jueves, 14 de noviembre de 2019

THE GIBRALTAR CRUSADE. CASTILE AND THE BATTLE FOR THE STRAIT, JOSEPH F. O'CALLAGHAN


JOSEPH F. O’CALLAGHAN,
THE GIBRALTAR CRUSADE. CASTILE AND THE BATTLE FOR THE STRAIT

José Enrique López de Coca Castañer
Referência(s):
Joseph F. O’CallaghanThe Gibraltar Crusade. Castile and the Battle for the Strait, Philadelphie, University of Pennsylvania Press, 2011, xv + 376 p.
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1A juicio del autor, la batalla del Estrecho debe ser contemplada en el contexto más amplio de la confrontación entre la Cristiandad y el Islam durante la era de las Cruzadas. A lo largo de los siglos xiii y xiv, el Papado trazó diversos proyectos para recuperar Tierra Santa. Pero los reyes de Castilla lograron persuadir a varios pontífices de la amenaza que suponía la presencia musulmana en la Península Ibérica, quienes garantizaron privilegios como cruzados a los que participaran en la lucha.
2Alfonso X el Sabio hizo suyo un plan que Fernando III había esbozado antes de morir. Era preciso tomar Tarifa, Algeciras y Gibraltar para impedir una nueva invasión africana y aislar a los mudéjares vasallos de Castilla, sin renunciar a poner un pie en África. El profesor O’Callaghan trata el tema en los cuatro primeros capítulos del libro, poniendo al día las opiniones y comentarios vertidos en su biografía de don Alfonso, publicada en 1993.
3Inocencio IV proclama la Cruzada en 1253 y consiente que el rey perciba las tercias de los arzobispados de Sevilla y Santiago. Alfonso X convierte el Puerto de Santa María en base de operaciones y punto de partida de los cruzados que en el otoño de 1260 saquean el puerto de Salé. Posteriormente, el monarca mantuvo relaciones esporádicas con los mamelucos. Aparte de los intereses comerciales, es posible que el rey de Castilla intentara convencerlos para que no entorpeciesen sus planes, según apunta el autor. Pienso, en cambio, que su interés por Jerusalén está relacionado con la custodia de los Santos Lugares y la seguridad de los peregrinos.
4A decir verdad, el sueño africano se desvanece con la revuelta de los mudéjares andaluces y murcianos (1264-1266), instigados por el emir de Granada. La represión del alzamiento contó con el respaldo papal: Clemente IV otorgaba nuevas bulas de Cruzada en marzo de 1265. Muhammad II recurrirá a la ayuda norteafricana: de 1274 a 1284, los benimerines invaden Andalucía en cuatro ocasiones, devastan el territorio y se retiran sin haber ganado ningún lugar o fortaleza importante. Mientras, Alfonso X fracasa en su intento de tomar Algeciras (1278-1279).
5El capítulo v está dedicado al breve reinado de Sancho IV. Este monarca, apodado el Bravo, afronta con éxito la quinta invasión meriní y conquista Tarifa en 1292. Cuando los norteafricanos acudan a recuperar la plaza, el alcaide Alfonso Pérez de Guzmán antepondrá su lealtad al rey al amor filial en un episodio bien conocido. Al autor le extraña que Mercedes Gaibrois llame «mártir» a Guzmán el Bueno y no a su hijo. Pero éste no muere por la fe y la lengua española admite el uso de la palabra «mártir» sin connotación religiosa.
6El tema central del capítulo vi son los asedios de Algeciras y Almería por Fernando IV de Castilla y Jaime II de Aragón, respectivamente. Las páginas que O’Callaghan dedica a la Cruzada de 1309 proceden de un artículo publicado en el número 19 de la revista Medievalismo. Llama la atención el malestar que provocó en Castilla la cesión a Jaime II de la sexta parte del territorio por conquistar. La crónica real lo refleja al señalar que los moros no objetaban que Fernando IV pusiera sitio a las ciudades que eran suyas por derecho, pero consideraban deshonroso el ataque del aragonés a Almería. Este es el sentido de lo que el autor considera «a curious remark».
7Alfonso Pérez de Guzmán murió tras la toma de Gibraltar (el 12 de septiembre de 1309). Según O’Callaghan, el día 19, cerca de Estepona, combatiendo con Utman, caudillo de la milicia africana a sueldo de Granada, que había derrotado a un destacamento aragonés en Marchena (Almería) el 17 de septiembre. Esto es imposible debido a la distancia que separa ambos lugares. También yerra al afirmar —siguiendo a Jerónimo de Zurita— que Almería se levantaba sobre las ruinas de la antigua Urci.
8En los capítulos vii-ix se analizan las Cruzadas emprendidas en el reinado de Alfonso XI. El infante don Pedro, regente, y su tío Juan, consiguieron que Juan XXII autorizara en febrero de 1317 la predicación de la Cruzada en Castilla. Pero la derrota y muerte de ambos en la batalla de la Vega (el 23 de junio de 1319) tuvo efectos traumáticos. Según la Gran Crónica de Alfonso XI, don Pedro se había comprometido a no firmar la paz sin permiso del Papa. Como había tregua con Granada, antes de romperla quiso devolver el tributo cobrado a Ismaʿil I. Pero el emir se negó a recibirlo, apelando al juicio de Dios. Una explicación ex post facto que O’Callaghan acepta sin reservas.
9Alfonso XI alcanza su mayoría de edad en 1325. Juan XXII le garantiza una bula de Cruzada y el derecho a disponer de tercias y décimas durante cuatro años. En 1330 conquista Teba y consigue que Muhammad IV se declare vasallo suyo. Los meriníes, que llevaban veinte años sin intervenir en la Península, responden a una llamada de socorro granadina recuperando Gibraltar en 1333. El tratado de Fez (el 26 de febrero de 1334) es la calma que precede a la tormenta.
10El 7 de marzo de 1340 Benedicto XII proclama la Cruzada en Castilla, León, Navarra, Aragón y Mallorca, garantizando tercias y décimas por tres años. El sultán Abu l-Hasan ʿAli cruza el Estrecho en el mes de agosto para tomar Tarifa. Pero su ejército es aniquilado a orillas del río Salado en octubre de 1340. La retirada benimerín facilita la toma de Algeciras en marzo de 1344 tras un largo asedio. Alfonso XI firma con Granada una tregua por 10 años, que incluye la restauración del vasallaje y el pago de un tributo similar al acordado en 1331. Pero el monarca castellano rompe el tratado al poner cerco a Gibraltar, ante cuyos muros perece (el 26 de marzo de 1350) víctima de la epidemia.
11La implicación genovesa en el bloqueo del Estrecho (1340-1344) fue importante. Las galeras portuguesas partícipes en el mismo estaban a las órdenes de Emmanuel Pessagno y de su hijo Carlo. En junio de 1340, Alfonso XI consigue, gracias al papa Benedicto XII, que el dogo Simon Boccanegra le ayude con quince galeras mandadas por su hermano Egidio. Tras la retirada de la flotilla portuguesa durante el asedio de Algeciras, Egidio Boccanegra se queda al mando de una flota castellano-genovesa de 50 galeras y 40 naves. Habría que explicar, no obstante, por qué los castellanos desconfiaban tanto de sus socios ligures.
12El autor destaca la venida de cruzados del norte de Europa en tiempo de Alfonso XI. Incluye a los Pastoureaux, que cruzan los Pirineos en 1320 y son expulsados por Jaime II. Pero los participantes en esta «Cruzada popular» vienen a enmendar el desastre de la Vega y no en busca del honor, la gloria y las indulgencias. Aquí es donde encaja el escocés Sir James Douglas, que murió en la campaña de Teba. Pese a que se trata de un caso bien estudiado, O’Callaghan ignora la crítica a la que han sido sometidas las fuentes, da por válidas leyendas posteriores y extrae datos triviales de una página web.
13Dos crónicas italianas mencionan la presencia de cruzados ultramontanos en la Cruzada del Salado. También hay que considerar como tales a Gastón de Bearn, conde de Foix, y a Felipe de Evreux, rey de Navarra, que estuvieron en el asedio de Algeciras. Pero los auténticos cruzados del norte de Europa serían los «condes»de Derby y Salisbury. También, el caballero del cuento de Geoffrey Chaucer.
14La Gran Crónica y el Poema de Alfonso XI reproducen una carta del Soldan de Babilonia pidiendo a los benimerines que conquistasen España. Joseph O’Callaghan demuestra que se trata de un texto propagandístico cristiano, si bien considera razonable que el mameluco animara a sus correligionarios magrebíes a acometer dicha empresa. Pero ʿUmari, autor egipcio contemporáneo, señala que gracias a Abu l-Hasan ʿAli se mantiene «lo que queda de al Andalus». No se trataba de conquistar sino, más bien, de defender lo que seguía en pie.
15El capítulo x aborda la historia interna de la Cruzada del Estrecho: la naturaleza de la guerra, la organización de los ejércitos, las operaciones militares y su coste. Según don Juan Manuel, se combatía a los musulmanes para recuperar los territorios otrora perdidos. Pero la batalla del Estrecho también tuvo una inequívoca dimensión religiosa: todos los monarcas implicados en el conflicto obtuvieron bulas papales, a excepción de Sancho IV. Alguno llegó incluso a tomar la cruz, o hizo voto de Cruzada, si es correcta la interpretación que O’Callaghan hace de dos fuentes árabes.
16El autor describe la composición del ejército castellano, subrayando la creciente importancia de las milicias concejiles y la desconfianza de la nobleza hacia el peonaje que prefiere el botín al honor. El análisis de los asedios de ciudades es extenso. También explica cómo cristianos y musulmanes aprendieron los unos de los otros en las escaramuzas y recoge el testimonio de don Juan Manuel sobre la superioridad de los moros en este tipo de lances. Pero no presta tanta atención a la guerra en el mar.
17Aparte de la ayuda eclesiástica, para financiar las Cruzadas del Estrecho se recurrió a impuestos extraordinarios: monedaservicio y, con Alfonso XI, la alcabala o impuesto sobre las transacciones comerciales. Aunque las cuentas reales se han perdido casi en su totalidad, O’Callaghan opina que los monarcas castellanos tomaban dinero prestado regularmente para financiar la guerra. Pero exagera la importancia de las parias granadinas como fuente extraordinaria de ingresos. En este sentido, echo en falta una lectura atenta del artículo de Hilda Grassoti.
18En el último capítulo, «Las repercusiones: el Estrecho hasta 1492», el autor se pregunta por qué los reyes de Castilla aspiraron a dominar el estrecho de Gibraltar; cuáles fueron sus logros y sus fracasos; y qué quedó por hacer en el siglo y medio transcurrido entre la muerte de Alfonso XI y la caída de Granada. No contesta a la primera cuestión pues ya lo ha hecho a lo largo del libro. Responde a la segunda con un repaso, reinado por reinado. La respuesta a la tercera cuestión es previsible: acabar la Salus Spaniae.
19El capítulo se cierra con el epígrafe intitulado «Un pie en Marruecos», a mi juicio innecesario. El autor resume en apenas dos páginas la historia de los presidios españoles desde 1497 a la actualidad. Abundan los errores geográficos e históricos: Melilla está en frente de Almería, no de Málaga; Orán fue conquistada en 1509, no en 1507; Tetuán no fue plaza de soberanía, etc.
Para citar este artigo
Referência eletrónica
José Enrique López de Coca Castañer, « Joseph F. O’CallaghanThe Gibraltar Crusade. Castile and the Battle for the Strait », Mélanges de la Casa de Velázquez [Online], 43-1 | 2013, posto online no dia 15 maio 2013, consultado o 03 novembro 2019. URL : http://journals.openedition.org/mcv/5037
Autor
Universidad de Málaga


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