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jueves, 23 de abril de 2026

al-qasim b. hammud

 

AL-QASIM B. HAMMUD

Al-Qāsim b. Ḥammūd: Abū Muḥammad, al-Qāsim b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‘Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‘Alī b. Abī Ṭalīb, al-Ma’mūn (El Fidedigno). Marruecos, c. 345-6/958 – Málaga, ša‘bān del año 427/VI.1036. Segundo califa ḥammūdí de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭalīb y de Fāṭima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato en dos etapas duró cuatro años y veintitrés días.

Califa hamudí

BIOGRAFIA

Su padre, Ḥammūd b. Maymūn, fue un notable de la zona de Arcila de familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo.

En las primeras semanas que siguieron al asesinato de su hermano ‘Alī b. Ḥammūd, primer califa ḥammūdí de Córdoba, y el advenimiento de al-Qāsim, se dio un pretendiente omeya —suscitado en el Levante de al-Andalus por Jayrān, señor de Almería y el tuŷībí al-Munḏir b. Yaḥyà, señor de Zaragoza, así como por otros notables—, del que esperaban los cordobeses una restauración omeya que diera nuevo esplendor al califato ya moribundo, pero no llegó a cuajar. El flamante califa omeya era un bisnieto de Abderramán III, llamado ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, que se había retirado a Valencia y había sido proclamado califa bajo el nombre de al-Murtaḍà, luego del asesinato de ‘Alī b. Ḥammūd; mas viendo Jayrān y al-Munḏir que el nuevo Califa no iba a ser manejable, decidieron antes de ir a Córdoba atacar a los beréberes zīríes de Granada, a fin de deshacerse de al-Murtaḍà. Dicho y hecho, dejaron al flamante califa cuasi abandonado ante el ejército beréber, y los dos fautores califales se retiraron a Almería. Con todo, al-Murtaḍà pudo escapar y refugiarse en Guadix, donde unos sicarios de Jayrān lo volvieron a apresar y lo asesinaron.

En el ínterin, las milicias bereberes ḥammūdíes de Córdoba y Sevilla proclamaron a al-Qāsim como sucesor, vulnerando, pues, el testamento del difunto califa ḥammūdí ‘Alī, que había nombrado a su hijo mayor Yaḥyà heredero presunto y se hallaba entonces en Ceuta.

Al-Qāsim se apresuró a trasladarse de Sevilla, ciudad de la que era gobernador, a Córdoba para recibir el juramento de fidelidad de los cordobeses, que se lo prestaron el martes 4 de ḏū-l-qa‘da de 408/25 de marzo de 1018, tres días después de la muerte de su hermano menor ‘Alī. El nuevo califa había sobrepasado los 61 años de edad el día de su proclamación.

Yaḥyà, a quien correspondía la herencia de su padre, no estimó conveniente oponerse de momento a la proclamación de su tío, pero no descuidó asegurar sus dominios: Málaga, donde estaba su hermano Idrīs, y las plazas africanas. Al-Qāsim por su parte designó como heredero a su sobrino Yaḥyà y le dio a su hija Fátima como esposa. Cuando Yaḥyà más tarde reciba propuestas de los beréberes de Córdoba que el califa al-Qāsim había postergado, ofreciéndole su apoyo para ocupar el Trono, entonces Yaḥyà se desplazó a Málaga, enviando a su hermano y lugarteniente Idrīs a Ceuta.

Mientras, la capital cordobesa conoció durante tres años seguidos una verdadera paz. Al-Qāsim no estaba desprovisto de ciertas dotes políticas y su avanzada edad lo inclinaba a la moderación; de ahí que hasta gozase de cierta popularidad entre la población. Al hacerse cargo del poder decretó una amnistía general y abolió las medidas de su hermano ‘Alī, que obligaban, entre otras cosas, a la gente acomodada a pagar personalmente el equipo y el mantenimiento de un soldado. Poco a poco se ganó la animadversión de las milicias beréberes, hasta el punto de que el califa empezó a desconfiar de ellos, por lo que reclutó en el norte de África mercenarios negros que empleó como guardia de corps. Algunos le atribuían opiniones ši‘íes; pero no las dejaba transparentar. Su talante moderado atrajo a la corte a jefes esclavones amiríes de Levante, tales como Jayrān y Zuhayr, confiándoles el mando sobre sus regiones, Almería al primero, y Jaén, Baeza y Calatrava al segundo.

Con el tiempo las relaciones entre el califa y su heredero presunto, su sobrino y yerno Yaḥyà b. ‘Alī se fueron deteriorando; el segundo se había dado buena maña para acrecentar sus apoyos (Jayrān de Almería siempre dispuesto a venderse al señor del momento, le aseguró su participación). Cuando se sintió lo suficientemente fuerte, se sublevó contra su tío en Málaga, un día de rabī‘ I de 412/15 de junio de 1021, y acto seguido marchó contra Córdoba.

Su tío al-Qāsim, inseguro de los cordobeses, abandonó la capital el 22 de rabī‘II de 412/5 de julio de 1021 y se fue a refugiar a Sevilla, ciudad de la que había sido antaño gobernador. Los beréberes se fortificaron en el alcázar de Córdoba esperando la llegada de Yaḥyà b. ‘Alī, que entró sin dificultades en la ciudad y tanto los cordobeses como los beréberes se pusieron de acuerdo para proclamarlo califa. La jura tuvo lugar el primero de ŷumādā I de 412/13 de agosto de 1021.

Mientras al-Qāsim seguía titulándose califa y emir de los creyentes en Sevilla, y como tal lo reconocían sus habitantes; lo cual fue piedra de escándalo en al-Andalus ver reinar a dos califas a la vez. Pronto Yaḥyà no pudo mantenerse en Córdoba, su desmesurado orgullo le enajenó los apoyos beréberes y sintiéndose amenazado optó por huir a Málaga. Aprovechó la situación su tío al-Qāsim para volver a Córdoba de inmediato y entró en la ciudad el martes 17 de ḏū-l-qa‘da de 413/11 de febrero de 1023. Los cordobeses le renovaron el juramento de fidelidad y al-Qāsim revocó la designación de heredero que había formulado a favor de su sobrino Yaḥya, otorgando la herencia de su precario califato a su hijo Muḥammad.

El viejo califa reinó esta segunda vez siete meses y algunos días, hasta que el martes 21 de ŷumādā II de 414/9 de septiembre de 1023 la gente de la ciudad se levantó contra él y sus beréberes, a los que el califa no podía sujetar. Intentó impedir la llegada de toda clase de víveres y reducir por hambre a los cordobeses; pero al final al-Qāsim debió abandonar la ciudad para no volver el 16 de ramadán de 414/2 de diciembre de 1023.

Enseguida los cordobeses nombraron califa al omeya ‘Abd al-Raḥmān V al Mustaẓhir, hermano menor del desastroso califa Muḥammad II al-Mahdī, iniciador de la guerra civil que llevaría al califato de Córdoba a su extinción. En vano al-Qāsim buscó refugio en Sevilla, esta vez los habitantes le cerraron las puertas y expulsaron a sus familiares del alcázar; finalmente se refugió en Jerez, donde su sobrino Yaḥyà pronto vino a sitiarlo, obligándolo a capitular y desde donde sería conducido cautivo a Málaga. Permaneciendo en ese estado hasta la muerte de Yaḥyà b. ‘Alī; entonces su hermano y sucesor Idrīs mandó estrangularlo en prisión, corría el mes de ša‘bān del año 427/junio de 1036. Era por esas fechas un anciano octogenario. El cadáver fue entregado a sus dos hijos, Muḥammad y Ḥasan, que a la sazón residían en Algeciras.

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Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, t. II, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, págs. 140-142

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la littérature des Arabs d’Espagne, t. II, por R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leiden, Brill, 1855, págs. 315-319 (trad. parc. P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, t. II, New York-London, Johnson Reprint Corporation, 1964, págs. 230, 234, 237 y 240-241)

Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, t. IX, ed. de C. J. Tornberg, Leiden, Brill, 1863, pág. 273

‘Abd al-Wāḥid Al-Marrākušī, Kitāb al-Mu‘ŷib fī taljīṣ ajbār al-Magrib, ed. R. Dozy bajo el título de History of the Almohades, Leiden, Brill, 1881 (trad. de E. Fagnan, Histoire des Almohades, Argel, Adolfo Jordán, Libraire-Éditeur, 1893, págs. 43-45), reimpr. Ámsterdam, Oriental Press, 1968, págs. 35-37

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihāyat al-‘arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, t. I, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, págs. 80-82/76-77

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. de E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 113-114, 122-124, 127-135 y 144 (trad. crítica [con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lèvi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258] de F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas [al-Bayān al-Mugrib], Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 103, 110-112, 114, 116-120, 126)

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne, t. II, ed. E. Lévi-Provençal, Leiden, Brill, 1932, págs. 316-321

L. Seco de Lucena, Los Hammudies, Señores de Málaga y Algeciras, Málaga, Exmo. Ayuntamiento de Málaga, 1955

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-A‘lām, ed. de E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dār al-Makchouf, 1956, págs. 129-130 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschichte Spanien. Übersetzung der A‘mal al-A‘lam und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlag, 1970, pág. 264)

Al-Ḥumaydī, Yaḏwat al-muqtabis fī ḏikr wulāt al-Andalus, ed. de M. T. al-Tan’ī, El Cairo, al-Dār al-Miṣriyya, 1966, pág. 22-24

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), en R. Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1967, págs. 479-482

A. Huici Miranda, “Hammudides”, en Encyclopédie de l’Islam, Leiden-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975. t. III, págs. 150-151

J. M. Continente, “Los Ḥammūdíes y la poesía”, en Awrāq, 4 (1981) pág. 57-72

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 171/217

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

miércoles, 22 de abril de 2026

AL-MUNDIR

 

AL-MUNDIR

Al-Munḏir: Abū l-Ḥakam b. Muḥammad b. ‘Abd al-Raḥman b. al-Ḥakam. Córdoba, 843 – Bobastro (Málaga), 29.VI.888. Sexto emir omeya de Córdoba (independiente).

Emir omeya

Biografía

Nacido de madre beréber, de nombre Aṯl, que lo dio a luz a los siete meses de su concepción, al-Munḏir era alto, moreno, de pelo crespo y con el rostro picado de viruela. Según un relato probablemente apócrifo, su madre había mostrado desde su infancia un carácter soberbio y engreído, por lo que su familia, harta de soportar sus ínfulas, la vendió como esclava en Córdoba; la compradora fue la madre del todopoderoso visir Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, a quien le fue regalada. Cuando el visir quiso gozar de ella, se encontró con la negativa inamovible por parte de la esclava, cuya obsesión era llegar a ser madre de un califa, algo que, a pesar de la elevada posición de Hāšim, nunca podría conseguir con él. Molesto por el rechazo de la muchacha, la golpeó con cierta dureza; ella no sólo no cedió en su postura, sino que se atrevió a amenazar a su amo advirtiéndole de que su hijo se encargaría de tomar cumplida venganza. En efecto, Aṯl consiguió la libertad, casó con el emir Muḥammad y tuvo de él un hijo llamado al-Munḏir, que acabaría siendo el sucesor de su padre y que, cuando subió al Trono, encarceló y posteriormente hizo dar muerte a Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz.

En el momento en el que se produjo el fallecimiento del emir Muḥammad, el jueves cuatro de agosto del 886, al-Munḏir se hallaba cercando Alhama de Granada, plaza donde se había hecho fuerte Ibn Ḥafṣūn en compañía del cabecilla local, Ibn Ḥamdūn. En cuanto le llegó la noticia de la muerte de su padre, regresó con rapidez a Córdoba y allí recibió el juramento de fidelidad entre el domingo y el lunes. No debía estar muy seguro al-Munḏir de su posición y por ello dio todos los pasos para asentarse en el Trono con una celeridad vertiginosa: no sólo hace el viaje de Alhama a Córdoba a uña de caballo, sino que, nada más llegar a la capital, ordena que dé comienzo la ceremonia de la jura, a la que asiste ataviado todavía con las mismas ropas con las que había efectuado el viaje y tambaleándose en algún momento por la extrema fatiga que lo embarga.

Cuando, al día siguiente, concluye el acto, al-Munḏir se encuentra con un reino en el que dos importantes personajes representan una limitación a su poder: dentro de su gobierno tiene a Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, visir y general que había gozado durante el reinado del emir Muḥammad de un poder casi omnímodo; en un territorio no muy lejano a su capital tiene a un rebelde que, aunque todavía no ha adquirido la relevancia que tendrá en años posteriores, es ya una obsesión para al-Munḏir, ‘Umar b. Ḥafṣūn.

Desconocemos las razones exactas de la caída en desgracia de Hāšim, pues las explicaciones que dan los cronistas son tan poco creíbles como la historia de Aṯl —y con mucho menos encanto—. Lo cierto es que Hāšim, confirmado en un primer momento como senescal (ḥāŷib), muy pronto fue encarcelado, junto a casi todos sus hijos, y más tarde, el 26 de marzo del 887, ajusticiado.

Más problemas le planteó Ibn Ḥafṣūn. Si el reinado de al-Munḏir se inicia mientras estaba cercando al rebelde en Alhama, su punto final se escribió ante Bobastro, la capital de la revuelta, el 29 de junio del 888. En los dos años que transcurrieron entre ambos acontecimientos, casi toda la actividad de al-Munḏir estuvo centrada en los intentos por acabar con Ibn Ḥafṣūn, intentos que consiguieron relativo éxito. Logró arrebatarle castillos como Iznájar, Priego, Cabra y Archidona y lo acosó tanto que el rebelde se vio obligado a entablar negociaciones con el emir, si bien su propósito no era otro que ganar tiempo y refugiarse de nuevo en la inaccesible Bobastro. El engaño provocó las iras de al-Munḏir que en el verano del 888 puso cerco a esa fortaleza, decidido a permanecer allí hasta su capitulación, pero, tras cuarenta días de asedio, una rápida enfermedad acabó con la vida del emir. A pesar de que en el momento de su fallecimiento ya había llegado a los reales el heredero al trono, su hermano ‘Abd Allāh, las tropas omeyas emprendieron el camino de regreso a Córdoba de una forma que se asemejaba mucho a una desbandada, lo que no dejó de aprovechar Ibn Hafsun para hacer una salida y saquear el campamento semiabandonado.

Como es habitual en los casos de muerte repentina e inesperada de un soberano, los rumores sobre las causas del fallecimiento brotaban por todos lados. Los cronistas recogen la sospecha de que el sucesor de al-Munḏir, su hermano ‘Abd Allāh, había sobornado al médico del emir para que causase su muerte utilizando para sangrarlo una lanceta envenenada. El comportamiento posterior de ‘Abd Allāh durante su reinado no contribuye a juzgar descabellada esa acusación.

La brevedad de su reinado impide caracterizarlo con unos rasgos acusados. Las fuentes árabes coinciden en la apreciación de que, de haber vivido un solo año más, al-Munḏir hubiera acabado definitivamente con la revuelta de Ibn Ḥafṣūn, que se hallaba realmente en serios aprietos en el momento de la muerte del emir. Es probable que, si el cerco a Bobastro se hubiera prolongado unas semanas más, hubiera terminado por caer en manos de las tropas cordobesas, pero eso no habría significado el apaciguamiento definitivo de la disidencia. Ibn Ḥafṣūn era un problema, tal vez incluso un problema con unas raíces peculiares que lo diferenciaban en parte de la multitud de rebeldes que salpican la historia omeya de al-Andalus, pero más aún era un síntoma de una enfermedad subyacente que en unas ocasiones remitía y en otras se exacerbaba, pero que nunca llegó a curarse a lo largo de la historia de al-Andalus: el sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa, la islámica, no fue suficiente para aglutinar a la sociedad andalusí como comunidad política y social; los intereses locales y particulares siempre prevalecieron sobre las tibias y casi siempre retóricas proclamaciones de “andalusidad”.

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Bibliografía

Ibn el-Athir, Annales du Maghreb et de l'Espagne; traduites et annotées par E. Fagnan, Argel, Typographie Adolphe Jourdan, 1898, págs. 153-195

E. Fagnan, Histoire de l'Afrique et de l'Espagne intitulée al-Bayano 'l-Mogrib/traduite et annotée par ..., t. II, Argel, Imprimerie Orientale, 1901-1904, págs. 109-130

M. A. Abuin, “Hāšim ibn ‘Abd al-‘Azīz”, en Cuadernos de Historia de España, XVI (1951), págs. 110-129

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), t. IV. de Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Espasa-Calpe, 1976, págs. 99-122

Una descripción anónima de al-Andalus = Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. Luis Molina, t. II, Madrid, Instituto “Miguel Asín”, 1983, págs. 132-142

M. Fierro, “Cuatro preguntas en torno a Ibn Ḥafṣūn”, en Al-Qanṭara, XVI (1995), págs. 221-257

M. Acién Almansa, Entre el feudalismo y el Islam. ‘Umar Ibn Ḥafṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia, Jaén, Universidad, 1997

J. Vallvé, “Omar ben Hafsún, rey de Marmuyas (Comares)”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, CCI (2004), págs. 213-303

Autor/es

  • Luis Molina Martínez

viernes, 17 de abril de 2026

AL-HAKAM II

 

AL-HAKAM II

Al-Ḥakam II: Abū l-‘Āṣ al-Ḥakam b. ‘Abd al-Raḥmān, al-Mustanṣir bi-llāh. Córdoba, 23 ŷumādà II 302 H./13.I.915 C. – 2 ṣafar 366 H./30.IX.976 C. Segundo califa omeya de Córdoba.

Califa omeya

Biografía

Al-Ḥakam era el hijo primogénito de ‘Abd al-Raḥmān III, fundador del califato omeya de Córdoba, y como tal fue proclamado su sucesor a la muerte de su padre, el 16 de octubre de 961, cuando contaba ya con cuarenta y seis años de edad, adoptando el título de al-Mustanṣir bi-llāh (‘el que busca la ayuda victoriosa de Dios’). Se inicia a partir de entonces el califato de al-Ḥakam, que se extiende a lo largo de un período de veintiséis años y cuyas características principales son una completa estabilidad interior y una cómoda seguridad en la frontera con los cristianos, en gran medida gracias a la actuación previa de su antecesor, que a lo largo de casi medio siglo había combatido sin cesar para someter a los rebeldes que desde finales del siglo IX se habían levantado contra la autoridad omeya.

La época sobre la que estamos mejor informados es la correspondiente a la última fase de su gobierno (años 360-64/971-975), que es el período que abarca la detallada y prolija narración del cronista cordobés Ibn Ḥayyān. Este excepcional testimonio es un buen reflejo de lo que fue el califato de al-Ḥakam II, ya que el cronista se extiende en la descripción pormenorizada de las ceremonias y celebraciones llevadas a cabo en la Corte califal y en la mención de los nombramientos y deposiciones de los distintos magistrados, gobernadores y titulares de las dignidades políticas y militares, símbolo de la solidez del régimen omeya en aquellos momentos. A tal punto fue la estabilidad el rasgo dominante en su época que alguna fuente árabe llega a afirmar que esos años fueron una continua fiesta. Pero, a pesar de que al-Ḥakam no tuvo que enfrentarse a graves desafíos internos ni externos, ello no quiere decir que la suya fuese una época históricamente intrascendente. Muy al contrario, durante este tiempo se desarrollaron ciertos procesos que tuvieron una importancia clave en la etapa inmediatamente posterior, de tal forma que se trata de un período primordial a la hora de explicar las causas de los problemas que condujeron a la crisis del califato.

En la política exterior es preciso distinguir entre dos aspectos, el mantenimiento de la seguridad en la frontera con los cristianos y la continuación del intervencionismo en el Norte de África, siguiendo la política iniciada por su padre ‘Abd al-Raḥmān III con el fin de contrarrestar la influencia del califato fatimí. Desde el mismo momento de su acceso al poder, al-Ḥakam se preocupó por garantizar el mantenimiento de la influencia omeya al otro lado del Estrecho, enviando misivas a los emires y jeques beréberes en los que solicitaba el juramento de obediencia y fidelidad. La rivalidad con los fatimíes siguió vigente durante esta época, de lo que es claro indicio el proceso emprendido contra un personaje denominado Abū l-Jayr, que fue ejecutado en Córdoba bajo la acusación de ser un agente fatimí. No era la primera vez que esto sucedía, pues el propio Ibn Ḥawqal, de origen iraquí y autor de una de las principales descripciones de la Península, territorio que visitó durante el año 337/948, fue asimismo, al parecer, un espía al servicio de los fatimíes.

La lucha en el Norte de África entre omeyas y fatimíes no era directa, sino que se llevaba a cabo a través de las tribus beréberes, siendo los Ziríes los principales aliados de los fatimíes, mientras que los Zanāta y los Magrāwa apoyaban a los soberanos cordobeses. Los intereses de al-Ḥakam se vieron favorecidos por la defección de los Banū Ḥamdūn, señores de Masīla, partidarios de los fatimíes, quienes se pasaron al bando pro-omeya. Sin embargo, la reacción fatimí, dirigida por Bullukīn b. Zirī, produjo la defección del idrisí al-Ḥasan b. Qannūn, que gobernaba en el sector noroccidental de Marruecos, hasta la zona de Tánger. Al-Ḥakam respondió con una campaña conjunta marítima y terrestre, que obtuvo sonados éxitos iniciales, pero que finalmente fue derrotada en 362/972 en las proximidades de Tánger. El dominio omeya estaba comprometido y el Califa acudió a su mejor jefe militar, el general Gālib, al que encomendó la misión de derrotar a los idrisíes, siendo acompañado por Ibn Abī ‛Āmir (Almanzor), con la función de gestionar los fondos destinados a la campaña. La campaña de Gālib fue iniciada en 973 y requirió, además, la acción conjunta de Ibn Rumāḥis, almirante de la flota omeya, y la ayuda de Yaḥyà al-Tuŷībī, quien acudió con tropas de refuerzo reclutadas en la Frontera Superior. Finalmente, la rebelión de Ibn Qannūn pudo ser controlada y en marzo de 974 el Califa informaba a sus visires de su derrota. El propio Ibn Qannūn y sus principales parientes fueron trasladados a Córdoba, donde el Califa los perdonó y les fijó elevadas pensiones, aunque, finalmente fueron deportados a Egipto en el año 976. En definitiva, la sumisión de Ibn Qannūn y el dominio de los puertos de Algeciras y Ceuta aseguraban el control de las navegaciones en la zona del estrecho de Gibraltar. Puede decirse, por lo tanto, que bajo el gobierno de al-Ḥakam el califato omeya había logrado establecer su supremacía en el ámbito del Mediterráneo occidental.

Un aspecto muy relevante de la política norteafricana de al-Ḥakam fue la progresiva incorporación de contingentes beréberes al Ejército califal, en especial a partir de 974, tras la definitiva victoria sobre Ibn Qannūn. Estos grupos beréberes conformaron una milicia muy útil desde el punto de vista militar, si bien su papel político fue enormemente desestabilizador, en especial a partir del momento en el que la autoridad omeya comenzó a dar síntomas de debilidad. Ya en época del propio al-Ḥakam se registra el estallido de un tumulto, ocurrido en la puerta de la Azuda del alcázar, entre un grupo de tangerinos y el populacho cordobés, que revela la escasa simpatía de la población local hacia las milicias beréberes, de forma que esta animadversión se pondrá de manifiesto en etapas posteriores con intensidad creciente.

Junto a la consolidación del dominio norteafricano, la época de al-Ḥakam se define por el firme control de la frontera con los reinos cristianos peninsulares y la supremacía política y militar sobre los mismos. En los primeros años, el propio Califa se puso al frente de sus tropas para conducir la habitual aceifa o campaña sobre el territorio enemigo. Esta campaña del año 962 se dirigió, hacia Ŷillīqiya, es decir, hacia territorio leonés, aunque sólo sabemos que permitió la obtención de un cuantioso botín y de numerosos cautivos. La superioridad del dominio musulmán durante esta época queda de manifiesto en las visitas rendidas al Califa por los propios soberanos cristianos o sus enviados. Tal sucedió con el destronado rey leonés Ordoño IV, que buscó el apoyo musulmán para recuperar el Trono, presentándose ante el Califa en Córdoba. En principio, al-Ḥakam se mostró favorable a prestarle su ayuda, a cambio de que rompiese sus relaciones con el conde castellano Fernán González y entregase como rehén a su hijo García. La reacción del rey leonés Sancho I fue inmediata y, para neutralizar esta alianza, envió a su vez una embajada a Córdoba, a través de la cual hizo saber al Califa que estaba dispuesto a cumplir lo pactado con su padre, el califa Abderramán. Pero la muerte de Ordoño en Córdoba meses después, en circunstancias poco claras, hizo que Sancho reconsiderase su posición, decidiendo entonces buscar la alianza del conde de Castilla (Fernán González), el rey de Navarra (Sancho II Garcés) y los condes de Barcelona (Borrel y Mirón). Ante esta actitud, el califa respondió encabezando otra aceifa, en la que se apoderó de la célebre fortaleza de Gormaz (Soria), que sería la punta de lanza de las posiciones musulmanas en la frontera con Castilla. La fortaleza fue reedificada por orden suya, encargándose el general Gālib de la supervisión de las obras, que se extendieron a lo largo de diez años.

A partir de la década de 970, la narración de Ibn Ḥayyān recoge puntualmente la descripción de las distintas embajadas llegadas a Córdoba desde territorio cristiano, claro testimonio de la supremacía política reconocida al soberano omeya. La primera de ellas, en junio de 971, fue la encabezada por Bon Filio, enviado por el conde de Barcelona, el cual manifestó su sumisión al Califa entregándole treinta cautivos musulmanes, además de otros obsequios, como brocados y armas. Al mes siguiente fue también recibido un emisario del conde de Astorga, Gundisalvo, el cual informó al Califa de la presencia de barcos normandos que habían remontado el Duero, penetrando en el territorio de Santaver. Todavía en agosto visitaron Córdoba otros dignatarios para renovar los pactos y treguas, como los enviados de Sancho Garcés II Abarca, los de la reina Elvira, regente en León, los del conde de Salamanca y el conde de Castilla, todos los cuales informaron al Califa de las situaciones respectivas de sus territorios, siendo agasajados en sus despedidas con generosos regalos.

La actividad diplomática continuó durante los años 973-974, con la llegada a Córdoba de nuevos emisarios procedentes de León y Cataluña. Sin embargo, a partir de esa última fecha se registraron algunos cambios, en especial por lo que se refiere a la actitud del nuevo conde de Castilla, Garci Fernández, el cual emprendió en septiembre una campaña contra el castillo de Deza, situado al nordeste de Medinaceli, en tierras de Soria. El Califa reaccionó de inmediato ordenando detener a la embajada castellana que había abandonado Córdoba justo en la víspera, siendo apresados en Caracuel y encarcelados. En abril del año siguiente (975), el propio conde castellano atacó el castillo de Gormaz, siendo repelido por el general Gālib, comandante en jefe de las fuerzas musulmanas y hombre de la máxima confianza del Califa.

Así pues, durante la época de al-Ḥakam el califato de Córdoba se encontraba sólidamente asentado en sus bases territoriales peninsulares y norteafricanas, erigiéndose como una de las potencias políticas de la época en el ámbito mediterráneo. Las únicas noticias de amenaza exterior en territorio musulmán que se registraron en este época fueron las protagonizadas por los normandos: en 966, un siglo después de las primeras apariciones de estos pueblos en territorio peninsular, registradas a mediados del siglo IX, un contingente de veintiocho naves de los maŷūs, como los designan las fuentes árabes, fue detectada por el gobernador de Alcacer do Sal, siendo enviada una flota desde Sevilla que se enfrentó a ellos en la desembocadura del río de Silves. Con posterioridad, los Anales de Ibn Ḥayyān registran en el año 971 otra amenaza normanda que, desde las costas cantábricas, se dirigía hacia las del Algarve. El Califa ordenó al almirante Ibn Rumāḥis, que estaba entonces en Córdoba, dirigirse hacia Almería, sede de la flota califal, para ponerse al frente de la expedición, que sería secundada por tierra por el propio Gālib. Finalmente, en esta ocasión los normandos fueron puestos en fuga sin que fuese necesario llegar a combatir con ellos. Todavía un año más tarde, en 972, de nuevo Ibn Ḥayyān menciona que el Califa reunió a sus visires y demás autoridades competentes para informar de los ataques normandos en la zona del Algarve, ordenando la organización de una expedición contra ellos, si bien de nuevo los agresores huyeron antes de que las tropas califales se enfrentasen a ellos. Junto a estas amenazas normandas, que no llegaron a generar situaciones de peligro real, uno de los escasos reveses experimentados por el califato omeya que cabe mencionar es la pérdida del núcleo de Fraxinetum, en la costa azul francesa, establecido a finales del s. IX al margen de las directrices del califato cordobés pero que acabó estando bajo su órbita, siendo sometido por la aristocracia provenzal en 972-973.

Por lo que se refiere a la situación interna, esta época se define, asimismo, por la ausencia de referencias a tensiones políticas o sociales graves. Ello permitió al Califa desarrollar una amplia e intensa actividad de construcciones y reformas urbanísticas en la capital, destacando la ampliación de la aljama cordobesa, una necesidad urgente debido al crecimiento experimentado por la población cordobesa, tarea que fue confiada a su chambelán (ḥāŷib) Ŷa‛far b. ‛Abd al-Raḥmān al-Ṣiqlābī al día siguiente de su proclamación. La ampliación fue acompañada de la mejora de algunos servicios, entre los que destaca la implementación de un sistema de agua corriente hasta las fuentes de la aljama y las dos salas de abluciones a través de tuberías de plomo. La mejora de los servicios urbanísticos en Córdoba se completó con las tareas de reparación del puente romano, que exigieron la construcción de una presa para desviar el agua y poder acceder a las bases de los pilares, en mal estado, así como remozar los molinos situados en la zona del arrecife. También se llevaron a cabo obras de ampliación del zoco de los ropavejeros, lo que obligó al traslado de la Casa de Correos, así como obras de ensanche de la calle central del zoco principal. Finalmente, sabemos que el Califa se preocupó de que el cementerio de Umm Salama fuese asimismo ampliado, otro síntoma del crecimiento de la población cordobesa durante el califato.

Desde el punto de vista político, no cabe duda de que uno de los procesos principales que tuvo lugar en esta época fue la meteórica ascensión de Muḥammad b. Abī ‛Āmir, el futuro Almanzor, quien desarrolló una rápida carrera política que le permitió encontrarse en una posición privilegiada para gestionar la crisis desencadenada a la muerte del califa, relegando al débil Hišām II y usurpando el poder. Las fuentes árabes insinúan que supo ganarse el favor de Ṣubḥ, la esposa favorita del Califa, aunque no menos relevante fue el apoyo de Ŷa‛far b. Utmān al-Muṣḥafī, visir y hombre clave en el gobierno omeya. El comienzo de su ascenso se produjo en 967, cuando fue nombrado tutor-administrador de los bienes del hijo primogénito del califa, ‛Abderramán, que habría de morir al poco tiempo. Paulatinamente, Ibn Abī ‛Āmir fue ocupando posiciones, dignidades y magistraturas de gran relevancia en el esquema administrativo del califato. Ese mismo año fue designado director de la ceca, cargo que en la práctica equivalía al de ministro de finanzas, otorgándole una posición de enorme poder e influencia. Su presencia al frente de la ceca se asocia a la reanudación de las emisiones de monedas de oro, interrumpidas desde la época de ‛Abd al-Raḥmān III. Prueba de su ambición es que su nombre aparece grabado en las monedas, al principio solo en las que no llevaban el nombre del Califa, pero a partir de 970 ya asociado al del Soberano. En 972 ocupó el puesto de jefe de la policía. Luego, en 973-974, fue enviado como gran cadí de las posesiones califales en el Magreb, con la misión de controlar los fondos allí transferidos por los generales omeyas y, a su vuelta, volvió a ocupar el puesto de director de la ceca.

Entre las actividades desarrolladas por el Califa, las fuentes suelen detenerse en aquellas que lo significan como buen musulmán, en especial las actividades piadosas y de beneficencia, que solían ser puntualmente efectuadas por al-Ḥakam con ocasión de circunstancias diversas. Así, por ejemplo, al comienzo del mes de ramadán era costumbre el reparto de limosnas y también las exenciones de impuestos y el reparto de pan cuando se registraban malas cosechas. Fue, asimismo, el califa al-Ḥakam un personaje aficionado a las letras y amante del arte, uno de cuyos méritos principales fue completar la formación de una extraordinaria biblioteca en el alcázar, probablemente una de las mejores de su tiempo.

La ausencia de discordias internas graves no implica la inexistencia de grupos o focos de oposición y disidencia, de los cuales apenas tenemos noticia, aunque parece que su capacidad de influencia política era bastante limitada. A ello aluden las noticias que mencionan la detención, en 972, de un grupo de poetas que se dedicaban a la sátira política, criticando al Califa, o también el asalto de la cárcel de Sevilla en 974 por un grupo de ‘criminales’, entre los que se encontraban miembros de algunas familias de relevancia social.

Aunque los veintiséis años de ejercicio del poder por al-Ḥakam II transcurrieron sin sobresaltos ni problemas políticos o militares graves, no sucedió lo mismo respecto a su sucesión, envuelta en unas circunstancias muy particulares que fueron aprovechadas a la perfección por Ibn Abī ‛Āmir para ocupar un lugar de protagonismo y hacerse con el control del poder, usurpándolo en su beneficio, pese a lo cual la calificación de ‘dictador’ que se le ha dado en la historiografía tradicional resulta totalmente inapropiada, pues incurre en el anacronismo. De esta forma, puede decirse que la problemática sucesión de al-Ḥakam II fue uno de los factores desencadenantes de la crisis del califato de Córdoba, ya que vino acompaña de la usurpación del poder por Almanzor, que introducirá un elemento de desestabilización en el poder. El problema político que se suscitó tras la muerte de al-Ḥakam II fue creado por el propio Califa al decretar en vida la proclamación como su sucesor de su hijo Hišām siendo aún niño. La razón de este designio ha de buscarse, en parte, en la tardía paternidad del Califa, quien no había generado descendencia cuando, a los cuarenta y seis años de edad, sucedió a su padre ‛Abd al-Raḥmān III, de modo que su prole vino a partir de entonces, si bien las fuentes árabes no son unánimes respecto al número de sus hijos, de los cuales sólo se conoce, con total seguridad, a dos de ellos. En cualquier caso, es obvio que el problema angustiaba al Califa, pues, debido a su avanzada edad, estaba ansioso por tener un hijo.

Las fuentes se contradicen a la hora de establecer el número de hijos habidos por al-Ḥakam. Aparte de Hišām, el único cuya identidad resulta cierta es ‛Abd al-Raḥmān, engendrado con la favorita de al-Ḥakam, la vascona Ṣubḥ: nacido en 351/9 de febrero de 962-929 de enero de 963, murió de forma prematura en fecha que podemos situar en torno al 4 de ramadán de 359/11 de julio de 970, cuando contaba entre siete y ocho años. Las fuentes fechan el nacimiento de Hišām tres años después del nacimiento de ‛Abd al-Raḥmān, el domingo 8 de ŷumādà I de 354/11 de junio de 965. El fallecimiento prematuro del primogénito y la poderosa influencia de Ṣubḥ lo convirtieron pronto en el candidato oficial a la sucesión de al-Ḥakam.

A partir del fallecimiento de su hijo ‛Abd al-Raḥmān, uno de los principales objetivos políticos de al-Ḥakam, probablemente el más importante, fue lograr que Hišām fuese aceptado como heredero y sucesor suyo. Su determinación a este respecto fue inequívoca, pero ello no estuvo exento de problemas, debido a la la bisoñez del heredero, por un lado, y la avanzada edad y mala salud de al-Ḥakam, de otro, factores que abocaban a la poco halagüeña perspectiva de que un niño pudiese ser proclamado califa. En estas circunstancias, la decisión de al-Ḥakam no encontró buena acogida en todos los medios oficiales cordobeses y, para mitigar las resistencias, el régimen Omeya puso en marcha un conjunto de actuaciones organizadas de manera secuenciada con el objetivo de convencer a todos de la conveniencia de que la sucesión recayera en Hišām. A lo largo de cuatro años, desde 360/971 hasta 363/974, tuvo lugar un amplio y sistemático despliegue de actividad propagandística, con el objetivo de presentar a Hišām como el legítimo heredero y reclamando la necesidad de prestarle la bay‘a. Todo este esfuerzo, sin embargo, estuvo a punto de no servir para nada, puesto que Hišām cayó enfermo de viruela durante un mes y medio a comienzos de 363/974, desde mediados de ŷumādà I (11 de febrero) hasta el primero de raŷab (28 de marzo), siendo celebrada su curación con una recepción oficial realizada en el Alcázar cordobés el día 12 de raŷab (8 de abril) a la que asistieron todos los grandes dignatarios y funcionarios estatales, quienes públicamente alabaron y dieron gracias a Dios por su recuperación, en una nueva ceremonia que subrayaba su condición de heredero y que sirvió de preámbulo para su inmediata presentación oficial ante la corte como sucesor del Califa al-Ḥakam.

La salud del Califa era muy precaria y estuvo alejado de toda actividad durante un mes y medio, desde el 12 de rabī‛ I al 28 de rabī‛ II de 363/30 de noviembre de 974 al 15 de enero de 975, lo que exigía una inmediata proclamación del heredero con el fin de asegurar su sucesión. Por recomendación de los médicos, al-Ḥakam abandonó el palacio de Medina Azahara, donde el frío de la sierra podía perjudicarle más, y se trasladó a Córdoba. A partir de entonces, Hišām da inicio a su actividad política acompañando al Califa en los actos y decisiones de gobierno. El 7 de ša‛bān (22 de abril) asiste, junto al visir Ŷa‛far b. ‛Utmān al-Muṣḥafī, mano derecha del Califa, a la audiencia privada que al-Ḥakam concedió al general Gālib b. ‛Abd al-Raḥmān para analizar los problemas en la frontera. Pocos meses después, el 2 de šawwāl de dicho año (15 de junio), padre e hijo se mostraron sobre la puerta de la Azuda del alcázar para repartir limosnas a los pobres situados abajo. Más aún, el 4 de ša‛bān (19 de abril), el heredero aparece ejerciendo acciones de gobierno en nombre de su padre, ordenando a ‛Abd al-Raḥmān b. Yaḥyà b. Muḥammad al-Tuŷībī que partiese hacia Zaragoza para reforzar la frontera superior, agitada por los ataques cristianos, acción que repitió meses más tarde, el 27 de ramadán (10 de junio), con ‛Abd al-‛Azīz b. Ḥakam al-Tuŷībī.

A comienzos de 976, menos de dos años después de su presentación oficial como heredero, tuvo lugar la celebración de la bay‛a de Hišām o, habría que decir más bien, de la primera bay‛a, ‘de heredero’, previa a la segunda, que se celebró meses después, tras la muerte de al-Ḥakam. La decisión de celebrar esta bay‘a de proclamación de heredero respondía a la lógica de la situación Otra alternativa hubiera sido trasladar la sucesión a algún pariente cercano, que no podría haber sido otro que alguno de sus tres hermanos, quienes, después del propio al-Ḥakam, eran los principales miembros de la dinastía, pero la opción del Califa fue desde el principio la de su hijo, tanto por lógicos motivos personales como porque inclinarse por alguno de sus hermanos implicaba sacar la sucesión de su propia descendencia, lo cual habría supuesto la ruptura de una tradición secular.

En principio, la bay‛a es, en la tradición islámica, la ceremonia de proclamación del soberano, que marca el inicio de su gobierno. Aquí, en cambio, nos encontramos con una bay‛a de proclamación de heredero hecha en vida del soberano. La cuestión que se plantea es hasta qué punto esta bay‛a de heredero supuso una novedad o la continuación de una tradición previa. Las fuentes no aluden a su carácter extraordinario, lo cual parece indicar que lo contemplaban como una situación natural. Sin embargo, la tradición Omeya en al-Andalus parece haber sido hasta ese momento que la bay‛a se celebrase siempre justo después de la muerte del califa gobernante, de tal forma que sólo hay constancia de una bay‛a de heredero antes de Hišām. Se produjo en época de al-Ḥakam I, a comienzos del siglo IX, y estuvo motivada por los sucesos del motín del arrabal de Córdoba.

Nueve meses después de la bay‛a, a primeros de octubre de 976, murió al-Ḥakam II, víctima de la hemiplejia sufrida a finales de 974 y habiendo padecido una larga enfermedad. A partir de este momento se desencadenan una serie de acontecimientos que van a alterar completa y definitivamente la realidad política del califato cordobés. Al día siguiente de su muerte se renovó la bay‛a en favor de Hišām, que quedó, de esta forma, proclamado califa. Las fuentes divergen al indicar la fecha de la muerte de al-Ḥakam y de la consiguiente proclamación de Hišām. Algunas apuntan que, en los primeros momentos, la noticia se ocultó debido a la minoría de edad del heredero, jugando un papel clave en la aceptación del menor Hišām su madre Ṣubḥ. La situación se resolvió a favor de los intereses de Ibn Abī ‛Āmir, el cual se encargó de neutralizar la jugada de los oficiales esclavones eliminando a su candidato, al-Mugīra, hermano del Califa, quien fue asesinado por orden directa suya. De este modo, el camino quedaba expedito para él, dada la inoperancia del joven, débil e inexperto Califa, fácilmente manipulable.

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Bibliografía

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A. García Sanjuán, "Legalidad islámica y legitimidad política en el califato de Córdoba: la proclamación de Hišām II", en Al-Qanṭara, XXVIII (2007).

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

jueves, 16 de abril de 2026

YUSUF III

 

YUSUF III

Yūsuf III: Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. Yūsuf b. Muḥammad b. Yūsuf b. Ismācīl b. Faraŷ b. Ismācīl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b. Qays al-Jazraŷī al-Anārī, al-Nāṣir li-Dīn Allāh. Granada, 27.II.778/16.VII.1376 – Almuñécar (Granada), 29.IX.820/9.XI.1417 (emirato 810-820/1408-1417). Emir de al-Andalus, decimotercer sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada, precedido por Muḥammad VII y sucedido por Muḥammad VIII.

Poeta, tisaSultán nazarí

Biografía

Nació en Granada a media noche del 27 de afar de 778/16 de julio de 1376. Su infancia transcurrió durante la época de apogeo nazarí y bajo la protección del más destacado sultán de la dinastía, su abuelo Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391), que organizó una solemne celebración del icdār (ceremonia de circuncisión masculina) para él y para su hermano menor Muḥammad (VII). En esta ceremonia, que se desarrolló con gran boato y magnificencia de acuerdo con la tradición andalusí, Yūsuf y su hermano demostraron gran valor a pesar de su niñez pues avanzaron sin miedo hacia el encargado de realizarles la operación, según describe el visir y poeta oficial Ibn Zamrak.

Era el mayor de cinco hermanos, que, además de él, fueron Abū cAbd Allāh Muḥammad (futuro sultán Muḥammad VII, hijo de madre distinta), Abū l-Ḥasan cAlī y Abū l-cAbbās Aḥmad, además de su hermana uterina Umm al-Fatḥ, de excepcionales cualidades y cuya opinión y criterio solía seguir cuando accedió al poder.

Recibió una magnífica educación y su formación intelectual, tanto científica como literaria, fue excelente, como se refleja en sus escritos, comentarios y poesías y como avala asimismo la lista de sus maestros, destacados sabios de su época como al-Šarīšī, Ibn cAllāq o Ibn al-Zayyāt.

Cuando su padre Yūsuf II fue entronizado en 793/1391, Yūsuf (III) fue designado heredero oficial por ser el primogénito y, al parecer, también por su cultura, conocimientos y cualidades. Ello provocó el descontento de su hermano (hermanastro) Muḥammad, que ambicionaba ocupar el trono y no dudó en sublevarse contra su padre, aunque sin éxito. Al poco tiempo de esta sublevación, Yūsuf II murió repentina y prematuramente el sábado 16 de ū l-qacda de 794/5 de octubre de 1392, probablemente por envenenamiento con implicación del citado hijo, que fue elevado al trono y se convirtió en Muḥammad VII. Para ello, tuvo que desplazar al primogénito y heredero oficial, su hermano Yūsuf.

A partir de este momento la vida de Yūsuf, que tenía dieciséis años a la sazón, cambió radicalmente: de gozar de un puesto preeminente en la corte de la Alhambra como príncipe heredero pasó al exilio y reclusión en el castillo de Salobreña, en donde su hermano Muḥammad VII lo confinó de por vida para anular toda posibilidad de reivindicación de sus legítimos derechos dinásticos y el peligro de una sublevación.

El castillo de Salobreña era utilizado por los Nazaríes como palacio de recreo, además de ser fortaleza vigía del litoral, pero también desempeñó funciones de cárcel de personajes ilustres y soberanos, como ya ocurriera con el padre de Ismācīl I entre el 713/1314 y el 720/1320. Allí permaneció Yūsuf largos años de encierro llenos de soledad, tristeza y nostalgia por Granada, pero también de indignación y quejas contra su hermano y sus contemporáneos por la injusticia que sufría. Tanto la nostalgia como el reproche a su hermano o el dolor por la muerte de su padre los plasmó en su poesía ya que, como hombre culto y buen literato, se dedicó a la actividad poética, que inició en este prolongado periodo de reclusión de quince años y siete meses.

Pero su destino cambió de pronto cuando, repentina e inesperadamente, su hermano Muḥammad VII, a pesar de su juventud, falleció. Según la versión de las fuentes cristianas, el emir gobernante, consciente de su agonía, quiso antes de morir asegurar el trono a su hijo, para lo que ordenó ejecutar a su hermano Yūsuf recluido en Salobreña. Cuando la orden llegó allí, Yūsuf se hallaba jugando una partida de ajedrez con un alfaquí y solicitó que le permitieran terminarla antes de morir; esta prórroga permitió la llegada providencial de mensajeros desde Granada que anunciaron la muerte de Muḥammad VII y la designación de Yūsuf como nuevo emir, que cambiaba así la tumba por el trono en un instante.

Cierta o no la historia fantástica de la partida de ajedrez, lo que sí parece más que probable es que Muḥammad VII hubiese dado la orden, incluso antes de su agonía, de que su hermano fuese ejecutado cuando él muriera para asegurar así la sucesión de su descendencia. También resulta bastante probable la versión de las fuentes cristianas sobre la muerte de Muḥammad VII por envenenamiento, que habría que atribuir a un complot urdido por los partidarios de Yūsuf para entronizarlo; así lo indica, entre otros indicios, el hecho de que el artífice de su liberación y proclamación, el alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ (un liberto de origen cristiano) se convirtiera enseguida en el hombre más influyente en el estado nazarí por debajo del sultán.

De esta manera y una vez trasladado rápidamente a Granada con gran sigilo para que los enemigos de la frontera no conociesen la delicada situación hasta que el nuevo emir estuviera asentado en el trono, Yūsuf III fue proclamado el domingo 16 de ḏū l-ḥiŷŷa de 810/13 de mayo de 1408. En esa fecha contaba ya casi treinta y dos años, la mitad de los cuales había pasado privado de libertad. Adoptó el laqab (sobrenombre honorífico) de al-Nāṣir li-Dīn Allāh (el Defensor de la religión de Dios).

Nombró como ḥāŷib (gran visir o chambelán) a Abū l-Surūr Mufarriŷ, quien pronto se convertiría en el hombre de confianza del nuevo emir. Más aún: a pesar de sus orígenes cristianos ya mencionados —había sido capturado de niño, islamizado y posteriormente manumitido—, llegó a emparentar con la familia real nazarí y además de forma muy directa: se convirtió en suegro de Yūsuf III, que desposó a una hija suya.

El nuevo sultán era un hombre sabio y culto, como ya se ha dicho, pero merece ser destacada especialmente su capacidad literaria y su producción poética. De hecho, se considera que integra la tríada de grandes poetas del siglo XV, junto con Ibn Furkūn y al-Basṭī. No es de extrañar, por tanto, que cuando salió de su prisión y se instaló en la Alhambra creara una nutrida corte literaria en torno a él, que fue muy fecunda. Así lo revela la existencia de los numerosos poemas que le dedicaron, tanto su poeta oficial y secretario privado, Ibn Furkūn, como más de una docena de otros autores, algunos de los cuales llegan a atribuir ampulosamente el título de califa al emir nazarí. Todos estos poemas fueron reunidos por el citado Ibn Furkūn en una obra, mientras que las poesías compuestas por el propio Yūsuf III fueron tantas como para formar un diván propio que ha sido editado dos veces en el siglo XX. Además de su Dīwān, Yūsuf III es autor de otro libro dedicado a la vida y obra del primer ministro Ibn Zamrak, que sirvió a su abuelo Muḥammad V, su padre Yūsuf II y su hermano Muḥammad VII y cuyas poesías, que decoraban epigrafiadas la Alhambra, reunió en dicho libro.

Su buen carácter y prudencia son alabados no solo por las fuentes árabes, sino también por las castellanas, que dicen que era “apacible y manso, y que contra su voluntad, e inclinación vino a ser enemigo de Christianos” y que “[f]ue buen príncipe, y gouernó su reyno con mucha prouidencia y justicia”, hasta el punto de que no tomó represalias contra los que apoyaron a su hermano para desplazarlo del trono, sino que les concedió cargos y acogió en sus palacios a los hijos de Muḥammad VII.

En cuanto a su vida familiar, se casó tras su largo encierro, casi inmediatamente después de su exaltación al trono, con la hija del difunto alcaide Abū Yazīd Jālid, liberto al servicio de su abuelo Muḥammad V y visir de su padre Yūsuf II, aunque este último lo había ajusticiado por conspirar para envenenarlo. El banquete se celebró en el Riyā al-Sacīd (Patio de los Leones) de la Alhambra y en el primer año su esposa ya alumbró a su primogénito, el último día [30] de muḥarram de 812/[14] de junio de 1409 aunque, desgraciadamente, la madre murió tras el parto. El hijo fue denominado Yūsuf en la caqīqa (ceremonia de imposición de nombre y ofrenda del pelo del bebé) que se celebró al cabo de la semana, el 6 de ṣafar de 812/20 de junio de 1409, y en la que fue saludado como heredero oficial. Pero el destino aciago se cebó nuevamente con el emir y a los dos días vio cómo su hijo moría también. De otro matrimonio posterior con una hija del alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ llamada Umm al-Fatḥ (la Horra On Malfath de los documentos cristianos), también celebrado en el Patio de los Leones, tuvo su segundo hijo, que fue una niña nacida el sábado 8 de raŷab 812/16 de noviembre de 1409. Posteriormente llegó su hijo Muḥammad (VIII), que se convirtió en príncipe heredero y fue el que le sucedió, después su hijo Abū l-Ḥasan cAlī en rabīc I de 814/23 de junio-22 de julio de 1411, luego cAbd Allāh el 30 de raŷab de 818/5 de octubre de 1415, que poco después murió durante un periodo de peste.

Pero antes de esta muerte y en la última decena [19-29] del mes de šacbān del año [818]/[24 de octubre-3 de noviembre] de 1415, Yūsuf III celebró una gran fiesta, en la que obsequió espléndidamente tanto a la aristocracia como al pueblo llano e invitó a los notables de todo el país, a los que regaló magníficas vestimentas. En ella, el emir reunió tres celebraciones: la caqīqa de este recién nacido, el icdār (ceremonia de circuncisión) de dos de sus hermanos y la bayca (juramento de fidelidad) de su heredero, el futuro Muḥammad VIII.

Una de sus primeras actuaciones políticas fue la de remitir una misiva oficial a Alonso Fernández, alcaide castellano de Alcalá la Real, el 20 de mayo de 1408, nueve días después de la muerte de su hermano. En ella informaba sobre la muerte de este y su exaltación al trono al mismo tiempo que expresaba su deseo de mantener la tregua vigente. Igualmente, pedía que, mientras llegaba la respuesta del rey, se ordenara respetar la situación de paz a los fronteros cristianos.

Sus esfuerzos diplomáticos por mantener la paz, consciente de la complicada y peligrosa situación militar en la que se hallaba al-Andalus, dieron fruto y su embajador cAbd Allāh al-Amīn consiguió que los regentes de Juan II, su tío el infante Fernando y su madre la reina Catalina de Lancaster, renovaran la tregua vigente de ocho meses que terminaba el 15 de noviembre de 1408 y se ampliara hasta abril de 1409. Posteriormente, este tratado de paz se prorrogó dos veces: la primera renovación, por cinco meses, se extendió de 1 de abril a 1 de septiembre de 1409 y la segunda, por siete meses, del 1 de septiembre de 1409 al 1 de abril de 1410. Ello no impidió que se produjeran incidentes fronterizos, como el intento de los cristianos de repoblar Priego (el de Málaga) en septiembre de 1408 que los nazaríes desbarataron apoderándose y derruyendo la plaza.

Una vez terminada la tregua, Yūsuf III, que conocía los preparativos castellanos para la guerra, también sabía que era inminente una gran campaña contra el emirato naṣrí. Por ello, los Nazaríes se adelantaron: musulmanes de Ronda atacaron Zahara, fortaleza que había sido conquistada a su hermano por el infante Fernando en octubre de 1407, y la saquearon el 5 de abril aunque sin llegar a reconquistarla, éxito que fue comunicado a la Alhambra y celebrado en ella días después, el miércoles 4 de ḏū l-ḥiŷŷa de 812/9 de abril de 1410. Al mismo tiempo, el hermano de Yūsuf III, el príncipe Abū l-Ḥasan cAlī, dirigió una expedición contra Segura de la Sierra, donde incendió Génave y otros lugares del valle mientras otra parte de su tropa atacaba Caravaca; a su regreso triunfal de Segura, el príncipe tuvo el honor de ver ensalzada su gesta en la casida oficial que compuso el ministro Ibn Furkūn con motivo del cīd al-aḍḥà (fiesta del Sacrificio del cordero) de 812/15 de abril de 1410.

Por su parte, el infante regente Fernando emprendió el asedio de una plaza de importancia, la rica y fértil ciudad de Antequera, cuya estratégica posición controlaba el paso hacia Málaga. Los castellanos iniciaron el sitio el 26 de ese mismo mes de abril y establecieron un enorme cinturón de cinco campamentos situados alrededor de la ciudad para asfixiarla al impedir cualquier apoyo exterior.

La reacción de Yūsuf III fue inmediata y ya el 4 de mayo había concentrado en Archidona su ejército al mando de sus dos hermanos, Abū l-Ḥasan cAlī y Abū l-cAbbās Aḥmad, que al día siguiente establecieron su real en la sierra llamada la Boca del Asna (hoy Boca del Asno), a escasos kilómetros de Antequera y dominando la ciudad. El día 1 de muḥarram de 813/6 de mayo de 1410 se desencadenó una batalla de forma imprevista y caótica que acabó con la derrota de los musulmanes, que tuvieron que abandonar el campamento ante la superioridad castellana y a pesar de la heroica hazaña protagonizada por el jurista Abū Yaḥyà Muḥammad Ibn cĀṣim, que luchó con tenacidad y coraje manteniendo con gran perseverancia y energía su posición de combate; incluso, cuando sus compañeros se retiraban, el ilustre sabio siguió combatiendo en solitario ante los atacantes castellanos, a los que logró detener mientras sus compañeros huían salvando la vida y él acababa sucumbiendo ante la multitud de cristianos.

Otra importante pérdida militar pero sobre todo humana que afectó personalmente a Yūsuf III fue la muerte de su suegro, el alcaide y ḥāŷib Abū l-Surūr Mufarriŷ a primeros de julio de 1410; murió luchando con gran bravura en las cercanías de Montefrío, rodeado de enemigos cristianos en una desafortunada escaramuza en la que, por error, su tropa se había quedado atrás. El propio emir compuso una elegía en su honor conservada en su diván.

Tras numerosas escaramuzas y combates en diferentes lugares de la frontera —algaradas cristianas en la frontera oriental, Loja, Ronda, Montefrío, la hoya de Málaga y Archidona; victorias nazaríes en Montejícar y Setenil—, Yūsuf envió una solicitud de tregua ofreciendo parias a cambio de que se levantara el asedio, pero el infante necesitaba la victoria para su prestigio personal en Castilla y para recuperar la fuerte inversión realizada, por lo que respondió con unas condiciones abusivas y exorbitantes que eran inaceptables para el emir.

Mientras tanto, los nazaríes antequeranos defendían la ciudad heroicamente y con todas sus fuerzas y abnegación, hasta el punto de que despertaron la admiración en el real castellano enemigo, donde sabían que los continuos ataques no dejaban dormir ni descansar a los sitiados y los cristianos no entendían “cómo omes de carne e ueso podian tanto sofrir”.

Finalmente y tras cinco meses de duro asedio durante el que los castellanos sometieron a los de Antequera a cuatro modalidades diferentes de sitio (en mayo, el cinturón de cinco campamentos; en junio, artillería; en agosto, una cerca de tapial; después, apertura de minas en la muralla), se produjo la entrada en la ciudad, que fue saqueada mientras la población se refugiaba en el castillo. Con escasas reservas de agua, los antequeranos tuvieron que capitular a cambio de salvar la vida y sus pertenencias. Los castellanos entraron en la ciudad el 24 ó 25 de septiembre de 1410.

Para Yūsuf III, la pérdida de esta ciudad tuvo un gran impacto negativo por la importante merma territorial y sobre todo geoestratégica que suponía. Además, la caída de una plaza de tan gran fortaleza y relevancia en el emirato fue un duro golpe en la mentalidad y la moral de los andalusíes.

A pesar de ello, se sobrepuso y lanzó una incursión de castigo por los alfoces de Alcalá la Real y posteriormente las tropas nazaríes recuperaron la fortaleza de Jébar, en las cercanías de Antequera, y la derruyeron, aunque los cristianos la ocuparon de nuevo. Estas acciones eran una razón más para que el regente Fernando aceptara las treguas, porque, entre otras circunstancias, el infante quería reclamar el trono de Aragón, vacante tras la muerte de su tío Martín el Viejo el 31 de mayo de 1410. El embajador nazarí Sacīd al-Amīn cerró el acuerdo paz el 10 de noviembre de ese mismo año por un periodo de dieciséis meses, hasta el 10 de abril de 1412. La tregua incluía al sultán benimerín de Fez, como era habitual, y contemplaba las “parias de cautivos” (300), pues Castilla comenzó a imponer la entrega de cautivos cristianos en los tratados que podía. Por parte nazarí, la firmaron Yūsuf III y su hermano Abū l-Ḥasan cAlī, de manera que en caso de fallecimiento del emir su hermano respondía del mantenimiento de la tregua.

A partir de entonces, Yūsuf III pudo mantener la paz ya hasta su muerte prácticamente puesto que Fernando I, una vez que alcanzó el trono aragonés en 1412 tras el compromiso de Caspe y absorbido por cuestiones internas, siguió renovando en nombre de Castilla y Aragón —en su doble condición de regente de Castilla y rey de Aragón— la tregua anualmente hasta 1415. Tras su muerte el 2 de abril de 1416, la regente de Castilla y madre de Juan II hizo lo mismo a partir de 1417, aunque a partir de estas treguas Yūsuf III sí consiguió un plazo mayor, de dos años, si bien tuvo que aceptar a cambio las “parias de cautivos” que después de 1412 había logrado que no se incluyeran en los tratados, ni tampoco parias monetarias. A partir de entonces se fueron concertando treguas en periodos de dos y tres años en 1417, 1419, 1421, 1424 y 1426 con la intervención como representante nazarí de Sacīd al-Amīn, alfaqueque mayor del sultanato.

Por lo que respecta a Aragón específicamente, cuando murió Fernando I, el sucesor en el trono aragonés, Alfonso V el Magnánimo, mantuvo la tregua de su padre hasta abril de 1417, fecha en la que finalizaba. Posteriormente, Yūsuf III mantuvo relaciones y contactos con el soberano aragonés, pero no se iniciaron negociaciones formales ni se estableció tregua oficial.

La buena relación con la corona de Aragón permitió que se realizara una invitación a la emigración a los mudéjares aragoneses hacia Granada. Para ello, se lanzó una proclama desde Barcelona consistente en una supuesta carta de Yūsuf III, que realmente escribió su embajador, de origen mudéjar y que estuvo en Barcelona a finales de 1409 o comienzos de 1410 negociando la renovación de la tregua. En ella se alababa y se presentaba a Yūsuf III como defensor y protector de los musulmanes y a Granada como refugio y morada segura para ellos, al mismo tiempo que se recordaba la obligación de emigrar de territorio infiel.

Por tanto, Yūsuf III proporcionó un periodo de paz considerablemente amplio, pues sentó las bases para que se extendiera más allá de su muerte abarcando casi dos decenios, entre 1410 y 1428. No obstante, como solía suceder en estos periodos de treguas, hubo algunas violaciones incidentales de la paz sin mayores consecuencias pues se resolvieron diplomáticamente, como era habitual.

Estabilizado el frente con los reinos cristianos, a Yūsuf III se le planteó un grave problema con los Benimerines y el sultán de Fez, Abū Sacīd cUmān III (799-823/1397-1420), con el que le enfrentó una gran rivalidad y enemistad que acabó debilitando a ambos estados y beneficiando con ello a los reinos cristianos. La rivalidad desembocó en conflicto abierto por el control de una de las plazas más importantes de al-Andalus, Gibraltar, que había recuperado el abuelo del emir granadino, Muḥammad V, en 775/1374. En el año 813/1410, la guarnición benimerín de Gibraltar se sublevó contra los Nazaríes y se entregó a la soberanía del sultán de Fez. Yūsuf III inició inmediatamente el asedio de la plaza para recuperarla, pero la fortaleza del Peñón, potentemente reforzada además por los Benimerines en el siglo XIV, era tan inexpugnable que los sitiados pudieron resistir varios años. El propio Yūsuf III se puso al frente de sus tropas en el asedio en diversas ocasiones; sus prolongadas estancias en su campamento gibraltareño le llevaron a componer dos de sus casidas sobre el sitio de la plaza en 815/1412 y 817/1414, que posteriormente se incluyeron en su diván.

Además del cerco militar a Gibraltar, Yūsuf III emprendió otra acción estratégica para recuperar la plaza. Con el objetivo de debilitar y desestabilizar el gobierno benimerín de Fez, liberó al sultán destronado al-Sacīd (Muḥammad b. cAbd al-cAzīz), que se hallaba refugiado o recluido en Granada desde niño en 776/1374, y lo proclamó el primero de šacbān del año 813/29 de noviembre de 1410. Luego se dirigió a Málaga, donde entró el lunes 3 de šacbān de 813/1 de diciembre de 1410, y desde allí envió poco después a este pretendiente destronado al Magrib el 17 de ramaḍān de 813/13 de enero de 1411 acompañado de tropas de jinetes y arqueros que alcanzaron la costa magribí y le permitieron desembarcar en tierras de la cudwa al cabo de trece días; dos meses más tarde, la flota nazarí regresaba victoriosa de la conquista de Tánger, cuya alcazaba tomó cĀmir, el hijo de al-Sacīd, el 17 de ū l-qacda de 813/13 de marzo de 1411.

Mientras tanto, los sitiados en Gibraltar resistían el asedio, que se prolongó durante casi cuatro años, hasta que perdieron definitivamente la esperanza de recibir socorros de Fez y se rindieron tras pactar su inmunidad. Además, el enfrentamiento con Fez ya se había solventado —el pretendiente enviado por Yūsuf III y el sultán de Fez Abū Sacīd llegaron al final a un acuerdo para dividirse el Magrib— y Abū Sacīd le había propuesto al emir nazarí firmar la paz tras la fiesta del Sacrificio (del cordero) de 815/13 de marzo de 1413.

La entrada del príncipe Abū l-Ḥasan cAlī, hermano de Yūsuf III, en Gibraltar se efectuó el viernes 15 de ŷumādà I de 817/3 de agosto de 1414; la noticia llegó a la Alhambra el día siguiente, sábado, y para su celebración y ensalzamiento se compuso en aquel mismo momento una casida por el poeta oficial y secretario personal del emir, Ibn Furkūn, y otra más cuando Yūsuf III ocupó la plaza once días después.

Con la recuperación de Gibraltar y una vez muerto el pretendiente enviado por el emir nazarí, al-Sacīd (el primero de muḥarram de 816/3 de abril de 1413, al mes siguiente de su armisticio con Abū Sacīd), se restablecieron las buenas relaciones y amistad entre Yūsuf III y el sultán de Fez Abū Sacīd cUṯmān III (1397-1420), aunque Yūsuf III no cesó de intervenir e influir posteriormente en el gobierno benimerín.

Completan el cuadro de sus relaciones político-diplomáticas los contactos con Túnez (el sultán Abū Fāris le envió caballos y víveres) y el Magrib Central regido por los cAbd al-Wādíes de Tremecén.

Durante el periodo de la sublevación de Gibraltar, también hubo otro motín en el interior del emirato nazarí, en la misma capital, poco antes de la fiesta del Sacrificio (del cordero) del año 815/13 de marzo de 1413. Fue protagonizado por las gentes del Albaicín y otros que los siguieron, al parecer alfaquíes, y no tuvo mayores consecuencias.

Recuperadas completamente la estabilidad y tranquilidad, Yūsuf III no pudo, sin embargo, disfrutar de ellas mucho tiempo. El 26 de ŷumādà I de 818/3 de agosto de 1415 una flota portuguesa de doscientos cuatro barcos apareció en el Estrecho y permaneció varios días en el puerto de Algeciras, desde donde se dirigió a conquistar Ceuta dos semanas después. Los Nazaríes sospecharon que el primer objetivo de los portugueses era apoderarse de Gibraltar y costas andalusíes y rechazaron a los lusitanos; Yūsuf III quiso dirigir personalmente la defensa, pero se lo impidió una grave enfermedad por la que tuvo que ser intervenido, después de muchos días de padecerla, a mitad [15] de ŷumādà II de 818/22 de agosto de 1415.

No obstante, contemplados globalmente en el decenio de su reinado, el sitio de Gibraltar y el incidente de la escuadra portuguesa fueron cuestiones menores que no afectaron mucho la estabilidad general del sultanato y no impidieron a Yūsuf III mantener un estado de prosperidad y brillantez. Así lo muestran las intensas actividades interiores que desarrolló este emir, como la acuñación de moneda (se han conservado dinares de oro batidos a su nombre) o las construcciones en la Alhambra (reforma del palacio del Partal Alto o de Yūsuf III y quizás en el Generalife y alrededores, algunas de ellas en rabīc I y šacbān de 815/julio y noviembre de 1412) y poblaciones fronterizas (ampliación de la alcazaba del castillo de Moclín desde el 22 de ŷumādà II de 812/1 de noviembre de 1409).

Igualmente, realizó numerosos viajes, visitas y estancias por sus territorios con diversos motivos políticos, militares, administrativos o de descanso; así, tenemos constancia de su presencia fechada con total precisión en diversos lugares como la alquería de Wād (Huétor Santillán), Málaga (cuatro viajes, el primero para revisar un alarde del ejército local y durante el que ordenó que se eliminaran las bebidas alcohólicas y se observase rigurosamente la moral y buena conducta), Moclín, Gibraltar (tres viajes al menos), alquería del Nublo (cuatro estancias documentadas, aunque muchas más probablemente), Alhama, Almuñécar (dos viajes), Güéjar, Alhendín y Algarrobo (Axarquía malagueña).

También fue en esta etapa de paz cuando su hermano uterino (de la misma madre) Abū l-Ḥasan cAlī falleció en la capital, la noche del domingo 14 de ŷumādà II de 819/9 de agosto de 1416. No se conoce la causa, pero fue una muerte repentina pues, además de ser joven (menos de cuarenta años), sorprendió al propio Yūsuf III en Huétor cuando iba de viaje. El emir se apresuró a regresar a la Alhambra para las exequias y al día siguiente reemprendió su viaje. La importancia de este hermano en la defensa del Estado y la relación especial que el emir mantenía con él se reflejó en diversos aspectos, como el sobrenombre honorífico que le dio (al-Mucizz li-l-Dawla, que era propio de soberanos), la forma de festejar su matrimonio o llorar su muerte y el papel fundamental que desempeñó en la defensa del Estado andalusí.

Su última actuación política estuvo dirigida al Magrib meriní siguiendo su línea de intervención en el gobierno de Fez. Como en ocasiones anteriores, envió un nuevo pretendiente al trono fesí, el sultán Abū Yūsuf Yacqūb. El emir nazarí, a pesar de que la enfermedad que padecía había empeorado, viajó a Almuñécar para ocuparse personalmente de la travesía del pretendiente, que salió de este puerto granadino hacia el Magrib el 25 de ramaḍān de 820/5 de noviembre de 1417.

Esto sucedía a finales del ayuno del mes de ramaḍān, por lo que Yūsuf III ordenó realizar los preparativos para la celebración de la fiesta de Ruptura del ayuno al término del mes. Sin embargo, la muerte le impidió disfrutar de esta celebración, pues falleció el martes 29 de ramaān de 820/9 de noviembre de 1417, en el mismo Almuñécar. Aquella misma noche lo llevaron en su ataúd a Granada, adonde llegó entrada la mañana del día de la fiesta sin que nadie advirtiera su entrada porque estaban ocupados en la oración de la fiesta, hasta que se reunieron todos en la Alhambra y entonces llevaron a cabo la proclamación del heredero y el entierro de Yūsuf III.

Su prematura muerte —contaba a la sazón solo cuarenta y un años de edad— se debió sin duda a la enfermedad que le aquejaba desde hacía años y que era la tercera vez que la padecía, pero que en esta ocasión no pudo superar. Años atrás había sufrido una fuerte dolencia estando en Málaga, tras su viaje a Gibraltar, de la que pudo curarse el 16 de afar de 814/9 de junio de 1411. Luego había enfermado por segunda vez en ŷumādà II de 818/agosto de 1415, cuando fue operado, y finalmente en 820/1417, cuando murió.

Fue enterrado en la rauda (rawḍa), el cementerio familiar de la dinastía nazarí situado en los jardines contiguos al palacio real, al este de la mezquita mayor de la Alhambra. Tras la conquista de la capital de Granada en 1492 sus restos fueron trasladados, junto a los de otros miembros de la familia real nazarí, por el último sultán de la dinastía, Muḥammad XI (Boabdil), a Mondújar, en las posesiones que a este le concedieron los Reyes Católicos.

Después de nueve años y medio de emirato dejó al-Andalus en paz y estabilidad en todos los frentes y aunque tuvo que pagar el precio de la pérdida de Antequera y algunas otras plazas menores, salió de la situación de tensión bélica que heredó de su hermano y antecesor para legar a su hijo y sucesor un Estado en equilibrio y desarrollo interior y exterior.

Su vida fue breve pero intensa y sufrió con entereza las más duras pruebas del destino, como la cárcel, la sequía en sus territorios o la muerte de sus seres más queridos: esposa, hijos y hermano, a pesar de lo cual mantuvo la fe y confianza en Dios demostrando un sentimiento religioso que se manifestó en su creación poética.

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Autor/es

  • Francisco Vidal Castro