viernes, 12 de junio de 2026

.'ABD AL-RAHMAN V

 

.'ABD AL-RAHMAN V

‘Abd Al-Raḥmān V: Abū l-Muarrif, ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār b. ‘Abd al-Raḥmān al-Nāṣir, al-Mustaẓhir bi-llāh (El que pide ayuda de Dios). Probablemente en Córdoba más que en Madīnat al-Zahrā’, mes de ḏu-l-qa‘da de 391 H./22.VIII-21.IX.1001 – Alcázar de Córdoba, 3 de ḏu-l-qa‘da de 414 H./17.I.1024. Séptimo califa omeya de Córdoba, cuyo califato duró cuarenta y siete días exactos; era hombre de hermosas prendas naturales, de gran cultura literaria y fino poeta; hasta el punto que el literato Ibn Bassām recogería un siglo largo después sus poemas en la famosa obra de la Ḏajīra (Tesoro).

Califa omeya

Biografía

Era hermano uterino del califa Muḥammad II b. Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār al-Mahdī, que derrocó a los amiríes e inició la guerra civil que daría al traste con el califato cordobés. Su padre Hišām b. ‘Abd al-Ŷabbār que se había prestado a ser nombrado califa en una conjuración para derrocar a Hišām II y a su chambelán al-Muẓaffar, fue llevado el 13 de rabī‘ I de 397/4 de diciembre de 1006 a un calabozo de la cárcel de Córdoba, en el que pereció de asfixia o de inanición. Su madre fue una umm walad, una esclava concubina llamada Gāya (Perfección). Fue proclamado califa el día de la salida de al-Qasim b. Ḥammūd y de los beréberes de Córdoba, el martes 16 de ramadán del año 414/2 de diciembre de 1023.

Los cordobeses, después del fracaso de los califas ḥammūdíes, fuertemente berberizados, estaban decididos a nombrar de nuevo a un príncipe omeya. Acordaron elegir uno el 2 de diciembre de 1023 en la mezquita aljama de Córdoba. Tres descendientes de ‘Abd al-Raḥmān III se presentaron como candidatos: Sulaymān, hijo de ‘Abd al-Raḥmān IV al-Murtaḍà; Muhammad b. al-‘Irāqī, y ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām. Pronto se vio que la mayoría de los sufragios de la elite (jāṣṣa) y de la plebe (‘āmma) en asamblea iban a recaer en su mayoría en Sulaymān, que se hallaba en la macsura de la mezquita. Cuando he aquí que apareció ‘Abd al-Raḥmān b. Hišām con gran gentío de soldados y plebe, escoltado por dos emires de la guardia, Maḥmūd y ‘Anbar, con sus espadas desenvainadas. Esto atemorizó a los visires y, llegado el último candidato a la macsura, al punto se apresuraron a besarle las manos y a prestarle juramento de fidelidad. También lo reconocieron como soberano los otros dos candidatos. Acto seguido el célebre secretario Aḥmad b. Burd raspó del acta de proclamación el nombre Sulaymān y escribió el nombre de ‘Abd al-Raḥmān, quien tomó el nombre califal de al-Mustaẓhir bi-llāh (El que pide ayuda de Dios).

Parece que este califa, pese a sus buenas intenciones y a su exquisita educación no pudo enderezar la trayectoria del califato: el tesoro estaba exhausto y, por tanto, no tenía los medios para ejercer su autoridad sobre una población tan turbulenta y dispuesta a la rebelión como la cordobesa. Cierto es que se rodeó de compañeros de intelectual valía, entre ellos, Abū ‘Amir b. Ṣuhayd, ‘Adl al-Wahhāb b. Ḥazm, y el famosísimo ‘Alī b. Ḥazm, que el gran historiador Ibn Ḥayyān, contemporáneo de los hechos, califica de “grupo de jóvenes inexpertos… muy presuntuosos”, anteponiéndolos a otros hombres de mayor autoridad política.

El califato de al-Mustaẓhir no pudo empezar peor, para procurarse dineros el nuevo califa recurrió a expedientes ilegales que le granjearon pronto la impopularidad entre las clases trabajadoras y entre el vulgo. Ibn ‘Iḏārī, recogiendo las palabras de Ibn Ḥayyān, describe así la situación: “Los engañó el brillo de la ambición en medio de una ciudad asediada, una región oprimida, una ruina continuada, y un sultán pobre en cuya mano no caía un dirhem, si no era de los restos de lo que se recogía en el interior de la ciudad o del saqueo de los víveres de los que entraban en ella, con los que prolongaba su último aliento y repartía al conjunto de los soldados que lo rodeaban y a su guardia personal, y así llegaba a cometer actos indignos y de tiranía a su grey”. Ibn Ḥayyān termina con estas lapidarias palabras: “No se mantiene un poder con el que se perjudica, se derrama sangre y se pierde la esperanza en su régimen”.

Como el nuevo califa carecía además de soldados aguerridos, acogió y honró en su alcázar a un grupo de beréberes que vinieron a proponerle sus servicios, y esta imprudencia bastó para que se desencadenase un motín en la ciudad, puesto que la población había sufrido sobremanera con la todavía reciente ocupación bereber. La población que estaba harta de los norteafricanos mató los que pudo y tomaron el alcázar de Córdoba. Los visires, notables y jeques, a quienes el califa había extorsionado dineros y mantenía presos, pidieron socorro y la plebe rompió los candados y los pusieron en libertad. Todos penetraron en el harén y lo profanaron. Al-Mustaẓhir trató de escapar del alcázar, pero al ir a salir por una puerta Maḥmūd y ‘Anbar, que días antes lo habían izado al poder, se lo impidieron. Entonces optó por esconderse en la leñera del baño con algunos beréberes. Acudió la guardia y numerosa plebe y lo sacaron de allí con la camisa ennegrecida, “en un estado horrendo”, y en ese estado fue llevado ante la persona de su primo paterno Muḥammad b. ‘Abd al-Raḥmān —que momentos antes habían hallado escondido en otro sitio del alcázar y aclamaron como califa— el futuro e incapaz al-Mustakfī bi-llāh, ya en la cincuentena (el pueblo de Córdoba lo apodaba “Miedosillo” y “Barriguita” por su poco coraje y gordura) que ordenó matarlo inmediatamente, el 3 de ḏu-l-qa‘da de 414/17 de enero de 1024. Esa fue la primera medida del nuevo soberano.

Así terminó, con 23 años, uno de los califas omeyas intelectualmente más capaces, pero que la situación y las circunstancias se aunaron para que no pudiera desarrollar sus talentos. Los efímeros califas que siguieron, ni de lejos estuvieron a su altura; pues ni fueron cultos, ni inteligentes, ni valientes.

Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, t. II, págs. 146-148

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihayāt al-arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, t. I, págs. 82-83/79

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtiṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. de E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 135-140 [traducción crítica (con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lèvi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258) por F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas (al-Bayān al-Mugrib), Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 120-123]

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne. Jusqu’à la Conquête de l’Andalousie par les Almoravide (711-1010), ed. E. Lévi-Provençal, Leide, Brill, 1932, t. II, págs. 321-326

Ibn Al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-a‘lām, ed. E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dar al-Makchouf, 1956, págs. 134-135 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschischte Spanien. Übersetzung der A‘mal al-A‘lam und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlags, 1970, págs. 272-273)

E. Lèvi-Provençal, España Musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J. C.), t. IV de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, 3ª ed. Madrid, Espasa-Calpe, 1967, págs. 482-483

“‘Abd al-Raḥmān V b. Hishām b. ‘Abd al-Djabbār”, en Encyclopédie de l’Islam, Leide-Paris, Brill-Maisonneuve, t. I, 1975, pág. 86

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 172-174/218-221

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

jueves, 11 de junio de 2026

ENSALADA DE MARISCOS Y PIPIRRANA

 

ENSALADA DE MARISCOS Y PIPIRRANA

Esta ensalada de mariscos y pipirrana es una ensalada fresca y refrescante. Para esta receta de verano, he utilizado una combinación de mariscos cocidos y verduras frescas y vibrantes, lo que la convierte en un plato saludable y refrescante. Podéis añadir los mariscos de vuestra preferencia, como mejillones, almejas, langostinos, o pulpo, para darle un toque especial a esta ensalada.

Como cabe esperar de una ensalada de verano, es saludable, baja en carbohidratos, colorida y crujiente, y lleva deliciosos trozos de mariscos con un aderezo ligeramente acido.


Ingredientes

1 pimiento verde cortado en daditos

1 pimiento amarillo cortado en daditos

1 pimiento rojo cortado en daditos

3 tomates, cortados en dados

1 cebolla roja pequeña

½ pepino, cortado en dados

400 gr de mariscos cocidos variados

Un puñado de perejil fresco picado.

2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

1 cucharadita de ajo picado

1 cucharadita de comino molido

1 cucharadita de sal

Pimienta negra recién molida al gusto

Aceitunas negras o verdes sin hueso (opcional)

Cebollitas blancas pequeñas para coctel (opcional)

Palitos de mariscos (ayudan a prolongar el sabor del marisco)

 

Elaboración

En un bol grande colocamos los pimientos cortados en daditos.

Cortamos la cebolla roja en daditos pequeños, el pepino y los tomates, añadimos todas las verduras al bol.

Agregamos los 400 gr de mariscos cocidos variados, también se puede elaborar con uno solo de ellos, es cuestión de gusto.

Añadimos un poquito de perejil picado y mezclamos bien todos los ingredientes.

Preparamos el aderezo: Añadimos todos los ingredientes del aderezo a un bol pequeño y batimos durante 1 minutos o hasta que estén bien mezclados todos los ingredientes.

Rociamos la ensalada con el aderezo y mezclamos ligeramente justo antes de servir.

Servir frio.

¡Buen provecho!

PATATAS MOZÁRABES

 

PATATAS MOZÁRABES

Esta receta de patatas mozárabes es muy fácil de elaborar, y nos acerca a nuestro acervo gastronómico de Al-Ándalus.

 

Ingredientes

2 patatas grandes, peladas y cortadas en dados

1-2 dientes de ajo picados

1-2 clavos de olor

1 cucharadita de comino molido

1 cucharadita de orégano seco

1 cucharadita de pimentón ahumado

½ cucharadita de pimienta negra recién molida

1 cucharadita de mostaza de Dijon

1 cucharada de miel

Aceite de oliva virgen extra

2-3 cucharadas de mayonesa

Sal al gusto

Perejikl fresco para decorar

 

Elaboración

En un cacerola u olla con 1 litro de agua con sal, la llevamos a ebullición.

Agregamos las patatas a la olla y dejamos hervir hasta que estén tiernas al pincharlas con un tenedor, unos 10-12 minutos.

Una vez cocidas, escurrimos el exceso de agua y reservamos.

Para preparar la salsa mozárabe: En un mortero, agregamos el ajo picado, los clavos de olor, el comino molido, el orégano seco, el pimentón ahumado y sazonamos con sal y pimienta negra recién molida. Majamos muy bien hasta que todos los ingredientes estén bien integrados y tengamos un polvo grueso; esto llevara alrededor de 1 minuto.

En un bol o directamente en el mortero, añadimos la miel, la mostaza de Dijon, la mayonesa y la mitad del aceite de oliva virgen extra, y batimos hasta que todos los ingredientes estén bien integrados en la mezcla.

Añadimos poco a poco el aceite de oliva virgen extra restante, hasta obtener una textura suave y cremosa.

La salsa debe tener un color rosa pálido. Comprobamos la sazón y añadimos sal y pimienta negra recién molida si fuese necesario.

Colocamos las patatas sobre un cuenco o cazuelita de barro poco profunda.

Rociamos con la salsa mozárabe.

Adornamos con perejil fresco picado.

Servir caliente.

¡Buen provecho!

 

ALI B.HAMMUD

 ALI B.HAMMUD

‘Alī b. Ḥammūd. Abū l-Ḥasan ‘Alī b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‛Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‛Alī b. Abī Ṭālib, al-Nāṣir li-Dīn Allāh (El que defiende victoriosamente la religión de Dios), Mutawakkil ‘alà Allāh (El que se pone en manos de Dios). Actual norte de Marruecos, hacia 352-3 H. / 964 – Córdoba el 1º de ḏu-l-qa‘da de 408 H./22.III.1018. Primer califa ḥammūdí, y por tanto ḥāšimí, de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭālib y de Fátima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato no duró más que un año, nueve meses y nueve días.

Rey de Taifa

Biografía

 


Su padre Ḥammūd b. Maymūn fue un notable de la zona de Arcila, de una preclara familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo. La familia empezó a adquirir relieve de nuevo con ‛Alī b. Ḥammūd. Éste, cuando se enteró de que el califa Muhammad II al-Mahdī había sido depuesto, fue con su gente a Ceuta y tomó posesión de la ciudad diciendo que el nuevo califa Sulaymān al-Musta‘īn le había concedido su gobierno. Efectivamente, Sulaymān concedió el gobierno de las plazas andalusíes de Ceuta a ‛Alī b. Ḥammūd, y Algeciras, Tánger y Arcila a su hermano mayor, al-Qāsim, adheridos hacía tiempo al partido bereber que sostenía al nuevo califa.

Hay que tener en cuenta que en los albores del siglo XI los ḥammūdíes aparecen ya establecidos en al-Andalus. Ibn Hayyān cuenta que cuando las milicias de Sulaymān al-Musta‘īn asaltaron Madīnat al-Zahrā’ el 23 de rabī‘ I del 401/4 de noviembre de 1010, el califa situó en Seqūnda a los caídes ‘alawíes con sus zanāta, ‛Alī y al-Qāsim hijos de Ḥammūd, sin parar mientes que depositaba las llaves del Estrecho en manos que no le eran adictas. La decisión del califa sorprendió a los notables bereberes que lo habían elevado al trono, los cuales le reprocharon este acto que estimaban contrario a los intereses del soberano. Los ‘alawíes no habían renunciado a sus pretensiones al califato y el buen criterio político aconsejaba relegarlos a un segundo término. ‘Abd Allāh al-Birzālī, que dominaba la comarca de Jaén increpó al califa diciéndole: “¿Acaso los ‘alawíes no son ṭālibíes?” Contestó: “Si”. Díjole: “Has dado eso a unas culebras y los has vuelto gruesas serpientes”.

Dado el desgobierno y el reparto de al-Andalus efectuado por Sulaymān al-Musta‘īn para pagar tropas con territorios, ‘Alī b. Ḥammūd se comportó como soberano independiente, con razón o sin ella pasaba por haber recibido el testamento de Hišām II, que había designado a ‘Alī como su auténtico sucesor, dada la nobleza de su origen.

Pronto el ḥammūdí se deshizo de los notables ceutíes leales al califa al-Musta‘īn, entre ellos el cadí de la ciudad y un reputado alfaquí que serían asesinados por su orden en el año 404/1013-4. Después de tener el poder asegurado en Ceuta resolvió hacerse con el califato. Enseguida recibió el apoyo de los esclavones ‘āmiríes del Levante de al-Andalus y la neutralidad de los bereberes zīríes de Granada. En el 406/1016 atravesó el estrecho y se aposentó en Málaga, en manos del gobernador ‘Āmir b. Fatūḥ, leal a su causa. Desde allí se dirigió a Almuñécar, donde se le unió Jayrān, esclavón ‘āmirí, régulo de Almería, y tomó el camino de Córdoba. Su hermano al-Qāsim quedaba en la retaguardia aposentado en Algeciras, en caso de fracasar el proyecto. Sulaymān al-Musta‘īn fue derrotado y hecho prisionero con suma facilidad en las cercanías de la capital por las fuerzas de ‛Alī; ya que por lo general los mercenarios bereberes hicieron causa común con el aspirante al trono al que consideraban uno de ellos.

Una vez en Córdoba, en la que entró el 22 de muḥarram de 407/1 de julio de 1016, lo primero que hizo fue exigir que se le entregase a Hišām II vivo o muerto, pues aunque sabía que había sido asesinado, quería legitimar así su ascensión al trono. Desenterrado el cadáver de Hišām e identificado, se le volvió a sepultar, y el propio ‛Alī b. Ḥammūd mató al depuesto Sulaymān al-Musta‘īn por su propia mano. Según el historiador Ibn al-Jaṭīb, diciendo en árabe berberizado: “El sultán no debe ser matado sino por el sultán”, ordenando acto seguido que el hermano de Sulaymān y su anciano padre fueran suprimidos. Al día siguiente 23 de muḥarram de 407/2 de julio de 1016 fue proclamado califa como legítimo sucesor de Hišām II, siendo jurado por sus partidarios y notables cordobeses en Bāb al-Sudda, una de las puertas del alcázar califal, adoptando el nombre honorífico que otrora había llevado Abderramán III: al-Nāṣir li-Dīn Allāh, así como aquel otro de Mutawakkil ‘alà Allāh. Por vez primera, desde la restauración de la dinastía omeya en al-Andalus, ocupaba el trono un soberano no marwāní.

Durante los primeros ocho meses de su reinado se aseguró la estima de sus administrados aplicando rigurosamente la ley entre los beréberes, habituados a cometer desmanes en la más absoluta impunidad, hasta el punto de mandar ejecutar a un beréber por coger un ramo de uvas de una parra ajena. Pero le sirvió de poco la estricta aplicación de la ley (šarī‘a), los cordobeses empezaron a murmurar contra él considerándolo un usurpador extranjero y manifestando abierta simpatía por el pretendiente omeya, al-Murtaḍà, o sea, ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd Allāh b. al-Nāṣir, suscitado en el Levante de al-Andalus por el esclavón Jayrān, señor de Almería, y el tuŷībí Munir b. Yaḥyà de Zaragoza, proclamándolo califa el 10 de ḏu-l-hiŷŷa de 408/29 de abril de 1018. Entonces ‛Alī b. Ḥammūd trocó su benevolencia por las gentes de Córdoba en terror, haciendo que los zanāta recobraran su inmunidad y sus privilegios, y sometiendo a la población a toda clase de impuestos, declarando a los notables cordobeses responsables de la menor agitación de la plebe.

Los cordobeses esperaban la llegada de al-Murtaḍà para levantarse contra el tirano, quien resuelto a acabar con el opositor omeya, anunció su propósito de dirigirse a tierras jienenses para atacarlo. No pudo realizar su proyecto, sin embargo, tres esclavones domésticos del alcázar (Mun’ih, Labīb y ‘A’īb) resolvieron acabar con ‛Alī b. Ḥammūd en el baño real por propia iniciativa. Le arrojaron a la cabeza un pesado cubo de cobre y lo apuñalaron, evadiéndose sin más del alcázar de Córdoba. Fueron sus mujeres, inquietas por su tardanza, las que descubrieron su cadáver nadando en un charco de sangre. Sus partidarios entonces —por más que el califa asesinado hubiera designado previamente como sucesor a su hijo Yaḥyà, que se hallaba en Ceuta— avisaron a su hermano que estaba de gobernador en Sevilla. Éste temió que fuera un ardid contra él y envió a quien examinara y verificara la autenticidad de los hechos; sólo entonces al-Qāsim b. Ḥammūd se desplazó a Córdoba, sacaron el cuerpo de su hermano, hizo los rezos preceptivos por él y envió su féretro a la ciudad de Ceuta, donde fue enterrado. Dos de los asesinos parece que fueron hallados y crucificados en el puente de Córdoba.

Los beréberes se apresuraron a proclamar califa a al-Qāsim b. Ḥammūd tres días después de la muerte de su hermano, o sea, el 4 de ḏu-l-qa‘da de 408/22 de marzo de 1018.

Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, t. II, págs. 133-137

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la littérature des Arabs d’Espagne, por R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leide, 1855, t. II, págs. 315-319 (trad. parc. P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, New York-London, Johnson Reprint Corporation, 1964, t. II, págs. 230-233)

Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, ed. C. J. Tornberg, Leide, Brill, 1863, t. IX, págs. 269, 272

‘Abd Al-Wāḥid Al-Marrākušī, Kitāb al-Mu‘ŷib fī taljīs ajbār al-Magrib, ed. R. Dozy bajo el título de History of the Almohades, Leide, 1881, reimpr. Ámsterdam, Oriental Press, 1968, pág. 35 (trad. E. Fagnan, Histoire des Almohades, Argel, Adolfo Jordán, Libraire-Éditeur, 1893, págs. 36-37 y 42-43)

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihāyat al-‘arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, t. I, págs. 79-80/75

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtiṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 113-114, 117-125 y 188-189; trad. crít. (con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lévi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258) por F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas (al-Bayān al-Mugrib), Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 103-104, 106-112 y 160-161

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne, ed. E. Lévi-Provençal, Leide, Brill, 1932, t. II, págs. 310-316

L. Seco de Lucena, Los Ḥammūdies, Señores de Málaga y Algeciras, Málaga, Exmo. Ayuntamiento de Málaga, 1955, págs. 13-19

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-a‘lām, ed. E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dar al-Makchouf, 1956, págs. 128-129 (trad. W. Hoenerbach, Islamische Geschischte Spanien. Übersetzung der A‘māl al-A‘lām und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlags, 1970, págs. 262-264)

Al-Ḥumaydī, Ŷadwat al-muqtabis fī ḏikr wulāt al-Andalus, ed. M. T. al-Tanŷī, El Cairo, al-Dār al-Miṣriyya, 1966, pág. 22

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), t. IV de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, 3ª ed. Madrid, Espasa Calpe, 1967, págs. 477-478

A. Huici Miranda, “Ḥammūdides”, en Encyclopédie de l’Islam, t. III, Leide-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975, págs. 150-151

J. M. Continente, “Los Ḥammūdíes y la poesía”, en Awrāq, 4 (1981) pág. 57-72

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. de L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 170-171/216-217

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

miércoles, 10 de junio de 2026

ENSALADA DE JUDIAS BLANCAS

 

ENSALADA DE JUDIAS BLANCAS


Ingredientes

500 gr de judías blancas cocidas de bote

300 gr de pimiento verde

300 gr de pimiento rojo

4 huevos duros

4 tomates medianos

1 cebolla

1 zanahoria

100 gr de aceitunas negras

2 latas de atún en aceite

100 ml de aceite de oliva virgen extra

40 ml de vinagre

Sal

Perejil fresco picado

Pimienta negra recién molida

 

Elaboración

La preparación es extremadamente sencilla. Sacamos las judías cocidas del bote y las enjuagamos bien bajo el grifo. Escurrimos el agua en un colador y las colocamos en un bol.

Cortamos en dados pequeños todas las verduras; los pimientos,  el tomate, la cebolla y las aceitunas. Rallamos la zanahoria con un rallador. Picamos finalmente los huevos duros, y añadimos todo al bol con las judías.

Escurrimos el aceite del atún y lo agregamos al bol. Por último, añadimos el aceite de oliva virgen extra, el vinagre, la sal y la pimienta negra recién molida, removemos suavemente con movimientos envolventes. Probamos el ajuste de la sazón, y rociamos con perejil picado. Ahora solo queda dejarlos reposar en el frigorífico, para que coja todos los sabores. ¡estará mejor de un día para otro!

¡Buen provecho!

ENSALADA MIXTA

 

ENSALADA MIXTA

Ingredientes

1 lechuga iceberg

2 tomates grandes para ensalada

2 zanahorias pequeñas ralladas

½ cebolla roja

2 huevos duros

2 latas de atún

Maiz sabor dulce (opcional)

Aceitunas sin hueso

Aceite de oliva virgen extra

Vinagre de Jerez

Sal

 

Elaboración

Lavamos bien la lechuga y dejamos secar bien escurrida, así evitamos que la ensalada quede aguada. Luego la cortamos y la colocamos en un bol o donde la vayas a servir.

Lavamos y cortamos los tomates en cuartos. Por separado, pelamos y rallamos la zanahoria (es más cómodo comprar rallada en bote), así cruda da mas dulzor y una textura crujiente a la ensalada. Finalmente cortamos la cebolla roja en juliana.

Agregamos todas las verduras picadas y el maíz (opcional) al bol con la lechuga. Agregamos sal, aceite de oliva virgen extra al gusto y vinagre también al gusto, removemos bien.

Finalmente,  añadimos por encima las aceitunas verdes sin hueso partidas por la mitad, el atún bien escurrido y desmenuzado y los huevos duros cortados en rodajas o picados, previamente pelados.

¡Buen provecho!

SOLO PARA MUJERES: LOS RITUALES DE LA VIDA Y EL ESPACIO DOMÉSTICO

 

SOLO PARA MUJERES: LOS RITUALES DE LA VIDA Y EL ESPACIO DOMÉSTICO


Entre las paredes de las casas andalusíes y moriscas palpitan los principales momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los rituales que envuelven estos límites de la vida están, a la fuerza, en manos de las mujeres


Dolores Serrano-Niza
Universidad de La Laguna


Hadīth Bayāḍ wa Riyāḍ (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº15r. Wikimedia Commons


La casa y los rituales de paso de la vida

El espacio doméstico ha sido, tradicionalmente, considerado el espacio femenino por excelencia. Aun no estando totalmente de acuerdo con la ecuación según la cual uno de sus elementos sean las mujeres y el otro el espacio doméstico, es indiscutible que, desde el punto de vista metodológico, analizar dicho ámbito resulta ser muy rentable para la Historia de las mujeres.

De manera que, en este texto, voy a centrarme en el espacio propiamente femenino comenzando por “la casa” como núcleo y corazón de la domesticidad. En ella, no solo la distribución de espacios está marcada por la presencia de mujeres, sino también los objetos que habitan en la vivienda llevan impregnados una marca de género. Su estudio aporta datos que acaban, indiscutiblemente, vinculados a la historia de las emociones; a modo de ejemplo sirvan el ajuar que trae la novia el día de su boda, esa prenda de vestir que la madre deja en herencia a su hija, el arca que pasará de las manos de la abuela a la nieta. Es decir, elementos vinculados a la cultura material que, ahora, por fin, serán rescatados como testigos directos de una época y observados como objetos de estudio que aporten una información hasta este momento silenciada en las fuentes.

Otra razón por la que el análisis del espacio doméstico ofrece tanto interés es porque es el lugar en el que se pare, se nace, se muere y se descansa, en otras palabras, es orbe en el que se gestan los rituales de paso de la vida. En ese lugar tan privado es en el que se crea todo un universo de relaciones tejidas en género femenino cuya exploración resulta esclarecedora para entender el entramado familiar, pero, sobre todo, para conocer un mundo femenino de solidaridad, gestión y autonomía, sobre el que las crónicas del contexto andalusí y morisco no mostraron apenas interés.

El espacio doméstico y el tiempo de las mujeres

Se pudiera decir que al invocar el mundo femenino en la cronología que aquí hemos determinado – al-Andalus (711-1492) y el periodo morisco (1492-1609) – las primeras imágenes que surgen son, inexorablemente, las de mujeres veladas o semiveladas, ociosas entres cojines y enmarcadas en paisajes domésticos y patios porticados. Son las imágenes de harenes que el orientalismo del siglo XIX construyó y que permanece en el colectivo imaginario del siglo XXI absolutamente viva y es más, con más frecuencia de la que sería deseable, se traslada al estudio de las mujeres de épocas medievales.


«Mujeres de Argel en su apartamento”de Eugène Delacroix (1834). Museo del Louvre, París. Wikimedia Commons


Junto al romantizado retrato del espacio doméstico se transmite, además, una idea que también funciona en el imaginario colectivo: mujeres ociosas, recluidas y ocultas de la mirada extraña; sin embargo, esta imagen orientalista es fácilmente desmontable a través de la investigación. Se podría decir, sin temor a equivocarnos, que las mujeres andalusíes y moriscas se fueron de la Historia, de las que estaban prácticamente ausentes, para habitar únicamente en el espacio doméstico. Ahora bien, recuperando su estudio ocurre algo sorprendente, y es que las mujeres vuelven a estar presentes y esta vez, habitando de pleno derecho esa misma Historia de las que fueron expulsadas por las fuentes.


“Odalisca con esclava” de Jean Auguste Dominique Ingres y Paul Flandrin (1842). Walters Art Museum. Wikimedia Commons


Así las cosas, no se puede analizar lo que representa dicho espacio doméstico en relación con las mujeres sin que, previamente, se establezca una distinción entre las coordenadas espacio-temporales. En efecto, hay que tener presente que, en la estructura de una sociedad medieval las coordenadas tiempo y espacio son diferentes dependiendo de si se nace hombre o mujer y, de hecho, existe un tiempo y un espacio masculino cuyas coordenadas vienen predeterminadas por la segregación de espacios que caracteriza a este tipo de sociedad y que culmina con una predeterminación de roles. Se trata de un encasillado que convierte al hombre en proveedor con lo que ello conlleva: trabajo remunerado, reconocimiento y la propiedad del espacio público. Por el contrario, a las mujeres se les asigna el papel de reproductora: maternidad, crianza y el cuidado de la familia al completo, tareas que se desempeñan en el espacio privado. Todo esto afecta profundamente a la coordenada temporal. El tiempo masculino se ajusta, perfectamente, a la referencia cronológica en la que se enmarca este trabajo porque ese calendario pertenece a los hombres y se refiere al transcurrir del tiempo teniendo como contexto el espacio público y construido con unas bases muy concretas:  la alternancia trabajo-ocio; día-noche y las grandes fechas históricas.

En cambio, de puertas para adentro el tiempo y la vida transcurre con otros parámetros temporales. Entre las paredes del hogar, los ejes tiempo-espacio tienen una dimensión muy diferente; ese calendario que se acaba de describir no es imputable en el caso femenino ya que el cuidado de la familia -su trabajo principal- desconoce el ocio y el descanso, e, incluso, la alternancia día-noche. Así es que, excluidas de este escenario, tampoco la medida artificial del tiempo les afecta, pudiéndose decir que ni el transcurrir histórico ni el mundo se perciben, por lo que, tal vez, sería más exacto afirmar que el tiempo de estas mujeres, realmente, sigue su ciclo vital y, además, está estrechamente vinculado a los rituales de la vida, es decir, el nacimiento, el óbito y el matrimonio, estando todos ellos, insertos y arraigados en el espacio doméstico.


«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530). Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 101 “Morisca en Granada dispuesta hilar” y 102 «Morisca barriendo la casa». Wikimedia Commons


Alegría y bienvenida: el nacimiento

Entre las paredes de las casas andalusíes y moriscas palpitan los principales momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los rituales que envuelven estos límites de la vida están, a la fuerza, en manos de las mujeres. Ellas paren y lo hacen entre familiares y amigas que las asisten, creándose una relación puramente femenina en el momento del parto y de la crianza, que conlleva, también, dos profesiones que salen del espacio doméstico y atraviesan el público. Me refiero a la comadrona y, en su caso, la nodriza. La primera no solo atiende partos y enfermedades “de mujeres” sino que llegan a actuar como verdaderas forenses en determinados momentos, certificando la muerte del recién nacido si se diera el caso.

Asimismo, en las casas se produce ese momento de bienvenida a la comunidad que supone la imposición de un nombre propio a quien acaba de nacer. Durante el periodo andalusí, las madres no asisten a esa ceremonia, denominada tasmiya. Por el contrario, en la época morisca, la participación femenina es fundamental, entre otras cosas porque, ante la obligación del bautismo eran ellas las encargadas de lavar esa huella y, por tanto, las encargadas del ritual islámico. Esta ceremonia pasó a denominarse fadas y, según la documentación, se daban dos rituales diferentes para recién nacidos, dependiendo de si eran niños o niñas. A estas les pintaban unos puntos en la frente mientras que a los niños le rapaban parte de la cabeza, desde las sienes hasta la parte posterior. Asimismo, siguiendo a Tejada Remiro “en los ocho días siguientes al parto, las mujeres vestían no sé qué alcandora. (…) el día tercero o séptimo después del nacimiento hacen convites y congregaciones nuevas (…) usando también alcandora la mujer servía la mesa” (Tejada Remiro, 1855: 389-392).

Queda por conocer cómo eran exactamente esas alcandoras, pero lo más relevante de esta documentación es, sin duda alguna, la referencia directa que hace a que las madres moriscas se visten con un determinado atavío en el momento de la celebración del nacimiento del nuevo miembro de la comunidad, formando parte, por tanto, dicha prenda del ceremonial de bienvenida. Téngase en cuenta que, en este caso, se establece un vínculo entre la ropa vestida en el ceremonial y las mujeres, poniendo de manifiesto la importancia que ellas tienen en este tipo de eventos, a pesar de que la tradición parecía haberlas excluido.


«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530). Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 99.»Traje de casa de las mujeres moriscas de Granada» y 100. «Traje de casa de mujeres y niñas de los moriscos». Wikimedia Commons


Tristeza por la pérdida: la muerte

También el protocolo del óbito estaba en manos de las mujeres. Son ellas quienes lavan y amortajan el cadáver, como bien explica la cita recogida por Manuela Marín: “Hicieron con ella lo que se hace con los muertos: cerrarle la boca, ajustarle la barbilla y cubrirle el rostro. Así se quedó desde la oración de la tarde hasta el día siguiente. Después la lavaron y envolvieron en el sudario” (Marín, 2000: 611). De hecho, en esta ceremonia funeraria, la presencia femenina aparecerá en las diferentes etapas que conlleva el ritual en sí y que comienza con los llantos y el plañir de mujeres que recorrían las calles dando a conocer la defunción de un pariente; a veces, desveladas, a veces, autolesionándose, como queda registrado en el tratado de hisba de Al-Saqati.

Bien es cierto que llorar a los muertos no es propio de una u otra religión y, si la expresión de los sentimientos fluye -según la concepción tradicional- con más facilidad entre las mujeres, el duelo es común a ambos sexos. De hecho, los rituales mortuorios, a juzgar por las fuentes, igualan en gran medida a toda la sociedad. Y no es menos cierto que, con la escasez de con las que se cuenta, resulta muy difícil reconstruir no ya una historia de mujeres sino también lo que ellas sentían, es decir, una historia de sus emociones. Conocer, por ejemplo, qué sentimientos las estremecían en los momentos cruciales de la vida es algo quimérico, sin duda, pero el concierto de fuentes, a veces, saca a la luz datos que pueden reconducirnos por la memoria de este colectivo. Un ejemplo de lo que acabo de mencionar es el hecho simbólico del luto femenino. Las mujeres, en el momento de la muerte se ponen vestidos negros de luto denomindado hidâd sillâb y, por otra parte, se sabe que existe un atuendo denominado sidâra, una prenda de lana que se echaba sobre la cabeza y cubría pecho y brazos, usada por ellas cuando habían perdido un hijo. Estas manifestaciones de dolor propiamente femeninas me llevan a considerar que las mujeres son las depositarias de la cultura. En estas sociedades, recae sobre ellas la obligación y el deber de transmitir a sus hijos los valores intrínsecos de su propia comunidad y, por otra parte, la relación entre los vivos y los muertos es un rasgo cultural de gran importancia, donde cada religión y cada cultura elaboran y construyen los términos de dicha relación.

En el caso de las moriscas, se podría decir que el duelo y su ceremonial se llevaba a cabo en absoluta clandestinidad y esto conlleva un acto de resistencia en las que las mujeres también han sido protagonistas. Hay documentación con la que corroborar lo que se acaba de afirmar, entre ellas, la inquisitorial conformada por delaciones y torturas que relatan la manera en que las mujeres participaron activamente en estos ritos. Es el caso de la vecina de Granada, María Ruiz, casada con un sastre de Baza, Miguel López, ambos procesados en 1606. A María Ruiz se la acusaba de “amortajar a un niño con ceremonia, lavándole todas las partes del cuerpo, y ynvocando a Mahoma para que llevase su ánima al cielo”, porque la Inquisición perseguía a esas mujeres amortajadoras que purificaban los cuerpos difuntos con sus lavados.

Una nueva etapa de la vida. El matrimonio

Otro de los rituales de paso que se celebraba entre las paredes de una casa era el matrimonio. El carácter civil del matrimonio islámico que se materializa ante un cadí no resulta tan sugerente como la celebración propiamente dicha. En esta sociedad en que, para las mujeres, el matrimonio y la maternidad encarnan su auténtico destino trazado de antemano, la fiesta de la boda acaba siendo una ceremonia puramente femenina, un espacio de sociabilidad y de resistencia pasiva, si se habla de las moriscas en concreto. Se sabe que cada boda traía consigo más de una reunión de mujeres encargadas de los muchos preparativos necesarios para la celebración del festejo y que había para la ocasión “maestras de bodas”. El protagonismo femenino en este ritual es absoluto en casi todos sus momentos. Sirva de ejemplo que, por lo general, los primeros tanteos de boda lo realizan las mujeres: buscan pareja, negocian el ajuar y la dote y establecen las conexiones entre las respectivas familias de los futuros novios.

Cuando el festejo propiamente dicho tiene lugar, se realiza el traslado de la novia hasta su nueva casa y allí recibirá todos lo agasajos de las mujeres de las respectivas familias y de las allegadas. Las fuentes no dan mucha más información sobre estos momentos de la boda, probablemente, porque están teñidos de un halo lo suficientemente doméstico como para que no interese a las crónicas, pero también porque el territorio en el que se desenvuelve es absolutamente femenino razón por la que escapa totalmente a la pluma masculina del cronista. Aun así, sabemos que, en esos momentos, la novia, sentada en el tálamo nupcial, se halla respaldada por otras mujeres mientras va recibiendo los regalos en un acto que sirve, a la vez, de presentación de la futura esposa. Una confrontación de este hecho en los diccionarios de indumentaria arroja un dato muy interesante: cada momento iba asociado a un determinado atavío. A modo de ejemplo, citaré aquí el manto que las cubre en el momento en que son trasladas en palanquín (kidn) o el que colocan sobre su vestido de novia y que las debe ocultar totalmente (jifâ’).

Asimismo, las mujeres se ocupaban del banquete nupcial. Excepto del sacrificio de los animales, ritual estrictamente masculino, todo lo demás estaba a su cargo. La celebración del citado banquete es un momento social tan esperado como importante, una verdadera ocasión de unión de la comunidad y de reunión de familias, parientes y amigos. No hay que olvidar que la unión matrimonial se convierte en una celebración de la comunidad que refuerza, en gran medida, la cohesión del grupo y que estas fiestas eran, también, un momento propicio de encuentro y relación entre hombres y mujeres en edad de contraer matrimonio.


Hadīth Bayāḍ wa Riyāḍ (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº13r. Mujer hablando con una anciana. Wikimedia Commons


Además, se debe tener en cuenta el capital aportado por la novia al nuevo hogar. Esa parte de la dote destinada al ajuar de la recién casada y de la casa y en esto, las mujeres participaban activamente, sobre todo porque el mobiliario básico de un hogar andalusí o morisco era textil: tejidos de diferentes texturas y tamaños que servían como alfombras, tapices, cortinas, manteles, colchones, almohadones, etc. salidos expresamente de telares domésticos y elaborados para tal ocasión o legados por otras mujeres a la novia. En definitiva, en el ritual de la boda, la mujer también es la auténtica protagonista y en las diferentes etapas que componen dicho ritual, es habitual que se construyan espacios femeninos que escapan, por completo, al control de los hombres. Así es que la segregación espacial que caracteriza a toda sociedad medieval ha conducido a las mujeres a la búsqueda de un espacio propio. Además, pareciera que la participación femenina en los rituales de paso de la vida irá cobrando paulatinamente protagonismo con el cambio de sociedad de al-Andalus a la sociedad morisca.  Esas transformaciones derivan, probablemente, de las tensiones entre la población cristiana y la dominada. En este caso, el papel de transmisora de cultura que tiene la mujer se incrementa y la necesidad de salvaguardar sus valores la van a situar en un lugar de relieve. En definitiva, son ellas las que crían a los hijos, les cantan canciones de cuna, los alimentan con comidas aprendidas de sus madres, les enseñan juegos y les hacen llegar toda la historia cultural y familiar. Son, por tanto, las transmisoras de la cultura que poseen y de los valores en los que se desenvuelven. Sin embargo, la vida de las mujeres y, por tanto, la sociabilidad femenina se establece, sobre todo, en espacios domésticos, pero también en los semipúblicos, es decir, en las tareas del campo, las reuniones para coser, las visitas a otras mujeres de la familia, etc. Este mismo entorno es el proclive a establecer alianzas solidarias, aunque, como se ha visto, tales alianzas pueden observarse, con mayor nitidez, en el espacio ritual que a ellas se ha reservado: los momentos del parto y el nacimiento, la muerte y el matrimonio.


Para ampliar:

·         Al-Saqati (s. XIII) Kitab fi Adab al-hisba, traducción de Pedro Chalmeta, 1968.

·         Ana Labarta, «La mujer morisca: sus actividades», en María Jesús Viguera (ed.), La mujer en Al-Andalus. Reflejo histórico de su actividad y categorías sociales, Madrid-Sevilla: Universidad Autónoma de Madrid y Editoriales andaluzas unidad, 1989, pp. 219-231.

·         Pedro Longás, La vida religiosa de los moriscos, Granada: Universidad de Granada, 1990.

·         Gloria López de la Plaza, «Las mujeres moriscas granadinas en el discurso político y religioso de la Castilla del siglo XVI (1492-1567)», En la España Medieval, 16 (1993), pp. 307-320.

·         Manuela Marín, Mujeres en Al-Andalus, Madrid: CSIC, 2000.

·         Dolores Serrano-Niza, “Moriscas granadinas en comunidad (emocional). Indumentaria y ritos en el espacio doméstico morisco (ss. XV-XVI)» en Mª Elena Díez Jorge, Sentir la casa. Emociones y cultura material en los siglos XV y XVI, Ediciones Trea, Gijón,  2022, pp. 279-307

·         Juan Tejada Ramiro, «Colección de Cánones y concilios de la Iglesia Española», V, Madrid, 1855, pp. 389-392.

·         Thorton, Lynne, La femme dans la peinture orientaliste, París, ACR Editions, 1993.