miércoles, 4 de marzo de 2020

ESTRUCTURA DE LA FAMILIA


De esta forma contamos con una información rica, detallada y precisa sobre un número importante de familias andalusíes. Pero hay que plantearse la validez de los resultados del análisis que podemos efectuar partiendo de esos datos. Hay que recordar que los individuos que figuran en os diccionarios biográficos son ulemas de cierto prestigio intelectual o moral, esto significa que nuestros personajes debieron de alcanzar una edad que les permitiera haber conseguido ese cierto prestigio con lo que los fallecidos en la infancia y juventud nunca aparecerán consignados en las fuentes. Por otra parte, se presupone que los ulemas debían de proceder de las capas más acomodadas de la sociedad, con lo que la mayoría de la población no se vería representada en modo alguno en los diccionarios biográficos. Si a esto añadimos la ausencia de la vida rural y la mínima presencia de la mujer, cabría preguntarse sobre la utilidad de estudiar los aspectos sociales y demográficos de una reducida élite cultural urbana. Lo cierto es que es preciso hacer algunas matizaciones a estas objeciones: en primer lugar gracias a la reconstrucción de  familias, ya no es exacto hablar de que únicamente disponemos de información sobre ulemas, pues otros miembros de sus familias, no dedicados al saber ni necesariamente fallecidos a avanzada edad, son tenidos también en consideración. En cuanto a la extracción social de los ulemas, diversos trabajos han demostrado que, junto a ricos terratenientes y prósperos comerciantes, en ese grupo se incluían humildes artesanos, hijos de esclavos manumitidos y trabajadores manuales.
Sin pretender que el conjunto de individuos que sirven de base a este tipo de trabajos sea una muestra representativa de la sociedad andalusí, lo cierto es que tampoco se trata en modo alguno de una élite, sino más bien del segundo tramo de la escala social, el formado por una capa relativamente amplia de la población urbana diferenciada tanto de las familias dominantes como de la plebe y los siervos. En este sentido es muy significativo que las grandes familias de altos funcionarios del estado omeya, que conocemos bastante bien gracias a las crónicas, no tengan, salvo contadas excepciones, representantes entre los personajes mencionados en los diccionarios biográficos.
Solo en épocas posteriores, con el surgimiento de los Reinos de Taifas, y en algunas ciudades de segundo orden, el poder pasará a manos de algunas familias de ulemas, aunque tampoco serán ulemas “de a pie”, sino miembros de lo que, con no mucha propiedad, podríamos denominar “burguesía de provincias”, que ya en época omeya ejercían cierto poder local por medio del desempeño del cargo de cadí.
Fijadas las características del material documental que ha servido de base a este trabajo y explicadas sus limitaciones, podemos pasar a describir la imagen que de la estructura de la familia andalusí nos ofrecen esas fuentes, una imagen que forzosamente habrá que presentar algunas lagunas en ciertos aspectos, pero que se nos mostrará muy reveladora en otros.
El papel de la mujer: Las carencias de los diccionarios biográficos sobre el ínfimo porcentaje de mujeres mencionadas en ellos es una de las principales, ello no quiere decir que carezcamos completamente de datos útiles, siendo tal vez el más significativo, aunque parezca paradójico, precisamente aunque parezca paradójico, precisamente ese enorme desequilibrio entre ulemas masculinos y femeninos. En contra de lo que algunas escuelas historiográficas contemporáneas aceptan como indudable, la mayor libertad de la mujer andalusí con respecto a otras zonas del mundo islámico medieval, el hecho de que poco más de un uno por ciento de los personajes que aparecen en los diccionarios biográficos andalusíes sean mujeres nos debe hacer dudar de esa suposición.. Pero si analizamos en profundidad la personalidad del centenar largo de “mujeres sabias”, lo que hallamos es que desde un punto de vista cualitativo, su importancia es aun menor de lo que refleja su número. Con la probable excepción de alguna poetisa de renombre, ninguna de esas “mujeres sabias” alcanzó el menor reconocimiento ni tuvo la más mínima influencia en la ida cultural de al-Ándalus. Diversos factores pudieron provocar tal circunstancia; pero, entre ellos, hay uno evidente y que las fuentes dejan traslucir con claridad la transmisión del saber se realiza primordialmente, sobre todo en los primeros siglos del Islam, por medio del contacto personal entre el maestro y sus discípulos e incluso cuando las enseñanzas orales pasan a ser consignadas por escrito, la autentificación y validación del ejemplar de la obra en cuestión propiedad del discípulo requiere que haya sido escrita al dictado (personal o por medio de un ayudante) del maestro o leído en su presencia para que dé su visto bueno. Esa necesidad de trato directo de maestro y discípulo es lo que dificulta la incorporación de la mujer al sistema de enseñanza y transmisión del saber, como lo demuestran diversas anécdotas que nos presentan a mujeres recibiendo o impartiendo enseñanzas ocultas tras una cortina, aisladas de los varones que asistían a las clases aunque lo cierto es que la gran mayoría de nuestras sabias andalusíes no necesitaron recurrir a molestos métodos, ya que tuvieron como únicos maestros a padres y hermanos y como únicos discípulos a sus propios hijos. A este respecto son suficientemente reveladoras las cifras obtenidas del análisis de los datos suministrados por las biografías de ciento dieciséis mujeres. De ellas, una tercera parte (35) estudiaron con algún maestro, que en más de la mitad de los casos era familiar cercano, padre, hermano, esposo, abuelo, etc., mientras que únicamente diez recibieron enseñanzas exclusivamente fuera del entorno familiar, si bien lo harían con las restricciones antes señaladas, ocultas a la mirada del maestro y condiscípulos y sin mezclarse nunca con los  varones.
A pesar de la existencia de casos esporádicos de mujeres cuya actividad parece indicar cierta independencia y libertad (el ejemplo más conocido es el de la poetisa Wallada), todo apunta a que la mujer andalusí tenía limitado su ámbito de actuación al entorno doméstico. Es probable que entre las clases mas desfavorecidas, sobre todo en los casos en que el cabeza de familia estuviera ausente o hubiera fallecido, la mujer desempeñase algún trabajo que le obligara a relacionarse con el mundo exterior. También es cierto que en los estratos más altos de la sociedad muchas mujeres gozaron de poder e influencia; aunque si se reflexiona sobre ello, se verá que esas mujeres siguen confinadas al entorno doméstico, con la diferencia de que su hogar no es una humilde casa de un arrabal, sino el palacio real o la residencia de un alto funcionario y que por lo tanto, la influencia que pudieran ejercer en la gestión de los asuntos domésticos tendría inevitablemente cierta repercusión externa
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Composición y tamaño de la familia: La primera cuestión a tratar, en lo que se refiere a la composición de la familia, es la extensión de la poligamia en la sociedad andalusí. Por desgracia los datos que poseemos no son lo suficientemente explícitos para arrojar luz sobre ese punto, ya que, si acabamos de ver que la presencia de la mujer como protagonista directa en las fuentes biográficas es escasísima, lo es aún más como pariente, madre, esposa, hij, de los varones biografiados. Mientras no son infrecuentes las alusiones a los descendientes o ascendientes masculinos de los personajes, no ocurre lo mismo con la parentela femenina. Como la mujer no aparece en la cadena onomástica, nos encontramos con ciertas dificultades para saber si los diversos hermanos que hemos conseguido identificar al reconstruir una familia son hijos de una misma madre o no. Algunas veces encontramos en las fuentes menciones explícitas que dos personajes eran hermanos “de padre y madre”, como si eso fuera una circunstancia habitual que necesitara ser remarcada expresamente. Aún así, sería aventurado deducir que ese único dato que la poligamia era práctica extendida entre las capas más amplias de la población.
Pero si los testimonios directos sobre la poligamia son sumamente escasos, del estudio demográfico de las informaciones que nos proporciona la reconstrucción de familias cabe deducir que no debía de ser lo habitual en la sociedad urbana andalusí, ya que el número de hijos por unidad familiar parece ser reducido, y ese dato no cuadra bien con una generalización de la práctica e la poligamia.
La baja tasa reproductora de la familia andalusí, es una de sus características más destacadas. Junto a ella, e íntimamente ligada nos encontramos con una tasa intergeneracional sorprendentemente elevada. Dicho con otras palabras: la familia andalusí tenía pocos hijos y estos nacían cuando el padre había alcanzado una edad relativamente alta. Sobre la edad de procreación de la mujer no contamos con el menor dato.
Aunque todavía queda mucho por hacer en ese campo, en los últimos años han ido publicándose numerosos trabajos dedicados a la reconstrucción de familias andalusíes, gracias a los cuales disponemos de de un abundante material que posibilita un acercamiento fiable a la cuestión. Cuando la labor de sistematizar todas las informaciones de los diccionarios biográficos se encuentre concluida y la “Nómina general de personajes andalusíes vea la luz”, habrá que volver sobre otra cuestión ya con una documentación completa. Pero es presumible que las conclusiones a las que se llegue entonces no difieran en nada de las obtenidas con los datos que ahora poseemos.
Para hallar la tasa intergeneracional de las familias andalusíes que tenemos documentadas hemos recurrido a dos métodos: el primero consiste en recopilar todos los casos en los que conocemos las fechas de nacimiento de un padre y uno  o varios de los hijos (también se han contabilizado las fechas del abuelo-nieto). Este método tiene un único problema y es que si conocemos la fecha de nacimiento de un personaje, es porque cuenta con biografía propia en las fuentes, se trata de un ulema, miembro de un grupo social muy determinado cuyos datos biográficos no pueden ser tenidos como representativos del conjunto de sus conciudadanos. Esta objeción es perfectamente aceptable cuando se trata de aspectos de la vida del individuo en los que incluye su calidad de ulema de prestigio, tales como la edad al fallecimiento,, no porque la longevidad de los ulemas fuera mayor que la de otras personas de su entorno no dedicadas al saber, sino porque únicamente los sabios que alcanzaron renombre e influencia entre sus homólogos merecieron ser incluidos en los diccionarios biográficos, y ese renombre solo podía incluirse habitualmente a edad avanzada. Sin embargo, en el caso de la edad de procreación no tiene por qué influir en el hecho impredecible en ese momento, como la longevidad posterior, por lo que podemos suponer que, en este aspecto, el comportamiento de nuestros ulemas no debía de ser muy distinto del de sus contemporáneos. Sin embargo, para comprobar la fiabilidad de las de las cifras obtenidas del análisis de esos datos, el segundo método al que nos referíamos nos proporciona una información menos precisa pero que soslaya las objeciones que acabamos de comentar; este método consiste en el cálculo de la tasa intergeneracional bruta en familias de las que conocemos representantes muy separados cronológicamente entre sí hallando la distancia temporal entre las fechas de fallecimiento del primero y el último de los miembros de esa familia y dividiéndola por el número de generaciones entre ambos, obtendremos una cifra que nos indicará el lapso intergeneracional medio. Como entre esos dos personajes habrá en el árbol genealógico muchos individuos no dedicados al saber, las hipotéticas distorsiones causadas por la condición de “sabio que alcanzó edad avanzada” se verán fuertemente minimizadas.
En un trabajo de muy reciente publicación se estudiaba la edad del padre al nacimiento de sus descendientes de acuerdo con el primer método expuesto, analizándose en él cincuenta y tres lapsos, cuarenta y cinco entre padre-hijo y ocho entre abuelo-nieto, extraídos del análisis de treinta y cuatro familias que abarcaban un periodo comprendido entre los siglos VIII al XIV, aunque los datos más abundantes pertenecían al tramo IX-XI.
Agrupando esa serie de datos sobre la edad a la procreación en tramos de cinco años, la mayor acumulación se produce en tres tramos, 36-40, 31-35 y 26-30, que suman entre los  tres veintisiete casos, algo más de la mitad del total. La media aritmética se sitúa en 40,1 años, mientras que la mediana se halla en los 37, cifras extremadamente altas por más que se trate de años lunares y que, en principio, parecen sospechosas. La tasa intergeneracional de acuerdo con el segundo método expuesto, en un intento de dilucidar si, al menos en tendencia general, los resultados coinciden con estos.
La media aritmética es de 35,8 y la mediana se sitúa prácticamente en los 38, cifras que, aunque ligeramente distintas de las que hallábamos antes, vienen a confirmar que la edad a ls procreación dentro de este grupo social era sorprendentemente alta.
Este dato tal vez explique otra circunstancia que se desprende del estudio de esas amplias familias: el reducido número de hijos. Con la única excepción de los sevillanos Banu Hayyay, de los que conocemos en una generación nada menos que siete hermanos, el resto de las familias, por amplio que sea el árbol genealógico que se haya conseguido reconstruir, no nos ofrecen casi ningún ejemplo de más de tres hijos de un personaje. La drástica disminución del periodo fértil debido al comienzo tardío de la procreación, debió de ser un factor determinante en esa baja tasa reproductora que reflejan las fuentes biográficas.

María Luisa Ávila



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