LA HUELLA DE LA CONQUISTA CRISTIANA
EN LAS CIUDADES DE PASADO ANDALUSÍ
Vista actual del Albaicín-Sacromonte de Granada
Pedro Jiménez Castillo /
Pedro Jiménez Castillo
Escuela de Estudios Árabes (EEA/CSIC) .
Las ciudades actuales son el resultado de la acción
sucesiva de las diferentes sociedades sobre el medio físico y sobre el paisaje
urbano preexistente a lo largo del tiempo; por tanto, para entenderlas y
gestionarlas adecuadamente es preciso conocer cómo y por qué se configuraron
morfológicamente en el transcurso de la historia.
En este sentido, la conquista cristiana de al-Andalus
fue un suceso traumático que conllevó importantísimas alteraciones en el
urbanismo andalusí, puesto que en un espacio muy corto de tiempo mudaron
radicalmente dos condiciones fundamentales: la primera de carácter
cuantitativo, pues la conquista supuso que, en la mayoría de los casos, se
pasara en pocos años de una madīna muy poblada y espacialmente
saturada, a una villa cristiana con un vecindario mucho más reducido; la
segunda, de carácter cualitativo, se refiere al cambio de modelo social
ocasionado por la sustitución, parcial o total, de la población musulmana por
la cristiana y al completo relevo de sus élites dirigentes. Ésta última no
tiene que ver con factores coyunturales sino antropológicos y, por
consiguiente, nos informa acerca de las diferentes características de ambas
sociedades y como éstas se reflejaron en el paisaje urbano.
La sociedad islámica generó en la Edad Media una
ciudad diferente de la cristiana, que, en parte, hay que explicar analizando su
patrón de familia, condicionado por una fuerte necesidad de proteger el honor
familiar depositado en los miembros femeninos del grupo. Este tipo de familia
“extensa” y patrilineal, caracterizada por las tradicionales prácticas
endogámicas que exigían el aislamiento de sus mujeres, conformó un modelo de
vivienda impermeable a la calle, abierta al patio central del que se obtenía la
luz y la ventilación, y dotada de un filtro de comunicación entre el exterior y
el interior como es el zaguán acodado.
Por el contrario, el prototipo residencial de los
conquistadores, libre de estas restricciones, no tiene inconveniente en abrirse
a la calle en busca de luz y ventilación, a la vez que utiliza las fachadas
para expresar la categoría social de sus moradores. Estos dos tipos de casa
tuvieron una incidencia directa en la forma de su parcela y en la organización
de ésta dentro de la manzana, lo que influyó de manera decisiva en el paisaje
ciudadano, pues la transformación del parcelario impulsó progresivamente los
cambios en el callejero.
En efecto, la ciudad cristiana medieval precisaba de
calles más anchas que las de la medina musulmana, incluso antes de la
generalización del uso del carro a fines de la Edad Media. Ello se debe, en
primer lugar, a que la casa cristiana, al no estar tan condicionada como la
islámica por las medidas de aislamiento, podía abrir amplias puertas y ventanas
a la calle, por lo que ésta pasaba a ser una fuente importante de luz y
ventilación complementaria al patio. En segundo lugar, la calle de la ciudad
cristiana se convierte en un espacio de representación estatal y aristocrática,
el escenario en donde los poderes públicos se expresan mediante comitivas y
procesiones.
En general, los gobernantes cristianos sólo
emprendieron grandes operaciones de transformación urbana, como la apertura de
nuevas arterias, cuando lo consideraron imprescindible, debido a los problemas
lógicos derivados de los procesos de expropiación y demolición. Fue mucho más
frecuente la actuación sobre la red viaria preexistente con medidas correctivas
encaminadas a adaptarla a las nuevas necesidades, lo que se expresó
singularmente en la voluntad de los poderes públicos por ensanchar las calles
A imitación de la Corona, los concejos, la Iglesia o
las órdenes militares, también los hidalgos y nobles disponían los símbolos de
su linaje y riqueza en las fachadas de sus casas, que eran cada vez más
historiadas y exigían vías más anchas para su adecuada contemplación. Por ello,
cuando se contaba con un solar lo suficientemente amplio, era frecuente que
retranquearan varios metros la línea de fachada de los nuevos edificios,
generando así pequeñas plazoletas destinadas a dignificarlos.
Aunque las casas y las calles son los elementos
fundamentales de la transformación urbana, ésta se extendió también a otros
ámbitos de la ciudad, como los edificios religiosos, los alcázares y palacios,
los baños, los zocos e incluso las infraestructuras hidráulicas, de acuerdo con
un proceso secular que acabó por alumbrar muchas de las características del
paisaje urbano de nuestras ciudades de pasado islámico.


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