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jueves, 7 de marzo de 2013

Historia crisol de 3 culturas en al-Ándalus. Historia de la cocina Árabe y andalusí


HISTORIA DE LA COCINA ÁRABE



La cocina árabe y andalusí: cocinas mozárabe, mudéjar y sefardí

La cocina árabe antigua se halla condicionada por el medio pobre en el que nace (entorno árido de la península arábiga); asimismo, los modos de vida de los pobladores (nómadas y ganaderos), a lo que hemos de añadir el elemento religioso tras las reformas de Mahoma y la implantación del Islam, en donde se establece la prohibición de determinados alimentos, su clasificación en puros e impuros, el veto hacia los destilados y derivados del alcohol y el ayuno obligatorio durante las fechas sagradas del Ramadán. No obstante, el Islam será el detonante del despegue de lo que hoy conocemos como gastronomía árabe. La Guerra Santa, provocará la expansión del imperio musulmán hacia oriente y occidente, abarcando la Península Ibérica, el Norte de África, Arabia, Persia, ... de aquí se recibirán influencias: cocina china e india, conocidas a través de las rutas de la seda y las especias; las cocinas persa y bizantina o incluso la cocina romana, como las conservadas en Egipto y Mesopotamia, darán lugar a esta cocina tan rica y variada.

En el mundo árabe clásico, el momento más creativo se dará en dos focos: el califato independiente de Al-Ándalus y el califato abbasí de Bagdad.

A través de diversos textos conocemos algo de los que debió ser este renacimiento de la cocina en Oriente. Un gran gastrónomo árabe, Ziryab, gestará en el s. IX el protocolo y los usos y costumbres en la mesa: los alimentos deberán presentarse por orden.- primero los alimentos blandos, vegetales, sopas, potajes o entremeses fríos; tras ello, el segundo y tercer platos, ambos de carnes. Se produce un intermedio, un cambio de sabor, con el almorí o vinagreta posterior. Por último, los platos quinto (primer plato de miel), sexto y séptimo (segundo plato de miel) ponen el final dulce a la comida, realizada en el comedor (almacería) de la casa, separados hombres y mujeres. Los alimentos se adquirían en los mercados: existían panaderías, carnicerías, tiendas de alimentos cocinados,...

La cocina de Al-Ándalus o cocina Hispano-Arábiga, comenzó a gestarse en el s. VII, al principio tosca, pero fue evolucionando hasta alcanzar en el s. XIII un refinamiento que era desconocido en los pueblos cristianos del resto de la Península; fue transmitida por los Mozárabes y Muladíes hasta formar una nueva cocina.

Esta civilización aporta una gastronomía muy anterior a otra europea, la urbanidad, la mesa y el mantel.

La migración de las plantas, frutas, verduras, comidas, las artes de la mesa hicieron del Califato Cordobés el centro cultural, estableciendo un vínculo comercial y espiritual entre lo que hoy es España, el Norte de África, Arabia, Persia, el Índico y la India.

La reconstrucción de su gastronomía posee la fascinación por lo desconocido.

Entre los alimentos se citan como los mejores los panes de sémola, las legumbres, los corderos jóvenes, las pastas alimenticias, y muchas otras comidas, con carnes azucaradas, agua de rosas, sorbetes, hojaldres, ... El agua y el fuego se toman como fuerzas indispensables, y cierta cocción permite que los sabores se revelen, siendo los fuegos moderados la esencia del arte culinario medieval, ahí la importancia de los fermentos, el garum, que no es el único, sino también el vinagre y el agua durante la cocción mucho más popular que las cocciones fritas o hechas al calor seco.

Los andalusíes utilizaban condimentos muy dispares, pero reiteraban siempre en unos cuantos que podrían parecernos hoy monótonos. La sal y la pimienta era casi inevitables, pero también el vinagre, el cilantro seco, el jengibre y la canela, en casi todos los guisos de carne, mientras que hoy permanece tan solo en la repostería, o en ciertos platos catalanes y algunos magrebíes como la harira (sopa de legumbres con tomate, cilantro verde y carne). Por otra parte, usaban el ajo y la cebolla como base de salsas y caldos. A pesar de todo, los andalusíes utilizaban más condimentos que los que usamos hoy.

La mezcla o sustancia más empleada era, sin duda, esa especie de garum hispanoárabe que era el almorí que se agregaba, macerándolo, a casi todos los platos. Al almorí le sigue en importancia el vinagre formando la base de numerosos escabeches y salsas.

El vinagre se conseguía a partir de muy distintas materias; una de ellas era el arroz, con el que se hacía un vinagre que no era de ningún provecho por su gran fortaleza. Pero también se hacía vinagre de cebollas silvestres, de cidra, de granada, de manzana o de uva blanca que eran unos productos mucho más aromáticos y suaves que el anterior.

Los granos de mostaza eran muy utilizados y con ellos se elaboraba una pasta. La mostaza se agregaba a las acelgas para corregir su frialdad. No sólo eran utilizados el vinagre y la mostaza para acidificar los platos, sino también la lima y el zumo de agraz, cuyo uso se extenderá a la cocina cristiana medieval y renacentista.

El azafrán muy apreciado y utilizado en cocina, era, sin embargo, considerado nocivo cuando se asociaba con el pescado. Los hispanomusulmanes difundieron de forma extraordinaria su cultivo. El comino era otra de las especies clave en la preparación de muchos platos; aparecía en numerosas recetas y en especial junto con el vinagre y condimentando las carnes fritas.

Otra de las especies esenciales era la alcaravea, especia ya conocida desde antiguo en Europa y, sin embargo, prácticamente desaparecida de nuestra cocina. Acompañaba los platos de verdura, especialmente los de col y espinacas, porque bonifica el manjar, le da sabor y aleja los gases de las verduras.

El jengibre llegó a ser muy utilizado en la cocina medieval y, a pesar de ser popular en el norte de Europa, ha desparecido también de nuestras recetas Fresco o seco, se utilizaba en Al-Andalus para la elaboración de algunas salsas, y se agregaban pedazos en algunos asados.

La canela es de dos tipos: la canela a secas y la canela de la China, de inferior calidad.

La canela condimentaba numerosos guisos, asados y postres, y se espolvoreaba junto con azúcar a la hora de servir los platos. También se combinaba con otras especies. Las bayas de eneldo y el espliego, de astringente sabor, aromatizaban ciertos asados, mientras que el anís anysun era usado tan sólo en repostería. Con las bayas de mirto se hacía una clase de bollos.

No olvidemos a las hierbas aromáticas. Se utilizaban para condimentar guisos, asados, pero también en forma de infusión, bebida refrescante, arropes y electuarios. La reina era sin duda, el cilantro fresco: hierba de aspecto parecido al perejil, pero también a la cicuta. Si bien lo usual era utilizar sus semillas secas, también se usaban las hojas y tallos frescos de la planta, de sabor muy diferente. De uso bastante común eran también el orégano, la mejorana, la melisa, el estragón, la albahaca y en especial el tomillo. La hierbabuena se utilizaba en distintas preparaciones, y se agregaban a los guisos hojitas de cidra, y tallos de hinojo. En cuanto al laurel, a pesar de no aparecer en las recetas medievales, se cultivaba, siendo un árbol considerado beneficioso por los andalusíes, que creían que ahuyentaban a los animales peligrosos.

Si dejamos la antigüedad y nos desplazamos hasta la época medieval, llegamos a la segunda gran etapa en la cocina española. En el año 711 d. de C. los árabes y beréberes invadieron la Península Ibérica, donde se establecieron durante los siguientes ochocientos años.

Fervientes amantes de Andalucía, inquietos e inagotables viajeros, los árabes dominaron el sur de la Península y dejaron un importante legado en la cultura española y, por lo tanto, también en la cocina española. Eran maestros en el desarrollo de la agricultura y su contribución al mundo de la gastronomía fue decisiva para la aparición de nuestra variada cocina regional. La influencia árabe, hace que la verdura se guise y constituya un plato por sí mismo, más que un acompañamiento de otros manjares. También procede de la cocina árabe la preferencia por las mezclas agridulces, el empleo de la almendra, de los piñones y de la pasa en los guisos de carnes y verduras. Además estableció el orden en servir los platos: sopas, carnes y dulces.

Además de los árabes, la herencia de los judíos ha sido también muy valiosa en la historia de nuestra cocina Los judíos llegaron a España en el año 586 a. de C. La infinita variedad de platos y maneras de celebrar el Sabbath y muchas celebraciones anuales se transmitieron de madres a hijas mediante la tradición oral. A través de esta cocina podemos encontrar los orígenes de muchos platos españoles de hoy día. También podemos encontrar indicios de la cocina tradicional medieval española recuperada por las recetas de la cocina sefardí.

Los productos. Garum, “El caviar de Al-Andalus” .- Garum, liquamen, muria y allec.

El garum, fue heredado de los griegos, fenicios y romanos, que nunca llegó a tener la gran importancia gastronómica diversificada, hasta la llegada de lo agrio- dulce en la cocina medieval y estuvo muy presente en Al-Andalus en sus diferentes variantes..

La salmuera era un tipo determinado de garum. El atún, la morena y el esturión eran los proveedores de una especie de caviar occidental. Los buenos platos dependían de la calidad del garum y de un buen cocinero; un garum excesivamente condimentado significa un manjar nauseabundo. Los diferentes aromas del garum adquirían diferentes nombres como: mezclado con agua era conocido como hidrogarum, con vino denogarum, con vinagre oxigarum, con aceite oleagarum, con pimienta pieratum, etc. muchos nombres de procedencia romana.

A finales de la dominación árabe el garum empieza a ser simplificado bajo el término de morri, para denominar solamente el de pescado, que marcó el comienzo del nuevo método de garums de pan en pastillas siguiendo la tradición ibérica; utilizando el uso de la levadura para la fermentación de líquidos. No obstante, conviene recordar que las distintas clases de garums, todavía se mantienen hasta el s XVII, los moros granadinos utilizaban el nombre de aloxa para el garum más popular, y el garum de trigo fue el clásico, seguido por el de cebada o mijo en último recurso por falta de los productos anteriores; en su conjunto fueron amasados, secados, condimentados aromatizados con hierbas y especias que sirvieron como fermentos.

Finalmente, el garum de cereal sustituyó al liquamen de pescado, debido principalmente a la sencillez y comodidad de su preparación y conservación.

El almori Al-Andalus, se componía de una masa de harina mezclada con miel, pasas de corinto, sal y frutos secos triturados. Se preparaba en forma de tortas, que se cocinaban en el horno y se conservaban para utilizarse de acuerdo con las necesidades. Normalmente se introducían en los platos en formas de migas.

El garum macerado o garum de pan, se hacía moliendo la cebada en buenas condiciones. Amasada sin sal y haciendo una forma redonda y un centro en la misma Seguidamente se envolvían estas bolas en hojas de cabraiudo y se secaban expuestas al sol, espolvoreando continuamente con salvado durante al menos 20 días.

El garum de pescado, se elaboraba con pescado seco y salado bien majado y añadían condimentos a su gusto. En otras ocasiones lo hacían con pescados cocidos y reducidos a polvo, que presentaban en forma de galleta. El garum de mosto era típico andalusí, por ello lo elaboraban con harina de trigo, sal y dorado al horno. El proceso tenía lugar con la mezcla de harina de trigo amasada con miel y cocinado Seguidamente, hacían todo ello pedazos y lo ponían en una pota, donde derramaban sobre el mismo, mostos de uvas, cidra, hinojo pero sin llenar la pota, lo cerraban con una tapadera de arcilla y dejaban agujeros cocinándola durante 1 noche, después lo pasaban e introducían en un jarrón. Con los residuos se podía obtener el segundo garum Y finalmente, para preservarlo de la humedad lo cubrían con aceite.

Gastronomía en la Edad Media y en el Renacimiento

La gastronomía europea de la Edad Media recoge influencias de la tradición romana, bárbara, bizantina y del mundo árabe (estas últimas sobre todo en España).

El uso de las especias, será tan evidente que se penalizará su consumo a través de los impuestos. Especias procedentes de Venecia, como la pimienta, la canela, la nuez moscada o el clavo.

La agricultura era pobre. La cebada, el trigo candeal y el centeno se cultivaban habitualmente. A estos cultivos se le añadía el alforfón (trigo sarraceno) que producía buenas cosechas en terrenos no adecuados para el trigo. Como este grano no daba una harina muy panificable, se consumía en formas de gachas o galletas. En las regiones con un clima propicio se cultivaba arroz.

Las gachas y el pan eran los alimentos principales de la gente que trabajaba en las tierras, y en las épocas en que escaseaban los cereales habituales, el pan se hacía de cebada, mijo, alforfón y a veces de harina de legumbres. Ya que estos productos no eran muy panificables, casi siempre tenían que conformarse con tomar su harina en forma de potaje.

En los lugares donde las circunstancias lo permitían, se repoblaban con cepas, lo que proporcionaba vino, que solía beberse mezclado con agua caliente, pues la higiene de entonces proscribía el vino frío, por lo que se templaba sumergiendo en el jarro una barra de hierro incandescente.

La carne era un producto de lujo. Las reses de las que mayor consumo se hacía eran las de ganado lanar, cabrio y sobre todo de cerda; se comía muy poco ganado vacuno, pues era necesario para el trabajo del campo. Los cerdos se criaban en libertad, alimentándose de bellotas. Las aves contribuían con una excelente aportación de carne y los huevos muy importante de la dieta diaria. La leche y sobre todo queso, constituían complementos en la comida cotidiana.

Para las comidas, no se usaba mantel, ni servilleta, ni tenedor, pero cada comensal iba provisto de su propio cañivete, faquita o cuchillo.

El señor y los huéspedes distinguidos bebían en cubiletes de loza, barro y rara vez de plata, pero los restantes lo hacían del jarro, pero jamás con la boca llena o sin enjuagarse los labios con el dorso de la mano.

Los alimentos líquidos o con salsa se tomaban en la misma vasija en que eran presentados en la mesa, utilizándose una cuchara de madera que se usaba por turno. Si el señor era refinado ponía escudillas de maderas y cucharas por cada dos comensales.

El señor de la casa era quien trinchaba los manjares sólidos, que los comensales tomaban con las manos, procurando usar los tres primeros dedos de la mano diestra (uso morisco). Estos alimentos, especialmente la carne, se solían disponer sobre una gruesa rebanada de pan, la que a su vez se colocaba sobre un plato de madera Este pan era ácimo y sentado, preparado para este uso, y se comía con la carne.

En algunas casas de hombres ricos, los señores comían en una mesa colocada sobre un estrado, más alto que los demás. El rey comía solo, considerándose como una gran distinción la invitación a la mesa regia.

Las mesas eran engalanadas con manteles de origen francés. El ensuciarlo se consideraba como una incorrección. También se ponían vinagreras y saleros, y por la noche robustos candeleros de plata, bronce o hierro.

El orden de los manjares, primero la fruta, y tras ella su potaje, y luego lo asado, después otro potaje, y lo siguiente lo cocido.

Es frecuente presentar en la mesa los platos con las reses asadas enteras. Los dulces se servían al final de la comida y después de levantada la mesa, se servia una mixtura de vino con especias llamada hipocrás, cuyo uso no se generalizó has el siglo XVI.

Hablando de las legumbres, las habas, los guisantes, las lentejas, se deben comer en medio de las comidas Solamente podían presentarse durante el primer plato cuando se guisaban en forma de puré, que se sazonaba con canela, azafrán, ajo y un poco de vino.

Las legumbres frescas debían guisarse con caldo de carne en forma de potaje al que se añadía leche de almendras, azúcar y azafrán.

Las legumbres secas se condimentaban con aceite de oliva que previamente se había refrito unas rodajas de cebolla.

Existía una riqueza en salsas pero realmente se trataba de una repetición de dos ó tres fórmulas. Las salsas ácidas se empleaban para enmascarar el sabor y olor de las carnes poco asadas. En invierno la salsas se hacían con vino, vinagre,... y en verano se sazonaba las carnes con condimentos ácidos y añadiendo un poco de pan tostado para dar cuerpo a la salsa.

Los señores feudales degustaban los mejores vinos que se bebían calientes sin despreciar la cerveza que era muy apreciada por el pueblo.

El pueblo se alimenta de pan basto y duro, gachas, potajes de cereales y hortalizas. No obstante, la calidad de los alimentos irá mejorando ya en la Baja Edad Media. Desde el s. XIII el acceso a la carne es más frecuente.

Asimismo, la cocina de la caza destaca por su importancia, y se potencia la preparación de embutidos: nacen los cocederos de carne, modernos charcuteros.

El pescado será escaso, salvo el azul graso.

Los cubiertos se comenzarán a usar en el s. XII, traídos de Bizancio (cuchillos o cañivete, tenedor u horca, cuchara). Se practica el trinchado de los alimentos. Cuando no hay cubiertos, se como con los dedos. No hay manteles ni servilletas.

La cocina es una gran estancia de techo elevado y chimenea para la salida de humos, el lugar de reunión más cálido y frecuentado de la casa.

Ya en el s. XIV las costumbres se han refinado: hay platos, cubiertos, vajilla, vinagreras y saleros, manteles de cuero.

En Europa destacan, junto a la española o la italiana, cocinas como la francesa o la germano - suiza.

La gastronomía Renacentista tendrá igualmente influencias anteriores, como son la cocina árabe, bizantina y medieval europea, añadiendo a esto hechos tan relevantes como el acceso a nuevos productos gracias a las nuevas rutas comerciales y a los nuevos descubrimientos geográficos que proporcionarán abundancia de nuevos alimentos (patatas, tomates, maíz, café, cacao) esenciales a partir de entonces para la economía europea.

El descubrimiento de América fue una fuente inagotable de abastecimiento para España y Europa. Se trajeron multitud de vegetales como el maíz, la patata, el pimiento, las alubias y los tomates. Los cultivos crecían fácil y abundantemente, aunque la adaptación al nuevo clima no siempre fue fácil. Y lo más importante, eran cosechas de ciclo corto, de primavera a otoño, lo que significaba que podían satisfacer gran parte de las necesidades alimenticias de la población.

Los pimientos fueron el gran descubrimiento ya que se podían usar como verdura y como especia. Aprendimos a secar y moler el pimiento para fabricar el pimentón Ésta se ha convertido en un condimento indispensable en muchos de nuestros platos regionales.

Los tomates fueron otra importante importación. En muchas regiones, se secaban y usaban como condimento durante el invierno. Otras novedades significativas fueron las alubias, los higos chumbos, los boniatos, el chocolate, el tabaco, la vainilla, los cacahuetes, y frutas como la piña, la chirimoya, el aguacate y el mango.

La historia de la patata es especialmente curiosa. Se llevó a España después de la primera expedición, pero durante algunos siglos solamente se cultivó en jardines y se usó principalmente como pienso para animales. A finales del siglo XVIII su uso se extendió por Europa y se convirtió en un producto básico en el norte de Europa, desde donde fue llevada a Australia.

La popularización de la gastronomía se realizará mediante la creación de tratados y enciclopedias, asequibles gracias al nuevo invento de la imprenta. Existirá asimismo una idea de reglamentar, organizar las cocinas. Por ello, aparecerán tratados y compendios de cocina en todos los idiomas. Las cocinas nacionales recibirán un fuerte empuje, sobre todo la española, francesa e italiana, destacando esta última por su riqueza y la variedad de sus regiones (Pato a la naranja, consomé, la bechamel, el uso del tenedor, de las copas de cristal de Venecia, la porcelana, objetos decorativos, .)

Es una cocina refinada que comienza los servicios con frutas y los termina con dulces, helados y aguardiente

Una cocina múltiple y variada

Las diferentes regiones de España han combinado de diversas maneras estas tradiciones y sus ingredientes, y ha existido siempre más de una cocina española, dependiendo de la región. España se divide en tres grandes zonas: la costa mediterránea, las regiones del norte y la meseta. La cocina española está unida no solamente por su historia, sino también por sus ingredientes básicos que pueden resumirse en cuatro productos esenciales: aceite de oliva, pan, ajo y vino. Con estos productos se ha cocinado desde tiempos remotos una gran variedad de platos. Son un legado de todas las culturas que han ido poblando la cuenca mediterránea. De estas raíces surgen algunas de nuestras mejores recetas tradicionales: salmorejos, pan con tomate, empanadas, gazpachos, sopas de ajo, migas, torrijas, pan con ajo y aceite y un sinfín de platos.

Andalucía, la cocina de la simplicidad

Las obras de Estrabón, autor de la Antigua Grecia, demuestran que esta región ya era atractiva 2.300 años atrás Esto explica la prosperidad de las colonias y el rico conocimiento cultural de esta región.

La cocina andaluza de hoy día puede dividirse en dos partes: la que se basa en los productos del mar y la que se basa en los productos de la montaña, llamados serranos. Las verduras y el estofado de legumbres, los platos de caza, junto con las diferentes maneras de preparar el pescado, son la esencia de su gastronomía. Cada provincia tiene sus propios platos tradicionales y postres.

La gastronomía andaluza es heredera directa de la cocina de Al-Andalus Su refinamiento, desconocido en el continente europeo, transformó muchas costumbres. Fueron los andaluces los que crearon la sala de comer o comedor y el actual orden de servicio de los platos, entre otras aportaciones

La cocina árabe ha dejado una clara influencia en la repostería y pastelería de Andalucía.

Actualmente, gran parte de los dulces se elaboran en conventos y por religiosos, a veces con nombres tan originales como cabello de ángel, suspiros de monja, tocino del cielo, huesos de santo, borrachos o mariquitas.

Cuando se va a comer tapas por las ciudades y pueblos de Andalucía, parece, a primera vista, que los andaluces no presten mucha atención a lo que comen Parece que elijan la comida al azar, completamente absortos en la conversación Pero de hecho, los andaluces son muy meticulosos y exigentes con la comida Buscan el equilibrio en la comida y adaptan su cocina al clima de la región con elegancia e inteligencia. Por encima de todo, los andaluces son muy orgullosos y protegen con firmeza sus tradiciones y su identidad.

sábado, 11 de agosto de 2012

Historia crisol 3 culturas en al-Ándalus. Las acurnias andalusíes

LAS ALCURNIAS ANDALUSÍES


LOS SEFARDÍES



De todos los pueblos que vivieron en Al Andalus y que recibieron su cultura, el que más espectacularmente se mezcló con los castellanos y aragoneses fue el hebreo, el sefardí. Primero los expulsaron los musulmanes y se fueron al Norte, durante varios siglos viviendo digna y libremente en sus aljamas; luego vinieron las persecuciones populares, contra la voluntad de los reyes, y finalmente, la expulsión regia de los que no se convirtieron. Los que se quedaron en esta tierra, como conversos, fueron posiblemente más de cien mil; en una España que tenía unos seis millones de habitantes, algo así como un dos por ciento, pero que se integró en la poderosa nobleza, en el no menos poderoso episcopado y en las pequeñas pero influyentes clases medias, entre médicos y religiosos.



Transmitieron no sólo su sangre, sino capitales elementos de su cultura: la veneración por el amor místico del Cantar de los Cantares, la piedad íntima, y en el otro extremo, un talante racionalista precoz que se comprueba en sorprendentes explicaciones antropocéntricas de la Biblia, ya en el siglo XVI, que, procedentes de Averroes y de Maimónides favorecieron la conversión y se fueron desenvolviendo en el nuevo humanismo. La cultura española no fue la misma después de la fusión con los conversos, tan numerosos y tan cultos a menudo; no sólo entre los mismos conversos, sino en la población en general, ya que las ideas vuelan. Santa Teresa era nieta de un converso, y su espiritualidad estaba vivísima, y en el Quijote se ha querido encontrar una vena conversa, o por lo menos uno de los modos de ser español: la loca ambición y el desengaño y, por encima de todo, el realismo socarrón con que fue escrito.





LOS MOZÁRABES



También fue transcendente, unos siglos antes, la supuesta mezcla de los cristianos norteños con los bereberes, a lo mejor ancestros de los maragatos de León y la comprobada con los cristianos mozárabes del Sur, que permitió el encantador estilo de las iglesillas llenas de arcos de herradura y, sobre todo las eléctricas y alucinadas miniaturas del "Comentario del Apocalipsis", que tan bien expresaban una espiritualidad medio judía, mesiánica, la de los seguidores de Santiago el Menor, el nuestro, el hermano del Señor, que aborrecía del Anticristo que habían dejado en Córdoba.



Fueron decenas de miles, si no alguna centena de mil, esos mozárabes que se refugiaron en el Norte o que fueron liberados en el Reino de Toledo, con la lengua árabe como materna; pero casi nadie sabe que descienda de ellos, aunque hay la excepción: los cristianos mozárabes toledanos de condición noble, gracias a que conservaron seis parroquias suyas y luego una capilla en la Catedral; todavía existe una Hermandad mozárabe que reúne a los descendientes de ocho linajes de caballeros (había más); algunos de sus nombres, los Portocarreros, los Gudieles, los Quirinos (como el que dispuso el censo de Judea, que hizo que Jesús naciera en Belén), los Ficulnos, los Armildos, entroncan con los ancestros visigodos y aun con los romanos.



Hacia 1150, la población mozárabe del Centro de la Península se acrecentó cuando llegó una nueva oleada, en un impresionante vaivén: muchos descendientes de los que habían sido deportados por los almohades a Marruecos, un siglo antes (la Primera Expulsión de la historia de la Península, esta vez contra cristianos y hebreos) retornaron a la tierra de sus padres y se establecieron en el Reino de Toledo.





DE NUEVO LAS MUJERES



¿Mientras avanzaba a la vez la conquista, se casaron los repobladores, muchos seguramente varones solteros y recién hacendados, con algunas mujeres musulmanas, o tuvieron esclavas, e hijos de unas u otras, como suele suceder en las conquistas, donde los colonos necesitan mujeres, puesto que las de su tierra no se han ido con ellos? La historia que conocemos es la historia de los varones; no suelen aparecer en ella muchos nombres de mujeres. Se sabe que el mismo rey que conquistó Toledo, Don Alfonso VI, primero se casó con la entrometida francesa Doña Constanza y luego con Doña Zaida, viuda de un hijo del rey poeta de Sevilla, al-Mutamid; Zaida, la mora, Reina de Castilla; su hijo Don Sancho, el único varón de Don Alfonso, si no hubiera muerto en Uclés, habría sido el siguiente Rey. ¿Cuántos castellanos, en el nuevo Reino de Toledo, seguirían el ejemplo de Don Alfonso VI?



Nos encontramos con una prueba más o menos firme de que muchas mujeres de los conquistadores pudieron ser moriscas: que los nombres que usamos para el ajuar (que en sí es una palabra de éstas), los enseres que alhajaban (otra palabra) la casa y algunas comidas son muy a menudo árabigos; hablo de la casa antigua, la casa castellana casi sin muebles, como mucho con sus estrados alfombrados con alcatifas (árabe) y llenos de almohadones (árabe), que era tan parecida a las andalusíes, o todavía más, de la casa andaluza, con sus paredes encaladas un año y otro por su dueña, en el estilo árabe; repartidas en alcobas y algorfas o cámaras; adornadas con albendas y alahilcas, o colgaduras; con el zaguán como entrada, la barra del alamud en la puerta y coronadas por las azoteas; si las amas de casa hablaban en árabe, ésta puede ser la explicación. ¿Por qué en Castilla la Nueva, Extremadura, Murcia o Andalucía se dice o se decía aljofifa y aljofifar en vez de fregar, alfaca en vez de cuchillo, zafa o jofaina en vez de lebrillo, alcayata en vez de escarpia, taca o alacena, acetre y además nombres más generales como la albanega o cofia, la alfarda o peto, la albadena o vestido, la alcandora, el mandil, los alamares, las arracadas, entre las ropas y el arreglo personal, los alfileres, las jaretas o las alforzas en la costura, los tabaques o canastillos, los azafates o bandejas para coloretes como la alheña, el alcandor, el alcohol o polvillo negro para los ojos, la alconcilla, y también cosas como la almohada, la alfombra, el almirez, la jarra, la albornía o taza, la alcarraza, la alcuza, o comidas como la alboronía, o guisado de verduras, según una receta atribuida a la mujer de un califa, ¿el zulaque o cocimiento?, el alcuzcuz (conozco la receta del que se sigue haciendo en Castilléjar, de Granada), las albóndigas, las zahinas o gachas, las alejijas de harina con ajonjolí, el alfitete o sémola, los fideos de nombre mozárabe, los alfajores, las alcorzas de pasta dulce, los dulces muy delgaditos llamados alfeñiques y los buñuelos o alfinges o el almíbar? ¿No podríamos añadir los nombres de las flores de arriate, o de alféizar, los alhelíes, los azemines o jazmines, las azucenas, las plantas como la albahaca..., que adornarían también puertas y ventanas? ¿Es que los oían en casa de los vecinos mudéjares o moriscos, tan desdeñados, o es que se oía en la propia casa?



Cada campo de palabras árabes, en castellano, está vinculado a un oficio o profesión enseñada por mudéjares: a los alarifes o arquitectos, a los carpinteros, a los hortelanos, a los guerreros, a los marineros, a los alfareros... ¿por qué el campo de las palabras domésticas no estaría unido al oficio de ama de casa, que entonces también sería mudéjar o morisca? Lo mismo que la cocina mexicana, supervivencia de la india, testimonia del mestizaje, la cocina andalusí, delicada y especiada, con sus sopas, sus gachas, sus migas, sus fideos, sus boladillos, sus carnes picadas, sus pescados, su aceite desde luego, ha sobrevivido entre nosotros (sobre todo en la repostería)



LOS ESCLAVOS



Hay también que contar con la población esclava, relativamente numerosa en Sevilla. Los esclavos procedentes de la conquista del Reino de Granada fueron bastantes, a fines del siglo XV, como aquellos más de mil malagueños que llegaron a Sevilla en 1487, o las trescientas doncellas moras vendidas después de la Caída de Granada, o los millares de mujeres y niños arrebatados casi un siglo después, en la Guerra de las Alpujarras. Un esclavo no se ponía en libertad fácilmente: valía una fortuna, casi tanto como una casa modesta. A menos que su familia pudiera pagar otro tanto como rescate... Las mujeres esclavas se procuraba que quedaran embarazadas: los niños nacían esclavos, gratis. Es verdad que los granadinos no eran los más numerosos en un esclavaje formado también por berberiscos y negros; pero ahí estaban y probablemente la mayoría se quedaron.

viernes, 10 de agosto de 2012

Historia crisol 3 culturas en al-Ándalus. Vida cotidiana en la edad media


VIDA COTIDIANA EN LA EDAD MEDIA


Hábitos alimentarios. El vino y el pan serán los elementos fundamentales en la dieta medieval. En aquellas zonas donde el vino no era muy empleado sería la cerveza la bebida más consumida. De esta manera podemos establecer una clara separación geográfica: en las zonas al norte de los Alpes e Inglaterra bebían más cerveza mientras que en las zonas mediterráneas se tomaba más vino. Aquellos alimentos que acompañaban al pan se denominaban "companagium". Carne, hortalizas, pescado, legumbres, verduras y frutas también formaban parte de la dieta medieval dependiendo de las posibilidades económicas del consumidor. Uno de los inconvenientes más importantes para que estos productos no estuvieran en una mesa eran las posibilidades de aprovisionamiento de cada comarca. Debemos considerar que los productos locales formaban la dieta base en el mundo rural mientras que en las ciudades apreciamos una mayor variación a medida que se desarrollan los mercados urbanos. La carne más empleada era el cerdo -posiblemente porqué el Islam prohíbe su consumo y no dejaba de ser una forma de manifestar las creencias católicas en países como España, al tiempo que se trata de un animal de gran aprovechamiento- aunque también encontramos vacas y ovejas. La caza y las aves de corral suponían un importante aporte cárnico a la dieta. Las clases populares no consumían mucha carne, siendo su dieta más abundante en despojos como hígados, patas, orejas, tripas, tocino, etc. En los periodos de abstinencia la carne era sustituida por el pescado, tanto de mar como de agua dulce. Diversas especies de pescados formaban parte de la dieta, presentándose tanto fresco como salazón o ahumado. Dependiendo de la cercanía a las zonas de pesca la presentación del pescado variaba. Judías, lentejas, habas, nabos, guisantes, lechugas, coles, rábanos, ajos y calabazas constituían la mayor parte de los ingredientes vegetales de la dieta mientras que las frutas más consumidas serían manzanas, cerezas, fresas, peras y ciruelas. Los huevos también serían una importante aportación a la dieta. Las grasas vegetales servirían para freír en las zonas más septentrionales mientras que en el Mediterráneo serían los aceites vegetales más consumidos. Las especias procedentes de Oriente eran muy empleadas, evidentemente en función del poder económico del consumidor debido a su carestía. Azafrán, pimienta o canela aportaban un toque exótico a los platos y mostraban las fuertes diferencias sociales existentes en el Medievo. Las carnes debidamente especiadas formaban parte casi íntegra de la dieta aristocrática mientras que los monjes no consumían carne, apostando por los vegetales. Buena parte del éxito que cosecharon las especias estaría en sus presuntas virtudes afrodisíacas. Como es lógico pensar los festines y banquetes de la nobleza traerían consigo todo tipo de enfermedades asociadas a los abusos culinarios: hipertensión, obesidad, gota, etc. El pan sería la base alimenticia de las clases populares, pudiendo constituir el 70 % de la ración alimentaria del día. Bien es cierto que en numerosas ocasiones los campesinos no comían pan propiamente dicho sino un amasijo de cereales -especialmente mijo y avena- que eran cocidos en una olla con agua -o leche- y sal. El verdadero pan surgió cuando se utilizó un ingrediente alternativo de la levadura. Escudillas, cucharas y cuchillos serían el menaje utilizado en las mesas medievales en las que apenas aparecen platos, tenedores o manteles. La costumbre de lavarse las manos antes de sentarse a la mesa estaba muy extendida.


El vestido en la Edad Media. Resulta bastante complicado saber cómo era el vestido de las gentes en la Edad Media. Bien es cierto que encontramos algunas pautas generales. El vestido femenino suele ser largo mientras que el masculino es corto. Los sectores más modestos de la sociedad utilizaban colores oscuros, generalmente negro. Sin embargo, estas afirmaciones son muy limitadas. Sí es cierto que el vestuario medieval experimentó una importante transformación gracias a las ciudades y las burguesías que habitaban en ellas. En ese cambio también influyó el contacto con otras culturas, especialmente la musulmana gracias a las Cruzadas. En una sociedad tan regulada como la medieval no debe extrañarnos que los asuntos relacionados con el vestuario también tuvieran reglamentaciones. Alfonso X el Sabio regula en 1258 las vestimentas tanto de los oficiales mayores de la casa real como de los menores. Estos últimos "non trayan pennas blancas ni çendales sin siella de barda dorada nin argentada nin espuelas doradas nin calças descarlata, nin çapatos dorados nin sombrero con orpel nin con argent nin con seda". Los eclesiásticos no podían utilizar ropas coloradas, rosadas o verdes. Debían llevar calzas negras y olvidarse de zapatos con hebilla y cendales, utilizando en sus cabalgaduras sólo sillas de color blanco. Los canónigos vestían de manera más relajada al estarles permitido el uso de cendales -siempre y cuando no fueran amarillos o rojos- y poder utilizar sillas azules. La marginación de algunas clases sociales -como judíos y musulmanes- se extendía al vestuario. Los judíos no podían llevar pieles blancas, ni calzas rojas, ni paños de color ni cendales. Los mudéjares tampoco podían llevar zapatos blancos o dorados, aplicándose las normas anteriores. A lo largo del siglo XII apreciamos las primeras innovaciones en el vestido procedentes de las ciudades. Las modas empezaron a manifestarse con cierta fuerza y los tejidos fueron adaptándose al cuerpo para marcar las siluetas. Momentos donde los ropajes de ambos sexos eran muy similares dieron paso a otros en los que la distinción entre las ropas masculinas y las femeninas era tremenda. En los tiempos finales del Medievo encontramos un acentuado gusto en las damas por los largos cabellos, los pechos altos y el encorsetamiento de la cintura. Estas modas fueron impuestas por las clases urbanas acomodadas y posteriormente se irían acercando al resto de estamentos sociales tanto del campo como de la ciudad. Labriegos y artesanos intentaban imitar a los burgueses en sus atuendos, especialmente a raíz de la horrible Peste Negra, cuando en Europa se desató un irrefrenable deseo por disfrutar de lo terrenal. El cronista florentino Mateo Villani nos cuenta con cierto escándalo como "las mujeres de baja condición se casan con ricos vestidos que habían pertenecido a damas nobles ya difuntas". También los predicadores desde los púlpitos exponen sus críticas al desenfreno de la moda.

Las mujeres en la sociedad medieval. Al ser heredera la sociedad medieval de las costumbres romanas y germánicas al tiempo que heredera de un sistema de creencias estructurado en Oriente Medio, establece sus bases en el patriarcado. El varón es considerado un "agente activo" mientras que la mujer es el "agente pasivo". Esta es la razón por la que el varón ocuparía un papel preeminente ante la mujer, a pesar de plantear la religión cristiana en sus textos fundamentales la igualdad de los dos sexos ante el pecado y la salvación, dejando de la lado la presunta negación de la existencia de alma en las mujeres. En este marco patriarcal, la vida pública, desde la política a las armas pasando por la cultura o los negocios, está reservada casi exclusivamente al hombre mientras que la mujer está recogida en la vida doméstica. Sin embargo, como bien dice Adeline Rucquoi "en las sociedades tradicionales, en las que la escritura no desempeña el papel fundamental que ahora tiene, la transmisión de la mayor parte de los conocimientos se efectúa precisamente en el marco de la vida privada" por lo que el papel de la mujer no queda mermado. Por eso vamos a conocer en profundidad su papel en la vida familiar, las labores de las mujeres, sus relaciones con la religión o la cultura, los saberes tradicionales o el mundo de la prostitución, una vía de escape en definitiva al régimen tradicional.

El matrimonio. Hasta el siglo XII el matrimonio no se impuso como sacramento, tras siglos de lucha por parte de la Iglesia para controlar la monogamia y la exogamia. No cabe duda que el matrimonio supuso importantes mejoras para la mujer, especialmente al prohibirse el divorcio y la repudiación, al tiempo que se necesitaba el consentimiento de la interesada para llevarse a cabo. De esta manera se consigue un cierto papel de igualdad respecto al varón. Desde el siglo XIII la Iglesia iniciará una importante labor al santificar a mujeres casadas como santa Isabel de Hungría, santa Isabel de Portugal o santa Eduvigis. La dote matrimonial introduce un curioso elemento económico en el matrimonio ya que según el derecho romano la mujer nunca forma parte de la familia del marido sino de su padre, por lo que éste debe aportar a su hija una dote importante con la que "mantenerse". El derecho germánico establecía que era el marido quien debía dar la "morgenbabe" a la esposa. Tanto uno como otro serán los bienes que la esposa tenga, bienes que el marido administra. La mayoría de las familias medievales no tuvo problemas a este respecto ya que no podía dar a sus hijas o esposas ni dote ni arras pero en las clases altas sí constituyó algunos conflictos. En la Florencia de la Baja Edad Media resulta curioso contemplar como una joven viuda es rescatada por su propia familia para establecer, con ella y su dote, una nueva alianza con otra familia. Los hijos habidos del primer matrimonio se quedarían con la familia del padre. En este caso, la mujer no dejaba de ser un mero objeto de intercambio para aumentar las relaciones sociales y económicas de los miembros del patriarcado. En Valencia, la familia de la mujer solía reclamar al marido la dote si no había descendencia. Mientras viva, el marido está considerado el administrador de los bienes de la esposa. Al enviudar la mujer consigue su propia autonomía, recibiendo a menudo la tutela de los hijos menores, la libertad para volver a casarse sin consentimiento paterno y poder administrar sus bienes. Si estos bienes son cuantiosos podemos afirmar que el papel de la viuda es importante en la sociedad. En aquellas regiones donde se establezca el sistema de primogenitura la viuda debe acudir al convento donde, para ingresar, también debe aportar una dote. Para que ingresar en un convento no esté reservado a mujeres con posibilidades, a finales de la Edad Media se crearon fundaciones cuyo objetivo era dotar huérfanas y muchachas pobres.


Las viviendas. Las condiciones materiales de existencia para el hombre y la mujer medievales serán bastante precarias debido a su dependencia del medio natural. Sería lógico pensar que estas condiciones variaban en relación con las diferencias sociales. Fuertes diferencias encontramos entre las casas o las ropas de los señores feudales y los altos clérigos respecto a las de los labriegos o humildes artesanos. Aun así también las clases altas tenían amplias carencias que, de esta manera, igualaban a la sociedad. Las casas desempeñaban diversas funciones; eran refugio ante las inclemencias naturales, residencia de la familia y el centro de las actividades productivas. La vivienda de los campesinos también era granero y establo mientras que en los núcleos urbanos la casa de los artesanos incluía también el taller. La chimenea era uno de los elementos fundamentales de la casa al representar el hogar y la unidad de percepción fiscal. Los documentos de la época hacen referencia a fuegos por lo que los estudios demográficos difieren a la hora de aplicar el número de personas que habitaba ese fuego. Las viviendas humildes eran tremendamente sencillas: constaban de un amplio espacio donde se vivía y trabajaba, se comía y se dormía. Las casas solían ser de madera aunque también podían incluir ladrillo, adobe o piedra. Debemos advertir que en las ciudades se empiezan a manifestar importantes transformaciones en cuanto a la división del espacio. En este ámbito urbano las casas tenían dos pisos, estando la zona a pie de calle destinada a la tienda o taller y a zona de cocinas, donde también se comía. Al fondo de la planta baja encontramos un patio con un pozo. La segunda planta es la zona de habitaciones comunicada con la planta baja por una escalera. Sobre este primer piso estaba el granero y en el subsuelo hallamos la bodega. En buena medida repite el esquema de los chalets adosados de la actualidad. Las baldosas que cubren los suelos, las letrinas o los cristales que cierran las ventanas serían signos evidentes del progreso económico y social de los habitantes de la vivienda. Hablando en términos numéricos, los habitantes de esta casa modelo urbana dispondrían de unos cien metros cuadrados de vivienda. Otro tipo de viviendas urbanas serían los típicos corrales castellanos donde gente de condición modesta organizaban sus casas alrededor de un patio donde estaba el pozo común. Las viviendas eran pequeñas y las letrinas de uso conjunto. En Sevilla las casas también se organizaban en torno a patios, evidencia de la influencia musulmana. Las limitaciones caracterizaban el mobiliario medieval. La cama, la mesa, los asientos o bancos y las arcas eran los cuatro muebles básicos en una casa. El más importante era la cama -en Castilla decir que alguien "no tiene más que la cama sobre la que se echa" era sinónimo de pobreza"-, generalmente de gran tamaño ya que la familia solía dormir conjuntamente. En numerosas ocasiones la cama se construía con unos bancos o tablas sobre las que se colocaban las colchas, siendo un mueble desmontable. En las casas nobles la cama era una estructura estable que se adornaba con un dosel. Los colchones eran de paja -los más pobres- o plumas. La ropa de cama también variaba en función de la condición social. Las mesas cumplían un importante papel en la vivienda medieval. También podían ser desmontables -un tablero sobre caballetes que se quitaba cuando acababa la comida, de donde viene la expresión "quitar la mesa" - o fijas, incluso adosadas a la pared. El médico sevillano Juan de Aviñón establece que la altura óptima de las mesas debía ser de tres palmos. Acompañando a la mesa encontramos los bancos. Este mismo médico también hace referencia a sus medidas ideales: dos palmos de anchura y entre uno y medio y dos de altura. Para amortiguar la dureza de la madera con que estaban construidos se utilizaban cojines. Los enseres de la familia se guardaban en arcas, desde los vestidos a los utensilios, alimentos o los escasos libros. Podíamos considerar que realizaban la función de los actuales armarios y también eran utilizados como asientos. Se cerraban con complicados herrajes. Braseros, candiles, alfombras, esteras, espejos, cubas, jarras, tinajas y un amplio etcétera formaban el catálogo de objetos existentes.
 

Hombre y la naturaleza. La relación entre el ser humano y la tierra era en la época medieval muy estrecha, tal y como podemos apreciar en las obras de san Francisco de Asís. El ser humano era un elemento más de la Creación al igual que las plantas, los animales, la tierra o el agua. Pero la vinculación con la tierra es tremendamente fuerte, estando considerada como el elemento primordial según se interpreta de las propias palabras del santo -"Nuestra hermana la madre tierra"- o del mallorquín Anselm Turmeda - la tierra "cabeza del género humano"-. El contacto con la naturaleza será algo innato del hombre medieval, identificándose especialmente con el medio natural al tiempo que la propia naturaleza formaba parte de la vida cotidiana. Bien es cierto que la relación entre hombre y naturaleza tampoco era idílica -la eliminación de las basuras y aguas residuales, la precariedad de la higiene o la acción del ser humano provocaría daños ecológicos de importancia- aunque en ocasiones se intentó regular legalmente esta relación con el fin de mantener un equilibrio mayor como se aprecian en las medidas castellanas del siglo XIII para evitar incendios en los bosques. A pesar de estas medidas podemos afirmar que el hombre medieval dependía más de la naturaleza que ésta del ser humano, por muchos recursos que pudiera sacar de ella. No debemos olvidar las graves consecuencias de las condiciones meteorológicas en la agricultura que vendrían acompañadas de hambre y muerte. Raúl Glaber hace referencia a la grave situación en la que se encontró Europa en 1033 aludiendo a que el hambre "hizo temer por la desaparición del género humano". Gilles le Muisit nos narra la crisis vivida en el año 1316 en Flandes donde " a causa de las lluvias torrenciales (...) la penuria aumentaba de día en día (...) A causa de las intemperies y del hambre intenso, los cuerpos comenzaron a debilitarse y las enfermedades a desarrollarse y resultó una mortandad tan elevada que ningún ser vivo recordaba nada semejante". En la crónica del rey castellano Fernando IV del año 1301 se manifiesta que "los omes moríanse por las plazas e por las calles de fambre". No cabe duda de que el ser humano seguía dependiendo del medio físico para su existencia diaria.



FUENTE: www.artehistoria.com

Historia crisol 3 culturas en al-Ándalus. La mujer en la edad media


LA MUJER EN LA EDAD MEDIA



El principal problema que nos encontramos a la hora de definir la Historia de las Mujeres en la Edad Media, es su ausencia en las fuentes escritas, por lo que no es fácil rastrear sus actividades diarias, sus posicionamientos o pensamientos sino que lo poco que sabemos es a través de los escritos masculinos.
La Mujer en la Edad Media

Por eso hay que ser cuidadosos a la hora de tener o no por válida la imagen que los clérigos, los únicos que sabían escribir, dan sobre la mujer. A pesar de esta dificultad, hoy en día conocemos a grandes figuras como Leonor de Aquitania, Juana de Arco o Christine de Pisan, así como muchos elementos de su vida cotidiana: podemos conocer qué comían, a qué se dedicaban, cómo cocinaban, qué vestían, etc.

 Es realmente difícil determinar si hubo una evolución o un retroceso en la situación de la mujer en la Edad Media. Fueron diez siglos en los que la sociedad, la cultura y las costumbres sufrieron muchas variaciones. Por ejemplo, España comenzó el siglo VIII con tres religiones conviviendo: la judía, la musulmana y la cristiana, que son, además, tres formas distintas de pensar, entender, definir y construir a la mujer.



Si avanzamos en el tiempo, nos encontramos con una Europa - incluida España- cristiana, en la que la Iglesia va tomando poco a poco parcelas de poder; entre ellas, las referidas a la moral. Este orden se ve reforzado por un sistema social muy rígido, marcado únicamente por el nacimiento, donde las diferencias de clase son claras. Estos dos elementos, junto con la proliferación de obras que tratan sobre el carácter femenino, definirán la posición de la mujer a lo largo de la Edad Media.
 

La Iglesia tenía reservadas para la mujer dos imágenes que pretendía instaurar como modelo en una sociedad cada vez más compleja, que había que dirigir con mano de hierro si se quería controlar. La primera de ellas es la de Eva, que fue creada con la costilla de Adán y propició la expulsión de ambos del Paraíso. La segunda es la de María, que representa, además de la virginidad, la abnegación como madre y como esposa. Ambas visiones pueden parecer contradictorias pero no es sino la impresión general que tenemos de la época: lo ideal frente a lo real.
Adán, Eva y el Pecado Original en un capitel románico 

Ligado directamente a este aspecto, y teniendo en cuenta que la virtud más importante para la mujer es la castidad, la cuestión de la sexualidad es ampliamente tratada por el clero. Entorno a ella surgen distintos debates que siempre concluyen en el mismo punto de exigencia para la mujer: despojar al acto sexual de todo goce y disfrute para entenderlo como un deber conyugal, que tiene como objetivo la procreación. Es por tanto, sólo posible dentro del matrimonio y con el esposo, no estando permitida para la mujer, bajo pena de escarnio y muerte, las relaciones extramatrimoniales ni adúlteras. Lo que aún crea debate para los historiadores es si entre los matrimonios, y por tanto en la práctica sexual, existía o no el sentimiento de amor y si fuese así, qué sentido y dimensión tendría.


Si hacemos caso a los libros, el ideal de vida, de amor y de mujer era, como ya se ha visto, más idílica que real, en la que el Amor Cortés era el máximo exponente y la mujer la descrita en él: casta, prudente, trabajadora, honrada, callada y hermosa y sorprendentemente culta, capaz de entretener y sorprender a su caballero. No obstante, es posible encontrar diferencias entre las situaciones femeninas. Algunos historiadores apuntan que la edad es esencial a la hora de estudiar a las mujeres en esta etapa, ya que la sociedad exigía diferentes virtudes y comportamientos en cada momento de la vida.

Casagrande va más allá: en el mundo medieval infancia y adolescencia se unen en una sola etapa, la de la virginidad… es considerada una etapa transitoria, incompleta, preparatoria para la siguiente, que se caracteriza por la reproducción"

 Sexualidad medievalSi nos referimos al físico, como en los saberes y la literatura, se impone el modelo clásico: la figura femenina de las esculturas romana donde las mujeres poseen un vientre abultado y generosos pechos, símbolo de la fertilidad así como una figura algo redonda signo de su clase social. Además gusta la mujer de piel clara que no ha ennegrecido trabajando al sol, de cabellos rubios y rizados, limpios y cuidados. Si tenemos en cuenta las duras condiciones de vida y la casi inexistencia de cosméticos, podemos considerar que se impusieron unos cánones muy extremos, paralelos a la idealización que se hace del amor y de las relaciones de pareja. Posiblemente sea consecuencia de que es la visión que impusieron los hombres religiosos, lejos de la realidad, y por tanto, lejos de las mujeres reales de ese tiempo.


Desde el punto de vista social, podríamos hacer una triple diferenciación en cuanto a la posición de las mujeres en él: la mujer noble, la campesina y la monja. La primera de ellas era la única que podía gozar de grandes privilegios y la que, si fuese posible, podría alcanzar un mayor reconocimiento.
 

Era el centro del hogar donde se encargaba no sólo del cuidado de los hijos y su educación sino que también de la organización de los empleados que trabajasen para ellos, del control de la economía y en ausencia de su marido, bastante común en la época por las guerras o las cruzadas, o por quedar viuda, era la encargada, como administradora, de tomar las decisiones en sustitución de su marido. La realidad era, según algunos especialistas, que las necesidades que tenían en el del día a día nos permiten conocer ejemplos a través de documentos-diarios, contabilidades del hogar, permisos especiales, etc.- sobre ciertas mujeres que ejercían como lo hicieran sus maridos o que incluso podían llegar a alcanzar un gran poder social.
 

El día de la mujer noble podía llegar a ser agotador dependiendo de las posesiones que tuviese que dirigir, de sus empleados y del número de familia. De cualquiera de las formas, era un trabajo más complicado de lo que la literatura clásica ha dado a entender. No obstante, el dinero o el prestigio no hacía que estas mujeres fueran plenamente felices y es que se jugaba con ellas desde que eran utilizadas como moneda de cambio a través de las uniones matrimoniales, que servían para sellar pactos estratégicos o políticos, y así aumentar las posesiones de uno u otro hombre. A la mayor parte no se les permitía intervenir en política y, aunque eran las transmisoras de la dote, según la Legislación, no podían gozar de ella ni en su estado de casadas, solteras o viudas, porque pertenecían al padre, al esposo o al hijo.
 

Pero, sin lugar a dudas, era la mujer campesina medieval la que más duras condiciones de vida tuvo que soportar: dentro del hogar era la encargada de la cocina, de las ropas, de la limpieza, de la educación de los hijos, etc. Fuera de él debía ocuparse del ganado y del huerto, cuando no debía trabajar también en las tierras de cultivo. Si por el contrario la mujer residía en la ciudad, además de ocuparse de su familia y la casa, debía hacerlo del negocio familiar o ayudar a su marido en cualquiera de las actividades que éste llevase a cabo. Si ambos cobraban un salario, el de la mujer era notablemente menor, a pesar de que realizasen los mismos trabajos.

Este hecho es especialmente lacerante cuando la mujer es soltera o viuda y deja el hogar para trabajar, normalmente en el servicio doméstico- representa la mayoría-, en el hilado, o como lavandera o cocinera. Pero también lo hace, como decimos, en el campo como braceras o jornaleras.
 

Por último, la mujer que opta por dedicar a Dios su vida es una mujer que ha cometido pecados en su vida y quiere redimirse, o bien una segundona que ha visto cómo su dote se ha ido con una hermana mayor, o simplemente una mujer que ve el convento como salida a un casi seguro matrimonio pactado. Esta mujer ha sido la que más expectación ha generado en la historiografía, derivada de las particularidades de los conventos y la relativa libertad que se vivían dentro de ellos.
 

Un caso especial muy estudiado también, lo suponen las beguinas, mujeres que dedican su existencia a la religión pero que lejos de ingresar en un convento, mantienen su vida cotidiana fuera de éste. Estas mujeres pretendían tener un contacto inmediato con Dios, sin intermediación de la Iglesia, para establecer un diálogo directo con Él. Del mismo modo, se dedicaban a la defensa y el cuidado de los pobres, de los enfermos y los huérfanos, y a un campo poco común, el del conocimiento: traducían obras religiosas a lenguas comunes.

 Mujeres tocando instrumentos musicales en la Edad Media
La Educación es uno de esos campos en los que la mujer tiene cierto espacio en la Edad Media. Era ella, desde que la mayoría de la población es analfabeta, la encargada de transmitir la cultura y los conocimientos que poseía a los hijos y las hijas. Si nos referimos a las nobles, hoy en día sabemos que la mayoría de ellas sí cultivaron los saberes. Dominando la escritura y la lectura, aprendieron otras lenguas, se instruyeron en ciencias, y en música. Por el contrario, el acceso a la educación para las clases bajas fue mucho más complicado, especialmente en las zonas rurales.
 

De cualquier forma y a pesar de los conocimientos que tuviesen o su clase social, las instruían en la religión y las enseñaban a organizar un hogar. A las niñas plebeyas las iniciarán en la costura, el hilado y las tareas del huerto y el ganado y si tenían un negocio familiar, a las labores que debían desempeñar. A las nobles se las mostraba cómo dirigir al servicio así como buenos modales y el saber estar.

Las monjas eran las más afortunadas entre todas las mujeres si a la educación nos referimos ya que podían llegar incluso a conocer el latín y el griego y por tanto a leer y escribir. A pesar de que no era lo común, hoy en día sabemos de mujeres que retando a su tiempo, escribieron desde los conventos: Hildegarda de Bingen o Gertrudis de Helfta. Debieron enfrentarse a un cuestionamiento ya que se consideraban sin rigor por el simple hecho de ser mujeres.

Se las consideraba también con menor inteligencia, menos capacidades: las prescripciones o normas que debían seguir las mujeres, independientemente de su edad o clase social, se regían por libros de los monasterios o de la Antigüedad. Destacan las obras de fisiología que argumentaban que la diferencia entre sexos era una cuestión biológica: a las mujeres les atribuían unos humores fríos y húmedos, mientras que a los hombres se les consideraba calientes y secos, la perfección y medida de todas las cosas.

La naturaleza de las mujeres les hacía no sólo ser más débiles en los aspectos morales, sino también en los físicos, porque podía ser causante de todas sus enfermedades, entre ellas la menstruación -que no era sino todo aquello demoniaco que la mujer expulsaba por la vagina-.
Mujer medieval curando a un hombre


Estos tratados fisiológicos, junto con otros escritos sobre moral y costumbres, así como una regulación jurídica muy negativa para la mujer, hicieron de la Edad Medía, en su mayoría, una etapa oscura, de austeridad y de prohibiciones para la mujer, en la que su comportamiento estuvo medido por la institución de la Iglesia como único garante del buen orden social y vigilado por los maridos como ejecutores de las normas. Pero también hubo luces.


En la actualidad se han multiplicado los estudios sobre esta época y sabemos gracias al trabajo de muchas historiadoras, de grandes mujeres que retaron a su tiempo o de actividades en las que la mujer era el centro. Una de ellas era la medicina familiar de la que las mujeres, especialmente aquellas rurales, tenían un conocimiento de las plantas y los remedios que podían utilizarse para curar las enfermedades.
Chistine de Pisan, una de las mujeres intelectuales más famosas de la Edad Media
Es por tanto una etapa de luz y de sombras, de pasos hacia delante y hacia atrás donde, desgraciadamente, la posición de la mujer fue de inferioridad pero donde, las mujeres buscaban huecos, agujeros por los que salir.



(Autora del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:

Ana Molina Reguilón

miércoles, 8 de agosto de 2012

Historia crisol 3 culturas. La moniria islamica de los reinos cristianos medievales: moros, sarracenos, m´´udejares

LA MINORÍA ISLÁMICA DE LOS REINOS CRISTIANOS MEDIEVALES: MOROS, SARRACENOS, MUDÉJARES


La existencia de mezquitas en todo el territorio cristiano era un derecho reconocido en todos los pactos de capitulaciones


Autor: Carmen Peres Callejón - Fuente: Webislam

 Bautismo forzado de moriscos

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Bautismo forzado de moriscosRecomendamos esta obra. Es el adelanto de una amplia tesis doctoral, que en un esfuerzo de divulgación, nos ofrece resumida Ana Echevarría Arsuaga, Profesora de Historia Medieval en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, en la Editorial Sarriá, puesta a disposición del público recientemente, en noviembre del 2004.

Esta tesis doctoral introduce un giro de 180 grados en la comprensión de lo que realmente fue nuestra Historia medieval, respecto a su población, por encima y por debajo de las batallitas.

La línea de investigación que sigue la Profesora Echevarría es la siguiente: No hubo expulsiones hasta 1610. Hubo protección en lo cotidiano por parte de los reyes cristianos, tanto en Castilla, como en Aragón, como en el reino de Navarra, como en Portugal, como en el reino de Valencia. Hubo acomodación de unos grupos a otros, porque así interesaba a la economía. Hubo convivencia pacífica entre la población. El motor que impulsó las conquistas de Castilla y de lo demás reinos, fue un motor económico. Les interesaba la paz y concordia en el pueblo para no sufrir desgastes inútiles. No hubo nunca un móvil de "cruzada". No; no hubo tal en el pensamiento, ni en los objetivos de un reino o territorio interior, como era Castilla, que trataba de expandirse, porque siempre hay quien desea el predominio por encima y a costa de los demás. Esos reinos cristianos se defendían y luchaban entre ellos mismos, tanto como luchaban contra los reyes musulmanes, por intereses políticos y de ocupación de territorios. Habría que recurrir a hablar de "las parias", para entender todo este entramado. Lo mismo te encuentras con un rey musulmán haciendo alianza con un rey castellano, portugués o valenciano para defenderse del rey vecino, también musulmán, como te encuentras con un rey cristiano aliándose con un monarca musulmán por el mismo motivo: buscar apoya en estas alianzas, ya fuera para protegerse contra un rey cristiano, o contra un rey musulmán. Es un aspecto de nuestra Historia del que conocemos muy poco, a pesar de condensar en si nuestra verdadera historia.

Se favoreció una lenta asimilación de lenguas, religiones, usos, costumbres y leyes, por sentido práctico del que gobierna, que cree hacerlo mejor si simplifica. Pero esta lenta asimilación y el lento recrudecimiento de órdenes impositivas para lograr esa uniformidad, en el gobierno de las minorías, tanto islámica como hebrea, duró siglos. Esta es la tesis que defiende la Profesora Echevarría .

María jesús Viguera Molins, catedrática de Árabe en la Universidad Complutense prologa esta obra y empieza con estas palabras: "La síntesis, en relación con los diversos temas de investigación, deberían producirse de forma continuada y regular, permitiendo extractar los avances y logros que se acumulan, y ofreciendo los resultados más o menos concluidos y las perspectivas abiertas sobre los estados de las cuestiones. Claro está que este tipo de composiciones requieren esfuerzo y dedicación..."

No podemos seguir en el estancamiento histórico que sufrimos desde hace siglos, por falta de divulgación de estos trabajos. Es verdad que hay mucho investigado, pero también es verdad que las tesis doctorales, que cuestan años de carrera y mucho dispendio económico, quedan condenadas a envejecer sin asomarse a la divulgación.

La Profesora Echevarría acomete el esfuerzo de resumir su tesis doctoral y editarla para el gran público. Yo, a mi vez, emprendo con gusto el trabajo de presentar, en grandes líneas esta obra, recomendando su lectura completa. Nos aclara tantos interrogantes previos, que ya teníamos establecidos, sin encontrar respuestas serias y fiables. Por ejemplo: Cuando se lee, nada menos que en Pragmática Real del 6 de octubre de 1572, que no admite enmienda, ni tachadura, ni manipulación posible, que a los pobladores del antiguo Reino de Granada, que no es sólo Granada, sino Jaén, Granada, Málaga y Almería, es decir media Andalucía, Felipe II les dice que: "Otrosi prohibimos y defendemos, que los dichos Moriscos no pueden tener ni leer libros ni otras escrituras en lengua Arábiga, y que los que de presente tuvieren, los presenten dentro de treinta días ante la justicia del lugar en que cada uno viviere y que si entre ellos hubiere algunas escrituras tocantes a su hacienda, se traduzcan en lengua Castellana, y así traducidas en forma auténtica, se las entreguen, si pareciere ser necesario para prosecución de su justicia y derecho...." (La trascripción a nuestra escritura actual es mía)

Ante documentos como éste no es posible poner en duda que hasta casi finales del siglo XVI hubo moriscos en la Península, conservando su lengua y costumbres, y que cuando anteriormente, en 1571 el Rey destierra a lo que se habían sublevado en el Albaycín y en las Alpujarras dice: "mandamos sacar del dicho reino de Granada a todos los moriscos con sus hijos y mujeres y llevarlos a otras partes y lugares de estos nuestros reinos." los destierra dentro del territorio peninsular, pero no los expulsa. Es de todos sabido, que la Pragmática de Expulsión de la Península de los Moriscos, entra en vigor en 1610 y que empieza a cumplirse, muy lenta e imperfectamente, durando, dicen los historiadores, hasta 1640. A este respecto vean la gran obra del arabista francés LOUIS CARDILLAC, "Moriscos y Cristianos, 1492-1640", publicada en Fondo de Cultura Económica, en 1977. Estos son datos claves, que no está mal recordar, para que la tesis de Echevarría no nos coja sin saber dónde estamos.

La que fue mi gran amiga Elena Pezzi publicó en 1991 un magnífico trabajo sobre "Los Moriscos que no se fueron", en Edt. Cajal-Almería, que también recomiendo. Pero, a pesar de ser muy interesantes estos temas, no tienen nada que ver con el trabajo que nos presenta Ana Echevarría Arsuaga. Y entramos ya, después de este preámbulo, en el asunto de cómo vivían las minorías musulmanes en tierras regidas por reyes cristianos hasta bien entrado el siglo XVI. Por claridad y simplicidad de esta exposición, voy a respetar el orden que la autora ha establecido para este trabajo, siguiendo la misma división, que ella tiene establecida.

I - Pervivencia de moros, sarracenos y mudéjares en los reinos cristianos desde el siglo XI, que comienza el avance de los reinos cristianos, hasta el siglo XVI. En Castilla, Navarra y Portugal se les llamó moros, en la Corona de Aragón, que se extendía hasta pasados los Pirineos, las islas de Córcega y Cerdeña y Nápoles eran los sarracenos y son mudéjares a partir de la caída del Reino de Granada.

Hasta dos años antes de su muerte, es decir, en 1502 no recomienda la Reina Isabel la conversión al cristianismo de los castellanos musulmanes, si querían permanecer en Castilla y conservar sus posesiones. En Aragón, el Rey Fernando promulga la misma orden de cristianización de sus súbditos musulmanes en 1512, cuatro años antes de su muerte, y en Navarra sólo se impone esta cristianización obligatoria de los moriscos navarros en 1515 un año antes de la muerte del rey Fernando, cuando Navarra capitula ante Castilla y Aragón y pasa a formar parte de este reino, eso sí, conservando todos sus privilegios de organización interna, que llegan hasta nuestros días, con sus Fueros.

La pregunta sería, ¿ por qué los Reyes Católicos dan estas órdenes de bautizo forzoso, a sus súbditos, casi llegando al filo de su muerte? Nunca había constituido un problema de Estado la religión de sus súbitos ¿ Por qué casi al final de sus reinados sí lo es? ¿Estaban previniendo ya la llegada al trono de su nieto Carlos, el nacido en Gante, el separado de su madre y su entorno castellano, desde su más tierna infancia, para ser educado por su abuelo Maximiliano de Austria, de tal manera que el príncipe Carlos desconocía hasta su lengua materna? Carlos I ocupa el trono de España en 1517 y una de las primeras determinaciones que toma, por Carta Pragmática, es prohibir a los musulmanes del antiguo reino de Granada, hablar en árabe, vestir a estilo moro, seguir en su religión, tener libros escritos en árabe, etc. Esta población, que hasta entonces había sido respetada en sus creencias y costumbres, se dirigen al Rey. Aún no había sido coronado emperador de Alemania, y sin oponerse a sus órdenes, le ruegan se conceda a la población una prórroga de 40 años para dejar de hablar su lengua y aprender otra, dejar sus costumbres, aprender las bases de la nueva religión, que se les imponía; que en Castilla, o en Valencia, o en Aragón, o en el Reino de Navarra, les fue fácil irse adaptando, porque habían vivido por siglos en medio de una mayoría cristiana y rodeados de otras costumbres, pero que aquí, en el Reino de Granada, eran todos musulmanes desde hacía 8 siglos y les faltaba ese período de asimilación, que habían vivido el resto de musulmanes en la Pernínsula.

El rey Carlos les concedió ese período de 40 años de lenta pérdida de identidad, a cambio de fuertes tributos, que son los que le permitieron costear los gastos de su coronación como emperador en Alemania.

A los 40 años, cumplido el período de esta concesión, su hijo el rey Felipe II proclama la Pragmática, que ya hemos mencionado, porque, realmente la población musulmana del reino de Granda había puesto muy poco empeño en cambiar de lengua, de religión y de costumbres.

Una de las mayores falacias que nos han enseñado es que en 1492 salieron los últimos musulmanes de España y aquí y entonces acabó todo.

II – El gran aporte mudéjar del siglo XIII

"Durante el siglo XIII se produjo el auge del mudejarismo en los reinos peninsulares, que mantenían frontera con el Islam."

Señala aquí la Profesora Echevarría, que el mudejarismo, vinculado al avance cristiano del siglo XI, en vez de disminuir, va incrementando su extensión e importancia social a medida que crecen los territorios cristianos. Recibiendo en este siglo "de forma global su carta de privilegios, una carta de seguro que pretendía, ante todo, evitar el éxodo en masa de la población," hacia los reinos musulmanes del sur. En esta carta de privilegios "se garantizaba la tolerancia religiosa, la elección de sus jueces, la posibilidad de seguir manteniendo a las autoridades de sus aljamas, todo ello a cambio de unos impuestos anuales y ciertas prestaciones de trabajo en las viñas reales, así como la venta del aceite..."

La Profesora Echevarría sigue aportando datos concretos, sobre estos privilegios, reino por reino cristiano, e incluso región por región y pueblo por pueblo, llegando a decirnos que "en algunos territorios de la corona de Aragón se respetó a ciertos poderosos señores musulmanes una serie de territorios , que quedaron constituidos en reinos fronterizos bajo su autoridad... De esa manera los musulmanes seguían teniendo un rey o señor musulmán, encargado de responder ante el monarca cristiano. En Castilla, estos señoríos mudéjares fueron concebidos como reinos... Incluso, en algunos territorios, los cristianos quedaron en franca minoría frente a los musulmanes."

Debo sacrificar una serie de datos interesantísimos, a este respecto, en beneficio de esta somera síntesis, que tiene por objeto únicamente, llamar la atención sobre este singular trabajo tan bien documentado, y que sitúa toda nuestra Historia en otra perspectiva, mucho más creible.

III – La organización de la comunidad: la aljama

Un extensísimo capítulo que va de la página 61 a la 100, ocupándose de todo lo que suponga organización de una sociedad o grupo, de forma suficientemente pormenorizada.

La Carta de Privilegios concedida en todos los reinos a súbditos musulmanes, les permite, tanto como les obliga a organizarse como un microcosmos en medio de la sociedad cristiana.

Nos habla, la autora, desde cómo se elegían los cargos rectores del grupo, de sus reuniones, que se tenían en las mezquitas, en la plaza del pueblo, en una iglesia o en un lugar cristiano, junto con el concejo judío. De sus jueces o cadíes, considerados delegados del Profeta, que "representaban una conexión directa con el mundo islámico, y mantenían la misma mezcla de poderes judiciales, administrativos y religiosos que las autoridades de territorio islámico."

Privilegio muy importante, como frontera de su identidad es el de poder conservar el árabe en su forma hablada y escrita. A este respecto nos dice la Profesora Echevarría "que en unos casos se perdió el árabe, para intentar diluirse más en la sociedad cristiana de acogida; y en otros a la inversa, se mantuvo la lengua y la escritura como forma de resistencia a la dominación cultural."

Va matizando la autora el aspecto del uso del lenguaje hablado y escrito hasta llegar a señalarnos cómo en el último siglo de mudejarismo, es decir hacia el siglo XVI aparece el aljamiado, que no es una forma de habla, como se oye por ahí decir, sino una forma de escribir: con grafía árabe, pero con vocablos romances contaminados de arabismos, lo cual supone ya el dominio de ambas lenguas. Este sistema de escritura vedaba la comprensión de ciertos textos o escritos a los que no pertenecían a la aljama, porque solían ser textos religiosos.
 

IV - La morería urbana y la alquería rural


Se ocupa, de forma muy detallada, de los núcleos urbanos de población musulmana, en sus diferentes formas de convivencia establecida a lo largo de toda la Edad Media. Lo habitual desde el siglo XI fue que la morería se estableciera a las afueras, o arrabales de las ciudades, cuando eran conquistadas, con murallas que delimitaban el arrabal de la ciudad. Según avanzamos , vemos que en siglo XV estos barrios periféricos, tanto musulmanes como judíos quedan dentro de las ciudades, por el avance de las conquistas.

No les interesaba a los reyes cristianos el despoblamiento, que se producía, en algunos lugares fronterizos, al emigrar la población a territorios musulmanes, aún no conquistados. Esto les empobrecía económicamente y demográficamente, fortaleciendo, por el contrario el reino musulmán vecino. No pierdan de vista que estamos hablando de un larguísimo período, que va del siglo XI al XVI

Recurrimos a la Dra. Echevarría, para sintetizar: "Gracias a las investigaciones recientes de numerosos especialistas, estamos en disposición de afirmar que la reclusión general en morerías en Castilla no se impuso hasta la década de 1480, aunque hubo legislación en favor de este desplazamiento de población desde el siglo XIII. Durante el siglo XIII se documenta la existencia de musulmanes viviendo en casi todos los barrios de las ciudades castellanas, los intentos infructuosos de los concejos de agruparlos, la existencia de tiendas propiedad de mudéjares fuera de los recintos destinados a ellos...." El intento, pues, es de agruparlos, no de absorberlos.

La existencia de mezquitas en todo el territorio cristiano era un derecho reconocido en todos los pactos de capitulaciones, e incluso se gozaba del derecho de construir nuevas mezquitas en los nuevos barrios.

Las madrazas, los baños al estilo moro, no romano, eran edificados incluso dentro de edificios cristianos, como es el caso del baño mudéjar del Palacio real d Tordesillas.

Oficios trabajos y profesiones al estilo mudéjar fueron sabiamente conservados y alentados, porque eran los mudéjares, moros o sarracenos los que mejor sabían desempeñarlos.Y estando, como estaban, estos reinos cristianos, en constantes luchas de unos contra otros, "...fue la faceta de fabricantes de armas la que más interesó a los monarcas, sobre todo en Navarra. Allí los mudéjares parece que ostentaron un verdadero monopolio en la factura de lanzas, corazas, ballestas, flechas, hachas, y cotas de malla, con destino principalmente a las guerras contra Francia. Los maestros moros de Tudela llegaron a acompañar al rey en sus reales de Normandía. En Aragón destacan los ballesteros de la morería de Huesca......durante la guerra contra Juana la Beltraneja, Isabel I pediría que le enviasen al ingeniero Mohamed al cerco de la ciudad de Toro". Se ocupa después la autora de los diferentes trabajos y oficios desempeñados por los moros o sarracenos, desde los mas bajos a los más altos, tal es el caso de los destinados "al servicio de la casa de los reyes, para el mantenimiento de los palacios y castillos, se encontraban los maestros de obras de los reales alcázares de Toledo, Segovia y Madrid... En 1446 se da de alta al Farax al-Çadafe, alcalde mayor de los moros y maestro mayor de las obras de Toledo, según las nóminas de la Corte de Enrique IV conocidas como "raciones moriscas."

Concluiremos esta breve presentación de la obra con una pincelada de lo ocurrido en el Reino de Navarra, último que se somete a Fernando el Católico el 9 de septiembre de 1512 pero, "consiguió el compromiso real, a petición de la aljama de moros de Tudela, de respetar los fueros y privilegios de la ciudad y la morería. Sin embargo, cuando se hicieron extensivas las leyes y pragmáticas de Castilla a Navarra en las Cortes de 1515, se aplicó la pragmática de conversión forzosa de 1502. Al parecer , a los mudéjares navarros se les dio un mes para partir, pero se conservan registros de ventas de bienes hasta 1516..."

Carmen Peres Callejón es Presidenta de la "Fundación Garnata-Medievo Escrito Andalusí"