martes, 5 de mayo de 2026

BIZCOCHPO CASERO DE CAEITE, SABOR A NARANJA

 

BIZCOCHPO CASERO DE CAEITE, SABOR A NARANJA

Ingredientes

4 huevos

225 gr de azúcar

150 ml de leche

250 ml de aceite de girasol

2 sobres dobles de “soda EL TIGRE”

1 cucharada de ralladura de naranja

El zumo de 2 naranjas

300 gr de harina

 

Elaboración

En un bol grande, ponemos los 4 huevos y el azúcar, y batimos con la batidora eléctrica hasta que la mezcla doble su volumen.  Añadimos la leche y el aceite de girasol y seguimos batiendo hasta que se integren en el batido, A continuación, añadimos el zumo de naranja y la ralladura de naranja.

Añadimos la harina tamizada con los sobres de “soda EL TIGRE”, y batimos unos 5 minutos. Una vez bien homogénea la masa, dejamos reposar unos 10 minutos.

Precalentamos el horno a 170º C y preparamos un molde desmoldable de 24-26 cm.

Ponemos papel sulfurizado en la base y engrasamos tanto la base como las paredes del molde. Cuando pase los 10 minutos de reposos de la masa, añadimos la masa al molde.

Metemos en el horno hasta que suba, unos 25-30 minutos y después bajamos la temperatura a 140-150ºC para que se termine de cocer, unos 20 minutos mas aproximadamente, comprobando con una aguja en el centro si sale limpia es que esta en su punto.

Una vez cocido, lo sacamos del horno y dejamos templar antes de desmoldar, y lo transferimos a un plato.

¡Buen provecho!

 

LAS CONCESIONES TERRITORIALES DE SULAYMAN AL-MUSTA’IN

 

LAS CONCESIONES TERRITORIALES DE SULAYMAN AL-MUSTA’IN

La victoria del omeya Sulayman al-Musta’in fue pírrica. En Córdoba todo el mundo lo odiaba por haber sometido a la ciudad a asedio, matanzas y saqueos. Fuera de ella, el control de Sulayman era débil o nulo en buena parte del territorio andalusí, y ni hablemos del Magreb omeya. Sulayman intentó que los saqaliba que habían huido a Levante regresaran a Córdoba, pero estos no respondieron a sus cartas. Uno de ellos, Muyahid de Denia, incluso proclamó, a finales de 1014, a su propio califa omeya, no para hacerse con Córdoba, sino para legitimar su poder regional y llevar a cabo conquistas marítimas.

La victoria de Sulayman era la victoria de la facción bereber, y por eso colocó a magrebíes en puestos clave de la administración. En estas condiciones era imposible restablecer un Estado omeya capaz de evitar la concentración de poder en una sola facción política. El tesoro estatal estaba agotado, y de algún modo, al-Musta’in tenía que recompensar a sus leales bereberes y extender su autoridad sobre al-Ándalus. Por eso Sulayman concedió distritos territoriales de Andalucía a tribus amazighes, de donde podían extraer tributos para el mantenimiento de los ejércitos. Estas concesiones dieron origen a numerosas taifas.

A los bereberes sinhaya, encabezados por la dinastía zirí, les concedió la provincia de Elvira, Granada; a los magrawa, el norte de Córdoba; a los Banu Birzal y Banu Ifran los distritos de Jaén, a los Banu Jizrun Arcos, y a los Banu Dammar y Banu Azdaya Medina Sidonia, Morón, y otras fortalezas. Esta situación no se mantuvo estática, pues sabemos que los Banu Birzal terminaron fundando la Taifa de Carmona, los Banu Ifran la de Ronda, y los bereberes magrawa debieron de quedar absorbidos en otras taifas. Sulayman reconoció una situación ya de hecho cuando confirmó en el gobierno de Zaragoza a Mundir ibn Yahya de la dinastía árabe tuyibí, a Ali ibn Hammud en Ceuta, y a su hermano al-Qasim en Algeciras, Tánger y Arcila.

Fragmentación del Califato de Córdoba, por Desperta Ferro.

Las concesiones territoriales otorgaban el derecho a quedarse con la mayor parte de los impuestos de la región asignada. Sin los bereberes, Sulayman al-Musta’in no habría llegado a donde llegó, y además, ni aunque hubiera querido, habría podido evitar que se adueñaran de provincias. Las concesiones bajo su dirección permitían al menos que el proceso tuviera cierto orden, y dispersar a los bereberes por las provincias le ayudaba a extender su autoridad teórica en estas.

Los bereberes ocuparon los territorios por la fuerza o la amenaza de ella, pero también con la colaboración de las élites de la administración califal de ciudades y provincias. Esta colaboración predominó en la Taifa de Granada, ya que, de otro modo, habría sido imposible llevar a cabo el traslado de la capital regional de Elvira a Granada. La unidad califal estaba solo restituida en apariencia; en realidad, la posición de Sulayman dependía de mantener esta ilusión. El control de las provincias y de sus impuestos estaba en manos de otras personas, lo que limitaba enormemente la capacidad de maniobra del califa.

 

sábado, 2 de mayo de 2026

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

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Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 


LA EXPEDICIÓN CATALANA A CÓRDOBA DEL 1010 Y LA BATALLA DE GUADIARO

 

LA EXPEDICIÓN CATALANA A CÓRDOBA DEL 1010 Y LA BATALLA DE GUADIARO

El general Wadih se trasladó a Tortosa para contactar desde allí a los condes catalanes y pedir su apoyo a favor de Muhammad. Si el bando de Sulayman había empleado a mercenarios cristianos, ¿por qué no iba a hacer lo mismo el bando de al-Mahdi? El conde Ramón Borrell de Barcelona y Ermengol I de Urgel aceptaron la propuesta, imponiendo un precio muy alto por su ayuda. Los dos condes cobrarían cien dinares de oro por cada día de campaña, y sus soldados, dos dinares al día. Las provisiones corrían a cargo de los musulmanes, y el botín quedaría reservado para los catalanes, incluidas las mujeres magrebíes capturadas. Como referencia, un soldado califal de frontera cobraba dos dinares al mes, no al día.

Antes de partir, ya fuera por acuerdo o por la fuerza, las huestes condales se apoderaron del estratégico enclave de Montmagastre para Urgel, del que hablé en el episodio anterior. La expedición catalana pasó por Zaragoza, donde ya cometieron los primeros abusos; siguieron por Medinaceli, donde profanaron la mezquita, si hacemos caso a las fuentes árabes; y finalmente llegaron a Toledo, donde estaban reunidos los apoyos a al-Mahdi. El grueso del ejército de Sulayman estaba compuesto por bereberes, y el de Muhammad II, por mercenarios de los condados catalanes. El futuro de al-Ándalus estaba en manos de soldados extranjeros.

Expedición catalana a Córdoba del 1010, por Desperta Ferro

El 2 de junio de 1010, las tropas de al-Mahdi vencieron a los bereberes y a los andalusíes de Sulayman al-Musta’in en El Vacar, cerca de Córdoba. Los amazighes lograron matar al conde Ermengol y a otros miembros destacados de la aristocracia condal. Los jinetes bereberes abrieron filas frente a la carga de la caballería pesada catalana para luego envolverlos, pero Sulayman no entendió la táctica, pese a que le habían advertido sobre ella, y al ver que los caballeros enemigos iban hacia él huyó, provocando que la retaguardia se deshiciera. Dejó a los bereberes con el culo al aire.

Según un testimonio norteafricano, murieron 10.000 magrebíes, una exageración, mientras que otras fuentes mencionan solo 300 infantes bereberes muertos y ningún jinete, algo igualmente poco creíble. Se sabe que murieron personajes importantes como los cadíes de Elvira y Tudela. Se produjo una desbandada: Sulayman al-Musta’in tomó refugio en Játiva, y los bereberes se dirigieron rápidamente a Madinat al-Zahra y a Córdoba para recoger a sus familias y evitar ser asesinados.

Josep Suñé estudió una crónica poco utilizada que relata cómo, en el pánico generalizado, todos los bereberes de Córdoba se amontonaron en una misma puerta y eso provocó una avalancha humana en la que murieron decenas de mujeres y niños. También hubo más muertes trágicas cuando algunos se ahogaron al cruzar el Guadalquivir. Los llantos fueron inevitables en el camino de huida, y esta experiencia traumática debió influir en el comportamiento vengativo posterior de los bereberes. Robaron mulas y provisiones por el camino, dirigiéndose al sur con la intención de tomar embarcaciones para regresar al Magreb y salvar sus vidas.

Por su parte, los cordobeses saquearon Madinat al-Zahra, y el califa al-Mahdi animó a su gente a matar a cualquiera que pareciera amazigh. Al entrar en Córdoba, los catalanes cometieron asesinatos, saqueos, violaciones y extorsiones económicas, además de proferir insultos contra el islam y el profeta Muhammad. Qué diferentes eran aquellos tiempos de la época de los mártires voluntarios de Córdoba, cuando ahora un cristiano podía blasfemar contra el islam sin consecuencias.

Ibn Idari recoge la historia de una hermosa hija de campesino no bereber que fue capturada por un catalán. Su padre, desesperado, primero imploró a Wadih, quien dijo que no podía hacer nada por el pacto con los cristianos. Luego, llorando, se dirigió al captor y le ofreció 400 dinares por la libertad de su hija. El malvado tomó el dinero y mató al padre. Espero que fuera de los que luego murió en la batalla posterior. Pese a sus fechorías, los cronistas mencionan que los cordobeses recibieron bien a los catalanes como la mejor fuerza para librarse de los amazighes.

Sin embargo, hay indicios que apuntan a que el odio antibereber no estaba tan extendido y que la opinión pública cordobesa estaba más dividida de lo que nos cuentan. Después de pasar varios días en Córdoba, el califa Muhammad II pagó la soldada a los catalanes tras exigir un fuerte tributo a los cordobeses, incluso requisando dinero reservado para obras caritativas de las mezquitas. Además, convenció a los catalanes para que persiguieran a los bereberes hasta Algeciras. Al-Mahdi formó de nuevo un gran ejército popular, al que se unieron miles de cordobeses y campesinos de los alrededores, en lo que consideraban la yihad más importante.

Campaña catalana del 1010, por Desperta Ferro

Mientras tanto, los supervivientes bereberes llegaron al río Guadiaro, cerca de Ronda, y allí se encontraron casualmente con una caravana enviada por al-Qasim ibn Hammud, quien más tarde se convertiría en califa. La caravana se dirigía a Córdoba para vender caballos y hacer regalos. Los bereberes requisaron las monturas para aumentar su caballería hasta los 1.000 jinetes. Tomaron una buena posición defensiva entre los bosques y montañas, pero la moral estaba muy baja. Al ver el número de enemigos, creyeron que iban a morir, pero prefirieron combatir antes que ver el destino que podía esperarles a sus mujeres e hijos.

Pero los norteafricanos interpretaron como un mal augurio para sus enemigos los problemas constantes para montar la tienda del califa al-Mahdi. Comenzaron a hacer invocaciones y a rezar a Dios en lengua amazigh, lo que Muhammad II interpretó erróneamente como una súplica de misericordia. El omeya le dijo a Wadih que quería ofrecer a los bereberes la oportunidad de jurarle lealtad y unirse a ellos para luchar contra los mercenarios catalanes, porque estaba cansado de la extorsión económica y de los abusos que estos habían cometido contra los musulmanes.

Wadih quedó perplejo ante la idea de hacer una oferta tan generosa a un pequeño contingente bereber y arriesgarse a perder. Por muchos miles de andalusíes sin experiencia militar que hubiera incorporado al ejército, estos no valían lo mismo que los mercenarios catalanes. En ese momento, Wadih debió darse cuenta de que el califa era un inútil. Los caballeros catalanes cruzaron el río y se lanzaron al ataque, pero no lograron coger desprevenidos a los norteafricanos. Los bereberes rodearon a los catalanes y coordinaron un ataque con lanzas con el que mataron a decenas de cristianos.

El terreno estrecho hacía que unos y otros estuvieran muy apretados, por lo que los bereberes optaron por abrir sus filas, haciendo que los cristianos optaran por huir hacia el río. Al darles la espalda, los amazighes los persiguieron y provocaron una matanza, y además muchos catalanes murieron ahogados en el Guadiaro. Las crónicas hablan de entre 1.300 y 1.500 cabezas cortadas, a las que habría que sumar los muertos en el río. Otras fuentes mencionan 3.000 bajas de un ejército de 9.000 catalanes, lo que representaría un tercio de las fuerzas, aunque estas cifras son a todas luces exageradas, ya que movilizar un ejército cristiano tan grande en esta época era difícil.

Los bereberes fliparon al ver que al-Mahdi y su ejército andalusí no hacían nada por ayudar a sus aliados catalanes. Era evidente que el califa quería que murieran cuantos más mejor para reducir su influencia y ahorrarse el pago de muchos dinares, y que confiaba en la victoria de su ejército popular. Sin embargo, los amazighes no habían aceptado ningún trato con al-Mahdi, y tras acabar con los catalanes, se lanzaron contra los combatientes musulmanes de Muhammad II. Las crónicas árabes guardan silencio sobre las bajas no catalanas en el bando de al-Mahdi, pero los bereberes provocaron una desbandada completa y se apoderaron del tesoro del califa y de los enseres del campamento enemigo.

El líder de la tribu de los Banu Ifran fue mortalmente alanceado al asaltar el campamento condal, pero los bereberes se enriquecieron con un enorme botín de personas, monedas, armas, caballos y otros bienes. En el reparto, a una mujer bereber le tocó un hombre corpulento, lo que podría indicar que participó en la batalla, al igual que otras mujeres guerreras amazighes, como Yamila en el siglo IX. Esto sugiere que el botín, reservado en principio a los combatientes, fue compartido con mujeres que lucharon.

Tampoco sabemos si este y otros hombres esclavizados eran musulmanes o no, porque teóricamente los musulmanes tienen prohibido esclavizar a otros correligionarios. Sin embargo, al-Mahdi y sus seguidores cordobeses ya habían esclavizado a magrebíes pese a ser musulmanes, y esto a veces lo podían justificar legalmente considerando al enemigo un apóstata. A su vez, los bereberes podrían haber hecho lo mismo con los hombres de al-Mahdi por su alianza con los cristianos y su pasividad frente a los abusos contra musulmanes.

En el discurso legitimador de Sulayman al-Musta’in y los bereberes, estos se presentaron no solo como victoriosos guerreros de la yihad contra los cristianos, sino también como los salvadores de al-Ándalus. Y es que es en esta época cuando surgen los primeros testimonios de miedo a una posible expulsión de los musulmanes si los catalanes hubieran ganado la batalla de Guadiaro. Aunque esta percepción era exagerada, ya que los cristianos del norte aún no tenían la fuerza suficiente para tal cosa, refleja un cambio en cómo se veía a los cristianos como una amenaza existencial para al-Ándalus.

En cualquier caso, entre la batalla de El Vacar y la batalla de Guadiaro, acontecida el 21 de junio del 1010, la expedición catalana perdió a muchos hombres. Murieron en batalla o posteriormente por las heridas sufridas el conde Ermengol I de Urgel, los obispos de Osona, Barcelona y Gerona, y el judío encargado del tesoro condal, entre otros personajes destacados. Según Josep Suñé, las pérdidas humanas fueron considerables en ambos bandos, y no se puede hablar de una gran victoria bélica ni para los catalanes ni para los bereberes.

Al regresar a Córdoba, los catalanes estaban llenos de rabia y masacraron a personas que parecían bereberes. Esta es la explicación que da el cronista egipcio al-Nuwayri, pero podría ocultar que fue un ataque premeditado contra los hombres de al-Mahdi y los cordobeses en general, es decir, aquellos que los habían traicionado en la batalla de Guadiaro. Pese a los ruegos del califa Muhammad II y de Wadih, los catalanes supervivientes se negaron a seguir combatiendo tras la muerte de sus principales cabecillas y por desconfianza hacia sus aliados.

Así terminó la expedición catalana a Córdoba de 1010. Para el 1 de agosto, los catalanes habían regresado a sus condados. El resultado fue agridulce: murieron muchos cristianos, pero los supervivientes regresaron cargados de oro y botín. Para el conde de Barcelona, los beneficios económicos y políticos superaban los riesgos, ya que en los años siguientes siguió interviniendo militarmente en al-Ándalus. En un escrito del 1012 se menciona que la empresa de Ramón Borrell y Ermengol I buscaba reconstruir sus territorios tras sufrir las campañas destructivas de Almanzor y al-Muzaffar.

 

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

 

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

Los bereberes proclamaron califa a Sulayman al-Musta’in, sobrino del pretendiente ejecutado y reconocido poeta y músico. En una situación desesperada, los soldados bereberes se dirigieron al norte. Pasaron dos semanas comiendo hierbas por falta de víveres. Se presentaron ante los muros de Medinaceli con la esperanza de que el general saqaliba Wadih los apoyase contra al-Mahdi, pero este rechazó la oferta y ordenó que nadie de la Marca Media ayudase a este ejército considerado rebelde.

Sin embargo, entre la guarnición de Medinaceli había paisanos magrebíes que, por solidaridad tribal, se unieron a los suyos y atacaron con éxito Guadalajara para aprovisionarse y castigar a esta ciudad que había rechazado abrirles las puertas. En su búsqueda desesperada de alianzas, los bereberes se dirigieron al condado de Castilla. Por casualidad, emisarios de al-Mahdi y de Sulayman al-Musta’in se encontraron en la residencia del conde Sancho García. La escena era inaudita.

En 1004 era Sancho García quien pedía el arbitraje cordobés para la regencia del Reino de León y tenía que aguantarse al ver que el juez musulmán no le daba la potestad de regente. Solo cinco años después, él se había convertido en el árbitro del futuro político del Califato de Córdoba, con dos califas enfrentados pidiendo su ayuda. Qué rápido pueden cambiar las cosas. El conde de Castilla optó por aliarse con Sulayman, porque los bereberes estaban más desesperados, eran la columna del ejército califal, y además le ofrecían la misma devolución de fortalezas que habían prometido los embajadores de al-Mahdi. Sancho proporcionó cientos de bueyes, ovejas y carros llenos de víveres a los hambrientos amazighes.

De nuevo, Sulayman intentó atraerse a Wadih con su ejército reforzado con contingentes castellanos, pero el saqaliba rechazó su oferta y los combatió cerca de Alcalá de Henares. Los castellanos y los bereberes, liderados por Zawi ibn Ziri, derrotaron a Wadih en agosto de 1009, obligándolo a buscar refugio con algunos de sus hombres en la capital. A partir de aquí, el califa de Córdoba comenzó a asustarse y a temer por su vida. Al-Mahdi reforzó las defensas de la capital construyendo trincheras en los suburbios y volvió a incorporar combatientes sin experiencia a su ejército.

Pese a eso, el 5 de noviembre salió al encuentro de los enemigos en una montaña, en lugar de esperar atrincherado el ataque de Sulayman. La conocida como batalla de Qantis fue más bien una masacre, porque los bereberes emplearon la táctica del tornafuye para sacar al enemigo de sus filas y luego rodearlo. Costó muy poco que cundiera el pánico entre un ejército de ciudadanos inexpertos en asuntos militares. De forma poco creíble, las fuentes hablan de 10.000 o incluso 30.000 muertos del pueblo cordobés, incluyendo plebe, artistas y ulemas. En la batalla, Wadih mantuvo firme a su contingente de soldados profesionales, pero aprovechó la noche para retirarse con ellos a Medinaceli.

Los cordobeses fueron a jurar lealtad a Sulayman para evitar los saqueos, pero eso no evitó abusos de bereberes y castellanos. Los bereberes asediaron el alcázar omeya, y un aterrado al-Mahdi anunció que Hisham II estaba vivo, pese a que había declarado falsamente su muerte meses antes, afirmando ahora que él solo era su háyib. Menudo fraude resultó ser Muhammad II. Los bereberes se rieron cuando el cadí Ibn Dakwan les comunicó esto, y les daba igual porque ya reconocían a otro califa. Hisham II renunció nuevamente al cargo de califa a favor de al-Musta’in, quien entró en el alcázar omeya el 7 de noviembre y fue proclamado califa al día siguiente en la mezquita aljama.

Al-Mahdi logró salir del alcázar y ocultarse durante unos días, pasando por varias casas de conocidos. En una de ellas, se le fue de la mano con lo de aprovecharse de la amabilidad del anfitrión y se acostó con su mujer, lo que provocó que el enfadado cornudo lo denunciara a la policía. El califa depuesto tuvo que salir de Córdoba el 21 de diciembre y tomó refugio en Toledo. Al-Musta’in envió un ejército a Toledo para intimidar a sus habitantes y forzarlos a entregar al omeya depuesto, pero, en lugar de eso, todas las marcas fronterizas, desde Tortosa hasta Lisboa, apoyaron al califa al-Mahdi.

Quizás aquí haya que leer entre líneas los resentimientos de las provincias fronterizas contra la capital, porque no les gustaba el centralismo cordobés y querían su propia autonomía. En Córdoba, lo primero que hizo Sulayman fue descolgar el cadáver de Sanchuelo, por respeto a la dinastía amirí, a la que los bereberes sirvieron durante años. El nuevo califa ejecutó a numerosos soldados de al-Mahdi que rechazaban servirle, y a los bereberes los instaló en la ciudad-palaciega de Madinat al-Zahra para evitar que los cordobeses los asesinaran al encontrarse solos.

Por su parte, el conde Sancho García reclamó que Sulayman cumpliese con lo pactado y le entregase fortalezas, pero al-Musta’in dijo que era imposible cumplir el compromiso en esos momentos, ya que la frontera no le obedecía a él, sino a Wadih, leal a Muhammad II. Los castellanos abandonaron Córdoba a mediados de noviembre, aunque el conde dejó a un centenar de caballeros residiendo en una almunia cordobesa. No se sabe qué ocurrió con ellos después.

 

LA PERDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIOBEREBER

 

LA PÉRDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIBEREBER

Al-Mahdi empezó su califato siendo extremadamente popular, pero él mismo se encargó de ir perdiendo los apoyos clave que sostenían el Estado omeya. Los bereberes nuevos estaban en una posición difícil por haber sido clientes de la dinastía amirí, ahora caída en desgracia. Al principio, los soldados bereberes reconocieron al nuevo califa, pero Muhammad II despreciaba a los magrebíes y les recriminaba haber sido el principal sostén de un régimen ilegítimo y usurpador del poder omeya. Más importante aún, los ánimos entre los cordobeses seguían revueltos, y el califa había incorporado al ejército a varios miles de cordobeses de las clases bajas, que entendían poco de disciplina.

En una ocasión, dieron un trato vejatorio y expulsaron de la ciudad a numerosos jinetes bereberes, incluido el respetado líder de los sinhaya, Zawi ibn Ziri. Luego se dirigieron a sus casas y las saquearon. Los amazighes denunciaron el hecho ante el califa y exigieron reparación. Al-Mahdi tuvo que disculparse, prometer que les devolvería todos sus bienes y que mandaría ejecutar a algunos sospechosos de los saqueos. Sin embargo, los bereberes no podían confiar en un califa que ni siquiera podía garantizar su seguridad.

Dinastías saqaliba surgidas al descomponerse el Califato de Córdoba, además de estados con los que colaboraron alguna vez (rojo claro), por AbdurRahman AbdulMoneim.

No solo se ganó la animadversión de los bereberes, sino también la de otro grupo de poder importante para el Califato de Córdoba: los eunucos y militares saqaliba. Un grupo de esclavos amiríes fue desterrado a finales de marzo y se dirigió al sureste y este peninsular, zonas que terminarían por dominar. En abril, Muhammad simuló que Hisham II había muerto y encarceló al omeya que había nombrado heredero nada más hacerse con el poder, tal vez por sospechar de una conspiración o porque no quería compartir el poder con otra rama de la dinastía.

Al creerse lo suficientemente consolidado en su posición, despidió a 7.000 cordobeses inexpertos de su ejército. Así, al-Mahdi socavó las bases de su poder al humillar a los soldados bereberes, desterrar a algunos saqaliba amiríes, enemistarse con parte de la familia omeya y desechar algunos de sus apoyos populares. Solo le quedaba el apoyo mayoritario del pueblo cordobés. La coalición de enemigos de Muhammad II se alió para deponerlo y colocar en el trono al padre del omeya que había sido designado heredero. Paradójicamente, el propio al-Mahdi había sentado un precedente con su golpe de estado.

A finales de mayo de 1009 se produjo la revuelta, y los rebeldes mataron a dos ministros y sitiaron el alcázar. Sin embargo, la plebe de los arrabales occidentales se movilizó en masa en defensa de quien consideraban el “califa del pueblo”. Los partidarios del pretendiente fueron derrotados, y a finales de junio Muhammad II los venció en batalla. El califa hizo ejecutar al pretendiente frente a su hijo. Sin embargo, lo más grave fue que al-Mahdi ofreció una recompensa a todo aquel que presentase la cabeza de un bereber. De nuevo, incitaba a las masas a la violencia.

Recreación ideal de los suburbios de la Córdoba omeya realizada por A. Redondo Paz

Muchos cordobeses formaron bandas y se unieron a una cacería que provocó la matanza de cientos de bereberes, a quienes consideraban una mayor amenaza que los cristianos del norte. Los testigos de la masacre relatan casos espeluznantes: piadosos musulmanes de Tremecén que habían venido a al-Ándalus para hacer la yihad fueron asesinados, un magrebí fue arrojado a un foso, su casa saqueada, y sus mujeres e hijas violadas. Incluso mataron a personas de Jorasán y Siria por confundirlas con bereberes o simplemente por ser extranjeras.

Parece que la ola de ataques también se sintió más allá de Córdoba, pues hay noticias de un alfaquí amazigh asesinado en Málaga y de un peregrino ceutí muerto en Elvira. Mataron incluso a niños y a mujeres embarazadas, y a muchas mujeres magrebíes las vendieron en las casas de subastas de esclavos. Las fuentes árabes distinguen entre la venganza por un agravio personal y el odio, y aquí hablan de odio: un odio irracional y sin límites contra los bereberes, una xenofobia desatada y alentada por el propio califa, que condujo a un sangriento pogromo antibereber.

No todos los cordobeses estaban de acuerdo con esto. Muchos bereberes del ejército huyeron de Córdoba, pero muchos otros permanecieron en la ciudad refugiados en casas de andalusíes de confianza, por temor a las turbas o a que los matasen por el camino si abandonaban la ciudad. Al cabo de unas semanas, a Muhammad II le dio por prohibir que se dañase a los norteafricanos. Quizás se cansó, o vio que la situación se había ido demasiado de madre, o consideró que los ánimos de las masas cordobesas ya se habían calmado un poco.

La falta de un criterio consistente era inquietante y provocaba confusión y desconfianza, lo que minaba la autoridad de Muhammad como califa. A los soldados bereberes huidos les ofreció en repetidas ocasiones el perdón, pero estos lo rechazaron. ¿Después de matar a familiares y conocidos suyos ahora les ofrecía acogerse al amán, como si fueran ellos los que hubieran cometido una falta? ¿Y cómo podían confiar en su palabra o en que el pueblo llano lo respetase? Los magrebíes ya se encargarían de que al-Mahdi y los cordobeses que los vejaron, mataron y esclavizaron pagaran caro sus acciones.