viernes, 6 de noviembre de 2026

'ABD ALLAH

 

'ABD ALLAH

‛Abd Allāh: Abū Muḥammad ‘Abd Allāh b. Muḥammad. Córdoba, rabī‛ II de 229 H. / I.844 C. – Córdoba, 1 rabī‛ I 300 H. / 15.X.912 C. Séptimo emir omeya de Córdoba (independiente).

Emir omeya

Biografía

‛Abd Allāh era hijo del emir Muḥammad, fruto de su relación con la concubina ‛Aššār. Existen discrepancias en las fuentes respecto al momento de su nacimiento, pues Ibn ‛Iḏārī cita la fecha de rabī‛ II de 229 (enero 844), mientras que otras crónicas más tardías afirman que fue en 228/842-843. El emir ‛Abd Allāh es descrito por los cronistas árabes como un personaje piadoso, recto y justo, adaptado a los cánones del buen soberano musulmán.

Su acceso al poder se produjo en circunstancias algo especiales, debido a la muerte prematura e inesperada de su hermano, el emir al-Munḏir, en 275/888, poco más de un año después de su proclamación, cuando asediaba la fortaleza malagueña de Bobastro, sede de Ibn Ḥafṣūn, el más conspicuo rebelde contra la autoridad de los Omeya. El célebre polígrafo cordobés de época taifa, Ibn Ḥazm, formula de forma abierta la acusación de asesinato contra su hermano ‛Abd Allāh, quien, sostiene, acordó con el médico que lo atendía que pusiera veneno en el instrumental con el que había de sangrarlo para tratarle sus heridas. Tampoco se conoce la fecha exacta de su muerte, que algunas fuentes sitúan el 15 de ṣafar (29 de junio). En cualquier caso, ‛Abd Allāh no perdió ni un instante y, según la narración de Ibn Ḥayyān, exigió su inmediato reconocimiento como nuevo soberano a todas las autoridades presentes en el campamento, obteniéndola, al parecer, sin ninguna objeción ni resistencia por parte de nadie. Acto seguido, partió hacia Córdoba con el cadáver de su hermano, trasladado a lomos de camello. Tras los funerales del fallecido emir, que fue enterrado al lado de su padre, en el cementerio palatino de los Omeya, llamado al-Rawḍa y situado dentro del alcázar, se convocó una segunda ceremonia de proclamación, el día 17 de ṣafar (1 de julio), a la que, según el citado cronista, asistió buena parte del pueblo cordobés.

Se inicia a partir de ese momento la época de ‛Abd Allāh, que se inserta de lleno en el período conocido como la fitna, la primera gran crisis del poder omeya de Córdoba desde su instauración a mediados del siglo VIII con el triunfo de Abderramán I. Esta situación fue producto del surgimiento de numerosos focos de rebeldía contrarios a la dominación omeya, de los cuales el más importante fue, sin duda, el protagonizado por el citado ‛Umar b. Ḥafṣūn desde su fortaleza de Bobastro. De esta forma, los veinticinco años de gobierno del emir ‛Abd Allāh se caracterizan, sin lugar a dudas, por una gran inestabilidad política interna y por la ausencia de una autoridad fuerte de parte del soberano de Córdoba, a tal punto que, en esta época y en los momentos más graves de las revueltas, el poder efectivo del emir apenas superaba los límites del propio territorio cordobés, no habiendo, como afirma de manera expresiva un cronista anónimo tardío, ‘una sola ciudad que le obedeciera’. De esta forma, la actividad principal del emir se concentra en intentar conservar su escaso poder, más que en combatir realmente a los rebeldes. Una clara muestra de la desorganización que llegó a registrarse en la administración omeya durante la época de ‛Abd Allāh consiste en la interrupción de las emisiones monetarias a partir de 286/899 y durante casi treinta años, hasta 316/929, cuando la victoria de Abderramán III sobre los rebeldes quedó consagrada con la proclamación del califato. No obstante, pese a todo lo dicho, es cierto que nuestra perspectiva está muy condicionada por las fuentes, en especial por Ibn Ḥayyān, el mejor cronista andalusí, que se extiende en la descripción pormenorizada de los rebeldes, casi siempre cercanos a los territorios nucleares del emirato cordobés, mientras que dedica mucha menos atención a otras regiones que siguieron fieles a la obediencia omeya. Tal es, por ejemplo, el caso de la lejana Tortosa, en la que consta el nombramiento de gobernadores en los años 275/888-889, 278/891-892 y 280/893-894.

Los comienzos de la rebeldía se remontan al año 878-879, durante la época de Muḥammad I, y se registra en las regiones meridionales de Sidonia, Algeciras y Málaga. Esta situación de insurgencia generalizada contra los emires de Córdoba ha sido explicada en base a factores de diverso tipo. Para algunos autores, siguiendo las descripciones de las fuentes narrativas árabes, los motivos principales serían las rivalidades de tipo étnico que enfrentaban a la población indígena con los árabes. En cambio, otros investigadores minimizan o niegan la incidencia de los factores étnicos, que consideran un mero estereotipo acuñado por las propias fuentes, y explican los conflictos debido a problemas de índole social y económica, en particular la persistencia de señores de renta, de origen visigodo, que mantenían aún a mediados del s. IX sólidas bases de poder y se resistían a ser asimilados en el sistema tributario islámico. Los protagonistas de los diversos focos rebeldes son principalmente caudillos árabes o muladíes, mientras que, en cambio, los cristianos apenas aparecen mencionados, salvo en el caso de Ibn Ḥafṣūn, a pesar de que en esta época aún formaban una parte muy importante de la población. En efecto, algunos de los casos estudiados no confirman la caracterización étnica de las rivalidades y enfrentamientos que establecen las fuentes árabes. Tal es el caso de Pechina, donde a mediados del siglo IX los emires habían establecido una guarnición militar para prevenir posibles ataques vikingos. Junto a este centro militar árabe surgió un núcleo urbano integrado por elementos indígenas y de vocación marinera, dedicado al comercio y a la piratería. De esta forma, se desarrolló a finales del siglo IX la conocida como ‘república de los marinos’, una ciudad autónoma que se erigió en centro económico de gran relevancia.

El análisis de la terminología utilizada para designar a los rebeldes ofrece una variedad de grupos entre los cuales cabe destacar, al menos, los cuatro siguientes. Por un lado, los beréberes de las Marcas Inferior y Media, designados siempre por sus nombres tribales y encabezados por jefes que reciben la designación de ‘jeque’ (šayj). Otros son grupos de árabes que conforman linajes dirigidos por un miembro preeminente que recibe la denominación de ‘señor’ (ṣāḥib). El tercer elemento lo integran sociedades jerarquizadas con fuertes lazos de dependencia, tales como los Ḥafṣūníes o los Ŷillīqíes, asimismo bajo la dirección de caudillos designados como ‘señores’. Finalmente, hay también sociedades urbanas, que funcionan mediante asambleas o consejos, y a cuyo frente se encuentran un número variable de caudillos o arráeces. Los vínculos étnicos no resultan determinantes en la conformación de las alianzas existentes entre estos distintos grupos, ni tampoco los religiosos. Por otra parte, la conducta de todos ellos resulta bastante semejante y se basa en el saqueo y la depredación, aunque en algunos casos, como el de Ibn Ḥafṣūn y otros rebeldes, se da un paso más, imponiendo tributos a las poblaciones dominadas.

Resulta prácticamente imposible ofrecer una relación exhaustiva de las múltiples localidades, ciudades y núcleos fortificados, dominados por un jefe o señor local, así como de los ‘señoríos’ rurales autónomos que se mencionan en las fuentes y que conforman otras tantas células políticamente autónomas. Entre la multitud de situaciones de agitación y rebeldía que caracterizan esta época es preciso distinguir entre los poderes locales de escasa envergadura y aquellos otros de una dimensión más relevante, bien por tener como centro núcleos urbanos importantes o por haber logrado el dominio de extensos conjuntos territoriales. Entre los primeros podemos destacar el caso de Sevilla, que, a partir del año 889, fue el escenario de la disputa entre dos grandes linajes árabes yemeníes, los Banū Ḥaŷŷāŷ y los Banū Jaldūn. Las tensiones entre los distintos elementos implicados en aquel contexto condujeron en el año 891 a una gran matanza de muladíes efectuada por los árabes yemeníes, quienes a continuación se deshicieron del gobernador omeya de la ciudad y lograron controlar el poder. Poco más adelante, en 899, Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ eliminó a su hasta entonces aliado, Kurayb b. Jaldūn, y estableció una especie de principado que gobernó de forma independiente respecto a la soberanía de los Omeya.

El principal linaje muladí fue el de los Banū Qasī, de origen visigodo y sólidamente asentados en el alto valle del Ebro, territorio sobre el que desde comienzos del siglo IX ejercieron pleno control, si bien a partir de 890 irán progresivamente perdiendo poder a favor del linaje árabe de los Tuŷībíes, gobernadores de Zaragoza nombrados por ‛Abd Allāh. Pero, sin lugar a dudas, el papel protagonista durante esta época corresponde al ya citado Ibn Ḥafṣūn, el único rebelde que, por sí sólo, llegó a representar una amenaza real para la soberanía de los emires de Córdoba, no sólo desde el punto de vista político, sino también ideológico. En efecto, Ibn Ḥafṣūn buscó la asimilación con la figura de ‛Abderramán I, fundador de la dinastía omeya, en una actitud de reivindicación de la legitimidad de sus aspiraciones. No es casual que ciertos aspectos de su biografía coincidan con la del primer omeya, tales como las predicciones que aseguraban que llegaría a gobernar y el hecho de que ambos residiesen un período de tiempo en Tahert para luego pasar a la Península. La actividad de Ibn Ḥafṣūn comienza a registrarse desde el año 880, momento a partir del cual logra atraerse el apoyo de las poblaciones de las zonas rurales y montañosas de Málaga, predominantemente pobladas por cristianos y muladíes, quienes se adhirieron a él como forma de combatir la opresión de los árabes. El emir al-Munḏir estuvo, tal vez, en condiciones de acabar con este incipiente foco de rebeldía, pero, a su muerte, su poder se extendió de manera considerable.

En el momento del apogeo de su poder, Ibn Ḥafṣūn controlaba un extenso territorio con centro en la serranía de Málaga y que se extendía por parte de las actuales provincias de Málaga, Jaén y Córdoba, incluyendo el dominio de importantes núcleos urbanos de la campiña andaluza, como Écija y Poley (Aguilar de la Frontera), situados a apenas 50 km de distancia de la capital cordobesa. De hecho, una fuente magrebí anónima y tardía llega a señalar que Ibn Ḥafṣūn aparecía todos los días ante Córdoba sin que el emir, encerrado dentro de la capital, pudiera hacer nada para impedirlo. Su supremacía le granjeó el reconocimiento de otros rebeldes de zonas próximas, como Jaén e incluso Murcia, llegando a establecer alianzas con linajes árabes como los sevillanos Banū Ḥaŷŷāŷ. Asimismo, con el fin de consolidar su autoridad buscó la legitimación de diversos poderes islámicos extrapeninsulares, tales como el califato abasí de Bagdad (a través de los Aglabíes de Qayrawān, los Idrisíes de Fez y los propios Fatimíes). En realidad, parece claro que Ibn Ḥafṣūn no tenía un programa político muy definido, ni tampoco sus adscripciones religiosas eran muy estables: originario de una familia muladí, al parecer apostató de la fe islámica y volvió al cristianismo. No obstante, fue el más duradero de los insurgentes, ya que, aunque murió en 918, el núcleo de Bobastro no pudo ser sometido hasta 928, ya en época de ‛Abderramán III.

En realidad, aparte del ya citado caso de Ibn Ḥafṣūn, la mayoría de los poderes establecidos en los distintos núcleos y territorios no atacaron nunca de forma directa al emir de Córdoba ni cuestionaron su pertenencia a la comunidad musulmana. Al contrario, muchos de ellos, aunque ejercían el poder de manera independiente, buscaban el reconocimiento explícito de su legitimidad en la autoridad del soberano omeya. Uno de los casos mejor documentados a este respecto es el de Ibn Marwān al-Ŷilliqī de Badajoz, el cual, apoyándose en los muladíes de Mérida y del valle medio del Guadiana, logró gobernar sobre aquella zona de manera independiente, si bien ello no le impedía reconocer la soberanía del emir ‛Abd Allāh, a quien pidió el envío de personal cualificado para urbanizar la nueva ciudad según las pautas islámicas, procediendo a edificar mezquitas y baños. Por otro lado, pese al estado generalizado de anarquía política y atomización del poder, el emir ‛Abd Allāh siguió conservando cierta capacidad de actuación. De esta manera, en mayo de 891 pudo recuperar el control de Poley y Écija, lo cual le permitió salvar Córdoba, que ya no sería amenazada de forma tan directa, pese a que la revuelta de Ibn Ḥafṣūn aún subsistiría largo tiempo. Asimismo, en 283/896-97 encabezó otra campaña, esta vez sobre Murcia, acompañado por el caíd Ibn Abī ‛Abda. En otras ocasiones fueron sus hijos, principalmente Muṭarrif y Abān, los que encabezaron campañas militares destinadas a controlar a los rebeldes. Lo mismo indica la expedición llevada a cabo en 902 por un rico cordobés, ‛Iṣām al-Jawlānī, quien, a su costa, pero con la previa autorización del emir ‛Abd Allāh, organizó una expedición naval en nombre de los omeya con el fin de someter las islas Baleares a la soberanía cordobesa.

En el ámbito exterior, la época de ‛Abd Allāh, momento de máxima crisis política en al-Ándalus, coincide en la zona cristiana con el reinado de Alfonso III (866-910) como soberano del reino astur, que alcanza ahora su máximo apogeo, pues a la espectacular expansión exterior se añaden la culminación de la reorganización política y administrativa del reino así como los máximos logros alcanzados por el movimiento cultural iniciado en la capital ovetense por Alfonso II. Asimismo, en el ámbito musulmán es de enorme importancia en esta época la proclamación del califato chií fatimí en Ifrīqiya (Túnez) en el año 296/909. De esta forma, la decadencia política omeya se veía acentuada por el desarrollo de entidades situadas en ámbitos geográficos inmediatos y que suponían una indudable amenaza política, territorial e ideológica para el emirato cordobés.

La presencia de una dinastía chií que reivindicaba el califato en una posición geográficamente muy próxima a la península Ibérica constituía una clara amenaza a la legitimidad y soberanía de los emires cordobeses. De hecho, en el año 288/901 tuvo lugar un episodio que denotaba el peligro que implicaba la difusión de la propaganda fatimí. El escenario fue la zona de la Marca media, zona habitada predominantemente por beréberes, tradicionalmente muy sensibles a la propaganda religiosa. Allí encontraron apoyo las ideas de Abū ‛Alī al-Sarrāŷ, un agitador de inspiración fatimí que presentaba al omeya Ibn al-Qiṭṭ, descendiente de Hišām I, como el Mahdī, figura de resonancias mesiánicas que guardan una estrecha relación con la propaganda fatimí. Ambos recibieron el apoyo de grandes multitudes beréberes en su proyecto de ŷihād contra la ciudad cristiana de Zamora, pero Ibn al-Qiṭṭ fue abandonado por los jefes tribales en el momento decisivo, al parecer por miedo a que la victoria otorgase demasiado prestigio al omeya y mermase la propia autoridad de los jeques, siendo su cabeza colgada de las murallas de la ciudad que había querido conquistar.

Sin haber sido capaz de recuperar la estabilidad, el emir ‛Abd Allāh murió el 1 rabī‛ I 300/15.X.912, siendo sucedido por su nieto Abderramán, futuro primer califa de Córdoba. Esta peculiar sucesión presenta elementos de considerable interés que la convierten en un caso particular dentro de la tradición omeya cordobesa, primero por la eliminación violenta de los dos principales candidatos a la sucesión y, segundo, por la elección de su nieto como heredero pese a tener otros hijos que podrían haberle sucedido. En efecto, Muḥammad, hijo del emir ‛Abd Allāh y de Durr y padre de Abderramán, fue asesinado por su hermanastro Muṭarrif, nacido de la relación del emir con otra mujer, Gizlān. Las fuentes árabes atribuyen a la fuerte rivalidad entre ambos hermanastros el desencadenamiento de los acontecimientos que produjeron la muerte de Muḥammad, que era el primogénito de ‛Abd Allāh y había sido designado por el emir como su sucesor. Tras un enfrentamiento con uno de los caballeros de Muṭarrif, Muḥammad habría huido de Córdoba, refugiándose junto a Ibn Ḥafṣūn durante un tiempo. El emir le ofreció el perdón si regresaba y Muḥammad volvió a Córdoba, pero desde entonces Muṭarrif no dejó de instigar al emir en su contra, pretendiendo que seguía en contacto con Ibn Ḥafṣūn para atentar contra él. Muḥammad fue encarcelado en el año 277/891 por orden de su padre. Tras las pertinentes averiguaciones, decidió liberarlo, su hermanastro Muṭarrif lo mató. No está muy clara la actitud del emir en este contexto, pues Muṭarrif no recibió castigo alguno, al menos de forma inmediata. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 282/895, el propio Muṭarrif fue ejecutado por orden del emir, al parecer debido a sus relaciones con los rebeldes sevillanos, aunque fue acusado además de otros delitos, tales como beber vino y de zandaqa, término que define al apóstata encubierto o al hereje. De esta forma, la crisis política y social que vivía el emirato omeya se reflejaba en la propia situación interna de la familia, envenenada por las rivalidades, las enemistades y las sospechas.

A pesar de haber eliminado a sus dos primogénitos, ‛Abd Allāh contaba con más hijos que podrían haber optado a su sucesión. En efecto, tuvo una abundante descendencia y ya antes de acceder al poder, a los cuarenta y cuatro años, había sido padre de siete hijos varones y ocho hembras, a los que se añadieron otros cuatro varones y cinco hembras más con posterioridad. Entre ellos estaban al-‛Āṣī y Abān, quienes contaban con una amplia experiencia militar, habiendo protagonizado ambos diversas campañas contra los rebeldes, pese a lo cual fueron soslayados a favor de la candidatura de su nieto, ‛Abderramán, hijo de Muḥammad. Ello representaba una novedad importante en la tradición dinástica omeya, donde los soberanos siempre se habían sucedido de padres a hijos y donde la tendencia dominante era favorable al primogénito, aunque no en todos los casos hubiese sucedido así. Lo cierto es que la elección de Abderramán como sucesor de ‛Abd Allāh se produjo, al parecer, por voluntad del propio emir, quien decidió que se instalase con él en el alcázar, mientras que, en cambio, sus hijos no vivían con él. Otros signos y actitudes del emir confirman esta decisión, tales como el hecho de que, en ciertas celebraciones y actos públicos, Abderramán se sentase en el trono junto al soberano para recibir los saludos del ejército y, sobre todo, que, según narran las fuentes, cuando se encontraba en su lecho de muerte, ‛Abd Allāh diese su anillo a su nieto, lo que se interpreta como una designación de sucesor.

Pese a que la designación de ‛Abderramán como heredero rompía con la tradición omeya de sucesión de padres a hijos con preferencia sobre el primogénito, esta decisión no parece haber despertado excesivas controversias, ni siquiera entre sus propios hijos, los principales perjudicados, los cuales no sólo no se opusieron, sino que apoyaron la decisión de su padre. Asimismo, las fuentes destacan el apoyo a esta decisión en los medios palatinos y de la administración, señalando que los altos funcionarios del Estado “tenían puestas en él sus esperanzas”. La razón de esta decisión se vincula al contexto político de la época y guarda estrechas conexiones con elementos de índole ideológico y simbólico. En efecto, en la figura del joven ‛Abderramán confluye la acumulación, casual, en unos casos, forzada, en otras, de una serie de elementos que lo asimilaban a su antecesor, ‘Abd al-Raḥmān I, el fundador de la dinastía omeya de Córdoba. En un contexto de profunda crisis política, el linaje omeya necesitaba de una figura que la fortaleciese y renovase las bases de su dominio sobre el territorio de al-Ándalus. ‛Abd Allāh había sido el séptimo emir omeya de Córdoba y, además, falleció en el año 300/912, de tal forma que ello suponía, no sólo el final de un ciclo de siete emires, sino además un cambio de siglo según el cómputo de la era islámica. Teniendo en cuenta la fuerte simbología del número siete en la tradición musulmana, es probable que se creyese en la necesidad de que un nuevo ‛Abderramán diese paso a un nuevo ciclo de poder y prosperidad para los omeyas. De ahí que la decisión de designar como sucesor al nieto de ‛Abd Allāh fuese tomada de forma consciente, con toda seguridad, en época del propio emir, considerando que era el más capacitado para sacar a la dinastía de la postración en la que había caído.

A lo largo de sus veinticinco años de gobierno, ‛Abd Allāh no sólo no había mejorado la situación de la dinastía omeya tal y como la heredó de su hermano y antecesor, sino que la había empeorado de manera considerable. A su muerte, en el año 300/912, cuando contaba ya con setenta y dos años, al-Ándalus era un mosaico de núcleos independientes que, a lo sumo, reconocían la soberanía nominal del emir. Fue labor de su sucesor, ‘Abd al-Raḥmān III, lograr la reunificación del dominio de al-Ándalus bajo la soberanía omeya.

Bibliografía

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de JC), Madrid, Espasa, 1957

P. Guichard, Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, Barral, 1976

J. Vallvé, “Sobre demografía y sociedad en al-Ándalus”, en Al-Andalus, XLII (1977), págs. 323-340

P. Guichard, La España musulmana. Al-Ándalus omeya (siglos VIII-X), Madrid, Historia 16, 1995

M. Fierro, “Cuatro preguntas en torno a Ibn Ḥafṣun”, en Al-Qanṭara, XVI (1995), págs. 221-257

M. Acién Almansa, Entre el feudalismo y el islam. ‛Umar b. Ḥafṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia, Jaén, Universidad, 1997, 2ª ed.

P. Guichard, De la expansión árabe a la Reconquista. Esplendor y fragilidad de al-Andalus, Granada, Junta de Andalucía, 2002

M. Fierro, “Por qué ‛Abd al-Raḥmān III sucedió a su abuelo el emir ‛Abd Allāh”, en Al-Qanṭara, XXVI/2 (2005), págs. 357-369

E. Manzano Moreno, Conquistadores, emires y califas. Los omeyas y la formación de al-Andalus, Barcelona, Crítica, 2006.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

YOSEF ABU 'AMR BEN YA'AQOB IBN SADDIQ

 

YOSEF ABU 'AMR BEN YA'AQOB IBN SADDIQ

Ibn Saddiq, Yosef Abū ‘Amr ben Ya‘aqob. Córdoba, c. 1075 – 1149. Poeta, filósofo.

Filósofo, Poeta, Rabino

Biografía

Poeta y filósofo neoplatónico. Fue dayyan (juez) de Córdoba desde 1138 hasta su muerte en 1149, según informa Abraham ibn Dawūd. De acuerdo con la misma fuente, su padre habría sido también estudioso y sabio. Discípulo en Lucena del gran maestro YiîÊaq ibn Gayyat, tuvo gran amistad con su hijo, Yehudah ibn Gayyat, y con el que sería gran talmudista Yosef ibn Migaš. Parece ser que fue también maestro suyo YiîÊaq ben Baruk ibn al-Baliah. Gozó de la amistad de Yehu­dah ha-Levi (con quien intercambió poemas) y de los hermanos Ibn ‘Ezra’ de Granada. Mošeh ibn ‘Ezra’ dice de él: “hombre de carácter idóneo, de excelencia manifiesta y con cierto conocimiento de la jurisprudencia”. Mereció elogios de Abraham ibn ‘Ezra’, que le llama “padre del canto”, y de Yehudah al-arizi, quien dice que “mientras enmudecían todos los pájaros se alzaba el poder del justo” y lo califica como uno de los grandes poetas, después de ŠÂlomoh ibn Gabirol.

De su obra poética se han conservado unas treinta y seis composiciones, de las que dos tercios son moaxajas; incluyen poemas de amor, elegías, poesías satíricas y cantos sinagogales.

Su pensamiento filosófico debe mucho a YiîÊaq Israeli y a ŠÂlomoh ibn Gabirol. En su obra fundamental, Sefer ‘olam ha-qaðan (Libro del Micro­cosmos) (el original árabe se ha perdido), hace ver que el conocimiento del propio cuerpo lleva al hombre a comprender el mundo material, y el de la propia alma, el mundo espiritual. Se ha perdido un tratado de lógica en árabe también redactado por él.

 

Obras

Sefer ‘olam ha-qaðan, ed. de Jellinek, s. l., 1854 (ed. de Horovitz, s. l., 1903)

The Poems of Joseph Ibn Zaddiq, ed. hebrea de Y. David, s. l., 1982 (trad. esp. de T. Alsina y G. del Olmo, s. l., 1987).

Bibliografía

J. M. Millás, La poesía sagrada hebráicoespañola, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940, pág. 245

M. Steinschneider, Die arabische Literatur der Juden, Hildesheim, G. Olms, 1964 (4.ª ed. reprod.), págs. 151 ss.

J. M. Millás, Literatura hebráicoespañola, Buenos Aires, Labor, 1973 (3.ª ed.), págs. 73-74

C. Sirat, La Philo­sophie Juive au Moyen Age selon les textes manuscrits et imprimés, Paris, Centre National de Recherche Scientifique, 1983, págs. 104-106

A. Sáenz-Badillos y J. Targarona, Poetas hebreos de al-Andalus (siglos X-XII). Antología, Córdoba, El Almendro, 1988, págs. 205-209.

Autor/es

  • Joaquín Lomba Fuentes

 

MOSEH BEN JACOB IBN EZRA

 

MOSEH BEN JACOB IBN EZRA

Ibn Ezra, Moëeh ben Jacob. Granada, c. 1055 – ?, c. 1138. Poeta, filósofo y exegeta.

Erudito, Exegeta Filósofo, faLingüistaPoeta

Biografía

Procedente de una familia noble judía de Granada, Moëeh ibn ‘Ezra marchó a Lucena en su juventud para estudiar en la academia rabínica con el prestigioso rabino Isaac ibn Gayyat. Allí aprendió la cultura tradicional judía y las técnicas de la poesía litúrgica hebrea. En la década de los ochenta del siglo XI, regresó a su ciudad natal cuando sus hermanos habían alcanzado una situación económica y social importante.

Moëeh ibn ‘Ezra ocupó un alto cargo en la corte y participó en círculos de intelectuales judíos y musulmanes en los que se debatía sobre filosofía y poesía. Gracias a estas actividades conoció a YÆhudá ha-Leví, al que le unió una intensa amistad y con el que compartió su afición por componer poemas en hebreo. En esta época escribió su Sefer ha-anaq (Libro del collar), un libro de composiciones poéticas cuya estructura se basa en la rima de palabras homónimas en cada poema. Aborda los temas clásicos de la poesía cortesana de la época, llena de convencionalismos: panegíricos a amigos y familiares, poemas báquicos, de amor, descripciones de jardines y flores y otros.

Ante la llegada de los almorávides en 1090, muchos judíos emigraron de Granada y, entre ellos, varios familiares y amigos de Moëeh ibn ‘Ezra. Él decidió quedarse pero, poco tiempo después, inició un largo exilio por tierras cristianas que le ocuparía el resto de su vida. Fue testigo de la muerte de sus hermanos y de su hijo Jacob a los que dedicó poemas en los que expresa el enorme dolor que le produjo su pérdida.

Es en esta época cuando Moëeh ibn ‘Ezra compuso sus poemas más personales. Precisamente el hecho de estar alejado de su tierra natal es lo que despierta en él los sentimientos de nostalgia y anhelo del paraíso perdido que fue su juventud en Granada, mientras se lamenta de la fuerza indomable del Destino, que le ha llevado a una tierra que él no desea. Al mismo tiempo, Moëeh ibn ‘Ezra se queja de la incultura que encuentra tanto entre judíos como entre cristianos y marca en sus poemas un fuerte contraste con el ambiente intelectual y exquisito de la corte granadina en la que vivió.

Al final de su vida, Moëeh ibn ‘Ezra decidió dedicarse a la filosofía y compuso en árabe el tratado Al-Hadiqa fi ma‘na am-mayaz wa-l-haqiqa (El jardín, en sentido figurado y verdadero), que fue traducido al hebreo con el título ‘Arugat ha-bosem (Jardín de aromas). En él desarrolló un sistema para interpretar el sentido figurado o metafórico de la Biblia y, basándose en él, poder establecer las relaciones entre los conceptos filosóficos griegos y árabes y los principios fundamentales de la religión judía, tales como la unidad de Dios, la creación, la naturaleza del ser humano y los mandamientos.

Pero quizá su obra más conocida, compuesta también en su etapa del exilio, es Kitab al-muhadara wal-mudakara (Libro de la disertación y el estudio). Se trata de un estudio de crítica literaria en el que analiza la literatura hebrea desde la época bíblica hasta la Edad Media y destaca la superioridad de la poesía en lengua árabe. Ofrece, al mismo tiempo, un manual para aprender a componer poemas en hebreo y muestra cómo las técnicas y figuras literarias usadas por los árabes aparecen también en textos bíblicos. Esta obra tuvo un fuerte impacto en los cabalistas judíos de siglos posteriores.

En sus interpretaciones de la Biblia, Moëeh ibn ‘Ezra no sintió ningún reparo en utilizar la filosofía griega y la exégesis musulmana del Corán y, en general, todos aquellos elementos que le permitían explicar el texto bíblico desde un punto de vista científico y racional.

A la muerte de Moëeh ibn ‘Ezra, su íntimo amigo YÆhudá ha-Leví compuso una sentida elegía en la que le alababa y recordaba las penas y desgracias que tuvo que vivir en su etapa del exilio.


Obras

The Collected Liturgical Poetry, ed. de S. Bernstein, Tel Aviv, Massadah Publishing Company, 1957

Secular Poems, ed. de H. Brody, Jerusalem, Jewish Theological Seminary of America, 1977, 3 vols.

Kitab al-muhadara wa-l-mudakara, ed. y trad. de M. Abumalhan Mas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1985-1986, 2 vols.

Antología poética. Moseh ibn Ezra, trad., pról. y notas de R. Castillo, Madrid, Hiperión, 1993.

Bibliografía

A. Díez Macho, Mose Ibn Ezra como poeta y preceptista, Madrid, CSIC, 1953

M. Abumalhan Mas, “Breve noticia sobre las fuentes árabes del Kitab al-Muhadara wa-l-Mudakara de Mose ibn Ezra”, en VV. AA., I Congreso Internacional “Encuentro de las tres culturas”, Toledo, Ayuntamiento, 1983, págs. 331-336

J. D. Katzew, “Moses Ibn Ezra and Judah Halevi: Their Philosophies in Response to Exile”, en Hebrew Union College Annual, 55 (1984), págs. 179-195

F. Pérez Castro, “Algunos poemas de Moseh Ibn Ezra (c. 1055-post 1135)”, en D. Muñoz León (ed.), Salvación en la palabra: Targum – Derash – Berith. En memoria del profesor Alejandro Díez Macho, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1986, págs. 775-781

M. Abumalhan Mas, “Reflexión acerca de los métodos de Mose ibn ‘Ezra”, en Sefarad, 46 (1986), págs. 17-26

A. Sáenz-Badillos y J. Targarona Borrás, Poetas hebreos de Al-Ándalus (siglos X-XII): Antología, Córdoba, Ediciones El Almendro, 1988

A. Schippers, “Symmetry and Repetition as a Stylistic Ideal in Andalusian Poetry: Moses Ibn Ezra and Figures of Speech in the Arabic Tradition”, en M. Woidich (ed.), Amsterdam Middle Eastern Studies, Wiesbaden, Dr. Ludwig Reichert Verlag, 1990, págs. 160-173

A. Sáenz-Badillos, “Las muwassahat de Moseh Ibn ’Ezra’”, en F. Corriente y A. Sáenz-Badillos (eds.) Poesía estrófica, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Instituto de Cooperación con el Mundo Árabe, 1991, págs. 297-310

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Autor/es

  • Mariano Gómez Aranda

 

miércoles, 4 de noviembre de 2026

PATATAS PANADERA AL HORNO

 

PATATAS PANADERA AL HORNO

Una magnifica guarnición, para cualquier tipo de carne asada, o a la parrilla, así como para cualquier pescado asado o ,a la parrilla.

 

Ingredientes

4 patatas de tamaño medio

1 cebolla

1 diente de ajo

100 ml de vino blanco

1 pimiento rojo

Hierbas aromáticas, secas o frescas

Aceite de oliva virgen extra

Pimienta negra recién molida

Sal

Elaboración

Pelamos las patatas y cortamos en rodajas finas de unos 3-4 milímetros de grosor.

Pelamos la cebolla y cortamos en juliana.-

Cortamos el pimiento rojo en tiras , quitándoles el pedúnculo y las semillas.

Ponemos en una bandeja de horno las patatas junto con la cebolla y el pimiento rojo, y las mezclamos. La idea es que estén amontonadas n pocas capas,

Precalentamos el horno a 160º.

Pelamos el ajo y lo picamos bien o rállalo para no encontrarnos trozos de ajo, eso le aporta un sabor muy apreciados a estas patatas.. O bien pon en un mortero un  poco de sal, el ajo y pimienta negra recién molida y lo majamos muy bien así como las hierbas aromáticas que prefieras bien sean secas o frescas, pero todo bien majado y que quede una pasta, le añadimos 4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, remueve bien para disolverlo, después lo vertimos  sobre las patatas, mezclamos bien para que las patatas se impregnen bien.

Cubrimos la bandeja con papel de aluminio e introducimos en el horno a media altura, y dejamos hornear durante una  hora para que las patatas queden perfectamente confitadas.

Al cabo de este tiempo, quitamos el papel de aluminio y añadimos el vino blanco, subimos le horno a 180º y cocinamos durante otros 25-20 minutos mas o hasta que veamos  que las patatas comienzan a tener un  color dorado.

Sacamos y servimos caliente como guarnición.

¡Buen provecho!