PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA
MEZQUITA DE CÓRDOBA
MANUEL OCAÑA JIMENEZ
LEYENDAS SOBRE EL EMPLAZAMIENTO DE LA MEZQUITA
Para los historiadores musulmanes, la zona de Córdoba ocupada
por la Gran Aljama había sido siempre un terreno sagrado, pues en él se venía
dando culto a Dios, ininterrumpidamente, desde los tiempos más remotos. Y esta
teoría cristalizó en una leyenda que, corregida y aumentada con el correr de
los años, quedó concebida, poco más o menos, así: dicha zona fue, en los
albores de la civilización, una enorme hoya, en la que los cordobeses arrojaban
basuras, cadáveres y toda clase de carroña; cuando el profeta Salomón visitó la
Península tuvo ocasión de contemplar detenidamente la hondonada y mandó a los
Genios que la rellenasen, aplanaran y construyesen sobre ella un templo, donde
los hijos de Israel pudieran elevar sus preces al Altísimo; después, cuando
Dios envió a Jesús y se expandió el Cristianismo, aquel templo pasó a manos de
los cristianos, que lo convirtieron en iglesia bajo la advocación de San
Vicente ; más tarde, cuando los musulmanes conquistaron Córdoba, instituyeron
en la mitad de dicha iglesia una mezquita aljama y dejaron la otra mitad en
poder de la mozarabía, y, finalmente, cuando el príncipe omeya 'Abd al-Rahmán I
se arrogó el poder de la España musulmana, adquirió a la comunidad mozárabe la
otra parte de la iglesia, mandó demoler ésta en su totalidad e hizo erigir en
el solar resultante la que, andando los años, habría de convertirse en la Gran
Aljama del occidente islámico. Nuestros historiadores también han reconocido el
carácter sacro de la zona en cuestión y han creado, asimismo, su leyenda sobre
el particular; pero no la remontan a los días de Salomón como sus colegas
musulmanes, sino que la hacen partir de un supuesto templo levantado a Jano.
Modernamente, han compensado con creces esta falta de fantasía y hablan de una
monumental Basílica de San Vicente levantada a expensas del rey visigodo Egica,
quien incluso se vio forzado a acuñar moneda especial para hacer frente a los
cuantiosos gastos acarreados por la fundación, y nos describen con todo detalle
la conmovedora escena que, durante el tiempo en que el templo estuvo compartido
entre musulmanes y cristianos, se daba cada día, cuando ambas comunidades,
separadas tan sólo por una sutil y liviana estera de pleita, celebraban sus
respectivas liturgias sin el menor incidente, lo que constituye la mejor prueba
del elevado grado de pacífica convivencia y mutuo respeto a que habían llegado
vencedores y vencidos. Considero innecesario el hacer aquí una crítica seria de
estas leyendas; pero no puedo pasar por alto, sin embargo, un pasaje que es
común a ambas, o sea, el referente a la iglesia compartida. Y advertiré que, la
tal coincidencia se da, exclusivamente, en dichas leyendas y no en las fuentes
históricas, toda vez que, por parte cristiana, no existe texto alguno que
aporte el más insignificante dato sobre el templo en cuestión. La legendaria
Basílica de San Vicente En realidad, los musulmanes que se establecieron en
Córdoba tuvieron resueltos el problema de sus rezos en común desde que el emir
al-Samh (719/21 J. C.) fundó, extramuros, dos grandes oratorios 276 PRECISIONES
SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA al aire libre: la Musalla-l-Rábad u
Oratorio del Arrabal, que estuvo en el arrabal de Secunda allende el río y la
Musalla-l-Musara u Oratorio de la Musara, que se estableció en una llanura así
denominada del W. de la ciudad. Más, a partir del afío 750 y como consecuencia
del derrocamiento de la dinastía de los Banu Umayya por obra de los Banu
’Abbas, el emir Yusuf al-Fihrí se vio acuciado por la necesidad de instituir
una aljama cordobesa, donde los miembros de la jassa o aristocracia árabe
afincados en la capital testimoniasen públicamente su adhesión a los S
abbasíes, al asistir, cada viernes, al sermón solemne del mediodía o jutba y
unirse al jatib o predicador en sus ruegos a Allah en favor de la dinastía
triunfante. Y, según dejan entrever las crónicas árabes, fue entonces y no
antes cuando se expropió a los mozárabes su Iglesia de San Vicente, que estaba
frontera ala fachada oriental del Qasr al-Umara’o Alcázar de los Emires, el
actual Palacio Episcopal, y se convirtió en aljama islámica. Efectivamente,
hacia el año 748, o sea, treinta y siete años después de la conquista de
Córdoba por el caudillo musulmán Mugith al-Rumí, la iglesia en cuestión sirvió
de escenario para degollar a unos setenta mahometanos rebeldes, lo que es
fehaciente indicio de que el templo se hallaba a la sazón, si no en manos de
los cristianos, al menos abandonado por éstos, pues de haber estado para
entonces consagrado al culto islámico, en todo o en parte, no se hubiera
llevado a efecto en el mismo la citada matanza. Sin embargo, a mediados de mayo
del 756 y a consecuencia de la reacción que un hijo del mencionado emir
al-Fihrí tuvo contra ‘Abd al Rahmán I, que acababa de apoderarse de Córdoba, el
lugarteniente de éste, Abu ‘Uthmán, fue sitiado y hecho prisionero en el
torreón del Alcázar que era la sawmu‘a de la aljama, lo que quiere decir que,
para dicha fecha, nuestra iglesia ya estaba convertida en mezquita,
incuestionablemente, y que un bastión del palacio frontero, por su posición
dominante, había sido elegido para hacer las veces de sawmu‘a o torre de
llamada a la oración. Y, en consecuencia, venimos obligados a admitir que la
iglesia pasó a ser templo musulmán no antes del año 748 ni después del 756,
como patentizan las respectivas fechas de los sucesos relatados, conclusión
ésta que marcha en total acuerdo con lo anteriormente expuesto. Ahora bien y a
pesar de su indiscutible valor documental, estas noticias no son las más
primordiales de las que nos aportan las fuentes árabes sobre la iglesia, pues
queda por mencionar otra que las supera en importancia ya que ha sido la clave
para la localización del edificio. Tal noticia nos remite hacia el año 1080
aproximadamente, cuando el monarca castellano-leonés Alfonso VI trató de
imponer al sevillano alMu’tamid mayores tributos y una nueva vejación: la de
que permitiese entrar en la mezquita cordobesa a su mujer de turno, Constanza
de Borgoña, que se encontraba embarazada, para que diese a luz en cierta parte
del costado occidental del templo islámico, la cual le había sido indicada por
las dignidades eclesiásticas de su corte como correspondiente al emplazamiento
de la iglesia sobre la que los musulmanes construyeran la Gran Aljama. Esta
referencia tan concluyente instigó a don Félix, allá por el año 1935, a excavar
el subsuelo de todo el sector occidental de la vieja mezquita de'Abd al-Rahmán
I y nos puso al descubierto, en la zona correspondiente a la Puerta de San
Esteban, parte de la planta de un edificio de muy pobre fábrica, al parecer
iglesia de tres naves, orientado en el sentido E-W. y cuyo muro meridional
conserva restos de un nicho de planta semicircular, en franca armonía con lo que
pudo ser el mihrab o nicho de orientación de una mezquita. El tal edificio, que
está ubicado entre los niveles del suelo romano y el musulmán, posee todas las
características de una obra visigótica, que en modo alguno puede ser explicada
como no se identifique con esa tan traída como llevada Iglesia de San Vicente.
Mas, sus dimensiones, aunque están acordes con las que tenían los templos
cristianos de su misma época, no son nada extraordinarias ni permiten ninguna
división del edificio entre dos credos religiosos tan dispares, a efectos
litúrgicos, como son el musulmán y el nuestro. Y, por tanto, este hallazgo
arqueológico da en tierra con esa bonita leyenda de la Basílica de San Vicente,
aquella de las proporciones monumentales, infinitas columnas rosadas, estera
divisoria..., etc., sin que puedan impedirlo quienes se obstinan en no
admitirlo así y siguen, por sistema, supervalorando 277 MANUEL OCAÑA JIMENEZ lo
legendario y subestimando lo indubitable. No quiere decir lo expuesto que el
reparto del que nos hablan con tanta insistencia los textos árabes no se diese
jamás, sino que nuestros historiadores lo han interpretado de una manera un
tanto ingenua. La palabra kanisa o iglesia se aplica, generalmente, en dichos
textos para designar un cenobio o monasterio, y así debe ser aceptada en el
caso concreto que nos ocupa, a igual que en otros muchos. Consiguientemente, lo
que Yusuf al-Fihrí expropió, sin duda, a los mozárabes cordobeses fue la
iglesia propiamente dicha del cenobio de San Vicente, y les dejó el resto de
los edificios secundarios y tierras dedicadas a cementerio, huerta..., etc.,
que integrarían el mismo. Y este resto fue, exactamente, la parte que les
adquirió ‘Abd alRahmán I unos treinta años más tarde. La fundación de ‘Abd
al-Rahmán I Con el advenimiento de ‘Abd al-Rahmán I y la consiguiente
protección que este príncipe puso en práctica en favor de los marwaníes, la
gente de su casta, la jassa o aristocracia inició su crecimiento en Córdoba, y
pronto la aljama que instituyera al-Fihrí resultó pequeña para albergarla. Se
colocó entonces un entarimado promediando la altura entre el techo y el suelo
del edificio; pero tal altura, menos de dos tallas normales de hombre más el
grueso del entarimado, no permitía a los creyentes mahometanos ponerse de pie,
y tenían que permanecer en la Aljama con la cabeza baja, aparte de que les
resultaba bastante dificultosa la entrada al templo a causa de las pocas
puertas con que contaba el mismo. Durante no pocos años, ‘Abd al-Rahmán no se
dio por enterado del problema que planteaba la falta de capacidad de la Aljama,
hasta que, habiendo adquirido la certeza de que sus días en este mundo tocaban
a su fin y que iba a pasar a la otra vida sin llevar en su haber una obra
meritoria de auténtica categoría, decidió enfrentarse con la cuestión y se
preocupó de resolverla con la máxima eficacia y rapidez. A tal efecto, convocó
a los mozárabes y les propuso la compra, a buen precio, del resto del cenobio
de San Vicente, que eĒos aún poseían; les adquirió dicho resto; mandó demoler,
a continuación, todo el conjunto con inclusión de la iglesia convertida en
aljama, y, finalmente, ordenó que, sobre el solar resultante, se pusieran los
cimientos de una nueva mezquita, aquella que, andando el tiempo, se habría de
convertir en la Gran Aljama del Islam en Occidente, La cronología de esta
fundación no está muy clara; pero creo que se puede fijar, sin temor a error,
como sigue: la compra completa del cenobio, su demolición total y la obligada
nivelación del terreno para subsanar el declive natural de la zona tuvo lugar a
lo largo del año 785 y parte del 786, y, en los primeros días de septiembre de
este último año, se inició, con seguridad plena, la cimentación antedicha. Y
debe descartarse, en absoluto, ese año 780 que se propone modernamente para
fecha de este magno acontecimiento, ya que la crónica árabe de donde tal dato
procede se refiere a la erección de la aljama de Algeciras, que también se
realizó sobre el solar de una iglesia anterior, y no a la fundación de la
cordobesa. Va ya para cuarenta años que se argumentó bastante sobre la
posibilidad de que la aljama de ‘Abd alRahmán I hubiera tenido nueve naves y no
once, como se venía admitiendo tradicionalmente. Primero, fue un reputado
especialista en la historia del arte islámico, Mr. Lambert, quien, hacia 1932,
lanzó la hipótesis, y, unos años después, el descubrimiento de ciertos textos
árabes, que aportaban noticias inéditas sobre el particular, vino a prestar a
la misma gran apariencia de verosimilitud. Sin embargo, los resultados de las
exploraciones que realizó el maestro Hernández Giménez para dilucidar la verdad
fueron precisos y terminantes: las dimensiones primitivas de la aljama en
cuestión habían sido las de un cuadrado casi perfecto de unos 79 metros de lado
y dividido de S. a N. en dos partes sensiblemente iguales, de las que, una, la
meridional, se dedicó a sala de oración, y otra, la septentrional, a patio de
278 PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA abluciones, y dicha
sala de oración estuvo constituida, desde un principio, por las mismas once
naves que, desde siempre, han recibido el calificativo de primitivas. Lo que
esta vieja mezquita es y significa arquitectónicamente considerada, ya ha sido
explicado, una y mil veces, por los manuales de Arte al uso, por lo que no
considero procedente volver aquí a re- pertirlo. Por contra y siguiendo el
estudio cronológico del monumento, añadiré que, a la muerte de ‘Abd al-Rahmán I
(30 septiembre 788), la nueva aljama no estaba totalmente construida, y tuvo
que rematar la obra el príncipe Hisham I, el hijo y sucesor del gran ‘Abd
al-Rahmán, edificando un alminar, un pabellón de abluciones o mida'a y una
galería alta o saqifa destinada a la oración de las mujeres. A decir de las
crónicas árabes, tanto el mencionado alminar como la citada mida‘a estuvieron
íntimamente ligados con sendos muros de cerramiento de la vieja aljama, el
septentrional y el oriental, respectivamente. La localización de ambas
construcciones tenía, en consecuencia, un gran valor arqueológico, ya que la
misma condicionaba el conocimiento de cuáles fueron, en realidad, tales muros
de la fundación de ‘Abd al-Rahmán I. Cuando menos, así lo entendió don Félix,
por lo que procedió a explorar la cara externa de la cimentación del muro que,
por tradición, se venía considerando como el primitivo oriental y, adosados a
dicha cara, encontró los cimientos de la mida’a, como era lo presumible. A este
importante hallazgo, vino a sumarse, algo después, el de los fundamentos del
alminar hishamí, encontrados por el ilustre arqueólogo tras una concienzuda
excavación que realizó en el patio actual, donde hoy pueden verse
convenientemente señalizados. Y estos descubrimientos jugaron uno de los más
importantes papeles en la mencionada polémica sobre las dimensiones originarias
de la Mezquita. La ampliación de 'Abd al-Rahmán II Los no pocos años de paz y
prosperidad que este monarca, con su sabia política, consiguió para sus
súbditos a lo largo de su reinado, supusieron a Córdoba un considerable aumento
de población a todos los niveles sociales, y llegó el momento en que a la
aljama de ‘Abd al-Rahmán I le faltó capacidad para albergar nuevas gentes. Para
paliar en parte esta insuficiencia, ‘Abd al-Rahmán II mandó realizar, en la
fundación de su bisabuelo, la construcción de dos nuevas galerías altas en los
costados E. y W. del patio, armonizadas con la que levantara Hisham I en el
costado S. y destinadas, como ésta, a la oración de las mujeres. Como es
lógico, tan pequeño aditamento no resolvió el problema, y, unos quince años más
tarde, el soberano decidió solucionarlo ampliando la Aljama en profundidad, con
lo que el monumento ganó unos 26,6 metros de largo. Esta ampliación supuso la
demolición obligada del viejo muro meridional de cerramiento, que era para los
fieles el de la qibla u orientación, y el derribo del nicho de referencia o
mihrab del mismo, por lo que se erigió otro en el nuevo muro de qibla. Y el
flamante mihrab se inauguró con la jutba correspondiente al viernes 12 de
octubre del año 848. También fue ‘Abd al-Rahmán II quien completó las galerías
altas del patio edificando otra adosada al muro N., que era el único carente de
saqifa hasta entonces. Y fue, igualmente, este monarca quien, en su ampliación,
inició la noble y laudable tarea de dar más monumentalidad y prestancia a la
aljama cordobesa, tarea en que sería secundado por su hijo y sucesor, Muhammad
I, y por sus nietos, al-Mundhir y ‘Abd Allah, con el correr de los años. En
efecto y en el año 241 H. (855/6 J. C.), Muhammad I terminó todo el decorado de
la parte de mezquita ampliada por su padre y renovó el correspondiente a la
parte vieja, según consta en la inscripción cúfica que ostenta el tímpano de la
Puerta de San Esteban. Un decenio después, el mismo monarca estableció una
maqsura o lugar reservado para la oración de él y su séquito ante el mihrab 279
MANUEL OCAÑA JIMENEZ que levantara su progenitor. Hacia 887, su hijo y sucesor,
el soberano al-Mundhir dotó a la Aljama de una habitación, la Bayt al-Mal o
Cámara del Tesoro, para guardar las donaciones pías que se hacían al templo. Y,
finalmente, el príncipe ‘Abd Allah, hermano y sucesor del desgraciado
al-Mundhir, mandó edificar un sabat o pasadizo elevado, mediante el cual el
viejo Qasr al-Umara’ y, a la sazón, palacio real omeya, quedó directamente comunicado
con la maqsura antedicha, permitiendo al cauto monarca asistir a los oficios de
la mezquita sin tener que soportar el contacto con el pueblo. La ampliación de
‘Abd al-Rahmán III Esta nueva ampliación no afectó, como la anterior, a la sala
de oración de la Mezquita, sino al patio de la misma y fue motivada por una
simple cuestión de estética: tanto el patio como el alminar se habían quedado
visiblemente empequeñecidos en relación con dicha sala desde el instante en que
ésta fue ampliada en profundidad, y se hacía necesario restituir la armonía del
conjunto en lo posible. Su ejecución se inició el año 951 por orden del primer
califa cordobés, el gran ‘Abd al-Rahmán III al-Nasir, y, en virtud de ella, se
demolió el viejo muro de fachada N. con inclusión del alminar hishamí, se
erigió una nueva sumu‘a a unos 8,5 metros al norte de la torre derribada, se
levantó nuevo muro de fachada N., que es el actual, y se alargaron los muros
laterales de cierre hasta su encuentro con el mismo. Y, aunque no dicen las crónicas
nada al respecto, es presumible que se rehiciesen las rnqaìf o galerías altas
destinadas a los rezos de las mujeres, ya que tales galerías quedarían
totalmente desmanteladas al ampliarse el patio. Complemento de ios que
antecede, fue la obra de refuerzo a que hubo de ser sometido el muro de
división entre el patio y el oratorio. Este muro se resintió en su estructura a
consecuencia de las sobrecargas que le habían supuesto el alargamiento de la
sala de oración en días de ‘Abd al-Rahmán II, y hubo necesidad de adosarle otro
por su cara exterior o de fachada al patio, el cual vio su nueva anchura
disminuida en 1,7 metros a consecuencia de la reforma. Y la fecha de estos
trabajos fue la del mes de dhul-hichcha del año 346 H. (23 febrero/24 marzo 958
J. C.), según consta en la lápida árabe existente en la Puerta de las Palmas.
Aparentemente, el todopoderoso al-Nasir parece que aportó bien poca cosa a la
aljama de sus abuelos; pero, lo cierto es que su sumu‘a fue una pieza
arquitectónica fuera de serie que hizo notar su influencia en cuantas torres,
tanto islámicas como cristianas, se erigieron durante ios siglos siguientes. Y
así nos lo ha dejado firmemente asentado don Félix en su extraordinaria
monografía El Alminar de (Abd al-Rahmán III en la Mezquita Mayor de Córdoba,
que salió a la luz escasos días antes del óbito del insigne maestro. La
monumental ampliación de al-Hakam II Al advenimiento al trono del califa
al-Hakam II al-Mustansir, la aljama cordobesa resultaba, de nuevo, insuficiente
para cobijar al crecido número de personas que venían obligadas a asistir a los
oficios del viernes por entonces. Todas las crónicas árabes que nos documentan
sobre el particular andan acordes al respecto y todas también, sin excepción,
resaltan que el piadoso hijo y sucesor de ‘Abd al- Rahmán III inauguró su
mandato ordenando que se procediese inmediatamente a ampliar la Mezquita hacia
el S. tanto cuanto permitiera la proximidad del lienzo meridional del recinto
murado de la ciu280 PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA
dad. La fecha oficial del comienzo de las obras fue el domingo 20 de julio del
año 962, y no está aún totalmente definida la data de terminación de las
mismas, si bien se propone como muy probable la del año 971. A consecuencia de
esta ampliación, la más excelsa y maravillosa de cuantas experimentó el
monumento, la Aljama perdió el mihrab de ‘Abd al-Rahmán II, la maqsura de
Muhammad I, la Bayt alMal de al-Mundhir y el sabat de sAbd Allah. Y, en
compensación, alcanzó su largo actual, y se vio enriquecida con el portentoso
mihrab que hoy admiramos en ella, una maqsura mucho más amplia y fastuosa que
la antigua, una nueva Bayt al-Mal y un no menos nuevo sabat de mayores
proporciones que el desaparecido. Una extraordinaria novedad que introdujo esta
ampliación alhakamí fue la de los qibab o pabellones cupuliformes, que tanta
trascendencia tendrían después en Arquitectura. Mas conviene puntualizar al
respecto que, de acuerdo con las fuentes árabes y en contra de lo que se viene
afirmando día tras día, repitiendo los supuestos gratuitos de algún que otro de
nuestros escritores del siglo XVII, el tránsito a la magna ampliación de
al-Mustansir lo señalaba un sólo pabellón, que recibía el nombre de Cúpula
Mayor o al-Qubba al-Kubra. Por tanto, malamente pudieron ser destruidas por
manos cristianas dos presuntas cúpulas colaterales a la mencionada, porque no
existieron nunca. Y, desde luego, el afirmar, como se afirma en una reciente
publicación oficiosa, que dicha al-Qubba al-Kubraf la antigua ubicación de la
Capilla de Villaviciosa, corresponde al mihrab de ‘Abd al-Rahmán I, es algo tan
absurdo y pueril que conviene ignorarlo en absoluto, pues no se puede escribir
con una mayor insensatez. Y ya que he hecho mención de la Capilla de
Viilaviciosa, aprovecharé la ocasión para recalcar una vez más que, la
hermosísima lápida que se expone en la misma del período de al-Hakam al-Mus-
tansir y ostenta la fecha de 358 H. (968/9 J. C.) se refiere a la terminación
de unas obras que nada tuvieron que ver con la ampliación alhakamí, aunque se
pretenda relacionarlas con la misma, divulgando . una pésima interpretación de
Amador de los Ríos, el cual leyó “con aspecto de fortaleza y complemento de sus
arcadas”, donde las grafías cúficas dicen “con la supervisión de Ma'qil y
Tammam sus dos eunucos”, como ya rectificó con todo acierto el inolvidable
epigrafista francés E. Lévi-Provençal nada menos que en el año 1931. Y conviene
no dar por finalizada la relación de los trabajos de al-Hakam II en la
Mezquita, sin añadir que este califa mandó demoler el viejo mida 'a de Hisham I
e hizo levantar, en los costados E. y W. de la sala de oración, sendas series
de cuatro nuevos cada una: dos grandes para el servicio de los hombres, y dos
más pequeños para el de las mujeres. Dotó todos estos pabellones para la
ablución de agua abundante, que venía conducida desde la Sierra. Y, por último,
ordenó instalar en las fachadas E. N. y W. del patio otras tantas grandes tazas
de piedra, a las que iba a para el agua sobrante de los indicados servicios,
para que las gentes pudieran aprovecharse de la misma. La última ampliación de
la Mezquita En los días de Hisham II al-Mu’ayyad, el hijo y sucesor de al-Hakam
al-Mustansir, y en plena dictadura del célebre Almanzor, la población de
Córdoba alcanzó su máximo desarrollo, y otra vez se sintió la necesidad de dar
mayor capacidad a la Aljama. Entonces se llevó a cabo la ampliación más grande
de todas las que experimentó el monumento en cuanto a extensión añadida; pero
la más pobre en cuanto a calidad de fábrica. Las obras dieron comienzo hacia el
año 987 y tuvieron una duración aproximada de unos dos años, siendo la causa de
que se ignore la fecha exacta de la terminación de los trabajos una prohibición
impuesta por Almanzor de que no se conmemorase el acontecimiento en inscripción
alguna, para evitar que ésta fuera redactada a nombre del califa nominal Hisham
II, según 281 MANUEL OCAÑA JIMENEZ hubiese sido lo protocolario. Lo fundamental
de esta ampliación, la única que se hizo hacia el E., fue que, gracias a ella,
la Mezquita alcanzó las dimensiones extraordinarias que tiene al presente y
pasó a ser considerada por los musulmanes como la mayor y más excelsa Aljama
del occidente islámico, tanto por su enorme amplitud como por su inusitada
monumentalidad. Y lo secundario que, a consecuencia de esta adición, los
pabellones que erigiera al-Hakam II para las abluciones rituales desaparecieron
y fueron sustituidos por cuatro grandes pilas destinadas a la misma finalidad,
las cuales mandó colocar el dictador ‘amirí dentro del patio, donde, por
añadidura, hizo excavar la cisterna para la recogida de aguas plubiales, que
subsiste todavía. Esta ampliación de Almanzor fue la última que los musulmanes
llevaron a cabo en la Mezquita, como todos sabemos, y, aunque tuvieron
necesidad, indudablemente, de realizar en ella algunas obras de mantenimiento y
reparación, a lo largo de los dos siglos y medio bien cumplidos que el
monumento se mantuvo aún consagrado al Islam, tales obras no han dejado huella
alguna en las crónicas árabes porque fueron, sin duda, de poca monta, y sólo la
Arqueología nos aporta unos pocos datos inconexos entre sí, que a nada
autorizan. Más no debemos perder la esperanza de que, en un futuro más o menos
próximo, el hallazgo de nuevos textos árabes venga a arrojar alguna luz sobre
esa época poscalifal, la más oscura en la historia del monumento. Y, viviendo
en esa esperanza, pongo punto final a esta breve síntesis.
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