sábado, 2 de mayo de 2026

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

EL ASEDIO DE CÓRDOBA, 1010-1013

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 

Los amazighes habían logrado sobrevivir y ya no querían volver al Magreb. Su objetivo no era otro que Córdoba. Muhammad II ordenó construir un gran foso con un muro delante que rodeara toda la ciudad para prepararse para el previsible asedio. Pero Wadih creyó que la causa de al-Mahdi estaba perdida, especialmente con su demostrada incompetencia en el gobierno y la guerra. Así, se confabuló con otros saqaliba, como Jayrán, para asesinar a Muhammad II el 23 de julio de 1010 y reponer en el trono califal a Hisham II. Es posible que Muyahid y otros saqaliba no estuvieran de acuerdo con esta decisión, lo que provocó un segundo éxodo de esclavos y libertos europeos ya sin amo hacia Levante.

Córdoba en su apogeo en torno al año 1000, por Desperta Ferro.

Wadih se convirtió en háyib, aunque durante unos meses a Hisham II le dio para hacer lo que no había hecho nunca, gobernar él mismo. Wadih propuso a los bereberes volver a la situación anterior a la fitna, con Hisham como califa, pero estos rechazaron la oferta porque no podían olvidar y perdonar la persecución sufrida. Los omeyas de la capital tampoco veían con buenos ojos las ambiciones de los saqaliba, así que juraron lealtad a Sulayman al-Musta’in.

Los bereberes establecieron su campamento en lo que había sido el arrabal de Saqunda, destruido por orden del emir al-Hakam I en el 818 y que para entonces solo contaba con algunas residencias y almunias de ricos. Desde allí, causaron estragos por la campiña cordobesa. En noviembre de 1010, los amazighes tomaron Madinat al-Zahra para usarla como base de operaciones en el asedio a Córdoba. Algunos ocupantes de la decadente ciudad-palaciega lograron huir a los montes, pero otros, que se refugiaron en la mezquita, fueron degollados, incluidas mujeres y niños.

En diciembre, Wadih expulsó del país al respetado y querido cadí de Córdoba, Ibn Dakwan, quien no pudo regresar a al-Ándalus hasta después de la muerte del háyib. Wadih también ordenó destruir el arrabal de al-Rusafa, fundado a partir de una almunia del emir Abd al-Rahman I, para evitar que los bereberes volvieran a asentarse allí y atacaran desde el norte. Córdoba fue sometida a un largo asedio, pero los bereberes no se limitaron a cercar la ciudad y realizaron razias en Valencia, Jaén, Granada, Málaga y Algeciras.

Los malagueños evitaron el ataque pagando un rescate de 70.000 dinares, pero los habitantes de Algeciras sufrieron una matanza y muchos fueron esclavizados. La población cordobesa, como en tantos otros asedios a lo largo de la historia, padeció escasez de víveres, inflación galopante y peste. Los magrebíes robaron tanto ganado en los campos entre Jaén y Córdoba que les fue imposible controlarlo, y destruyeron cosechas para provocar el hambre en la capital. Además, los campesinos de los alrededores se refugiaron dentro del recinto amurallado, que quedó superpoblado, agravando aún más los problemas de hambre y salubridad.

En 1012 se dice que los cordobeses se vieron obligados a comer animales ilícitos para los musulmanes e incluso hubo un episodio de canibalismo. En 1011 Córdoba sufrió fuertes lluvias y una gran crecida del río Guadalquivir que provocó 5.000 muertos y se llevó por delante 2.000 viviendas y algunas mezquitas. La inundación también derribó partes de la muralla e inutilizó buena parte del foso que mandó construir al-Mahdi. Sulayman al-Must’ain pidió de nuevo ayuda militar al conde de Castilla para terminar más rápidamente con el asedio, pero Sancho García era muy listo.

En vez de mover un dedo, envió un mensaje a Córdoba amenazando con que apoyaría a Sulayman si no le cedían algunas fortalezas de la frontera. Y dicho y hecho, tras consultarlo con los notables de la ciudad, en 1011 Wadih cedió al conde de Castilla San Esteban de Gormaz, Clunia, Osma, Sepúlveda, y la imponente fortaleza de Gormaz, entre otras fortalezas menores, a cambio de su no intervención. Las fuentes árabes hablan de que el rey pamplonés Sancho III el Mayor siguió el ejemplo de su familiar y exigió fortalezas, que le fueron concedidas. Sin embargo, no se especifican cuáles ni hay noticias de ello en las fuentes cristianas, por lo que podría ser una noticia falsa.

Mientras tanto, en Córdoba el califa Hisham II tuvo que poner a subasta parte de la alabada biblioteca de su padre, joyas, vajillas, telas y muebles para recaudar dinero. Cuando Wadih pidió contribuciones extraordinarias a los comerciantes del mercado de Córdoba para contratar mercenarios, estos se negaron, argumentando que ya habían hecho aportaciones varias veces. Ante esta situación desesperada, Wadih envió un mensajero a los bereberes para negociar la paz, pero el ejército de Córdoba asesinó al mensajero y exhibió su cabeza por las calles cordobesas para dejar claro que era una lucha a muerte y no se podía pactar nada con los bereberes.

Localización de los arrabales de la Córdoba califal, por Cristina Camacho y Rafael Valera

Wadih trató de huir de la capital, pero otro general saqaliba y un grupo de soldados lo capturaron y asesinaron. Exhibieron su cabeza y saquearon las casas de sus amigos y secretarios, quienes ya tenían sus bienes empaquetados para escapar. Según el cronista Ibn Idari, el odio contra los bereberes creció mucho debido al asedio. A un hombre sabio que pidió la paz lo asesinaron, y a una mujer magrebí negra también la mataron. El terror y la psicosis antibereber se apoderaron de Córdoba.

El ambiente en Córdoba todavía era de mucha movilización popular y parece que los habitantes se organizaron por asambleas de barrio y pactaron luchar contra los bereberes y no entregar la ciudad. Pero al hacerse la situación más extrema, algunos cordobeses querían acordar la paz, mientras otros se mantenían testarudos para que tantos meses de sufrimiento no fueran en vano. Un gran incendio y pillajes agravaron la crisis en la ciudad. Para mediados de 1012, el hombre fuerte del gobierno y oficiales del ejército se personaron ante Hisham II para informarle que la situación era insostenible y que no podían vencer.

Enviaron una carta a Sulayman ofreciéndole cesar las hostilidades y que Hisham se mantuviera como califa, pero nombrado a al-Musta’in su heredero. Sulayman tiró la carta nada más ver que Hisham aún se hacía llamar califa. Un gobernador de la frontera envió una carta a Córdoba anunciando que vendría con tropas suyas y del conde de Castilla para socorrer a Hisham. Volvió la euforia y esperanza por unos momentos, pero tal ayuda nunca llegó. Simplemente el precio que pedían los cristianos era demasiado alto para una población exhausta tras varios años de asedio.

Finalmente, entre el 18 y 19 de abril de 1013, se produjo una batalla encarnizada entre el ejército cordobés y los bereberes. En lo que Ibn Idari llamó “la rota de los cordobeses”, los asediados sufrieron muchas bajas y fueron derrotados. El 20 de abril, los amazighes entraron a sangre y fuego en los arrabales de Córdoba. Durante días, llevaron a cabo matanzas indiscriminadas, saqueos, incendios y violaciones que quedaron grabadas de forma traumática en la memoria colectiva de los cordobeses y andalusíes.

Solo se salvó la medina, es decir, el recinto amurallado de la ciudad, y una parte de los arrabales orientales. Esto fue gracias a que el antiguo cadí de Córdoba Ibn Dakwan y otros notables pactaron con Sulayman el perdón, a cambio de pagar una gran suma de dinero que garantizara la protección de sus propiedades y vidas. En esos días o unas semanas después Sulayman ordenó asesinar al califa Hisham II. El hijo de al-Hakam II había rechazado unirse al tercer gran éxodo de saqaliba de Córdoba hacia el Levante y simplemente aceptó su destino, quizás por ya estar cansado de que lo usasen como títere.

Entre los saqaliba que se refugiaron en los territorios desde Murcia hasta Tortosa estaba Jayrán, quien primero se hizo con el castillo de Orihuela, luego con toda la región de Murcia, y finalmente conquistó Almería. En las semanas posteriores a la conquista bereber, personajes notables como el literato Ibn Hazm y el judío Samuel Ibn Nagrela abandonaron la antigua capital califal. Como ellos, miles de cordobeses supervivientes del asedio hicieron lo mismo para no regresar jamás. Esto sin mencionar los miles que murieron en batallas, de hambre, por enfermedades y desastres naturales.

La gran metrópolis y conurbación urbana que había sido Córdoba en el siglo X colapsó por la guerra y la inestabilidad política. La mayoría de las almunias y arrabales fueron abandonados, y la población restante se replegó al interior de la ciudad amurallada, que contaba con 200 hectáreas, muy lejos de las más de 800 hectáreas de uso residencial de la Córdoba califal. De los entre 250.000 y 315.000 habitantes que se estiman para la Córdoba califal, como mencioné en el episodio 47, se pasó en el siglo XI a 65.000 habitantes, según la estimación de Antonio Gorbea. Una cifra muy alejada de los años de gloria de la ciudad.

Me sorprende que bastantes historiadores, al hablar de la fitna del Califato de Córdoba, hablen prácticamente de pasada del asedio a la capital y sus consecuencias, sin enfatizar la enorme trascendencia que tuvo. Con una Córdoba muy debilitada por la guerra, era prácticamente imposible restaurar un califato con sede en la ciudad, porque ya no existían las bases de poder omeya que habían permitido superar incluso la difícil fitna del Emirato de Córdoba. El final del asedio, con una Córdoba en ruinas, marcó el fin de su rol como capital.

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Plano general de la Córdoba tardoislámica.

Desde entonces, Córdoba siguió siendo una ciudad muy importante, pero ya no lo suficiente como para ejercer un marcado carácter hegemónico ni imponer su voluntad frente a otros centros de poder emergentes. El asedio de Córdoba entre 1010 y 1013 había hecho colapsar al estado central y, en esos tiempos convulsos, de forma natural las ciudades y provincias comenzaron a autogobernarse, ya que las comunicaciones con Córdoba estaban cortadas. Así surgieron las primeras taifas.

Básicamente, ocurrió algo similar a lo que sucedería en España si Madrid fuera asediada durante varios años y arruinada por una guerra. Sin embargo, la ruina de Córdoba fue el abono necesario para que ciudades medianas y pequeñas pudieran florecer. El asedio de Córdoba fue por tanto el punto de inflexión más importante en la caída del Califato de Córdoba y la emergencia de los reinos de taifas. Y como este es un punto de inflexión, si quieres hacer una pausa para procesar todo lo que te he explicado hasta ahora, es un buen momento para hacerlo. Te animo a suscribirte a La Historia de España – Memorias Hispánicas en YouTube o a mis dos pódcasts, y a apoyar mi exhaustivo trabajo de divulgación en Patreon. Tienes el enlace en la descripción.

 


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