LA
PÉRDIDA DE APOYOS DE AL-MAHDI Y EL POGROMO ANTIBEREBER
Al-Mahdi empezó su califato siendo extremadamente
popular, pero él mismo se encargó de ir perdiendo los apoyos clave que
sostenían el Estado omeya. Los bereberes nuevos estaban en una posición difícil
por haber sido clientes de la dinastía amirí, ahora caída en desgracia. Al
principio, los soldados bereberes reconocieron al nuevo califa, pero Muhammad
II despreciaba a los magrebíes y les recriminaba haber sido el principal sostén
de un régimen ilegítimo y usurpador del poder omeya. Más importante aún, los ánimos
entre los cordobeses seguían revueltos, y el califa había incorporado al
ejército a varios miles de cordobeses de las clases bajas, que entendían poco
de disciplina.
En una ocasión, dieron un trato vejatorio y
expulsaron de la ciudad a numerosos jinetes bereberes, incluido el respetado
líder de los sinhaya, Zawi ibn Ziri. Luego se dirigieron a sus casas y las
saquearon. Los amazighes denunciaron el hecho ante el califa y exigieron
reparación. Al-Mahdi tuvo que disculparse, prometer que les devolvería todos
sus bienes y que mandaría ejecutar a algunos sospechosos de los saqueos. Sin
embargo, los bereberes no podían confiar en un califa que ni siquiera podía
garantizar su seguridad.
Dinastías saqaliba surgidas al descomponerse el
Califato de Córdoba, además de estados con los que colaboraron alguna vez (rojo
claro), por AbdurRahman AbdulMoneim.
No solo se ganó la animadversión de los
bereberes, sino también la de otro grupo de poder importante para el Califato
de Córdoba: los eunucos y militares saqaliba. Un grupo de esclavos
amiríes fue desterrado a finales de marzo y se dirigió al sureste y este
peninsular, zonas que terminarían por dominar. En abril, Muhammad simuló que
Hisham II había muerto y encarceló al omeya que había nombrado heredero nada
más hacerse con el poder, tal vez por sospechar de una conspiración o porque no
quería compartir el poder con otra rama de la dinastía.
Al creerse lo suficientemente consolidado en su
posición, despidió a 7.000 cordobeses inexpertos de su ejército. Así, al-Mahdi
socavó las bases de su poder al humillar a los soldados bereberes, desterrar a
algunos saqaliba amiríes, enemistarse con parte de la familia
omeya y desechar algunos de sus apoyos populares. Solo le quedaba el apoyo
mayoritario del pueblo cordobés. La coalición de enemigos de Muhammad II se
alió para deponerlo y colocar en el trono al padre del omeya que había sido
designado heredero. Paradójicamente, el propio al-Mahdi había sentado un
precedente con su golpe de estado.
A finales de mayo de 1009 se produjo la revuelta,
y los rebeldes mataron a dos ministros y sitiaron el alcázar. Sin embargo, la
plebe de los arrabales occidentales se movilizó en masa en defensa de quien
consideraban el “califa del pueblo”. Los partidarios del pretendiente fueron
derrotados, y a finales de junio Muhammad II los venció en batalla. El califa
hizo ejecutar al pretendiente frente a su hijo. Sin embargo, lo más grave fue
que al-Mahdi ofreció una recompensa a todo aquel que presentase la cabeza de un
bereber. De nuevo, incitaba a las masas a la violencia.
Recreación
ideal de los suburbios de la Córdoba omeya realizada por A. Redondo Paz
Muchos cordobeses formaron bandas y se unieron a
una cacería que provocó la matanza de cientos de bereberes, a quienes
consideraban una mayor amenaza que los cristianos del norte. Los testigos de la
masacre relatan casos espeluznantes: piadosos musulmanes de Tremecén que habían
venido a al-Ándalus para hacer la yihad fueron asesinados, un magrebí fue
arrojado a un foso, su casa saqueada, y sus mujeres e hijas violadas. Incluso
mataron a personas de Jorasán y Siria por confundirlas con bereberes o simplemente
por ser extranjeras.
Parece que la ola de ataques también se sintió
más allá de Córdoba, pues hay noticias de un alfaquí amazigh asesinado en
Málaga y de un peregrino ceutí muerto en Elvira. Mataron incluso a niños y a
mujeres embarazadas, y a muchas mujeres magrebíes las vendieron en las casas de
subastas de esclavos. Las fuentes árabes distinguen entre la venganza por un
agravio personal y el odio, y aquí hablan de odio: un odio irracional y sin
límites contra los bereberes, una xenofobia desatada y alentada por el propio
califa, que condujo a un sangriento pogromo antibereber.
No todos los cordobeses estaban de acuerdo con
esto. Muchos bereberes del ejército huyeron de Córdoba, pero muchos otros
permanecieron en la ciudad refugiados en casas de andalusíes de confianza, por
temor a las turbas o a que los matasen por el camino si abandonaban la ciudad.
Al cabo de unas semanas, a Muhammad II le dio por prohibir que se dañase a los
norteafricanos. Quizás se cansó, o vio que la situación se había ido demasiado
de madre, o consideró que los ánimos de las masas cordobesas ya se habían calmado
un poco.
La falta de un criterio consistente era
inquietante y provocaba confusión y desconfianza, lo que minaba la autoridad de
Muhammad como califa. A los soldados bereberes huidos les ofreció en repetidas
ocasiones el perdón, pero estos lo rechazaron. ¿Después de matar a familiares y
conocidos suyos ahora les ofrecía acogerse al amán, como si fueran ellos los
que hubieran cometido una falta? ¿Y cómo podían confiar en su palabra o en que
el pueblo llano lo respetase? Los magrebíes ya se encargarían de que al-Mahdi y
los cordobeses que los vejaron, mataron y esclavizaron pagaran caro sus
acciones.


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