viernes, 27 de abril de 2012

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Pasajes de la historia de al-Ándalus



PASAJES DE LA HISTORIA DE AL-ANDALUS




El refranero andalusí de Ibn Sharaf


He aquí un extracto muy escueto de la biografía de Abû 'Abd Allah Muhammad ibn Sa'id ibn Sharaf al-Yudámi nació en Qayrawán hacia el año 1000 de nuestra era. Recibió una buena formación intelectual, y, pese a ser tuerto, fue admitido a la corte del soberano zirí al-Mu'izz ibn Bádis, en la que se hizo famosa su rivalidad con Ibn Rashiq, el autor de la `Umda. Ante la invasión de los Banû Hilâl, Ibn Saraf, ya maduro, huyó con su soberano a Mahdiyya (1055 J. C.), y, a poco, a Sicilia, desde donde se decidió a pasar a al-Andalus. Recorrió varias cortes de los Reyes de Taifas, menos la de al-Mu`tadid, a quien temía, y con quien prefería entenderse de lejos. Se instaló en la de al-Ma'mûn de Toledo. Al fin, parece haberse ido a refugiar en Berja, cerca de Almería, y dicen que murió, sin embargo, en Sevilla al final del reinado de al-Mu’tadid, en el 460 = 1067. Tuvo un hijo bastante famoso, Abû-l-Fadl Ya'far, y un nieto Abû 'Abd Allah Muhammad, menos célebre.


Refranes de Ibn Sharaf


1- No preguntes a la gente y a la Suerte por noticias;


que las dos te darán nuevas sin que se las pidas.


2- Te mostrará la Suerte lo que ignoras


y te traerá noticias mensajero a quien no pagaste viático.


3- No reprendas a un amigo por un simple fallo de carácter,


pues la luna que brilla en la noche también mengua.


4- No conservarás un amigo al que no ayudes cuando


se ve perdido: ¿quién entre los hombres es perfecto?


5- Con dinero se disimula la ignorancia de los necios,


y la pobreza torna ignorantes a los mejores.


6- A veces la ciencia se pierde por falta de dinero,


y a la ignorancia la tapa el bienestar.


7- El romo ve las desgracias una vez sucedidas;


el listo prevé las cosas con la imaginación.


8- Les di mi órdenes en un recodo de las dunas;


pero no comprendieron que eran justas más que a la mañana siguiente.


9- El que des dinero protege tu honor;


y el que no lo des deja el honor al aire.


10- Quien hace del beneficio una protección de su honor,


aumenta éste, y quien no teme el qué dirán, dirán de él.


11- Si el hombre no defiende su alberca con mano disuasiva,


acaba en carne comida de gusanos.


12- Quien no defiende su alberca con las armas,


la ve derruida: el que no es injusto es víctima de injusticia.


13- Si alguien visita demasiado a su amigo,


siente tedio el amigo, y él se aburre.


14- Quien no cesa de imponer a los demás su presencia


y no la administra, se verá un día objeto de disgusto.


15- Quien se arroja a hablar mal de otro,


arrastra opiniones, aunque se trate de mentiras.


16- Lo dicho, dicho está, sea verdad o mentira,


¿y qué industria te cabe contra lo dicho, una vez dicho?


17- ¡Cómo me traicionó la suerte en el más leal de los hombres!


Se lo llevó, y dejó detrás innoble tras innoble.


18- Murieron aquellos a cuya sombra se podía vivir,


y quedé cabe un heredero como piel de sarnoso.


19- Perecieron como si hubiesen sido convocados, para separarse,


a una cita en que no hubo retraso.


20- Donde estuvieron un día sus casas, corren hoy los vientos,


como si acudiesen a una cita.


21- Son las gentes pasto de la muerte, que se las traga


generación tras generación, hasta que no ves generación ninguna.


22- Debe guiarnos lo que le pasa al que es amigo del mundo: este no cesa


de serle enemigo, aunque mantenga ocultas sus tretas.


23- Los hombres son todos perecederos, hijos de perecederos,


de linaje enraizado en perecederos.


24- Cuando un discreto escruta el mundo, éste


le descubre enemigos disfrazados de amigos.


25- Nos engañan las trampas del mundo, una tras otra,


pues la primera no nos evita la segunda.


26- Es más traidor este mundo que una ramera,


y más engañoso que la red del cazador.


27- Si no haces daño ni provecho, eres como piedra


o como muerto, alejado de los asuntos de la vida.


28- Si nadie espera de ti nada, ni te teme,


eres como un muerto en su fosa.


29- No recibe bien la gente en tierra de sus mayores


más que a aquél a quien temen o de quien esperan.


30- Los ojos no ven, de entre las gentes, más que a aquél


de quien algo esperan, o a quien temen.


31- No encuentras pájaros más que en sembrados,


y donde veas la tierra regada y húmeda.


32- Se posa el pájaro donde hay granos esparcidos:


por eso están atestadas las casas de los generosos.


33- Fiarse del mundo es tener en la mano un collar suelto,


cuyas cuentas se desgranan.


34- ¡Cuántas veces vi descubierta la faz de la energía,


y yo no me achicaba, pero se interpusieron impedimentos!


35- No te haga desesperar lo arduo de un negocio;


que Allah tras dificultar las cosas las allana.


36- La suerte suplirá los esfuerzos del mancebo:


que reduzca los deseos de su alma.


37- Quien fía del mundo es como aquel cuya mano coge agua,


y se le escapa entre los dedos.


38- Pienso con resolución lo que haría, de poder;


pero hay impedimentos para que salte el onagro.


39- Fía en Allah, si es arduo lo que deseas, y di:


Cuando Allah allana el arreglo de algo, todo sale bien.


40- Cuando pidas algo, hazlo con cortesía;


que la suerte ha de servirte, no el esfuerzo.


Y que coja, arrebatándolo, lo bueno que su mundo le ofrezca,


porque todo pasa, igual lo deseado que lo obtenido.


41- El alma es una perla metida en su concha,


y la espada corta la mala vaina que la aprisiona.


Pero a veces ves una espada mellada, que no corta,


bien acicalada y en vaina con adornos.


42- ¡De cuántos, que por miedo oyen que les dicen las peores cosas,


no escucha en respuesta ni dime ni direte!


43- Gozad lo bueno de nuestra vida, antes de que pase,


pues todo por mucho que dure, se acaba.


44- La espada corta, aunque esté herrumbrosa,


y su filo es el que taja cabezas, no la vaina.


45- Por tanto, ¿sirven de algo a la espada sus adornos,


el día de la lid, si está mellado el filo?


46- Abandona al maldiciente tus costados,


y vete incólume de su vera.


47- Y es que el silencia guarda la vida mejor que las palabras,


las cuales a menudo dejan al hombre herido y muerto.


48- Quien mucho vive, pierde sus amigos,


y hasta los miembros de su cuerpo y la paciencia.


49- Para la pesadumbre del que se duele hay un consuelo:


mira en torno y hallarás quienes se duelen de lo mismo.


50- A quien mucho vive, le consume el tiempo, y le traicionan


los dos en que ponía su confianza: el oído y la vista.


51- De no ser por los muchos que en torno mío llorarán


también por hermanos suyos, me habría matado.


52- A veces se puede componer lo roto; sólo l que rompen


las manos de la muerte no lo verás compuesto.


53- Todo el que goza de ventura, mientras la disfruta


no sabe qué es, hasta que ve cambiar su estado.


54- Las gentes se esfuman como pesadillas,


y, mientras viven, son enfermos que se quejan de achaques.


55- La muerte ha plegado lo que había entre Muhammad y yo,


y lo que la muerte pliega no hay quien lo despliegue.


56- Las desgracias, aunque te afecten con el mal que hacen,


son las que te enseñan cómo era la felicidad perdida.


57- Luego se esfumaron aquellos años y sus gentes,


como si unos y otras hubiesen sido sueños.


58- ¡Cuántas buenas opiniones caen fuera de lugar,


y a cuántos que debían pedir ideas se las piden!


59- Al que dijo lo justo, no ha de objetársele más que sobre lo que ha dicho,


por más que yerren en hacer conjeturas y comentarios.


60- Afronta con serenidad lo que te depare el destino,


y no te apresures a desazonarte con miedo.


61- ¡Cuántas veces, huyendo de un león feroz, se metió de otro león


en el cubil, quien creyó que ese cubil sería su fortaleza!


62- Estremezco con mi poesía el entendimiento de los soñolientos,


gentes que, aunque los tajase espada, no se enterarían.


63- Puede afeárseme la calidad de las rimas en mis poemas,


pero no lo que de ellos sacan en limpio las vacas.


64- Sosiega tus entrañas; que sobre ti caerán sin remedio


tanto las cosas que quieres como las que detestas,


y, cuando al temer cosa que te está predestinada


crees huir de ella, hacia ella te encaminas.


65- Vende a quien te maltrata; no retengas avaro su mercancía,


y búscale sustituto, si es que quiere cambiar.


66- Haz de toda la tierra una sola casa y de toda la humanidad un solo hombre,


hasta ver que entre las gentes viene alguien aceptable.


67- Fuerza es que el bien sea premiado en este mundo,


aunque a veces sea pronto o tarde.


68- Las gentes se pagan de los que tienen suerte, y son


enemigas de quienes están humillados o se extravían.


69- Si se desgastan las cuerdas (que te unen a alguien), más gentes hay por el mundo,


y por la tierra hay modo de huir de la casa del odio.


70- Vayas a saliente o poniente, siempre hallarás sustituto a un traidor;


que toda la tierra es del mismo polvo y todas las gentes son el mismo hombre.


71- Al que obra bien no le falta recompensa;


que no ha desaparecido la ley entre Allah y los hombres.


72- Al que tiene suerte, las gentes le dicen lo que desea,


y a la madre del que no tiene suerte, le dicen que pierda el hijo.


73- El fruto del mundo siempre ha sido para el que lo coge


fresco o seco, repugnante o dulce como miel.


74- La igualdad pierde a los hombres; su conservación entraña


que haya entre ellos quien haga favores y quien los reciba.


75- Si hacen jefes a los más ignorantes, perecen,


como perece el adalid cuando es otro el que guía.


76- ¡Ay! No es el mundo más que la savia en una mota de árboles:


cuando verdea una parte, otra se seca.


77- No conviene al pueblo vivir sin jefes y sin tener al frente hombres magnánimos,


pues no los tienen cuando mandan los peores.


78- Son gobernados los asuntos por los entendidos, mientras van bien.


Si rehúsan los entendidos, serán llevados por los malos.


79- Aunque alguien eche una cobertura sobre el honor para desfigurarlo,


sigue por el mal envuelto y trabado.


80- La guerra es madre desnaturalizada, y el que es hijo suyo


encuentra su regazo pulido por la muerte.


81- Quien coge viático para el fuego, y acaba por escapar


de él, escapa con diadema de felicidad.


82- Para quien a los noventa sigue yendo a su aguada,


la mansión de la muerte viene a ser bien conocida.


83- Sean cualquiera las cualidades de un hombre,


sabidas son, aunque piense que los demás no las ven.


84- Quien cata la guerra, halla su sabor amargo


y la guerra lo deja en tierra desamparada.


85- Si un hombre escapa del fuego tras haber cogido


viático de obras innobles, ¡bien feliz es!


86- Quien sólo es castigado por lo que hicieron sus manos,


sin otras injustas acusaciones, alcanza gran fortuna.


87- Mientras el hombre vive, viven sus anhelos con él,


hasta que la muerte le quita todo anhelo.


88- Nunca encontré uno de los que sacan defectos al prójimo que no se glorie


precisamente de sus propios defectos: ¡la desvergüenza es congénita!


89- Quien anochece y amanece indemne del castigo


de los hombres, salvo por que delinca, ¡bien feliz es!


90- Cuando muere el hombre, muere con él su necesidad,


pero, mientras vive, su necesidad vive con él.


91- El que ves más audaz en poner de resalto


defecto tras defecto del prójimo, es quien está lleno de defectos.


92- El que envejece, y tiene un natural innato,


va al sepulcro en él fiado y basado.


93- El carácter domina del todo al hombre, que se entrega a él:


mientras el hombre vive no puede cambiar.


94- A veces el caballero es enemigo de alguien de quien no puede separarse


por necesidad, cosa penosa y cargante.


95- La muerte de unos es la vida de otros:


el destino rehúsa ser justo con los hombres.


96- El viejo no pierde sus costumbres


hasta hundirse bajo la tierra de su tumba.


97- Se quiere que el corazón os olvide;


pero la naturaleza rehúsa cambiar.


98- Uno de los desafueros del mundo para con el hombre noble,


es que éste vea quién es su enemigo y tenga que tratarlo como amigo.


99- Así sentencia el destino entre los suyos:


las desgracias de unos son ventajas de otros.


100- La hermosura no aprovecha al hermoso, si la afea


con su hechos: ¡qué malas entonces sus acciones!


101- El cuerpo del hombre de alma grande siempre anda fatigado


y cargado, porque el alma cada vez le echa más peso.


102- Sentimos contra el destino una cólera que no nos sirve:


la cólera del cautivo agarrotado por correas.


103- Soportar que se haga el mal, viéndolo además con los propios ojos,


cosa es que deja extenuado al cuerpo más lleno.


104- La hermosura en la cara del mancebo no va en su honor


si no está también en su obrar y en su carácter.


105- Cuando las almas son grandes,


los cuerpos se fatigan en ir tras lo que ellas desean.


106- La cólera contra el destino es fuego en las entrañas,


pero es tan inútil como la cólera del cautivo contra las correas que lo atan.


107- Soportar la maldad y ver al que la comete,


alimento malo es con que adelgazan los cuerpos.


108- Me desazoné por la desgracia algún tiempo; pero luego se me pasó,


y la suerte aplanó mi alma para recibir la desgracia.


109- El que mal obra, piensa mal de los demás,


y el que asaetea teme que le asaeteen y atraviesen.


110- Dulce es el agua; pero a veces la tacha de amarga


el enfermo que no halla modo de curar.


111- Quien mucho vive en el mundo, advierte en él


cambios y mudanzas de lo que antes era.


112- Desprecio las desgracias y no me cuido de ellas,


pues ningún provecho saco de cuidarme.


113- Cuando el hombre obra mal, piensa mal de los demás


y da crédito a suposiciones como las que él lleva dentro.


114- A quien tiene boca amarga y doliente,


le amarga en ella hasta el agua clara.


115- Quien mucho vive en el mundo, advierte como éste cambia


a sus ojos, hasta ver mentira lo que antes era verdad.


116- La muerte es más llevadera que la vida del vil,


y a quien envidia al vil, Allah lo castiga con dureza.


117- La injusticia es innata en el hombre, salvo que la refrene


el temor d que el castigo vendrá más pronto o más tarde.


118- Cuando vas a irte de su lado, y lo ves contento de que lo hagas,


él es quien quiere separarse de ti.


119- Poner cerca y luego lejos; recién nacidos y arrebatados por la muerte:


tal es el trabajo de sino, que rehúsa vacación.


120- Vil es quien envidia la vida del vil:


la muerte es preferible a algunas vidas.


121- La injusticia es innata en los hombres, y si hallas un justo,


es que tiene alguna razón de no ser injusto.


122- Cuando te vas de gentes que podían haber evitado


que las dejaras, son ellas las que se van.


123- Así marcha la gente: reuniones y separaciones;


muertos y recién nacidos; los que odian y los que aman.


124- Quédate donde hayas encontrado lo que te gusta, en tierra, gentes,


vida agradable, y justicia y favor que te hagan.


125- No te engañe que la gente enseñe los dientes:


el león los enseña para amenazar y dominar.


126- No fíes que un león va a cazar para ti:


serías como quien pone trampas para cazar, y el cazado es él.


127- Todo el que no sabe su propio valer,


es pasto de las hablillas de las gentes.


128- No hay más patria del hombre que aquella en que le va bien,


ni más parientes tiene que sus amigos.


129- Si ves asomar los colmillos del león,


no pienses que el león sonríe.


130- A quien usa del león como sacre para su caza,


acaba el león por hacerlo una de sus presas.


131- Si alguien ignora su propia capacidad,


los demás ven en él lo que él mismo no ve.


132- Quien tiene algo de su natural, no ha menester fingirlo:


¿vea alcoholarse a quien tiene los ojos negros?


133- Aquel cuyas solas armas contra la adversidad son el llanto,


se verá incapaz de hacerla frente, dejado de la mano de Allah.


134- Se alza a veces el velo ante los pedigüeños;


pero éstos ven otro velo corrido ante lo que piden.


135- Durante un tiempo renegué de las desgracias del sino,


pero luego mi alma les decía: ¡bienvenida seáis!


136- Porque tu magnanimidad no es forzada:


alcoholarse los ojos no es como tenerlos negros.


137- Si no esgrimes otra arma que el llanto,


no haces más que desasosegar tus entrañas y golpear tu mejilla.


138- ¿Me sirve acaso que se alcen los velos entre nosotros,


si otros velos se interponen ante lo que espero de ti?


139- Renegué un día de las desgracias que me cayeron encima;


pero luego las reconocía y se hicieron costumbre.


140- A quien consume la vida en allegar riquezas,


la pobreza se le adelanta veloz, con reproche y rebajamiento.


141- La suerte se da prisa en quitarnos lo que nos dio,


y nosotros la queremos repeler por avidez y avaricia.


142- No merece el destino que fíes de él


para vivir y procrear, ni que cifres en él esperanzas.


143- Junto a un noble, mejor es el amor que el dinero,


y no hay que poner confianza en las riquezas.


144- Quien consume sus horas en juntar dinero,


por miedo de ser pobre, lo que hace es pobreza.


145- Nuestras manos quieren avaramente retener nuestras almas


contra la suerte, siendo así que nuestras almas de la suerte son.


146- El destino no merece que espere de él


vida, ni que en él se desee tener hijos.


147- Si consigo tu amor, la fortuna es despreciable,


y cuanto hay sobre la tierra sólo es tierra.


148- La suerte te quita de las manos lo que asieron:


¿qué no pasará con lo apartado de tus manos?


149- Di al cobarde ¿Acaso no es la muerte el fin


irremediable, por mucho que vivas?


150- Dan los reyes según sus propios méritos, no conforme


a los méritos de esta gente, fortuna y preeminencia.


151- La fuerza del débil es la calumnia: el débil usa


de la mala lengua al verse maniatado.


152- Si la índole del mundo rehúsa hacer durar un amigo que existe,


¿cómo voy a pedirle que me devuelva un amigo que se fue?


153- Puesto que no hay escape de la muerte,


no tiene sentido que seas cobarde.


154- ¡Ojala los reyes repartiesen según los méritos,


y no pudiese apetecerlos el vil!


155- Soy asaz grande para responder a mis enemigos ausentes,


pues toda maledicencia es la fuerza del que no tiene fuerza.


156- Me maravillo de quien, teniendo espada aguda


y cortante, no la desenvaina en la calamidad,


y de quien, viendo ante sí abierto el camino de la gloria,


se desentiende de los camellos y corceles de buen paso.


157- El peor defecto está para mí en quienes, pudiendo


hacer bien lo que hacen, creen que la mengua es perfección.


158- Me maravillo de quien, teniendo talla y fuerza,


falla como las espadas que no cortan,


y de quien, habiendo dado con el camino de la gloria,


no deja a la camella sin joroba.


159- Entre las tachas de la gente no vi otra mayor


que la de que no lleguen a la perfección los capaces.


160- No hay gloria sin dinero, ni hay


dinero si no está cubierto por la gloria.


161- Vendí a las claras mi juventud por la experiencia;


pero ¡ojala en el contrato no hubiesen entrado las canas!


¡Ojala el tiempo me vendiese la juventud que se me llevó,


y que pagaría con la sensatez y experiencia que me ha dado!


162- Di a quien me envidia las cosas que me entristecen:


tómalas, para despreciarlo, asustarlo y envilecerlo.


163- ¡Cuántas cosas me deparó el mundo! Pero la más extraña


es que me envidien por aquello de que me quejo.


164- Nos sonríen y les sonreímos con engaño;


decimos mentiras y falsedades como las suyas.


165- Puesto que el amor de las gentes es mendaz,


a su sonrisa correspondo con mi sonrisa;


y, si fingen llorar, fingimos llorar como ellos,


que las lágrimas pueden revelar realidad o astucia.


166- Iguales son en la muerte el ignorante y el entendido,


y a veces los ignorantes viven más.


167- Gentes hay que quieren gloria sin fatiga.


¡Nada de eso! Para ir a la gloria, remángate las bragas.


168- Con gran esfuerzo mandan los mejores. ¡Deja


de arrastrar cola y de llevar largos zaragüelles!


169- Por iguales que parezcan las lágrimas en toda mejilla,


se distingue bien al que llora de veras del que lo finge.


170- Muere en su ignorancia el rabadán


igual que muere Galeno con toda su medicina.


171- Quieres que yo tope con la gloria de balde;


pero es menester que defienda a la miel el aguijón de la abeja.


172- De no ser por lo que cuesta, todas las gentes mandarían;


pero la generosidad arruina y el arrojo mata.


173- Perder la honra representa pobreza para el rico,


aunque sus bienes le satisfagan con ganancias y mejoras.


174- Mejor es la pobreza para los pobres que una fortuna


que exponga sus honras al vituperio.


175- No trates de conseguir pidiéndolo lo que por la fuerza


puedas tener: para mí es lo mejor que se alcanza.


176- Si el cobarde esta sólo, tiene pretensiones;


pero, cuando ve al enemigo, huye de él temeroso.


177- Si los viles tuvieran seso, verían que la riqueza les trae


censuras que no les procuraría la pobreza.


178- El adinerado está menesteroso de honra;


pero no la busca, como buscó la riqueza siendo pobre.


179- Quien puede hacerse con algo a la fuerza


y arrebatándolo, no trata de alcanzarlo pidiéndolo.


180- Cuando el cobarde está solitario en un campo,


allí, a solas, pide guerra y combate.


181- Todo lo penoso se hace fácil, una vez pasado,


aunque se recio castigo o los pájaros abâbîl.


182- A veces una acción es alabada, pero no en loa del que la hace,


como ocurre con el espectro nocturno que viene desde el amado al extenuado de amor.


183- El reino es un huésped bienvenido, si te lo entrega la espada:


hazte príncipe en él, si antes no era tuyo.


184- Mátanse los hombres unos a otros, y sin sacar


tajada, se igualan en la tierra que les cae encima.


185- Todo lo no sucedido aún es tan arduo para


las almas, como después es llevadero, ya pasado.


186- A veces, en algo que te sucede, no alabas a quien


lo ha hecho, pero alabas la acción.


187- La honra más alta no está libre de baldón


si no corre por sus costados la sangre del ofensor.


188- Mátanse los hombres unos a otros por amor


del mundo, y no sacan tajada de él.


Se acabó la casida que contiene las ideas de los versos con refranes y sentencias; obra de Abû 'Abd Allah Muhammad ibn Sharaf al-Qayrawânî (¡Allah se apiade de él, esté satisfecho de él y haga que sus méritos nos aprovechen! Amîn). Fue terminada de copiar a mediados de rabi' az-zani del año 1284 (17 de julio de 1867).






Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Linajes árabes en al-Ándalus



LINAJES ÁRABES EN AL-ANDALUS


Según la Yamhara de Ibn Hazm


Los historiadores árabes han dedicado mucha atención a las ciencias genealógicas. Con éstas han satisfecho la necesidad de esclarecer la ascendencia de las numerosas tribus que, desde los tiempos más remotos, aparecen establecidas en la Península arábiga.


Para ello; los genealogistas levantaron dos grandes ramas de ascendencia hasta alcanzar al patriarca Sem, el antepasado común: una de ellas se remonta por la línea de 'Adnán (descendiente de Ismael hijo de Abraham), y los miembros que la integran reciben, genéricamente, el denominativo de ‘adnánies, y también, como algunos historiadores los llaman, el de «árabes del norte»; la otra rama asciende por su lado hasta Qahtán (a quien muchos comentaristas identifican con Yoqtán, hijo de `Eber), y sus miembros reciben el nombre de qahtánies, y, comúnmente también, el de yarhamíes, en razón a haber sido el Yemen la habitación originaria de sus tribus. Por esta última causa se les llama también «árabes del sur», aunque en las épocas históricas aparecen muchos de ellos nomadeando y aun afincados en el centro y en el norte de Arabia.


Probablemente, en opinión de autorizados investigadores, el establecimiento o invención de esas dos líneas separadas de ascendencia, responde a la feroz hostilidad que se manifestaron mutuamente los miembros de una y otra, y que los mantuvo en pugna siempre, desde los más oscuros tiempos anteislámicos.


Dentro de la organización tribal, peculiar de estas razas, la agrupación de mayor alcance estaba constituida por la qabila, voz que responde al concepto de tribu en su significación más amplia; esta qabila, a través de las generaciones, podía dividirse en fracciones, las cuales, a su vez, tornaban a dividirse en subfracciones, y así sucesivamente, constituyendo agrupaciones de límites cada vez más estrechos que, en orden de mayor a menor, después de la qabila, eran: la 'amara, el batn, el fajd, la 'ashîra y la fasîla. Cada una de estas tribus, subtribus, fracciones y subfracciones, tomaba el nombre de su fundador que solía ser siempre un personaje célebre por su valor o cualquier otra circunstancia, aunque también las hubo que recibieron su nombre de algunas mujeres que se hicieron notar por su acusada personalidad. Y todos estos epónimos, engarzados en las líneas de generación, vienen a constituir aquellas dos grandes ramas de linajes que, debidamente comentadas con prolijas noticias legendarias a históricas, nos suministran los libros de ansâb o genealogías, compuestos por los escritores musulmanes.


Una de las obras mejor logradas y de mayor resonancia en este género, fue el Kitâb al-ansâb de Hishâm b. al-Kalbi (m. 819). Aprovechando los materiales allegados por su padre Muhammad, este historiador consiguió un libro completísimo que vino a constituir después una valiosa fuente donde acudieron a informarse la mayor parte de los genealogistas generales del mundo musulmán.


En al-Andalus, esta disciplina fue cultivada por algunos eruditos desde muy temprano. Entre los más antiguos, anteriores a Ibn Hazm de Córdoba, cítense los dos siguientes, que son, por lo demás, bien conocidos: `Abd al-Malik b. Habib (m. 853), el historiador más antiguo de al-Andalus, que fue autor de una Genealogía e historia de los Quraishíes, en 15 partes o tomos, y de otra obra sobre Genealogías, leyes y estudios de los árabes, en 25 partes. Qâsim b. Asbag, de Baena (m. 951), ilustre maestro en Córdoba, que compuso un Kitâb al-ansâb, del cual dice alguno de sus biógrafos que era un libro «hermoso, completo y sucinto».


Por otra parte, el conocimiento de las genealogías musulmanas debió ser considerado, sin duda, como indispensable para la formación de los hombres de letras andaluces, por cuanto Ibn `Abd Rabbihi (m. 940), en su `Iqd al- farîd, consagró un capítulo entero a la materia, al que tituló Kitâb al-yatima fi nasab wa- fadâ'il al-'arab (Libro de la perla Única, que trata de la genealogía y de las virtudes de los árabes).


Todas estas obras versaban sobre la genealogía general de los árabes, tanto de los anteislámicos como de los vástagos más destacados que vieron la luz después del Islam en las comarcas de Oriente. Para componerlas, los andalusíes tuvieron que acudir forzosamente a las fuentes orientales que ofrecían ya el trabajo hecho. Esto podemos comprobarlo en la única de las obras antes citadas que han llegado hasta nosotros, es decir, en el `Iqd al-farîd, donde vemos cómo Ibn `Abd Rabbihi va copiando los relatos de Ibn al-Kalbi, de Abú `Ubayda, etc.


Pero aún quedaba un vacío que no podían llenar los escritores de Oriente. Los “supuestos descendientes” de los árabes que se asentaron en al-Andalus conservaron y ostentaron con orgullo siempre - hasta los últimos tiempos del reino de Granada - sus apellidos patronímicos, su nisba, que revelaba su filiación tribal. En el campo de la genealogía, los historiadores andaluces tenían, pues, que recoger y coordinar los linajes de los herederos de aquellos presuntos primitivos «inmigrados» árabes para ligarlos con sus nobles antepasados, sobre todo con los que más habían sonado en los fastos antiguos de la Península arábiga.


Esta labor comenzó a llevarse a cabo en al-Andalus también bastante pronto. Antes de Ibn Hazm se compusieron por lo menos dos libros: uno de Ahmad al-Râzî (m. d. de 936) titulado: Kitâb fî ansâb mashâbîr ahl al Andalus (Libro sobre las genealogías de los más ilustres hombres de al-Andalus), y otro anónimo, titulado Kitâb al-tawâli' (Libro de los astros que surgen), también sobre las genealogías de los andaluces. Del libro de al-Râzî, dice el propio Ibn Hazm en su Risâla Apologética: «es una de las mejores y más extensas obras que existen sobre genealogías».


Con todos estos antecedentes, para él bien conocidos, el gran lbn Hazm de Córdoba compuso su ÿamharat ansâb al­'arab. Es ésta una obra de genealogía general en la que su ilustre autor establece por extenso y con toda precisión y rigor, las cadenas de generaciones que se fueron sucediendo en el seno de cada una de las tribus que poblaron Arabia, facilitando al mismo tiempo datos copiosos sobre los hechos y las personalidades que con mayor vigor sobresalieron tanto en los bárbaros episodios de los «Días de los árabes», como en los tiempos heroicos en los que el Islam naciente pugnaba por consolidarse. Y aun sin detenerse aquí, sigue Ibn Hazm hablando de épocas posteriores al Islam, de los descendientes de ‘Ali, de los Omeyas, de los ‘Abbâsîes. Añádase a esto los cuadros genealógicos que traza (en menor escala, claro está) referentes a algunos otros pueblos no árabes, y se tendrá una idea general de lo que significa la obra del laborioso escritor cordobés.


Pero dentro de ella, y penetrando en más particularizados pormenores, lo que mayor importancia tiene para nosotros son las numerosas alusiones a al-Andalus, a sus gentes y geografía, que el autor trae. Así, al hablar de los descendientes, de ‘A1i, enumera los más notables de ellos que pasaron a al-Andalus o alcanzaron señorío en ella; al tratar de los ‘Abbâsîes, puntualiza los individuos de este linaje -escasísimos- que llegaron hasta al-Andalus; en el turno de los Omeyas, menciona íntegramente a todos los miembros de esta familia que hipotéticamente vieron la luz en la Península Ibérica, hasta la caída de la dinastía, sin olvidar a los principales de sus parientes que aquí se acogieron tras la terrible persecución de los ‘Abbâsîes en Oriente; cuando pasa revista a cada una de las tribus árabes, casi nunca deja de informarnos sobre los principales núcleos de población o asentamientos que cada una de ellas tuvo en al-Andalus, destacando los personajes que más se distinguieron en las armas, las ciencias y las letras, o suministrándonos a veces datos completos sobre linajes enteros de ciertas familias poderosas, tales como la de Almanzor, la de los Banû Haÿÿâÿ y Banû Jaldûn de Sevilla, y la de los Tuÿîbîes de Zaragoza.


No para aquí el interés que esta obra tiene para la historia de al-Andalus, porque, además, lleva como remate una serie de apéndices en los que se nos brindan los cuadros genealógicos de otros pueblos, tales como los beréberes, cuyas tribus se enumeran precisando sus afincamientos en las tierras de al-Andalus. Y saca a relucir, por fin, algunas familias notables de origen andalusí, como la aragonesa de los Banû Qasî, proporcionándonos con ellas datos inestimables que han venido a dar alguna luz a oscuros problemas de la historia.


El profesor Lévi-Provençal, infatigable investigador de la historia y la cultura musulmana de al-Andalus, publicó el texto árabe de la ÿamhara. Al frente de su edición, señala la capital importancia de las indicaciones precisas que se nos dan sobre los asentamientos de las pretendidas “tribus árabes” representadas en al-Andalus, que «esclarecen, a pesar de su brevedad, muchos problemas planteados por los cronistas o los geógrafos sobre el repartimiento en al-Andalus de la minoría étnica que reivindicaba una pura ascendencia árabe, en los primeros siglos del Islam en al-Andalus». Efectivamente, el conocimiento exacto de la situación de estas minorías étnicas, contribuirá, sin duda, a explicar algunas reacciones poco claras de aquellos oscuros tiempos, muchas fricciones, marchas y contramarchas acarreadas por la amistad o enemistad que determinaba la filiación tribal de los habitantes de cada región.


También en el campo lingüístico podrá sacarse provecho de los informes facilitados por la ÿamhara. Hasta ahora el lenguaje árabe andalusí es poco y mal conocido a causa de los escasos materiales que poseemos para su estudio. Es necesario poner a contribución todas las piezas, por mínimas que sean, que nos ayuden a comprenderlo.


Teniendo en cuenta que las hablas de las tribus del desierto arábigo se diferenciaban entre sí con modalidades dialectales propias, cabe preguntar si los hombres que hipotéticamente en un principio invadieron la Península Ibérica, y los que entraron después en una segunda oleada integrando las fuerzas divisionarias de Balÿ, no traerían consigo sus modos peculiares de hablar, los acentos y articulaciones características de las tribus a que cada uno pertenecía. Y si las trajeron, cuando ya después quedaron repartidos en núcleos más o menos numerosos por toda la geografía de peninsular, ¿no influirían, cada uno en su comarca, en la evolución de los dialectos que, sin duda alguna, existieron en el árabe andaluz?


En muchos arabismos y topónimos conservados hasta hoy, se reflejan diferencias de articulación para una misma consonante árabe; otras veces, una voz toponímica, empleada en varias regiones de al-Andalus, ha llegado a nosotros con vocalización distinta en cada una de ellas. Sospechamos que estos y otros muchos problemas quedarían explicados si supiéramos con certeza qué “tribu árabe” se había afincado en cada uno de esos lugares, y de rechazo nos vendrían a revelar los fenómenos fonéticos que caracterizaron a los dialectos en ellos hablados. Como se ve, pues, los informes de la ÿamhara son, a todos los respectos, de un interés patente.



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Mujeres en la España árabe Medieval


MUJERES EN LA ESPAÑA ARABE MEDIEVAL
 

La mujer de al-Andalus ha suscitado el interés investigador desde finales del siglo XIX, y sobre todo durante las últimas décadas del XX. Más consideración le prestaron al tema los autores medievales al dedicar algunos apartados de sus obras a las mujeres poetisas o a recoger biografías de otras que demostraron tener algún talento literario o educativo. Más abundantes, sin embargo, son las referencias que aluden a mujeres de al-Andalus que se dedicaron a la jurisprudencia o que alcanzaron un cierto renombre como mujeres del derecho.

En Sevilla dos mujeres son mencionadas por Ibn Baskuwal por su condición de.jurisconsultos (fuqaha', sing. faqih). Otras mujeres ejercían, según Ibn Sahl, el oficio de notaría (muwattiqat) en Córdoba. Algunos indicios revelan la calidad como testigos judiciales (`udun otorgada por el tribunal a algunas mujeres. Se trata de una tradición arraigada en la historia social del Islam medieval, tanto en Oriente como en Occidente. Para poner algún ejemplo, baste recordar el nombramiento por el califa `Umar b. al-Jattab de una mujer, al-Sifa al-'adawiya, en el cargo de administradora de los zocos (muhtasiba) de Medina, la primera capital del Islam. Más tarde, la poderosa juez Taml al-qahramana presidía juicios públicos en el alto tribunal de al-madalim en presencia de célebres jurisconsultos y sabios del derecho.

Más conocida es la afiliación de mujeres piadosas al ascetismo (al-zuhd), al misticismo (al-tasawwuf) o su entrega a la vida retirada (al julwa) y a la meditación espiritual. Las ascetas de Córdoba dispo­nían de una residencia denominada dar sukna al-nisa' o salihat al­nisa', según el testimonio aportado por Ibn Sahl. Se dedicaban al culto, a la veneración divina y a las obras piadosas, renunciando a los placeres de la vida. Por ello, cuando una de estas ascetas optaba por contraer matrimonio, la anomalía del acto desencadenaba una amplia polémica entre los jurisconsultos.

Señalemos que la mencionada institución disponía de sus propios legados píos que generaban rentas destinadas a su funcionamiento. El ascetismo femenino alcanzó su máximo grado de popularidad en la Córdoba taifal gracias a la devoción y a la espiritualidad de una humilde mujer de la `amma. El decano de los historiadores de al-Andalus, Ibn Hayyan, quedó asombrado por la majestuosa ceremonia funeraria que se celebró a su muerte, a la cual acudió el emir de Córdoba junto con los máximos dignatarios del Estado. Por veneración a la fallecida mandaron construir una majestuosa cúpula sobre su tumba para convertirla en santuario.

Asimismo, numerosas mujeres se interesaron por las ciencias naturales o ejercieron como médicos. En este caso las fuentes nos aportan noticias sobre personas concretas, aunque de manera parcial. Fue Ibn Hazm, el sabio de su época más abierto al mundo femenino, quien reflejó con nitidez la plena incorporación de la mujer al campo científico, artístico y de las letras. Según sus palabras, las mujeres en al-Andalus ejercían como doctas ('alimat), sabias (hakimat), conocedoras de la lógica (mantiqiyat), filósofas (fálsafiyat), arquitectas (handasiyat), musicólogas (mu­sigawiyat), técnicas de astrolabio (astrolabiyat), instruidas en nivelación y geometría (mu'addilat), astrólogas (nuyumi­yat), ilustradas en la métrica ( `arudiyat), en la literatura (adabi yat) y en la caligrafía (jattatiyat).

Al igual que la actitud mantenida por la élite hacia el desapego de los autores medievales en lo que se refiere a las humil­des mujeres de la `amma. Sin embargo, no nos faltan noticias acerca de la plena participación de la mujer de condición humilde en la actividad laboral, en la lucha diaria para ganarse la vida. En el medio rural, la mujer participaba en la siembra, el cuidado de los plantíos, la siega y limpieza de algunas plantas como la de lino, según algunas referencias geopónicas. Contribuía también en la recolección de legumbres, verduras y frutas, y en otros trabajos del campo. La preparación de la lana, el trabajo del lino y la hilatura figuraban también como tareas domésticas encargadas a la mujer, según los dictámenes jurídicos. Asimismo, se ocupaba de la venta de algunos productos agrícolas y ganaderos en los mercados semanales y en el zoco de la ciudad.

En el medio urbano las mujeres ejercían como pregoneras en subastas y en la venta de artículos, sobre todo en productos de tejidos e hilaturas. Ibn Bassam nos aporta algunos datos sobre mujeres que instalaron tiendas para la venta de especias y otras que se asentaron como vendedoras con la balanza en la mano para pesar la mercancía. Se ocupaban también de la molienda del trigo mediante molinos manuales y de lavar la ropa (al-gassalat) en los lugares destinado a ello. Recordemos que la propia favorita de al-Mu'tamid, la reina I`timad al-Rumayqiya, ejerció en su juventud el oficio de al-gassala (lavandera). Ibn Hazm destaca otros oficios de mujer en el medio urbano: peluqueras (hayyama), artesanas de la seda (sarraga), peinadoras (masita), plañideras (na'iha), cantoras (muganniya), videntes (kahina), educadoras (mu `allima), artesanas en las hilanderías y otros trabajos similares.

Por otra parte, las mujeres disponían de zocos propios, como era el caso del denominado muytama' al-nisa', lugar de reunión de las mujeres ubicado en bab al- `attarin (puerta de los perfumistas), en Córdoba. Tanto en Oriente como en Occidente, la consideración del trabajo de la mujer como medio de emancipación social fue más de una vez señalado por parte de los jurisconsultos de la época. El filósofo Ibn Sina afirmó que si la mujer permanece sin ocupación ni preocupación no pensará más que en provocar a los hombres y exponerles sus encan­tos. La misma idea fue expresada por el sabio cordobés Ibn Hazrn al decir que la mujer, al quedar sin trabajo ni tener preocupación, se dedi­cará a los hombres y deseará el sexo.

Se observa la condición privilegiada de la mujer a través del derecho musulmán redactado por los dictámenes jurídicos de la escuela malikí vigente en al-Andalus. Una vez llegada a la edad adulta y con plenas facultades, se le adjudicaba a la mujer el derecho sobre sus bienes inmobiliarios con total autonomía para gestionar sus negocios, transacciones y actividades económicas, sin estar obligada a ninguna tutoría paternal, fraternal o conyugal. Y en el caso de suscribir algún tipo de asociación de bienes con el cónyuge, resultaba habitual recurrir al notario para cerrar el trato con toda la precisión que el caso requiriera.

Disponemos de una abundante literatura jurídica acerca de las mujeres que suscribieron préstamos a plazo a favor de sus maridos. Otras mujeres optaron por invertir en proyectos inmobiliarios conjuntos, a medias con el cónyuge. Fue durante esta época cuando se autorizó la testificación jurídica (sahsdat al-niss') de forma masiva a las mujeres. Parece que en ningún otro sitio, incluso en las sociedades liberales del siglo XIX, las mujeres accedieron a los derechos conseguidos en al-Andalus califal y de taifas. En Sevilla las mujeres llegaron a disponer de una administración jurídica propia especializada en el derecho de la mujer llamada ahkam al-nisa' bi Ishbiliya. Y en Córdoba se desencadenó por primera vez en la historia del Islam una polémica sin precedente sobre mujeres adivinas (nubuwat al- al-nisa'), de la cual Ibn Hazm fue testigo.

Para consolidar la posición activa de la mujer dentro de la institución familiar, era costumbre entre los andalusíes otorgar a la novia regalos en forma de propiedades inmobiliarias, locales comerciales o centros artesanales mediante contratos jurídicos denominados al­siyaqa. A continuación, el padre de la novia debía ofrecer a la recién casada los regalos matrimoniales del ajuar (al-swvar). La tradición consistía en mantener un cierto equilibrio entre lo ofrecido por el futu­ro marido y por el padre de la novia en cuanto al valor material de sus respectivas ofrendas.

Los contratos matrimoniales no se firmaban según un modelo uniforme para toda la gente, como sucede en las actuales sociedades musulmanas, sino que se ajustaban tras llegar a un acuerdo sobre las cláusulas por ambas partes contratantes. Se trataba más bien de un acuerdo de carácter civil, cuyas condiciones debían ser respetadas durante toda la vida matrimonial bajo el control del juez.

Numerosos son los casos de mujeres que lograron repudiar a la segunda esposa con la que su marido había contraído matrimonio sin solicitar su opinión, simplemente porque habían previsto en su propio contrato matrimonial conservar dicha facultad. Tampoco carecemos de datos sobre mujeres que consiguieron repudiarse contra la voluntad de su esposo por haber incluido dicha cláusula como condición en su acta matrimonial.

Señalemos que la virginidad no figuraba normalmente como cláusula necesaria en las actas matrimoniales. Más importancia tenía el estado jurídico de la mujer dispuesta a contraer matrimonio, como era ser soltera (bikr), divorciada o viuda. Se menciona la virginidad (al­`udra) como condición solamente en el caso de que fuera solicitada por el marido y acordada por el matrimonio. Es cierto que los notarios so­lían distinguir en la redacción de las actas la mujer soltera (bikr) de la señora que había perdido su virginidad por un matrimonio anterior (thayyeb). Sin embargo, sólo la gente ignorante de la `amma confundía a la joven soltera que nunca había tenido marido (bikr) con la mujer que había conservado voluntariamente su virginidad ('adra'). Se trataba más bien de una discordancia conceptual del término virginidad, que aunque contenía un valor ético y social, no tenía ningún efecto legal. En numerosos casos los padres y tutores acudieron al notario para hacer constar en acta la pérdida natural o accidental de la virginidad de sus hijas preparadas para contraer matrimonio como solteras, tal como se recoge en el formulario notarial del algecireño al-Yaziri.

Produce estupor la interpretación negativa que se ha venido dando en Europa de la condición de la mujer en al-Andalus. Basta echar un breve vistazo sobre la situación de la mujer en las sociedades de Europa, incluso en los reinos cristianos del norte peninsular durante los siglos X y XI, para advertir que se trata más bien de una postura demagógica sin fundamento.

La mencionada interpretación, tan anacrónica como confusa, se empeñó en investigar el origen del adelanto social en al-Andalus a través de una lectura en los logros conseguidos por las sociedades euro­peas modernas, gracias a los fundamentos de la revolución francesa e industrial. Y para consolidar los resultados de esta desafortunada metodología, los mencionados ensayos se centraron en la existencia de algunos versículos del Corán y de la tradición atribuida al profeta, a través de las más oscuras interpretaciones teóricas realizadas por jurisconsultos tardíos de escasa credibilidad científica. Pocos son los trabajos de investigación sobre la historia concreta de la mujer en al-Andalus o en otros territorios de la Dar al-silm.

Las mujeres de la `amma gozaban, como los hombres, de libre acceso a los mercados, zocos, plazas y vías públicas sin prohibición alguna. Se reunían en los zocos de las telas y las hilanderías, en las orillas del río. Además, podían acceder a los baños públicos en unas horas determinadas. Tanto en Córdoba como en Sevilla, las mujeres participaban en la celebración de las fiestas y festivales y acudían a las explanadas, jardines y oratorios para disfrutar de los mejores momentos de ocio. En una noticia dada por Abu-l-Walid al-Tartusi, éste señalaba que en Córdoba los hombres salían en grupos con las mujeres para pasear. Y en Sevilla, las mujeres se reunían al borde del río para lavar la ropa y conversar en prosa, recitar poemas y contar chistes en compañía de los hombres. Mujeres y hombres paseaban con frecuencia en la prade­ra de la plata, en el jardín de la novia y en el recreo de Alfunt, junto a la gran alberca.

Sólo las mujeres de las capas más altas de la sociedad no salían de casa. No se trataba de una cuestión religiosa, sino de tradición, según nos aclara el sabio erudito y jurisconsulto de la escuela malikí Ibn Rushd. Cuanto más categoría social tenían, más espeso era el velo con que se ocultaban al resto de la sociedad, a juzgar por una serie de datos textuales que hemos logrado recuperar. Sin embargo, la costumbre consistía en romper con esta tradición durante los días festivos, y sobre todo cuando se celebraban las fiestas mayores. Ni una mujer velada quedaba en aquellos días o noches en clausura dentro de sus casas o palacetes, según las referencias de al-Dabbi y de Ibn Jaqan.

Es cierto que una buena parte de las mujeres se inclinaba por ocultarse, por demostrar modestia, pudor y solemnidad. No obstante, la gran mayoría optó por mostrar su rostro, exponer su gallardía y dar publicidad a sus encantos. Se mostraban más bien moderadas en su forma de vestir y en su expresión corporal, tanto como en su forma de hablar. Era el comportamiento femenino denominado por la `amma como carácter al-mutamandil.

Era costumbre de aquellas mujeres presentarse en las reuniones maquilladas, adornadas y perfumadas. Las peluqueras no escatimaban ningún esfuerzo en embellecer a sus clientes, peinándolas con los mejores moños. Para sacar partido a su belleza, las mujeres se aplicaban exquisitos perfumes (al-`itr), fragancias (asnan), agua de rosas (ma'al-ward) y agua de azahar (ma'zhar). Se depilaban las cejas y las piernas y se pintaban tatuajes con una serie de utensilios como al-minsas, al-mintaj y al-minqas.

La estética rural optaba más bien por los productos naturales: el khol, para embellecer los ojos, la henna, para las manos y los pies, y al-siwak para la dentadura. Para pintar sus labios, las mujeres empleaban las cáscaras del almendro, y sobre todo la planta de al-zu`ayfira', que daba un hermoso color amarillento parecido al azafrán diluido. Las más atrevidas se pintaban con un tipo de carmín de labios de color rojo muy fuerte. Por otra parte, el autor del calendario de Córdoba (yawmiyat Qurtuba) nos aporta algunas noticias sobre el medicamento que se usaba para estrechar la vagina y mejorar la relación sexual. Cabría señalar que la estética figuraba como especialidad médica, cuyos logros reflejan el grado de interés que los andalusíes prestaron a la belleza.

"Tomado de Ahmed Tahiri, "La mujer, la estética y la vida afectiva".

Historia de los musulmanes en al-Ándalus. Los cementerios en al-Ándalus



LOS CEMENTERIOS EN AL-ANDALUS


Al cementerio se le llamaba en Occidente en lengua arábiga maqbara, plural maqâbir. Su fundación constituía un acto generoso, grato a los ojos de Allah. El que la hacía gozaba de beneficios en la otra vida, lo mismo que si hubiera edificado una mezquita, excavado un pozo o reparado un puente. En Córdoba había varios cementerios debidos a la iniciativa de princesas y concubinas de los emires, conocidos por sus nombres. Casi siempre pertenecían a la renta de habices.


El cadí (qâdî) y el almotacén (al-muhtasib) eran los encargados en cada ciudad de velar por los cementerios y disponer alguno o algunos nuevos en caso de acrecentamiento de población o epidemia; de demoler las construcciones levantadas abusivamente en su área y de cuidar que no se cometiesen en ellos actos inmorales e impropios a la debida cortesía del lugar. Ibn 'Abdún, refiriéndose a la Sevilla de hacia 1100, pedía que el al-muhtasib y sus ayudantes inspeccionasen a lo menos dos veces al día los cementerios de esa ciudad para evitar abusos.


Lo primero con que el viajero tropezaba al llegar a las inmediaciones de una agrupación urbana islámica, era con la ciudad de los muertos. Pues, siguiendo la tradición romana, los cementerios musulmanes extendíanse fuera de muros, sin vallado alguno, junto a los caminos que conducían a las puertas principales de la cerca. Lo registra Cervantes, al referir que Crisóstomo, el pastor estudiante, «mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro». En las ciudades medievales cristianas, en cambio, muertos y vivos se amontonában dentro del recinto murado, al estar los cementerios, primero, en torno a las parroquias; más tarde, la España católica y hasta comienzos del siglo XIX, se enterró a las gentes en el interior de los templos.


Al ser la ciudad populosa y permitirlo la topografía de su solar, eran varios los cementerios fuera de muros, en que recibían sepultura los vecinos de los barrios inmediatos a cada una de las puertas de la muralla en cuya proximidad estaban. Hay noticia de unos trece cementerios en Córdoba en los siglos XII y XII y de otros tantos en Ceuta a comienzos del XV. En la populosa Toledo, tan sólo había una, o tal vez dos necrópolis, en la Vega, extramuros de la Puerta de Bisagra. El hondo foso del Tajo, abierto entre murallas graníticas, impedía los sepelios en el resto de su perímetro. Lo mismo ocurría en Ronda.


Parece que en algunas ciudades había cementerios especiales. En Badajoz se cita una maqbarat al-mardá (cementerio de los leprosos) en el año 392 (1002). lbn al-Jatib alude a un individuo sepultado en la maqbarat al-gurabâ' (cementerio de los extranjeros) de Granada en el año 707 (1307), en el arrabal situado junto al río, frente al Naÿd.


Aparte de los cementerios generales, existían varios pequeños, intramuros unos y otros alejados del núcleo urbano. Todo alcázar regio solía tener también su rawda (jardín), es decir, su panteón, casi siempre en un jardín. La tuvieron los alcázares de Córdoba, en el siglo X; los de Sevilla, en los XI y XII; el de Valencia, poco antes de su conquista; la Alhambra de Granada, en los XIV y XV.


Lo mismo en el interior de las ciudades que en sus alrededores y en pleno campo, abundaban las qubbas, pequeñas sepulturas, casi siempre de planta cuadrada, abiertas por uno o por sus cuatro lados, a las que cubría una cúpula o una armadura de madera. Albergaban el sepulcro de algún venerado sufi o asceta, en torno al cual solían enterrarse las gentes, atraídas por la baraka (beneficios espirituales) del lugar. Con el mismo objeto enterrábanse en las ermitas o rawâbit (plural de rábita), en las que, en el campo o en la ciudad, ermitaños o morabitos (rnurâbit), habían llevado vida ascética y guardaban sus restos. La qubba daba origen con frecuencia a una zawiya, edificio o grupo de edificios levantados casi siempre en torno a un sepulcro venerado, destinados, a albergar a los miembros de una escuela sufí, o como escuela coránica y hospedería gratuita, en los que solía haber un cementerio destinado a las personas que deseaban reposar definitivamente a la sombra de los restos del morabito.


En circunstancias especiales, como el estar la ciudad asediada, era obligado el sepelio intramuros. Refiere Ibn Bashkuwál que en el año 415 (1024-1025) fue enterrado en la rahba (plaza) de 'Açiça de Córdoba, junto a la casa de Ibn Shuhayd, el sabio cordobés Ibn Bunnush, cuyos restos mortales no se atrevieron a llevar al cementerio por el terror que causaban las bandas de beréberes que merodeaban por los alrededores de la ciudad. El mismo autor alude a otra rahba de ella, la de Ibn Dirhamayn (el hijo de los dos Dirhames), en la que estaba la mezquita, recién construida, de Yusuf b. Basil, lugar del sepelio en el año 507 (1114) de Abû-l-Walid Mâlik b. 'Abd Allah as-Sahlî.


El Repartimiento de Valencia cita en el interior de la ciudad un lugar ubi fécit sua sepultura Abinghaf. Sería el sepulcro del famoso cadí de esa ciudad Ibn Yahháf, quemado en sus afueras en mayo de 1095 por orden del Cid. Poco después, en los últimos años del siglo XI, asediada Valencia por el Campeador, hubieron de ser sepultados en las plazas los que morían dentro de sus muros, al no poder salir a los cementerios exteriores. En la cárcel de la misma ciudad, durante la rebelión de 'Abd al-Mâlik, en el año 547 (1152-1153), murió 'Asim b. Jalaf al-Tuÿibi, que fue enterrado en la muralla.


LA VEGETACIÓN EN TORNO A LAS TUMBAS


No se conocen alusiones a la existencia en los cementerios islámicos de la Península Ibérica de cipreses, árbol funerario por excelencia de las modernas necrópolis mediterráneas. El encontrarlo en algunas ciudades norteafricanas, como Tremecén, podría acreditar que embellecieran con sus agudas copas los cementerios de al-Andalus.


Plantada de olivos encontró en 1494 el viajero alemán Münzer la parte antigua del cementerio de Granada, situado a la salida de la puerta de Elvira. En un cementerio de Córdoba, maqbara Naÿm, había una palmera. Las ramas espinosas de azufaifos silvestres protegían en Ceuta, en los primeros años del siglo XV, las tumbas de «los muertos caídos en el ÿihâd», lugar muy visitado por las personas en la maqbara al-Hâfa.


Se ignora si el célebre parque cordobés medio público de al-Zaÿÿáli, en el que se veían juntas las tumbas de dos amigos íntimos, situado cerca de la bâb al-Yahûd (puerta de los judíos), estaba en el interior de la ciudad o fuera de ella.


Seguramente no habría en al-Andalus ninguna necrópolis dionisíaca en la que las raíces de las vides se extendieran entre los despojos humanos, según deseaba Ibn Quzman para los suyos, al mismo tiempo que pedía una mortaja hecha con sus hojas y un turbante de pámpanos.


NOMBRES DE LOS CEMENTERIOS


No era infrecuente que la puerta de la ciudad inmediata al cementerio tomara nombre de éste. Una oriental de Lisboa se llamaba Bâb al-Maqâbir. Ligeramente alterado -puerta de Almocóbar o Almocábar- lo conserva la puerta meridional de Ronda, levantada en e1 siglo XIII o XIV, único acceso fácil y llano a esa encumbrada ciudad. Así se nombrarían las puertas de la villa vieja de Algeciras y de Jaén, que las Crónicas castellanas llaman del Fonsario, verosímil traducción de su nombre árabe.


Al estar el cementerio y la musallà o shari'a (oratorio al aire libre) en las afueras de la ciudad e inmediatos a sus ingresos, era frecuente que ocupasen emplazamientos próximos y la necrópolis se llamase -en Córdoba, Valencia, Málaga y Ceuta- Mabara al-Musallà.


La puerta de la cerca de la ciudad más próxima al cementerio prestaba otras veces su nombre a éste. Así, había una maqbara bâb ash-Shâqra en Toledo; una maqbara bâb, al-Qibla en Zaragoza; una maqbara bâb Ilbîra en Granada; una maqbara bâb Baÿÿâna en Almería; una maqbara bâb al-Hanash en Valencia. Otro cementerio de Almería, maqbara al-Hawd, recibía denominación del barrio inmediato.


Construcciones próximas servían también para distinguirlos. Un cementerio cordobés se llamaba al-Burÿ, por un torreón a cuyo pie se extendía. En Valencia había una maqbara al-fiyân (cementerio de las tiendas), probablemente por la existencia de éstas en el mismo lugar.


No pocas veces los cementerios recibían el nombre de su fundador o fundadora -los de Umm Salama, Mut'a y Mu'ammara, primera esposa de Muhammad I, concubinas las otras dos de al-Hakam I y 'Abd r-Rahmân II, respectivamente, en Córdoba - o de un walí o íntimo de Allah, en él enterrado- en la misma ciudad los cementerios de Ibn Hâçim, de Ibn al-'Abbâs y de Abu-l Abbâs al-Waçîr.


LAS TUMBAS


En contraste con los cementerios romanos y de acuerdo con la austeridad y el sentido igualitario del Islam, en las necrópolis de al-Andalus no había grandes monumentos funerarios ni mausoleos ostentosos que perpetuasen la memoria de los en ellas enterrados, propios de la vanidad póstuma, la más pueril e injustificada de todas. Refiere al-Himÿarî que un soberano de Zaragoza quiso construir un mausoleo con una cúpula - qubba - sobre las sepulturas de dos ilustres tâbi'ûn (estudiantes) enterrados en el cementerio de la puerta Oriental -la maqbara bâb al­Qibla- de esa ciudad. Pero no llegó a realizar el proyecto, pues una mujer de acrisolada honradez le dijo habérsele aparecido en sueños ambos personajes para manifestar su deseo de que no se levantara construcción alguna sobre sus fosas. Sin embargo, era frecuente la existencia en los cementerios de una o más qubbas que albergaban los restos de ilustres letrados, ascetas, taumaturgos o varones señalados por sus conocimientos y vida dedicada al Islam, en torno a las cuales se enterraban las gentes para beneficiarse de la influencia espiritual que de ellos irradiaba. A las personas veneradas que yacían en dichas sepulturas se las tenía como protectores de la puerta próxima de la muralla, guardianes que impedían entrase por ella la malaventura o la desgracia.


Una sala funeraria se cita a fines del siglo X en la maqbara ar-Rabad de Córdoba, en la que tuvo que refugiarse el cadí Ibn Zarb ante la hostilidad de la plebe. Junto a la tumba del imâm y cadí Abú 'Abd Allah al-Tanÿâlî, en el cementerio fuera de la puerta del arrabal de Funtanálla, en Málaga, elevaron sus vecinos una zawiya, por su vida austera y entregada al conocimiento de Allah, sobre la tumba de Muhammad b. Qâsim al-A'má Abû `Abd Allah, llamado Ibn al-Qatan, víctima de la peste del año 750 (1349­1350). Del cementerio musulmán de Valencia, en el que después de la conquista se estableció el mercado, escribió Teixidor que se encontraban «por sus cercanías tantas pequeñas Mezquitas que habitaban sus Santones i Morabitos para rogar por sus difuntos, invención del diablo que como mona quería que los suyos remedassen las Ermitas de los siervos de Jesús ».


Las tumbas variaban de unas a otras ciudades y regiones. El estudio de sus diferentes tipos, comparados con los de Berbería y aun con las estelas de las comarcas del Oriente mediterráneo, revelaría probablemente relaciones e influencias mal conocidas. Las piedras sepulcrales de Mallorca, por ejemplo, son más semejantes a las de Ifriqiya que a las encontradas en el resto de la Península. La cantidad y calidad del material de los sepulcros, su mayor o menor excelencia epigráfica y artística, aportan datos para la historia económica de las ciudades. El gran número de mármoles sepulcrales, de excelente labra, de la Almería almorávide, mayor que el de los existentes en el resto de al-Andalus, expresa la riqueza de esa ciudad en la primera mitad del siglo XII.


Los cadáveres se enterraban de costado, lo que permitía hacer fosas muy estrechas, con la cabeza a mediodía y el rostro hacia la ciudad de Meca. Las sepulturas de las gentes más humildes se hacían notar con una piedra tosca, sin labrar, hincada en la cabecera, sin letrero alguno. En dos cementerios en parte aún subsistentes a la salida de las dos puertas de la yerma ciudad de Vascos, en la jara toledana, cuatro hitos o pilares de granito sin desbastar, hincados en las esquinas, algo más altos los de la cabecera; marcan cada sepultura. Las limitan entre ellos toscos bordillos del mismo material que apenas sobresalen del suelo.


Si se trataba de personas de algún relieve social o económico, las tumbas y la memoria de los que en ellas yacían, acostumbraba señalarse de varias formas:


a) Por dos estelas, gruesas losas rectangulares de piedra o mármol hincadas verticalmente y orientadas teóricamente hacia la ciudad de Meca o la qibla, una a la cabecera y otra más pequeña a los pies, conforme al rito funerario que exige dos «testigos» limitando la sepultura del creyente.


b) Por una estela muy alargada, de piedra o mármol, de poca altura y sección triangular, sobre un plinto más o menos elevado, rectangular, colocada en el eje longitudinal de la tumba, casi siempre sobre varias gradas o escalones de mampostería o ladrillo. Se las designa con el nombre dialectal marroquí de rnqâbriya.


c) Por un cipo o fuste cilíndrico hincado en la cabecera de la tumba.


d) Por una o dos pequeñas estelas discoidales de cerámica vidriada, clavadas a la cabecera y a los pies de la fosa.


Hay, además, ejemplares esporádicos. Fuera de la clasificación quedan también las lápidas con escritura incisa, casi siempre toscas losas irregulares, de medios beréberes y rurales y formas muy variadas.


LA VIDA EN TORNO A LAS TUMBAS


Ni tan mezclados con la vida urbana como los cementerios cristianos hasta los comienzos del siglo pasado, ni tan apartados de ella como los actuales -la civilización moderna huye de los muertos, los aleja y frecuenta lo menos posible-, los cementerios islámicos, situados extramuros y junto a las puertas de la ciudad, quedaban integrados en su flujo y reflujo cotidiano. El recuerdo de los desaparecidos permanecía siempre presente entre sus familiares y amigos.


Esa situación de los cementerios era un obstáculo para el desarrollo de la ciudad y la formación de arrabales exteriores inmediatos. A veces su crecimiento desbordaba los límites de los fonsarios y alteraba el reposo de sus pobladores. En la Sevilla almorávide de hacia el año 1100, por ejemplo, en pleno crecimiento, letrinas y cloacas descubiertas y construcciones parásitas se habían instalado entre las tumbas, y la cercanía de los edificios permitía curiosear indiscretamente desde sus puertas y ventanas a las mujeres que acudían a los osarios con fines más o menos piadosos. Si estaban próximas las tenerías, como ocurría en la misma ciudad andaluza en la época citada, y en algún cementerio de Fez en otras mucho más recientes, curtidores y pergamineros aprovechaban las sepulturas para extender sobre ellas sus pieles u otros productos de la industria local.


A veces se producía el hecho contrario: en barrios despoblados -en Almería, por ejemplo- se instalaban cementerios entre los restos de las viviendas en ruinas. E1 flujo y reflujo de la ciudad alcanzaba a los fonsarios, invadiéndolos unas veces, instalando otras las tumbas en los solares de los barrios deshabitados.


Tras el sepelio de una persona venerada, por su rango, sabiduría o buenas obras, las gentes acudían con frecuencia a su sepulcro. Múltiples casos de estas visitas refieren los biógrafos andalusíes. Ibn Bashkuwâl cuenta que la muerte de 'Abû-l-'Abbâs de Elvira en los primeros años del siglo XI causó gran tristeza y los cordobeses iban en continua romería al cementerio del Arrabal (maqbara ar-Rabad) de esa ciudad, donde fue enterrado, para orar y bendecirlo.


Los viernes, sobre todo después del salat al-yümu'a en la mezquita mayor, los caminos que conducían a los cementerios estaban concurridos por una muchedumbre de ambos sexos, que en ellos se mezclaban. Jóvenes elegantes entablaban conversación con las mujeres que iban solas, como -cuentan Ibn Hazm y Dabbi- hizo el poeta ar-Ramadi al encontrar a la hermosa doncella esclava Jalwa junto al mausoleo de los Banû Marwân. en el cementerio cordobés del Arrabal.


Entre las tumbas se levantaban tiendas, en las que las mujeres permanecían largo rato con e1 pretexto de huir de las miradas indiscretas, buen incentivo para acrecentar el deseo y e1 vicio de conquistadores y libertinos que, en busca de buenas, fortunas, acostumbraban ir a las necrópolis para seducir a las mujeres que las frecuentaban. Esas tiendas, en la Sevilla almorávide, sobre todo en verano, cuando a la hora de la siesta estaban desiertos los caminos, se convertían en lupanares. Además de los mozos, estacionados los días de fiesta en los caminos, entre las tumbas, para acechar el paso de las mujeres, también acudían vendedores a contemplar los rostros descubiertos de las enlutadas, relatores de cuentos e historias, decidores de la buenaventura y músicos. Al-Jushani copia un relato de otro autor sobre un cadí de Córdoba que mandó hacer trizas un instrumento musical tocado por unos esclavos en la citada maqbara al-Rabad. A juzgar por las censuras de un severo tratadista de hisba como lbn `Abdûn, el abuso llegaba hasta beber vino sobre las tumbas.


En suma, los cementerios de al-Andalus eran escenarios en los que rebosaba extramuros la vida, comprimida en las angosturas urbanas; la vida humana con su mezcla eterna de espiritualidad y de concupiscencias y pasiones desbocadas. Junto a la tumba «que aguarda con sus fúnebres ramos» la carne tentaba «con sus frescos racimos».


Münzer fue testigo en 1494, en la parte nueva del gran cementerio de la Puerta de Elvira de Granada, de una poética y bella escena, buen colofón de estas notas sobre el fluir de la vida cotidiana en la ciudad de los muertos. Terminado de enterrar un cadáver, se sentaron junto a su tumba un imâm (sic), que cantaba vuelta la cabeza hacia el mediodía, mientras siete mujeres vestidas de blanco esparcían ramos de oloroso arrayán sobre su reciente sepultura.






LOS CEMENTERIOS MUSULMANES




DESPUÉS DE LA CONQUISTA CRISTIANA




A1 conquistar los cristianos las ciudades musulmanas de la Península, los cementerios de casi todas ellas quedaron sin función. Excepcional es el caso del de Toledo, en el que siguieron recibiendo sepultura los moros mudéjares.


La palabra maqbara se castellanizó bajo la forma «macáber» y al cementerio (al-maqbara), se le llamó «almacáber», «almocáber» o «almocóbar» con nombre más próximo al plural al­maqâbir que al singular; «almecora» y «almecoriella» en Aragón y «macabrán» en Loja.


En, la gran cantidad de piedras labradas -estelas y bordillos de las fosas- y ladrillos de los cementerios islámicos, vieron los conquistadores providencial y económica cantera para levantar edificios, sobre todo iglesias, destinados a satisfacer nuevas necesidades.


En septiembre de 1273 cedía Jaime I al convento de Predicadores (Santo Domingo) de Huesca las piedras existentes en el «fosal» de los sarracenos de esa ciudad para construir su iglesia.


A consecuencia de la reclamación de los moros mudéjares, desde Murcia, el 6 de febrero del año siguiente, el monarca donaba a la aljama de Huesca dicho cementerio, en el que no debía de enterrarse desde algún tiempo atrás, pues dice se lo da «para que podáis hacer campo y trabajarlo y roturarlo para provecho de vuestra mezquita y lo que allí se críe sea para el servicio de ella». Por privilegio posterior, extendido en Alcira el 2 de marzo de 1275, Jaime I concedía las lápidas de la Almecora, «cementerio antiguo de los sarracenos», para la fábrica de la catedral, ad opus operis Ecclesie oscensis.


El aprovechamiento de las piedras sepulcrales islámicas para nuevas construcciones religiosas debió de ser general. Ejemplo tardío ofrece Granada. Convertidos sus vecinos moros al catolicismo después del levantamiento de 1499, quedaron abandonados sus cementerios. Los Reyes Católicos, por cédula fechada en Sevilla el 14 de abril de 1500, concedieron a los frailes jerónimos el ladrillo y piedra que había en el «onsario de la puerta de Elvira para la obra de su monasterio. Por Real Cédula de 20 de septiembre del mismo año se clausuraron los cementerios islámicos de la ciudad, y por otra de 15 de octubre de 1501, promulgando las Ordenanzas de Granada, los Reyes Católicos cedieron para ejidos de la ciudad «todos los osarios en que se acostumbraban enterrar los moros». Como ya se dijo, en el primer tercio del siglo XVI se aprovecharon muchas piedras de esos cementerios en la construcción de las parroquias granadinas levantadas por entonces, entre ellas San Cristóbal y Santo Domingo, así como en el fortalecimiento de algunos muros en la Alhambra y en edificios civiles. Muchas de las estelas sepulcrales musulmanas ensalzando la gloria de Allah, y en solicitud de su infinita misericordia para el creyente enterrado bajo ellas, pasaron a servir de sillares en templos cristianos, mientras otras quedaban ocultas bajo tierra. Hoy se recogen para guardarlas celosamente en nuestros museos como testimonios de una civilización sin cuyo conocimiento es imposible comprender el presente ni preparar su futuro.



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. El tormento de la tumba en el Islam



EL TORMENTO DE LA TUMBA EN EL ISLAM


   Existe en el Islam la idea de que los difuntos están expuestos a una terrible tortura (‘adzâb) en la tumba (qabr). El tema del ‘Adzâb al-Qabr, el Tormento de la Tumba, si bien no aparece explícitamente en el Corán, aparece en numerosos hadices. Esta idea se basa en la concepción de que el muerto tiene una especie de existencia consciente en su tumba y que se prolonga durante un tiempo o hasta el Día de la Resurrección. A ese periodo de existencia intermedia entre la vida y la resurrección se le da el nombre de Barzaj. Estas consideraciones dieron origen a la noción de los dos juicios: el primero implica castigo o felicidad en la tumba (en el Barzaj), y el siguiente, el del Día de la Resurrección, marca el destino de la persona en la eternidad de al-Âjira. No existe un relato unitario sobre lo que tiene lugar en la tumba. Sobre lo que sucede entre la muerte y la resurrección existen las siguientes opiniones:


   Primero, los muertos son torturados por las lamentaciones de sus parientes. Los llantos y la desesperación durante el duelo aterran a los difuntos, por lo que fueron prohibidos por el Islam. Estos escuchan los pasos que se alejan de los que han asistido a su entierro y se sienten solos y abandonados a su suerte. El creyente, a partir de entonces, se siente en un lugar espacioso, mientras que, por su parte, el infiel se encuentra oprimido por las paredes de su tumba y la claustrofobia será su tormento, y una serpiente del infierno lo aterra y devora hasta que tenga lugar la resurrección.


   Dos ángeles de aspecto terrible (según algunos relatos, negros con los ojos azules), llamados Múnkar y Nakîr, hacen sentarse al muerto en medio de su tumba y lo interrogan sobre sus creencias. El sincero responde con palabra firme y decidida, y entonces los ángeles le muestran el lugar del que se ha librado en el infierno y el que le aguarda en el paraíso, y entonces se le deja descansar hasta el Día de la Resurrección. Pero el infiel no puede responder y tartamudea y los ángeles intentan arrancarle respuestas azotándolo con una látigo metálico que lanza llamas: sus gritos son oídos por todas las criaturas, salvo por los hombres.


   La tumba puede ser para el hombre o un paraíso o un infierno. Los ángeles de la misericordia descienden a buscar al espíritu del sincero, y los ángeles del castigo acuden a por el espíritu del infiel. Las almas de los creyentes se transforman en pájaros del paraíso y se unirán a sus cuerpos el día de la resurrección (los mártires ya están en el paraíso).


   Estos sufrimientos son de carácter espiritual (mientras que los que corresponden al Día de la Resurrección tiene una naturaleza física). Por ello, afectan incluso a los difuntos que no hayan sido enterrados por una razón u otra. La tumba (el qabr), más que el lugar de enterramiento, es el estado en el que se encuentra todo el que ha fallecido (el Barzaj o estado intermedio entra la vida y la resurrección), y en ese estado tienen lugar las visiones y sufrimientos descritos de modo inconexo en varios hadices y que hemos resumido en los párrafos anteriores. Las penalidades en la ‘tumba’ duran un tiempo indeterminado (según algunos autores, hasta el Día de la Resurrección; según otros intérpretes de los hadices, tienen un tiempo determinado). Esos castigos son suspendidos los viernes y son aligerados por las ramas que se planten sobre las tumbas mientras estén verdes. Existen otros muchos detalles: las almas de los sinceros salen fácilmente de sus cuerpos, pero la de los infieles son arrancadas a la fuerza por ángeles terribles causándoles así tormentos severos. El interrogatorio en la tumba dura siete días en el caso de los sinceros, y cuarenta en el caso de los infieles (pero los mártires, los niños y los que han cumplido ciertos actos surerogatorios son dispensados del interrogatorio).


Algunas fuentes distinguen entre el castigo y la sensación de opresión en la tumba: el sincero se verá libre del primero, pero no del segundo (por ello se habla siempre del inevitable sufrimiento en la tumba). La opresión puede ser aligerada por actos emancipadores en vida.



Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La literatura aljamiada EN AL-aNDALUS



LA LITERATURA ALJAMIADA
EN AL-ANDALUS

    Los musulmanes de al-Ándalus llamaban al-‘ayamía (aljamiado) a las hablas de origen latino de la península ibérica. (portugués, gallego, castellano, aragonés o catalán, según las regiones). También la lengua románica que se hablaba en al-Ándalus propiamente dicha recibía el nombre de al-‘ayamía (nombre en árabe que designa a cualquier lengua no árabe y que se empleó en oriente especialmente para las hablas persas). La lengua románica que se hablaba en al-Ándalus está bastante bien documentada, y la empleaban todas las clases sociales, si bien las más elevadas se fueron arabizando, permaneciendo siempre vigente el aljamiado entre las clases rurales.


    Esas lenguas aljamiadas fueron fijadas en la escritura, no en caracteres latinos, sino en caracteres árabes, sobretodo tras la conquista cristiana que fue imponiendo el castellano. La literatura conservada de esa manera recibe, en consecuencia, el nombre de literatura aljamiada. La literatura aljamiada, de la que se conserva un cierto número de testimonios manuscritos, fue, sobre todo a finales del siglo XIX, el objeto de bastantes estudios. La mayoría de los tratados aljamiados que se conservan tienen una temática religiosa o jurídica (Fiqh), pero también hay composiciones poéticas, en general de carácter edificante, y algunas obras de imaginación en prosa.


    Es importante distinguir desde el principio en esta producción literaria las obras compuestas en la península ibérica, antes de la expulsión de los moriscos por Felipe III en 1609, y otros libros aljamiados, más numerosos, que fueron redactados después de esa fecha, en particular en el seno de comunidades moriscas instaladas en Túnez.


En el primer grupo, la producción más importante, que parece remontar al siglo XIV, es el anónimo “Poema de Yusuf”, en el que su editor y comentador, R. Menéndez Pidal (Poema de Yuçuf: materiales para su estudio, Universidad de Granada, 1952) creer poder afirmar que es la obra de un morisco aragonés, es la puesta en versos castellanos de la sura XII del Corán (Sûrat Yûsuf), adornada con elementos tomados de la ‘leyenda dorada’ musulmana.


En el segundo grupo, hay que mencionar especialmente las composiciones poéticas de otro morisco aragonés, originario de Rueda de jalón, y llamado Muhammad Rabadán, composiciones que se sitúan alrededor del año 1603: se trata de poemas estróficos que retratan, en general siguiendo los relatos de Hasan al-Basri, la vida del Profeta Muhammad (s.a.s.). Hacia la misma época (principios del siglo XVII), una relación de la peregrinación a Meca fue compuesta, igualmente en estrofas rimadas, por un morisco designado bajo el nombre de Alhichante (del árabe, al-hâyy) de Puey Monzón. También se puede citar un poema de polémica anticristiana compuesto en 1627 por un morisco originario de Alcalá de henares y emigrado a Túnez, Juan Pérez, cuyo nombre original era Ibrâhîm Taybili.


Del mismo periodo datan igualmente ciertas apologías del Islam escritas en aljamiado, como la que fue redactada en 1615 por ‘Abd al-Karîm ibn ‘Ali Pérez. Hay también novelas en prosa que relatan la vida del Profeta o algunos de sus Compañeros. Otros narran episodios bíblicos, biografías o historias más o menos legendarias (especialmente, la vida de Alejandro Dzû l-Qarnáin).


Señalemos finalmente que se han encontrado cartas particulares escritas en aljamiado: la más característica -a penas posterior a la conquista de granada en 1492 por los Reyes Católicos. ha sido publicada con una reproducción, por I. de las Cagigas, Una carta aljamiada granadina, en la revista Arabica, I, 1954.