EL
ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013
Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no
querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II
ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad
para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de
al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el
gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como
Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el
trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no
estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de
esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.
Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por
Desperta Ferro.
Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos
meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él
mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna,
con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían
olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco
veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que
juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.
Los bereberes establecieron su campamento en lo
que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I
en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias
de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre
de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de
operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente
ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en
la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.
En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado
y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus
hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal
de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para
evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte.
Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a
cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.
Los malagueños evitaron el ataque pagando un
rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una
matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos
otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación
galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén
y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para
provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se
refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún
más los problemas de hambre y salubridad.
En 1012 se dice que los cordobeses se vieron
obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un
episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran
crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante
2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la
muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman
al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más
rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.
En vez de mover un dedo, envió un mensaje a
Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas
fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables
de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz,
Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras
fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan
de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y
exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican
cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser
una noticia falsa.
Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II
tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas,
vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió
contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para
contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho
aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un
mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba
asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar
claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.
Localización
de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera
Wadih trató de huir de la capital, pero otro
general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y
asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y
secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el
cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio.
A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra
también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de
Córdoba.
El ambiente en Córdoba todavía era de mucha
movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas
de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero
al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz,
mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no
fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad.
Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército
se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible
y que no podían vencer.
Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar
las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a
al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se
hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba
anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a
Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca
llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para
una población exhausta tras varios años de asedio.
Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se
produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En
lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron
muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a
sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo
matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron
grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y
andalusíes.
Solo se salvó la medina, es decir, el recinto
amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue
gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron
con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que
garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas
semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de
al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de
Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar
cansado de que lo usasen como títere.
Entre los saqaliba que se
refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien
primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de
Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la
conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío
Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de
cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás.
Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por
enfermedades y desastres naturales.
La gran metrópolis y conurbación urbana que había
sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política.
La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población
restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200
hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la
Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para
la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000
habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los
años de gloria de la ciudad.
Me sorprende que bastantes historiadores, al
hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del
asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia
que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente
imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían
las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna
del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el
fin de su rol como capital.
Plano general de la Córdoba tardoislámica.
Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad
muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter
hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes.
El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central
y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias
comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban
cortadas. Así surgieron las primeras taifas.
Básicamente, ocurrió algo similar a lo que
sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada
por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para
que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue
por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de
Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de
inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado
hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La
Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts,
y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.
Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no
querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II
ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad
para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de
al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el
gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como
Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el
trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no
estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de
esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.
Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por
Desperta Ferro.
Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos
meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él
mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna,
con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían
olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco
veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que
juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.
Los bereberes establecieron su campamento en lo
que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I
en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias
de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre
de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de
operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente
ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en
la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.
En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado
y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus
hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal
de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para
evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte.
Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a
cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.
Los malagueños evitaron el ataque pagando un
rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una
matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos
otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación
galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén
y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para
provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se
refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún
más los problemas de hambre y salubridad.
En 1012 se dice que los cordobeses se vieron
obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un
episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran
crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante
2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la
muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman
al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más
rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.
En vez de mover un dedo, envió un mensaje a
Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas
fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables
de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz,
Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras
fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan
de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y
exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican
cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser
una noticia falsa.
Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II
tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas,
vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió
contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para
contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho
aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un
mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba
asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar
claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.
Localización
de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera
Wadih trató de huir de la capital, pero otro
general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y
asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y
secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el
cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio.
A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra
también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de
Córdoba.
El ambiente en Córdoba todavía era de mucha
movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas
de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero
al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz,
mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no
fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad.
Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército
se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible
y que no podían vencer.
Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar
las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a
al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se
hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba
anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a
Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca
llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para
una población exhausta tras varios años de asedio.
Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se
produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En
lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron
muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a
sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo
matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron
grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y
andalusíes.
Solo se salvó la medina, es decir, el recinto
amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue
gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron
con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que
garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas
semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de
al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de
Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar
cansado de que lo usasen como títere.
Entre los saqaliba que se
refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien
primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de
Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la
conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío
Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de
cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás.
Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por
enfermedades y desastres naturales.
La gran metrópolis y conurbación urbana que había
sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política.
La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población
restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200
hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la
Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para
la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000
habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los
años de gloria de la ciudad.
Me sorprende que bastantes historiadores, al
hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del
asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia
que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente
imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían
las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna
del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el
fin de su rol como capital.
3
Plano general de la Córdoba tardoislámica.
Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad
muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter
hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes.
El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central
y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias
comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban
cortadas. Así surgieron las primeras taifas.
Básicamente, ocurrió algo similar a lo que
sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada
por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para
que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue
por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de
Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de
inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado
hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La
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