domingo, 1 de marzo de 2026

ABEN AMAR

 

ABEN AMAR

Romance español

Abenámar, Abenámar
moro de la morería,
el día que tu naciste
grandes señales había

Yo te agradezco Abenámar
aquesta tu cortesía
¿Qué castillos son aquellos?
¡altos son y relucían!.

El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita;
los otros los Alixares
labrados a maravilla.

El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.

El otro es Generalife
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas
castillo de gran valía.

Extraído de: "LA ALHAMBRA bajo la media luna" de L. Benavides-Barajas - Editorial Dulcinea.

 

ABASTECIMIENTO Y VENTA DE ALIMENTOS EN AL-ANDALUS


ABASTECIMIENTO Y VENTA DE ALIMENTOS EN AL-ANDALUS



EN LEÓN EL AFRICANO, de Amin Maalouf, se hace mención de vendedores ambulantes en la colina roja granadina en el año 882: en las proximidades de la Alhambra, se instalaban vendedores ambulantes que lo mismo vendían salchichas mirkás, que buñuelos o refrescos de agua de azahar. Los andalusíes a menudo comían en la calle, en estos puestos de comida rápida que abundaban en los zocos y que cocinaban a la vista del público.

Pero el comercio no solo era de fortuna, estaba bastante organizado. Se desarrollaba en los establecimientos de venta en las ciudades, es decir, en el zoco o en las alcaicerías (mercado cubierto). Era habitual el consumo de frutas y alguna otra comida o bebida en medio del zoco, paseando por las calles o sentado enfrente de un comercio o en la puerta de las casas.


La costumbre de las tertulias en las calles al solecito del invierno o al frescor de la noche en verano degustando algunos platos y algún refresco, ya venía de aquel entonces.

El comercio andalusí se basaba en la venta de carne, en el despacho de pescado, cereales, fruta y frutos secos, aceite, hortalizas, huevos leche, sal, frutas, requesón, vinagre, aceitunas y platos preparados.

Como alimentos típicos de venta en los zocos u en las plazas podemos distinguir las salchichas, almojábanas (tortas fritas de queso blanco con canela y miel) buñuelos, roscos y mantecadas, y asado de carne.

Las disposiciones que marcaba el mercado diario, comprendían algunas normas y concesiones de tipo religioso, generalmente. En primer lugar, había que observar la prohibición de vender antes de la hora de la oración mayor. A continuación, se marcaban las siguientes cláusulas sobre el sacrificio y despacho del pescado y la carne:

a) No vender dos carnes diferentes en una misma tabla.
b) Quitarles las asaduras (salvo algunas) y venderlas separadas.
c) Sacrificar las reses de labranza o hembras reproductoras sólo cuando sean viejas o tengan alguna tara.
d) No vender en el zoco ningún animal sin saber quién es su dueño.
e) No despachar pescado corrompido.

Se prohibía igualmente comer reses degolladas por no musulmanes y la compra de frutas y hortalizas de personas que no se sepa que los traen de sus campos.

Por su parte, el molinero, tenía la obligación de satisfacer la diferencia si faltaba algo de peso en las sacas de harina tras la molienda del trigo.

También se impusieron prohibiciones estrictas para que las calles no se estrechasen con los puestos de venta y que las zonas de comercio quedaran limpias después de la jornada de trabajo.

El muhtasib mutawwi (denominación que acabó designando al almotacén de castellano) a lo largo del periodo del estado islámico en la Península, tenía las funciones consustanciales al cargo: control de pesos y medidas, fijación de precios, limpieza y urbanismo.

Los vendedores, por el incumplimiento de estas normas eran castigados, sobre todo en Granada. En el resto de al-Andalus, el castigo recaía en sus dependientes. La pena se aplicaba también cuando se les cogía en un engaño.

Los fraudes y timos eran habituales y, para esto, también había normas. Una obra de al-Saqatî, escrita en el siglo XIII, comenta:

«El vendedor de frutas secas empleará un capacho de palmito, o cosa parecida, de boca amplia que permita ver perfectamente lo que contiene desde fuera. El capacho del vendedor de frutas secas será de esparto, al que se lavará y raspará para eliminar el zumo y polvo que se queda adherido. La tara de dicho capacho ha de ser de plomo u otro material con forma alargada, distinta de la de las pesas y que no se les parezca en nada, y con una anilla. Así el comprador estará a salvo de trampas y engaños».

En el espacio destinado a panaderos, horneros y molineros se intentaba impedir que se mezclase el trigo bueno con el malo vendiéndolo al precio del primero o que se adulterase la harina con harija, harina de otro cereal, arena, algas, etc.

Se querían evitar las sustracciones por parte de los molineros y de sus encargados y se indicaban las variables a tener en cuenta para poner precio a la harina y al pan (costo de la materia prima, salario de los trabajadores, pérdidas en el proceso de elaboración).

Por otra parte, interesaba regular la cocción del pan con el fin de obtener uno de buena calidad: no quemado, cocido por ambas caras, y con la miga blanda. Existía, por último, un control de las pesas, medidas y utensilios usados en los molinos.

El almotacén, personaje que a lo largo de los siglos y con ligerísimas variaciones se dedicaba voluntariamente y sin remuneración a recorrer el mercado denunciando las infracciones que observaba, era un personaje muy odiado por los comerciantes andalusíes.

En realidad la función básica del almotacén era simplemente mantener el control de pesos y medidas: dar pesas a comerciantes y vendedores (en especial a los forasteros); ajustar, herrar y requerir periódicamente las de los vendedores y otros profesionales; y el repesado en carnicerías, pescaderías, y panaderías; el control de la venta al por mayor quedaba generalmente fuera de su ámbito ya que para ello existían funcionarios específicos.

La segunda gran ocupación sería la limpieza de los cursos de agua (impidiendo que se vierta inmundicias o productos contaminantes) y el cuidado de calles y plazas (evitando que los animales las ensucien, que se echen aguas fecales y obligando a barrerlas a menudo).

El crecimiento del mercado facilitó la exportación y este comercio en gran escala trajo consigo el crecimiento de puertos como el de Almería, cerca de la cual llegó a crearse una extraña república de marinos. Pechina, que subsistió durante un tiempo.

(Extractos de «HERENCIA DE LA COCINA ANDALUSÍ» de Jorge Fernández Bustos y José Luis Vázquez González- FUNDACIÓN AL ÁNDALUS)

 

EL AGUA EN LA GASTRONOMÍA ANDALUSÍ

 

EL AGUA EN LA GASTRONOMÍA ANDALUSÍ.


Millares, encantador pueblecito de la Canal de Navarrés. Vídeo: Amparo Sánchez Rosell.




Té o infusión de azahar.



Proporcionar agua a otros hombres, e incluso a otros seres, como animales y plantas, se considera una limosna piadosa (zakat).

Fuente pública andalusí.




Las personas musulmanas se purifican con agua varias veces al día, antes de sus plegarias.


Fuente de Daraxa o Lindaraja. Alhambra. Granada, Foto: Raúl Lorente Sánchez.


(711-1492) Al-Andalus es el nombre con el que se conoció a todas aquellas tierras, gobernadas por musulmanes, que habían formado parte del reino visigodo: la península Ibérica, la Septimania francesa y las Islas Baleares. De fronteras fluctuantes, según periodos, también llegó a comprender Marruecos.

Su zona este se denominó Xarq al-Andalus.

EL AGUA es indispensable para la vida: calmar la sed, elaborar las más variadas bebidas y comidas de olla y cazuela… Es la esencia de los cultivos y los sistemas de irrigación.

En el Islam, el agua es origen de la vida, creada por Dios. La sura 21, aleya 30, del Sagrado Corán recuerda al hombre este origen:

«¿Es que no han visto los incrédulos que los cielos y la tierra estaban unidos y los separamos? ¿Y que hicimos provenir del agua a todo ser viviente? ¿No creerán aún?»

Varias eran las bebidas principales en Al-Ándalus. La leche tenía un importante papel en la alimentación de los andalusíes, además de ofrecerse en la hospitalaria ceremonia de bienvenida.

Otra de las bebidas preferidas eran los zumos de frutas frescas y los sharabs que se elaboraban con estos zumos combinados con flores, especias y hierbas aromáticas.

El té aromatizado con hierbabuena, o con jazmín, o con azahar, era una bebida cotidiana que se consumía varias veces al día.

El agua, en el Islam siempre se considera un “Don Divino”, también en al-Ándalus. Por similitud con su sentido de gran perfección, metafóricamente se representa al agua como “bebida de la Sabiduría”. Por motivos religiosos, socioculturales y de salud, el agua fue la primera y más importante bebida en al-Andalus.

El Profeta Muhammad recomendaba beber agua y también enseñó la forma en que los creyentes deben beberla. Aconsejó que se beba el agua en tres respiraciones en lugar de tragarla de una sola vez, advirtió que no se debe respirar en el vaso del cual se beba porque contamina el agua con saliva, y que es mejor beber estando sentado. Veamos como ejemplo el siguiente Hadiz: «No bebáis de un solo trago como los camellos, sino en dos o tres pausas…»[Lo relató At-Termidhi, de Abdul-lah bin Abbas].




Proporcionar agua a otros hombres, e incluso a otros seres, como animales y plantas, se considera una limosna piadosa (zakat).

El agua tiene muchos significados dentro del Islam. No sólo es origen de vida sino que tiene un sentido purificador para el hombre, ya que purifica y limpia, tanto su exterior (el cuerpo) como su interior (el alma), éste con un sentido eminentemente espiritual.

La gestión y distribución del agua en al-Andalus no era ajena al hecho de su pertenencia al conjunto de Dar al-Islam. Esto quiere decir que normas islámicas, aparte de costumbres locales, afectaban a la manera de organizar el que sin duda era el bien más preciado de la naturaleza para los musulmanes.

El agua en el mundo islámico era usada para la higiene personal, para consumo doméstico, para las labores agrícolas, para algunas actividades industriales, para limpieza de zocos, para uso cortesano, y religioso.

Era completamente imprescindible un servicio de agua en las mezquitas: único lugar donde no podía faltar. En las mezquitas grandes era –y es– preceptivo instalar una gran fuente con caños, donde los devotos hicieran sus abluciones para la plegaria que correspondiera, así como instalar letrinas abastecidas de agua. Al ser cinco las plegarias al día, a distintas horas, durante toda la jornada se utilizaban con frecuencia estas fuentes.

Las personas musulmanas se purifican con agua varias veces al día, antes de sus plegarias y después del acto sexual; lavándose, también, las partes íntimas tras las cotidianas necesidades fisiológicas, buscando un estado de pureza corporal. Por su parte, los hispano-musulmanes devotos procuraban cumplir con los preceptos de la purificación, ya teniendo sus propios aljibes o pozos en sus casas, ya aprovisionándose de agua en las fuentes públicas.

La higiene del cuerpo es un precepto socio-religioso para las personas musulmanas. Aparte de la higiene natural del cuerpo y de los actos de purificación preceptivos, el buen musulmán no debe comenzar a comer sin haberse lavado previamente las manos y, una vez terminado, debe lavar de nuevo sus manos y enjuagarse la boca. Lavarse las manos antes de comenzar la comida, así como al final de la comida. En este sentido, un hadiz dice: “Las bendiciones de la comida están en lavarse las manos antes y después de comer» (Al Tirmidhi).

Para el lavado corporal más profundo se utilizaban los hammams, lugares de limpieza, purificación y relajación que se convirtieron en centros de reunión social y en elementos esenciales de la vida de los pueblos y barrios de las ciudades.

Los andalusíes difundieron y popularizaron la costumbre del baño, extendiéndolo a todos los estratos de la sociedad. El hammam publico se transformó en lugar de uso y encuentro de hombres y mujeres, ricos y pobres, personas de todas las edades y religiones. Judíos, árabes y cristianos, usaban los baños árabes. El hammam era compartido y utilizado por todos los ciudadanos y se establecían horarios semanales. Las mujeres accedían al recinto los lunes y los miércoles; los martes, jueves y sábados lo hacían los hombres; finalmente, los domingos lo hacían los judíos que tenían sus propios rituales. Este acuerdo se mantuvo hasta que Alfonso X El Sabio, decretó por ley que judíos y cristianos no podían compartir el espacio.

La alimentación, bebidas incluidas, es parte fundamental de la salud en Al-Ándalus, un medio para conservar y recuperar la salud. Esto incluía la ingesta de alimentos y de bebidas adecuadas en calidad y cantidad. Lo que no es de extrañar puesto que el Islam dice: “[…] Coman y beban con mesura, porque Dios no ama a los derrochadores” (Corán 7:31). Y el Profeta decía: “El peor recipiente que el hombre puede llenar es su estómago. Comed tanto como sea necesario para mantener la fuerza. Si esto es demasiado poco, entonces un tercio del estómago es para la comida, un tercio para el agua y un tercio para el aire”. Hadiz. (Imam Ahmad, Ibn Maya, Al Tirmidhi, etc.).

En al-Andalus los médicos, auténticos polígrafos, practicaron esencialmente una medicina preventiva, única que podía proporcionar al hombre una vida equilibrada. En este sentido, el tratado de Ibn al-Jatib –médico, poeta, historiador y visir en la Granada nazarí del siglo XIV– que conocemos como “Libro de la Higiene” pero cuyo título exacto es “Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año”, es un compendio completo de medicina preventiva y dietética, entendiéndose ésta como higiene y, a su vez, como una forma de vivir equilibrada y encaminada a la perfección a que todo buen musulmán ha de aspirar.

En este contexto higiénico-dietético Ibn al-Jatib señala que “el agua es uno de los pilares del cuerpo” e indica cuáles son las clases de aguas para las bebidas, determinando las mejores en calidad, así como cuáles son las mejores aguas para el baño y cómo debe realizarse éste. Establece verdaderos tratamientos dietéticos, prescribiendo regímenes de comida y bebida según la complexión y la estación del año.

Ibn Bassal, en su Libro de Agricultura (siglo XI), estudia las diferentes especies o naturalezas de las aguas y la influencia que ejercen en las plantas. Este distingue el agua de lluvia, la de los ríos y la de las fuentes y pozos (división que nos acerca a concepciones orientales a la hora de elaborar el té):

– El agua más beneficiosa para las plantas es la de lluvia, por no dejar residuo salino alguno y por ser de complexión templada y húmeda.
– La de los ríos tiene una complexión más seca y áspera.
– Por último la de las fuentes y pozos es pesada y terrana.

En al-Andalus existía gran preocupación por preservar la calidad del agua para el consumo, ya fuese para beber, o para usos religiosos e higiénicos. Por lo que se establecieron infinidad de ordenanzas y de muhtasib, o almotacén, a tal efecto.

Esta búsqueda de limpieza, salud, higiene y purificación del cuerpo entraña una necesaria infraestructura y servicio del agua, así como un carácter gratuito a nivel público. El agua era necesaria en las calles y casas andalusíes. Las ciudades y las casas debían contar con suficiente provisión de agua para cumplir esas normas. Una de las aspiraciones máximas de los soberanos andalusíes fue el de dotar de agua a las ciudades, llevándola a través de canalizaciones y haciéndola correr en las fuentes públicas.

Además, ese concepto trascendente de purificación en relación al agua se mezcló con las ideas estéticas e incluso poéticas, manifestándose en una arquitectura del agua, que pobló al-Andalus de palacios de ensueño, un tanto alejados del concepto de origen. A ello contribuyeron también determinadas aspiraciones suntuarias y políticas.

Dice Ibn Jaldún, el famoso sociólogo tunecino del siglo XIV, de origen andalusí, en su célebre obra. Al-Muqaddimah, que para que la vida en una ciudad sea grata es necesario atender, al fundarla, a varias condiciones: en primer lugar, a la existencia en un solar de un río o de fuentes de agua pura y abundante, pues el agua, “don de Allah”, es cosa de capital importancia y el tenerla inmediata evitará muchas molestias a los vecinos.

El agua provocó la transformación del tejido urbano andalusí. Un nuevo enfoque frente a las tesis más tradicionalistas. El agua se urbaniza para cumplir una función social en la higiene de los musulmanes, en el consumo doméstico o en el uso cortesano y religioso. El agua era distribuida a los aljibes públicos, mezquitas, jardines y complejos palaciegos, baños públicos (hammam), fuentes públicas, zocos y actividades económicas como las alfarerías, tenerías,…y casas de las medinas.

Es decir, tampoco podía faltar un surtidor de agua en los patios de las casas andalusíes, que servía para refrescar el ambiente, y a cuyo alrededor solía haber plantas con flores, sin que faltara el jazmín cuya intensa y embriagadora fragancia penetraba sutilmente por todos los rincones de la casa.

De hecho, en la mayor parte de las casas de la España musulmana contaba con aprovisionamiento de agua potable, ya fuera procedente de un pozo o aljibe situado en el patio interior, o por medio de canalizaciones que la traían desde más lejos.

El patio andalusí, incluso el más humilde, podía de esta forma permitirse el lujo de tener un pequeño surtidor para hacer más fresca y agradable la estancia familiar, complementándose su sonido, especialmente al anochecer, con el denso perfume de los jazmineros que trepaban por las paredes. Si la casa era pudiente, el patio y las salas de estar se adornaban con un estanque o alberca, llevando el refinamiento hasta lo indecible.

El cronista al-Saqundi, al hablar de las cuidadas viviendas de los andalusíes sevillanos en el siglo XII, llega a decir que en la mayoría de las casas sevillanas no falta agua corriente, ni árboles frondosos, como el naranjo, el limero, el limonero, el cidro y otros…

En la morfología de la ciudad había fuentes públicas (sabbala), adosadas a los muros de las casas y decoradas con vistosos azulejos polícromos, que proporcionaban agua a los cansados viandantes para beber o para sus abluciones. Proveían también a las mujeres y a los muchachos más humildes que no disponían de ella en sus casas. Estas fuentes se localizaban cerca de la mezquita o de la madraza, y en las puertas de acceso de la ciudad, donde se aglomeraban los viajeros recién llegados y la multitud que acudía a los mercados de ganado, que solían instalarse fuera de las murallas, junto a sus puertas principales.

El agua pública era también objeto de pequeño comercio, ya que innumerables aguadores (sakka) recorrían las calles con el tintineo de sus vasos de metal, transportando el preciado líquido en odres de cuero. Ofrecían a voces la bebida en las tardes de calor, o llegaban hasta las casas para vender su mercancía a domicilio, por unas monedas. La figura del aguador ambulante y vocinglero, nos ha sido familiar hasta hace pocos años, al menos por las tierras de Levante y Andalucía. Esta tradición todavía se conserva en zocos y zonas de Marruecos.

Los árabes tuvieron una gran experiencia en la técnica de los qanats o conducciones subterráneas, que aprendieron en Persia, Mesopotamia y Siria, llegando a ser consumados maestros y extendiéndola por todo el norte de África y al-Andalus.

El llamado qanat o canal de irrigación subterráneo conducía el agua desde el depósito localizado en el subsuelo hasta el lugar donde se necesitara. Los sistemas de qanats no servían sólo para la agricultura, sino también para llevar agua a las ciudades, ése fue el caso de Guadalajara, Crevillente, Cádiz o Madrid –el famoso Mayrit árabe–, entre otras ciudades.

La famosa red de qanats de Madrid (ciudad cuyo nombre indica agua: Mayrit, del árabe mayra, canal de agua) ha sido tan celebrada como discutida por los distintos autores contemporáneos. Mayrit fue fundado por el emir omeya de Córdoba Muhammad I en el año 871 como plaza defensiva del paso hacia la sierra de Guadarrama. Dependiente de Toledo, en su trazado se repetían las constantes de toda ciudad islámica: alcazaba (la Almudena), mezquita aljama, baños, zocos y barrios o rabal.

Toda esta red de irrigación subterránea hizo posible que Madrid pudiera tener en su contorno un gran número de huertas que enriquecieron la ciudad. La red de qanats continuó abasteciendo a Madrid a lo largo de los siglos hasta 1860, lo que es todo un récord en honor de aquellos ingenieros hispano-musulmanes.

En al-Andalus, y concretamente en Granada, siempre ha habido buena agua fresca venida directamente de Sierra Nevada. La Acequia Gorda o la de Aynadamar y muchas otras canalizaciones y cursos de agua que abastecen actualmente a la ciudad y su provincia datan de aquellos tiempos. Así, cualquier participación de este elemento en la cocina, aseguraba su éxito.

El agua para beber era elemental, tan apreciada como la leche. La tomaban sola o perfumada con hojas de naranjo o rosa. Servía para amasar el pan, para rebajar la limonada y era imprescindible para preparar el té, elemento indispensable de hospitalidad musulmana.

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    • María del Carmen Hidalgo e Brinquis. El papel, lazo de unión entre Oriente y Occidente. La herencia árabe en la agricultura y el bienestar de Occidente. FUNDACIÓN LA HUELLA ÁRABE. Editorial Universidad Politécnica de Valencia. Ref.:2002.2205. Depósito legal: V-3350-2002. I.S.B.N.:84-9705-244-7.
    • María Magdalena Martínez Almira. La administración de Justicia andalusí en materia de riegos. El Tribunal de las Aguas de Valencia en la edad media. La herencia árabe en la agricultura y el bienestar de occidente. Editorial de la UPV. Valencia. ISBN: 84-9705-244-7.
    • Melchor Bellver y Vicente del Cacho. INFLUENCIA que ejerció la dominación de los árabes en la AGRICULTURA, INDUSTRIA Y COMERCIO de la provincia de Castellón de la Plana. Imprenta de F. Segarra. Castellón, 1889. Servicio de reproducción de libros. Colección Biblioteca Valenciana. Depósito legal: V.2507-1982. Copia Facsímil.
    • Salah Jamal. Prólogo de Ignasi Riera. Aroma árabe. Recetas y relatos. Editorial Zendera Zariquiey. Barcelona, 1999, 2000, 2001, 2002, 2003 y 2004. ISBN: 84-8418-032-8.
    • Salvador Zaragoza Adriaensens. La herencia árabe en la agricultura y el bienestar de occidente. Los críticos: Su dispersión y asentamiento en el entorno islámico mediterráneo. Editorial de la UPV. Valencia. ISBN: 84-9705-244-7.
    • Sami Zubaida y Richard Tapper. Culinary Cultures of the Middle East. I.B. Tauris, Londres, 1994.
    • Thomas F. Glick. Los cultivos árabes en la América del Norte colonial: Glosas sobre el pensamiento agronómico de Jefferson. La herencía áeabe en la agricultura y el bienestar de Occidente.. FUNDACIÓN LA HUELLA ÁRABE. Editorial Universidad Politécnica de Valencia. Ref.:2002.2205. Depósito legal: V-3350-2002. I.S.B.N.:84-9705-244-7.
    • Vicente Coscollá Sanz. LA VALENCIA MUSULMANA. Carena Editors. 2003. ISBN: 9788487398759.

 

viernes, 27 de febrero de 2026

LECHE FRITA

 

LECHE FRITA

Hay quienes no se imaginan la Semana Santa sin torrijas, y hay quienes no soportan perderse la leche frita, un delicado y exquisito capricho que conquista incluso a los paladares mas exigentes con su suave textura y su exquisitez.

Solo recuerda que es mejor dejar reposar la leche frita al menos un día para que sus sabores se desarrollen mejor.

 

Ingredientes

1 litro de leche entera

100 gr de maicena

100 gr de azúcar

2 ramas de canela

Cascara de naranja

Cascara de limón

½ cucharadita de matalahúva

50 gr de maicena para rebosar la leche frita

2 huevos

Aceite de girasol para freír

150 gr de azúcar para cubrir la leche frita

1 cucharada de canela en polvo para mezclar con el azúcar de cubrir la leche frita.

 

Elaboración

En una cacerola, vertemos la leche, reservando una taza para disolver la maicena. Añadimos la canela en rama, la .cascara de naranja y la .cascara de limón y la matalahúva. Calentamos hasta que la leche empiece a hervir. En este momento.  apagamos el fuego y tapamos la cacerola para que la mezcla se infusione durante 10 minutos aproximadamente.

Mientras tanto, disolvemos la maicena en la leche fría reservada hasta que este suave. después de 10 minutos, volvemos a poner la cacerola al fuego y retiramos los aromáticos: las cascaras de naranja y limón, la canela y la matalahúva y o loa cuelo para que no queden semillas de matalahúva.

Añadimos el azúcar y removemos hasta que vuelva a hervir. Luego incorporamos la maicena disuelta y sin dejar de remover, cocinamos a fuego medio hasta que vuelva a hervir, dejando que la mezcla espese unos minutos, como un natilla.

Una vez espesada la mezcla, vertemos la crema en un recipiente rectangular engrasado para que se pueda desprender fácilmente, cubrimos con papel film a piel para que no crie costra. La dejamos enfriar a temperatura ambiente y luego metemos en el frigorífico durante al menos 6 horas, o preferiblemente toda la noche.

Ahora mezclamos el azúcar y la canela al gusto para poder cubrir las porciones de Leche Frita al final de la receta.

Cuando la crema esta lista, desmoldamos y cortamos al tamaño deseado.

Calentamos abundante aceite de girasol a fuego medio-alto. Una vez caliente, rebozamos los trozos en maicena y después los pasamos por huevo batido y freímos por tandas hasta que estén dorados por ambos lados.

Una vez frita, dejamos reposar unos segundo sobre `plato con papel absorbente de cocina para eliminar el exceso de aceite. Sin dejar que se enfríen del todo, las rebozamos en azúcar y canela, y las porciones de leche frita estarán listas para servir.

Podemos acompañar con mermelada de fresa o cualquier otra mermelada de vuestro gusto.

La leche frita la podemos comer fría o caliente, según vuestro gusto.

¡Buen provecho!

TORRIJAS

 

TORRIJAS

Cuando llega Semana Santa, las torrijas se encuentran en casi todas las panaderías y confiterías, así como en las casas, llenando de olor los hogares y las calles de este delicioso dulce cuaresmal. Esta sencilla receta de torrijas proviene de la época romana y posteriormente se popularizo durante la Cuaresma, cuando se comían torrijas y se bebía vino, representando el cuerpo y la sangre de Cristo.

Existen muchísimas versiones de torrijas, en la forma de elaborarlas, unas con brandy o vino dulce, y otras como esta sin ninguno de ellos.

 

Ingredientes

1 baguette o pan de Viena del día anterior

1 taza de leche

1/2taza de aceite de girasol

1 cucharada de azúcar

1 cucharada de azúcar glas

1 cucharadita de canela en polvo

1 vaina de vainilla

1 rama de canela

2 huevos

Cascara de limón

 

Elaboración

En una cacerola pequeña, agregamos a leche, 1 cucharada de azúcar, y vaina de vainilla, una rama de canela y un poco de cascara de limón. Mezclamos todo junto y ponemos al fuego medio. Una vez que la leche comience a hervir ligeramente, apagamos el fuego. Dejamos atemperar un poco y que todos los ingredientes se infusionen bien en la leche dejando sus sabores y olores. Usando un colador, vertimos la mezcla de leche en una cacerola.

Cortamos la baguette en rodajas diagonales de 2,5 centímetros de grosor.

En un bol pequeño o en un plato hondo, batimos los dos huevos.

En una sartén mediana, puesta al fuego medio con la ½ taza de aceite de girasol.

Cubrimos las rebanadas de pan en la cacerola con la leche, y una vez que todas las rebanadas de pan estén bien cubiertas, agregamos una a una a la mezcla de huevo y cubrimos con el huevo batido.

Escurrimos las rebanadas de pan que hemos pasado por el huevo y las echamos en la sartén por tandas, cocinándolas por cada lado unos 2 minutos.

Una vez fritas las pasamos a un plato con toallas de papel absorbente de cocina y luego a un plato de servir.

Tomamos un plato y mezclamos el azúcar glas con la cucharadita de canela en polvo y mezclamos todo.

Usando un colador, agregamos la mezcla de azúcar y canela en polvo y espolvoreamos sobre las torrijas.

¡Buen provecho!