sábado, 2 de mayo de 2026

LA PERDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIOBEREBER

 

LA PÉRDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIBEREBER

Al-Mahdi empezó su califato siendo extremadamente popular, pero él mismo se encargó de ir perdiendo los apoyos clave que sostenían el Estado omeya. Los bereberes nuevos estaban en una posición difícil por haber sido clientes de la dinastía amirí, ahora caída en desgracia. Al principio, los soldados bereberes reconocieron al nuevo califa, pero Muhammad II despreciaba a los magrebíes y les recriminaba haber sido el principal sostén de un régimen ilegítimo y usurpador del poder omeya. Más importante aún, los ánimos entre los cordobeses seguían revueltos, y el califa había incorporado al ejército a varios miles de cordobeses de las clases bajas, que entendían poco de disciplina.

En una ocasión, dieron un trato vejatorio y expulsaron de la ciudad a numerosos jinetes bereberes, incluido el respetado líder de los sinhaya, Zawi ibn Ziri. Luego se dirigieron a sus casas y las saquearon. Los amazighes denunciaron el hecho ante el califa y exigieron reparación. Al-Mahdi tuvo que disculparse, prometer que les devolvería todos sus bienes y que mandaría ejecutar a algunos sospechosos de los saqueos. Sin embargo, los bereberes no podían confiar en un califa que ni siquiera podía garantizar su seguridad.

Dinastías saqaliba surgidas al descomponerse el Califato de Córdoba, además de estados con los que colaboraron alguna vez (rojo claro), por AbdurRahman AbdulMoneim.

No solo se ganó la animadversión de los bereberes, sino también la de otro grupo de poder importante para el Califato de Córdoba: los eunucos y militares saqaliba. Un grupo de esclavos amiríes fue desterrado a finales de marzo y se dirigió al sureste y este peninsular, zonas que terminarían por dominar. En abril, Muhammad simuló que Hisham II había muerto y encarceló al omeya que había nombrado heredero nada más hacerse con el poder, tal vez por sospechar de una conspiración o porque no quería compartir el poder con otra rama de la dinastía.

Al creerse lo suficientemente consolidado en su posición, despidió a 7.000 cordobeses inexpertos de su ejército. Así, al-Mahdi socavó las bases de su poder al humillar a los soldados bereberes, desterrar a algunos saqaliba amiríes, enemistarse con parte de la familia omeya y desechar algunos de sus apoyos populares. Solo le quedaba el apoyo mayoritario del pueblo cordobés. La coalición de enemigos de Muhammad II se alió para deponerlo y colocar en el trono al padre del omeya que había sido designado heredero. Paradójicamente, el propio al-Mahdi había sentado un precedente con su golpe de estado.

A finales de mayo de 1009 se produjo la revuelta, y los rebeldes mataron a dos ministros y sitiaron el alcázar. Sin embargo, la plebe de los arrabales occidentales se movilizó en masa en defensa de quien consideraban el “califa del pueblo”. Los partidarios del pretendiente fueron derrotados, y a finales de junio Muhammad II los venció en batalla. El califa hizo ejecutar al pretendiente frente a su hijo. Sin embargo, lo más grave fue que al-Mahdi ofreció una recompensa a todo aquel que presentase la cabeza de un bereber. De nuevo, incitaba a las masas a la violencia.

Recreación ideal de los suburbios de la Córdoba omeya realizada por A. Redondo Paz

Muchos cordobeses formaron bandas y se unieron a una cacería que provocó la matanza de cientos de bereberes, a quienes consideraban una mayor amenaza que los cristianos del norte. Los testigos de la masacre relatan casos espeluznantes: piadosos musulmanes de Tremecén que habían venido a al-Ándalus para hacer la yihad fueron asesinados, un magrebí fue arrojado a un foso, su casa saqueada, y sus mujeres e hijas violadas. Incluso mataron a personas de Jorasán y Siria por confundirlas con bereberes o simplemente por ser extranjeras.

Parece que la ola de ataques también se sintió más allá de Córdoba, pues hay noticias de un alfaquí amazigh asesinado en Málaga y de un peregrino ceutí muerto en Elvira. Mataron incluso a niños y a mujeres embarazadas, y a muchas mujeres magrebíes las vendieron en las casas de subastas de esclavos. Las fuentes árabes distinguen entre la venganza por un agravio personal y el odio, y aquí hablan de odio: un odio irracional y sin límites contra los bereberes, una xenofobia desatada y alentada por el propio califa, que condujo a un sangriento pogromo antibereber.

No todos los cordobeses estaban de acuerdo con esto. Muchos bereberes del ejército huyeron de Córdoba, pero muchos otros permanecieron en la ciudad refugiados en casas de andalusíes de confianza, por temor a las turbas o a que los matasen por el camino si abandonaban la ciudad. Al cabo de unas semanas, a Muhammad II le dio por prohibir que se dañase a los norteafricanos. Quizás se cansó, o vio que la situación se había ido demasiado de madre, o consideró que los ánimos de las masas cordobesas ya se habían calmado un poco.

La falta de un criterio consistente era inquietante y provocaba confusión y desconfianza, lo que minaba la autoridad de Muhammad como califa. A los soldados bereberes huidos les ofreció en repetidas ocasiones el perdón, pero estos lo rechazaron. ¿Después de matar a familiares y conocidos suyos ahora les ofrecía acogerse al amán, como si fueran ellos los que hubieran cometido una falta? ¿Y cómo podían confiar en su palabra o en que el pueblo llano lo respetase? Los magrebíes ya se encargarían de que al-Mahdi y los cordobeses que los vejaron, mataron y esclavizaron pagaran caro sus acciones.

 

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