viernes, 8 de marzo de 2013

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Los castillos medievales de Almería

LOS CATILLOS MEDIEVALES DE ALMERÍA

Lorenzo Cara Barrionuevo

La diversidad y abundancia de estructuras defensivas es una de las características históricas de la provincia de Almería. Grandes alcazabas, castillos de diversa factura, dimensión y complejidad, torres que atalayan el horizonte o acogían a los temerosos campesinos, baluartes siempre del yihad en los que practicar la defensa de la fe, las fortalezas constituyen un hito en el paisaje, una geografía de misterios que excita la imaginación del visitante evocando la intensidad de las emociones del pasado.

En Almería, las construcciones defensivas esculpen un paisaje particular. Aquí, el fraccionamiento y complejidad del relieve multiplicaron las estructuras militares mientras que hacían innecesarias complicadas soluciones defensivas. La inseguridad constante y el tiempo consiguieron derrotar las ruinas hasta transformarlas en un patrimonio más arqueológico que monumental, de gran importancia histórica, de desigual envergadura arquitectónica y singular valor paisajístico cuando no medioambiental.

Los castillos forman parte de un conjunto o sistema defensivo, más o menos complejo y articulado, con el que las poblaciones y los estados, que decían defenderlas, pretendían salvaguardar vidas y haciendas.

Las fortalezas andalusíes, que prolifera-ron por la provincia hasta llegar a rondar la centena, presentan gran diversidad formal y cronológica, consecuencia de las particularidades históricas. Con todo, la función de los castillos medievales no puede reducirse a una historia política de enfrentamiento militar pues también ejercieron funciones impositivas sobre las comunidades campesinas, máxime cuando había que aplicar tributos especiales.

Estas complejas relaciones se reflejan, también, en su mantenimiento. Mientras que en el interior del reino correspondía a las comunidades locales (bien directamente, bien mediante el aprovechamiento delos recursos propiedad del castillo), en la frontera corrió a cargo directamente del sultán o de las alquerías de la retaguardia, situadas , a veces, a decenas de kilómetros.

LA INSEGURIDAD Y EL TIEMPO DERROTARON LAS RUINAS HASTA TROCARLAS EN UN PATRIMONIO MÁS ARQUEOLÓGICO QUE MONUMENTAL

DESGOBIERNO Y FORTIFICACIONES. Para asegurar la defensa de un territorio era necesario que los soldados recibieran su sueldo de forma puntual y generosa. En un primer momento se empleó el sistema de concesiones territoriales dadas a una familia o grupo, encargado de su defensa en nombre del poder central al que debían remitir parte de los ingresos obtenidos en muestra de obediencia.

La debilidad general del ejército en al-Andalus hay que buscarla en la profunda desconfianza que una gran fuerza inactiva provocaba tanto en las poblaciones como en el gobierno. Una vez rotos los lazos tribales, fueron los mercenarios, ajenos a la comunidad, los que sostuvieron al emirato granadino.

La fitna (es decir, la “disensión interna en la comunidad de creyentes”) supuso el desgobierno político y religioso en un periodo comprendido entre del 88o y el 925 aproximadamente.

Curiosamente, la mayoría de las fortalezas almerienses que citan los textos al relatar este periodo turbulento reúnen unas características comunes. De una parte, se emplazan fuera de las zonas de cultivos irrigados, en las áreas montañosas próximas. De otra, carecen de un elaborado sistema de defensa, reducido a un lienzo de muralla con torres rectangulares, no muy numerosas, todo realizado en tapial.

Estos grandes encintados engloban alrededor de dos hectáreas y media de extensión (El Castellón de Vélez Rubio, Tabernas y Marchena, y probablemente Vélez Blanco y Fiñana cuyo perímetro exacto desconocemos). Dos poblados se alejan de la media: el cerro del Espíritu Santo de Vera, con poco más de una hectárea, y Villavíeja (Berja), que alcanza las siete hectáreas.

Con el tiempo, muchas familias volvieron a poblar las antiguas alquerías de la llanura, pero cierta parte de la población quedó en estas pequeñas ciudades, donde también residieron el alcaide y el cadí de cada zona o comarca. Otras alquerías, sin embargo, no se integraron en estas fortificaciones pues quedaron fuera de la comunidad tribal de aprovechamientos. Algunas se refugiaron en cuevas artificiales, excavadas en los acantilados (un sistema, por cierto, habitual en el Norte de África, donde son mucho más escasos los castillos).

En el siglo X, el enfrentamiento entre omeyas de al-Andalus y fatimíes del actual Túnez por el control del Magreb afectó a la zona. En el verano del 955, la escuadra fatimí dio un audaz golpe de mano contra Almería, la sede de la escuadra califal. Las obras defensivas no acabaron con el amurallamiento de la nueva ciudad. De hecho, se emprendió la fortificación general de la costa (955-970), inspeccionada personalmente por Al-Hakam II. La torre del castillo de Huebra y El Castellón de Alias (Sorbas) formaron parte de este nuevo sistema defensivo que conocemos mal pues debió de quedar muy alterado por obras posteriores.

LA RIVALIDAD TAIFA (1012-1091). Tras la muerte de Abú Amir Muhammad (conocido como Almanzor, el Victorioso, 940-1002), se abre un largo periodo de inseguridad (1009-1031) del que surgen los reinos taifas. Jayran y Zuhayr, dos altos funcionarios de la administración califal, fundaron el reino de Almería pretendiendo reponer la legitimidad omeya.

Antes de mediar la centuria, el reino quedó constreñido a lo que, más o menos, fue luego la provincia. Así pasó a manos de los Ibn Sumadih y, a su rey más famoso, Al-Mu’tasim que abrió un largo periodo de luchas con sus vecinos.

Según el monarca granadino Abd Alá, las disputas se centraron en las tierras de Cor, Baza y parte de la alta Alpujarra central, que pasa a poder almeriense. Poco después (en el 1060-61), el almeriense atacó inútilmente una fortaleza de la antigua cora de Tudmir, aunque es probable que no pasara de la provincia actual cuya zona norte englobaba. La conquista de Murcia por los sevillanos (hacia el 1079) supuso una nueva amenaza que sumar a la presión que las huestes cristianas ejercían desde plazas estratégicas (como Belülos, en Granada, o Aledo, en Murcia), concretada en productivas correrías en demanda de parias, llegando hasta las mismas puertas de Almería hacia el 1085 y sometiéndola a asedio en 1088.

La acción militar de Al-Mu’tamid (el rey sevillano famoso también por sus veleidades literarias) fue constante y obtuvo importantes resultados. Dominadas ya algunas fortalezas de la sierra de Filabres, en 1089 atacaba Sorbas y hubiera terminado por conquistar toda Almería de no haber intervenido los almorávides que acabaron por reducirlos a todos y acabaron así con las rencillas internas que asolaron al-Andalus en ese siglo aciago.

Los castillos, por tanto, fueron numerosos pero también pequeños. Adoptaban planta rectangular cuando era posible, aunque debían adaptarse a la configuración del terreno. Cada tramo disponían de torres macizas, rectangulares, todo levantado de tapial. Al-Udri menciona la existencia de un castillo para cada uno de los distritos agrícolas (llamados yuz, “parte”, “trozo”) o comarcas (iklim, “clima”). Pero la función de estas fortalezas era algo más que defensiva. El mismo Abd Alá, el rey de Granada, vincula en sus Memorias defensa del territorio, asentamiento militar en régimen de concesión territorial y exigencia de impuestos, a menudo ilegales, con los que hacer frente a los desorbitados gastos militares.

Las medidas de fortificación emprendidas por los almorávides en la ciudad no fueron suficientes. Tras diversos tanteos en 1144 y 1146, el ataque conjunto de la flotas de Pisa y Genova y las tropas catalanas, navarras y castellanas, capitaneadas por Alfonso VII, logró conquistar y mantener la ciudad de Almería por diez años (1147-1157). Ello debió provocar un importante refuerzo de las fortalezas próximas como Mondújar, Marchena y Tabernas, con la probable adición de elementos externos, como torres albarranas y antemuros, tradicionalmente asignadas al periodo almohade.

Tanto los almorávides como, sobre todo, los almohades favorecieron la venida de tribus árabes (como los Hilal) y, sobre todo, beréberes (Zanata, Masmuda, Gazula, etc.), dedicadas a la defensa y algunas todavía semi-nómadas, cuya relación con el entorno fue a veces conflictiva aumentando la inseguridad, especialmente cuando fueron licenciados. Algunas tribus pudieron asentarse en castillos de itinerario, como El Castellón y San Gregorio, en Jergal.

Con los almohades, el esfuerzo de refortificación o refuerzo de antiguos castillos se concreta al añadirle un recinto más bajo a partir de un torreón y disponer una entrada en cañón (Iniza, entre Bayárcal y Paterna). La misma preocupación se observa en dotar de estructuras defensivas adicionales a los antiguos grandes encintados (corachas de Villavieja y Tabernas).

LA REALIDAD DE LA FRONTERA. La frontera, como confín de un Estado, muestra el contraste de formas sociales, económicas y políticas, obligadas aun continuo contacto, y cuyo desarrollo agrava la contradicción social en la inestabilidad del conflicto.

La frontera nazarí se construye a partir del tagr, es decir un conjunto jerarquizado de atalayas, torres de alquería y castillos dependientes de una ciudad, donde reside el jefe militar (caía), con funciones políticas (delegado del sultán) y parcialmente judiciales. Para un Estado basado en el difícil equilibrio entre linajes principales y sus clientelas, la frontera es el territorio en el que las élites periféricas controlan los recursos materiales e ideológicos para enfrentarse a las centrales, en una permanente sucesión de conflictos internos y de escaramuzas militares.

CON LA RIVALIDAD TAIFA LOS CASTILLOS FUERON NUMEROSOS PERO TAMBIÉN PEQUEÑOS Y ADOPTARON PLANTA RECTANGULAR CUANDO FUE POSIBLE

La línea fronteriza que separaba los reinos en la Edad Media solía ser imprecisa. Era resultado dinámico del enfrentamiento o sumisión bajo condiciones de presión constante pues todos los protagonistas se acogían al derecho de ampliar su territorio a costa del vecino. No obstante, algunas fuentes mencionan una curiosa manera de señalizar el límite: en las laderas montañosas que separaban la zona de Los Vélez de Huér-cal-Overa con Murcia, un acuerdo había establecido disponer cadenas sobre palos provistas de sonajas que movía el viento.

Incluso en épocas de paz, la hostilidad era continua, pero a menudo no pasaba del puro bandolerismo sin control oficial. Al contrario, en periodos de enfrentamiento directo se podían establecer acuerdos particulares.

Como pasará después en Antequera, en 1436 se produjo una breve conquista de gran parte de la frontera oriental. El conflicto se inició en el verano de 1433. Fuerzas lorquinas conquistan la fortaleza de Xiquena y destruyen la deTirieza, ambas dominando el valle del río Vélez. En una rivalidad típicamente feudal, el sobrino del adelantado de Murcia, Alfonso Yañez Fajardo, asaltó el castillo de Albox en octubre de 1436 pidiendo socorros y vituallas a la ciudad de Murcia para mantener la plaza. En abril de 1437 una nueva campaña logra el sometimiento de la mayor parte de las poblaciones del Almanzora: Oria se entrega sin lucha, sin embargo Cantoria ofrece resistencia y es saqueada.

PARA SEÑALIZAR LA FRONTERA UN ACUERDO ESTABLECIÓ DISPONER CADENAS SOBRE PALOS PROVISTAS DE SONAJAS QUE MOVÍA EL VIENTO

La tregua de 1439-1442 delimitaba la nueva frontera, marcada por las fortalezas y villas de Alicún de Ortega, Benzalema, Benamaurel, Callar, Castilléjar, Galera, Orce y Huescar, en Granada, y Los Vélez, Xiquena, Overa, Arboleas, Zurgena, Albox, Partaloa, Cantoria, Albánchez, Bédar y Cuevas en Almería. Pero sin las plazas fuertes de Baza, Purchena y Vera estos castillos aislados quedaban a expensas del contraataque.

La recuperación se inicia en 1445 y prosigue con el ataque y saqueo a las poblaciones murcianas (1448 y 1449).

LOS CASTILLOS FRONTEROS. Como acabamos de ver, la guerra fue un hecho constante en al-Andalus. Pero es evidente que esta inseguridad era producto de la política de desgaste, practicada mediante algaras, más que en arriesgadas campañas y sus costosos asedios. De aquí el importante número de fortalezas inventariadas. De todas maneras , la defensa estática del territorio era elpunto fuerte de los recursos militares de un Estado. De aquí la importancia de la remodelación de las defensas fronterizas.

El Castellón (Vélez Rubio) es la mayor fortaleza de Los Vélez. Ocupa una extensión de 2,3 hectáreas, sobre un cerro amesetado. Como es habitual, esta alquería fortificada se divide en dos partes o recintos. La muralla exterior es un largo encintado que ocupa un perímetro aproximado de 650 m., aprovechando el desnivel natural de la roca para reforzar la defensa. La puerta de acceso parece situada al Este, protegida por un torreón. El recinto interior se sitúa en la zona más alta y comprende un castillo diferenciado a modo de pequeña alcazaba, de planta rectangular (45 por 20 m.), con entrada j unto a un pequeño torreón. Una gran torre de manipostería domina el conjunto.

Las atalayas de Los Vélez son cilindricas. Las más antiguas (siglos XIII-XIV) son las de El Gabar y Cerro Gordo, levantadas en mampostería. La incidencia de la conquista de Xiquena y del avance temporal de la frontera en plena comarca (hacia 1430-40) justifica levantar otras de base maciza, una puerta-ventana superior de acceso y comunicación con la terraza desde la sala abovedada (El Char-che, Fuente Alegre, Alancín). Torres semejantes jalonan el Almanzora (Alcontar, Tardiguera, en Albox, y Ballabona, en Antas).

En Vera la Vieja (cerro del Espíritu Santo) quedan cuatro magníficas cisternas adosadas a las murallas (y una más pequeña intramuros a media ladera) con una capacidad máxima de 650.000 litros de agua. La muralla es de tapial con numerosos refuerzos, empleando, aveces, el sistema de cremallera y el de antemuro. Un potente castillo superior presentaba una imponente torre. Todo quedó derruido y abandonado en el terremoto de 1522. Desde 2001 dispone de un sendero de acceso y una mínima puesta en valor.

La llamada “alcazaba” de Purchena presenta planta rectangular topográfica sobre un cerro amesetado que domina la población y el río. La primitiva fortaleza debió alcanzar cierto protagonismo en los tardíos conflictos fronterizos taifa aunque indudablemente obtuvo mayor importancia con la oposición de Ibn Mardanis de Murcia contra los almohades (entre el 1160 y el 1171).

Con el reino nazari la fortaleza sufrió una completa remodelación. La primitiva obra de tapial fue intensamente reparada en mampostería y en la ampliación puntual de su trazado que llegó a ampliarse por algunos puntos. Hoy muestra torreones rectangulares en los ángulos salientes, de muy diferente tamaño. Son en total trece cubos en los que se añadieron otros alargados (como en la muralla de Vera) y los pentagonales en su frente oriental, donde se situó la entrada principal y la llamada “Torre del Agua”, una probable coracha de mampostería y sillarejo.

El sistema de control visual debió de ser más complejo y probablemente quedó re-definido con la efímera conquista de 1436. A lo largo del valle se fue levantando un conjunto de torres-atalayas, en su mayor parte muy destruidas. Casi todas son cilindricas (Perdiguera, Albox; La Tórrela, Cantoria, la más grande pues contó con cuatro pisos) pero también las hubo cuadradas (Aljambra, Albox; con un aljibe próximo).

LOS FILABRES Y TABERNAS. Los castillos de la sierra de Filabres quedaron muy remodelados en época almohade, gracias a la labor de Abú Isac Ibrahim ibn al-Hayy al-Balafiquí (1158-1219), cadí de la zona.

El castillo de Velefique corresponde, en realidad, a una población amurallada con un recinto total de unos 9.700 m2. La muralla es de mampostería con argamasa, de más de metro y medio de grosor y cuenta con, al menos, 17 torres, la mayoría macizas, rectangulares y de pequeñas dimensiones (alrededor de 4 metros, y escaso saliente, casi contrafuertes). La puerta oriental da acceso al recinto superior: es una entrada recta y queda protegida por dos torreones de tapial cuadrados.

Sin duda el edificio más complejo y uno de los castillos más interesantes de la provincia es el de Tabernas, en realidad una alcazaba, casi urbana.

SIN DUDA, EL EDIFICIO MÁS COMPLEJO Y UNO DE LOS CASTILLOS MÁS INTERESANTES DE LA PROVINCIA DE ALMERÍA ES EL DE TABERNAS

Con una posición estratégica inmejorable, cierra el acceso a la capital desde la principal vía de comunicación con el levante. Su planta es poligonal, alargada, de casi 3.000 m!, y ha llegado a la actualidad dividida en dos recintos por un muro con torre artillera de inicios del siglo XVI. La entrada es directa y está franqueada por dos torreones, muy rehechos en una desgraciada restauración moderna. El interior muestra un patio, reformado en época cristiana, y pequeñas habitaciones rectangulares, adosadas a la muralla exterior, de cronología imprecisa.

Obra del siglo XI son los, al menos, trece torreones de tapial, rectangulares y salientes , equidistantes unos diez metros y la mayoría huecos en altura, que jalonan la muralla. Se observan los vestigios de una posible albarrana (quizá incluso una coracha) que protege el área habitada inmediata al avanzar ladera abajo del extremo occidental, acabando en un gran torreón de casi 13 metros de frente. Esta importante modificación de la segunda mitad del siglo XII parte de una gran torre desfigurada por la intervención de 1984.

El área poblada abarca dos hectáreas. Estuvo protegida por una muralla de tapial, con torreones promediados, todo muy mal conservado y gravemente afectado por un aterrazamiento para repoblación forestal y un reciente camino de acceso que atraviesa la muralla de la alcazaba.

Servían de apoyo visual al castillo las arruinadas torres de los Ballesteros y Espe-liz, ambas de planta rectangular. Muchas de las “atalayas” mencionadas en los Libros de Apeo y Repartimiento (1572-75) deben ser rábitas, más o menos ligadas al sistema defensivo general.

TRES CASTILLOS DE LA ALPUJARRA. La llamada Alcazaba de Laujar es una fortaleza de planta rectangular y unos 3.600 m2, con torres rectangulares de 8 por 4,5 metros a los lados y más grandes en los ángulos. Propia del siglo XI, alcanzó cierta relevancia en el siglo XIV. En 1326, el meriní Utman se apoderó de la fortaleza en apoyo de uno de los contendientes que se disputaban el trono nazarí, con lo cual aumentó el poder de esta dinastía magrebí en la zona occidental del reino.

El Castillejo de Beires se sitúa en un cerro amesetado, inclinado al sur, con amplio dominio visual sobre las tres alquerías próximas. El recinto amurallado simple muestra una planta sensiblemente rectangular (2.000 m2). En su extremo Norte se levantó un gran baluarte o torreón de unos 11 metros de longitud por más de siete de anchura. De su extremo occidental partía un largo muro de 31 metros de longitud acabado en una pequeña torre albarrana que protegería un área habitada extramuros. Las similitudes con ciertos castillos levantinos tardíos (Aspe, Alicante) y granadinos (Los Cuajares) podría datar este castillo en la primera mitad del siglo XIII.

Finaliza nuestro apresurado repaso a las fortificaciones medievales de la provincia Villavieja, asiento de la antigua población romana y medieval de Berja y uno de los más importantes despoblados de la provincia.

Se localiza sobre un cerro amesetado que domina toda la vega, a unos 3 km. al Sudoeste de la población. El amuralla-miento medieval presenta cierta complejidad defensiva y cuenta con un reducto fortificado. Los muros son de tapial y cubren un recorrido de 1300 m. Tienen un espesor de más de dos metros por siete de altura máxima y no parece que tuvieran adarve (camino superior) ni almenado. Torreones macizos para reforzar el encintado quedan dispuestos de trecho en trecho, sin gran regularidad. A poniente, sobre el camino, los torreones son mayores hasta prolongarse en una torre albarrana o saliente, que avanza al exterior con un doble muro. Un gran torreón protege allí mismo la entrada al nacimiento de la Fuente de la Rana.

La diversidad de las estructuras defensivas

La tipología de las fortificaciones fue tan desigual como las funciones defensivas que debieron cubrir.

Ciudad o alquería amurallada

Disponer de un buen amurallamiento fue imprescindible para asegurar el futuro de una ciudad. Las murallas fueron evolucionando. Añadieron nuevos elementos defensivos, reforzando la entrada, el punto más débil para la defensa. El mejor ejemplo es el de la ciudad de Almería, pero hubo otras, mucho más pequeñas, enriscadas en los montes próximos a las zonas de cultivo, donde se habían refugiado las alquerías para defenderse en tiempos de desorden e incertidumbre (Villavieja, Berja; Marchena, Huécija-Terque), hasta que constituyeron la única forma de resistir el acoso fronterizo (El Castellón, Vélez Rubio, y, sobre todo, Vera la Vieja).

Castillo roquero

Es un pequeño castillo, con reducida guarnición, apropiado para la vigilancia estratégica de un territorio o de un camino. Perfectamente adaptados a la topografía del lugar, fueron reocupados en diversas ocasiones. La mayor parte de las fortalezas siguen este patrón, como El Castillejo de Beires, Cádor, Chercos o Bacares.

Fortaleza de itinerario

Es un castillo o alcazaba donde residía el alcaide con su tropa, rodeado de una muralla en la que vivía la población. Dispuestos a lo largo de las principales vías de comunicación, sus grandes proporciones y los elementos puestos en su defensa le permitían resistir asedios prolongados. Fiñana y, sobre todo, Tabernas son los ejemplos más destacados.

Calahorra

Esta fortaleza desarrollada en época nazari se caracteriza por la presencia de una gran torre cuadrada, a la que rodea una muralla de planta rectangular, con torreones en lados y ángulos. Huércal la Vieja y las torres de Huércal y de Overa siguen el modelo.

Torre de alquería

Como la inseguridad fue en aumento, algunas poblaciones debieron levantar torres cuadradas, de varias plantas, a las que normalmente se accedía por la primera altura. Alhabia en Alcudia de Monteagud y la de Santa Fe de Mondújar son los mejores ejemplos.

Atalaya

Son torres aisladas, de planta circular, provistas de dos o tres plantas, desde las que se oteaba el paisaje marítimo o terrestre. Las había también cuadradas y de mayores proporciones, con un aljibe subterráneo dentro de la misma torre. Ahumadas de noche y espejos de día las ponían en comunicación entre sí y con una fortaleza principal de la dependía su aprovisionamiento. En la frontera terrestre, destacan las atalayas de los cerros Gordo y Pelado, Charche, etc.; en la marítima, la desaparecida de Torrequebrada (Roquetas).

Más información

CaraB., Lorenzo y Rodríguez López, Juana Ma

Introducción al estudio cmno-tipológico de los castillos almeñenses, en A. Malpica

Cuello, ed. Castillos y territorio en Al- Andalus.

Atfios-Pergamos, Granada, 1998.

Viguera Molins, Ms José

La organización militar en al-Anáalus.

Revisto de Historia Militar XLV 2001.

W.AA.

Castillos, fortificaciones y defensas

Colecc. Guías de Almería. Territorio, cultura y arte, 4. Almería. Instituto

Estudios Almerienses.

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