IBRAHIM, EL
AFARERO..
Cuenta
la leyenda que vivía en el pueblo de Algatocín un alfarero musulmán llamado
Ibrahím. Para fabricar sus vasijas, cogía la arcilla de una cantera cercana al
pueblo.
Cierto día, Ibrahím fue a buscar barro, como solía, pero al remover el terreno
para recoger la tierra más limpia, tropezó con una calavera. Por lo que pudo
averiguar, aquellos huesos pertenecían a una persona que murió ajusticiada. En
ese momento, Ibrahím recordó que su padre –que había sido también un alfarero
afamado- le había dicho en más de una ocasión que los huesos humanos, molidos y
mezclados con arcilla, proporcionaban a las vasijas un brillo especialísimo y
un color muy hermoso. Sin dudarlo un solo instante, cogió la calavera y se la
llevó a su casa. Allí la molió hasta obtener un polvo muy fino.
Ibrahím mezcló el polvo de la calavera con la arcilla y se dispuso a realizar
la mejor vasija de su vida. Cuando sacó del horno el recipiente, pudo comprobar
que presentaba un colorido y un brillo extraordinarios. Tanta era la belleza de
aquella pieza que el alfarero decidió llevarla a la cercana ciudad de Ronda
para venderla a mejor precio. En la ciudad, la pieza causó un gran revuelo: fue
admirada por mucha gente que alababa su perfección e Ibrahím consiguió venderla
a muy buen precio.
A la vista del éxito obtenido con la pieza elaborada con polvo de calavera, la
mujer de Ibrahím conminó a su esposo a que buscase más huesos: así podría
fabricar cerámicas hermosas y aumentarían las ganancias.
Ibrahím volvió al yacimiento y removió la tierra para buscar más huesos. La
suerte le fue favorable, pues encontró tres calaveras más.
Amasó bien la arcilla con el polvo de calavera, colocó la masa en el torno y en
esta ocasión fabricó tres piezas diferentes. De aquellas tres vasijas, dos
tenían la belleza y el brillo que esperaba. Pero la otra parecía pobre y ruin,
tenía un color feo y su tacto era sumamente desagradable. El alfarero no
entendía qué podía haber ocurrido, ya que había trabajado la arcilla y el hueso
del mismo modo…
Un anciano del pueblo, al ver a Ibrahín en su tribulación, le comentó que
aquello había sido obra del destino: Alá no quería que de una de esas calaveras
saliera nada bueno. Y después le explicó por qué había ocurrido aquello con las
vasijas. El anciano contó que muchos años atrás, cuando él era aún joven, en el
pueblo se había cometido un horrendo crimen. La justicia detuvo a cuatro
sospechosos para intentar averiguar cuál de ellos había sido el asesino. Como
no se logró averiguar quién había sido el criminal, el alcaide de la localidad
ordenó ejecutar a los cuatro sospechosos, a sabiendas de que tres de ellos eran
inocentes.
Ibrahín comprendió que la vasija fea y tosca era la que había hecho con el
polvo de la calavera del hombre culpable, mientras que las otras tres habían
sido bendecidas con los restos de los hombres inocentes. Horrorizado, cogió la
vasija del asesino y se dirigió a la cima más alta de los contornos y desde
allí, la arrojó al vacío, quebrando el recipiente en mil pedazos. De regreso a
su hogar, colocó las otras dos vasijas en el mejor lugar de su casa y las
adornó con flores frescas.
Ibrahím pidió a su mujer que nunca vendiera aquellos jarrones y que los
enterrase junto a él cuando muriese.
Publicado
por al-Andalus
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