domingo, 29 de marzo de 2026

CARNERETE DE PATATAS

 

CARNERETE DE PATATAS

Este guiso andaluz de patatas, conocido como “carnerete de patatas”, es una de las recetas mas desconocidas en España. Repleto de sabor, fácil de elaborar y que sin duda nos reconfortara. Podemos servirlo como entrante e incluso como guarnición, acompañando un pescado a la plancha.

 

Ingredientes

120 ml de aceite de oliva virgen extra

2 rebanadas de pan grueso, del día anterior6 dientes de ajo

1 k de patatas peladas

2 hojas de laurel

1 L de caldo de verduras

1 cucharadita de orégano seco

1/2v cucharadita de comino molido

¼ de cucharadita de hebras de azafrán

Sal

Pimienta negra recién molida

Perejil picado para decorara (opcional)

 

Elaboración

En una olla grande a fuego medio, añadimos el aceite de oliva. Después de un par de minutos, agregamos las rebanadas de pan y los dientes de ajos pelados, freímos durante 3-4 minutos o hasta que están ligeramente dorados.

Mientras tanto cortamos las patatas en rodajas de 1 centímetro de grosor y una vez que las rebanadas de baguette y el ajo estén ligeramente dorados y fritos, retiramos de la olla y reservamos.

En la misma sarten y a la misma temperatura, agregamos las patatas en rodajas y las hojas de laurel, mezclamos continuamente. Después de 5 minutos, cuando las patatas estén ligeramente salteadas, salpimentamos al gusto, mezclamos bien y luego agregamos el caldo de verduras, lo suficiente para que apenas cubra las patatas. Subimos el fuego y removemos suavemente.

Mientras se calienta el caldo, añadimos los dientes de ajo frito a un mortero, junto con el orégano seco, el comino en molido, el azafrán y una pizca de sal, majamos muy bien los ingredientes hasta que el ajo este bien integrado con todos los ingredientes y triturado. Luego añadimos las rebanadas de pan frito y continuamos majando hasta que todos los ingredientes hayan formada una textura pastosa.

Una vez que el caldo hierva, agregamos el majado y removemos muy bien, luego tapamos la olla y bajamos el fuego a medio bajo, y cocinamos a fuego lento durante 15 minutos o hasta que las patatas estén bien cocidas.

Servimos en cuencos poco profundos y decoramos con perejil picado (opcional).

¡Buen provecho!

 

YUSUF II

 

YUSUF II

Yūsuf II: Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. Muḥammad b. Yūsuf b. Ismācīl b. Faraŷ b. Ismācīl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b. Qays al-Jazraŷī al-Anṣārī, al-Mustagnī bi-[A]llāh. Granada, c. 757 H./1356 C. – 16.XI.794 H./5.X.1392 C. Emir de al-Andalus (1391-1392), undécimo sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada (precedido por Muḥammad V y sucedido por Muḥammad VII).

Sultán nazarí

Biografía

Nació en Granada en una fecha que no se conoce pero que por diversos datos y acontecimientos de su vida y la de su padre hay que situarla hacia el año 757/1356, poco después del acceso al trono de su padre Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391) con menos de dieciséis años en šawwāl de 755/octubre de 1354, la misma fecha del asesinato de su abuelo Yūsuf I (1333-1354).

Era el primogénito y, durante el primer reinado de su padre (1354-1359), fue hijo único; posteriormente, durante el segundo reinado (1362-1391), tuvo, además de una hermana, tres hermanos varones: Abū l-Naṣr Sacd (nacido entre 1362 y 1369), Naṣr (nacido hacia la misma fecha) y Abū cAbd Allāh Muḥammad.

Su infancia fue muy agitada pues vivió y sufrió directamente la violenta sublevación que acabó con el destronamiento de su padre Muḥammad V el 28 de ramaḍān de 760/23 de agosto de 1359. Los sublevados, dirigidos por el arráez Abū Sacīd el Bermejo -posteriormente sultán Muḥammad VI (1360-1362) y primo segundo de Muḥammad V- aprovecharon la oscuridad nocturna para escalar los muros de la Alhambra, asesinaron al chambelán de su padre, el ḥāŷib Riḍwān, y proclamaron a Ismācīl II (1359-1360), tío paterno de Yūsuf.

En el momento de la sublevación, acaecida en una noche de verano, Yūsuf, todavía un niño pequeño de unos tres años, se hallaba con su padre de camino hacia la residencia que tenían en los paradisíacos jardines del Generalife, contiguos a la Alhambra, para descansar. Ello permitió al emir salvar su vida huyendo a Guadix, aunque tuvo que dejar en Granada a su hijo Yūsuf. Tras diversos avatares, su padre debió exiliarse a Fez sin poder tampoco en este momento llevar consigo a su hijo, aunque más tarde, a mediados [15] de muḥarram de 762/[25] de noviembre de 1360, el nuevo emir, su tío Ismācīl II, le permitió que fuera trasladado, junto con su madre y las sirvientes de esta, al Magrib.

Después de casi dos años de exilio, su padre volvió a al-Andalus y consiguió recuperar el trono, tras ocho meses de lucha desde Ronda, el 20 de ŷumādà II de 763/16 de abril de 1362; una vez en la Alhambra, era el momento de que volviera también su hijo Yūsuf, que se había quedado en Fez con su séquito, pero surgió un problema con el nuevo sultán meriní Abū Zayyān, que retuvo a Yūsuf con el fin de compeler a Muḥammad V a que le devolviera Ronda. Esta ciudad había estado bajo control benimerín durante muchos años y había sido cedida al emir derrocado, para que recuperase el trono, en šawwāl de 762/agosto de 1361; tres meses después había sido entregada definitivamente al emir nazarí a cambio de su mediación ante Pedro I para que permitiera a Abū Zayyān (príncipe refugiado en la Península) trasladarse al Magrib para ser entronizado en Fez. Finalmente, el benimerín, aunque no consiguió Ronda, permitió a Yūsuf regresar a al-Andalus, acompañado del visir Ibn al-Jaṭīb, y llegar a Granada un mes y medio después que su padre, el 20 de šacbān de 763/14 de junio de 1362.

Al año siguiente y una vez asentado en el trono su padre, este celebró fastuosamente el icdār, la ceremonia de circuncisión, de su primogénito Yūsuf; corría el año 764/octubre de 1362-octubre de 1363, por lo que en esa fecha es posible que el primogénito contara ya siete años, edad a la que se suele realizar este rito (aunque también puede efectuarse a otras edades, siempre antes de la pubertad).

Ese mismo año también fue importante para Yūsuf por otro acontecimiento. Su padre decidió acabar con la enorme influencia que ejercía en al-Andalus el šayj al-guzāt, jeque o jefe de los combatientes de la fe norteafricanos, un cargo desempeñado por ambiciosos príncipes meriníes que llegaron a organizar o instigar el asesinato de varios sultanes nazaríes. Para ello, Muḥammad V encarceló al jeque Yaḥyà b. cUmar el 13 de ramaḍān de 764/26 de junio de 1363 y emitió un edicto por el que designaba a su hijo Yūsuf, a pesar de su juventud, jefe del cuerpo mayor de combatientes de la fe estacionado en la capital. En el mismo edicto le asignaba una importante alquería libre de impuestos, mientras que en otro edicto nombraba jefe del segundo cuerpo de combatientes de la fe, menor que el primero, a un hermano de Yūsuf, Abū l-Naṣr Sacd.

Con este poder y una vez que se acercaba a la mayoría de edad, Yūsuf sufrió las consecuencias de los enmarañados intereses políticos y procelosas intrigas que padeció el gobierno nazarí. Al parecer, durante una expedición que Muḥammad V realizaba por cierta comarca de al-Andalus, fueron a prevenirle de que su primogénito Yūsuf pensaba sublevarse contra él. Inmediatamente, ordenó que lo arrestaran y lo devolvieran a Granada, pues, al parecer, acompañaba a su padre en la expedición. Sin embargo, la investigación que abrió demostró la inocencia de Yūsuf, al que puso en libertad y devolvió todos los honores.

La muerte de su padre Muḥammad V el domingo 10 de ṣafar de 793/15 de enero de 1391 llevó al trono ese mismo día a Yūsuf II, con unos treinta y cinco años a la sazón. Adoptó el laqab (sobrenombre honorífico) de al-Mustagnī bi-Llāh, “el que se da por Satisfecho con Dios”.

La experiencia política que sin duda adquirió durante su larga etapa como príncipe heredero le proporcionó la agilidad para poner en marcha la engrasada y eficiente maquinaria diplomática nazarí, de tal manera que el mismo día de su entronización y de la muerte de su padre ya despachó una carta al adelantado de Murcia, Alonso Yáñez de Fajardo, confirmando las treguas suscritas unos meses antes con Castilla, que también fueron confirmadas por el consejo de regencia que gobernaba ante la minoridad de Enrique II. Téngase en cuenta que la vigencia de las treguas se mantenía mientras los firmantes vivían y a la muerte de cualquiera de ellos prescribía, por lo que había que renovarla con presteza. No obstante, en este caso no resultaba tan necesario y urgente el trámite pues la tregua firmada con Juan I en 1390 fue rubricada también por los hijos de ambos firmantes, los futuros Enrique III y Yūsuf II, con el fin de dar continuidad al tratado.

Con respecto a Aragón, escribió posteriormente, hacia el mes de marzo de ese 1391, comunicándole la muerte de su padre y su entronización, a lo que el monarca aragonés Juan I le respondió con las cortesías habituales pero mostrando extrañeza por la tardanza en comunicarle tales importantes acontecimientos, que sin duda conocería ya a través de sus espías y de Castilla. A pesar de la situación tensa y ambiente bélico que se vivió durante 1391, hubo diversos contactos diplomáticos a lo largo de este año que superaron cierto enfriamiento de las relaciones y desembocaron en un tratado de paz que se firmó el 14 de agosto de 1392 por un periodo de cinco años, igual que tratados anteriores. Dos semanas después empezó a dar sus frutos el tratado y reflejarse en las relaciones bilaterales, como muestra una carta del rey aragonés Juan I de 29 de agosto de 1392 donde se indica que en razón de la paz recientemente acordada y firmada con el emir de Granada concede la petición del embajador del emir nazarí, Yūsuf ibn Kumāša (Iuçe Abencomixa), para que autorice a los musulmanes mudéjares del reino de Aragón a que puedan salir a la calle y andar en público sin signos distintivos. Incluso, el rey de Aragón llegó a aceptar la petición de autorizar a los mudéjares de Zaragoza para que enviasen una representación al emir nazarí para que les ayudase en sus necesidades, como se indica en la carta de Juan I de 28 de agosto de 1392, aunque la licencia real fue anulada y la carta autorizando a los mudéjares a tratar con Granada no se llegó a enviar (así lo indica una nota marginal de la propia carta), probablemente por temor a las consecuencias diplomáticas y las posibilidades de intervención nazarí en asuntos de los mudéjares.

Por lo que respecta al interior del Estado, en el primer año de su reinado los acontecimientos se sucedieron vertiginosa y turbulentamente, con desenlace violento en casi todos los casos.

Comenzó “dejando” el gobierno en manos de un liberto o cliente (mawlà) de su padre llamado Jālid, que fue su visir y se encargó de recluir a los tres hermanos varones del nuevo sultán (Sacd, Naṣr y Muḥamamd) en prisión, donde murieron sin que nunca se tuvieran noticias de ellos.

El advenimiento de Yūsuf II también acarreó otras víctimas políticas: el visir y poeta Ibn Zamrak fue encarcelado en la alcazaba de Almería, si bien el emir lo restituyó en sus funciones posteriormente, a los veinte meses, el 1 de ramaḍān de 794/22 de julio de 1392.

Antes de que transcurriera el primer año de emirato de Yūsuf II, se produjo un fallido intento de magnicidio. La desenfrenada ambición de su visir Jālid le llevó a urdir una conspiración para acabar con el emir. Sin embargo, Yūsuf II fue informado a tiempo y supo cómo su ministro había preparado el veneno para asesinarlo con la colaboración de Yaḥyà b. al-Ṣā’ig, un judío que era el médico de la familia real nazarí. Inmediatamente, ordenó ejecutar a Jālid, que fue muerto en su presencia, acochinado y a golpes de espada. El médico judío no corrió mejor suerte: fue encarcelado y degollado en prisión.

Pero la tranquilidad no duró mucho si damos crédito a algunas fuentes castellanas tardías que recogen la sublevación del segundo de sus hijos, Muḥammad, para destronarlo. Aunque consiguió amotinar a gran cantidad de gente, el conflicto acabó pacíficamente gracias a la mediación del embajador del sultán de Fez, que pudo conseguir que el hijo depusiera su actitud y volviera a la obediencia de su padre.

Además de este hijo sublevado y futuro sucesor Muḥammad VII (1392-1408), también tuvo otros tres vástagos: Yūsuf (III: 1408-1417), que fue el primogénito y nació cuando su padre tenía unos veinte años; tras él nació, al poco, el ya citado Muḥammad; el tercero fue Abū l-Ḥasan cAlī y el cuarto Abū l-cAbbās Aḥmad, los dos últimos nacidos también antes de que su padre accediera al Trono pues la celebración de su icdār, la ceremonia de circuncisión, se realizó en vida de su abuelo Muḥammad V (m. 1391), al igual que sucedió con la ceremonia de circuncisión de Yūsuf (III) y su hermano Muḥammad (VII), que también fue realizada en tiempos de su abuelo. Además de estos cuatro varones, tuvo también una hija llamada Umm al-Fatḥ, que se casó con el futuro Muḥammad IX; era hermana uterina de Yūsuf III, pero solo hermana de padre de Muḥammad (VII), de lo que se deduce que Yūsuf II debió tener al menos dos esposas o concubinas.

Unos meses después de la sublevación de su hijo Muḥammad, Yūsuf II falleció el sábado 16 de ū l-qacda de 794/5 de octubre de 1392, prematuramente, pues solo contaba treinta y ocho años aproximadamente, y apenas llevaba un año y nueve meses en el trono.

La causa de su muerte, según las crónicas castellanas, fue un traje envenenado, concretamente una aljuba de oro que entre otros diversos presentes le envió el sultán de Fez. Desde el mismo momento en el que el emir granadino se la puso, enfermó y a los treinta días murió “cayéndosele á pedazos sus carnes”. A pesar de lo fantástico de la historia, lo que sí parece verosímil es la muerte por envenenamiento, práctica que estaba lejos de ser excepcional, como el propio Yūsuf descubrió el primer año de su reinado, aunque entonces pudo reaccionar a tiempo de evitar el fatídico desenlace. De hecho, incluso su propio hijo Yūsuf (III) alude veladamente al asesinato evitando entrar en detalles sobre el hecho cuando escribe en una de sus obras sobre Ibn Zamrak: “Y pasó lo que pasó con la muerte de su Majestad mi padre y el del poder por mi hermano en su lugar”.

Igual sucede con los móviles. Las crónicas cristianas indican una queja secreta del emir de Fez contra Yūsuf II y también que el benimerín albergaba el secreto propósito de apoderarse de al-Andalus y como no podía conseguirlo decidió asesinar al emir granadino. Aunque no tenemos confirmación de esta versión por otras fuentes, parece bastante verosímil la cuestión de fondo: la injerencia meriní, presente en al-Andalus nazarí, con variada intensidad, desde el siglo XIII.

En cualquier caso, de lo que no hay duda es del móvil político del crimen, que fue acabar con el emirato de Yūsuf II. Recuérdese que en el corto periodo de su reinado (veintiún meses) sufrió tres intentos de destronamiento, los dos primeros fallidos (el envenenamiento por su ministro Jālid y la sublevación de su propio hijo) y el tercero, con éxito, que fue el que acabó con su vida.

La explicación del suceso ha de basarse en una cuestión fundamental: la sucesión. El principal beneficiado de la muerte de Yūsuf II no fue, como exigía la línea dinástica, el primogénito homónimo Yūsuf, sino su hermano menor Muḥammad (VII), el mismo que ya había protagonizado la sublevación aplacada por el embajador meriní. Es posible que este diplomático prefiriese mantener la estabilidad social en la capital nazarí para situar a su candidato en el poder mediante otros medios más discretos, como ya había intentado hacer Jālid cuando trató de envenenar secretamente al emir el año anterior.

Con la historia del traje envenenado del sultán de Fez, imposible de demostrar pero también de desmentir, Muḥammad VII tenía una coartada perfecta y se libraba de sospechas, especialmente las que despertaría después de acceder al trono desplazando al legítimo sucesor, su hermano y primogénito Yūsuf (III).

En conclusión, resulta bastante probable la implicación de Muḥammad VII en el asesinato de su padre con la colaboración de diversos cortesanos, entre ellos, probablemente, algunos agentes meriníes.

 

Bibliografía

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Autor/es

  • Francisco Vidal Castro

 

MUHAMMAD IX

 

 

MUHAMMAD IX

Muḥammad IX: Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Naṣr b. Muḥammad b. Yūsuf b. Ismā‘īl b. Faraŷ b. Ismā‘īl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b. Qays al-Jazraŷī al-Anṣārī, al-Gālib bi-[A]llāh, al-Aysar (el Izquierdo o el Zurdo). Granada, c. 786 H./1384 C. – [VII.857 H.]/VII.1453 C. Emir de al-Andalus, decimoquinto sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada.

Sultán nazarí

Biografía

Fue nieto de Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391) pues su padre era Abū l-Ŷuyūš Naṣr, tercer hijo de dicho emir, por lo que estaba emparentado con varios de los emires de su época.

Debió de nacer en Granada en un momento que no se conoce pero que puede situarse hacia 786/1384-1385 o pocos años antes, pues en esa fecha su abuelo Muḥammad V organizó una solemne celebración del i‘ḏār, ceremonia de circuncisión masculina, para él y para dos hermanos de Yūsuf III (1408-1417).

De su familia se conocen dos esposas y tres hijas. En primer lugar, de su esposa Zahr al-Riyāḍ (Flor del Jardín/los Jardines) (m. 835/1431-1432), hija del alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ, tuvo a Umm al-Fatḥ, la mayor de sus hijas que se casaría con el futuro Muḥammad X al-Ṣagīr, el Chiquito (1453-1454 y 1455). Su otra esposa, también llamada Umm al-Fatḥ, era hija de Yūsuf II (1391-1392), y, por tanto, su prima hermana; mantuvo con ella una relación muy especial, le consultaba todo y no le ocultaba ningún secreto de Gobierno por su sabiduría y conocimiento de la política y la sociedad. Con esta segunda sería quizás —aunque era un poco mayor—, con la que tuvo a ‘Ā’iša y Fāṭima, la primera de las cuales (‘ Ā’iša), se casaría con el futuro sultán Abū l-Ḥasan, Muley Hacén (1464-1482 y 1483-1485) y sería la madre de Muḥammad XI, Boabdil (1482-1483 1487-1492), el último emir de la dinastía y de al-Andalus.

Además de abundantes documentos —notariales o decretos— conservados, otro testimonio de su actividad administrativa y económica son los dinares de oro y dirhemes de plata acuñados que han llegado hasta nuestros días.

En su juventud fue encarcelado en el castillo de Salobreña, probablemente tras la entronización de Muḥammad VIII (1417-1419 y 1427-1430).

Primer emirato: 1419-1427.

Su carrera política empezó con un derrocamiento. El descontento con el visir de Muḥammad VIII el Pequeño provocó una conspiración organizada por los alcaides de Íllora y Guadix, que se dirigieron a Salobreña con seiscientos jinetes y el respaldo de la poderosa familia de los Banū l-Sarrāŷ —los célebres Abencerrajes—, liberaron a Muḥammad (IX) b. Naṣr y lo proclamaron sultán. No obstante, cuando los sublevados llegaron a Granada, la capital se opuso a su entrada.

Ante ello, los sublevados solicitaron y obtuvieron una fetua que declaraba ilegítimo el emirato de Muḥammad VIII por su minoridad. La ciudad abrió entonces las puertas al pretendiente, que se dirigió a la Alhambra, donde el gran visir al-Amīn tuvo que rendirse tras obtener garantía de su seguridad, pero fue ejecutado por orden de Zahr al-Riyāḍ, la esposa del ya Muḥammad IX, para que su esposo no violara el amán concedido al visir.

El nuevo emir envió a su resobrino Muḥammad VIII a prisión en torno al 20 de marzo de 1419 y hacia mediados de ese mes inició su emirato. Adoptó el laqab (sobrenombre honorífico) de al-Gālib bi-[A]llāh (el Vencedor por [la gracia de] Dios), que también utilizó con la variante al-Gālib bi-amr Allāh (el Victorioso por el poder de Dios), aunque fue conocido por el sobrenombre de al-Aysar, el Izquierdo o el Zurdo en versión de las crónicas castellanas, cabe deducir que por poseer esta característica física.

Nombró visir Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. al-Sarrāŷ, uno de los dirigentes que había organizado la sublevación para entronizarlo y miembro de la poderosa familia de los Banū Sarrāŷ, que a partir de entonces y hasta el final de al-Andalus ejercerían una decisiva influencia política.

En cuanto a la política exterior, mantuvo buenas relaciones con Castilla: confirmó la tregua vigente que finalizaba en abril de 1421 y firmó una nueva por tres años hasta el 13 de julio de 1424 a cambio de unas parias de trece mil doblas de oro. Ello no impidió que se produjeran incidentes fronterizos, pero fueron resueltos por los jueces de frontera contemplados en los tratados de tregua y no alteraron la paz general, aunque sí fueron el origen de célebres romances fronterizos. Finalizada esta tregua, al-Gālib bi-[A]llāh propuso la renovación y fue aceptada por Juan II para dos años (15 de julio de 1424 a 15 de julio de 1426). A su finalización debió de renovarse en 1426 por otros dos años, aunque no hay constancia documental de esta renovación.

Pero Muḥammad IX también cuidó los contactos diplomáticos con los estados islámicos norteafricanos, especialmente con el Túnez ḥafṣí de Abū Fāris (1394-1434), que fue uno de sus mejores apoyos en momentos difíciles, por lo que no sorprende la presencia de un embajador extraordinario en 1421 cerca del tunecino.

Igualmente, dentro de su política exterior y como reacción al corso portugués que castigaba las costas nazaríes, al-Aysar intentó conquistar Ceuta (que Portugal había tomado en 1415) en agosto y octubre de 1419, aunque sin conseguirlo.

En el interior, al-Gālib bi-[A]llāh tuvo que hacer frente a varias revueltas. La primera, en Almería, estuvo protagonizada por un personaje conocido como “el Santo Moro”, mezcla de corsario, guía religioso y caudillo político que atemorizó las costas levantinas entre 1421 y 1426. El poder e influencia de este individuo y la gravedad de sus ataques obligaron al emir a dirigirse con su Ejército a Almería para reducirlo, pero la ciudad le cerró las puertas y tuvo que desistir de su intento.

Otra sublevación, más peligrosa y en la misma capital de al-Andalus, fue la de Yūsuf al-Mudaŷŷan, personaje sufí que comenzó su propaganda religiosa en la mezquita aljama de Granada, de donde fue expulsado por el cadí supremo Ibn Sirāŷ. Pero, en el ambiente cultural nazarí favorable al sufismo y la veneración del Profeta, fue ganando partidarios e incluso gozó del favor del propio emir, que le facilitó los medios y las atarazanas para que pudiera construir barcos en los que traer a voluntarios de allende el Estrecho para el ŷihād. Sin embargo, cuando se hizo fuerte, se rebeló, hacia el año 834/1430 o antes, se apoderó de algunos arrabales de Granada y del Albaicín y sus partidarios lo proclamaron sultán, pero al-Aysar aplastó rápidamente la revuelta.

La última sublevación de este primer reinado de Muḥammad IX fue la que lo derrocó y restauró el jueves 9 de enero de 1427 a Muḥammad VIII el Pequeño, que se hallaba prisionero en Salobreña. Al-Gālib bi-[A]llāh, tras ocho años de reinado, tuvo que huir a Almería y allí se embarcó hacia Túnez pues mantenía unas excelentes relaciones con su sultán Abū Fāris, que lo acogió hospitalariamente en su corte y le ofreció ayuda para recobrar el trono, objetivo que en menos de tres años conseguiría.

No duró mucho el exilio de al-Aysar en Túnez. Sus partidarios en al-Andalus conspiraban para restaurarlo en el trono. Un grupo de ellos de unos treinta caballeros dirigidos por Yūsuf b. al-Sarrāŷ, alcaide de Vera y ex-visir, huyeron de Muḥammad VIII a Castilla. Hacia finales de 1428 o principios de 1429 dicho alcaide llegó a la corte, en Illescas, y obtuvo el apoyo de Juan II, que, además de prometerles su auxilio, envió un embajador a Túnez para solicitar al sultán Abū Fāris que ayudase a Muḥammad IX a regresar.

A mediados de mayo de 1429 el alcaide Yūsuf y otros seguidores del derrocado salieron, en una nave fletada por el Rey aragonés, hacia Túnez, donde el sultán Abū Fāris facilitó rápidamente los medios para el regreso de Muḥammad IX, que pronto se embarcó en Orán y llegó a Vera poco antes del 18 de octubre de 1429.

Almería reconoció enseguida como sultán a Muḥammad IX y, tras ella, otras zonas próximas, iniciándose así la guerra civil. En su camino hacia Granada, al-Aysar se encontró con un escuadrón de unos seiscientos caballeros que Muḥammad VIII había enviado al mando de su hermano Abū l-Ḥasan ‘Alī para detenerlo; lejos de conseguirlo, la mayor parte de los soldados granadinos decidieron unirse al pretendiente y el resto regresó a la capital.

Al-Aysar se encontró así el camino expedito y tras el sometimiento de Guadix, entró en la capital, donde Muḥammad VIII se atrincheró en la Alhambra con más de quinientos hombres. Al-Aysar asedió el recinto y, mientras tanto, iba recibiendo la adhesión de cada vez más territorios y ciudades (Málaga, Ronda, Gibraltar).

Sin embargo, el sitiado resistió varios meses y solicitó ayuda a Castilla en virtud de las estipulaciones de la tregua firmada; Muḥammad IX también solicitó ayuda a Juan II, pero mientras intentaba explotar la situación esta se resolvió: los sitiadores excavaron una mina y cortaron el suministro de agua a la Alhambra obligando a Muḥammad VIII a negociar su rendición, que se produjo entre mediados y finales de marzo de 1430.

Segundo emirato: 1430-1431.

Una vez restaurado en el trono de la Alhambra, al-Aysar, que ya actuaba como sultán emitiendo decretos desde el 15 de rabīc II de 833/11 de enero de 1430, recluyó en la alcazaba de Salobreña a Muḥammad VIII, derrocado por segunda vez, junto con su hermano Abū l-Ḥasan cAlī, que había desempeñado un importante papel en el sostenimiento de su segundo emirato (1427-1430).

Una de las cuestiones más inmediatas era el establecimiento de un tratado de paz con Castilla, para lo que envió una embajada a Juan II en mayo proponiéndole una tregua y ofreciéndole ayuda militar en la lucha castellana contra Aragón y Navarra. Juan II, que se hallaba negociando con los dos reinos cristianos, dilató su respuesta hasta alcanzar un acuerdo con navarros y aragoneses (pacto de Majano de 25 de julio). Entonces rechazó la propuesta andalusí y envió después un embajador con su contrapropuesta, que era inadmisible para Granada y solo pretendía ganar tiempo y obtener información de la situación interna del sultanato.

El Monarca castellano empezó a preparar la guerra y aisló a al-Gālib bi-[A]llāh internacionalmente: envió dos embajadas en diciembre de 1430, a Abū Fāris de Túnez y a cAbd al-Ḥaqq de Fez presionándolos para que no prestaran ayuda al emir nazarí. Por otro lado, comenzó a hostigar la frontera andalusí; el 11 de noviembre los soldados nazaríes cayeron en una emboscada en Colomera, aunque se resarcieron después en Igualeja (serranía de Ronda). Mientras tanto, las relaciones con Aragón eran cordiales y fluidas, aunque no se llegara a formalizar ningún tratado de paz.

Pasado el invierno, los castellanos reanudaron los ataques en la primavera de 1431 y aunque el alcaide de Baza al-Qabṣānī les infligió un fuerte descalabro el 2 de marzo, consiguieron apoderarse de Jimena de la Frontera entre el 10 y el 13 de marzo.

Además de esta pérdida, las escasas perspectivas de tregua y la guerra que Juan II preparaba contra al-Andalus generaban un clima de descontento que podía desembocar en una sublevación, sobre todo con una oposición a la espera de la ocasión para restaurar a Muḥammad VIII el Pequeño, prisionero en Salobreña. Para al-Aysar, el riesgo de que se repitiera su destronamiento de 1427 debía ser tan elevado que adoptó una difícil y extremada decisión que cortaba de raíz este peligro: ordenó ejecutar a Muḥammad VIII y a su hermano Abū l-Ḥasan cAlī a finales de abril de 1431.

Poco después, Castilla, que continuaba la preparación de la guerra, realizó una incursión para talar y arrasar numerosos lugares de la Vega de Granada y Loja entre el 16 y el 22 de mayo de 1431. Tras ello, el propio Rey castellano se dirigió con todo su ejército contra el emirato nazarí.

Esto provocó, lógicamente, el aumento de la tensión y malestar en el interior de al-Andalus que la oposición a al-Aysar aprovechó para buscar un nuevo candidato al trono, que encontró en el príncipe Yūsuf Ibn al-Mawl (Abenalmao en las crónicas castellanas). Yūsuf era nieto materno de Muḥammad VI el Bermejo (1360-1362) y no pertenecía, por tanto, a la línea agnaticia o masculina de los nazaríes, pero fue elegido gracias a la campaña en su favor que organizó su cuñado Riḍwān Bannigaš, el Gilayre de las crónicas castellanas –aunque esta identificación ha sido cuestionada por no estar suficientemente documentada– y futuro Pedro Venegas.

Al mando del Rey, el ejército castellano llegó el 27 de junio de 1431 a la Vega de Granada, en donde se presentó Yūsuf Ibn al-Mawl acompañado de Gilayre, que había organizado el encuentro; el pretendiente solicitó ayuda a Juan II para apoderarse del trono y a cambió le ofreció su vasallaje. Esta entrevista fue el origen del celebérrimo romance “Abenámar, Abenámar”.

El enfrentamiento general con el ejército nazarí tuvo lugar el domingo 1 de julio de 1431, en la conocida como batalla de la Higueruela, con resultado de una gran derrota de los granadinos. Tras ella, el Rey castellano, acordó reconocer a Ibn al-Mawl como sultán de Granada en vasallaje a Castilla y le ofreció su ayuda para ganar el trono, pero no aprovechó la ventaja de su victoria puesto que pocos días después, el 10 de julio, regresó a Castilla sin que su candidato hubiera derrocado a Muḥammad IX al-Aysar, que seguía sin someterse a vasallaje ni pagar parias.

Sin embargo el poder de al-Aysar se había resentido y numerosos granadinos se unieron a Ibn al-Mawl, que se había retirado a Córdoba con Juan II. El Rey ordenó a los capitanes de la frontera que apoyasen militarmente la causa de Ibn al-Mawl y por ello diversas plazas andalusíes, como Montefrío, Cambil, Alicún, Cesna, Casarabonela, Turón o El Castellar proclamaron a Ibn al-Mawl. En Ardales, Ibn al-Mawl y el adelantado Gómez de Ribera firmaron el acuerdo de vasallaje a Juan II, el domingo 7 de muḥarram de 835/16 de septiembre de 1431.

El 3 de diciembre la importante ciudad de Loja se rindió al ataque de Ibn al-Mawl. Al día siguiente, se entregaron sin resistencia Archidona e Iznájar; finalmente, la misma capital, reconoció a Yūsuf Ibn al-Mawl.

Al-Aysar tuvo que abandonar la Alhambra una noche de finales de diciembre de 1431 y se dirigió a Almería, seguido de ciento cincuenta caballeros. Se llevó consigo el tesoro real además de una sobrina que era hermana del infante Cojo –futuro Yūsuf V– y dos hijos de Muḥammad VIII como rehenes.

Pero enseguida comenzó su campaña para recuperar el trono. Para ello fue decisivo el descontento y oposición generalizada de la sociedad granadina a Yūsuf IV Ibn al-Mawl una vez que se conocieron las tremendas condiciones impuestas por Castilla al nuevo emir. Mientras tanto, el destronado al-Aysar, que se había refugiado en Almería porque le era fiel, se trasladó a la cora de Rayya (Málaga) con su sobrino Yūsuf (V) el Cojo. En Vélez-Málaga fue acogido favorablemente; luego Málaga reconoció su autoridad y después Ronda, Setenil y Gibraltar.

Por su parte, Yūsuf IV preparó una expedición contra su rival, para lo que solicitó la colaboración militar castellana el 8 de febrero de 1432, pero al-Aysar se anticipó y envió a Granada a un grupo de un millar de hombres dirigidos por su sobrino Yūsuf (V). Dicho sobrino sitió al emir en la Alhambra y gran parte de la capital se levantó contra Yūsuf IV; este escribió otra vez pidiendo ayuda urgente a los castellanos y estos, junto a fuerzas leales al emir, se enfrentaron a los de al-Aysar, pero no resolvieron la situación.

Entonces los habitantes de la capital reconocieron a Muḥammad IX y le propusieron que volviera de Málaga, lo que el derrocado aceptó. Tras instalarse en la alcazaba vieja, comenzó a gobernar mientras proseguía el asedio de la Alhambra, a la que pronto entraron sus hombres por su parte trasera y desde el Generalife. Yūsuf IV no pudo huir y se escondió en una alacena camuflada, donde permaneció varios días hasta ser finalmente descubierto y ejecutado.

3) tercer emirato: 1432-1445.

Iniciado entre mediados y finales de abril de 1432, este tercero fue el más extenso de los cuatro reinados de Muḥammad IX y en él los Banū l-Sarrāŷ volvieron a ocupar los cargos más destacados, como el caso de Ibrāhīm b. cAbd al-Barr, gran visir, o Abū l-Qāsim b. al-Sarrāŷ.

Durante los tres primeros años (1432-1435), tuvo que hacer frente a una etapa de lucha fronteriza con Castilla, que no emprendió una guerra a gran escala pero sí lanzó algaradas contra Guadix, la vega de Málaga, Dúrcal, Alhama y conquistó Xiquena, Alicún, Turón, Ardales, Iznájar, El Castellar, Gibraltar y Huéscar, mientras que Íllora y Montefrío reconocieron la soberanía castellana. Por su parte, los nazaríes, que sufrieron varias derrotas, vencieron en Coín, los dos Vélez, Vera y Archidona, además de recuperar Gibraltar y Alicún y resistir en Álora.

A partir de 1436 se produjo un peligroso cambio cualitativo en esta dinámica de batallas y conquistas fronterizas: la sumisión de las propias ciudades islámicas a Castilla ante la incapacidad de al-Aysar para proteger a sus súbditos frente a los ataques castellanos. Estas ciudades fueron Vélez Blanco, Vélez Rubio, Galera, Castilléjar, Benamaurel y Benzalema, todas ellas en la zona oriental de al-Andalus. Su rendición anticipada al avance castellano les permitió ahorrarse una penosa e inútil resistencia y obtener unas buenas condiciones a cambio de su vasallaje.

Otro golpe importante fue la pérdida en abril de 1438 de Huelma, la plaza fuerte más importante en el sector central de la frontera norte. En contrapartida, las tropas nazaríes obtuvieron una aplastante victoria el 28 de julio de 1438 en Castril.

El enfrentamiento con Castilla estaba resultando demasiado costoso y Muḥammad IX propuso una tregua que también necesitaba el Rey cristiano por las luchas nobiliarias que agitaban su reino. Tras seis meses de negociaciones en las que al-Aysar rechazó el vasallaje que pretendía imponerle el Rey castellano, las treguas se acordaron por un periodo de tres años desde abril de 1439 a cambio de unas parias de veinticuatro mil dinares o doblas de oro, quinientos cincuenta cautivos de guerra castellanos y el reconocimiento de la conquista castellana de algunas localidades fronterizas.

A pesar de la tregua, el emir nazarí era consciente de que Castilla le atacaría en cuanto pudiera, por lo que envió una embajada al poderoso Sultán mameluco de Egipto, al-Ẓāhir Ŷaqmaq, que fue recibida en El Cairo el 23 de raŷab de 844/17 de diciembre de 1440. Sin embargo, el soberano egipcio no aceptó la petición de un ejército por la lejanía de al-Andalus, aunque sí envió dinero y pertrechos.

Sin ayuda exterior, el emir de Granada no tuvo más opción que mantener la tregua y envió a Ibrāhīm b. Sacīd al-Amīn para negociar con Castilla la prórroga, que Juan II aceptó el 20 de marzo de 1443 por tres años más, hasta el 15 de abril de 1446.

En cambio, la estabilidad interior fue perturbada por una sublevación protagonizada por su sobrino Yūsuf (V) b. Aḥmad, hijo de su hermana Fāṭima al-Ḥurra y al que las crónicas castellanas denominan solo como “el infante Cojo” (que anteriormente los historiadores identificaban como Muḥammad X el Cojo). Las buenas relaciones que al-Aysar mantenía con su sobrino, cuyo prestigio había ido creciendo por sus acciones militares, se fueron enturbiando y Fāṭima medió para que su hermano enviara a Yūsuf a Almería como alcaide, apartándolo así de las intrigas de la capital. Pero Yūsuf se fue haciendo cada vez más independiente y osado en Almería hasta provocar la reacción militar de al-Aysar, que dirigió personalmente el asedio al rebelde.

La resistencia de este obligó al Sultán a retirarse y en el camino de regreso supo que la capital y Guadix se habían sublevado en favor de Yūsuf. Entonces al-Aysar se dirigió a Málaga, pero las poblaciones de la zona fueron levantándose contra él y en favor del rebelde, desde Vélez-Málaga, Coín, Ronda y la Algarbía hasta la propia capital malagueña.

Refugiado en Álora y Casarabonela, la sabiduría política de al-Aysar le indujo a abdicar en favor de su sobrino Yūsuf, hacia julio de 849/1445, para detener la guerra civil. A cambio, pudo instalarse en la Alhambra y obtuvo la concesión de Salobreña y Motril.

4) Cuarto emirato: 1447-1453.

Yūsuf V fue destronado por Ismācīl III en 849/1446 y asesinado en Almería en 851/1447. Un mes después del crimen, antes de que acabara ŷumādà II/14 de agosto-11 de septiembre de 1447, Muḥammad IX recuperó el trono e Ismācīl III se refugió en Castilla.

En este cuarto y último reinado, al-Aysar adoptó una importante e inteligente medida política. Dado que no tenía hijo varón, designó como heredero al príncipe Muḥammad (X) al-Ṣagīr, “el Chiquito”, sobrino tercero suyo e hijo de Muḥammad VIII el Pequeño, al que había destronado y ejecutado en 1431. Con ello aseguraba el apoyo de la oposición; para consolidar el vínculo con el heredero, le concedió en matrimonio a su hija Umm al-Fatḥ y le confirió el mando del ejército.

Con respecto a Castilla, al-Gālib bi-[A]llāh adoptó una hábil política de intervención en las disputas internas de los castellanos y supo sacar partido de los conflictos domésticos y exteriores apoyando a las diversas partes enfrentadas. Así, el ejército nazarí, al mando de Muḥammad al-Ṣagīr, el Chiquito, efectuó frecuentes incursiones en territorio cristiano que obtuvieron abundante botín y esclavos. Juan II solicitó una tregua en octubre de 1447, que, lógicamente, Muḥammad IX rechazó pues solo favorecía a Castilla.

De esta forma pudieron los Nazaríes recuperar una serie de lugares que habían perdido con anterioridad, como Gébar, Turón o Pruna. Una de las mayores victorias andalusíes se produjo en la célebre batalla de río Verde, en al-Jazā’in (Marbella), donde los visires Ibrāhīm b. cAbd al-Barr y Abū l-Qāsim b. al-Sarrāŷ derrotaron rotundamente a las tropas del alcaide de Jimena de la Frontera, Juan de Saavedra, procedentes de Jerez, Alcalá de los Gazules, Medina Sidonia y Vejer el domingo 11 de muḥarram de 852/17 de marzo de 1448.

El impacto de esta derrota fue tal que, además de inspirar el conocido romance “Río Verde, río Verde”, obligó al Rey castellano a proponer al mes siguiente otra vez treguas al emir andalusí, que nuevamente rechazó. El acuerdo que sí firmó al-Aysar fue una suspensión general de hostilidades con Aragón y Navarra el 25 de diciembre de 1448.

El sultán nazarí y Muḥammad al-Ṣagīr, el Chiquito, prosiguieron sus campañas victoriosas por toda la frontera en 1448 y 1449, desde Murcia (Hellín) a la zona occidental (Utrera) pasando por la septentrional (Jaén, Baena) y Antequera. Igualmente, en su colaboración con los rebeldes castellanos, un poderoso ejército nazarí, al mando de Rodrigo Manrique, se internó profundamente en Castilla, en dirección a Montiel y saqueó las tierras del Comendador Mayor de Castilla y todos los lugares que no eran leales a Navarra o al citado Rodrigo Manrique. Tras ello, el ejército se dirigió a Benzalema y la región occidental del reino, donde llegó a capturar un botín sin precedentes de veinte mil cabezas de ganado.

Ante la imparable actividad militar de al-Aysar, el Rey castellano, incapaz de hacerle frente mediante la fuerza o la diplomacia, recurrió a otros medios indirectos que ya antes había usado: la intromisión en el trono nazarí. Para ello, envió de nuevo al derrocado Ismācīl III, que partió de Castilla y llegó a al-Andalus en 1449. En ṣafar de 854/marzo de 1450 se estableció en la fortaleza de Comares y la inestabilidad en las comarcas de la región propició la firma de treguas locales entre las autoridades de ambos lados de la frontera en la zona.

Ismācīl III, con la ayuda castellana, se apoderó de Málaga y fue proclamado allí el 19 de ṣafar de 854/2 de abril de 1450. Pero en la capital, las clases dirigentes y el pueblo se mantuvieron leales a Muḥammad IX y los alfaquíes condenaron la sublevación de Ismācīl III, del que habían sufrido su vasallaje a Castilla tres años antes. Apoyado por Granada, al-Aysar, se dirigió con su ejército y con Muḥammad al-Ṣagīr a Vélez-Málaga, que tomó a mediados [15] de rabīc II de 854/[28] de mayo de 1450. El jueves 15 de ŷumādà I/26 de junio conquistaron Málaga forzando a Ismācīl III a refugiarse en la Alcazaba y Gibralfaro. Las reiteradas llamadas del rebelde a los castellanos, sin resultado efectivo, no impidieron que al-Aysar tomara las atarazanas y negociara con los partidarios de Ismācīl III la rendición de las dos alcazabas y Gibralfaro.

El emir subió a la alcazaba malagueña el sábado 17 de ŷumādà I/28 de junio acompañado de todos sus alcaides y los notables de la capital, mientras una muchedumbre de Málaga y de su Algarbía acudía a su presencia. A la segunda noche, Ismācīl III pereció, probablemente ejecutado por orden de al-Aysar.

Recuperada la estabilidad, Muḥammad al-Ṣagīr, el Chiquito, instalado en la alcaidía de Almería, efectuó diversas campañas militares victoriosas en 1450 y 1451 por la frontera oriental, contra tierras murcianas, mientras Muḥammad IX gobernaba desde la Alhambra y se ocupaba de mantener la alianza con el Rey navarro y el apoyo a los nobles murcianos partidarios de Navarra y enfrentados al Rey de Castilla.

La serie de éxitos nazaríes acabó en 1452 con una derrota en la frontera sevillana por la traición de un desertor y, sobre todo, con el desastre de la batalla de los Alporchones (batalla de Lorca en las fuentes árabes) el viernes 25 de ṣafar de 856/17 de marzo de 1452, donde cayeron los principales militares de Granada y numerosos alcaides de ciudades como Baza, Vera, los Vélez, Purchena y Almería.

Esta derrota, junto a otras razones, indujeron a establecer una tregua con Castilla que al-Aysar firmó junto con su heredero Muḥammad al-Ṣagīr por cinco años, con inicio el 1 de septiembre de 1452.

Apenas un año después, Muḥammad IX al-Aysar falleció, según la misiva oficial del gran visir Abū l-Qāsim b. al-Sarrāŷ fechada en 24 de julio de 1453. Murió a avanzada edad —más de sesenta y nueve años— tras una vida agitada y prolífica, con enemigos tan poderosos como Juan II de Castilla. A pesar de todo ello y los tres destronamientos que sufrió, recuperó siempre el trono rápidamente, gobernó durante casi veintinueve años en cuatro reinados y consiguió morir como emir en el trono.

El balance global de su figura lo sitúa como uno de los principales emires andalusíes del siglo XV y uno de los actores influyentes en la política de la Península Ibérica de su época. Presenta como aspecto negativo su inicial asalto al poder que provocó un debilitamiento de la autoridad central andalusí y un desgaste de la institución emiral con las consiguientes luchas dinásticas. Su principal logro fue mantener en muy difíciles circunstancias la soberanía andalusí y defender los intereses del emirato nazarí frente a Castilla, a diferencia de otros emires que, además de someterse a vasallaje y a unas exigencias leoninas, eran meros títeres en manos del Rey castellano, como el caso de Yūsuf IV.

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Autor/es

  • Francisco Vidal Castro