martes, 1 de mayo de 2012

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La Alhambra de Granada (II)



LA ALHAMBRA DE GRANADA (II)


Historia de una edificación

La Alhambra es un conjunto monumental que atesora la mejor síntesis del arte y la arquitectura del último sultanato islámico de la península Ibérica, el de los Nazaríes o Banu Nasr (1238-1492). Esta dinastía, que instaló la capital de su Estado en la ciudad de Granada, al sur de la Península Ibérica, supo simultanear, frente a los antagonistas cristianos del norte, una hábil política de pactos, vasallajes y campañas militares con un desarrollo cultural que tiene su más preclara manifestación en la Alhambra. Culmina en ella el fecundo proceso evolutivo de la sociedad musulmana de al-Andalus heredera de la civilización del Islam medieval europeo. La Alhambra es hoy en día un monumento compuesto por diferentes elementos artísticos de épocas distintas, fruto de una evolución en el tiempo caracterizada por la voluntad permanente de su mantenimiento, testimonio de un momento determinado que se ha trasmitido durante generaciones de manera sorprendente. Tal vez por ello sigue atrayendo y asombrando tanto a estudiosos como a turistas de todo el mundo.


Está claro que todo el conjunto gira y se explica entorno a la Alhambra del siglo XIV, la de los nazaríes, curiosamente contemporánea de recintos como las catedrales de York, Colonia, Estrasburgo o Milán, la iglesia de la abadía de Westminster, los palacios de los papas de Aviñón o de la Señoría de Florencia, los ayuntamientos de Brujas o de Praga, todo ello antes del descubrimiento de América.


La Alhambra es, para la ciudad de Granada, un complejo de administración y de poder que preside y vigila desde su privilegiada plataforma la ciudad baja, capital del Estado. La Alhambra puede definirse como una ciudad palatina, esto es, la sede en que reside y gobierna el jefe del Estado, el sultán. Planificada y desarrollada según las leyes del urbanismo, en este caso, medieval e islámico-andalusí. Es además una ciudad independiente de Granada: de ahí su condición de recinto fortificado, con una muralla de 1.730 metros lineales que la rodea por completo en la que se reparten unas treintena de torres de tamaño y función muy diferentes. Granada y la Alhambra son dos ciudades complementarias pero autónomas, cuyo único punto de contacto urbano está situado junto a la puerta de las Armas, que es la más próxima a la ciudad baja y al Albaicín, la comunicación natural entre ambas y acceso habitual de los ciudadanos que acudían a la corte para ser recibidos en audiencia, resolver sus asuntos administrativos, pagar sus impuestos, etc. Con el tiempo, y especialmente a partir del último tercio del siglo xv, la población de Granada aumenta considerablemente con refugiados musulmanes procedentes de ciudades conquistadas por las tropas cristianas, lo que da lugar a nuevos barrios con sus propios muros, hasta englobar la Alhambra prácticamente por completo.


La ciudad palaciega


La gran muralla que encierra y protege la Alhambra tiene en su perímetro cuatro grandes puertas defensivas casi equidistantes, dos situadas al norte y otras dos al sur. Entre las primeras se encuentra la mencionada puerta de las Armas, probablemente una de las primeras edificaciones realizadas por los nazaríes en la Alhambra en el siglo XIII. Para dificultar su asedio y poder parapetarse en su defensa, el acceso no es recto, sino que forma dos ángulos. De su elegante disposición y proporciones destaca en especial su portada, sencilla pero bella: un arco de herradura apuntado con un friso con decoración incrustada de cerámica de reflejos metálicos. Las impostas de las que arranca el arco son de piedra, elemento que se emplea en la Alhambra, exceptuando las puertas exteriores. El interior está dividido en tres espacios cubiertos con bóvedas, palmera en los extremos y esquifada la central, decoradas con una pintura simulando ladrillos rojos, característica de la decoración arquitectónica nazarí. En los costados y al fondo hay espacios provistos de bancos para la guardia. Siguiendo por la muralla en dirección este se halla la puerta del Arrabal, situada al pie de la Torre de los Picos, así llamada por los salientes que en su parte superior sostenían los voladizos, hoy perdidos. Esta puerta, realizada completamente en piedra, daba a las salidas de Granada hacia levante a través de una vaguada, hoy transformada en un bello y escarpado paseo romántico, la Cuesta del Rey Chico. Por ella transitaban el sultán y sus acompañantes cuando iban a los jardines y huertas del Generalife, situados enfrente. En la parte este del flanco sur de la muralla se encuentra la puerta de los Siete Suelos, probablemente edificada a mediados del siglo XIV. Es la más próxima a la Medina y debió de tener cierto carácter ceremonial, pues según refieren las crónicas ante ella se desarrollaban justas y paradas militares. Por desgracia fue casi totalmente destruida en 1812, durante la retirada de las tropas de ocupación napoleónicas, si bien hace unos cuarenta años, y gracias a investigaciones realizadas con ayuda de grabados antiguos, pudo ser reedificada de modo bastante digno. La cuarta y última, pero no menos importante, de las puertas exteriores de la Alhambra, es la monumental puerta de la Justicia. Fue edificada en 1348, según indica la lápida fundacional situada sobre el arco de entrada, en cuya clave aparece tallada una llave, símbolo iconográfico que se repite con frecuencia en las puertas nazaríes; también como símbolo ha de interpretarse la mano que aparece en el gran arco exterior que encuadra y solemniza la entrada a la fortaleza. Interiormente este acceso se desarrolla en pendiente y con un doble recodo, cuyos ámbitos, además de disponer de los indispensables bancos para la guardia, están cubiertos por la que probablemente es la mejor alternancia de bóvedas de la Alhambra, ornamentadas con una pintura que simula ladrillos rojos.


Interiormente la Alhambra ocupa una superficie de casi 105.000 metros cuadrados sobre una colina llamada la Sabika, que está a unos 700 metros sobre el nivel del mar. Esta colina, espolón de Sierra Nevada que penetra en la fértil vega agrícola y ganadera granadina, es en la actualidad el principal foco de actividad económica de la ciudad, así como lo fue en tiempos medievales. Los distintos espacios situados intramuros están acomodados a los desniveles del terreno sin que fuera preciso para ello realizar grandes movimientos de tierra, adaptándose y aprovechando sabiamente las diferentes cotas, lo que constituye una de las más destacables características de su arquitectura.


La ciudad de la Alhambra está interiormente configurada por tres recintos que, aun compartiendo el amparo de la muralla fortificada, son funcionalmente independientes entre sí: un área residencial castrense reservada a la guardia de élite, encargada de la protección inmediata de todo el recinto y presta a intervenir en el momento y lugar necesarios con la máxima eficacia; un recinto palatino, residencia del sultán y de su familia y escenario cotidiano de la corte, y finalmente una medina, pequeña ciudad cortesana, administrativa y artesanal concebida para cubrir las necesidades más perentorias del sultán. Estos tres núcleos independientes y complementarios, como hemos señalado, se comunican y a la vez se aíslan para ofrecer a la cabeza del estado la máxima seguridad mediante una complicada estructura de calles y puertas que funcionan de manera ambivalente: en circunstancias normales son elementos urbanos para el tránsito de un lugar a otro, y en caso de asedio o revuelta las puertas se cierran, transformándose las calles en compartimentos estancos de difícil acceso. Estas puertas, a diferencia de las exteriores, son todas ellas de acceso directo, carecen de recodos y se cerraban desde dentro con grandes portones de madera. La puerta interior que probablemente mejor representa esta estructura es la llamada puerta del Vino, que franqueaba la entrada a la medina de la Alhambra desde los accesos exteriores. Fue levantada en los años de transición del siglo XIII al XIV, aunque la ornamentación de sus fachadas es de épocas diferentes: la de Poniente está labrada en piedra arenisca y sobre el arco resalta, tallada, la llave simbólica típica de las portadas; la de Levante fue decorada en la segunda mitad del siglo XIV con ricos azulejos de cuerda seca que enmarcan el arco y bellas composiciones de yesería en la planta superior, a ambos lados de la ventana. El espacio interior de la puerta dispone de bancos para la guardia y en sus bóvedas se conserva parte de la decoración pictórica original.


Frente a la puerta del Vino se alzan majestuosos las torres y los muros que albergan uno de los tres recintos que configuran la Alhambra: el barrio castrense o Alcazaba. Más que un barrio, la Alcazaba de la Alhambra es una pequeña ciudad dotada de las dependencias necesarias para un contingente, no muy grande pero selecto, de soldados especializados. En ella residía la guardia permanente de todo el recinto, y desde aquí partían los centinelas para distribuirse por los adarves de toda la muralla, así como por las puertas interiores, en sus turnos de vigilancia. Como todo recinto de carácter militar, la Alcazaba se levanta en una zona estratégicamente privilegiada para observar y controlar la fortaleza, la ciudad baja y sus contornos: es la zona más elevada y avanzada de la colina de la Alhambra. El interior de la Alcazaba está dividido en dos ámbitos diferenciados por una calle alargada y estrecha; al norte de ella se agrupan de forma irregular los muros y pavimentos de ladrillo correspondientes a diez viviendas de tamaño diferente y estructura semejante. Son las residencias de la guardia, que responden al esquema doméstico tan característico del mundo andalusí: entrada en ángulo y patio pequeño en cuyo centro siempre había un elemento para el agua: una fuentecilla, un estanque o, como en una de ellas, una alberca. De una a tres habitaciones, dependiendo del tamaño de la casa, se abren al patio en la planta baja, de la que a la planta superior suben unas estrechas escaleras. Cada casa tiene su propio retrete, disimulado en algún rincón de la vivienda. Algunas dan directamente a la calle y otras a callecitas secundarias o pasajes, todo ello de una manera sutil y aparentemente sencilla. Al sur de la calle central hay otros muros de características semejantes a los de las casas, si bien su distribución, más homogénea y regular, testimonia la presencia de almacenes y quizá barracones para la guardia joven. Otras estructuras completan el recinto urbano de la Alcazaba: un baño de vapor, siempre presente en el urbanismo andalusí; un aljibe para garantizar al abastecimiento de agua a la población; y un horno o fogón comunitario donde cocer los alimentos previamente preparados.


Recinto castrense al fin, donde no puede faltar el calabozo. Eran muy conocidas y temidas por los cristianos las célebres mazmorras de la Alhambra, excavadas en el subsuelo, en las que de noche se descolgaba con cuerdas a los prisioneros para, durante el día, hacerlos trabajar como obreros o labradores. Su sección tiene forma de botella o de campana y su interior suele estar compartimentado en pequeños espacios radiales separados por ladrillos en que los cautivos se recostaban como si se tratase de camastros independientes; esta especie de cuevas también podían utilizarse como silos, es decir, como almacenes de grano, de especias e incluso de enseres. Estos calabozos tuvieron especial importancia, en particular en los últimos tiempos de la dinastía nazarí, pues los cautivos tenían un valor de cambio considerable, sobre todo si pertenecían a la cúpula del ejercito cristiano o a la propia familia real; seguramente las mazmorras de la Alcazaba, situadas a los pies de la guardia de élite, estuvieron ocupadas por los más importantes personajes.


Todo el recinto de la Alcazaba, como toda la Alhambra, está dominado por una gran construcción de planta cuadrada visible a gran distancia y en torno a la cual todo parece gravitar: la Torre de la Vela. Símbolo emblemático de la ciudad, es uno de los edificios más importantes de la Alhambra en los aspectos tanto constructivo como funcional. En su base tiene un silo sobre el cual se levantan cuatro plantas y una terraza que quizá tenga las mejores perspectivas de toda Granada. Aunque la subida actual no es la original, conserva en su interior bóvedas, pilares y espacios muy interesantes. En la impresionante azotea que corona la torre, originalmente dotada de almenas, hay una espadaña con la famosa campana que ha marcado durante siglos el ritmo de vida de la ciudad y de su entorno llamando a rebato a la población, al igual que en otras fortalezas cristianas conquistadas a tropas musulmanas. Debido a la intensidad de su uso, la primitiva campana fue sustituida en la segunda mitad del siglo XVI, y posteriormente en diversas ocasiones, hasta que se puso la actual, en 1773.


La campana, que sigue sonando como hace siglos, es uno de los más importantes valores culturales de la ciudad. Sus diferentes toques -de ánimas, de queda, de alba y de modorra- suenan día y noche, así como cuando se rememora alguna festividad importante, como el 2 de enero, día de la toma, en que los nazaríes entregaron la ciudad a las tropas cristianas (1492).


Pero la principal torre de la Alhambra no es la de la Vela: la más elevada, la que ofrece una visión del entorno más privilegiada es la Torre del Homenaje, una de las primeras construcciones erigidas por los nazaríes en el siglo XIII y que es además una de las que definen el característico aspecto fortificado del recinto: En ella debía de estar el servicio de información, el estado mayor que regulaba y controlaba todo el sistema defensivo de la Alhambra. Tiene en su interior cinco plantas, que presentan una singular alternancia de espacios abovedados, y un silo en la base, más una terraza con una pequeña plataforma desde la que se podían enviar y recibir señales visuales a y de los castillos y torres de vigilancia diseminados por puntos estratégicos de los montes que rodean Granada.


Los palacios señoriales


Probablemente la Alhambra sea uno de los monumentos más conocidos y valorados del mundo. Ello se debe en gran medida al hecho de que se hayan conservado los dos palacios del siglo XIV más significativos: el palacio de Comares y el de los Leones. Ambos forman lo que desde el siglo XVI se llamó la Casa Real Vieja para diferenciarla de la Casa Real Nueva, como consecuencia de la construcción del gran palacio renacentista del emperador Carlos V. De todos modos los palacios medievales de la dinastía nazarí fueron reservados por los monarcas cristianos como residencia privada para disfrutar de sus magníficas decoraciones y, como dispusieron en su testamento, para que quede perpetua memoria de ellos. Aunque muchas de sus dependencias fueron transformadas y con el paso de los siglos sufrieron el abandono, el expolio o los caprichos de la naturaleza, lo esencial de su estructura y decoración ha llegado hasta nosotros.


Los palacios, como cualquier edificación destinada a vivienda, en contraste con su discreto aspecto exterior, están vueltos hacia el interior, sus dependencias están distribuidas en torno a un patio al aire libre y tienen una planta acentuadamente geométrica, como se aprecia fácilmente en cualquier plano del recinto. En ellas se manifiesta un carácter intimista y abierto a los sentidos, de modo que al pasar a su interior lo introvertido da lugar a un estallido de luz, color, aromas e imaginación. Se ha buscado el origen de esta introversión en la jaima o tienda de los nómadas del desierto, origen de la civilización árabe, cuyo espacio central, interior, exento y abierto, ordena a sus moradores alrededor en apartados reducidos: una vez asentada la jaima principal, a su amparo van agrupándose las demás tiendas de forma espontánea y sin regla aparente hasta conformar el campamento. Algo semejante, a otra escala, sucede en las ciudades, en las casas y también en los palacios de la Alhambra: los edificios van agregándose o superponiéndose sin más límite que el espacio disponible intramuros.


Sirve de antesala a los palacios una agrupación de patios que pauta el desarrollo de unos espacios áulicos de clara voluntad administrativa y más reservados a medida que van recorriéndose. Culminan el polivalente Mashuar, lugar donde los visires, reunidos en consejo, adoptaban las decisiones importantes del reino. En este espacio estuvo, probablemente a principios del siglo XIV, el primer salón del trono de la Alhambra, transformado tras la conquista cristiana en capilla, por lo que hoy, además de aglutinar el mejor resumen de los distintos programas decorativos de la Alhambra, "destila" una apreciable carga de poder y soberanía que sorprende a quienes penetran en su interior.


Tras el área burocrática, la fachada del cuarto de Comares marca la frontera entre el espacio burocrático o semipúblico y el privado o residencial, sin que la diferencia entre ambos conceptos esté siempre establecida. Edificada en 1370, esta fachada puede considerarse una síntesis perfecta de los elementos decorativos de los nazaríes granadinos: geometría, epigrafía, ataurique o flora, todo ello labrado en yesería en una composición proporcional, culmina en el alero que avanza ante la fachada y que es una de las obras maestras de la carpintería decorativa de la Alhambra. También esta fachada supone una frontera, pues marca el momento culminante del proceso evolutivo de sus formas decorativas. Aunque sus vivos colores prácticamente se han perdido, se conservan la textura y la majestuosidad de su porte; allí recibía el sultán en audiencia a sus súbditos, sentado en la escalinata, legitimado por la fachada como el telón de un teatro, como un dosel imaginario.


A tanta magnificencia, anticipo de las bellezas del interior que esperan al privilegiado morador del palacio, le sigue un oscuro y tortuoso corredor que desemboca en el deslumbrante lateral del patio. Su centro es el estanque, que se integra como un elemento más de la arquitectura, fundamental en la búsqueda de la espacialidad ilusoria mediante el reflejo en su superficie de los paramentos: el abastecimiento de agua se realizaba mediante los surtidores de las fuentes situadas en sus lados menores, y el desagüe por los pequeños rebosaderos de las esquinas gracias a un cálculo exacto de la cantidad de agua que entra y sale; ello permitía integrar la lámina de agua en la arquitectura del conjunto del patio, a modo de espejo. Parte del agua evacuada de la alberca servía para irrigar los grandes parterres situados en sus lados mayores, donde están hoy las famosas mesas de arrayán, originalmente situadas a un nivel inferior: un complejo y hermoso circuito hidráulico. La arquitectura nazarí siempre conforma su desarrollo en torno al patio, centrado por una alberca que define la proporción de perímetros y alzados de su entorno, distribuyendo en los laterales los espacios domésticos.


Distribución del espacio


Las alcobas principales de la Granada musulmana suelen dar al norte, pues buscan el horizonte septentrional, y en los palacios de la Alhambra sobresalen de manera obligada de la muralla general y se asoman a la ciudad baja. Con todo, dentro de la señalada introversión, de esa búsqueda permanente de lo interior, de lo íntimo, todas las estancias huyen de las fachadas o de los perímetros y se abren al patio, y ante las habitaciones principales, casi siempre en los lados menores, se halla un pórtico cuyas paredes bajas están revestidas de vistosos paneles de azulejos. El agua, el jardín, la luz y la bóveda celeste se integran en el patio como un negativo de la tienda nómada: contradicción aparente, ambivalencia siempre presente en la vieja civilización de la media luna. Y es así tanto en las modestas y a veces diminutas casas moriscas que sobreviven todavía en el barrio del Albaicín como en los majestuosos palacios de la Alhambra. Los pórticos del palacio de Comares, con siete grandes arcos, conservan además dos elementos significativos de la ornamentación arquitectónica nazarí: las esbeltas columnas de mármol coronadas por delicados capiteles mocárabes y los hermosos lienzos de muro calados sobre los arcos mediante rombos o sebka; ambos elementos carecen de función de carga: son sólo decorativos, otra de las características de esta fecunda civilización.


En el interior, las estancias son plurifuncionales: cuartos de estar durante el día, por la noche alcobas. Tal es el caso de la Barca, dormitorio ya la vez cuarto de estar del sultán, cuyas paredes debían tener ricos entelados o tapices por encima de los alicatados y las yeserías, revestimientos decorativos completos hasta el arranque del hermoso techo artesonado que cubre la estancia, decorada con ruedas de estrellas originalmente doradas. Nada faltaba aquí al sultán: para la higiene, un retrete contiguo, con agua corriente y bellas pinturas murales; para el precepto de la purificación, una pequeña mezquita con el mihrab mejor orientado hacia la Meca de Granada. Algo más espaciosos son los demás sitios palaciegos conservados. El de Mashuar tiene todo el costado izquierdo abierto con bellos arcos al paisaje, como para permitir al creyente meditar sobre la grandeza de la creación mientras está sentado en el suelo releyendo las páginas coránicas. El tercer espacio privado del sultán reservado para el salat, se encuentra en un pequeño edificio exento semejante a un pabellón, en los jardines del Partal. Siempre integrados en el palacio, pero independientes, testimonian a la vez la conciencia mística de los mandatarios y la dedicación trascendental de sus espacios vitales.


En la Alhambra hay una estancia que viene a ser un resumen o compilación de los conceptos aplicados por los nazaríes a mediados del siglo XIV a su arte y a su arquitectura, que probablemente hace de ella la más importante del recinto. Es el cuarto de Comares, también llamado Salón del Trono, pues en su interior el sultán se manifestaba como máxima autoridad en este mundo y en el otro. Lo primero que llama la atención es su espacio cúbico, que ocupa el interior de la torre más grande de la Alhambra; sus gruesos muros perimetrales cobijan en el espesor de la fábrica nueve pequeñas alcobas, iguales entre sí de dos en dos excepto la central, que ocupaba el sultán, con una riqueza decorativa superior a la del resto. Todos los paramentos interiores están cubiertos de elementos decorativos: la zona inferior presenta una original alternancia de paneles alicatados con diferentes composiciones geométricas; sobre ellos, toda la decoración está bellamente labrada en estuco, distribuida en diferentes cartelas verticales y horizontales con figuras geométricas, entre las que se despliegan diversos diseños vegetales (ataurique) y sobre todo epigráficos en sus dos variantes de letras redondeadas (cursivas) y rectilíneas (cúficas). Es preciso aproximarse para comprobar la variedad y riqueza de colorido y de detalle que tuvieron originalmente las yeserías, de las que apenas se aprecian hoy unas ligeras tonalidades pastel. Pero el ingenio decorativo del Salón alcanza su cenit precisamente en la techumbre, una de las obras maestras de la carpintería islámica: es un artesonado, es decir, una tablazón unida a los muros sobre la que se han claveteado múltiples tablillas poligonales en una composición geométrica a base de ruedas de estrellas que van ascendiendo en planos sucesivos hasta alcanzar una pequeña cúpula central de mocárabes. Se trata de una representación, cósmica y escatológica a la vez, de los ocho cielos de la cosmología espiritual musulmana. El sultán se encontraba en este lugar revestido de más legitimidad y soberanía que en cualquier otro del Palacio.


Bajo las salas principales de los palacios pasan túneles para la guardia; un sinfín de corredores y escaleras a distintos niveles que no se ven desde las estancias nobles forman parte de los palacios. En uno de ellos, en el vértice que forman al norte los dos grandes palacios de la Alhambra con la muralla, hay un baño, elemento indispensable en la sociedad musulmana. El baño de vapor, con sus distintas dependencias, se integra en el espacio palatino de la Alhambra como una estructura fundamental. Existen en la Alhambra varios baños, entre los cuales el de Comares ha conservado bastante bien sus elementos originales, aunque con las modificaciones estructurales propias de su cambio de uso y de un mantenimiento más testimonial que funcional. Por lo general, los baños musulmanes eran un elemento extraño para los cristianos, y en el siglo XVI su uso estaba prohibido. No obstante se conservan como testimonio de exotismo y de cierto refinamiento. La entrada de este baño palaciego estaba en el patio principal del palacio, el patio de los Arrayanes, concretamente junto al pórtico norte, en el que había un vestíbulo para cambiarse y un retrete. Por una estrecha escalera se bajaba a la planta inferior, donde está el lugar tal vez más destacado del baño, la Sala de las Camas, llamada así por las dos amplias alcobas ligeramente elevadas tras sendos arcos geminados; era el lugar donde se reposaba para recibir las primeras atenciones. Todo el espacio está iluminado y aireado cenitalmente mediante una linterna, característica de la arquitectura nazarí, en torno a la cual se encuentran las estancias de servicio del baño, cuya disposición ha dado lugar a numerosas leyendas de inspiración romántica, carentes en su mayoría de autenticidad. La mayor parte de los elementos decorativos de esta sala -fuente, pavimentos, columnas, alicatados y yeserías- son originales, si bien las yeserías fueron restauradas y repintadas con vivos colores en la restauración realizada en la segunda mitad del siglo XIX. Junto a la sala de reposo se encuentra la zona propiamente de vapor del baño, cuyas estancias están abiertas por bóvedas perforadas por lumbreras cónicas en forma de estrella, dotadas de cristales practicables en su cara exterior que los servidores del baño abrían o cerraban desde arriba para regular el nivel de vapor de las salas. Aquí está la estancia más amplia y caldeada del baño, con un espacio central casi cuadrado ampliado lateralmente por unas galerías. Las salas de vapor tienen suelos de mármol bajo los cuales discurren, al igual que entre los muros, canalizaciones de diferentes tamaños y secciones para conducir el aire caliente y el vapor de las calderas de agua y conseguir la temperatura y humedad necesarias para el baño. Una última sala está dotada de dos grandes pilas a las que se hacía llegar agua fría o caliente a voluntad y que está sobre el hipocausto del baño. Completan las instalaciones la caldera, la leñera y la puerta trasera de servicio. Las modernizaciones del baño del siglo XVI alcanzaron los zócalos de cerámica de estas salas, en alguno de los cuales se lee, abreviado, el lema imperial Plus Ultra.


El palacio de los Leones, comunicado en época cristiana con el de Comares, formaba inicialmente un núcleo añadido pero aislado y con entrada independiente. La geometría y las proporciones arquitectónicas y decorativas nazaríes alcanzan aquí, en la segunda mitad del siglo XIV, su máximo desarrollo. El espejo central de agua es sustituido por la fuente de mármol que le da nombre, un complejo mecanismo hidráulico en torno al cual giran todas las dependencias. Su funcionamiento está explicado y alabado con sugerentes metáforas en los doce versos inscritos en el borde exterior de la taza, pertenecientes a uno de los más bellos poemas epigráficos de la Alhambra. Bajo la taza hay seis leones y seis leonas, alternados y todos distintos, que subrayan una dualidad iconográfica que tiene precedentes en la antigüedad por sus variados y en ocasiones antagónicos contenidos simbólicos como el poder, la bravura, la fuerza o la justicia. Es frecuente encontrar en la civilización islámica formas zoomórficas en surtidores de fuentes, estanques, aguamaniles, etc., que aúnan estos dos referentes estéticos, la animalística y el agua.


Este palacio se configura como patio de crucero, perfilado interiormente por su famoso "bosque de columnas" que sirven de pórtico corrido a las estancias domésticas. De sus lados menores sobresalen dos delicados pabellones de planta cuadrada que parecen subrayar las salas áulicas y polivalentes que se encuentran a sus espaldas.


La Sala de los Mocárabes, situada en la crujía occidental, se presenta como un espacio vestibular o de recepción próximo a la entrada primitiva de este palacio. De planta rectangular, se abre al patio mediante tres grandes arcos de mocárabes que permiten la ventilación e iluminación de la estancia. Debe su denominación a la desaparecida bóveda de mocárabes que la cubría, probablemente una de las más hermosas de toda la Alhambra, que quedó muy dañada a consecuencia de la explosión en 1590 de un polvorín cercano. La sala fue entonces cubierta por la actual bóveda de yeso, diseñada en 1614. De la original apenas quedan algunos restos de su arranque en la parte superior del muro, en los que puede rastrearse la policromía del techo perdido. Algo parecido ocurre con la decoración de los paramentos, que debieron tener en su parte inferior los tradicionales alicatados, quedando la zona superior quizá destinada a recibir tapices o labores de yesería. En la crujía oriental se encuentra la Sala de los Reyes, seguramente la más destacada del palacio, cuya disposición recuerda estructuralmente el Salón del Trono del palacio de Comares: una serie de alcobas -cinco aquí- en torno a una amplia sala polivalente; en aquel palacio las plantas eran cuadradas, mientras que en éste son rectangulares. También aquí es más destacada la decoración de la alcoba situada en el eje, cuya bóveda da nombre a toda la sala, pues ofrece la representación de un grupo de diez personajes reunidos en aparente tertulia, cuyas actitudes, vestimentas y ubicación fueron consideradas por la historiografía clásica de la Alhambra como un intento de representar a los reyes -sultanes- más destacados de la dinastía nazarí, sin que esta aseveración pueda ser actualmente aceptada. No obstante, es precisamente en las bóvedas que cubren tres de estas alcobas donde se encuentran los elementos decorativos más destacados, pues su originalidad, y sobre todo su técnica, las hacen únicas en un palacio medieval musulmán: son pinturas al huevo y barnizadas a la cera, con una imprimación de varias capas de yeso (sobre las que van perfilados con punzones los motivos) y utilizan como soporte pieles de carnero pegadas sobre la tablazón de las cubiertas de madera y atirantadas mediante pequeñas clavijas de bambú. Los techos de las alcobas contiguas a la de los Reyes representan escenas cortesanas de alto interés iconográfico y conceptual, dadas las distintas interpretaciones que la representación de figuras animadas recibe en el Islam, aunque en este caso fueran artistas cristianos, seguramente súbditos de origen genovés, quienes las ejecutaran por encargo.


Completan el palacio dos viviendas independientes situadas respectivamente al norte y al sur, centradas por sendas salas de planta cuadrada, llamadas Sala de las Dos Hermanas y Salón de los Abencerrajes. En ellas las escalas se reducen y las decoraciones se multiplican, sin modificar en ningún momento el esquema general, que aquí adopta una forma más introvertida. Ambas poseen los mejores ejemplares de cúpulas de mocárabes del Occidente islámico, realizadas en yeso mediante la superposición de prismas concéntricos y yuxtapuestos que se desarrollan a partir de un motivo central estrellado, siguiendo un esquema geométrico y finalmente policromadas. Ambas viviendas están más elevadas que el nivel del patio al que da su puerta principal, en perfecto eje con el crucero, mediante portones de madera ricamente artesonados y labrados. También tienen salas en la planta superior que emergen sobre los tejados a modo de pequeños pabellones. De la Sala de las Dos Hermanas sobresale el conocido Mirador de Lindaraja, estancia principal de la vivienda, en cuyo interior se encuentran la ventana geminada y el techo de celosía de madera con cristales de colores, el único de estas características.


Los palacios de la Alhambra se abren tímidamente al exterior, hacia la ciudad baja y el valle del río, sobrevolando la muralla, como buscando la línea del horizonte hacia el norte bajo la mejor cúpula que existe, la bóveda celeste. Un ejemplo ilustrativo de ello lo constituye el palacio del Partal o del Pórtico, los restos de la arquitectura palaciega más antigua del recinto, probablemente de principios del siglo XIV; queda en pie la cabecera del edificio, formada por la Torre de las Damas, cuyo techo original se encuentra en Alemania, en el Museo de Arte Islámico de Berlín, precedida por la galería porticada que da nombre al palacio, ante la cual está la habitual gran alberca. Aquí el patio parece haber sido sustituido por la integración de las estructuras en el paisaje, entre frondosos jardines. En realidad es el resultado de varias décadas de exploraciones arqueológicas iniciadas a finales del siglo XIX. Este sector de la Alhambra estaba hasta entonces repartido en pequeñas propiedades particulares que la administración del Estado fue recuperando para la integración en el monumento. Fueron emergiendo muros, pavimentos y albercas que muestran el entramado urbano originario, que fue consolidándose mediante su integración con los jardines. Su disposición consiste en una serie de aterrazamientos que van ascendiendo por la ladera de la colina, desde la muralla general hasta alcanzar la parte alta, donde se sitúa la Medina.


La Medina


La Medina era toda una ciudad planificada para el mantenimiento del palacio; el "cordón umbilical" era la Calle Real. Ascendiendo suavemente de oeste a este, la Medina estaba dotada de baños públicos, mezquita, comercios, etc. Junto a la mezquita estaban la rauda o cementerio de los sultanes, y los textos del siglo XIV sitúan en el entorno una madrasa o escuela coránica. También subsisten los restos de dos grandes recintos, considerados palacios: el de los Abencerrajes y el actual parador de turismo del convento de San Francisco. La zona alta de la ciudad la ocupaba un entramado de pequeñas industrias artesanas con hornos y norias para la cerámica y el vidrio, una tenería para el curtido de las pieles y una ceca para acuñar moneda. Para toda la ciudad era imprescindible el agua, transportada al interior de la Alhambra por la acequia del Sultán desde una distancia de unos seis kilómetros río arriba; por medio de un acueducto la acequia entraba en el recinto amurallado, descendía paralela a la calle y se repartía por un sinfín de canalizaciones, utilizando las albercas como vasos comunicantes reguladores de un complicado sistema hidráulico todavía en gran parte desconocido. Algunos aljibes y los espacios públicos completan el paisaje de la ciudad, con pequeñas calles, callejones y cobertizos que daban acceso a las casas, algunas de ellas muy importantes, donde vivían funcionarios y servidores de la corte.


Muestra de cómo eran esas viviendas son dos torres de la muralla integradas en la Medina, conservadas como joyas documentales. La Torre de la Cautiva, una auténtica torre-palacio, es uno de los edificios más destacados de la Alhambra de mediados del siglo XIV, es decir, del momento de mayor pureza del arte nazarí. Como corresponde a toda estructura doméstica, tras su entrada en ángulo, un pequeño patio con arcos sobre pilares da paso a la estancia principal, con pequeñas alcobas en el eje de cada uno de sus costados exteriores, y ventanas de doble arco. Lo más destacado son sus zócalos alicatados, que presentan bellísimas trazas con piezas de variados colores, entre los que sobresale el púrpura, cuya aparición en la cerámica arquitectónica ha sido considerada única, coronados por una cartela epigráfica también alicatada. Las yeserías, originalmente policromadas, cubren el resto a modo de entelado o tapizado. A semejanza de las estructuras domésticas tradicionales, la torre tiene habitaciones en la planta superior y una terraza. La Torre de las Infantas presenta una estructura arquitectónica semejante a la anterior aunque pertenece a una etapa más tardía, finales del siglo XIV o principios del XV. Por las características de su decoración, su mayor rudeza de ejecución y sus proporciones menos elaboradas, esta torre marca el inicio de la decadencia del arte nazarí. El interior sigue el esquema de vivienda tradicional: un espacio cubierto que se corresponde con el patio, centrado por una fuentecilla, da a las estancias principales, tres alcobas con ventanas al exterior. La linterna central, con galerías en la planta alta en dos de sus costados y acceso a la terraza, estaba cubierta originalmente por una bóveda de mocárabes, perdida y sustituida en el siglo pasado por el actual artesanado de madera.


El Generalife


Fuera de la muralla de la Alhambra los sultanes nazaríes disponían de numerosas fincas de aprovisionamiento y recreo, algunas de ellas en las proximidades del recinto. La más cercana, y desde luego la mejor conservada, es el Generalife, que en árabe significa "los jardines". Pero el término debe entenderse en un sentido más amplio, es decir, lugar de vegetación, de cultivos. El Generalife lo constituyen cuatro grandes huertas presididas por un edificio palaciego dotado de jardines, todo ello integrado en una extensa dehesa de más de dos millones de metros cuadrados. Gran parte de las huertas siguen estando cultivadas, lo que añade a su significación histórica un importante valor ecológico y hasta antropológico. En la actualidad el Generalife está unido a la Alhambra por una serie de jardines planificados a partir del primer tercio del siglo XX, en una interpretación libre del jardín andalusí. El edificio repite el esquema arquitectónico de los palacios de la Alhambra: un patio con una instalación de agua -en este caso, la acequia que riega la finca- centra las estancias domésticas; al norte se halla la principal, abierta al paisaje exterior por una torre-mirador. El patio es de crucero, con cuatro grandes parterres ajardinados que bordean la acequia con estrechos andenes. Aunque su carácter rural es indudable, como puede comprobarse en los patios de acceso, el edificio posee las decoraciones propias de un recinto palaciego: zócalos de alicatados, yeserías que cubren los paramentos hasta los arranques de los artesonados de madera, diseños a base de geometría, epigrafía, mocárabes y atauriques, columnas de mármol, arcos y celosías, etc. Destaca especialmente el pequeño mirador que sobresale del patio, con una excelente perspectiva de las huertas y con la Alhambra al fondo.


La Granada islámica evoluciona entre las dinastías de los ziríes (siglo XI) y de los nazaríes (siglo XIV) en las márgenes del río Darro, abriéndose hacia la vega. De su recinto urbano se han conservado puertas como las de Elvira, Monaita y Bibrambla, entre otras; puentes como el de los Tableros, que enlazaban como hitos entre las murallas que ascienden por el cerró de San Miguel guardando extensos cementerios y grandes barrios como el Albaicín, el Realejo o la Antequeruela. Todos ellos han conservado la impronta medieval islámica: trampas irregulares, predominio de espacios privados sobre los públicos, fuertes contrastes topográficos. Algunos de los edificios que subsisten conservan sus elementos o al menos algunos de ellos, como el baño de vapor del Bañuelo, alojamientos o alhóndigas como el Corral del Carbón, centros de enseñanza como la madrasa Yusufiya, gremios comerciales como el de la Alcaicería, mezquitas transformadas en iglesias como San José, El Salvador, San Juan de los Reyes, San Nicolás o la Ermita de San Sebastián, edificios palaciegos como Dar al-Horra, Cuarto Real de Santo Domingo, Alcázar Genil, Casa de los Girones, casas moriscas como la de Zafra, la del Chapiz o la de Horno de Oro y restos del importante sistema de abastecimiento de agua como la acequia de Aynadamar, además de los numerosos aljibes del Albaicín.


El alicatado granadino


En general, el arte islámico tiene una imagen que lo diferencia claramente de las formas artísticas de otras civilizaciones. Entre los motivos decorativos que contribuyen a ello resultan especialmente representativos los alicatados geométricos, de los que los nazaríes han dejado numerosos ejemplares. Con ellos, los granadinos alcanzaron un alto grado de ingenio para embellecer ornamentalmente los diferentes espacios de sus edificaciones. Los alicatados están influidos por los mosaicos bizantinos, aunque ya antes de la época clásica/helenística se usaban azulejos en Oriente Medio e Irán, siendo perfeccionados por los sasánidas (siglos III-VII a.C.). En el mundo islámico los adoptaron los abasíes (siglos VIII-X) e, impulsados por los fatimíes egipcios (siglos X y XI), llegaron a al-Andalus. Para el Islam cualquier representación artística debe ser también una manifestación de la unidad de la creación. Ésta, simbolizada por el universo, se materializa mediante los diseños geométricos que evolucionan desde dentro hacia fuera, primando sobre las leyes matemáticas las estéticas, la proporción. Los alicatados geométricos ofrecen además ciertos valores plásticos, como el brillo o el color, que no poseen otros materiales.


El alicatado es un conjunto decorativo de cerámica vidriada utilizado principalmente para el revestimiento de zócalos y fachadas interiores. Sus piezas son losetas recortadas, llamadas aliceres, que se combinan entre sí formando dibujos geométricos mediante polígonos regulares o estrellados. Para su realización en primer lugar el artesano elaboraba un estudio del canon proporcional. Después dibujaba unos diagramas o redes de polígonos regulares de lados iguales en los que iba encajando los distintos polígonos hasta cubrir íntegramente la superficie a decorar. La forma básica es el cuadrado inscrito en un círculo, cuya rotación da lugar a una estrella que se convierte en el eje de toda la composición. El resultado es la combinación de una o varias figuras complementarias que cubre superficies enteras. La perfección del diseño se obtiene con el lazo: unas cintas blancas se entrecruzan para separar las piezas. Según el número de puntas de las piezas en forma de estrella, el lazo al que dará lugar será de 8, 10, 12, 16, etc., pudiendo ser también mixto. En al-Andalus se usaba principalmente el lazo de 8, dada su mayor facilidad para encajar en él otros lazos, ya que presenta ángulos rectos, a partir de una relación entre el lado y la diagonal del cuadrado.


Evidentemente el alicatado de diseño geométrico es de difícil ejecución, pues las piezas, algunas de formas muy complicadas, deben ajustar perfectamente. Las piezas eran recortadas con una regleta especial, golpeando con un martillo afilado o un cincel; al ser materiales muy quebradizos su coste era muy alto, por lo que su fabricación evolucionó con el empleo de moldes de hierro para siluetear las piezas aún blandas. Una vez obtenidas las diferentes piezas de la composición, se iban colocando ensambladas sobre paneles enlucidos con yeso, utilizando los patrones de papel conforme al diseño previo.








Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La Mezquita de Córdoba



LA MEZQUITA DE CÓRDOBA


La construcción originaria bajo el reinado de 'Abd ar-Rahmán I


La construcción más espléndida de Córdoba, la Gran Mezquita, fue encargado por el emir 'Abd ar-Rahmaán I en el año 785, tras haber escogido Córdoba como capital del califato. Se construyó en el terreno de la iglesia de San Vicente, cuyos cimientos se descubrieron al hacerse excavaciones en el interior de la mezquita en la década de 1930. Hacia el 785 se inició la construcción de la mezquita, cuya situación en las proximidades del Guadalquivir, al final del antiguo puente (hoy restaurado) no sólo se aprovechaba de las redes de comunicaciones ya existente, sino que daba testimonio del respeto por la herencia visigoda de la ciudad. Efectivamente, se cuenta que en las cercanía de la mezquita, colindante con el distrito eclesiástico de San Vicente, se encontró un palacio visigodo, que 'Abd ar-Rahman I convirtió en su residencia. Los centros espiritual y político del nuevo emirato quedaban ¡de esta manera uno al lado del otro y unidos de forma inseparable. Los trabajos de edificación de la construcción originaria de la Gran Mezquita de Córdoba debieron de durar sólo un año. Esto se explica por el deseo y el apremio personales del emir por construir una mezquita digna que estuviera a la altura de la importancia metropolitana de Córdoba y porque en su construcción se utilizaron expolios de antiguas construcciones romanas y visigodas.


La mezquita de Córdoba consta de una sala para realizar el salat y un patio abierto. La circunstancia de que el patio sea casi tan grande como la sala del salat se explica porque originariamente los creyente se reunían en el patio para hacer el salat cuando la sala ya estaba llena. La sala del salat de la Gran Mezquita de Córdoba, con una extensión de 79,02 por 42,21 metros, tenía once naves perpendiculares a la pared de la qibla La nave central, que está orientada hacia el mihrab, mide 7,85 metros de anchura, casi un metro más que las restantes naves laterales, que tan sólo miden 6,86 metros. Esta acentuación de la nave central realza el eje longitudinal de la mezquita, que está orientado al mihrab. Por este motivo se habla de un tipo de mezquita "dirigida hacia el mihrab". La nave central no sólo es más ancha que las naves restantes, sino que además está ligeramente elevada, lo que se aprecia especialmente en el aspecto exterior, sobre todo si se observa la mezquita desde la vecina torre de la catedral. La mezquita de al-Aqsa de Jerusalén, cuya construcción se inició en el año 715, de modo que es 70 años más vieja que la construcción originaria de Córdoba, presenta una disposición similar. Está igualmente concebida como un espacio formado por varias naves con una nave central claramente más ancha que desemboca axialmente en el mihrab. A pesar de todo, la Gran Mezquita de Córdoba llegó a dar forma a un tipo propio de planta, que preveía una sala con once naves, distinto de los que se pueden apreciar en las primeras mezquitas conservadas hasta hoy. El tamaño de la sala del salat se debe no sólo a la importancia de la mezquita como centro espiritual del reino islámico occidental, sino también a la extensión de la ciudad y a su elevado número de habitantes, que hacía necesaria la construcción de una sala para la realización del salat, grande y con varias naves.


En la edificación originaria (785-786) se renunció a la construcción de un alminar. Según fuentes islámicas se llamaba al salat desde la torre de un cercano palacio visigodo, entonces utilizado como sede del gobierno.


En un principio la mezquita debía de tener cuatro entradas, una de las cuales, la puerta de los Visires (Bab al-Wazara), se ha conservado casi inalterada en la fachada occidental. Esta puerta data del año 786, según una inscripción del dintel. Esta puerta, llamada hoy día puerta de San Esteban por la capilla de San Esteban, situada enfrente, permitía acceder directamente a la mezquita a los funcionarios de la corte desde el palacio gubernamental, situado justo delante.


Hoy día, al entrar en la mezquita, sorprende hallar una catedral en su interior. El cabildo de Córdoba ordenó la construcción de la catedral en 1523, al pasar a sus manos el terreno de la mezquita tras finalizar la conquista cristiana. Para ello se retiraron 63 columnas a fin de construir una catedral exactamente en el medio de ella. Su edificación y decoración se prolongaría durante tres siglos.


Ya al iniciarse los trabajos de construcción debieron de producirse rebeliones de los obreros, que se negaron a realizar una intervención tan drástica en la mezquita. Estos incidentes, que no están probados históricamente, se citan de buen grado en la literatura una y otra vez, para probar que la población de Córdoba todavía en el siglo XVI se sentía fuertemente ligada a la herencia islámica de la ciudad. Al parecer, sólo gracias a la intervención de Carlos V, que fue llamado como juez supremo, se llegó a un entendimiento entre trabajadores, ayuntamiento y cabildo.. Una vez autorizó la construcción de la catedral, ésta pudo ser construida "sin mala conciencia", por así decirlo, ya que se trataba de una orden imperial. Cuando el mismo emperador visitó más tarde Córdoba, parece que manifestó, muy afectado por la construcción de la catedral: "Si hubiera sabido lo que aquí había, no me habría atrevido nunca a tocar el viejo edificio. ¡Habéis destruido lo que era único en el mundo para colocar algo que hay en todas partes!. Es posible que estos o similares pensamientos pasen hoy día por la cabeza de los visitantes al poner los pies en la catedral. Pero también se debe tener en cuenta que quizás la mezquita se ha conservado tan sólo porque en ella habría una catedral. Un edificio que es visitado regularmente para asistir a los oficios divinos se mantiene en buen estado, mientras que otro que está vacío está prácticamente condenado a la decadencia. Esto habría sucedido, seguramente, con la Gran Mezquita de Córdoba tras la expulsión de los musulmanes, en caso de que no se hubiera utilizado para el culto católico.


En ocasiones se ha comparado las arcadas de dobles arcos superpuestos de la Gran Mezquita de Córdoba con el acueducto romano de Mérida, que también tiene arcos de ladrillos, por lo que puede decirse que ambas construcciones tienen algunos puntos en común. De todos modos, es más probable encontrar sus antecedentes en las primeras mezquitas, que apenas se han conservo completas. Más acertada es la comparación con la Gran Mezquita omeya de Damasco (que se empezó a construir en el año 707) que también tenía unas arcadas de dos pisos. Al contrario que la Gran Mezquita de Córdoba, las arcadas no se suceden en sentido perpendicular, sino paralelamente al muro de la quibla. Las arquerías inferiores presentas grandes arcos de medio punto que se apoyan en altas columnas coronadas por capiteles. Las arquerías superiores están determinadas por una serie de arcos de medio punto más pequeños que están ordenados de tal modo que a un tramo de arcos de la arcada inferior le corresponden dos de la superior. Aun cuando la ordenación de los arcos de la Gran Mezquita omeya de Jerusalén no se corresponde del todo con el modelo cordobés, por lo menos está probado que las arcadas de dos pisos eran corrientes en la arquitectura de los omeyas orientales.


En lo que a la ordenación de los arcos se refiere, Christian Ewert apunta a anteriores mezquitas del norte de África. En la mezquita de Amr de Fustat (situada en el actual El Cairo y datado en el año 827), así como en la mezquita de la Zaytuna, en Túnez (siglo IX) encima de las columnas de las arcadas coronadas por capiteles hay impostas en forma de pirámides truncadas invertidas situadas bajo bloques de forma cúbica, sobre los cuales descansan los arcos de la mezquita. Estos bloques recuerdan un poco a los pilares de la arquería superior de la Gran Mezquita de Córdoba y tienen una función de importancia semejante, de tal modo que se debe concebir su tipo de arcadas como una posible variación del sistema desarrollado en el norte de África. De todos modos, cabe calificar de llamativas las uniones de arcos de herradura y arcos de medio punto de la Gran Mezquita de Córdoba. El arco de herradura tiene su antecesor en edificios locales visigodos, pero también puede encontrarse en edificaciones pre-islámicas del Próximo Oriente. Por el contrario, la combinación de arcos de herradura con ladrillos y sillares puede considerarse como una creación original de Córdoba que en los siglos posteriores siguió siendo una peculiaridad estilística de la mezquita.


El efecto que produce el espacio interior de la Gran Mezquita de Córdoba se ve acentuado por la iluminación, que sin embargo no transmite una impresión del espacio original. En un principio hay que decir que las arcadas de la fachada del patio estaban abiertas de tal manera que la luz entraba en la sala de la realización del salat desde el patio abierto que está situado justo enfrente de la mezquita, sumergiéndola en un cálido y fascinante brillo. Como el suelo estaba cubierto de alfombras, no importaba que las columnas (de procedencia romanas o visigóticas), debido a su diferente altitud, estuvieran profundamente enterradas en el suelo. Llama la atención que en la nave central sólo se utilizaran columnas rojas, con lo que se acentuaba el eje longitudinal orientado hacia el mihrab, mientras que en las naves laterales se alternaban columnas de mármol negras y rojas. Los capiteles de la mezquita merecen una especial atención. En la construcción originaria generalmente se utilizaron capiteles de tipo corintio. Pero también se aprecian capiteles visigodos e incluso, aisladamente, piezas procedentes del Mediterráneo oriental. Los capiteles visigodos se diferencias de los romanos por su relieve plano y por su simplificación esquemática de las formas vegetales, que se reduce a veces a puros trazos geométricos. Los capiteles de mayor calidad se encuentran en la nave central, del tal modo que el eje central también se realza mediante una disposición especial de los capiteles.


El hijo de 'Abd ar-Rahmán I, Hisham I, ordenó por primera vez en el año 793, la construcción de un alminar. Éste debió de estar situado en la pared norte de la mezquita, si bien no se ha conservado ningún resto arqueológico del mismo. Y tampoco se hicieron grandes modificaciones hasta mediados del siglo IX.


La extraordinaria importancia de la Gran Mezquita de Córdoba no se atribuye sólo a que era la mezquita principal de la ciudad, sino también a la estrecha unión del poder terrenal y el espiritual, que la convirtió en centro cultural del reino. No servía tan sólo de punto de encuentro para hacer el salat, sino que en ella también se discutían las leyes que una vez aprobadas, tenían carácter obligatorio para todo el mundo islámico occidental. Todo gobernante que quisiera manifestar el vínculo que lo unía a Abd ar-Rahmán I para legitimar su poder, debía mostrar también un gran respeto por la mezquita fundada por él, respeto que podía expresarse en generosas donaciones, en la construcción de un alminar o incluso en la edificación de un anexo.


Esto también explica por qué se siguió trabajando en la Gran Mezquita de Córdoba durante siglos, prácticamente hasta la decadencia del califato.


La primera ampliación bajo el reinado de Abd ar-Rahmán II


Debido a un incremento de la población de la ciudad, Abd ar-Rahmán II ordenó entre el 833 y el 848, una ampliación de la Gran Mezquita de Córdoba, que consistió esencialmente en un ensanchamiento de la sala de realización del salat hacia el sur. En el transcurso de los trabajos de construcción se derribaron el mihrab y la mampostería de la pared de la qibla para añadir otros ocho tramos a la mezquita, de tal manera que la sala de realización del salat acabó ocupando una superficie cuadrada de unos 79,29 por 69,09 metros.


Dignos de mención son los capiteles que junto a los capiteles romanos y visigóticos, aparecían por primera vez capiteles islámicos. Estos capiteles representaban un nuevo tipo que fue llamado capitel "emiral", debido a la época en que surgió. El reparto de los capiteles tampoco fue aquí arbitrario. Los capiteles más bellos están emplazados en la nave central y se pueden ver en el último tramo frente a la pared de la quibla, hoy desaparecida. De todos modos, la catedral, construida en el siglo XVI en medio de la mezquita, y sus contrafuertes entorpecen considerablemente la contemplación.


En el interior de la nave central de la ampliación destaca especialmente la zona del mihrab. Mientras que en la sala de realización del salat sólo se utilizaron las columnas de mármol alternando el color rojo y el negro, en la nave central se colocaron justo delante del mihrab dos columnas estriadas de mármol blanco. Además se adornaron con capiteles de gran calidad las columnas del último tramo de las arcadas que terminan justo delante de la pared de la quibla. La acentuación de la pared de la quibla, que se extiende transversalmente y que señala la dirección en la que debe orientarse el salat, unida al eje longitudinal de la mezquita orientado al mihrab, da como resultado una T, por lo que aquí se habla de una disposición en T.


Obras de Abd ar-Rahmán III en la mezquita


Cuando Abd ar-Rahmán III se proclamó califa en el año 929, dirigió su interés sobre todo a la ciudad palaciega de Medina Azahara (936-1010), situada a sólo 13 km al noroeste de Córdoba, que él constituyó en el año 936 como sede administrativa y gubernamental de su reino. Como el control de las obras de Medina Azahara le llevaba mucho tiempo, el califa sólo realizó trabajos insignificantes en la Gran Mezquita de Córdoba. Se amplió el patio de la mezquita, lo que conllevó una amplificación de las galerías destinadas a las mujeres. Además, hizo derribar el alminar construido por Hisham I, que ya no satisfacía sus aspiraciones y al parecer tampoco las necesidades de la comunidad, e hizo construir uno nuevo. Su alminar se edificó en la parte sur del patio y actualmente no se conserva nada de él, ya que en su lugar se erigió en el siglo XVI el campanario de la catedral, al que todavía se añadió en el siglo XVII, un remate barroco. En un escudo en relieve del siglo XVI se aprecia una reproducción del alminar. Este escudo está situado en el exterior, en la facha oriental de la Gran Mezquita, donde decora una pechina de la puerta de entrada este del patio de la mezquita. El alminar tenía planta cuadrada y estaba compuesto por dos partes. La parte inferior tenía forma cúbica y 23 metros de altura. La parte superior era más baja y delgada y se utilizó como puesto de guardia para el almuecín. Encima se alzaba una construcción parecida a la de la cúpula con aberturas de arco a cada lado. Al Maqqari, un compilador magrebí que había visto el alminar en su estado original, describe muy impresionado el remate del alminar (yamur) en forma de asta con dos esferas doradas y una plateada rematadas por una pequeña granada. El alminar y su corona sirvieron de modelo para otras mezquitas del al-Andalus.


Ampliación de la Gran Mezquita por al-Hakam II


Al-Hakam II hijo de Abd ar-Rahmán III, inició inmediatamente después de ser nombrado califa (961) los trabajos de remodelación de la mezquita. La ampliación por él realizada entre los años 962 y 966, refleja el nivel artística más alto del califato de Córdoba. Fiel a los modelos de construcciones anteriores, la mezquita se amplió hacia el sur con otros doce tramos. Al final de este periodo de construcción la sala de realización del salat ocupaba una superficie de 79,29 por 114,60 metros y era considerablemente más grande que el patio. Para ampliar la mezquita fue necesario derribar la pared de la quibla y el mihrab de la construcción anterior. Los capiteles y las columnas del mihrab original se desplazaron hacia el nuevo mihrab construido en la ampliación califal (entre los años 962 y 966) por respeto a la complicada construcción de arcos dobles superpuestos compuestos por arcos poli lobulados entrecruzados y coronados por una imponente cúpula nervada. Esta parte de la mezquita se denominó en tiempos cristianos "Capilla de Villaviciosa".


La nave central de la ampliación de la mezquita realizada por al-Hakam II es acentuada por la utilización homogénea de columnas de mármol rojo.


En las naves laterales hay columnas rojas y negras alternadas que, unidas en diagonal, confluyen en el mihrab. Las columnas están coronadas por capiteles, según la manera habitual. Mientras que en las construcciones precedentes se podían admirar diferentes tipos de capiteles, ahora se ven por doquier capiteles homogéneos de piedra sin decoración foliada. Sólo en la nave central se distinguen, a la altura de la arquería superior, en lugar de pilares lisos, relieves de estuco. Están coronado por capiteles de relieve compuestos de tipo islámico hechos con estuco y servían para resaltar especialmente la nave central.


Llama poderosamente la atención la fachada del mihrab, cuyo extraordinario efecto se debe sobre todo a los brillantes mosaicos dorados y a la arcada transversal antepuesta con arcos poli lobulados cruzados. Ante el mihrab se encuentra la zona de la maqsura, el lugar reservado al califa. Es de suponer que los dos últimos tramos del sur pertenecen a las cinco naves centrales de la mezquita. La zona de la maqsura está separada de la sala de realización del salat por una arcada poli lobulada transversal, que discurre paralelamente a la pared de la quibla, para destacar la zona del califa respecto de la del pueblo. Los arcos poli lobulados sustituyen a la celosía tradicional, que originariamente separaba al soberano del pueblo; dichos arcos eran además portadores de decoración, de manera que pudiera destacarse la importancia de la maqsura y el mihrab. La arcada poli lobulada, que discurría junto a la zona central de la maqsura, se derribó al construir posteriormente en esta zona capillas cristianas y tumbas.


El mihrab muestra el conocido esquema: un gran arco de herradura enmarcado por un rectángulo (alfiz) y coronado por una arquería ciega de arcos poli lobulados. El arco de herradura se abre a un nicho de planta octogonal que por razones de acústica está abovedado por una gran pechina. Esta bóveda reforzaba tan bien la voz del imán que se situaba ante el mihrab, que se podía oír en toda la mezquita. El arco de herradura del mihrab está flanqueado por las ya mencionadas columnas de mármol y por capiteles emirales de la construcción predecedente de la mezquita. En la parte baja del mihrab se aprecian unas grandes placas de mármol adornadas con motivos vegetales. Éstas se cuentan entre los relieves más bellos y espléndidos realizados en la época califal de Córdoba en lo referente a la decoración de edificios. Las enjutas del arco central del mihrab están decoradas con grandes arabescos de estuco en forma de medallón. Sigue un marco rectangular del arco, llamado alfiz, que tiene inscrita una cita del Corán compuesta con teselas doradas sobre fondo azul. En la parte superior de la franja de escritura se extiende una arquería ciega, cuyos compartimentos están adornados con "árboles de la vida" realizados asimismo en forma de mosaico. Encima se asientan los soportes de la gran cúpula, que se alza sobre la estancia anterior al mihrab y que, como el mihrab, está decorada con mosaicos dorados. En fuentes escritas consta que al-Hakam II pidió al emperador bizantino que le enviara artesanos capaces de imitar los mosaicos dorados de la Gran Mezquita de Damasco. Aunque el maestro que supervisaba los trabajos de los artesanos se había formado en la tradición bizantina, la riqueza de formas de estos mosaicos dorados estaba ligada al arte andalusí, lo que indica la influencia de talleres locales.


La cúpula central está flanqueada en la zona de la maqsura por dos cúpulas similares formalmente a la cúpula de la "capilla de Villaviciosa". Los precedentes de esta cúpula provenían posiblemente de Oriente Próximo, si bien hasta el momento no han sido lo suficientemente estudiados, de manera que las cúpulas nervadas de Córdoba han de ser consideradas creaciones originales debido a la falta de modelos anteriores convincentes. Su existencia guarda una estrecha relación con las construcciones de arcos de la zona de la maqsura de la mezquita, zona reservada al califa y que no se observa en ninguna otra mezquita del mundo. La singularidad de la Gran Mezquita de Córdoba se deriva, también, por lo tanto, de la peculiar posición del califa, que inspiró con su presencia estas soluciones arquitectónicas en la zona de la maqsura. A cada lado del mihrab hay cinco estancias cuadradas, a las que no tenían acceso los visitantes de la mezquita. Las estancias del ala oeste eran utilizadas por el califa como pasaje de seguridad secreto, que conducía directamente desde el palacio vecino hasta la zona de la maqsura de la mezquita, mientras que las cámaras del este servían al parecer para guardar tesoros. Encima de estas diez estancias había un piso superior con once cámaras, estando la cámara central ubicada directamente sobre el mihrab. Su función no está todavía suficientemente clara. Quizás se archivaran en ella los innumerables documentos de la mezquita.


La última ampliación hecha por el califa Almanzor


La última ampliación (987-988) de la Gran Mezquita de Córdoba fue ordenada por Almanzor, primer ministro y regente del califa Hisham II. Mientras que el califa, todavía menor de edad, vivía como un prisionero en su palacio de Medina Azahara, Almanzor tomaba las riendas del gobierno con el consentimiento de la madre del califa, Subh. Debido a su alto cargo pudo disponer, como representante del califa, la ampliación de la mezquita. Como Almanzor ere regente pero no soberano oficial, no podía acometer una ampliación hacia el sur, ya que hubiera podido interpretarse como un intento de ponerse al mismo nivel que los mires y los califas. Además, semejante proyecto chocaba con el obstáculo añadido de que los terrenos de la mezquita en dirección sur presentaban un pronunciado declive hasta el río.


Ya al-Hakam II se vio obligado a autorizar el terraplenado y la nivelación del subsuelo de la mezquita en el transcurso de la ampliación de ésta (962-96), de tal modo que por motivos topográficos era imposible otra ampliación de la mezquita hacia el sur. Se descartó una ampliación hacia el oeste por estar situados allí los palacios gubernamentales y administrativos; en el norte estaba ubicado el patio de la mezquita, que quería conservar para recibir en él a los creyentes. A continuación se consideró una ampliación de la mezquita hacia el este. Para Almanzor era muy importante que la mezquita estuviera bien orientada hacia La Meca, ya que en anteriores construcciones no se había orientado con exactitud geográfica. Como cabe excluir prácticamente las imprecisiones de cálculo en la orientación de la construcción originaria, debido al alto nivel de desarrollo de las ciencias exactas por entonces, especialmente la astronomía, la geometría y las matemáticas. Por el contrario, con su ampliación, Almanzor volvió a dirigir su mirada hacia La Meca.


Esta ampliación de la mezquita fue la mayor realizada en Córdoba. Se dice que Almanzor quiso justificar con ella frente al pueblo sus elevados gastos públicos. Se añadieron ocho naves laterales, con lo cual la mezquita ganó 50 metros hacia el este. Las puertas de la fachada este del edificio precedente, construido por al-Hakam II, fueron tapiadas y se practicaron once grandes aberturas de arco, a través de las cuales se podía acceder a las nuevas partes de la mezquita. Con las estancias situadas junto al mihrab no fueron prolongadas, las naves longitudinales eran dos tramos más profundas y se extendían por lo tanto hasta el muro circundante sur. Se abandonó el principio de la hilera de arcos transversales, que destacaba la zona de la maqsura en la ampliación de al-Hakam II. Por el contrario, se continuó la arquería que separaba la parte del edificio de Abd ar-Rahmán II de la de al-Hakam II.


La Gran Mezquita de Córdoba contenía un total de diecinueve naves. La longitud de muro sur, que era idéntica a la del muro de la quibla, había sido ampliada a 128,41 metros. Las medidas de la sala para la realización del salat ascendían a 114,60 por 128,41 metros y las del patio a 60,42 por 128,41 metros. Con ello, la mezquita, incluido el patio delantero, había alcanzado un tamaño de 175,02 por 128,41 metros, lo que corresponde a una superficie de 23.400 metros cuadrados. Con la ampliación de Almanzor, la Gran Mezquita de Córdoba adoptó la forma que tiene hoy día, si se hace abstracción de los edificios cristianos construidos con posterioridad.



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Los jueces de la Córdoba Califal



LOS JUECES DE LA CÓRDOBA CALIFAL


A los jueces los nombraba el soberano, en quien residían de modo eminente todas las facultades judiciales: se consideraba al monarca como juez nato, y de la fuerza de su autoridad pendía la eficacia de las resoluciones de los jueces; pero como el pueblo de Córdoba en muchas ocasiones se mostró muy celoso de sus intereses, y durante largo tiempo poseyó bastante vivo su civismo, insinuó su intervención en la forma en que podía, imponiendo al monarca la condición de que el juez fuese grato y aceptado por el elemento popular. No ha de extrañar, por consiguiente, que los monarcas tomaran precauciones para acertar en su nombramiento; al efecto, consultaban con ministros y personas de prestigio en Córdoba, los cuales indicaban a los posibles candidatos. Son raras las ocasiones en la que los jueces de Córdoba fueron nombrados sin una consulta previa, por consideraciones de mera simpatía personal o por intriga política.


Para el cargo de juez (cadí), se nombraba a una única persona, que había de desempeñar personalmente las funciones sin delegar en otro que le sustituyera. Cuando la edad o los achaques no consentían el ejercicio personal y directo del cargo, se le destituía y se nombraba otro.


En una sola ocasión, se cuenta que el monarca estableció turno entre dos jueces que se alternaban, ejerciendo un año cada uno de ellos; pero este hecho se refiere a tiempos en que por su lejanía no es posible asegurar plenamente la veracidad de las tradiciones orales sobre este asunto.


Entre las cualidades intelectuales exigida al juez mayor de Córdoba, no parece que en los primeros tiempos se le exigiera una buena instrucción literaria, ni aun jurídica. Fueron nombrados bastantes jueces que no las tenían; siendo tildado alguno de ellos de supino ignorante. Cuando eran verdaderamente instruidos, los narradores históricos lo hicieron notar, si algún juez es hombre ducho en materias notariales, lo dicen; si sabe un poco de literatura, lo declaran; si es verdaderamente literato, no dejan de consignar tal noticia, diciendo que sabe escribir al dictado o redacta documentos en forma retórica elegante, o es muy culto, o es orador.


No debe sorprendernos su poca instrucción literaria y aun la jurídica, si se tiene en cuenta, que en su curia había casi siempre algún letrado o letrados (muftíes), que eran sus consejeros técnicos y los que le orientaban en sus decisiones.


Para la elección del cargo de cadí, la condición que más peso e importancia se tenían en cuenta, eran las cualidades morales del candidato. Estas eran las que principalmente exigía a sus jueces el pueblo andalu. Los cadíes de Córdoba se distinguieron generalmente por su integridad, de la que era garantía la escrupulosa publicidad de sus actos judiciales, acompañada ordinariamente de la llaneza de trato y la simplicidad de vida, que rayaba frecuentemente en el ascetismo.


La mayoría de ellos fueron popularísimos por la valentía de su equitativo criterio en la administración de justicia y su enérgica resolución; así como la constancia y firmeza de carácter de los que ocuparon esa dignidad. Convirtiendo su vida en un ejemplo a seguir, y sus actos en la legislatura en principios sociales de aplicación práctica, potenciando las normas de igualdad social establecidas por la ley islámica (Sharî'a). Los jueces daban ejemplo con su resuelta actitud contra las demasías de la pretendida nobleza de quraish, contra palaciegos y cortesanos y, en ocasiones célebres, contra los monarcas mismos, los cuales tuvieron que aceptar como criterio de gobierno esas normas democráticas e igualitarias.


Como fenómeno curioso puede citarse el cuidado que pusieron algunos monarcas en no elegir para el cargo de cadí a sujetos que tomasen las cosas a broma, sino que escogían a personas de reconocida seriedad y formalidad.


La cualidad de hombres entregados a las prácticas del Islam, la exigía la circunstancia de que el juez de Córdoba había de ser, por delegación del monarca, Imam del Salat al-ÿumu’a en la gran mezquita de Córdoba; pero como no era esencial que las dos dignidades (la de juez y la de Imam) estuviesen desempeñadas por un solo individuo, pudo originar casos como siguiente, en el que el monarca cordobés al nombrar como juez de Córdoba a un andalusí no entroncado a ningún linaje de origen árabe, originó el rechazo de muchos cordobeses; por lo que el monarca, separó esos dos cargos, dando el juzgado al andalusí y el cargo de Imam de la mezquita al-ÿama’a a un musulmán con un acuñado linaje árabe. Desde entonces, estos dos cargos quedarrían en ocasiones separados.


Los jueces, en su calidad de Imam del salat al-ÿumu'a, podían ser sustituidos en algunas ocasiones.


Los andalusíes que hacían valer su pretendida estirpe árabe (lo que les otorgaba un cierto rango moral de nobleza) formaron un grupo aparte y jugaron un papel importante dentro de carrera militar y política del califato andalusí. Acaparando cargos públicos e impidiendo que éstos fuesen ocupados por otros que no tuvieran la distinción moral que les otorgaba el linaje árabe, aunque con el correr de los tiempos, tal distinción dejó de tener tanta importancia.


El juzgado de Córdoba fue ocupado primitivamente y durante largo tiempo por musulmanes (presuntamente) de origen sirio o egipcios, es decir, por los personajes más cultos y preparados para el cargo. Se ve, pues, por este solo indicio que los califas que tomaron para sí el título de Omeyas, tuvieron cuidado de elegir, de entre los “árabes”, aquéllos que mejor pudieran desempeñar esa magistratura.


Luego, cuando los andalusíes se distinguieron en el conocimiento de la jurisprudencia islámica (fiqh), estos califas comenzaron a nombrar algunos jueces entre aquellos musulmanes andaluces que no presentaban entre sus credenciales, linajes que los entroncasen a la amada Arabia, cuna del Islam; siendo éstos, los que realmente organizaron del modo más perfecto y acabado, aquella curia.


En el cargo de juez (cadí) reside de modo eminente, dentro de la organización islámica, la competencia en todos los asuntos que han sido regulados por ley islámica (sharî’a). En este sentido se halla por encima de toda autoridad, incluso la del propio monarca, sus ministros, palaciegos y la pretendida nobleza de quraish.


Hay que hacer notar, que la competencia del judicatura no traspasaba los límites del territorio o provincia de Córdoba. Las otras ciudades y provincias tenían sus jueces, los cuales no dependían jerárquicamente del cadí de la capital del califato, aunque se le considerase de mayor rango, por el prestigio inherente al cargo de juez de la ciudad de Córdoba (Qurtuba).


Los fallos del juez de Córdoba eran inapelables ante una autoridad superior. Únicamente tenía sobre su autoridad a la del monarca, el cual podía invalidar sus providencias, ordenarle que se inhibiese para atraer sobre sí el asunto, o destituirle; pero los monarcas, en la inmensa mayoría de los casos, se abstuvieron de intervenir personalmente, y hasta para destituir a un juez tomaron la precaución de abrir informaciones públicas entre los elementos más prestigiosos de la ciudad, sobre todo cuando las quejas del pueblo se hicieron muy patentes.


El cargo era, en cierto modo vitalicio, y las separaciones y destituciones se realizaron o por disgustos, celos personales del soberano, por razones de estado, lucha de jurisdicciones con otra autoridad, por haberse puesto en su contra a los alfaquíes (expertos en jurisprudencia islámica), por impopularidad, o por haber caído en descalificación.


La única autoridad que podía realmente reformar sus providencias (caso de que el propio juez, mediante queja, no las reformara) o amonestarle por su conducta, era el nuevo juez que se nombraba al destituir al anterior; pero se ve que evitaban llegar a ese extremo, por el desprestigio que al cargo podía resultar con las sentencias condenatorias del juez destituido. Se esquivaba ese procedimiento apelando en casos apurados a la prueba de juramento obtenido secretamente.


La importancia del cargo y la conducta ejemplar que siguieron en su ejercicio los jueces de Córdoba hicieron tan respetada su autoridad y persona, que constituyó timbre de nobleza, por voto popular, el hecho de haberlo ocupado. Algunas veces ejercieron altos cargos en la milicia y sustituyeron a los propios monarcas en sus ausencias de Córdoba.


Al arbitrio del juez quedaba la elección del lugar en que había de ejercer públicamente sus funciones, bien en su casa, bien en una mezquita; pero lo más frecuente y usado fue tener el despacho o audiencia en la gran mezquita al-ÿama’a. Allí se sentaba e1 juez, sin grande aparato, y ante él acudían los litigantes.


El demandado tenía que presentarse mediante citación judicial. El orden se conservaba por el simple respeto que el juez imponía, o porque el público se interesaba en que lo hubiese, o mediante la pena de azotes que allí mismo se propinaban, o por amenaza de la pena de deshonra.


Demandante y demandado, por turno, exponían hechos y razones, oral y directamente al juez. Si al demandado no le era posible acudir, había que comunicarle por escrito la demanda, concediéndole para contestar un plazo prudencial que estaba al arbitrio del juez. Contestada la demanda, se procedía a la prueba, bien documental, bien testifical.


Si el juez dudaba acerca de algún punto de derecho, podía contar con los alfaquíes de su consejo, los cuales le informaban. Estos informes, en los primeros siglos, se exponían oralmente; después hubieron de ser comunicados por escrito, quedando en el archivo judicial en la misma forma que las sentencias, como documentos de consulta para estudiar la jurisprudencia andalusí.


Cuando el juez, se decidía a resolver. formalizaba la sentencia con las firmas de testigos y procedía a la ejecución.


Para las actuaciones judiciales había un secretario encargado de la redacción de los escritos que el juez ordenara, especialmente las actas oficiales. A menudo se citan los adules o testigos, de cuyo testimonio hace fe; los sayones o alguaciles, bien para citar a las partes, bien para cumplir las órdenes de ejecución de sentencia, y los abogados o procuradores, que podían utilizar las personas de algún viso social, a quienes se dispensaba de acudir personalmente al juzgado.


En algunas ocasiones, el juez, que era árbitro para aceptar o no aceptar la intervención de esos intermediarios, se oponía a tales representaciones exigiendo la comparecencia personal de la parte interesada.


Acerca del archivo judicial se dan algunas referencias. Del sueldo que disfrutaban los jueces se habla en varios pasajes.


Leyendo la crónica de al-Jushanî, causa algo de sorpresa la forma poco aparatosa, familiar y patriarcal en que durante ese período se ejerce la función de enjuiciar en la capital del califato andalusí: semeja a veces la simplicidad y llaneza de un juzgado de paz en un pueblecillo de la sierra, y cuesta trabajo explicarse el prestigio inmenso que esa autoridad llegó a tener en al-Andalus; pero se hace evidente la altura moral que fue adquiriendo el cargo si se comparan los jueces de Córdoba, con los de otras comarcas musulmanas orientales. El historiador árabe al-Qindí escribió la historia de los jueces de la capital de Egipto. La comparación es muy sugestiva.


Egipto fue una de las comarcas cuyos sabios influyeron más en las doctrinas jurídicas que se aceptaron en al-Andalus; sin embargo, el juez de Córdoba apenas se parece al juez de Egipto. El juez de Egipto tiene jurisdicción sobre un extensísimo territorio: alguna vez llegó hasta las provincias de Palestina, Jordania y Damasco. En su curia se deciden no solo los pleitos entre los musulmanes, sino también entre cristianos y entre judíos. No sólo se ciñe el juez a entender en asuntos civiles, sino que tiene también jurisdicción criminal.


Al cargo de juez de Egipto se unieron, algunas veces, cargos políticos, extraños a su competencia. Esta acumulación de cargos produciría en ocasiones complicaciones en la curia, y por consecuencia, la necesidad de muchos secretarios para despachar los asuntos. Hubo de crearse, además, un registro y oficina especial para el examen de la veracidad y honorabilidad de los testigos.


En medio de este cúmulo de potestades, el juez de Egipto no podía atender a todo personalmente, por lo que le fue preciso delegar sus funciones, bien en sus secretarios, bien en otra persona que hiciera sus funciones.


Esto debió de dar por resultado el que el juez de Egipto se desentendiera de inspeccionar directamente el despacho de las asuntos y, al desentenderse de ellos, se dedicara a asustos ajenos a sus funciones, viéndose mezclado en las luchas políticas del momento, exponiéndose al descrédito su autoridad.


Por la antedicha complicación de oficinas y la falta de inspección personal y directa, se explica el que los abusos fueran mayores en aquella curia, sobre todo en la administración de las fundaciones caritativas, que en ciertas épocas fue deplorable.


Si a esto se une el que los califas orientales no atendían al voto popular para nombrar los jueces, la falta de permanencia en el cargo por la inestabilidad frecuente, y que en ocasiones, recaía el nombramiento en personas de dudosa moralidad, no es de extrañar que estos abusos, llegaran al extremo de levantar violentamente la furia del pueblo para sacudirse de su obediencia y apelar a las más graves colisiones.


En Córdoba, esa dignidad presentó caracteres muy distintos; aunque era la misma ley islámica (la sharî’a) la que regulaba sus funciones, la práctica fue casi antitética:


1.° El juez de Córdoba tenía en su jurisdicción escaso territorio.


2.° No incluyó en sus atribuciones el dirimir contiendas entre cristianos ni entre judíos, los cuales tenían en Córdoba sus autoridades judiciales propias.


3.° Se ciñó a entender en los asuntos civiles, dejando los menudos y fastidiosos asuntos de policía al zalmedina y al zabazoque.


4.° No desempeñó cargos políticos conjuntamente. Aun el cargo de Imam del salat al-ÿumu'a en la mezquita mayor de Córdoba, fue a veces desempeñado por otras personas; y cuando el juez iba a la guerra, cesaba en su oficio de juez.


5.° La curia era sencilla y poco numerosa: un solo secretario; ninguna oficina especial informadora de testigos.


6.° El juez atendía personal y directamente a despachar los asuntos, sin delegaciones ni sustitutos.


7.° No se mezcló inconsideradamente en las luchas políticas. Si alguno de palabra se desmandó, fue destituido inmediatamente.


8.° Los abusos fueron parciales y corregidos enseguida.


9.° Hubo bastante estabilidad en el cargo.


10.° Los monarcas atendieron escrupulosamente al voto popular en la elección.


11.° Ninguna persona de dudosa moralidad, ocupó esa dignidad; y si recayeron sospechas sobre alguno, fue prontamente destituido.


Merced a tales circunstancias se hace evidente la justa adquisición del prestigio islámico y social que esta dignidad disfrutó en al-Andalus.


Indudablemente, a ese efecto debieron contribuir en gran parte las virtudes islámicas del pueblo andalu.


El juez de Egipto, en lugar de estar prevenido contra la nobleza de linaje árabe, es precisamente el que forma y guarda en sus oficinas el registro de la nobleza árabe que habitaba en el país. Los coptos, es decir, el elemento cristiano egipcio, en vez de permanecer esquivos y separados de los musulmanes, pretenden adquirir al igual que ellos, el abolengo árabe, por medio de falsas certificaciones de nobleza, estimulados tal vez por la conducta de los jueces, los cuales, por parcialidad evidente, solían dar a los de linaje árabe, por ejemplo, la administración de los bienes de los huérfanos, etc. El juez de Egipto, además, procuraba rodear su persona de un imponente aparato: hasta prohibía a los alfaquíes y personas principales el uso de prendas de vestir que consideró como exclusivas suyas.


En al-Andalus era todo lo contrario: los jueces no se atreven a usar más prendas de vestir que las usuales a su pueblo: ni siquiera el turbante, el cual los andalusíes poco usaban . Las audiencias se daban sin gran pompa. La vida del cadí andalusí era sencilla, llana, humilde. Casi todos le distinguen, como hemos dicho, por su criterio democrático contra los abusos de la nobleza. Esto no ocurriría si no tuviesen ellos la intención de contentar al pueblo de andalusí, el cual fortalecía con su apoyo el prestigio de su autoridad.