn Abi Amir al-Mansur, el Almanzor de las crónicas, y Abda, nombre árabe que adoptó una de las esposas del caudillo amirí, hija de Sancho Garcés II de Pamplona y Urraca Fernández. Se dice que el parecido físico con su abuelo hizo que le denominaran Sanchuelo.
Era todavía muy joven, quizás unos 25 años, cuando decide que será el sucesor de su hermano. Almanzor sabía muy bien cómo era su hijo y nunca se hizo demasiadas ilusiones sobre sus aptitudes y sus capacidades. Era un ser mediocre y, como todos los mediocres, vanidoso y dado a la vida desordenada. Sin embargo, Hisham II y Sanchuelo parecían tener muchas cosas en común, y de hecho se entendían de


maravilla. Ambos eran de madres vasconas y esto parecía que era un nexo de unión entre ellos. Les gustaba divertirse juntos, en fiestas en las que se bebía en abundancia, entre danzantes, bufones e invertidos, y que duraban, a veces, días y noches enteras. Esta actitud disgustaba enormemente al pueblo que, además, cada día se sorprendía con las insólitas iniciativas del nuevo mandatario. Pero la mayor de estas sorpresas llegó cuando Hisham II, en un acta que contaba con todos los requisitos legales, designaba heredero del reino de al-Andalus a Sanchuelo.
   Ni Almanzor ni Abd al-Malik jamás se hubieran atrevido a tanto. Claro que la inteligencia política de ambos les había puesto en sobreaviso que, una medida así, podría muy bien soliviantar a toda la población musulmana que los respetaba. Sanchuelo carecía de ese talento, pero se aseguró el concurso de dos altos personajes del Estado que, hacía tiempo, estaban, de manera incondicional, al lado de los amiríes: el gran visir de la capital y el secretario oficial.
   Hisham II no tenía hijos que pudieran sucederle, pero parece que esta petición de Sanchuelo le causó tanto estupor como molestia, pero los alfaquíes, previamente comprados y elegidos cuidadosamente para que fuesen proclivea a los deseos de Sanchuelo, lograron disipar los escrúpulos del califa con respecto a una decisión tan grave para el porvenir de la dinastía omeya. Se redactó un acta de investidura y se leyó, solemnemente, en la sala de honor del Alcázar cordobés, siendo firmada por todos los dignatarios presentes.
   El decreto califal dice que deseando el califa despejar la incógnita de su sucesión, dando así tranquilidad a su pueblo, ha elegido a Abd al-Rahman Sanchuelo porque no encuentra a nadie tan digno como él para ocupar tan alto puesto. Su espíritu, que ha procedido a esta elección libremente, basándose en la inspiración divina, no le ha permitido elegir entre sus parientes marwaníes.


   Pero esta extraña elección no fue ratificada por el pueblo. Los descendientes de Abd al-Rahman III, que eran muchos, alimentaron el malestar que ya bullía en la población, esperando el momento oportuno para dar un golpe de Estado. Llegados a este punto, Sanchuelo hubiera podido obrar con discreción, intentando congraciarse con los descontentos, pero hacía todo lo contrario, con medidas ridículas, absurdas, preludio de la catastrófica situación que se avecinaba.
   La ocasión esperaba por los que se oponían a Sanchuelo y a la designación de Hisham no tardó en presentarse. Además, en la España cristiana se estaba al cabo de la calle de lo que sucedía en Córdoba, y Sancho García, el conde de Castilla, no ocultaba su desprecio por Sanchuelo, al que consideraba un verdadero inútil, según había podido comprobar personalmente. En pleno invierno, cuando los caminos estaban intransitables por las lluvias y el lodo, decidió Sanchuelo ponerse en campaña contra los cristianos, a pesar de las advertencias de los oficiales eslavos que tenían pruebas de que en Córdoba se preparaba alguna sublevación.

al-Andalus....libro de Concha Masiá.