jueves, 12 de marzo de 2026

CANUTILLOS DE ALMENDRAS Y AVELLANAS

 

CANUTILLOS DE ALMENDRAS Y AVELLANAS

Este dulce , son unos pequeños canutillos rellenos de almendras y avellanas, endulzados con miel y aromatizados con agua de azahar. Un pastel oriental crujiente. Algunas personas piensan erroneamente que la repostería oriental es complicada de elaborar. Lo mas importante es el liado de estos rollitos o cigarros, te sorprenderá gratamente con el resultado.

Ingredientes

500 gr de almendras peladas

250 gr de avellanas tostadas molidas

500 gr de hojas de pasta filo

¼ de cucharadita de canela en polvo

2 cucharadas de agua de azahar

200 gr de azúcar glas

1,5 kg de miel

1 clara de huevo

Mantequilla derretida

 

Elaboración

En un mortero, agregamos las almendras con el azúcar y majamos hasta obtener un polvo o harina. Añadimos las avellanas al mortero tostadas y molidas, la canela en polvo, mezclamos muy bien y a continuación agregamos el agua de azahar, removemos muy bien para integrar todos los ingredientes y que se forme una masa homogénea. Hacemos unos rollos con esta masa.

Extendemos las hojas de pasta filo sobre una superficie de trabajo y luego colocamos un trozo de rollo de almendras. Enrollamos muy bien, cepillando los bordes de las hojas de pasta filo con clara de huevo para que queden pegadas.

Disponemos los rollitos en una placa de horno, cubrimos con mantequilla derretida, y cocinamos en el horno a temperatura media durante 20 minutos o hasta que estén dorados por ambos lados y luego lo sumergimos directamente en miel tibia. Escurrimos sobre una rejilla y dejamos enfriar.

¡Buen provecho!

ARROZ CON ALCAPARRAS Y ANCHOAS

 

ARROZ CON ALCAPARRAS Y ANCHOAS

Ingredientes

1 taza de arroz redondo

½ cebolla

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

5 tomates secos

½ cucharadita de pimentón dulce

2 y ½ taza de agua

1 diente de ajo

13 de taza de alcaparras

6 filetes de anchoas de lata en aceite de oliva

¼ de taza de perejil fresco

½ cucharadita de jugo de limón natural

Sal

Pimienta negra recién molida

 

Elaboración

En una sartén antiadherente a fuego medio, agregamos 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, mientras se calienta picamos ½ cebolla, una vez que el aceite este caliente agregamos la cebolla a la sartén.

Mientras se cocina la cebolla, cortamos en daditos finos los 5 tomates secos; después de sofreír las cebollas durante unos 5 minutos, agregamos ½ cucharadita de pimentón dulce, mezclamos con la cebolla, luego agregamos 1 taza de arroz redondo y los tomates secos cortados en daditos y mezclamos todo junto, y moreamos durante unos 4-5 minutos.

Luego agregamos 2 ½ taza de agua a la sarten, subimos el fuego a medio alto, salpimentamos al gusto y mezclamos todo muy bien

Mientras se cocina el arroz, picamos finamente 1 diente de ajo y lo ponemos en el mortero, también añadimos ¼ de taza de alcaparras y aproximadamente 6 anchoas picadas gruesamente y ¼ de taza de perejil fresco, usando un mortero majamos todo hasta formar una pasta uniforme.

A continuación, agregamos ½ cucharadita de jugo de limón natural al mortero, junto con 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, salpimentamos y mezclamos todo muy bien hasta que este todo bien mezclado y todos los ingredientes estén bien integrados en la mezcla del majado.

Después de cocinar el arroz durante unos 10 minutos, bajamos el fuego a bajo y colocamos una tapa encima.

Después de unos 4-5 minutos, apagamos el fuego, retiramos la tapa y agregamos la mezcla del mortero, mezclamos todo muy bien hasta que rodo este bien integrado.

Serir inmediatamente de la sarten.

¡Buen provecho!

MHAMMAD B. JIZRUN

 

MUHAMMAD B. JIZRUN

Muḥammad b. Jizrūn: Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Jizrūn. ‘Imād al-dawla. ?, s. m. s. X – 420 H / 1029 C. Primer soberano de la taifa de Arcos (Cádiz).

Rey de Taifa

Biografía

Los Banū Jizrūn o Jizrūníes constituyen un linaje beréber perteneciente a los Yarniyān o Irniyān, de la rama Zanata, una de las principales cabilas magrebíes. Según el cronista tunecino de origen andalusí Ibn Jaldūn, fue uno de los linajes llegados a la Península en época del califa al-Ḥakam II para ser utilizados como contingentes armados al servicio de la dinastía omeya cordobesa. Durante el período de disgregación del califato, a comienzos del siglo XI, los Banū Jizrūn se alzaron con el dominio de la localidad gaditana de Arcos (Arkuš), constituyendo una taifa independiente que, al igual que las del resto del Occidente de al-Andalus, acabó siendo anexionada por los abadíes sevillanos.

Fueron tres los soberanos Jizrūníes que se sucedieron al frente de la taifa de Arcos. El primero de ellos, Muḥammad b. Jizrūn b. ‘Abdūn al-Jizrī, se declaró en rebeldía frente a las autoridades centrales cordobesas en el año 402/1011-1012, siendo, por lo tanto, una de las manifestaciones más tempranas del proceso de desmembración territorial de al-Andalus que trajo aparejada la crisis del califato omeya. Ibn Jizrūn, que tomó el apodo de ‘Amīd al-dawla, se sublevó inicialmente en Calsena, ciudad hoy desaparecida y que las fuentes ubican a orillas del Guadalete, junto a la desembocadura de uno de sus afluentes, el Majaceite (llamado en árabe Būṭa), que en la actualidad tiende a identificarse con los vestigios existentes en el actualmente conocido como Cortijo Casina. Esta ciudad era entonces el centro administrativo de la cora de Sidonia (Šaḏūna), cuyo nombre se derivaba de la primitiva capital, Medina Sidonia, a la que sustituyó como capital de esta circunscripción a mediados del siglo IX.

Pero no fue Calsena la sede de esta taifa, sino la fortaleza de Arcos, de la que se apoderó a continuación, descrita como la más importante de al-Andalus, un lugar, por lo tanto, más idóneo para un poder carente de legitimidad y recién constituido, donde la resistencia frente a un previsible ataque sería más factible y desde el cual el primer Ibn Jizrūn gobernó poco menos de veinte años. Estos son los escasos datos de que disponemos sobre el surgimiento de esta y que nos aporta la única fuente que se hace eco de su origen, la llamada Crónica anónima de los reyes de taifa, que describe de la forma siguiente el ascenso al poder de Ibn Jizrūn:

“El primer dinasta de ellos fue ‘Imād al-dawla (Pilar de la dinastía) Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Jizrūn b. ‘Abdūn al-Jizrī, emir de los Banū Irniyyān. Se declaró en abierta rebeldía en Qalsāna (Calsena) en el año 402/4 de agosto de 1011-2 de julio de 1012 durante el desarrollo de los disturbios (fitna). Enseguida se apoderó de Arcos, que es una de las más importantes fortalezas de al-Andalus, y la dominó. Estableció en ella su soberanía, consolidando sus defensas e incrementándola en riquezas”.

La caracterización que la Crónica hace de este personaje no es nada positiva, ya que lo describe como “atrevido y falto de escrúpulos, salteador, asesino y derramador de sangre”. En cambio, otras fuentes dan una imagen más negativa de su hijo y sucesor, a quien comparan desfavorablemente con su padre. La fuente antes citada señala que el primer Ibn Jizrūn murió en el año 420/1029, aunque sin aportar dato alguno respecto a las circunstancias concretas en las que tuvo lugar su fallecimiento. Fue sucedido por su hijo, quien asentó el poder de la taifa, extendiendo su autoridad por amplias zonas del territorio gaditano e incluyendo el dominio de sus principales poblaciones, tales como Arcos, Jerez, Algeciras y Calsena..

Bibliografía

D. Wasserstein, the Rise and Fall of the Party Kings. Politics and Society in Islamic Spain, 1002-1086, Princeton, Princeton University Press, 1985

F. Maíllo Salgado (intr., trad. y notas), Crónica anónima de los reyes de taifas, Madrid, Akal, 1991, pág. 27

M.ª J. Viguera, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes (Al Andalus del XI al XIII), Madrid, MAPFRE, 1992, págs. 121-123

F. Maíllo Salgado (est., trad. y notas), La caída del califato de Córdoba y los Reyes de taifas = Al-Bayān al-Mugrib/Ibn ‘Iḏārī, Salamanca, Universidad-Estudios Árabes e Islámicos, 1993, pág. 180

M.ª J. Viguera (coord. y pról.), Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XI, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. VIII-I, Madrid, Espasa Calpe, 1996

F. Clément, Pouvoir et légitimité en Espagne musulmane à l’époque des taifas (Ve-XIe siècle). L’imam fictif, pról. de P. Guichard, París, L’Harmattan, 1997

J. M. Toledo Jordán, El Cádiz andalusí (711-1485), Cádiz, diputación Provincial de Cádiz, 1998, págs. 75-81, 119-124 y 144

Ibn Khaldoun, Histoire des berbères et des dynasties musulmanes de l’Afrique Septentrionale, vol. III, trad. de M. Le Baron de Slane, París, 1999, págs. 280

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

HABUS B. MAKSAN B.ZIRI


HABUS B. MAKSAN B. ZIRI

Ḥabūs b. Māksan b. Zīrī. Al-Muẓaffar. Ifrīqiya (Túnez), s. m. s. IV/X – ¿Granada?, 429-430 H./1038 C. Rey de la taifa de Granada entre 1019-1020 (o 1025) y 1038.

Rey de Taifa

Biografía

En 411/1019-1020, o quizás en 416/1025 según Ibn al-Jaṭīb, Zāwī b. Zīrī al-Ṣinhāŷī, fundador de la taifa de Granada, abandonó al-Andalus para regresar a Ifrīqi­ya, su tierra. Su sobrino, Ḥabūs b. Māksan, se hizo cargo de toda la taifa, desplazan­do a los propios hijos de Zāwī ayudado por el poderoso cadí granadino Abū ‘Abd Allāh b. Abī Zamanīn. Afirma el emir ‘Abd Allāh, su descendiente y último rey de la taifa, en sus “Memorias” (El siglo XI en primera persona, 91-92), que en cuanto Zāwī decidió volver a su tierra y se alejó en su camino de regreso a Ifrīqiya, Ḥabūs fue convocado por los delegados de aquél por ser considerado el más adecuado para gobernar la taifa y, atendiendo rápidamente a la llamada, los Ṣinhāŷa lo acogieron “con muestras de obediencia y de sumisión a su autoridad”.

Ḥabūs había llegado a al-Andalus con su tío, el mencionado Zāwī, jefe del clan tribal de los Zīríes, beréberes Ṣinhāŷa de la rama de los Barānis, que emigraron a principios del siglo XI tras las diferencias habidas con Bādīs b. al-Manṣūr b. Buluggīn b. Zīrī, señor de Ifrīqiya (996-1016). Según subraya el emir ‘Abd Allāh, (Idem, 82), entre los jefes beréberes que pasaron al territorio andalusí en tiempos de al-Muẓaffar, hijo y sucesor de Almanzor, destacaban Zāwī b. Zīrī y su sobrino Ḥabūs b. Māksan.

Había sido el califa al-Musta‘īn —según informa Ibn ‘Iḏārī— en medio de la gran confusión causada por la fitna beréber y en respuesta a la ayuda recibida por éstos y otros beréberes ‘nuevos’, quien concedió Ilbīra a los Ṣinhāŷa. Informa Ibn Hamad en la obra de M.ª J. Viguera, que “instalados los Zīríes en Ilbīra y extendiéndose hasta Jaén, acordaron crear dos áreas, separadas aunque conectadas, y Zāwī quedó al frente de la de Ilbīra, mientras su sobrino Ḥabūs b. Māksan regía el resto” (véase Zāwī b. Zīrī). Según informa el emir ‘Abd Allāh (El siglo XI, 88), Zāwī decidió instalarse en una sede propia y se trasladó al cercano lugar de Granada, mientras Ilbīra quedaba arruinada y los habitantes del antiguo lugar empezaron a construir sus hogares en el nuevo emplazamiento.

Con el traslado de la capital comenzó la edificación de la que habría de convertirse en una gran ciudad. El núcleo urbano se inició en la colina situada junto a la orilla derecha del río Darro y posteriormente se extendió hacia la zona llana donde se levantó el conjunto de edificios que dieron lugar al espacio principal de la ciudad. Los emires se instalaron en la alcazaba vieja y tanto este emir como sus sucesores mantuvieron como objetivo principal la edificación de la capital, de manera que, en palabras de al-Idrīsī (s. XII) fueron “consoli­dadas sus murallas y construida su alcaza­ba por Ḥabūs al-Ṣinhāŷī, a quien sucedió su hijo Bādīs b. Ḥabūs, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento, que aún continúa” (véase Zāwī b. Zīrī).

Ḥabūs se mantuvo al frente de la taifa granadina desde la partida de Zāwī b. Zīrī a Ifrīqiya en 1019-1020 o 1025, como quedó dicho, hasta su muer­te, en 1038, siendo sucedido por su hijo Bādīs y posteriormente por su bisnieto cAbd Allāh que alaba en sus “Memorias” su acertada organización judicial, económica y milita­r, así como la seguridad general conseguida por él. Este retrato halagüeño de sus “Memorias” —en traducción de E. García Gómez (El siglo XI, 92)— dice así: “Ḥabūs b. Māksan encontró despejado su camino y procedió de la mejor manera y de la forma más equitativa. Delegó en los cadíes de sus tierras la misión de dictar sus sentencias, y él apenas intervenía en nada, guardándose muy bien de cometer ningún acto prohibido por la religión ni de sacar dinero a sus súbditos. Las gentes le amaban, ya que en su tiempo estaban seguros los caminos, eran raros los desórdenes y desapareció la injusticia”.

Según la misma fuente, había sido un gobernante de gran habilidad hasta el punto de que dividió el territorio en circunscripciones militares y para éstas animó a cada uno de sus caídes a reclutar cierto número de soldados. De esta forma, todos los contríbulos de Ḥabūs eran señores del territorio que les había sido asignado y con ellos consiguió un consejo de aliados, que sentían la satisfacción de ser dirigentes militares, gobernadores de su propio territorio y participantes en los asuntos de la taifa. Crecieron durante su gobierno los efectivos del ejército y se reforzó la disciplina militar entre los soldados. Era proverbial su amor por los Ṣinhāŷa, y su delicadeza y benevolencia para con sus colaboradores, consiguiendo con todo ello una gran solidez para su taifa.

En lo que se refiere a su política exterior, mantuvo buenas relacio­nes con el eslavo Zuhayr de Almería y reconoció, como su antecesor, a los califas ḥammūdíes, procurando reforzar el grupo de aquellas taifas beréberes frente al expansio­nismo de los cAbbā­díes de Sevilla, ayudando también contra ellos a los Birzā­líes de Carmona que, poco después de la muerte de Ḥabūs, lograron —en octubre de 1039— vencer a los sevillanos en Écija.

La sucesión de Ḥabūs por su hijo Bādīs, decidida por aquél en vida, fue aceptada por su otro hijo Buluggīn b. Ḥabūs pero discutida por un sobrino, Ŷaddayr b. Ḥubaša, que mantenía la esperanza de convertirse en su legítimo sucesor puesto que había ejercido como colaborador de Ḥabūs y dado que, según ‘Abd Allāh, resolvía con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le encomendaba. Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los Zīríes granadinos.

Ḥabūs b. Māksan murió sin haber acuñado moneda en su nombre.

 

Bibliografía

Ibn Jāqān, Qalā’id, ed. Marsella-París, 1860 (reimpr. Túnez, 1966)

al-Idrīsī, Nuzhat al-muštāq, ed. y trad. R. Dozy y M. J. de Goeje, Description de l’Afrique et de l’Espagne, Leiden, 1886 (reimpr. 1968)

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Ibn ‘Iḏārī, Al-Bayān al-Mugrib fī ajbār al-Andalus, III, ed. E. Lévi-Provençal, París, 1930 (trad. F. Maíllo, La caída del califato de Córdoba y los reyes de taifas, Salamanca, 1993)

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Ibn Bas­sām, al-Ḏajī­ra fī maḥāsin ahl al-Ŷazīra, ed. I. ‘Ab­bās, 8t., Bei­rut, 1979

D. Wasserstein, The Rise and Fall of the Party-Kings. Politics and Society in Islamic Spain. 1002-1086, Princeton, Princeton University Press, 1985

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Ibn al‑Jaṭīb, Acmāl al-Aclām, ed. S.K. Hasan, Beirut, Dār al-kutub al-cilmiyya, 2002

A. Canto y T. Ibrahim, Moneda andalusí. Colección del Museo Casa de la Moneda, Madrid, Fundación Real Casa de la Moneda, 2004

Autor/es

  • Fátima Roldán Castro

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

.'ALÍ B. YUSUF B.TASUFÍN

 

'ALÍ B. YUSUF B. TASUFÍN

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn. Ceuta (Ciudad Autónoma de Ceuta), 476 H./1083 C. – Marrakech (Marruecos), 24 de raŷab de 537 H./11.II.1143 C. Segundo emir almorávide de al-Andalus.

Emir almorávide

Biografía

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn nació en Ceuta, fruto de la relación de Yūsuf b. Tāšufīn con una concubina cristiana llamada Fā’iḏ al-Ḥusn. Se ignora el lugar que ocupaba entre la descendencia de su padre, aunque no era su primogénito, pues entre los almorávides seguía vigente un cierto carácter electivo que obligaba al gobernante a consultar a los principales jeques la idoneidad de los distintos candidatos al poder soberano. ‘Alī fue proclamado oficialmente como heredero en Marrakech en 1102 y posteriormente en Córdoba en 1103, con motivo del quinto y último viaje de Yūsuf b. Tāšufīn a al-Andalus. Al igual que su padre, gobernó con el título de “príncipe de los musulmanes”, aunque no llegó a obtener el reconocimiento oficial del califa abasí.

‘Alī accedió al poder a la edad de veintidós años, ejerciéndolo durante largo tiempo, durante casi cuatro décadas, de forma que el grueso de la Historia del Imperio almorávide la integran los más de ochenta años durante los cuales él y su padre Yūsuf b. Tāšufīn ejercieron el poder. En su largo período de gobierno cabe distinguir dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por signos opuestos, la inicial, más breve, señalada por los éxitos, y una larga etapa, que abarca las tres últimas décadas, durante las cuales los problemas internos y externos fueron la tónica dominante, suponiendo el inicio del declive del Imperio almorávide.

Durante los primeros quince años posteriores a su proclamación, ‘Alī supo continuar la trayectoria política de su padre, siendo capaz de continuar su tarea expansiva, de tal forma que, bajo su gobierno, el Imperio almorávide alcanzó su máxima extensión territorial. Al igual que hizo Yūsuf b. Tāšufīn, convirtió la lucha frente a los cristianos en la península Ibérica en una de sus principales prioridades políticas y obtuvo ante ellos importantes éxitos. Sin embargo, aunque sus primeros años de gobierno suponen el apogeo del poder almorávide, la segunda etapa dio lugar al inicio de su decadencia política, provocada por la doble actuación del naciente movimiento almohade en los territorios magrebíes y el renovado empuje de los cristianos en la península, a lo que se debe añadir el descontento de la propia población andalusí.

La primera fase del gobierno de ‘Alī está marcada por el signo del éxito, llevando a sus máximas cotas el apogeo de la dinastía almorávide. El escenario de sus principales victorias fue la península Ibérica, donde, al igual que su padre, actuó personalmente en varias ocasiones. Su primer desplazamiento tuvo lugar en julio-agosto de 1107, dirigiéndose a Algeciras con la única finalidad de recibir el reconocimiento de los andalusíes y tomar las primeras decisiones sobre futuras acciones frente a los cristianos. A partir de este momento tuvieron lugar sus dos principales éxitos, la victoria ante Alfonso VI en Uclés y la anexión de los últimos territorios musulmanes que permanecían independientes del poder de los almorávides, la taifa de Zaragoza y las islas Baleares.

La victoriosa política inicial de ‘Alī frente a los cristianos se vio favorecida por la situación de crisis por la que atravesó el reino castellano-leonés desde la muerte de Alfonso VI en 1109 hasta 1126, año de la proclamación de Alfonso VII, quien hasta 1131 no pacificó completamente el país. En estas circunstancias, tras las obtenidas por su padre en Sagrajas (1086) y Consuegra (1097), ‘Alī se cobró la tercera gran victoria almorávide sobre el ya anciano Alfonso VI, siempre derrotado frente a los beréberes, si bien el emir no participó directamente en la campaña, siendo las fuerzas musulmanas dirigidas por su hermano mayor Tamīm b. Yūsuf, gobernador almorávide de al-Andalus. El gran objetivo era la recuperación de Toledo y el encuentro se produjo el 14 de šawwāl de 501/27 de mayo de 1108 en Uclés, principal baluarte defensivo cristiano en la línea del Tajo, que cayó en manos musulmanas. El castigo sobre el Rey castellano-leonés fue doble pues, además, la derrota fue acompañada de la muerte de Sancho, su hijo y heredero. La toma de Uclés posibilitó, además, la recuperación de las fortalezas de Ocaña, Huete y Cuenca, reforzando las posibilidades de volver a conquistar Toledo.

Este objetivo fue el que determinó, al año siguiente, la segunda venida del emir a al-Andalus para dirigir su primera campaña militar, siendo su presencia el mejor testigo de la importancia política y militar otorgada a esta empresa. Los almorávides lograron tomar la fortaleza de Talavera, pero Álvar Fáñez se hizo fuerte en la capital del Tajo y el emir hubo de retirarse tras un mes de asedio sin lograr su objetivo.

Tras el fracaso de la toma de Toledo, la segunda acción exitosa del gobierno de ‘Alī fue la conquista de la taifa de Zaragoza, que seguía siendo tributaria de Alfonso VI, poniendo fin al último de los reinos surgidos a comienzos del siglo XI de la desmembración del califato omeya. La ocasión propicia fue la muerte del soberano al-Musta‘īn en 1110, cuyo hijo y sucesor no congregó el apoyo de todos los sectores, imponiéndose la facción partidaria de la anexión a los almorávides. El 30 de mayo del citado año se producía la ocupación de Zaragoza. A ello se añadió, cinco años después, la obtención del control directo sobre las Baleares, donde hasta entonces gobernaba un antiguo cliente del señor de Denia. Aprovechando su muerte, los catalanes ocuparon por un momento las islas, pero la presencia de la escuadra almorávide los hizo huir precipitadamente, convirtiéndose, desde entonces, en una porción más del Imperio.

La ocupación de Zaragoza y de las Baleares poseen una fuerte carga simbólica, pues significa el momento de máxima expansión territorial del Imperio almorávide, que, en ese momento, unificaba los territorios magrebíes y peninsulares, desde el valle del Ebro hasta el Níger.

Motivado por estos éxitos, que reforzaban su poder al convertirlo en la única autoridad islámica de la península, ‘Alī cruzó por tercera vez a al-Andalus en 1117 con la intención de volver a dirigir el ŷihād contra los cristianos. Su campaña, sin embargo, no fue exitosa, ya que, aunque logró la recuperación de Coimbra, al cabo de pocas semanas la ciudad fue abandonada. El fracaso de esta campaña anunciaba el inicio del declive almorávide y marca el inicio de la segunda fase, que abarca la mayor parte de su gobierno. El primer descalabro importante fue la pérdida de Zaragoza (18 de diciembre de 1118), segundo núcleo urbano relevante, tras Toledo, que pasaba a manos de los cristianos, y primera pérdida territorial de los almorávides en la península. Como afirma J. Bosch, Zaragoza y el año 1118 marcan el primer eslabón del declive que acabará por llevar a los almorávides a su ruina.

Por esos mismos años comenzó a manifestarse un fenómeno que ya venía de atrás, si bien los éxitos de los almorávides frente a los cristianos habían provocado que permaneciese en estado latente. Se trata del rechazo de la población andalusí al dominio político de los almorávides, en parte producido por el fuerte contraste social y cultural existente entre la sociedad autóctona y los beréberes norteafricanos, que convertía a estos en una casta gobernante escasamente identificada con sus gobernados. La primera manifestación de este fenómeno fue la revuelta de Córdoba de 1121, provocada por un incidente puntual entre un miembro de las milicias almorávides y una mujer cordobesa, que acabó con la expulsión del gobernador local y el saqueo de su palacio. El emir ‘Alī no dudó en enviar un contingente contra la capital cordobesa, pero la intervención de los alfaquíes cordobeses, que defendieron la postura de sus conciudadanos, impidió que el asunto acabase en un baño de sangre, dado el gran respeto de los emires almorávides a las opiniones de los juristas mālikíes.

Hacia la misma época tuvo lugar una de las más claras manifestaciones del poder del rey Alfonso I de Aragón, quien entre 1125-1126 y durante quince meses realizó una profunda incursión por el territorio musulmán sin que los almorávides fuesen capaces de repeler su presencia. Con un contingente de unos cuatro mil caballeros y descendiendo por el Levante se dirigió a Granada, que no logró tomar, desde donde se encaminó a la campiña de Córdoba, en pleno corazón del dominio musulmán, donde derrotó a las tropas de Tamīm en marzo de 1126 cerca de Lucena (Córdoba). Pese a esta demostración de fuerza, los cristianos aún no estaban en condiciones de mantener posiciones tan avanzadas en el territorio musulmán, por lo que Alfonso I regresó a sus bases de partida, siendo acompañado por un importante contingente de pobladores cristianos, que regresaron junto a él a Aragón.

Aparte de poner de manifiesto la notoria debilidad almorávide, esta incursión tuvo graves consecuencias respecto a la población cristiana del Sur de al-Andalus, los mozárabes. Un dictamen jurídico o fetua del eminente alfaquí cordobés Ibn Rušd, abuelo del célebre filósofo Averroes, sirvió de justificación legal para la deportación de muchos cristianos al Norte de África bajo la acusación de haber suscitado y apoyado la expedición del rey aragonés, rompiendo, así, el pacto que los unía al Estado musulmán como “protegidos”.

La primera manifestación de descontento de la población andalusí ante el dominio almorávide y el incremento de la presión de los cristianos son fenómenos coetáneos a los primeros inicios del movimiento que habrá de acabar provocando el hundimiento del Imperio almorávide. Hacia 1120 llega a Marrakech Ibn Tūmart, ideólogo y fundador del movimiento almohade, que en poco tiempo aglutinó en torno suyo un amplio grupo de seguidores, produciendo la aparición de un foco de disidencia interna que se convertirá en el principal problema del emir ‘Alī b. Yūsuf. La progresión de los almohades fue vertiginosa, pues ya en abril de 1130 Ibn Tūmart estaban en condiciones de plantearse el asalto de la capital almorávide, a la que sometió a asedio, encabezando su defensa el propio emir, que finalmente pudo poner en fuga a los asaltantes, quienes se retiraron sufriendo una severa derrota. A los pocos meses se produjo la muerte del propio Ibn Tūmart en su santuario de Tinmelal, siendo sucedido por ‘Abd al-Mu’min, quien, a la larga, sería el encargado de liquidar el gobierno de la dinastía almorávide.

A partir de 1132, tras la proclamación como califa almohade de ‘Abd al-Mu’min, se inicia el proceso de lucha encarnizada entre almorávides y almohades, que culminará quince años después con la caída de Marrakech. Durante esos años se produce la progresiva pérdida de territorios por parte del emir ‘Alī b. Yūsuf, incapaz de detener el avance de los almohades. Fue en esta época, al convertirse la lucha contra los almohades en la principal preocupación del emir almorávide, cuando surge la figura de Reverter, el caballero catalán que actuó al servicio de ‘Alī b. Yūsuf y fue el lugarteniente de su hijo y sucesor Tāšufīn, convirtiéndose en el principal baluarte de su ejército.

Hacia las mismas fechas en que comienzan a manifestarse los problemas internos se reanudó la política expansiva de los cristianos en la península Ibérica, siendo su principal baluarte el rey Alfonso VII, quien contó con la ayuda del señor musulmán llamado Sayf al-Dawla, Zafadola en las crónicas cristianas, último descendiente de los Hūdíes de Zaragoza, refugiados en la inexpugnable fortaleza de Rueda. Con ello trataba de explotar el creciente descontento de la población andalusí hacia el dominio almorávide, convirtiendo a Zafadola en el símbolo de su resistencia. Dicho descontento sería tanto más profundo cuanto menos capaces se demostrasen los almorávides de defender a los musulmanes frente a los cristianos, a lo que responde la política de hostigamiento y las campañas y cabalgadas realizadas por el soberano castellano-leonés por tierras andalusíes.

La intensificación de la amenaza almohade y el consiguiente traslado a Marruecos de Tāšufīn b. ‘Alī, hijo y futuro heredero del emir ‘Alī, que se había encargado hasta entonces de dirigir la lucha frente a los cristianos, marca el inicio del derrumbe almorávide en al-Andalus, jalonado por las tomas de Oreja (1139) y Coria (1142) y el abandono de Albalat, lo que significaba el desmantelamiento de las posiciones musulmanas en la frontera del Tajo. De esta forma, el Imperio almorávide se veía acosado simultáneamente por dos frentes, el almohade en Marruecos y el cristiano en la península.

El emir almorávide comenzó a dar síntomas de enfermedad ya desde el año 530/1135-1136. Las crónicas afirman que en sus últimos tiempos y ante la creciente gravedad de los problemas, ‘Alī b. Yūsuf tendió progresivamente a desentenderse de los asuntos de gobierno y se entregaba cada vez con más frecuencia e intensidad a la actividad religiosa, a la que era tan dado, pasando las noches en prácticas devotas y ayunando durante el día. Murió finalmente en Marrakech el 24 de raŷab de 537/11 de febrero de 1143, a la edad de 56 años, si bien su fallecimiento no se anunció públicamente hasta transcurridos tres meses.

En la práctica, su desaparición marca el final de la dinastía almorávide, que sólo sobrevivió cuatro años más, de manera que sus sucesores apenas ejercieron un poder efectivo. Debido a la muerte prematura del príncipe heredero Sīr, ‘Alī fue sucedido por su hijo Tāšufīn, quien sólo gobernó hasta 1145, y tras dos efímeros y casi nominales emires (Ibrāhīm e Isḥāq b. ‘Alī), los almohades tomaban Marrakech en 1147 y ponían fin a al gobierno almorávide de manera definitiva.

 

Bibliografía

R. Dozy, “Sur l’expedition d’Alphonse le Batailleur contre l’Andalousie”, en R. Dozy, Recherches sur l’Histoire et la Litterature de l’Espagne au Moyen Age, Leiden, E. J. Brill, 1860, 2 vols., 2ª ed, I, págs. 343-360

F. Codera, Decadencia y desaparición de los Almorávides en España, Zaragoza, Tipografía de Comas Hermanos, 1899

A. Huici Miranda, Colección de crónicas árabes de la Reconquista, Tetuán, Instituto General Franco, 1952

“La batalla de Uclés y la muerte del infante don Sancho (1108)”, en Tamuda, 2 (1954), págs. 259-286

J. Bosch Vilà, Los almorávides, Tetuán, Editora Marroquí, 1956, págs. 99-103 (col. Instituto General Franco de estudios e investigación hispano-árabe)

A. Huici Miranda, Historia política del Imperio almohade, Tetuán, Editora Marroquí, 1956-1957, 2 vols. (col. Instituto General Franco de estudios e investigación hispano-árabe)

“‘Alī b. Yūsuf y sus empresas en al-Andalus”, en Tamuda, VII (1959), págs. 77-127

“El Rawḍ al-qirtās y los almorávides”, Hesperis-Tamuda, I, 3 (1960), págs. 515-541

V. Lagardère, “Communautés mozarabes et pouvoir almoravide en 519 H./1125 en Andalus”, Studia Islamica, 67 (1988), págs. 99-119

Les almoravides jusqu’au règne de Yūsuf b. Tāšfīn (1039-1106), París, L'Harmattan, 1989

D. Serrano, “Dos fetuas sobre la expulsión de mozárabes al Magreb en 1126”, en Anaquel de Estudios Árabes, 2 (1991), págs. 163-182

M.ª J. Viguera Molins (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades (siglos XI al XIII), t. VIII/2 de Historia de España Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1997

V. Lagardère, Les almoravides. Le djihâd andalou, París, L'Harmarran, histoire et perspectives méditerranéennes, 1998

F. García Fitz, Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam (siglos XI-XIII), Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2002

H. T. Norris y P. Chalmeta, “Al-Murābiṭūn”, en VV. AA., Encyclopédie de l’Islam, vol. VII, Leiden, E. J. Brill, 2007, págs. 584-591.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn. Ceuta (Ciudad Autónoma de Ceuta), 476 H./1083 C. – Marrakech (Marruecos), 24 de raŷab de 537 H./11.II.1143 C. Segundo emir almorávide de al-Andalus.

Emir almorávide

Biografía

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn nació en Ceuta, fruto de la relación de Yūsuf b. Tāšufīn con una concubina cristiana llamada Fā’iḏ al-Ḥusn. Se ignora el lugar que ocupaba entre la descendencia de su padre, aunque no era su primogénito, pues entre los almorávides seguía vigente un cierto carácter electivo que obligaba al gobernante a consultar a los principales jeques la idoneidad de los distintos candidatos al poder soberano. ‘Alī fue proclamado oficialmente como heredero en Marrakech en 1102 y posteriormente en Córdoba en 1103, con motivo del quinto y último viaje de Yūsuf b. Tāšufīn a al-Andalus. Al igual que su padre, gobernó con el título de “príncipe de los musulmanes”, aunque no llegó a obtener el reconocimiento oficial del califa abasí.

‘Alī accedió al poder a la edad de veintidós años, ejerciéndolo durante largo tiempo, durante casi cuatro décadas, de forma que el grueso de la Historia del Imperio almorávide la integran los más de ochenta años durante los cuales él y su padre Yūsuf b. Tāšufīn ejercieron el poder. En su largo período de gobierno cabe distinguir dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por signos opuestos, la inicial, más breve, señalada por los éxitos, y una larga etapa, que abarca las tres últimas décadas, durante las cuales los problemas internos y externos fueron la tónica dominante, suponiendo el inicio del declive del Imperio almorávide.

Durante los primeros quince años posteriores a su proclamación, ‘Alī supo continuar la trayectoria política de su padre, siendo capaz de continuar su tarea expansiva, de tal forma que, bajo su gobierno, el Imperio almorávide alcanzó su máxima extensión territorial. Al igual que hizo Yūsuf b. Tāšufīn, convirtió la lucha frente a los cristianos en la península Ibérica en una de sus principales prioridades políticas y obtuvo ante ellos importantes éxitos. Sin embargo, aunque sus primeros años de gobierno suponen el apogeo del poder almorávide, la segunda etapa dio lugar al inicio de su decadencia política, provocada por la doble actuación del naciente movimiento almohade en los territorios magrebíes y el renovado empuje de los cristianos en la península, a lo que se debe añadir el descontento de la propia población andalusí.

La primera fase del gobierno de ‘Alī está marcada por el signo del éxito, llevando a sus máximas cotas el apogeo de la dinastía almorávide. El escenario de sus principales victorias fue la península Ibérica, donde, al igual que su padre, actuó personalmente en varias ocasiones. Su primer desplazamiento tuvo lugar en julio-agosto de 1107, dirigiéndose a Algeciras con la única finalidad de recibir el reconocimiento de los andalusíes y tomar las primeras decisiones sobre futuras acciones frente a los cristianos. A partir de este momento tuvieron lugar sus dos principales éxitos, la victoria ante Alfonso VI en Uclés y la anexión de los últimos territorios musulmanes que permanecían independientes del poder de los almorávides, la taifa de Zaragoza y las islas Baleares.

La victoriosa política inicial de ‘Alī frente a los cristianos se vio favorecida por la situación de crisis por la que atravesó el reino castellano-leonés desde la muerte de Alfonso VI en 1109 hasta 1126, año de la proclamación de Alfonso VII, quien hasta 1131 no pacificó completamente el país. En estas circunstancias, tras las obtenidas por su padre en Sagrajas (1086) y Consuegra (1097), ‘Alī se cobró la tercera gran victoria almorávide sobre el ya anciano Alfonso VI, siempre derrotado frente a los beréberes, si bien el emir no participó directamente en la campaña, siendo las fuerzas musulmanas dirigidas por su hermano mayor Tamīm b. Yūsuf, gobernador almorávide de al-Andalus. El gran objetivo era la recuperación de Toledo y el encuentro se produjo el 14 de šawwāl de 501/27 de mayo de 1108 en Uclés, principal baluarte defensivo cristiano en la línea del Tajo, que cayó en manos musulmanas. El castigo sobre el Rey castellano-leonés fue doble pues, además, la derrota fue acompañada de la muerte de Sancho, su hijo y heredero. La toma de Uclés posibilitó, además, la recuperación de las fortalezas de Ocaña, Huete y Cuenca, reforzando las posibilidades de volver a conquistar Toledo.

Este objetivo fue el que determinó, al año siguiente, la segunda venida del emir a al-Andalus para dirigir su primera campaña militar, siendo su presencia el mejor testigo de la importancia política y militar otorgada a esta empresa. Los almorávides lograron tomar la fortaleza de Talavera, pero Álvar Fáñez se hizo fuerte en la capital del Tajo y el emir hubo de retirarse tras un mes de asedio sin lograr su objetivo.

Tras el fracaso de la toma de Toledo, la segunda acción exitosa del gobierno de ‘Alī fue la conquista de la taifa de Zaragoza, que seguía siendo tributaria de Alfonso VI, poniendo fin al último de los reinos surgidos a comienzos del siglo XI de la desmembración del califato omeya. La ocasión propicia fue la muerte del soberano al-Musta‘īn en 1110, cuyo hijo y sucesor no congregó el apoyo de todos los sectores, imponiéndose la facción partidaria de la anexión a los almorávides. El 30 de mayo del citado año se producía la ocupación de Zaragoza. A ello se añadió, cinco años después, la obtención del control directo sobre las Baleares, donde hasta entonces gobernaba un antiguo cliente del señor de Denia. Aprovechando su muerte, los catalanes ocuparon por un momento las islas, pero la presencia de la escuadra almorávide los hizo huir precipitadamente, convirtiéndose, desde entonces, en una porción más del Imperio.

La ocupación de Zaragoza y de las Baleares poseen una fuerte carga simbólica, pues significa el momento de máxima expansión territorial del Imperio almorávide, que, en ese momento, unificaba los territorios magrebíes y peninsulares, desde el valle del Ebro hasta el Níger.

Motivado por estos éxitos, que reforzaban su poder al convertirlo en la única autoridad islámica de la península, ‘Alī cruzó por tercera vez a al-Andalus en 1117 con la intención de volver a dirigir el ŷihād contra los cristianos. Su campaña, sin embargo, no fue exitosa, ya que, aunque logró la recuperación de Coimbra, al cabo de pocas semanas la ciudad fue abandonada. El fracaso de esta campaña anunciaba el inicio del declive almorávide y marca el inicio de la segunda fase, que abarca la mayor parte de su gobierno. El primer descalabro importante fue la pérdida de Zaragoza (18 de diciembre de 1118), segundo núcleo urbano relevante, tras Toledo, que pasaba a manos de los cristianos, y primera pérdida territorial de los almorávides en la península. Como afirma J. Bosch, Zaragoza y el año 1118 marcan el primer eslabón del declive que acabará por llevar a los almorávides a su ruina.

Por esos mismos años comenzó a manifestarse un fenómeno que ya venía de atrás, si bien los éxitos de los almorávides frente a los cristianos habían provocado que permaneciese en estado latente. Se trata del rechazo de la población andalusí al dominio político de los almorávides, en parte producido por el fuerte contraste social y cultural existente entre la sociedad autóctona y los beréberes norteafricanos, que convertía a estos en una casta gobernante escasamente identificada con sus gobernados. La primera manifestación de este fenómeno fue la revuelta de Córdoba de 1121, provocada por un incidente puntual entre un miembro de las milicias almorávides y una mujer cordobesa, que acabó con la expulsión del gobernador local y el saqueo de su palacio. El emir ‘Alī no dudó en enviar un contingente contra la capital cordobesa, pero la intervención de los alfaquíes cordobeses, que defendieron la postura de sus conciudadanos, impidió que el asunto acabase en un baño de sangre, dado el gran respeto de los emires almorávides a las opiniones de los juristas mālikíes.

Hacia la misma época tuvo lugar una de las más claras manifestaciones del poder del rey Alfonso I de Aragón, quien entre 1125-1126 y durante quince meses realizó una profunda incursión por el territorio musulmán sin que los almorávides fuesen capaces de repeler su presencia. Con un contingente de unos cuatro mil caballeros y descendiendo por el Levante se dirigió a Granada, que no logró tomar, desde donde se encaminó a la campiña de Córdoba, en pleno corazón del dominio musulmán, donde derrotó a las tropas de Tamīm en marzo de 1126 cerca de Lucena (Córdoba). Pese a esta demostración de fuerza, los cristianos aún no estaban en condiciones de mantener posiciones tan avanzadas en el territorio musulmán, por lo que Alfonso I regresó a sus bases de partida, siendo acompañado por un importante contingente de pobladores cristianos, que regresaron junto a él a Aragón.

Aparte de poner de manifiesto la notoria debilidad almorávide, esta incursión tuvo graves consecuencias respecto a la población cristiana del Sur de al-Andalus, los mozárabes. Un dictamen jurídico o fetua del eminente alfaquí cordobés Ibn Rušd, abuelo del célebre filósofo Averroes, sirvió de justificación legal para la deportación de muchos cristianos al Norte de África bajo la acusación de haber suscitado y apoyado la expedición del rey aragonés, rompiendo, así, el pacto que los unía al Estado musulmán como “protegidos”.

La primera manifestación de descontento de la población andalusí ante el dominio almorávide y el incremento de la presión de los cristianos son fenómenos coetáneos a los primeros inicios del movimiento que habrá de acabar provocando el hundimiento del Imperio almorávide. Hacia 1120 llega a Marrakech Ibn Tūmart, ideólogo y fundador del movimiento almohade, que en poco tiempo aglutinó en torno suyo un amplio grupo de seguidores, produciendo la aparición de un foco de disidencia interna que se convertirá en el principal problema del emir ‘Alī b. Yūsuf. La progresión de los almohades fue vertiginosa, pues ya en abril de 1130 Ibn Tūmart estaban en condiciones de plantearse el asalto de la capital almorávide, a la que sometió a asedio, encabezando su defensa el propio emir, que finalmente pudo poner en fuga a los asaltantes, quienes se retiraron sufriendo una severa derrota. A los pocos meses se produjo la muerte del propio Ibn Tūmart en su santuario de Tinmelal, siendo sucedido por ‘Abd al-Mu’min, quien, a la larga, sería el encargado de liquidar el gobierno de la dinastía almorávide.

A partir de 1132, tras la proclamación como califa almohade de ‘Abd al-Mu’min, se inicia el proceso de lucha encarnizada entre almorávides y almohades, que culminará quince años después con la caída de Marrakech. Durante esos años se produce la progresiva pérdida de territorios por parte del emir ‘Alī b. Yūsuf, incapaz de detener el avance de los almohades. Fue en esta época, al convertirse la lucha contra los almohades en la principal preocupación del emir almorávide, cuando surge la figura de Reverter, el caballero catalán que actuó al servicio de ‘Alī b. Yūsuf y fue el lugarteniente de su hijo y sucesor Tāšufīn, convirtiéndose en el principal baluarte de su ejército.

Hacia las mismas fechas en que comienzan a manifestarse los problemas internos se reanudó la política expansiva de los cristianos en la península Ibérica, siendo su principal baluarte el rey Alfonso VII, quien contó con la ayuda del señor musulmán llamado Sayf al-Dawla, Zafadola en las crónicas cristianas, último descendiente de los Hūdíes de Zaragoza, refugiados en la inexpugnable fortaleza de Rueda. Con ello trataba de explotar el creciente descontento de la población andalusí hacia el dominio almorávide, convirtiendo a Zafadola en el símbolo de su resistencia. Dicho descontento sería tanto más profundo cuanto menos capaces se demostrasen los almorávides de defender a los musulmanes frente a los cristianos, a lo que responde la política de hostigamiento y las campañas y cabalgadas realizadas por el soberano castellano-leonés por tierras andalusíes.

La intensificación de la amenaza almohade y el consiguiente traslado a Marruecos de Tāšufīn b. ‘Alī, hijo y futuro heredero del emir ‘Alī, que se había encargado hasta entonces de dirigir la lucha frente a los cristianos, marca el inicio del derrumbe almorávide en al-Andalus, jalonado por las tomas de Oreja (1139) y Coria (1142) y el abandono de Albalat, lo que significaba el desmantelamiento de las posiciones musulmanas en la frontera del Tajo. De esta forma, el Imperio almorávide se veía acosado simultáneamente por dos frentes, el almohade en Marruecos y el cristiano en la península.

El emir almorávide comenzó a dar síntomas de enfermedad ya desde el año 530/1135-1136. Las crónicas afirman que en sus últimos tiempos y ante la creciente gravedad de los problemas, ‘Alī b. Yūsuf tendió progresivamente a desentenderse de los asuntos de gobierno y se entregaba cada vez con más frecuencia e intensidad a la actividad religiosa, a la que era tan dado, pasando las noches en prácticas devotas y ayunando durante el día. Murió finalmente en Marrakech el 24 de raŷab de 537/11 de febrero de 1143, a la edad de 56 años, si bien su fallecimiento no se anunció públicamente hasta transcurridos tres meses.

En la práctica, su desaparición marca el final de la dinastía almorávide, que sólo sobrevivió cuatro años más, de manera que sus sucesores apenas ejercieron un poder efectivo. Debido a la muerte prematura del príncipe heredero Sīr, ‘Alī fue sucedido por su hijo Tāšufīn, quien sólo gobernó hasta 1145, y tras dos efímeros y casi nominales emires (Ibrāhīm e Isḥāq b. ‘Alī), los almohades tomaban Marrakech en 1147 y ponían fin a al gobierno almorávide de manera definitiva.


Bibliografía

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“‘Alī b. Yūsuf y sus empresas en al-Andalus”, en Tamuda, VII (1959), págs. 77-127

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Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán