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lunes, 15 de diciembre de 2025

LO QUE CUENTA LA BASURA: ALIMENTACIÓN Y CAMBIO SOCIAL DURANTE LA FORMACIÓN DE AL-ANDALUS

 

LO QUE CUENTA LA BASURA: ALIMENTACIÓN Y CAMBIO SOCIAL DURANTE LA FORMACIÓN DE AL-ANDALUS


¿Cómo se reflejan las transformaciones sociales, políticas y religiosas que se inician a partir del siglo VIII en algo tan cotidiano como la alimentación? Aunque las fuentes escritas medievales ofrecen respuestas, es en los restos materiales —como los residuos alimentarios de origen animal recuperados de contextos arqueológicos— donde encontramos algunas de las evidencias más elocuentes del cambio social que trajo consigo la islamización de la península ibérica.


Marcos García García
Universidad de Granada

Imagen de al-Wasiti para las Maqamat de al-Hariri, BNF ms. Arabe 5847, f. 3v.


La alimentación como espejo de la sociedad

Entre las múltiples formas de aproximarnos al conocimiento de una sociedad del pasado, pocas resultan tan reveladoras como observar qué se comía, cómo se comía y por qué se comía de una manera (o maneras) determinada(s). Comer no es un acto neutro: es una actividad cargada de significados que van más allá de lo biológico. Lo que se come, cómo se come, con quién se comparte o qué se excluye del plato representan en buena medida decisiones que definen, a menudo de forma inconsciente, las fronteras identitarias entre comunidades y clases sociales, entre formas distintas de habitar el mundo.

La cultura alimentaria refleja y, al mismo tiempo, contribuye a conformar la sociedad afirmando pertenencias, demarcando diferencias y reproduciendo jerarquías. Así, las restricciones dietéticas (como los tabúes alimentarios de origen religioso), los procedimientos culinarios o las formas de consumir los alimentos, son instrumentos poderosos en la construcción de la identidad a escala tanto individual como colectiva. Lo fueron en el pasado y lo siguen siendo hoy, como muestran los debates actuales en torno a la comida halal/kasher, el veganismo, las cocinas tradicionales regionales y “nacionales”, o la alimentación en contextos migrantes. La comida, en definitiva, no solo nutre cuerpos, también moviliza ideologías y define discursos de pertenencia

y exclusión.



“Abajo el caviar. Viva el kebab”. Grafiti realizado en el marco de las protestas del movimiento de los chalecos amarillos (París, diciembre 2018). Foto: @nostatusquo_frk.


En el caso de al-Andalus, la esfera de la alimentación supone una vía privilegiada para analizar los procesos de transformación social asociados a la conquista árabe y posterior difusión del islam en la península ibérica. A través del estudio de los restos alimentarios de origen animal recuperados en yacimientos arqueológicos —un campo conocido como zooarqueología— es posible reconstruir los patrones de consumo alimentario y observar cómo estos evolucionaron como resultado de la dinámica histórica que supuso la constitución de al-Andalus y el proceso de islamización que la acompañó.

Islamización social y prácticas alimentarias

Hablar de islamización implica adentrarse en un proceso complejo y dinámico que conviene no reducir únicamente al plano teológico o a la dimensión ideológico-metafísica de la religión musulmana. A nuestro modo de ver, la islamización fue, ante todo, un proceso práctico: una transformación de las formas de vida que afectó, entre otros ámbitos, a los espacios domésticos, a las relaciones sociales y a las rutinas cotidianas.

El islam medieval, al igual que el judaísmo y —aunque en menor grado— el cristianismo, no prescribe únicamente un conjunto de creencias o fundamentos de fe (una ortodoxia), sino también una serie de normas, hábitos y comportamientos que contribuyen a ordenar la vida cotidiana en términos prácticos (una ortopraxis). Así pues, la islamización puede concebirse como el proceso de incorporación progresiva a la fábrica social y cultural de la nueva sociedad andalusí del conjunto de costumbres, prácticas y conductas propios de la ortopraxis del islam medieval, en formación durante estos momentos. Se trata, por tanto, de un fenómeno histórico de enorme relevancia y significación sociocultural, que contribuyó a generar patrones de comportamiento que afectaron de manera directa no solo a la cotidianeidad de los/as creyentes más piadosos/as, sino de la comunidad en su conjunto, incluyendo a las poblaciones cristianas y judías andalusíes (Marín, 2004). Y entre esas normas para ordenar la vida, las relativas a la alimentación desempeñan un papel de especial relevancia.

La normativa del islam referente a la esfera alimentaria incluye numerosas disposiciones que atañen a diversos ámbitos, tales como prescripciones relativas al sacrificio de los animales (dhabīḥa), la regulación de los ayunos, el valor simbólico atribuido a ciertos alimentos o a las formas de consumirlos, o la relevancia social de determinados actos de consumo comunal (Benkheira, 2000). Con todo, la interdicción del consumo de carne de porcino (cerdo/jabalí) posiblemente sea el hábito alimentario más conocido, dado que se sitúa en el núcleo mismo del sistema de pureza ritual del islam (Safran, 2003) y, por ello, representa uno de los símbolos elementales de pertenencia a dicha religión (Benkheira, 1999: 94).



Jabalí. Ḥayāt al-ḥayawān, BNF ms. Arabe 2178, f. 234r.


La evidencia documental disponible —al margen de la inclusión temprana de esta prohibición en el Corán 6:145, uno de los pasajes normativos más antiguos del texto coránico atribuido a la fase final del periodo mequí (ca. 0-1 AH / 621-622 d.C.)— revela que la observancia de este precepto dietético se encontraba ya sólidamente establecida desde las primeras conquistas árabes de los siglos VII-VIII. Así se desprende, por ejemplo, de diversas menciones documentales que demuestran el interés por parte de las distintas fuerzas que, tras la desaparición del Profeta, asumieron parte de su jefatura religiosa y legado político, por atajar de plano la presencia de cerdos en varias de las regiones conquistadas donde estos animales eran criados y consumidos por las poblaciones locales.

Por ello, podemos asumir que cuando surge al-Andalus, la abstinencia del consumo de carne de porcino ya formaba parte integral de la ortopraxis islámica. Examinar el grado de adopción de este hábito alimentario por parte de la población andalusí permite, así pues, evaluar la difusión del islam en la Península, para lo que la zooarqueología representa una herramienta de gran utilidad.

Leer los huesos: ¿qué es la zooarqueología y para qué sirve?

Antes de adentrarnos en los datos concretos que ofrece el registro arqueológico sobre la alimentación en el temprano al-Andalus, conviene introducir brevemente la herramienta metodológica que permite acceder a esa información: la zooarqueología. Esta disciplina de análisis arqueológico —y, por lo tanto, de generación de conocimiento histórico— se ocupa del estudio de los restos animales hallados en contextos arqueológicos, tales como huesos, dientes, conchas, astas, etc. Su objetivo consiste en arrojar luz sobre las dinámicas de las sociedades del pasado a través de la reconstrucción de las formas de interacción entre los seres humanos y los animales (Grau y García, 2018; García, 2022).

Entre otras cuestiones, el análisis zooarqueológico permite conocer qué especies se criaban, cazaban o consumían en un determinado momento y lugar; qué partes de los animales eran aprovechadas; cómo se distribuían los recursos cárnicos; qué prácticas de sacrificio, descarte o procesado existían; cómo se cocinaban los alimentos o cómo variaban estas prácticas en función de factores como la religión o el estatus socioeconómico. Dicho de otro modo: los residuos animales que encontramos en los basureros arqueológicos no solo nos dicen qué se comía, sino también cómo y por qué se comía de esa manera.


Contexto de basurero arqueológico. Depósito excavado en el Arrabal de Šaqunda. Foto: María Teresa Casal (UAM)


Esta capacidad informativa de la zooarqueología presenta un valor particular cuando se trata de investigar procesos de cambio social y cultural. El registro óseo actúa como un indicador directo —aunque no siempre evidente a simple vista— de transformaciones que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas al no quedar reflejadas en las fuentes escritas. Por ello, en contextos como el de la Alta Edad Media peninsular, en los que las fuentes textuales son escasas, parciales o tardías respecto a los hechos relatados, los datos zooarqueológicos adquieren un papel clave como testigos materiales de los hábitos cotidianos.

Es a través de esa lectura atenta del registro zooarqueológico, de ese trabajo paciente de identificación, cuantificación e interpretación de los residuos alimentarios, como podemos asomarnos a los cambios que condujeron a la formación de una sociedad islámica en el Occidente mediterráneo como fue al-Andalus. Cambios que no se dejaron ver únicamente en sus mezquitas, cementerios y palacios, sino también —y quizá, sobre todo— en los fogones de sus casas, sus mesas y sus basuras.


Muestra arqueofaunística. Restos animales provenientes de uno de los basureros excavados en la Zona Arqueológica de Cercadilla (Córdoba). Foto: autor.


El cerdo que desaparece: la basura como indicador de islamización

Uno de los indicadores más contundentes del proceso de islamización en el registro arqueológico de al-Andalus es el marcado descenso de restos de cerdo en los basureros posteriores a la conquista árabe. Este patrón ha sido constatado de forma sistemática en numerosos yacimientos urbanos y rurales, y se perfila como una de las huellas materiales más claras del impacto que tuvo la difusión de la normativa islámica sobre la vida cotidiana (García, 2023).

En términos cuantitativos, los niveles visigodos o tardoantiguos de muchos yacimientos muestran frecuencias relativamente elevadas de restos de cerdo, a menudo entre un 10 % y un 30 % del conjunto arqueofaunístico recuperado. Se trata de proporciones coherentes con un modelo alimentario donde el cerdo desempeñaba un papel relevante tanto en el abastecimiento cárnico como en la producción doméstica. Sin embargo, en los niveles andalusíes tempranos (siglos VIII y X) esas cifras descienden drásticamente, en ocasiones hasta la desaparición completa de la especie en el registro zooarqueológico.

Ahora bien, lo relevante de este cambio no es solo su dimensión cuantitativa, sino su valor cualitativo como marcador cultural. La disminución de los restos de cerdo no puede explicarse únicamente en términos económicos o ambientales. Corresponde, más bien, a una transformación en la lógica del sistema alimentario en su conjunto, motivada por la reordenación de los patrones de consumo. El cerdo pasó así de ser un recurso común —que, por cierto, resultaba altamente rentable en términos económicos por su enorme productividad—, a convertirse en un alimento impuro, prohibido, incompatible con la ortopraxis islámica. Así pues, aunque su abandono no fue inmediato ni homogéneo (en algunos contextos rurales o periféricos pervivió durante más tiempo), la realidad es que se impuso como una tendencia generalizada que acompaña y visibiliza la implantación del islam como forma de vida.

No obstante, como acabamos de apuntar, este patrón generalizado presenta excepciones significativas que obligan a matizar la narrativa de una islamización uniforme y rápida. Un caso destacado es el de la Zona Arqueológica de Cercadilla, situada en el sector noroeste de Córdoba. Los análisis zooarqueológicos realizados en este espacio han revelado una notable presencia de restos de cerdo en contextos correspondientes a la época emiral (siglos VIII-IX), lo que sugiere la pervivencia de prácticas alimentarias no conformes con la ortopraxis islámica. Esta evidencia contrasta de manera marcada con la derivada de los basureros coetáneos excavados en el arrabal de Šaqunda o en el Patio de los Naranjos de la Mezquita —donde el cerdo estaba ausente—, y ha sido interpretada como indicativa de la presencia de una comunidad cristiana (“mozárabe”) que mantuvo sus costumbres alimentarias tradicionales durante este período. 



Fotografía aérea del Área Arqueológica de Cercadilla antes de su arrasamiento y (casi completa) destrucción debido al levantamiento de la actual estación de ferrocarril (1991-1992). Foto: Rafael Hidalgo (UPO).


Sin embargo, en las fases posteriores correspondientes a la época califal (siglo X-inicios del XI), se observa una desaparición casi total de restos de cerdo en Cercadilla. Este cambio sugiere una transformación en las prácticas alimentarias de este sector de la capital de al-Andalus, posiblemente reflejando una progresiva islamización social y cultural en términos alimentarios, sin por ello implicar necesariamente la conversión al islam de esta población. La dinámica observada en Cercadilla evidencia que, incluso en la principal de sus ciudades, la islamización de al-Andalus fue un proceso complejo, variable y no homogéneo, influido por factores locales y temporales, y que las prácticas alimentarias pueden servir como un indicador sensible de estos cambios sociales.


Frecuencias de restos de caprinos (oveja/cabra), vacuno y porcino (cerdo/jabalí) en los conjuntos zooarqueológicos de cronología emiral (siglos VIII-IX) de Córdoba. Imagen base: modificado a partir de Murillo et al., 2010: Fig. 249. Datos: García, 2023, en prep.; Martínez, 2017.


Comer diferente, vivir distinto: el cambio social en la mesa

La progresiva desaparición del cerdo en buena parte de los contextos peninsulares a partir del siglo VIII no es simplemente un dato cuantitativo ni una curiosidad arqueológica. Es, ante todo, un índice histórico del cambio social operado en al-Andalus. Como hemos visto, este fenómeno no responde únicamente a razones económicas o ambientales, sino que traduce una transformación en la lógica del consumo: una nueva forma de entender qué es comestible y qué no, qué es puro y qué impuro. En otros términos, conocer lo que se come (y lo que no se come) constituye una herramienta de enorme utilidad para comprender dinámicas históricas.

Desde esta perspectiva, la islamización no fue solo un proceso ideológico, político o religioso: fue también un fenómeno material, encarnado en las prácticas cotidianas del día a día. Y entre ellas, pocas tan repetidas, íntimas y grávidas de contenido y significado cultural como las que rodean la comida. Y es que, como señala Christine Hastorf (2017: 68), los cambios alimentarios son expresión de transformaciones profundas en otros ámbitos del entramado social. La evidencia que nos informa sobre el abandono de cerdo en al-Andalus es el reflejo de un cambio que empezó en la mesa y que arraigó en los campos, mercados y cocinas.



Imagen de al-Wasiti para las Maqamat de al-Hariri, BNF ms. Arabe 5847, f. 139v


Los restos animales procedentes de yacimientos arqueológicos representan, así pues, un tipo de cultura material que, tanto en términos literales como figurados, permite explorar esa transformación “desde abajo”. Y es que el subsuelo contiene claves para conocer la vida cotidiana de la gente común, un ámbito fundamental de la experiencia humana que rara vez aparece documentado en los relatos, crónicas y demás testimonios escritos. Aunque aparentemente marginales, los basureros arqueológicos actúan en realidad como verdaderos archivos sociales. En ellos se conserva la memoria de las formas de vida y los hábitos cotidianos de comunidades enteras, la huella de sus prácticas, de sus adaptaciones y resistencias.

Por todo ello, en al-Andalus, lo que nos dice la basura va mucho más allá de la dieta: nos habla de cómo una sociedad se creó y recreó a través de sus costumbres más elementales. Comer, en este contexto, fue también una manera de islamizarse. Y dejar de comer cerdo, una forma tangible de vivir ese cambio.

Al igual que entonces, hoy la alimentación sigue siendo un espacio donde se construyen y disputan identidades. En torno a ella se articulan discursos de pertenencia, exclusión y reconocimiento que están en el centro de los debates actuales sobre inmigración, diversidad cultural y convivencia en la sociedad española. Comprender cómo se construyeron las identidades a través de la comida en contextos pasados como el andalusí nos ayuda también a iluminar los mecanismos con los que, aún hoy, los grupos humanos definen su lugar en el mundo a través de sus prácticas alimentarias. Solo reconociendo la diversidad que nos ha conformado como sociedad es posible imaginar una convivencia más justa en el presente.




Ruptura del ayuno del mes de Ramadán de la comunidad musulmana de Granada (marzo 2023). Fuente: ahoragranada.com (Foto: Álex Cámara).


PARA AMPLIAR:

·         Benkheira, M. (1999). Lier et séparer. Les fonctions rituelles de la viande dans le monde islamisé.L’Homme, 39(152), 89–114.

·         Benkheira, M. (2000). Islâm et interdits alimentaires. Juguler l’animalitè. Presses universitaires de France.

·         Casal, Mª. T. (2021). Córdoba en los inicios de al-Andalus: el arrabal de ŠaqundaIntus Legere. Historia, 15(2), 160–182.

·         Casal, Mª. T., Martínez, R. M., y Araque, M. del M. (2010). Estudio de los vertederos domésticos del arrabal de Saqunda. Ganadería, alimentación y usos derivados (750-818 d.C.) (Córdoba). Anejos de Anales de Arqueología Cordobesa, 2, 143–182.

·         Fuertes, Mª. del C., e Hidalgo, R. (2023). The Christian and Islamic Population of Cercadilla, Cordoba: 7th-12th Century. En J. P. Moferrer y A. Moterroso (eds.), A Companion to Late Antique and Medieval Islamic Cordoba (pp. 252–270). Brill.

·         García, M. (2022). Historia en hueso: la arqueozoología como herramienta de análisis histórico y su contribución al conocimiento del temprano al-Andalus (siglos VIII-X). En E. López Martínez de Marigorta (ed.), Una nueva mirada a la formación de al-Andalus. La arabización y la islamización desde la interdisciplinariedad (pp. 97–114). Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco.

·         García, M. (2023). La dimensión alimentaria de la emergencia de al-Andalus (siglos VIII-X): perspectivas históricas y zooarqueológicas sobre el proceso de islamización socialLvcentvm, 42, 261–288.

·         Grau, I., y García, M. (2018). Zooarqueología y Edad Media en la Península Ibérica. En J. A. Quirós (Ed.), Treinta años de Arqueología Medieval en España (pp. 341–364). Archaeopress.

·         Hastorf, Ch. (2017). The social archaeology of food. Thinking about eating from Prehistory to the Present. Cambridge University Press.

·         Marín, M. (2004). Espacios religiosos en las sociedades islámicas clásicas: una aproximaciónRevista de Ciencias de las Religiones. Anejos, 10, 93–102.

·         Martínez, R. (2017). Animales en Córdoba durante el primer siglo andalusí. Revisando los basureros del arrabal de Saqunda. En S. Villar y M. García (eds.), Ganadería y Arqueología medieval (pp. 17–56). Alhulia.

·         Murillo, J. F., León, A., Castro, E., Casal, M. T., Ortiz, R., & González, A. J. (2010). La transición de la civitas clásica cristianizada a la madina islámica a través de las transformaciones operadas en las áreas suburbiales. En D. Vaquerizo y J. F. Murillo (eds.), El anfiteatro romano de Córdoba y su entorno urbano. Análisis arqueológico (ss. I-XIII d.C.) (pp. 503–546). Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba.

·         Safran, J. (2003). Rules of purity and confessional boundaries: maliki debates about the pollution of the christianHistory of Religions, 42(3), 197–212.

 

martes, 24 de junio de 2025

UN LARGO CAMINO HACIA EL ÉXITO, LA HISTORIA DEL AZÚCAR EN E AL-ANDALUS

 

UN LARGO CAMINO HACIA EL ÉXITO. LA HISTORIA DEL AZÚCAR EN AL-ANDALUS


Refinamiento, sofisticación y lujo eran las virtudes que adornaban en el imaginario de la cultura medieval el aprecio por el azúcar de caña, por encima de su exquisito dulzor. Así se percibía en la cultura islámica de adopción de esta planta, de cuya mano viajó hacia el Mediterráneo y bajo cuya experiencia se desarrollaron las técnicas de procesado para la obtención de azúcar en Occidente


Adela Fábregas
Universidad de Granada

Caña de azúcar. Wikimedia commons.


Un lujo al alcance de pocos 

Al Mu‘tamid, rey y señor de Sevilla, vive en su corte ‘abbadí días de opulencia. En sus jardines florecen plantas exóticas, que estudian, miman y cultivan los más experimentados botánicos. Abundan en su casa las más preciadas y sofisticadas especias y perfumes. Un día, su esposa I‘timād vio hacer a las mujeres del pueblo ladrillos amasando con sus pies la arcilla. Quiso ella hacer lo mismo y así lo dijo a su esposo. Éste, para complacerla, hizo traer al patio del palacio grandes cantidades de azúcar, canela, jengibre y perfumes de varios tipos para crear una especie de limo oloroso que amasar con los pies. 

La escena descrita por el poeta al-Tiŷānī subrayaba del mejor modo posible las virtudes que adornaban en el imaginario de la cultura medieval el aprecio por el azúcar de caña, por encima de su exquisito dulzor: refinamiento, sofisticación, lujo. Así se percibía en la cultura islámica de adopción de esta planta, de cuya mano viajó hacia el Mediterráneo y bajo cuya experiencia se desarrollaron las técnicas de procesado para la obtención de azúcar en Occidente. Y así se trasladó también al imaginario cultural europeo, conocedor de esta nueva sustancia endulzante a partir del descubrimiento en Siria por parte de los Cruzados en el siglo XI de “un dono del cielo insospettato ed inestimabile” y cuyo eco fue alcanzando progresivamente las cortes cristianas y casas de la nobleza europea entre los siglos XII y XIII. Tanto en su forma de sustancia terapéutica como en su acepción de bien de consumo alimenticio, que fueron las dos aplicaciones básicas de este producto en época medieval, el azúcar era percibido como un bien excepcional, de lujo.  


Plantación de caña de azúcar según la obra Tacuinum sanitatisMs. Lat 9333, Biblioteca Nacional de Francia.


También fue así en al-Andalus. Los diversos usos que se le daban en cosmética y farmacopea primero, como principio activo, pero también por sus propiedades endulzantes, como aglutinante y excipiente y como sustancia conservante; su aprecio como aderezo de recetas de cocina en platos sofisticados y endulzante de repostería exquisita; su presencia en forma de figurillas… En todos los casos se mostraba siempre al azúcar como una sustancia excepcional, frente al uso mucho más extendido de otros endulzantes como la miel, por ejemplo, destacable en su uso y reservada para ocasiones especiales y destinos particulares. Solo en sociedades tan tardías como la nazarí el azúcar aparece ya como un ingrediente utilizado en confitería en recetarios como el preparado por al-Arbūlī y presente en los dulces vendidos en los zocos de al-Saqaṭī. Dulces caros, pero ya no inaccesibles.  

Un cultivo nuevo y exótico 

Y sin embargo, a pesar de mantener esa consideración como sustancia excepcional, el azúcar había sido introducido y se producía en tierras andalusíes desde bien pronto. La caña dulce era conocida en el entorno mediterráneo islámico oriental desde mediados del siglo VIII y completaría con bastante rapidez su viaje hacia el extremo occidental del Mediterráneo musulmán. Hasta aquí se trasladó la planta, los conocimientos básicos acerca de su cuidado y cultivo y unas nociones de manipulación y procesado posterior para la obtención de cristales de azúcar a partir de su jugo. Se conoce su presencia en al-Andalus desde época muy temprana, en las tierras del sur, donde las condiciones climáticas permitían la adaptación de una planta procedente de entornos tropicales, exigente de agua y temperaturas cálidas y estables durante buena parte del año. Una breve mención al trabajo con la caña dulce en el Calendario de Córdoba ya confirma su conocimiento a mediados del siglo X, y la más amplia reseña dada por al-Rāzī sobre su presencia en tierras andalusíes nos indica ya las primeras localizaciones de su cultivo. Está centrado entonces en llanuras aluviales del área sevillana, Vega de Ilbīra y sobre todo zonas costeras de la franja literal mediterránea, dotadas de unas condiciones climáticas e hidrológicas idóneas y de una posición geográfica de acceso a la ruta marítima que en el futuro se revelaría esencial.  

Esa temprana presencia no solo no se vería ya interrumpida en ningún momento, sino que consolidaría su valor como apuesta económica evidente. Su atractivo lleva a incluir la caña dulce en los ensayos agronómicos de reyes como nuestro al-Mu‘tamid (1069-1091), que además de ofrecer el azúcar para disfrute de su esposa, impulsaría los estudios para una aclimatación dirigida de la planta desarrollados por la escuela agronómica sevillana en sus propios jardines botánicos; o al-Mu‘taṣim (1955-1091), rey de la taifa de Almería, quien, en palabras de al-‘Udrī, “…construyó un parque de artística traza [donde] se cultivan plantas exóticas como las bananas, en sus diversas especies, y la caña de azúcar”. Puede que fueran conscientes ya de las posibilidades de acceso del azúcar al circuito comercial mediterráneo, a través de los ejemplos de los azúcares egipcios y magrebíes, que describiría poco después al-Idrīsī. Lo cierto es que en este interés por aclimatar definitivamente e introducir la planta en la práctica agrícola andalusí subyace el reconocimiento de la rentabilidad económica que podía aportar una sustancia cada vez mejor conocida y valorada en Occidente. Su mercado estaba aún dominado por los exóticos y lejanos azúcares orientales, procedentes de Siria, Palestina o Egipto, pero pronto se le sumarían azúcares mediterráneos de “segunda generación”, como este andalusí, el chipriota o el siciliano. Llegaría con ellos la etapa de máximo esplendor de la historia mediterránea y medieval del azúcar y el inicio de su incorporación a los patrones de consumo masivos de Occidente. 

Los nuevos azúcares y la clave del éxito 

A partir del siglo XIV asistimos a la época de esplendor comercial de la historia medieval del azúcar, cuando multiplica su presencia en los principales mercados del Occidente latino, como fase previa a su masificación en los patrones de consumo del mundo moderno. En esta nueva etapa de crecimiento asume un protagonismo decisivo la producción andalusí, entre otras. Hasta ese momento, los azúcares vendidos en Europa no eran solo bienes exóticos, procedentes de áreas lejanas, sino que se trataba además de productos extraordinariamente refinados, de altísima calidad. Y muy caros. Esta característica suponía un principio de restricción básica de este producto a un espectro de consumo extraordinariamente limitado. 

Los azúcares de nueva generación procedían en buena parte de áreas de tradición cultural islámica, como ocurría con los más clásicos y valorados, aunque abiertos también a estrategias productivas más dinámicas. Eran resultado de una tecnología productiva bien consolidada en la tradición islámica y sujeta a una evolución constante. No era fácil hacer azúcar. El proceso contemplaba básicamente tres fases: extracción del jugo, cocción o purga y refinado. Todas ellas incluían tareas delicadas y se debían suceder con cierta rapidez, una vez que la caña era recogida de los campos. Ibn al-‘Awwām ya nos explicaba cómo se realizaban estas operaciones en el siglo XIII andalusí. La primera fase, la molienda y filtrado del jugo, era la más urgente, ya que debía realizarse en un periodo máximo de 72 horas tras la cosecha de la planta, si se quería obtener la mayor cantidad de jugo posible. La segunda etapa, el purificado del líquido, que detendría la acción microbiológica y retiraría proteínas innecesarias, era la más compleja. Requería de unos conocimientos técnicos específicos durante el proceso de cocción del líquido para aplicar la cantidad necesaria de sustancias defecadoras (ceniza, sangre, huevo o lejía), que indujeran procesos de precipitación química de sustancias sobrantes, y decidir el tiempo de cocción requerido para ello. Esta fase, dirigida por maestros azucareros, finalizaba, tras una o varias cocciones, con un caldo decantado y espesado, que cristalizaría conforme avanzara el enfriado. Si se multiplicaba el número de cocciones a que era sometido el jugo, aumentaba la calidad del producto final. La última fase, la del purgado del azúcar, buscaba separar los cristales de azúcar de la miel o melaza que no había cristalizado y eliminar las impurezas finales de aquéllos mediante arrastrado, dándole a los conocidos como panes de azúcar el apreciado color blanco y la forma cónica de los recipientes en que se completaría este proceso de refinado durante un periodo prolongado que podía durar 30 o 40 días.  


Producción de azúcar, donde se observan los conos. Tractatus de herbisBritish Library, Ms Sloane 4016


En manuales de mercancía del siglo XIV tan conocidos como el de Francesco Pegolotti es aún evidente la mayor consideración de los azúcares en panes de procedencia oriental, principalmente egipcios y sirios. Sin embargo, en esos momentos ya no son los más consumidos. Para entonces, habrían hecho ya aparición en los mercados europeos nuevas generaciones de azúcares, como el producido en el reino nazarí, reconocido en las fuentes bajo la denominación de azúcar de Málaga, aunque sabemos que su producción se concentraba entonces en las regiones costeras de los valles del Guadalfeo y Río Verde, ambos en la franja litoral granadina. Estas variedades están presentes en la documentación mercantil más viva, aquella que refleja de manera más cercana el pulso real de los mercados medievales. Correspondencia mercantil, listados de precios de productos, contabilidad de hombres de negocios, registros notariales de actos de compraventa, registros aduaneros de entrada de mercancías en puertos como Génova…Todos ellos reflejan el dinamismo del mercado de azúcares de segunda generación. Encontramos entre ellos algunas variedades de buena calidad, aunque en ningún caso equiparable al prestigio con que contarían los grandes y antiguos azúcares orientales. Lo más destacable, sin embargo, es que bajo esta denominación se venderían también variedades menos refinadas, sometidas a menos procesos de cocción y limpieza menos rigurosos. Encontramos constantemente en los listados de precios de mercados de Brujas, París, Montpellier, Aviñón, Barcelona o Génova, azúcares nazaríes de una, dos y tres cocciones, apuntando con ello la mayor calidad de refinado. Conviven con los azúcares orientales, pero son los andalusíes, los sicilianos o los chipriotas, todos ellos de las mismas características, los que estarían ya dominando el incipiente mercado del azúcar en Europa en aquellos momentos. Estas variedades de menor calidad eran aceptadas por un mercado que, por cierto, las consumía con facilidad, aunque sin alcanzar ni mucho menos los volúmenes alcanzados a partir de la segunda mitad del siglo XV con la entrada de los azúcares atlánticos y sobre todo poco después americanos. De mano de estas nuevas variedades aún mediterráneas, un poco peores, pero mucho más baratas, el azúcar empezaría, tímidamente aún, a abandonar el ámbito del lujo al que hasta entonces había quedado relegado. De este modo se convirtieron, el producto y las zonas proveedoras del mismo, en objetivos extremadamente atractivos a los intereses de las emprendedoras naciones mercantiles europeas. 


Vendedor de azúcar según la obra Tacuinum sanitatisMs. Lat 9333, Biblioteca Nacional de Francia.


Grandes momentos del azúcar andalusí. La estrategia de mercado 

La presencia de algunas de las casas mercantiles más importantes de la Europa de los siglos XIV y XV en suelo nazarí respondería en parte a los intereses que desarrollaron en torno a la exportación de azúcar y otros artículos nazaríes a Europa. A las costas granadinas accederían mercaderes venecianos, catalanes, genoveses o florentinos. Llegarían a estas tierras, en algunos casos se asentarían y organizarían, e incluso obtendrían compromisos de apoyo por parte de las autoridades nazaríes que les facilitarían alcanzar sus objetivos de máxima rentabilidad y el desarrollo de actitudes monopolísticas con productos como el nuestro. Este fue el caso de los genoveses, una de las comunidades mercantiles extranjeras más sólidamente asentadas en suelo nazarí y referencia de la única sociedad internacional de explotación mercantil que conocemos activa en suelo nazarí. Tenía entre sus objetivos precisamente la exportación de azúcar a Europa. 

La conocida como Sociedad de los Frutos, activa casi un siglo (1378-1460), fue el principal vehículo para la salida del azúcar nazarí y la plataforma desde la que se organizó su incorporación a los mercados europeos en condiciones de competitividad muy favorables. Se trataba de una sociedad de origen genovés, similar en su estructura y funcionamiento a otras grandes compañías genovesas de explotación monopolística, como pudo ocurrir con la sociedad del alumbre en Oriente. Su pretensión fue liderar la exportación de azúcar nazarí a los mercados europeos, cosa que consiguieron, aunque sin llegar a alcanzar condiciones monopolísticas. Estuvo formada mayoritariamente por miembros de la familia Spinola, pero no de manera exclusiva. Sí parecen, sin embargo, cumplir la regla de pertenencia estricta a la familia los exponentes organizativos de la Sociedad, sus gobernadores y socios principales. Mantuvieron socios y agentes en Granada, Málaga, Almuñécar, Velez Málaga, Brujas y Génova. Al menos en cada uno de estos lugares contaban con gestores de manera permanente, encargados de organizar las operaciones de compra, almacenamiento y distribución de los frutos secos (almendras, higos y uvas pasas) y el azúcar objeto de su interés. La ciudad de Almuñécar que, en palabras de Ibn al-Jaṭīb, era un puerto naval cuya tierra “se llena de cañas de azúcar, de las que obtiene su riqueza y reputación…”, se dibuja como el centro de recepción del azúcar producido en su entorno inmediato y cuya adquisición quedaría registrada y depositada en la domus Muleche, de titularidad genovesa. Por lo que hemos podido llegar a entender hasta el momento, no llegaron nunca a participar en la producción azucarera nazarí, reservada a sectores muy minoritarios de la población local, pero sí que interactuaron de manera muy dinámica con sociedades de mercaderes nazaríes, musulmanes y judíos, que ejercerían de interlocutores con los hombres de negocios genoveses y proveedores de azúcar. En muchas ocasiones obtendrían el azúcar a cambio de paños ingleses, de buena acogida en el mercado local, llegando a convertirse en una moneda de cambio muy atractiva y conveniente. Disponían de una flota propia, con la que efectuaban una parte importante del transporte de mercancías y que nos aparece reflejada por vez primera en 1407. Estaba formada por naves y galeras, embarcaciones con unas características de seguridad, rapidez y capacidad de carga media y grande que pudo hacerlas particularmente favorables para el tráfico atlántico. A partir fundamentalmente de los centros de Málaga, Almuñécar y Velez Málaga se organizaba la recogida y traslado de mercancía y la sociedad y sus gestores decidían su destino final. Para ello evidentemente aprovecharon la extensa y organizada red que la familia Spinola mantenía actuando en los principales centros económicos europeos, que  ofrecían puntualmente informaciones estratégicas acerca de las circunstancias y condición de cada plaza y organizaban las recepciones y salida a mercado. Los receptores de la mercancía eran miembros de la familia, en algunos casos con estrechísimas relaciones con los protagonistas de las operaciones en el reino granadino. En algunos mercados, como el flamenco, la competencia genovesa es tan extraordinariamente dura que suscitó las quejas de los demás miembros de la comunidad del negocio azucarero, que explican desesperados en Montpellier que “me(n)tre genovesi metono qui zucheri di Malica non se ne potrebe chavare profitto…”. Y es que su estrategia pasaba por montar operaciones coordinadas, muy atentas a entrar en el momento oportuno, que tendrían como resultado la recepción masiva de la mercancía granadina en el momento más adecuado. Esto provocaría un descenso automático de los precios de mercado de las de otras procedencias que, si no se habían vendido con anterioridad, resultaban ya poco competitivas e incluso totalmente fallidas, como ocurría en Brujas en 1393, cuando “…que’ di Malicha (azúcares) tolgo’ la condizio’ a tutti per buon merchato ne fano…”. 

La atención a los tiempos de recepción y a la urgencia de las operaciones con que se ha de llevar a cabo este negocio es una constante. De este modo, favorecidos por una estructura mercantil bien definida y amparada por las autoridades nazaríes, con quienes mantuvieron vínculos estrechos, gracias a operaciones audaces emprendidas en los mercados europeos y beneficiándose de un modelo productivo que se habría lanzado sin complejos a una diversificación cualitativa que facilitaría el acceso a este antiguo producto de lujo a sectores de consumidores más amplios, asistimos a los momentos más dulces de un producto crecido en la tradición andalusí. El futuro del azúcar, todos lo sabemos, sería brillante, su ascenso como bien de consumo de masas fulgurante. Lo protagonizarían nuevas variedades, producidas en circunstancias y lugares muy diversos al nuestro. Fueron siempre, sin embargo, deudores fundamentales de la tradición anterior, de estas tierras mediterráneas de maestros azucareros, reinas que jugaban a ser campesinas, gentes que despertaban al gusto por lo dulce y principios especulativos ensayados con los últimos azúcares andalusíes que mantuvieron su lógica de crecimiento y se deshicieron, ya en mundos nuevos, de las últimas y fundamentales rémoras para su despegue. Pero esa es otra historia. 


PARA AMPLIAR:

·         1492: Lo dulce a la conquista de Europa. Actas del IV Seminario Internacional de la caña de azúcar, Granada, 1994. 

·         Adela Fábregas, Producción y comercio de azúcar en el Mediterráneo medieval. El ejemplo del reino de Granada, Granada, 2000. 

·         Mohamed Ouerfelli, Le sucre. Production, commercialisation et usages dans la Méditerranée médiévale, Leiden-Boston, 2008. 

·         Antonio Malpica y Adela Fábregas, “La dimensión cultural y económica del azúcar en Al-Andalus: viejos y nuevos problemas de una planta que ha recorrido el mundo”, en El azúcar antes y después de Colón. Funchal, CEHA, 2009, pp. 49-62.