LA
EXPEDICIÓN CATALANA A CÓRDOBA DEL 1010 Y LA BATALLA DE GUADIARO
El general Wadih se trasladó a Tortosa para
contactar desde allí a los condes catalanes y pedir su apoyo a favor de
Muhammad. Si el bando de Sulayman había empleado a mercenarios cristianos, ¿por
qué no iba a hacer lo mismo el bando de al-Mahdi? El conde Ramón Borrell de
Barcelona y Ermengol I de Urgel aceptaron la propuesta, imponiendo un precio
muy alto por su ayuda. Los dos condes cobrarían cien dinares de oro por cada
día de campaña, y sus soldados, dos dinares al día. Las provisiones corrían a
cargo de los musulmanes, y el botín quedaría reservado para los catalanes,
incluidas las mujeres magrebíes capturadas. Como referencia, un soldado califal
de frontera cobraba dos dinares al mes, no al día.
Antes de partir, ya fuera por acuerdo o por la
fuerza, las huestes condales se apoderaron del estratégico enclave de
Montmagastre para Urgel, del que hablé en el episodio anterior. La expedición
catalana pasó por Zaragoza, donde ya cometieron los primeros abusos; siguieron
por Medinaceli, donde profanaron la mezquita, si hacemos caso a las fuentes
árabes; y finalmente llegaron a Toledo, donde estaban reunidos los apoyos a
al-Mahdi. El grueso del ejército de Sulayman estaba compuesto por bereberes, y
el de Muhammad II, por mercenarios de los condados catalanes. El futuro de
al-Ándalus estaba en manos de soldados extranjeros.
Expedición catalana a Córdoba del 1010, por
Desperta Ferro
El 2 de junio de 1010, las tropas de al-Mahdi
vencieron a los bereberes y a los andalusíes de Sulayman al-Musta’in en El
Vacar, cerca de Córdoba. Los amazighes lograron matar al conde Ermengol y a
otros miembros destacados de la aristocracia condal. Los jinetes bereberes
abrieron filas frente a la carga de la caballería pesada catalana para luego
envolverlos, pero Sulayman no entendió la táctica, pese a que le habían
advertido sobre ella, y al ver que los caballeros enemigos iban hacia él huyó,
provocando que la retaguardia se deshiciera. Dejó a los bereberes con el culo
al aire.
Según un testimonio norteafricano, murieron
10.000 magrebíes, una exageración, mientras que otras fuentes mencionan solo
300 infantes bereberes muertos y ningún jinete, algo igualmente poco creíble.
Se sabe que murieron personajes importantes como los cadíes de Elvira y Tudela.
Se produjo una desbandada: Sulayman al-Musta’in tomó refugio en Játiva, y los
bereberes se dirigieron rápidamente a Madinat al-Zahra y a Córdoba para recoger
a sus familias y evitar ser asesinados.
Josep Suñé estudió una crónica poco utilizada que
relata cómo, en el pánico generalizado, todos los bereberes de Córdoba se
amontonaron en una misma puerta y eso provocó una avalancha humana en la que
murieron decenas de mujeres y niños. También hubo más muertes trágicas cuando
algunos se ahogaron al cruzar el Guadalquivir. Los llantos fueron inevitables
en el camino de huida, y esta experiencia traumática debió influir en el
comportamiento vengativo posterior de los bereberes. Robaron mulas y provisiones
por el camino, dirigiéndose al sur con la intención de tomar embarcaciones para
regresar al Magreb y salvar sus vidas.
Por su parte, los cordobeses saquearon Madinat
al-Zahra, y el califa al-Mahdi animó a su gente a matar a cualquiera que
pareciera amazigh. Al entrar en Córdoba, los catalanes cometieron asesinatos,
saqueos, violaciones y extorsiones económicas, además de proferir insultos
contra el islam y el profeta Muhammad. Qué diferentes eran aquellos tiempos de
la época de los mártires voluntarios de Córdoba, cuando ahora un cristiano
podía blasfemar contra el islam sin consecuencias.
Ibn Idari recoge la historia de una hermosa hija
de campesino no bereber que fue capturada por un catalán. Su padre,
desesperado, primero imploró a Wadih, quien dijo que no podía hacer nada por el
pacto con los cristianos. Luego, llorando, se dirigió al captor y le ofreció
400 dinares por la libertad de su hija. El malvado tomó el dinero y mató al
padre. Espero que fuera de los que luego murió en la batalla posterior. Pese a
sus fechorías, los cronistas mencionan que los cordobeses recibieron bien a los
catalanes como la mejor fuerza para librarse de los amazighes.
Sin embargo, hay indicios que apuntan a que el
odio antibereber no estaba tan extendido y que la opinión pública cordobesa
estaba más dividida de lo que nos cuentan. Después de pasar varios días en
Córdoba, el califa Muhammad II pagó la soldada a los catalanes tras exigir un
fuerte tributo a los cordobeses, incluso requisando dinero reservado para obras
caritativas de las mezquitas. Además, convenció a los catalanes para que
persiguieran a los bereberes hasta Algeciras. Al-Mahdi formó de nuevo un gran ejército
popular, al que se unieron miles de cordobeses y campesinos de los alrededores,
en lo que consideraban la yihad más importante.
Campaña catalana del 1010, por Desperta Ferro
Mientras tanto, los supervivientes bereberes
llegaron al río Guadiaro, cerca de Ronda, y allí se encontraron casualmente con
una caravana enviada por al-Qasim ibn Hammud, quien más tarde se convertiría en
califa. La caravana se dirigía a Córdoba para vender caballos y hacer regalos.
Los bereberes requisaron las monturas para aumentar su caballería hasta los
1.000 jinetes. Tomaron una buena posición defensiva entre los bosques y
montañas, pero la moral estaba muy baja. Al ver el número de enemigos, creyeron
que iban a morir, pero prefirieron combatir antes que ver el destino que podía
esperarles a sus mujeres e hijos.
Pero los norteafricanos interpretaron como un mal
augurio para sus enemigos los problemas constantes para montar la tienda del
califa al-Mahdi. Comenzaron a hacer invocaciones y a rezar a Dios en lengua
amazigh, lo que Muhammad II interpretó erróneamente como una súplica de
misericordia. El omeya le dijo a Wadih que quería ofrecer a los bereberes la
oportunidad de jurarle lealtad y unirse a ellos para luchar contra los
mercenarios catalanes, porque estaba cansado de la extorsión económica y de los
abusos que estos habían cometido contra los musulmanes.
Wadih quedó perplejo ante la idea de hacer una
oferta tan generosa a un pequeño contingente bereber y arriesgarse a perder.
Por muchos miles de andalusíes sin experiencia militar que hubiera incorporado
al ejército, estos no valían lo mismo que los mercenarios catalanes. En ese
momento, Wadih debió darse cuenta de que el califa era un inútil. Los
caballeros catalanes cruzaron el río y se lanzaron al ataque, pero no lograron
coger desprevenidos a los norteafricanos. Los bereberes rodearon a los
catalanes y coordinaron un ataque con lanzas con el que mataron a decenas de
cristianos.
El terreno estrecho hacía que unos y otros
estuvieran muy apretados, por lo que los bereberes optaron por abrir sus filas,
haciendo que los cristianos optaran por huir hacia el río. Al darles la
espalda, los amazighes los persiguieron y provocaron una matanza, y además
muchos catalanes murieron ahogados en el Guadiaro. Las crónicas hablan de entre
1.300 y 1.500 cabezas cortadas, a las que habría que sumar los muertos en el
río. Otras fuentes mencionan 3.000 bajas de un ejército de 9.000 catalanes, lo
que representaría un tercio de las fuerzas, aunque estas cifras son a todas
luces exageradas, ya que movilizar un ejército cristiano tan grande en esta
época era difícil.
Los bereberes fliparon al ver que al-Mahdi y su
ejército andalusí no hacían nada por ayudar a sus aliados catalanes. Era
evidente que el califa quería que murieran cuantos más mejor para reducir su
influencia y ahorrarse el pago de muchos dinares, y que confiaba en la victoria
de su ejército popular. Sin embargo, los amazighes no habían aceptado ningún
trato con al-Mahdi, y tras acabar con los catalanes, se lanzaron contra los
combatientes musulmanes de Muhammad II. Las crónicas árabes guardan silencio sobre
las bajas no catalanas en el bando de al-Mahdi, pero los bereberes provocaron
una desbandada completa y se apoderaron del tesoro del califa y de los enseres
del campamento enemigo.
El líder de la tribu de los Banu Ifran fue
mortalmente alanceado al asaltar el campamento condal, pero los bereberes se
enriquecieron con un enorme botín de personas, monedas, armas, caballos y otros
bienes. En el reparto, a una mujer bereber le tocó un hombre corpulento, lo que
podría indicar que participó en la batalla, al igual que otras mujeres
guerreras amazighes, como Yamila en el siglo IX. Esto sugiere que el botín,
reservado en principio a los combatientes, fue compartido con mujeres que
lucharon.
Tampoco sabemos si este y otros hombres
esclavizados eran musulmanes o no, porque teóricamente los musulmanes tienen
prohibido esclavizar a otros correligionarios. Sin embargo, al-Mahdi y sus
seguidores cordobeses ya habían esclavizado a magrebíes pese a ser musulmanes,
y esto a veces lo podían justificar legalmente considerando al enemigo un
apóstata. A su vez, los bereberes podrían haber hecho lo mismo con los hombres
de al-Mahdi por su alianza con los cristianos y su pasividad frente a los
abusos contra musulmanes.
En el discurso legitimador de Sulayman
al-Musta’in y los bereberes, estos se presentaron no solo como victoriosos
guerreros de la yihad contra los cristianos, sino también como los salvadores
de al-Ándalus. Y es que es en esta época cuando surgen los primeros testimonios
de miedo a una posible expulsión de los musulmanes si los catalanes hubieran
ganado la batalla de Guadiaro. Aunque esta percepción era exagerada, ya que los
cristianos del norte aún no tenían la fuerza suficiente para tal cosa, refleja un
cambio en cómo se veía a los cristianos como una amenaza existencial para
al-Ándalus.
En cualquier caso, entre la batalla de El Vacar y
la batalla de Guadiaro, acontecida el 21 de junio del 1010, la expedición
catalana perdió a muchos hombres. Murieron en batalla o posteriormente por las
heridas sufridas el conde Ermengol I de Urgel, los obispos de Osona, Barcelona
y Gerona, y el judío encargado del tesoro condal, entre otros personajes
destacados. Según Josep Suñé, las pérdidas humanas fueron considerables en
ambos bandos, y no se puede hablar de una gran victoria bélica ni para los catalanes
ni para los bereberes.
Al regresar a Córdoba, los catalanes estaban
llenos de rabia y masacraron a personas que parecían bereberes. Esta es la
explicación que da el cronista egipcio al-Nuwayri, pero podría ocultar que fue
un ataque premeditado contra los hombres de al-Mahdi y los cordobeses en
general, es decir, aquellos que los habían traicionado en la batalla de
Guadiaro. Pese a los ruegos del califa Muhammad II y de Wadih, los catalanes
supervivientes se negaron a seguir combatiendo tras la muerte de sus
principales cabecillas y por desconfianza hacia sus aliados.
Así terminó la expedición catalana a Córdoba de
1010. Para el 1 de agosto, los catalanes habían regresado a sus condados. El
resultado fue agridulce: murieron muchos cristianos, pero los supervivientes
regresaron cargados de oro y botín. Para el conde de Barcelona, los beneficios
económicos y políticos superaban los riesgos, ya que en los años siguientes
siguió interviniendo militarmente en al-Ándalus. En un escrito del 1012 se
menciona que la empresa de Ramón Borrell y Ermengol I buscaba reconstruir sus
territorios tras sufrir las campañas destructivas de Almanzor y al-Muzaffar.


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