AL-MUNDIR
Al-Munḏir: Abū l-Ḥakam b.
Muḥammad b. ‘Abd al-Raḥman b. al-Ḥakam. Córdoba, 843 – Bobastro (Málaga),
29.VI.888. Sexto emir omeya de Córdoba (independiente).
Emir omeya
Biografía
Nacido
de madre beréber, de nombre Aṯl, que lo dio a luz a los siete meses de su
concepción, al-Munḏir era alto, moreno, de pelo crespo y con el rostro picado
de viruela. Según un relato probablemente apócrifo, su madre había mostrado
desde su infancia un carácter soberbio y engreído, por lo que su familia, harta
de soportar sus ínfulas, la vendió como esclava en Córdoba; la compradora fue
la madre del todopoderoso visir Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, a quien le fue
regalada. Cuando el visir quiso gozar de ella, se encontró con la negativa
inamovible por parte de la esclava, cuya obsesión era llegar a ser madre de un
califa, algo que, a pesar de la elevada posición de Hāšim, nunca podría
conseguir con él. Molesto por el rechazo de la muchacha, la golpeó con cierta
dureza; ella no sólo no cedió en su postura, sino que se atrevió a amenazar a
su amo advirtiéndole de que su hijo se encargaría de tomar cumplida venganza.
En efecto, Aṯl consiguió la libertad, casó con el emir Muḥammad y tuvo de él un
hijo llamado al-Munḏir, que acabaría siendo el sucesor de su padre y que,
cuando subió al Trono, encarceló y posteriormente hizo dar muerte a Hāšim b.
‘Abd al-‘Azīz.
En
el momento en el que se produjo el fallecimiento del emir Muḥammad, el jueves
cuatro de agosto del 886, al-Munḏir se hallaba cercando Alhama de Granada,
plaza donde se había hecho fuerte Ibn Ḥafṣūn en compañía del cabecilla local,
Ibn Ḥamdūn. En cuanto le llegó la noticia de la muerte de su padre, regresó con
rapidez a Córdoba y allí recibió el juramento de fidelidad entre el domingo y
el lunes. No debía estar muy seguro al-Munḏir de su posición y por ello dio
todos los pasos para asentarse en el Trono con una celeridad vertiginosa: no
sólo hace el viaje de Alhama a Córdoba a uña de caballo, sino que, nada más
llegar a la capital, ordena que dé comienzo la ceremonia de la jura, a la que
asiste ataviado todavía con las mismas ropas con las que había efectuado el
viaje y tambaleándose en algún momento por la extrema fatiga que lo embarga.
Cuando,
al día siguiente, concluye el acto, al-Munḏir se encuentra con un reino en el
que dos importantes personajes representan una limitación a su poder: dentro de
su gobierno tiene a Hāšim b. ‘Abd al-‘Azīz, visir y general que había gozado
durante el reinado del emir Muḥammad de un poder casi omnímodo; en un
territorio no muy lejano a su capital tiene a un rebelde que, aunque todavía no
ha adquirido la relevancia que tendrá en años posteriores, es ya una obsesión
para al-Munḏir, ‘Umar b. Ḥafṣūn.
Desconocemos
las razones exactas de la caída en desgracia de Hāšim, pues las explicaciones
que dan los cronistas son tan poco creíbles como la historia de Aṯl —y con
mucho menos encanto—. Lo cierto es que Hāšim, confirmado en un primer momento
como senescal (ḥāŷib), muy pronto fue encarcelado, junto a casi todos
sus hijos, y más tarde, el 26 de marzo del 887, ajusticiado.
Más
problemas le planteó Ibn Ḥafṣūn. Si el reinado de al-Munḏir se inicia mientras
estaba cercando al rebelde en Alhama, su punto final se escribió ante Bobastro,
la capital de la revuelta, el 29 de junio del 888. En los dos años que
transcurrieron entre ambos acontecimientos, casi toda la actividad de al-Munḏir
estuvo centrada en los intentos por acabar con Ibn Ḥafṣūn, intentos que
consiguieron relativo éxito. Logró arrebatarle castillos como Iznájar, Priego,
Cabra y Archidona y lo acosó tanto que el rebelde se vio obligado a entablar
negociaciones con el emir, si bien su propósito no era otro que ganar tiempo y
refugiarse de nuevo en la inaccesible Bobastro. El engaño provocó las iras de
al-Munḏir que en el verano del 888 puso cerco a esa fortaleza, decidido a
permanecer allí hasta su capitulación, pero, tras cuarenta días de asedio, una
rápida enfermedad acabó con la vida del emir. A pesar de que en el momento de
su fallecimiento ya había llegado a los reales el heredero al trono, su hermano
‘Abd Allāh, las tropas omeyas emprendieron el camino de regreso a Córdoba de
una forma que se asemejaba mucho a una desbandada, lo que no dejó de aprovechar
Ibn Hafsun para hacer una salida y saquear el campamento semiabandonado.
Como
es habitual en los casos de muerte repentina e inesperada de un soberano, los
rumores sobre las causas del fallecimiento brotaban por todos lados. Los
cronistas recogen la sospecha de que el sucesor de al-Munḏir, su hermano ‘Abd
Allāh, había sobornado al médico del emir para que causase su muerte utilizando
para sangrarlo una lanceta envenenada. El comportamiento posterior de ‘Abd
Allāh durante su reinado no contribuye a juzgar descabellada esa acusación.
La
brevedad de su reinado impide caracterizarlo con unos rasgos acusados. Las
fuentes árabes coinciden en la apreciación de que, de haber vivido un solo año
más, al-Munḏir hubiera acabado definitivamente con la revuelta de Ibn Ḥafṣūn,
que se hallaba realmente en serios aprietos en el momento de la muerte del
emir. Es probable que, si el cerco a Bobastro se hubiera prolongado unas
semanas más, hubiera terminado por caer en manos de las tropas cordobesas, pero
eso no habría significado el apaciguamiento definitivo de la disidencia. Ibn
Ḥafṣūn era un problema, tal vez incluso un problema con unas raíces peculiares
que lo diferenciaban en parte de la multitud de rebeldes que salpican la
historia omeya de al-Andalus, pero más aún era un síntoma de una enfermedad
subyacente que en unas ocasiones remitía y en otras se exacerbaba, pero que
nunca llegó a curarse a lo largo de la historia de al-Andalus: el sentimiento
de pertenencia a una comunidad religiosa, la islámica, no fue suficiente para
aglutinar a la sociedad andalusí como comunidad política y social; los
intereses locales y particulares siempre prevalecieron sobre las tibias y casi
siempre retóricas proclamaciones de “andalusidad”.
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menos
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Autor/es
- Luis
Molina Martínez
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