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jueves, 14 de mayo de 2026

ZIRYAB

 

ZIRYAB

Ziryab: Abū l-asan ‘Alī b. Nāfi’. Irak, c. 789 – Córdoba, 857. Músico, cantor, poeta, gastrónomo y esteta.

Gastrónomo, maMúsico, ca

Biografía

Más conocido con el apodo de Ziryab, mirlo en árabe, emulando así al probable color de su piel y a la voz melodiosa de este ave, recibió una sólida formación literaria y científica, especialmente en geografía y astronomía, y aprendió música en Bagdad con el célebre cantor Ishaq Ibn Ibrahim al-Mawsilī (767-850), durante el califato de Harun al-Rasīd (786-808). La inestabilidad política a su muerte desatada por las guerras civiles entre sus hijos al-Amin y al-Ma’mun, unido a las desavenencias de Ziryab con su maestro, probablemente por la atracción del pupilo hacia las innovaciones musicales de Ibrahim al-Madhī, —otro hijo del califa entorno al cual los cantores y músicos con influencias persas comenzaron a liberarse del clasicismo de la música árabe—, aconsejaban abandonar la corte ‘abbasí de Bagdad. Hacia mayo de 822, recaló en la corte de Córdoba durante el advenimiento de ‘Abd al-Rahman II a un emirato pacificado por su padre al-Hakam I y con una próspera hacienda. Como Omeya, el emir no olvida que a su linaje le fue arrebatado el califato, cuyos derechos pretende aprovechando la decadencia de la corte ‘abbasí. Paralelamente, la riqueza de su tesoro le permitirá ostentar su poder con un lujo inaudito, para lo cual imita a los califas en su modo de vivir y toma las instituciones políticas de Oriente, creando así una conciencia en sus dominios de al-Andalus independiente del resto del mundo islámico, salvo en las esferas religiosa y cultural. Igualmente hace venir en un principio de Oriente los mejores poetas, cantores, músicos y bailarines. Este proceso de orientalización no hubiera eclosionado de no ser por la admiración y prestigio que alcanzó el cantor, poeta y músico desterrado de Bagdad. Con gustos afines y aproximadamente la misma edad, el emir se vio enseguida seducido por el genio musical de Ziryab, sus conocimientos enciclopédicos y sus costumbres extremadamente refinadas, llegándole a ofrecer una paga extraordinaria. La influencia que ejerció sobre la corte le convirtió en modelo a imitar del buen gusto y la elegancia entre la jassa o aristocracia andalusí, a la que inició en las modas y costumbres de la civilización bagdadí, que aceptaron como reglas de conducta social y urbana, incluso en aspectos tan íntimos como la higiene o el aseo y otros ligados a la propia moral y a la lengua. En su calidad de consejero principal del emir, introdujo las formas protocolarias orientales, según las cuales sólo sus súbditos principales podían acceder a las estancias reales en palacio, donde impone una etiqueta que regula todos los detalles de la vida cotidiana. Tanto el soberano como la jassa solían celebrar reuniones culturales en los que el anfitrión ofrecía un banquete, en el que se bebía vino —algo generalizado entre la población musulmana— viendo bailar a las danzarinas a la vez que se escuchaba música o declamar poesía y se jugaba a las damas y al ajedrez, juego que parece que introdujo el propio Ziryab. En este contexto, Ziryab favoreció la cocina bagdadí y fijó un orden gradual de platos para el banquete siguiendo las recomendaciones de los dietistas árabes, no mezclando los manjares, sino comenzando con entremeses o una sopa —único plato para el que se utilizaba un cubierto: la cuchara—, prosiguiendo con carnes asadas de cordero o vaca (las clases más modestas debían contentarse con carnes de baja calidad y vísceras), caza o aves condimentadas, manjar blanco que en al-Andalus recibía el nombre de tafaya, cuyo guiso se atribuía a la invención de Ziryab, para terminar con dulces, como pasteles o bizcochos de nueces, almendras y miel, pastas con fruta aromatizadas con vainilla o fruta confitada rellena de pistachos y avellanas. Los hispanomusulmanes alababan las frutas frescas y hortalizas que la fértil tierra de al-Andalus producía, pero Ziryab mostró el sabor de los espárragos trigueros, las ensaladas de alcauciles y los guisos de habas, plato que en la actualidad se conserva en Córdoba con el nombre de “ziriabi”. Siguiendo el código de Ziryab, el cadí cordobés Ibn Yabqa ibn Zarb, con fama de buen gourmet, pudo afirmar que “no es de buen tono servir dos series de manjares que no van bien entre sí”. Los platos se colocaban humeantes sobre una mesa baja cubierta con paños de vasto lino, que Ziryab recomendó se sustituyera por manteles de cuero fino. ‘Abbas Ibn Firnas, que había descubierto, entre otras cosas, una fórmula para fabricar vidrio, lo aprovechó Ziryab para demostrar a los comensales cordobeses que una copa de cristal era más apropiada para catar el vino que los cubiletes de oro o plata, mientras que las diminutas copas de licor eran el colofón de un banquete. Pese a la crítica de eruditos religiosos, estos placenteros entretenimientos eran tan corrientes que, salvo un lapso de tiempo represivo durante la etapa almohade, los muftíes se vieron incapaces de castigar las trasgresiones a la ley coránica y las medidas oficiales adoptadas al respecto.

Siguiendo la tradición griega e india, los árabes dieron tanta importancia a una dieta equilibrada como a la higiene personal, por lo que Ziryab abrió un instituto de belleza, que causó gran regocijo entre las cordobesas. Las peinadoras las depilaban y les ungían el pelo con perfumados aceites, para después venderles todo tipo de cremas para el cuidado de la piel y saquitos de polvos aromáticos para los vestidos, al tiempo que les enseñaban a emplear la pasta de dientes y el arte de maquillarse y pulirse las uñas, ya que la esposa mimada o la favorita debía esperar adornada con sus mejores galas la vuelta del dueño de la casa. También Ziryab influyó en la manera de cortarse el pelo y dejarse la barba de los hombres, que indujo a llevar corto y con forma, descubriendo los pómulos y la frente. Los hombres llevaban la cabeza descubierta o bien la cubrían con un simple gorro de lino o fieltro, mientras que las mujeres se envolvían la cabeza con un trozo de tela, cubriéndose el rostro por debajo de los ojos con un pañuelo que se ataba a la nuca o bien con un velo más amplio cuyas puntas caían sobre el pecho. Sin embargo, la moda bagdadí impuso a la jassa nuevos tocados: altos gorros de seda cruda, capelos cónicos de terciopelo bordado o incrustado de pedrería y tocas de brocado o de fieltro, que también serían adoptados por la corte leonesa. De otra parte, mientras los hombres y mujeres de la plebe usaban una camisa de lino y algodón, y ajustados al talle unos calzones largos y estrechos que no pasaban de la rodilla, añadiendo en invierno, una pelliza enguatada cortada en forma de túnica, o un chaquetón de piel de oveja o conejo; Ziryab estableció para la jassa un calendario de la moda, según el cual desde finales de junio hasta primeros de octubre se debía vestir de blanco, —color de los omeyas y de luto cuya generalización en verano llevó al negro como distintivo de las gentes enlutadas—, mientras que el resto del año se usarían trajes de color, normalmente de seda, añadiendo ligeras túnicas también de color y seda al comienzo del frío durante los equinoccios, que serían sustituidas por otras forradas de piel o por pellizas o abrigos de piel durante el invierno. Evitaba así la disparidad de atuendo entre las distintas clases de la población y se tenía en cuenta los cambios sensibles de temperatura, frescor o tibieza, lluvia o buen tiempo. En la Córdoba de Ziryab se conocieron los gusanos de seda y el papel, mientras en los talleres se intensificaba la producción de terciopelo, satén, sarga, lino y lana, que aprovecharon los artesanos sobre todo almerienses, inspirados en el tiraz bagadadí, para elaborar los brocados. Estos tejidos cortados para trajes de gala junto con las finas túnicas de gasa transparente colmaban los arcones de las familias aristocráticas. Pero no sólo la ornamentación de las telas sino también de las alhajas, aún bajo influjo de la tradición visigoda, sufren el influjo oriental.

Pero la contribución de Ziryab es sobre todo en el arte de la música. No sólo incorporó las vanguardias de Oriente, sino que creó originales formas que condujeron a la primacía cultural de al-Andalus. Destacó en el canto y en su virtuoso modo de tañer el laúd. Realizó algunas modificaciones en la técnica de construcción de este instrumento, añadiendo una quinta cuerda y aminorando su peso con maderas más finas y de mejor resonancia. Confeccionó las encordaduras con tripas de animal hilados en seda, y empleó plumas de águila como plectros, costumbre que persiste en la actualidad, en sustitución de madera, lo que posibilitó una mayor agilidad que mejoraba el sonido así como de duración de las cuerdas. Además, propuso técnicas más estructuradas para la voz y cambios en la forma, la estructura musical y la temática: jardinería y plantas, el agua junto al amor cortés, y el recurso de la variación de poemas y metros diferentes dentro de una composición musical, permitiendo mayor libertad en la estructura rítmica y melódica. Tenía un repertorio de más de diez mil canciones que en parte había compuesto y sabía de memoria, y creó la nawba, una especie de suite clásica (vocal e instrumental) con influencias cristianas y sefardíes y de la música bereber, manteniendo el clasicismo oriental como base. Esta expresión musical se abrió paso después hasta Oriente, conservándose en la actualidad como la wasla o suite clásica oriental de origen andalusí, algo que no hubiera transcendido si Ziryab no hubiese fundado en Córdoba el primer conservatorio de música del mundo islámico, mostrándose también como un gran pedagogo a la hora de formar discípulos. Estudiaba las condiciones naturales de su voz ordenándoles que la forzaran tapados por un almodón. Si el discípulo poseía una voz potente y limpia, comenzaba su enseñanza; desistía si percibía faltas que no posibilitaran el éxito. En pocos casos daba oportunidad a alumnos de voz escasa, que fortalecían atando un turbante al vientre. Al que cerraba la boca al cantar, le hacía pasar las noches con un trozo ancho de madera hasta que lograra separar las mandíbulas. Basaba su método de enseñanza en tres tiempos, comenzando por el aprendizaje del ritmo, como primer ejercicio, mediante el anexir o recitación en verso acompañándose de un instrumento de percusión. Seguía la enseñanza de la melodía en toda su sencillez, mediante cantos simples o llanos, para culminar la instrucción con el ornamento del canto, dándole expresión, movimiento y gracia, dependiendo de la habilidad del artista.

Contó con su familia como discípulos para difundir su escuela, entre los cuales destacó ‘Ubayd Allah como cantor. También Gasim y ‘Abd al-Rahman fueron buenos artistas, pero este último fue soberbio y cruel, antagónico en sus cualidades a Ziryab. Entre sus hijas, ‘Ulayya fue muy solicitada para el canto, ejerciendo su magisterio sin competencia, mientras que Hamduna fue una hábil artista que casó con el visir Hasim b. ‘Abd al-‘Azīz. Educó asimismo a diversas esclavas y esclavos, y a intelectuales y poetas como ‘Abbas b. Firnas y ,Aqil b. Tasr. Aslam b. ‘Abd al-’Aziz b. Hasim b. Jalid, un pariente de su hija Hamduna, recogió en su obra Agani Ziryab su legado musical, que aunque perdida, lo menciona Ibn Hazm en Tawq al-Hamama y al-Humaydī en Yadwat al-muqtabis. En definitiva, fue Ziryab quien principalmente contribuyó al posterior esplendor musical de al-Andalus. Los andalusíes amaban la poesía, las canciones, la música y la danza, y gracias a la política emprendida por ‘Abd al-Rahman II y al trato de preferencia que dio a Ziryab, superó en refinamiento y cultura a Oriente en su intención de tomar las riendas del mundo musulmán.

A Ziryab nunca le tentó ni la política ni el poder ni quiso inmiscuirse en las intrigas palaciegas, lo que contribuyó a elevar su posición en la corte y aumentar una fortuna calculada en 300.000 dinares, además de varias alquerías de la campiña cordobesa. Ni en Bagdad ni en Bizancio había sido jamás pagado tan generosamente el arte de un músico. Tanto trascendió en el mundo musulmán la munificencia del emir español que provocó el resentimiento en otros músicos y poetas al igual que en alfaquíes por motivos morales y religiosos. Con todo, hasta los historiadores alfaquíes gustaron de recordar el nombre de este músico, tras su muerte producida en Córdoba en el año 857, pues había logrado materializar el sueño de su mecenas ‘Abd al-Rahman II de pasar a la historia como un gobernante de gran inteligencia, constructor y esteta e imitador consciente de la cultura del califato de Bagdad para comenzar a ocupar en el mundo islámico de la alta Edad Media el puesto privilegiado que conservaría hasta la conclusión de la Reconquista cristiana. Pero fue bajo el arbitraje indiscutible de Ziryab, que la corte y la ciudad cambiaron sus hábitos y modales, vestimenta, mobiliario y gastronomía. Siglos después este Petronio árabe sería aún invocado siempre que una nueva moda hacía su aparición en la Península, mientras que la música quedó tan arraigada que siempre se defendió frente a las recomendaciones restrictivas de religiosos y juristas. De este modo, al-Andalus que había dependido de Oriente para su guía e inspiración religiosa, lingüística y cultural, adquirió conciencia de sí misma como metrópoli y con méritos propios de cara al resto del mundo musulmán.

 

Bibliografía

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Autor/es

  • Iván F. Moreno de Cózar y Landahl. Conde de los Andes

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

AL-QASIM B. HAMMUD

 

AL-QASIM B. HAMMUD

Al-Qāsim b. Ḥammūd: Abū Muḥammad, al-Qāsim b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‘Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‘Alī b. Abī Ṭalīb, al-Ma’mūn (El Fidedigno). Marruecos, c. 345-6/958 – Málaga, ša‘bān del año 427/VI.1036. Segundo califa ḥammūdí de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭalīb y de Fāṭima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato en dos etapas duró cuatro años y veintitrés días.

Califa hamudí

Biografía

Su padre, Ḥammūd b. Maymūn, fue un notable de la zona de Arcila de familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo.

En las primeras semanas que siguieron al asesinato de su hermano ‘Alī b. Ḥammūd, primer califa ḥammūdí de Córdoba, y el advenimiento de al-Qāsim, se dio un pretendiente omeya —suscitado en el Levante de al-Andalus por Jayrān, señor de Almería y el tuŷībí al-Munḏir b. Yaḥyà, señor de Zaragoza, así como por otros notables—, del que esperaban los cordobeses una restauración omeya que diera nuevo esplendor al califato ya moribundo, pero no llegó a cuajar. El flamante califa omeya era un bisnieto de Abderramán III, llamado ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, que se había retirado a Valencia y había sido proclamado califa bajo el nombre de al-Murtaḍà, luego del asesinato de ‘Alī b. Ḥammūd; mas viendo Jayrān y al-Munḏir que el nuevo Califa no iba a ser manejable, decidieron antes de ir a Córdoba atacar a los beréberes zīríes de Granada, a fin de deshacerse de al-Murtaḍà. Dicho y hecho, dejaron al flamante califa cuasi abandonado ante el ejército beréber, y los dos fautores califales se retiraron a Almería. Con todo, al-Murtaḍà pudo escapar y refugiarse en Guadix, donde unos sicarios de Jayrān lo volvieron a apresar y lo asesinaron.

En el ínterin, las milicias bereberes ḥammūdíes de Córdoba y Sevilla proclamaron a al-Qāsim como sucesor, vulnerando, pues, el testamento del difunto califa ḥammūdí ‘Alī, que había nombrado a su hijo mayor Yaḥyà heredero presunto y se hallaba entonces en Ceuta.

Al-Qāsim se apresuró a trasladarse de Sevilla, ciudad de la que era gobernador, a Córdoba para recibir el juramento de fidelidad de los cordobeses, que se lo prestaron el martes 4 de ḏū-l-qa‘da de 408/25 de marzo de 1018, tres días después de la muerte de su hermano menor ‘Alī. El nuevo califa había sobrepasado los 61 años de edad el día de su proclamación.

Yaḥyà, a quien correspondía la herencia de su padre, no estimó conveniente oponerse de momento a la proclamación de su tío, pero no descuidó asegurar sus dominios: Málaga, donde estaba su hermano Idrīs, y las plazas africanas. Al-Qāsim por su parte designó como heredero a su sobrino Yaḥyà y le dio a su hija Fátima como esposa. Cuando Yaḥyà más tarde reciba propuestas de los beréberes de Córdoba que el califa al-Qāsim había postergado, ofreciéndole su apoyo para ocupar el Trono, entonces Yaḥyà se desplazó a Málaga, enviando a su hermano y lugarteniente Idrīs a Ceuta.

Mientras, la capital cordobesa conoció durante tres años seguidos una verdadera paz. Al-Qāsim no estaba desprovisto de ciertas dotes políticas y su avanzada edad lo inclinaba a la moderación; de ahí que hasta gozase de cierta popularidad entre la población. Al hacerse cargo del poder decretó una amnistía general y abolió las medidas de su hermano ‘Alī, que obligaban, entre otras cosas, a la gente acomodada a pagar personalmente el equipo y el mantenimiento de un soldado. Poco a poco se ganó la animadversión de las milicias beréberes, hasta el punto de que el califa empezó a desconfiar de ellos, por lo que reclutó en el norte de África mercenarios negros que empleó como guardia de corps. Algunos le atribuían opiniones ši‘íes; pero no las dejaba transparentar. Su talante moderado atrajo a la corte a jefes esclavones amiríes de Levante, tales como Jayrān y Zuhayr, confiándoles el mando sobre sus regiones, Almería al primero, y Jaén, Baeza y Calatrava al segundo.

Con el tiempo las relaciones entre el califa y su heredero presunto, su sobrino y yerno Yaḥyà b. ‘Alī se fueron deteriorando; el segundo se había dado buena maña para acrecentar sus apoyos (Jayrān de Almería siempre dispuesto a venderse al señor del momento, le aseguró su participación). Cuando se sintió lo suficientemente fuerte, se sublevó contra su tío en Málaga, un día de rabī‘ I de 412/15 de junio de 1021, y acto seguido marchó contra Córdoba.

Su tío al-Qāsim, inseguro de los cordobeses, abandonó la capital el 22 de rabī‘II de 412/5 de julio de 1021 y se fue a refugiar a Sevilla, ciudad de la que había sido antaño gobernador. Los beréberes se fortificaron en el alcázar de Córdoba esperando la llegada de Yaḥyà b. ‘Alī, que entró sin dificultades en la ciudad y tanto los cordobeses como los beréberes se pusieron de acuerdo para proclamarlo califa. La jura tuvo lugar el primero de ŷumādā I de 412/13 de agosto de 1021.

Mientras al-Qāsim seguía titulándose califa y emir de los creyentes en Sevilla, y como tal lo reconocían sus habitantes; lo cual fue piedra de escándalo en al-Andalus ver reinar a dos califas a la vez. Pronto Yaḥyà no pudo mantenerse en Córdoba, su desmesurado orgullo le enajenó los apoyos beréberes y sintiéndose amenazado optó por huir a Málaga. Aprovechó la situación su tío al-Qāsim para volver a Córdoba de inmediato y entró en la ciudad el martes 17 de ḏū-l-qa‘da de 413/11 de febrero de 1023. Los cordobeses le renovaron el juramento de fidelidad y al-Qāsim revocó la designación de heredero que había formulado a favor de su sobrino Yaḥya, otorgando la herencia de su precario califato a su hijo Muḥammad.

El viejo califa reinó esta segunda vez siete meses y algunos días, hasta que el martes 21 de ŷumādā II de 414/9 de septiembre de 1023 la gente de la ciudad se levantó contra él y sus beréberes, a los que el califa no podía sujetar. Intentó impedir la llegada de toda clase de víveres y reducir por hambre a los cordobeses; pero al final al-Qāsim debió abandonar la ciudad para no volver el 16 de ramadán de 414/2 de diciembre de 1023.

Enseguida los cordobeses nombraron califa al omeya ‘Abd al-Raḥmān V al Mustaẓhir, hermano menor del desastroso califa Muḥammad II al-Mahdī, iniciador de la guerra civil que llevaría al califato de Córdoba a su extinción. En vano al-Qāsim buscó refugio en Sevilla, esta vez los habitantes le cerraron las puertas y expulsaron a sus familiares del alcázar; finalmente se refugió en Jerez, donde su sobrino Yaḥyà pronto vino a sitiarlo, obligándolo a capitular y desde donde sería conducido cautivo a Málaga. Permaneciendo en ese estado hasta la muerte de Yaḥyà b. ‘Alī; entonces su hermano y sucesor Idrīs mandó estrangularlo en prisión, corría el mes de ša‘bān del año 427/junio de 1036. Era por esas fechas un anciano octogenario. El cadáver fue entregado a sus dos hijos, Muḥammad y Ḥasan, que a la sazón residían en Algeciras.

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Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

martes, 12 de mayo de 2026

AL-NASIR

 

AL-NASIR

Al-Nāṣir: Abū ‛Abd Allāh Muḥammad, al-Nāṣir. ?, 576 H./1181 C. – Marrakech (Marruecos), 10 de Ša‛bān de 610 H./25.XII.1213 C. Cuarto califa almohade.

Califa almohade

Biografía

Abū ‛Abd Allāh Muammad b. Ya‛qūb b. Yūsuf b. ‛Abd al-Mu’min fue el cuarto califa almohade y ejerció el poder durante los catorce años que median entre 595-611/1199-1213. Era bisnieto del fundador de la dinastía de los Banū ‛Abd al-Mu’min y tanto su padre como su abuelo lo habían precedido en la ostentación de la dignidad califal, manteniéndose, por lo tanto, una línea directa de sucesión dinástica que habría de romperse tras la muerte de su hijo y sucesor, Yūsuf II. Su padre, Ya‛qūb al-Manūr, había muerto el 12 de rabī‛ I de 595/12 de enero de 1199, y la sucesión se produjo según lo previsto, ya que Muammad había sido oficialmente designado heredero en vida de su antecesor, cuando contaba tan solo nueve años, siendo proclamado una semana más tarde, a finales de dicho mes, es decir, del 20 al 30 de enero de 1199. Su elevación al poder no despertó discordias entre los almohades, debido a su condición de heredero oficial desde tiempo atrás y a que la autoridad de su padre era indiscutida, si bien el califa era tan sólo un joven de apenas diecisiete años. No obstante, es cierto que ello dio lugar a que se iniciase una dinámica que, en etapas sucesivas, habría de tener una influencia en aumento, la del creciente intervencionismo de los jeques almohades, en especial los tíos del nuevo soberano, dada su inexperiencia en asuntos políticos por su juventud.

El califato de Muammad al-Nāir tiene un carácter muy relevante en la evolución del Imperio almohade, ya que marca un punto de inflexión en su trayectoria. En efecto, hasta entonces se había desarrollado la fase ascendente del dominio almohade, sólidamente asentado en sus bases magrebíes y capaz de obtener resonantes victorias en territorio andalusí frente a los cristianos, sobre todo la de Alarcos en 1195. Después de él, sin embargo, se inicia la decadencia almohade, en la que a la descomposición política interna se va a unir el progresivo desmembramiento del Imperio y el abandono de la política de ŷihād en la Península. La época de al-Nāir presenta, pues, un carácter ambivalente, ya que, junto a algunos éxitos importantes, como los obtenidos en Baleares e Ifrīqiya, se une el fracaso de la derrota de las Navas de Tolosa.

Gracias a la enérgica actuación de su padre, el vencedor de Alarcos, la situación en la Península se encontraba en calma cuando Muammad al-Nāir llegó al poder, ya que se habían firmado treguas con Alfonso VIII en 1197 por diez años, mientras que los leoneses estaban aliados a los almohades. De esta forma, el problema principal al que hubo de hacer frente al comienzo de su actuación fue el dominio de Yayà b. Gāniya en las Baleares y la extensión de su poder a toda Ifrīqiya, salvo Túnez y Constantina. El primer intento almohade por restablecer la situación, protagonizado por el gobernador de Bugía, acabó en completa derrota hacia 1200. Ello permitió a Ibn Gāniya consolidar su posición, al hacerse con el control directo del puerto de Mahdiya, hasta entonces en manos de un emir aliado suyo. Sin embargo, el califa al-Nāir logró poner fin al dominio ejercido desde décadas atrás por los Banū Gāniya en Baleares, conquistando Menorca en 1202 y al año siguiente Mallorca, siendo la cabeza de ‛Abd Allāh b. Gāniya enviada al califa en Marrakech. Sin embargo, esta gran victoria fue compensada con otra pérdida, ya que mientras los almohades se apoderaban de las Balerares, Yayà b. Gāniya logró hacerse con el dominio de Túnez en 1203. Ello determinó una respuesta almohade inmediata, que el propio califa se encargó de encabezar, dirigiendo sus contingentes hacia Ifrīqiya, de forma que en 602/1205, cerca de Gabes, Yayà fue derrotado, siguiendo a continuación la toma de Mahdiya al año siguiente, de tal forma que el dominio almohade en Ifrīqiya pudo ser completamente restablecido.

Tras la pacificación de Ifrīqiya y con la situación estabilizada en al-Andalus, gracias a las treguas establecidas en época de su padre, siguieron tres años de tranquilidad, en los que el califa pudo dedicarse a reorganizar su administración desde Marrakech y a poner orden en la administración de la Hacienda, debido a los frecuentes casos de fraude y corrupción que se producían habitualmente. No obstante, ya en 1210 las fuentes árabes nos informan de la realización de una expedición marítima contra las costas catalanas, al parecer en respuesta a una previa ofensiva aragonesa. Ello sería el preludio del restablecimiento de las hostilidades entre cristianos y almohades en la pugna por el control del territorio peninsular.

Sin duda, el episodio central de la actuación de Muammad al-Nāir fue la célebre batalla de las Navas de Tolosa, que se produjo en las estribaciones de Despeñaperros el 16 de julio de 1212. Alfonso VIII anhelaba poder vengar la dura derrota de Alarcos y, antes de que finalizasen las treguas pactadas en 1997, se decidió a atacar los territorios musulmanes, saliendo de Toledo en 1209 y dirigiéndose contra Jaén y Baeza, mientras que los caballeros de la Orden de Calatrava hacían lo propio sobre Andújar. El califa al-Nāir envió embajadores para protestar contra la violación de la tregua, pero la ruptura de hostilidades era definitiva. La victoria de las Navas vino precedida de una previa campaña almohade durante el año anterior, que era la respuesta a las algaras efectuadas por Alfonso VIII y el infante Fernando III, junto a las milicias concejiles de Madrid, Guadalajara, Huete, Cuenca y Uclés, en la zona levantina, donde arrasaron los alrededores de Játiva. En respuesta, el propio califa se puso al frente de sus fuerzas y en febrero de 1211 salió de Marrakech, llegando en mayo a Sevilla. Meses después, logró recuperar la fortaleza jiennense de Salvatierra. Fue la última vez que un califa almohade salió en campaña desde Marrakech para cumplimentar el deber del ŷihād en al-Andalus, pues sus sucesores se limitaron, como máximo, a adoptar actitudes meramente defensivas. La mala noticia de esa pérdida se acompañó de otra aún peor en el bando castellano, la muerte prematura del infante Fernando, primogénito de Alfonso VIII.

La campaña almohade de 1211 fue una demostración de fuerza que indujo a Alfonso VIII a solicitar del papado una cruzada, encontrando una respuesta favorable en Inocencio III, que en abril de 1212 ordenaba, además, a las dos máximas autoridades eclesiásticas peninsulares, los arzobispos de Toledo y Santiago, que exhortasen a los demás los soberanos a mantener las paces y treguas que tuviesen con el rey castellano mientras durase la guerra contra los infieles. De esta forma, la campaña que culminaría en la victoria cristiana de las Navas se planteó desde el comienzo como una operación conjunta destinada a asestar un golpe definitivo a los almohades, contando con la alianza de tres de los cinco soberanos cristianos peninsulares y el respaldo ideológico de la Iglesia y del Papado, dando a dicha campaña una dimensión internacional aún más relevante. Para ello, como indica de manera gráfica un cronista árabe, los contingentes se concentraron en 1212 en Toledo ‘como langostas’, mientras que Pedro II de Aragón había acudido a la cita el año anterior en Cuenca y Sancho VII de Navarra se añadió a la expedición una vez que la misma hubo partido de Toledo.

La batalla de las Navas fue uno de los principales enfrentamientos entre cristianos y musulmanes habidos en la península Ibérica durante toda la Edad Media, debido a varios motivos. La guerra medieval consistía, esencialmente, en una lucha por el control del espacio, no por destruir al enemigo, de ahí que la batalla campal fuese un hecho excepcional. En cambio, una de las causas de la singularidad del encuentro de las Navas radica en el hecho de que tuvo un significado estratégico propio, siendo el producto de una decisión determinada, pues nunca antes se había buscado de manera tan premeditada la batalla como medio de dirimir un conflicto. Por otro lado, si bien es cierto que tanto la cifra de combatientes como de víctimas que aportan las fuentes narrativas, árabes y cristianas, resultan totalmente exageradas y fantasiosas, en cambio no lo es menos que la cantidad de recursos movilizados por ambos bandos contendientes fue de una magnitud extraordinaria.

La actitud del soberano almohade ha sido interpretada como uno de los factores de la derrota musulmana, ya que, en lugar de acudir a primera línea del combate para espolear con su presencia la victoria de sus contingentes, como hizo Alfonso VIII, optó por permanecer recluido en su tienda recitando versículos coránicos, para salir huyendo en el momento en el que la jornada se declaró adversa, no conformándose con refugiarse en Sevilla, sino abandonando de manera apresurada al-Andalus para dirigirse a Marrakech, dando una imagen de total abandono y desentendimiento respecto al destino de la población andalusí. No obstante, las causas de la victoria cristiana son más profundas y se vinculan a diversos factores, tanto puntuales, la mayor eficacia táctica y estratégica de los contingentes cristianos y su mayor organización y sentido de la disciplina, como generales, de forma que el avance conquistador cristiano podía considerarse ya, a esas alturas, irreversible, de manera que el carácter ‘decisivo’ atribuido por la historiografía tradicional al encuentro es hoy día matizado por los principales especialistas.

Las fuentes árabes no dudan en señalar la importancia de la batalla de al-‛Iqāb, como la denominan, coincidiendo en indicar que fue entonces cuando se inició el declive almohade e incluso, más aún, la propia ruina de la presencia musulmana en la Península. Algunas fuentes, incluso, vinculan la propia muerte del califa, un año y medio después, al abatimiento en que se vio sumido tras la derrota. Ciertamente, aunque el califa al-Nāir intentó enmascarar la crudeza de su derrota en la carta enviada tras la batalla a la capital del Imperio dando cuenta de la misma, lo cierto es que la victoria cristiana no tuvo paliativos y, desde este punto de vista, las Navas sí podría considerarse un encuentro decisivo, como ha señalado la historiografía más clásica. Sin embargo, el epílogo de la victoria cristiana, al menos en el momento inmediatamente posterior, no fue tan relevante como pudiera, en principio, pensarse. De hecho, la derrota almohade no sólo no supuso la disgregación de sus estructuras políticas y militares, sino que, apenas mes y medio después, en septiembre de 1212, los musulmanes atacaban algunos de los castillos que los cristianos habían conquistado en Sierra Morena y los expulsaban de algunos puntos fortificados de la frontera oriental. Por su parte, las siguientes iniciativas militares cristianas no tuvieron éxito, ya que Alfonso VIII fracasó en el asedio de Baeza de 1213, mientras que Alfonso IX de León, que no había participado en la cruzada de las Navas, tampoco tuvo éxito ante Mérida.

La consecuencia estratégica más importante de la victoria cristiana fue trasladar la línea de frontera desde el Tajo hasta Sierra Morena, gracias a la toma de posesión de buena parte de las fortificaciones que vertebraban la presencia musulmana al Norte de Sierra Morena. En efecto, los cristianos se hicieron con el dominio de una decena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba que jalonaban todo el territorio entre Sierra Morena y el Tajo (Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente, Caracuel, Vilches, Baños, Tolosa y Ferral). Sin embargo, lo cierto es que durante la década siguiente, entre 1212-24, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable, a pesar de que el califato había recaído, tras la muerte de al-Nāir en 1213, en un menor de edad. A pesar de la gran resonancia cronística de la victoria cristiana, durante los años siguientes el poder almohade aún mantuvo sus posiciones en la Península, de forma que las únicas pérdidas importantes experimentadas por los musulmanes tras las Navas y antes de 1224 fueron las de Alcácer do Sal (1217) y Alburquerque (1218).

La derrota de las Navas de Tolosa fue seguida, al poco tiempo, de la muerte del propio califa al-Nāir, sucedida apenas un año y medio después, en concreto el 10 de ša‛bān de 610/25 de diciembre de 1213, cuando contaba tan solo treinta y dos años de edad. Las causas de este prematuro fallecimiento no están nada claras y las fuentes árabes discrepan entre sí, ofreciendo versiones totalmente contrapuestas al respecto. Las crónicas más próximas, y por ello más fiables, sugieren la hipótesis del asesinato por envenenamiento, aunque sin una contundencia plena y dejando abierta la existencia de otras posibilidades. Tampoco cabe descartar que falleciese de manera natural, debido a un ataque de apoplejía, mientras que en cambio, otras narraciones resultan más inverosímiles, por ejemplo la que atribuye su muerte a los miembros de su guardia negra cuando estaba en los jardines del alcázar, debido a que él mismo había ordenado que se ejecutase a todo el que fuese sorprendido allí de noche y, en una ocasión que salió disfrazado para ver si sus preceptos eran cumplidos, fue alanceado por los guardias, que no lo reconocieron. No mucho más verosímil parece que su muerte fuese producida por la mordedura de un perro. En todo caso, la existencia de tantas versiones contradictorias indica con toda probabilidad que no fue una muerte natural, sino producto de intrigas políticas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que Muḥammad al-Nāṣir dejaba una pesada herencia a su sucesor, no sólo por la derrota de las Navas, sino por lo temprano de su muerte, que iba a hacer que las riendas del poder recayesen en su hijo, un niño de entre apenas diez o quince años.

 

Bibliografía

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F. García Fitz, Las Navas de Tolosa, Barcelona, Ariel, 2005.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

martes, 28 de abril de 2026

ZAWI B. ZIRI AL-SINHAYI

 

ZAWI B. ZIRI AL-SINHAYI

Zāwī b. Zīrī al-Ṣinhāŷī. Ifrīqiya (Túnez), f. s. IV H./ f. s. X C. –, m. s. V H./ m. s. XI C. Fundador y soberano de la taifa de Granada, c. 1009 – 1020/1025.

Rey de Taifa

Biografía

Jefe del clan tribal de los Zīríes llegados a al-Andalus a principios del siglo XI; fundó la dinastía de los Zīríes, en la rama de los que fueron reyes de la taifa de Granada durante algo más de ochenta años (c. 400 H./1009 C. – 483 H./1090 C.). Los Zīríes eran beréberes Ṣinhāŷa, de la rama de los Barānis, y gobernaban Ifrīqiya desde que, a fines del siglo X, los califas Fāṭimíes se trasladaron a Egipto. Un grupo de los Zīríes pasó a al-Andalus a principios del XI, encabezados por Zāwī ibn Zīrī ibn Manād y dos sobrinos (uno de ellos, su sucesor Ḥabūs), tras querellarse contra su pariente Bādīs ibn al-Manṣūr ibn Buluggīn ibn Zīrī, señor entonces de Ifrīqiya (386 H./996 C. - 406 H./1016 C.). Después de residir en al-Andalus esos años iniciales del siglo XI, Zāwī ibn Zīrī volvió a Ifrīqiya en 410-411 H./1019-1020 C., o en 416 H./1025 C.

Desde 1009, al territorio que pronto se llamará “de Granada” afectó la guerra civil desatada en Córdoba a principios de ese año, y comenzó a mostrar una más concreta entidad geopolítica, pues la cora omeya llamada de “Elbira” (Ilbīra: por la anterior Ilíberis), que hasta entonces englobaba también tierras de Almería, se restringió a las de Granada y pasó a regirse desde esta nueva capital, elegida y alzada como sede por los beréberes Zīríes para constituir su taifa. El geógrafo almeriense de finales del siglo XI, al-cUḏrī, lo refiere así: “A principios del año 400 de la Hégira/septiembre 1009, sobrevino la guerra civil (fitna); se fragmentaron las regiones y todas las dependencias administrativas [de la cora de Ilbīra] se repartieron entre un determinado número de arráeces: la mitad [de la cora de Ilbīra] pasó a poder de los beréberes [desde Granada] y la otra mitad cayó en manos de los [eslavos] de Almería. A partir de aquel momento, el enfrentamiento [entre ambas taifas] aumentó sobremanera”.

Así empezó la entidad geopolítica de Granada, con su “nuevo” nombre de Igranāṭa o Garnāṭa, de etimología discutida, y seguramente conectada con la antigua denominación de “castillo de las granadas” (ḥisn al-rummān). El enclave fue fundado como capital, a principios del XI, por los beréberes Zīríes, según varios textos árabes, como los de el geógrafo al-Idrīsī, quien, a mitad del siglo XII, recopila la siguiente noticia: “La ciudad de Granada (Igranāṭa) fue fundada en tiempos de los alzados en taifas en al-Andalus, siendo antes la capital Ilbīra, pero ésta despoblóse pues sus habitantes se trasladaron a Granada, que fue urbanizada...”.

Los Zīríes, encabezados por Zāwī, eligieron la colina situada en la ribera derecha del río Darro, donde habría un exiguo núcleo habitado, y, enseguida, “su” Granada se expandirá hacia el llano, donde se desarrollará el núcleo urbano central con la mezquita y los zocos. Los Zīríes situaron su residencia en la “Alcazaba Vieja”, recinto seguramente anterior y por ellos rehabilitado, según restos que perduran en algún lienzo de murallas y en el palacio de la Dār al-Ḥurra.

En tiempos de al-Muẓaffar, hijo y sucesor de Almanzor (1002-1008), además de seguir llegando Zanātas, también vinieron Ṣinhāŷa de los entonces situados en la zona de Ifrīqiya o Túnez. De tales Ṣinhāŷa cruzó a al-Andalus un grupo de los contríbulos de Zīrī ibn Manād, mandados por Zāwī, valeroso guerrero, que sobresalió en varios episodios de la guerra civil andalusí y a quien se debe la fundación de la taifa de Granada; su descendiente, el emir cAbd Allāh, último soberano de esta taifa, alababa en sus Memorias (trad. de E. Lèvi-Provençal y E. García Gómez, 1980: 82) las hazañas de Zāwī como combatiente en las milicias de los cĀmiríes: “entre estos jefes beréberes, de los que tenían una inteligencia más sutil y unas miras más elevadas eran nuestro tío abuelo Zāwī ibn Zīrī, y, tras él, su sobrino Ḥabūs ibn Māksan”.

El primer califa omeya del golpe de Estado de febrero de 1009, al-Mahdī, persiguió a los partidarios del anterior régimen, como eran los eslavos y los beréberes “nuevos”, milicias poco tiempo atrás llegadas a al-Andalus. Y ambos grupos salieron de Córdoba, en busca de un territorio donde y del cual vivir, iniciando sus autonomías en taifas. Mientras, la guerra civil ardía por todo el país, girando en torno a los distintos pretendientes al Califato, algunos proclamados o apoyados por estos beréberes 'nuevos', que empezaron a constituir sus taifas (además de Granada, en Carmona, Morón, Arcos y Ronda, más Málaga y Algeciras), reconocedoras de los Califas Ḥammūdíes, primero en Córdoba (1016-1026) y luego en Málaga y Algeciras.

Al-Mahdī exacerbó a los cordobeses contra las milicias beréberes, y sobre todo contra Zāwī y los Zīríes, según cuenta el gran cronista cordobés Ibn Ḥayyān, contemporáneo de los hechos, observando que al-Mahdī “causó que todo se echara a perder, y la grande y larga guerra civil que los andalusíes llaman “fitna beréber”, aunque más justo y acertado sería que la llamaran 'fitna del Mahdī'”. Aquellos beréberes, con Zāwī a la cabeza, apoyaron a otro omeya, Sulaymān al-Mustacīn, a quien instalaron en el Califato de Córdoba, entre noviembre de 1009 y junio de 1010; expulsados entonces de la capital, volvieron los beréberes a atacar terriblemente Córdoba, hasta reimponer allí a “su” Califa al-Mustacīn en mayo de 1013.

Al-Mustacīn recompensó a quienes le apoyaban, entre ellos a los Zīríes, y así “dividió una parte del territorio de al-Andalus entre los jefes de las tribus beréberes”, según transmite el cronista Ibn cIḏārī: dio Ilbīra (pronto cambiada a Granada) a los Ṣinhāŷa, el norte de Córdoba a los Magrāwa, Jaén a los Banū Yafran y a los Banū Birzāl, y a los Banū Dammar y a los Azdāŷa Medina Sidonia y Morón, y Zaragoza al Tuŷībí Munḏir. Estas concesiones territoriales, en unos casos “legitimaron” soberanías ya iniciadas, en otros las iniciaron, y algunas no duraron. Pero es notable que el emir cAbd Allāh (trad. de E. Lèvi-Provençal y E. García Gómez, 1980: 85) no mencione esta concesión oficial, pues para explicar los orígenes de los Zīríes en Granada sólo se refiere a que fueron llamados por las gentes de Ilbīra para que les defendieran estos militarizados beréberes, los cuales “aceptaron la proposición, satisfechos de tal deferencia y contentos de apoderarse de esta ciudad mejor que de ninguna otra, viendo además que la oferta no podía encerrar engaño, ya que los habitantes de Ilbīra estaban sumamente desunidos, y que les ofrecían el poder sin tener ellos grupos étnicos o familiares de quienes fuese de temer coalición hostil”.

El reparto territorial realizado por el califa Sulaymān al-Mustacīn (asesinado en julio de 1016) señalaría que, antes de esa fecha, ya estaban los Zīríes dominando Ilbīra por concesión califal, lo cual podría estar interesado en resaltar el cronista magrebí Ibn Ḥamād, origen de la noticia, procurando así legitimar su dominio. Instalados los Zīríes en Ilbīra, y extendiéndose hasta Jaén, acordaron crear dos áreas, separadas aunque conectadas, y Zāwī quedó al frente de la de Ilbīra, mientras su sobrino Ḥabūs ibn Māksan regía el resto. Pronto, seguramente en 1013, Zāwī decidió instalarse en una sede propia, y se trasladó al cercano lugar de Granada, y “en tanto Ilbīra quedaba arruinada, comenzaron a edificar en aquel sitio, y cada uno de los hombres del grupo, lo mismo andalusí que beréber, procedió a edificar allí su casa”, según el emir cAbd Allāh (trad. de E. Lèvi-Provençal y E. García Gómez, 1980: 88).

Las taifas debían justificarse reconociendo a un Califa, y esto les llevó a alzar a unos u otros pretendientes. Los Zīríes ya “granadinos” apoyaron, con otros beréberes 'nuevos' y con algunos destacados eslavos, como Jayrān de Almería, al Ḥammūdí cAlī, y lo instalaron como Califa en Córdoba, en julio de 1016. Zāwī ibn Zīrī se opuso luego al califa omeya al-Murtaḍà, proclamado en 407 H./1016-1017 C., por las taifas de Zaragoza y Alpuente, y por los eslavos de Tortosa, Valencia, Denia y Almería, apoyado por beréberes Zanāta; este califa al-Murtaḍà fue vencido y muerto en 1019 ante las murallas de Granada, de lo cual se conservan referencias cronísticas e incluso un relato anecdótico, recordado en el siglo XIV por el literato granadino Ibn Simāk.

Zāwī ibn Zīrī destacó entre los reyes de taifas como líder del “partido beréber”, pero, por razones no bien aclaradas, quizás a causa de querellas con las taifas de Zanātas, decidió regresar a su tierra de Ifrīqiya, acompa­ñado por su familia directa y pocos más contríbulos, lo cual hizo en 410-411 H./1019-1020 C., o en 416 H./1025 C. (fecha que da Ibn al-Jaṭīb). Su sobrino Ḥabūs ibn Māksan se hizo cargo de toda la taifa, desplazando a los propios hijos de Zāwī, uno de los cuales quizás logró suceder a su padre, aunque por breve tiempo. Zāwī había ejercido su poder sin darse título alguno ni emitir moneda.

Bibliografía

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Autor/es

  • María Jesús Viguera Molins