LA
TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS
Los bereberes proclamaron califa a Sulayman
al-Musta’in, sobrino del pretendiente ejecutado y reconocido poeta y músico. En
una situación desesperada, los soldados bereberes se dirigieron al norte.
Pasaron dos semanas comiendo hierbas por falta de víveres. Se presentaron ante
los muros de Medinaceli con la esperanza de que el general saqaliba Wadih
los apoyase contra al-Mahdi, pero este rechazó la oferta y ordenó que nadie de
la Marca Media ayudase a este ejército considerado rebelde.
Sin embargo, entre la guarnición de Medinaceli
había paisanos magrebíes que, por solidaridad tribal, se unieron a los suyos y
atacaron con éxito Guadalajara para aprovisionarse y castigar a esta ciudad que
había rechazado abrirles las puertas. En su búsqueda desesperada de alianzas,
los bereberes se dirigieron al condado de Castilla. Por casualidad, emisarios
de al-Mahdi y de Sulayman al-Musta’in se encontraron en la residencia del conde
Sancho García. La escena era inaudita.
En 1004 era Sancho García quien pedía el
arbitraje cordobés para la regencia del Reino de León y tenía que aguantarse al
ver que el juez musulmán no le daba la potestad de regente. Solo cinco años
después, él se había convertido en el árbitro del futuro político del Califato
de Córdoba, con dos califas enfrentados pidiendo su ayuda. Qué rápido pueden
cambiar las cosas. El conde de Castilla optó por aliarse con Sulayman, porque
los bereberes estaban más desesperados, eran la columna del ejército califal, y
además le ofrecían la misma devolución de fortalezas que habían prometido los
embajadores de al-Mahdi. Sancho proporcionó cientos de bueyes, ovejas y carros
llenos de víveres a los hambrientos amazighes.
De nuevo, Sulayman intentó atraerse a Wadih con
su ejército reforzado con contingentes castellanos, pero el saqaliba rechazó
su oferta y los combatió cerca de Alcalá de Henares. Los castellanos y los
bereberes, liderados por Zawi ibn Ziri, derrotaron a Wadih en agosto de 1009,
obligándolo a buscar refugio con algunos de sus hombres en la capital. A partir
de aquí, el califa de Córdoba comenzó a asustarse y a temer por su vida.
Al-Mahdi reforzó las defensas de la capital construyendo trincheras en los
suburbios y volvió a incorporar combatientes sin experiencia a su ejército.
Pese a eso, el 5 de noviembre salió al encuentro
de los enemigos en una montaña, en lugar de esperar atrincherado el ataque de
Sulayman. La conocida como batalla de Qantis fue más bien una masacre, porque
los bereberes emplearon la táctica del tornafuye para sacar al enemigo de sus
filas y luego rodearlo. Costó muy poco que cundiera el pánico entre un ejército
de ciudadanos inexpertos en asuntos militares. De forma poco creíble, las
fuentes hablan de 10.000 o incluso 30.000 muertos del pueblo cordobés, incluyendo
plebe, artistas y ulemas. En la batalla, Wadih mantuvo firme a su contingente
de soldados profesionales, pero aprovechó la noche para retirarse con ellos a
Medinaceli.
Los cordobeses fueron a jurar lealtad a Sulayman
para evitar los saqueos, pero eso no evitó abusos de bereberes y castellanos.
Los bereberes asediaron el alcázar omeya, y un aterrado al-Mahdi anunció que
Hisham II estaba vivo, pese a que había declarado falsamente su muerte meses
antes, afirmando ahora que él solo era su háyib. Menudo fraude resultó ser
Muhammad II. Los bereberes se rieron cuando el cadí Ibn Dakwan les comunicó
esto, y les daba igual porque ya reconocían a otro califa. Hisham II renunció
nuevamente al cargo de califa a favor de al-Musta’in, quien entró en el alcázar
omeya el 7 de noviembre y fue proclamado califa al día siguiente en la mezquita
aljama.
Al-Mahdi logró salir del alcázar y ocultarse
durante unos días, pasando por varias casas de conocidos. En una de ellas, se
le fue de la mano con lo de aprovecharse de la amabilidad del anfitrión y se
acostó con su mujer, lo que provocó que el enfadado cornudo lo denunciara a la
policía. El califa depuesto tuvo que salir de Córdoba el 21 de diciembre y tomó
refugio en Toledo. Al-Musta’in envió un ejército a Toledo para intimidar a sus
habitantes y forzarlos a entregar al omeya depuesto, pero, en lugar de eso,
todas las marcas fronterizas, desde Tortosa hasta Lisboa, apoyaron al califa
al-Mahdi.
Quizás aquí haya que leer entre líneas los
resentimientos de las provincias fronterizas contra la capital, porque no les
gustaba el centralismo cordobés y querían su propia autonomía. En Córdoba, lo
primero que hizo Sulayman fue descolgar el cadáver de Sanchuelo, por respeto a
la dinastía amirí, a la que los bereberes sirvieron durante años. El nuevo
califa ejecutó a numerosos soldados de al-Mahdi que rechazaban servirle, y a
los bereberes los instaló en la ciudad-palaciega de Madinat al-Zahra para evitar
que los cordobeses los asesinaran al encontrarse solos.
Por su parte, el conde Sancho García reclamó que
Sulayman cumpliese con lo pactado y le entregase fortalezas, pero al-Musta’in
dijo que era imposible cumplir el compromiso en esos momentos, ya que la
frontera no le obedecía a él, sino a Wadih, leal a Muhammad II. Los castellanos
abandonaron Córdoba a mediados de noviembre, aunque el conde dejó a un centenar
de caballeros residiendo en una almunia cordobesa. No se sabe qué ocurrió con
ellos después.
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