sábado, 28 de abril de 2012

Historia de los judíos en al-Ándalus. El esplendor del Sefarad


EL ESPLENDOR DE SEFARAD



Los siglos XII y XIII fueron la edad de oro de los judíos en España. De sus aljamas surgieron médicos, financieros, intelectuales e incluso consejeros reales, hasta que el creciente y violento antisemitismo acabó con el esplendor de las juderías hispánicas.


Establecidos en la península Ibérica desde tiempos remotos, los judíos vivieron su época de esplendor en los siglos XII y XIII, cuando muchos destacaron como consejeros y prestamistas de los reyes y sus aljamas conocieron un gran auge económico. En el siglo XV, algunos autores judíos aseguraron que la presencia hebrea en España era anterior a la llegada del cristianismo, tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por el rey babilónico Nabucodonosor II (587 a.C.) y la consiguiente diáspora judía. La Península habría sido un lugar definitivo de refugio que, a lo largo de los siglos, se convirtió en una verdadera patria para generaciones de judíos, hasta la dramática expulsión de su antiguo hogar por los Reyes Católicos en 1492. En realidad, la arqueología y la epigrafía nos dicen que la presencia judía en la Península no fue anterior a la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén por los romanos (70 d.C.). A partir de entonces, las comunidades judías se desarrollaron en la costa levantina y en el sur peninsular. En el siglo VII sufrieron una creciente persecución por parte de las autoridades visigodas, que alcanzó su momento de culminación con Egica (687-702), quien ordenó la confiscación de todas las propiedades de los judíos y la retirada a los padres de la custodia de sus hijos para educarlos en el cristianismo. Esta situación explica que, en el año 711, los judíos recibieran a los musulmanes como auténticos liberadores. Las comunidades judías conocieron un considerable desarrollo en Al-Andalus. Tras la crisis del califato de Córdoba, a principios del siglo XI, las comunidades hebreas resurgieron con los reinos de taifas, gracias a la labor desarrollada en las cortes de algunos de estos reinos por destacados personajes judíos. Diversos fueros de los siglos XI y XII garantizaban la autonomía administrativa y judicial de los judíos, organizados en corporaciones denominadas aljamas. En los fueros se especificaban los privilegios de los judíos: el derecho a profesar libremente su religión, el reconocimiento de la plena propiedad de todos sus bienes muebles y raíces, la confirmación legal de los contratos de préstamo, y la autonomía judicial en causas civiles y criminales. La reticencia popular hacia los judíos se incrementó desde el siglo XII, lo que tiene mucho que ver con el crecimiento demográfico de las comunidades hebreas y, principalmente, con el peso cada vez mayor que fueron adquiriendo los judíos mercaderes y financieros en relación con los judíos agricultores. En la segunda mitad del siglo XII llegaron a los reinos hispano-cristianos grupos numerosos de judíos andalusíes que huían de Al-Andalus tras su invasión por parte de los almohades. Las juderías de ciudades como Toledo y Gerona experimentaron un gran crecimiento. Comenzó así una fase de esplendor en la historia de los judíos hispanos que, sin embargo, no estuvo exenta de tensiones y traumas. A lo largo del siglo XIII, el número de funcionarios y cortesanos judíos creció de forma considerable tanto en la corte castellana como en la aragonesa. Sin embargo, a mediados de este siglo el antijudaísmo también avanzó en los reinos hispanos no sólo en el terreno doctrinal, sino también en el legislativo. El terror producido por los asaltos a las juderías en 1391 provocó que muchos judíos se convirtieran al cristianismo. Pese a que el sentimiento antijudío se extendía rápidamente por el reino de Castilla, la primera mitad del siglo XIV fue uno de los períodos más esplendorosos para el judaísmo castellano gracias a la política abiertamente projudía de Alfonso XI y, muy en particular, de Pedro I, bajo cuyo reinado algunos judíos alcanzaron puestos de responsabilidad en la corte, velando desde ellos por el bienestar de sus correligionarios. En definitiva, en la segunda mitad del siglo XIV el antijudaíso era ya un fenómeno irreversible en los reinos hispánicos. Alcanzó sus más altas cotas en 1391, con las persecuciones que, iniciadas en el valle del Guadalquivir, se extendieron rápidamente por numerosas comarcas hispanas, provocando la ruina de algunas de las aljamas más importantes. La comunidad judía nunca se recuperó.


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