jueves, 23 de abril de 2026

PASTEL DE PASAS DE MALAGA

 

.PASTEL DE PASAS DE MÁLAGA

En Andalucia tenemos la suerte de contar con productos de alta calidad, como las pasas de Málaga, que además poseen Denominación de Origen Protegidas (DOP). Esta denominación abarca las pasas producidas en los municipios de Casares, y otros de la Axarquía.

Ingredientes

3 huevos

1 yogur natural

350 gr de harina para repostería

2 sobres duplo de SODA EL TIGRE  (impulsor o gasificante)

225 gr de azúcar

100 gr de pasas de málaga

125 ml de aceite de oliva

Mantequilla para engrasar el molde

 

Elaboración

Ponemos las pasas en remojo en agua tibia.

Batimos los huevos y el azúcar en un bol, con la varilla eléctrica o manual, hasta que la mezcla este pálida y espumosa y haya doblado su volumen. Vertimos el yogur y los mezclamos suavemente con la varilla.

Con la harina tamizada con los sobres de SODA EL TIGRE, la vertemos en el bol de los huevos y continuamos batiendo hasta su integración. A continuación, añadimos el aceite de oliva y seguimos batiendo hasta formar una masa con textura. Escurrimos las pasas, las pasamos por harinas y la incorporamos suavemente a la mezcla.

.Precalentamos el horno previamente a 180º.

Engrasamos un molde para pastel y vertemos la masa en él.

Metemos en el horno a media altura, y horneamos durante 40-45 minutos.

Sacamos del horno pasado este tiempo, y dejamos enfriar a temperatura ambiente. Desmoldamos una vez frio.

¡Buen provecho!

al-qasim b. hammud

 

AL-QASIM B. HAMMUD

Al-Qāsim b. Ḥammūd: Abū Muḥammad, al-Qāsim b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‘Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‘Alī b. Abī Ṭalīb, al-Ma’mūn (El Fidedigno). Marruecos, c. 345-6/958 – Málaga, ša‘bān del año 427/VI.1036. Segundo califa ḥammūdí de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭalīb y de Fāṭima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato en dos etapas duró cuatro años y veintitrés días.

Califa hamudí

BIOGRAFIA

Su padre, Ḥammūd b. Maymūn, fue un notable de la zona de Arcila de familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo.

En las primeras semanas que siguieron al asesinato de su hermano ‘Alī b. Ḥammūd, primer califa ḥammūdí de Córdoba, y el advenimiento de al-Qāsim, se dio un pretendiente omeya —suscitado en el Levante de al-Andalus por Jayrān, señor de Almería y el tuŷībí al-Munḏir b. Yaḥyà, señor de Zaragoza, así como por otros notables—, del que esperaban los cordobeses una restauración omeya que diera nuevo esplendor al califato ya moribundo, pero no llegó a cuajar. El flamante califa omeya era un bisnieto de Abderramán III, llamado ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, que se había retirado a Valencia y había sido proclamado califa bajo el nombre de al-Murtaḍà, luego del asesinato de ‘Alī b. Ḥammūd; mas viendo Jayrān y al-Munḏir que el nuevo Califa no iba a ser manejable, decidieron antes de ir a Córdoba atacar a los beréberes zīríes de Granada, a fin de deshacerse de al-Murtaḍà. Dicho y hecho, dejaron al flamante califa cuasi abandonado ante el ejército beréber, y los dos fautores califales se retiraron a Almería. Con todo, al-Murtaḍà pudo escapar y refugiarse en Guadix, donde unos sicarios de Jayrān lo volvieron a apresar y lo asesinaron.

En el ínterin, las milicias bereberes ḥammūdíes de Córdoba y Sevilla proclamaron a al-Qāsim como sucesor, vulnerando, pues, el testamento del difunto califa ḥammūdí ‘Alī, que había nombrado a su hijo mayor Yaḥyà heredero presunto y se hallaba entonces en Ceuta.

Al-Qāsim se apresuró a trasladarse de Sevilla, ciudad de la que era gobernador, a Córdoba para recibir el juramento de fidelidad de los cordobeses, que se lo prestaron el martes 4 de ḏū-l-qa‘da de 408/25 de marzo de 1018, tres días después de la muerte de su hermano menor ‘Alī. El nuevo califa había sobrepasado los 61 años de edad el día de su proclamación.

Yaḥyà, a quien correspondía la herencia de su padre, no estimó conveniente oponerse de momento a la proclamación de su tío, pero no descuidó asegurar sus dominios: Málaga, donde estaba su hermano Idrīs, y las plazas africanas. Al-Qāsim por su parte designó como heredero a su sobrino Yaḥyà y le dio a su hija Fátima como esposa. Cuando Yaḥyà más tarde reciba propuestas de los beréberes de Córdoba que el califa al-Qāsim había postergado, ofreciéndole su apoyo para ocupar el Trono, entonces Yaḥyà se desplazó a Málaga, enviando a su hermano y lugarteniente Idrīs a Ceuta.

Mientras, la capital cordobesa conoció durante tres años seguidos una verdadera paz. Al-Qāsim no estaba desprovisto de ciertas dotes políticas y su avanzada edad lo inclinaba a la moderación; de ahí que hasta gozase de cierta popularidad entre la población. Al hacerse cargo del poder decretó una amnistía general y abolió las medidas de su hermano ‘Alī, que obligaban, entre otras cosas, a la gente acomodada a pagar personalmente el equipo y el mantenimiento de un soldado. Poco a poco se ganó la animadversión de las milicias beréberes, hasta el punto de que el califa empezó a desconfiar de ellos, por lo que reclutó en el norte de África mercenarios negros que empleó como guardia de corps. Algunos le atribuían opiniones ši‘íes; pero no las dejaba transparentar. Su talante moderado atrajo a la corte a jefes esclavones amiríes de Levante, tales como Jayrān y Zuhayr, confiándoles el mando sobre sus regiones, Almería al primero, y Jaén, Baeza y Calatrava al segundo.

Con el tiempo las relaciones entre el califa y su heredero presunto, su sobrino y yerno Yaḥyà b. ‘Alī se fueron deteriorando; el segundo se había dado buena maña para acrecentar sus apoyos (Jayrān de Almería siempre dispuesto a venderse al señor del momento, le aseguró su participación). Cuando se sintió lo suficientemente fuerte, se sublevó contra su tío en Málaga, un día de rabī‘ I de 412/15 de junio de 1021, y acto seguido marchó contra Córdoba.

Su tío al-Qāsim, inseguro de los cordobeses, abandonó la capital el 22 de rabī‘II de 412/5 de julio de 1021 y se fue a refugiar a Sevilla, ciudad de la que había sido antaño gobernador. Los beréberes se fortificaron en el alcázar de Córdoba esperando la llegada de Yaḥyà b. ‘Alī, que entró sin dificultades en la ciudad y tanto los cordobeses como los beréberes se pusieron de acuerdo para proclamarlo califa. La jura tuvo lugar el primero de ŷumādā I de 412/13 de agosto de 1021.

Mientras al-Qāsim seguía titulándose califa y emir de los creyentes en Sevilla, y como tal lo reconocían sus habitantes; lo cual fue piedra de escándalo en al-Andalus ver reinar a dos califas a la vez. Pronto Yaḥyà no pudo mantenerse en Córdoba, su desmesurado orgullo le enajenó los apoyos beréberes y sintiéndose amenazado optó por huir a Málaga. Aprovechó la situación su tío al-Qāsim para volver a Córdoba de inmediato y entró en la ciudad el martes 17 de ḏū-l-qa‘da de 413/11 de febrero de 1023. Los cordobeses le renovaron el juramento de fidelidad y al-Qāsim revocó la designación de heredero que había formulado a favor de su sobrino Yaḥya, otorgando la herencia de su precario califato a su hijo Muḥammad.

El viejo califa reinó esta segunda vez siete meses y algunos días, hasta que el martes 21 de ŷumādā II de 414/9 de septiembre de 1023 la gente de la ciudad se levantó contra él y sus beréberes, a los que el califa no podía sujetar. Intentó impedir la llegada de toda clase de víveres y reducir por hambre a los cordobeses; pero al final al-Qāsim debió abandonar la ciudad para no volver el 16 de ramadán de 414/2 de diciembre de 1023.

Enseguida los cordobeses nombraron califa al omeya ‘Abd al-Raḥmān V al Mustaẓhir, hermano menor del desastroso califa Muḥammad II al-Mahdī, iniciador de la guerra civil que llevaría al califato de Córdoba a su extinción. En vano al-Qāsim buscó refugio en Sevilla, esta vez los habitantes le cerraron las puertas y expulsaron a sus familiares del alcázar; finalmente se refugió en Jerez, donde su sobrino Yaḥyà pronto vino a sitiarlo, obligándolo a capitular y desde donde sería conducido cautivo a Málaga. Permaneciendo en ese estado hasta la muerte de Yaḥyà b. ‘Alī; entonces su hermano y sucesor Idrīs mandó estrangularlo en prisión, corría el mes de ša‘bān del año 427/junio de 1036. Era por esas fechas un anciano octogenario. El cadáver fue entregado a sus dos hijos, Muḥammad y Ḥasan, que a la sazón residían en Algeciras.

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Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, t. II, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, págs. 140-142

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la littérature des Arabs d’Espagne, t. II, por R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leiden, Brill, 1855, págs. 315-319 (trad. parc. P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, t. II, New York-London, Johnson Reprint Corporation, 1964, págs. 230, 234, 237 y 240-241)

Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, t. IX, ed. de C. J. Tornberg, Leiden, Brill, 1863, pág. 273

‘Abd al-Wāḥid Al-Marrākušī, Kitāb al-Mu‘ŷib fī taljīṣ ajbār al-Magrib, ed. R. Dozy bajo el título de History of the Almohades, Leiden, Brill, 1881 (trad. de E. Fagnan, Histoire des Almohades, Argel, Adolfo Jordán, Libraire-Éditeur, 1893, págs. 43-45), reimpr. Ámsterdam, Oriental Press, 1968, págs. 35-37

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihāyat al-‘arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, t. I, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, págs. 80-82/76-77

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. de E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 113-114, 122-124, 127-135 y 144 (trad. crítica [con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lèvi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258] de F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas [al-Bayān al-Mugrib], Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 103, 110-112, 114, 116-120, 126)

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne, t. II, ed. E. Lévi-Provençal, Leiden, Brill, 1932, págs. 316-321

L. Seco de Lucena, Los Hammudies, Señores de Málaga y Algeciras, Málaga, Exmo. Ayuntamiento de Málaga, 1955

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-A‘lām, ed. de E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dār al-Makchouf, 1956, págs. 129-130 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschichte Spanien. Übersetzung der A‘mal al-A‘lam und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlag, 1970, pág. 264)

Al-Ḥumaydī, Yaḏwat al-muqtabis fī ḏikr wulāt al-Andalus, ed. de M. T. al-Tan’ī, El Cairo, al-Dār al-Miṣriyya, 1966, pág. 22-24

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), en R. Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1967, págs. 479-482

A. Huici Miranda, “Hammudides”, en Encyclopédie de l’Islam, Leiden-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975. t. III, págs. 150-151

J. M. Continente, “Los Ḥammūdíes y la poesía”, en Awrāq, 4 (1981) pág. 57-72

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 171/217

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

miércoles, 22 de abril de 2026

CROQUETAS DE MORCILLA DE BURGOS

 

CROQUETAS DE MORCILLA DE BURGOS

Ingredientes

½ morcilla de Burgos

Pan rallado

Huevo

40 gr de mantequilla

¾ de litro de leche entera

1 cucharada de aceite de oliva virgen extra

75 gr de harina

Nuez moscada

Sal al gusto

 

Elaboración

En una sarten, sin ningún ingrediente, doramos la morcilla de Burgos, hasta que esté bien cocida, sacamos y reservamos.

Preparamos la bechamel y una vez que la tengamos preparada, añadimos la morcilla de Burgos desmenuzada, la nuez moscada y la sal al gusto, removemos bien para su integración en la masa. Una vez en su punto la bechamel, la colocamos sobre una fuente y la dejamos enfriar a temperatura ambiente.

Una vez fría, formamos las croquetas, pasándolas primero por harina, luego por huevo batido y por último por el pan rallado.

Freímos en aceite de oliva virgen extra a temperatura media-alto.

Servir caliente.

¡Buen provecho!

GAMBAS AHUMADAS CON ARROZ

 

GAMBAS AHUMADAS CON ARROZ

Ingredientes

Para el arroz:

180 gr de arroz

480 ml de agua

Una pizca de sal

Para las gambas ahumadas:

3 cucharadas de aceite de oliva virgen extra,  45 ml

1 cebolla pequeña finamente picada

5 dientes de ajos picados gruesamente

1 pimiento verde picado finamente

1 cucharadita de pimentón dulce

Unas hebras de azafrán

410 gr de salsa de tomate

450 gr de gambas o camarones

Una pizca de sal

Pimienta negra recién molida al gusto

 

Elaboración

Preparamos el arroz: en una cacerola con agua, sazonamos generosamente con sal y calentamos a fuego alto. Mientras tanto colocamos el arroz en un colador fino y enjuagamos con agua- Una vez que el agua hierva, añadimos el arroz a la cacerola y removemos rápidamente, tapamos la cacerola y bajamos el fuego a medio-bajo.

Mientras se cuece el arroz, preparamos las gambas ahumadas- Calentamos una sarten grande a fuego medio y añadimos el aceite de oliva virgen extra.

Colocamos las gambas o camarones (según preferencia), una vez peladas las gambas, secamos las mismas con papel absorbente de cocina, salpimentamos al gusto.

Una vez que el aceite este caliente, agregamos las gambas a la sarten, todos en una sola capa, los cocinamos durante 30 segundos por cada lado, luego los retiramos de la sarten y reservamos.

En la misma sarten y a fuego medio, agregamos la cebolla, el pimiento verde y el ajo. Removemos continuamente. Después de 4-6 minutos, cuando las verduras estén ligeramente salteadas, agregamos el pimentón y el azafrán, mezclamos rápidamente. Luego agregamos la salsa de tomate y salpimentamos al gusto. Mezclamos muy bien y dejamos cocer a fuego lento sin remover.

Ina vez cocido el arroz a fuego lento durante 16 minutos y que esté completamente cocido, retiramos del fuego, separamos suavemente con un tenedor y lo colocamos en platos para servir.

Una vez que la salsa de tomate se haya espesado ligeramente, d después de unos 10 minutos de cocción a fuego lento, agregamos las gambas, mezclamos y cocinamos a fuego lento durante 2-3 minutos o hasta que las gambas estén bien cocidas

Luego retiramos del fuego, y colocamos las gambas y la salsa sobre cada plato de arroz.

Servir caliente.

¡Buen provecho!

 

AL-MUNDIR

 

AL-MUNDIR

Al-Munḏir: Abū l-Ḥakam b. Muḥammad b. ‘Abd al-Raḥman b. al-Ḥakam. Córdoba, 843 – Bobastro (Málaga), 29.VI.888. Sexto emir omeya de Córdoba (independiente).

Emir omeya

Biografía

Nacido de madre beréber, de nombre Aṯl, que lo dio a luz a los siete meses de su concepción, al-Munḏir era alto, moreno, de pelo crespo y con el rostro picado de viruela. Según un relato probablemente apócrifo, su madre había mostrado desde su infancia un carácter soberbio y engreído, por lo que su familia, harta de soportar sus ínfulas, la vendió como esclava en Córdoba; la compradora fue la madre del todopoderoso visir Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, a quien le fue regalada. Cuando el visir quiso gozar de ella, se encontró con la negativa inamovible por parte de la esclava, cuya obsesión era llegar a ser madre de un califa, algo que, a pesar de la elevada posición de Hāšim, nunca podría conseguir con él. Molesto por el rechazo de la muchacha, la golpeó con cierta dureza; ella no sólo no cedió en su postura, sino que se atrevió a amenazar a su amo advirtiéndole de que su hijo se encargaría de tomar cumplida venganza. En efecto, Aṯl consiguió la libertad, casó con el emir Muḥammad y tuvo de él un hijo llamado al-Munḏir, que acabaría siendo el sucesor de su padre y que, cuando subió al Trono, encarceló y posteriormente hizo dar muerte a Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz.

En el momento en el que se produjo el fallecimiento del emir Muḥammad, el jueves cuatro de agosto del 886, al-Munḏir se hallaba cercando Alhama de Granada, plaza donde se había hecho fuerte Ibn Ḥafṣūn en compañía del cabecilla local, Ibn Ḥamdūn. En cuanto le llegó la noticia de la muerte de su padre, regresó con rapidez a Córdoba y allí recibió el juramento de fidelidad entre el domingo y el lunes. No debía estar muy seguro al-Munḏir de su posición y por ello dio todos los pasos para asentarse en el Trono con una celeridad vertiginosa: no sólo hace el viaje de Alhama a Córdoba a uña de caballo, sino que, nada más llegar a la capital, ordena que dé comienzo la ceremonia de la jura, a la que asiste ataviado todavía con las mismas ropas con las que había efectuado el viaje y tambaleándose en algún momento por la extrema fatiga que lo embarga.

Cuando, al día siguiente, concluye el acto, al-Munḏir se encuentra con un reino en el que dos importantes personajes representan una limitación a su poder: dentro de su gobierno tiene a Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, visir y general que había gozado durante el reinado del emir Muḥammad de un poder casi omnímodo; en un territorio no muy lejano a su capital tiene a un rebelde que, aunque todavía no ha adquirido la relevancia que tendrá en años posteriores, es ya una obsesión para al-Munḏir, ‘Umar b. Ḥafṣūn.

Desconocemos las razones exactas de la caída en desgracia de Hāšim, pues las explicaciones que dan los cronistas son tan poco creíbles como la historia de Aṯl —y con mucho menos encanto—. Lo cierto es que Hāšim, confirmado en un primer momento como senescal (ḥāŷib), muy pronto fue encarcelado, junto a casi todos sus hijos, y más tarde, el 26 de marzo del 887, ajusticiado.

Más problemas le planteó Ibn Ḥafṣūn. Si el reinado de al-Munḏir se inicia mientras estaba cercando al rebelde en Alhama, su punto final se escribió ante Bobastro, la capital de la revuelta, el 29 de junio del 888. En los dos años que transcurrieron entre ambos acontecimientos, casi toda la actividad de al-Munḏir estuvo centrada en los intentos por acabar con Ibn Ḥafṣūn, intentos que consiguieron relativo éxito. Logró arrebatarle castillos como Iznájar, Priego, Cabra y Archidona y lo acosó tanto que el rebelde se vio obligado a entablar negociaciones con el emir, si bien su propósito no era otro que ganar tiempo y refugiarse de nuevo en la inaccesible Bobastro. El engaño provocó las iras de al-Munḏir que en el verano del 888 puso cerco a esa fortaleza, decidido a permanecer allí hasta su capitulación, pero, tras cuarenta días de asedio, una rápida enfermedad acabó con la vida del emir. A pesar de que en el momento de su fallecimiento ya había llegado a los reales el heredero al trono, su hermano ‘Abd Allāh, las tropas omeyas emprendieron el camino de regreso a Córdoba de una forma que se asemejaba mucho a una desbandada, lo que no dejó de aprovechar Ibn Hafsun para hacer una salida y saquear el campamento semiabandonado.

Como es habitual en los casos de muerte repentina e inesperada de un soberano, los rumores sobre las causas del fallecimiento brotaban por todos lados. Los cronistas recogen la sospecha de que el sucesor de al-Munḏir, su hermano ‘Abd Allāh, había sobornado al médico del emir para que causase su muerte utilizando para sangrarlo una lanceta envenenada. El comportamiento posterior de ‘Abd Allāh durante su reinado no contribuye a juzgar descabellada esa acusación.

La brevedad de su reinado impide caracterizarlo con unos rasgos acusados. Las fuentes árabes coinciden en la apreciación de que, de haber vivido un solo año más, al-Munḏir hubiera acabado definitivamente con la revuelta de Ibn Ḥafṣūn, que se hallaba realmente en serios aprietos en el momento de la muerte del emir. Es probable que, si el cerco a Bobastro se hubiera prolongado unas semanas más, hubiera terminado por caer en manos de las tropas cordobesas, pero eso no habría significado el apaciguamiento definitivo de la disidencia. Ibn Ḥafṣūn era un problema, tal vez incluso un problema con unas raíces peculiares que lo diferenciaban en parte de la multitud de rebeldes que salpican la historia omeya de al-Andalus, pero más aún era un síntoma de una enfermedad subyacente que en unas ocasiones remitía y en otras se exacerbaba, pero que nunca llegó a curarse a lo largo de la historia de al-Andalus: el sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa, la islámica, no fue suficiente para aglutinar a la sociedad andalusí como comunidad política y social; los intereses locales y particulares siempre prevalecieron sobre las tibias y casi siempre retóricas proclamaciones de “andalusidad”.

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Bibliografía

Ibn el-Athir, Annales du Maghreb et de l'Espagne; traduites et annotées par E. Fagnan, Argel, Typographie Adolphe Jourdan, 1898, págs. 153-195

E. Fagnan, Histoire de l'Afrique et de l'Espagne intitulée al-Bayano 'l-Mogrib/traduite et annotée par ..., t. II, Argel, Imprimerie Orientale, 1901-1904, págs. 109-130

M. A. Abuin, “Hāšim ibn ‘Abd al-‘Azīz”, en Cuadernos de Historia de España, XVI (1951), págs. 110-129

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), t. IV. de Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Espasa-Calpe, 1976, págs. 99-122

Una descripción anónima de al-Andalus = Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. Luis Molina, t. II, Madrid, Instituto “Miguel Asín”, 1983, págs. 132-142

M. Fierro, “Cuatro preguntas en torno a Ibn Ḥafṣūn”, en Al-Qanṭara, XVI (1995), págs. 221-257

M. Acién Almansa, Entre el feudalismo y el Islam. ‘Umar Ibn Ḥafṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia, Jaén, Universidad, 1997

J. Vallvé, “Omar ben Hafsún, rey de Marmuyas (Comares)”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, CCI (2004), págs. 213-303

Autor/es

  • Luis Molina Martínez

lunes, 20 de abril de 2026

JUDIAS BLANCAS CON BACALAO

 

JUDIAS BLANCAS CON BACALAO

Ingredientes

1 cebolla mediana

2 tallos de apio

2 zanahorias

60 ml de aceite de oliva virgen extra

4 dientes de ajo picados gruesamente

15 ml de vinagre de Jerez

1/ cucharadita de tomillo seco

70 gr de judías blanca cocidas de bote

1 hoja de laurel

2 filetes de lomo de bacalao desalado de 200 gr cada uno

Sal

Pimienta negra recién molida

 

Elaboración

Cortamos la cebolla en cuatro trozos uniformes, cortamos los tallos de apio en 3 trozos cada uno y las zanahorias en trozos pequeños.

En una olla grande, agregamos las verduras picadas y llenamos con agua suficiente para cubrir los ingredientes, sazonamos y calentamos a fuego alto.

Después de 25-20 minutos, cuando las verduras estén tiernas, escurrimos todas en un colador, con un bol debajo, y reservamos el agua de cocción.

Mientras las verduras se enfrían, escurrimos las judías cocidas en un colador y las enjuagamos con agua fría.

Una vez las verduras estén frías, las colocamos en el vaso de la trituradora, junto con un puñado de judías blancas y 60 ml de agua de cocción reservada. Trituramos hasta obtener un pure suave.

Calentamos la misma olla a fuego medio y añadimos el aceite de oliva virgen extra.

Después de un par de minutos, agregamos el ajo picado y mezclamos continuamente,  después de unos 30 segundos a 1 minuto y cuando el ajo este fragante, agregamos el vinagre de Jerez y el tomillo, mezclamos todo muy bien, y luego agregamos el pure de verduras, las judías blancas enjuagadas y salpimentamos al gusto, mezclamos suavemente, luego agregamos 480 ml de agua de cocción reservada, la hoja de laurel y subidos el fuego a alto, mezclamos suavemente.

Mientras tanto, colocamos los filetes de bacalao desalado sobre papel de cocina y secamos con palmaditas, luego sazonamos con sal y pimienta negra recién molida, y picamos finamente los lomos de bacalao.

Una vez que el caldo hierva, agregamos el bacalao picado, mezclamos bien, tapamos la olla y bajamos el fuego a medio-bajo y cocinamos a fuego lento durante 5 minutos o hasta que el bacalao es te bien cocido.

Servimos en cuencos poco profundos.

¡Buen provecho!

 

HUEVOS AL ESTILO MANCHEGO

 

HUEVOS AL ESTILO MANCHEGO

Ingredientes

45 ml de aceite de oliva virgen extra

1 cebolla mediana finamente picada

4 dientes de ajo picados gruesamente

425 gr de salsa de tomate (de bote)

425 gr de tomates troceados en dados

2 cucharadas de perejil picado

1 lata de atún en aceite de oliva de 110 gr.

5 huevos grandes

Sal

Pimienta negra recién molida

Una pizca de azúcar granulada

Perejil picado para decorar

 

Elaboración

En una sarten grande a fuego medio, añadimos el aceite de oliva virgen extra.

Una vez caliente, agregamos la cebolla y el ajo picado, mezclamos continuamente.

Después de 3-4 minutos, cuando las cebollas estén ligeramente transparente, agregamos la salsa de tomate , los tomates troceados, el perejil picado y salpimentamos y añadimos una pizca de azúcar. Mezclamos muy bien, y bajamos el fuego a medio-bajo, dejamos cocer a fuego lento.

Mientras tanto, escurrimos la lata de atún en un colador con un bol debajo y desmenuzamos el atún y rompemos los huevos en un bol o taza pequeña individualmente.

Después de cocer a fuego lento la salsa de tomate durante unos 10 minutos aproximadamente, añadimos el atún escurrido y mezclamos bien. Luego añadimos los huevos; me gusta crear pequeños huecos para que queden bien integrados en la salsa asegurándome de que estén espaciados. Salpimentamos los huevos, tapamos la sarten y cocinamos a fuego lento durante 3-4 minutos, o hasta que las claras estén firmes pero las yemas aun ligeramente cremosas. Retiramos del fuego.

Servimos directamente de la sarten y los pasamos a platos hondos, adonamos con perejil picado.

¡Buen provecho!

domingo, 19 de abril de 2026

LA HUELLA DE LA CONQUISTA CRISTIANA EN LAS CIUDADES DE PASADO ISLAMICO

 

LA HUELLA DE LA CONQUISTA CRISTIANA EN LAS CIUDADES DE PASADO ANDALUSÍ

Vista actual del Albaicín-Sacromonte de Granada

Pedro Jiménez Castillo / Pedro Jiménez Castillo

Escuela de Estudios Árabes (EEA/CSIC) .

Las ciudades actuales son el resultado de la acción sucesiva de las diferentes sociedades sobre el medio físico y sobre el paisaje urbano preexistente a lo largo del tiempo; por tanto, para entenderlas y gestionarlas adecuadamente es preciso conocer cómo y por qué se configuraron morfológicamente en el transcurso de la historia.

En este sentido, la conquista cristiana de al-Andalus fue un suceso traumático que conllevó importantísimas alteraciones en el urbanismo andalusí, puesto que en un espacio muy corto de tiempo mudaron radicalmente dos condiciones fundamentales: la primera de carácter cuantitativo, pues la conquista supuso que, en la mayoría de los casos, se pasara en pocos años de una madīna muy poblada y espacialmente saturada, a una villa cristiana con un vecindario mucho más reducido; la segunda, de carácter cualitativo, se refiere al cambio de modelo social ocasionado por la sustitución, parcial o total, de la población musulmana por la cristiana y al completo relevo de sus élites dirigentes. Ésta última no tiene que ver con factores coyunturales sino antropológicos y, por consiguiente, nos informa acerca de las diferentes características de ambas sociedades y como éstas se reflejaron en el paisaje urbano.

La sociedad islámica generó en la Edad Media una ciudad diferente de la cristiana, que, en parte, hay que explicar analizando su patrón de familia, condicionado por una fuerte necesidad de proteger el honor familiar depositado en los miembros femeninos del grupo. Este tipo de familia “extensa” y patrilineal, caracterizada por las tradicionales prácticas endogámicas que exigían el aislamiento de sus mujeres, conformó un modelo de vivienda impermeable a la calle, abierta al patio central del que se obtenía la luz y la ventilación, y dotada de un filtro de comunicación entre el exterior y el interior como es el zaguán acodado.

Por el contrario, el prototipo residencial de los conquistadores, libre de estas restricciones, no tiene inconveniente en abrirse a la calle en busca de luz y ventilación, a la vez que utiliza las fachadas para expresar la categoría social de sus moradores. Estos dos tipos de casa tuvieron una incidencia directa en la forma de su parcela y en la organización de ésta dentro de la manzana, lo que influyó de manera decisiva en el paisaje ciudadano, pues la transformación del parcelario impulsó progresivamente los cambios en el callejero.

En efecto, la ciudad cristiana medieval precisaba de calles más anchas que las de la medina musulmana, incluso antes de la generalización del uso del carro a fines de la Edad Media. Ello se debe, en primer lugar, a que la casa cristiana, al no estar tan condicionada como la islámica por las medidas de aislamiento, podía abrir amplias puertas y ventanas a la calle, por lo que ésta pasaba a ser una fuente importante de luz y ventilación complementaria al patio. En segundo lugar, la calle de la ciudad cristiana se convierte en un espacio de representación estatal y aristocrática, el escenario en donde los poderes públicos se expresan mediante comitivas y procesiones.

En general, los gobernantes cristianos sólo emprendieron grandes operaciones de transformación urbana, como la apertura de nuevas arterias, cuando lo consideraron imprescindible, debido a los problemas lógicos derivados de los procesos de expropiación y demolición. Fue mucho más frecuente la actuación sobre la red viaria preexistente con medidas correctivas encaminadas a adaptarla a las nuevas necesidades, lo que se expresó singularmente en la voluntad de los poderes públicos por ensanchar las calles

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A imitación de la Corona, los concejos, la Iglesia o las órdenes militares, también los hidalgos y nobles disponían los símbolos de su linaje y riqueza en las fachadas de sus casas, que eran cada vez más historiadas y exigían vías más anchas para su adecuada contemplación. Por ello, cuando se contaba con un solar lo suficientemente amplio, era frecuente que retranquearan varios metros la línea de fachada de los nuevos edificios, generando así pequeñas plazoletas destinadas a dignificarlos.

Aunque las casas y las calles son los elementos fundamentales de la transformación urbana, ésta se extendió también a otros ámbitos de la ciudad, como los edificios religiosos, los alcázares y palacios, los baños, los zocos e incluso las infraestructuras hidráulicas, de acuerdo con un proceso secular que acabó por alumbrar muchas de las características del paisaje urbano de nuestras ciudades de pasado islámico.

 

viernes, 17 de abril de 2026

AL-HAKAM II

 

AL-HAKAM II

Al-Ḥakam II: Abū l-‘Āṣ al-Ḥakam b. ‘Abd al-Raḥmān, al-Mustanṣir bi-llāh. Córdoba, 23 ŷumādà II 302 H./13.I.915 C. – 2 ṣafar 366 H./30.IX.976 C. Segundo califa omeya de Córdoba.

Califa omeya

Biografía

Al-Ḥakam era el hijo primogénito de ‘Abd al-Raḥmān III, fundador del califato omeya de Córdoba, y como tal fue proclamado su sucesor a la muerte de su padre, el 16 de octubre de 961, cuando contaba ya con cuarenta y seis años de edad, adoptando el título de al-Mustanṣir bi-llāh (‘el que busca la ayuda victoriosa de Dios’). Se inicia a partir de entonces el califato de al-Ḥakam, que se extiende a lo largo de un período de veintiséis años y cuyas características principales son una completa estabilidad interior y una cómoda seguridad en la frontera con los cristianos, en gran medida gracias a la actuación previa de su antecesor, que a lo largo de casi medio siglo había combatido sin cesar para someter a los rebeldes que desde finales del siglo IX se habían levantado contra la autoridad omeya.

La época sobre la que estamos mejor informados es la correspondiente a la última fase de su gobierno (años 360-64/971-975), que es el período que abarca la detallada y prolija narración del cronista cordobés Ibn Ḥayyān. Este excepcional testimonio es un buen reflejo de lo que fue el califato de al-Ḥakam II, ya que el cronista se extiende en la descripción pormenorizada de las ceremonias y celebraciones llevadas a cabo en la Corte califal y en la mención de los nombramientos y deposiciones de los distintos magistrados, gobernadores y titulares de las dignidades políticas y militares, símbolo de la solidez del régimen omeya en aquellos momentos. A tal punto fue la estabilidad el rasgo dominante en su época que alguna fuente árabe llega a afirmar que esos años fueron una continua fiesta. Pero, a pesar de que al-Ḥakam no tuvo que enfrentarse a graves desafíos internos ni externos, ello no quiere decir que la suya fuese una época históricamente intrascendente. Muy al contrario, durante este tiempo se desarrollaron ciertos procesos que tuvieron una importancia clave en la etapa inmediatamente posterior, de tal forma que se trata de un período primordial a la hora de explicar las causas de los problemas que condujeron a la crisis del califato.

En la política exterior es preciso distinguir entre dos aspectos, el mantenimiento de la seguridad en la frontera con los cristianos y la continuación del intervencionismo en el Norte de África, siguiendo la política iniciada por su padre ‘Abd al-Raḥmān III con el fin de contrarrestar la influencia del califato fatimí. Desde el mismo momento de su acceso al poder, al-Ḥakam se preocupó por garantizar el mantenimiento de la influencia omeya al otro lado del Estrecho, enviando misivas a los emires y jeques beréberes en los que solicitaba el juramento de obediencia y fidelidad. La rivalidad con los fatimíes siguió vigente durante esta época, de lo que es claro indicio el proceso emprendido contra un personaje denominado Abū l-Jayr, que fue ejecutado en Córdoba bajo la acusación de ser un agente fatimí. No era la primera vez que esto sucedía, pues el propio Ibn Ḥawqal, de origen iraquí y autor de una de las principales descripciones de la Península, territorio que visitó durante el año 337/948, fue asimismo, al parecer, un espía al servicio de los fatimíes.

La lucha en el Norte de África entre omeyas y fatimíes no era directa, sino que se llevaba a cabo a través de las tribus beréberes, siendo los Ziríes los principales aliados de los fatimíes, mientras que los Zanāta y los Magrāwa apoyaban a los soberanos cordobeses. Los intereses de al-Ḥakam se vieron favorecidos por la defección de los Banū Ḥamdūn, señores de Masīla, partidarios de los fatimíes, quienes se pasaron al bando pro-omeya. Sin embargo, la reacción fatimí, dirigida por Bullukīn b. Zirī, produjo la defección del idrisí al-Ḥasan b. Qannūn, que gobernaba en el sector noroccidental de Marruecos, hasta la zona de Tánger. Al-Ḥakam respondió con una campaña conjunta marítima y terrestre, que obtuvo sonados éxitos iniciales, pero que finalmente fue derrotada en 362/972 en las proximidades de Tánger. El dominio omeya estaba comprometido y el Califa acudió a su mejor jefe militar, el general Gālib, al que encomendó la misión de derrotar a los idrisíes, siendo acompañado por Ibn Abī ‛Āmir (Almanzor), con la función de gestionar los fondos destinados a la campaña. La campaña de Gālib fue iniciada en 973 y requirió, además, la acción conjunta de Ibn Rumāḥis, almirante de la flota omeya, y la ayuda de Yaḥyà al-Tuŷībī, quien acudió con tropas de refuerzo reclutadas en la Frontera Superior. Finalmente, la rebelión de Ibn Qannūn pudo ser controlada y en marzo de 974 el Califa informaba a sus visires de su derrota. El propio Ibn Qannūn y sus principales parientes fueron trasladados a Córdoba, donde el Califa los perdonó y les fijó elevadas pensiones, aunque, finalmente fueron deportados a Egipto en el año 976. En definitiva, la sumisión de Ibn Qannūn y el dominio de los puertos de Algeciras y Ceuta aseguraban el control de las navegaciones en la zona del estrecho de Gibraltar. Puede decirse, por lo tanto, que bajo el gobierno de al-Ḥakam el califato omeya había logrado establecer su supremacía en el ámbito del Mediterráneo occidental.

Un aspecto muy relevante de la política norteafricana de al-Ḥakam fue la progresiva incorporación de contingentes beréberes al Ejército califal, en especial a partir de 974, tras la definitiva victoria sobre Ibn Qannūn. Estos grupos beréberes conformaron una milicia muy útil desde el punto de vista militar, si bien su papel político fue enormemente desestabilizador, en especial a partir del momento en el que la autoridad omeya comenzó a dar síntomas de debilidad. Ya en época del propio al-Ḥakam se registra el estallido de un tumulto, ocurrido en la puerta de la Azuda del alcázar, entre un grupo de tangerinos y el populacho cordobés, que revela la escasa simpatía de la población local hacia las milicias beréberes, de forma que esta animadversión se pondrá de manifiesto en etapas posteriores con intensidad creciente.

Junto a la consolidación del dominio norteafricano, la época de al-Ḥakam se define por el firme control de la frontera con los reinos cristianos peninsulares y la supremacía política y militar sobre los mismos. En los primeros años, el propio Califa se puso al frente de sus tropas para conducir la habitual aceifa o campaña sobre el territorio enemigo. Esta campaña del año 962 se dirigió, hacia Ŷillīqiya, es decir, hacia territorio leonés, aunque sólo sabemos que permitió la obtención de un cuantioso botín y de numerosos cautivos. La superioridad del dominio musulmán durante esta época queda de manifiesto en las visitas rendidas al Califa por los propios soberanos cristianos o sus enviados. Tal sucedió con el destronado rey leonés Ordoño IV, que buscó el apoyo musulmán para recuperar el Trono, presentándose ante el Califa en Córdoba. En principio, al-Ḥakam se mostró favorable a prestarle su ayuda, a cambio de que rompiese sus relaciones con el conde castellano Fernán González y entregase como rehén a su hijo García. La reacción del rey leonés Sancho I fue inmediata y, para neutralizar esta alianza, envió a su vez una embajada a Córdoba, a través de la cual hizo saber al Califa que estaba dispuesto a cumplir lo pactado con su padre, el califa Abderramán. Pero la muerte de Ordoño en Córdoba meses después, en circunstancias poco claras, hizo que Sancho reconsiderase su posición, decidiendo entonces buscar la alianza del conde de Castilla (Fernán González), el rey de Navarra (Sancho II Garcés) y los condes de Barcelona (Borrel y Mirón). Ante esta actitud, el califa respondió encabezando otra aceifa, en la que se apoderó de la célebre fortaleza de Gormaz (Soria), que sería la punta de lanza de las posiciones musulmanas en la frontera con Castilla. La fortaleza fue reedificada por orden suya, encargándose el general Gālib de la supervisión de las obras, que se extendieron a lo largo de diez años.

A partir de la década de 970, la narración de Ibn Ḥayyān recoge puntualmente la descripción de las distintas embajadas llegadas a Córdoba desde territorio cristiano, claro testimonio de la supremacía política reconocida al soberano omeya. La primera de ellas, en junio de 971, fue la encabezada por Bon Filio, enviado por el conde de Barcelona, el cual manifestó su sumisión al Califa entregándole treinta cautivos musulmanes, además de otros obsequios, como brocados y armas. Al mes siguiente fue también recibido un emisario del conde de Astorga, Gundisalvo, el cual informó al Califa de la presencia de barcos normandos que habían remontado el Duero, penetrando en el territorio de Santaver. Todavía en agosto visitaron Córdoba otros dignatarios para renovar los pactos y treguas, como los enviados de Sancho Garcés II Abarca, los de la reina Elvira, regente en León, los del conde de Salamanca y el conde de Castilla, todos los cuales informaron al Califa de las situaciones respectivas de sus territorios, siendo agasajados en sus despedidas con generosos regalos.

La actividad diplomática continuó durante los años 973-974, con la llegada a Córdoba de nuevos emisarios procedentes de León y Cataluña. Sin embargo, a partir de esa última fecha se registraron algunos cambios, en especial por lo que se refiere a la actitud del nuevo conde de Castilla, Garci Fernández, el cual emprendió en septiembre una campaña contra el castillo de Deza, situado al nordeste de Medinaceli, en tierras de Soria. El Califa reaccionó de inmediato ordenando detener a la embajada castellana que había abandonado Córdoba justo en la víspera, siendo apresados en Caracuel y encarcelados. En abril del año siguiente (975), el propio conde castellano atacó el castillo de Gormaz, siendo repelido por el general Gālib, comandante en jefe de las fuerzas musulmanas y hombre de la máxima confianza del Califa.

Así pues, durante la época de al-Ḥakam el califato de Córdoba se encontraba sólidamente asentado en sus bases territoriales peninsulares y norteafricanas, erigiéndose como una de las potencias políticas de la época en el ámbito mediterráneo. Las únicas noticias de amenaza exterior en territorio musulmán que se registraron en este época fueron las protagonizadas por los normandos: en 966, un siglo después de las primeras apariciones de estos pueblos en territorio peninsular, registradas a mediados del siglo IX, un contingente de veintiocho naves de los maŷūs, como los designan las fuentes árabes, fue detectada por el gobernador de Alcacer do Sal, siendo enviada una flota desde Sevilla que se enfrentó a ellos en la desembocadura del río de Silves. Con posterioridad, los Anales de Ibn Ḥayyān registran en el año 971 otra amenaza normanda que, desde las costas cantábricas, se dirigía hacia las del Algarve. El Califa ordenó al almirante Ibn Rumāḥis, que estaba entonces en Córdoba, dirigirse hacia Almería, sede de la flota califal, para ponerse al frente de la expedición, que sería secundada por tierra por el propio Gālib. Finalmente, en esta ocasión los normandos fueron puestos en fuga sin que fuese necesario llegar a combatir con ellos. Todavía un año más tarde, en 972, de nuevo Ibn Ḥayyān menciona que el Califa reunió a sus visires y demás autoridades competentes para informar de los ataques normandos en la zona del Algarve, ordenando la organización de una expedición contra ellos, si bien de nuevo los agresores huyeron antes de que las tropas califales se enfrentasen a ellos. Junto a estas amenazas normandas, que no llegaron a generar situaciones de peligro real, uno de los escasos reveses experimentados por el califato omeya que cabe mencionar es la pérdida del núcleo de Fraxinetum, en la costa azul francesa, establecido a finales del s. IX al margen de las directrices del califato cordobés pero que acabó estando bajo su órbita, siendo sometido por la aristocracia provenzal en 972-973.

Por lo que se refiere a la situación interna, esta época se define, asimismo, por la ausencia de referencias a tensiones políticas o sociales graves. Ello permitió al Califa desarrollar una amplia e intensa actividad de construcciones y reformas urbanísticas en la capital, destacando la ampliación de la aljama cordobesa, una necesidad urgente debido al crecimiento experimentado por la población cordobesa, tarea que fue confiada a su chambelán (ḥāŷib) Ŷa‛far b. ‛Abd al-Raḥmān al-Ṣiqlābī al día siguiente de su proclamación. La ampliación fue acompañada de la mejora de algunos servicios, entre los que destaca la implementación de un sistema de agua corriente hasta las fuentes de la aljama y las dos salas de abluciones a través de tuberías de plomo. La mejora de los servicios urbanísticos en Córdoba se completó con las tareas de reparación del puente romano, que exigieron la construcción de una presa para desviar el agua y poder acceder a las bases de los pilares, en mal estado, así como remozar los molinos situados en la zona del arrecife. También se llevaron a cabo obras de ampliación del zoco de los ropavejeros, lo que obligó al traslado de la Casa de Correos, así como obras de ensanche de la calle central del zoco principal. Finalmente, sabemos que el Califa se preocupó de que el cementerio de Umm Salama fuese asimismo ampliado, otro síntoma del crecimiento de la población cordobesa durante el califato.

Desde el punto de vista político, no cabe duda de que uno de los procesos principales que tuvo lugar en esta época fue la meteórica ascensión de Muḥammad b. Abī ‛Āmir, el futuro Almanzor, quien desarrolló una rápida carrera política que le permitió encontrarse en una posición privilegiada para gestionar la crisis desencadenada a la muerte del califa, relegando al débil Hišām II y usurpando el poder. Las fuentes árabes insinúan que supo ganarse el favor de Ṣubḥ, la esposa favorita del Califa, aunque no menos relevante fue el apoyo de Ŷa‛far b. Utmān al-Muṣḥafī, visir y hombre clave en el gobierno omeya. El comienzo de su ascenso se produjo en 967, cuando fue nombrado tutor-administrador de los bienes del hijo primogénito del califa, ‛Abderramán, que habría de morir al poco tiempo. Paulatinamente, Ibn Abī ‛Āmir fue ocupando posiciones, dignidades y magistraturas de gran relevancia en el esquema administrativo del califato. Ese mismo año fue designado director de la ceca, cargo que en la práctica equivalía al de ministro de finanzas, otorgándole una posición de enorme poder e influencia. Su presencia al frente de la ceca se asocia a la reanudación de las emisiones de monedas de oro, interrumpidas desde la época de ‛Abd al-Raḥmān III. Prueba de su ambición es que su nombre aparece grabado en las monedas, al principio solo en las que no llevaban el nombre del Califa, pero a partir de 970 ya asociado al del Soberano. En 972 ocupó el puesto de jefe de la policía. Luego, en 973-974, fue enviado como gran cadí de las posesiones califales en el Magreb, con la misión de controlar los fondos allí transferidos por los generales omeyas y, a su vuelta, volvió a ocupar el puesto de director de la ceca.

Entre las actividades desarrolladas por el Califa, las fuentes suelen detenerse en aquellas que lo significan como buen musulmán, en especial las actividades piadosas y de beneficencia, que solían ser puntualmente efectuadas por al-Ḥakam con ocasión de circunstancias diversas. Así, por ejemplo, al comienzo del mes de ramadán era costumbre el reparto de limosnas y también las exenciones de impuestos y el reparto de pan cuando se registraban malas cosechas. Fue, asimismo, el califa al-Ḥakam un personaje aficionado a las letras y amante del arte, uno de cuyos méritos principales fue completar la formación de una extraordinaria biblioteca en el alcázar, probablemente una de las mejores de su tiempo.

La ausencia de discordias internas graves no implica la inexistencia de grupos o focos de oposición y disidencia, de los cuales apenas tenemos noticia, aunque parece que su capacidad de influencia política era bastante limitada. A ello aluden las noticias que mencionan la detención, en 972, de un grupo de poetas que se dedicaban a la sátira política, criticando al Califa, o también el asalto de la cárcel de Sevilla en 974 por un grupo de ‘criminales’, entre los que se encontraban miembros de algunas familias de relevancia social.

Aunque los veintiséis años de ejercicio del poder por al-Ḥakam II transcurrieron sin sobresaltos ni problemas políticos o militares graves, no sucedió lo mismo respecto a su sucesión, envuelta en unas circunstancias muy particulares que fueron aprovechadas a la perfección por Ibn Abī ‛Āmir para ocupar un lugar de protagonismo y hacerse con el control del poder, usurpándolo en su beneficio, pese a lo cual la calificación de ‘dictador’ que se le ha dado en la historiografía tradicional resulta totalmente inapropiada, pues incurre en el anacronismo. De esta forma, puede decirse que la problemática sucesión de al-Ḥakam II fue uno de los factores desencadenantes de la crisis del califato de Córdoba, ya que vino acompaña de la usurpación del poder por Almanzor, que introducirá un elemento de desestabilización en el poder. El problema político que se suscitó tras la muerte de al-Ḥakam II fue creado por el propio Califa al decretar en vida la proclamación como su sucesor de su hijo Hišām siendo aún niño. La razón de este designio ha de buscarse, en parte, en la tardía paternidad del Califa, quien no había generado descendencia cuando, a los cuarenta y seis años de edad, sucedió a su padre ‛Abd al-Raḥmān III, de modo que su prole vino a partir de entonces, si bien las fuentes árabes no son unánimes respecto al número de sus hijos, de los cuales sólo se conoce, con total seguridad, a dos de ellos. En cualquier caso, es obvio que el problema angustiaba al Califa, pues, debido a su avanzada edad, estaba ansioso por tener un hijo.

Las fuentes se contradicen a la hora de establecer el número de hijos habidos por al-Ḥakam. Aparte de Hišām, el único cuya identidad resulta cierta es ‛Abd al-Raḥmān, engendrado con la favorita de al-Ḥakam, la vascona Ṣubḥ: nacido en 351/9 de febrero de 962-929 de enero de 963, murió de forma prematura en fecha que podemos situar en torno al 4 de ramadán de 359/11 de julio de 970, cuando contaba entre siete y ocho años. Las fuentes fechan el nacimiento de Hišām tres años después del nacimiento de ‛Abd al-Raḥmān, el domingo 8 de ŷumādà I de 354/11 de junio de 965. El fallecimiento prematuro del primogénito y la poderosa influencia de Ṣubḥ lo convirtieron pronto en el candidato oficial a la sucesión de al-Ḥakam.

A partir del fallecimiento de su hijo ‛Abd al-Raḥmān, uno de los principales objetivos políticos de al-Ḥakam, probablemente el más importante, fue lograr que Hišām fuese aceptado como heredero y sucesor suyo. Su determinación a este respecto fue inequívoca, pero ello no estuvo exento de problemas, debido a la la bisoñez del heredero, por un lado, y la avanzada edad y mala salud de al-Ḥakam, de otro, factores que abocaban a la poco halagüeña perspectiva de que un niño pudiese ser proclamado califa. En estas circunstancias, la decisión de al-Ḥakam no encontró buena acogida en todos los medios oficiales cordobeses y, para mitigar las resistencias, el régimen Omeya puso en marcha un conjunto de actuaciones organizadas de manera secuenciada con el objetivo de convencer a todos de la conveniencia de que la sucesión recayera en Hišām. A lo largo de cuatro años, desde 360/971 hasta 363/974, tuvo lugar un amplio y sistemático despliegue de actividad propagandística, con el objetivo de presentar a Hišām como el legítimo heredero y reclamando la necesidad de prestarle la bay‘a. Todo este esfuerzo, sin embargo, estuvo a punto de no servir para nada, puesto que Hišām cayó enfermo de viruela durante un mes y medio a comienzos de 363/974, desde mediados de ŷumādà I (11 de febrero) hasta el primero de raŷab (28 de marzo), siendo celebrada su curación con una recepción oficial realizada en el Alcázar cordobés el día 12 de raŷab (8 de abril) a la que asistieron todos los grandes dignatarios y funcionarios estatales, quienes públicamente alabaron y dieron gracias a Dios por su recuperación, en una nueva ceremonia que subrayaba su condición de heredero y que sirvió de preámbulo para su inmediata presentación oficial ante la corte como sucesor del Califa al-Ḥakam.

La salud del Califa era muy precaria y estuvo alejado de toda actividad durante un mes y medio, desde el 12 de rabī‛ I al 28 de rabī‛ II de 363/30 de noviembre de 974 al 15 de enero de 975, lo que exigía una inmediata proclamación del heredero con el fin de asegurar su sucesión. Por recomendación de los médicos, al-Ḥakam abandonó el palacio de Medina Azahara, donde el frío de la sierra podía perjudicarle más, y se trasladó a Córdoba. A partir de entonces, Hišām da inicio a su actividad política acompañando al Califa en los actos y decisiones de gobierno. El 7 de ša‛bān (22 de abril) asiste, junto al visir Ŷa‛far b. ‛Utmān al-Muṣḥafī, mano derecha del Califa, a la audiencia privada que al-Ḥakam concedió al general Gālib b. ‛Abd al-Raḥmān para analizar los problemas en la frontera. Pocos meses después, el 2 de šawwāl de dicho año (15 de junio), padre e hijo se mostraron sobre la puerta de la Azuda del alcázar para repartir limosnas a los pobres situados abajo. Más aún, el 4 de ša‛bān (19 de abril), el heredero aparece ejerciendo acciones de gobierno en nombre de su padre, ordenando a ‛Abd al-Raḥmān b. Yaḥyà b. Muḥammad al-Tuŷībī que partiese hacia Zaragoza para reforzar la frontera superior, agitada por los ataques cristianos, acción que repitió meses más tarde, el 27 de ramadán (10 de junio), con ‛Abd al-‛Azīz b. Ḥakam al-Tuŷībī.

A comienzos de 976, menos de dos años después de su presentación oficial como heredero, tuvo lugar la celebración de la bay‛a de Hišām o, habría que decir más bien, de la primera bay‛a, ‘de heredero’, previa a la segunda, que se celebró meses después, tras la muerte de al-Ḥakam. La decisión de celebrar esta bay‘a de proclamación de heredero respondía a la lógica de la situación Otra alternativa hubiera sido trasladar la sucesión a algún pariente cercano, que no podría haber sido otro que alguno de sus tres hermanos, quienes, después del propio al-Ḥakam, eran los principales miembros de la dinastía, pero la opción del Califa fue desde el principio la de su hijo, tanto por lógicos motivos personales como porque inclinarse por alguno de sus hermanos implicaba sacar la sucesión de su propia descendencia, lo cual habría supuesto la ruptura de una tradición secular.

En principio, la bay‛a es, en la tradición islámica, la ceremonia de proclamación del soberano, que marca el inicio de su gobierno. Aquí, en cambio, nos encontramos con una bay‛a de proclamación de heredero hecha en vida del soberano. La cuestión que se plantea es hasta qué punto esta bay‛a de heredero supuso una novedad o la continuación de una tradición previa. Las fuentes no aluden a su carácter extraordinario, lo cual parece indicar que lo contemplaban como una situación natural. Sin embargo, la tradición Omeya en al-Andalus parece haber sido hasta ese momento que la bay‛a se celebrase siempre justo después de la muerte del califa gobernante, de tal forma que sólo hay constancia de una bay‛a de heredero antes de Hišām. Se produjo en época de al-Ḥakam I, a comienzos del siglo IX, y estuvo motivada por los sucesos del motín del arrabal de Córdoba.

Nueve meses después de la bay‛a, a primeros de octubre de 976, murió al-Ḥakam II, víctima de la hemiplejia sufrida a finales de 974 y habiendo padecido una larga enfermedad. A partir de este momento se desencadenan una serie de acontecimientos que van a alterar completa y definitivamente la realidad política del califato cordobés. Al día siguiente de su muerte se renovó la bay‛a en favor de Hišām, que quedó, de esta forma, proclamado califa. Las fuentes divergen al indicar la fecha de la muerte de al-Ḥakam y de la consiguiente proclamación de Hišām. Algunas apuntan que, en los primeros momentos, la noticia se ocultó debido a la minoría de edad del heredero, jugando un papel clave en la aceptación del menor Hišām su madre Ṣubḥ. La situación se resolvió a favor de los intereses de Ibn Abī ‛Āmir, el cual se encargó de neutralizar la jugada de los oficiales esclavones eliminando a su candidato, al-Mugīra, hermano del Califa, quien fue asesinado por orden directa suya. De este modo, el camino quedaba expedito para él, dada la inoperancia del joven, débil e inexperto Califa, fácilmente manipulable.

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Bibliografía

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A. García Sanjuán, "Legalidad islámica y legitimidad política en el califato de Córdoba: la proclamación de Hišām II", en Al-Qanṭara, XXVIII (2007).

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán