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lunes, 22 de julio de 2013

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Tristes presagios


TRISTES PRESAGIOS .

 
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Los musulmanes de Granada vivieron sus últimos años presagiando el fin de su mundo. Los cronistas y los poetas dejaron constancia de ese dolor ante la imparable decadencia y el inminente del desastre.

Existen algunas manifestaciones y síntomas que permiten entrever cómo los granadinos, desde la segunda mitad del siglo XIV y sobre todo durante el XV, captaban el grave peligro en que vivían y se sentían amenazados por la fragilidad de sus fronteras, eso es evidente, pero además, aunque expresado con más sutileza, se sentían intimidados por la propia fragilidad de sus estructuras. No es difícil recorrer las fuentes textuales andalusíes escritas en árabe para ir recogiendo una antología de frases y de pasajes que nos advierten de esta inquietud propia, convertida en claro presagio del final.

En la segunda mitad del siglo XIV, el gran visir lbn al-Jatib intercala a veces en sus escritos su desánimo por Granada. En su recargada prosa, generalmente profunda y además disgustada, porque nunca creyó lograr cuanto el considero que merecía, lbn al Jatib lamentaba, en su Rayhanat al kuttab la situacion candente imposible arreglar los jirones del Estado de al-Andalus lo cual es elocuente síntoma de desesperanza. Los granadinos como dice en sus Prolegómenos el magrebi lbn Jaldun que muere en 1406 se hallaban ya "ahítos de humillación", lo cual es también sintomático, pues lbn Jaldún los conoció bien, en al-Andalus y fuera de allí.

Otro escritor cortesano granadino, lbn Hudayl, tiene que disimular todas esas preocupaciones, pues escribe para la propaganda oficial, pero en el colofón de su antología sobre caballos y armas titulada Hilyat al-fursán traducido como "Gala de caballeros, blasón de paladines", al dedicar la remodelación de su libro al sultán Muhammad VII por su ascensión al trono granadino, en 1392, le augura éxitos, que contrapone a la deficiente realidad, y le dice que ojalá "asistido por Allah, liberará este país de los lazos que le mantienen en la inferioridad, traerá la abundancia después de la esterilidad, librará estas tierras del puño de la consunción con sus guerreros y sus embajadas, y las colocará tras el abismo, a la altura del planeta Saturno, gracias a sus héroes y a sus ejércitos. A él se deberá la constancia que sacudirá al tiempo y removerá la situación en somnolencia, pues el valor y la nobleza son dos aliados inseparables de su personalidad, dos compañeros de su modo de ser. La adversidad con el hierro de su lanza se esfuma. Las crónicas registran todo en su elogio. Voces muy diferentes se elevan aclamándole. Y las manos se alzan, sometidas y amigas, para que Allah humille en el polvo la cerviz de los ídolos y, gracias a la lealtad de Su Afortunado servidor, realice los propósitos del Islam, por el filo de su espada".

Decadencia y fracasos bélicos

Este párrafo no disimula la ilusión de sus buenos deseos frente a las circunstancias existentes y reconocidas de inferioridad", "esterilidad" y "consunción" granadinas, citadas literalmente en el texto, y que lejos de arreglarse fueron empeorando. Al poco, el siglo XV traerá la desesperada certeza de la derrota absoluta tras cada fracaso bélico en la desmoronada frontera, mientras las otras tierras islámicas contemplan la ruina de al-Andalus. Así cuando en 1464 Juan de Guzmán ocupa Gibraltar para Enrique IV de Castilla, un viajero de origen maltés y afincado en El Cairo, llamado Abd al-Basit, que visita Granada a finales de 1465 y principios de 1466, describe el enclave de Gibraltar como un lugar magnífico, uno de los más poderosos castillos del Islam", y asegura que su pérdida es "una de las mayores calamidades por el Islam sufridas, porque desde aquel castillo comenzó a conquistarse la tierra de al-Andalus de manos de los infieles, en los primeros tiempos". Abd al-Basit añade que "llegada, esta noticia a Tremecén y a otro sitios islámicos de aquella parte cundió el dolor por ellos y la aflicción por la debilidad del Islam en al-Andalus y por cómo descuidaban conservar los castillos musulmanes".

Dolor, pues, ante la ineficacia reconocida que señalan, acusadoras también, muchas páginas de la crónica anónima llamada Fragmento de la época, sobre noticias de los Reyes Nazaritas o Capitulación de Granada y Emigración de los andalusíes a Marruecos, que pone de manifiesto las querellas internas, el descuido político y militar de algún sultán, entre ellos el penúltimo, Abu I-Hasan o Muley Hacén (1464-85), cuya actuación disoluta vitupera esta crónica anónima, señalando cómo "se dedicó a los placeres, se entregó a sus pasiones y se dio a divertirse con cantoras y danzaderas. Sumido en el mayor ocio y descuido destrozó el ejército, del cual suprimió gran número de esforzados caballeros. Por otra parte, abrumó al país con tributos y a los zocos con impuestos. Cometió, en una palabra, una serie de errores con los cuales no puede subsistir un reino bien ordenado". La situación final granadina y su crítica resultan bien explícitas: así no podía subsistir Granada. Además, esa crónica lo advierte con claridad: la cohesión estaba partida entre el sultán y su visir por un lado y los demás por otro, pues "el engaño —por parte del sultán y su visir— iba dejándose entrever poco a poco hasta mostrarse patente como la luz del sol, ante los ojos del vulgo y de las personas notables. Todo el mundo empezó a pensar mal, y abundaron las palabras gruesas. Hasta el maligno espíritu de sedición hizo entonces su aparición entre la gente (...) ante ese mal estado de opinión de las tropas, urdieron una trama, sultán, y visir: falsificaron cartas (...) entonces dio el visir la orden de partir y de retirarse del teatro de la guerra, lo que (los súbditos) efectuaron tristes y llorosos y, abrumados con una pena y angustia inenarrables, cada cual marchó a su lugar".

 Traición y discordia entre musulmanes

Este es el estado de ánimo de los granadinos del siglo XV que dolientes asisten a su propia impotencia, de lo cual, traeremos algún testimonio más, como el expresado por el cadí Abu Yahya lbn Asim en su enciclopedia literaria Jardín de la satisfacción, donde reflexiona sobre las desgracias que al ser humano pueden ocurrir, hablando de los errores granadinos y dando pie, con algunos textos, a que el arabista Gaspar Remiro en 1911 tradujera algunos de ellos bajo el expresivo título de Presentimiento y juicio de los moros españoles sobre la caída inminente del reino de Granada, donde el cadí lbn Asim (+ 1453) avisa: "Es sabido que los cristianos no hubieran tomado la revancha sobre los muslimes (...) ni les hubiesen arrebatado sus ciudades y comarcas a no facilitarles todo esto las causas de la discordia interior, su empeño en suscitar entre los muslimes la lucha y división internas, en producir entre sus reyes el dolo y la traición y mantener entre sus defensores la perfidia y la doblez en medio de la guerra civil destructora".

En fin, ya desde la perspectiva de un siglo después de la caída de Granada, el literato al Maggari, de Tremecén, también según tradujo Remiro, concluía sobre al-Andalus que "el más tremendo infortunio ha azotado a esta región que no tiene semejante en hermosura y por su maridaje con aquel (infortunio) todo le ha nacido jorobado y corrupto. De todo esto ha sido causa la discordia entre sus arraeces y grandes, entre sus adelantados y alcadíes, entre sus emires y alguaciles, porque cada uno ha buscado el poder para sí, y ha arrimado su fuego a su alcorza, y entre tanto los cristianos han sembrado entre ellos el dolo, la astucia y artería (...) hasta que les ha sido posible tomarles las ciudades y enseñorearse de lo recientemente adquirido y de lo patrimonial o solariego".

También al-Maggari quiere transmitir el presentimiento del final de al-Andalus contando la anécdota del derribo en Granada del talismán o veleta del Gallo de viento, que llevaba en su inscripción: "El palacio de la muy noble Granada es realmente de importancia; su talismán, según el tiempo, da vueltas sin cesar. Y es un jinete, cuyo espíritu es el viento que le dirige con su fresco impulso. Más en él existen arcanos. Es seguro que ha de permanecer poco tiempo; pronto le azotará el más terrible infortunio, que ha de borrar de ella el imperio y la vivienda". Se ha relacionado esta veleta con la figura ecuestre que, según Mármol Carvajal, coronaba en Granada una torrecilla de las Casas del Gallo, y que también llevaba una inscripción premonitoria, que él transcribía: "Dijo al-Badisi lbn Habbus: así acabará al- Andalus". No cabe duda de que los granadinos del siglo XV vivieron con el presentimiento del final de su mundo y que supieron dar cuenta escrita de tan triste como seguro augurio.

lunes, 13 de mayo de 2013

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. el consumo de vino en al-Ándalus


EL CONSUMO DEL VINO EN AL-ÁNDALUS



El vino ha sido siempre no sólo elemento identificativo de la alimentación musulmana, sino también símbolo de la diferenciación de esta cultura respecto a todas las demás. Las fuentes inciden, en primer lugar, en el hecho de la preocupación recurrente por el tema, especialmente, y como cabía esperar, durante el período almohade. Existe una lucha ardua y constante por evitar su consumo entre todos los grupos sociales, hecho que indica claramente que estaba no sólo muy extendido, sino también muy arraigado en esta sociedad. Efectivamente, en el ámbito mediterráneo, conformado por la cultura greco-latina, beber vino es tan antiguo como la misma civilización a la que representa, por lo que en esta zona su supresión no sería nada fácil. Ahora bien, lo que nosotros queremos destacar es que su consumo estaba muy generalizado entre el conjunto de la población y que este tema es reflejo claro de la política ideológica llevada a cabo por la cronística de estos siglos.
 

1.- Vino e Ideología historiográfica.
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A) ¿Cuál es esta política ideológica?

Para dilucidarlo nos hemos servido de la realización de un doble análisis. Primeramente, hemos examinado las referencias sobre el vino y hemos intentado combinarlas con las apreciaciones que se dan o deducen de bebedores/borrachos y abstemios. El resultado es que no hay una relación directa entre el que un personaje sea borracho y se tenga una valoración negativa del mismo, o que la abstención siempre vaya aparejada de positividad; con todo, un examen inverso demuestra que no se elogia a un ebrio o se habla mal de un abstinente. Un sólo caso, referido al heredero de Almanzor, Ab-cAmir MuHammad, contradice esta afirmación: «Pese a que estaba dominado por el vino (nabid) y se ahogaba en los placeres, temía a su Señor y lloraba sus faltas; amaba a los hombres santos, solicitaba sus invocaciones y daba generosa recompensa a quien le guiaba a ellos» (BAYAN.TAIF). Se trata de la excepción que confirma la regla. Es verdad que en algunas ocasiones puede inferirse una opinión positiva del vino, apoyada, pensamos, en concepciones médicas que evidencian sus cualidades como correctivo o de que un uso moderado estimula la mente, si bien también se recoge la perentoriedad de sus efectos.

 

En segundo lugar, nos hemos valido de un estudio semiótico de los datos proporcionados por algunos episodios (Véase cuadro número 2). En este apartado, procedimos primero a interpretar en negativo los atributos asignados a la abstinencia. Así, el vino es malo porque no se identifica con la virtud en general, porque no permite el control de las pasiones, ni la continencia, ni el respeto de la ley, ni la rectitud, porque no eleva el espíritu, porque elimina el temor de Dios, favorece la frivolidad, la falta de castidad y de pureza. Analizamos luego las deducciones efectuadas sobre los episodios de crítica de este producto, las cuales consintieron comprobar que, efectivamente, éste se opone a la existencia de una vida recta, a espiritualidad, a orden social y político, a seriedad, a castidad, a gobierno, a control personal. Los resultados son, pues, coincidentes: el vino es malo intrínsecamente, porque cualquier forma en que sea consumido, se produzcan o no excesos, tiene consecuencias sobre la moral, sobre su capacidad de reacción y de gobierno, sobre la respetabilidad. Si todo lo reducimos a pocas palabras, beber vino es pecado porque desobedece una prohibición religiosa, y no está permitido porque es la ruina de la persona y del gobernante.

 

En conclusión, todo es el resultado de un programa ideológico bien estructurado en el que la prescripción coránica es una excusa y el control de las riendas del poder el verdadero móvil. Y ello se hace, sin embargo, de una manera bastante sutil. No se insiste tanto en el incumplimiento de un mandamiento de la Ley de Dios, sino que, el consumo de vino se asocia a una serie de consideraciones negativas, a calamidades, a episodios de muerte y de crítica, a personas cuyo ejemplo de vida no es muy recomendable, mientras que la abstinencia se une a aquéllas que llevaban una existencia modélica desde el punto de vista moral o religioso (Véase cuadro número 1); además, aparecen multitud de casos en los que muchos actos condenables tienen como origen o como compañía el vino, o los que beberlo es la ruina del que lo toma, o de otros en los que es un medio de engaño con el que se cometen malas acciones.

 

B) ¿Qué fin tiene esta política ideológica?

En toda esta exposición subyace una visión del mundo en la que nada ocurre de manera aislada, en la que nada de lo que sucede es gratuito. Recordemos ahora los condicionantes a los que se veían sometidos los hombres que tenían en sus manos las riendas del poder -pues son ellos los protagonistas de las obras consultadas-, las innovaciones religiosas y sociales que afectaron en esta época a al-Andalus, la restructuración social que se intentó llevar a cabo, las dificultades y rebeliones que conllevó, el avance cada vez más poderoso de los reinos cristianos, las tormentosas relaciones entre los diferentes reinos del Magreb, tan inmersos en estos siglos en la política andalusí. ¿Cómo va a extrañar que sean estos valores los que primen si hacían falta hombres que hicieran frente a todo ello con decisión? ¿Cómo no incidir en los elementos negativos, si producen aquello que se quiere evitar?

 

Pero no sabemos si estas conclusiones se corresponden o no con la realidad, por lo que nos hemos servido del magnífico trabajo de J. Sadan. Valiéndose también del estudio semiótico y semántico de los datos que proporcionan diferentes textos coránicos primitivos, así como otros pertenecientes a la literatura laica y religiosa de la época cabbasi, afirma que el vino se halla indisolublemente ligado a: libertinaje, pecado, impudicia, desprecio, depravación, adulterio, exceso, juego, placeres, lenguaje malicioso, herejía, infidelidad a la fe, música, humor, etc. (SADAN, 1977). Encontramos de nuevo el mismo tipo de vicios/placeres que describen nuestras fuentes, a pesar de la diferencia temporal y de género en las que son recogidos. Si la imagen que dan sobre el vino las crónicas es heredada -como parece-, y no responde a condiciones concretas de la época en la que fueron redactadas estaríamos frente a una aparente contradicción con lo dicho al principio de estas páginas. ¿Cómo explicar este hecho? Quizás sea inapropiado el enfoque del problema. Tal vez lo importante sea que este retomar tópicos ya conocidos tenga una finalidad concreta dentro de la narración. Y este fin es el arriba mencionado. En un momento en el que la abstinencia de vino se había convertido en una cuestión identificativa del nuevo orden político, la historiografía, en tanto que instrumento ideológico, intentó "vender" un modelo de hombre y gobernante ideal, y ¿qué mejor que el mismo Profeta y los primeros califas, todos abstemios? Este mecanismo se acentuó con el pasar del tiempo, no sólo por la caída del imperio almohade, sino también por la crisis del Islam peninsular -por motivos internos y externos- que llevó aparejada una transformación de los valores personales.

 

2.- Generalización del consumo de vino.

A) ¿Qué podemos deducir del análisis de la información disponible?

Los elementos que autorizan a hablar de la extensión del consumo de vino en los períodos almohade y nazarí son muchos y variados, por lo que vamos a realizar un breve repaso de los mismos.

 

Las formas en que era condenado el uso de vino afectaban a todas las clases sociales, si bien los castigos que sufrían los miembros de la élite gobernante parece que eran más drásticos, debido a que serían ellos el espejo moral en el que tendía a reflejarse el resto de la sociedad. Se citan casos de destitución de herederos al trono e incluso de un califa, o deposición de algunos cargos, si bien otras veces no se especifican las sanciones. Las medidas de carácter popular fueron, en los primeros años de la expansión almohade, derramar todas las bebidas alcohólicas, golpear a los bebedores, devastación de lugares donde se despachaba habitualmente, como los murus que eran silos de grano subterráneos abandonados, donde se habían instalado personas de mala vida y en donde circulaba el alcohol (MOLINA, 1983). El sultán magrebí Abu-l-Hasan permitió a los cristianos sólo el vino que éstos podían consumir, imponiendo penas a aquéllos que lo facilitaran a los musulmanes, y suprimió los intereses obtenidos de los murus, que eran impuestos que gravaban la venta ilegal de vino a los islamitas: ello manifiesta una vez más la doble moral imperante. Esta intervención light, demuestra que no se intentó erradicar el comercio ni el consumo de manera seria; de este modo, cuando Al-Hakam II se decidió a atajar el problema desde la raíz, arrancando las vides, sus propios consejeros le indicaron que era inútil, ya que se podían hacer bebidas embriagadoras de otras plantas. Aunque no se afirme explícitamente que éste era el fin, también el monarca cubaydí Mansur al-Hakim (996-1021), llevó a cabo una acción de choque: impidió vender dátiles, uvas y pasas, y procedió a la destrucción de muchos viñedos, pero se trata de una caso aislado. Nada se dice de cuál era el castigo de los bebedores y borrachos, algunos de los cuales fueron incluso llevados a juicio.

 

Por otra parte, son recurrentes y repetitivas las medidas punitivas de los soberanos almohades cada vez que llegan al trono, indicio claro de que la prohibición no era respetada. Además, no fueron pocos los medios que se buscaron para transgredirla. Así, el arrope, primero permitido, debido a su color, fue utilizado para encubrir al vino, por lo que finalmente tuvo que ser vedado. Asimismo, la licitud de otras bebidas alcohólicas (16) habla también de la endebles del precepto; se trata de una política, que podríamos llamar "puritana" e hipócrita: «formas exteriores de la ortodoxia» (BOLENS, 1990), que hicieron del cumplimiento de la prescripción una cuestión meramente legalista.
 

Parece, pues, claro que hubo un consumo generalizado de vino entre todas las clases sociales, y extendido a lo largo de toda la época estudiada, con un lapsus represivo a partir de la etapa almohade, que haría quizás disminuir su uso. Ahora bien, la información que ofrecen nuestras fuentes podría no responder a la verdad, por lo que vamos a detenernos a hacer algunas reflexiones más. Empleemos el sentido común. Si el éxito de la política almohade hubiera sido importante o siquiera real, sin lugar a dudas las crónicas, en especial las nazaríes, lo habrían recogido, ya que la historiografía es, por definición, instrumento de expresión de la clase dirigente. Pero, no encontramos testimonios de este tipo, al revés, abundan aquéllos que hacen pensar en todo lo contrario, en los obstáculos hallados para imponer una normativa dietética religiosa poco seguida.

Libro del ajedrez de Alfonso X El Sabio Si nos servimos de un ejercicio comparativo, echando mano de la antropología, podemos al menos intuir qué ocurría en al-Andalus en el período que examinamos. Para ello hemos escogido un país lejano, la actual Siria, por ser mayoritariamente musulmán, por ser un país mediterráneo, influenciado enormemente por la cultura greco-latina, substrato sobre el que actuó "la conquista" musulmana. No olvidemos, tampoco, que en estos siglos la situación político-militar fue muy similar en ambos territorios: oposición frontal entre al-Andalus/Sha,m y una "confederación" de estados feudales cristianos (reinos hispánicos/Reino Latino de Jerusalén). Después de obviar aquellos elementos "temporales", comprobamos que, sobre todo en las zonas rurales y más alejadas de los centros de poder, asentados en las grandes ciudades, muchas familias siguen elaborando artesanalmente y para el gasto familiar un vino casero, que se bebe joven; es cierto que esto sucede sobre todo entre algunas sectas musulmanas, los calawíes por ejemplo, pero no sólo entre ellas; igualmente, sólo para hombres, son muchos los "antros" en los que el vino y otras bebidas alcohólicas son habituales; por último, en los barrios predominantemente cristianos, en los pequeños negocios, se pueden comprar sin dificultad vino, cerveza y cualquier tipo de licor. Imaginemos ahora el territorio andalusí y reflexionemos: ¿No sería posible que en las ciudades la pequeña comunidad cristiana fuera la abastecedora clandestina, y que en el campo, la lejanía de los poderes coercitivos permitiera un consumo sin problemas? Nos vendría a dar la razón el hecho de que la excusa para que no se destruyeran las vides existentes era, entre otras, el pretexto de la presencia en al-Andalus de numerosos cristianos y mozárabes (MARTÍN, 1994: pág. 103).

 

Las conclusiones ofrecidas por otro tipo de obras apuntan en el mismo sentido. Recordemos, ante todo, la información recogida en algunos libros de hisba, tales como los de al-Saqati, del primer cuarto del XIII, o el de al-Yarsifi, de principios del XIV, los cuales se hacen eco de la venta de vino y de la imposibilidad por eliminarla. Los Uryuza de Ibn Azraq evidencian también, aunque sea vagamente, la alta valoración que siente el autor por el vino (GARCÍA SÁNCHEZ, 1980). En nuestra ayuda viene también la Risala de Saqundi, escrita en los años inmediatamente anteriores a la etapa nazarí, en la que -dando un margen de exageración propio de este género- cuenta que entre las maravillas de la ciudad de Sevilla está la ribera del río, donde la gente se divierte de manera alegre escuchando música y tomando vino, «cosa que no hay nadie que repruebe o critique, mientras la borrachera no degenere en querellas y pendencias» (RISALA). En este mismo sentido apuntan las apreciaciones contenidas en los tratados médico-dietéticos de esos siglos, como por ejemplo el Tratado de Alimentos de Ibn Zuhr o el Libro de Higiene de Ibn al-Jatib.

 

Para terminar, la mayoría de los investigadores que se han ocupado del tema, coinciden en señalar un consumo generalizado entre la población musulmana, si bien algunos no diferencian períodos. Al inicio de la década de los 60, Claudio Sánchez-Albornoz concluía que al menos entre la nobleza era un producto habitual (SÁNCHEZ ALBORNOZ, 1962: I, págs. 467-473). El hispanista Evariste Lévi-Provençal hablaba de que, al menos en las épocas omeya y taifa, todas las clases sociales consumían vino, y que, a pesar del rigorismo de algunos alfaquíes, éste se podía encontrar en todas las tabernas, ya fueran clandestinas o toleradas (LÉVI-PROVENÇAL, 1965: pág. 159). Rachel Arié, reproduciendo lo dicho por su maestro, añade que se reduciría su uso a partir del dominio de las dinastías beréberes (ARIÉ, 1974-1975: págs. 305-306; ARIÉ, 1982: pág. 287). Manuel Espadas Burgos afirma que el consumo de vino no estaba muy extendido aunque nunca fue nunca un problema para los hispanomusulmanes, tal como demostraría el que tras la conversión se hiciese patente su inclinación a la bebida (ESPADAS BURGOS, 1975: págs. 540 y 550). Joaquín Vallvé indica que la mayor parte de la producción de vid del territorio andalusí se destinaba a la preparación de diferentes tipos de arrope, mosto y vinos mezclados (VALLVÉ, 1982: págs. 290-292). Los trabajos más recientes inciden en el mismo sentido (BOLENS, 1990; LÓPEZ HITA, 1994; MARTÍN, 1994).

 

B) ¿Cuál es el motivo básico que explicaría la facilidad con la que se transgredió la ley coránica sobre el vino en al-Andalus?

Si dejamos de lado la cuestión de la pertenencia a la cultura mediterránea, vemos que el hecho fundamental es la debilidad inherente a la prohibición del vino -la misma que aqueja al conjunto de la normativa alimentaria de cualquier Fe-. En efecto, ésta nació marcada por la imprecisión. En las primeras revelaciones al Profeta el vino aparece como uno de los regalos de Dios a la humanidad (sura XVI, 69/67), y es, junto a la leche y la miel, uno de los placeres que se pueden hallar en el Paraíso (sura XLVII, 16/15). Sin embargo, las sucesivas revelaciones fueron cambiando: primero, junto a las virtudes, se destacan las desventajas que lo acompañan (sura II, 216/219), luego se recomienda que los borrachos no vayan a la mezquita a rezar (sura IV, 46/43); y ya en la sura V, 92/90 el vino, los ídolos, el juego y la adivinación son consideradas manifestaciones satánicas, por lo que son vedados. No menos turbulenta es la historia de las digresiones a las que dieron lugar los actos y dichos de Muhammad. Así, las escuelas jurídicas se afanaron primero en dilucidar cuál era el vino al que hacía referencia el Profeta y luego cuáles eran las bebidas lícitas e ilícitas; pero lo poco explícito e incluso contradictorio de algunos hadits no hacía fácil la tarea de distinguirlas, quizás porque una de los principales dificultades era conseguir evitar la fermentación de muchas de ellas (17). En cualquier caso, hubo escuelas que rechazaron totalmente todas las bebidas, otras que toleraron algunas, y otras, incluso, que abogaron por la aceptación del vino de uva.

 

Nada como un texto para ilustrar todo lo que estamos diciendo. Se trata de la conversación mantenida en el sigo XII por Abu Hamid el Granadino con el rey de los húngaros, en la que comprobamos una vez más que las razones que un hombre de cultura media-alta podía aducir tenían poco peso:

 

«Cuando se enteró de que yo había prohibido a los musulmanes beber vino y les había permitido tener esclavas concubinas, a más de cuatro esposas legítimas, dijo: «Eso no es cosa razonable, porque el vino da fuerza al cuerpo, y, en cambio, la abundancia de mujeres debilita el cuerpo y la vista. La religión del Islam no está de acuerdo con la razón». Yo dije entonces al trujamán: «-Di al rey: La ley religiosa de los musulmanes no es como la de los cristianos. El cristiano bebe vino en las comidas en vez de agua, sin embriagarse, y eso aumenta sus fuerzas. En cambio, el musulmán que bebe vino no busca sino embriagarse hasta el máximo, pierde la razón, se vuelve loco, comete adulterio, mata, dice y hace impiedades, no tiene nada bueno, entrega sus armas y su caballo y dilapida cuanto tiene, sólo para buscar su placer. Y, como los musulmanes son aquí tus soldados, si les mandases salir de campaña, no tendrían caballo, ni armas, ni dinero, porque todo lo habrían perdido con la bebida, y tú, al saberlo, o habrías de matarlos, o golpearlos, o expulsarlos, o darles nuevos caballos y armas, que estropearían igualmente. Por lo que respecta a las esclavas concubinas y a las mujeres legítimas, a los musulmanes les conviene la poligamia a causa del ardor de su temperamento. Además, puesto que forman tu ejército, cuantos más hijos tengan, más serán tus soldados». Dijo entonces el rey; «-Escuchad a este jeque, que es hombre muy sensato, casaos cuantas veces quisiereis y no le contradigáis». De esta suerte, aquel rey, que amaba a los musulmanes, se desentendió de los sacerdotes cristianos y permitió que se tuviesen esclavas concubinas» (HAMID-1).

 

Se pueden encontrar otro tipo de explicaciones más elaboradas. El profesor Sadan cuenta que los árabes antiguos, es decir, los verdaderos nómadas, no eran grandes bebedores de vino ni tampoco ignorantes en la materia, por ello su actitud fue interpretada por la literatura religiosa y laica posterior de manera subjetiva. Así, en los primeros tiempos, al hablar del mundo musulmán en el sentido de Islam, el vino se asimiló a la yahiliyya (paganismo), mientras que la leche era considerada la auténtica bebida de los hijos del Allah; pero luego se invirtieron los términos y cuando la cultura musulmana se mostraba como heredera de otras muchas sedentarias, beber vino se identificó con "civilización". En realidad, a medida que se mitigaba la crítica del vino y se cuestionaba el precepto -al menos de gran parte de las bebidas alcohólicas- se estaba asistiendo a un proceso de aculturación derivado de la sedentarización de los pueblos árabes y del deterioro de la supremacía de los valores adquiridos de los antiguos, ridiculizando su primitivismo y lo "rústico" de su evolución social (SADAN, 1977). Si cambiamos de paisaje y aplicamos estas nociones al ámbito hispánico, tenemos que la historiografía consultada fue redactada entre los siglos XII-XV, es decir en una etapa en la que en la Península Ibérica ya se habían asentado los grupos no autóctonos que participaron en la conquista, hecho que tiene su mayor reflejo en la época califal, donde estaba generalizado el consumo de vino; luego llegan años menos tranquilos para el "Estado", pero no hay novedades hasta que almorávides y almohades, procedentes de un medio nómada, ponen de nuevo sobre la mesa el tema del veto del vino, si bien una vez que se establecen las aguas vuelven a su cauce y esta imposición, aunque sólo sea formalmente, deja otra vez de ser acatada incluso por aquéllos que eran o debían ser sus garantes.

 

Estamos ante una exposición un tanto artificial, ya que la oposición nómada-sedentario es un tanto simplista, pues no existen poblaciones totalmente "puras", sin embargo es posible que la impronta nómada, pasada por el tamiz de la religión predicada por Ibn Tumart, influyera en el la política con la que los hombres del período almohade y nazarí se enfrentaban al consumo del vino.

 

El parangón entre Al-Andalus y Castilla

Partimos de la base de que la normativa dietético-religiosa es más determinante en la alimentación árabe que en la cristiana. A pesar de que los principios distintivos de ambas coinciden en la importancia dada a los ayunos obligatorios y a la abstinencia de ciertos alimentos, y de que en los dos casos eran muy respetados, es igualmente cierto que Roma permitía la distensión de la regla a través de la compraventa de bulas que eximían del cumplimiento de algunos deberes, quizás aquéllos más "dolorosos", de la prescripción.

 

En el solar hispánico, en la historiografía castellana y andalusí, la consideración del vino es muy similar, observándose una casi total concordancia en lo referente a las apreciaciones negativas a él adheridas. De este modo, los grandes bebedores suelen ser personas que conducen su vida de forma anárquica, mientras que los abstemios se asocian a aquéllas que viven pacíficamente y ejercen la templanza; el abuso en el uso produce la ruina moral, espiritual y física de la persona, y, por ello, la aparición de comportamientos contra el orden social establecido: desobediencia, transgresión de las normas, rebelión, desórdenes, de ahí la crítica hacia los gobernantes que lo consumen. Igualmente, en las dos se establece una estrecha conexión, en una vía de dos sentidos, entre vino-lujuria-sexo, y una relación inversamente proporcional entre éstos y una vida espiritual y religiosa.

 

Los puntos diferenciadores son precisamente los más influidos por la cultura religiosa de las respectivas fuentes. Mientras dentro del cristianismo el vino estaba cargado de positividad, al ser -junto al pan- elemento fundamental de la liturgia cristiana, el símbolo del establecimiento de la Nueva Alianza entre Dios y su pueblo, en el Islam es una de las manifestaciones de Satán sobre la tierra.

 

Un ejemplo aparte lo constituye la evaluación ofrecida por el pensamiento y práctica médicas imperantes. Como sabemos, fue la ciencia árabe medieval la transmisora de los principios médicos clásicos a la sociedad cristiana, por lo que las características básicas de la apreciación del vino son muy parecidas en los dos mundos. Así, la vemos como una bebida que, tomada moderadamente, era un potente estimulante físico y anímico, un sustitutivo del agua -en estos siglos no muy salubre-, y por ello recomendable en la recuperación de personas débiles y enfermas. Por supuesto, junto a los beneficios, los tratados médicos también recogen las consecuencias dañinas de las bebidas alcohólicas, incluido el vino (18). Como quiera que sea, las cualidades positivas que en estos trabajos se pueden descubrir son olvidados, obviamente, por historiografía hispanomusulmana.

 

En resumen, mientras la cronística andalusí refleja sobre todo el aspecto socializador, la castellana posee una concepción más compleja en la que se mezclan valores lúdicos, alimentarios y religiosos. Ello podríamos explicarlo basándonos en que la Castilla bajomedieval es un punto de difícil equilibrio entre la cultura laico-religiosa y la monástico-religiosa; del juego de ambas depende el predominio de unos valores u otros. Al contrario, en al-Andalus, la figura-símbolo del Profeta, guerrero y hombre religioso, aúna todos estos principios bajo el signo dominante de la Fe, por lo que no se evidencia oscilación alguna entre éstos.

 

Sitios web relacionados ...

http://www.teleline.es/personal/tdcastro/personal/tdcastro/Home.htm

La Alimentación en las Crónicas Castellanas Bajomedievales

http://www.geocities.com/CollegePark/Field/4664

Códigos alimentarios en Al-Andalus

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Teresa de Castro (Universidad de Granada)  Proyecto Clío

viernes, 10 de mayo de 2013

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La batalla de las Navas de Tolosa

LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

 LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA de A.Robert.R.LaueR

Por Juan Eslava Galán

A cinco kilómetros de Santa Elena, el pueblo más septentrional de la provincia de Jaén, junto al paso de Despeñaperros, existe un paraje donde los restos de armas antiguas son tan abundantes que durante siglos han surtido a los labriegos de la comarca del hierro necesario para la fabricación de sus herramientas. Es el campo de batalla de las Navas de Tolosa.

    El combate ocurrió en el año 1212, pero en realidad, toda la historia comenzó mucho antes. Cuando el califato de Córdoba se descompuso en un mosaico de pequeños estados (los llamados reinos taifas), los reinos cristianos del Norte aprovecharon la oportunidad para ampliar sus fronteras hasta el río Tajo y tomara Toledo. Los débiles reyezuelos de taifas tuvieron que comprar la paz y la protección de los monarcas cristianos pagando crecidos tributos anuales.

    Por aquel tiempo los almorávides, una confederación de tribus bereberes, habían forjado un poderoso imperio que se extendía por lo que hoy es Marruecos, Mauritania, parte de Argelia y cuenca del río Senegal. La creciente presión cristiana no dejaba más alternativa a los cada vez más débiles reyezuelos andalusíes que solicitar ayuda a los almorávides. Pero no se atrevían a dar este paso porque temían que sus rudos correligionarios del desierto se prendaran de las fértiles huertas y populosas ciudades de al-Ándalus y se las arrebataran. Finalmente el rey Motamid de Sevilla se atrevió a dar el paso decisivo y firmó un pacto con el sultán almorávide. Prefería, alegó, ejercer de camellero en África a ser porquero en Castilla.

    Los almorávides enviaron un ejército que derrotó a los castellanos en Zalaca o Sagrajas (1086). Después ocurrió lo que se temía: barrieron a los reyezuelos de taifas, unificaron al-Andalus y lo incorporaron a su imperio. Como suele ocurrir, los fieros vencedores acabaron siendo conquistados por la superior cultura de los vencidos y los nuevos conquistadores se aficionaron al refinamiento de la sociedad hispanomusulmana, suavizaron sus costumbres y se civilizaron. Es decir, desde la óptica fundamentalista, se corrompieron. Hacia 1140 la fortaleza moral y el militarismo de los almorávides se habían mitigado tanto que su imperio se fraccionó y en al-Andalus volvió a aparecer una generación de pequeños reinos taifas tan débiles como los anteriores. La balanza del poder militar se inclinaba de nuevo hacia los reinos cristianos.

LA AMENAZA ALMOHADE

   La decadencia almorávide favoreció el surgimiento de un grupo beréber en los macizos del Atlas, que se rebeló contra los almorávides y formó una confederación de cábilas regentada por dos asambleas de jeques. Tras los violentos combates, los almohades conquistaron el norte de África y pusieron sus ojos en al-Andalus. Sus califas adoptaron el título de Miramamolín (Amir ul-Muslimin) o Príncipe de los Creyentes.
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    Al rey Alfonso VII de Castilla no se le ocultaba el paralelismo de la nueva situación con la del período anterior. Por lo tanto se propuso evitar el fortalecimiento de los reinos de taifas o el intervencionismo, ya iniciado, de los almohades.

    Alfonso VII logró asegurarse los pasos que comunican Andalucía con la Meseta y en una audaz expedición conquistó el puerto de Almería (1147), pero a la postre la empresa resultaba excesiva para las fuerzas de Castilla e incluso para las del propio rey, que al regreso de una de sus expediciones se sintió enfermo y expiró un caluroso día de agosto bajo una encina del puerto de Fresneda, en Sierra Morena.

    Muerto el rey, toda su obra en Andalucía se desmoronó al instante y sus temores no tardaron en confirmarse. Los almohades atravesaron Sierra Morena y atacaron Castilla: el nuevo rey Alfonso VIII, intentó contenerlos en Alarcos (1195), pero sufrió una tremenda derrota.

    Después de Alarcos Castilla no tenía nada que oponer a la furia africana. Los almohades asaltaron la plaza fuerte de Calatrava, cuya guarnición pasaron a cuchillo, y alcanzaron en sus correrías hasta las puertas de Toledo y Madrid. La línea del Tajo apenas podía contenerlos. Sin embargo el prolongado esfuerzo de uno y otro bando y los aconteceres de la política interior del imperio almohade aconsejaron pactar. En 1197 Castilla y el Miramamolín concertaron una tregua de diez años.

    Alfonso VIII tenía, además, problemas con los reinos cristianos de León y Navarra: pactó con el rey de León para tener el flanco cubierto y luego cayó con todo su poder sobra los dominios de Sancho el Fuerte, rey de Navarra, su recalcitrante enemigo, al que obligó a firmar la paz.

    Después de las rencillas y guerras en el período anterior, el primer lustro del siglo XIII trajo laboriosa calma para todas las partes. Desde el desastre de Alarcos, Alfonso VIII solo vivía para preparar la revancha. En 1209, sintiéndose ya suficientemente fuerte, atravesó la frontera para atacar Jaén y Baeza mientras los freires de Calatrava iban contra Andujar. Después de este preludio bélico, los dos bandos preparaban la guerra.

    Alfonso VIII sólo contaba con la amistad de Aragón y tenía motivos para temer que León y Navarra atacarían su reino por el norte si concentraba su ejército en el sur. Solamente el Papa podía garantizar la neutralidad de sus enemigos si declaraba Cruzada su guerra contra los almohades, lo que automáticamente obligaría a los otros reinos cristianos a respetar sus fronteras so pena de incurrir en excomunión.

    El Papa Inocencio III accedió. En los púlpitos se toda Europa se predicó la nueva Cruzada para mayo de 1212. Los que concurrieran e ella obtendrían plena remisión de los pecados. Además el Papa excomulgaría a cualquiera que pactara con los mahometanos y ordenó a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor de la magna empresa común.

    Por la parte almohade los preparativos no eran menos activos. Al-Nasir, el Miramamolín de los almohades, hijo del vencedor de Alarcos y de la esclava cristiana Zahar (flor), salió de Marraquech al frente de un gran ejército en febrero de 1211. Al-Nasir tenía treinta años. Era, según una crónica árabe, alto, de tez pálida, barba rubia y ojos azules, valeroso, cauto y avaro. No hablaba mucho porque era tartamudo. Se decía que había jurado sobre el Corán conducir a sus tropas hasta Roma y abrevar sus caballos en el Tiber.

    El ejército almohade se dirigió primero a Rabat y de allí a Alcazarquivir. Mientras tanto sus correos recorrían el imperio instando a los gobernadores a preparar lo necesario para la próxima y decisiva Guerra Santa. El ejército almohade iba creciendo con las tropas que llegaban de su vasto imperio. Su magnitud planteaba problemas de administración y abastecimiento pero Al-Nasir procuraba enmendar lo yerros y estimulaba a sus colaboradores haciendo decapitar a los funcionarios incompetentes.

    Una potente escuadra aguardaba el ejército en Alcazar Seguer. En mayo, las tropas cruzaron el Estrecho y desembarcaron en Tarifa adonde solícitos funcionarios de al-Andalus acudieron para homenajear al Miramamolín.

    Pasó un año antes de que los ejércitos se enfrentaran en una acción definitiva. En este tiempo Alfonso VIII hizo una cabalgada por Levante y llegó hasta el mar. Al-Nasir por su parte puso sitio a la plaza fuerte fronteriza de Salvatierra. La fortaleza resistió dos meses de riguroso asedio antes de entregarse. En este tiempo, dice un cronista, las golondrinas que habían anidado en la tienda de Al-Nasir, empollaron y sacaron sus crías a volar. Conquistada la plaza, el Miramamolín regresó a Sevilla e intensificó los preparativos guerreros.

    Poco después de caída Salvatierra falleció el infante Fernando de Castilla, todavía adolescente. La muerte de su hijo bienamado, que ansiosamente esperaba hacer sus primeras armas contra los almohades, apenó profundamente a Alfonso VIII. El rey buscó alivio a su dolor entregándose a una intensa actividad militar mientras duró el buen tiempo, y en invierno se enfrascó en los aspectos diplomáticos de la Cruzada.

LLEGAN LOS CRUZADOS

    En la primavera de 1212, los caminos de la Cristiandad se llenaron de cruzados cuya meta era Toledo. Los pobres iban a pie, mendigando por los caminos; los nobles, a caballo, seguidos de sus mesnadas. Entre ellos no sólo concurrían guerreros. También afluían muchedumbres fanatizadas de mujeres, jovenzuelos y personas inútiles para la guerra que acompañarían al ejército expedicionario compartiendo sus privaciones y sometidos a su suerte favorable o adversa.

    El primero en llegar fue el caballeroso Pedro II de Aragón, el amigo de Alfonso VIII, que aportaba tres mil caballeros con su correspondiente acompañamiento de peones. ¿Y los reyes de Navarra y de León? De estos no se esperaba que movieran un dedo para auxiliar a Alfonso VIII. Es más, el de Navarra sólo estaba esperando a que acabasen las treguas concertadas con Castilla para atacarla; el de León, por su parte, hizo saber que sólo se uniría a la Cruzada si le eran devueltos ciertos lugares y castillos fronterizos que reclamaba como suyos.

    A principios de junio llegaron cruzados de ultrapuertos, es decir los de fuera de la Península, capitaneados por el arzobispo de Narbona. Eran en su mayoría franceses aunque también los había italianos, lombardos y alemanes.

    El ejército almohade se puso por fin en movimiento. Subiendo por los antiguos arrecifes romanos y califales que remontan el Guadalquivir llegó a tierras de Jaén y ascendió en busca de los desfiladeros de Sierra Morena. Al-Nasir estaba bien informado sobre la actualidad y calidad de las tropas que se iban reuniendo en Toledo y procedía con cautela. En lugar de atravesar los pasos de Sierra Morena para enfrentarse a su enemigo en Castilla, como hizo su padre cuando lo de Alarcos, decidió mantenerse a la defensiva y dejar que fueran los cristianos los que hiciesen el viaje por la meseta castellana y los desfiladeros del Muradal. Así tendría de su parte dos elementos: el cansancio y desgaste de los cristianos al final de tan dura marcha y un favorable campo de batalla, puesto que os almohades ocuparían posiciones ventajosas y forzarían a los cristianos a aceptar el combate.

    Mientras tanto, en Toledo, los turbulentos huéspedes llegados de Francia no dejaban de causar problemas. El previsor arzobispo había dispuesto que los cruzados acampasen en terreno amable, entre huertas, a orillas del Tajo, apartados del núcleo de la ciudad; pero los extranjeros, sea porque no estaban tan habituados como los peninsulares a la convivencia y respeto con gente de otras religiones o culturas, o simplemente por impaciencia de la sangre y botín que esperaban conseguir en la Cruzada, asaltaron la judería toledana y la saquearon e incluso asesinaron a una parte de sus moradores, lo que llenó de pesar a Alfonso VIII.

    El 20 de junio, el ejército cristiano partió de Toledo camino del sur. En el cuerpo de vanguardia iban ultramontanos guiados por don Diego López de Haro. A los cuatro días de marcha avistaron la aldea y castillo de Malagón, que era de los moros. Inmediatamente se lanzaron al asalto, arrasaron el lugar e irrumpieron en el castillo que los defensores habían ofrecido entregar a cambio de que se respetaran sus vidas, trato común razonable muy al uso de las contiendas peninsulares. Pero los ultrapuertos, herederos de la tradición intolerante de las Cruzadas, pasaron a cuchillo a casi todos los defensores y refugiados que albergaba la fortaleza. Cumplida la jornada, acamparon allí mismo en espera del grueso del ejército con los reyes de Aragón y Castilla, que llegó al día siguiente, 254 de junio. Ya para entonces se manifestaban los problemas de abastecimiento que eran la plaga de toda expedición importante en aquella época.

    En aquella tierra que atravesaban los cristianos, casi despoblada y ayuna de recursos, estas privaciones se acentuaban. Con tales problemas llegaron a las márgenes del Guadiana y buscaron los vados para atravesarlo. En estos lugares de aguas poco profundas los almohades habían esparcido artefactos metálicos de cuatro puntas, los llamados abrojos, que se clavaban en los pies de los peones y caballos inutilizándolos para el combate. Con todo, los cristianos sortearon la vía fluvial que los separaba de Calatrava.

CALATRAVA, LA MANZANA DE LA DISCORDIA

    Calatrava era, y aún es en sus ruinas, una importante fortaleza que vigilaba el estratégico paso entre Andalucía y Castilla. En 1158, los templarios que la guardaban se reconocieron incapaces de contener el empuje musulmán y la abandonaron. Entonces un grupo de caballeros y de monjes cistercienses se establecieron en ella y la defendieron de los almohades. Esta fue el origen de la Orden de Calatrava, orden monástico-militar que el Papa aprobó en 1164. Sin embargo, a la muerte de Alfonso VII, el convento-fortaleza fue conquistado por los almohades.

Soldados cristianos antes de la batalla
   El ejército cruzado acampó cerca de Calatrava y durante tres días sus jefes estudiaron un plan de ataque. Todos estaban de acuerdo en que no era prudente dejar a sus espaldas una plaza tan importante y buen abastecida que, además, estaba defendida por el andalusí Abu Qadis, experto guerrero de la frontera. Por lo tanto debían tomar el castillo. El día 30 de junio lo atacaron violentamente y lograron conquistar su parte más accesible. Los defensores parlamentaron y Alfonso VIII les concedió franquicia para retirarse salvando sus vidas y algunos bienes. Este acuerdo indignó a los cruzados extranjeros que ya contaban con repetir la degollina de Malagón. Por otra parte, venían muy quejosos de las calores excesivas del mes de junio, de las arideces de la meseta y de las privaciones que desde hacía unos días venía sufriendo el ejército cristiano, a todo lo cual estaban más acostumbrados los peninsulares. Por estas causas, el 30 de junio, la mayoría de los extranjeros se retiraron de la Cruzada y regresaron a sus países de origen.

Los más exaltados pretendían tomar Toledo, la capital desguarnecida de Castilla, para vengarse de Alfonso VIII, pero finalmente se conformaron con ir saqueando las juderías de las poblaciones por donde pasaban. Otros se dirigieron a Santiago de Compostela para ganar la peregrinación y no hacer el viaje en balde; todos, en fin, se perdieron por los caminos del Pirineo tal como habían aparecido. Un historiador calcula que la deserción de los ultramontanos redujo al ejército cristiano en un tercio de sus efectivos. La perdida mas grave no fue, sin embargo, el número, sino la calidad, pues muchos de ellos eran veteranos de guerra y soldados profesionales.

    En Calatrava, ya recuperada para su Orden, descansaron los ejércitos de Castilla y Aragón y se repusieron de hambres pasadas, pues habían encontrado la fortaleza bien avituallada. Allí se les unieron doscientos caballeros navarros al mando de Sancho el Fuerte, que había decidido deponer temporalmente su rencor y enemistad con el castellano para participar en la Cruzada.

    A dos jornadas de camino estaba Alarcos, a pocos kilómetros de la actual Ciudad Real. Muchos recuerdos tristes debieron de acudir a la memoria de Alfonso VIII a la vista de aquellos campos yermos. En ellos los almohades habían machacado literalmente a su flamante ejército diecisiete años atrás. Durante todo este tiempo el fantasma de Alarcos había perseguido al rey castellano, había mediatizado sus actos y había alimentado su sed de venganza. Otro responsable de Alarcos compartía los sentimientos de Alfonso VIII y volvía a contemplar con él, después de tantos años, el escenario de su desdicha: don Diego López de Haro, el belicoso señor de Vizcaya al que muchos hacían responsable de aquella infamante derrota. Después del abandono de los ultramontanos ninguno de los dos personajes estaría completamente seguro de no estar encaminándose a otro Alarcos de dimensiones aún mayores.

    Los días 7, 8, 9 de julio los cruzados acamparon a la vista de Salvatierra, otro antiguo castillo cristiano en poder de los musulmanes. Allí pasaron revista a sus efectivos y se prepararon para la batalla.

    Mientras tanto llegaban informes del ejército almohade. Al-Nasir esperaba a los cristianos a pocos kilómetros de allí, al otro lado de las gargantas del Muradal, donde había montado sus campamentos en estratégicas posiciones.

    El grueso del ejército almohade se había asentado frente al desfiladero de la Losa, garganta rocosa tan áspera y difícil que "mil hombres podrían defenderla de cuantos pueblan la tierra". El ejército cristiano había de recorrer forzosamente este camino.

    El día 11, los cristianos acamparon en las Fresnedas. Don Diego López de Haro envío a su hijo don Lope con un destacamento a las alturas del puerto del Muradal, hoy Despeñaperros, para que reconociese el terreno y ocupase la pequeña meseta que allí existe. Los expedicionarios ganaron rápidamente las alturas y avistaron el castillo de Ferral, adelantado de Sierra Morena, donde se había instalado la avanzada almohade que vigilaba el desfiladero de la Losa. En cuanto descubrieron a los cristianos, los almohades salieron a hostigarlos.

    Al día siguiente, 12 de julio llegó el ejército cristiano al pie de Sierra Morena y nuevas tropas reforzaron a la vanguardia instalada en la meseta del Muradal. Al amanecer del día 13, el resto del ejército se les unió y acampó en la llanada. Los vigilantes almohades abandonaron prudentemente el castillo del Ferral y se replegaron hacia el sur.

    Los dos ejércitos estaban separados solamente por el desfiladero de la Losa fuertemente custodiado por los almohades. La situación de los cristianos era delicada. Sus enemigos podrían hacer, son dificultad, una carnicería de cualquier ejército que se aventurase por aquellas angosturas. Por otra parte, el paraje donde habían acampado los cruzados era áspero e inhóspito.

    Quizá lo más sensato fuera abandonarlo lo antes posible y bajar de nuevo al llano porque, además, los víveres escaseaban nuevamente. Avanzar hacia el ejército almohade a través de la mortal ratonera de la Losa era suicida. Hubo consejo de reyes y señores. Los más prudentes proponían desandar lo andado, descender al pie de la sierra y buscar otro paso que atravesara las montañas.

    Pero Alfonso VIII temía que esta retirada acabara por agotar y desmoralizar a sus huestes. Por otra parte, lo más probable era que los almohades guardaran igualmente todos los pasos de la comarca. No había alternativa. Tratarían de forzar el desfiladero de la Losa yendo en línea hacia el enemigo. La perspectiva de repetir lo de Alarcos debió de amargar aquel día a muchos veteranos.

EL PASTOR DE LAS NAVAS

    Los cristianos necesitaban un milagro y el milagro ocurrió. Al menos eso sostiene la tradición. Ante Alfonso VIII se presentó un pastor que decía conocer un paso seguro que los almohades no vigilaban. Nada se perdía con probar. Don Diego López de Haro y un destacamento de exploradores acompañaron al rústico que los llevó primero hacia el oeste y luego hacia el sur, a través de los actuales parajes del Puerto del Rey y Salto del Fraile. Así fueron a salir, esquivando los relieves más comprometidos de aquellas montañas, a la explanada de la Mesa del Rey, donde se establecieron. Don Diego López de Haro comunicó al rey que el paso del pastor era perfecto, justamente lo que necesitaban. En cuanto amaneció el día siguiente, el grueso del ejército levantó el campamento y fue a acampar en la Mesa del Rey.
El pastor de las Navas de Tolosa indicando el camino
    Por fin se encontraban los dos inmensos ejércitos frente a frente sin obstáculo natural que los separase. Perdida su ventaja inicial, Al-Nasir decidió plantear la batalla lo antes posible para evitar que los cansados cristianos y sus caballos se repusieran de las fatigas de la caminata. Formó pues a su ejército en orden de combate, se situó favorablemente sobre el terreno y envió columnas de caballería y arqueros para que hostigaran a los cristianos en sus posiciones. Pero los reyes cristianos no mordieron el anzuelo y la actividad bélica de la jornada se redujo a pequeñas escaramuzas sin importancia.

    Al día siguiente, domingo, 15 de Julio los almohades amanecieron formados en orden de combate y se mantuvieron de esta guisa hasta mediodía, pero los cristianos eludieron nuevamente el encuentro y se contentaron con escaramuzar. Los adalides de uno y otro bando analizaban la fuerza y disposición del adversario y tomaban las medidas oportunas para asegurarse la mejor fortuna en la batalla campal que se avecinaba.

LOS EJÉRCITOS ENFRENTADOS

    Pocos conseguirían conciliar el sueño en los campamentos de las Navas la noche del día 15 de Julio de 1212. Unos y otros contemplarían el parpadeo de las luces del campamento enemigo mientras esperaban impacientes la amanecida del día decisivo. Todavía era de noche cuando en el campamento cristiano circuló la orden de prepararse para el combate. Pasaron los clérigos administrando la absolución a los cruzados que aprestaban arreos y armas.

    Cuando clareo el día ya se habían desplegado las fuerzas. En el campo cristiano tres cuerpos de ejército dispuestos en línea ocupaban la llanura. El central estaba formado por las tropas de Castilla; a su izquierda, las de Aragón con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho el Fuerte. Las dos alas habían sido forzadas con tropas de varios concejos castellanos. Cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres líneas ordenadas en profundidad.

    La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, iba mandada por el veterano don Diego López de Haro. En la segunda línea se ordenaban los caballeros templarios, al mando del Maestre de la Orden, Gómez Ramírez; los caballeros hospitalarios, los de Uclés y los de Calatrava.

    En la retaguardia iba Alfonso VIII acompañado por el arzobispo de Toledo y otra media docena de obispos castellanos y aragoneses y probablemente también por el arzobispo de Narbona. Los nobles caballeros y freires de las órdenes militares eran guerreros profesionales y se hacían acompañar de peones y servidores igualmente experimentados, pero a las tropas de los concejos, aportadas por las ciudades castellanas, les faltaba experiencia guerrera y entrenamiento. Por eso se había dispuesto que combatieran mezcladas con las tropas profesionales. De este modo la calidad sería más homogénea y la infantería y la caballería se prestarían mutuo apoyo.

    El ejército almohade presentaba también tres cuerpos: en el primero un núcleo de tropas ligeras; en el segundo, el heterogéneo conjunto del ejército integrado por voluntarios de todo el dilatado imperio, incluyendo a los contingentes de al-Andalus; en la retaguardia, los almohades propiamente dichos ocupando la ladera del cerro de los Olivares en cuya cima Al-Nasir había plantado su emblemática tienda roja, en el centro de una fortificación de campaña construida por una amplia empalizada de troncos unidos y reforzados por cadenas. Este ingenio desempeñaba el papel de las alambradas en la guerra moderna. Defendía la empalizada una nutrida guardia de voluntarios armados de picas, arcos y hondas. Es de notar que muchos de éstos estaban atados por los muslos y enterrados hasta las rodillas. Al-Nasir, sentado sobre su escudo a la puerta de la tienda, leía el Corán e impetraba la protección de Alá en el apurado trance de aquella batalla decisiva.
 

UNA INFINITA MUCHEDUMBRE

    ¿Cuantos combatientes se enfrentaron en las Navas de Tolosa? Los cronistas árabes hablan de seiscientos mil combatientes musulmanes y de una innumerable muchedumbre de cristianos. Los cristianos se refieren a casi doscientos mil jinetes musulmanes y la consabida infinita muchedumbre de peones. Modernos estudiosos de la batalla cifran los efectivos almohades entre 100000 y 150000 combatientes (probablemente el primer número se más exacto que el segundo) y los cristianos entre 60000 y 80000. Incluso admitiendo las cifras más modestas, hemos de reconocer que el choque debió ser de los más espectaculares y sangrientos de la historia medieval.

    En general puede decirse que los cristianos estaban mejor armados que los musulmanes, especialmente en lo tocante a armamento defensivo: escudos, cotas de malla y yelmos de metal o cuero. El ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Por la parte almohade el armamento defensivo se limitaba prácticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulmán se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que cayeron en manos de los cristianos. El arzobispo de Narbona calculó que dos mil acémilas no serían suficientes para transportar las cajas de flechas encontradas.

    La táctica empleada por los ejércitos almohade y cristiano se basaba en concepciones del arte militar diametralmente opuestas y ambas igualmente eficaces. Por la parte cristiana, Alfonso VIII había tenido mucho tiempo para meditar sobre las enseñanzas de Alarcos. Además conocería las contramedidas que los cruzados habían desarrollado en Siria y Palestina para hacer frente a similares tácticas musulmanas. Frente al formidable bloque de la caballería cristiana que cargaba frontalmente en compacta formación, los musulmanes oponían tropas ligeras capaces de dispersarse ágilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y desplazándose rápidamente, envolver el enemigo y devolver el golpe en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos. Algo parecido ocurrió en Alarcos: los almohades desorganizaron las tropas de los concejos que formaban las alas del ejército castellano y rodearon al núcleo de la caballería atacándolo por los lados. Por eso, en las Navas, Alfonso VIII dispuso que los concejos combatieran mezclados con guerreros profesionales, freires o caballeros. Además reforzó convenientemente los bordes exteriores de las alas.

    El plan de combate de los reyes cristianos debía algo a la experiencia ajena, a los cruzados de Siria. Después del encuentro de Doriela, que enfrentó por vez primera en batalla campal a cruzados y turcos en 1097, los cristianos desarrollaron nuevas tácticas para evitar que las ligeras y ágiles tropas musulmanas los cercaran. Bohemundo, el gran táctico cristiano, ideó proteger los flancos del ejército con obstáculos naturales, conservar la formación cerrada para evitar el desmoronamiento de las líneas y sobre todo, mantener un cuerpo de reserva con el que atacar al enemigo cuando intentara cercar al cuerpo principal. En Palestina, la reserva era mandada por Bohemundo personalmente. En las Navas de Tolosa vemos a Alfonso VIII al frente del cuerpo de retaguardia. De la oportuna intervención de esta reserva, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, dependía el resultado de la batalla.

EL EJÉRCITO DE AL-NASIR

    El dispositivo almohade no era menos formidable que el cristiano. Tropas de las más variadas procedencias, representantes de cada cábila y tribu del imperio, habían convivido durante un año y medio y se habían preparado para este encuentro. El plan de batalla almohade era simple, tópico y efectivo.
Pendón almohade obtenido en la batalla de las Navas de Tolosa
    Primero sus tropas ligeras desorganizarían y cansarían al enemigo. En la vanguardia pondría sus peores tropas, la muchedumbre de fanáticos voluntarios árabes, bereberes, almohades y andalusíes atraídos por la Guerra Santa, los que aspiraban a ganar el Paraíso. Mientras los cristianos se cebaban en esta carne se cañón y la perseguían hasta posiciones desventajosas, los hábiles arqueros de Al-Nasir sembrarían la muerte en las líneas castellanas. Cuando el enemigo estuviera cansado y en terreno desventajoso, entrarían en combate los almohades para dar el golpe de gracia. Si alguna carga de los cruzados llegaba hasta el cuerpo de zaga o retaguardia almohade, las formidables defensas de su palenque y la guardia bastarían para detenerla.

    Los componentes de la guardia del palenque no eran, como sostiene la tradición historiográfica cristiana, desgraciados esclavos negros encadenados unos con otros para evitar su huida y obligados a combatir hasta la muerte. Más probablemente se trataba de fanáticos voluntarios, los llamados imesebelen (desposados) los que, ligados por un juramento, ofrecían sus vidas en defensa del Islam y se hacían atar por las rodillas para asegurarse de que se sacrificarían llegado el caso. La de los imesebelen es una institución que ha perdurado hasta nuestros días. Escribe Huici: "Los franceses han sido muchas veces testigos de su valor en las campañas argelinas. En 1854 dos columnas francesas penetraron en la Gran Cabilia y encontraron soldados desnudos hasta la cintura, vestidos tan sólo con un calzón corto y atados unos a otros por las rodillas para no huir: eran los imesebelen a quienes había que rematar a bayonetazos sin conseguir que se rindiesen"

    Una fuente árabe sostiene que en las Navas combatieron diez mil arqueros Agzaz. Esta tribu de arqueros turcos había llegado al imperio almohade, vía Egipto, unos veinticinco años atrás. El padre de Al-Nasir, el vencedor de Alarcos, uno de los más expertos generales de su tiempo, los incorporó a su ejército y los pagaba espléndidamente. El secreto de los arqueros turcos radicaba en sus arcos especialmente potentes y en la táctica que empleaban. Podían disparar con el caballo a todo galope y en cualquier dirección. Fueron, en Siria y Palestina, la pesadilla de los cruzados hasta que estos desarrollaron tácticas capaces de contrarrestar sus ataques. Es evidente que los servicios de información de ambos ejércitos funcionaban a la perfección y que cada bando conocía de antemano los efectivos del contrario y el uso que probablemente haría de ellos. Los dos estados mayores tomaron las contramedidas oportunas, aunque el cristiano se probó más acertado al adoptar las tácticas avaladas por los cruzados en Oriente.

COMIENZA LA BATALLA

    Cuando amaneció, los dos ejércitos estaban formados frente a frente a una cierta distancia. En la vanguardia del cristiano, capitaneando sus tropas de choque, don Diego López de Haro escuchaba esta advertencia de labios de su hijo: "Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor y que recuperéis la honra perdida en Alarcos". A lo que el viejo guerrero respondió: "Os llamaran hijo de puta, pero no hijo de traidor". (Lo decía don Diego porque su esposa era de costumbres libres y lo había abandonado.) Don Lope prometió a su padre: "Seréis guardado por mi como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios entremos en batalla cuando queráis".

    La caballería cristiana capitaneada por don Diego cargó por la pendiente de la Mesa del Rey abajo al encuentro enemigo. El terreno era difícil, cubierto de monte bajo, arbolado y tajado por un barranco. Al choque, las avanzadas musulmanas se deshicieron y dispersaron como si huyeran, sin dejar ni un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrecía en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre. Allí se produjeron los primeros choques pero los atacantes atravesaron esta segunda línea sin mayor dificultad y todavía les quedó impulso para arremeter contra el grueso del ejército almohade.

    El terreno favorecía a los musulmanes, que estaban en alto. Los cristianos llegaban a ellos cansados por la cabalgata y desorganizados por los previos encuentros. Por otra parte, las tropas que los esperaban eran de mejor calidad que las de vanguardia. No sólo rechazaron el ataque fácilmente sino que contraatacaron pendiente abajo con gran grita y ruido de los tambores de la zaga y obligaron a los cristianos a ceder terreno. Las tropas de los concejos comenzaron a desmayar, la situación no podía sostenerse ni siquiera con los refuerzos que llegaban de la segunda línea de los cruzados. Fatalmente la vanguardia cristiana se había desorganizado y desmoronado ante el empuje almohade.

    Hasta este punto todo parecía desarrollarse con arreglo a la estrategia musulmana. Desde su puesto en la tercera línea, el rey Alfonso VIII contemplaba, entre la polvareda lejana, la retirada de las banderas de sus tropas. Creyó distinguir entre ellas el pendón de don Diego López de Haro y volviéndose al arzobispo de Toledo que a su vera estaba, comentó con disgusto: "Mirad como vuelve la seña de don Diego" Andrés Roca, ciudadano del concejo de Medina del Campo, escuchó lo que el rey decía y le replicó: "Cierto no es aquella la seña de don Diego, mas mirad adelante y veréis vuestra seña y don Diego con la suya. Los que huyen los villanos somos, que los hidalgos no, que aquella que huye la seña es de Madrid". Por menospreciarlos ante el rey con estas palabras, los aludidos asesinarían luego a Andrés Roca.

    Don Diego y los suyos se mantenían a pie firme sin ceder terreno, pero era evidente que las dos primeras líneas cristianas, asaltadas desde mejores posiciones por los veteranos almohades y penetradas y envueltas por caballería ligera del enemigo, se hallaban en desesperada situación, desorganizadas y al borde del colapso. Además, ofrecían un blanco casi inmóvil a los arqueros y hondero se Al-Nasir. Estaba claro que las fuerzas cristianas en liza no podrían, por si solas, salvar la situación. Alfonso VIII creyó llegado el momento de dirigir la carga decisiva, de cuyo resultado dependía la suerte de la jornada.

    Según la crónica, el rey dijo al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, vos y yo aquí muramos". Y sin más plática cargaron al frente de la tercera línea para socorrer a los que estaban batallando en la ladera del palenque del Miramamolín. Al propio tiempo, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra.

LA CARGA DE LOS TRES REYES

    Tal como se había planteado el encuentro del lado cristiano, esta carga tenía que ser la última y decisiva. De que fuese capaz de perforar todo el dispositivo almohade dependía la suerte final de la batalla. Si era frenada y perdía su conexión hasta verse infiltrada y desorganizada por los elementos ligeros musulmanes, como había ocurrido con los destacamentos precedentes, era seguro que la nueva derrota dejaría en mantillas al desastre de Alarcos. Los historiadores cristianos rodean la acción de Alfonso VIII de una aureola de heroísmo, como si en el supremo instante su decisión y valentía personal hubiesen salvado una batalla que estaba perdida. En realidad, como estamos viendo, la batalla no estaba decidida sino que iba discurriendo, por uno y otro bando, con arreglo a planes preconcebidos y cuidadosamente ejecutados.

    Los cruzados jugaban su última carta que era la carga definitiva de cuy éxito todo dependía. A esta oponían los musulmanes la resistencia pasiva pero formidable de una de las fortificaciones de campaña calculadas para sustituir con ventaja la falta de una caballería pesada.

Tienda de Miramamolín
    La carga de los tres reyes enfiló su objetivo y cruzó el campo de batalla sin perder cohesión: con su ímpetu inicial apenas mermado llegó al palenque del Miramamolín. De aquel momento supremo y verdaderamente decisivo del combate apenas tenemos noticias fiables. Fuentes tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente de la hazaña. Lo más probable es que la empalizada, directamente atacada en toda su extensión, fuese penetrada simultáneamente por vario lugares. Los imesebelen sucumbieron en sus puestos, fieles a su promesa.

    El degüello dentro de la fortificación del Miramamolín fue terrible. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la coincidencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. Pero no existía en aquella época ninguna forma humana de detener una carda de caballería pesada cuando se abatía sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo (todavía no se había divulgado en Europa el arco largo galés y las armas de fuego que darán al traste con la caballería en los dos siglos siguientes, como en su momento veremos). En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, principalmente por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres como había amontonados. El ejército de Al-Nasir se desintegró. En la terrible confusión cada cual buscó su propia salvación en la huida.

EL ALCANCE

    Lo que sucedió al enfrentamiento no fue menos terrible que el propio combate. El "alcance" que coronaba la batalla medieval dio comienzo. La caballería cristiana, dispersa en pequeños destacamentos, prosiguió su carrera alanceando y derribando a los fugitivos. La cifra de bajas almohades fue tan crecida porque en el alcance perecieron casi tantos hombres como en el combate propiamente dicho. Perseguidos y perseguidores atravesaron el abandonado campamento almohade y prosiguieron hacia el sur. Los fugitivos intentaban refugiarse en la fortaleza de Vilches, la más cercana al lugar de la batalla. Un cronista tardío escribe: "Hallaban a los moros en las encinas y en los alcornoques y allí les daban muchas lanzadas y así los derribaban".

   Los jefes cristianos habían prohibido, bajo pena de excomunión, dedicarse al saqueo de los despojos y campamentos enemigos antes de que los almohades hubiesen sido completamente exterminados. Esta medida estaba plenamente justificada: sabían por experiencia que algunas batallas que parecían ganadas se comprometían o acababan en franca derrota por causa de la codicia de la soldadesca que, creyendo favorablemente decidido el combate, desatendía la lucha por saquear las tiendas de los vencidos.

   Sofocada toda resistencia almohade, los cruzados se precipitaron sobre el bien abastecido campamento enemigo, ya arrasado y en completa confusión, en busca de objetos valiosos, oro, plata, seda y vestidos, además de armas, caballos y vituallas. De todo hallaron en cantidad -- exagera probablemente el cronista-- que, aunque cada uno tomó lo que quiso, dejaron todavía más de lo que cogieron.

    Mientras tanto, el arzobispo de Toledo y los otros obispos y clérigos que acompañaban a la expedición entonaron el Te Deum Laudamus en el mismo campo de batalla, en acción de gracias por la victoria.

   Antes de que anocheciera, los cristianos levantaron el campamento de la Mesa del Rey y lo trasladaron al emplazamiento donde había estado el campamento almohade. Luego sepultaron a sus muertos.

   Nadie contó los cadáveres de sarracenos que quedaron en el campo para pasto de alimañas. Los cronistas cristianos cifran los muertos en unos cien mil, lo que parece exagerado. Por el lado cristiano, hablan de veinticinco o treinta muertos, una cifra absolutamente inaceptable que sólo se explica por el deseo de revestir el encuentro con el carisma de lo milagroso. También aseguran que, a pesar de la espantosa carnicería producida, no se encontraron en el campo manchas de sangre. En cuanto al pastor que mostró a los cristianos un paso alternativo del desfiladero de la Losa, aseguran que era un ángel del cielo o San Isidro labrador en persona (otros dicen que era humano y se llamaba Martín Halaja).

A SANGRE Y FUEGO

   El ejército cristiano descansó en su nuevo campamento durante dos noches y un día. Durante este tiempo los vencedores alimentaron sus hogueras con lanzas, arcos y flechas almohades recogidas en el campo o en los depósitos capturados. A pesar de ello, sólo se pudieron deshacer de una mínima parte del material disponible.
Almohades
   El miércoles 18, los cruzados trasladaron el campamento más al sur probablemente porque, con los valores de julio, la putrefacción de los cadáveres se había acelerado y el hedor llegaba a las tiendas. Algunos destacamentos tomaron los cercanos castillos de Vilches, Baños y Tolosa y degollaron a sus defensores y a los fugitivos de la batalla refugiados en ellos.

   Las noticias de estas matanzas sembraron el terror en la región. Cuando el ejército cristiano llegó a Baeza, tres días después de la batalla, encontró la ciudad despoblada e excepción de algunos ancianos e impedidos que se habían acogido a la mezquita mayor. Los conquistadores incendiaron el templo con cuanto contenía.

   Al día siguiente los cruzados cercaron Úbeda, ciudad populosa y bien defendida pero abarrotada de refugiados. Los cristianos dejaron pasar un día sin atacar, escrupulosos observadores del domingo, y el lunes 23 asaltaron las murallas por varios puntos simultáneamente. El Rey de Aragón consiguió desmoronar una torre minando sus cimientos. Los cruzados irrumpieron por la brecha e invadieron la ciudad. Los musulmanes que pudieron se refugiaron tras una segunda línea defensiva que cercaba el barrio alto de la ciudad y ofrecieron a los cristianos comprar la paz y sus vidas mediante fuerte rescate. Los tres reyes accedieron a cambio del pago de un millón de maravedíes en oro, una enorme suma imposible de reunir por los sitiados. Pero estos desgraciados tenían un problema aún mayor: las dignidades eclesiásticas que formaban parte de la expedición y velaban por el cumplimiento de sus ideales de cruzada hicieron saber que los cánones eclesiásticos prohibían todo trato con infieles. Por lo tanto Úbeda fue destruida y su población degollada después de espigar los que valían para esclavos.

   Con la base del sistema defensivo almohade,  completamente desmantelada parecía que la conquista del resto de Andalucía era empresa fácil y hacedera. Pero una epidemia de disentería, causada por la falta de higiene y el calor, a la que cabría añadir el agotamiento de la tropa (no sólo de la batalla y los asedios sino también de sus excesos con las moras cautivas), postraron en sus tiendas a gran número de cruzados. Hubo que suspender la expedición.

   Cubiertos de gloria y cargados de botín, los expedicionarios desanduvieron lo andado y regresaron a Castilla. La conquista de la fértil Andalucía quedaba aplazada para mejor ocasión.
Guerreros cristianos
   Alfonso VIII, embriagado por la gloria de su señalada victoria y cumplidamente vengado de Alarcos, entró triunfalmente en Toledo y derramó bienes y promesas sobre cuantos habían contribuido a la Cruzada. El rey de León, que no sólo no lo había apoyado sino que, aprovechando la escasa guarnición de la frontera castellana, le había tomado algunos lugares, temía que Alfonso VIII cayera sobre él con su victorioso ejército. Pero Alfonso generoso y magnánimo, no sólo le ofreció la paz sino que renunció a sus derechos sobre los lugares en disputa. A Sancho de Navarra, su enconado enemigo, que había asistido a las Navas, también le entregó los castillos y lugares fronterizos que codiciaba.

   La batalla de las Navas de Tolosa marcara un hito en la historia de España: alejó el peligro de una invasión musulmana de los reinos cristianos y contribuyó, aunque no de modo tan decisivo como se pretende, al desmembramiento y ruina del imperio almohade. Además hizo saltar el cerrojo de la puerta de Andalucía y consolidó la frontera castellana en Sierra Morena facilitando las grandes conquistas castellanas en el siglo XIII.


   Al-Nasir nunca se repuso del desastre de las Navas. Abdicó en su hijo, se encerró en su palacio de Marraquech y se entregó a los placeres y al vino. Murió, quizá envenenado a los dos años escasos de su derrota. Alfonso VIII sólo lo sobrevivió unos meses. Pedro II de Aragón, el rey caballero, pereció al año siguiente en la batalla de Muret, combatiendo a los cruzados que Inocencio III había convocado contra los herejes albigenses (Pedro II estaba auxiliando a su cuñado Raimundo IV de Tolosa), Sancho el Fuerte de Navarra sobrevivió veintidós años a la batalla. Al final de su vida, atacado de alguna especie de neurastenia "a causa de su mucha grossura y de la poca salud que tenía", se recluyó en su palacio de Tudela, donde permaneció encerrado hasta su muerte en 1234.