SORAYA
Soraya. ?, m. s. XV – p.
t. s. XVI. Reina nazarí. Esposa de Abū l-Ḥasan.
ConsorteConverso, saPríncipe,
princesa árabe o musulmán, na
Biografía
Cautiva
cristiana que convertida al Islam llegó a ser esposa del sultán Abū l-Ḥasan
‘Alī, Muley Hacén (1436-1489). Aunque sus orígenes resultan
algo confusos debido al escaso interés de sus contemporáneos por aclararlos, la
podemos identificar como hija del comendador don Sancho Jiménez de Solís,
alcaide de Bedmar y de la Higuera de Martos, que fue hecha prisionera junto a
un gran número de personas durante un ataque de Abū l-Ḥasan acaecido el día de
San Miguel de 1471. Tras éste, en el que perecería el propio don Sancho, los
cautivos fueron conducidos a Granada. Isabel era todavía una niña. Su belleza
deslumbraría al Soberano, quien la convirtió en su esposa tras su conversión.
Es entonces cuando toma el nombre de Soraya (lucero de la mañana). El
matrimonio debió producirse hacia 1474-1475. A partir de ese momento, Abū
l-Ḥasan, Muley Hacén, le hizo donación de un importante número de propiedades,
y le dio un puesto privilegiado en la Corte, con el séquito que correspondía a
la esposa de un Monarca nazarí. La residencia que buscó para ella fue el
palacio conocido como Doralcotola que se levantaba en la
Alcazaba Cadima del Albaicín. Allí vivió hasta 1483 cuando la batalla de Lucena
dio lugar a la prisión del príncipe Muḥammad y a la salida de Fátima, su madre,
de la Alhambra (Muḥammad, futuro Muḥammad XI, Boabdil, era hijo del
primer matrimonio de Abū l-Ḥasan). A partir de ese momento, Soraya se instaló
en la Alhambra como esposa del Soberano. La influencia que ejerció sobre el
mismo, así como el que la mayor parte de los bienes con que éste la dotaba
proviniesen de los derechos realengos sobre las herencias, levantó una cierta
animadversión hacia ella entre otros renegados cristianos.
Abū
l-Ḥasan y Soraya tuvieron dos hijos varones: Sacd y Naṣr. Desde su
nacimiento fueron considerados como príncipes reales, y como tales, su infancia
y primera juventud discurrió en la Corte granadina. Su padre les dotó también
de bienes propios, provenientes, en este caso, de la herencia de una de sus tías.
Así recibieron entre otras propiedades el Cortijo de Arenales y la heredad de
Dar Aldefla.
Mientras
vivió su esposo, Soraya permaneció junto a él como correspondía a su condición
de esposa y reina, y a la muerte de éste, se acogió a la protección de su
cuñado, Muḥammad b. Sacd, al-Zagal (el Valiente).
Incluso, parece haber testimonios que indican que cuando Abū l-Ḥasan, ya muy
enfermo, se retiró o fue retirado a la costa granadina, sus hijos le
acompañaron, pero ella se quedó en la Corte, por lo menos durante algún tiempo,
como reina consorte por expreso deseo del Zagal. Parece que éste le propuso
matrimonio una vez muerto su hermano, a lo que se negó, pero no a su
protección, ya que ella y sus hijos continuaron viviendo en la Corte granadina
hasta que el Zagal capituló con los Reyes Católicos (Diciembre, 1489). En las
capitulaciones, en las que estuvieron presentes Soraya y sus hijos, figura una
cláusula en la que se vinculan sus bienes y los de sus hijos a los del Zagal,
entrando todos en un mismo apartado y mereciendo la misma consideración. Cuando
ya en 1490 él marchó a Orán con los más fieles de los suyos, Soraya y sus hijos
permanecieron en Granada. Muy pronto fueron objeto de una atención muy especial
por parte de los Reyes Católicos, ya que los infantes parecían ser animados por
algunos granadinos a la rebeldía. Esta posible actitud, que ya había sido
frenada por el propio Zagal, la impidieron los Reyes Católicos ordenando el
traslado de los infantes a Sevilla (Marzo 1490) y manteniéndoles, desde
entonces alejados de Granada y de los asuntos políticos. En adelante,
acompañaron a la Corte en sus desplazamientos.
El
30 de Abril de 1492, en el campamento de Santa Fe, el obispo de Guadix, fray
García de Quixada, bautizó a los infantes y a seis de sus criados. Fueron
apadrinados por el propio Monarca y por el príncipe heredero, Don Juan, tomando
sus nombres. Sacd se convirtió así en Don Fernando y Naṣr en Don
Juan. Soraya permaneció un tiempo más en Granada, y ante la insistencia de sus
hijos y de los propios Monarcas castellanos, volvió a su primitiva fe. Tomó el
nombre de Isabel. En adelante se la citará como Isabel de Granada o la reina
Doña Isabel. Tras una breve estancia en Córdoba, se afincó en Sevilla con el
cambio de siglo. Residía en la ciudad en 1510. No se sabe nada de su vida
durante esos años, ni tampoco de su muerte. Más detalles, sin embargo, conocemos
de sus hijos. Don Fernando contrajo matrimonio con doña Mencía de la Vega,
señora de Tordehumos, Castrillo, Guardo y Castejón. No tuvo descendencia. Murió
en Burgos en 1512. Su hermano, Don Juan, casó en primeras nupcias con doña
Beatriz de Carvajal, y ya viudo, con doña María de Toledo, quien le dio
numerosa descendencia. Durante la revuelta comunera preside la “Comunidad” de
Valladolid, y en calidad de capitán general hará frente a los elementos más
exaltados durante algún tiempo. En Valladolid residió posteriormente mientras
desempeñaba la gobernación de Galicia, y allí muere, siendo enterrado en el
Monasterio del Prado.
La
Monarquía castellana se encargó de atender sus necesidades materiales. Al
principio, Soraya disfrutó de una ración diaria para su mantenimiento, que se
percibió de modo irregular. En 1504, al morir la Reina castellana, ella cobraba
150.000 maravedís anuales como ayuda a su costa, cantidad que rebajada en un
tercio, continuará cobrando en los años siguientes. Sus hijos disfrutaban de
una asignación anual de medio millón de maravedís. Tras estas asignaciones, se
ocuparon también de aclarar la situación de sus bienes, la mayor parte de los
cuales se habían perdido, bien arrebatados por el último Emir o bien diluidos y
apropiados en el marasmo de la ocupación cristiana al finalizar la guerra. En
el proceso abierto en la Real Chancillería de Granada en 1509 para dilucidar el
paradero de esos bienes, los que Abū l-Ḥasan había entregado a Soraya y que
reclamaban sus hijos Don Fernando y Don Juan, es en donde se puede comprobar
cómo prácticamente todos procedían de las participaciones realengas sobre
herencias.
A
Soraya se le hizo protagonista de las discordias internas granadinas que
minaron la capacidad de resistencia de este reino frente al empuje cristiano.
Sus contemporáneos, conscientes de que esas luchas internas eran causa de la
inferioridad nazarí ante los cristianos, buscaron una explicación fácil a las
mismas. La encontraron en los amores de su Monarca y la cautiva cristiana que
supusieron el abandono de su primera esposa, Fátima, y de sus hijos. Ésta,
humillada, postergada y celosa, movería a los suyos, los Banū-Sarrāŷ, los
Abencerrajes en crónicas castellanas, a la rebeldía y a la guerra civil. ¿Acaso
olvidaban que el propio Abū l-Ḥasan también se había levantado contra su padre,
Sacd, en 1464 aupado precisamente por ellos? ¿y que esas discordias
internas se venían produciendo desde antiguo sin tener que lavar afrentas de
esposas humilladas? Sin unas reglas muy claras en los derechos de sucesión al
Trono nazarí, las ambiciones de los distintos linajes: Banū-Sarrāŷ, Abencerrajes,
los Bannigas, Venegas, los al-Amīn, Alamines …
encontraron salida en conspiraciones que perseguían el control del Sultán o su
reemplazo por alguno proclive a respetar los intereses de un bando u otro. Esas
discordias y los efectos de la aguda y renovada presión cristiana, sí
explicarían la tragedia del reino nazarí, y no un episodio concreto alimentado
con mayor o menor intensidad por unas desavenencias conyugales.
Cuando
en 1464 Abū l-Ḥasan, Muley Hacen, sube al Trono de Granada, no se piensa que el
fin esté tan cercano. Incluso aparece —aunque ilusoriamente— como una etapa
relativamente próspera. El nuevo Sultán había reprimido duramente a los
Abencerrajes privándoles del poder que desde su primer triunfo político en 1419
—colocación en el Trono de Muḥammad IX, el Zurdo— ostentaban. Sus
intrigas, que buscaban continuamente sustitutos a los diferentes monarcas,
parecían haber acabado. Una ilusión vana, similar a la de su padre, el monarca
Sacd que también creyó acabar con esas discordias buscando esposas
adecuadas para sus hijos. Concertó el matrimonio de su primogénito, Abū l-Ḥasan
con la viuda de Muhammad XI, el segundo rey chico, que era además
hija de Muhammad IX, el Zurdo, y el de su segundo hijo, Muhammad b. Sacd,
el Zagal, con una hija de Yūsuf IV b. al-Mawl. Sin embargo, pronto pudo
comprobar que no era así, pues apenas quiso prescindir del férreo control al
que se veía sometido, cuando los Abencerrajes intrigaron para buscar un
sustituto. Lo encontraron en su propio hijo, Abū l-Ḥasan. Cuando éste también
discrepó, volvieron a hacerlo. Esta vez, el candidato fue su hermano, el Zagal.
Como el movimiento no prosperó, apartados del poder, supieron esperar, y en el
momento oportuno, nuevas intrigas políticas alzaron a Boabdil contra su padre
(1482). De nuevo una guerra civil. Cada victoria de uno sobre otro suponía
desgaste, pérdidas de hombres, dinero, tierras, dolor, desolación…; los
verdaderos vencedores eran los cristianos. Pero hasta ese 1482, durante los
primeros años de gobierno de Abū l-Ḥasan se había gozado de cierta prosperidad.
Tras la reconciliación con su hermano y la represión de los Abencerrajes, Muley
Hacén aprecia un fortalecimiento de su poder. Paz interna, bonanza
económica, abundancia de víveres, baja de precios, acuñación de moneda de buena
ley, especial atención al Ejército, mejora y reorganización del mismo,
algaradas continuas… Muley Hacén fue un emir eminentemente guerrero.
Probablemente deseaba revivir glorias anteriores, pero, sobre todo, parecía
consciente de que sólo asestando golpes continuos a los cristianos podría
garantizar la supervivencia del país. Desde 1464 a 1482, fecha en que comienza
la última etapa de la guerra de Granada, no pasa un año sin que organice
expediciones, ataques, escalas a castillos… como aquella en la que cautivó a
Isabel de Solís, su futura esposa. Necesitaba éxitos militares que justificasen
unos tributos cada vez más fuertes, y siempre mal recibidos por la población.
La
situación cambió totalmente cuando Fernando e Isabel se consolidaron en el
Trono. El nuevo estado perfilaba claramente un objetivo: aniquilar al Reino de
Granada y eliminar al Islam de la península. Por lo tanto, su presión iba a ser
inexorable. La conquista cristiana de Alhama (1482), importante plaza entre
Málaga y Ronda, marcó un punto de inflexión. Cambió el rumbo de la guerra y los
acontecimientos. Cada acción de guerra favorable a los cristianos —que a partir
de ese mítico 1482 iban a ser prácticamente todas— significaba para los
granadinos mucho más que pérdida de territorios. La tala, la quema de tierras
que las continuas acciones llevaban consigo, suponían graves pérdidas para la
agricultura que era su base económica. Menos recursos, pero cada vez más bocas
que alimentar al concentrarse la población en el también cada vez más escaso y
empobrecido terruño que se conservaba. En esas condiciones, el planteamiento de
nuevos tributos no haría más que aumentar el descontento popular. Y a esa
situación es a la que se tuvo que enfrentar Muley Hacén tras la pérdida de
Alhama. Nunca se recuperó de la misma ni de sus fracasos por recuperarla. Su
prestigio, que se había basado exclusivamente en sus éxitos militares, se
diluye. Era la ocasión que esperaban los Abencerrajes, y ellos agruparon a los
descontentos en torno al príncipe Boabdil. Así, se entraba en la fase final de
la guerra de Granada (1482-1492). El reino nazarí, sin ninguna ayuda exterior
pronto iba a sucumbir. Pero antes de que eso ocurriese, todavía tres hombres se
disputaron y disfrutaron del poder en algún momento: Abū l-Ḥasan que se mantuvo
hasta 1485; su hijo Muḥammad XI, Boabdil, (1482-1492), y su hermano Muḥammad
XII, el Zagal (1485-1489).
Las
razones, las causas del fin se nos muestran claras. Los amores de Abū l-Ḥasan,
Muley Hacén con la cautiva cristiana, recogidos por los cronistas españoles de
finales del siglo XV y del siglo XVI sólo servirían para satisfacer los anhelos
románticos del siglo XIX. Eso sí, ellos supieron transformarlos en leyenda.
Washington Irving en su Crónica de la Conquista de Granada (1829),
y más tarde Miguel Lafuente Alcántara en su Historia de Granada,
ponen el acento en esos amores de Abū l-Ḥasan y Soraya, y en los celos de una
esposa abandonada. Episodio romántico que no puede explicar por sí la tragedia
del reino naṣrí.
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Autor/es
- Betsabé
Caunedo del Potro
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