LAS
DISPUTAS HAMMUDÍES Y OMEYAS POR CÓRDOBA
La alegría del califa Ali ibn Hammud duró poco.
En 1017, el señor de la Taifa de Almería, Jayrán, alzó a un pretendiente omeya,
Abd al-Rahman IV al-Murtada. Jayrán solo había apoyado a Ali para deshacerse
del califa Sulayman al-Musta’in, quien había provocado el éxodo de muchos saqaliba de
Córdoba. Jayrán deseaba que Hisham estuviera vivo para usarlo como títere, al
igual que habían hecho los amiríes o Wadih. Al confirmarse su muerte, buscó a
otro omeya. Ali preparó una expedición para apresar a Jayrán, pero tuvo que
cancelarla debido al mal tiempo.
Ali ibn Hammud frente a Abd al-Rahman IV, por
María Dolores Rosado Llamas.
Jayrán logró formar una coalición más amplia con
el apoyo militar de Mundir ibn Yahya de Zaragoza, los reyes de la Taifa de
Valencia y algunos mercenarios catalanes. Esto provocó un cambio en la forma de
gobernar de Ali ibn Hammud. El califa hammudí empezó a temer por su posición,
se volvió autoritario y abandonó su justicia imparcial para favorecer a los
bereberes. Ordenó requisar armas de los civiles de Córdoba, impuso nuevos
impuestos, llenó la ciudad de espías y confiscó propiedades a quienes sospechaba
de conspirar contra él. Según el cronista Ibn Hayyan, que no veía con buenos
ojos a los hammudíes, las calles de Córdoba estaban desiertas de día debido al
clima de terror instaurado por el gobierno autoritario.
El ejército de los partidarios de al-Murtada
avanzó por Jaén. Poco antes de que Ali pudiera salir con su ejército a
enfrentarlos, tres sirvientes, probablemente sobornados por Jayrán, lo
asesinaron en marzo de 1018 mientras se bañaba. No se sabe si ocurrió en
Córdoba o en Jaén. Es destacable que el cuerpo de Ali ibn Hammud fuera
enterrado en Ceuta, y no en Córdoba, como era costumbre entre los omeyas. Por
las monedas que acuñó sabemos que Ali había designado heredero a su hijo Yahya,
que gobernaba en Ceuta.
Sin embargo, los bereberes zanata del ejército
hammudí ofrecieron el trono al hermano mayor del fallecido, al-Qasim, de 61
años. Es comprensible que quisieran llenar rápidamente el vacío de poder y
buscar a alguien que ofreciera más garantías de seguridad y estabilidad que un
veinteañero inexperto como Yahya. Además, al-Qasim estaba en Sevilla, mucho más
cerca que Yahya, y el tiempo apremiaba en momentos de incertidumbre. No
obstante, esta decisión de ignorar los derechos dinásticos de Yahya provocó más
tarde disputas entre las dos ramas familiares hammudíes, lo que debilitó al
Califato hammudí y facilitó su declive hasta su desaparición en 1056.
En su ceremonia de proclamación, al-Qasim declaró
perdonar a todos los habitantes de al-Ándalus, independientemente de su color
de piel, e instó a la población a regresar a la obediencia, advirtiendo que
castigaría sin favoritismos a quienes no lo hicieran. Los cronistas, incluso
los proomeyas, lo describen como un musulmán piadoso. Además, al-Qasim abolió
un impuesto extraordinario que obligaba a cada hombre con ciertos recursos a
equipar y mantener a un soldado. Por lo menos en Córdoba fue más querido que su
hermano.
En 1018 o 1019 4.000 soldados teóricamente leales
a Abd al-Rahman IV, antes de intentar asaltar Córdoba, se dirigieron a Granada
para enfrentarse a los bereberes sinhaya liderados por Zawi ibn Ziri, el aliado
más poderoso del califa al-Qasim. Al-Murtada quería que los sinhaya se unieran
a su causa, pero Zawi respondió con aleyas coránicas rechazando la oferta. La
batalla, sin embargo, fue puro teatro. Jayrán y Mundir ibn Yahya, en lugar de
ayudar al califa que habían promovido, lo abandonaron en el campo de batalla,
permitiendo que los 1.000 jinetes de élite de Granada masacraran a los soldados
omeyas. Los contingentes catalanes huyeron en medio del desastre.
Para colmo, Jayrán envió hombres a Guadix que
asesinaron al pretendiente al califato. No fue una victoria zirí por sus
habilidades, sino por la traición de los supuestos aliados de al-Murtada. ¿Pero
por qué lo traicionaron? Pues todo apunta a que Abd al-Rahman IV no era alguien
dócil y los reyes de Almería y Zaragoza temían aupar a un soberano fuerte.
Personajes como Wadih, Jayrán, o Muyahid solo quisieron repetir la jugada de
Almanzor y usurpar el poder bajo un califa omeya títere, creando un estado dominado
por los saqaliba, el equivalente andalusí a los mamelucos.
El cronista Ibn Hayyan habló con gran pesimismo
sobre la muerte de al-Murtada, considerando que se esfumaron las esperanzas
para restaurar el califato de los omeyas. No se equivocaba, pues todos los
intentos posteriores de restauración omeya quedaron limitados a Córdoba, sin
implicación de las taifas. Y es que este también fue el último intento serio de
los saqaliba para restaurar el sistema de gobierno amirí.
Además, en estas circunstancias los omeyas se dispersaron geográficamente y
sufrieron la apatía y desdén de la gente, e incluso algunos fueron perseguidos
en algunos lugares.
Zawi ibn Ziri envió un parte de victoria a
al-Qasim, entregándole parte del botín y el pabellón de al-Murtada como trofeo
de guerra. Al-Qasim exhibió el botín para que los cordobeses entendieran que
los omeyas no iban a volver. Al-Qasim llegó a un acuerdo con algunos reyes de
taifa para reconocer su dominio. Reconoció el gobierno de Mundir ibn Yahya de
Zaragoza, así como de Jayrán en Almería y Murcia y al también saqaliba Zuhayr
en Jaén, Calatrava y Baeza. Parecía que al-Qasim podía restablecer poco a poco
la normalidad y la unidad del país.
Soldado califal ‘abid, combatientes generalmente
africanos negros (las fuentes árabes los llaman sudan), por Sandra Delgado.
Sin embargo, dos hechos hicieron que al-Qasim
perdiera el control de Córdoba. El segundo califa hammudí formó una guardia
personal de negros, no se sabe si mercenarios o esclavos, para tener una
facción leal, pero eso le hizo perder el apoyo de algunos grupos bereberes. Su
sobrino Yahya ibn Ali no había ocultado hasta entonces que no estaba conforme
con que se hubieran saltado sus derechos dinásticos, y había acuñado monedas en
Ceuta y Málaga presentándose como heredero de al-Qasim hasta el año 1021. Su
tío hacía oídos sordos y había designado a un hijo suyo como sucesor.
Yahya abandonó Ceuta y tomó refugio en Málaga,
gobernada por su hermano Idris, para recabar apoyos y deponer a su tío. A
mediados de 1021 se sublevó y derrocó a al-Qasim con la ayuda de
ejércitos saqaliba. Los bereberes de Medina Sidonia, Morón, Arcos y
Jaén no se movilizaron para apoyar a al-Qasim, así que este optó por irse de
Córdoba sin presentar batalla y se retiró a Sevilla. Yahya, de 26 o 27 años,
fue ampliamente aceptado en un principio en Córdoba en agosto de 1021. Rebajó a
la mitad el impuesto del jarach, liberó a gente de las cárceles y mantuvo
buenas relaciones con los ulemas.
Los cronistas presentan a Yahya como un patrón de
poetas, el más valiente, generoso y sobresaliente califa de todos los
hammudíes, aunque como defecto decían que era vanidoso. El linaje de Yahya no
podría ser más noble, pues descendía de la familia del Profeta tanto por parte
de padre como de madre. Sin embargo, pocos territorios reconocieron a Yahya
aparte de las regiones que controlaba directamente. Sevilla, Algeciras y Tánger
seguían en manos de al-Qasim, y Zaragoza y Valencia también lo seguían reconociendo,
aunque con pocos efectos prácticos.
La guerra entre los hammudíes prosiguió. Sabemos
que en febrero de 1022 hubo una batalla en Triana entre los soldados de
al-Qasim y de Yahya, en la que los partidarios de al-Qasim perdieron. En 1022
al-Qasim de alguna manera apoyó a un nieto de Almanzor, que se hizo con el
control de Jaén durante unos siete años y desplazó del poder a la dinastía
bereber de los Banu Ifran. De este modo, al-Qasim debilitó a su sobrino,
haciendo que aliados suyos perdieran territorios. Al-Qasim también estuvo
vinculado con este hijo del háyib al-Muzaffar por el hecho de que su madre era
una de las concubinas que fue pasando de harén en harén hasta llegar a
al-Qasim, y fue esta madre quien financió la aventura jienense.
Los bereberes zanata volvieron a apoyar a
al-Qasim, y es posible que los cordobeses también se alzasen contra Yahya y
prendiesen fuego al alcázar en febrero de 1023. Así que Yahya tuvo que huir de
Córdoba y refugiarse en Málaga. Según el cronista al-Maqqari, su hermano Idris
le habría avisado de que notables malagueños contactaron con Jayrán de Almería
para dejar de reconocerlo, así que es posible que Yahya prefiriera consolidarse
en una ciudad costera orientada al Magreb en lugar de aferrarse a Córdoba con
el riesgo de perderlo todo. Tras esto, al-Qasim regresó a la antigua capital de
los omeyas.
La oposición de sus sobrinos hizo que al-Qasim
durara poco en el gobierno cordobés. Yahya conquistó Algeciras, una plaza
fuerte de al-Qasim que guardaba buena parte de sus recursos económicos. Por su
parte, su hermano Idris se apoderó de Tánger, con lo que pasaron a controlar el
estrecho de Gibraltar y todos los beneficios económicos y estratégicos que ello
reportaba. Esto, sumado al maltrato de los bereberes hacia la gente del zoco,
provocó una revuelta de los cordobeses en septiembre de 1023.
Los rebeldes cordobeses asediaron el alcázar y
hubo un intenso enfrentamiento entre el pueblo y el ejército amazigh y de
negros de al-Qasim. Al-Qasim salió de la medina de Córdoba, pero luego se
atrincheró en los arrabales occidentales y asedió Córdoba durante varias
semanas. Los cordobeses terminaron por salir y derrotaron a los bereberes
leales al hammudí. Al-Qasim decidió huir de Córdoba e intentó nuevamente
encontrar refugio en Sevilla con sus hombres.
Sevilla almohade desde el sur
Pidió a los sevillanos que desalojaran 1.500
viviendas para instalar a su ejército, pero los sevillanos, enterados de la
derrota de al-Qasim, no querían que soldados magrebíes perturbaran la paz en
Sevilla. Así que expulsaron al hijo de al-Qasim de la ciudad y cerraron las
puertas de la medina. El líder de la revuelta fue el cadí de Sevilla, Muhammad
ibn Ismail ibn Abbad, quien poseía un tercio de las propiedades y rentas de la
ciudad y que se convirtió en fundador de la dinastía abbadí.
El primer soberano abbadí durante unos años
reconoció a Yahya como califa y le entregó tributos y a su hijo de rehén, el
que reinaría como al-Mu’tadid, pero los sevillanos rechazaron que entrasen en
la ciudad Yahya y sus tropas porque no querían bereberes allí. Al-Qasim se
refugió en Jerez, pero Yahya ibn Ali sometió la población a un asedio. Tras
muchas bajas en ambos bandos, capturó a su tío en 1024 o 1025. Al-Qasim fue
estrangulado en la cárcel de la alcazaba de Málaga más de diez años después.
Por su parte, los cordobeses amotinados se vieron
en la necesidad de proclamar a un nuevo califa de la dinastía omeya. Para hacer
la elección entre tres candidatos omeyas, se organizó un consejo,
presumiblemente compuesto por alfaquíes y ministros, ante el pueblo llano y las
élites. Un candidato parecía el favorito, pero entonces Abd al-Rahman V entró
acompañado de un gran número de seguidores y soldados, con la intención de
intimidar y demostrar que contaba con los apoyos necesarios para ser califa. Así
fue proclamado en noviembre de 1023.
El gobierno de Abd al-Rahman V duró solo cuarenta
y siete días debido a su persecución contra quienes habían apoyado la
candidatura de otros omeyas y por colocar a jóvenes inexpertos en posiciones de
poder. La hacienda estaba arruinada y, para compensar, se dedicó a expoliar
bienes de la gente que se marchaba de la decadente antigua capital de
al-Ándalus. No tenía ningún reconocimiento más allá de Córdoba. El detonante de
la revuelta de enero de 1024 fue su decisión de dar la bienvenida a jinetes
bereberes, lo que indignó a los cordobeses, que no estaban dispuestos a
permitir que estos ocuparan posiciones de poder tras haber derramado tanta
sangre para expulsarlos.
Califas de Córdoba de la fitna, 976-1031
Los cordobeses amotinados liberaron a
represaliados de la cárcel, mataron a los guerreros bereberes acogidos por el
califa y, al entrar en el alcázar, encontraron por casualidad a un príncipe
omeya, a quien decidieron proclamar como califa. Así, auparon al poder a
Muhammad III. Abd al-Rahman V intentó esconderse en los hornos de los baños,
pero lo encontraron y ejecutaron. Las crónicas condenan que los guardias se
repartieran a las mujeres del harén de Abd al-Rahman V y las violaran.
Sin embargo, este tipo de actos no era tan
excepcional como se decía. La transgresión de normas sociales fue una constante
durante la fitna del Califato de Córdoba, y en específico, la violencia contra
las mujeres servía para humillar a los hombres enemigos. Por ello, en
ocasiones, los propios hombres, al prever su derrota, mataban a sus hermanas,
esposas, concubinas o hijas para evitar que fueran esclavizadas o violadas.
Esta violencia específica contra las mujeres en contextos de guerra ha sido, y
sigue siendo, una constante en la historia humana.
Muhammad III demostró ser otro gobernante
incompetente y dado al libertinaje, alguien que no despertaba respeto y al que
llamaban cobarde y gordo. Fue motivo de chascarrillos que ofreciera puestos de
poder a personas del pueblo llano; estos, al principio, se ilusionaban creyendo
que era un gran honor, pero luego terminaban queriendo renunciar porque no
recibían ningún beneficio material debido a la bancarrota del tesoro omeya. La
situación económica, ya de por sí penosa, se agravó con el gran terremoto de al-Ándalus
de 1024.
Algunos cordobeses quisieron proclamar califa a
otro omeya, pero se arrepintieron. En respuesta, Muhammad III encarceló al
famoso poeta Ibn Hazm, lo que provocó que otros personajes que habían apoyado
al califa anterior, como el poeta Ibn Suhayd, abandonaran Córdoba por Málaga y
pidieran la intervención del califa hammudí Yahya ibn Ali. El descontento en
Córdoba convenció a Yahya de que el ambiente era propicio para volver a ocupar
la ciudad. Al enterarse de estos planes, Muhammad III huyó de Córdoba en junio
de 1025 disfrazado de cantora. Sin embargo, sus acompañantes lo traicionaron,
le robaron todo su dinero y lo asesinaron.
Yahya se tomó con calma el recuperar Córdoba y no
entró en la ciudad hasta noviembre, lo que demuestra la poca importancia que
tenía ya la vinculación de Córdoba con el califato. Yahya ibn Ali abandonó
Córdoba por Málaga en marzo y dejó a un lugarteniente bereber de la dinastía de
los Banu Ifran para que gobernara en su nombre. Sin embargo, a los dos meses un
motín de cordobeses volvió a estallar, y según el cronista Ibn Idari, mataron a
1.000 magrebíes. Por petición de los cordobeses, Jayrán de Almería y Muyahid de
Denia ocuparon la ciudad durante unas semanas, pero al no ponerse de acuerdo
para establecer un gobierno estable, los cordobeses tuvieron que decidir por sí
mismos su futuro.