viernes, 13 de abril de 2012

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Ibn Beithar, un cientifico viajero



?idt=19229


IBN BEITHAR, UN CIENTIFICVO

VIAJERO


Escribió varias obras de medicina, pero sobre todo se destacan sus descriptivos y avanzados tratados de botánica



 Autor: Rafael de la Morena - Fuente: Prensa Latina


Diya al-Din Abu Muhamad Abd Allah ibn Ahmad al-Malaqí (el malagueño) y al-Nabatí (el botánico); comúnmente conocido como Ibn al-Baitar (el hijo d


En sus casi mil 500 años de existencia, el Islam enriqueció al conocimiento universal con muchas figuras de relieve en las ciencias y artes, y uno de esos benefactores de la civilización humana fue el sabio Abdallah ibn Ahmed.


Conocido como Ibn Beithar, nació en Málaga, dominio del emirato árabe de Granada, en la España de Al Andalus, alrededor del año 1170.


Ya entonces esa ciudad se enorgullecía de poseer palacios majestuosos como la emblemática Alcazaba, elegantes mezquitas y madrasas donde se enseñaban las ciencias.


En esa joya urbanística estudió y se convirtió en profundo conocedor del Corán, lo cual le impulsó a tomar el camino de su vocación, la medicina, y como era aventajado aprendiz que asimilaba conocimientos con rapidez pronto inició su carrera.


Estudió además astronomía, botánica, los minerales y los paisajes, leyó muchos libros de diferentes materias para comprender los engranajes de la Historia y el carácter de los pueblos.


Se dedicó a escribir sobre sus investigaciones botánicas, y estableció una clasificación filosófica de las plantas, analizando las virtudes de cada una de ellas.


Terminados sus trabajos en Málaga partió a recorrer Al Andalus coleccionando ejemplares de la flora, anotando su utilidad y la mejor forma de aplicarlos para la cura de diferentes enfermedades.


En la península ibérica se producían en aquel entonces continuas guerras pero estas no pudieron impedir las expediciones del científico.


Resulta notable que en pasajes de sus obras, incluso poemas, se perciba el eco de problemas sociales y contiendas bélicas.


Era celoso de la libertad individual y participó en conflictos y acciones entre los soldados de los reinos cristianos y los caballeros defensores del Islam.


Hasta sirvió de médico en tropas que salían de operaciones, lo cual facilitó su práctica en curar heridas.


Consolidada su carrera en España, decidió recorrer el mundo árabe y cruzó el estrecho de Gibraltar para compartir su experiencia con médicos de Fez, Oujda, Tánger y Tetuán en Marruecos.


Recorrió los Montes Atlas, colectó especies vegetales y luego siguió al este y llegó con cartas de recomendación a Orán, ciudad que tenía estrechos vínculos con los mercaderes de Málaga y donde recibió facilidades para ejercer su profesión.


Ibn Beithar vio crecer su fama como médico, la que iba precedida por el incremento de las especies clasificadas en su farmacopea, la cual era aceptada por tribus y élites gobernantes que confiaban en aquellos remedios que parecían infalibles.


Los viajes continuaron, visitó Argel, Túnez y Trípoli donde intercambió experiencias y realizó sorprendentes curaciones.


Arribó a Egipto, una plaza que estaba a la vanguardia de la ciencia médica islámica, considerada la mejor del mundo entonces conocido.


Recorrió Alejandría y El Cairo, donde dejó su impronta en la Universidad de Al-Azhar, y fue reputado como sabio y eminente galeno.


Los académicos egipcios le tuvieron como el protomédico de su tiempo.


Rumbo al Creciente Fértil, pasó por Jerusalén, sagrada para los seguidores del Profeta, y se dirigió al sur y en barco cruzó el Mar Rojo para realizar la obligada peregrinación de un creyente musulmán a La Meca.


En estas travesías terrestres y marítimas no dejó de entrevistarse con nómadas, aldeanos y habitantes de las grandes ciudades para obtener información sobre plantas con propiedades curativas.


Esta aureola de excelencia médica y fama de acucioso y arriesgado investigador hicieron que el Califa Malek Al Khamil le invitara a su magnífica capital, le colmara de honores y lo nombrara Visir y Director de los Jardines de Damasco.


Ibn Beithar escribió varias obras de medicina, pero sobre todo se destacan los tratados de botánica, con hermosas y didácticas ilustraciones y una detallada explicación de las propiedades de cada planta como remedio.


Diferenció cada una, las clasificó como febrífugos, analgésicos, estimulantes, calmantes, cicatrizantes, digestivos y otras categorías, lo cual facilitó el uso por sus colegas de la época y los de los siglos siguientes.


Llegó a ser un especialista inigualable en cítricos, principalmente en limones, confirmando sus múltiples virtudes alimenticias, curativas y preventivas y su utilidad contra los efectos del aire contaminado en los hospitales por las enfermedades infecciosas agudas y las escorbúticas.


Al respecto escribió el Tratado de los Limones, que tres siglos y medio después fue traducido al latín por el científico español Andrés Alpago para su impresión en Venecia en 1588. El texto fue reimpreso en París en 1602 y en Cremona en 1752.


Quedó así demostrada la vigencia y calidad de su labor.


En las ciudades donde los médicos europeos estaban más actualizados se consideraba el trabajo de Ibn Beithar una obra maestra y de gran utilidad práctica, algo reconocido hasta por el célebre y elitista doctor italiano Valcarenghi.


Ibn Beithar escribió además la Gran Colección de medicinas y alimentos simples, el más insigne trabajo botánico de la Edad Media, puesto que su autor herborizó incansablemente en Al Andalus, África del Norte, Egipto, Arabia, Siria y Palestina, entre otros países.


Además en su libro tuvo en cuenta informaciones anteriores, reelaboradas y confirmadas por él, y también dio a conocer más de 200 especies nuevas, presentando asimismo la sinonimia de las plantas en diversas lenguas, entre ellas el castellano.


El erudito hispano Marcelino Menéndez Pelayo (1856 - 1912) le llamó "el Dioscórides español del siglo XIII".


Ibn Beithar en su obra Almofridat rectificó pasajes de Galeno, Dioscórides y Oribasio.


También incursionó en la veterinaria y prestó observaciones zoológicas nuevas sobre diversas especies como las panteras, becerros y peces.


De estos trabajos redactó un capítulo en el Almofridat cuyo manuscrito aún se conserva.


Ese compendio del saber fue traducido al alemán e inglés y publicado en Leipzig con el título "Elenchus materiae medicae Ibn Beitharis" en 1834 y en Sttutgart en 1842.


La obra era considerada de referencia y obligada consulta para los especialistas de la materia, a pesar de haber transcurrido 600 años de su muerte, acaecida en Damasco el año 1248.


Abdallah ibn Ahmed Ibn Beithar constituye hoy una figura legendaria de la Historia de la medicina.


Ese coloso del saber y la investigación fue ejemplo del espíritu de trabajo, avidez de conocimientos, curiosidad y superación constantes.


Vivió orgulloso de la obra creadora de su pueblo, al que consagró todos sus esfuerzos, hasta ser capaz de ejercer su profesión con los instrumentos de doctor e investigador en una mano y la espada en la otra.



jueves, 12 de abril de 2012

Recetas. Huevos revueltos con gambas y esparragos


HUEVOS REVUELTOS CON GAMBAS Y ESPARRAGOS

(Malagueña)
Ingredientes

  • 1 manojo de espárragos trigueros
  • 200 gramos de gambas peladas
  • 8 huevos
  • Perejil
  • Pan
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Sal
Elaboración

Lavamos los espárragos, cortamos en trozos pequeños desechando las partes leñosas y se sofríen a fuego medio con aceite de oliva virgen extra.

Cuando estén algo tiernos, se añaden las gambas peladas, sazonamos el conjunto y se remueve durante unos minutos.

A continuación, se añaden los huevos batidos y se sigue removiendo la mezcla hasta que cuajen los huevos (no mucho).

Espolvoreamos con perejil muy picadito y al servirlo, se acompaña con unos costrones de pan frito.

Recetas. Ensalada de arroz con aceitunas


ENSALADA DE ARROZ CON ACEITUNAS
Ingredientes

  • 300 gramos de arroz
  • 2 tomates de ensalada
  • 1 pimiento verde
  • 1 pimiento amarillo o rojo
  • 1 cebolla
  • 60 gramos de aceitunas negra y verdes sin huesos
  • 1 ramita de perejil
  • Zumo de limón
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Sal
  • Pimienta molida
Elaboración

Cocemos el arroz en agua hirviendo con sal, durante 15 o 20 minutos.

Pela los tomates y córtalos en gajos.

Elimina las semillas y los  filamentos de los pimientos, lávalos y córtalos a tiras.

Pela la cebolla y pártela en rodajas finas

Pica muy menudo el perejil

Cuando este cocido el arroz, escúrrelo y pásalo por agua fría para que quede mas suelto.

Batimos bien el aceite de oliva virgen extra con un poco de sal, la pimienta y el zumo de limón.

Mezcla el arroz bien escurrido con las hortalizas preparadas, incorpora las aceitunas, mezcla todo bien.

Vierte el aliño por encima y mezcla todo., procurando que quede bien presentado en la ensaladera.

Espolvorea con perejil muy picado, y deja reposar la ensalada al menos 1 hora.

Sugerencias

Si añades unas tiras de pechuga de pollo o pavo salteadas con un poco de aceite de oliva virgen extra, obtendrás un plato único.

Si quieres darle un aroma especial al arroz, añade 1 clavo cuando este cociendo. O espolvorea la ensalada con orégano picado, justo antes de servirla.


miércoles, 11 de abril de 2012

Recetas. Sopa cordobesa


SOPA CORDOBESA

Ingredientes

  • Aceite de oliva virgen extra
  • 2 dientes de ajos
  • 3 puerros
  • 250 gramos de gambas
  • 500 gramos de tomates
  • Sal
  • Azúcar
  • 3 cucharadas de arroz
  • 1 y ½ litro de agua
  • Azafrán
  • Perejil picado
  • 1 pastilla de  caldo de pescado
Elaboración

Pelamos los dientes de ajos.

Limpiamos los puerros y cortamos en rodajas, solamente la parte blanca

Pelamos las gambas y reservamos  cabeza y cáscaras.

Cocemos las cabezas y las cáscaras de las gambas con lo verde de los puerros y un poco de sal, en 1 y ½ litro de agua.

Pelamos y picamos los tomates.

Calentamos el aceite de oliva virgen extra en una cacerola y freímos los dientes de ajos enteros, sacamos cuando estén dorados y lo majamos en el mortero con el perejil picado y azafrán.

Rehogamos en el mismo aceite los puerros y las gambas peladas un minuto, añadimos a esta el tomate, sazonamos con sal y azúcar, y tapamos la cacerola, dejando estofar 5 minutos.

Mojamos con el caldo de cocer  las cáscaras de las gambas (bien colado), añadimos la pastilla de caldo de pescado y en cuanto se disuelva y se reanude el hervor,  añadimos el arroz y el majado. Dejando cocer 15 minutos.

Reposamos la sopa un poco y servimos con rebanadas de pan finas y fritas (si se desea)




Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Islam y ciencia en Al-Andalus (II). La ciencia en Al-Andalus



?idt=20317


ISLAM Y CIENCIA EN AL-ANDALUS (II). LA CIENCIA EN AL-ANDALUS

 



’Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones. 2006, XVI, pp. 75-92

- Autor: Juan Martos Quesada - Fuente: ’Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones


Tras una etapa de supervivencia de la ciencia de carácter mozárabe, a lo largo del siglo VIII, el desarrollo de la ciencia andalusí tiene lugar a partir del siglo IX, con el apoyo del poder estatal omeya, dinastía instaurada a mediados del siglo VIII, y el proceso de orientalización que la misma lleva a cabo, especialmente a principios del siglo IX.


Tal y como ha descrito M. ‘A. Makki (31), el proceso de orientalización de la cultura andalusí comienza ya con el acceso al trono del primer emir omeya en el año 756, con un primer periodo de influencia siria, seguido de una etapa de influencia iraquí, que se inicia a principios del siglo IX y se consolida bajo el emirato de ‘Abd al-Rahmān II (821-852).


Es necesario destacar el importante papel jugado por los viajeros andalusíes que parten hacia Oriente, Egipto o el Norte de África (32), a fin de poder cursar estudios con los maestros de estas tierras o bien para cumplir con sus deberes de peregrinación, y que acaban trayendo las últimas novedades en los campos culturales y científicos.


Pronto es Córdoba la que se convierte en meta de los viajeros y sabios no andalusíes, que, de la misma manera, cumplen un papel de transmisión de la cultura y de la ciencia. La Mezquita aljama de Córdoba —fundada por ‘Abd al-Rahmān I en el año 786— acaba por convertirse en un centro de difusión cultural en donde, poco a poco, se van introduciendo las enseñanzas de la medicina, las matemáticas y la astronomía.


No es ajeno a este desarrollo de las ciencias en al-Andalus el interés que los emires omeyas y gran parte de la nobleza andalusí sienten por los libros y por las bibliotecas (33). Sabemos que ‘Abd al-Rahmān II envía a ‘Abbās b. Nāsih a Oriente a fin de comprar libros; la existencia de una biblioteca real está documentada desde la época del emir Muhammad (852-886) y que ‘Abd al-Rahmān III y sus dos hijos Muhammad y al-Hakam llegaron a formar importantes bibliotecas personales.


Todo esto motivó que la ciencia andalusí, tras un proceso de asimilación de la ciencia árabe de tradición indo-iraní y helenística proveniente de Oriente, sufriera un salto cualitativo hacia la segunda mitad del siglo X, con figuras como Maslama el madrileño y su escuela, en el campo de la Astronomía y las Matemáticas, o de al-Zahrāwī en el ámbito de la medicina, que dará sus frutos más evidentes en el siglo XI (34).


En cuanto a la postura del Islam andalusí, hay que decir, en primer lugar que, aunque no fue la única escuela o corriente musulmana que se dio en al- Andalus, tal y como deja claro Maribel Fierro en su excelente artículo (35), lo cierto es que el Islam en la España musulmana toma el nombre de mālikismo. Es tal esta especificidad religiosa del Islam andalusí, que se ha llegado a hablar de esta escuela como la “espina dorsal” de la identidad de al-Andalus.


Ni siquiera la época almohade, con la persecución de los alfaquíes mālikíes, fue capaz de marginar esta tendencia, cuya uniformidad es palpable a lo largo de toda la época omeya, tal y como ha quedado demostrado en los innumerables trabajos que, sobre la presencia de dicha escuela en al-Andalus se han escrito (36).


La sensación de tierra fronteriza que tenía la sociedad andalusí determinó en gran medida que el ya mencionado proceso de arabización fuera vivido intensamente, pues al-Andalus se sentía parte de la dār al-islām, de la comunidad islámica; esta orientalización, tal y como observa Maribel Fierro en su citado artículo hace incluso que se diferencie del Norte de África, región con la que sin duda forma un bloque geopolítico hegemónico, pero cada uno con sus especifidades propias.


Por otra parte, el indudable monopolio mālikí no fue obstáculo para que éste diera cabida a diversas reformas internas que, por un lado, aseguraron su supervivencia social y religiosa, y por otro, permitió ciertas vías de escape de pensamiento que sirvieron de alternativa al resto de las tendencias islámicas presentes en al-Andalus.


Antes de entrar en las opiniones del mālikismo oficial con respecto a la actividad científica, es preciso decir que el resto de las tendencias — šāfi‘ísmo, hanafismo, zāhirismo, mu‘tazilismo, masarrismo y awzā‘ísmo— en al-Andalus no se pronuncian respecto a este punto —o, al menos, nosotros no hemos encontrado ningún texto al respecto—, lo cual es lógico, dado que todos sus esfuerzos irían dirigidos a defender sus principales puntos de vista con respecto al mālikismo: la defensa del hadīz por los šāfi‘íes, la libertad de acción por los hanafíes, la peculiaridad del Corán creado por los zāhiríes, el pro-‘abāsismo por los mu‘tazilíes o el ascetismo por los masarríes; de todas formas, también es lógico suponer que dichas corrientes musulmanas no se opusieron a la labor científica en al-Andalus, es más, que incluso la apoyaran, tal y como hicieron los mu’tazilíes o los hanafíes en Oriente, de hecho tenemos noticias de astrónomos y matemáticos andalusíes, a partir del siglo IX, de reconocidas tendencias mu‘tazilíes, como Abū ‘Ubayda al-Layzī, astrónomo valenciano muerto en el año 305/917, conocido como ¼āhib alqibla, maestro señalador de la alquibla, partidario de que ésta se orientara hacia el Este y no hacia La Meca; Abū ‘Abd Allāh Muhammad b. Ismā’īl al-Nahwī al-Hākim, que vivió entre los años 248/862 y el 330/942 aproximadamente; Ahmad b. Našr de Córdoba, fallecido en el año 332/944, que escribió un libro de geometría con el peculiar título De las dimensiones desconocidas; ‘Abd al-Rahmān b. Ismā‘īl b. Badr de Córdoba, conocido como el Euclides andalusí; o Abū-l-Qāsim Maslama b. Al-Qāsim b. Ibrāhīm de Córdoba, astrónomo, astrólogo y alquímico de tendencias esotéricas, muerto en el año 352/96437.


En cuanto a los mālikíes andalusíes, para analizar sus posiciones respecto a la ciencia de los antiguos, veremos dos aspectos; en primer lugar, el número de alfaquíes de esta escuela que se dedicaron a trabajos o profesiones relacionadas con el campo de la ciencia; en segundo lugar, mostraremos algunas de las opiniones que, con respecto al trabajo científico por los musulmanes, hemos recogido de ulemas mālikíes de al-Andalus.


Para saber el número de científicos que ejercieron en al-Andalus o la proporción de los mismos en el mundo intelectual andalusí, es necesario acudir a los diccionarios biobibliográficos, a las obras del género Tabaqāt, género literario específico del mundo musulmán medieval, que recoge las biografías y la obra de los principales sabios islámicos (38).


La primera reflexión tras consultar este tipo de libros para al-Andalus, es que el número de científicos recogidos en los mismos es muy inferior al número de ulemas, de alfaquíes que son también biografiados. Por poner un par de ejemplos, el Ta’rīj ‘ulamā’ al-Andalus (Historia de los sabios de al- Andalus) de Ibn al-Farabī (39), de las más de mil seiscientas biografías recogidas, sólo se citan a treinta y seis personajes que practicaran las ciencias de los antiguos; asimismo, Ibn al-Abbār, en su Takmila li-kitāb al-Sila, que recoge casi tres mil biografiados, únicamente a un centenar de ellos se refiere como sabios activos en el ámbito científico (40).


Afortunadamente para al-Andalus, tal y como afirma Miquel Forcada en su excelente artículo sobre biografías de científicos andalusíes anteriormente citado, podemos contar con dos obras de este tipo dedicadas exclusivamente a hombres de ciencia, el Kitāb Tabaqāt al-aTibbā’ wa-l-hukamā’ de Ibn Ŷulŷul, que recoge biografías de médicos, y el Kitāb Tabaqāt al-uman, del toledano Sā‘id al-Andalusī (41).


Una lectura de estas biografías de científicos de al-Andalus nos hace extraer dos conclusiones al menos. La primera es que el ejercicio de la actividad científica no es incompatible con el desarrollo de otras actividades o estudios relacionados con campos de pensamiento más islámicos, como el fiqh, el adāb o el dīn, siendo Ibn Sa‘id el que más se esfuerza en intentar demostrar la compatibilidad de ambas tradiciones intelectuales (42).


Efectivamente, personajes como Sa‘īd b. ‘Abd al-Rahmān b. Muhammad b. ‘Abd al-Rabbihī fueron a la vez médico y alfaquí (43), Muhammad b. Tamblīs al-Tamimī fue médico y transmisor de la Muwatta’ de Mālik (44) o Ibn al- Samīna, que fue médico, astrólogo y un experto en ciencias religiosas (45). La segunda conclusión es que los científicos andalusíes no formaron un grupo marginado de la sociedad en la que desarrollaban su actividad, pues muchos de ellos llegaron a tener cargos de cierta relevancia, como lo demuestran las biografías de Abū Bakr Sulaymān b. Bāŷ, que fue cadí y médico (46) o ‘Abd al-Mālik b. Habīb, reconocido y famoso alfaquí que practicaba la medicina (47).


En cuanto a la posición del mālikismo andalusí con respecto a las ciencias de los antiguos, no hemos podido encontrar ningún texto significativo que aclare esta cuestión, pero sí hemos encontrado diversas opiniones respecto a este tema de ulemas mālikíes, que nos pueden orientar en la percepción de este asunto.


Hay escritores mālikíes que se decantan claramente por una actitud hostil al desarrollo científico, al que ven como un pensamiento extraño y peligroso para el Islam, como por ejemplo Ibrāhīm b. Mūsa, muerto en el año 1398, que llega a la conclusión de que sólo son valiosas aquellas ciencias que eran necesarias o útiles para la práctica religiosa (‘amal) no teniendo valor todas las demás, que únicamente servirían para apartar a las personas del camino recto (48).


Al-Qayrawānī, en su Risāla, afirma textualmente: “No se ha de estudiar la ciencia de los astros más que para determinar la dirección de la alquibla y para cronometrar la noche. Cualquier otro propósito diferente a los mencionados ha de ser evitado” (49).


Asimismo, autores de diccionarios biográficos de intelectuales mālikíes, como Ibn Baškuwāl, ignoran u obvian las actividades científicas de sus personajes biografiados, resaltando sólo su labor en las disciplinas de carácter marcadamente islámico, como ocurre por ejemplo con el gienense Ibn Mu‘ād, reconocido matemático y astrónomo de primer orden, cuya obra fue esencial para la transmisión de las ideas científicas de Oriente a al-Andalus; pues bien, Ibn Baškuwāl la silencia y al-Sābbī dice sólo que era faylasūf zamāni-hi (50).


Incluso autores mālikíes que practicaron el ejercicio de la ciencia, como el médico, alfaquí y escritor ‘Abd al-Malik b. Habīb (m.238/853), muestran en algunas de sus obras científicas un cierto recelo hacia la ciencia griega; así, por ejemplo en su obra Risāla fī ma‘rifat al-nuŷūm, en la que recoge las tradiciones de Mālik sobre Astronomía, contrapone la astronomía tradicional árabe a la astronomía de origen clásico, a la que condena por su relación con la astrología (51).


De todas formas, no faltan autores mālikíes que se decantan a favor del ámbito científico. Como ya hemos comentado, Sā‘id de Toledo, que defendió en todo momento la compatibilidad del Islam con la ciencia, afirmaba rotundamente que el auge de una nación iba en proporción directa al desarrollo de sus posibilidades científicas (52).


El polígrafo granadino Ibn al-Jatīb, tal y como señala Roser Puig, afirmaba que un cierto conocimiento científico era necesario en la corte nazarí para poder ascender socialmente (53). Asimismo, Ibn Ŷulŷul decía sentir “cierta amargura” por el cambio de chaqueta de Almanzor que, por razones políticas, decidió apoyar a los alfaquíes en contra de los que practicaban las ciencias de la antigüedad y afirmaba que “los sabios aparecen cuando florecen los estados de reyes que buscan la sabiduría” (54).


Y, por supuesto, contamos con las opiniones positivas de los grandes pensadores andalusíes Ibn Hazm, Averroes, Avempace e Ibn Tufayl, filósofos aristotélicos y defensores de la ciencia de los antiguos. Ibn Hazm, en su clasificación de los saberes, coloca a la Medicina, a la Astronomía y a la Matemática como saberes generales universales, es decir, que trascienden a los pueblos, en contraposición al fiqh, al kalām o a la ciencia del hadīz, que los considera saberes particulares de cada pueblo, en este caso, del islámico (55).


Averroes, el gran defensor del razonamiento en el mundo islámico medieval y de la lógica aristotélica, luchó, tal como nos dice D. Urvoy, con todas sus fuerzas para evitar que determinadas aleyas del Corán fueran interpretadas y explicadas por los alfaquíes a la gente como contrarias al ejercicio de la ciencia (56). Asimismo, Ibn Tufayl fue un gran defensor del conocimiento de la naturaleza y del cuerpo humano, que lo llevó sin duda a practicar la disección de animales y a reivindicar el ejercicio de la observación científica, al razonamiento inductivo y a una explicación racional y lógica de los fenómenos naturales y animales, compatibles con el Islam (57). Esta misma postura se respira en toda la obra de Avempace, lo que valió estar continuamente perseguido por la calumnia de la heterodoxia por los alfaquíes andalusíes del siglo XII, defensores de la interpretación literal de los hadices y a los que cualquier especulación al margen de ese literalismo les parecía una aberración clarísima (58).


Por último, dedicaremos una palabras a las obras jurídicas andalusíes. Tanto las colecciones de fetuas, como la de al-Wanšarisī (59) o las recopilaciones de actas notariales, como la de Ibn al- ‘Attār (60), cuando hacen mención de casos o prácticas legales de profesionales de las ciencias, como los médicos o los repartidores de herencia, lo cierto es que lo hacen de una manera neutral, normativizando sus actividades, pero sin comentar o definir en ningún momento estas actividades con respecto a su relación con las creencias islámicas.


En conclusión, podemos decir que, en al-Andalus, el desarrollo científico se produjo con la llegada de los omeyas, paralelo a su proceso de arabización de la sociedad de al-Andalus, que hizo posible su emancipación de la ciencia mozárabe a partir del siglo IX y que contó, desde el primer momento, con un tácito apoyo estatal. Fue quizás esta característica lo que hizo que en al- Andalus no se diera una reacción negativa exagerada contra las ciencias heredadas de los antiguos, tal y como se produjo en Oriente, por parte de los alfaquíes y ulemas musulmanes, aunque no por ello, dejó de lanzarse mensajes de recelo, heterodoxia y antiislamismo contra estas ciencias por una parte de éstos, especialmente a partir del siglo XII.



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La ciencia astronomica en la civilización musulmana



LA CIENCIA ASTRONÓMICA EN LA CIVILIZACIÓN MUSULMANA



Durante varios siglos, la lengua árabe fue la única lengua de investigación científica que hubo alrededor del Mediterráneo



Autor: Regis Morelon - Fuente: Revista Alif Nûn


Observatorio astronómico


Introducción


Querer hablar del desarrollo de las ciencias árabes a partir del siglo noveno resulta particularmente ambicioso. Es imposible tratar con profundidad este tema en poco tiempo, por eso, me limitare a ofrecer algunos puntos de interés, pues en la actualidad existe muy poco material que haya sido publicado y sea accesible.


Si se observa lo que se ha escrito en los libros sobre historia de la ciencia general, se verá que todos se copian entre sí y que proclaman, casi sin excepción, que la ciencia árabe no ha hecho sino repetir la ciencia griega para transmitirla a Occidente, sin originalidad ni verdaderos descubrimientos. Esto explica porque sólo hace algunos años que los investigadores publican, traducen y comentan con seriedad los textos científicos árabes, y sus resultados todavía no están integrados en las síntesis generales, las cuales todavía siguen siendo muy parciales. Estos investigadores han comprendido que la visión de la historia de la ciencia era totalmente falsa, e incluso algunos han llegado a decir que los sabios árabes lo habían inventado todo; lo cual es tan ridículo como decir que no habían inventado nada. Hay que tratar de situarnos en un movimiento global y afirmar que, en la historia universal de la ciencia, hay un movimiento importante que es el paso por la ciencia árabe y que, si se hace abstracción de ésta, no puede comprenderse cierto tipo de desarrollo de la historia de los descubrimiento del ingenio humano en su conocimiento del mundo que lo rodea. De forma más precisa, hoy en día resulta evidente que no es posible pensar en un desarrollo de las ciencias exactas en Europa a partir del siglo XVII si se hace abstracción del paso por la historia de la ciencia árabe2.


Para situar un poco mejor esta cuestión, voy a poner un ejemplo bastante lejano, el de la China. Allí tuvieron lugar muchos de los descubrimientos científicos, antes de nuestra era o en el transcurso de sus primeros siglos, en el campo de la astronomía o de las matemáticas, pero en su gran mayoría permanecieron casi en exclusiva dentro del mundo chino, sin que pasaran a otro clima cultural. Por el contrario, todos los descubrimientos que tuvieron lugar alrededor del Mediterráneo pasaron de una orilla a la otra, a través de las diferentes culturas que en él se desarrollaron de un modo sucesivo. En esta cuenca mediterránea, o en su entorno inmediato, es en donde poco a poco se fue forjando la ciencia moderna desde la antigüedad, y el querer ignorar una de sus fases históricas es condenarse a no comprender nada de este movimiento. En este marco es en el que hay que colocar todo el periodo de la ciencia árabe: no hay que tener miedo de ver una continuidad y partir del periodo mesopotámico, que forma parte de este conjunto, para pasar luego al mundo griego, después al árabe y, finalmente, al latino a partir del siglo XVI. Toda esta historia comporta rupturas y continuidades, pero en su conjunto íntegro es imposible no tener en cuenta a una de sus etapas. Una vez se ha esbozado este cuadro general, volvemos al problema de la ciencia árabe. Se trata de una etapa muy importante en el desarrollo de las ciencias exactas en los alrededores del Mediterráneo, que tuvo lugar entre los siglos VIII y XV; y digamos seguidamente que por “ciencia árabe” hay que entender la ciencia que se produjo en esa lengua, aunque se hiciera por árabes, persas, turcos, beréberes u otros. Durante varios siglos, la lengua árabe fue la única lengua de investigación científica que hubo alrededor del Mediterráneo, inmediatamente posterior a la lengua griega y anterior a la latina, y finalmente vendrían las diferentes lenguas europeas, principalmente a partir del siglo XVII.


Las traducciones en lengua árabe y el nacimiento de una lengua científica


Ya que mi trabajo tiene lugar en el campo de la historia y en el de la astronomía, de ellos es de donde voy a tomar varios ejemplos.


Comenzaremos en el siglo IX de nuestra era, aunque es muy probable que hubiera elementos de investigación científica antes de esta fecha, porque el desarrollo de las ciencias exactas en el trascurso del siglo IX fue tan brillante y fecundo que no hubiera podido producirse en un terreno científico completamente virgen. No obstante, todavía no poseemos los suficientes estudios serios sobre lo que pudo pasar en Bagdad y en Damasco en el siglo VIII o antes, en este campo, para que podamos decir algo útil; sin embargo, voy a dar la reseña de un pequeño suceso que tuvo lugar a finales del siglo VIII. La India era muy relevante en el campo de las ciencias exactas alrededor del siglo VI, y las primeras fuentes de la astronomía científica que se transmitieron al mundo árabe fueron las fuentes hindúes. Esto fue algo que continuó posteriormente, y tenemos huellas precisas de lo que pasó en el siglo VIII, concretamente en Bagdad hacia el 780, cuando una misión oficial hindú se presentó para visitar al Califa. Entre sus delegados había un astrónomo que llevaba consigo un texto de astronomía el cual fue traducido al árabe. Los textos de astronomía hindúes contenían, principalmente, métodos prácticos para alcanzar resultados inmediatos y simples en el cálculo de las posiciones de los planetas. Los primeros tratados de astronomía científica árabe de finales del siglo VIII y de comienzos del siglo IX son copias calcadas de esta tradición, pero desde el momento que las fuentes griegas estén disponibles en árabe, la influencia hindú pasará rápidamente a un segundo plano, ya que los textos griegos eran mucho más ricos en razonamientos teóricos y permitían un desarrollo de la astronomía como ciencia exacta. Estos textos griegos van a hacer su aparición en Bagdad en torno al año 820.


En estos momentos, el Califa al-Ma’amûn, que gobernó en Bagdad desde el 813 al 833, desempeñó un papel muy importante. Bajo su impulso y gracias a su financiación, comenzaron a ser traducidos todos los textos científicos griegos accesibles, de todas las disciplinas y materias: medicina, matemáticas, astronomía, etc. Este movimiento de traducción se propagará a lo largo de este siglo, pero fue bajo el mandato de al-Ma’amûn cuando se comenzaron la mayoría de las traducciones, y también fue este Califa el que tomó la decisión política de introducir en su imperio estos textos científicos, permitiendo el desarrollo de la corriente de investigación en las ciencias exactas.


En su mayor parte, los textos griegos se estudiaban ya en este lugar, pues el imperio ‘abbasí ocupaba parte del antiguo imperio bizantino –al menos en lo relativo a los actuales estados de Siria, Egipto e Iraq– y algunos centros culturales de este imperio tan importantes como Apamea, Antioquia, Harrán, Damasco o Alejandría formaban parte del imperio ‘abbasí en esa época. Aunque llevaban años sin ser utilizados, la mayoría de los textos ya estaban en las bibliotecas de estas ciudades o en las de los conventos cristianos que existían en la región. También se enviaron expediciones desde Bagdad a Bizancio en busca de libros griegos de los que no existían copias en el país árabe.


Hubo una institución en Bagdad llamada la “Casa de la Sabiduría” (Bayt al-Hikma) que desempeñó un papel importantísimo en este trabajo. Organizada y financiada por el poder central, este centro cultural fue fundado probablemente por Hârûn al-Rashîd dos generaciones antes. Era a la vez una biblioteca, una especie de academia y un centro de traducción e investigación. Junto a esta institución oficial y vinculados con ella, se crean otros equipos de trabajo, como por ejemplo el formado alrededor de los tres hermanos Banû Musa, unos mecenas y brillantes matemáticos y astrónomos que atrajeron a Bagdad a personas tan importantes como Thâbit ben Qurra, originario de Harrán y perfecto conocedor del siríaco, el griego y el árabe, el cual tradujo y compuso tratados sobre todas las ciencias conocidas de su época. Todos estos sabios trabajaron en equipo y las obras bibliográficas antiguas, como el Fihrist de al-Nadîm, escrito en el 945, dan noticia de la gran cantidad de correspondencia científica que había entre ellos, en la que se discutían y trataban problemas concretos. En esta época hubo un verdadero medio de investigación científica en el sentido en el que hoy lo entendemos, colaborando todos en un mismo trabajo, ya fueran musulmanes, cristianos, judíos, zoroastrianos o sabeos. Algunos han hablado de una “edad de oro” de la investigación en el Bagdad de entonces, lo que es probable que sea parcialmente cierto.


Volviendo al asunto de las traducciones, tomemos como ejemplo el paso al árabe de los textos de astronomía griegos. El sabio griego más importante en el campo de la astronomía es Ptolomeo, que vivió en el siglo segundo de nuestra era. Realizó la síntesis de todos los trabajos de sus predecesores, añadiendo sus propias observaciones e investigaciones personales. Su obra más importante en esta disciplina es el Almagesto, en trece volúmenes, que es un tratado completo de astronomía teórica que servirá de manual básico para todos los astrónomos hasta el siglo XVI. Por orden de al-Ma’amûn, esta obra fue traducida al árabe por al-Hajjâj, entre los años 826 y 827. Se edificaron dos observatorios, uno en Bagdad y otro en Damasco, para verificar por observación directa los resultados mencionados por Ptolomeo. Luego veremos cómo se llevó a cabo esta verificación y cuáles fueron los trabajos originales compuestos en Bagdad sobre esta base. La obra de Ptolomeo no es simplemente un conjunto de fórmulas matemáticas que permiten la composición de unos mapas en los que se reflejan los movimientos de los astros, como era el caso de los tratados hindúes traducidos a finales del siglo VIII, sino que es rica en lo que a la enseñanza teórica respecta, con demostraciones geométricas muy elaboradas que sedujeron con rapidez la los sabios de Bagdad. La traducción de al-Hajjâj era muy fiel al texto griego original y en Bagdad, a lo largo del siglo IX, todavía era preciso que en el equipo de trabajo hubiera alguien que conociera el griego para poder acudir al texto original y saber qué es lo que realmente quería decirse, pues el léxico árabe aún no estaba a punto y el vocabulario científico no estaba completamente establecido. Pero tomando como base esta traducción se hizo posible un trabajo en árabe y se desarrolló la investigación con la creación de una ciencia en lengua árabe. En el 892 hubo una segunda traducción al árabe de la misma obra, el Almagesto, después de sesenta y cinco años de práctica de la ciencia, pero esta segunda traducción ya no exigía la necesidad de recurrir eventualmente a alguien que conociera el griego, pues la lengua árabe se había convertido en una lengua científica con un vocabulario desarrollado y adaptado. De esta forma, tenemos en Bagdad, en el siglo IX, dos fechas precisas en lo que a la astronomía concierne: 826 y 892. En el año 826 el idioma árabe todavía no estaba preparado, pero en el 892 la lengua se había convertido en científica. Podría decirse los mismo de todas las ciencias exactas, ya que con las matemáticas, por ejemplo, sucedió algo semejante. Poco a poco, una lengua se puso a punto, y al cabo de cierto tiempo, cuando hay una investigación en este idioma, ya no es necesario acudir a la lengua original, pues el árabe es suficiente.


Debido al desarrollo de las ciencias y a la creación científica en Bagdad, puede decirse que la lengua árabe se convirtió a partir del siglo IX en el único idioma científico de la época alrededor del Mediterráneo, y así siguió siendo durante varios siglos.


El desarrollo de la astronomía científica en lengua árabe desde el siglo IX al XI


Como dije anteriormente, fueron construidos dos observatorios por orden de al-Ma’amûn, uno en Bagdad y otro en Damasco. En astronomía y en el resto de disciplinas, la investigación científica comenzó de inmediato con las traducciones del griego al árabe y los tratados con los resultados de estas investigaciones se compusieron a partir de la primera mitad del siglo IX. La astronomía griega era geocéntrica, es decir, que en ella se consideraba a la Tierra como centro absolutamente estable del mundo, con el resto de los astros girando a su alrededor. Los árabes seguirán manteniendo esta tradición, y habrá que esperar a Copérnico, en el siglo XVI, para que comience a ser contemplado el movimiento de la Tierra, tanto sobre sí misma como alrededor del Sol.


Una de las primeras obras sobre astronomía teórica basadas en la tradición de Ptolomeo es el “Tratado del año solar3 que, atribuido falsamente a Thâbit ben Qurra y compuesto después del 832 y antes del 850, trata de descubrir la duración del año solar, base de todas las constantes astronómicas. Ptolomeo, en el libro tercero del Almagesto, había propuesto una explicación geocéntrica del movimiento del Sol y había compuesto unas tablas que permitían calcular su posición.


Entre el 830 y el 832, los astrónomos de al-Ma’amûn confrontan sus propias observaciones de la posición del Sol con las posiciones calculadas a partir de los esquemas propuestos por Ptolomeo, aproximadamente unos setecientos años antes, y constataron un importante desfase. Ante esta situación pueden imaginarse dos actitudes posibles: o bien mantener la antigua teoría “poniendo los relojes en hora”, es decir, añadiendo a todas las tablas el valor del desfase que se había constatado, o bien cuestionar la misma teoría solar y volver a construir unas tablas en función de los resultados teóricos así adquiridos. Prevaleció esta segunda actitud y el “Tratado del año solar” criticó fuertemente a Ptolomeo, disecó su razonamiento, aunque manteniendo su visión geocéntrica, y llegó a poner a punto una nueva teoría centrada en la órbita solar, contrariamente a lo expuesto en el Almagesto. De esta forma, el cálculo de la duración del año solar era mucho más exacto que el de Ptolomeo. He aquí, pues, una actitud que se generalizó muy rápidamente respecto a los textos científicos griegos: tomarlos como base de trabajo para construir una obra original.


Acabamos de ver un ejemplo de tratado “teórico”, pero muy pronto van a aparecer problemas de astronomía “práctica”. Efectivamente, a partir de finales del siglo VIII y con el desarrollo de las ciencias exactas en el contexto concreto de una sociedad musulmana por organizar en el marco del vasto imperio ‘abbasí, a los sabios de las distintas disciplinas se les pidió la solución de cierto número de problemas de orden práctico, con implicaciones sociales y religiosas. Así fue como los astrónomos, por ejemplo, tuvieron que responder a las demandas de los astrólogos, cuyo papel social a nivel oficial era importante4 . Las tablas astronómicas para el cálculo de la posición de los astros se harán, en parte, con este objeto pero, principalmente, el trabajo de los astrónomos contribuyó a resolver los problemas prácticos del calendario, de los horarios y de la orientación en la tierra y en el mar5. Todos estos temas fueron el origen de importantes desarrollos teóricos que sobrepasaron con creces el marco estricto de los problemas prácticos en cuestión: la geomancia y la ciencia de la hora, la cuestión de la qibla para la determinación de la dirección hacia La Meca a partir de un lugar dado, el cálculo de la visibilidad del creciente lunar, la geografía matemática y el cálculo de la latitud y la longitud de un lugar, la ciencia náutica para la orientación en el mar...Detengámonos un momento sobre la cuestión del calendario.


En el mundo árabe, como ya sabemos, el calendario oficial es el lunar6. Recordemos que el año uno de la hégira comenzó el viernes 16 de julio del 622 d.C., que el año lunar está compuesto por doce meses de veintinueve o treinta días, que el cambio de fecha tiene lugar con la puesta de Sol, y que el paso de un mes a otro se produce con la visión de la primera franja de la luna creciente en el horizonte, justo antes de la puesta de Sol. Ptolomeo transmitió un valor muy exacto de la duración media del mes lunar: veintinueve días y un poco más de media hora (unos cuarenta y cuatro minutos aproximadamente); lo cual daba como resultado un año lunar de doce meses y de 354,367 días de duración, por término medio. Este valor se verificó y se tomó desde el siglo IX por los astrónomos árabes que pusieron a punto un ciclo de treinta años para construir un calendario oficial, en el que se alternaban meses de veintinueve y treinta días, y en el que once de los años de este ciclo tenían un día de más añadido al último mes, que normalmente tenía veintinueve días. La correspondencia astronómica se respetaba respecto a su duración a largo plazo, pero la visibilidad del primer creciente lunar en el horizonte, en la tarde del día veintinueve, siempre implicaba el cambio de mes en el lugar en que se efectuaba dicha observación, aunque esto pueda llevar acarreado la diferencia de una unidad en el número de días del mes, entre un extremo y otro del mundo musulmán. Si bien la visibilidad efectiva del creciente lunar es algo que en principio se exige en la ley religiosa, la cuestión que se le planteaba a los astrónomos era la posibilidad de prever mediante el cálculo, la visibilidad del creciente lunar en un lugar determinado, en la tarde del día veintinueve del mes, cualquiera que fuera el dato del calendario oficial. Este problema es de difícil solución debido al número de los parámetros en cuestión –coordenadas celestes del Sol y de la Luna, velocidad aparente de estos dos cuerpos celestes, latitud del lugar, luminosidad del cielo en el horizonte, etc.– y, como muchos astrónomos lo abordaron, trajo consigo unos desarrollos teóricos muy importantes sobre la visibilidad de los astros en el horizonte inmediatamente después de la puesta de Sol.


Para llevar a buen término estas investigaciones era necesaria la creación en Bagdad de una tradición de investigación científica en lengua árabe en todos los campos de las ciencias exactas y, entre ellos, en el de la astronomía. Esta última disciplina hacía varios siglos que ya no estaba viva en la cuenca mediterránea, ya que no se habían registrado más que algunas observaciones aisladas entre el siglo II y el VIII y, por lo general, los sucesores de Ptolomeo en lengua griega no fueron más que simples comentadores. Había pues una discontinuidad en esta tradición, y cuando se trató de revivificarla en Bagdad, bajo el mandato de al-Ma’amûn, las fuentes de trabajo eran mayoritariamente griegas, pero era preciso volver a encontrar las bases y métodos que convenían para esta disciplina y, por lo tanto, volver a crearlos. El resultado presenta una mejora muy sensible en relación a su modelo heleno, dependiendo todo el desarrollo ulterior de la astronomía árabe de este punto de partida, del que pueden subrayarse tres características7:


a) La gran importancia otorgada a la relación entre teoría y observación conducirá a la creación de grandes observatorios con un programa de observaciones continuas, a partir de los dos primeros de Bagdad y Damasco, y a la evolución hacia modelos geométricos que cada vez reflejen mejor el movimiento de los astros en un marco geocéntrico.


b) El fundamento matemático de la astronomía se desarrollará muy fuertemente, lo que junto con el brillante desarrollo de las diferentes disciplinas matemáticas árabes, constituirá uno de los pilares del progreso científico de toda la escuela oriental de la astronomía árabe, reduciendo cada vez más la parte no despreciable del empirismo que se encontraba en los trabajos de Ptolomeo.


c) Se realzará la relación de conflicto entre la astronomía “matemática”, que trata de dar cuenta de la forma más racional y precisa posible del movimiento teórico de los astros, y la astronomía “física”, que tiene por objeto el encontrar cuál es la organización concreta del Universo, en el marco de los principios cosmológicos basados principalmente en los escritos de Aristóteles. Esta preocupación la encontramos ya en los escritos de Ptolomeo, pero los astrónomos árabes hicieron de este conflicto uno de los motores del progreso de la investigación astronómica, junto con los dos puntos precedentes8.


Esta actitud será constante y, en el siglo XI, Ibn al-Haytham (muerto alrededor de 1040) hizo balance de los dos siglos de investigación que le habían precedido, constatando las dificultades a las que se enfrentaba la astronomía, que hasta entonces seguía en el marco de lo que había sido propuesto por Ptolomeo. Todo este trabajo lo compendia en una obra que lleva por título “Dudas sobre Ptolomeo” (al-shukûk alâ Batlamiyûs)9. En ella, sólo se limita a enumerar un listado de todo lo que aparece como contradictorio o inexacto en los razonamientos de este ilustre predecesor, sin proponer soluciones pero mostrando todas las imposibilidades a las que se encaraba la investigación astronómica, que hasta entonces permanecía dentro del marco trazado por Ptolomeo. De esta forma, corrobora que hay que encontrar nuevas bases de trabajo que ya no estarán centradas en los trabajos de este gran astrónomo griego.






Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Taifas de Toledo


 

TAIFAS DE TOLEDO

Tras una rapidísima expansión desde Arabia, el Islam desembarcó desde el norte de África y conquistó el Reino Hispano-Visigodo de Toledo a partir del 711, pasándose a denominar desde entonces al-Ándalus. Mezclando efectividad militar (caballería) y habilidad política (pactos de capitulación) los musulmanes (árabes, sirios, bereberes) consiguieron dominar prácticamente toda la península, en nombre del Califato Omeya de Damasco, esta primera etapa se denomina

emiratodependiente de Damasco


por ser España una provincia más del imperio islámico dirigido desde esa ciudad siria. A partir de 756 cuando Abd Ar Rahman I.
un Omeyasuperviviente de la matanza que la familia rival de los Abasidas realiza para hacerse con el poder de todo el imperio islámico y trasladar la capital a Bagdad, logra escapar a alÁndalus y consolidar allí su poder independiente de Bagdad, esta etapa que dura de 756a 929 se denomina

Emirato Independiente. En el año 929 Abd Ar Rahman III se considera lo suficientemente fuerte como para proclamarse califa (máxima autoridad en


lo político y en lo religioso, el emir era como un gobernante regional con poderes sólopolíticos), es la época del:

Califato de Córdoba, la etapa de mayor esplendor de losmusulmanes en España. Acabaría en 1031 fragmentándose al-Ándalus en una multitudde estados independientes que se conocen como:

reinos de taifas: Córdoba, Granada, Sevilla, Valencia, Zaragoza, Badajoz y Toledo serán los más importantes. Esta etapa llegaría hasta 1095. En esta etapa y en la taifa de Toledo nos vamos a centrar. Así las cosas, y ante la crisis y debilidad del Califato cordobés a partir del 1031, el visir toledano de origen bereber Ismail al-Zafir proclamó la independencia del ReinoTaifa de Toledo, el más extenso de todos los andalusíes (casi toda la meseta sur, los valles medios del Tajo y el Guadiana), dejando la corona a su hijo Yahya al-Mamún(1043-1075). Éste, ante el ataque de su rival, el rey taifa de Zaragoza, se granjeóel apoyo y la protección de los castellanos (Fernando I), por el pago de parías o tributos, y afianzó su poder haciéndose con el valle del Henares y las tierras alcarreñas hasta Medinaceli y Molina; contuvo a las tropas del reino taifa de Badajoz en Talavera y desde tierras de Cuenca se anexionó el reino taifa de Valencia. La pujanza de Toledo como foco económico, científico y cultural fue entonces extraordinaria, hasta el punto de albergar temporalmente al exiliado Alfonso de León en su conflicto con su hermano Sancho de Castilla, contrayendo con Toledo una deuda de no agresión y ayuda mutua. La fortuna militar de al-Mamún le llevaría incluso a la toma de la misma ciudad de Córdoba en 1075, pero murió asesinado poco después. Su nieto y sucesor Yahya al-Qádir, con la oposición de la propia población toledana agobiada por los tributos, no consiguió hacerse con el reino y fue depuesto por el rey de Badajoz; aunque el ya rey de Castilla y León Alfonso VI consiguió devolverlo a su trono (1081).




Pero incapaz de mantenerse en él, y ante los ataques y razzias de zaragozanos, valencianos, aragoneses y, por supuesto, castellanos, se pactó un intercambio:
Castilla ocuparía Toledo mientras que al-Qádir sería entronizado en Valencia.
Después de un laborioso asedio, y con ayuda y apoyo interior, el 25 de mayo de 1085 Alfonso VI conseguiría entrar en Toledo, en lo que ya entonces se presintió aún con muchas incidencias posteriores como el principio del fin de la España musulmana, que empezaba a deshilacharse por el centro.
La toma de Toledo causó una profunda consternación en los musulmanes
hispanos que ante el miedo a los cristianos pidieron ayuda a sus correligionarios del norte de África:

los almorávides (1095-1146). Estos llegaron y en varias etapas arrasaron a los reinos de taifas y unificaron de nuevo al-Ándalus, pero no pudieron frenar a los cristianos ni echarles de Toledo. En los primeros años de la llegada de estos guerreros norteafricanos destaca la figura del Cid que ganó varias batallas a los musulmanes. Su decadencia a partir de 1146 motiva la fragmentación de nuevo del Islam español y el consiguiente avance de los cristianos norteños: son los

segundos




reinos de taifas (1146-1175)

. Nuevamente el avance cristiano motiva la llamada a los musulmanes del norte de África, esta vez son los :

Almohades los que de nuevo unifican al-Ándalus y lo convierten en una provincia de su imperio, pero su declive vendrá marcado por la derrota que casi todos los reyes cristianos peninsulares les infligen en las




Navas de Tolosa en 1212, quedando las puertas del valle del Guadalquivir abiertas para los cristianos. El último reino musulmán peninsular será el:

Reino Nazarí de Granada




que se mantendrá independiente desde 1235 hasta 1492 por varias causas: pagan tributo a Castilla y ésta se beneficia, en Castilla es una etapa de enfrentamientos y además viven en un territorio muy accidentado y de difícil conquista. Los Reyes Católicos entrarán en Granada el 2 de enero de 1492, poniendo fin al dominio político musulmán en la Península.

Recetas. Ternera a las hierbas


TERNERA A LAS HIERBAS

Ingredientes

1 kg. De carne de ternera para guisar.

3 cucharadas de harina.

Un diente de ajo.

Una cebolla.

3 cucharadas de aceite.

Sal y pimienta.

Orégano,

Tomillo y romero.

Elaboración

Cortar la carne en trozos. Salpimentar y enharinar.

Pelar y picar el ajo y la cebolla.

Calentar el aceite en una cazuela y dorar la carne durante 30 minutos. Retirar.

Sacar la mitad de la grasa de la cazuela. En la restante, freír la cebolla añadiendo después el ajo y las hierbas.

Verter ½ vaso de agua y salpimentar. Incorporar la carne. Cocer a fuego lento durante 50 minutos.