sábado, 2 de mayo de 2026

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

3

Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 


LA EXPEDICIÓN CATALANA A CÓRDOBA DEL 1010 Y LA BATALLA DE GUADIARO

 

LA EXPEDICIÓN CATALANA A CÓRDOBA DEL 1010 Y LA BATALLA DE GUADIARO

El general Wadih se trasladó a Tortosa para contactar desde allí a los condes catalanes y pedir su apoyo a favor de Muhammad. Si el bando de Sulayman había empleado a mercenarios cristianos, ¿por qué no iba a hacer lo mismo el bando de al-Mahdi? El conde Ramón Borrell de Barcelona y Ermengol I de Urgel aceptaron la propuesta, imponiendo un precio muy alto por su ayuda. Los dos condes cobrarían cien dinares de oro por cada día de campaña, y sus soldados, dos dinares al día. Las provisiones corrían a cargo de los musulmanes, y el botín quedaría reservado para los catalanes, incluidas las mujeres magrebíes capturadas. Como referencia, un soldado califal de frontera cobraba dos dinares al mes, no al día.

Antes de partir, ya fuera por acuerdo o por la fuerza, las huestes condales se apoderaron del estratégico enclave de Montmagastre para Urgel, del que hablé en el episodio anterior. La expedición catalana pasó por Zaragoza, donde ya cometieron los primeros abusos; siguieron por Medinaceli, donde profanaron la mezquita, si hacemos caso a las fuentes árabes; y finalmente llegaron a Toledo, donde estaban reunidos los apoyos a al-Mahdi. El grueso del ejército de Sulayman estaba compuesto por bereberes, y el de Muhammad II, por mercenarios de los condados catalanes. El futuro de al-Ándalus estaba en manos de soldados extranjeros.

Expedición catalana a Córdoba del 1010, por Desperta Ferro

El 2 de junio de 1010, las tropas de al-Mahdi vencieron a los bereberes y a los andalusíes de Sulayman al-Musta’in en El Vacar, cerca de Córdoba. Los amazighes lograron matar al conde Ermengol y a otros miembros destacados de la aristocracia condal. Los jinetes bereberes abrieron filas frente a la carga de la caballería pesada catalana para luego envolverlos, pero Sulayman no entendió la táctica, pese a que le habían advertido sobre ella, y al ver que los caballeros enemigos iban hacia él huyó, provocando que la retaguardia se deshiciera. Dejó a los bereberes con el culo al aire.

Según un testimonio norteafricano, murieron 10.000 magrebíes, una exageración, mientras que otras fuentes mencionan solo 300 infantes bereberes muertos y ningún jinete, algo igualmente poco creíble. Se sabe que murieron personajes importantes como los cadíes de Elvira y Tudela. Se produjo una desbandada: Sulayman al-Musta’in tomó refugio en Játiva, y los bereberes se dirigieron rápidamente a Madinat al-Zahra y a Córdoba para recoger a sus familias y evitar ser asesinados.

Josep Suñé estudió una crónica poco utilizada que relata cómo, en el pánico generalizado, todos los bereberes de Córdoba se amontonaron en una misma puerta y eso provocó una avalancha humana en la que murieron decenas de mujeres y niños. También hubo más muertes trágicas cuando algunos se ahogaron al cruzar el Guadalquivir. Los llantos fueron inevitables en el camino de huida, y esta experiencia traumática debió influir en el comportamiento vengativo posterior de los bereberes. Robaron mulas y provisiones por el camino, dirigiéndose al sur con la intención de tomar embarcaciones para regresar al Magreb y salvar sus vidas.

Por su parte, los cordobeses saquearon Madinat al-Zahra, y el califa al-Mahdi animó a su gente a matar a cualquiera que pareciera amazigh. Al entrar en Córdoba, los catalanes cometieron asesinatos, saqueos, violaciones y extorsiones económicas, además de proferir insultos contra el islam y el profeta Muhammad. Qué diferentes eran aquellos tiempos de la época de los mártires voluntarios de Córdoba, cuando ahora un cristiano podía blasfemar contra el islam sin consecuencias.

Ibn Idari recoge la historia de una hermosa hija de campesino no bereber que fue capturada por un catalán. Su padre, desesperado, primero imploró a Wadih, quien dijo que no podía hacer nada por el pacto con los cristianos. Luego, llorando, se dirigió al captor y le ofreció 400 dinares por la libertad de su hija. El malvado tomó el dinero y mató al padre. Espero que fuera de los que luego murió en la batalla posterior. Pese a sus fechorías, los cronistas mencionan que los cordobeses recibieron bien a los catalanes como la mejor fuerza para librarse de los amazighes.

Sin embargo, hay indicios que apuntan a que el odio antibereber no estaba tan extendido y que la opinión pública cordobesa estaba más dividida de lo que nos cuentan. Después de pasar varios días en Córdoba, el califa Muhammad II pagó la soldada a los catalanes tras exigir un fuerte tributo a los cordobeses, incluso requisando dinero reservado para obras caritativas de las mezquitas. Además, convenció a los catalanes para que persiguieran a los bereberes hasta Algeciras. Al-Mahdi formó de nuevo un gran ejército popular, al que se unieron miles de cordobeses y campesinos de los alrededores, en lo que consideraban la yihad más importante.

Campaña catalana del 1010, por Desperta Ferro

Mientras tanto, los supervivientes bereberes llegaron al río Guadiaro, cerca de Ronda, y allí se encontraron casualmente con una caravana enviada por al-Qasim ibn Hammud, quien más tarde se convertiría en califa. La caravana se dirigía a Córdoba para vender caballos y hacer regalos. Los bereberes requisaron las monturas para aumentar su caballería hasta los 1.000 jinetes. Tomaron una buena posición defensiva entre los bosques y montañas, pero la moral estaba muy baja. Al ver el número de enemigos, creyeron que iban a morir, pero prefirieron combatir antes que ver el destino que podía esperarles a sus mujeres e hijos.

Pero los norteafricanos interpretaron como un mal augurio para sus enemigos los problemas constantes para montar la tienda del califa al-Mahdi. Comenzaron a hacer invocaciones y a rezar a Dios en lengua amazigh, lo que Muhammad II interpretó erróneamente como una súplica de misericordia. El omeya le dijo a Wadih que quería ofrecer a los bereberes la oportunidad de jurarle lealtad y unirse a ellos para luchar contra los mercenarios catalanes, porque estaba cansado de la extorsión económica y de los abusos que estos habían cometido contra los musulmanes.

Wadih quedó perplejo ante la idea de hacer una oferta tan generosa a un pequeño contingente bereber y arriesgarse a perder. Por muchos miles de andalusíes sin experiencia militar que hubiera incorporado al ejército, estos no valían lo mismo que los mercenarios catalanes. En ese momento, Wadih debió darse cuenta de que el califa era un inútil. Los caballeros catalanes cruzaron el río y se lanzaron al ataque, pero no lograron coger desprevenidos a los norteafricanos. Los bereberes rodearon a los catalanes y coordinaron un ataque con lanzas con el que mataron a decenas de cristianos.

El terreno estrecho hacía que unos y otros estuvieran muy apretados, por lo que los bereberes optaron por abrir sus filas, haciendo que los cristianos optaran por huir hacia el río. Al darles la espalda, los amazighes los persiguieron y provocaron una matanza, y además muchos catalanes murieron ahogados en el Guadiaro. Las crónicas hablan de entre 1.300 y 1.500 cabezas cortadas, a las que habría que sumar los muertos en el río. Otras fuentes mencionan 3.000 bajas de un ejército de 9.000 catalanes, lo que representaría un tercio de las fuerzas, aunque estas cifras son a todas luces exageradas, ya que movilizar un ejército cristiano tan grande en esta época era difícil.

Los bereberes fliparon al ver que al-Mahdi y su ejército andalusí no hacían nada por ayudar a sus aliados catalanes. Era evidente que el califa quería que murieran cuantos más mejor para reducir su influencia y ahorrarse el pago de muchos dinares, y que confiaba en la victoria de su ejército popular. Sin embargo, los amazighes no habían aceptado ningún trato con al-Mahdi, y tras acabar con los catalanes, se lanzaron contra los combatientes musulmanes de Muhammad II. Las crónicas árabes guardan silencio sobre las bajas no catalanas en el bando de al-Mahdi, pero los bereberes provocaron una desbandada completa y se apoderaron del tesoro del califa y de los enseres del campamento enemigo.

El líder de la tribu de los Banu Ifran fue mortalmente alanceado al asaltar el campamento condal, pero los bereberes se enriquecieron con un enorme botín de personas, monedas, armas, caballos y otros bienes. En el reparto, a una mujer bereber le tocó un hombre corpulento, lo que podría indicar que participó en la batalla, al igual que otras mujeres guerreras amazighes, como Yamila en el siglo IX. Esto sugiere que el botín, reservado en principio a los combatientes, fue compartido con mujeres que lucharon.

Tampoco sabemos si este y otros hombres esclavizados eran musulmanes o no, porque teóricamente los musulmanes tienen prohibido esclavizar a otros correligionarios. Sin embargo, al-Mahdi y sus seguidores cordobeses ya habían esclavizado a magrebíes pese a ser musulmanes, y esto a veces lo podían justificar legalmente considerando al enemigo un apóstata. A su vez, los bereberes podrían haber hecho lo mismo con los hombres de al-Mahdi por su alianza con los cristianos y su pasividad frente a los abusos contra musulmanes.

En el discurso legitimador de Sulayman al-Musta’in y los bereberes, estos se presentaron no solo como victoriosos guerreros de la yihad contra los cristianos, sino también como los salvadores de al-Ándalus. Y es que es en esta época cuando surgen los primeros testimonios de miedo a una posible expulsión de los musulmanes si los catalanes hubieran ganado la batalla de Guadiaro. Aunque esta percepción era exagerada, ya que los cristianos del norte aún no tenían la fuerza suficiente para tal cosa, refleja un cambio en cómo se veía a los cristianos como una amenaza existencial para al-Ándalus.

En cualquier caso, entre la batalla de El Vacar y la batalla de Guadiaro, acontecida el 21 de junio del 1010, la expedición catalana perdió a muchos hombres. Murieron en batalla o posteriormente por las heridas sufridas el conde Ermengol I de Urgel, los obispos de Osona, Barcelona y Gerona, y el judío encargado del tesoro condal, entre otros personajes destacados. Según Josep Suñé, las pérdidas humanas fueron considerables en ambos bandos, y no se puede hablar de una gran victoria bélica ni para los catalanes ni para los bereberes.

Al regresar a Córdoba, los catalanes estaban llenos de rabia y masacraron a personas que parecían bereberes. Esta es la explicación que da el cronista egipcio al-Nuwayri, pero podría ocultar que fue un ataque premeditado contra los hombres de al-Mahdi y los cordobeses en general, es decir, aquellos que los habían traicionado en la batalla de Guadiaro. Pese a los ruegos del califa Muhammad II y de Wadih, los catalanes supervivientes se negaron a seguir combatiendo tras la muerte de sus principales cabecillas y por desconfianza hacia sus aliados.

Así terminó la expedición catalana a Córdoba de 1010. Para el 1 de agosto, los catalanes habían regresado a sus condados. El resultado fue agridulce: murieron muchos cristianos, pero los supervivientes regresaron cargados de oro y botín. Para el conde de Barcelona, los beneficios económicos y políticos superaban los riesgos, ya que en los años siguientes siguió interviniendo militarmente en al-Ándalus. En un escrito del 1012 se menciona que la empresa de Ramón Borrell y Ermengol I buscaba reconstruir sus territorios tras sufrir las campañas destructivas de Almanzor y al-Muzaffar.

 

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

 

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

Los bereberes proclamaron califa a Sulayman al-Musta’in, sobrino del pretendiente ejecutado y reconocido poeta y músico. En una situación desesperada, los soldados bereberes se dirigieron al norte. Pasaron dos semanas comiendo hierbas por falta de víveres. Se presentaron ante los muros de Medinaceli con la esperanza de que el general saqaliba Wadih los apoyase contra al-Mahdi, pero este rechazó la oferta y ordenó que nadie de la Marca Media ayudase a este ejército considerado rebelde.

Sin embargo, entre la guarnición de Medinaceli había paisanos magrebíes que, por solidaridad tribal, se unieron a los suyos y atacaron con éxito Guadalajara para aprovisionarse y castigar a esta ciudad que había rechazado abrirles las puertas. En su búsqueda desesperada de alianzas, los bereberes se dirigieron al condado de Castilla. Por casualidad, emisarios de al-Mahdi y de Sulayman al-Musta’in se encontraron en la residencia del conde Sancho García. La escena era inaudita.

En 1004 era Sancho García quien pedía el arbitraje cordobés para la regencia del Reino de León y tenía que aguantarse al ver que el juez musulmán no le daba la potestad de regente. Solo cinco años después, él se había convertido en el árbitro del futuro político del Califato de Córdoba, con dos califas enfrentados pidiendo su ayuda. Qué rápido pueden cambiar las cosas. El conde de Castilla optó por aliarse con Sulayman, porque los bereberes estaban más desesperados, eran la columna del ejército califal, y además le ofrecían la misma devolución de fortalezas que habían prometido los embajadores de al-Mahdi. Sancho proporcionó cientos de bueyes, ovejas y carros llenos de víveres a los hambrientos amazighes.

De nuevo, Sulayman intentó atraerse a Wadih con su ejército reforzado con contingentes castellanos, pero el saqaliba rechazó su oferta y los combatió cerca de Alcalá de Henares. Los castellanos y los bereberes, liderados por Zawi ibn Ziri, derrotaron a Wadih en agosto de 1009, obligándolo a buscar refugio con algunos de sus hombres en la capital. A partir de aquí, el califa de Córdoba comenzó a asustarse y a temer por su vida. Al-Mahdi reforzó las defensas de la capital construyendo trincheras en los suburbios y volvió a incorporar combatientes sin experiencia a su ejército.

Pese a eso, el 5 de noviembre salió al encuentro de los enemigos en una montaña, en lugar de esperar atrincherado el ataque de Sulayman. La conocida como batalla de Qantis fue más bien una masacre, porque los bereberes emplearon la táctica del tornafuye para sacar al enemigo de sus filas y luego rodearlo. Costó muy poco que cundiera el pánico entre un ejército de ciudadanos inexpertos en asuntos militares. De forma poco creíble, las fuentes hablan de 10.000 o incluso 30.000 muertos del pueblo cordobés, incluyendo plebe, artistas y ulemas. En la batalla, Wadih mantuvo firme a su contingente de soldados profesionales, pero aprovechó la noche para retirarse con ellos a Medinaceli.

Los cordobeses fueron a jurar lealtad a Sulayman para evitar los saqueos, pero eso no evitó abusos de bereberes y castellanos. Los bereberes asediaron el alcázar omeya, y un aterrado al-Mahdi anunció que Hisham II estaba vivo, pese a que había declarado falsamente su muerte meses antes, afirmando ahora que él solo era su háyib. Menudo fraude resultó ser Muhammad II. Los bereberes se rieron cuando el cadí Ibn Dakwan les comunicó esto, y les daba igual porque ya reconocían a otro califa. Hisham II renunció nuevamente al cargo de califa a favor de al-Musta’in, quien entró en el alcázar omeya el 7 de noviembre y fue proclamado califa al día siguiente en la mezquita aljama.

Al-Mahdi logró salir del alcázar y ocultarse durante unos días, pasando por varias casas de conocidos. En una de ellas, se le fue de la mano con lo de aprovecharse de la amabilidad del anfitrión y se acostó con su mujer, lo que provocó que el enfadado cornudo lo denunciara a la policía. El califa depuesto tuvo que salir de Córdoba el 21 de diciembre y tomó refugio en Toledo. Al-Musta’in envió un ejército a Toledo para intimidar a sus habitantes y forzarlos a entregar al omeya depuesto, pero, en lugar de eso, todas las marcas fronterizas, desde Tortosa hasta Lisboa, apoyaron al califa al-Mahdi.

Quizás aquí haya que leer entre líneas los resentimientos de las provincias fronterizas contra la capital, porque no les gustaba el centralismo cordobés y querían su propia autonomía. En Córdoba, lo primero que hizo Sulayman fue descolgar el cadáver de Sanchuelo, por respeto a la dinastía amirí, a la que los bereberes sirvieron durante años. El nuevo califa ejecutó a numerosos soldados de al-Mahdi que rechazaban servirle, y a los bereberes los instaló en la ciudad-palaciega de Madinat al-Zahra para evitar que los cordobeses los asesinaran al encontrarse solos.

Por su parte, el conde Sancho García reclamó que Sulayman cumpliese con lo pactado y le entregase fortalezas, pero al-Musta’in dijo que era imposible cumplir el compromiso en esos momentos, ya que la frontera no le obedecía a él, sino a Wadih, leal a Muhammad II. Los castellanos abandonaron Córdoba a mediados de noviembre, aunque el conde dejó a un centenar de caballeros residiendo en una almunia cordobesa. No se sabe qué ocurrió con ellos después.

 

LA PERDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIOBEREBER

 

LA PÉRDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIBEREBER

Al-Mahdi empezó su califato siendo extremadamente popular, pero él mismo se encargó de ir perdiendo los apoyos clave que sostenían el Estado omeya. Los bereberes nuevos estaban en una posición difícil por haber sido clientes de la dinastía amirí, ahora caída en desgracia. Al principio, los soldados bereberes reconocieron al nuevo califa, pero Muhammad II despreciaba a los magrebíes y les recriminaba haber sido el principal sostén de un régimen ilegítimo y usurpador del poder omeya. Más importante aún, los ánimos entre los cordobeses seguían revueltos, y el califa había incorporado al ejército a varios miles de cordobeses de las clases bajas, que entendían poco de disciplina.

En una ocasión, dieron un trato vejatorio y expulsaron de la ciudad a numerosos jinetes bereberes, incluido el respetado líder de los sinhaya, Zawi ibn Ziri. Luego se dirigieron a sus casas y las saquearon. Los amazighes denunciaron el hecho ante el califa y exigieron reparación. Al-Mahdi tuvo que disculparse, prometer que les devolvería todos sus bienes y que mandaría ejecutar a algunos sospechosos de los saqueos. Sin embargo, los bereberes no podían confiar en un califa que ni siquiera podía garantizar su seguridad.

Dinastías saqaliba surgidas al descomponerse el Califato de Córdoba, además de estados con los que colaboraron alguna vez (rojo claro), por AbdurRahman AbdulMoneim.

No solo se ganó la animadversión de los bereberes, sino también la de otro grupo de poder importante para el Califato de Córdoba: los eunucos y militares saqaliba. Un grupo de esclavos amiríes fue desterrado a finales de marzo y se dirigió al sureste y este peninsular, zonas que terminarían por dominar. En abril, Muhammad simuló que Hisham II había muerto y encarceló al omeya que había nombrado heredero nada más hacerse con el poder, tal vez por sospechar de una conspiración o porque no quería compartir el poder con otra rama de la dinastía.

Al creerse lo suficientemente consolidado en su posición, despidió a 7.000 cordobeses inexpertos de su ejército. Así, al-Mahdi socavó las bases de su poder al humillar a los soldados bereberes, desterrar a algunos saqaliba amiríes, enemistarse con parte de la familia omeya y desechar algunos de sus apoyos populares. Solo le quedaba el apoyo mayoritario del pueblo cordobés. La coalición de enemigos de Muhammad II se alió para deponerlo y colocar en el trono al padre del omeya que había sido designado heredero. Paradójicamente, el propio al-Mahdi había sentado un precedente con su golpe de estado.

A finales de mayo de 1009 se produjo la revuelta, y los rebeldes mataron a dos ministros y sitiaron el alcázar. Sin embargo, la plebe de los arrabales occidentales se movilizó en masa en defensa de quien consideraban el “califa del pueblo”. Los partidarios del pretendiente fueron derrotados, y a finales de junio Muhammad II los venció en batalla. El califa hizo ejecutar al pretendiente frente a su hijo. Sin embargo, lo más grave fue que al-Mahdi ofreció una recompensa a todo aquel que presentase la cabeza de un bereber. De nuevo, incitaba a las masas a la violencia.

Recreación ideal de los suburbios de la Córdoba omeya realizada por A. Redondo Paz

Muchos cordobeses formaron bandas y se unieron a una cacería que provocó la matanza de cientos de bereberes, a quienes consideraban una mayor amenaza que los cristianos del norte. Los testigos de la masacre relatan casos espeluznantes: piadosos musulmanes de Tremecén que habían venido a al-Ándalus para hacer la yihad fueron asesinados, un magrebí fue arrojado a un foso, su casa saqueada, y sus mujeres e hijas violadas. Incluso mataron a personas de Jorasán y Siria por confundirlas con bereberes o simplemente por ser extranjeras.

Parece que la ola de ataques también se sintió más allá de Córdoba, pues hay noticias de un alfaquí amazigh asesinado en Málaga y de un peregrino ceutí muerto en Elvira. Mataron incluso a niños y a mujeres embarazadas, y a muchas mujeres magrebíes las vendieron en las casas de subastas de esclavos. Las fuentes árabes distinguen entre la venganza por un agravio personal y el odio, y aquí hablan de odio: un odio irracional y sin límites contra los bereberes, una xenofobia desatada y alentada por el propio califa, que condujo a un sangriento pogromo antibereber.

No todos los cordobeses estaban de acuerdo con esto. Muchos bereberes del ejército huyeron de Córdoba, pero muchos otros permanecieron en la ciudad refugiados en casas de andalusíes de confianza, por temor a las turbas o a que los matasen por el camino si abandonaban la ciudad. Al cabo de unas semanas, a Muhammad II le dio por prohibir que se dañase a los norteafricanos. Quizás se cansó, o vio que la situación se había ido demasiado de madre, o consideró que los ánimos de las masas cordobesas ya se habían calmado un poco.

La falta de un criterio consistente era inquietante y provocaba confusión y desconfianza, lo que minaba la autoridad de Muhammad como califa. A los soldados bereberes huidos les ofreció en repetidas ocasiones el perdón, pero estos lo rechazaron. ¿Después de matar a familiares y conocidos suyos ahora les ofrecía acogerse al amán, como si fueran ellos los que hubieran cometido una falta? ¿Y cómo podían confiar en su palabra o en que el pueblo llano lo respetase? Los magrebíes ya se encargarían de que al-Mahdi y los cordobeses que los vejaron, mataron y esclavizaron pagaran caro sus acciones.

 

LA FITNA DEL CALIFATO DE CÓRDOBA. LA GUERRA CVIL QUE DESTRUYÓ AL-ÁNDALUS

 

LA FITNA DEL CALIFATO DE CÓRDOBA. LA GUERRA CIVIL QUE DESTRUYÓ AL-ÁNDALUS

Contexto histórico de la fitna

Mapa político de la península ibérica, año 1000, por David Cot

Primero, hablemos brevemente del contexto de la fitna, los actores y algunos conceptos clave. Fitna, que traducimos como “guerra civil”, es una palabra árabe que aparece en el Corán y tiene connotaciones políticas y religiosas muy negativas, ya que la división y guerra entre musulmanes se considera el peor de los peligros para la comunidad de creyentes. La fitna es una prueba de Dios para castigar a los pecadores. Desde más o menos el año 980, Almanzor y luego sus dos hijos gobernaron al-Ándalus tras usurpar el poder del califa omeya Hisham II, quien permanecía como un títere recluido en palacio.

En términos étnicos, había tres grupos de poder relevantes en la época de la fitna. Primero, los andalusíes: descendientes de árabes, bereberes e hispanogodos arabizados e islamizados. Segundo, los bereberes o amazighes, no integrados en la sociedad andalusí, sino llegados del norte de África en las últimas décadas del califato porque Almanzor los empleaba en sus campañas de yihad. Estos destacaban por sus habilidades guerreras, su nomadismo pastoril y su organización tribal, que garantizaba cohesión y solidaridad de grupo. Tercero, los saqaliba, los esclavos y libertos de origen europeo, generalmente capturados de niños en el norte cristiano.

Muchos de ellos eran educados en la cultura árabe, se convertían al islam y, si destacaban, eran manumitidos, alcanzando riqueza y poder. Algunos eran castrados y servían en el de eunucos en los harenes, pero muchos otros no y servían en la administración o en el ejército. Tanto los bereberes como los saqaliba sumaban más de 10.000 hombres. Sin embargo, la historiografía ha sobredimensionado el componente étnico en la fitna del Califato de Córdoba. Aunque sin duda existió una fuerte xenofobia contra los bereberes, estas no explican por sí solas el conflicto.

Si la sociedad andalusí estuviera tan profundamente dividida entre etnias, no se comprenderían las coaliciones entre andalusíes, amazighes y saqaliba, ni que no hubiera grandes diferencias a la hora de gobernar las taifas. En realidad, los actores de la fitna se guiaron por intereses políticos ante todo, y eso es lo que analizaremos en este episodio.

Abd al-Rahman Sanchuelo, el destructor del legado de Almanzor

Como ya vimos en el episodio 55, el 20 de octubre de 1008 murió el háyib Abd al-Malik al-Muzaffar a los 33 años. Murió a causa de una angina que llevaba meses sufriendo, pero eso no evitó que pronto corrieran rumores de que lo había envenenado su hermano, Abd al-Rahman Sanchuelo, de 25 años. Este último, apodado de forma despectiva con ese diminutivo por ser nieto del rey de Pamplona Sancho II Garcés, asumió el poder. La sucesión fue tranquila. Sanchuelo consiguió el apoyo de numerosos cortesanos para convertirse en háyib, en primer ministro, y el califa títere Hisham II no puso objeciones, ya que seguía recluido y sin capacidad de gobernar.

Las fuentes árabes lo caracterizan unánimemente de forma muy negativa como un necio, derrochador e insensato, entregado al libertinaje y a los vicios. ¿Sabes cómo a veces hay figuras históricas tratadas injustamente y que luego han sido rehabilitadas? Pues ese no es el caso de Sanchuelo. Resulta imposible contradecir esa imagen negativa de las fuentes, y él mismo hizo méritos propios para que estallara contra él el odio acumulado contra el régimen instaurado por Almanzor.

Cubierta de marfil de un recipiente hecho para Abd al-Rahman Sanchuelo, año 999, Museo Ashmolean de Oxford.

En menos de un mes Sanchuelo consiguió lo inimaginable: el omeya Hisham II hizo heredero del título califal a este miembro de la dinastía amirí. Esto era algo con lo que su padre Almanzor siempre soñó, pero como al hacer un sondeo vio que no tendría apoyos lo dejó estar y se conformó con ser el gobernante de facto. Este detalle que algunos historiadores omiten es importante resaltar, porque Sanchuelo no fue tonto por querer ser califa, fue tonto por intentar hacerlo sin apoyos y sin haber logrado nada a nivel político o militar por sí mismo.

¿Pero cómo logró Abd al-Rahman que Hisham lo nombrara heredero? Para empezar, Hisham no tenía descendencia masculina, lo que facilitó mucho las cosas. Según algunos cronistas, consiguió el nombramiento amenazándolo de muerte, mientras que otros sostienen que se ganó su amistad organizándole fiestas. También es interesante que Sanchuelo intentó legitimarse argumentando que tanto él como Hisham eran hijos de madre vascona, e incluso pudo haber insinuado que eran hermanos, debido a los rumores de que Almanzor y Subh fueron amantes.

La lectura del acta de investidura generó conmoción entre el pueblo cordobés y entre los omeyas y sus familias clientes, que temían perder su posición privilegiada en el estado. Desde la perspectiva del islam sunní, creían inaceptable que fuera califa alguien que ni siquiera formaba parte de la tribu de los Quraysh, la misma del profeta Muhammad igual que los omeyas, abasíes o idrisíes. ¿Cómo iba a reemplazar un joven cuyo único mérito hasta ese momento era ser hijo de Almanzor a una dinastía que había gobernado a los musulmanes desde el primer siglo del islam? Sanchuelo cruzó una línea roja que hizo estallar por los aires el régimen amirí.

Las fuentes árabes también dicen que en enero de 1009 el háyib Sanchuelo pidió a los dignatarios de la corte y a los funcionarios que se presentaran en su ciudad-palaciega de Madinat al-Zahira con un turbante a la moda bereber, en contraste con el gorro o bonete típico de los cordobeses. Algunos historiadores creen que esto podría ser un invento para enfatizar la culpabilidad de los bereberes en la

fitna del Califato de Córdoba, pero, de ser real, solo habría añadido combustible a los sentimientos xenófobos de quienes creían que al-Ándalus se estaba berberizando.

En la frontera norte, la guerra entre el conde Sancho García de Castilla y al-Muzaffar no había concluido, y el castellano aprovechó la muerte del háyib para destruir Atienza, una fortaleza cerca de Medinaceli, Soria, el centro militar andalusí de la Marca Media. Abd al-Rahman Sanchuelo organizó una expedición contra él para legitimarse con una victoria militar, repitiendo la exitosa fórmula de su padre y su hermano. ¿Qué podía salir mal? Pues la verdad es que esta decisión fue muy estúpida, porque el momento no podía ser más inoportuno. Militarmente, era una mala idea, ya que se trataba de una campaña de invierno en enero, con lluvias torrenciales que dificultaban los movimientos de las tropas. Por el lado político era muy imprudente abandonar la capital cuando ya existía mucho malestar por el anuncio de que Sanchuelo heredaría el califato.

La revolución de Córdoba. El golpe de estado de Muhammad II al-Mahdi

Los partidarios omeyas aprovecharon la ausencia de Sanchuelo y de buena parte del ejército en Córdoba para organizar un golpe de estado, apoyados por las redes de informadores y el dinero de al-Dalfa, la madre de al-Muzaffar. Al-Dalfa estaba convencida de que Sanchuelo había envenenado a su hijo. También hay que tener en cuenta que la madre del háyib gozaba de un estatus especial y tenía más asegurada posición económica, y que al-Dalfa mantenía una rivalidad con Abda, la madre de Sanchuelo.

Al-Dalfa estaba dispuesta a aliarse con cualquiera que le permitiera obtener su venganza, por mucho que eso pusiese en riesgo su propia posición acomodada. Fue una mujer, Subh, quien facilitó el ascenso de la dinastía amirí, y otra mujer, al-Dalfa, quien puso los medios para su caída. Y hablando de dinero, si crees que mi trabajo de divulgación es valioso puedes hacer una donación o pagar una suscripción mensual en patreon.com/lahistoriaespana y así ganarás beneficios exclusivos. Te recomiendo informarte en la página y por supuesto suscríbete al canal o a los dos pódcasts si eres nuevo para no perderte nada.

Volviendo al tema que toca, un bisnieto del califa Abd al-Rahman III llamado Muhammad lideró la oposición omeya. Su padre había sido ejecutado dos años antes por conspirar contra el régimen amirí, así que tenía motivos personales para buscar venganza y recuperar el poder omeya. Calcularon que Sanchuelo ya debería haber llegado a tierras cristianas y entonces Muhammad atacó el alcázar omeya de Córdoba el 15 de febrero de 1009.



Vista aérea de arrabales occidentales de la Córdoba califal recreados en 3D, por Arkeo Texturas

Había reclutado a 400 hombres de entre los malhechores y clases bajas de Córdoba, y usó a unos pocos de estos para atacar de improviso a los soldados de la guarnición del alcázar. A la señal de Muhammad, desarmaron a los soldados y fueron corriendo a donde estaba el amirí que había dejado Sanchuelo de lugarteniente y lo decapitaron cuando estaba bebiendo plácidamente con la compañía de dos cantoras. Los seguidores de Muhammad salieron por las calles cordobesas gritando “a las armas”, y consiguieron un éxito mucho mayor al esperado.

Miles de cordobeses y campesinos de los alrededores confluyeron frente al desaparecido alcázar situado a la izquierda de la mezquita aljama. Algunos treparon y otros hicieron dos brechas en las murallas y lo invadieron. La guarnición de Madinat al-Zahira no se movió de donde estaba porque pensaban que el gobernador de Córdoba podría controlar el tumulto, y cundió el pánico entre ellos cuando se enteraron de su muerte y de la gravedad de la revuelta. Hisham II salió por un balcón y trató de calmar los ánimos de la multitud. Pero un califa sin fuerza de voluntad y con discapacidades físicas y mentales que lo inhabilitaban como califa no iba a ser escuchado.

Él mismo pidió a sus guardias que no pelearan por él. Para salvar la vida, Hisham II tuvo que abdicar a favor de Muhammad ibn Hisham, que adoptó el apodo honorífico de al-Mahdi bi-llah, “el bien guiado por Dios”. Según algunos cronistas, este fue el primero de sus actos reprobables, porque al-Mahdi era un apodo con connotaciones revolucionarias y mesiánicas, algo más propio de la enemiga dinastía fatimí. Por la noche Muhammad II logró calmar los ánimos y frenar el ataque del pueblo cordobés, ya que ahora ese era su alcázar.

Pero por instigación del propio al-Mahdi, el clima de Córdoba era revolucionario. Muhammad repartió armas al pueblo, liberó delincuentes de las cárceles, y formó un ejército popular o milicia con gente de oficios muy diversos, desde zapateros y barberos hasta carniceros y carpinteros, algo muy atípico en la historia islámica y ciertamente diferente al típico ejército califal liderado por ilustres familias árabes, bereberes o esclavos y libertos. Las fuentes hablan de que durante la rebelión inscribió a 50.000 cordobeses, cifra que, de ser cierta, implicaría la movilización de una parte muy sustancial de la población total de la capital andalusí.

Tal movilización popular se explica por varios factores. Desde la muerte de Almanzor no se habían producido grandes conquistas y victorias musulmanas, mientras que los impuestos que imponían para mantener al ejército profesional de bereberes y saqaliba seguían igual de altos. Se había producido una riada el mes anterior y, por la época del año en el calendario agrícola, seguramente el desempleo y la precariedad laboral eran elevados. Hay que recordar que los elevados tributos de Almanzor y sus descendientes provocaron que algunos campesinos empobrecidos tuvieran que abandonar sus tierras y probar mejor suerte yendo a la capital, por lo que el descontento por la presión fiscal entre las clases populares cordobesas era considerable.

Aun así, Peter Scales analizó los apoyos sociales de al-Mahdi y lo cierto es que había un amplio apoyo interclasista, y es que la aristocracia árabe, clientela omeya o los ulemas apoyaban la restauración del poder efectivo de un califa omeya. Lo que pasa es que las crónicas árabes usan un lenguaje clasista para condenar las actitudes de al-Mahdi que incitaban a la plebe a rebelarse y a subvertir el orden social y legal. Al-Mahdi supo canalizar todo ese descontento de los cordobeses de distintos sectores sociales y ganó un gran apoyo popular.

Pero la revuelta popular no terminó con la abdicación de Hisham. Muhammad II prometió a los 50.000 inscritos una parte del botín que conseguirían destruyendo Madinat al-Zahira, la ciudad palaciega que construyó Almanzor y que albergaba el tesoro estatal, además de una gran cantidad de armas. El 16 o 17 de febrero, los partidarios omeyas atacaron al-Zahira. Hubo algún enfrentamiento poco importante, pero a la que les prometieron respetarles la vida los 700 hombres de la guarnición se rindieron. Los seguidores de al-Mahdi y las turbas amotinadas se llevaron todo: joyas, tapices, telas de lujo, columnas, mármoles y hasta ventanas y puertas.

Pila de mármol de Almanzor, reutilizada en la alcazaba de la dinastía nazarí de Granada y ahora en el Museo de la Alhambra

Al-Mahdi se quedó con el botín monetario de más de un millón y medio de dinares de oro y cinco millones y medio de dirhams de plata. Al-Dalfa había tomado la precaución de poner a buen recaudo su gran fortuna en otro lugar, pero la revuelta que ella misma instigó casi se volvió en su contra, porque fue inesperado que tantos cordobeses se unieran a un motín que pudo haber quedado solamente en un golpe palaciego. Se le permitió instalarse con un nieto suyo en una casa cedida por el califa. Al menos se cobró la venganza de hacer caer a Sanchuelo, aunque si creía de verdad que este mató a su querido hijo al-Muzaffar, se equivocaba.

No sabemos qué pasó con Abda, la princesa navarra madre de Sanchuelo. Sabemos que al-Mahdi dejó marchar a las mujeres libres del harén amirí, pero las mujeres esclavas fueron repartidas entre él y sus ministros, un acto considerado como reprobable por los cronistas. Tras el saqueo de todo aquello de valor que encontraron, incendiaron y demolieron Madinat al-Zahira hasta no quedar ni rastro de ella. Hoy ni siquiera conocemos con seguridad su localización. La destrucción del símbolo del poder amirí causó conmoción en al-Ándalus.

Mientras todo esto pasaba en menos de una semana, ¿qué hacía Abd al-Rahman Sanchuelo? Pues recibió las noticias del golpe de estado en Toledo, cuando aún no había podido llegar a Castilla por las inclemencias del tiempo. Sin medir la gravedad de su situación, el hijo bobalicón de Almanzor decidió regresar a Córdoba con la esperanza de que sus imaginarios apoyos se alzarían en su favor al saberlo cerca. No podía estar más equivocado. Durante una parada de cuatro días en Calatrava, trató de ganarse la lealtad de sus tropas con promesas de ascensos, tierras y aumentos salariales.

Pero los soldados sabían que Madinat al-Zahira había sido saqueada y destruida, lo que significaba que Sanchuelo ya no tenía recursos económicos para cumplir sus promesas. Los bereberes a su servicio temían que sus familias correrían peligro si no obedecían a Muhammad II, así que una noche desertaron y se fueron a la capital por su cuenta. También los soldados esclavos hicieron lo mismo. Solo le quedaban unos sirvientes, las 70 mujeres de su harén, un cadí y el conde cristiano Sancho Gómez, hermano del patriarca de los Banu Gómez de Saldaña.

A pesar de que al-Mahdi le ofreció clemencia y las recomendaciones del conde para refugiarse en Saldaña o buscar la ayuda del general saqaliba Wadih en Medinaceli, Sanchuelo se negó a aceptar la realidad. Finalmente, Sanchuelo mandó al cadí, es decir, al juez que lo acompañaba, a pedir clemencia. Pero Ibn Dakwan, el cadí de Córdoba y cadí supremo de al-Ándalus, denunció la irreligiosidad de Sanchuelo y que planeaba atacar a cordobeses inocentes, y convenció a Muhammad de matarlo. Sanchuelo pensaba que unos jinetes venían a traerle el perdón, pero lo arrestaron a él y al conde Sancho Gómez, y los ejecutaron.

Según Ibn Idari, pusieron el cadáver desnudo encima de un mulo para que el populacho pudiera escupirle y mofarse. Por orden del califa, destriparon su cuerpo, lo rellenaron de plantas aromáticas para embalsamarlo y, el 4 de marzo, expusieron el cuerpo clavándolo en una cruz en una de las puertas de Córdoba. Así de fácil es perder el poder que tantos esfuerzos le había costado conseguir a su padre, Almanzor.