jueves, 14 de mayo de 2026

TABALET Y DOLÇAINA. HISTORIA Y ORIGEN

 

TABALET Y DOLÇAINA. HISTORIA Y ORIGEN

«Dentro de este patrimonio (hispanomusulmán), la música andalusí, dadas sus características, es un hecho cultural imprescindible para el conocimiento de la civilización árabo-islámica en su rama hispano-árabe”
(CORTES GARCIA, 1996).

El origen de la dolçaina es el oboe, instrumento que en determinadas circunstancias y zonas, fueron transformando hasta llegar a lo que ahora conocemos como dulzaina. El oboe nace en Mesopotamia y en el Norte de África hasta llegar a Madagascar. Podemos decir que tanto en Asia, como en África, hay indicios de conocimiento del oboe en sus diversas formas. Por ejemplo, los oboes de Egipto eran de doble tubo, se encuentran en pinturas sepulcrales sobre el siglo XV a. C. Se usaban siempre de dos en dos, es decir simultáneamente, aunque no estaban ligados entre sí.

La dolçaina estuvo en peligro de desaparecer al inicio de la Edad Media debido a que los pueblos nórdicos traían sus propios instrumentos, preferentemente trompas. Sin embargo, fue recuperada y perpetuada por los árabes y los hispanomusulmanes durante el periodo andalusí. Su nombre, dulzaina, proviene del árabe al-zurna.

Los árabes, también trajeron con ellos en el siglo VIII, otros instrumentos de viento emparentados con las dolçainas: albogues y albokas (del árabe al-bûq, «el cuerno»), la ajabeba de al-shabbaba (otra flauta dulce), el añafil de al-nafir, la gaita de al ghaita (otro tipo de trompeta), porque, en lo concerniente a la vida cultural andalusí, la música, el canto, los instrumentos, la danza y los cantores (de ambos géneros) eran una realidad cotidiana.

Tampoco podemos olvidar la relevancia del sufismo en al-Andalus y su relación con la música. Ibn al-Jatib cita la consideración hacia las cofradías místicas y los sufíes en tierras granadinas por parte de los estamentos gubernamentales y relata que el ceremonial del incienso para purificar la sala de la celebración, continuaba con el sonido de la dulzaina (al-mizmar). Aunque, la utilización de este aerófono tipo oboe, no era el más habitual en los rituales sufíes, ya que el más característico en las sesiones de al-sama’ era la flauta de caña (al-nay). Muchas de aquellas composiciones de la tradición culta andalusí se interpretan en los actuales repertorios de las nawbas magrebíes y en las cofradías.

Como ya hemos aclarado anteriormente, la dolçaina, es reintroducida por los musulmanes en Al-Ándalus. Esto explica que durante un largo periodo de tiempo, solo se encuentren dulzainas en el sur, citadas en los textos con variantes arábigas del vocablo zolami, muy común en los escritos musicales de Al-Ándalus. El primer nombre de la dulzaina en textos castellanos fue el de albogue, documentado en el Libro de Alexandre (siglo XIII), y posteriormente aparece en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita y en el Quijote de Miguel de Cervantes, ya con el nombre de chirimía, o con los de dulzaina y albogue.

«….En esto de las campanas anda muy impropio Maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías.»
El Quijote, Miguel de Cervantes.

De hecho, la dolçaina valenciana es conocida también por el nombre de xirimita. En las comarcas del sur dicen xirimita al instrumento y xirimiter a la persona que hace uso de él.

En el inventario organográfico de Felipe II, se encuentra registrada una dulzaina grande de madera guarnecida de latón. En esa misma época ya había dulzainas simples y dulzainas con llaves. Las dulzainas simples constaban de nueve sonidos y las dulzainas de llaves sobre doce aproximadamente

A partir del siglo XVIII, su presencia será constante y perdurable en todo el folclore español. Las primeras dulzainas eran más largas que las actuales, llegando a medir 50 ó 60 cm, frente a los 30-40 cm habituales.

En el Diccionario de Autoridades de la Real Academia, publicado en 1726, se dice que la dulzaina es «…à manera de trompetilla, úsase en las fiestas principales para bailar. Usaron mucho los moros deste género de instrumento.»

La dolçaina ha de ser de madera compacta y resistente. Antiguamente se construían de madera de algarrobo borde, pero ahora se han encontrado otras maderas que tienen mayor sonoridad. La dulzaina hace pareja con el tabalet o tabal, y ambos instrumentos son suficientes para amenizar musicalmente cualquier fiesta en la calle.

Este instrumento, el tabalet o tabal, coge su nombre del árabe hispánico aṭṭabál y este del árabe clásico ṭabl por lo que se intuye que el instrumento es de origen árabe. La palabra atabal hace referencia a los timbales y a los tambores pequeños.

El tabalet es un tambor más alto de lo normal, de unos 20 cm., y de un diámetro de 30 cm. aproximadamente que va tensado por cuerdas laterales y suele ir adornado de un bordón que permite llevarlo como mochila. Hay tabalets de muchas medidas y cualquier niño puede empezar aprendiendo canciones y ritmos con el tabal.

El tabalet o tabal es el instrumento de percusión que siempre acompaña a la dolçaina. Los dos instrumentos son complementarios, no solamente en la Comunidad Valenciana sino también en otros lugares donde existe la dolçaina, si bien en algunos sitios el tabal se sustituye por la caja (Castilla) o por un tabal más grande (Turquía).

Carme Barceló ha recogido numerosos testigos de los juicios de la Inquisición contra valencianos y valencianas cristianas y musulmanas acusadas de «tocar música a la morisca» con dulzainas, laúdes y tabales.

El tabalet y la dolçaina también existen en Marruecos, principalmente en el norte, mucho más en la zona norteña denominada Djebala. A la dolçaina marroquí allí se le llama «ghaita» (o rhaita, es un sonido uvular sonoro fricativo), mide unos 40 cm de largo y cuenta con diez agujeros. Y al tabalet se le denomina «tabl». Son pues el «ghaita» y el » ṭabl» y se utilizan para acompañar los cantos populares.

FUENTES:

  • Aproximación al universo musical sufí de al-Ándalus en las cofradías, los tratados y la impronta de sus poetas en las nawbas magrebíes (ss. XVIII-XX). Dra. Manuela Cortés García Departamento de Historia y Ciencias de la Música Universidad de Granada.
  • Emporio Científico e Histórico de Organografía Musical Antigua Española. Felipe Pedrell. Académico de número de la Real de Academia de Bellas artes de San Fernando. Profesor de Teoría e Historia del Arte de la Escuela Nacional de Música y Declamación de la Facultad de Estudios Superiores.
  • Huellas musicales de Al-Ándalus. https://jonnir.wordpress.com/2015/04/27/huellas-musicales-de-al-andalus/
  • Breve historia de al-Ándalus. Ana Martos Rubio
  • Historia de la dulzaina. Víctor Almor Marzal Universitat Jaime I. SEU CAMP DE MORVEDRE. CURS 2017-2018
  • La dulzaina, un instrumento tradicional e imperecedero. Celia Barragan Lope https://www.atelierdecelia.com/la-dulzaina-un-instrumento-tradicional-e-imperecedero-blog-1-50-21/
  • La inquisició i els moriscos. Debats: Revista de cultura, poder i societat, ISSN 0212-0585, ISSN-e 2530-3074, Nº 2-3, 1982, págs. 18-24. C. Batceló.
  • Historia de la dolçaina valenciana. https://www.collalembolic.com/historia-de-la-dol%C3%A7aina-valenciana/.
  • Instrumentos Tradicionales Valencianos: Dolçaina i Tabalet. https://www.vivirvalencia.com/fallas-valencia/instrumentos-tradicionales-valencianos
  • Viquipèdia L’enciclopèdia lliure. Dolçaina https://ca.wikipedia.org/wiki/Dol%C3%A7ain
  • Wikipedia, la enciclopedia de contenido libre. Dulzaina. https://es.wikipedia.org/wiki/Dulzaina
  • Gaitas http://filoblogos.blogspot.com/2006/11/gaitas_07.html.
  • Música y bailes tradicionales de Marruecos https://www.guiademarruecos.com/consejos-viajar-marruecos/musica-y-bailes-tradicionales-marroquies/.
  • La dolçaina i el tabalet. https://www.collalembolic.com/la-dol%C3%A7aina-i-el-tabalet/
  • La música y la danza en el antiguo Egipto PILAR GONZÁLEZ SERRANO
  • Viquipèdia L’enciclopèdia lliure. Tabal (instrument) https://ca.wikipedia.org/wiki/Tabal_(instrument)
  • Tradiciones musicales del norte de África y Oriente Medio https://es.wikipedia.org/wiki/ Tradiciones_musicales_del_norte_de_%C3%81frica_y_Oriente_Medio

Imágenes:

  • Amparo Sánchez Rosell
  • Wikimedia. Dulzaina. https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Dulzaina
  • Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Fallas2016_Dol%C3%A7ainers_01.jpg
  • Pinterest https://www.pinterest.es/
  • Museums online https://www.europeana.eu/portal/es/search?q=PROVIDER%3A%22MIMO+-+Musical+Instrument+Museums+Online%22
  • http://collectionsdumusee.philharmoniedeparis.fr/doc/MUSEE/0956331
  • (fr) Hautbois «ghayta» ou «zurna» – https://www.europeana.eu/portal/record/09102/_CM_0956331.html. Anonyme. Cité de la musique – http://mediatheque.cite-musique.fr/masc/play.asp?ID=0956331. CC BY-NC-SA – http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/

 

ZIRYAB

 

ZIRYAB

Ziryab: Abū l-asan ‘Alī b. Nāfi’. Irak, c. 789 – Córdoba, 857. Músico, cantor, poeta, gastrónomo y esteta.

Gastrónomo, maMúsico, ca

Biografía

Más conocido con el apodo de Ziryab, mirlo en árabe, emulando así al probable color de su piel y a la voz melodiosa de este ave, recibió una sólida formación literaria y científica, especialmente en geografía y astronomía, y aprendió música en Bagdad con el célebre cantor Ishaq Ibn Ibrahim al-Mawsilī (767-850), durante el califato de Harun al-Rasīd (786-808). La inestabilidad política a su muerte desatada por las guerras civiles entre sus hijos al-Amin y al-Ma’mun, unido a las desavenencias de Ziryab con su maestro, probablemente por la atracción del pupilo hacia las innovaciones musicales de Ibrahim al-Madhī, —otro hijo del califa entorno al cual los cantores y músicos con influencias persas comenzaron a liberarse del clasicismo de la música árabe—, aconsejaban abandonar la corte ‘abbasí de Bagdad. Hacia mayo de 822, recaló en la corte de Córdoba durante el advenimiento de ‘Abd al-Rahman II a un emirato pacificado por su padre al-Hakam I y con una próspera hacienda. Como Omeya, el emir no olvida que a su linaje le fue arrebatado el califato, cuyos derechos pretende aprovechando la decadencia de la corte ‘abbasí. Paralelamente, la riqueza de su tesoro le permitirá ostentar su poder con un lujo inaudito, para lo cual imita a los califas en su modo de vivir y toma las instituciones políticas de Oriente, creando así una conciencia en sus dominios de al-Andalus independiente del resto del mundo islámico, salvo en las esferas religiosa y cultural. Igualmente hace venir en un principio de Oriente los mejores poetas, cantores, músicos y bailarines. Este proceso de orientalización no hubiera eclosionado de no ser por la admiración y prestigio que alcanzó el cantor, poeta y músico desterrado de Bagdad. Con gustos afines y aproximadamente la misma edad, el emir se vio enseguida seducido por el genio musical de Ziryab, sus conocimientos enciclopédicos y sus costumbres extremadamente refinadas, llegándole a ofrecer una paga extraordinaria. La influencia que ejerció sobre la corte le convirtió en modelo a imitar del buen gusto y la elegancia entre la jassa o aristocracia andalusí, a la que inició en las modas y costumbres de la civilización bagdadí, que aceptaron como reglas de conducta social y urbana, incluso en aspectos tan íntimos como la higiene o el aseo y otros ligados a la propia moral y a la lengua. En su calidad de consejero principal del emir, introdujo las formas protocolarias orientales, según las cuales sólo sus súbditos principales podían acceder a las estancias reales en palacio, donde impone una etiqueta que regula todos los detalles de la vida cotidiana. Tanto el soberano como la jassa solían celebrar reuniones culturales en los que el anfitrión ofrecía un banquete, en el que se bebía vino —algo generalizado entre la población musulmana— viendo bailar a las danzarinas a la vez que se escuchaba música o declamar poesía y se jugaba a las damas y al ajedrez, juego que parece que introdujo el propio Ziryab. En este contexto, Ziryab favoreció la cocina bagdadí y fijó un orden gradual de platos para el banquete siguiendo las recomendaciones de los dietistas árabes, no mezclando los manjares, sino comenzando con entremeses o una sopa —único plato para el que se utilizaba un cubierto: la cuchara—, prosiguiendo con carnes asadas de cordero o vaca (las clases más modestas debían contentarse con carnes de baja calidad y vísceras), caza o aves condimentadas, manjar blanco que en al-Andalus recibía el nombre de tafaya, cuyo guiso se atribuía a la invención de Ziryab, para terminar con dulces, como pasteles o bizcochos de nueces, almendras y miel, pastas con fruta aromatizadas con vainilla o fruta confitada rellena de pistachos y avellanas. Los hispanomusulmanes alababan las frutas frescas y hortalizas que la fértil tierra de al-Andalus producía, pero Ziryab mostró el sabor de los espárragos trigueros, las ensaladas de alcauciles y los guisos de habas, plato que en la actualidad se conserva en Córdoba con el nombre de “ziriabi”. Siguiendo el código de Ziryab, el cadí cordobés Ibn Yabqa ibn Zarb, con fama de buen gourmet, pudo afirmar que “no es de buen tono servir dos series de manjares que no van bien entre sí”. Los platos se colocaban humeantes sobre una mesa baja cubierta con paños de vasto lino, que Ziryab recomendó se sustituyera por manteles de cuero fino. ‘Abbas Ibn Firnas, que había descubierto, entre otras cosas, una fórmula para fabricar vidrio, lo aprovechó Ziryab para demostrar a los comensales cordobeses que una copa de cristal era más apropiada para catar el vino que los cubiletes de oro o plata, mientras que las diminutas copas de licor eran el colofón de un banquete. Pese a la crítica de eruditos religiosos, estos placenteros entretenimientos eran tan corrientes que, salvo un lapso de tiempo represivo durante la etapa almohade, los muftíes se vieron incapaces de castigar las trasgresiones a la ley coránica y las medidas oficiales adoptadas al respecto.

Siguiendo la tradición griega e india, los árabes dieron tanta importancia a una dieta equilibrada como a la higiene personal, por lo que Ziryab abrió un instituto de belleza, que causó gran regocijo entre las cordobesas. Las peinadoras las depilaban y les ungían el pelo con perfumados aceites, para después venderles todo tipo de cremas para el cuidado de la piel y saquitos de polvos aromáticos para los vestidos, al tiempo que les enseñaban a emplear la pasta de dientes y el arte de maquillarse y pulirse las uñas, ya que la esposa mimada o la favorita debía esperar adornada con sus mejores galas la vuelta del dueño de la casa. También Ziryab influyó en la manera de cortarse el pelo y dejarse la barba de los hombres, que indujo a llevar corto y con forma, descubriendo los pómulos y la frente. Los hombres llevaban la cabeza descubierta o bien la cubrían con un simple gorro de lino o fieltro, mientras que las mujeres se envolvían la cabeza con un trozo de tela, cubriéndose el rostro por debajo de los ojos con un pañuelo que se ataba a la nuca o bien con un velo más amplio cuyas puntas caían sobre el pecho. Sin embargo, la moda bagdadí impuso a la jassa nuevos tocados: altos gorros de seda cruda, capelos cónicos de terciopelo bordado o incrustado de pedrería y tocas de brocado o de fieltro, que también serían adoptados por la corte leonesa. De otra parte, mientras los hombres y mujeres de la plebe usaban una camisa de lino y algodón, y ajustados al talle unos calzones largos y estrechos que no pasaban de la rodilla, añadiendo en invierno, una pelliza enguatada cortada en forma de túnica, o un chaquetón de piel de oveja o conejo; Ziryab estableció para la jassa un calendario de la moda, según el cual desde finales de junio hasta primeros de octubre se debía vestir de blanco, —color de los omeyas y de luto cuya generalización en verano llevó al negro como distintivo de las gentes enlutadas—, mientras que el resto del año se usarían trajes de color, normalmente de seda, añadiendo ligeras túnicas también de color y seda al comienzo del frío durante los equinoccios, que serían sustituidas por otras forradas de piel o por pellizas o abrigos de piel durante el invierno. Evitaba así la disparidad de atuendo entre las distintas clases de la población y se tenía en cuenta los cambios sensibles de temperatura, frescor o tibieza, lluvia o buen tiempo. En la Córdoba de Ziryab se conocieron los gusanos de seda y el papel, mientras en los talleres se intensificaba la producción de terciopelo, satén, sarga, lino y lana, que aprovecharon los artesanos sobre todo almerienses, inspirados en el tiraz bagadadí, para elaborar los brocados. Estos tejidos cortados para trajes de gala junto con las finas túnicas de gasa transparente colmaban los arcones de las familias aristocráticas. Pero no sólo la ornamentación de las telas sino también de las alhajas, aún bajo influjo de la tradición visigoda, sufren el influjo oriental.

Pero la contribución de Ziryab es sobre todo en el arte de la música. No sólo incorporó las vanguardias de Oriente, sino que creó originales formas que condujeron a la primacía cultural de al-Andalus. Destacó en el canto y en su virtuoso modo de tañer el laúd. Realizó algunas modificaciones en la técnica de construcción de este instrumento, añadiendo una quinta cuerda y aminorando su peso con maderas más finas y de mejor resonancia. Confeccionó las encordaduras con tripas de animal hilados en seda, y empleó plumas de águila como plectros, costumbre que persiste en la actualidad, en sustitución de madera, lo que posibilitó una mayor agilidad que mejoraba el sonido así como de duración de las cuerdas. Además, propuso técnicas más estructuradas para la voz y cambios en la forma, la estructura musical y la temática: jardinería y plantas, el agua junto al amor cortés, y el recurso de la variación de poemas y metros diferentes dentro de una composición musical, permitiendo mayor libertad en la estructura rítmica y melódica. Tenía un repertorio de más de diez mil canciones que en parte había compuesto y sabía de memoria, y creó la nawba, una especie de suite clásica (vocal e instrumental) con influencias cristianas y sefardíes y de la música bereber, manteniendo el clasicismo oriental como base. Esta expresión musical se abrió paso después hasta Oriente, conservándose en la actualidad como la wasla o suite clásica oriental de origen andalusí, algo que no hubiera transcendido si Ziryab no hubiese fundado en Córdoba el primer conservatorio de música del mundo islámico, mostrándose también como un gran pedagogo a la hora de formar discípulos. Estudiaba las condiciones naturales de su voz ordenándoles que la forzaran tapados por un almodón. Si el discípulo poseía una voz potente y limpia, comenzaba su enseñanza; desistía si percibía faltas que no posibilitaran el éxito. En pocos casos daba oportunidad a alumnos de voz escasa, que fortalecían atando un turbante al vientre. Al que cerraba la boca al cantar, le hacía pasar las noches con un trozo ancho de madera hasta que lograra separar las mandíbulas. Basaba su método de enseñanza en tres tiempos, comenzando por el aprendizaje del ritmo, como primer ejercicio, mediante el anexir o recitación en verso acompañándose de un instrumento de percusión. Seguía la enseñanza de la melodía en toda su sencillez, mediante cantos simples o llanos, para culminar la instrucción con el ornamento del canto, dándole expresión, movimiento y gracia, dependiendo de la habilidad del artista.

Contó con su familia como discípulos para difundir su escuela, entre los cuales destacó ‘Ubayd Allah como cantor. También Gasim y ‘Abd al-Rahman fueron buenos artistas, pero este último fue soberbio y cruel, antagónico en sus cualidades a Ziryab. Entre sus hijas, ‘Ulayya fue muy solicitada para el canto, ejerciendo su magisterio sin competencia, mientras que Hamduna fue una hábil artista que casó con el visir Hasim b. ‘Abd al-‘Azīz. Educó asimismo a diversas esclavas y esclavos, y a intelectuales y poetas como ‘Abbas b. Firnas y ,Aqil b. Tasr. Aslam b. ‘Abd al-’Aziz b. Hasim b. Jalid, un pariente de su hija Hamduna, recogió en su obra Agani Ziryab su legado musical, que aunque perdida, lo menciona Ibn Hazm en Tawq al-Hamama y al-Humaydī en Yadwat al-muqtabis. En definitiva, fue Ziryab quien principalmente contribuyó al posterior esplendor musical de al-Andalus. Los andalusíes amaban la poesía, las canciones, la música y la danza, y gracias a la política emprendida por ‘Abd al-Rahman II y al trato de preferencia que dio a Ziryab, superó en refinamiento y cultura a Oriente en su intención de tomar las riendas del mundo musulmán.

A Ziryab nunca le tentó ni la política ni el poder ni quiso inmiscuirse en las intrigas palaciegas, lo que contribuyó a elevar su posición en la corte y aumentar una fortuna calculada en 300.000 dinares, además de varias alquerías de la campiña cordobesa. Ni en Bagdad ni en Bizancio había sido jamás pagado tan generosamente el arte de un músico. Tanto trascendió en el mundo musulmán la munificencia del emir español que provocó el resentimiento en otros músicos y poetas al igual que en alfaquíes por motivos morales y religiosos. Con todo, hasta los historiadores alfaquíes gustaron de recordar el nombre de este músico, tras su muerte producida en Córdoba en el año 857, pues había logrado materializar el sueño de su mecenas ‘Abd al-Rahman II de pasar a la historia como un gobernante de gran inteligencia, constructor y esteta e imitador consciente de la cultura del califato de Bagdad para comenzar a ocupar en el mundo islámico de la alta Edad Media el puesto privilegiado que conservaría hasta la conclusión de la Reconquista cristiana. Pero fue bajo el arbitraje indiscutible de Ziryab, que la corte y la ciudad cambiaron sus hábitos y modales, vestimenta, mobiliario y gastronomía. Siglos después este Petronio árabe sería aún invocado siempre que una nueva moda hacía su aparición en la Península, mientras que la música quedó tan arraigada que siempre se defendió frente a las recomendaciones restrictivas de religiosos y juristas. De este modo, al-Andalus que había dependido de Oriente para su guía e inspiración religiosa, lingüística y cultural, adquirió conciencia de sí misma como metrópoli y con méritos propios de cara al resto del mundo musulmán.

 

Bibliografía

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M. C. Gómez Muntané, La música medieval en España, Kassel (Alemania), Reichenberger, 2001

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Autor/es

  • Iván F. Moreno de Cózar y Landahl. Conde de los Andes

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

JUDIAS BLANCAS CON ALMEJAS

 

JUDIAS BLANCAS CON ALMEJAS

Ingredientes

300 gr de judías blancas de calidad

500 gr de almejas

1 cebolla

1 pimiento verde

2 dientes de ajo

1 zanahoria

Clavos de olor

Sal

Pimienta negra recién molida

Aceite de oliva

 

Elaboración

Ponemos las judías blancas en remojo durante la noche antes de cocinarlas.

Escurrimos y lavamos con agua fría. Las ponemos en una olla y cubrimos con agua.

Añadimos la cebolla pelada, con los clavos de olor clavados.

Lavamos y pelamos la zanahoria y el pimiento sin tallo ni semillas, y lo añadimos a la olla.

Una vez que el agua esta hirviendo, bajamos la temperatura a fuego lento, y cocinamos durante 30 minutos, comprobando que las judías blancas estén tiernas, si necesita más gua, la añadimos y seguimos cocinando hasta que las judías estén lo suficientemente tiernas a nuestro gusto.

Sacamos la cebolla, la zanahoria y el pimiento y lo trituramos en el vaso de la batidora o pasapuré. Una vez trituradas, las incorporamos la mezcla a la olla con las judías.

Volvemos a poner la olla al fuego, añadimos sal y pimienta negra recién molida al gusto y esperamos a que vuelva a hervir.

Lavamos bien las almejas. Las colocamos en la olla, se abrirán en unos minutos y tu plato ya está listo para servir.

Servir caliente en platos hondos.

¡Buen provecho!

 

SOPA FRIA DE MELÓN CON JAMÓN

 

SOPA FRIA DE MELÓN CON JAMÓN

Cuando llega el verano o ahora que empieza a hacer calor, todos anhelamos platos frescos ligeros y refrescantes. Especialmente para quienes cocinan, es un placer elaborar comidas rápidas y fáciles que no requieren horno. Esta receta que comparto con vosotros cumple perfectamente con estos requisitos.

 

Ingredientes

1 melón maduro

100 ml de nata para montar

Sal

Pimienta negra recién molida

Aceite de oliva

6 lonchas de jamón ibérico

 

Elaboración

Ponemos toda la pulpa del melón, excepto las pipas en el vado de la batidora o licuadora, después de quitarle la cascara al melón.

Trituramos, muy bien y añadimos la nata, la sal y la pimienta negra recién molida al gusto, batimos y mezclamos muy bien.

Cortamos el jamón en dados pequeños para servirlos encima de la sopa. Si queremos darle un toque crujiente, freímos el jamón en una sarten o calentado lo en el microondas a máxima potencia durante 2 minutos.

Refrigeramos la mezcla del melón en el frigorífico durante 2 horas para servir la sopa fría.

Añadimos el jamón justo antes de servir y si lo deseas (opcional) un chorrito de aceite de oliva.

¡Buen provecho!

AL-QASIM B. HAMMUD

 

AL-QASIM B. HAMMUD

Al-Qāsim b. Ḥammūd: Abū Muḥammad, al-Qāsim b. Ḥammūd b. Maymūn b. Ḥammūd b. ‘Alī b. ‘Ubayd Allāh b. Idrīs b. Idrīs b. ‘Abd Allāh b. Ḥasan b. al-Ḥasan b. ‘Alī b. Abī Ṭalīb, al-Ma’mūn (El Fidedigno). Marruecos, c. 345-6/958 – Málaga, ša‘bān del año 427/VI.1036. Segundo califa ḥammūdí de Córdoba, descendiente de ‘Alī b. Abī Ṭalīb y de Fāṭima, hija del Profeta. Según Ibn ‘Iḏārī, siguiendo a Ibn Ḥayyān, su califato en dos etapas duró cuatro años y veintitrés días.

Califa hamudí

Biografía

Su padre, Ḥammūd b. Maymūn, fue un notable de la zona de Arcila de familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba al-Bayḍā’ (Blanca) al-Qurayšiyya, hija del tío paterno de su esposo.

En las primeras semanas que siguieron al asesinato de su hermano ‘Alī b. Ḥammūd, primer califa ḥammūdí de Córdoba, y el advenimiento de al-Qāsim, se dio un pretendiente omeya —suscitado en el Levante de al-Andalus por Jayrān, señor de Almería y el tuŷībí al-Munḏir b. Yaḥyà, señor de Zaragoza, así como por otros notables—, del que esperaban los cordobeses una restauración omeya que diera nuevo esplendor al califato ya moribundo, pero no llegó a cuajar. El flamante califa omeya era un bisnieto de Abderramán III, llamado ‘Abd al-Raḥmān IV b. Muḥammad b. ‘Abd al-Malik, que se había retirado a Valencia y había sido proclamado califa bajo el nombre de al-Murtaḍà, luego del asesinato de ‘Alī b. Ḥammūd; mas viendo Jayrān y al-Munḏir que el nuevo Califa no iba a ser manejable, decidieron antes de ir a Córdoba atacar a los beréberes zīríes de Granada, a fin de deshacerse de al-Murtaḍà. Dicho y hecho, dejaron al flamante califa cuasi abandonado ante el ejército beréber, y los dos fautores califales se retiraron a Almería. Con todo, al-Murtaḍà pudo escapar y refugiarse en Guadix, donde unos sicarios de Jayrān lo volvieron a apresar y lo asesinaron.

En el ínterin, las milicias bereberes ḥammūdíes de Córdoba y Sevilla proclamaron a al-Qāsim como sucesor, vulnerando, pues, el testamento del difunto califa ḥammūdí ‘Alī, que había nombrado a su hijo mayor Yaḥyà heredero presunto y se hallaba entonces en Ceuta.

Al-Qāsim se apresuró a trasladarse de Sevilla, ciudad de la que era gobernador, a Córdoba para recibir el juramento de fidelidad de los cordobeses, que se lo prestaron el martes 4 de ḏū-l-qa‘da de 408/25 de marzo de 1018, tres días después de la muerte de su hermano menor ‘Alī. El nuevo califa había sobrepasado los 61 años de edad el día de su proclamación.

Yaḥyà, a quien correspondía la herencia de su padre, no estimó conveniente oponerse de momento a la proclamación de su tío, pero no descuidó asegurar sus dominios: Málaga, donde estaba su hermano Idrīs, y las plazas africanas. Al-Qāsim por su parte designó como heredero a su sobrino Yaḥyà y le dio a su hija Fátima como esposa. Cuando Yaḥyà más tarde reciba propuestas de los beréberes de Córdoba que el califa al-Qāsim había postergado, ofreciéndole su apoyo para ocupar el Trono, entonces Yaḥyà se desplazó a Málaga, enviando a su hermano y lugarteniente Idrīs a Ceuta.

Mientras, la capital cordobesa conoció durante tres años seguidos una verdadera paz. Al-Qāsim no estaba desprovisto de ciertas dotes políticas y su avanzada edad lo inclinaba a la moderación; de ahí que hasta gozase de cierta popularidad entre la población. Al hacerse cargo del poder decretó una amnistía general y abolió las medidas de su hermano ‘Alī, que obligaban, entre otras cosas, a la gente acomodada a pagar personalmente el equipo y el mantenimiento de un soldado. Poco a poco se ganó la animadversión de las milicias beréberes, hasta el punto de que el califa empezó a desconfiar de ellos, por lo que reclutó en el norte de África mercenarios negros que empleó como guardia de corps. Algunos le atribuían opiniones ši‘íes; pero no las dejaba transparentar. Su talante moderado atrajo a la corte a jefes esclavones amiríes de Levante, tales como Jayrān y Zuhayr, confiándoles el mando sobre sus regiones, Almería al primero, y Jaén, Baeza y Calatrava al segundo.

Con el tiempo las relaciones entre el califa y su heredero presunto, su sobrino y yerno Yaḥyà b. ‘Alī se fueron deteriorando; el segundo se había dado buena maña para acrecentar sus apoyos (Jayrān de Almería siempre dispuesto a venderse al señor del momento, le aseguró su participación). Cuando se sintió lo suficientemente fuerte, se sublevó contra su tío en Málaga, un día de rabī‘ I de 412/15 de junio de 1021, y acto seguido marchó contra Córdoba.

Su tío al-Qāsim, inseguro de los cordobeses, abandonó la capital el 22 de rabī‘II de 412/5 de julio de 1021 y se fue a refugiar a Sevilla, ciudad de la que había sido antaño gobernador. Los beréberes se fortificaron en el alcázar de Córdoba esperando la llegada de Yaḥyà b. ‘Alī, que entró sin dificultades en la ciudad y tanto los cordobeses como los beréberes se pusieron de acuerdo para proclamarlo califa. La jura tuvo lugar el primero de ŷumādā I de 412/13 de agosto de 1021.

Mientras al-Qāsim seguía titulándose califa y emir de los creyentes en Sevilla, y como tal lo reconocían sus habitantes; lo cual fue piedra de escándalo en al-Andalus ver reinar a dos califas a la vez. Pronto Yaḥyà no pudo mantenerse en Córdoba, su desmesurado orgullo le enajenó los apoyos beréberes y sintiéndose amenazado optó por huir a Málaga. Aprovechó la situación su tío al-Qāsim para volver a Córdoba de inmediato y entró en la ciudad el martes 17 de ḏū-l-qa‘da de 413/11 de febrero de 1023. Los cordobeses le renovaron el juramento de fidelidad y al-Qāsim revocó la designación de heredero que había formulado a favor de su sobrino Yaḥya, otorgando la herencia de su precario califato a su hijo Muḥammad.

El viejo califa reinó esta segunda vez siete meses y algunos días, hasta que el martes 21 de ŷumādā II de 414/9 de septiembre de 1023 la gente de la ciudad se levantó contra él y sus beréberes, a los que el califa no podía sujetar. Intentó impedir la llegada de toda clase de víveres y reducir por hambre a los cordobeses; pero al final al-Qāsim debió abandonar la ciudad para no volver el 16 de ramadán de 414/2 de diciembre de 1023.

Enseguida los cordobeses nombraron califa al omeya ‘Abd al-Raḥmān V al Mustaẓhir, hermano menor del desastroso califa Muḥammad II al-Mahdī, iniciador de la guerra civil que llevaría al califato de Córdoba a su extinción. En vano al-Qāsim buscó refugio en Sevilla, esta vez los habitantes le cerraron las puertas y expulsaron a sus familiares del alcázar; finalmente se refugió en Jerez, donde su sobrino Yaḥyà pronto vino a sitiarlo, obligándolo a capitular y desde donde sería conducido cautivo a Málaga. Permaneciendo en ese estado hasta la muerte de Yaḥyà b. ‘Alī; entonces su hermano y sucesor Idrīs mandó estrangularlo en prisión, corría el mes de ša‘bān del año 427/junio de 1036. Era por esas fechas un anciano octogenario. El cadáver fue entregado a sus dos hijos, Muḥammad y Ḥasan, que a la sazón residían en Algeciras.

Bibliografía

J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, t. II, Barcelona, Imprenta de D. Juan Oliveres, Editor, 1844, págs. 140-142

Al-Maqqarī, Nafḥ al-ṭīb, ed. bajo el título de Analectes sur l’Histoire et la littérature des Arabs d’Espagne, t. II, por R. Dozy, G. Dugat, L. Krehl, W. Wright, Leiden, Brill, 1855, págs. 315-319 (trad. parc. P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, t. II, New York-London, Johnson Reprint Corporation, 1964, págs. 230, 234, 237 y 240-241)

Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī-l-ta’rīj, t. IX, ed. de C. J. Tornberg, Leiden, Brill, 1863, pág. 273

‘Abd al-Wāḥid Al-Marrākušī, Kitāb al-Mu‘ŷib fī taljīṣ ajbār al-Magrib, ed. R. Dozy bajo el título de History of the Almohades, Leiden, Brill, 1881 (trad. de E. Fagnan, Histoire des Almohades, Argel, Adolfo Jordán, Libraire-Éditeur, 1893, págs. 43-45), reimpr. Ámsterdam, Oriental Press, 1968, págs. 35-37

Al-Nuwayrī, Kitāb Nihāyat al-‘arab fī funūn al-adab, ed. y trad. M. Gaspar Remiro bajo el título de Historia de los musulmanes de España y África por En-Nuguairí, t. I, Granada, Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1917, págs. 80-82/76-77

Ibn ‘Iḏārī, al-Bayān al-Mugrib fī [ijtṣār] ajbār mulūk al-Andalus wa l-Magrib, con título y subtítulo en francés que reza: Al-Bayān al-Mugrib. Tome troisième. Histoire de l’Espagne Musulmane au XIème siècle. Texte Arabe publié par la première fois d’après un manuscrit de Fès, ed. de E. Lévi-Provençal, Paris, Paul Geuthner, 1930, págs. 113-114, 122-124, 127-135 y 144 (trad. crítica [con centenares de correcciones, merced a la Ḏajīra de Ibn Bassām y a las “Observations sur le texte du tome III du Bayān de Ibn ‘Iḏārī”, establecidas por E. Lèvi-Provençal, en Mélanges Gaudefroy de Mombynes, El Cairo, 1935-1945, págs. 241-258] de F. Maíllo Salgado, La Caída del Califato de Córdoba y los Reyes de Taifas [al-Bayān al-Mugrib], Salamanca, Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca, 1993, págs. 103, 110-112, 114, 116-120, 126)

R. Dozy, Histoire des Musulmans d’Espagne, t. II, ed. E. Lévi-Provençal, Leiden, Brill, 1932, págs. 316-321

L. Seco de Lucena, Los Hammudies, Señores de Málaga y Algeciras, Málaga, Exmo. Ayuntamiento de Málaga, 1955

Ibn al-Jaṭīb, Kitāb A‘māl al-A‘lām, ed. de E. Lévi-Provençal bajo el título Histoire de l’Espagne Musulmane (Kitāb A‘māl al-A‘lām), Beirut, Dār al-Makchouf, 1956, págs. 129-130 (trad. de W. Hoenerbach, Islamische Geschichte Spanien. Übersetzung der A‘mal al-A‘lam und Ergänzender Texte, Zürich-Stuttgart, Artemis Verlag, 1970, pág. 264)

Al-Ḥumaydī, Yaḏwat al-muqtabis fī ḏikr wulāt al-Andalus, ed. de M. T. al-Tan’ī, El Cairo, al-Dār al-Miṣriyya, 1966, pág. 22-24

E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), en R. Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1967, págs. 479-482

A. Huici Miranda, “Hammudides”, en Encyclopédie de l’Islam, Leiden-Paris, Brill-Maisonneuve, 1975. t. III, págs. 150-151

J. M. Continente, “Los Ḥammūdíes y la poesía”, en Awrāq, 4 (1981) pág. 57-72

Anónimo, Ḏikr bilād al-Andalus, ed. y trad. L. Molina bajo el título de Una descripción anónima de al-Andalus, 2 vols. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, págs. 171/217

Autor/es

  • Felipe Maíllo Salgado

 

martes, 12 de mayo de 2026

ALCACHOFAS RELLENAS AL ESTILO SEVILLANO

 

ALCACHOFAS RELLENAS AL ESTILO SEVILLANO

Ingredientes

Aproximadamente 12 alcachofas grandes o 20 pequeñas

500 gr de carne de cerdo picada, ternera o pollo

3 huevos

2 dientes de ajo

Perejil picado al gusto

100 gr de pan rallado

1 cebolla

1 tomate

Un puñado de almendras frescas

Sal

Pimienta negra recién molida

Comino molido

200 ml de vino blanco

Caldo de pollo, o agua

 

Elaboración

Si compras alcachofas en conserva, es mas fácil, simplemente vaciamos la parte del corazón para hacer espacio para el relleno. Reservamos esta parte del corazón para añadirlas a la salsa.

Para preparar las alcachofas frescas, es necesario quitar las hojas y el tallo, que no son comestibles. Recortamos también la parte superior de las hojas. Retiramos el corazón de las alcachofas y reservamos para la salsa.

Es recomendable mantener las alcachofas cubiertas con agua fruía y una buena cantidad de perejil fresco esto evitara que se oxiden demasiado.

Para el relleno,  en un bol mezclamos la carne picada con los huevos, el pan rallado, el ajo y el perejil finamente picados, y un poco de sal y pimienta negra recién molida. Reservamos.

E una cacerola, sofreímos la cebolla. Añadimos un chorrito generoso de aceite de oliva y las cebollas picadas gruesas. Sofreímos bien, luego agregamos el tomate picado y cocinamos durante 10 minutos, removiendo de vez en cuando. Añadimos los corazones de alcachofas y cocinamos también.

Finalmente, añadimos el vino blanco y un poco de agua o caldo de pollo. Mezclamos muy bien la salsa en la cacerola, y con la batidora, trituramos hasta que este con la textura deseada. Salpimentamos al gusto. Agregamos las almendras picadas y una pizca de comino en polvo, mezclamos para la integración de los ingredientes.

Añadimos el relleno al centro de cada alcachofa.

Una vez preparada la salsa, añadimos las alcachofas rellenas en posición vertical a la cacerola y cocinamos durante 20 minutos. Es importante añadir suficiente caldo para cubrir tres cuartas partes de las alcachofas.

Una vez cocidas, retiramos de la salsa y colocamos en un plato.

Si lo desea, podemos reducir la salsa hasta que espese.

Servir caliente.

¡Buen provecho!

 

AL-NASIR

 

AL-NASIR

Al-Nāṣir: Abū ‛Abd Allāh Muḥammad, al-Nāṣir. ?, 576 H./1181 C. – Marrakech (Marruecos), 10 de Ša‛bān de 610 H./25.XII.1213 C. Cuarto califa almohade.

Califa almohade

Biografía

Abū ‛Abd Allāh Muammad b. Ya‛qūb b. Yūsuf b. ‛Abd al-Mu’min fue el cuarto califa almohade y ejerció el poder durante los catorce años que median entre 595-611/1199-1213. Era bisnieto del fundador de la dinastía de los Banū ‛Abd al-Mu’min y tanto su padre como su abuelo lo habían precedido en la ostentación de la dignidad califal, manteniéndose, por lo tanto, una línea directa de sucesión dinástica que habría de romperse tras la muerte de su hijo y sucesor, Yūsuf II. Su padre, Ya‛qūb al-Manūr, había muerto el 12 de rabī‛ I de 595/12 de enero de 1199, y la sucesión se produjo según lo previsto, ya que Muammad había sido oficialmente designado heredero en vida de su antecesor, cuando contaba tan solo nueve años, siendo proclamado una semana más tarde, a finales de dicho mes, es decir, del 20 al 30 de enero de 1199. Su elevación al poder no despertó discordias entre los almohades, debido a su condición de heredero oficial desde tiempo atrás y a que la autoridad de su padre era indiscutida, si bien el califa era tan sólo un joven de apenas diecisiete años. No obstante, es cierto que ello dio lugar a que se iniciase una dinámica que, en etapas sucesivas, habría de tener una influencia en aumento, la del creciente intervencionismo de los jeques almohades, en especial los tíos del nuevo soberano, dada su inexperiencia en asuntos políticos por su juventud.

El califato de Muammad al-Nāir tiene un carácter muy relevante en la evolución del Imperio almohade, ya que marca un punto de inflexión en su trayectoria. En efecto, hasta entonces se había desarrollado la fase ascendente del dominio almohade, sólidamente asentado en sus bases magrebíes y capaz de obtener resonantes victorias en territorio andalusí frente a los cristianos, sobre todo la de Alarcos en 1195. Después de él, sin embargo, se inicia la decadencia almohade, en la que a la descomposición política interna se va a unir el progresivo desmembramiento del Imperio y el abandono de la política de ŷihād en la Península. La época de al-Nāir presenta, pues, un carácter ambivalente, ya que, junto a algunos éxitos importantes, como los obtenidos en Baleares e Ifrīqiya, se une el fracaso de la derrota de las Navas de Tolosa.

Gracias a la enérgica actuación de su padre, el vencedor de Alarcos, la situación en la Península se encontraba en calma cuando Muammad al-Nāir llegó al poder, ya que se habían firmado treguas con Alfonso VIII en 1197 por diez años, mientras que los leoneses estaban aliados a los almohades. De esta forma, el problema principal al que hubo de hacer frente al comienzo de su actuación fue el dominio de Yayà b. Gāniya en las Baleares y la extensión de su poder a toda Ifrīqiya, salvo Túnez y Constantina. El primer intento almohade por restablecer la situación, protagonizado por el gobernador de Bugía, acabó en completa derrota hacia 1200. Ello permitió a Ibn Gāniya consolidar su posición, al hacerse con el control directo del puerto de Mahdiya, hasta entonces en manos de un emir aliado suyo. Sin embargo, el califa al-Nāir logró poner fin al dominio ejercido desde décadas atrás por los Banū Gāniya en Baleares, conquistando Menorca en 1202 y al año siguiente Mallorca, siendo la cabeza de ‛Abd Allāh b. Gāniya enviada al califa en Marrakech. Sin embargo, esta gran victoria fue compensada con otra pérdida, ya que mientras los almohades se apoderaban de las Balerares, Yayà b. Gāniya logró hacerse con el dominio de Túnez en 1203. Ello determinó una respuesta almohade inmediata, que el propio califa se encargó de encabezar, dirigiendo sus contingentes hacia Ifrīqiya, de forma que en 602/1205, cerca de Gabes, Yayà fue derrotado, siguiendo a continuación la toma de Mahdiya al año siguiente, de tal forma que el dominio almohade en Ifrīqiya pudo ser completamente restablecido.

Tras la pacificación de Ifrīqiya y con la situación estabilizada en al-Andalus, gracias a las treguas establecidas en época de su padre, siguieron tres años de tranquilidad, en los que el califa pudo dedicarse a reorganizar su administración desde Marrakech y a poner orden en la administración de la Hacienda, debido a los frecuentes casos de fraude y corrupción que se producían habitualmente. No obstante, ya en 1210 las fuentes árabes nos informan de la realización de una expedición marítima contra las costas catalanas, al parecer en respuesta a una previa ofensiva aragonesa. Ello sería el preludio del restablecimiento de las hostilidades entre cristianos y almohades en la pugna por el control del territorio peninsular.

Sin duda, el episodio central de la actuación de Muammad al-Nāir fue la célebre batalla de las Navas de Tolosa, que se produjo en las estribaciones de Despeñaperros el 16 de julio de 1212. Alfonso VIII anhelaba poder vengar la dura derrota de Alarcos y, antes de que finalizasen las treguas pactadas en 1997, se decidió a atacar los territorios musulmanes, saliendo de Toledo en 1209 y dirigiéndose contra Jaén y Baeza, mientras que los caballeros de la Orden de Calatrava hacían lo propio sobre Andújar. El califa al-Nāir envió embajadores para protestar contra la violación de la tregua, pero la ruptura de hostilidades era definitiva. La victoria de las Navas vino precedida de una previa campaña almohade durante el año anterior, que era la respuesta a las algaras efectuadas por Alfonso VIII y el infante Fernando III, junto a las milicias concejiles de Madrid, Guadalajara, Huete, Cuenca y Uclés, en la zona levantina, donde arrasaron los alrededores de Játiva. En respuesta, el propio califa se puso al frente de sus fuerzas y en febrero de 1211 salió de Marrakech, llegando en mayo a Sevilla. Meses después, logró recuperar la fortaleza jiennense de Salvatierra. Fue la última vez que un califa almohade salió en campaña desde Marrakech para cumplimentar el deber del ŷihād en al-Andalus, pues sus sucesores se limitaron, como máximo, a adoptar actitudes meramente defensivas. La mala noticia de esa pérdida se acompañó de otra aún peor en el bando castellano, la muerte prematura del infante Fernando, primogénito de Alfonso VIII.

La campaña almohade de 1211 fue una demostración de fuerza que indujo a Alfonso VIII a solicitar del papado una cruzada, encontrando una respuesta favorable en Inocencio III, que en abril de 1212 ordenaba, además, a las dos máximas autoridades eclesiásticas peninsulares, los arzobispos de Toledo y Santiago, que exhortasen a los demás los soberanos a mantener las paces y treguas que tuviesen con el rey castellano mientras durase la guerra contra los infieles. De esta forma, la campaña que culminaría en la victoria cristiana de las Navas se planteó desde el comienzo como una operación conjunta destinada a asestar un golpe definitivo a los almohades, contando con la alianza de tres de los cinco soberanos cristianos peninsulares y el respaldo ideológico de la Iglesia y del Papado, dando a dicha campaña una dimensión internacional aún más relevante. Para ello, como indica de manera gráfica un cronista árabe, los contingentes se concentraron en 1212 en Toledo ‘como langostas’, mientras que Pedro II de Aragón había acudido a la cita el año anterior en Cuenca y Sancho VII de Navarra se añadió a la expedición una vez que la misma hubo partido de Toledo.

La batalla de las Navas fue uno de los principales enfrentamientos entre cristianos y musulmanes habidos en la península Ibérica durante toda la Edad Media, debido a varios motivos. La guerra medieval consistía, esencialmente, en una lucha por el control del espacio, no por destruir al enemigo, de ahí que la batalla campal fuese un hecho excepcional. En cambio, una de las causas de la singularidad del encuentro de las Navas radica en el hecho de que tuvo un significado estratégico propio, siendo el producto de una decisión determinada, pues nunca antes se había buscado de manera tan premeditada la batalla como medio de dirimir un conflicto. Por otro lado, si bien es cierto que tanto la cifra de combatientes como de víctimas que aportan las fuentes narrativas, árabes y cristianas, resultan totalmente exageradas y fantasiosas, en cambio no lo es menos que la cantidad de recursos movilizados por ambos bandos contendientes fue de una magnitud extraordinaria.

La actitud del soberano almohade ha sido interpretada como uno de los factores de la derrota musulmana, ya que, en lugar de acudir a primera línea del combate para espolear con su presencia la victoria de sus contingentes, como hizo Alfonso VIII, optó por permanecer recluido en su tienda recitando versículos coránicos, para salir huyendo en el momento en el que la jornada se declaró adversa, no conformándose con refugiarse en Sevilla, sino abandonando de manera apresurada al-Andalus para dirigirse a Marrakech, dando una imagen de total abandono y desentendimiento respecto al destino de la población andalusí. No obstante, las causas de la victoria cristiana son más profundas y se vinculan a diversos factores, tanto puntuales, la mayor eficacia táctica y estratégica de los contingentes cristianos y su mayor organización y sentido de la disciplina, como generales, de forma que el avance conquistador cristiano podía considerarse ya, a esas alturas, irreversible, de manera que el carácter ‘decisivo’ atribuido por la historiografía tradicional al encuentro es hoy día matizado por los principales especialistas.

Las fuentes árabes no dudan en señalar la importancia de la batalla de al-‛Iqāb, como la denominan, coincidiendo en indicar que fue entonces cuando se inició el declive almohade e incluso, más aún, la propia ruina de la presencia musulmana en la Península. Algunas fuentes, incluso, vinculan la propia muerte del califa, un año y medio después, al abatimiento en que se vio sumido tras la derrota. Ciertamente, aunque el califa al-Nāir intentó enmascarar la crudeza de su derrota en la carta enviada tras la batalla a la capital del Imperio dando cuenta de la misma, lo cierto es que la victoria cristiana no tuvo paliativos y, desde este punto de vista, las Navas sí podría considerarse un encuentro decisivo, como ha señalado la historiografía más clásica. Sin embargo, el epílogo de la victoria cristiana, al menos en el momento inmediatamente posterior, no fue tan relevante como pudiera, en principio, pensarse. De hecho, la derrota almohade no sólo no supuso la disgregación de sus estructuras políticas y militares, sino que, apenas mes y medio después, en septiembre de 1212, los musulmanes atacaban algunos de los castillos que los cristianos habían conquistado en Sierra Morena y los expulsaban de algunos puntos fortificados de la frontera oriental. Por su parte, las siguientes iniciativas militares cristianas no tuvieron éxito, ya que Alfonso VIII fracasó en el asedio de Baeza de 1213, mientras que Alfonso IX de León, que no había participado en la cruzada de las Navas, tampoco tuvo éxito ante Mérida.

La consecuencia estratégica más importante de la victoria cristiana fue trasladar la línea de frontera desde el Tajo hasta Sierra Morena, gracias a la toma de posesión de buena parte de las fortificaciones que vertebraban la presencia musulmana al Norte de Sierra Morena. En efecto, los cristianos se hicieron con el dominio de una decena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba que jalonaban todo el territorio entre Sierra Morena y el Tajo (Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente, Caracuel, Vilches, Baños, Tolosa y Ferral). Sin embargo, lo cierto es que durante la década siguiente, entre 1212-24, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable, a pesar de que el califato había recaído, tras la muerte de al-Nāir en 1213, en un menor de edad. A pesar de la gran resonancia cronística de la victoria cristiana, durante los años siguientes el poder almohade aún mantuvo sus posiciones en la Península, de forma que las únicas pérdidas importantes experimentadas por los musulmanes tras las Navas y antes de 1224 fueron las de Alcácer do Sal (1217) y Alburquerque (1218).

La derrota de las Navas de Tolosa fue seguida, al poco tiempo, de la muerte del propio califa al-Nāir, sucedida apenas un año y medio después, en concreto el 10 de ša‛bān de 610/25 de diciembre de 1213, cuando contaba tan solo treinta y dos años de edad. Las causas de este prematuro fallecimiento no están nada claras y las fuentes árabes discrepan entre sí, ofreciendo versiones totalmente contrapuestas al respecto. Las crónicas más próximas, y por ello más fiables, sugieren la hipótesis del asesinato por envenenamiento, aunque sin una contundencia plena y dejando abierta la existencia de otras posibilidades. Tampoco cabe descartar que falleciese de manera natural, debido a un ataque de apoplejía, mientras que en cambio, otras narraciones resultan más inverosímiles, por ejemplo la que atribuye su muerte a los miembros de su guardia negra cuando estaba en los jardines del alcázar, debido a que él mismo había ordenado que se ejecutase a todo el que fuese sorprendido allí de noche y, en una ocasión que salió disfrazado para ver si sus preceptos eran cumplidos, fue alanceado por los guardias, que no lo reconocieron. No mucho más verosímil parece que su muerte fuese producida por la mordedura de un perro. En todo caso, la existencia de tantas versiones contradictorias indica con toda probabilidad que no fue una muerte natural, sino producto de intrigas políticas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que Muḥammad al-Nāṣir dejaba una pesada herencia a su sucesor, no sólo por la derrota de las Navas, sino por lo temprano de su muerte, que iba a hacer que las riendas del poder recayesen en su hijo, un niño de entre apenas diez o quince años.

 

Bibliografía

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M. Alvira Cabrer, “El desafío del Miramamolín antes de la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Fuentes, datación y posibles orígenes”, Al-Qantara, XVIII (1997), págs. 463-490

M.ª J. Viguera (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, siglos XI al XIII, Madrid, Espasa Calpe, 1997

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P. Cressier, M. Fierro y L. Molina, Los almohades: problemas y perspectivas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2005, 2 vols.

F. García Fitz, Las Navas de Tolosa, Barcelona, Ariel, 2005.

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán