YUSUF
III
Yūsuf III: Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. Yūsuf b.
Muḥammad b. Yūsuf b. Ismācīl b. Faraŷ b. Ismācīl b. Yūsuf
b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b. Qays al-Jazraŷī al-Anṣārī, al-Nāṣir li-Dīn Allāh.
Granada, 27.II.778/16.VII.1376 – Almuñécar (Granada), 29.IX.820/9.XI.1417
(emirato 810-820/1408-1417). Emir de al-Andalus, decimotercer sultán de la
dinastía de los Nazaríes de Granada, precedido por Muḥammad VII y sucedido por
Muḥammad VIII.
Poeta, tisaSultán nazarí
Biografía
Nació en Granada a media noche
del 27 de ṣafar
de 778/16 de julio de 1376. Su infancia transcurrió durante la época de apogeo
nazarí y bajo la protección del más destacado sultán de la dinastía, su abuelo
Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391), que organizó una solemne celebración
del icdār (ceremonia de circuncisión
masculina) para él y para su hermano menor Muḥammad (VII). En esta ceremonia,
que se desarrolló con gran boato y magnificencia de acuerdo con la tradición
andalusí, Yūsuf y su hermano demostraron gran valor a pesar de su niñez pues
avanzaron sin miedo hacia el encargado de realizarles la operación, según
describe el visir y poeta oficial Ibn Zamrak.
Era el mayor de cinco hermanos,
que, además de él, fueron Abū cAbd Allāh Muḥammad (futuro
sultán Muḥammad VII, hijo de madre distinta), Abū l-Ḥasan cAlī
y Abū l-cAbbās Aḥmad, además de su hermana uterina Umm al-Fatḥ, de
excepcionales cualidades y cuya opinión y criterio solía seguir cuando accedió
al poder.
Recibió una magnífica educación
y su formación intelectual, tanto científica como literaria, fue excelente,
como se refleja en sus escritos, comentarios y poesías y como avala asimismo la
lista de sus maestros, destacados sabios de su época como al-Šarīšī, Ibn cAllāq
o Ibn al-Zayyāt.
Cuando su padre Yūsuf II fue
entronizado en 793/1391, Yūsuf (III) fue designado heredero oficial por ser el
primogénito y, al parecer, también por su cultura, conocimientos y cualidades.
Ello provocó el descontento de su hermano (hermanastro) Muḥammad, que
ambicionaba ocupar el trono y no dudó en sublevarse contra su padre, aunque sin
éxito. Al poco tiempo de esta sublevación, Yūsuf II murió repentina y
prematuramente el sábado 16 de ḏū l-qacda de 794/5 de
octubre de 1392, probablemente por envenenamiento con implicación del citado
hijo, que fue elevado al trono y se convirtió en Muḥammad VII. Para ello, tuvo
que desplazar al primogénito y heredero oficial, su hermano Yūsuf.
A partir de este momento la
vida de Yūsuf, que tenía dieciséis años a la sazón, cambió radicalmente: de
gozar de un puesto preeminente en la corte de la Alhambra como príncipe
heredero pasó al exilio y reclusión en el castillo de Salobreña, en donde su hermano
Muḥammad VII lo confinó de por vida para anular toda posibilidad de
reivindicación de sus legítimos derechos dinásticos y el peligro de una
sublevación.
El castillo de Salobreña era
utilizado por los Nazaríes como palacio de recreo, además de ser fortaleza
vigía del litoral, pero también desempeñó funciones de cárcel de personajes
ilustres y soberanos, como ya ocurriera con el padre de Ismācīl I
entre el 713/1314 y el 720/1320. Allí permaneció Yūsuf largos años de encierro
llenos de soledad, tristeza y nostalgia por Granada, pero también de
indignación y quejas contra su hermano y sus contemporáneos por la injusticia
que sufría. Tanto la nostalgia como el reproche a su hermano o el dolor por la
muerte de su padre los plasmó en su poesía ya que, como hombre culto y buen
literato, se dedicó a la actividad poética, que inició en este prolongado
periodo de reclusión de quince años y siete meses.
Pero su destino cambió de
pronto cuando, repentina e inesperadamente, su hermano Muḥammad VII, a pesar de
su juventud, falleció. Según la versión de las fuentes cristianas, el emir
gobernante, consciente de su agonía, quiso antes de morir asegurar el trono a
su hijo, para lo que ordenó ejecutar a su hermano Yūsuf recluido en Salobreña.
Cuando la orden llegó allí, Yūsuf se hallaba jugando una partida de ajedrez con
un alfaquí y solicitó que le permitieran terminarla antes de morir; esta
prórroga permitió la llegada providencial de mensajeros desde Granada que
anunciaron la muerte de Muḥammad VII y la designación de Yūsuf como nuevo emir,
que cambiaba así la tumba por el trono en un instante.
Cierta o no la historia
fantástica de la partida de ajedrez, lo que sí parece más que probable es que
Muḥammad VII hubiese dado la orden, incluso antes de su agonía, de que su
hermano fuese ejecutado cuando él muriera para asegurar así la sucesión de su descendencia.
También resulta bastante probable la versión de las fuentes cristianas sobre la
muerte de Muḥammad VII por envenenamiento, que habría que atribuir a un complot
urdido por los partidarios de Yūsuf para entronizarlo; así lo indica, entre
otros indicios, el hecho de que el artífice de su liberación y proclamación, el
alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ (un liberto de origen cristiano) se convirtiera
enseguida en el hombre más influyente en el estado nazarí por debajo del
sultán.
De esta manera y una vez
trasladado rápidamente a Granada con gran sigilo para que los enemigos de la
frontera no conociesen la delicada situación hasta que el nuevo emir estuviera
asentado en el trono, Yūsuf III fue proclamado el domingo 16 de ḏū l-ḥiŷŷa de
810/13 de mayo de 1408. En esa fecha contaba ya casi treinta y dos años, la
mitad de los cuales había pasado privado de libertad. Adoptó el laqab (sobrenombre
honorífico) de al-Nāṣir li-Dīn Allāh (el Defensor de la religión de Dios).
Nombró como ḥāŷib (gran
visir o chambelán) a Abū l-Surūr Mufarriŷ, quien pronto se convertiría en el
hombre de confianza del nuevo emir. Más aún: a pesar de sus orígenes cristianos
ya mencionados —había sido capturado de niño, islamizado y posteriormente
manumitido—, llegó a emparentar con la familia real nazarí y además de forma
muy directa: se convirtió en suegro de Yūsuf III, que desposó a una hija suya.
El nuevo sultán era un hombre
sabio y culto, como ya se ha dicho, pero merece ser destacada especialmente su
capacidad literaria y su producción poética. De hecho, se considera que integra
la tríada de grandes poetas del siglo XV, junto con Ibn Furkūn y al-Basṭī. No
es de extrañar, por tanto, que cuando salió de su prisión y se instaló en la
Alhambra creara una nutrida corte literaria en torno a él, que fue muy fecunda.
Así lo revela la existencia de los numerosos poemas que le dedicaron, tanto su
poeta oficial y secretario privado, Ibn Furkūn, como más de una docena de otros
autores, algunos de los cuales llegan a atribuir ampulosamente el título de
califa al emir nazarí. Todos estos poemas fueron reunidos por el citado Ibn
Furkūn en una obra, mientras que las poesías compuestas por el propio Yūsuf III
fueron tantas como para formar un diván propio que ha sido editado dos veces en
el siglo XX. Además de su Dīwān, Yūsuf III es autor de otro libro
dedicado a la vida y obra del primer ministro Ibn Zamrak, que sirvió a su
abuelo Muḥammad V, su padre Yūsuf II y su hermano Muḥammad VII y cuyas poesías,
que decoraban epigrafiadas la Alhambra, reunió en dicho libro.
Su buen carácter y prudencia
son alabados no solo por las fuentes árabes, sino también por las castellanas,
que dicen que era “apacible y manso, y que contra su voluntad, e inclinación
vino a ser enemigo de Christianos” y que “[f]ue buen príncipe, y gouernó su
reyno con mucha prouidencia y justicia”, hasta el punto de que no tomó
represalias contra los que apoyaron a su hermano para desplazarlo del trono,
sino que les concedió cargos y acogió en sus palacios a los hijos de Muḥammad
VII.
En cuanto a su vida familiar,
se casó tras su largo encierro, casi inmediatamente después de su exaltación al
trono, con la hija del difunto alcaide Abū Yazīd Jālid, liberto al servicio de
su abuelo Muḥammad V y visir de su padre Yūsuf II, aunque este último lo había
ajusticiado por conspirar para envenenarlo. El banquete se celebró en el Riyāḍ al-Sacīd
(Patio de los Leones) de la Alhambra y en el primer año su esposa ya alumbró a
su primogénito, el último día [30] de muḥarram de 812/[14] de junio de 1409
aunque, desgraciadamente, la madre murió tras el parto. El hijo fue denominado
Yūsuf en la caqīqa (ceremonia de imposición de
nombre y ofrenda del pelo del bebé) que se celebró al cabo de la semana, el 6
de ṣafar de 812/20 de junio de 1409, y en la que fue saludado como heredero
oficial. Pero el destino aciago se cebó nuevamente con el emir y a los dos días
vio cómo su hijo moría también. De otro matrimonio posterior con una hija del
alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ llamada Umm al-Fatḥ (la Horra On Malfath de los
documentos cristianos), también celebrado en el Patio de los Leones, tuvo su
segundo hijo, que fue una niña nacida el sábado 8 de raŷab 812/16 de noviembre
de 1409. Posteriormente llegó su hijo Muḥammad (VIII), que se convirtió en
príncipe heredero y fue el que le sucedió, después su hijo Abū l-Ḥasan cAlī
en rabīc I de 814/23 de junio-22 de julio de 1411, luego cAbd
Allāh el 30 de raŷab de 818/5 de octubre de 1415, que poco después murió
durante un periodo de peste.
Pero antes de esta muerte y en
la última decena [19-29] del mes de šacbān del año [818]/[24 de
octubre-3 de noviembre] de 1415, Yūsuf III celebró una gran fiesta, en la que
obsequió espléndidamente tanto a la aristocracia como al pueblo llano e invitó
a los notables de todo el país, a los que regaló magníficas vestimentas. En
ella, el emir reunió tres celebraciones: la caqīqa de
este recién nacido, el icdār (ceremonia de
circuncisión) de dos de sus hermanos y la bayca (juramento
de fidelidad) de su heredero, el futuro Muḥammad VIII.
Una de sus primeras actuaciones
políticas fue la de remitir una misiva oficial a Alonso Fernández, alcaide
castellano de Alcalá la Real, el 20 de mayo de 1408, nueve días después de la
muerte de su hermano. En ella informaba sobre la muerte de este y su exaltación
al trono al mismo tiempo que expresaba su deseo de mantener la tregua vigente.
Igualmente, pedía que, mientras llegaba la respuesta del rey, se ordenara
respetar la situación de paz a los fronteros cristianos.
Sus esfuerzos diplomáticos por
mantener la paz, consciente de la complicada y peligrosa situación militar en
la que se hallaba al-Andalus, dieron fruto y su embajador cAbd
Allāh al-Amīn consiguió que los regentes de Juan II, su tío el infante Fernando
y su madre la reina Catalina de Lancaster, renovaran la tregua vigente de ocho
meses que terminaba el 15 de noviembre de 1408 y se ampliara hasta abril de
1409. Posteriormente, este tratado de paz se prorrogó dos veces: la primera
renovación, por cinco meses, se extendió de 1 de abril a 1 de septiembre de
1409 y la segunda, por siete meses, del 1 de septiembre de 1409 al 1 de abril
de 1410. Ello no impidió que se produjeran incidentes fronterizos, como el
intento de los cristianos de repoblar Priego (el de Málaga) en septiembre de
1408 que los nazaríes desbarataron apoderándose y derruyendo la plaza.
Una vez terminada la tregua,
Yūsuf III, que conocía los preparativos castellanos para la guerra, también
sabía que era inminente una gran campaña contra el emirato naṣrí. Por ello, los
Nazaríes se adelantaron: musulmanes de Ronda atacaron Zahara, fortaleza que
había sido conquistada a su hermano por el infante Fernando en octubre de 1407,
y la saquearon el 5 de abril aunque sin llegar a reconquistarla, éxito que fue
comunicado a la Alhambra y celebrado en ella días después, el miércoles 4 de ḏū
l-ḥiŷŷa de 812/9 de abril de 1410. Al mismo tiempo, el hermano de Yūsuf III, el
príncipe Abū l-Ḥasan cAlī, dirigió una expedición contra Segura
de la Sierra, donde incendió Génave y otros lugares del valle mientras otra
parte de su tropa atacaba Caravaca; a su regreso triunfal de Segura, el
príncipe tuvo el honor de ver ensalzada su gesta en la casida oficial que
compuso el ministro Ibn Furkūn con motivo del cīd al-aḍḥà (fiesta
del Sacrificio del cordero) de 812/15 de abril de 1410.
Por su parte, el infante
regente Fernando emprendió el asedio de una plaza de importancia, la rica y
fértil ciudad de Antequera, cuya estratégica posición controlaba el paso hacia
Málaga. Los castellanos iniciaron el sitio el 26 de ese mismo mes de abril y
establecieron un enorme cinturón de cinco campamentos situados alrededor de la
ciudad para asfixiarla al impedir cualquier apoyo exterior.
La reacción de Yūsuf III fue
inmediata y ya el 4 de mayo había concentrado en Archidona su ejército al mando
de sus dos hermanos, Abū l-Ḥasan cAlī y Abū l-cAbbās
Aḥmad, que al día siguiente establecieron su real en la sierra llamada la Boca
del Asna (hoy Boca del Asno), a escasos kilómetros de Antequera y dominando la
ciudad. El día 1 de muḥarram de 813/6 de mayo de 1410 se desencadenó una
batalla de forma imprevista y caótica que acabó con la derrota de los
musulmanes, que tuvieron que abandonar el campamento ante la superioridad
castellana y a pesar de la heroica hazaña protagonizada por el jurista Abū
Yaḥyà Muḥammad Ibn cĀṣim, que luchó con tenacidad y
coraje manteniendo con gran perseverancia y energía su posición de combate;
incluso, cuando sus compañeros se retiraban, el ilustre sabio siguió
combatiendo en solitario ante los atacantes castellanos, a los que logró detener
mientras sus compañeros huían salvando la vida y él acababa sucumbiendo ante la
multitud de cristianos.
Otra importante pérdida militar
pero sobre todo humana que afectó personalmente a Yūsuf III fue la muerte de su
suegro, el alcaide y ḥāŷib Abū
l-Surūr Mufarriŷ a primeros de julio de 1410; murió luchando con gran bravura
en las cercanías de Montefrío, rodeado de enemigos cristianos en una
desafortunada escaramuza en la que, por error, su tropa se había quedado atrás.
El propio emir compuso una elegía en su honor conservada en su diván.
Tras numerosas escaramuzas y
combates en diferentes lugares de la frontera —algaradas cristianas en la
frontera oriental, Loja, Ronda, Montefrío, la hoya de Málaga y Archidona;
victorias nazaríes en Montejícar y Setenil—, Yūsuf envió una solicitud de tregua
ofreciendo parias a cambio de que se levantara el asedio, pero el infante
necesitaba la victoria para su prestigio personal en Castilla y para recuperar
la fuerte inversión realizada, por lo que respondió con unas condiciones
abusivas y exorbitantes que eran inaceptables para el emir.
Mientras tanto, los nazaríes
antequeranos defendían la ciudad heroicamente y con todas sus fuerzas y
abnegación, hasta el punto de que despertaron la admiración en el real
castellano enemigo, donde sabían que los continuos ataques no dejaban dormir ni
descansar a los sitiados y los cristianos no entendían “cómo omes de carne e
ueso podian tanto sofrir”.
Finalmente y tras cinco meses
de duro asedio durante el que los castellanos sometieron a los de Antequera a
cuatro modalidades diferentes de sitio (en mayo, el cinturón de cinco
campamentos; en junio, artillería; en agosto, una cerca de tapial; después, apertura
de minas en la muralla), se produjo la entrada en la ciudad, que fue saqueada
mientras la población se refugiaba en el castillo. Con escasas reservas de
agua, los antequeranos tuvieron que capitular a cambio de salvar la vida y sus
pertenencias. Los castellanos entraron en la ciudad el 24 ó 25 de septiembre de
1410.
Para Yūsuf III, la pérdida de
esta ciudad tuvo un gran impacto negativo por la importante merma territorial y
sobre todo geoestratégica que suponía. Además, la caída de una plaza de tan
gran fortaleza y relevancia en el emirato fue un duro golpe en la mentalidad y
la moral de los andalusíes.
A pesar de ello, se sobrepuso y
lanzó una incursión de castigo por los alfoces de Alcalá la Real y
posteriormente las tropas nazaríes recuperaron la fortaleza de Jébar, en las
cercanías de Antequera, y la derruyeron, aunque los cristianos la ocuparon de nuevo.
Estas acciones eran una razón más para que el regente Fernando aceptara las
treguas, porque, entre otras circunstancias, el infante quería reclamar el
trono de Aragón, vacante tras la muerte de su tío Martín el Viejo el 31 de mayo
de 1410. El embajador nazarí Sacīd al-Amīn cerró el acuerdo paz el
10 de noviembre de ese mismo año por un periodo de dieciséis meses, hasta el 10
de abril de 1412. La tregua incluía al sultán benimerín de Fez, como era
habitual, y contemplaba las “parias de cautivos” (300), pues Castilla comenzó a
imponer la entrega de cautivos cristianos en los tratados que podía. Por parte
nazarí, la firmaron Yūsuf III y su hermano Abū l-Ḥasan cAlī, de
manera que en caso de fallecimiento del emir su hermano respondía del
mantenimiento de la tregua.
A partir de entonces, Yūsuf III
pudo mantener la paz ya hasta su muerte prácticamente puesto que Fernando I,
una vez que alcanzó el trono aragonés en 1412 tras el compromiso de Caspe y
absorbido por cuestiones internas, siguió renovando en nombre de Castilla y
Aragón —en su doble condición de regente de Castilla y rey de Aragón— la tregua
anualmente hasta 1415. Tras su muerte el 2 de abril de 1416, la regente de
Castilla y madre de Juan II hizo lo mismo a partir de 1417, aunque a partir de
estas treguas Yūsuf III sí consiguió un plazo mayor, de dos años, si bien tuvo
que aceptar a cambio las “parias de cautivos” que después de 1412 había logrado
que no se incluyeran en los tratados, ni tampoco parias monetarias. A partir de
entonces se fueron concertando treguas en periodos de dos y tres años en 1417,
1419, 1421, 1424 y 1426 con la intervención como representante nazarí de Sacīd
al-Amīn, alfaqueque mayor del sultanato.
Por lo que respecta a Aragón
específicamente, cuando murió Fernando I, el sucesor en el trono aragonés,
Alfonso V el Magnánimo, mantuvo la tregua de su padre hasta abril de 1417,
fecha en la que finalizaba. Posteriormente, Yūsuf III mantuvo relaciones y contactos
con el soberano aragonés, pero no se iniciaron negociaciones formales ni se
estableció tregua oficial.
La buena relación con la corona
de Aragón permitió que se realizara una invitación a la emigración a los
mudéjares aragoneses hacia Granada. Para ello, se lanzó una proclama desde
Barcelona consistente en una supuesta carta de Yūsuf III, que realmente escribió
su embajador, de origen mudéjar y que estuvo en Barcelona a finales de 1409 o
comienzos de 1410 negociando la renovación de la tregua. En ella se alababa y
se presentaba a Yūsuf III como defensor y protector de los musulmanes y a
Granada como refugio y morada segura para ellos, al mismo tiempo que se
recordaba la obligación de emigrar de territorio infiel.
Por tanto, Yūsuf III
proporcionó un periodo de paz considerablemente amplio, pues sentó las bases
para que se extendiera más allá de su muerte abarcando casi dos decenios, entre
1410 y 1428. No obstante, como solía suceder en estos periodos de treguas, hubo
algunas violaciones incidentales de la paz sin mayores consecuencias pues se
resolvieron diplomáticamente, como era habitual.
Estabilizado el frente con los
reinos cristianos, a Yūsuf III se le planteó un grave problema con los
Benimerines y el sultán de Fez, Abū Sacīd cUṯmān
III (799-823/1397-1420), con el que le enfrentó una gran rivalidad y enemistad
que acabó debilitando a ambos estados y beneficiando con ello a los reinos
cristianos. La rivalidad desembocó en conflicto abierto por el control de una
de las plazas más importantes de al-Andalus, Gibraltar, que había recuperado el
abuelo del emir granadino, Muḥammad V, en 775/1374. En el año 813/1410, la
guarnición benimerín de Gibraltar se sublevó contra los Nazaríes y se entregó a
la soberanía del sultán de Fez. Yūsuf III inició inmediatamente el asedio de la
plaza para recuperarla, pero la fortaleza del Peñón, potentemente reforzada
además por los Benimerines en el siglo XIV, era tan inexpugnable que los
sitiados pudieron resistir varios años. El propio Yūsuf III se puso al frente
de sus tropas en el asedio en diversas ocasiones; sus prolongadas estancias en
su campamento gibraltareño le llevaron a componer dos de sus casidas sobre el
sitio de la plaza en 815/1412 y 817/1414, que posteriormente se incluyeron en
su diván.
Además del cerco militar a
Gibraltar, Yūsuf III emprendió otra acción estratégica para recuperar la plaza.
Con el objetivo de debilitar y desestabilizar el gobierno benimerín de Fez,
liberó al sultán destronado al-Sacīd (Muḥammad b. cAbd
al-cAzīz), que se hallaba refugiado o recluido en Granada desde niño
en 776/1374, y lo proclamó el primero de šacbān del año 813/29 de
noviembre de 1410. Luego se dirigió a Málaga, donde entró el lunes 3 de šacbān
de 813/1 de diciembre de 1410, y desde allí envió poco después a este
pretendiente destronado al Magrib el 17 de ramaḍān de 813/13 de enero de 1411
acompañado de tropas de jinetes y arqueros que alcanzaron la costa magribí y le
permitieron desembarcar en tierras de la cudwa al
cabo de trece días; dos meses más tarde, la flota nazarí regresaba victoriosa
de la conquista de Tánger, cuya alcazaba tomó cĀmir, el hijo de al-Sacīd,
el 17 de ḏū l-qacda de 813/13 de marzo de 1411.
Mientras tanto, los sitiados en
Gibraltar resistían el asedio, que se prolongó durante casi cuatro años, hasta
que perdieron definitivamente la esperanza de recibir socorros de Fez y se
rindieron tras pactar su inmunidad. Además, el enfrentamiento con Fez ya se
había solventado —el pretendiente enviado por Yūsuf III y el sultán de Fez Abū
Sacīd llegaron al final a un acuerdo para dividirse el Magrib— y Abū
Sacīd le había propuesto al emir nazarí firmar la paz tras la fiesta
del Sacrificio (del cordero) de 815/13 de marzo de 1413.
La entrada del príncipe Abū
l-Ḥasan cAlī, hermano de Yūsuf III, en Gibraltar se efectuó el
viernes 15 de ŷumādà I de 817/3 de agosto de 1414; la noticia llegó a la
Alhambra el día siguiente, sábado, y para su celebración y ensalzamiento se
compuso en aquel mismo momento una casida por el poeta oficial y secretario
personal del emir, Ibn Furkūn, y otra más cuando Yūsuf III ocupó la plaza once
días después.
Con la recuperación de
Gibraltar y una vez muerto el pretendiente enviado por el emir nazarí, al-Sacīd
(el primero de muḥarram de 816/3 de abril de 1413, al mes siguiente de su
armisticio con Abū Sacīd), se restablecieron las buenas relaciones y
amistad entre Yūsuf III y el sultán de Fez Abū Sacīd cUṯmān
III (1397-1420), aunque Yūsuf III no cesó de intervenir e influir
posteriormente en el gobierno benimerín.
Completan el cuadro de sus
relaciones político-diplomáticas los contactos con Túnez (el sultán Abū Fāris
le envió caballos y víveres) y el Magrib Central regido por los cAbd
al-Wādíes de Tremecén.
Durante el periodo de la
sublevación de Gibraltar, también hubo otro motín en el interior del emirato
nazarí, en la misma capital, poco antes de la fiesta del Sacrificio (del
cordero) del año 815/13 de marzo de 1413. Fue protagonizado por las gentes del Albaicín
y otros que los siguieron, al parecer alfaquíes, y no tuvo mayores
consecuencias.
Recuperadas completamente la
estabilidad y tranquilidad, Yūsuf III no pudo, sin embargo, disfrutar de ellas
mucho tiempo. El 26 de ŷumādà I de 818/3 de agosto de 1415 una flota portuguesa
de doscientos cuatro barcos apareció en el Estrecho y permaneció varios días en
el puerto de Algeciras, desde donde se dirigió a conquistar Ceuta dos semanas
después. Los Nazaríes sospecharon que el primer objetivo de los portugueses era
apoderarse de Gibraltar y costas andalusíes y rechazaron a los lusitanos; Yūsuf
III quiso dirigir personalmente la defensa, pero se lo impidió una grave
enfermedad por la que tuvo que ser intervenido, después de muchos días de
padecerla, a mitad [15] de ŷumādà II de 818/22 de agosto de 1415.
No obstante, contemplados
globalmente en el decenio de su reinado, el sitio de Gibraltar y el incidente
de la escuadra portuguesa fueron cuestiones menores que no afectaron mucho la
estabilidad general del sultanato y no impidieron a Yūsuf III mantener un
estado de prosperidad y brillantez. Así lo muestran las intensas actividades
interiores que desarrolló este emir, como la acuñación de moneda (se han
conservado dinares de oro batidos a su nombre) o las construcciones en la
Alhambra (reforma del palacio del Partal Alto o de Yūsuf III y quizás en el
Generalife y alrededores, algunas de ellas en rabīc I y šacbān
de 815/julio y noviembre de 1412) y poblaciones fronterizas (ampliación de la
alcazaba del castillo de Moclín desde el 22 de ŷumādà II de 812/1 de noviembre
de 1409).
Igualmente, realizó numerosos
viajes, visitas y estancias por sus territorios con diversos motivos políticos,
militares, administrativos o de descanso; así, tenemos constancia de su
presencia fechada con total precisión en diversos lugares como la alquería de
Wād (Huétor Santillán), Málaga (cuatro viajes, el primero para revisar un
alarde del ejército local y durante el que ordenó que se eliminaran las bebidas
alcohólicas y se observase rigurosamente la moral y buena conducta), Moclín,
Gibraltar (tres viajes al menos), alquería del Nublo (cuatro estancias
documentadas, aunque muchas más probablemente), Alhama, Almuñécar (dos viajes),
Güéjar, Alhendín y Algarrobo (Axarquía malagueña).
También fue en esta etapa de
paz cuando su hermano uterino (de la misma madre) Abū l-Ḥasan cAlī
falleció en la capital, la noche del domingo 14 de ŷumādà II de 819/9 de agosto de
1416. No se conoce la causa, pero fue una muerte repentina pues, además de ser
joven (menos de cuarenta años), sorprendió al propio Yūsuf III en Huétor cuando
iba de viaje. El emir se apresuró a regresar a la Alhambra para las exequias y
al día siguiente reemprendió su viaje. La importancia de este hermano en la
defensa del Estado y la relación especial que el emir mantenía con él se
reflejó en diversos aspectos, como el sobrenombre honorífico que le dio (al-Mucizz
li-l-Dawla, que era propio de soberanos), la forma de festejar su matrimonio o
llorar su muerte y el papel fundamental que desempeñó en la defensa del Estado
andalusí.
Su última actuación política
estuvo dirigida al Magrib meriní siguiendo su línea de intervención en el
gobierno de Fez. Como en ocasiones anteriores, envió un nuevo pretendiente al
trono fesí, el sultán Abū Yūsuf Yacqūb. El emir nazarí, a pesar de
que la enfermedad que padecía había empeorado, viajó a Almuñécar para ocuparse
personalmente de la travesía del pretendiente, que salió de este puerto
granadino hacia el Magrib el 25 de ramaḍān de 820/5 de noviembre de 1417.
Esto sucedía a finales del
ayuno del mes de ramaḍān, por lo que Yūsuf III ordenó realizar los preparativos
para la celebración de la fiesta de Ruptura del ayuno al término del mes. Sin
embargo, la muerte le impidió disfrutar de esta celebración, pues falleció el
martes 29 de ramaḍān
de 820/9 de noviembre de 1417, en el mismo Almuñécar. Aquella misma noche lo
llevaron en su ataúd a Granada, adonde llegó entrada la mañana del día de la
fiesta sin que nadie advirtiera su entrada porque estaban ocupados en la
oración de la fiesta, hasta que se reunieron todos en la Alhambra y entonces
llevaron a cabo la proclamación del heredero y el entierro de Yūsuf III.
Su prematura muerte —contaba a
la sazón solo cuarenta y un años de edad— se debió sin duda a la enfermedad que
le aquejaba desde hacía años y que era la tercera vez que la padecía, pero que
en esta ocasión no pudo superar. Años atrás había sufrido una fuerte dolencia
estando en Málaga, tras su viaje a Gibraltar, de la que pudo curarse el 16
de ṣafar
de 814/9 de junio de 1411. Luego había enfermado por segunda vez en ŷumādà II
de 818/agosto de 1415, cuando fue operado, y finalmente en 820/1417, cuando
murió.
Fue enterrado en la rauda (rawḍa),
el cementerio familiar de la dinastía nazarí situado en los jardines contiguos
al palacio real, al este de la mezquita mayor de la Alhambra. Tras la conquista
de la capital de Granada en 1492 sus restos fueron trasladados, junto a los de
otros miembros de la familia real nazarí, por el último sultán de la dinastía,
Muḥammad XI (Boabdil), a Mondújar, en las posesiones que a este le concedieron
los Reyes Católicos.
Después de nueve años y medio
de emirato dejó al-Andalus en paz y estabilidad en todos los frentes y aunque
tuvo que pagar el precio de la pérdida de Antequera y algunas otras plazas
menores, salió de la situación de tensión bélica que heredó de su hermano y
antecesor para legar a su hijo y sucesor un Estado en equilibrio y desarrollo
interior y exterior.
Su vida fue breve pero intensa
y sufrió con entereza las más duras pruebas del destino, como la cárcel, la
sequía en sus territorios o la muerte de sus seres más queridos: esposa, hijos
y hermano, a pesar de lo cual mantuvo la fe y confianza en Dios demostrando un
sentimiento religioso que se manifestó en su creación poética.
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Autor/es
- Francisco Vidal Castro
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