MUHAMMAD XI
Muḥammad XI: Abū cAbd Allāh
Muḥammad b. cAlī b. Sacd b. cAlī b. Yūsuf b. Muḥammad b. Yūsuf b. Ismācīl b.
Faraŷ b. Ismācīl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b.
Qays al-Jazraŷī al-Anṣārī, al-Gālib bi-[A]llāh. Boabdil (el Chico o el
Chiquito). Granada, c. 864 H./1460 C. – Fez (Marruecos), 924 H./I.1518-I.1519
C. ó 940 H./1533-1534 C. Emir de al-Andalus, sultán de Granada.
Sultán nazarí
Biografía
Conviene
advertir antes de iniciar la lectura de esta biografía que se trata del emir
que hasta hace pocos años se identificaba como Muḥammad XII, pero gracias a la
información de una fuente árabe de época nazarí escrita por Ibn cĀṣim (muerto
en 1453) se debe rectificar la anterior numeración, que también afecta al que
ahora sabemos es Muḥammad XII, al-Zagal, (antes Muḥammad XIII). Igualmente,
dada su posición como último sultán nazarí (y con ello último soberano de los
ocho siglos de historia de al-Andalus) y su papel en la entrega de Granada, ha
sido objeto de leyendas y recreaciones literarias —luchas familiares, vida
galante, tesoros, aureola de desdicha, el Suspiro del Moro— con más o menos
fundamento histórico que no se reflejarán en esta biografía pero que han
inspirado numerosas obras de poesía, teatro y narrativa en diversos países y
lenguas. Tampoco pueden recogerse aquí todas las divergencias o datos dispares
que sobre algunos aspectos de su vida ofrecen las fuentes árabes, cristianas y
hebreas.
El
nombre con el que fue conocido por los cristianos y que se ha conservado como
arabismo hasta nuestros días, Boabdil, deriva de su kunya (prenombre de
paternidad), Abū cAbd Allāh, pronunciado en forma dialectal. Al igual que otros
sultanes de la dinastía que además de su correspondiente laqab (sobrenombre
honorífico) recibieron otro sobrenombre, de carácter informal y no
protocolario, también Muḥammad b. cAlī, Boabdil, recibió el apodo de al-Zugaybī
(el Desventuradillo), que sus compatriotas le aplicaron en la época en que
luchó y se disputó el Trono con su tío Muḥammad XII, al que por contraste con
el primero le llamaron al-Zagal, el Bravo. Para distinguirlo de este último,
dada su homonimia de nombre y kunya, también fue denominado como el Rey
Chico/Chiquito en las crónicas cristianas —frente a su tío, rey viejo—, que
cabe suponer también se aplicaría en al-Andalus en árabe, como ya había
sucedido con anteriores situaciones de contemporaneidad de dos emires
homónimos.
Nació
hacia 1460 y era hijo del emir Abū l-Ḥasan (1464-1482 y 1483-1485), el Muley
Hacén de las fuentes castellanas, y su primera esposa, que fue una de las tres
hijas de Muḥammad IX al-Aysar o el Izquierdo (1419-1427, 1430-1431, 1432-1445 y
1447-1453), pero no Fāṭima —aunque hay documentos que avalan esta
identificación—, sino más probablemente cĀ'iša. De este matrimonio nació,
además de Muḥammad (Boabdil), Yūsuf y una hija también llamada cĀ'iša (nacida
antes de 863/1459).
Se
ha conservado parte de la vestimenta que usaba con veintitantos años en 1483;
de su calzado y marlota se ha deducido que era una persona delgada y de
estatura mediana-baja, de unos 160-165 centímetros, mientras que las crónicas
cristianas señalan que era de piel blanca y cabello moreno.
La
primera noticia sobre su vida podría ser la que aparece en una escritura
notarial por la que, todavía niño de corta edad, compra la finca del Nublo y
otras propiedades del patrimonio real que su padre les vendió a él y a su
hermano Yūsuf a mediados [15] de raŷab de 869/[13] de marzo de 1465.
Pero
su padre tomó como concubina a una cautiva cristiana que se convirtió al Islam
y recibió el nombre de Turayyā (las Pléyades) —Zoraya, Zorayda, posterior
conversa Isabel de Granada/Solís— con la que acabó casándose y teniendo dos
hijos, Sacd y Naṣr (futuros conversos Fernando y Juan). La excesiva inclinación
del emir por Turayyā y la postergación de la sultana provocó un enfrentamiento
en el que cĀ'iša estuvo apoyada por sus hijos y por la familia y aristocracia
nazaríes, lo que potenció las luchas y divisiones cortesanas así como los
conflictos dinásticos por la sucesión de Abū l-Ḥasan. No obstante, es preciso
advertir que tanto en la historiografía como en la leyenda se ha exagerado la
influencia que esta crisis conyugal ejerció en la caída final de al-Andalus.
Tras
la tremenda pérdida de Alhama el 9 de muḥarram de 887/28 de febrero de 1482 y
tres intentos infructuosos de recuperarla por Abū l-Ḥasan, las tropas nazaríes
de Loja dirigidas por al-cAṭṭār, suegro de Muḥamamd b. cAlī (Boabdil) y
reforzadas por el propio emir, derrotaron y pusieron en fuga desordenada al rey
Fernando el Católico, que asediaba la ciudad lojeña, el 27 de ŷumādà I de
887/14 de julio de 1482.
Pero
ese mismo día llegó a Loja la noticia de la sublevación de Muḥammad (Boabdil) y
su hermano Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf, que, aprovechando la ausencia de su padre y
apoyados por los Banū l-Sarrāŷ (Abencerrajes) y por su madre, que entregó sus
hijos a los conspiradores, habían huido de la Alhambra —las fuentes árabes,
hostiles a Abū l-Ḥasan, señalan que temían, ellos y su madre, las intenciones
de su padre, influido por su favorita Turayyā—. Ambos hijos fueron llevados a
Guadix y reconocidos primero allí y después en Granada. Muḥammad XI, Boabdil,
fue proclamado emir mientras que su hermano Yūsuf se apoderaba de
Almería.
Su
padre no pudo recuperar la Alhambra y, con su hermano Muḥammad b. Sacd
al-Zagal, se retiró a Málaga, que le mantuvo su lealtad.
Así,
el nuevo emir inició su reinado a finales de ŷumādà I de 882/mediados de julio
de 1482 y adoptó el mismo laqab (sobrenombre honorífico) que su padre Abū
l-Ḥasan y su tío, el futuro Muḥammad XII al-Zagal (o al-Zagall): al-Gālib
bi-[A]llāh (el Vencedor por [la gracia de] Dios), el más simbólico de la
dinastía, conectado con el lema de la misma y que llevaron el fundador y el
destacado Muḥammad IX. Tal desproporción en un emir tan débil y de poder tan
precario refleja sin duda las graves carencia y necesidad de afianzamiento y
prestigio de que adolecía.
Los
Banū l-Sarrāŷ y sus seguidores obtuvieron el objetivo de su conspiración y
volvieron al poder ocupando altos cargos, como el caso de Yūsuf b. cAbd al-Barr
y Yūsuf b. Kumāša.
Sin
embargo, el poder y estabilidad de Muḥammad XI, Boabdil, estaban seriamente
amenazados por su padre y su tío, que dominaban Málaga, se extendieron a Ronda
y la Algarbía y obtuvieron resonantes éxitos contra los castellanos, como el de
la Ajarquía malagueña conseguido por Muḥammad b. Sacd al-Zagal el 11 de ṣafar
de 888/21 de marzo de 1483. Más amenazantes para su prestigio eran los éxitos
ante el enemigo infiel que su derrocado padre cosechó en Cañete y Tarifa, por
lo que cuando supo que este se hallaba en la zona de Almuñécar, se dirigió
contra él con el ejército de Granada y ambos se enfrentaron; sorprendentemente,
Muḥammad XI, Boabdil, fue derrotado, aunque no era la primera vez que sus
tropas eran vencidas por Abū l-Ḥasan.
En
esta coyuntura el nuevo emir necesitaba un triunfo frente a los cristianos para
afianzar su prestigio y legitimidad —téngase en cuenta que una de las
principales funciones de un emir es la defensa—, por lo que dirigió una
expedición contra Lucena el 20 de abril de 1483 (rabīc I de 888). Pero la
incursión resultó tan desafortunada que sus tropas fueron derrotadas, a pesar
de su mayor número, y muchos de los oficiales murieron, como el victorioso y
célebre alcaide de Loja, al-cAṭṭār, suegro de Muḥammad XI, Boabdil. Importantes
jefes cayeron prisioneros, pero lo más grave fue la captura del propio Sultán,
que en principio no fue reconocido pero acabó siendo identificado después. La
evidente trascendencia política del cautiverio del emir fue inmediatamente percibida
por los cristianos y los reyes castellanos, Fernando II de Aragón e Isabel I de
Castilla, dispusieron de la mejor baza para la conquista completa de
al-Andalus. El entusiasmo castellano hizo que la imagen del emir fuera incluida
en escudos de armas y retratos que circularon ya en la época.
Inmediatamente,
los notables andalusíes restauraron a Abū l-Ḥasan, pero su otro hijo Yūsuf
seguía manteniendo Almería en favor de Muḥammad XI, Boabdil, al que intentaron
rescatar sus partidarios. Con este fin, cĀ'iša, la sultana madre de Boabdil,
envió una delegación presidida por Ibn Kumāša que se presentó ante el rey
Fernando en Córdoba para negociar la liberación del cautivo, que había sido
trasladado a Porcuna. Aunque su padre, Abū l-Ḥasan, también hizo lo mismo,
Fernando V optó por negociar con los partidarios de Boabdil considerando el
mayor perjuicio que podría causar al emirato nazarí por las divisiones internas
que apoyando a este podría causar. Tanto es así que el 5 de julio de 1483
concedió seguro a todos los lugares del emirato que fueran seguidores de
Muḥammad XI y a los que lo reconocieran.
En
agosto de 1483 en Córdoba, el Sultán cautivo acordó el primero de los tres
pactos o tratados que a lo largo de su vida firmó con el rey castellano. A
cambio de su liberación y el apoyo del rey castellano para combatir a su padre
y someter todo el territorio, las exigencias fueron muy elevadas: su vasallaje,
entrega de varios rehenes, entre ellos su primogénito Aḥmad, doce mil doblas de
oro y liberación de cautivos.
Apenas
conoció el pacto, Abū l-Ḥasan, con el fin de contrarrestar el apoyo castellano
a su hijo y atraerse a los partidarios de este, solicitó una fetua a los
principales muftíes de la capital sobre esta situación. A mediados [15] de
ramaḍān de 888/[17] de octubre de 1483 los juristas dictaminaron que la
proclamación de Boabdil iba contra la ley de Dios y había sido un pecado, que
pactar con los infieles estaba prohibido y que reconocer al emir cautivo era
ilícito, aunque se aceptaba el arrepentimiento de los que lo hubiesen hecho.
Con
las puertas de la capital cerradas por la fuerza y por el derecho, Muḥammad XI
se dirigió a Guadix, donde permaneció algún tiempo con la esperanza de
apoderarse de Granada y vencer a su padre y a su tío. Pero su situación se
complicó allí y se trasladó a Almería, donde se reunió con su hermano Yūsuf,
aunque esto propició que su padre estrechara más aún el cerco sobre ambos. Ante
ello, Boabdil envió a su visir a solicitar ayuda al rey castellano y, como no
obtuvo resultado, fue en persona con el mismo objetivo. Durante su ausencia, se
produjo la entrada de su tío Muḥammad b. Sacd al-Zagal en Almería, hacia
[muḥarram] de 890/febrero de 1485, con la connivencia de algunos alfaquíes de
la ciudad —Baeza señala que tras seis meses de asedio y mediante amnistía—. Abū
l-Ḥasan ordenó que fueran ejecutados los jefes rebeldes, incluido su propio
hijo Yūsuf —según las crónicas cristianas, Boabdil huyó entonces de Almería o
de Vera a Córdoba—.
Mientras
tanto, los castellanos conquistaron Álora, Alozaina y Setenil en 1484 y
Cártama, Coín y Ronda, entre otras, en 1485. Abū l-Ḥasan, ya enfermo e
incapacitado, fue sustituido por su hermano Muḥammad al-Zagal en ŷumādà II de
890/junio de 1485 y con él se produjo un fortalecimiento de al-Andalus y su
unificación bajo un emir de prestigio, capacidad militar y apoyo popular. Para
truncar este afianzamiento del Trono nazarí, el rey castellano envió de nuevo a
Muḥammad XI, Boabdil, para que emprendiera una segunda campaña de asalto al
Trono y reactivar así la guerra civil en el interior de al-Andalus. Con el
apoyo de Fernando V, se instaló otra vez en la región oriental del emirato
ofreciendo la paz que su tratado con el rey cristiano garantizaba a quienes lo
reconocieran. Así consiguió que lo acataran varias fortalezas: antes del 12 de
octubre de 1485 ya estaba en los Vélez y el 25 de noviembre de 1485 ya había
sido proclamado en Huéscar.
Ello
permitió que sus seguidores en la capital convencieran a los habitantes del
Albaicín, ganaderos y campesinos deseosos de paz y tranquilidad en los campos,
para que proclamaran a Boabdil por el fin de la guerra que prometía. La guerra
civil estalló en plena ciudad de Granada violentamente (los partidarios de
Muḥammad XII al-Zagal llegaron a utilizar cañones y almajaneques para lanzar
piedras a los del Albaicín desde las murallas de la alcazaba). Muḥammad XI
anunció desde Vélez su llegada al Albaicín, que esperaba su entrada inminente,
aunque finalmente no se produciría.
Como
ninguno de los contendientes vencía, pasados más de dos meses de lucha (3 de
rabīc I a 15 de ŷumādà I de 891/9 de marzo a 19 de mayo de 1486), los alfaquíes
los presionaron para que cesaran la lucha protestando porque el conflicto
provocaba la ruina de la nación. El acuerdo se alcanzó y Muḥammad XI, Boabdil,
renunció a sus pretensiones al Trono en favor de su tío y desde Vélez se
trasladó a Loja, que quedó bajo su autoridad.
Ello
no impidió, a pesar del tratado de paz con el rey castellano, que este
conquistara Loja el 26 de ŷumādà I de 891/30 de mayo de 1486. Algunas fuentes
árabes acusan a Muḥammad XI de haber ido a Loja para entregarla al rey
cristiano en pago de su liberación, mientras que las crónicas cristianas lo
acusan de traicionar el pacto con Fernando V por defender Loja. Parece ser que
el primer pacto exigía la entrega de Loja, pero Boabdil no podía justificar
ante su pueblo la entrega de una ciudad de tan enorme importancia y tras la
reconciliación con su tío Muḥammad XII al-Zagal tenía que defender su tierra.
Boabdil
fue apresado nuevamente y tuvo que aceptar un segundo pacto con Fernando V,
quien, para mantener viva la guerra civil nazarí, lo liberó de nuevo y le
concedió la región oriental de al-Andalus —Guadix, Baza, Vera, los Vélez,
Mojácar— como dominio en vasallaje si Muḥammad XI la tomaba en ocho meses. Poco
después y para facilitarle la labor, aceptó otorgar una tregua en julio de 1486
por tres años al territorio que se levantase en su favor durante los seis meses
siguientes.
Los
castellanos prosiguieron sus conquistas (Elvira, Íllora, Colomera, Moclín y
Montefrío) en ŷumādà II/junio y Muḥammad b. cAlī, Boabdil, se estableció en
Vélez. La población de la zona lo reconoció con la esperanza de paz que el
nuevo tratado con los cristianos les prometía otra vez. A los pocos meses, se
decidió a emprender el asalto a la capital y el 16 de šawwāl de 891/15 de
octubre de 1486 entró secretamente en el Albaicín. Sin embargo, el resto de
Granada se mantuvo fiel a Muḥammad b. Sacd al-Zagal y de nuevo se desató la
lucha fratricida en el corazón del emirato.
Muḥammad
XI, Boabdil, pudo resistir e incluso superar un ataque masivo de Muḥamamd XII
al-Zagal el 27 de muḥarram de 892/23 de enero de 1487 porque contó con la ayuda
de tropas cristianas que entraron en el mismo Albaicín en el paroxismo de la
injerencia castellana.
A
pesar de que los ulemas condenaron esta intromisión castellana y deslegitimaron
a Muḥammad XI, este continuó ganando partidarios, pues envió a su visir a
varios lugares con una copia de su tratado de paz con Fernando el Católico y
consiguió que la importante ciudad de Málaga lo acatara para evitar los ataques
cristianos.
El
conflicto se prolongaba ya seis meses cuando el rey castellano aprovechó la
guerra civil que había provocado para atacar Vélez-Málaga, sabiendo que el
valeroso y batallador al-Zagal estaba ocupado defendiendo el Trono. Ante esta
amenaza, los alfaquíes intentaron una reconciliación o una tregua entre ambos
contendientes que, al parecer, no se logró —Valera informa que sí—. En
cualquier caso, Muḥammad XII al-Zagal acudió a socorrer la ciudad el 26 de
rabīc II de 892/21 de abril de 1487 pero no lo consiguió y al regreso le llegó
la noticia de que Muḥammad XI se había apoderado de la capital y había sido
proclamado el domingo 5 de ŷumādà I de 892/29 de abril de 1487.
Iniciaba
así Muḥammad XI, Boabdil, su segundo y postrero emirato que sería, además, el
último de los casi ocho siglos de historia de al-Andalus. Lo hizo en compañía
de los Banū l-Sarrāŷ y tras eliminar a sus cuatro principales adversarios, todo
ello comunicado a la reina Isabel la Católica el mismo día de su
restauración.
A
primeros de mayo firmó un nuevo tratado, el tercero y último de los pactos con
el rey Fernando en el que se comprometía en secreto a entregar Granada a cambio
de un principado en la zona oriental (Baza, Guadix, los Vélez, Vera) cuando los
Reyes Católicos hubieran conquistado Almería, Baza y Guadix.
El
cumplimiento de este pacto explica la conducta de Muḥammad XI cuando los
castellanos comenzaron el asedio de Málaga el 7 de mayo: ante la petición de
ayuda de los malagueños, que lo habían acatado en abril, les recomendó que
capitularan; además, desbarató las tropas de auxilio enviadas por su tío
Muḥammad XII al-Zagal desde Guadix, en donde se había establecido. Málaga se
rindió, tras un feroz asedio y una resistencia extrema con crueles
padecimientos de la población, el 18 de agosto de 1487. Tras ella, cayó toda su
Garbiyya.
Al
año siguiente, 893/1488, los castellanos atacaron y conquistaron numerosas
plazas de la región oriental de al-Andalus a pesar de estar incluidas en el
tratado de Muḥammad XI.
El
avance castellano resultaba imparable y las embajadas para pedir ayuda a otros
estados islámicos no dieron resultado por la debilidad en los estados
magribíes, la lejanía y conflicto de intereses en los Mamelucos de Egipto, por
la respuesta poco efectiva en los Otomanos turcos (aunque Bāyazīd II envió una
flotilla y presionó diplomáticamente). Militarmente, ya solo Muḥammad XII
al-Zagal hacía frente al ejército invasor consiguiendo, contra todo pronóstico
y a pesar de su desventaja —política, numérica y técnica por carencia de
suficiente artillería—, diversas victorias. Logró frenar el avance enemigo en
lugares como Nerja, Torrox o Cúllar además de ser reconocido en Salobreña,
Almuñécar, Alhendín y Padul. Y, además, sin darse por vencido ante la aplastante
superioridad de Castilla, que en 1488 conquistó Vera y se entregaron Cuevas de
Almanzora, Mojácar, los Vélez, Huéscar, Galera, Orce y Benamaurel, entre otros
lugares.
Frente
a la resistencia de Muḥammad XII al-Zagal, que dominaba Guadix, Baza, las
Alpujarras y Almería y que disponía de sus rentas y gozaba de la simpatía de la
población por su lucha contra los castellanos, Muḥammad XI, Boabdil, se
mantenía en el Trono precariamente y solo gracias a la paz que garantizaba su
tratado con Fernando V, aunque al mismo tiempo era despreciado por su amistad
con los enemigos infieles. No mejoró su valoración por el pueblo la represión
sangrienta de las protestas sociales y de los intentos de ayudar a la defensa
de Baza que ordenó.
Además,
apenas podía mantener los gastos del Gobierno y la capital ante la escasez de
rentas disponibles, por lo que también dependía económicamente de Castilla
—incluso, en algún momento de su vida tuvo que empeñar joyas propias—. Las
necesidades financieras le obligaron a acuñar moneda también en este segundo
reinado, aunque de menor valor y calidad que los dinares de oro de su primer
emirato.
Pero
la resistencia de Muḥammad XII al-Zagal no se podía sostener por mucho tiempo
ante una potencia bélica tan superior como la castellana y un viernes 10 de
muḥarram de 895/4 de diciembre de 1489 los habitantes de Baza, agotados por el
hambre y extenuados por un penoso y largo asedio de más de cinco meses,
entregaron la ciudad. Su caída y el colaboracionismo de Yaḥyà “Alnayar”
—alcaide de Baza y antes de Almería— con el Rey castellano propiciaron la
rendición de su cuñado al-Zagal el 10 de diciembre de 1489 y la entrega de
todos los dominios que a este le quedaban.
Muḥammad
XI, Boabdil, se liberaba así de su rival, pero también se quedaba solo ante
Castilla (unida a Aragón) en un territorio sumamente reducido. Por ello y para
evitar que se rindieran ante el avance cristiano, escribió enseguida, el 22 de
muḥarram de 895/16 de diciembre de 1489, a los alcaides y jeques de la taha de
Ugígar y alquería de Picena, informándoles de su tregua por dos años con los
Reyes Católicos para los lugares que lo acataran e invitándolos a entrar en
ella.
Con
la caída Baza, Guadix y Almería se cumplía la condición del pacto entre Boabdil
y el rey castellano para entregar Granada “quando pudiere”, pero el desacuerdo
surgió en las negociaciones y estas acabaron rompiéndose.
Lógicamente,
las crónicas castellanas, oficiales y partidistas, silencian o disimulan la
causa del desacuerdo y hacen recaer sobre Boabdil la responsabilidad del mismo
por no querer entregar Granada inmediatamente. Los documentos tampoco lo pueden
indicar explícitamente, pues ello habría supuesto un descrédito y menoscabo
para la dignidad real de los Monarcas Católicos. Ello ha inducido a la
historiografía tradicional a asumir esta tesis de un sultán que rompe el pacto
y se niega a cumplir lo tratado llegado el momento, obligando así al rey
castellano a recurrir otra vez a la guerra cuando preparaba ya su entrada
triunfal en Granada. Sin embargo, la situación fue justamente a la inversa:
fueron los Reyes Católicos quienes incumplieron —no sería la primera vez— lo
prometido y firmado solemnemente (por sus propias razones e intereses,
lógicamente).
Sin
duda, un grupo de la población andalusí que quedaba en la capital y sus alfoces
estaba dispuesta a luchar para defender su independencia temiendo que las
promesas castellanas de paz y respeto para los vencidos no les garantizaban su
cumplimiento (lamentablemente, el tiempo les daría la razón). Ello habría
dificultado al emir nazarí la entrega de la capital, pero no la habría impedido
de haber querido ejecutarla pues, además de los muchos partidarios de la paz,
todo el pueblo era consciente del poderío enemigo y, a esas alturas, lo
bastante realista como para aceptar una salida honrosa y satisfactoria como la
que Muḥammad XI tenía previsto y pactado ofrecerles.
Esta
es la clave interpretativa de la conducta del último Emir nazarí y andalusí.
Cuando tuvo el “presentimiento y juicio sobre la caída inminente de Granada y
su Reino en poder de los cristianos” (Gaspar Remiro), como hacía decenios
vaticinaban los sabios nazaríes, negoció la mejor solución posible. Esta
solución era un principado y territorio autónomo lo bastante extenso y con los
recursos suficientes para vivir con su pueblo manteniendo su modo de vida; el
precio era transformar al-Andalus de un emirato en un ducado mudéjar y entregar
la joya de la corona, su capital. Y eso es lo que fijó por escrito y firmó
Fernando V el católico en el último pacto con Muḥammad XI, Boabdil, en 1487: la
entrega de Granada “quando pudiere” a cambio de la concesión de una zona en la
región oriental del emirato una vez conquistada: Guadix con el Cenete, Baza con
su Hoya, Vera, los dos Vélez, Mojácar, el valle de Purchena, el valle del
Almanzora, Ugíjar y quizás Marchena, todo ello sin playas ni puertos de
mar.
Debió
de ser la negativa de los Reyes Católicos, una vez ganada —o casi— la guerra, a
conceder estos territorios, lo que desencadenó el conflicto al dejar en una
difícil disyuntiva al emir: claudicar y aceptar unos pobres y reducidos
territorios que no garantizaban el futuro de su pueblo o luchar. Parece ser que
consultó la situación con la población y esta se pronunció por la lucha,
probablemente y en el fondo con la esperanza de mejorar las condiciones de la
rendición más que con la ilusión de una imposible victoria.
Inmediatamente,
los castellanos atacaron varios castillos que estaban en la misma Vega de
Granada (La Malahá y Alhendín) y talaron los campos en raŷab de 895/mayo de
1490. Entonces Boabdil realizó una campaña en el verano de 1490 que, por
primera vez, respondía a su laqab (el Victorioso por Dios): recuperó el Padul,
la Alpujarra lo reconoció —ello obligó a al-Zagal a marcharse a Almería y poco
después a Tremecén—, tomó Alhendín, cercó Salobreña, combatió al Rey castellano
en la Vega y apoyó el levantamiento de los ya mudéjares (Fiñana) y su
emigración del Cenete a Granada.
Pero
en ŷumādà II de 896/abril de 1491 los castellanos iniciaron la ofensiva final:
cortaron el abastecimiento de Granada desde la Alpujarra, establecieron el
asedio, levantaron la ciudad de Santa Fe para acoger el real, arrasaron todos
los alrededores de la capital, mantuvieron combates y enfrentamientos durante
siete meses y, llegado el invierno, se pusieron a esperar el agotamiento de la
ciudad por hambre.
La
población aceptó entonces las negociaciones, que ya se habían iniciado en
secreto; finalizaron el [22] de muḥarram de 897/25 de noviembre de 1491 con las
célebres capitulaciones, que concedían a los andalusíes el derecho de
permanecer en Granada conservando sus posesiones, religión y cultura o emigrar
en condiciones justas.
Al
amanecer del lunes 2 de rabīc I de 897/2 de enero de 1492, Muḥammad XI,
Boabdil, entregó solemnemente en el salón del Trono (torre de Comares), las
llaves de la Alhambra, ya desalojada, a un oficial castellano. Horas después, a
las tres de la tarde, el emir salió a rendir homenaje a los Reyes Católicos a
las puertas de la capital; en ese acto recuperó a su hijo pequeño, rehén de los
castellanos desde 1483. Entregadas las armas, ese mismo día salió con su
familia y servidores hacia las posesiones que las capitulaciones le concedían
en las Alpujarras.
Establecido
en Andarax, tenía el deseo de permanecer en su tierra, pero las presiones e
intrigas ordenadas por los Reyes Católicos para que emigrase lo decidieron a
partir, sobre todo tras la muerte en agosto de 1493 de su mujer, a la que
enterró en Mondújar (adonde ya había trasladado los restos de los emires y
antepasados enterrados en Granada). Tras vender sus propiedades a los Reyes
castellanos por menos valor del que tenían —por astucia y engaños de H. de
Zafra— y enviar una misiva diplomática solicitando asilo al sultán waṭṭāsī de
Fez, Muḥammad al-Šayj, se embarcó en el puerto de Adra a mediados de octubre de
1493. Junto con su madre, familia y cortesanos arribó a Melilla y se instaló en
Fez, que encontró azotado por la violencia, el hambre y la peste. Allí
construyó algunos palacios siguiendo el estilo andalusí y murió en 924/enero de
1518-1519 (mucho menos probable: 940/1533-1534). Fue sepultado enfrente del
oratorio situado en el exterior de la Bāb al-Šarīca (Puerta del Umbral) y dejó
dos hijos, Aḥmad y Yūsuf. Su descendencia siguió viviendo en Fez aunque en el
año 1027/1618 eran mendigos y vivían de la beneficencia de los habices para los
pobres.
El
balance de la figura de Muḥammad XI, Boabdil, es complejo. Sin duda, su
levantamiento y la guerra civil que mantuvo con ayuda castellana facilitó y
aceleró la conquista cristiana, aunque esta era ya inevitable. Además, su
actuación resultó ambigua y equívoca para sus contemporáneos y también para la
historiografía y la literatura. Por un lado, se ha considerado que la
vacilación y debilidad que mostró en algunos momentos de su vida se debía a un
pacto secreto con el que traicionaba a su pueblo. Por otro, su conducta se ha
interpretado como realismo político ante un enemigo superior. Probablemente, la
falta de experiencia y capacidad política en circunstancias extraordinariamente
complejas lo llevaran a dejarse influir por los poderosos actores que lo rodearon,
desde su madre hasta los consumados políticos abencerrajes pasando por Fernando
V. Además, con su pacto de entrega de Granada, sacrificaba independencia
política y la principal ciudad del emirato, pero a cambio conseguía que su
pueblo siguiera viviendo en una parte de su tierra y mantuviera su forma de
vida, un gran logro en tales circunstancias de no haber sido por el doble
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Autor/es
- Francisco
Vidal Castro

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