sábado, 2 de mayo de 2026

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

 

LA TOMA DE CÓRDOBA DE LA COALICIÓN DE BEREBERES Y CASTELLANOS

Los bereberes proclamaron califa a Sulayman al-Musta’in, sobrino del pretendiente ejecutado y reconocido poeta y músico. En una situación desesperada, los soldados bereberes se dirigieron al norte. Pasaron dos semanas comiendo hierbas por falta de víveres. Se presentaron ante los muros de Medinaceli con la esperanza de que el general saqaliba Wadih los apoyase contra al-Mahdi, pero este rechazó la oferta y ordenó que nadie de la Marca Media ayudase a este ejército considerado rebelde.

Sin embargo, entre la guarnición de Medinaceli había paisanos magrebíes que, por solidaridad tribal, se unieron a los suyos y atacaron con éxito Guadalajara para aprovisionarse y castigar a esta ciudad que había rechazado abrirles las puertas. En su búsqueda desesperada de alianzas, los bereberes se dirigieron al condado de Castilla. Por casualidad, emisarios de al-Mahdi y de Sulayman al-Musta’in se encontraron en la residencia del conde Sancho García. La escena era inaudita.

En 1004 era Sancho García quien pedía el arbitraje cordobés para la regencia del Reino de León y tenía que aguantarse al ver que el juez musulmán no le daba la potestad de regente. Solo cinco años después, él se había convertido en el árbitro del futuro político del Califato de Córdoba, con dos califas enfrentados pidiendo su ayuda. Qué rápido pueden cambiar las cosas. El conde de Castilla optó por aliarse con Sulayman, porque los bereberes estaban más desesperados, eran la columna del ejército califal, y además le ofrecían la misma devolución de fortalezas que habían prometido los embajadores de al-Mahdi. Sancho proporcionó cientos de bueyes, ovejas y carros llenos de víveres a los hambrientos amazighes.

De nuevo, Sulayman intentó atraerse a Wadih con su ejército reforzado con contingentes castellanos, pero el saqaliba rechazó su oferta y los combatió cerca de Alcalá de Henares. Los castellanos y los bereberes, liderados por Zawi ibn Ziri, derrotaron a Wadih en agosto de 1009, obligándolo a buscar refugio con algunos de sus hombres en la capital. A partir de aquí, el califa de Córdoba comenzó a asustarse y a temer por su vida. Al-Mahdi reforzó las defensas de la capital construyendo trincheras en los suburbios y volvió a incorporar combatientes sin experiencia a su ejército.

Pese a eso, el 5 de noviembre salió al encuentro de los enemigos en una montaña, en lugar de esperar atrincherado el ataque de Sulayman. La conocida como batalla de Qantis fue más bien una masacre, porque los bereberes emplearon la táctica del tornafuye para sacar al enemigo de sus filas y luego rodearlo. Costó muy poco que cundiera el pánico entre un ejército de ciudadanos inexpertos en asuntos militares. De forma poco creíble, las fuentes hablan de 10.000 o incluso 30.000 muertos del pueblo cordobés, incluyendo plebe, artistas y ulemas. En la batalla, Wadih mantuvo firme a su contingente de soldados profesionales, pero aprovechó la noche para retirarse con ellos a Medinaceli.

Los cordobeses fueron a jurar lealtad a Sulayman para evitar los saqueos, pero eso no evitó abusos de bereberes y castellanos. Los bereberes asediaron el alcázar omeya, y un aterrado al-Mahdi anunció que Hisham II estaba vivo, pese a que había declarado falsamente su muerte meses antes, afirmando ahora que él solo era su háyib. Menudo fraude resultó ser Muhammad II. Los bereberes se rieron cuando el cadí Ibn Dakwan les comunicó esto, y les daba igual porque ya reconocían a otro califa. Hisham II renunció nuevamente al cargo de califa a favor de al-Musta’in, quien entró en el alcázar omeya el 7 de noviembre y fue proclamado califa al día siguiente en la mezquita aljama.

Al-Mahdi logró salir del alcázar y ocultarse durante unos días, pasando por varias casas de conocidos. En una de ellas, se le fue de la mano con lo de aprovecharse de la amabilidad del anfitrión y se acostó con su mujer, lo que provocó que el enfadado cornudo lo denunciara a la policía. El califa depuesto tuvo que salir de Córdoba el 21 de diciembre y tomó refugio en Toledo. Al-Musta’in envió un ejército a Toledo para intimidar a sus habitantes y forzarlos a entregar al omeya depuesto, pero, en lugar de eso, todas las marcas fronterizas, desde Tortosa hasta Lisboa, apoyaron al califa al-Mahdi.

Quizás aquí haya que leer entre líneas los resentimientos de las provincias fronterizas contra la capital, porque no les gustaba el centralismo cordobés y querían su propia autonomía. En Córdoba, lo primero que hizo Sulayman fue descolgar el cadáver de Sanchuelo, por respeto a la dinastía amirí, a la que los bereberes sirvieron durante años. El nuevo califa ejecutó a numerosos soldados de al-Mahdi que rechazaban servirle, y a los bereberes los instaló en la ciudad-palaciega de Madinat al-Zahra para evitar que los cordobeses los asesinaran al encontrarse solos.

Por su parte, el conde Sancho García reclamó que Sulayman cumpliese con lo pactado y le entregase fortalezas, pero al-Musta’in dijo que era imposible cumplir el compromiso en esos momentos, ya que la frontera no le obedecía a él, sino a Wadih, leal a Muhammad II. Los castellanos abandonaron Córdoba a mediados de noviembre, aunque el conde dejó a un centenar de caballeros residiendo en una almunia cordobesa. No se sabe qué ocurrió con ellos después.

 

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