LA
EXPULSIÓN DE LOS OMEYAS DE CÓRDOBA. ¿ABOLICIÓN DEL CALIFATO Y FIN DE LA FITNA?
En junio de 1027 la aristocracia árabe y personas
notables de Córdoba entronizaron al omeya Hisham III, hermano de Abd al-Rahman
IV refugiado en la Taifa de Alpuente. La fragmentación política de al-Ándalus,
la inestabilidad y el hecho de que Córdoba ya no era una ciudad tan deseable
hicieron que Hisham III no se decidiera a entrar en ella hasta finales de 1029.
Su califato fue muy impopular porque se entregó a una vida de placeres y dejó
el gobierno en manos de un visir.
Este ministro, que no era de alta cuna, ignoraba la voluntad de los notables cordobeses, lo que desató una conspiración liderada por un pretendiente omeya. Los rebeldes decapitaron al visir, y el califa Hisham III, al enterarse, huyó del alcázar y se refugió en la mezquita aljama, hasta que al día siguiente fue expulsado de la ciudad. El último califa omeya se acogió a la protección del gobernador de Lérida, Sulayman ibn Hud, donde murió pocos años después.
Emires y califas omeyas de Córdoba
Ese 30 de noviembre de 1031, los notables de
Córdoba convencieron a los jefes del ejército de no apoyar la candidatura del
omeya que había liderado el motín. En su lugar, los cordobeses acordaron no
proclamar a ningún califa más, ni omeya ni hammudí, tras tantos años de
soberanos nefastos. En los zocos se pregonó que nadie debía dar cobijo a un
omeya, con el fin de expulsarlos definitivamente de la ciudad. Al final, los
omeyas eran los tóxicos de la relación, y los cordobeses decidieron cortar. La
época gloriosa de la dinastía omeya hacía décadas que había terminado.
Córdoba pasó a estar gobernada por un consejo de
ministros liderado por Abu l-Hazm ibn Yahwar, cadí y ministro fundador de su
propia dinastía taifa, irónicamente descendiente de uno de los clientes que
apoyaron la entronización del emir Abd al-Rahman I. Con su estirpe, Córdoba se
estabilizó e inició una tímida recuperación de su prosperidad, aunque siguió
siendo una sombra de lo que había sido. En Córdoba se siguieron acuñando
monedas, pero a nombre de Hisham II, el último califa de consenso en al-Ándalus.
Con esto surgen dos preguntas: ¿abolieron el califato en 1031? ¿Y terminó la fitna entonces? Pues la respuesta a ambas preguntas es que no. Los cordobeses no tenían ninguna potestad para abolir una idea o institución. Tampoco una Córdoba decadente tenía el derecho exclusivo a reconocer o dejar de reconocer califas, o a ser la capital de un califato. Desde el año 1023 Málaga se convirtió en la capital del Califato hammudí, un hito poco recordado en la historia local malagueña, pero de gran trascendencia para convertir a Málaga en una gran ciudad. También se puede considerar que Sevilla fue sede califal con el falso Hisham II a partir del 1035.
Plano de la Málaga musulmana superpuesta en la
actual.
Las acuñaciones de oro califales tampoco
terminaron en 1031. Desde la cultura material, los investigadores han percibido
que en las taifas que reconocían el califato hammudí se mantuvieron estilos
continuistas en monedas, epigrafía y decoración arquitectónica respecto al
periodo omeya, en contraste con las taifas que no reconocían a esta dinastía
idrisí. Por tanto, 1031 marca el fin de la dinastía omeya como familia reinante
y el fin del Califato de Córdoba, que hacía años que era, en la práctica, una ficción.
Sin embargo, no dejó de existir un califato en
al-Ándalus, pues existía el Califato hammudí. Los hammudíes no fueron unos
reyes de taifa más con pretensiones califales, fueron unos califas reconocidos
por varios poderes en al-Ándalus y el Magreb. Es revelador que se proclamase un
falso Hisham II para contrarrestar el poder y legitimidad hammudí, y lo
hicieron desaparecer al ser depuesto el último califa hammudí en el año 1056.
Tras el fin del asedio de Córdoba, los califas omeyas de la fitna carecían de
bases de poder propias y eran simples títeres en manos de soberanos de taifas.
En cambio, los hammudíes siempre tuvieron bases de poder propias en el área del
Estrecho de Gibraltar, lo que les permitió controlar el tráfico de oro y otras
mercancías entre África y al-Ándalus.
Y sobre la cuestión del fin de la guerra civil,
Ibn Hayyan escribió esto tras la deposición de Hisham III: “A partir de ese
momento, la fitna se hizo más amplia y profunda. Cada uno saltó sobre el poder
en su lugar, y los arráeces y señores levantiscos de al-Ándalus fueron dueños
absolutos del territorio y de los castillos que tenían a su alcance,
ambicionando cada uno de ellos lo de los demás.” El geógrafo al-Bakri, en 1068,
también afirmaba que la fitna continuaba. Así, la fitna se prolongó hasta la reunificación
de lo que quedaba de al-Ándalus bajo el Emirato almorávide, entre 1090 y 1116.


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