miércoles, 11 de marzo de 2026

.'ALÍ B. YUSUF B.TASUFÍN

 

'ALÍ B. YUSUF B. TASUFÍN

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn. Ceuta (Ciudad Autónoma de Ceuta), 476 H./1083 C. – Marrakech (Marruecos), 24 de raŷab de 537 H./11.II.1143 C. Segundo emir almorávide de al-Andalus.

Emir almorávide

Biografía

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn nació en Ceuta, fruto de la relación de Yūsuf b. Tāšufīn con una concubina cristiana llamada Fā’iḏ al-Ḥusn. Se ignora el lugar que ocupaba entre la descendencia de su padre, aunque no era su primogénito, pues entre los almorávides seguía vigente un cierto carácter electivo que obligaba al gobernante a consultar a los principales jeques la idoneidad de los distintos candidatos al poder soberano. ‘Alī fue proclamado oficialmente como heredero en Marrakech en 1102 y posteriormente en Córdoba en 1103, con motivo del quinto y último viaje de Yūsuf b. Tāšufīn a al-Andalus. Al igual que su padre, gobernó con el título de “príncipe de los musulmanes”, aunque no llegó a obtener el reconocimiento oficial del califa abasí.

‘Alī accedió al poder a la edad de veintidós años, ejerciéndolo durante largo tiempo, durante casi cuatro décadas, de forma que el grueso de la Historia del Imperio almorávide la integran los más de ochenta años durante los cuales él y su padre Yūsuf b. Tāšufīn ejercieron el poder. En su largo período de gobierno cabe distinguir dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por signos opuestos, la inicial, más breve, señalada por los éxitos, y una larga etapa, que abarca las tres últimas décadas, durante las cuales los problemas internos y externos fueron la tónica dominante, suponiendo el inicio del declive del Imperio almorávide.

Durante los primeros quince años posteriores a su proclamación, ‘Alī supo continuar la trayectoria política de su padre, siendo capaz de continuar su tarea expansiva, de tal forma que, bajo su gobierno, el Imperio almorávide alcanzó su máxima extensión territorial. Al igual que hizo Yūsuf b. Tāšufīn, convirtió la lucha frente a los cristianos en la península Ibérica en una de sus principales prioridades políticas y obtuvo ante ellos importantes éxitos. Sin embargo, aunque sus primeros años de gobierno suponen el apogeo del poder almorávide, la segunda etapa dio lugar al inicio de su decadencia política, provocada por la doble actuación del naciente movimiento almohade en los territorios magrebíes y el renovado empuje de los cristianos en la península, a lo que se debe añadir el descontento de la propia población andalusí.

La primera fase del gobierno de ‘Alī está marcada por el signo del éxito, llevando a sus máximas cotas el apogeo de la dinastía almorávide. El escenario de sus principales victorias fue la península Ibérica, donde, al igual que su padre, actuó personalmente en varias ocasiones. Su primer desplazamiento tuvo lugar en julio-agosto de 1107, dirigiéndose a Algeciras con la única finalidad de recibir el reconocimiento de los andalusíes y tomar las primeras decisiones sobre futuras acciones frente a los cristianos. A partir de este momento tuvieron lugar sus dos principales éxitos, la victoria ante Alfonso VI en Uclés y la anexión de los últimos territorios musulmanes que permanecían independientes del poder de los almorávides, la taifa de Zaragoza y las islas Baleares.

La victoriosa política inicial de ‘Alī frente a los cristianos se vio favorecida por la situación de crisis por la que atravesó el reino castellano-leonés desde la muerte de Alfonso VI en 1109 hasta 1126, año de la proclamación de Alfonso VII, quien hasta 1131 no pacificó completamente el país. En estas circunstancias, tras las obtenidas por su padre en Sagrajas (1086) y Consuegra (1097), ‘Alī se cobró la tercera gran victoria almorávide sobre el ya anciano Alfonso VI, siempre derrotado frente a los beréberes, si bien el emir no participó directamente en la campaña, siendo las fuerzas musulmanas dirigidas por su hermano mayor Tamīm b. Yūsuf, gobernador almorávide de al-Andalus. El gran objetivo era la recuperación de Toledo y el encuentro se produjo el 14 de šawwāl de 501/27 de mayo de 1108 en Uclés, principal baluarte defensivo cristiano en la línea del Tajo, que cayó en manos musulmanas. El castigo sobre el Rey castellano-leonés fue doble pues, además, la derrota fue acompañada de la muerte de Sancho, su hijo y heredero. La toma de Uclés posibilitó, además, la recuperación de las fortalezas de Ocaña, Huete y Cuenca, reforzando las posibilidades de volver a conquistar Toledo.

Este objetivo fue el que determinó, al año siguiente, la segunda venida del emir a al-Andalus para dirigir su primera campaña militar, siendo su presencia el mejor testigo de la importancia política y militar otorgada a esta empresa. Los almorávides lograron tomar la fortaleza de Talavera, pero Álvar Fáñez se hizo fuerte en la capital del Tajo y el emir hubo de retirarse tras un mes de asedio sin lograr su objetivo.

Tras el fracaso de la toma de Toledo, la segunda acción exitosa del gobierno de ‘Alī fue la conquista de la taifa de Zaragoza, que seguía siendo tributaria de Alfonso VI, poniendo fin al último de los reinos surgidos a comienzos del siglo XI de la desmembración del califato omeya. La ocasión propicia fue la muerte del soberano al-Musta‘īn en 1110, cuyo hijo y sucesor no congregó el apoyo de todos los sectores, imponiéndose la facción partidaria de la anexión a los almorávides. El 30 de mayo del citado año se producía la ocupación de Zaragoza. A ello se añadió, cinco años después, la obtención del control directo sobre las Baleares, donde hasta entonces gobernaba un antiguo cliente del señor de Denia. Aprovechando su muerte, los catalanes ocuparon por un momento las islas, pero la presencia de la escuadra almorávide los hizo huir precipitadamente, convirtiéndose, desde entonces, en una porción más del Imperio.

La ocupación de Zaragoza y de las Baleares poseen una fuerte carga simbólica, pues significa el momento de máxima expansión territorial del Imperio almorávide, que, en ese momento, unificaba los territorios magrebíes y peninsulares, desde el valle del Ebro hasta el Níger.

Motivado por estos éxitos, que reforzaban su poder al convertirlo en la única autoridad islámica de la península, ‘Alī cruzó por tercera vez a al-Andalus en 1117 con la intención de volver a dirigir el ŷihād contra los cristianos. Su campaña, sin embargo, no fue exitosa, ya que, aunque logró la recuperación de Coimbra, al cabo de pocas semanas la ciudad fue abandonada. El fracaso de esta campaña anunciaba el inicio del declive almorávide y marca el inicio de la segunda fase, que abarca la mayor parte de su gobierno. El primer descalabro importante fue la pérdida de Zaragoza (18 de diciembre de 1118), segundo núcleo urbano relevante, tras Toledo, que pasaba a manos de los cristianos, y primera pérdida territorial de los almorávides en la península. Como afirma J. Bosch, Zaragoza y el año 1118 marcan el primer eslabón del declive que acabará por llevar a los almorávides a su ruina.

Por esos mismos años comenzó a manifestarse un fenómeno que ya venía de atrás, si bien los éxitos de los almorávides frente a los cristianos habían provocado que permaneciese en estado latente. Se trata del rechazo de la población andalusí al dominio político de los almorávides, en parte producido por el fuerte contraste social y cultural existente entre la sociedad autóctona y los beréberes norteafricanos, que convertía a estos en una casta gobernante escasamente identificada con sus gobernados. La primera manifestación de este fenómeno fue la revuelta de Córdoba de 1121, provocada por un incidente puntual entre un miembro de las milicias almorávides y una mujer cordobesa, que acabó con la expulsión del gobernador local y el saqueo de su palacio. El emir ‘Alī no dudó en enviar un contingente contra la capital cordobesa, pero la intervención de los alfaquíes cordobeses, que defendieron la postura de sus conciudadanos, impidió que el asunto acabase en un baño de sangre, dado el gran respeto de los emires almorávides a las opiniones de los juristas mālikíes.

Hacia la misma época tuvo lugar una de las más claras manifestaciones del poder del rey Alfonso I de Aragón, quien entre 1125-1126 y durante quince meses realizó una profunda incursión por el territorio musulmán sin que los almorávides fuesen capaces de repeler su presencia. Con un contingente de unos cuatro mil caballeros y descendiendo por el Levante se dirigió a Granada, que no logró tomar, desde donde se encaminó a la campiña de Córdoba, en pleno corazón del dominio musulmán, donde derrotó a las tropas de Tamīm en marzo de 1126 cerca de Lucena (Córdoba). Pese a esta demostración de fuerza, los cristianos aún no estaban en condiciones de mantener posiciones tan avanzadas en el territorio musulmán, por lo que Alfonso I regresó a sus bases de partida, siendo acompañado por un importante contingente de pobladores cristianos, que regresaron junto a él a Aragón.

Aparte de poner de manifiesto la notoria debilidad almorávide, esta incursión tuvo graves consecuencias respecto a la población cristiana del Sur de al-Andalus, los mozárabes. Un dictamen jurídico o fetua del eminente alfaquí cordobés Ibn Rušd, abuelo del célebre filósofo Averroes, sirvió de justificación legal para la deportación de muchos cristianos al Norte de África bajo la acusación de haber suscitado y apoyado la expedición del rey aragonés, rompiendo, así, el pacto que los unía al Estado musulmán como “protegidos”.

La primera manifestación de descontento de la población andalusí ante el dominio almorávide y el incremento de la presión de los cristianos son fenómenos coetáneos a los primeros inicios del movimiento que habrá de acabar provocando el hundimiento del Imperio almorávide. Hacia 1120 llega a Marrakech Ibn Tūmart, ideólogo y fundador del movimiento almohade, que en poco tiempo aglutinó en torno suyo un amplio grupo de seguidores, produciendo la aparición de un foco de disidencia interna que se convertirá en el principal problema del emir ‘Alī b. Yūsuf. La progresión de los almohades fue vertiginosa, pues ya en abril de 1130 Ibn Tūmart estaban en condiciones de plantearse el asalto de la capital almorávide, a la que sometió a asedio, encabezando su defensa el propio emir, que finalmente pudo poner en fuga a los asaltantes, quienes se retiraron sufriendo una severa derrota. A los pocos meses se produjo la muerte del propio Ibn Tūmart en su santuario de Tinmelal, siendo sucedido por ‘Abd al-Mu’min, quien, a la larga, sería el encargado de liquidar el gobierno de la dinastía almorávide.

A partir de 1132, tras la proclamación como califa almohade de ‘Abd al-Mu’min, se inicia el proceso de lucha encarnizada entre almorávides y almohades, que culminará quince años después con la caída de Marrakech. Durante esos años se produce la progresiva pérdida de territorios por parte del emir ‘Alī b. Yūsuf, incapaz de detener el avance de los almohades. Fue en esta época, al convertirse la lucha contra los almohades en la principal preocupación del emir almorávide, cuando surge la figura de Reverter, el caballero catalán que actuó al servicio de ‘Alī b. Yūsuf y fue el lugarteniente de su hijo y sucesor Tāšufīn, convirtiéndose en el principal baluarte de su ejército.

Hacia las mismas fechas en que comienzan a manifestarse los problemas internos se reanudó la política expansiva de los cristianos en la península Ibérica, siendo su principal baluarte el rey Alfonso VII, quien contó con la ayuda del señor musulmán llamado Sayf al-Dawla, Zafadola en las crónicas cristianas, último descendiente de los Hūdíes de Zaragoza, refugiados en la inexpugnable fortaleza de Rueda. Con ello trataba de explotar el creciente descontento de la población andalusí hacia el dominio almorávide, convirtiendo a Zafadola en el símbolo de su resistencia. Dicho descontento sería tanto más profundo cuanto menos capaces se demostrasen los almorávides de defender a los musulmanes frente a los cristianos, a lo que responde la política de hostigamiento y las campañas y cabalgadas realizadas por el soberano castellano-leonés por tierras andalusíes.

La intensificación de la amenaza almohade y el consiguiente traslado a Marruecos de Tāšufīn b. ‘Alī, hijo y futuro heredero del emir ‘Alī, que se había encargado hasta entonces de dirigir la lucha frente a los cristianos, marca el inicio del derrumbe almorávide en al-Andalus, jalonado por las tomas de Oreja (1139) y Coria (1142) y el abandono de Albalat, lo que significaba el desmantelamiento de las posiciones musulmanas en la frontera del Tajo. De esta forma, el Imperio almorávide se veía acosado simultáneamente por dos frentes, el almohade en Marruecos y el cristiano en la península.

El emir almorávide comenzó a dar síntomas de enfermedad ya desde el año 530/1135-1136. Las crónicas afirman que en sus últimos tiempos y ante la creciente gravedad de los problemas, ‘Alī b. Yūsuf tendió progresivamente a desentenderse de los asuntos de gobierno y se entregaba cada vez con más frecuencia e intensidad a la actividad religiosa, a la que era tan dado, pasando las noches en prácticas devotas y ayunando durante el día. Murió finalmente en Marrakech el 24 de raŷab de 537/11 de febrero de 1143, a la edad de 56 años, si bien su fallecimiento no se anunció públicamente hasta transcurridos tres meses.

En la práctica, su desaparición marca el final de la dinastía almorávide, que sólo sobrevivió cuatro años más, de manera que sus sucesores apenas ejercieron un poder efectivo. Debido a la muerte prematura del príncipe heredero Sīr, ‘Alī fue sucedido por su hijo Tāšufīn, quien sólo gobernó hasta 1145, y tras dos efímeros y casi nominales emires (Ibrāhīm e Isḥāq b. ‘Alī), los almohades tomaban Marrakech en 1147 y ponían fin a al gobierno almorávide de manera definitiva.

 

Bibliografía

R. Dozy, “Sur l’expedition d’Alphonse le Batailleur contre l’Andalousie”, en R. Dozy, Recherches sur l’Histoire et la Litterature de l’Espagne au Moyen Age, Leiden, E. J. Brill, 1860, 2 vols., 2ª ed, I, págs. 343-360

F. Codera, Decadencia y desaparición de los Almorávides en España, Zaragoza, Tipografía de Comas Hermanos, 1899

A. Huici Miranda, Colección de crónicas árabes de la Reconquista, Tetuán, Instituto General Franco, 1952

“La batalla de Uclés y la muerte del infante don Sancho (1108)”, en Tamuda, 2 (1954), págs. 259-286

J. Bosch Vilà, Los almorávides, Tetuán, Editora Marroquí, 1956, págs. 99-103 (col. Instituto General Franco de estudios e investigación hispano-árabe)

A. Huici Miranda, Historia política del Imperio almohade, Tetuán, Editora Marroquí, 1956-1957, 2 vols. (col. Instituto General Franco de estudios e investigación hispano-árabe)

“‘Alī b. Yūsuf y sus empresas en al-Andalus”, en Tamuda, VII (1959), págs. 77-127

“El Rawḍ al-qirtās y los almorávides”, Hesperis-Tamuda, I, 3 (1960), págs. 515-541

V. Lagardère, “Communautés mozarabes et pouvoir almoravide en 519 H./1125 en Andalus”, Studia Islamica, 67 (1988), págs. 99-119

Les almoravides jusqu’au règne de Yūsuf b. Tāšfīn (1039-1106), París, L'Harmattan, 1989

D. Serrano, “Dos fetuas sobre la expulsión de mozárabes al Magreb en 1126”, en Anaquel de Estudios Árabes, 2 (1991), págs. 163-182

M.ª J. Viguera Molins (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades (siglos XI al XIII), t. VIII/2 de Historia de España Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1997

V. Lagardère, Les almoravides. Le djihâd andalou, París, L'Harmarran, histoire et perspectives méditerranéennes, 1998

F. García Fitz, Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam (siglos XI-XIII), Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2002

H. T. Norris y P. Chalmeta, “Al-Murābiṭūn”, en VV. AA., Encyclopédie de l’Islam, vol. VII, Leiden, E. J. Brill, 2007, págs. 584-591.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn. Ceuta (Ciudad Autónoma de Ceuta), 476 H./1083 C. – Marrakech (Marruecos), 24 de raŷab de 537 H./11.II.1143 C. Segundo emir almorávide de al-Andalus.

Emir almorávide

Biografía

‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn nació en Ceuta, fruto de la relación de Yūsuf b. Tāšufīn con una concubina cristiana llamada Fā’iḏ al-Ḥusn. Se ignora el lugar que ocupaba entre la descendencia de su padre, aunque no era su primogénito, pues entre los almorávides seguía vigente un cierto carácter electivo que obligaba al gobernante a consultar a los principales jeques la idoneidad de los distintos candidatos al poder soberano. ‘Alī fue proclamado oficialmente como heredero en Marrakech en 1102 y posteriormente en Córdoba en 1103, con motivo del quinto y último viaje de Yūsuf b. Tāšufīn a al-Andalus. Al igual que su padre, gobernó con el título de “príncipe de los musulmanes”, aunque no llegó a obtener el reconocimiento oficial del califa abasí.

‘Alī accedió al poder a la edad de veintidós años, ejerciéndolo durante largo tiempo, durante casi cuatro décadas, de forma que el grueso de la Historia del Imperio almorávide la integran los más de ochenta años durante los cuales él y su padre Yūsuf b. Tāšufīn ejercieron el poder. En su largo período de gobierno cabe distinguir dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por signos opuestos, la inicial, más breve, señalada por los éxitos, y una larga etapa, que abarca las tres últimas décadas, durante las cuales los problemas internos y externos fueron la tónica dominante, suponiendo el inicio del declive del Imperio almorávide.

Durante los primeros quince años posteriores a su proclamación, ‘Alī supo continuar la trayectoria política de su padre, siendo capaz de continuar su tarea expansiva, de tal forma que, bajo su gobierno, el Imperio almorávide alcanzó su máxima extensión territorial. Al igual que hizo Yūsuf b. Tāšufīn, convirtió la lucha frente a los cristianos en la península Ibérica en una de sus principales prioridades políticas y obtuvo ante ellos importantes éxitos. Sin embargo, aunque sus primeros años de gobierno suponen el apogeo del poder almorávide, la segunda etapa dio lugar al inicio de su decadencia política, provocada por la doble actuación del naciente movimiento almohade en los territorios magrebíes y el renovado empuje de los cristianos en la península, a lo que se debe añadir el descontento de la propia población andalusí.

La primera fase del gobierno de ‘Alī está marcada por el signo del éxito, llevando a sus máximas cotas el apogeo de la dinastía almorávide. El escenario de sus principales victorias fue la península Ibérica, donde, al igual que su padre, actuó personalmente en varias ocasiones. Su primer desplazamiento tuvo lugar en julio-agosto de 1107, dirigiéndose a Algeciras con la única finalidad de recibir el reconocimiento de los andalusíes y tomar las primeras decisiones sobre futuras acciones frente a los cristianos. A partir de este momento tuvieron lugar sus dos principales éxitos, la victoria ante Alfonso VI en Uclés y la anexión de los últimos territorios musulmanes que permanecían independientes del poder de los almorávides, la taifa de Zaragoza y las islas Baleares.

La victoriosa política inicial de ‘Alī frente a los cristianos se vio favorecida por la situación de crisis por la que atravesó el reino castellano-leonés desde la muerte de Alfonso VI en 1109 hasta 1126, año de la proclamación de Alfonso VII, quien hasta 1131 no pacificó completamente el país. En estas circunstancias, tras las obtenidas por su padre en Sagrajas (1086) y Consuegra (1097), ‘Alī se cobró la tercera gran victoria almorávide sobre el ya anciano Alfonso VI, siempre derrotado frente a los beréberes, si bien el emir no participó directamente en la campaña, siendo las fuerzas musulmanas dirigidas por su hermano mayor Tamīm b. Yūsuf, gobernador almorávide de al-Andalus. El gran objetivo era la recuperación de Toledo y el encuentro se produjo el 14 de šawwāl de 501/27 de mayo de 1108 en Uclés, principal baluarte defensivo cristiano en la línea del Tajo, que cayó en manos musulmanas. El castigo sobre el Rey castellano-leonés fue doble pues, además, la derrota fue acompañada de la muerte de Sancho, su hijo y heredero. La toma de Uclés posibilitó, además, la recuperación de las fortalezas de Ocaña, Huete y Cuenca, reforzando las posibilidades de volver a conquistar Toledo.

Este objetivo fue el que determinó, al año siguiente, la segunda venida del emir a al-Andalus para dirigir su primera campaña militar, siendo su presencia el mejor testigo de la importancia política y militar otorgada a esta empresa. Los almorávides lograron tomar la fortaleza de Talavera, pero Álvar Fáñez se hizo fuerte en la capital del Tajo y el emir hubo de retirarse tras un mes de asedio sin lograr su objetivo.

Tras el fracaso de la toma de Toledo, la segunda acción exitosa del gobierno de ‘Alī fue la conquista de la taifa de Zaragoza, que seguía siendo tributaria de Alfonso VI, poniendo fin al último de los reinos surgidos a comienzos del siglo XI de la desmembración del califato omeya. La ocasión propicia fue la muerte del soberano al-Musta‘īn en 1110, cuyo hijo y sucesor no congregó el apoyo de todos los sectores, imponiéndose la facción partidaria de la anexión a los almorávides. El 30 de mayo del citado año se producía la ocupación de Zaragoza. A ello se añadió, cinco años después, la obtención del control directo sobre las Baleares, donde hasta entonces gobernaba un antiguo cliente del señor de Denia. Aprovechando su muerte, los catalanes ocuparon por un momento las islas, pero la presencia de la escuadra almorávide los hizo huir precipitadamente, convirtiéndose, desde entonces, en una porción más del Imperio.

La ocupación de Zaragoza y de las Baleares poseen una fuerte carga simbólica, pues significa el momento de máxima expansión territorial del Imperio almorávide, que, en ese momento, unificaba los territorios magrebíes y peninsulares, desde el valle del Ebro hasta el Níger.

Motivado por estos éxitos, que reforzaban su poder al convertirlo en la única autoridad islámica de la península, ‘Alī cruzó por tercera vez a al-Andalus en 1117 con la intención de volver a dirigir el ŷihād contra los cristianos. Su campaña, sin embargo, no fue exitosa, ya que, aunque logró la recuperación de Coimbra, al cabo de pocas semanas la ciudad fue abandonada. El fracaso de esta campaña anunciaba el inicio del declive almorávide y marca el inicio de la segunda fase, que abarca la mayor parte de su gobierno. El primer descalabro importante fue la pérdida de Zaragoza (18 de diciembre de 1118), segundo núcleo urbano relevante, tras Toledo, que pasaba a manos de los cristianos, y primera pérdida territorial de los almorávides en la península. Como afirma J. Bosch, Zaragoza y el año 1118 marcan el primer eslabón del declive que acabará por llevar a los almorávides a su ruina.

Por esos mismos años comenzó a manifestarse un fenómeno que ya venía de atrás, si bien los éxitos de los almorávides frente a los cristianos habían provocado que permaneciese en estado latente. Se trata del rechazo de la población andalusí al dominio político de los almorávides, en parte producido por el fuerte contraste social y cultural existente entre la sociedad autóctona y los beréberes norteafricanos, que convertía a estos en una casta gobernante escasamente identificada con sus gobernados. La primera manifestación de este fenómeno fue la revuelta de Córdoba de 1121, provocada por un incidente puntual entre un miembro de las milicias almorávides y una mujer cordobesa, que acabó con la expulsión del gobernador local y el saqueo de su palacio. El emir ‘Alī no dudó en enviar un contingente contra la capital cordobesa, pero la intervención de los alfaquíes cordobeses, que defendieron la postura de sus conciudadanos, impidió que el asunto acabase en un baño de sangre, dado el gran respeto de los emires almorávides a las opiniones de los juristas mālikíes.

Hacia la misma época tuvo lugar una de las más claras manifestaciones del poder del rey Alfonso I de Aragón, quien entre 1125-1126 y durante quince meses realizó una profunda incursión por el territorio musulmán sin que los almorávides fuesen capaces de repeler su presencia. Con un contingente de unos cuatro mil caballeros y descendiendo por el Levante se dirigió a Granada, que no logró tomar, desde donde se encaminó a la campiña de Córdoba, en pleno corazón del dominio musulmán, donde derrotó a las tropas de Tamīm en marzo de 1126 cerca de Lucena (Córdoba). Pese a esta demostración de fuerza, los cristianos aún no estaban en condiciones de mantener posiciones tan avanzadas en el territorio musulmán, por lo que Alfonso I regresó a sus bases de partida, siendo acompañado por un importante contingente de pobladores cristianos, que regresaron junto a él a Aragón.

Aparte de poner de manifiesto la notoria debilidad almorávide, esta incursión tuvo graves consecuencias respecto a la población cristiana del Sur de al-Andalus, los mozárabes. Un dictamen jurídico o fetua del eminente alfaquí cordobés Ibn Rušd, abuelo del célebre filósofo Averroes, sirvió de justificación legal para la deportación de muchos cristianos al Norte de África bajo la acusación de haber suscitado y apoyado la expedición del rey aragonés, rompiendo, así, el pacto que los unía al Estado musulmán como “protegidos”.

La primera manifestación de descontento de la población andalusí ante el dominio almorávide y el incremento de la presión de los cristianos son fenómenos coetáneos a los primeros inicios del movimiento que habrá de acabar provocando el hundimiento del Imperio almorávide. Hacia 1120 llega a Marrakech Ibn Tūmart, ideólogo y fundador del movimiento almohade, que en poco tiempo aglutinó en torno suyo un amplio grupo de seguidores, produciendo la aparición de un foco de disidencia interna que se convertirá en el principal problema del emir ‘Alī b. Yūsuf. La progresión de los almohades fue vertiginosa, pues ya en abril de 1130 Ibn Tūmart estaban en condiciones de plantearse el asalto de la capital almorávide, a la que sometió a asedio, encabezando su defensa el propio emir, que finalmente pudo poner en fuga a los asaltantes, quienes se retiraron sufriendo una severa derrota. A los pocos meses se produjo la muerte del propio Ibn Tūmart en su santuario de Tinmelal, siendo sucedido por ‘Abd al-Mu’min, quien, a la larga, sería el encargado de liquidar el gobierno de la dinastía almorávide.

A partir de 1132, tras la proclamación como califa almohade de ‘Abd al-Mu’min, se inicia el proceso de lucha encarnizada entre almorávides y almohades, que culminará quince años después con la caída de Marrakech. Durante esos años se produce la progresiva pérdida de territorios por parte del emir ‘Alī b. Yūsuf, incapaz de detener el avance de los almohades. Fue en esta época, al convertirse la lucha contra los almohades en la principal preocupación del emir almorávide, cuando surge la figura de Reverter, el caballero catalán que actuó al servicio de ‘Alī b. Yūsuf y fue el lugarteniente de su hijo y sucesor Tāšufīn, convirtiéndose en el principal baluarte de su ejército.

Hacia las mismas fechas en que comienzan a manifestarse los problemas internos se reanudó la política expansiva de los cristianos en la península Ibérica, siendo su principal baluarte el rey Alfonso VII, quien contó con la ayuda del señor musulmán llamado Sayf al-Dawla, Zafadola en las crónicas cristianas, último descendiente de los Hūdíes de Zaragoza, refugiados en la inexpugnable fortaleza de Rueda. Con ello trataba de explotar el creciente descontento de la población andalusí hacia el dominio almorávide, convirtiendo a Zafadola en el símbolo de su resistencia. Dicho descontento sería tanto más profundo cuanto menos capaces se demostrasen los almorávides de defender a los musulmanes frente a los cristianos, a lo que responde la política de hostigamiento y las campañas y cabalgadas realizadas por el soberano castellano-leonés por tierras andalusíes.

La intensificación de la amenaza almohade y el consiguiente traslado a Marruecos de Tāšufīn b. ‘Alī, hijo y futuro heredero del emir ‘Alī, que se había encargado hasta entonces de dirigir la lucha frente a los cristianos, marca el inicio del derrumbe almorávide en al-Andalus, jalonado por las tomas de Oreja (1139) y Coria (1142) y el abandono de Albalat, lo que significaba el desmantelamiento de las posiciones musulmanas en la frontera del Tajo. De esta forma, el Imperio almorávide se veía acosado simultáneamente por dos frentes, el almohade en Marruecos y el cristiano en la península.

El emir almorávide comenzó a dar síntomas de enfermedad ya desde el año 530/1135-1136. Las crónicas afirman que en sus últimos tiempos y ante la creciente gravedad de los problemas, ‘Alī b. Yūsuf tendió progresivamente a desentenderse de los asuntos de gobierno y se entregaba cada vez con más frecuencia e intensidad a la actividad religiosa, a la que era tan dado, pasando las noches en prácticas devotas y ayunando durante el día. Murió finalmente en Marrakech el 24 de raŷab de 537/11 de febrero de 1143, a la edad de 56 años, si bien su fallecimiento no se anunció públicamente hasta transcurridos tres meses.

En la práctica, su desaparición marca el final de la dinastía almorávide, que sólo sobrevivió cuatro años más, de manera que sus sucesores apenas ejercieron un poder efectivo. Debido a la muerte prematura del príncipe heredero Sīr, ‘Alī fue sucedido por su hijo Tāšufīn, quien sólo gobernó hasta 1145, y tras dos efímeros y casi nominales emires (Ibrāhīm e Isḥāq b. ‘Alī), los almohades tomaban Marrakech en 1147 y ponían fin a al gobierno almorávide de manera definitiva.


Bibliografía

R. Dozy, “Sur l’expedition d’Alphonse le Batailleur contre l’Andalousie”, en R. Dozy, Recherches sur l’Histoire et la Litterature de l’Espagne au Moyen Age, Leiden, E. J. Brill, 1860, 2 vols., 2ª ed, I, págs. 343-360

F. Codera, Decadencia y desaparición de los Almorávides en España, Zaragoza, Tipografía de Comas Hermanos, 1899

A. Huici Miranda, Colección de crónicas árabes de la Reconquista, Tetuán, Instituto General Franco, 1952

“La batalla de Uclés y la muerte del infante don Sancho (1108)”, en Tamuda, 2 (1954), págs. 259-286

J. Bosch Vilà, Los almorávides, Tetuán, Editora Marroquí, 1956, págs. 99-103 (col. Instituto General Franco de estudios e investigación hispano-árabe)

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“‘Alī b. Yūsuf y sus empresas en al-Andalus”, en Tamuda, VII (1959), págs. 77-127

“El Rawḍ al-qirtās y los almorávides”, Hesperis-Tamuda, I, 3 (1960), págs. 515-541

V. Lagardère, “Communautés mozarabes et pouvoir almoravide en 519 H./1125 en Andalus”, Studia Islamica, 67 (1988), págs. 99-119

Les almoravides jusqu’au règne de Yūsuf b. Tāšfīn (1039-1106), París, L'Harmattan, 1989

D. Serrano, “Dos fetuas sobre la expulsión de mozárabes al Magreb en 1126”, en Anaquel de Estudios Árabes, 2 (1991), págs. 163-182

M.ª J. Viguera Molins (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades (siglos XI al XIII), t. VIII/2 de Historia de España Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 1997

V. Lagardère, Les almoravides. Le djihâd andalou, París, L'Harmarran, histoire et perspectives méditerranéennes, 1998

F. García Fitz, Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellano-leonesa frente al Islam (siglos XI-XIII), Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2002

H. T. Norris y P. Chalmeta, “Al-Murābiṭūn”, en VV. AA., Encyclopédie de l’Islam, vol. VII, Leiden, E. J. Brill, 2007, págs. 584-591.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

MOLLEJAS DE POLLO EN SALSA DE LA ABUELA

 

MOLLEJAS DE POLLO EN SALSA DE LA ABUELA

Esta tradicional receta guisada te transportara a tu infancia.

Las mollejas de pollo guisadas en salsa son un plato tradicional, que a menudo evoca recuerdos de la cocina casera. Este plato combina ingredientes sencillos para crear una comida nutritiva y deliciosa.

Las mollejas, una parte del pollo que a menudo se pasa por alto, se transforman mediante una cocción lenta en una textura tierna y sabrosa que es la estrella del plato. A pesar de su sencillez, preparar mollejas de pollo requiere paciencia y dedicación, lo que las convierte en un plato perfecto para ocasiones especiales o cuando tienes tiempo para cocinar y disfrutar del proceso. Sin duda, este plato es una verdadera delicia que satisfará a cualquier amante de la cocina casera.

 

Ingredientes

1 k de mollejas de pollo

2 dientes de ajo

1 cebolla grande

2 zanahorias

2 hojas de laurel

1 cucharadita de pimentón dulce

1vaso de vino blanco

Caldo de pollo

Pimienta negra recién molida

Sal

Aceite de oliva virgen extra

 

Elaboración

Limpiamos muy bien las mollejas de pollo, quitándoles el exceso de grasa, y las lavamos muy bien para evitar que amarguen. Este paso es crucial, ya que limpieza adecuada garantiza una textura suave un sabor delicioso.

Luego en una olla grande, agregamos un chorrito grande de aceite de oliva virgen extra y calentamos a fuego medio. A continuación, pelamos y picamos finamente la cebolla y los dientes de ajo. también pelamos y cortamos las zanahorias en rodajas. Añadimos estos ingredientes a la olla y sofreímos hasta que la cebolla este transparente, en ese momento añadimos las mollejas de pollo a la olla y cocinamos hasta que estén doradas por todos lados. En este punto, añadimos el pimentón dulce, las hojas de laurel, la sal y la pimienta negra recién molida al gusto. Removemos muy bien todos los ingredientes para que se integren y las especias impregnen las mollejas. Vertemos el vino blanco a la olla y dejamos que el alcohol se evapore durante unos minutos. Por último, cubrimos con el caldo de pollo , removemos y dejamos cocinar todo a fuego lento durante una hora aproximadamente, o hasta que las mollejas estén tiernas.

¡Buen provecho!

 

 

ALIOLI CASERO

 

ALIOLI CASERO

Ingredientes

½ taza de aceite de oliva virgen extra

2 dientes de ajo

1 huevo fresco

½ cucharada de jugo de limón natural

Sal

 

Elaboración

Picamos el ajo y lo añadimos al mortero. Majamos el ajo hasta que se convierta en una pasta.

Añadimos la yema de huevo al ajo, desechando la clara del huevio.

Añadimos ½ cucharada de jugo de limón natural y una pizca de sal.

Mientras majamos, vamos añadiendo poco a poco el aceite de oliva virgen extra en un chorro lento al majado de ajo y huevo y comenzamos a remover sin parar.

Continuamos añadiendo aceite de oliva en un chorro lento sin dejar de remover el alioli.

Una vez que lo hayamos terminado con todo el aceite de oliva. ¡tu alioli estará listo! Debe de tener la consistencia de una mayonesa.

¡Buen provecho!

martes, 10 de marzo de 2026

BUFONES Y MASCARADAS EN LA CÓRDOBA OMEYA

 

BUFONES Y MASCARADAS EN LA CÓRDOBA OMEYA


La presencia de bufones en los entornos cortesanos es bien conocida. En su tiempo de ocio, no pocos soberanos omeyas o ʿabbāsíes utilizaron a los bufones que parodiaban a las autoridades políticas y religiosas


Manuela Marín

Ilustración de las Maqamat de al-Hariri, Biblioteca Nacional de Francia, ms. Arabe 6094, f. 126r


En su Muqtabis, obra cumbre de la historiografía andalusí, recogió Ibn Ḥayyān (m. 1076) un largo fragmento de la obra histórica de Ibn Ḥazm, Naqṭ al-ʿarūs. Se trata de un texto muy conocido y ampliamente citado, ya que supone, entre otras cosas, un raro ejemplo de censura dirigida contra uno de los príncipes omeyas más importantes de la dinastía cordobesa: nada menos que ʿAbd al-Raḥmān III, el primero de ellos que adoptó el título califal.

No voy a entrar en las razones que llevaron a Ibn Ḥazm a denunciar la conducta desalmada del califa y su inclinación hacia el desenfreno y el libertinaje. Cabe señalar, con todo, que el propio Ibn Ḥazm, en otra de sus obras —la más famosa de todas, El collar de la paloma—, hace constar que podría incluir en ella muchos relatos sobre las relaciones amorosas de los omeyas, pero que, precisamente por su estatus como defensores de la fe, considera que no deben airearse estas cosas fuera de su círculo íntimo. No tuvo Ibn Ḥazm esa reserva cuando escribió el Naqṭ al-ʿarūs, pero, en cualquier caso, lo que cuenta allí sobre ʿAbd al-Raḥmān III —y que sólo se ha conservado en la recopilación historiográfica de Ibn Ḥayyān— tiene el interés evidente de desmarcarse de la historiográfica áulica y sus usuales retratos laudatorios de los soberanos. Quisiera referirme aquí, por otra parte, a un aspecto muy concreto de ese relato acusador, que presenta rasgos particulares y aún no resueltos.

El texto, que Ibn Ḥazm presenta con garantías de veracidad, apoyada en informaciones de personas cercanas a la dinastía omeya, se articula en torno a una serie de sucesos en los que el califa actuó con manifiesta brutalidad: la ejecución de dos esclavas, en dos escenas diferentes, aunque ambas de una crueldad fuertemente teñida de sadismo; la utilización de leones para aterrorizar a los delincuentes y el “uso” de esclavos negros como arcaduces de la noria palatina, provocando así su muerte. Las escenas de las muertes de las esclavas contienen detalles realmente truculentos, no siendo el menor de ellos el hecho de que el verdugo del califa, según se afirma en el texto,

2estaba siempre cerca de él, de noche o de día, presto para cumplir sus órdenes.

Cualquiera de estos actos, a los que se solía añadir el consumo de alcohol por parte del califa, bastaría para condenar su conducta, como lo hace Ibn Ḥazm. Lo que sorprende más es la inserción de otro cargo, que se hace constar tras la mención del episodio de los esclavos negros: “hizo cabalgar a su impúdica bufona Rasīs en cortejo, con espada y bonete, siendo así que era una vieja malvada desvergonzada”.

Ilustración de las Maqamat de al-Hariri, Biblioteca Nacional de Francia, ms. Arabe 6094, f. 75v


Es decir: que para Ibn Ḥazm la presencia de esa mujer, vestida de manera estrafalaria, en el séquito del califa, era una más de las muestras de impiedad de ʿAbd al-Raḥmān III, a la altura de su cruel conducta respecto a los servidores del palacio, tanto hombres como mujeres. Dejaré aquí este último tema, que requeriría más espacio, para centrarme en la aparición pública de Rasīs y su posible significado.

La repulsa indignada de Ibn Ḥazm hacia esa imagen tan transgresora podría haberse fundado en la utilización grotesca y paródica de dos objetos con alto contenido simbólico: la espada, como representación del poder militar, y el bonete (qalansuwa), característico tocado de los ulemas y alfaquíes. Pero esta interpretación deja sin resolver el quid de la cuestión: ¿por qué habría decidido el califa incluir a Rasīs, así ataviada, en su cortejo?

Para empezar por el principio, como siempre debe hacerse, se puede recurrir a la terminología empleada en el texto. Ibn Ḥazm llama a Rasīs “impúdica bufona”, según interpretan la expresión árabe al-māŷina muḍḥikatu-hu los traductores de este volumen del Muqtabis, María Jesús Viguera y Federico Corriente. La equivalencia entre muḍḥika y “bufona” es evidente; otra cosa es lo que representa la voz māŷina, sobre la que habrá que volver. Los traductores del texto de Ibn Ḥazm señalaron, a la vez, en una nota, la existencia de otra persona que ejercía las mismas o parecidas tareas que Rasīs. Se trataba de un hombre ciego, llamado Abū ʿImrān b. Abī ʿUmar, que, al parecer, se empleaba en entornos cortesanos y llegó a merecer el favor del califa cordobés, que lo hacía llamar para divertirse con él en sus ratos de asueto. El texto que se ocupa de este personaje aparece en la obra de Ibn ʿIḏārī, al-Bayān al-mugrib, y allí, para describir su oficio, se le califica de mutaṭayyib (el que dice bromas o bufonerías).

La voz muḍḥik parece haber sido la más utilizada, al menos en al-Ándalus, para referirse a los bufones. Aparece, por ejemplo, en un texto relativo a Sanchuelo (ʿAbd al-Raḥmān b. Muḥammad b. Abī ʿĀmir), que gustaba de rodearse de “cuentistas, cantores y bufones” (al-jayyāliyīn wa-l-muganniyīn wa-l-muḍḥikīn), tal como se dice, de nuevo, en al-Bayān al-mugrib y recoge Eduardo Manzano en un artículo citado en la bibliografía final, donde se encontrará otro, de Teresa Garulo, en el que hay referencias a los “bufones profesionales” (muḍḥik), como el que acompañaba al príncipe omeya Sulaymān b.  al-Murtaḍà b.  Muḥammad b.  ʿAbd al-Malik b. al-Nāṣir. Es lógico este uso, ya que muḍḥik quiere decir, precisamente, “el que hace reír”.

La presencia de bufones, personas ingeniosas y divertidas, en los entornos cortesanos, es bien conocida, y no sólo en el islam medieval. No pocos soberanos omeyas o ʿabbāsíes —que tanto influyeron sobre la cultura de corte en la Córdoba omeya— utilizaron a los bufones en su tiempo de ocio, formando parte de su círculo íntimo junto a poetas, músicos o esclavas cantoras. La aparición de Rasīs en el séquito del califa de Córdoba no debería, por tanto, crear escándalo; si lo hace, es porque Ibn Ḥazm se siente ofendido por su atavío y por el lugar que ocupa, siendo mujer, en el séquito del califa.

No está de más hacer aquí un breve comentario a los calificativos con que Ibn Ḥazm describe a Rasīs: una vieja malvada desvergonzada (ʿaŷūz sawʾ fāŷira). Es imposible saber cuál era la edad de Rasīs y si realmente se trataba de una mujer de edad avanzada. Las ancianas, en todo caso, se veían con recelo y el propio Ibn Ḥazm alertaba, en El collar de la paloma, sobre el peligro que representaban para los hombres, porque, al haber perdido ya la esperanza en sus relaciones con ellos, se dedicaban a proteger y cuidar a las mujeres jóvenes y guardar sus secretos. Algunos proverbios andalusíes expresan el desprecio social hacia las ancianas, ignorantes y sin seso, como puede verse, por ejemplo, en el refranero del granadino Ibn ʿĀṣim (m. 1453): “Como una vieja para decir necedades”. Calificar de vieja a una mujer equivalía, por tanto, a denigrarla. En cuanto a la maldad de Rasīs, el término utilizado (sawʾ) formaba parte del repertorio misógino empleado por un autor como ʿAbd al-Mālik b. Ḥabīb (m. 853) que, en su tratado sobre el decoro de las mujeres, opone el modelo de la mujer virtuosa al de la malvada (al-marʾa al-sawʾ) que habría de causar innumerables desdichas a quien tuviera la desgracia de desposarla. En cuanto al último rasgo con el que Ibn Ḥazm obsequia a Rasīs (fāŷira), su significado no ofrece dudas y apunta a un libertinaje desenfrenado que desprecia todas las normas religiosas y sociales.

Se ha visto antes que la expresión al-māŷina muḍḥikatu-hu, que sirve para introducir a Rasīs y situarla certeramente en su contexto, se había traducido por “su impúdica bufona”. Es, sin duda, una buena traducción; pero la palabra árabe —māŷina— contiene otras evocaciones muy difíciles, por no decir imposibles, de traducir. Māŷina remite, obviamente, a muŷūn; y dará idea del problema de su traducción el que en el estudio más amplio y reciente sobre muŷūn, que se debe al investigador húngaro Zoltan Szombathy, se haya conservado en el título el original árabe, seguido de un subtítulo explicativo (Libertinism in Medieval Muslim Society and Literature).

Como dice Szombathy, en una definición que él mismo admite como deliberadamente ambigua, muŷūn es cualquier texto o actitud que pretenda constituir una ruptura de las normas ordinarias de escritura o de conducta o que sea percibido como tal y que tenga un propósito humorístico, o sea percibido como tal. Teresa Garulo es más específica y afirma que en el concepto de muŷūn confluyen “la burla, la ironía, el humor y la réplica cortante, junto con cierto grado de licencia en la conducta y las palabras”. Y, aunque hay muchas clases de muŷūn, puede identificarse como una mezcla de humor y obscenidad que fue cultivada tanto por grandes poetas como por bufones, y que halló su hueco en la cultura popular y en la cortesana. Cuando Ibn Ḥazm califica a Rasīs de māŷina está, por tanto, acentuando su carácter libertino, pero al mismo tiempo la sitúa en una tradición literaria jocosa y provocadora que fue acogida sin dificultad en los ambientes cortesanos de Bagdad o de Córdoba.

Queda la cuestión del atavío de Rasīs. La indignación de Ibn Ḥazm no parece de difícil explicación: debió de tomarse como un insulto personal que la mujer fuera tocada con el bonete (qalansuwa) que era propio de los letrados y ulemas andalusíes, así como de los altos funcionarios de la administración califal y palatina. A eso se añadía la espada, símbolo evidente del poder militar y político, de modo que su utilización por una persona de las características de Rasīs suponía, en efecto, una absoluta subversión de lo que significaban ambos objetos, avalada por la autorización del propio califa. Más allá, incluso, de este nivel de interpretación, que seguiría la línea trazada por Ibn Ḥazm, podría intuirse en los actos del califa —pues a él corresponde la inclusión de Rasīs en el cortejo— la voluntad de proclamar su autoridad suprema sobre el ejército y los ulemas.

Cabe añadir, a estas posibles vías de entendimiento de un texto tan singular, otra que lo encaja en la tradición arriba apuntada, de la literatura de muŷūn, transgresora y popular. Existe otro texto, mucho más largo y detallado, que puede ponerse en relación con la “actuación” de Rasīs, y al que se ha prestado muy poca atención, aunque creo que la merece de sobra.

Se trata de una anécdota que forma parte de la biografía del juez Aḥmad b. Baqī b. Majlad (m. 937), tal como se ha conservado en el diccionario biográfico compuesto por el Qāḍī ʿIyāḍ, Tartīb al-madārik wa-taqrīb al-masālik, en el que se recogen biografías de ulemas norteafricanos seguidores de la doctrina jurídica de Mālik b. Anas, entre ellos, naturalmente, los andalusíes. Aḥmad era hijo de Baqī b. Majlad (m. 889), un prestigioso ulema que había introducido en al-Ándalus la ciencia de las tradiciones proféticas y él mismo fue juez de Córdoba durante el califato de ʿAbd al-Raḥmān III; de hecho, cuando ejercía el cargo de director de la oración en la mezquita aljama, fue el primero que mencionó, en enero de 929, la condición califal del hasta entonces emir.


Ilustración de las Maqamat de al-Hariri, Biblioteca Nacional de Francia, ms. Arabe 6094, f. 64v

La larga biografía de Aḥmad b. Baqī contiene una serie de anécdotas que muestran su carácter benévolo y enemigo de ejercer una justicia excesivamente punitiva, como había sido el caso de otros jueces cordobeses. A este respecto se describen algunas escenas en las que el juez se muestra tolerante hacia el consumo de alcohol, actitud que no fue excepcional entre los jueces andalusíes, pero que se manifiesta de forma más intensa en la biografía de Aḥmad b. Baqī. Para completar esta imagen de permisividad, el biógrafo del juez registra otra de sus actuaciones, cuyo comienzo merece ser reproducido:

“Iba [el juez] caminando por la parte oriental de Córdoba, acompañado de algunos de sus amigos alfaquíes y otras personas cuando encontraron, en el patio de una casa, un grupo que celebraba una boda. Había una gran multitud, con músicos para entretenerlos entre los que había también un bufón. Este estaba escenificando el juego llamado de ʿAbd al-Jāliq; iba tocado con turbante sobre el bonete, llevaba una barba postiza blanca y abundante, se envolvía en un manto y se apoyaba en un bastón, mientras iba contando chascarrillos”.

Esta introducción a la anécdota tiene, evidentemente, un interés especial para el tema que se está aquí tratando. Las fiestas de boda, en al-Ándalus, y por lo poco que se sabe de ellas, tenían un componente musical en el que participaban agrupaciones de instrumentistas y cantantes, tanto hombres como mujeres. En el grupo que se describe aquí aparece también un bufón, calificado como muḍḥik; y ya no nos sorprende comprobar que el tal bufón va caracterizado como un ulema o alfaquí de edad provecta, como prueba su abundante barba —postiza— blanca, además de su manto y su bastón. Se trata de la personificación paródica del prototipo de letrado religioso, que divierte a la audiencia con su labia chistosa y, quién sabe, algo atrevida e incluso descarada, con alusiones de un erotismo acorde con la festividad que se celebra.


Ilustración de las Maqamat de al-Hariri, Biblioteca Nacional de Francia, ms. Arabe 3929 f. 76v


De ello no se sabe nada, por supuesto; pero la sola presencia de este breve texto ilumina aspectos de la vida cotidiana en la Córdoba del siglo X que permanecen ocultos en otra clase de documentos. Gracias a la biografía del juez Aḥmad b. Baqī se sabe, en cualquier caso, que las bodas se celebraban en la ciudad con algo que se asemeja mucho a ciertas representaciones carnavalescas, en las que se trastoca el orden social imperante y se provoca la risa de la audiencia con la inversión de los roles de autoridad. Algo no muy diferente de lo que hacía ver la bufona Rasīs al salir tras el califa en su cortejo.

Esta clase de representaciones de carácter popular debieron de existir en otros espacios y sólo el azar historiográfico ha hecho que se conservaran datos sobre algunas de ellas en el mismo lugar y tiempo —la Córdoba capital del califato omeya en la primera mitad del siglo X—. Los dos textos aquí examinados dan cuenta, por otro lado, de la conexión entre determinados aspectos de la cultura de la corte y la popular, que precisarían de un estudio más detallado. Aquí se han mostrado como ejemplo de la necesidad de poner en relación fuentes documentales diversas que pueden contribuir a crear contextos y hallar sentido a conductas aparentemente enigmáticas. Para terminar, no estará de más un ejercicio de funambulismo cronológico y detenernos, siquiera brevemente, en la obra del orientalista colonial francés Auguste Mouliéras (1855-1931), que, en 1899 publicó una de sus obras más apreciadas, Le Maroc inconnu, en la que se ocupaba de las regiones del Rif y Ŷebala, principalmente. La credibilidad de los datos reunidos por Mouliéras, que no había visitado en persona esas zonas, se ha puesto a menudo en cuestión, pero se considera por algunos, como el antropólogo marroquí Abdellah Hammoudi, que, al menos en el tema de que aquí se trata, no hay razones de importancia para descartarlos.

Pues bien, en esa obra de Mouliéras se describen con detalle los personajes que intervienen en una mascarada típica de la región marroquí de Ŷebala, en el norte del país. Se trata, en especial, de agentes de la autoridad, como el caíd y sus auxiliares, el jefe local de la comunidad, el almuédano o el juez. Este último participa en las representaciones tocado con un enorme turbante; lleva un rosario hecho con conchas de caracoles y un pedazo de corcho bajo el brazo —supuestamente, un ejemplar del Corán—. Durante el tiempo de la representación, en la que todos los “actores” pasean por el pueblo, el caíd blande su espada, signo de su poder y su ferocidad, en tanto que el juez va dando juicios absurdos basados, según dice, en el libro sagrado. Las mujeres y los judíos participan igualmente en la sucesión de pequeñas anécdotas teatrales que contienen no escasas dosis de obscenidad.

No trato de establecer una relación entre performances documentadas en el siglo X andalusí y mascaradas del norte marroquí en el XIX; es tentador, sin embargo, ver en estas representaciones, ligadas a festejos populares y celebraciones carnavalescas, una comunidad de intención, una parodia de quienes ejercen el poder y no pueden ser criticados abiertamente, si no es bajo capa de la chanza y el juego, en un espacio de límites muy específicos, pero no por ello menos llamativo: en la Córdoba omeya agrupaba el entorno del califa y la celebración de unas bodas populares.


Fuentes:

·         Ibn ʿĀṣim, Ŷunnat al-riḍāʾ, ed. Ṣalāḥ Ŷarrār, Amman, 1989.

·         Ibn Ḥayyān, AI-Muqtabas V, ed. Pedro Chalmeta, Federico Corriente, Mahmud Sobh, Madrid: Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1979. Trad. María Jesús Viguera y Federico Corriente, Crónica del califa ʿAbdarraḥman III an-Nāṣir entre los años 912 y 942 (al-Muqtabis V). Zaragoza: Anubar Ediciones, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1981.

·         Ibn Ḥazm, El collar de la paloma (el collar de la tórtola y la sombra de la nube), trad. y notas Jaime Sánchez Ratia, Madrid: Hiperión, 2009.

·         Ibn ʿIḏārī, Al-Bayān al-mugrib fī ajbār al-Magrib, Beirut: Dār Ṣādir, 1950.

·         Ibn ʿIḏārī, Al-Bayān al-Mugrib, ed. BaššārʿAwwād y Maḥmūd Baššār, Tūnis: Dār al-Garb al-Islāmī, 2013.

·         Qāḍī ʿIyāḍ, Tartīb al-madārik wa-taqrīb al-masālik li-maʿrifat aʿlām maḏhab Mālik, ed. Muḥammad Benšarīfa, Rabat: Wizārat al-Awqāf, s.f.


Bibliografía:

·         Fierro, Maribel, ʿAbd al-Rahman III. The First Cordoban Caliph, Oxford: Oneworld, 2005.

·         Garulo, Teresa, “Notas sobre muŷūn en al-Andalus. El capítulo VII del Nafḥ al-ṭīb de al-Maqqarī”, Anaquel de Estudios Árabes, 26 (2015), 93-120.

·         Hammoudi, Abdellah, La victime et ses masques. Essai sur le sacrifice et la mascarade au Maghreb, Paris: Seuil, 1988.

·         Manzano Moreno, Eduardo, “De almunia en almunia. Fiestas y juergas en la Córdoba omeya”, Al-Kitāb. Juan Zozaya Stabel-Hansen, ed. Carmelo Fernández Ibáñez, Madrid: Asociación Española de Arqueología Medieval, 2019, 325-330.

·         Marín, Manuela, Individuo y sociedad en al-Andalus, Madrid: Fundación Mapfre, 1992.

·         Mouliéras, Auguste, Le Maroc inconnu. Étude géographique et sociologique. II. Exploration des Djebala, Paris: Augustin Challamel, 1899.

·         Szombathy, Zoltan, Mujūn. Libertinism in Medieval Muslim Society and Literature, Exeter: Gibb Memorial Trust, 2013.