lunes, 7 de mayo de 2012

Historia de los judíos en al-Ándalus. Sefarad - Los judios en España



SEFARAD. LOS JUDÍOS EN ESPAÑA


Formación y expansión de las comunidades judías en España


Los orígenes de la presencia de los judíos en la Península Ibérica son francamente inciertos. Las propias élites hebreas se ocuparon de diseñar varias mitologías genealógicas que alejaran a este pueblo de la crucifixión de Jesús, pues el estigma del deicidio los acompañó a lo largo de toda la Edad Media en Europa.


En la Alta Edad Media, la población judía de Hispania se decía descendiente de aquellos que habían arribado a la Península Ibérica antes de la destrucción del segundo templo en el año 70 de Nuestra Era. Quienes sostenían esta tesis afirmaban que los primeros judíos llegaron con la destrucción del templo por el rey babilonio Nabucodonosor, en el 583 antes de Nuestra Era. No faltaron quienes llegaron a afirmar que descendían de estirpes judías que llegaron a la Península en tiempos del rey Salomón junto a quienes por entonces eran sus aliados, los fenicios.
Menorah en la sinagoga mayor de Barcelonaos judíos y el reino Hispano-visigodo
Interior de la sinagoga de Córdoba, una de las ciudades donde la presencia  de judíos fue destacada
Cuando los visigodos se establecieron definitivamente en Hispania, las principales comunidades hebreas se localizaban en Tarragona, Tortosa, Sagunto, Elche, Córdoba y Mérida. La comunidad judía de Toledo iría cobrando importancia y aumentando su tamaño una vez que esta ciudad se convirtió en capital del reino visigodo a mediados del siglo VI.


La convivencia transcurriría sin demasiados sobresaltos hasta la celebración del III Concilio de Toledo, en el año 589, donde los judíos empezarían a ser vistos como una amenaza para la unidad religiosa del reino, como ocurriría nueve siglos después. Es a partir de ahora cuando se pondrían en marcha leyes antijudías, bien inspiradas directamente en las del Concilio o bien radicalizándolas.
unidad judía y Al-Andalus


No se puede descartar que años de política antijudía continua empujaran a las comunidades hebreas a apoyar directamente a los invasores musulmanes procedentes del norte de África en el año 711. Historiadores occidentales y musulmanes han puesto de relieve esta colaboración que consideran suficientemente probada.


Se ha tendido a asegurar, en este consenso, que fueron precisamente los mayores núcleos de población de confesión hebraica los que se mostraron como colaboradores más activos. El esfuerzo transgresor no fue en vano: las comunidades gozaron de la protección de las primeras autoridades musulmanas; gracias a ello, vieron crecer el número de miembros y la posición social y económica de los mismos mientras que, aquellos que habían sido convertidos forzosamente al cristianismo, pudieron volver al judaísmo.


Sin embargo, la libertad plena no existía en tanto que siempre serían considerados súbditos de segunda mientras no se convirtieran al Islam. A partir del año 716, con el establecimiento del califato omeya, algunos judíos pasarían a colaborar estrechamente con las autoridades andalusíes. La estrella de los judíos comenzó a apagarse cuando se vieron directamente implicados en las guerras civiles de los reinos de taifas que sangrarían Al-Andalus a partir del año 1031.


Hagadá hispánica del siglo XIII


La presencia de comunidades judías en los reinos cristianos del norte peninsular que iniciarían la (re)conquista de los territorios musulmanes de Al-Andalus, es prácticamente obviada en las fuentes que se conservan entre los siglos VIII y IX. Tan sólo en la Marca Hispánica se poseen más testimonios, quizá porque al tratarse de un territorio que era parte del Imperio Carolingio, la cohesión social y política de redundaba en un aumento de los testimonios escritos, los cuales hablan de la importancia de la comunidad judía asentada en Montjuic.


Por lo que se sabe a través de otros pocos testimonios escritos semejantes y lo que se deduce de los mismos, las comunidades hebreas se hallaban perfectamente asentadas en los diferentes reinos cristianos y su marco legal estaba definido de modo concreto, en el caso de Barcelona, por ejemplo, por lo que marcaban los privilegios establecidos por los condes de Bacelona y los Usatges.




Girona, una de las calles de su judería




El Conde de Barcelona acogía a los judíos bajo su protección pero esto suponía -como ocurría con el resto de reyes de la Edad Media- que quedaban por completo a merced -más que en otros casos- del soberano y del derecho consuetudinario local.
re la aceptación y la desconfianza


Entre los siglos XII y XIII los judíos son aceptados y bien recibidos debido a la necesidad de repoblar los territorios conquistados a los musulmanes. Salvo problemas aislados y de carácter muy local, con la expansión política y militar del cristianismo, la convivencia con otras confesiones religiosas se hizo más fácil en estos territorios. Algunos cronistas de la época, como Ramón Llull, dan testimonio de esta situación. Sin embargo, el bagaje antijudío que arrastran consigo numerosas fuentes cristianas seguía vigente, alimentando un sentimiento de rechazo larvado que crecería a partir del siglo XIII.
Sinagoga de Santa María la Blanca, Toledo
Se puede asumir que los judíos nunca fueron totalmente integrados aunque sí ampliamente tolerados. Las dificultades económicas serias serían el detonante para un estallido antijudío en una acción convergente de los estamentos populares y las élites dirigentes. Y es que, con la persecución, todos ganaban: los primeros hallan un chivo expiatorio al que culpar de sus dificultades utilizando argumentos religiosos, mientras que los poderosos observan la utilidad de la demonización de los judíos como un recurso para desviar la atención de las iras de la población hacia sus propias personas.


La política de aceptación y protección que habían disfrutado los judíos de la Península Ibérica bajo el mandato de Pedro I, se hizo añicos por la guerra civil librada por este monarca contra Enrique II y los nobles rebeldes que lo apoyaban. La propaganda antijudía, que no había dejado de crecer en todo el siglo XIII y la primera mitad del XIV, mostraba ahora sus efectos en toda su crudeza. La propaganda del hijo bastardo de Pedro -Enrique II- nunca fue un secreto, y, tras el triunfo de los sublevados, las Cortes y las clases populares se lanzaron conjuntamente contra los judíos.


Representación de un judío en el cenotafio de los Santos Márties, Iglesia de San Vicente de Ávila


De 1366 a 1369, la comunidad hebrea vivió sus años más negros, en los que, a las confiscaciones se les sumó las sanciones económicas, el saqueo de aljamas y la matanza de parte de sus habitantes, aprovechando el desconcierto sembrado por la guerra civil.


Con el triunfo de Enrique II se puso de manifiesto quién era quién en la política antijudía. La casa Trastámara había utilizado la propaganda de rechazo al judío como un medio para ganar adeptos para su causa, desprestigiando así a Pedro I. En 1369 Enrique ordena suspender el pago de la deuda a judíos y musulmanes pero esta decisión vino dada por la resistencia que ciertos miembros de esta comunidad habían opuesto al avance de sus tropas.


En octubre de ese mismo año, un decreto de este mismo monarca ordena la satisfacción de la deuda en el menor plazo de tiempo posible. Las Cortes demandaron una prórroga en el plazo que, finalmente, sólo fue ampliado a dos meses por la estrechez económica que sufrían las aljamas, cuyos habitantes volvieron a experimentar un recrudecimiento del odio.


Esta elevación de la tensión tuvo lugar en las Cortes de Toro de 1371, donde se llegó a pedir la validez del único testimonio de un cristiano en los procesos civiles y criminales donde se viera implicado un judío. Sin embargo, una presión mayor si cabe sobre este colectivo vino por parte de los procuradores de las ciudades que llegaron a exigir el aislamiento de los judíos, la obligatoriedad de llevar un distintivo en la ropa que los identificara claramente y la prohibición de vestir prendas determinadas y de arrendar las rentas.


Enrique II


Enrique II apeló a la legislación de Alfonso XI para curarse en salud, y sólo accedió a las peticiones antijudías más circunstanciales, por decirlo así. No se validó la superioridad del testimonio de un cristiano en los pleitos civiles y criminales sino sólo en los criminales y con varios testigos. Tampoco dejaron de actuar como arrendadores y prestamistas, desarrollando esta función, incluso, para la Corona en ciertos casos.


hazo, acoso y expulsión


La protección dispensada por Enrique II a los judíos no impidió que a la muerte de éste el sentimiento contra esta colectividad se mantuviera intacto e, incluso, volviera a crecer debido a la coyuntura económica. Los pleitos se sucedieron a partir de 1379 junto con todo tipo de resistencias para evitar el pago de la deuda a los judíos. La situación empeoró para ellos cuando se vio comprometida la razón que justificaba la protección real: el manejo y gestión de las finanzas de la Corona.


Si se veían imposibilitados y maniatados para ejercer esta función -la minoría que la ejercía- toda la comunidad hebrea podía quedar desprotegida. Juan I, heredero de la Corona, tuvo que enfrentarse a un problema espinoso: la independencia del movimiento antijudío, es decir, el establecimiento de unos principios de base más definidos que serían alentados por predicadores exaltados fuera de la órbita de control de la propaganda original de los Trastámara.


Judios en el ritual de la matanza. Miniatura siglo XV


La espiral de odio y rechazo tuvo como punto álgido el pogrom de 1391, que trajo como consecuencia una disminución drástica de la comunidad judía en la Corona de Castilla, tanto por los asesinatos como, sobre todo, por las conversiones forzosas o, de alguna manera, autoimpuestas. Burgos, Palencia, Toledo y Sevilla fueron las ciudades donde las aljamas resultaron más castigadas y donde el mapa religioso cambió de modo irreversible.


En Sevilla, numerosas sinagogas fueron cedidas a la Iglesia y los bienes de los más destacados miembros de la comunidad hebrea fueron parcelados y entregados a los colaboradores más directos del Rey. Se dejaba así el terreno abonado para intensificar la persecución por medio de disposiciones como las de las Cortes de Valladolid que, entre 1405 y 1412, promulgaron el enclaustramiento de las comunidades en sus aljamas.


La declinación del antijudaísmo a lo largo del siglo XV, fue dejando paso a la aversión y suspicacia hacia el converso, es decir, hacia aquellos que habían abandonado el judaísmo a favor del cristianismo. Muchos de ellos sufrieron el acoso moral de sus antiguos correligionarios que los tachaban de renegados y de sus nuevos hermanos de fe, quienes pronto comenzaron a sospechar de la sinceridad de sus nuevas creencias. La mirada suspicaz reparaba en aquellos hábitos gastronómicos, sociales y lingüísticos que pudieran sugerir, aunque fuera lejanamente, que el sospechoso aún no había roto lazos por completo con la comunidad judía.


La expulsión de los judíos, por Emili Sala (s. XIX)


La fundación de la Inquisición en 1478 y su puesta en funcionamiento en 1480, tuvieron en la aversión al converso uno de sus máximos exponentes. Aunque el clima era de creciente intolerancia hacia quienes aún profesaban la religión mosaica en la Península, lo cierto es que la institución inquisitorial se ocupó especialmente del nuevo motivo de preocupación para las autoridades eclesiásticas: los falsos conversos, entre otras cosas, porque se hallaban dentro de la jurisdicción y ámbito de actuación de la misma, a diferencia de los judíos que, al profesar otra confesión, escapaban al alcance del Pontífice.


A partir de entonces, seguirían acciones como la expulsión de los judíos en 1483 de las diócesis de Sevilla y Córdoba, y de los obispados de Jaén y Cádiz. Se trató de todo un ensayo de la Inquisición previo a 1492 y que contó en todo momento con el conocimiento y aprobación de los Reyes Católicos.


Fue el comienzo de una estrategia para romper vínculos entre la comunidad judía y los conversos al cristianismo, motivo que, de hecho, fue esgrimido de modo insistente en el decreto de expulsión de 1492, año a partir del cual comenzaría una nueva diáspora para los judíos de Sefarad, a la vez que los conversos verían cómo se les sometía a intensa vigilancia y cómo se cerraba para ellos cualquier posibilidad de acceso a oficios y privilegios, siendo necesario demostrar entonces la ascendencia de cristiano viejo.


(Autor del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
José Joaquín Pi Yagüe )



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Almuhtamid Ibn Abbad - rey de Sevilla



DE SEVILLA




Hizo de Ishbiliya el centro de la cultura islámica


Tumba de Almuhtamid de Sevilla

M. Gharbi.- Tánger
Es el segundo hijo y sucesor de Al Mutamid I, 'Rey' de Sevilla de la dinastía de los Abadíes. Almuhtamid Ibn Abbad, nació en Beja (Portugal) en 1040, y aunque no andaluz de nacimiento, se le considera el rey poeta de Sevilla y uno de los máximos exponentes de la poesía amorosa andalusí.

Rey taifa de Sevilla durante más de 20 años (1069-1090), durante su mandato amplió su reino con la conquista de Córdoba y la taifa de Murcia (1078), sintiéndose amenazado por Castilla después de la conquista de Toledo por Alfonso VI (1085), decidió pedir auxilio a los almorávides, a los que ayudó a derrotar a los cristianos en Zalaca (1086). Sin embargo, fue depuesto por Yusuf ibn Tashfin y desterrado a Marruecos, donde murió en Agmat en 1095, en las inmediaciones de Marrakech, (en la fotografía, la tumba Al Muhtamid).

En el segundo año de su reinado, Al Muhtamid anexionó la taifa de Córdoba, a cuyo frente puso a uno de sus hijos. Esta anexión supuso una amenaza para la taifa de Toledo, cuyo rey, Al-Mamun apoyó a un aventurero, Ibn Ukkasha, que en 1075 se apoderó de la ciudad y ejecutó al joven príncipe.

Al-Mamun tomó posesión de la ciudad, en la que murió seis meses después. Durante tres años Al-Mutamid trató de reconquistar Córdoba, lo cual consiguió en 1078, al tiempo que todas las posesiones del reino de Toledo situadas entre el Guadalquivir y el Guadiana pasaron a formar parte del reino de Sevilla.

La ausencia almorávide contribuyó a que los reyes musulmanes siguiesen envueltos en sus disensiones, de forma que no pudieron evitar nuevos ataques cristianos. El rey Alfonso VI tomó el castillo de Aledo (en Murcia) en 1087, bloqueando las rutas entre Sevilla y las provincias orientales de Al-Andalus. Al-Mutamid en persona se dirigió de nuevo a Marrakech para pedir a Yusuf que acudiera en ayuda de los musulmanes en Al-Andalus. Los almorávides volvieron a la península (1088), pero esta vez no sólo combatieron a los cristianos, sino que fueron conquistando uno a uno todos los reinos de taifas.
 


Florecimiento de la cultura andalusí

Al-Mutamid fue un notable poeta y, durante su reinado, la cultura floreció en Sevilla. La visitaron intelectuales como Ibn Hazm (994-1063), una de las figuras centrales de la cultura andalusí, además de poetas como Ibn al-Labbana de Denia, o el propio visir y poeta Ibn Ammar de Silves (1031-1086).

Aunque al comienzo de su reinado ocupa Qurtuba (Córdoba), posteriormente fue Rey de Ishbiliya (Sevilla), convirtiendo esta ciudad en el centro de la cultura islámica del momento -siglo XI-. En 1086, junto con los almorávides, derrota a Alfonso VI. En 1091, los almorávides regresan a Ishbiliya (Sevilla) y deponen a Al Mutamid.

Fue un gran poeta. En la Sevilla actual, y en la de todos los tiempos, ha sido fuente de leyendas, de amores y desamores con su esposa Itimad Al Rumaikyya

Murió evocando sus palacios y olivares sevillanos en Agmat, Marruecos en 1095.
Más información:







Historiade los musulmanes en al-Ándalus. Las matematicas Árabes







Debe subrayarse que la cultura científica y matemática bajo dominio musulmán fue desarrollada por intelectuales provenientes de diferentes pueblos: persas, judíos, griegos, cristianos, etc., eso sí escrita en árabe


Sus fuentes en cuanto al conocimiento griego fueron manuscritos propiamente griegos o versiones sirias y hebreas. Obtuvieron las obras fundamentales de Aristóteles, Apolonio, Arquímedes, Diofanto, Herón y las tradujeron al árabe. Por ejemplo, los Elementos de Euclides fueron obtenidos de los bizantinos alrededor del año 800 y la obra astronómica de Ptolomeo, el Almagesto, a la cual ellos dieron precisamente ese nombre, en el año 827. En realidad se mencionan dos fuentes:
"Los árabes adquirieron el conocimiento de la ciencia griega a partir de dos fuentes. La mayor parte de ella la aprendieron de los griegos del Imperio bizantino, pero también la adquirieron, de segunda mano, de los cristianos nestorianos de habla siríaca de Persia oriental. Los cristianos nestorianos, desde su centro de Jundishapur, tradujeron durante los siglos VI y VII un importante número de obras griegas científicas -sobre todo de lógica y de medicina- al siríaco, que había reemplazado al griego como lengua culta del Asia occidental desde el siglo III. Después de la conquista árabe, Jundishapur continuó siendo durante un tiempo el primer centro científico y médico del Islam, donde cristianos, judíos y otros súbditos de los califas trabajaban en la traducción de textos del siríaco al árabe. Damasco y Bagdad se convirtieron también en centros de este tipo de trabajo, y ya en el siglo IX se hacían en Bagdad traducciones directas del griego al árabe. En el siglo X casi todos los textos de la ciencia griega que luego se conocieron en Occidente estaban traducidos al árabe.'' [Crombie, A.C.: Historia de la ciencia. De San Agustín a Galileo siglos V-XIII, pp. 44-45]
Los árabes introdujeron y mejoraron los símbolos del sistema numérico hindú y la notación posicional. También usaron los irracionales de la misma forma que lo hicieron los hindúes. Esto debe enfatizarse: Omar Khayyam (1048 - 1122) y Nasir-Eddin (1201 - 1274) afirmaron con toda claridad que las razones de magnitudes, conmensurables o inconmensurables, podían ser llamadas números. Resulta interesante, sin embargo, que aunque ellos conocían el uso de los números negativos y sus reglas de operación, introducidas por los hindúes, aún así los rechazaron. Con esto ya tenemos un primer retrato de la cultura islámica. Vamos ahora a entrar en mayor detalle en las matemáticas.
Se mencionan dos tradiciones en la astronomía y las matemáticas en Bagdad. Una con base en las fuentes persas e indias, que subrayaba una aproximación algebraica en las matemáticas, y también presente en las tablas astronómicas, y con una motivación práctica. En esa tradición se coloca al-Khwarizmi. Otra tradición con énfasis en las matemáticas helenísticas, que subrayaba la geometría y los métodos deductivos. Su figura emblemática: Tabit ibn Qurra. Ambas tradiciones se llegarían a fundir, lo que se podrá apreciar en el trabajo de Omar Khayyam y al-Kashi.

Al-Khwarizmi

Vamos a empezar por Abu Jafar Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi (c. 825). Escribió sobre aritmética, álgebra, astronomía y geografía.
al-Khwarismi, en una estampilla.
Escribió en el 830 el libro: Hisab Al-jabr w'al-muqabala, que se traduce como Cálculo por restauración y reducción. También: Algorithmi de numero indorum (Cálculo con números indios).
Al traducirse al latín en el siglo XII, el primer libro quedó con el título de Ludus algebrae et almucgrabalaeque. Y aquí se redujo a álgebra. Este libro integra las tradiciones babilónicas, griegas e indias.
Los trabajos algebraicos de al-Khwarizmi se basaron en los resultados de Brahmagupta pero reflejan, también, influencias babilonias y griegas directamente (por ejemplo, de Diofanto).
El segundo libro, Aritmética, sirvió para introducir a los europeos en el sistema numérico posicional de la India. Incluye un tratamiento sistemático de las operaciones de la aritmética. Fue el primer libro traducido del árabe, y hay un detalle interesante: popularizó la palabra "algoritmo'', que proviene del apellido del autor, para referirse a procedimientos sistemáticos de cálculo. Y se quedó para la historia. Se afirma que los números indios llegaron a Bagdad en el 773 por medio de una misión diplomática hindú.
El documento más antiguo en Europa con la numeración india se llama Codex Vigilanus y entró por España en el año 976. De hecho, está hoy en un museo de Madrid.
Al-Khwarizmi construyó tablas astronómicas que tuvieron influencia por 500 años, con base en las tradiciones babilónicas, indias y helenísticas.
Su obra Imagen de la Tierra se considera la más importante de la geografía desde la obra de Ptolomeo.
Al-Khwarizmi señaló 6 tipos de ecuaciones:
con a , b , c números enteros positivos.
Ofreció en todos los tipos de ecuaciones procedimientos para resolverlas; algunas veces, dio algún fundamento lógico. Por ejemplo, en el caso del tipo 4, ofreció el método que normalmente se llama "completar cuadrados''.
A la par de las consideraciones algebraicas, al-Khwarizmi buscó su fundamento teórico en la geometría. Es decir, construía figuras geométricas para mostrar la evidencia del aserto algebraico. Eso sí, usaba ejemplos específicos en su demostración.

Ibn Qurra

Abul Hassan Thabit ibn Qurra Marwan al-Harrani hizo trabajos en trigonometría esférica, una prueba del teorema de Pitágoras, medidas de parábolas y paraboloides, y sobre números "amigos''. Se considera el mejor geómetra del mundo islámico.
La generalización del teorema de Pitágoras es un resultado interesante que no se descubrió sino hasta el año 1 953 en Turquía.
Generalización del Teorema de Pitágoras, por ibn Qurra.
Los ángulos AB'B y AC'C y BAC son iguales por construcción. Entonces:
AB² + AC² =BC x(BB' + CC')
Aunque no aparece una prueba por ibn Qurra en el texto que se preserva, no es difícil demostrar el resultado usando las propiedades de los triángulos semejantes. ¿Cómo?
Aquí hay un asunto polémico. Se especula que John Wallis pudo haber estado al tanto de este resultado árabe cuando, en el año 1685, publicó este mismo teorema como suyo en el libro Treatise on angular Sections.
A diferencia de al-Khwarizmi, volvemos al uso de la geometría en el álgebra; ibn Qurra hizo una demostración general en la que introdujo dos teoremas de Euclides.
Esta integración de álgebra y geometría, unificaba las dos tradiciones del pensamiento matemático, y abrían el camino al álgebra moderna.

Omar Khayyam

Existe consenso entre los historiadores de las matemáticas en que la figura en este terreno más importante fue Abdul-Fath Umar ibn Ibrahim al-Kayyami, Omar Khayyam. Dio reglas para resolver ecuaciones cuadráticas y un método para la resolución de ecuaciones cúbicas con raíces reales, en la tradición de al-Kwarizmi. Ofreció algo parecido al triángulo de Pascal para los coeficientes del binomio. También, intentó una demostración del postulado de las paralelas de Euclides.
Ahora bien, una de sus más importantes contribuciones en la geometría fue una extensión de la teoría de las proporciones de Euclides. Trabajó la dimensión algebraica de esta teoría para extender el concepto de número de tal manera que pudiera incluir a los números irracionales positivos.
En lo que se refiere a la resolución de las cúbicas, usó un método geométrico para resolver ecuaciones de tercer grado con raíces positivas. Estudió 19 tipos de ecuaciones cúbicas, algunas de las cuales las pudo reducir a cuadráticas. Las restantes 14 las resolvió por medio de secciones cónicas. Un ejemplo de esto último:
Consideremos:
x³+ ax² +b²x + c = 0, con a, b y c mayores que 0. Procedamos a usar la sustitución x²= 2dy.
La ecuación queda:
2dxy + 2ady + b²x + c = 0
Esta es la ecuación de una hipérbola. Como la ecuación con la que hicimos la sustitución es una parábola, la solución de la cúbica es la intersección de la hipérbola y la parábola.
Debe entenderse, sin embargo, que todo esto se hacía sin el arsenal de simbolismo que posee el álgebra moderna.
La utilización de las secciones cónicas y de la geometría para encontrar soluciones fue el gran aporte de este matemático insigne.

Otros resultados

Al-Kashi en la segunda mitad del siglo XIV dio una aproximación para ∏ con 16 decimales correctos por medio de circunscribir en un círculo un polígono con lados. Su libro Miftah al-hisab, 1 427, se dice que es uno de los mejores compendios de la aritmética y el álgebra árabes hasta su tiempo. En esta La clave del calculista hace un tratamiento completo de los métodos aritméticos, incluso con fracciones decimales.
Las fracciones decimales habían aparecido por primera vez en una obra de Abul Hassan al-Uqlidisi del año 952 o 953: El libro de los capítulos sobre la aritmética india. Este conocía el método para multiplicarlas por enteros. Sin embargo, al-Kashi en el siglo XV dio el tratamiento completo a las operaciones con decimales.

Trigonometría

La contribución árabe a la trigonometría nos la reseña Bell de la siguiente forma:
"Los árabes adoptaron y desarrollaron la trigonometría hindú. El primer progreso notable se debió al astrónomo Al-Battani (muerto en el 929), en el siglo IX. Si bien en realidad no fue el primero que aplicó el álgebra en lugar de la sola geometría a la trigonometría, este astrónomo matemático fue el primero que dio un gran paso en esa dirección. Usó además del seno hindú, la tangente y la cotangente. En el siglo X se calcularon tablas de estas dos últimas, y también hicieron su aparición la secante y la cosecante como razones trigonométricas. Por estar el concepto de función todavía unos 600 años en el futuro, nada en su obra se parece mucho a la trigonometría elemental de hoy día.'' [Bell, E.T.: Historia de las matemáticas, p. 112.]
De hecho, la función seno fue traída de la matemática india se supone que a través de un texto de astronomía india Surya Siddhanta. También r sen α y r-r sen α
fueron incorporadas de los hindúes. Las funciones tangente y cotangente sí son de origen árabe.
Abul Wafa había realizado un estudio sistemático de las 6 funciones trigonométricas, y en particular dio las relaciones:
El interés en la trigonometría por parte de los árabes se vio potenciado cuando entraron en contacto con las tablas de los hindúes. De hecho, la finalidad básica era mejorar la exactitud de éstas. Un ejemplo notable es el de al-Kashi que calculó el valor 60 de sen 1º con una exactitud de 16 decimales, usando un método iterativo que aparece en su libro Risala al-watar wa'l-jaib (se traduce como Tratado sobre la cuerda y el seno), y que suponía la resolución de ecuaciones de tercer grado.
Alhambra, Patio de los Leones, Granada, España.


Historia de los musulmanes en al-Ándalus. El bimaristán - un modelo de hospital islámico


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ISLÁMICO



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Historia de los primeros centros psiquiátricos del mundo

Halil Bárcena
instituto-sufi.blogspot.com
Sentado junto a la fontana rumorosa que ocupa el patio central del bimaristán Nur-ed-Din de Damasco, en la soledad de una refulgente mañana de sol invernal, el viajero, aturdido por la bella y delicada sobriedad del lugar, convertido hoy en “Museo de historia de la medicina y la ciencia islámicas”, experimenta toda suerte de sensaciones, no todas ellas fácilmente descriptibles. Deambular por sus diferentes estancias, contemplar sus muros ornados con motivos caligráficos y arabescos, es como emprender un viaje, un largo y fascinante viaje en el tiempo.

Los bimaristanes esparcidos aquí y allá por la geografía del Próximo Oriente, de Egipto a Siria y de Turquía a Irán, ejercen una poderosa atracción sobre el viajero, que se ve asaltado de inmediato por toda suerte de interrogantes a propósito de unos establecimientos, hoy en desuso, destinados en el pasado, más o menos lejano, al tratamiento de las llamadas enfermedades del alma, así como a la enseñanza de la ciencia médica.
Sin ánimo En la legendaria Bayt al-Hikma o Casa de la Sabiduría, fundada el año 830 en Bagdad, convertida por entonces en capital del califato abbasí y centro intelectual

de exagerar, podemos afirmar con certeza que una de las mayores contribuciones de la medicina islámica al campo de la psiquiatría ha sido justamente la creación y desarrollo de los bimaristanes, las primeras instituciones psiquiátricas que se conocen en el mundo. Un motivo de ello, puede ser que, desde sus orígenes, el Islam ha abogado por el respeto y dignidad de los perturbados mentales.
El objetivo de estas líneas no es sino tratar de rescatar del olvido la memoria de dicho modelo islámico de hospital, especializado con el paso del tiempo en el tratamiento de la locura. Seguramente, son muchas las lecciones que aún hoy podemos extraer escuchando el silencio habitado de los bimaristanes que, desafiando al paso del tiempo y a la desidia, aún permanecen en pie.
La medicina islámica

Durante buena parte de la Edad Media, el entonces joven mundo islámico fue el escenario primordial del cultivo y desarrollo no sólo ya de la medicina, sino de las ciencias en su generalidad. Los siglos VIII y IX estuvieron marcados por la asimilación de los diferentes saberes médicos a su alcance: el griego, por un lado, y el indopersa por otro. En un primer momento, el protagonismo recayó en eruditos que, en la mayoría de los casos, no eran musulmanes, sino cristianos adscritos a la secta nestoriana.
del mundo, con sus observatorios astronómicos, hospitales, bibliotecas y escuelas, se llevaría a cabo un monumental trabajo de traducción al árabe, la lengua de conocimiento de la época, de lo que los árabes conocen con el nombre de ciencias de los antepasados (‘ulûm al-awâ’il), esto es, las ciencias exactas y las físico-naturales, la filosofía y, por supuesto, la medicina. Entre las numerosas obras traducidas cabe subrayar, principalmente, las de Galeno, cuyo magisterio resulta indiscutible tanto en la medicina islámica como, más tarde, en la europea. Al mismo tiempo, se vertió al árabe un gran número de textos de autores hipocráticos.


Con todo, el papel de los árabes y persas islamizados no se limitará tan sólo a la mera transmisión mimética del legado médico antiguo, punto este no siempre remarcado lo suficientemente. Paulatinamente, árabes y persas se convertirán en auténticos vehículos del pensamiento intelectual, sustituyendo a los griegos en dicho papel de privilegio. Será a partir del siglo X cuando la civilización islámica comience de verdad a desarrollar, sistematizar de forma lógica y enriquecer los conocimientos previamente adquiridos, imprimiéndoles su sello particular.
La edad dorada de la medicina islámica cubrirá los siglos X y XI. Será en ese periodo cuando brillen con luz propia los persas Ar-Râzí, que en sus años mozos había sido un fino intérprete de laúd, e Ibn Sina, el Avicena de los latinos, cuyo Qanûn fi-t-Tibb o Canon de la medicina, exposición pormenorizada de todo el saber médico conocido entonces, fue utilizado como libro de texto en las facultades de medicina europeas hasta bien entrado el siglo XII. Es más, aún hoy lo sigue siendo en India y Pakistán.

Aunque los primeros bimaristanes del mundo islámico daten del siglo IX, éstos verán su máximo esplendor, precisamente, a finales del siglo XI y a lo largo de todo el XII.
Los primeros bimaristanes

La palabra bimaristán (hospital) proviene del persa bimâr, enfermo, e istan, lugar, casa, asilo. Lengua de la poesía preislámica y de la revelación coránica, el árabe carecía de una terminología científica precisa. Tres fueron las vías filológicas utilizadas por los traductores de la época para subsanar dicha carencia: la transliteración de las palabras griegas, el préstamo de términos nuevos procedentes del siriaco y el persa – caso del vocablo bimaristán – y, por último, el esfuerzo por hallar un equivalente dentro de la misma lengua árabe, opción ésta no tan empleada.

No existe un consenso unánime acerca de la construcción de los primeros bimaristanes. Hay quien sostiene, el ampliamente citado doctor Issa Bey entre ellos, que se levantaron ya en el siglo octavo, en tiempos de los omeyas. Desde el punto de vista de la fe musulmana, suele referirse que el primer hospital islámico, al menos, su precedente simbólico, lo mandó construir el propio profeta Mahoma, quien, tras una de sus contiendas, mandó levantar una carpa en el interior mismo de la mezquita de Medina destinada a atender a los heridos en el campo de batalla.
La mayoría de los estudiosos sostiene, sin embargo, que fue en tiempos del califa Hârûn ar-Rashîd (786-809) cuando fue creado en Bagdad el primer bimaristán del mundo islámico. Muy probablemente, su antecedente más inmediato fue el hospital de la ciudad persa de Yundisapûr, entonces bajo la dinastía sasánida. Dicha ciudad, al sudoeste del actual Irán, constituía un importante centro intelectual que agrupaba a los médicos más reputados del momento. Algunos de ellos ejercerían más tarde su profesión en el nuevo hospital de Bagdad, donde al mismo tiempo enseñarían todo su saber médico. Conocemos, al menos a veinticuatro de dichos médicos, entre los que había especialistas en oftalmología, cirugía y ortopedia.
Los médicos que ejercían y enseñaban en la Bagdad califal eran judíos, cristianos, principalmente nestorianos, zoroastrianos y, por supuesto, musulmanes. Conviene subrayar este dato, puesto que si algo distingue al bimaristán islámico es su carácter secular, exclusivamente médico, en el que los médicos eran escogidos en función de sus saberes y no de su fe. De otro lado, esto diferencia al bimaristán islámico del hospital que se extendería, más tarde, en el orbe cristiano. Mientras a qué nace con una preocupación estrictamente médicos, los orígenes de éste son de carácter caritativo.
Entre los siglos IX y XI, Bagdad vio multiplicarse el número de bimaristanes, gracias, en buena medida, al mecenazgo de los califas y príncipes ilustrados, quienes, al mismo tiempo, amparados en su poder, supieron acallar las voces oscurantistas de aquellos hombres de religión conservadores que veían en algunas prácticas médicas una verdadera amenaza para la verdadera fe.
A partir del siglo XI se fundan algunos hospitales nuevos en ciudades como Alepo y Antioquia. No obstante, dichos establecimientos no eran sino el preludio de la que, un siglo más tarde, será la gran eclosión de los bimaristanes en el Próximo oriente. Así, por ejemplo, el emblemático bismaristan Nur-ed-din de Damasco, al que nos hemos referido ya y sobre el que volveremos más tarde, se construyó el año 1154. Dicho edificio, inspirado arquitectónicamente en el tipo de asa del Jurasán, sirvió de modelo a hospitales posteriores como los casos de Kayseri (1206) y Bursa (1390) en Turquía o el gran bimaristán La-Mansûri de El Cairo (1284).

Un viajero de la época, el valenciano Ibn Yubayr, que recorrió el Próximo Oriente entre los años 1183 y 1185, nos ha dejado en su riha – libro de viajes – una jugosa descripción, precisamente, del bimaristán Nur-ed Din de Damasco. Dice así nuestro compatriota:
“En esta ciudad hay unas veinte madrazas, dos hospitales, antiguo y moderno. El moderno (el bimaristán Nur-ed-Din) es el más importante y el más grande de los dos. Su asignación diaria es de unos quince dinares. Tiene unos intendentes en cuyas manos están los registros donde se recogen los nombres de los enfermos, los gastos que son necesarios para su remedios, sus comidas y muchas otras cosas. Los médicos van allí cada día por la mañana, examinan a los enfermos y ordenan la preparación de los medios y los alimentos que les sean buenos, según lo que convenga a cada individuo entre ellos. El otros hospital funciona conforme a esta descripción, pero la organización es mejor en el moderno. El antiguo está en la parte occidental de la venerada aljama” (1).

El caso andalusí
La introducción del bimaristán en el occidente musulmán fue tardía. El primer hospital se levantó, el año 1190, en la ciudad de Marrakech, bajo los auspicios de los almohades. Pero aún fue más tardía en la España musulmana. Realmente, el caso andalusí resulta cuando menos paradójico. Dos instituciones de rancio abolengo islámico como la madrasa, dedicada al estudio del Corán y del resto de ciencias islámicas, y el bimaristán, verían la luz en época francamente muy tardía. Hay quien sostiene que en el siglo XIII, la ciudad de Valencia ya contaba con un bimaristán; pero no es más que una hipótesis todavía por probar. Lo cierto es que el primer hospital del que tenemos noticia segura se construyó en Granada a mediados del siglo XIV. Con todo, los hospitales tuvieron que ser conocidos en Al-Andalus a la fuerza desde bien temprano. Un español, Ibn .Abdûn al-Yabalí, llegó a ocupar el prestigioso cargo de director del bimaristán de El Cairo, a mediados del siglo IX. De regreso a la península, años después, trabajó como médico de la corte, y por lo visto, su caso no fue el único.
Arquitectura para sanar
El bimaristán en modo alguno fue concebido como un lugar de exclusión. Jamás se ocultó de la vista de nadie, de ahí que estuviese ubicado siempre en el centro palpitante de la ciudad, accesible a todo el mundo. Las visitas de las familiares y amigos de los internos eran incitadas por los propios médicos y formaban parte de la propia terapia. Dos buenos ejemplos de ello lo constituyen los bimaristanes Argûn y Nur-ed-Din de Alepo y Damasco, respectivamente, aún hoy en pie, en el corazón mismo de ambas ciudades sirias. La disposición arquitectónica del bimaristán no es gratuita. En cierta manera, la distribución del espacio y los elementos que lo ocupan: piedras, árboles, flores y plantas, fuentes y agua en movimiento ... están en función del carácter del edificio. Al fin y al cabo, todo ha de contribuir a la curación de los enfermos. Se construye y se decora con la intención de actuar sobre el psiquismo de los internos, ya que se parte de la idea de que la belleza, basada en el equilibrio, la proporción y el ritmo, es sanadora.
La mayoría de los bimaristanes posee un aspecto formar similar. Por lo general, se trata de un edificio principal de planta cruciforme, construido alrededor de un patio central rectangular, en medio del cual se halla una fontana. En una de las alas del bimaristán se abren diversos patios más. Los ángulos del edificio, por su parte, están ocupados por habitaciones destinadas a la intendencia y servicios, como cocinas, almacenes, farmacia, hammân o baño y letrinas. En cuanto a la decoración del edificio, ésta consiste mayormente en motivos caligráficos de versículos coránicos relativos a la salud y su mantenimiento. Esto por lo que respecta a los bimaristanes fijos, ya que, al parecer, también existieron algunos otros de carácter ambulante.
Medicina humoral
Desde sus primeros inicios, la medicina islámica puso el acento sobre la influencia que la mente y las emociones ejercen sobre el organismo de la persona y viceversa. Sabios como Ar-Razí, Avicena o Averroes, por no citar sino los más conocidos entre los médicos filósofos musulmanes, proclamarían que la dimensión psicológica está íntimamente ligada a los problema somáticos. Para ellos, así pues, las enfermedades del organismo pueden tener un origen psicológico. Cuerpo, mente y emociones forman una trama indivisible. Todo está en todo.
Siguiendo las huellas de sus predecesores griegos y su medicina humoral, que incluye elementos indios, persas y chinos, los médicos del mundo islámico consideraban que las enfermedades mentales poseen un carácter somático. Según ellos, la salud y el bienestar personales dependen del equilibrio de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, los cuales, a su vez, poseen diferentes cualidades: calor, frío, sequedad y humedad. El funcionamiento correcto de los humores depende, principalmente de la alimentación y de la digestión de los alimentos, de ahí que una de las tareas primordiales del médico sea prescribir una dieta equilibrada. Pero que los humores de una persona actúen con armonía también depende del aire que se respira, de la excreción, del equilibrio entre actividad y reposo, de la actividad sexual, de la calidad del sueño y de las emociones. A decir de la medicina islámica, la enfermedad se apodera del organismo cuando existe un desequilibrio entre los humores. En ese sentido, la enfermedad mental será la consecuencia de una perversión de los humores.
Tratamiento de la locura
Antes que nada, hemos de hablar de la diversidad de métodos terapéuticos utilizados en los bimaristanes. La elección de una terapia específica dependía de varios factores como, por ejemplo, la naturaleza de los síntomas presentados por el paciente, sus medios y condición social, así como de la capacidad del propio terapeuta. La lectura de las crónicas de la época, divergentes en algunos puntos, nos permite comprobar que los enfermos mentales de carácter más tranquilo convivían con el resto de internos, mientras que los más violentos permanecían encerrados en estancias particulares, estando incluso, encadenados, en los casos más extremos.
Sea como fuere, lo cierto es que la terapéutica utilizada en los hospitales islámicos manaba directamente de la teoría de los humores que hemos descrito con anterioridad. El médico tratará, así pues, de modificar los estados emocionales del interno mediante diversos procedimientos que van desde la dietética y la gimnasia a la hidroterapia, los masajes con aceites aromáticos, las sangrías y la toma de medicamentos, laxantes y diuréticos en su mayoría.
Musicoterapia
Capítulo aparte merece el uso terapéutico de la música, en el sentido más amplio del término, en los bimaristanes. En realidad, todo el Islam y particularmente el sufismo, gira en torno al mito de la escucha transformadora. El oído es considerado el sentido mas importante. Sabios musulmanes de distinta tendencia y época como Al-Farabí, Ar-Razí, Avicena, Algacel, Al-Kindi, Avempace o la sociedad secreta de los Hermanos de la Pureza, fundada en Iraq en el siglo X, han subrayado las poderosas cualidades sanadoras y espirituales de la música ejerce una profunda incidencia sobre las almas, incidencia que escapa a toda lógica, dada la esencia sutil tanto de la música en sí como de la propia alma. También la música aparece concebida dentro del marco de la medicina humoral. En efecto, se afirma que el gran poder de la música reside en su capacidad para influir positivamente en los cuatro humores del organismo. Las melodías armónicas y bien rimadas permiten equilibrarlos, al tiempo que pueden llegar a provocar, afirman, el despertar espiritual del ser humano.
Como es sabido, las tradiciones musicales árabes, turca e iraní poseen un carácter modal. Pues bien, a cada uno de los diferentes modos musicales empleados -maqâm en la terminología árabe, dastgâh en la iraní-, se le atribuyen unas propiedades particulares de cada escala modal: color, día de la semana idóneo para ser escuchada e interpretada, estado de ánimo que provoca, etc. Con todo, a veces, todo ello se ha repetido y exagerado sin el más mínimo examen critico. Laúd y ney, la flauta de caña evocada por buena parte de bardos sufíes, eran los instrumentos mas utilizados en los hospitales islámicos. Su finalidad era crear melodías capaces de serenar el espíritu de los internos y calmar sus emociones. Así como el nay simboliza el alma humana arrancada de su estado unidad primordial, el laúd, rey de la música islámica, simboliza el mundo terrestre. Según podemos leer en el tratado de los Hermanos de la Pureza, cada una de sus cuatro cuerdas representa uno de los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Mientras el sonido de cada cuerda del laúd por separado provoca el efecto de cada uno de los diferentes elementos, esto es, calor, ligereza, frío y pesadez, el tañido de las cuatro cuerdas al unísono, permite, según los miembros de la mencionada hermandad, armonizar y sintonizar microcosmos y macrocosmos, esto es, hombre y universo.

Otro aspecto notable de la musicoterapia utilizada en los bimaristanes era la escucha permanente del rumor del agua de las fuentes y canalizaciones internas. Al mismo tiempo, los enfermos escuchaban, periódicamente, la palabra melodiosa y musical de poetas y narradores de historias. Su verbo mágico y seductor contribuía a dulcificar la estancia de los internos. También a los propios médicos se les exigía ser capaces de dominar el arte de la palabra. Al fin y al cabo, en el diálogo paciente, atento, respetuoso, con los enfermos, el médico podía extraer cuantiosa información acerca de sus dolencias. Al mismo tiempo, a través de la palabra podía transmitirles paz y sosiego. En ese sentido, ha de subrayarse el papel pionero que la medicina islámica ha desempeñado en el ámbito de la psicoterapia. Según la tradición islámica, además de cumplir su función práctica de transmisión de información, cuando a la forma verbal se le añade una melodía y un ritmo a través del arte musical, puede llegar a producir efectos notables en el ser humano: cura sus dolencias físicas y anímicas, exhorta la belleza y fortalece el carácter. De ahí el valor concedido también a la recitación coránica, que era realizada en los antiguos bimaristanes de la Siria medieval, por ejemplo, dos veces al día, por la mañana y al caer la noche.
Conclusión
Los bimaristanes constituyen una página memorable de la historia de la medicina no ya islámica, sino universal. Afirma no sin orgullo nuestro compatriota Ibn Yubayr, ya antes citado: "Estos hospitales son uno de los más grandiosos títulos de gloria del Islam" (2). Pero, efectivamente, pertenecen al pasado. Sin embargo, hay algo de ellos que puede sernos de enorme utilidad hoy en día. Ante una medicina cada vez más tecnificada y despersonalizada, en la que el paciente no es sino un número anónimo perdido en una estadística, el ejemplo de los bimaristanes: sus sistemas terapéuticos no agresivos, el trato humano dispensado a los enfermos, la normalidad con la que era asumida la enfermedad mental, así como la belleza formal de los edificios, constituyen valores a reivindicar hoy y en el futuro.

Notas:
1. Ibn Yubâir, A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos. Rihla, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1988, p. 331
2. Ibídem, p. 332