AL-HAKAM
II
Al-Ḥakam II: Abū l-‘Āṣ al-Ḥakam b. ‘Abd
al-Raḥmān, al-Mustanṣir bi-llāh. Córdoba, 23 ŷumādà II 302
H./13.I.915 C. – 2 ṣafar 366 H./30.IX.976 C. Segundo califa
omeya de Córdoba.
Califa omeya
Biografía
Al-Ḥakam era el hijo
primogénito de ‘Abd al-Raḥmān III, fundador del califato omeya de Córdoba, y
como tal fue proclamado su sucesor a la muerte de su padre, el 16 de octubre de
961, cuando contaba ya con cuarenta y seis años de edad, adoptando el título de
al-Mustanṣir bi-llāh (‘el que busca la ayuda victoriosa de Dios’). Se inicia a
partir de entonces el califato de al-Ḥakam, que se extiende a lo largo de un
período de veintiséis años y cuyas características principales son una completa
estabilidad interior y una cómoda seguridad en la frontera con los cristianos,
en gran medida gracias a la actuación previa de su antecesor, que a lo largo de
casi medio siglo había combatido sin cesar para someter a los rebeldes que
desde finales del siglo IX se habían levantado contra la autoridad omeya.
La época sobre la que estamos
mejor informados es la correspondiente a la última fase de su gobierno (años
360-64/971-975), que es el período que abarca la detallada y prolija narración
del cronista cordobés Ibn Ḥayyān. Este excepcional testimonio es un buen
reflejo de lo que fue el califato de al-Ḥakam II, ya que el cronista se
extiende en la descripción pormenorizada de las ceremonias y celebraciones
llevadas a cabo en la Corte califal y en la mención de los nombramientos y
deposiciones de los distintos magistrados, gobernadores y titulares de las
dignidades políticas y militares, símbolo de la solidez del régimen omeya en
aquellos momentos. A tal punto fue la estabilidad el rasgo dominante en su
época que alguna fuente árabe llega a afirmar que esos años fueron una continua
fiesta. Pero, a pesar de que al-Ḥakam no tuvo que enfrentarse a graves desafíos
internos ni externos, ello no quiere decir que la suya fuese una época
históricamente intrascendente. Muy al contrario, durante este tiempo se
desarrollaron ciertos procesos que tuvieron una importancia clave en la etapa
inmediatamente posterior, de tal forma que se trata de un período primordial a
la hora de explicar las causas de los problemas que condujeron a la crisis del
califato.
En la política exterior es
preciso distinguir entre dos aspectos, el mantenimiento de la seguridad en la
frontera con los cristianos y la continuación del intervencionismo en el Norte
de África, siguiendo la política iniciada por su padre ‘Abd al-Raḥmān III con
el fin de contrarrestar la influencia del califato fatimí. Desde el mismo
momento de su acceso al poder, al-Ḥakam se preocupó por garantizar el
mantenimiento de la influencia omeya al otro lado del Estrecho, enviando
misivas a los emires y jeques beréberes en los que solicitaba el juramento de
obediencia y fidelidad. La rivalidad con los fatimíes siguió vigente durante
esta época, de lo que es claro indicio el proceso emprendido contra un
personaje denominado Abū l-Jayr, que fue ejecutado en Córdoba bajo la acusación
de ser un agente fatimí. No era la primera vez que esto sucedía, pues el propio
Ibn Ḥawqal, de origen iraquí y autor de una de las principales descripciones de
la Península, territorio que visitó durante el año 337/948, fue asimismo, al parecer,
un espía al servicio de los fatimíes.
La lucha en el Norte de África
entre omeyas y fatimíes no era directa, sino que se llevaba a cabo a través de
las tribus beréberes, siendo los Ziríes los principales aliados de los
fatimíes, mientras que los Zanāta y los Magrāwa apoyaban a los soberanos cordobeses.
Los intereses de al-Ḥakam se vieron favorecidos por la defección de los Banū
Ḥamdūn, señores de Masīla, partidarios de los fatimíes, quienes se pasaron al
bando pro-omeya. Sin embargo, la reacción fatimí, dirigida por Bullukīn b.
Zirī, produjo la defección del idrisí al-Ḥasan b. Qannūn, que gobernaba en el
sector noroccidental de Marruecos, hasta la zona de Tánger. Al-Ḥakam respondió
con una campaña conjunta marítima y terrestre, que obtuvo sonados éxitos
iniciales, pero que finalmente fue derrotada en 362/972 en las proximidades de
Tánger. El dominio omeya estaba comprometido y el Califa acudió a su mejor jefe
militar, el general Gālib, al que encomendó la misión de derrotar a los
idrisíes, siendo acompañado por Ibn Abī ‛Āmir (Almanzor), con la función de
gestionar los fondos destinados a la campaña. La campaña de Gālib fue iniciada
en 973 y requirió, además, la acción conjunta de Ibn Rumāḥis, almirante de la
flota omeya, y la ayuda de Yaḥyà al-Tuŷībī, quien acudió con tropas de refuerzo
reclutadas en la Frontera Superior. Finalmente, la rebelión de Ibn Qannūn pudo
ser controlada y en marzo de 974 el Califa informaba a sus visires de su
derrota. El propio Ibn Qannūn y sus principales parientes fueron trasladados a
Córdoba, donde el Califa los perdonó y les fijó elevadas pensiones, aunque,
finalmente fueron deportados a Egipto en el año 976. En definitiva, la sumisión
de Ibn Qannūn y el dominio de los puertos de Algeciras y Ceuta aseguraban el
control de las navegaciones en la zona del estrecho de Gibraltar. Puede
decirse, por lo tanto, que bajo el gobierno de al-Ḥakam el califato omeya había
logrado establecer su supremacía en el ámbito del Mediterráneo occidental.
Un aspecto muy relevante de la
política norteafricana de al-Ḥakam fue la progresiva incorporación de
contingentes beréberes al Ejército califal, en especial a partir de 974, tras
la definitiva victoria sobre Ibn Qannūn. Estos grupos beréberes conformaron una
milicia muy útil desde el punto de vista militar, si bien su papel político fue
enormemente desestabilizador, en especial a partir del momento en el que la
autoridad omeya comenzó a dar síntomas de debilidad. Ya en época del propio
al-Ḥakam se registra el estallido de un tumulto, ocurrido en la puerta de la
Azuda del alcázar, entre un grupo de tangerinos y el populacho cordobés, que
revela la escasa simpatía de la población local hacia las milicias beréberes,
de forma que esta animadversión se pondrá de manifiesto en etapas posteriores
con intensidad creciente.
Junto a la consolidación del
dominio norteafricano, la época de al-Ḥakam se define por el firme control de
la frontera con los reinos cristianos peninsulares y la supremacía política y
militar sobre los mismos. En los primeros años, el propio Califa se puso al
frente de sus tropas para conducir la habitual aceifa o campaña sobre el
territorio enemigo. Esta campaña del año 962 se dirigió, hacia Ŷillīqiya, es
decir, hacia territorio leonés, aunque sólo sabemos que permitió la obtención
de un cuantioso botín y de numerosos cautivos. La superioridad del dominio
musulmán durante esta época queda de manifiesto en las visitas rendidas al
Califa por los propios soberanos cristianos o sus enviados. Tal sucedió con el
destronado rey leonés Ordoño IV, que buscó el apoyo musulmán para recuperar el
Trono, presentándose ante el Califa en Córdoba. En principio, al-Ḥakam se
mostró favorable a prestarle su ayuda, a cambio de que rompiese sus relaciones
con el conde castellano Fernán González y entregase como rehén a su hijo García.
La reacción del rey leonés Sancho I fue inmediata y, para neutralizar esta
alianza, envió a su vez una embajada a Córdoba, a través de la cual hizo saber
al Califa que estaba dispuesto a cumplir lo pactado con su padre, el califa
Abderramán. Pero la muerte de Ordoño en Córdoba meses después, en
circunstancias poco claras, hizo que Sancho reconsiderase su posición,
decidiendo entonces buscar la alianza del conde de Castilla (Fernán González),
el rey de Navarra (Sancho II Garcés) y los condes de Barcelona (Borrel y
Mirón). Ante esta actitud, el califa respondió encabezando otra aceifa, en la
que se apoderó de la célebre fortaleza de Gormaz (Soria), que sería la punta de
lanza de las posiciones musulmanas en la frontera con Castilla. La fortaleza
fue reedificada por orden suya, encargándose el general Gālib de la supervisión
de las obras, que se extendieron a lo largo de diez años.
A partir de la década de 970,
la narración de Ibn Ḥayyān recoge puntualmente la descripción de las distintas
embajadas llegadas a Córdoba desde territorio cristiano, claro testimonio de la
supremacía política reconocida al soberano omeya. La primera de ellas, en junio
de 971, fue la encabezada por Bon Filio, enviado por el conde de Barcelona, el
cual manifestó su sumisión al Califa entregándole treinta cautivos musulmanes,
además de otros obsequios, como brocados y armas. Al mes siguiente fue también
recibido un emisario del conde de Astorga, Gundisalvo, el cual informó al
Califa de la presencia de barcos normandos que habían remontado el Duero,
penetrando en el territorio de Santaver. Todavía en agosto visitaron Córdoba
otros dignatarios para renovar los pactos y treguas, como los enviados de
Sancho Garcés II Abarca, los de la reina Elvira, regente en León, los del conde
de Salamanca y el conde de Castilla, todos los cuales informaron al Califa de
las situaciones respectivas de sus territorios, siendo agasajados en sus
despedidas con generosos regalos.
La actividad diplomática
continuó durante los años 973-974, con la llegada a Córdoba de nuevos emisarios
procedentes de León y Cataluña. Sin embargo, a partir de esa última fecha se
registraron algunos cambios, en especial por lo que se refiere a la actitud del
nuevo conde de Castilla, Garci Fernández, el cual emprendió en septiembre una
campaña contra el castillo de Deza, situado al nordeste de Medinaceli, en
tierras de Soria. El Califa reaccionó de inmediato ordenando detener a la
embajada castellana que había abandonado Córdoba justo en la víspera, siendo
apresados en Caracuel y encarcelados. En abril del año siguiente (975), el
propio conde castellano atacó el castillo de Gormaz, siendo repelido por el
general Gālib, comandante en jefe de las fuerzas musulmanas y hombre de la
máxima confianza del Califa.
Así pues, durante la época de
al-Ḥakam el califato de Córdoba se encontraba sólidamente asentado en sus bases
territoriales peninsulares y norteafricanas, erigiéndose como una de las
potencias políticas de la época en el ámbito mediterráneo. Las únicas noticias
de amenaza exterior en territorio musulmán que se registraron en este época
fueron las protagonizadas por los normandos: en 966, un siglo después de las
primeras apariciones de estos pueblos en territorio peninsular, registradas a
mediados del siglo IX, un contingente de veintiocho naves de los maŷūs,
como los designan las fuentes árabes, fue detectada por el gobernador de
Alcacer do Sal, siendo enviada una flota desde Sevilla que se enfrentó a ellos
en la desembocadura del río de Silves. Con posterioridad, los Anales de
Ibn Ḥayyān registran en el año 971 otra amenaza normanda que, desde las costas
cantábricas, se dirigía hacia las del Algarve. El Califa ordenó al almirante
Ibn Rumāḥis, que estaba entonces en Córdoba, dirigirse hacia Almería, sede de
la flota califal, para ponerse al frente de la expedición, que sería secundada
por tierra por el propio Gālib. Finalmente, en esta ocasión los normandos
fueron puestos en fuga sin que fuese necesario llegar a combatir con ellos.
Todavía un año más tarde, en 972, de nuevo Ibn Ḥayyān menciona que el Califa
reunió a sus visires y demás autoridades competentes para informar de los
ataques normandos en la zona del Algarve, ordenando la organización de una
expedición contra ellos, si bien de nuevo los agresores huyeron antes de que
las tropas califales se enfrentasen a ellos. Junto a estas amenazas normandas,
que no llegaron a generar situaciones de peligro real, uno de los escasos
reveses experimentados por el califato omeya que cabe mencionar es la pérdida
del núcleo de Fraxinetum, en la costa azul francesa, establecido a finales del
s. IX al margen de las directrices del califato cordobés pero que acabó estando
bajo su órbita, siendo sometido por la aristocracia provenzal en 972-973.
Por lo que se refiere a la
situación interna, esta época se define, asimismo, por la ausencia de
referencias a tensiones políticas o sociales graves. Ello permitió al Califa
desarrollar una amplia e intensa actividad de construcciones y reformas
urbanísticas en la capital, destacando la ampliación de la aljama cordobesa,
una necesidad urgente debido al crecimiento experimentado por la población
cordobesa, tarea que fue confiada a su chambelán (ḥāŷib) Ŷa‛far b. ‛Abd
al-Raḥmān al-Ṣiqlābī al día siguiente de su proclamación. La ampliación fue
acompañada de la mejora de algunos servicios, entre los que destaca la
implementación de un sistema de agua corriente hasta las fuentes de la aljama y
las dos salas de abluciones a través de tuberías de plomo. La mejora de los
servicios urbanísticos en Córdoba se completó con las tareas de reparación del
puente romano, que exigieron la construcción de una presa para desviar el agua
y poder acceder a las bases de los pilares, en mal estado, así como remozar los
molinos situados en la zona del arrecife. También se llevaron a cabo obras de
ampliación del zoco de los ropavejeros, lo que obligó al traslado de la Casa de
Correos, así como obras de ensanche de la calle central del zoco principal.
Finalmente, sabemos que el Califa se preocupó de que el cementerio de Umm
Salama fuese asimismo ampliado, otro síntoma del crecimiento de la población
cordobesa durante el califato.
Desde el punto de vista
político, no cabe duda de que uno de los procesos principales que tuvo lugar en
esta época fue la meteórica ascensión de Muḥammad b. Abī ‛Āmir, el futuro
Almanzor, quien desarrolló una rápida carrera política que le permitió encontrarse
en una posición privilegiada para gestionar la crisis desencadenada a la muerte
del califa, relegando al débil Hišām II y usurpando el poder. Las fuentes
árabes insinúan que supo ganarse el favor de Ṣubḥ, la esposa favorita del
Califa, aunque no menos relevante fue el apoyo de Ŷa‛far b. Utmān
al-Muṣḥafī, visir y hombre clave en el gobierno omeya. El comienzo de su
ascenso se produjo en 967, cuando fue nombrado tutor-administrador de los
bienes del hijo primogénito del califa, ‛Abderramán, que habría de morir al
poco tiempo. Paulatinamente, Ibn Abī ‛Āmir fue ocupando posiciones, dignidades
y magistraturas de gran relevancia en el esquema administrativo del califato.
Ese mismo año fue designado director de la ceca, cargo que en la práctica
equivalía al de ministro de finanzas, otorgándole una posición de enorme poder
e influencia. Su presencia al frente de la ceca se asocia a la reanudación de
las emisiones de monedas de oro, interrumpidas desde la época de ‛Abd al-Raḥmān
III. Prueba de su ambición es que su nombre aparece grabado en las monedas, al
principio solo en las que no llevaban el nombre del Califa, pero a partir de
970 ya asociado al del Soberano. En 972 ocupó el puesto de jefe de la policía.
Luego, en 973-974, fue enviado como gran cadí de las posesiones califales en el
Magreb, con la misión de controlar los fondos allí transferidos por los
generales omeyas y, a su vuelta, volvió a ocupar el puesto de director de la
ceca.
Entre las actividades
desarrolladas por el Califa, las fuentes suelen detenerse en aquellas que lo
significan como buen musulmán, en especial las actividades piadosas y de
beneficencia, que solían ser puntualmente efectuadas por al-Ḥakam con ocasión
de circunstancias diversas. Así, por ejemplo, al comienzo del mes de ramadán
era costumbre el reparto de limosnas y también las exenciones de impuestos y el
reparto de pan cuando se registraban malas cosechas. Fue, asimismo, el califa
al-Ḥakam un personaje aficionado a las letras y amante del arte, uno de cuyos
méritos principales fue completar la formación de una extraordinaria biblioteca
en el alcázar, probablemente una de las mejores de su tiempo.
La ausencia de discordias
internas graves no implica la inexistencia de grupos o focos de oposición y
disidencia, de los cuales apenas tenemos noticia, aunque parece que su
capacidad de influencia política era bastante limitada. A ello aluden las
noticias que mencionan la detención, en 972, de un grupo de poetas que se
dedicaban a la sátira política, criticando al Califa, o también el asalto de la
cárcel de Sevilla en 974 por un grupo de ‘criminales’, entre los que se
encontraban miembros de algunas familias de relevancia social.
Aunque los veintiséis años de
ejercicio del poder por al-Ḥakam II transcurrieron sin sobresaltos ni problemas
políticos o militares graves, no sucedió lo mismo respecto a su sucesión,
envuelta en unas circunstancias muy particulares que fueron aprovechadas a la
perfección por Ibn Abī ‛Āmir para ocupar un lugar de protagonismo y hacerse con
el control del poder, usurpándolo en su beneficio, pese a lo cual la
calificación de ‘dictador’ que se le ha dado en la historiografía tradicional
resulta totalmente inapropiada, pues incurre en el anacronismo. De esta forma,
puede decirse que la problemática sucesión de al-Ḥakam II fue uno de los
factores desencadenantes de la crisis del califato de Córdoba, ya que vino
acompaña de la usurpación del poder por Almanzor, que introducirá un elemento
de desestabilización en el poder. El problema político que se suscitó tras la
muerte de al-Ḥakam II fue creado por el propio Califa al decretar en vida la
proclamación como su sucesor de su hijo Hišām siendo aún niño. La razón de este
designio ha de buscarse, en parte, en la tardía paternidad del Califa, quien no
había generado descendencia cuando, a los cuarenta y seis años de edad, sucedió
a su padre ‛Abd al-Raḥmān III, de modo que su prole vino a partir de entonces,
si bien las fuentes árabes no son unánimes respecto al número de sus hijos, de
los cuales sólo se conoce, con total seguridad, a dos de ellos. En cualquier
caso, es obvio que el problema angustiaba al Califa, pues, debido a su avanzada
edad, estaba ansioso por tener un hijo.
Las fuentes se contradicen a la
hora de establecer el número de hijos habidos por al-Ḥakam. Aparte de Hišām, el
único cuya identidad resulta cierta es ‛Abd al-Raḥmān, engendrado con la
favorita de al-Ḥakam, la vascona Ṣubḥ: nacido en 351/9 de febrero de 962-929 de
enero de 963, murió de forma prematura en fecha que podemos situar en torno al
4 de ramadán de 359/11 de julio de 970, cuando contaba entre siete y ocho años.
Las fuentes fechan el nacimiento de Hišām tres años después del nacimiento de
‛Abd al-Raḥmān, el domingo 8 de ŷumādà I de 354/11 de junio de
965. El fallecimiento prematuro del primogénito y la poderosa influencia de
Ṣubḥ lo convirtieron pronto en el candidato oficial a la sucesión de al-Ḥakam.
A partir del fallecimiento de
su hijo ‛Abd al-Raḥmān, uno de los principales objetivos políticos de al-Ḥakam,
probablemente el más importante, fue lograr que Hišām fuese aceptado como
heredero y sucesor suyo. Su determinación a este respecto fue inequívoca, pero
ello no estuvo exento de problemas, debido a la la bisoñez del heredero, por un
lado, y la avanzada edad y mala salud de al-Ḥakam, de otro, factores que
abocaban a la poco halagüeña perspectiva de que un niño pudiese ser proclamado
califa. En estas circunstancias, la decisión de al-Ḥakam no encontró buena
acogida en todos los medios oficiales cordobeses y, para mitigar las
resistencias, el régimen Omeya puso en marcha un conjunto de actuaciones
organizadas de manera secuenciada con el objetivo de convencer a todos de la
conveniencia de que la sucesión recayera en Hišām. A lo largo de cuatro años,
desde 360/971 hasta 363/974, tuvo lugar un amplio y sistemático despliegue de
actividad propagandística, con el objetivo de presentar a Hišām como el legítimo
heredero y reclamando la necesidad de prestarle la bay‘a. Todo este
esfuerzo, sin embargo, estuvo a punto de no servir para nada, puesto que Hišām
cayó enfermo de viruela durante un mes y medio a comienzos de 363/974, desde
mediados de ŷumādà I (11 de febrero) hasta el primero de raŷab (28
de marzo), siendo celebrada su curación con una recepción oficial realizada en
el Alcázar cordobés el día 12 de raŷab (8 de abril) a la que
asistieron todos los grandes dignatarios y funcionarios estatales, quienes
públicamente alabaron y dieron gracias a Dios por su recuperación, en una nueva
ceremonia que subrayaba su condición de heredero y que sirvió de preámbulo para
su inmediata presentación oficial ante la corte como sucesor del Califa
al-Ḥakam.
La salud del Califa era muy
precaria y estuvo alejado de toda actividad durante un mes y medio, desde el 12
de rabī‛ I al 28 de rabī‛ II de 363/30 de
noviembre de 974 al 15 de enero de 975, lo que exigía una inmediata
proclamación del heredero con el fin de asegurar su sucesión. Por recomendación
de los médicos, al-Ḥakam abandonó el palacio de Medina Azahara, donde el frío
de la sierra podía perjudicarle más, y se trasladó a Córdoba. A partir de
entonces, Hišām da inicio a su actividad política acompañando al Califa en los
actos y decisiones de gobierno. El 7 de ša‛bān (22 de abril)
asiste, junto al visir Ŷa‛far b. ‛Utmān al-Muṣḥafī, mano derecha del
Califa, a la audiencia privada que al-Ḥakam concedió al general Gālib b. ‛Abd
al-Raḥmān para analizar los problemas en la frontera. Pocos meses después, el 2
de šawwāl de dicho año (15 de junio), padre e hijo se
mostraron sobre la puerta de la Azuda del alcázar para repartir limosnas a los
pobres situados abajo. Más aún, el 4 de ša‛bān (19 de abril),
el heredero aparece ejerciendo acciones de gobierno en nombre de su padre,
ordenando a ‛Abd al-Raḥmān b. Yaḥyà b. Muḥammad al-Tuŷībī que partiese hacia
Zaragoza para reforzar la frontera superior, agitada por los ataques
cristianos, acción que repitió meses más tarde, el 27 de ramadán (10 de junio),
con ‛Abd al-‛Azīz b. Ḥakam al-Tuŷībī.
A comienzos de 976, menos de
dos años después de su presentación oficial como heredero, tuvo lugar la
celebración de la bay‛a de Hišām o, habría que decir más bien,
de la primera bay‛a, ‘de heredero’, previa a la segunda, que se
celebró meses después, tras la muerte de al-Ḥakam. La decisión de celebrar
esta bay‘a de proclamación de heredero respondía a la lógica
de la situación Otra alternativa hubiera sido trasladar la sucesión a algún
pariente cercano, que no podría haber sido otro que alguno de sus tres
hermanos, quienes, después del propio al-Ḥakam, eran los principales miembros
de la dinastía, pero la opción del Califa fue desde el principio la de su hijo,
tanto por lógicos motivos personales como porque inclinarse por alguno de sus
hermanos implicaba sacar la sucesión de su propia descendencia, lo cual habría
supuesto la ruptura de una tradición secular.
En principio, la bay‛a es,
en la tradición islámica, la ceremonia de proclamación del soberano, que marca
el inicio de su gobierno. Aquí, en cambio, nos encontramos con una bay‛a de
proclamación de heredero hecha en vida del soberano. La cuestión que se plantea
es hasta qué punto esta bay‛a de heredero supuso una novedad o
la continuación de una tradición previa. Las fuentes no aluden a su carácter
extraordinario, lo cual parece indicar que lo contemplaban como una situación
natural. Sin embargo, la tradición Omeya en al-Andalus parece haber sido hasta
ese momento que la bay‛a se celebrase siempre justo después de
la muerte del califa gobernante, de tal forma que sólo hay constancia de
una bay‛a de heredero antes de Hišām. Se produjo en época de
al-Ḥakam I, a comienzos del siglo IX, y estuvo motivada por los sucesos del
motín del arrabal de Córdoba.
Nueve meses después de la bay‛a,
a primeros de octubre de 976, murió al-Ḥakam II, víctima de la hemiplejia
sufrida a finales de 974 y habiendo padecido una larga enfermedad. A partir de
este momento se desencadenan una serie de acontecimientos que van a alterar
completa y definitivamente la realidad política del califato cordobés. Al día
siguiente de su muerte se renovó la bay‛a en favor de Hišām,
que quedó, de esta forma, proclamado califa. Las fuentes divergen al indicar la
fecha de la muerte de al-Ḥakam y de la consiguiente proclamación de Hišām.
Algunas apuntan que, en los primeros momentos, la noticia se ocultó debido a la
minoría de edad del heredero, jugando un papel clave en la aceptación del menor
Hišām su madre Ṣubḥ. La situación se resolvió a favor de los intereses de Ibn
Abī ‛Āmir, el cual se encargó de neutralizar la jugada de los oficiales
esclavones eliminando a su candidato, al-Mugīra, hermano del Califa, quien fue
asesinado por orden directa suya. De este modo, el camino quedaba expedito para
él, dada la inoperancia del joven, débil e inexperto Califa, fácilmente
manipulable.
.
Bibliografía
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"Legalidad islámica y legitimidad política en el califato de Córdoba: la
proclamación de Hišām II", en Al-Qanṭara, XXVIII (2007).
Autor/es
- Alejandro García Sanjuán
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