domingo, 19 de mayo de 2024

ÀBD ALLAH AL-MUZAFFAR AL-NASIR

 

'ABD ALLAH AL-MUZAFFAR AL-NASIR

Abd Allāh al-Muẓaffar al-NāṣirAbū Muḥammad ‛Abd Allāh b. Buluggīn b. Bādīs b. Ḥabūs b. Māksan b. Zīrī b. Manād al-Ṣinhāŷī. Granada, ḏū l-qa‛da 447 H./I.1056 C. – Āgmāt (Magreb), post. 488 H./1095 C. Último rey de la taifa de Granada (467 H./1075 C. - raŷab 483 H./IX.1090 C.)

BIOGRAFÍA

El menor de los nietos conocidos del rey Bādīs era ‛Abd Allāh, que residía en Granada cuando murió su abuelo, en 467 H./1075 C., y, según precisa su biógrafo Ibn al-Jaṭīb, los “funcionarios palatinos” (juddām dawlati-hi) y los jeques inhāŷa (ašyāj qabīlati-hi), pese a su juventud, unos diecinueve años, le prefirieron sobre su tío Māksan, que regía Jaén, y sobre su hermano mayor Tamīm, que regía Málaga, y le invistieron del poder, bajo la tutoría de uno de ellos, Simāŷa, que durante casi dos lustros ejerció como todopoderoso visir. Su padre era uno de los dos hijos conocidos de Bādīs, y se llamaba BuluggīSayf al-Dawla (“Espada de la dinastía”), que había muerto envenenado, en 1064, a los 25 años de edad. Es curioso que las fuentes árabes no coincidan en fechar la muerte de Bādīs y el acceso al trono de ‛Abd Allāh, oscilando entre 465 H./1073 C., 469 H. /1077 y la más probable: 467 H./1075 C.

Escribió sus Memorias, entre 1094-1095, conservadas en manuscrito único en la Qarawiyyīn de Fez, que son un extraordinario documento de su historia, y acción insólita entre los soberanos medievales; aunque redactadas después de ser depuesto por los Almorávides, ya en Āgmāt (Magreb), y debiendo halagarles, contienen las pistas esenciales sobre los deterioros de las taifas, entre ellas la de Granada: pugnas dinásticas, conflictos administrativos, heterogénea población, ataques entre taifas, acoso militar y tributario cristiano [...] el emir ‛Abd Allāh no pudo enderezar tanto problema: “cobarde [...]. asustadizo, dado a los placeres, y que confiaba los visiratos a sinvergüenzas”, le retratan algunas fuentes árabes, sobre las cuales comentarán los especialistas modernos, como E. Lévi-Provençal y E. García Gómez, al introducir su traducción de las Memorias o autobiografía de ‛Abd Allāh, su extraño destino y su falta de cualidades: “un tiranuelo impopular” que, ya en su destierro africano, “irá precisándose en su pensamiento la necesidad de reaccionar contra la opinión de su contemporáneos, que hasta entonces lo han tenido por un mentecato y un traidor al Islam.... [y escribirá sus Memorias] como una justificación de su conducta”. Las tituló al-Tibyāan al-ḥādita al-kā’ina bi-dawlat Banī Zīrī fī Garnāṭa (Exposición de los sucesos acaecidos en el Estado de los Zīríes de Granada). En sus Memorias muestra su arabización cultural.

Adoptó el sobrenombre pseudo-califal de al-Muẓaffar, “el Triunfante”, que también había llevado su abuelo, y que además contenía referencias al ejercicio del poder por parte de los chambelanes Āmiríes, pues así se tituló el primero de los hijos de Almanzor en sucederle, ‛Abd al-Malik al-Muaffar, y ahora, exhibido dos veces por los beréberes Zīríes de Granada, parece sobre todo un reto al partido pro-‛Āmirí de las taifas eslavas, con quien tanto pugnaban. Pero las pretensiones de este ‛Abd Allāh, último rey Zīrí de Granada, aún volaron más alto, pues para mostrar que no se amilanaba frente a las reminiscencias omeyas de que alardeaban las taifas “andalusíes”, también enemigas de los Zīríes, y especialmente entre ellas la taifa de Sevilla, este ‛Abd Allāh duplicó su titulatura con al-Nāṣir (“el Triunfador”), como había llevado el primer Califa de Córdoba ‛Abd al-Raḥmān al-Nāṣir, y que sólo se atrevió a adoptar otro rey de taifas, unos años antes que él: Muḥammad ibn ‛Īsà al-Nāṣir de los Banū Muzayn de Silves. Sin embargo, el emir ‛Abd Allāh sólo acuñó monedas de plata, y en esos dirhemes no consta su lugar de ceca.

Su emirato se inició con el agrio sabor de la presión cristiana. Alfonso VI y su aliado el rey al-Mutamid de Sevilla le cogieron parte del territorio jiennense, incluso Jaén, en 1074, alzándole la cuña del castillo de Belillos, desde donde algareaban la Vega granadina. ‛Abd Allāh perdió plazas, tuvo que entregar otras y pagar parias. Hacia 1082 empezó a ocuparse el emir granadino más directamente de todo, y el visir Simāŷa se trasladó a Almería, alentando allí algún conflicto territorial entre ambas taifas. Al poco, su hermano Tamīm de Málaga empezó a atacarle, por Almuñécar y Jete; contraatacó el emir de Granada, y al cabo ambos hermanos pactaron el reparto de varios enclaves, “aunque le privé de otros territo­rios, de cuyos habitantes era de temer que, instigados por él, perturbaran mis dominios”, según confiesa en sus Memorias, es decir, las rebeldías locales estaban latentes: aún tuvo que reducir ‛Abd Allāh las de Archidona y Antequera, y seguir aplacando conjuras en su misma corte.

El final se precipitó. En muarram 478 H./mayo de 1085 C., Alfonso VI conquistó Toledo. Antes de aquel mayo de 1085, en que al-Andalus retrocedió hasta el centro de la Península, ya se habían entablado contactos con los Almorávides, sobre todo por iniciativas aisladas e individuales, e incluso a veces por razones personales, según cuenta el emir ‛Abd Allāh en sus Memorias: que su hermano Tamīm de Málaga, pidió ayuda a los Almorávides contra él, aunque ellos no le hicieron caso, pero después de tan alarmante fecha, el recurso a los Almorávides fue oficial y por intereses generales, protagonizado tal recurso incluso por los reyes de las taifas de Sevilla, de Badajoz y de Granada, en realidad sólo entonces unidos en una acción conjunta, tan crítica la situación resultaba. Con cadíes de esas taifas, y algún otro personajes significativo, partió entonces una embajada para pedir auxilio a los Almorávides, cuyos ideales de Guerra Santa, requeridos también por sus planteamientos ortodoxos, armonizaban con su intervención en al-Andalus, adonde llegaron por primera vez en 1086, para ayudar a las taifas, venciendo a Alfonso VI en Sagrajas o Zallāqa. El pujante movimiento político-religioso les llevó a formar un Imperio por el Occidente y Centro del Magreb, originado por reciente reacción de los beréberes inhāŷa, oriundos los Almorávides del Occidente del Magreb, pero contríbulos de los zīríes granadinos, que eran inhāŷa de Ifrīqiya o Túnez.

Tras esa victoria, en 1086, el emir Yūsuf ibn Tāšufīn regresó al Magreb, pero la incapacidad política, militar y económica de las taifas continuaba, e incluso seguían en tratos con Alfonso VI, que atacó por Aledo, y el emir almorávide decidió apoderarse de las taifas, comenzando por Granada. El apoyo de alfaquíes y ulemas, el inicial entu­siasmo de los andalusíes por los Almorávides, y su predicada ortodoxia política y fiscal, les facilitó en parte su conquista de las taifas andalusíes, cuya fragmentación contrariaba además la política ortodoxa de unión centralizada, que los Almorávides propugnaban. No faltan versos políticos (como los de al-Sumaysir, traducidos en la revista Al-Andalus (1936: 125), que critican al señor de Granada, el emir Abd Allāh: “El señor de Granada es un necio / que se cree el hombre más sabio. / Trata con Alfonso y los cristianos, / ¡vaya juicio más discreto!, / y fortifica edificios, desobedeciendo / a Dios y al emir [almorávide]”.

El propio emir Abd Allāh, incapaz de resistir tantos conflictos, detalla su crítica situación y el final de su reino en sus Memorias: Yūsuf ibn TāšufĪn avanzó sobre Granada, donde la población le esperaba alborozada, y ‛Abd Allāh salió a entregarle el poder, el domingo 8 de septiembre de 1090. Un mes después, los Almorávides ocuparon la taifa de Málaga, en parecidas circunstancias. Ambos reyes hermanos, ‛Abd Allāh y Tamīm, que eran de origen beréber inhāŷí como el mismo emir almorávide, tratados con bastante miramiento, fueron deportados al Magreb, adonde regresó también el emir almorávide, dejando a su sobrino Sīr al frente de sus nuevos territorios y de los siguientes proyectos de conquista, realizados con planificación militar excelente, proponiéndose a continuación acabar con la extensa taifa de Sevilla.

Sobre la heterogénea población de la taifa granadina hay valiosas, aunque aisladas, referencias en las Memorias de Abd Allāh, pues, por ejemplo, documenta aún la importancia del poblamiento cristiano en algunos enclaves, al señalar cómo: “Riana y Jotrón, cuyos habitantes eran cristianos, por estar situados entre ambos territorios [la taifa de Granada y la de Málaga] no podían rebelarse contra ninguno de los dos”. El párrafo alude también a la condición “levantisca” atribuida con frecuencia por las fuentes a las poblaciones, sobre todo rurales, de cristianos andalusíes, que se encontraban ya en minoría dentro del conjunto de la población andalusí. También los judíos de Granada disminuyeron desde la segunda mitad del siglo XI, por conversión real o figurada y por emigraciones. El detonante fue el alzamiento contra el todopoderoso cortesano de Granada José ibn Nagrela y contra los demás judíos granadinos, en diciembre de 1066, muriendo muchos. Una famosa casida del alfaquí Abū Isḥāq de Elvira prendió la mecha: “Ve y di a todos los inhāŷa, lunas de su tiempo, valientes leones / las palabras de uno que les quiere y cree que un consejo es prueba de amigos y deber sagrado. / Vuestro señor [Bādīs de Granada] ha caído en un error grave que a los maldicientes les ha dado tema: / pudiendo elegirle entre los musulmanes, nombró a un infiel [judío] secretario suyo. / Con él los judíos se han vuelto altaneros, siendo antes los más despreciados...”. En sus Memorias, el emir ‛Abd Allāh no menciona estos famosos versos, pero no deja de comentar estos sucesos, ocurridos en tiempos de su abuelo y antecesor, pues a José ibn Nagrela le responsabiliza del envenenamiento de su propio padre, Buluggīn ibn Bādīs, en 1064. Sobre estas tensiones, las Memorias detallan también la rebelión de los judíos de Lucena, y el conflicto con los Zanāta. Al emir ‛Abd Allāh le correspondieron quince años de crítico reinado, sobre los cuales y sobre sus antepasados proyectó una inaudita luz en su inusual autobiografía.

Es notable que ‛Abd Allāh, dejando su Granada como cuatro siglos después tuvo que hacer Boabdil, también comparte algún protagonismo con su madre, según cuenta él mismo, incluyendo de ella varias referencias, como la de su partida conjunta mientras entraban los Almorávides: “al salir de Granada, en efecto, la idea de que podía ser encarcelado me hizo temer verme separado de mi madre, si la dejaba en el alcázar, y salí con ella, sin cuidarme de la suerte de nadie más”. Pinceladas humanas de un autorretrato excepcional, pero atiéndase al significativo comentario (G. Martínez Gros, 1986: 375): “notons enfin que les femmes n’apparaissent qu’avec la crise de la monarchie”.

 

'ABD AL-'AZIZ B. MUSA B. NUSAYR

 

'ABD AL-'AZIZ B. MUSA B. NUSAYR

Abd al-Azīz b. Mūsà b. Nuayr ¿Egipto o Irak?, c. 65/685 – Sevilla, raŷab 97/III.716. Segundo emir de al-Andalus (dependiente de Damasco).


BIOGRAFÍA

Cuando, en 95/714, Mūsà [s.v.] se vio obligado a abandonar al-Andalus, para presentarse ante el califa al-Walīd, dividió el regimiento de su gobernación entre sus tres hijos. Asignó Ifrīqiya al mayor, Abd Allāh, la zona de Tánger a ‘Abd al-Malik y al-Andalus a ‘Abd al-‘Azīz. Ha dispuesto de estos territorios como si de bienes propios se tratase, cuando los hijos no heredaban nunca a los padres en el cargo [esto no sucederá hasta el nacimiento de la dinastía Ṭāhirí en 207/822]. Ello daba pie a sospechas de una posible-presunta rebelión-secesión… (precisamente la preocupación de Sulaymān). El análisis de la figura y actuación de ‘Abd al-‘Azīz está condicionado por dos corrientes historiográficas antagónicas. Según la primera, sería dechado de gobernadores y creyentes, mientras la otra lo acusa de cripto-apostasía y preparar una rebelión (legitimizando así su eliminación).

‘Abd al-‘Azīz había pasado en compañía de su padre, colaborando eficazmente en su campaña andalusí. Mientras éste sitiaba Mérida, Sevilla se sublevó, siendo ‘Abd al-‘Azīz el encargado de reducirla y someter el Algarbe. Después, desde su base sevillana, va a someter las provincias de Málaga, Granada y Murcia. Precisamente, la capitulación de esta zona se ha conservado y puede servir de modelo para conocer la forma pactada de transferencia del ‘orden godo’ a la ‘soberanía musulmana’ en la Península:

“En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso. Este es el documento [concedido] por ‘Abd al-‘Azīz b. Mūsà a Tudmīr b. Gandarīs/Todomiro [s.v.], cuando se acogió a la capitulación. -[Tudmīr queda cubierto] por el pacto y la garantía de Dios y [las normas] que envió mediante sus profetas y enviados. -Adquiere la protección de Dios —ensalzado y honrado sea— y la de Muḥammad —Dios le bendiga y salve—. -[No será destituido de su soberanía]. -En nada será alterada [la presente situación] tanto suya como de cualquiera de sus compañeros. -No serán reducidos a cautiverio, separados de sus mujeres ni hijos. -No serán muertos. -Sus iglesias no serán incendiadas [ni despojadas de sus objetos de culto]. -No se les forzará a [renunciar] a su religión. -Esta capitulación cubre 7 ciudades: Orihuela, Mula, Lorca, Balantala, Alicante, Ello y Elche. -[Tudmīr] no dejará de observar el cumplimiento del pacto y no rescindirá lo acordado. -Ha de cumplir sinceramente lo que le impusimos y está obligado a [seguir] lo que le ordenamos. -[No dará asilo a ningún siervo fugitivo nuestro, albergará enemigo nuestro, ni dañara a nadie que haya recibido nuestro aman]. -A él y a sus compañeros incumbe el pago de la gizya: todo hombre libre pagará un dinar [de oro], cuatro almudes de trigo, cuatro de cebada, cuatro cantaros de vinagre, uno de miel y otro de aceite. -A todo colono incumbe el pago de la mitad de estas cantidades. -Actuaron de testigos de esta pacto ‘Umān b. ‘Ubayda al-Qurašī,…-Fue escrito en raŷab del año noventa y cuatro/abril 713”.

A mayor abundamiento, compárese con los términos [resumidos] de la capitulación de Mérida, (que había ofrecido larga resistencia): “…et pleitearon que diessen [a los musulmanes] todo el aver de los muertos, et de los huidos, et de las iglesias, et de lo que en ellas estaba, anssi como piedras preciossas et otras nobles cosas; et todo el aver de los clerigos. Et después que esto fue firmado por buenas cartas, abrieronsse las puertas, et acogieron [a Mūsà y a sus gentes] dentro, et entregaronlo de ella. Et aquellos christianos que hi moravan non les facian mal, et los que irse querian ibanse, et non les facian mal”.

Estamos ante una muestra de la pauta aplicada de reconocimiento general de las situaciones locales que tenían vigencia de facto. Gracias a la colaboración —interesada— de los obispos, los indígenas conservan sus anteriores estructuras y bienes pero, ahora bajo la ‘protección’ de una nueva super-estructura arabo-musulmana. “…episcopo suadente, ut subiecti Arabibus viverent sub tributo…foedus Sarraceni,…, clerus et christiani…servituti barbaricae mancipati elegerunt degere sub tributo, permissi sunt uti lege et ecclesiastis institutis, et habere pontifices et evangelicos sacerdotes”.

Tras la marcha de Mūsà, la actividad militar de ‘Abd al-‘Azīz parece haberse concentrado sobre las comarcas portuguesas y catalanas. Según un pasaje recogido por Sandoval habría “ocupado pacíficamente Lisboa, saqueado Coimbra, y regiones norteñas, asolando Oporto, Braga, Tuy, Lugo y Orense”. Así mismo parece que fue durante su gobierno cuando son ocupadas, de forma estable, Tarragona, Barcelona, Gerona y tal vez también Narbona.

Con no ser despreciables sus campañas, lo verdaderamente trascendental de la actuación de ‘Abd al-‘Azīz fue ser quien inauguró y sistematizó la ‘política de ocupación’, sentando así las bases de lo que será al-Andalus. Su actividad estará condicionada por esta necesidad de asegurar las conquistas musulmanas. Para ello tuvo que reclutar tropas, pues muchos de los árabes de pura cepa se habían retirado acompañando la marcha de Mūsà. Un doble problema: falta de hombres y escasez de medios para retribuirlos. Las pagas tienen que proceder de los recursos locales, ya sea mediante concesiones de tierras, ya mediante una reestructuración y redistribución de los ingresos obtenidos por el fisco. Naturalmente, ello había de provenir esencialmente de los indígenas, exigiéndoles el pago de los tributos establecidos por conquista, capitulación o reconocimiento de soberanía. “Abdellazis omnem Spaniam per annos tres sub censuario iugo pacificans”. También se reclamó su cuota a los musulmanes: hubieron de satisfacer el diezmo (que no habían abonado durante la fase anterior).Por esto, desde Sevilla que ha elegido como sede de su gobierno “…et escrivio sus cartas, et embiolas a su tierra [Norteafrica], et mando decir a todos aquellos que el mas queria, et que de derecho avian del amor, que se viniesen para el, et que les daria mui buenas tierras, et muchas bondades, et que les faria tanto de que ellos fuesen pagados. Et tanto les embio decir, et tanto fico, que luego se vinieron para el, et en mui poco tiempo fueron con el muchos buenos homes que dejaron sus tierras et sus averes, et se fallaron después bien de lo que hicieron…Et este fue mui buen ome, et fico mucha merced a fijos-dalgo.”

Conseguir estos refuerzos ha ido en detrimento de la influencia y, sobre todo, a expensas de los primeros conquistadores que ven cómo tienen que compartir. Ello generó tensiones económicas y sociales por cuanto los recién llegados son, en su mayoría, libertos y beréberes. Tensiones que se traducen en un levantamiento “seditione suorum”, “pese a ser excelente el gobierno de [‘Abd al-‘Azīz] no duró, por la sublevación del Ŷund en contra suya, por cosillas que le achacaron”. Todas las fuentes coinciden en la autoría material del asesinato: la aristocracia árabe. Los motivos aducidos son distintos según se atribuya la iniciativa al Ŷund o al califa.

En el primer caso la acusación es la de mal musulmán (una especie de antítesis de las cualidades atribuidas a Mūsà), pro-cristiano e, incluso, apóstata con visos de rebelde. Todo envuelto en una historia —que todos cuentan y nadie cree— de corona aurea y prosternación ante ‘Abd al-Azīz, exigida por la viuda [hermana o hija] de Rodrigo. Influencia de Egilona que le habría llevado a una excesiva benevolencia para con los indígenas, interpretada como cripto-apostasía. Más verosímil y consistente que el presunto ascendente nefasto de aquella goda es la acusación de propósito de rebeldía, para proclamarse monarca. “Abdillazis…iugum Arabicum a sua cervice conaret evertere et regnum invasum Iberie sibimet retemtare”. Son varias las fuentes que relacionan esta intención con “la indignación por el trato infligido a su padre Mūsà y la muerte dada a su hermano ‘Abd Allāh”. Pero diversos indicios parecen apuntar a que se trataría de un rumor creado y propalado por Sulaymān, para justificar la eliminación de los Nuṣayríes. El Ŷund habría asesinado a ‘Abd al-‘Azīz por orden del propio califa. Y por esta razón le remiten la cabeza del muerto que exhibirá ante Mūsà…

 

ABD ALLAH

 

ABD ALLAH

‛Abd Allāh: Abū Muḥammad ‘Abd Allāh b. Muḥammad. Córdoba, rabī‛ II de 229 H. / I.844 C. – Córdoba, rabī‛ I 300 H. / 15.X.912 C. Séptimo emir omeya de Córdoba (independiente).

Emir omeya

BIOGRAFÍA

‛Abd Allāh era hijo del emir Muḥammad, fruto de su relación con la concubina ‛Aššār. Existen discrepancias en las fuentes respecto al momento de su nacimiento, pues Ibn ‛Iḏārī cita la fecha de rabī‛ II de 229 (enero 844), mientras que otras crónicas más tardías afirman que fue en 228/842-843. El emir ‛Abd Allāh es descrito por los cronistas árabes como un personaje piadoso, recto y justo, adaptado a los cánones del buen soberano musulmán.

Su acceso al poder se produjo en circunstancias algo especiales, debido a la muerte prematura e inesperada de su hermano, el emir al-Munḏir, en 275/888, poco más de un año después de su proclamación, cuando asediaba la fortaleza malagueña de Bobastro, sede de Ibn Ḥafṣūn, el más conspicuo rebelde contra la autoridad de los Omeya. El célebre polígrafo cordobés de época taifa, Ibn Ḥazm, formula de forma abierta la acusación de asesinato contra su hermano ‛Abd Allāh, quien, sostiene, acordó con el médico que lo atendía que pusiera veneno en el instrumental con el que había de sangrarlo para tratarle sus heridas. Tampoco se conoce la fecha exacta de su muerte, que algunas fuentes sitúan el 15 de ṣafar (29 de junio). En cualquier caso, ‛Abd Allāh no perdió ni un instante y, según la narración de Ibn Ḥayyān, exigió su inmediato reconocimiento como nuevo soberano a todas las autoridades presentes en el campamento, obteniéndola, al parecer, sin ninguna objeción ni resistencia por parte de nadie. Acto seguido, partió hacia Córdoba con el cadáver de su hermano, trasladado a lomos de camello. Tras los funerales del fallecido emir, que fue enterrado al lado de su padre, en el cementerio palatino de los Omeya, llamado al-Rawḍa y situado dentro del alcázar, se convocó una segunda ceremonia de proclamación, el día 17 de ṣafar (1 de julio), a la que, según el citado cronista, asistió buena parte del pueblo cordobés.

Se inicia a partir de ese momento la época de ‛Abd Allāh, que se inserta de lleno en el período conocido como la fitna, la primera gran crisis del poder omeya de Córdoba desde su instauración a mediados del siglo VIII con el triunfo de Abderramán I. Esta situación fue producto del surgimiento de numerosos focos de rebeldía contrarios a la dominación omeya, de los cuales el más importante fue, sin duda, el protagonizado por el citado ‛Umar b. Ḥafṣūn desde su fortaleza de Bobastro. De esta forma, los veinticinco años de gobierno del emir ‛Abd Allāh se caracterizan, sin lugar a dudas, por una gran inestabilidad política interna y por la ausencia de una autoridad fuerte de parte del soberano de Córdoba, a tal punto que, en esta época y en los momentos más graves de las revueltas, el poder efectivo del emir apenas superaba los límites del propio territorio cordobés, no habiendo, como afirma de manera expresiva un cronista anónimo tardío, ‘una sola ciudad que le obedeciera’. De esta forma, la actividad principal del emir se concentra en intentar conservar su escaso poder, más que en combatir realmente a los rebeldes. Una clara muestra de la desorganización que llegó a registrarse en la administración omeya durante la época de ‛Abd Allāh consiste en la interrupción de las emisiones monetarias a partir de 286/899 y durante casi treinta años, hasta 316/929, cuando la victoria de Abderramán III sobre los rebeldes quedó consagrada con la proclamación del califato. No obstante, pese a todo lo dicho, es cierto que nuestra perspectiva está muy condicionada por las fuentes, en especial por Ibn Ḥayyān, el mejor cronista andalusí, que se extiende en la descripción pormenorizada de los rebeldes, casi siempre cercanos a los territorios nucleares del emirato cordobés, mientras que dedica mucha menos atención a otras regiones que siguieron fieles a la obediencia omeya. Tal es, por ejemplo, el caso de la lejana Tortosa, en la que consta el nombramiento de gobernadores en los años 275/888-889, 278/891-892 y 280/893-894.

Los comienzos de la rebeldía se remontan al año 878-879, durante la época de Muḥammad I, y se registra en las regiones meridionales de Sidonia, Algeciras y Málaga. Esta situación de insurgencia generalizada contra los emires de Córdoba ha sido explicada en base a factores de diverso tipo. Para algunos autores, siguiendo las descripciones de las fuentes narrativas árabes, los motivos principales serían las rivalidades de tipo étnico que enfrentaban a la población indígena con los árabes. En cambio, otros investigadores minimizan o niegan la incidencia de los factores étnicos, que consideran un mero estereotipo acuñado por las propias fuentes, y explican los conflictos debido a problemas de índole social y económica, en particular la persistencia de señores de renta, de origen visigodo, que mantenían aún a mediados del s. IX sólidas bases de poder y se resistían a ser asimilados en el sistema tributario islámico. Los protagonistas de los diversos focos rebeldes son principalmente caudillos árabes o muladíes, mientras que, en cambio, los cristianos apenas aparecen mencionados, salvo en el caso de Ibn Ḥafṣūn, a pesar de que en esta época aún formaban una parte muy importante de la población. En efecto, algunos de los casos estudiados no confirman la caracterización étnica de las rivalidades y enfrentamientos que establecen las fuentes árabes. Tal es el caso de Pechina, donde a mediados del siglo IX los emires habían establecido una guarnición militar para prevenir posibles ataques vikingos. Junto a este centro militar árabe surgió un núcleo urbano integrado por elementos indígenas y de vocación marinera, dedicado al comercio y a la piratería. De esta forma, se desarrolló a finales del siglo IX la conocida como ‘república de los marinos’, una ciudad autónoma que se erigió en centro económico de gran relevancia.

El análisis de la terminología utilizada para designar a los rebeldes ofrece una variedad de grupos entre los cuales cabe destacar, al menos, los cuatro siguientes. Por un lado, los beréberes de las Marcas Inferior y Media, designados siempre por sus nombres tribales y encabezados por jefes que reciben la designación de ‘jeque’ (šayj). Otros son grupos de árabes que conforman linajes dirigidos por un miembro preeminente que recibe la denominación de ‘señor’ (ṣāḥib). El tercer elemento lo integran sociedades jerarquizadas con fuertes lazos de dependencia, tales como los Ḥafṣūníes o los Ŷillīqíes, asimismo bajo la dirección de caudillos designados como ‘señores’. Finalmente, hay también sociedades urbanas, que funcionan mediante asambleas o consejos, y a cuyo frente se encuentran un número variable de caudillos o arráeces. Los vínculos étnicos no resultan determinantes en la conformación de las alianzas existentes entre estos distintos grupos, ni tampoco los religiosos. Por otra parte, la conducta de todos ellos resulta bastante semejante y se basa en el saqueo y la depredación, aunque en algunos casos, como el de Ibn Ḥafṣūn y otros rebeldes, se da un paso más, imponiendo tributos a las poblaciones dominadas.

Resulta prácticamente imposible ofrecer una relación exhaustiva de las múltiples localidades, ciudades y núcleos fortificados, dominados por un jefe o señor local, así como de los ‘señoríos’ rurales autónomos que se mencionan en las fuentes y que conforman otras tantas células políticamente autónomas. Entre la multitud de situaciones de agitación y rebeldía que caracterizan esta época es preciso distinguir entre los poderes locales de escasa envergadura y aquellos otros de una dimensión más relevante, bien por tener como centro núcleos urbanos importantes o por haber logrado el dominio de extensos conjuntos territoriales. Entre los primeros podemos destacar el caso de Sevilla, que, a partir del año 889, fue el escenario de la disputa entre dos grandes linajes árabes yemeníes, los Banū Ḥaŷŷāŷ y los Banū Jaldūn. Las tensiones entre los distintos elementos implicados en aquel contexto condujeron en el año 891 a una gran matanza de muladíes efectuada por los árabes yemeníes, quienes a continuación se deshicieron del gobernador omeya de la ciudad y lograron controlar el poder. Poco más adelante, en 899, Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ eliminó a su hasta entonces aliado, Kurayb b. Jaldūn, y estableció una especie de principado que gobernó de forma independiente respecto a la soberanía de los Omeya.

El principal linaje muladí fue el de los Banū Qasī, de origen visigodo y sólidamente asentados en el alto valle del Ebro, territorio sobre el que desde comienzos del siglo IX ejercieron pleno control, si bien a partir de 890 irán progresivamente perdiendo poder a favor del linaje árabe de los Tuŷībíes, gobernadores de Zaragoza nombrados por ‛Abd Allāh. Pero, sin lugar a dudas, el papel protagonista durante esta época corresponde al ya citado Ibn Ḥafṣūn, el único rebelde que, por sí sólo, llegó a representar una amenaza real para la soberanía de los emires de Córdoba, no sólo desde el punto de vista político, sino también ideológico. En efecto, Ibn Ḥafṣūn buscó la asimilación con la figura de ‛Abderramán I, fundador de la dinastía omeya, en una actitud de reivindicación de la legitimidad de sus aspiraciones. No es casual que ciertos aspectos de su biografía coincidan con la del primer omeya, tales como las predicciones que aseguraban que llegaría a gobernar y el hecho de que ambos residiesen un período de tiempo en Tahert para luego pasar a la Península. La actividad de Ibn Ḥafṣūn comienza a registrarse desde el año 880, momento a partir del cual logra atraerse el apoyo de las poblaciones de las zonas rurales y montañosas de Málaga, predominantemente pobladas por cristianos y muladíes, quienes se adhirieron a él como forma de combatir la opresión de los árabes. El emir al-Munḏir estuvo, tal vez, en condiciones de acabar con este incipiente foco de rebeldía, pero, a su muerte, su poder se extendió de manera considerable.

En el momento del apogeo de su poder, Ibn Ḥafṣūn controlaba un extenso territorio con centro en la serranía de Málaga y que se extendía por parte de las actuales provincias de Málaga, Jaén y Córdoba, incluyendo el dominio de importantes núcleos urbanos de la campiña andaluza, como Écija y Poley (Aguilar de la Frontera), situados a apenas 50 km de distancia de la capital cordobesa. De hecho, una fuente magrebí anónima y tardía llega a señalar que Ibn Ḥafṣūn aparecía todos los días ante Córdoba sin que el emir, encerrado dentro de la capital, pudiera hacer nada para impedirlo. Su supremacía le granjeó el reconocimiento de otros rebeldes de zonas próximas, como Jaén e incluso Murcia, llegando a establecer alianzas con linajes árabes como los sevillanos Banū Ḥaŷŷāŷ. Asimismo, con el fin de consolidar su autoridad buscó la legitimación de diversos poderes islámicos extrapeninsulares, tales como el califato abasí de Bagdad (a través de los Aglabíes de Qayrawān, los Idrisíes de Fez y los propios Fatimíes). En realidad, parece claro que Ibn Ḥafṣūn no tenía un programa político muy definido, ni tampoco sus adscripciones religiosas eran muy estables: originario de una familia muladí, al parecer apostató de la fe islámica y volvió al cristianismo. No obstante, fue el más duradero de los insurgentes, ya que, aunque murió en 918, el núcleo de Bobastro no pudo ser sometido hasta 928, ya en época de ‛Abderramán III.

En realidad, aparte del ya citado caso de Ibn Ḥafṣūn, la mayoría de los poderes establecidos en los distintos núcleos y territorios no atacaron nunca de forma directa al emir de Córdoba ni cuestionaron su pertenencia a la comunidad musulmana. Al contrario, muchos de ellos, aunque ejercían el poder de manera independiente, buscaban el reconocimiento explícito de su legitimidad en la autoridad del soberano omeya. Uno de los casos mejor documentados a este respecto es el de Ibn Marwān al-Ŷilliqī de Badajoz, el cual, apoyándose en los muladíes de Mérida y del valle medio del Guadiana, logró gobernar sobre aquella zona de manera independiente, si bien ello no le impedía reconocer la soberanía del emir ‛Abd Allāh, a quien pidió el envío de personal cualificado para urbanizar la nueva ciudad según las pautas islámicas, procediendo a edificar mezquitas y baños. Por otro lado, pese al estado generalizado de anarquía política y atomización del poder, el emir ‛Abd Allāh siguió conservando cierta capacidad de actuación. De esta manera, en mayo de 891 pudo recuperar el control de Poley y Écija, lo cual le permitió salvar Córdoba, que ya no sería amenazada de forma tan directa, pese a que la revuelta de Ibn Ḥafṣūn aún subsistiría largo tiempo. Asimismo, en 283/896-97 encabezó otra campaña, esta vez sobre Murcia, acompañado por el caíd Ibn Abī ‛Abda. En otras ocasiones fueron sus hijos, principalmente Muṭarrif y Abān, los que encabezaron campañas militares destinadas a controlar a los rebeldes. Lo mismo indica la expedición llevada a cabo en 902 por un rico cordobés, ‛Iṣām al-Jawlānī, quien, a su costa, pero con la previa autorización del emir ‛Abd Allāh, organizó una expedición naval en nombre de los omeya con el fin de someter las islas Baleares a la soberanía cordobesa.

En el ámbito exterior, la época de ‛Abd Allāh, momento de máxima crisis política en al-Ándalus, coincide en la zona cristiana con el reinado de Alfonso III (866-910) como soberano del reino astur, que alcanza ahora su máximo apogeo, pues a la espectacular expansión exterior se añaden la culminación de la reorganización política y administrativa del reino así como los máximos logros alcanzados por el movimiento cultural iniciado en la capital ovetense por Alfonso II. Asimismo, en el ámbito musulmán es de enorme importancia en esta época la proclamación del califato chií fatimí en Ifrīqiya (Túnez) en el año 296/909. De esta forma, la decadencia política omeya se veía acentuada por el desarrollo de entidades situadas en ámbitos geográficos inmediatos y que suponían una indudable amenaza política, territorial e ideológica para el emirato cordobés.

La presencia de una dinastía chií que reivindicaba el califato en una posición geográficamente muy próxima a la península Ibérica constituía una clara amenaza a la legitimidad y soberanía de los emires cordobeses. De hecho, en el año 288/901 tuvo lugar un episodio que denotaba el peligro que implicaba la difusión de la propaganda fatimí. El escenario fue la zona de la Marca media, zona habitada predominantemente por beréberes, tradicionalmente muy sensibles a la propaganda religiosa. Allí encontraron apoyo las ideas de Abū ‛Alī al-Sarrāŷ, un agitador de inspiración fatimí que presentaba al omeya Ibn al-Qiṭṭ, descendiente de Hišām I, como el Mahdī, figura de resonancias mesiánicas que guardan una estrecha relación con la propaganda fatimí. Ambos recibieron el apoyo de grandes multitudes beréberes en su proyecto de ŷihād contra la ciudad cristiana de Zamora, pero Ibn al-Qiṭṭ fue abandonado por los jefes tribales en el momento decisivo, al parecer por miedo a que la victoria otorgase demasiado prestigio al omeya y mermase la propia autoridad de los jeques, siendo su cabeza colgada de las murallas de la ciudad que había querido conquistar.

Sin haber sido capaz de recuperar la estabilidad, el emir ‛Abd Allāh murió el 1 rabī‛ I 300/15.X.912, siendo sucedido por su nieto Abderramán, futuro primer califa de Córdoba. Esta peculiar sucesión presenta elementos de considerable interés que la convierten en un caso particular dentro de la tradición omeya cordobesa, primero por la eliminación violenta de los dos principales candidatos a la sucesión y, segundo, por la elección de su nieto como heredero pese a tener otros hijos que podrían haberle sucedido. En efecto, Muḥammad, hijo del emir ‛Abd Allāh y de Durr y padre de Abderramán, fue asesinado por su hermanastro Muṭarrif, nacido de la relación del emir con otra mujer, Gizlān. Las fuentes árabes atribuyen a la fuerte rivalidad entre ambos hermanastros el desencadenamiento de los acontecimientos que produjeron la muerte de Muḥammad, que era el primogénito de ‛Abd Allāh y había sido designado por el emir como su sucesor. Tras un enfrentamiento con uno de los caballeros de Muṭarrif, Muḥammad habría huido de Córdoba, refugiándose junto a Ibn Ḥafṣūn durante un tiempo. El emir le ofreció el perdón si regresaba y Muḥammad volvió a Córdoba, pero desde entonces Muṭarrif no dejó de instigar al emir en su contra, pretendiendo que seguía en contacto con Ibn Ḥafṣūn para atentar contra él. Muḥammad fue encarcelado en el año 277/891 por orden de su padre. Tras las pertinentes averiguaciones, decidió liberarlo, su hermanastro Muṭarrif lo mató. No está muy clara la actitud del emir en este contexto, pues Muṭarrif no recibió castigo alguno, al menos de forma inmediata. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 282/895, el propio Muṭarrif fue ejecutado por orden del emir, al parecer debido a sus relaciones con los rebeldes sevillanos, aunque fue acusado además de otros delitos, tales como beber vino y de zandaqa, término que define al apóstata encubierto o al hereje. De esta forma, la crisis política y social que vivía el emirato omeya se reflejaba en la propia situación interna de la familia, envenenada por las rivalidades, las enemistades y las sospechas.

A pesar de haber eliminado a sus dos primogénitos, ‛Abd Allāh contaba con más hijos que podrían haber optado a su sucesión. En efecto, tuvo una abundante descendencia y ya antes de acceder al poder, a los cuarenta y cuatro años, había sido padre de siete hijos varones y ocho hembras, a los que se añadieron otros cuatro varones y cinco hembras más con posterioridad. Entre ellos estaban al-‛Āṣī y Abān, quienes contaban con una amplia experiencia militar, habiendo protagonizado ambos diversas campañas contra los rebeldes, pese a lo cual fueron soslayados a favor de la candidatura de su nieto, ‛Abderramán, hijo de Muḥammad. Ello representaba una novedad importante en la tradición dinástica omeya, donde los soberanos siempre se habían sucedido de padres a hijos y donde la tendencia dominante era favorable al primogénito, aunque no en todos los casos hubiese sucedido así. Lo cierto es que la elección de Abderramán como sucesor de ‛Abd Allāh se produjo, al parecer, por voluntad del propio emir, quien decidió que se instalase con él en el alcázar, mientras que, en cambio, sus hijos no vivían con él. Otros signos y actitudes del emir confirman esta decisión, tales como el hecho de que, en ciertas celebraciones y actos públicos, Abderramán se sentase en el trono junto al soberano para recibir los saludos del ejército y, sobre todo, que, según narran las fuentes, cuando se encontraba en su lecho de muerte, ‛Abd Allāh diese su anillo a su nieto, lo que se interpreta como una designación de sucesor.

Pese a que la designación de ‛Abderramán como heredero rompía con la tradición omeya de sucesión de padres a hijos con preferencia sobre el primogénito, esta decisión no parece haber despertado excesivas controversias, ni siquiera entre sus propios hijos, los principales perjudicados, los cuales no sólo no se opusieron, sino que apoyaron la decisión de su padre. Asimismo, las fuentes destacan el apoyo a esta decisión en los medios palatinos y de la administración, señalando que los altos funcionarios del Estado “tenían puestas en él sus esperanzas”. La razón de esta decisión se vincula al contexto político de la época y guarda estrechas conexiones con elementos de índole ideológico y simbólico. En efecto, en la figura del joven ‛Abderramán confluye la acumulación, casual, en unos casos, forzada, en otras, de una serie de elementos que lo asimilaban a su antecesor, ‘Abd al-Raḥmān I, el fundador de la dinastía omeya de Córdoba. En un contexto de profunda crisis política, el linaje omeya necesitaba de una figura que la fortaleciese y renovase las bases de su dominio sobre el territorio de al-Ándalus. ‛Abd Allāh había sido el séptimo emir omeya de Córdoba y, además, falleció en el año 300/912, de tal forma que ello suponía, no sólo el final de un ciclo de siete emires, sino además un cambio de siglo según el cómputo de la era islámica. Teniendo en cuenta la fuerte simbología del número siete en la tradición musulmana, es probable que se creyese en la necesidad de que un nuevo ‛Abderramán diese paso a un nuevo ciclo de poder y prosperidad para los omeyas. De ahí que la decisión de designar como sucesor al nieto de ‛Abd Allāh fuese tomada de forma consciente, con toda seguridad, en época del propio emir, considerando que era el más capacitado para sacar a la dinastía de la postración en la que había caído.

A lo largo de sus veinticinco años de gobierno, ‛Abd Allāh no sólo no había mejorado la situación de la dinastía omeya tal y como la heredó de su hermano y antecesor, sino que la había empeorado de manera considerable. A su muerte, en el año 300/912, cuando contaba ya con setenta y dos años, al-Ándalus era un mosaico de núcleos independientes que, a lo sumo, reconocían la soberanía nominal del emir. Fue labor de su sucesor, ‘Abd al-Raḥmān III, lograr la reunificación del dominio de al-Ándalus bajo la soberanía omeya.

 

IBRAHIM B. HAYYA

 

IBRAHIM B. HAYYAY

Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ. Sevilla, p. m. s. IX – muḥarram de 298 H./9.IX-8.X.910 C. Miembro de la aristocracia árabe sevillana y destacado protagonista durante el período de la fitna.

Caudillo andalusíRebelde

BIOGRAFÍA

A finales del siglo IX, los Banū Haŷŷāŷ formaban, junto a los Banū Jaldūn, la aristocracia más selecta de origen árabe en la zona sevillana, protagonizando ambos las revueltas acaecidas durante el agitado período de la fitna contra la autoridad de los emires omeya de Córdoba. Dentro del contexto general de disidencia a la que hubo de hacer frente el Estado islámico cordobés desde finales del siglo IX es preciso distinguir entre los múltiples poderes locales de escasa envergadura y los señores más importantes, que llegaron a gobernar auténticos principados. A esta segunda categoría pertenece Ibrāhīm b. Haŷŷāŷ, quien durante varios años ejerció un poder independiente sobre Sevilla y su territorio circundante.

Junto a su hermano ‘Abd Allāh, Ibrāhīm protagonizó inicialmente una actuación destacada en las insurrecciones y episodios acaecidos en Sevilla durante los años del emirato de ‘Abd Allāh, en los que se vieron envueltos tanto linajes árabes como muladíes y beréberes. Ibrāhīm acaparó todo el protagonismo en su linaje tras la muerte de ‘Abd Allāh en 891, víctima de una emboscada tendida por el beréber Ŷunayd b. Wahb de Carmona instigada por el gobernador de Sevilla, Umayya b. ‘Abd al-Gāfir. A partir de entonces se convierte en uno de los actores más relevantes del período de la fitna.

Ibrāhīm fue uno de los principales señores locales opuestos a la autoridad cordobesa y tal era su grado de autonomía y autoridad que las fuentes lo llaman el “rey” (malik) de Sevilla, si bien lo cierto es que, como otros de los más conspicuos rebeldes de la fitna, recibió el reconocimiento del soberano omeya de Córdoba, quien le concedió el tasŷīl o acta oficial que sancionaba la legitimidad de su autoridad sobre Sevilla y Carmona. El gobierno de Ibrāhīm sobre Sevilla se desarrolla en dos etapas de duración similar.

Durante la primera, compartió el gobierno de la ciudad con el principal dirigente del segundo gran linaje árabe sevillano de la época, Kurayb b. Jaldūn. Al inicio de la fitna, la ciudad quedó en manos de los linajes locales muladíes, contra quienes el gobernador Umayya b. ‘Abd al-Gāfir, sucesor de Muḥammad, hijo del emir, lanzó a los árabes, en venganza por la muerte de su hermano, Ŷa‘d b. ‘Abd al-Gāfir, lo cual hizo que, finalmente, la ciudad cayera en manos de dichos linajes. Tras la muerte de Umayya, el nuevo gobernador enviado por el emir fue un mero instrumento en manos de Kurayb b. Jaldūn e Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ, quienes, a lo largo de la década siguiente, compartieron, de forma casi ininterrumpida, el control de la ciudad, salvo un breve paréntesis de restauración de la autoridad cordobesa en el año 282/895, en el transcurso de la cual fue capturado como rehén ‘Abd al-Raḥmān, hijo de Ibrāhīm. La alianza finalizó de forma violenta cuando, ante su incapacidad para acabar con ambos, el emir de Córdoba optó por atizar la discordia interna entre los dos linajes. En el transcurso de una cena en casa de Ibrāhīm se desencadenó una disputa que finalizó con la muerte de los dos hermanos Banū Jaldūn, el viernes 29 de ḏū-l-ḥiŷŷa de 286/6 de enero de 900. A partir de ese momento se inicia la fase de gobierno solitario de la ciudad por Ibrāhīm b. Ḥaŷŷāŷ, que se prolongó por espacio de otros diez años, hasta su muerte.

Ibrāhīm pudo justificar la muerte de los Banū Jaldūn ante el emir de Córdoba, comprometiéndose a gobernar el territorio en su nombre y a remitirle una suma anual por la recaudación fiscal. El sevillano trató entonces de recuperar a su hijo, rehén del emir de Córdoba, pero, ante su negativa a liberarlo, buscó la alianza de ‘Umar b. Ḥafîūn, señor de Bobastro, el más conspicuo rebelde de la época de la fitna, que poco tiempo atrás se había adueñado de Écija. Ambos se entrevistaron en Carmona para coordinar sus acciones contra el emir omeya, lo cual estuvo a punto de costar la vida a los rehenes, cuya muerte fue evitada por el eslavo Badr, quien convenció al emir de lo erróneo que eso sería, mientras que, en cambio, si liberaba a su hijo, tendría el apoyo de Ibn Ḥaŷŷāŷ. Así lo hizo y, de ese modo, el señor sevillano, sin romper del todo con Ibn Ḥafîūn, anuló su alianza y se congració con el emir, al que accedió a enviar regularmente un tributo como reconocimiento de su soberanía.

La actuación gubernamental de Ibn Ḥaŷŷāŷ se corresponde, en varios aspectos, con la de un soberano en sus dominios, lo que explica el epíteto de “rey” (malik) que le otorgan las fuentes árabes. Disponía de un ejército de quinientos caballeros y nombraba y deponía a las autoridades judiciales del territorio, como el cadí y el jefe de policía. En cambio, no llegó a acuñar moneda a su nombre, uno de los principales atributos políticos de soberanía en el islam. Asimismo, formó en su entorno una corte literaria con artistas procedentes de Córdoba y Bagdad, a quienes solía recompensar con largueza y de la que formaron parte personajes como el filólogo Muḥammad al-Kalfat y la cantante bagdadí Qamar.

Su muerte se produjo de forma natural y acaeció, según el cronista almeriense al-‘Uḏrī, en muḥarram de 298/9 de septiembre-8 de octubre de 910, tras casi 20 años ejerciendo el gobierno de la capital hispalense, siendo sucedido por sus dos hijos, ‘Abd al-Raḥmān, en Sevilla, y Muḥammad, en Carmona.

 

IBN QASI


IBN QASI

Ibn Qasī: Abū l-Qasīm b. Qasī b. al-Ḥusayn. Silves (Portugal), f. s. XI-p. s. XII – ŷumādà, I 546 H./16.VIII-14.IX.1151 C. De origen cristiano (antepasados conversos), era experto en lexicografía y maestro sufí.

BIOGRAFÍA

Fue funcionario almorávide y lideró el movimiento de los murīdūn (iniciados), que se sublevaron en el Algarve contra el poder central. Estudió las obras de los principales autores orientales, como al-Gazālī y su obra Iḥyā’ ‘ulūm al-dīn (Vivificación de las ciencias de la religión), que fue posteriormente prohibida por los almorávides. Se dice que, como los sufíes, pudo falsificar los textos e interpretar el sentido aparente de la palabra de Dios.

No se sabe nada de su vida antes de crear el movimiento de los murīdūn, que tras comenzar como un movimiento espiritual contribuiría a provocar la caída de los almorávides, pues coincide con un período de crisis, al estar acorralado el emir entre cristianos y almohades, que ya habían conquistado zonas del norte de África. Tras un fracasado intento de conquistar Sevilla, sus seguidores conquistaron Mértola y de ahí se extendieron hasta hacer de Ibn Qasī el señor del Algarve. [...]