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jueves, 30 de agosto de 2018

IBN HAFSUN



Rebelde muladí. Umar b. Hafsun. Turriyilla (Málaga), c. 846-Bobastro, Ardales, (Málaga), 1-II-918. Rebelde muladí contra el emirato de Córdoba. Se trata del más importante de los rebeldes andalusíes contra el emirato de Córdoba, que llegó a enfrentarse con cuatro de ellos desde el inicio de su revuelta en el año 878 hasta su rendición en 916 a Abderramán III.
Esa importancia se refleja en la relativamente abundante información que suministran las fuentes árabes sobre este personaje, si bien algunas noticias han sido puestas en duda por determinados historiadores, al igual que han permitido contradictorias interpretaciones en la historiografía desde el s. XIX.
Entre estas, se encuentran las que lo consideran un héroe nacional, caudillo de la raza española en lucha contra los árabes invasores, hasta las que lo entienden como un bandido con éxito depredador de las clases menesterosas, mientras que últimamente se considera como un ejemplo de la crisis que sufrieron los herederos del protofeudalismo visigodo ante la consolidación del estado islámico.
Según esas fuentes, el origen de su familia se remonta a un comes de época visigoda, un tal Alfonsus, asentado en la zona de la serranía de Ronda, del que se transmite su descendencia directa hasta el biografiado. Se informa también que un miembro de esa genealogía, Ya´far, se islamizó, al añadirle el apodo al Islam, y se trasladó a la zona de los montes de Málaga en tiempos del emir al Hakam I, apareciendo ya el resto de sus descendientes con onomástica árabe.
Otro cambio en la onomástica tuvo lugar con el padre de Umar, Hafs, del que se dice que, ya en el nuevo asentamiento de la familia, se engrandeció, por lo que pasó a denominarse Hafsun, si bien no se tiene constancia clara de en qué consistió ese engrandecimiento, pues las fuentes tan solo aluden a que construyó una iglesia en una almunia que poseía, aunque la familia si debía ostentar un cierto control sobre los hombres, pues en el inicio de la rebeldía de Ibn Hafsun, su tío Mutahir le cedió cuarenta jóvenes, operación que volvió a repetir tras el abandono del ejército cordobés y la instalación definitiva de Umar en Bobastro.
En esta zona tuvo lugar el nacimiento de Ibn Hafsun en la aldea de Turriyilla (Torrecilla), topónimo que alude a una posible residencia aristocrática, cerca de la fortaleza de Awta, que se ha querido identificar con el actual cortijo de Auta (término municipal de Ríogordo, Málaga).
Los primeros datos de su biografía se asemejan a un relato novelesco, pues huido de la justicia por haber asesinado a un convecino, se refugió en lo que será luego el centro de su rebelión, Bobastro, si bien, en busca de mayor seguridad, se trasladó a Tahart, capital de Estado Rustami, en la actual Argelia, donde permaneció un tiempo oculto, hasta que decidió volver al territorio originario debido a la doble coyuntura del temor a ser reconocido y entregado a la justicia y a un relato premonitorio del éxito como rebelde en al Andalus.
La vuelta se produjo en 878, iniciando la rebelión con los jóvenes cedidos por su tío en Bobastro, donde se rodeó de sospechosos y malvados a los que ataría con la promesa del botín, según las fuentes, con los cuales consiguió los primeros objetivos, la ocupación de las fortalezas de AwtaComares y Mijas, en las proximidades.
El inicio de la rebelión coincidió con la revuelta generalizada que se estaba dando en todo el territorio de al Andalus, en la que participaron grupos sociales de los más diverso, como tribus beréberes, importantes linajes árabes y poblaciones autóctonas, tanto cristianas como mozárabes, musulmanas o muladíes, entre los que se encuentra Ibn Hafsun.
El punto en común de esos diversos grupos era su oposición al reforzamiento del estado emiral cordobés, en especial tras las reformas introducidas por Abderramán II, entre las cuales se encontraba una fiscalidad novedosa y homogénea, basada en el Derecho islámico, y que puso fin a los privilegios de diverso tipo que venían gozando desde el momento de la conquista y la instalación de los musulmanes en la Península. 
La diversidad de grupos en liza se manifestó en una multitud de revueltas que, en su momento más álgido, finales del s. IX, tuvieron como consecuencia que el estado emiral solo controlase la ciudad de Córdoba y sus inmediaciones, lo que se tradujo a su vez en la casi desaparición de las acuñaciones monetarias y con ello los ingresos fiscales.
Pero pese a la generalización de las revueltas por todo el territorio, no se observaron uniones o actuaciones conjuntas que obedecieran a motivos étnicos, o religiosos, aunque si se dieron alianzas entre los elementos más diversos, bien duraderas o coyunturales, al igual que enfrentamientos entre unos grupos y otros. En lo que se puede constatar, para el caso de los muladíes, en la evolución de la revuelta de Umar b. Hafsun.
Su primera etapa como rebelde saqueador de caminos y consecución de botín de las poblaciones de los alrededores tuvo su final cuando fue derrotado en 883 por el general del ejército emiral Hashim b. Abd al Aziz, quien le ofreció el perdón a cambio de trasladarse a Córdoba con su gente y alistarse como mercenario en el ejército emiral.
Era esta una práctica que tenía antecedentes en la política del emirato, con el fin de integrar a través del ejército a importantes linajes muladíes, como había sucedido con el rebelde de Mérida Ibn Marwan al-Yilliqi, aunque sin éxito, al igual que sucederá con Ibn Hafsun, pese a haberse distinguido militarmente frente a Pancorbo y contar con el patrocinio del general aludido, pero las diferencias con un oficial del palacio tuvieron como consecuencia el abandono del ejército y su vuelta a Bobastro, para seguir con la rebelión en 885.
En esta nueva etapa, amplió algo más su radio de acción, consiguiendo apoderarse de la vecina ciudad de Archidona y de las fortalezas-refugio que se encontraban entre él y la costa, lo que consiguió, según las fuentes, atrayéndose a la gente por el lado de la concordia.
Dichas fortalezas-refugio respondían a un fenómeno generalizado en todo el Mediterráneo occidental de minúsculos establecimientos campesinos en lo alto de los montes, cuya principal defensa consistía en su ubicación, que comenzaron a implantarse en la Península en la época visigoda y se incrementaron a raíz de la conquista islámica.
Pese a la ausencia de violencia en la ocupación, la situación de rebeldía aumentaba prestando ayuda a los rebeldes árabes Banu Rifa de Alhama de Granada, por lo que se van a repetir los ataques del ejército contra el territorio de Ibn Hafsun, llegando el emir al Mundir a retomar Archidona y a poner cerco a su centro de Bobastro, si bien la muerte del emir en el asedio el año 888 impidió si propósito.
Con el nuevo emir Abdállah, se dio un nuevo intento de atracción, nombrado a Ibn Hafsun cogobernador de la kura (provincia) de Málaga, al igual que hará con el jefe de los árabes rebelados de Elvira (Granada), en clara muestra de debilidad del emirato. Fue la ocasión que aprovechó Ibn Hafsun, tras deshacerse del cogobernador árabe, para conquistar toda la kura, ahora mediante operaciones militares, e iniciar la expansión de su sistema, por muy diversos medios.
Así, atacó a otros rebeldes menores de la zona de Algeciras y Sidonia, aceptando algunos de ellos su autoridad, se alió con los beréberes Banu Jali del occidente malagueño, y consiguió también la alianza de los más importantes linajes muladíes, como Ibn Mastana de la sub-bética cordobesa, e Ibn al Saliya y los Banu Habil en el territorio jienense.
Con ellos consiguió expandirse por el valle del Guadalquivir, es especial desde la plaza fuerte de Poley (Aguilar de la Frontera), conquistando lugares como Écija, Baena, Lucena y llegando con sus algaras hasta la campiña cordobesa y las inmediaciones de la ciudad, donde se atrevió a atacar la tienda de campaña del emir Abdállah, saliendo derrotado en esta ocasión.
También con sus aliados jienenses consiguió conquistar la capital, Jaén, mientras que en Elvira (Granada), donde los habitantes muladíes de la ciudad se enfrentaban a los árabes rebeldes del territorio, obtuvo por un tiempo la ciudad, gracias al apoyo de un sector de sus habitantes, contrarios al perecer de la mayoría.
Dicha expansión se llevó a cabo indiscriminadamente sobre todo tipo de poblaciones de diverso origen y confesionalidad, mediante el uso de la fuerza, de la que existen relatos de especial crueldad, como el sufrido por los pobladores de Baena tras su artera conquista.
Pero la expansión se acompañó de transformaciones en el sistema, pues de una primera fase de bandolerismo y saqueo que implicaba la rebeldía, se pasó a la usurpación de los impuestos ordinarios y, en ocasiones, a imponer multas y requisiciones excesivas, según los cronistas, como en los casos de Jaén y Elvira.
Ello se hizo necesario ante la concentración de población militarizada y jerarquizada en Bobastro, que se transformó en una enorme fortaleza, con alcázares, arrabales, mezquitas e iglesias, modelo de plaza fuerte que se reprodujo en el territorio donde se ubicaban los dependientes de b. Hafsun en fastuosos palacios y admirables mansiones.
Las fuentes expresan claramente la jerarquización de los dependientes de Ibn Hafsun, situándose a su cabeza los propios hijos del rebelde, pero destacándose de entre los dependientes los importantes y notables, un número limitado de personajes, entre los que se encontraban un obispo, mercenarios, rebeldes menores englobados, y algunos que lo consiguieron por méritos militares en una especie de promoción interna.
Para mantener este complejo sistema, se buscaron legitimidades y alianzas externas, como el intento de ser reconocido por el califa abbasí a través de los príncipes aglabíes de al Qayrawan, contactos con un príncipe Idrisí de Marruecos, o, dentro de la Península, la búsqueda de apoyos, sin éxito, del gran linaje muladí de los Banu Qasi del valle del Ebro, o del propio Alfonso III de Asturias, aunque si conseguiría la alianza y el apoyo con hombres y dinero de los Banu Hayyay, árabes rebeldes de Sevilla, al igual que reconoció al recién proclamado califato fatimí en Túnez en el año 910, por lo que en la mezquitas de Bobastro se dictaron prédicas si´íes, y ello pese a que desde el año 899 Umar b. Hafsun había renegado del Islam y adoptado el cristianismo de sus ancestros.
Sin embargo, las alianzas y legitimidades no iban a permitir la expansión de b. Hafsun, quien sufrió una estrepitosa derrota en Poley ante el ejército emiral en el año 891, advirtiéndose con el cambio de siglo un giro en la situación, ahora favorable para el estado cordobés, e iniciándose con la llegada al poder del emir Abderramán III en 912, una lucha sistemática contra todo tipo de rebeldes.
En efecto, recién llegado al poder organizó las campañas sucesivas de Algeciras, con las que obtuvo todo el territorio gaditano, y la llamada de Monteleón, en la que consiguió la rendición de los rebeldes muladíes de la zona de Jaén y de los árabes de Elvira, con lo que el territorio de Ibn Hafsun quedó aislado de sus más importantes aliados.
En los años siguientes se inició el cerco de Bobastro con la construcción de varias fortalezas a su alrededor, lo que trajo consigo la división de sus ocupantes, apareciendo una sección partidaria de pedir la paz encabezada por el obispo Ibn Masqim, quienes consiguieron convencer a Ibn Hafsun, el cual envió cartas en tal sentido al emir, asentándose las paces en el año 916, situación que se mantuvo hasta que murió en total lealtad y rectitud, al decir de las fuentes, dos años después, lealtad que se manifestó al combatir con el ejército emiral a su propio hijo Sulayman, rebelde en la fortaleza de Úbeda.
El pacto fue bastante generoso, pues, además de los intercambios de regalos en los que se mostró la munificencia del emir, este le permitió la conservación con carácter hereditario, de un total de ciento sesenta y dos fortalezas de su territorio.
Sin embargo, los hijos de Ibn Hafsun mantuvieron la rebeldía en Bobastro durante diez años más, donde se sucedieron en un ambiente de rivalidades cada vez más enrarecido, hasta la rendición final del último de ellos, Hafs, ante el Ejército sitiador en 928, poniendo fin a la más importante revuelta contra el emirato de treinta años de duración.
Ese mismo año Abderramán III se presentó en Bobastro y, tras mandar destruir las fortificaciones y la mezquita mayor, porque en ella se habían lanzado proclamas si´íes, ordenó abrir las sepulturas de Umar y de su hijo Yafar, decidiendo exhumar los cadáveres al observar que estaban enterrados según el rito cristiano, y trasladarlos a Córdoba, donde fueron colocados en sendas cruces, hasta que una riada los hizo desaparecer.
Al año siguiente de la conquista de Bobastro, Abderramán III decidió autoproclamarse califa, adoptando el título que habían llevado sus antecesores en Oriente, y, si bien no se puede establecer una relación directa entre ambos hechos, puesto que la causa fundamental fue la rivalidad con el recién creado califato fatimí en el Magreb, la victoria sobre los hafsuníes significaba el inicio de la pacificación definitiva de al Andalus.
Esta se llevó a cabo mediante la combinación de dos procedimientos, pues, por una parte, los cabecillas de los rebeldes fueron ejecutados o llevados a Córdoba, como sucedió con el último de los hijos de Umar, mientras que al común de la población se le obligó a bajar al llano y vivir en las alquerías, tras la destrucción de la mayoría de las fortalezas en que se habían instalado durante la revuelta, iniciándose así el siglo más pacífico en la historia de al Andalus.
ACIÉN ALMANSA, Manuel, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXVI, págs. 790-793.

miércoles, 29 de agosto de 2018

ABDERRAMAN III, CALIFA DE AL-ÁNDALUS (891-961)


Abd al-Rahman o Abderramán III, Califa de al-Andalus (891-961).
Octavo emir de la dinastía Omeya independiente de Córdoba (912-929) y primer califa de Córdoba (929-961), nacido el 7 de enero del año 891 en Córdoba y muerto el 15 de octubre del año 961 en el palacio de Medina Azahara (Córdoba), en pleno apogeo de su fama y poderío, a la edad de setenta años y cuarenta y nueve de reinado. Se le conoció también como al-Nasir li-Din Allah ('el vencedor por la religión de Alá').
Sucedió a su abuelo Abd Allah (888-912) en uno de los momentos más críticos para el emirato. Afrontó con éxito las pretensiones independentistas de la levantisca nobleza andalusí, desarmó la amenaza externa proveniente del califato fatimí y frenó el avance territorial de los diferentes reinos cristianos del norte. Autoproclamado califa (929), favoreció la cohesión y la prosperidad de sus territorios con una prudente política administrativa. En materia religiosa, fue el gobernante cordobés más tolerante con la comunidad judía y cristiana y protegió el cultivo de todas las artes.
Ascenso al trono del emirato
Abd al-Rahman III era hijo del príncipe heredero Muhammad y de la princesa Íñiga, hija de Fortún el Tuerto, y nieto, por tanto, del rey navarro Iñigo Arista (820-852).
El emir Abd Allah nombró a su hijo Muhammad heredero al trono, pero éste fue brutalmente asesinado por su hermano al-Mutarrif, el cual a su vez fue muerto por el propio Abd Allah como represalia por tan execrable acto. El trágico fin del heredero obligó al emir a designar como sucesor a su nieto Abd al-Rahman, lo que postergaba a sus otros hijos a un papel secundario. El príncipe creció desde muy joven rodeado de los mejores maestros, además de ser instruido en los secretos de la política de Estado. Su abuelo le fue confiriendo paulatinamente cargos y asuntos de gran responsabilidad, hasta que, a la muerte de éste, Abd al-Rahman III heredó el trono del emirato sin oposición alguna, cuando ya contaba con una valiosa experiencia. El 16 de octubre del año 912, Abd al-Rahman III recibió la acostumbrada obediencia jurada por parte de sus tíos y otros miembros de la familia Omeya.
Guerras civiles: la obra unificadora de Abd al-Rahman III
Nada más subir al trono, Abd al-Rahman III se encontró con la ingente tarea de unificar un Estado con tremendas divisiones internas, amenazado desde el exterior por poderosos adversarios, situación que se agravaba por el continuo estado de conmoción en el que se hallaban todas las provincias del reino. Aunque Abd al-Rahman III heredó un puesto que nadie parecía querer, su primer objetivo fue emprender, lenta pero firmemente, la tarea de pacificar y unificar nuevamente todo al-Andalus bajo el poder de la dinastía Omeya.
Lo primero que hizo el joven emir fue determinar con qué alianzas y fidelidades contaba, para lo cual envió emisarios a todos los gobernadores pidiéndoles sus respectivos juramentos de lealtad, obteniendo pocas adhesiones y sí muchas negaciones. En vista de que la diplomacia no surtió efecto, Abd al-Rahman III utilizó la fuerza contra todos sus súbditos rebeldes; así, marchó en primer lugar hacia el sur, concretamente contra Sevilla, ciudad que se había independizado bajo la familia de los Banu Hachchach, y que fue rápidamente reconquistada, sin gran derramamiento de sangre a finales del año 915, así como un buen número de fortalezas de los alrededores.
El segundo objetivo Abd al-Rahman III, y el que más le costó sin duda alguna, fue detener las continuas correrías del muladí Omar Ibn Hafsun, el cual se había aprovechado de los caóticos años de gobierno de Abd Allah para sublevarse y gobernar como soberano efectivo gran parte de la Andalucía oriental desde su inexpugnable cuartel general de Bobastro. Abd al-Rahman III dirigió todos sus efectivos contra Ibn Hafsun, gracias a lo cual conquistó, en el año 913, primero Écija y después más de setenta plazas gracias a la campaña de Monteleón, todas ellas comprendidas en las provincias de Jaén, Granada y Málaga y la serranía de Ronda, con lo que limitó considerablemente el margen de acción del rebelde, el cual se vio obligado a permanecer en Bobastro sin posibilidad de moverse y privado de acceso al mar. Ibn Hafsun continuó su obstinada oposición contra Córdoba hasta su muerte en el año 917, circunstancia que favoreció los designios de Abd al-Rahman III. Sus cuatro hijos siguieron las tácticas de su padre, es decir, firmar un día la paz para romperla al día siguiente, pero todos ellos se mostraron incapaces de mantener la sublevación con la misma fortuna que su padre, lo que no evitó que lograsen sobrevivir doce años largos a los asedios constantes por parte de las tropas de Abd al-Rahman III. Por fin, en el año 928, el último hijo de Ibn Hafsun, Hafs, fue obligado a rendir Bobastro, último refugio seguro de la familia. Abd al-Rahman III visitó la fortaleza de Bobastro y destruyó todos los edificios emblemáticos del lugar, además de lo cual ordenó desenterrar los restos de Ibn Hafsun para exponerlos públicamente en Córdoba clavados en cruces.
La rendición de Bobastro proporcionó a Abd al-Rahman III un gran prestigio ante los ojos de sus enemigos, contra los que inmediatamente se lanzó con todas las fuerzas de que pudo disponer. Asegurada Sevilla y terminada la amenaza de los Hafsun, el emir cordobés se dirigió al primero de los focos independentistas que aún quedaban, Badajoz, ciudad que había gozado de una total independencia bajo el reinado de su abuelo por medio de la familia de los Banu Marwan, los cuales al ver el poderoso ejército con el que se presentó Abd al-Rahman III a las puertas de la ciudad no tuvieron más remedio que someterse a su autoridad y jurándole fidelidad en el año 930.
Un año antes, Abd al-Rahman III tomó la decisión política más significativa de su carrera: ordenar a todos los gobernadores que el título de amir al-muminin('príncipe de los creyentes') fuese empleado en todos los escritos oficiales dirigidos a él y que se le invocase en todas las oraciones como califa rasul-Allah ('sucesor del enviado de Alá'). También tomó el sobrenombre o apodo (laqah) de al-Nasir li-Din Allah. Las intenciones de semejante medida estaban bien claras: la institución califal abassí de Bagdad había entrado en franco declive, mientras que los fatimíes del norte de África empezaban a dar muestras de respetabilidad y poderío, debido a la institución califal. Abd al-Rahman III, con el propósito de contrarrestar la ambición fatimí y de reivindicar su papel de ortodoxo en el mundo islámico, decidió adoptar el título de califa.
El califato cordobés
Antes de poder dirigir su atención a los problemas fronterizos surgidos en la Marca Superior y el norte de África, Abd al-Rahman III sofocó los dos últimos focos independentistas de importancia en el interior: Toledo y Zaragoza. En la primera plaza, los métodos diplomáticos desplegados por el califa fracasaron, por lo que tuvo que organizar un largo asedio de más de dos años hasta que, faltos de alimentos, los toledanos acabaron por rendirse el 2 de agosto del año 932. En cuanto a Zaragoza, Abd al-Rahman III se tuvo que contentar con mantener una especie de semiprotectorado con el gobernador Muhammad el Tuerto, de la poderosa dinastía de los Tuyibí, acuerdo del todo punto necesario para ambas partes: mientras que el gobernador seguía manteniendo una posición de privilegio a la hora de gobernar la ciudad, con libertad absoluta, éste, a su vez, se comprometía ante el califa a parar todos los ataques cristianos al califato que provenieran desde sus fronteras y, sobre todo, a vigilar constantemente los movimientos de la familia muladí de los Banu Qasi, cada vez más debilitada pero todavía muy peligrosa por los intrincados lazos de consanguineidad que tenía con la alta nobleza navarra y catalana.
De regreso a Córdoba, Abd al-Rahman III logró hacerse con el control de las últimas ciudades y poblaciones reacias a su poder, tales como Beja y Ocosnoba, a la par que otro contingente de sus tropas hacía lo mismo con Sagunto y Játiva en el Levante peninsular.
A partir de ese momento, Abd al-Rahman III reintegró al dominio de Córdoba todos los territorios de la antigua al-Andalus, a excepción de algunos núcleos rebeldes de poca importancia en la Marca Superior, todos los cuales pagaban sus tributos con toda normalidad al Estado califal, el cual se convirtió en el más rico y poderoso de toda Europa occidental.
Enfrentamiento con los reinos cristianos peninsulares
Ocupado en la reconstrucción interna, los primeros años de su reinado se saldaron con resultados negativos en la guerra que sostuvo con los cristianos. El rey astur Ordoño II (914-924) conquistó en el año 913 la plaza de Évora, a la que literalmente arrasó, repitiendo un año después la misma operación contra el castillo de Alanje en Mérida. El monarca astur sembró el terror en toda la región del Algarve, ante lo cual bien poco pudo hacer Abd al-Rahman III. En el año 917, el emir cordobés mandó a su general Ibn Abi Abba a tierras leonesas para apoderarse de San Esteban de Gormaz, en el valle del Duero, con un pésimo resultado, pues la inmensa mayoría de sus soldados perecieron en el curso de una sangrienta batalla contra las huestes de Ordoño II el 4 de septiembre.
A partir del año 920, Abd al-Rahman III estuvo en mejor disposición para afrontar los ataques cristianos. Así pues, ese mismo año preparó a conciencia la famosa "campaña de Muez", que dirigió en persona para enfrentarse a una peligrosa alianza astur-navarra. La aceifa duró tres meses largos, y en ella conquistó Osma, San Esteban de Gormaz, las fortalezas de Carcar y Calahorra, aparte de vencer con contundencia a la alianza en la batalla de Valdejunquera el 26 de julio, gracias a la cual las tropas del emir penetraron en el corazón de las tierras navarras para saquear Pamplona. Años más tarde, como represalia a la ferocidad de los ataques navarros contra los últimos reductos de los Banu Qasi, Abd al-Rahman III volvió a saquear la misma ciudad, después de vencer en una batalla de ubicación incierta al rey navarro Sancho Garcés I (905-926), quien no tuvo más remedio que huir precipitadamente.
Tras un período de relativa calma en las fronteras, coincidente con los años de crisis sucesoria y política en el reino astur-leonés, la subida al trono del rey Ramiro II(930-950) trajo consigo la reanudación de las hostilidades entre ambos reinos. En el año 932, Ramiro II se apoderó de la ciudad fronteriza de Magerit (Madrid), apresamiento al que siguió una campaña triunfal en la que derrotó a las tropas cordobesas ante los muros de Osma. En el año 937, Ramiro II concertó una importante alianza con el rey navarro y con el gobernador musulmán de Zaragoza, Muhammad Ibn Hashim, nieto de el Tuerto. Al enterarse de la traición de su gobernador, Abd al-Rahman III se dirigió a toda prisa a Zaragoza. Tras pasarla por las armas, la ciudad acabó rindiéndose a Córdoba. Dos años después, el 1 de agosto del año 939, el califa sufrió el mayor descalabro militar en la desastrosa batalla de Simancas, donde los contingentes astur-leoneses de Ramiro II, los castellanos del conde Fernán González (930-970) y los navarros García Sánchez I (926-970) se cubrieron de gloria. Abd al-Rahman III salvó la vida de milagro al huir a uña de caballo, experiencia que hizo que ya nunca más dirigiera personalmente una aceifa. La estruendosa victoria fue aprovechada por leoneses y castellanos para repoblar la ribera del Tormes (Salamanca, Alba, Ledesma) y Sepúlveda.
La muerte de Ramiro II en el año 950 posibilitó a Abd al-Rahman III recuperar el papel hegemónico en la Península. Su sucesor, Ordoño III (950-956), fue vencido por una coalición de oficiales musulmanes en el año 956 y perdió más de diez mil hombres. El califa cordobés firmó con el monarca astur-leonés una paz ventajosa para Córdoba y bastante onerosa para León que su sucesor, Sancho el Craso (956-966) no reconoció, lo que obligó al califa a reanudar las luchas en el norte.
En el año 957, Sancho el Craso sufrió una severa derrota que le supuso la pérdida del trono en favor de Ordoño IV (957-960), yerno y hechura del poderoso conde castellano Fernán González. El destronamiento provocó una profunda escisión entre los partidarios de uno y otro bando que Abd al-Rahman III se apresuró a aprovechar en su favor para convertirse en el árbitro de las disputas. Sancho el Craso se refugió en Pamplona bajo la protección directa de su abuela, la reina Toda, y, ésta a su vez, pidió ayuda a Córdoba para reponer en el trono a su nieto. Ambas partes llegaron pronto a un acuerdo por el que el califa se comprometía a ayudar al destronado rey a recuperar su trono a cambio de varias plazas fronterizas de importante valor estratégico. En el año 960, el monarca astur-leonés recuperó el trono tras conquistar Zamora con la ayuda de las tropas cordobesas, mientras que los navarros apresaron al molesto conde castellano. El reino leonés pasó a convertirse en tributario del califato cordobés.
Política norteafricana
Abd al-Rahman III no tuvo más remedio que desarrollar una gran actividad política por todo el norte de África para asegurar la estabilidad y seguridad de al-Andalus, amenazada seriamente por la presencia en Marruecos del califato fatimí. Abd al-Rahman III utilizó una táctica tan atinada como audaz para atraerse hacia la órbita omeya a un buen número de partidarios con bastante antelación al único intento serio de los fatimíes contra al-Andalus, el saqueo de Almería, en el año 955, por las tropas del califa fatimí al-Muizz. Abd al-Rahman III ejerció sobre los príncipes idrisíes y tribus beréberes un protectorado conseguido y basado más en el empleo de dinero que en la intervención militar, lo que hizo posible que se apoderase de Cuta (927) y Tánger (951), las plazas marítimas más importante del litoral africano en el Estrecho. Finalmente, el califa fatimí inició, en el año 958, una gran ofensiva terrestre que arrebató todo el norte de África, excepto las dos plazas antes citadas, a la soberanía omeya, todo lo cual vino a amargar los últimos años del califa.
La sucesión al trono
Abd al-Rahman III designó como sucesor al trono a su hijo mayor, el príncipe al-Hakam II (961-976) cuando éste contaba sólo con ocho años de edad; éste recibió desde su más tierna infancia la mejor educación que entonces era posible dar a un príncipe de su categoría, y desde muy joven acompañó a su padre en varias expediciones de castigo contra los cristianos y a ocuparse de importantes asuntos del Estado, lo que le proporcionó una enorme experiencia y madurez cuando alcanzó el trono.
El segundo hijo de Abd al-Rahman III, el príncipe Abd Allah, nunca aceptó de buen grado el nombramiento de su hermano como sucesor, habida cuenta de las manifiestas inclinaciones de al-Hakam al mundo de la cultura y su poca inclinación a la política, mientras que él sí se encontraba a gusto guerreando en las continuas aceifas. Inducido por su preceptor, el ambicioso Ahmed Ibn Muhammad, Abd Allah montó una conjura palaciega para derribar a su padre y proclamarse califa, pero la conjura fue descubierta por los servicios de espionaje de Abd al-Rahman III, antes de que ésta se llevara a la práctica. Abd al-Rahman III, ante la evidencia de la trama, tomó la trágica decisión de mandar decapitar a su propio hijo, en junio del año 949, para proteger al Estado y la candidatura de al-Hakam.
Doce años después de los trágicos sucesos, imbuido por una profunda melancolía, falleció Abd al-Rahman III en su espléndida residencia palaciega de Medina Zahara, tras un dilatado reinado en el que, según sus propias palabras, tan sólo gozó de catorce días de descanso y felicidad.
Gobierno y administración
Una de las características principales de la administración del reinado de Abd al-Rahman III fue su gran movilidad. Los numerosos visires, supervisados en un principio por el hayib o chambelán (cargo introducido por Abd al-Rahman II) y sometidos en última instancia al control directo del califa, llevaban a cabo misiones muy parecidas a la de una especie de jefes de oficina, es decir, de secretarios superiores encargados de una función gubernativa muy concreta. Todos ellos eran renovados constantemente para evitar la concentración del poder y el establecimiento de molestas y peligrosas clientelas. En cuanto a la administración provincial, también mostraba el mismo dinamismo, con constantes nombramientos, traslados y revocaciones de los cargos.
Aún así, el funcionariado califal no dejó de estar en manos del casi monopolio constituido por el núcleo duro de poder omeya-qaisí, que acabó constituyendo la única baza de poder desde los primeros años de la constitución del emirato cordobés sobre los distintos gobernadores. Por otro lado, también es interesante observar la creciente importancia de la posición de los beréberes y el papel paulatinamente restringido de los muladíes.
El papel del ejército y del fisco
La política africana, las continuas expediciones contra los cristianos y las operaciones militares encaminadas al mantenimiento del orden interno que Abd al-Rahman III desplegó para mantener su autoridad necesitaban de un ejército eficaz cuyo coste, por fuerza, debía ser bastante elevado.
El soldado andalusí, financiado a partir de las pensiones recabadas del propio Tesoro Real o de los impuestos procedentes de las provincias, vio su papel progresivamente disminuido a causa del reclutamiento masivo de mercenarios y soldados provenientes del centro y norte de Europa. Éstos, dóciles al principio, llegaron a tener un importante papel en la corte y en los asuntos políticos posteriores de al-Andalus.
La garantía dada en varias ocasiones a los rebeldes que aceptaban la sumisión, por la que se les permitía sólo el pago de los impuestos coránicos, induce a pensar que la fiscalidad califal buscaba, como es lógico en todo Estado musulmán, paliar la insuficiencia crónica de ingresos imponiendo unos impuestos suplementarios mal aceptados por la población para hacer frente a la ingente maquinaria del Estado y al mantenimiento de los efectivos militares. Teniendo en cuenta que bajo el reinado de Abd al-Rahman III el fisco llegó a recaudar en concepto de impuestos la cantidad de 5 millones y medio de dinares (moneda musulmana de oro), es lógico pensar que el número de impuestos que pesaba sobre la población debía de ser bastante considerable. Por otro lado, las acuñaciones de moneda mantuvieron un ritmo constante durante gran parte de su reinado, sólo ralentizadas en los últimos años.
Valoración de su reinado
Hombre de grandes dotes intelectuales, Abd al-Rahman III se comportó en materia religiosa como el más tolerante de todos los príncipes omeyas cordobeses. Tanto los cristianos como los judíos gozaron de una vida tranquila y próspera. Poseyó a imprimió mejor que nadie el sentido exacto de la majestad califal, e impuso una rígida etiqueta protocolaria que le impedía presentarse muy a menudo ante el pueblo, lo cual hacía solamente en ocasiones muy especiales y siempre rodeado de un gran fasto y ostentación de poder, según un protocolo que se hacía más pomposo y teatral a medida que crecían las posibilidades económicas del Estado, lo que también trajo consigo un aumento en el gasto de construcciones públicas, civiles y religiosas, como lo atestiguan las creaciones y reconstrucciones de edificios: Dar al-Sikka (la ceca de Córdoba), el Dar al-Rawda (la casa del jardín florido dentro del Alcázar), la construcción de su soberbia residencia palaciega de Medina al-Zahara, la ampliación de la Mezquita Aljama de Córdoba, la construcción del arsenal de Tortosa y, por último, la puesta en marcha de una magnífica red de canales de riego que mejoró considerablemente la agricultura del califato. La corte de Abd al-Rahman III, servida por cerca de diez mil esclavos, sólo comparable a la del emperador bizantino, superó en magnificencia a todas las europeas.
Abd al-Rahman III puede ser perfectamente comparado con Abd al-Rahman I en tanto que, como él, partió de una situación caótica, estableció un reino sólido y firme que se ganó el respeto de cristianos, rebeldes, norteafricanos y bizantinos; forzó a los fatimíes a retirarse hacia el este hasta Egipto al fracasar éstos en su intento por dominar al-Magrib y, aún más, al-Andalus. Alabado por los poetas, la tradición musulmana le considera como uno de los más insignes gobernantes de la historia del Islam.
Bibliografía
  • CHEJNE, Anwar G. Historia de España musulmana. (Madrid: Ed. Cátedra. 1980).
  • GLICK, Thomas F. Cristianos y musulmanes en la España medieval (711-1250). (Madrid: Ed. Alianza Editorial. 1991).
  • GREUS, Jesús. Así vivían en al-Andalus: vida cotidiana. (Madrid: Ed. Anaya. 1991).
  • GUICHARD, Pierre. La España musulmana: al-Andalus omeya (siglos VIII-XI). (Madrid: Ed. Grupo 16. 1995).
  • ------------------------ al-Andalus: estructura antropológica de una sociedad islámica en occidente. (Granada: Ed. Universidad de Granada. 1985).
  • LEVI-PROVENÇAL, E. España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031). Volumen nº4 de Historia de España de Ramón Menéndez Pidal. (Madrid: Ed. Espasa-Calpe. 1982).
  • MARTÍN, José Luis. La Edad Media en España: el predominio musulmán. (Madrid: Ed. Anaya. 1989).
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Autor
  • Carlos Herraiz García
FUENTE. Texto extraido de www.mcnbiografias.com

jueves, 16 de agosto de 2018

AL-GHASAL, EL DIPLOMATICO ANDALUSÍ ENVIADO A NEGOCIAR CON LOS VIKINGOS TRAS EL SAQUEO DE SEVILLA, ¿AMIGOS O ENEMIGOS?


entre rubios
Al-Ghazal, el diplomático andalusí enviado a negociar con los vikingos tras el saqueo de Sevilla, ¿Amigos o enemigos?

El embajador era un tipo alto, bien parecido, inteligente y muy perspicaz. De Jaén, para más señas. Pese a tener cincuenta años, edad avanzada para aquellos tiempos, era capaz de montar a caballo y disparar con el arco mejor que muchos jóvenes. Además, su ingenio, sabiduría y pasión habían hecho de él uno de los mejores poetas de Córdoba. Años antes el emir Abderramán II, conociendo sus habilidades y destrezas, le envió a una misión similar ante el emperador bizantino Teófilo y fue tal su éxito que, para muchos, sentó las bases de las relaciones entre los dos extremos del Mediterráneo durante los cincuenta años siguientes. Poeta, sabio y gran embajador ¿quién mejor que él para conocer la lejana corte de los “madjus”, los paganos adoradores del fuego que ahora enviaban un emisario a Córdoba
En diciembre del año 844 partió desde Al-Andalus Yahia ibn-Hakam el Bekri al Djayani, conocido como Al-Ghazal, “la gacela”, embajador especial de Abderramán II ante el rey de los westfaldingi, los temibles vikingos que habían arrasado Sevilla unos pocos meses antes. Su misión era una apuesta tanto militar como comercial del emir andalusí, a fin de cuentas, esos gigantones de pelo rubio habían saqueado y robado sin contemplaciones de ningún tipo. Eran peligrosos, sí, pero también podían ser muy útiles para el Al-Andalus. Los vikingos eran a ojos de los cordobeses unos inesperados posibles aliados ya que, pese a la distancia que les separaba, ambos pueblos tenían un magnífico pero decante enemigo común: el Imperio Carolingio. Y, además, existía otro asunto importante: la posibilidad de crear una nueva ruta comercial en el Atlántico entre las tierras del norte y la rica y próspera Hispania musulmana . Así que cuando se presentó en Córdoba un embajador rubio y fortachón, lo más sabio y prudente era tratarle benévolamente y responder a su ofrecimiento con uno similar: enviar un hombre de confianza para que fuese capaz de abrir una novedosa y única vía de comunicación con aquellos norteños tan peculiares. Y Al-Ghazal era el hombre adecuado.
No queda claro el origen exacto de los vikingos que conoció Abderramán II. Algunos historiadores se inclinan por pensar que eran noruegos, conocidos como “westfaldingi de Vestfold”,  siendo Turgeis su príncipe. Sus bases se encontrarían en Irlanda, una isla que estaba prácticamente en sus manos pese a la resistencia de los nativos, y desde allí habían lanzando incursiones contra las costas de Inglaterra, Bretaña y Aquitania durante los cuarenta años anteriores. Para otros, en cambio, serían vikingos de origen danés cuyas bases estarían en Bretaña e Inglaterra.
Para los vikingos las tierras de Al-Andalus no eran del todo desconocidas. En sus bases y asentamientos se sabía que al sur, en la vieja Hispania, se alzaba un reino de inusitada belleza y riqueza. Y allá marcharon usando su peculiar y sangriento modo de viajar: incursiones en la costa para saquear, robar y tomar prisioneros que vender como esclavos aquí y allá. Los seres humanos eran una mercancía más, como el oro, las joyas o las pieles. Y en el sur, al parecer, había joyas, oro y muchas personas dispuestas a ser esclavizadas a la fuerza.
Así en el año 843 una de sus incursiones avanzó más al sur de lo que solían(al parecer arrastrados por una tormenta en el océano Atlántico mientras regresaban de saquear Aquitania) atacando la costa cantábrica de la península ibérica y llegando a suponer un serio problema para el rey Ramiro I de Asturias, que sólo logró expulsarles tras muchos combates y derrotas.  Pero eso no desanimó a los vikingos que continuaron sus pillajes y ataques desde Asturias hasta Arcila, en Marruecos, llevándose por delante las ricas ciudades musulmanas de Lisboa, Media Sidonia y  Cádiz. Finalmente, atraídos por las riquezas andaluzas remontaron el río Guadalquivir y se asentaron en Captel, una isla en el Guadalquivir a poca distancia de Sevilla.  El gobernador musulmán, viéndose el percal, se fugó de la ciudad horas antes del ataque vikingo. Cuando llegó a Carmona, llorando y aterrado, mandaron un mensaje urgente al mismísimo Emir. ¡Sevilla había caído y estaba siendo cruelmente saqueada!¡Los demonios del norte, los madjus, se habían enseñoreado de la ciudad y los campos!

La reacción de Abderramán II no se hizo esperar y ordenó concentrar los ejércitos del emirato. En Córdoba se agruparon las huestes de los generales Said Rustam, desde Toledo, y Nasr al-Fata, llegando desde Valencia, e incluso llegó la temible caballería ligera árabe de la Marca Superior, guarnecida en Zaragoza. Sólo entonces los musulmanes, reforzados con cientos de soldados de origen godo, eslavo e hispano-cristiano, avanzó sobre Sevilla derrotando a los sorprendidos  incursores el 11 de noviembre de 844 en Tablada. Treinta y cinco barcos vikingos ardieron y murieron o fueron capturados entre 400 y 14.000 wetsfaldingi (y ahora nos quejamos de que cuando hay una manifestación dan cifras distintas organizadores y autoridades), obligando a los supervivientes a negociar.
Fue entonces cuando se presentó en Córdoba un embajador vikingo. El rey de aquellos piratas solicitaba abrir relaciones con el emir andalusí. Y es entonces cuando un poeta de Jaén se convirtió en el primer andalusí en pisar una corte vikinga.
Es fácil imaginar lo sorprendente que debió ser para el príncipe Turgeis recibir en su palacio a tan extravagante individuo, vestido con sedas jamás vistas en el norte, llevando en sus brazos brazaletes labrados en un oro tan fino que parecía casi elaborado por criaturas mágicas. ¿Y el porte de aquél emisario? ¡Cuanta locura debió despertar en las mujeres de rubios cabellos puesto que la mismísima reina Nud (¿o quizás su nombre era nombre Ottar?) se encaprichó con él! Con sus poemas, su elegancia, su sabiduría y su belleza del sur, al-Ghazal encontró en la reina una poderosa aliada y confidente.
De los datos del viaje poco más hay que añadir realmente. Duró veinte meses y no queda claro si visitó la corte vikinga de origen noruego asentada en Irlanda o bien una corte vikinga en Dinamarca. En esto, como en casi todo, los sesudos historiadores no se ponen de acuerdo y prefieren especular como locos. El resultado meramente diplomático del viaje es dudoso. No se llegó a ningún tipo de alianza contra los Carolingios aunque sí una breve tregua en las incursiones vikingas a Al-Andalus. El aspecto comercial sí tuvo un cierto reflejo temporal para ambos pueblos ya que mientras los vikingos siguieron controlando las costas de Irlanda y de Bretaña se realizaron algunos intercambios entre ellos y los andalusíes.
En cualquier caso fue este viaje de Al-Ghazal el primer contacto entre vikingos y musulmanes y fue uno de Jaén el protagonista de aquél “primer contacto”.
NOTA: Un viaje similar, en este caso de un embajador árabe llamado Ibn Fadlan a tierras de los varegos (los vikingos de origen sueco que lanzaron sus incursiones por el este y conocidos por los musulmanes como los “ar-rus”) es quizá más más conocido popularmente por la película “El guerrero número 13”. Pero esa es otra historia.
Este artículo se publicó el el sábado 13 de abril de 2013



Rea Silvia


IBN AL-HAKÍM DE RONDA


Categoría: Andalusies ilustres
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Muhammad ibn ‘Abd al-Rahmân ibn Ibrâhîm b. Yahyâ Futûh b. al-Hakîm, al-Lajmî. Poeta e historiador. Nació en Ronda en el año 1261. Fue asesinado en 1308. Pertenecía a una familia de los Lajmíes de Sevilla que se habían trasladado a Ronda durante el reinado de sus parientes los Banû ‘Abbâd (la familia de Al-Mu’tamid, el rey-poeta de Sevilla). La mayoría de sus antepasados habían ejercido profesiones liberales hasta que debieron reunir ciertas riquezas e influencia y, ya en el siglo XIII, dos de los hermanos mayores de nuestro personaje, abû Zakariya y Abû Ishâk eran los más poderosos terratenientes y con suficiente poder para ser los caciques de Ronda.

Como hermano menor, a Ibn al-Hakîm le tocó el camino de la gente de la pluma. Joven de una prodigiosa memoria, llegó a reunir unos amplísimos conocimientos que recibió de maestros de su ciudad natal. Contando 23 años decidió emprender un viaje a La Meca para ampliar su formación, viaje que hizo en compañía del joven ceutí Muhammad ibn Rusayd, al que había conocido en Almería y que tenía sus mismos propósitos: ir a La Meca y aprender junto a los más famosos maestros del Oriente.

Recorrió, en compañía de su amigo, todas las ciudades importantes de Oriente, en donde escuchó a numerosos maestros y adquirió una gran cantidad de libros, principalmente de poesía, que era la actividad que más le interesaba. Volvió a Ronda (1286) recorriendo las más importantes ciudades del norte de África, mientras que su amigo ceutí continuaba su viaje, que luego relataría en un libro.

Los conocimientos y títulos que Ibn al-Hakîm había adquirido durante su viaje le dieron gran prestigio entre sus paisanos y le servirían, como ahora veremos, para acceder a los más altos puestos de la administración del reino de Granada.

Durante la estancia en Ronda del sultán Muhammad II, que había acudido a esta ciudad para sofocar una rebelión, Ibn al-Hakîm recitó una Qasîdah laudatoria para con el sultán y llena de desprecio para con los vencidos:

Un grupo de rebeldes se levantaron contra su poder
y por ello son merecedores del peor castigo.

Les engañó el largo alejamiento

y tenían a Satán como supremo señor.

Y con ellos, Ronda o sus gentes

con la misma conducta y proceder.

Muhammad quedó impresionado por la preparación y la cultura de Ibn al-Hakîm y le invitó a ir a la corte de Granada para que entrara a su servicio, cosa que nuestro biografiado no dudo en aceptar. Fue nombrado secretario del monarca para la correspondencia extranjera, y desarrolló también una labor mediadora entre el sultán y sus propios hermanos sublevados en Ronda; sus hermanos Abû Zakarîya y Abû Ishâk se habían declarado independientes, reconociendo sólo la soberanía del sultán Marín Abû Ya’kûb, que los nombró gobernadores del territorio rondeño. Ante los fallidos intentos por someter a la fuerza a los separatistas, Mwhammad II optó por enviar a Ibn al-Hakîm a negociar con los insurrectos, logrando éste un acuerdo satisfactorio por ambas partes: los Banû-l-Hakîm reconocían la soberanía del monarca granadino y, a cambio, éste les mantuvo en sus cargos de gobernadores con el título de wazîr (visir). Los Banû-Hakîm conservarían esta posición durante toda la historia del Reino de Granada pues, según Ladero Quesada, sería un alguacil, Abrahem al-Haquime el que entregaría Ronda a los llamados Reyes Católicos.

Dominó a la perfección el arte militar, conociendo como pocos los secretos y ardides de la táctica, como lo demostró cumplidamente en el cerco de Quesada, para el que había sido elegido general en jefe, pues habiendo simulado una fuga nocturna, los cristianos abandonaron sus posiciones para entregarse al pillaje, cayendo entonces sobre ellos y apoderándose de la ciudad. Sobre esta victoria escribió al sultán Muhammad II una epístola que el historiador Ibn al-Jatîb reproduce en su obra.

Sin embargo, una nota sombría vendría a palidecer momentáneamente la buena estrella de Ibn al-Hakîm. Se le atribuyen unos versos satíricos contra la dinastía nasrí, que llegados a oídos del príncipe heredero, el futuro Muhammad III, ordenó que los castigasen muy duramente, huyendo nuestro personaje para salvar su vida, escondiéndose en descampados y ruinas, hasta que la cólera del príncipe se apaciguó y pudo Ibn al-Hakîm volver a ocupar su antiguo puesto.

En el año 1302 muere envenenado Muhammad II; todos los indicios apuntan como culpables al príncipe heredero. Los historiadores nos presentan a Muhammad III con una personalidad que raya lo patológico. Crueldad, superstición, sentido del humor y afán por la cultura se mezclan paradójicamente en este soberano.

No sabemos bien de qué maniobras tuvo que valerse Ibn al-Hakîm, pero el hecho es que el nuevo monarca lo nombró su visir, cargo al que unía el de câtîb, por lo que –según la ‘Ihâta de Ibn al-Jatîb- recibió el título de Dû l-Wizâratayn.

A causa de la ceguera de Muhammad III, nuestro Ibn al-Hakîm va a convertirse en el personaje más importante del reino, llevando todas las riendas del poder. Unas de sus primeras medidas políticas será cambiar el sentido de las alianzas que hasta entonces había tenido el reino granadino. La administración nasrí era desde los últimos años de Muhammad II, aliada de los mariníes, entonces dueños de las tierras norteafricanas, rompiendo al mismo tiempo su antiguo vasallaje con Castilla, y entrando en buenas relaciones con Aragón.

Sin embargo, en 1303, Ibn al-Hakîm firma, en nombre del sultán de Granada, un tratado con el castellano Fernando IV, en el que se restablece el anterior pacto de vasallaje. La situación se vendría a complicar más, por cuanto que los aragoneses, hasta el momento unidos a los meriníes, conciertan un pacto con Castilla, en la que entra Granada como vasallo de esta última.

La coalición de los tres reinos peninsulares han dejado aislado a los Banû Marîn que, ocupados en la interminable guerra de Tremecén, no van a poder impedir que los granadinos realicen unos de sus mayores deseos: la conquista de la plaza fuerte de Ceuta.

Poco duraría la alegría de los granadinos, pues el sentido de las alianzas pronto se volverían contra Granada, codiciada por los reinos cristianos. Jaime II de Aragón será quien organice una campaña contra el reino andalusí en la que participó Castilla, y en cuyos planes se encontraba el reparto del reino de Granada entre Castilla y Aragón, según se estipuló secretamente en Alcalá de Henares en 1308.

A pesar del secreto con que se había llevado a cabo el pacto castellanoaragonés, algunas noticias sobre movimientos de tropas se filtraron antes de la campaña, y llenaron de inquietud a la corte y al pueblo granadino. No era extraño, pues, que los enemigos de Ibn al-Hakîm, que no eran pocos, prepararan una conspiración para derribarle del poder. La conjura, promovida por Atik b. al-Mawl y con la participación del propio hermano del sultán, el príncipe Nasr, aprovecharía los negros nubarrones que se cernían sobre el reino granadino para asestar el golpe definitivo; asaltaron el palacio de Ibn al-Hakîm y el mismo Ibn al-Mawl se encargó de matarle. El cadáver de nuestro personaje fue ultrajado, pasando de mano en mano hasta que se perdió y no pudo ser enterrado.

Ibn al-Hakîm fue un personaje de tan pocos escrúpulos políticos, que no le importó, en aras de aumentar su prestigio y poder personal, concertar alianzas con los estados cristianos de la Península en perjuicio del poderío de los fatimíes, aliados naturales de los andaluces, para detener el expansionismo de los cristianos, quienes un siglo antes ya habían invadido los reinos andalusíes del Valle del Guadalquivir y que esperaban el momento oportuno para asestar un golpe definitivo al reino de Granada, último baluarte soberano de la nación andaluza. Parece cuanto menos paradójico que un sujeto de tales características no abandonara nunca sus aficiones literarias. A lo largo de toda su vida continuó componiendo poesías con mayor o menor acierto y utilizó los medios que le proporcionaba su alta posición para rodearse de los mejores poetas y literatos de la época, muchos de ellos venidos de las matanzas cristianas, y a quienes acogió y protegió. Entre los miembros de la tertulia literaria de Ibn al-Hakîm, destaca un excelente poeta, Ibn Jamis de Tremecén, quien le dedicó una hermosa Qasîdah a nuestro biografiado, en donde a la alabanza del visir la nostalgia de su patria norteafricana.

De las composiciones poéticas de Ibn al-Hakîm, en las que se muestra como un mediano poeta, hemos seleccionado ésta que compuso en el transcurso de su viaje a Oriente, y que envió a su familia desde Túnez:

¡Ven aquí, ven, oh viento del Nayd

y lleva contigo mi pasión y mi amor!

Cuando esparzas entre ellos mis noticias,

les llegará mi saludo con la fuerza de mi amor.

No les he olvidado. ¿Acaso lo han hecho ellos

debido a mi larga ausencia?

Mis ansias no son debidas a la belleza

ni a los habitantes de Nayd.

¡Oh viento! Cuando llegues a un lugar

cuya tierra se llena de ajenjo y laurel (<>)

da vueltas sobre él y hazles llegar,

de mi parte, albricias.

Diles que he llegado por su amor a un tal estado

que amo todo laurel y espino (<>).



En opinión de la traductora de estos versos, Mª Jesús Rubiera Mata, hay un juego de palabras entre Ronda (Runda) y los términos laurel (Rand) y espino (Zand). Siente afecto por el laurel y el espino porque se escriben de forma parecida a su ciudad.
Escribió igualmente una Historia de Al-Andalus en cuatro volúmenes donde trata exhaustivamente sobre los avatares de la nación andaluza, así como de los pormenores de la vida de los califas y reyes, el origen de las familias distinguidas, y finalmente de los personajes que más destacaron, tanto en el cultivo de las ciencias como por sus hazañas bélicas. Se vanagloriaba hasta tal punto de su obra que decía que quien leyera este trabajo no necesitaría leer las demás obras de sus contemporáneos.-