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viernes, 8 de mayo de 2026

LA EXPULSIÓN DE LOS OMEYAS DE CÓRDOBA. ¿ABOLICIÓN DEL CALIFATO Y FIN DE LA FITNA?

 

LA EXPULSIÓN DE LOS OMEYAS DE CÓRDOBA. ¿ABOLICIÓN DEL CALIFATO Y FIN DE LA FITNA?

En junio de 1027 la aristocracia árabe y personas notables de Córdoba entronizaron al omeya Hisham III, hermano de Abd al-Rahman IV refugiado en la Taifa de Alpuente. La fragmentación política de al-Ándalus, la inestabilidad y el hecho de que Córdoba ya no era una ciudad tan deseable hicieron que Hisham III no se decidiera a entrar en ella hasta finales de 1029. Su califato fue muy impopular porque se entregó a una vida de placeres y dejó el gobierno en manos de un visir.

Este ministro, que no era de alta cuna, ignoraba la voluntad de los notables cordobeses, lo que desató una conspiración liderada por un pretendiente omeya. Los rebeldes decapitaron al visir, y el califa Hisham III, al enterarse, huyó del alcázar y se refugió en la mezquita aljama, hasta que al día siguiente fue expulsado de la ciudad. El último califa omeya se acogió a la protección del gobernador de Lérida, Sulayman ibn Hud, donde murió pocos años después.

Emires y califas omeyas de Córdoba

Ese 30 de noviembre de 1031, los notables de Córdoba convencieron a los jefes del ejército de no apoyar la candidatura del omeya que había liderado el motín. En su lugar, los cordobeses acordaron no proclamar a ningún califa más, ni omeya ni hammudí, tras tantos años de soberanos nefastos. En los zocos se pregonó que nadie debía dar cobijo a un omeya, con el fin de expulsarlos definitivamente de la ciudad. Al final, los omeyas eran los tóxicos de la relación, y los cordobeses decidieron cortar. La época gloriosa de la dinastía omeya hacía décadas que había terminado.

Córdoba pasó a estar gobernada por un consejo de ministros liderado por Abu l-Hazm ibn Yahwar, cadí y ministro fundador de su propia dinastía taifa, irónicamente descendiente de uno de los clientes que apoyaron la entronización del emir Abd al-Rahman I. Con su estirpe, Córdoba se estabilizó e inició una tímida recuperación de su prosperidad, aunque siguió siendo una sombra de lo que había sido. En Córdoba se siguieron acuñando monedas, pero a nombre de Hisham II, el último califa de consenso en al-Ándalus.

Con esto surgen dos preguntas: ¿abolieron el califato en 1031? ¿Y terminó la fitna entonces? Pues la respuesta a ambas preguntas es que no. Los cordobeses no tenían ninguna potestad para abolir una idea o institución. Tampoco una Córdoba decadente tenía el derecho exclusivo a reconocer o dejar de reconocer califas, o a ser la capital de un califato. Desde el año 1023 Málaga se convirtió en la capital del Califato hammudí, un hito poco recordado en la historia local malagueña, pero de gran trascendencia para convertir a Málaga en una gran ciudad. También se puede considerar que Sevilla fue sede califal con el falso Hisham II a partir del 1035.

Plano de la Málaga musulmana superpuesta en la actual.

Las acuñaciones de oro califales tampoco terminaron en 1031. Desde la cultura material, los investigadores han percibido que en las taifas que reconocían el califato hammudí se mantuvieron estilos continuistas en monedas, epigrafía y decoración arquitectónica respecto al periodo omeya, en contraste con las taifas que no reconocían a esta dinastía idrisí. Por tanto, 1031 marca el fin de la dinastía omeya como familia reinante y el fin del Califato de Córdoba, que hacía años que era, en la práctica, una ficción.

Sin embargo, no dejó de existir un califato en al-Ándalus, pues existía el Califato hammudí. Los hammudíes no fueron unos reyes de taifa más con pretensiones califales, fueron unos califas reconocidos por varios poderes en al-Ándalus y el Magreb. Es revelador que se proclamase un falso Hisham II para contrarrestar el poder y legitimidad hammudí, y lo hicieron desaparecer al ser depuesto el último califa hammudí en el año 1056. Tras el fin del asedio de Córdoba, los califas omeyas de la fitna carecían de bases de poder propias y eran simples títeres en manos de soberanos de taifas. En cambio, los hammudíes siempre tuvieron bases de poder propias en el área del Estrecho de Gibraltar, lo que les permitió controlar el tráfico de oro y otras mercancías entre África y al-Ándalus.

Y sobre la cuestión del fin de la guerra civil, Ibn Hayyan escribió esto tras la deposición de Hisham III: “A partir de ese momento, la fitna se hizo más amplia y profunda. Cada uno saltó sobre el poder en su lugar, y los arráeces y señores levantiscos de al-Ándalus fueron dueños absolutos del territorio y de los castillos que tenían a su alcance, ambicionando cada uno de ellos lo de los demás.” El geógrafo al-Bakri, en 1068, también afirmaba que la fitna continuaba. Así, la fitna se prolongó hasta la reunificación de lo que quedaba de al-Ándalus bajo el Emirato almorávide, entre 1090 y 1116.

 

jueves, 7 de mayo de 2026

LAS DISPUTAS HAMMUDÍES Y OMEYAS POR CÓRDOBA

LAS DISPUTAS HAMMUDÍES Y OMEYAS POR CÓRDOBA

La alegría del califa Ali ibn Hammud duró poco. En 1017, el señor de la Taifa de Almería, Jayrán, alzó a un pretendiente omeya, Abd al-Rahman IV al-Murtada. Jayrán solo había apoyado a Ali para deshacerse del califa Sulayman al-Musta’in, quien había provocado el éxodo de muchos saqaliba de Córdoba. Jayrán deseaba que Hisham estuviera vivo para usarlo como títere, al igual que habían hecho los amiríes o Wadih. Al confirmarse su muerte, buscó a otro omeya. Ali preparó una expedición para apresar a Jayrán, pero tuvo que cancelarla debido al mal tiempo.

Ali ibn Hammud frente a Abd al-Rahman IV, por María Dolores Rosado Llamas.

Jayrán logró formar una coalición más amplia con el apoyo militar de Mundir ibn Yahya de Zaragoza, los reyes de la Taifa de Valencia y algunos mercenarios catalanes. Esto provocó un cambio en la forma de gobernar de Ali ibn Hammud. El califa hammudí empezó a temer por su posición, se volvió autoritario y abandonó su justicia imparcial para favorecer a los bereberes. Ordenó requisar armas de los civiles de Córdoba, impuso nuevos impuestos, llenó la ciudad de espías y confiscó propiedades a quienes sospechaba de conspirar contra él. Según el cronista Ibn Hayyan, que no veía con buenos ojos a los hammudíes, las calles de Córdoba estaban desiertas de día debido al clima de terror instaurado por el gobierno autoritario.

El ejército de los partidarios de al-Murtada avanzó por Jaén. Poco antes de que Ali pudiera salir con su ejército a enfrentarlos, tres sirvientes, probablemente sobornados por Jayrán, lo asesinaron en marzo de 1018 mientras se bañaba. No se sabe si ocurrió en Córdoba o en Jaén. Es destacable que el cuerpo de Ali ibn Hammud fuera enterrado en Ceuta, y no en Córdoba, como era costumbre entre los omeyas. Por las monedas que acuñó sabemos que Ali había designado heredero a su hijo Yahya, que gobernaba en Ceuta.

Sin embargo, los bereberes zanata del ejército hammudí ofrecieron el trono al hermano mayor del fallecido, al-Qasim, de 61 años. Es comprensible que quisieran llenar rápidamente el vacío de poder y buscar a alguien que ofreciera más garantías de seguridad y estabilidad que un veinteañero inexperto como Yahya. Además, al-Qasim estaba en Sevilla, mucho más cerca que Yahya, y el tiempo apremiaba en momentos de incertidumbre. No obstante, esta decisión de ignorar los derechos dinásticos de Yahya provocó más tarde disputas entre las dos ramas familiares hammudíes, lo que debilitó al Califato hammudí y facilitó su declive hasta su desaparición en 1056.

En su ceremonia de proclamación, al-Qasim declaró perdonar a todos los habitantes de al-Ándalus, independientemente de su color de piel, e instó a la población a regresar a la obediencia, advirtiendo que castigaría sin favoritismos a quienes no lo hicieran. Los cronistas, incluso los proomeyas, lo describen como un musulmán piadoso. Además, al-Qasim abolió un impuesto extraordinario que obligaba a cada hombre con ciertos recursos a equipar y mantener a un soldado. Por lo menos en Córdoba fue más querido que su hermano.

En 1018 o 1019 4.000 soldados teóricamente leales a Abd al-Rahman IV, antes de intentar asaltar Córdoba, se dirigieron a Granada para enfrentarse a los bereberes sinhaya liderados por Zawi ibn Ziri, el aliado más poderoso del califa al-Qasim. Al-Murtada quería que los sinhaya se unieran a su causa, pero Zawi respondió con aleyas coránicas rechazando la oferta. La batalla, sin embargo, fue puro teatro. Jayrán y Mundir ibn Yahya, en lugar de ayudar al califa que habían promovido, lo abandonaron en el campo de batalla, permitiendo que los 1.000 jinetes de élite de Granada masacraran a los soldados omeyas. Los contingentes catalanes huyeron en medio del desastre.

Para colmo, Jayrán envió hombres a Guadix que asesinaron al pretendiente al califato. No fue una victoria zirí por sus habilidades, sino por la traición de los supuestos aliados de al-Murtada. ¿Pero por qué lo traicionaron? Pues todo apunta a que Abd al-Rahman IV no era alguien dócil y los reyes de Almería y Zaragoza temían aupar a un soberano fuerte. Personajes como Wadih, Jayrán, o Muyahid solo quisieron repetir la jugada de Almanzor y usurpar el poder bajo un califa omeya títere, creando un estado dominado por los saqaliba, el equivalente andalusí a los mamelucos.

El cronista Ibn Hayyan habló con gran pesimismo sobre la muerte de al-Murtada, considerando que se esfumaron las esperanzas para restaurar el califato de los omeyas. No se equivocaba, pues todos los intentos posteriores de restauración omeya quedaron limitados a Córdoba, sin implicación de las taifas. Y es que este también fue el último intento serio de los saqaliba para restaurar el sistema de gobierno amirí. Además, en estas circunstancias los omeyas se dispersaron geográficamente y sufrieron la apatía y desdén de la gente, e incluso algunos fueron perseguidos en algunos lugares.

Zawi ibn Ziri envió un parte de victoria a al-Qasim, entregándole parte del botín y el pabellón de al-Murtada como trofeo de guerra. Al-Qasim exhibió el botín para que los cordobeses entendieran que los omeyas no iban a volver. Al-Qasim llegó a un acuerdo con algunos reyes de taifa para reconocer su dominio. Reconoció el gobierno de Mundir ibn Yahya de Zaragoza, así como de Jayrán en Almería y Murcia y al también saqaliba Zuhayr en Jaén, Calatrava y Baeza. Parecía que al-Qasim podía restablecer poco a poco la normalidad y la unidad del país.



Soldado califal ‘abid, combatientes generalmente africanos negros (las fuentes árabes los llaman sudan), por Sandra Delgado.

Sin embargo, dos hechos hicieron que al-Qasim perdiera el control de Córdoba. El segundo califa hammudí formó una guardia personal de negros, no se sabe si mercenarios o esclavos, para tener una facción leal, pero eso le hizo perder el apoyo de algunos grupos bereberes. Su sobrino Yahya ibn Ali no había ocultado hasta entonces que no estaba conforme con que se hubieran saltado sus derechos dinásticos, y había acuñado monedas en Ceuta y Málaga presentándose como heredero de al-Qasim hasta el año 1021. Su tío hacía oídos sordos y había designado a un hijo suyo como sucesor.

Yahya abandonó Ceuta y tomó refugio en Málaga, gobernada por su hermano Idris, para recabar apoyos y deponer a su tío. A mediados de 1021 se sublevó y derrocó a al-Qasim con la ayuda de ejércitos saqaliba. Los bereberes de Medina Sidonia, Morón, Arcos y Jaén no se movilizaron para apoyar a al-Qasim, así que este optó por irse de Córdoba sin presentar batalla y se retiró a Sevilla. Yahya, de 26 o 27 años, fue ampliamente aceptado en un principio en Córdoba en agosto de 1021. Rebajó a la mitad el impuesto del jarach, liberó a gente de las cárceles y mantuvo buenas relaciones con los ulemas.

Los cronistas presentan a Yahya como un patrón de poetas, el más valiente, generoso y sobresaliente califa de todos los hammudíes, aunque como defecto decían que era vanidoso. El linaje de Yahya no podría ser más noble, pues descendía de la familia del Profeta tanto por parte de padre como de madre. Sin embargo, pocos territorios reconocieron a Yahya aparte de las regiones que controlaba directamente. Sevilla, Algeciras y Tánger seguían en manos de al-Qasim, y Zaragoza y Valencia también lo seguían reconociendo, aunque con pocos efectos prácticos.

La guerra entre los hammudíes prosiguió. Sabemos que en febrero de 1022 hubo una batalla en Triana entre los soldados de al-Qasim y de Yahya, en la que los partidarios de al-Qasim perdieron. En 1022 al-Qasim de alguna manera apoyó a un nieto de Almanzor, que se hizo con el control de Jaén durante unos siete años y desplazó del poder a la dinastía bereber de los Banu Ifran. De este modo, al-Qasim debilitó a su sobrino, haciendo que aliados suyos perdieran territorios. Al-Qasim también estuvo vinculado con este hijo del háyib al-Muzaffar por el hecho de que su madre era una de las concubinas que fue pasando de harén en harén hasta llegar a al-Qasim, y fue esta madre quien financió la aventura jienense.

Los bereberes zanata volvieron a apoyar a al-Qasim, y es posible que los cordobeses también se alzasen contra Yahya y prendiesen fuego al alcázar en febrero de 1023. Así que Yahya tuvo que huir de Córdoba y refugiarse en Málaga. Según el cronista al-Maqqari, su hermano Idris le habría avisado de que notables malagueños contactaron con Jayrán de Almería para dejar de reconocerlo, así que es posible que Yahya prefiriera consolidarse en una ciudad costera orientada al Magreb en lugar de aferrarse a Córdoba con el riesgo de perderlo todo. Tras esto, al-Qasim regresó a la antigua capital de los omeyas.

La oposición de sus sobrinos hizo que al-Qasim durara poco en el gobierno cordobés. Yahya conquistó Algeciras, una plaza fuerte de al-Qasim que guardaba buena parte de sus recursos económicos. Por su parte, su hermano Idris se apoderó de Tánger, con lo que pasaron a controlar el estrecho de Gibraltar y todos los beneficios económicos y estratégicos que ello reportaba. Esto, sumado al maltrato de los bereberes hacia la gente del zoco, provocó una revuelta de los cordobeses en septiembre de 1023.

Los rebeldes cordobeses asediaron el alcázar y hubo un intenso enfrentamiento entre el pueblo y el ejército amazigh y de negros de al-Qasim. Al-Qasim salió de la medina de Córdoba, pero luego se atrincheró en los arrabales occidentales y asedió Córdoba durante varias semanas. Los cordobeses terminaron por salir y derrotaron a los bereberes leales al hammudí. Al-Qasim decidió huir de Córdoba e intentó nuevamente encontrar refugio en Sevilla con sus hombres.

Sevilla almohade desde el sur

Pidió a los sevillanos que desalojaran 1.500 viviendas para instalar a su ejército, pero los sevillanos, enterados de la derrota de al-Qasim, no querían que soldados magrebíes perturbaran la paz en Sevilla. Así que expulsaron al hijo de al-Qasim de la ciudad y cerraron las puertas de la medina. El líder de la revuelta fue el cadí de Sevilla, Muhammad ibn Ismail ibn Abbad, quien poseía un tercio de las propiedades y rentas de la ciudad y que se convirtió en fundador de la dinastía abbadí.

El primer soberano abbadí durante unos años reconoció a Yahya como califa y le entregó tributos y a su hijo de rehén, el que reinaría como al-Mu’tadid, pero los sevillanos rechazaron que entrasen en la ciudad Yahya y sus tropas porque no querían bereberes allí. Al-Qasim se refugió en Jerez, pero Yahya ibn Ali sometió la población a un asedio. Tras muchas bajas en ambos bandos, capturó a su tío en 1024 o 1025. Al-Qasim fue estrangulado en la cárcel de la alcazaba de Málaga más de diez años después.

Por su parte, los cordobeses amotinados se vieron en la necesidad de proclamar a un nuevo califa de la dinastía omeya. Para hacer la elección entre tres candidatos omeyas, se organizó un consejo, presumiblemente compuesto por alfaquíes y ministros, ante el pueblo llano y las élites. Un candidato parecía el favorito, pero entonces Abd al-Rahman V entró acompañado de un gran número de seguidores y soldados, con la intención de intimidar y demostrar que contaba con los apoyos necesarios para ser califa. Así fue proclamado en noviembre de 1023.

El gobierno de Abd al-Rahman V duró solo cuarenta y siete días debido a su persecución contra quienes habían apoyado la candidatura de otros omeyas y por colocar a jóvenes inexpertos en posiciones de poder. La hacienda estaba arruinada y, para compensar, se dedicó a expoliar bienes de la gente que se marchaba de la decadente antigua capital de al-Ándalus. No tenía ningún reconocimiento más allá de Córdoba. El detonante de la revuelta de enero de 1024 fue su decisión de dar la bienvenida a jinetes bereberes, lo que indignó a los cordobeses, que no estaban dispuestos a permitir que estos ocuparan posiciones de poder tras haber derramado tanta sangre para expulsarlos.

Califas de Córdoba de la fitna, 976-1031

Los cordobeses amotinados liberaron a represaliados de la cárcel, mataron a los guerreros bereberes acogidos por el califa y, al entrar en el alcázar, encontraron por casualidad a un príncipe omeya, a quien decidieron proclamar como califa. Así, auparon al poder a Muhammad III. Abd al-Rahman V intentó esconderse en los hornos de los baños, pero lo encontraron y ejecutaron. Las crónicas condenan que los guardias se repartieran a las mujeres del harén de Abd al-Rahman V y las violaran.

Sin embargo, este tipo de actos no era tan excepcional como se decía. La transgresión de normas sociales fue una constante durante la fitna del Califato de Córdoba, y en específico, la violencia contra las mujeres servía para humillar a los hombres enemigos. Por ello, en ocasiones, los propios hombres, al prever su derrota, mataban a sus hermanas, esposas, concubinas o hijas para evitar que fueran esclavizadas o violadas. Esta violencia específica contra las mujeres en contextos de guerra ha sido, y sigue siendo, una constante en la historia humana.

Muhammad III demostró ser otro gobernante incompetente y dado al libertinaje, alguien que no despertaba respeto y al que llamaban cobarde y gordo. Fue motivo de chascarrillos que ofreciera puestos de poder a personas del pueblo llano; estos, al principio, se ilusionaban creyendo que era un gran honor, pero luego terminaban queriendo renunciar porque no recibían ningún beneficio material debido a la bancarrota del tesoro omeya. La situación económica, ya de por sí penosa, se agravó con el gran terremoto de al-Ándalus de 1024.

Algunos cordobeses quisieron proclamar califa a otro omeya, pero se arrepintieron. En respuesta, Muhammad III encarceló al famoso poeta Ibn Hazm, lo que provocó que otros personajes que habían apoyado al califa anterior, como el poeta Ibn Suhayd, abandonaran Córdoba por Málaga y pidieran la intervención del califa hammudí Yahya ibn Ali. El descontento en Córdoba convenció a Yahya de que el ambiente era propicio para volver a ocupar la ciudad. Al enterarse de estos planes, Muhammad III huyó de Córdoba en junio de 1025 disfrazado de cantora. Sin embargo, sus acompañantes lo traicionaron, le robaron todo su dinero y lo asesinaron.

Yahya se tomó con calma el recuperar Córdoba y no entró en la ciudad hasta noviembre, lo que demuestra la poca importancia que tenía ya la vinculación de Córdoba con el califato. Yahya ibn Ali abandonó Córdoba por Málaga en marzo y dejó a un lugarteniente bereber de la dinastía de los Banu Ifran para que gobernara en su nombre. Sin embargo, a los dos meses un motín de cordobeses volvió a estallar, y según el cronista Ibn Idari, mataron a 1.000 magrebíes. Por petición de los cordobeses, Jayrán de Almería y Muyahid de Denia ocuparon la ciudad durante unas semanas, pero al no ponerse de acuerdo para establecer un gobierno estable, los cordobeses tuvieron que decidir por sí mismos su futuro.

  

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA FUNDACIÓN DEL CALIFATO HAMMUDÍ, EL CALIFATO OLVIDADO DE AL-ÁNDALUS

 

LA FUNDACIÓN DEL CALIFATO HAMMUDÍ, EL CALIFATO OLVIDADO DE AL-ÁNDALUS

Pocas dinastías han sido tan injustamente menospreciadas e infravaloradas en la historiografía española y de al-Ándalus como la dinastía hammudí. De hecho, si buscas en YouTube ni siquiera te aparece un solo vídeo sobre ellos. Los hammudíes eran una rama de la dinastía idrisí, que gobernó numerosas ciudades y regiones de Marruecos entre los siglos VIII y X. Esto significa que los hammudíes eran una dinastía árabe descendiente directa de Alí y Fátima, y, por tanto, del profeta del islam, Muhammad. Es falso, entonces, que fueran bereberes o árabes berberizados, acusaciones hechas para no romper con el esquema simplista de dividir a los gobernantes de taifas en andalusíes, bereberes y saqaliba.

Cronología de la dinastía hammudí, por María Dolores Rosado Llamas.

Aclarado esto, la primera vez que las fuentes mencionan a Ali ibn Hammud y su hermano mayor al-Qasim es en junio de 1010, cuando lograron abandonar al-Ándalus tras el descalabro en la batalla de El Vacar y se apoderaron de Ceuta. Más tarde, reaparecen en 1013 entre los conquistadores de Córdoba al servicio del califa al-Musta’in. Como he dicho, Sulayman reconoció el control hammudí sobre ambas orillas del Estrecho de Gibraltar, incluyendo Ceuta, Algeciras, Tánger y Arcila. Los cronistas árabes consideraron un grave error político por parte de Sulayman permitir que una dinastía idrisí con legitimidad para reclamar el califato tuviera tanto poder.

Entre 1013 y finales de 1014, Ali ibn Hammud acuñó dinares a nombre de Sulayman, aprovechando el control de Ceuta sobre las rutas transaharianas que traían oro. Sin embargo, desde 1015, Ali comenzó a acuñar monedas de oro y plata a nombre de Hisham II, presentándose como su heredero. ¿Qué había ocurrido? Según los hammudíes, durante el asedio a Córdoba, Hisham II habría enviado una carta a Ali ibn Hammud pidiéndole que lo liberara del sitio a cambio de nombrarlo heredero en el califato. Muchos historiadores contemporáneos se han apresurado a negar categóricamente este hecho y lo consideran una falsificación de Ali para legitimarse.

Sin embargo, historiadores como Manuel Acién, María Dolores Rosado Llamas, o Almudena Ariza se han encargado de rehabilitar la memoria del Califato hammudí y defienden que es plausible que Hisham ofreciera el califato a Ali. Primero, eso era la misma oferta que le había hecho a Sulayman y que este rechazó. Ali servía a al-Musta’in, así que tal ofrecimiento también hubiera tenido sentido para sembrar la división entre los enemigos, igual que Hisham ya se intentó ganar el favor de Zawi ibn Ziri.

Ofrecerle el califato a alguien que no era un omeya no hubiera sido excepcional en Hisham, pues ya lo hizo con Sanchuelo, quien ni siquiera pertenecía a los Quraysh, como sí pertenecían los idrisíes. Además, ningún otro pretendiente califal en la fitna se legitimó en la existencia de una carta similar, lo que de nuevo da credibilidad a la supuesta carta de Hisham a Ali. Desde el punto de vista islámico, Ali ibn Hammud estaba perfectamente legitimado para reclamar el título califal por ser un miembro de la tribu Quraysh y descendiente del profeta, y por el ofrecimiento de Hisham II de nombrarle heredero.

Fuera verdad o no lo de la carta, muchos en el Magreb y al-Ándalus lo creyeron y apoyaron su alzamiento contra Sulayman. Ali ibn Hammud se rebeló en 1015 con el pretexto de querer liberar a Hisham II, ya que muchos creían que no estaba muerto, sino encarcelado o recluido, como ya había pasado en otras ocasiones. En la primavera de 1016, el fundador de la dinastía hammudí, de 54 años, cruzó el Estrecho con la intención de llegar hasta Córdoba. Primero, se apoderó de Málaga con el beneplácito de la mayoría de su población.

Zonas de dominio directo hammudí, cecas, y lugares del Magreb donde fueron reconocidos, por Alejandro Peláez Martín.

El principal apoyo del pretendiente hammudí no eran los bereberes, pues solo consiguió el apoyo activo de los ziríes de Granada, sino los saqaliba de Almería y Murcia liderados por Jayrán. Sulayman apenas pudo ofrecer resistencia porque ya pocos amazighes le apoyaban. Ali entró en Córdoba el 1 de julio de 1016 y exigió ver a Hisham II, vivo o muerto. Desenterraron su cadáver y, al comprobar que estaba muerto, lo enterraron junto a los emires y califas omeyas. Sulayman al-Musta’in fue acusado de asesinar a Hisham y decapitado por el propio Ali ibn Hammud.

Después de esto, el hammudí fue proclamado califa en el alcázar de Córdoba, símbolo de soberanía y fuente de legitimidad desde la época emiral. Ali adoptó el sobrenombre honorífico del venerado califa Abd al-Rahman III, al-Nasir. Era toda una declaración de intenciones para presentarse como continuador del Califato omeya cordobés y como un gran califa. Una cuestión interesante es si los hammudíes defendían el chiismo, una rama minoritaria del islam que sostiene que solo los descendientes del profeta Muhammad pueden ser califas.

En el chiismo, los hombres de religión tienen un gran poder, y existen doctrinas religiosas y místicas que difieren del islam sunní, el mayoritario. María Dolores Rosado considera que el chiismo hammudí se limitaba a su legitimación dinástica por descender de Alí y Fátima. Por su parte, Almudena Ariza cree que las monedas hammudíes muestran una influencia chií mayor de lo aceptado generalmente. Quizás Ali y sus sucesores trataron de equilibrar el sunismo de al-Ándalus con el chiismo dinástico hammudí y las creencias chiíes y místicas heterodoxas, bastante extendidas entre algunos grupos bereberes.

Pero volviendo a Ali ibn Hammud, este fue reconocido como califa en buena parte del antiguo Magreb omeya y en el sur de al-Ándalus. Lo reconocieron los ziríes de Granada, los bereberes de Arcos, Carmona, Jaén, Morón, Ronda, Fez y Orán, e incluso los saqaliba que gobernaban Valencia acuñaron monedas a su nombre. A diferencia de los omeyas, que habían perdido sus bases de poder, los hammudíes contaban con dominios directos. Ali puso a su hijo Yahya al frente del gobierno de Ceuta, a su hijo Idris en Málaga y a su hermano mayor al-Qasim en Sevilla.

Por su parte, Jayrán regresó a sus tierras almerienses descontento, ya que esperaba que Hisham estuviera vivo para usarlo como califa títere. Poco después, probablemente comenzó a conspirar, aunque inicialmente reconoció nominalmente a Ali ibn Hammud. Cabe destacar que el califa Ali ibn Hammud es el primer soberano de al-Ándalus al que las fuentes se refieren también como sultán, palabra que hasta ese momento aludía al poder en abstracto, pero que comenzó a usarse como sinónimo de soberano en el mundo islámico. Esto refleja que, desde hacía tiempo, la figura del califa fue perdiendo su sacralidad original en el mundo islámico sunní y la autoridad del soberano musulmán se veía de forma secular, de forma bastante similar a la de un rey cristiano.

Los cronistas alaban la justicia de los primeros meses de gobierno de Ali ibn Hammud. Presidió juicios y aplicó la ley islámica de manera implacable contra las faltas graves, independientemente de si los delitos eran cometidos por personas notables o humildes, bereberes o andalusíes. Además, nombró al primer cadí de origen muladí de Córdoba, quien permaneció doce años en el cargo a pesar de los cambios de califa. Se conserva una carta dirigida a los habitantes de la provincia de Jaén, en la que Ali ibn Hammud mostraba su comprensión por las molestias del pago del impuesto del grano en especie y dispuso que el pago se hiciera en metálico, para ahorrar costes de transporte a los vecinos.

Dinar de 3,21 gramos acuñado por Ali ibn Hammud en 1016.

Otro aspecto destacable de los primeros tres califas hammudíes es la excelente calidad de sus dinares y dirhams, que mantuvieron la pureza característica de los mejores tiempos del Califato de Córdoba. Los dinares hammudíes, acuñados principalmente en Ceuta, circularon tan extensamente que incluso el condado de Barcelona comenzó a producir sus propias monedas de oro, conocidas como mancusos, a imitación de las hammudíes. Las buenas relaciones de los califas hammudíes con los bereberes magrawa y gumara de Marruecos dificultaron que otros reinos de taifa accedieran al oro sudanés y a la plata magrebí.

Sin embargo, la fitna del Califato de Córdoba también tuvo efectos negativos en el Magreb occidental y central. Bajo el régimen amirí, se había llevado a cabo un notable proceso de centralización del poder político en el Magreb, pero el colapso del Estado omeya provocó la fragmentación del poder. La decadencia del Califato hammudí en los años 1040 y 1050, junto con las conquistas almorávides en el Magreb, dificultaron el acceso a metales preciosos, haciendo que la pureza de los dirhams de plata cayera del 70-80% a monedas de vellón con menos del 10% de plata en los peores casos.

 

martes, 5 de mayo de 2026

LAS CONCESIONES TERRITORIALES DE SULAYMAN AL-MUSTA’IN

 

LAS CONCESIONES TERRITORIALES DE SULAYMAN AL-MUSTA’IN

La victoria del omeya Sulayman al-Musta’in fue pírrica. En Córdoba todo el mundo lo odiaba por haber sometido a la ciudad a asedio, matanzas y saqueos. Fuera de ella, el control de Sulayman era débil o nulo en buena parte del territorio andalusí, y ni hablemos del Magreb omeya. Sulayman intentó que los saqaliba que habían huido a Levante regresaran a Córdoba, pero estos no respondieron a sus cartas. Uno de ellos, Muyahid de Denia, incluso proclamó, a finales de 1014, a su propio califa omeya, no para hacerse con Córdoba, sino para legitimar su poder regional y llevar a cabo conquistas marítimas.

La victoria de Sulayman era la victoria de la facción bereber, y por eso colocó a magrebíes en puestos clave de la administración. En estas condiciones era imposible restablecer un Estado omeya capaz de evitar la concentración de poder en una sola facción política. El tesoro estatal estaba agotado, y de algún modo, al-Musta’in tenía que recompensar a sus leales bereberes y extender su autoridad sobre al-Ándalus. Por eso Sulayman concedió distritos territoriales de Andalucía a tribus amazighes, de donde podían extraer tributos para el mantenimiento de los ejércitos. Estas concesiones dieron origen a numerosas taifas.

A los bereberes sinhaya, encabezados por la dinastía zirí, les concedió la provincia de Elvira, Granada; a los magrawa, el norte de Córdoba; a los Banu Birzal y Banu Ifran los distritos de Jaén, a los Banu Jizrun Arcos, y a los Banu Dammar y Banu Azdaya Medina Sidonia, Morón, y otras fortalezas. Esta situación no se mantuvo estática, pues sabemos que los Banu Birzal terminaron fundando la Taifa de Carmona, los Banu Ifran la de Ronda, y los bereberes magrawa debieron de quedar absorbidos en otras taifas. Sulayman reconoció una situación ya de hecho cuando confirmó en el gobierno de Zaragoza a Mundir ibn Yahya de la dinastía árabe tuyibí, a Ali ibn Hammud en Ceuta, y a su hermano al-Qasim en Algeciras, Tánger y Arcila.

Fragmentación del Califato de Córdoba, por Desperta Ferro.

Las concesiones territoriales otorgaban el derecho a quedarse con la mayor parte de los impuestos de la región asignada. Sin los bereberes, Sulayman al-Musta’in no habría llegado a donde llegó, y además, ni aunque hubiera querido, habría podido evitar que se adueñaran de provincias. Las concesiones bajo su dirección permitían al menos que el proceso tuviera cierto orden, y dispersar a los bereberes por las provincias le ayudaba a extender su autoridad teórica en estas.

Los bereberes ocuparon los territorios por la fuerza o la amenaza de ella, pero también con la colaboración de las élites de la administración califal de ciudades y provincias. Esta colaboración predominó en la Taifa de Granada, ya que, de otro modo, habría sido imposible llevar a cabo el traslado de la capital regional de Elvira a Granada. La unidad califal estaba solo restituida en apariencia; en realidad, la posición de Sulayman dependía de mantener esta ilusión. El control de las provincias y de sus impuestos estaba en manos de otras personas, lo que limitaba enormemente la capacidad de maniobra del califa.

 

sábado, 2 de mayo de 2026

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

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Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.