LA FITNA DEL CALIFATO DE CÓRDOBA. LA GUERRA CIVIL QUE DESTRUYÓ AL-ÁNDALUS
Contexto
histórico de la fitna
Mapa político
de la península ibérica, año 1000, por David Cot
Primero,
hablemos brevemente del contexto de la fitna, los actores y algunos conceptos
clave. Fitna, que traducimos como “guerra civil”, es una palabra árabe que
aparece en el Corán y tiene connotaciones políticas y religiosas muy negativas,
ya que la división y guerra entre musulmanes se considera el peor de los
peligros para la comunidad de creyentes. La fitna es una prueba de Dios para castigar
a los pecadores. Desde más o menos el año 980, Almanzor y luego sus dos hijos
gobernaron al-Ándalus tras usurpar el poder del califa omeya Hisham II, quien
permanecía como un títere recluido en palacio.
En términos étnicos, había tres grupos de poder
relevantes en la época de la fitna. Primero, los andalusíes: descendientes de
árabes, bereberes e hispanogodos arabizados e islamizados. Segundo, los
bereberes o amazighes, no integrados en la sociedad andalusí, sino llegados del
norte de África en las últimas décadas del califato porque Almanzor los
empleaba en sus campañas de yihad. Estos destacaban por sus habilidades
guerreras, su nomadismo pastoril y su organización tribal, que garantizaba
cohesión y solidaridad de grupo. Tercero, los saqaliba, los
esclavos y libertos de origen europeo, generalmente capturados de niños en el
norte cristiano.
Muchos de ellos eran educados en la cultura
árabe, se convertían al islam y, si destacaban, eran manumitidos, alcanzando
riqueza y poder. Algunos eran castrados y servían en el de eunucos en los
harenes, pero muchos otros no y servían en la administración o en el ejército.
Tanto los bereberes como los saqaliba sumaban más de 10.000
hombres. Sin embargo, la historiografía ha sobredimensionado el componente
étnico en la fitna del Califato de Córdoba. Aunque sin duda existió una fuerte
xenofobia contra los bereberes, estas no explican por sí solas el conflicto.
Si la sociedad andalusí estuviera tan
profundamente dividida entre etnias, no se comprenderían las coaliciones entre
andalusíes, amazighes y saqaliba, ni que no hubiera grandes
diferencias a la hora de gobernar las taifas. En realidad, los actores de la
fitna se guiaron por intereses políticos ante todo, y eso es lo que
analizaremos en este episodio.
Abd al-Rahman Sanchuelo, el
destructor del legado de Almanzor
Como ya vimos en el episodio 55, el 20 de octubre de 1008 murió el
háyib Abd al-Malik al-Muzaffar a los 33 años. Murió a causa de una angina que
llevaba meses sufriendo, pero eso no evitó que pronto corrieran rumores de que
lo había envenenado su hermano, Abd al-Rahman Sanchuelo, de 25 años. Este
último, apodado de forma despectiva con ese diminutivo por ser nieto del rey de
Pamplona Sancho II Garcés, asumió el poder. La sucesión fue tranquila.
Sanchuelo consiguió el apoyo de numerosos cortesanos para convertirse en háyib,
en primer ministro, y el califa títere Hisham II no puso objeciones, ya que
seguía recluido y sin capacidad de gobernar.
Las fuentes árabes lo caracterizan unánimemente
de forma muy negativa como un necio, derrochador e insensato, entregado al
libertinaje y a los vicios. ¿Sabes cómo a veces hay figuras históricas tratadas
injustamente y que luego han sido rehabilitadas? Pues ese no es el caso de
Sanchuelo. Resulta imposible contradecir esa imagen negativa de las fuentes, y
él mismo hizo méritos propios para que estallara contra él el odio acumulado
contra el régimen instaurado por Almanzor.
Cubierta de marfil de un recipiente hecho para
Abd al-Rahman Sanchuelo, año 999, Museo Ashmolean de Oxford.
En menos de un mes Sanchuelo consiguió lo
inimaginable: el omeya Hisham II hizo heredero del título califal a este
miembro de la dinastía amirí. Esto era algo con lo que su padre Almanzor
siempre soñó, pero como al hacer un sondeo vio que no tendría apoyos lo dejó
estar y se conformó con ser el gobernante de facto. Este detalle que algunos
historiadores omiten es importante resaltar, porque Sanchuelo no fue tonto por
querer ser califa, fue tonto por intentar hacerlo sin apoyos y sin haber
logrado nada a nivel político o militar por sí mismo.
¿Pero cómo logró Abd al-Rahman que Hisham lo
nombrara heredero? Para empezar, Hisham no tenía descendencia masculina, lo que
facilitó mucho las cosas. Según algunos cronistas, consiguió el nombramiento
amenazándolo de muerte, mientras que otros sostienen que se ganó su amistad
organizándole fiestas. También es interesante que Sanchuelo intentó legitimarse
argumentando que tanto él como Hisham eran hijos de madre vascona, e incluso
pudo haber insinuado que eran hermanos, debido a los rumores de que Almanzor y
Subh fueron amantes.
La lectura del acta de investidura generó
conmoción entre el pueblo cordobés y entre los omeyas y sus familias clientes,
que temían perder su posición privilegiada en el estado. Desde la perspectiva
del islam sunní, creían inaceptable que fuera califa alguien que ni siquiera
formaba parte de la tribu de los Quraysh, la misma del profeta Muhammad igual
que los omeyas, abasíes o idrisíes. ¿Cómo iba a reemplazar un joven cuyo único
mérito hasta ese momento era ser hijo de Almanzor a una dinastía que había gobernado
a los musulmanes desde el primer siglo del islam? Sanchuelo cruzó una línea
roja que hizo estallar por los aires el régimen amirí.
Las fuentes árabes también dicen que en enero de 1009 el háyib Sanchuelo pidió a los dignatarios de la corte y a los funcionarios que se presentaran en su ciudad-palaciega de Madinat al-Zahira con un turbante a la moda bereber, en contraste con el gorro o bonete típico de los cordobeses. Algunos historiadores creen que esto podría ser un invento para enfatizar la culpabilidad de los bereberes en la
fitna del Califato de Córdoba, pero, de ser real,
solo habría añadido combustible a los sentimientos xenófobos de quienes creían
que al-Ándalus se estaba berberizando.
En la frontera norte, la guerra entre el conde
Sancho García de Castilla y al-Muzaffar no había concluido, y el castellano
aprovechó la muerte del háyib para destruir Atienza, una fortaleza cerca de
Medinaceli, Soria, el centro militar andalusí de la Marca Media. Abd al-Rahman
Sanchuelo organizó una expedición contra él para legitimarse con una victoria
militar, repitiendo la exitosa fórmula de su padre y su hermano. ¿Qué podía
salir mal? Pues la verdad es que esta decisión fue muy estúpida, porque el momento
no podía ser más inoportuno. Militarmente, era una mala idea, ya que se trataba
de una campaña de invierno en enero, con lluvias torrenciales que dificultaban
los movimientos de las tropas. Por el lado político era muy imprudente
abandonar la capital cuando ya existía mucho malestar por el anuncio de que
Sanchuelo heredaría el califato.
La revolución de Córdoba. El
golpe de estado de Muhammad II al-Mahdi
Los partidarios omeyas aprovecharon la ausencia
de Sanchuelo y de buena parte del ejército en Córdoba para organizar un golpe
de estado, apoyados por las redes de informadores y el dinero de al-Dalfa, la
madre de al-Muzaffar. Al-Dalfa estaba convencida de que Sanchuelo había
envenenado a su hijo. También hay que tener en cuenta que la madre del háyib
gozaba de un estatus especial y tenía más asegurada posición económica, y que
al-Dalfa mantenía una rivalidad con Abda, la madre de Sanchuelo.
Al-Dalfa estaba dispuesta a aliarse con
cualquiera que le permitiera obtener su venganza, por mucho que eso pusiese en
riesgo su propia posición acomodada. Fue una mujer, Subh, quien facilitó el
ascenso de la dinastía amirí, y otra mujer, al-Dalfa, quien puso los medios
para su caída. Y hablando de dinero, si crees que mi trabajo de divulgación es
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Volviendo al tema que toca, un bisnieto del califa Abd al-Rahman III llamado Muhammad lideró la oposición omeya. Su padre había sido ejecutado dos años antes por conspirar contra el régimen amirí, así que tenía motivos personales para buscar venganza y recuperar el poder omeya. Calcularon que Sanchuelo ya debería haber llegado a tierras cristianas y entonces Muhammad atacó el alcázar omeya de Córdoba el 15 de febrero de 1009.
Vista aérea de arrabales occidentales de la
Córdoba califal recreados en 3D, por Arkeo Texturas
Había reclutado a 400 hombres de entre los
malhechores y clases bajas de Córdoba, y usó a unos pocos de estos para atacar
de improviso a los soldados de la guarnición del alcázar. A la señal de
Muhammad, desarmaron a los soldados y fueron corriendo a donde estaba el amirí
que había dejado Sanchuelo de lugarteniente y lo decapitaron cuando estaba
bebiendo plácidamente con la compañía de dos cantoras. Los seguidores de
Muhammad salieron por las calles cordobesas gritando “a las armas”, y
consiguieron un éxito mucho mayor al esperado.
Miles de cordobeses y campesinos de los
alrededores confluyeron frente al desaparecido alcázar situado a la izquierda
de la mezquita aljama. Algunos treparon y otros hicieron dos brechas en las
murallas y lo invadieron. La guarnición de Madinat al-Zahira no se movió de
donde estaba porque pensaban que el gobernador de Córdoba podría controlar el
tumulto, y cundió el pánico entre ellos cuando se enteraron de su muerte y de
la gravedad de la revuelta. Hisham II salió por un balcón y trató de calmar los
ánimos de la multitud. Pero un califa sin fuerza de voluntad y con
discapacidades físicas y mentales que lo inhabilitaban como califa no iba a ser
escuchado.
Él mismo pidió a sus guardias que no pelearan por
él. Para salvar la vida, Hisham II tuvo que abdicar a favor de Muhammad ibn
Hisham, que adoptó el apodo honorífico de al-Mahdi bi-llah, “el bien guiado por
Dios”. Según algunos cronistas, este fue el primero de sus actos reprobables,
porque al-Mahdi era un apodo con connotaciones revolucionarias y mesiánicas,
algo más propio de la enemiga dinastía fatimí. Por la noche Muhammad II logró
calmar los ánimos y frenar el ataque del pueblo cordobés, ya que ahora ese era
su alcázar.
Pero por instigación del propio al-Mahdi, el
clima de Córdoba era revolucionario. Muhammad repartió armas al pueblo, liberó
delincuentes de las cárceles, y formó un ejército popular o milicia con gente
de oficios muy diversos, desde zapateros y barberos hasta carniceros y
carpinteros, algo muy atípico en la historia islámica y ciertamente diferente
al típico ejército califal liderado por ilustres familias árabes, bereberes o
esclavos y libertos. Las fuentes hablan de que durante la rebelión inscribió a 50.000
cordobeses, cifra que, de ser cierta, implicaría la movilización de una parte
muy sustancial de la población total de la capital andalusí.
Tal movilización popular se explica por varios
factores. Desde la muerte de Almanzor no se habían producido grandes conquistas
y victorias musulmanas, mientras que los impuestos que imponían para mantener
al ejército profesional de bereberes y saqaliba seguían igual
de altos. Se había producido una riada el mes anterior y, por la época del año
en el calendario agrícola, seguramente el desempleo y la precariedad laboral
eran elevados. Hay que recordar que los elevados tributos de Almanzor y sus descendientes
provocaron que algunos campesinos empobrecidos tuvieran que abandonar sus
tierras y probar mejor suerte yendo a la capital, por lo que el descontento por
la presión fiscal entre las clases populares cordobesas era considerable.
Aun así, Peter Scales analizó los apoyos sociales
de al-Mahdi y lo cierto es que había un amplio apoyo interclasista, y es que la
aristocracia árabe, clientela omeya o los ulemas apoyaban la restauración del
poder efectivo de un califa omeya. Lo que pasa es que las crónicas árabes usan
un lenguaje clasista para condenar las actitudes de al-Mahdi que incitaban a la
plebe a rebelarse y a subvertir el orden social y legal. Al-Mahdi supo
canalizar todo ese descontento de los cordobeses de distintos sectores sociales
y ganó un gran apoyo popular.
Pero la revuelta popular no terminó con la
abdicación de Hisham. Muhammad II prometió a los 50.000 inscritos una parte del
botín que conseguirían destruyendo Madinat al-Zahira, la ciudad palaciega que
construyó Almanzor y que albergaba el tesoro estatal, además de una gran
cantidad de armas. El 16 o 17 de febrero, los partidarios omeyas atacaron
al-Zahira. Hubo algún enfrentamiento poco importante, pero a la que les
prometieron respetarles la vida los 700 hombres de la guarnición se rindieron.
Los seguidores de al-Mahdi y las turbas amotinadas se llevaron todo: joyas,
tapices, telas de lujo, columnas, mármoles y hasta ventanas y puertas.
Pila
de mármol de Almanzor, reutilizada en la alcazaba de la dinastía nazarí de
Granada y ahora en el Museo de la Alhambra
Al-Mahdi se quedó con el botín monetario de más
de un millón y medio de dinares de oro y cinco millones y medio de dirhams de
plata. Al-Dalfa había tomado la precaución de poner a buen recaudo su gran
fortuna en otro lugar, pero la revuelta que ella misma instigó casi se volvió
en su contra, porque fue inesperado que tantos cordobeses se unieran a un motín
que pudo haber quedado solamente en un golpe palaciego. Se le permitió
instalarse con un nieto suyo en una casa cedida por el califa. Al menos se cobró
la venganza de hacer caer a Sanchuelo, aunque si creía de verdad que este mató
a su querido hijo al-Muzaffar, se equivocaba.
No sabemos qué pasó con Abda, la princesa navarra
madre de Sanchuelo. Sabemos que al-Mahdi dejó marchar a las mujeres libres del
harén amirí, pero las mujeres esclavas fueron repartidas entre él y sus
ministros, un acto considerado como reprobable por los cronistas. Tras el
saqueo de todo aquello de valor que encontraron, incendiaron y demolieron
Madinat al-Zahira hasta no quedar ni rastro de ella. Hoy ni siquiera conocemos
con seguridad su localización. La destrucción del símbolo del poder amirí causó
conmoción en al-Ándalus.
Mientras todo esto pasaba en menos de una semana,
¿qué hacía Abd al-Rahman Sanchuelo? Pues recibió las noticias del golpe de
estado en Toledo, cuando aún no había podido llegar a Castilla por las
inclemencias del tiempo. Sin medir la gravedad de su situación, el hijo
bobalicón de Almanzor decidió regresar a Córdoba con la esperanza de que sus
imaginarios apoyos se alzarían en su favor al saberlo cerca. No podía estar más
equivocado. Durante una parada de cuatro días en Calatrava, trató de ganarse la
lealtad de sus tropas con promesas de ascensos, tierras y aumentos salariales.
Pero los soldados sabían que Madinat al-Zahira
había sido saqueada y destruida, lo que significaba que Sanchuelo ya no tenía
recursos económicos para cumplir sus promesas. Los bereberes a su servicio
temían que sus familias correrían peligro si no obedecían a Muhammad II, así
que una noche desertaron y se fueron a la capital por su cuenta. También los
soldados esclavos hicieron lo mismo. Solo le quedaban unos sirvientes, las 70
mujeres de su harén, un cadí y el conde cristiano Sancho Gómez, hermano del patriarca
de los Banu Gómez de Saldaña.
A pesar de que al-Mahdi le ofreció clemencia y
las recomendaciones del conde para refugiarse en Saldaña o buscar la ayuda del
general saqaliba Wadih en Medinaceli, Sanchuelo se negó a
aceptar la realidad. Finalmente, Sanchuelo mandó al cadí, es decir, al juez que
lo acompañaba, a pedir clemencia. Pero Ibn Dakwan, el cadí de Córdoba y cadí
supremo de al-Ándalus, denunció la irreligiosidad de Sanchuelo y que planeaba
atacar a cordobeses inocentes, y convenció a Muhammad de matarlo. Sanchuelo
pensaba que unos jinetes venían a traerle el perdón, pero lo arrestaron a él y
al conde Sancho Gómez, y los ejecutaron.
Según Ibn Idari, pusieron el cadáver desnudo
encima de un mulo para que el populacho pudiera escupirle y mofarse. Por orden
del califa, destriparon su cuerpo, lo rellenaron de plantas aromáticas para
embalsamarlo y, el 4 de marzo, expusieron el cuerpo clavándolo en una cruz en
una de las puertas de Córdoba. Así de fácil es perder el poder que tantos
esfuerzos le había costado conseguir a su padre, Almanzor.




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