miércoles, 18 de marzo de 2026

ESTETICA Y VIDA AFECTIVA

 

ESTÉTICA Y VIDA AFECTIVA.

Para consolidar la posición activa de la mujer dentro de la institución familiar, era costumbre entre los andalusíes otorgar a la novia regalos en forma de propiedades inmobiliarias, locales comerciales o centros artesanales mediante contratos jurídicos denominados al¬siyaqa. A continuación, el padre de la novia debía ofrecer a la recién casada los regalos matrimoniales del ajuar (al-swvar). La tradición consistía en mantener un cierto equilibrio entre lo ofrecido por el futu¬ro marido y por el padre de la novia en cuanto al valor material de sus respectivas ofrendas.

Los contratos matrimoniales no se firmaban según un modelo uniforme para toda la gente, como sucede en las actuales sociedades musulmanas, sino que se ajustaban tras llegar a un acuerdo sobre las cláusulas por ambas partes contratantes. Se trataba más bien de un acuerdo de carácter civil, cuyas condiciones debían ser respetadas durante toda la vida matrimonial bajo el control del juez.



Numerosos son los casos de mujeres que lograron repudiar a la segunda esposa con la que su marido había contraído matrimonio sin solicitar su opinión, simplemente porque habían previsto en su propio contrato matrimonial conservar dicha facultad. Tampoco carecemos de datos sobre mujeres que consiguieron repudiarse contra la voluntad de su esposo por haber incluido dicha cláusula como condición en su acta matrimonial.

Señalemos que la virginidad no figuraba normalmente como cláusula necesaria en las actas matrimoniales. Más importancia tenía el estado jurídico de la mujer dispuesta a contraer matrimonio, como era ser soltera (bikr), divorciada o viuda. Se menciona la virginidad (al¬`udra) como condición solamente en el caso de que fuera solicitada por el marido y acordada por el matrimonio. Es cierto que los notarios so-lían distinguir en la redacción de las actas la mujer soltera (bikr) de la señora que había perdido su virginidad por un matrimonio anterior (thayyeb). Sin embargo, sólo la gente ignorante de la `amma confundía a la joven soltera que nunca había tenido marido (bikr) con la mujer que había conservado voluntariamente su virginidad ('adra'). Se trataba más bien de una discordancia conceptual del término virginidad, que aunque contenía un valor ético y social, no tenía ningún efecto legal. En numerosos casos los padres y tutores acudieron al notario para hacer constar en acta la pérdida natural o accidental de la virginidad de sus hijas preparadas para contraer matrimonio como solteras, tal como se recoge en el formulario notarial del algecireño al-Yaziri.
Produce estupor la interpretación negativa que se ha venido dando en Europa de la condición de la mujer en al-Andalus. Basta echar un breve vistazo sobre la situación de la mujer en las sociedades de Europa, incluso en los reinos cristianos del norte peninsular durante los siglos X y XI, para advertir que se trata más bien de una postura demagógica sin fundamento.



La mencionada interpretación, tan anacrónica como confusa, se empeñó en investigar el origen del adelanto social en al-Andalus a través de una lectura en los logros conseguidos por las sociedades europeas modernas, gracias a los fundamentos de la revolución francesa e industrial. Y para consolidar los resultados de esta desafortunada metodología, los mencionados ensayos se centraron en la existencia de algunos versículos del Corán y de la tradición atribuida al profeta, a través de las más oscuras interpretaciones teóricas realizadas por jurisconsultos tardíos de escasa credibilidad científica. Pocos son los trabajos de investigación sobre la historia concreta de la mujer en al-Andalus o en otros territorios de la Dar al-silm.

Las mujeres de la `amma gozaban, como los hombres, de libre acceso a los mercados, zocos, plazas y vías públicas sin prohibición alguna. Se reunían en los zocos de las telas y las hilanderías, en las orillas del río. Además, podían acceder a los baños públicos en unas horas determinadas. Tanto en Córdoba como en Sevilla, las mujeres participaban en la celebración de las fiestas y festivales y acudían a las explanadas, jardines y oratorios para disfrutar de los mejores momentos de ocio. En una noticia dada por Abu-l-Walid al-Tartusi, éste señalaba que en Córdoba los hombres salían en grupos con las mujeres para pasear. Y en Sevilla, las mujeres se reunían al borde del río para lavar la ropa y conversar en prosa, recitar poemas y contar chistes en compañía de los hombres. Mujeres y hombres paseaban con frecuencia en la prade¬ra de la plata, en el jardín de la novia y en el recreo de Alfunt, junto a la gran alberca.

Sólo las mujeres de las capas más altas de la sociedad no salían de casa. No se trataba de una cuestión religiosa, sino de tradición, según nos aclara el sabio erudito y jurisconsulto de la escuela malikí Ibn Rushd. Cuanto más categoría social tenían, más espeso era el velo con que se ocultaban al resto de la sociedad, a juzgar por una serie de datos textuales que hemos logrado recuperar. Sin embargo, la costumbre consistía en romper con esta tradición durante los días festivos, y sobre todo cuando se celebraban las fiestas mayores. Ni una mujer velada quedaba en aquellos días o noches en clausura dentro de sus casas o palacetes, según las referencias de al-Dabbi y de Ibn Jaqan.

Es cierto que una buena parte de las mujeres se inclinaba por ocultarse, por demostrar modestia, pudor y solemnidad. No obstante, la gran mayoría optó por mostrar su rostro, exponer su gallardía y dar publicidad a sus encantos. Se mostraban más bien moderadas en su forma de vestir y en su expresión corporal, tanto como en su forma de hablar. Era el comportamiento femenino denominado por la `amma como carácter al-mutamandil.

Era costumbre de aquellas mujeres presentarse en las reuniones maquilladas, adornadas y perfumadas. Las peluqueras no escatimaban ningún esfuerzo en embellecer a sus clientes, peinándolas con los mejores moños. Para sacar partido a su belleza, las mujeres se aplicaban exquisitos perfumes (al-`itr), fragancias (asnan), agua de rosas (ma'al-ward) y agua de azahar (ma'zhar). Se depilaban las cejas y las piernas y se pintaban tatuajes con una serie de utensilios como al-minsas, al-mintaj y al-minqas.



La estética rural optaba más bien por los productos naturales: el khol, para embellecer los ojos, la henna, para las manos y los pies, y al-siwak para la dentadura. Para pintar sus labios, las mujeres empleaban las cáscaras del almendro, y sobre todo la planta de al-zu`ayfira', que daba un hermoso color amarillento parecido al azafrán diluido. Las más atrevidas se pintaban con un tipo de carmín de labios de color rojo muy fuerte. Por otra parte, el autor del calendario de Córdoba (yawmiyat Qurtuba) nos aporta algunas noticias sobre el medicamento que se usaba para estrechar la vagina y mejorar la relación sexual. Cabría señalar que la estética figuraba como especialidad médica, cuyos logros reflejan el grado de interés que los andalusíes prestaron a la belleza.

Los hombres también cuidaban su aspecto físico. Utilizaban con frecuencia los productos básicos de maquillaje: el khol, al-swak y la henna. La costumbre consistía en recortar la barba y el pelo de la cabeza despejando las orejas y dejando caer el flequillo sobre las sienes. Pocos eran los que se afeitaban todo el pelo dejando la cabeza y la cara totalmente rapadas, porque aquel aspecto se consideraba como fealdad y falto de gusto. Los mozos de los pueblos se inclinaban por dejarse crecer el pelo.

 

LA MUJER EN LA VIDA FAMILIAR

 LA MUJER EN LA VIDA FAMILIAR.


La mujer de al-Andalus ha suscitado el interés investigador desde finales del siglo XIX, y sobre todo durante las últimas décadas del XX. Más consideración le prestaron al tema los autores medievales al dedicar algunos apartados de sus obras a las mujeres poetisas o a recoger biografías de otras que demostraron tener algún talento literario o educativo. Más abundantes, sin embargo, son las referencias que aluden a mujeres de al-Andalus que se dedicaron a la jurisprudencia o que alcanzaron un cierto renombre como mujeres del derecho.

En Sevilla dos mujeres son mencionadas por Ibn Baskuwal por su condición de.jurisconsultos (fuqaha', sing. faqih). Otras mujeres ejercían, según Ibn Sahl, el oficio de notaría (muwattiqat) en Córdoba. Algunos indicios revelan la calidad como testigos judiciales (`udun otorgada por el tribunal a algunas mujeres. Se trata de una tradición arraigada en la historia social del Islam medieval, tanto en Oriente como en Occidente. Para poner algún ejemplo, baste recordar el nombramiento por el califa `Umar b. al-Jattab de una mujer, al-Sifa al-'adawiya, en el cargo de administradora de los zocos (muhtasiba) de Medina, la primera capital del Islam. Más tarde, la poderosa juez Taml al-qahramana presidía juicios públicos en el alto tribunal de al-madalim en presencia de célebres jurisconsultos y sabios del derecho.



Más conocida es la afiliación de mujeres piadosas al ascetismo (al-zuhd), al misticismo (al-tasawwuf) o su entrega a la vida retirada (al julwa) y a la meditación espiritual. Las ascetas de Córdoba dispo¬nían de una residencia denominada dar sukna al-nisa' o salihat al¬nisa', según el testimonio aportado por Ibn Sahl. Se dedicaban al culto, a la veneración divina y a las obras piadosas, renunciando a los placeres de la vida. Por ello, cuando una de estas ascetas optaba por contraer matrimonio, la anomalía del acto desencadenaba una amplia polémica entre los jurisconsultos.

Señalemos que la mencionada institución disponía de sus propios legados píos que generaban rentas destinadas a su funcionamiento. El ascetismo femenino alcanzó su máximo grado de popularidad en la Córdoba taifal gracias a la devoción y a la espiritualidad de una humilde mujer de la `amma. El decano de los historiadores de al-Andalus, Ibn Hayyan, quedó asombrado por la majestuosa ceremonia funeraria que se celebró a su muerte, a la cual acudió el emir de Córdoba junto con los máximos dignatarios del Estado. Por veneración a la fallecida mandaron construir una majestuosa cúpula sobre su tumba para convertirla en santuario.

Asimismo, numerosas mujeres se interesaron por las ciencias naturales o ejercieron como médicos. En este caso las fuentes nos aportan noticias sobre personas concretas, aunque de manera parcial. Fue Ibn Hazm, el sabio de su época más abierto al mundo femenino, quien reflejó con nitidez la plena incorporación de la mujer al campo científico, artístico y de las letras. Según sus palabras, las mujeres en al-Andalus ejercían como doctas ('alimat), sabias (hakimat), conocedoras de la lógica (mantiqiyat), filósofas (fálsafiyat), arquitectas (handasiyat), musicólogas (mu¬sigawiyat), técnicas de astrolabio (astrolabiyat), instruidas en nivelación y geometría (mu'addilat), astrólogas (nuyumi¬yat), ilustradas en la métrica ( `arudiyat), en la literatura (adabi yat) y en la caligrafía (jattatiyat).




Al igual que la actitud mantenida por la élite hacia el desapego de los autores medievales en lo que se refiere a las humil¬des mujeres de la `amma. Sin embargo, no nos faltan noticias acerca de la plena participación de la mujer de condición humilde en la actividad laboral, en la lucha diaria para ganarse la vida. En el medio rural, la mujer participaba en la siembra, el cuidado de los plantíos, la siega y limpieza de algunas plantas como la de lino, según algunas referencias geopónicas. Contribuía también en la recolección de legumbres, verduras y frutas, y en otros trabajos del campo. La preparación de la lana, el trabajo del lino y la hilatura figuraban también como tareas domésticas encargadas a la mujer, según los dictámenes jurídicos. Asimismo, se ocupaba de la venta de algunos productos agrícolas y ganaderos en los mercados semanales y en el zoco de la ciudad.

En el medio urbano las mujeres ejercían como pregoneras en subastas y en la venta de artículos, sobre todo en productos de tejidos e hilaturas. Ibn Bassam nos aporta algunos datos sobre mujeres que instalaron tiendas para la venta de especias y otras que se asentaron como vendedoras con la balanza en la mano para pesar la mercancía. Se ocupaban también de la molienda del trigo mediante molinos manuales y de lavar la ropa (al-gassalat) en los lugares destinado a ello. Recordemos que la propia favorita de al-Mu'tamid, la reina I`timad al-Rumayqiya, ejerció en su juventud el oficio de al-gassala (lavandera). Ibn Hazm destaca otros oficios de mujer en el medio urbano: peluqueras (hayyama), artesanas de la seda (sarraga), peinadoras (masita), plañideras (na'iha), cantoras (muganniya), videntes (kahina), educadoras (mu `allima), artesanas en las hilanderías y otros trabajos similares.

Por otra parte, las mujeres disponían de zocos propios, como era el caso del denominado muytama' al-nisa', lugar de reunión de las mujeres ubicado en bab al- `attarin (puerta de los perfumistas), en Córdoba. Tanto en Oriente como en Occidente, la consideración del trabajo de la mujer como medio de emancipación social fue más de una vez señalado por parte de los jurisconsultos de la época. El filósofo Ibn Sina afirmó que si la mujer permanece sin ocupación ni preocupación no pensará más que en provocar a los hombres y exponerles sus encan¬tos. La misma idea fue expresada por el sabio cordobés Ibn Hazrn al decir que la mujer, al quedar sin trabajo ni tener preocupación, se dedi¬cará a los
hombres y deseará el sexo.


Se observa la condición privilegiada de la mujer a través del derecho musulmán redactado por los dictámenes jurídicos de la escuela malikí vigente en al-Andalus. Una vez llegada a la edad adulta y con plenas facultades, se le adjudicaba a la mujer el derecho sobre sus bienes inmobiliarios con total autonomía para gestionar sus negocios, transacciones y actividades económicas, sin estar obligada a ninguna tutoría paternal, fraternal o conyugal. Y en el caso de suscribir algún tipo de asociación de bienes con el cónyuge, resultaba habitual recurrir al notario para cerrar el trato con toda la precisión que el caso requiriera.

Disponemos de una abundante literatura jurídica acerca de las mujeres que suscribieron préstamos a plazo a favor de sus maridos. Otras mujeres optaron por invertir en proyectos inmobiliarios conjuntos, a medias con el cónyuge. Fue durante esta época cuando se autorizó la testificación jurídica (sahsdat al-niss') de forma masiva a las mujeres. Parece que en ningún otro sitio, incluso en las sociedades liberales del siglo XIX, las mujeres accedieron a los derechos conseguidos en al-Andalus califal y de taifas. En Sevilla las mujeres llegaron a disponer de una administración jurídica propia especializada en el derecho de la mujer llamada ahkam al-nisa' bi Ishbiliya. Y en Córdoba se desencadenó por primera vez en la historia del Islam una polémica sin precedente sobre mujeres adivinas (nubuwat al- al-nisa'), de la cual Ibn Hazm fue testigo.

viernes, 13 de marzo de 2026

AIXA Y HAFSA BINT AL-HAYY AL-RAKUNIYYA (1135-1191)

 

AIXA Y HAFSA BINT AL-HAYY AL-RAKUNIYYA [1135-1191]

Aixa (o Fátima, según algunos autores),  apodada «la Horra» («la Honesta»), reina de Granada, esposa de Abu Hasan (Muley Hacem) y madre de Boabdil, vivió en la segunda mitad del siglo XV. Procedía de la familia real de Granada, gozaba de considerable patrimonio y prestigio por sí misma y fue, sin duda, una de las personalidades femeninas más célebres de la historia de Al-Andalus, participando activamente en la resistencia de Granada contra los Reyes Católicos.  La leyenda le atribuye la famosa frase de recriminación contra su hijo: "Llora como mujer lo que no supiste defender corno un hombre".


Durante unos veinte años fue la sultana consorte de Abu Hasan, con el que tuvo dos hijos varones, Boabdil y Yusuf, y una hija llamada también Aixa. Pero el sultán se enamoró de una esclava cristiana llamada Isabel de Solís, que tomó el nombre de Soraya al convertirse al Islam, y con la que tendría dos hijos varones, hasta tal punto que acabó por desbancar a Aixa de la condición de sultana y confinarla en habitaciones menos regias.

 Hacia 1484, los celos, la rivalidad entre Aixa y Soraya, el temor por la sucesión de sus hijos, junto con la desconfianza ante las intenciones del sultán, instaron a Aixa a participar, con la facción aristocrática de los Abencerrajes, en una conspiración para destronar a su esposo y poner en su lugar a su hijo Boabdil. Tras liberar a éste de una de las torres de la Alhambra, donde su padre lo tenía preso, Aixa incitó a Boabdil y su hermano Yusuf a huir a Guadix, donde el primero fue proclamado rey. Poco después, tras una sangrienta guerra civil, el 5 de julio de 1482, Boabdil era proclamado rey de Granada. Aixa volvió a intervenir con tenacidad y firmeza en 1483, cuando su hijo cayó prisionero de los cristianos en la batalla de Lucena, y ella negoció su liberación. Poco se sabe de su vida en los siguientes años, pero debió de seguir -y de implicarse muy de cerca en los agitados y decisivos acontecimientos que estaban teniendo lugar en Granada: las pretensiones al trono de El Zagal, su cuñado, y el hostigamiento constante de las tropas cristianas. Aixa se convirtió en el alma de la resistencia contra éstas.

Cuando la ciudad se rindió a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492, Aixa partió al exilio con su hijo, primero al señorío de Andarax, en la Alpujarra, y después, en octubre de 1493, a la ciudad marroquí de Fez, donde seguramente le sobrevendría la muerte.

Mujer enérgica y de carácter fuerte y acusada personalidad, el retrato que de ella hacen las fuentes castellanas es el de una persona de arrebatos pasionales y genio viril. En realidad, fue una mujer capaz de tomar importantes decisiones que influyeron en la evolución política del reino, con el fin de asegurarse la sucesión de su hijo primogénito al trono de la Granada nazarí. En suma, Aixa luchó por sus derechos y los de sus hijos con una firmeza inusual en una mujer del siglo XV, una lucha que la literatura romántica convirtió en un drama de pasiones, celos y venganzas.

Hafsa bint al-Hayy al-Rakuniyya [1135-1191]

Hafsa es una de las poetisas arábigo-andaluzas más famosas de al-Andalus, y la más célebre de Granada. Hija de un noble de origen beréber, rico e influyente personaje de esta ciudad, nació hacia el año 1135 (año 530 de la Hégira), según la mayoría de sus biógrafos, en la ciudad de Granada. Allí pasó su infancia y juventud en un contexto de intensa agitación política, que asistió a la caída del Imperio Almorávide y la instauración del Califato Almohade.
Alabada por su cultura e ingenio, al igual que por su belleza, estas cualidades lepermitieron ocupar pronto un lugar destacado en la Corte almorávide de Granada, donde desarrolló una intensa actividad literaria y educativa, y alcanzó rápidamente la fama. Célebre también fuera de Granada, fue enviada a Rabat (1158) con un grupo de poetas y nobles granadinos ante el califa Abd al-Mumin, quien le concedió el feudo de Rakuna, cerca de Granada, epónimo del que procede el nombre con el que fue conocida la poetisa, al-Rakuniyya.

Sería en el ambiente cortesano de Granada donde conocería al poeta granadino Abu Yafar ibn Said, del ilustre linaje de los Banu Said, con el que inició una pública relación amorosa hacia el año 1154. A raíz de esta relación, ambos amantes desarrollaron un intenso intercambio de poemas amorosos, que se han conservado hasta nuestros días. Asimismo sus amoríos fueron cantados por los poetas de su grupo literario. La situación se complicó en el año 1156, cuando llegó a Granada el gobernador almohade, el príncipe Abu Said ‘Utmãn, hijo del Califa Abd al-Mumin, quien se enamoró de la poetisa. En un principio, Hafsa rechazó al gobernador, pero finalmente se convirtió en su amante, quizá cansada de las veleidades amorosas de Abu Yafar o por presiones del príncipe hacia ella o su familia. Esta situación originaría un conflictivo triángulo amoroso. Abu Yafar, que había sido amigo y secretario del príncipe, hizo a éste objeto de sus sátiras, y acabó participando en una rebelión política contra el gobernador, razón por la que éste lo mandó encarcelar y finalmente crucificar en el año 1163, en Málaga.
Hafsa lloró la prisión y la muerte de su amante en sentidos versos y llegó a llevar luto de viuda por él, a pesar de las amenazas del gobernador. Se retiró de la Corte, abandonando finalmente la actividad poética y centrándose, a partir de entonces, en la enseñanza. Vivió de este modo durante una parte importante de su vida, hasta que, hacia el año 1184, aceptó la invitación del Califa Yaqud al-Mansur y se dirigió a Marrakech para dirigir la educación de las princesas almohades. Allí permaneció hasta 1191, año de su muerte.
Hafsa es la poetisa arábigo-andaluza de la que se conserva un mayor volumen de su producción poética, gracias, sobre todo, al interés de sus biógrafos y de la familia Banu Said. En total, han llegado hasta nuestros días diecisiete poemas, de gran calidad literaria. Heredera de la tradición poética árabe, sin embargo, Hafsa, al contrario de lo que es habitual en ésta, es capaz de expresar, con gran belleza, sus sentimientos reales en un leguaje llano y espontáneo. La mayoría de sus versos  son de tipo amoroso, dirigidos a Abu Yafar, aunque hay algunos satíricos y de elogio a Abu Said, alcanzando la cima de su inspiración en aquéllos en los que se lamenta de la prisión y muerte de su amante. Muestra de las mujeres independientes y cultas de la época de esplendor de al-Andalus, Hafsa fue muy respetada, a pesar de sus aparentes libertades, en su época y por los biógrafos posteriores, que la consideraron como una gran poetisa. Ibn al-Jatib dijo de ella: «Granadina, fue única en su tiempo por su belleza, elegancia, cultura literaria y mordacidad».

 

jueves, 12 de marzo de 2026

CANUTILLOS DE ALMENDRAS Y AVELLANAS

 

CANUTILLOS DE ALMENDRAS Y AVELLANAS

Este dulce , son unos pequeños canutillos rellenos de almendras y avellanas, endulzados con miel y aromatizados con agua de azahar. Un pastel oriental crujiente. Algunas personas piensan erroneamente que la repostería oriental es complicada de elaborar. Lo mas importante es el liado de estos rollitos o cigarros, te sorprenderá gratamente con el resultado.

Ingredientes

500 gr de almendras peladas

250 gr de avellanas tostadas molidas

500 gr de hojas de pasta filo

¼ de cucharadita de canela en polvo

2 cucharadas de agua de azahar

200 gr de azúcar glas

1,5 kg de miel

1 clara de huevo

Mantequilla derretida

 

Elaboración

En un mortero, agregamos las almendras con el azúcar y majamos hasta obtener un polvo o harina. Añadimos las avellanas al mortero tostadas y molidas, la canela en polvo, mezclamos muy bien y a continuación agregamos el agua de azahar, removemos muy bien para integrar todos los ingredientes y que se forme una masa homogénea. Hacemos unos rollos con esta masa.

Extendemos las hojas de pasta filo sobre una superficie de trabajo y luego colocamos un trozo de rollo de almendras. Enrollamos muy bien, cepillando los bordes de las hojas de pasta filo con clara de huevo para que queden pegadas.

Disponemos los rollitos en una placa de horno, cubrimos con mantequilla derretida, y cocinamos en el horno a temperatura media durante 20 minutos o hasta que estén dorados por ambos lados y luego lo sumergimos directamente en miel tibia. Escurrimos sobre una rejilla y dejamos enfriar.

¡Buen provecho!

ARROZ CON ALCAPARRAS Y ANCHOAS

 

ARROZ CON ALCAPARRAS Y ANCHOAS

Ingredientes

1 taza de arroz redondo

½ cebolla

4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

5 tomates secos

½ cucharadita de pimentón dulce

2 y ½ taza de agua

1 diente de ajo

13 de taza de alcaparras

6 filetes de anchoas de lata en aceite de oliva

¼ de taza de perejil fresco

½ cucharadita de jugo de limón natural

Sal

Pimienta negra recién molida

 

Elaboración

En una sartén antiadherente a fuego medio, agregamos 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, mientras se calienta picamos ½ cebolla, una vez que el aceite este caliente agregamos la cebolla a la sartén.

Mientras se cocina la cebolla, cortamos en daditos finos los 5 tomates secos; después de sofreír las cebollas durante unos 5 minutos, agregamos ½ cucharadita de pimentón dulce, mezclamos con la cebolla, luego agregamos 1 taza de arroz redondo y los tomates secos cortados en daditos y mezclamos todo junto, y moreamos durante unos 4-5 minutos.

Luego agregamos 2 ½ taza de agua a la sarten, subimos el fuego a medio alto, salpimentamos al gusto y mezclamos todo muy bien

Mientras se cocina el arroz, picamos finamente 1 diente de ajo y lo ponemos en el mortero, también añadimos ¼ de taza de alcaparras y aproximadamente 6 anchoas picadas gruesamente y ¼ de taza de perejil fresco, usando un mortero majamos todo hasta formar una pasta uniforme.

A continuación, agregamos ½ cucharadita de jugo de limón natural al mortero, junto con 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, salpimentamos y mezclamos todo muy bien hasta que este todo bien mezclado y todos los ingredientes estén bien integrados en la mezcla del majado.

Después de cocinar el arroz durante unos 10 minutos, bajamos el fuego a bajo y colocamos una tapa encima.

Después de unos 4-5 minutos, apagamos el fuego, retiramos la tapa y agregamos la mezcla del mortero, mezclamos todo muy bien hasta que rodo este bien integrado.

Serir inmediatamente de la sarten.

¡Buen provecho!

MHAMMAD B. JIZRUN

 

MUHAMMAD B. JIZRUN

Muḥammad b. Jizrūn: Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Jizrūn. ‘Imād al-dawla. ?, s. m. s. X – 420 H / 1029 C. Primer soberano de la taifa de Arcos (Cádiz).

Rey de Taifa

Biografía

Los Banū Jizrūn o Jizrūníes constituyen un linaje beréber perteneciente a los Yarniyān o Irniyān, de la rama Zanata, una de las principales cabilas magrebíes. Según el cronista tunecino de origen andalusí Ibn Jaldūn, fue uno de los linajes llegados a la Península en época del califa al-Ḥakam II para ser utilizados como contingentes armados al servicio de la dinastía omeya cordobesa. Durante el período de disgregación del califato, a comienzos del siglo XI, los Banū Jizrūn se alzaron con el dominio de la localidad gaditana de Arcos (Arkuš), constituyendo una taifa independiente que, al igual que las del resto del Occidente de al-Andalus, acabó siendo anexionada por los abadíes sevillanos.

Fueron tres los soberanos Jizrūníes que se sucedieron al frente de la taifa de Arcos. El primero de ellos, Muḥammad b. Jizrūn b. ‘Abdūn al-Jizrī, se declaró en rebeldía frente a las autoridades centrales cordobesas en el año 402/1011-1012, siendo, por lo tanto, una de las manifestaciones más tempranas del proceso de desmembración territorial de al-Andalus que trajo aparejada la crisis del califato omeya. Ibn Jizrūn, que tomó el apodo de ‘Amīd al-dawla, se sublevó inicialmente en Calsena, ciudad hoy desaparecida y que las fuentes ubican a orillas del Guadalete, junto a la desembocadura de uno de sus afluentes, el Majaceite (llamado en árabe Būṭa), que en la actualidad tiende a identificarse con los vestigios existentes en el actualmente conocido como Cortijo Casina. Esta ciudad era entonces el centro administrativo de la cora de Sidonia (Šaḏūna), cuyo nombre se derivaba de la primitiva capital, Medina Sidonia, a la que sustituyó como capital de esta circunscripción a mediados del siglo IX.

Pero no fue Calsena la sede de esta taifa, sino la fortaleza de Arcos, de la que se apoderó a continuación, descrita como la más importante de al-Andalus, un lugar, por lo tanto, más idóneo para un poder carente de legitimidad y recién constituido, donde la resistencia frente a un previsible ataque sería más factible y desde el cual el primer Ibn Jizrūn gobernó poco menos de veinte años. Estos son los escasos datos de que disponemos sobre el surgimiento de esta y que nos aporta la única fuente que se hace eco de su origen, la llamada Crónica anónima de los reyes de taifa, que describe de la forma siguiente el ascenso al poder de Ibn Jizrūn:

“El primer dinasta de ellos fue ‘Imād al-dawla (Pilar de la dinastía) Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Jizrūn b. ‘Abdūn al-Jizrī, emir de los Banū Irniyyān. Se declaró en abierta rebeldía en Qalsāna (Calsena) en el año 402/4 de agosto de 1011-2 de julio de 1012 durante el desarrollo de los disturbios (fitna). Enseguida se apoderó de Arcos, que es una de las más importantes fortalezas de al-Andalus, y la dominó. Estableció en ella su soberanía, consolidando sus defensas e incrementándola en riquezas”.

La caracterización que la Crónica hace de este personaje no es nada positiva, ya que lo describe como “atrevido y falto de escrúpulos, salteador, asesino y derramador de sangre”. En cambio, otras fuentes dan una imagen más negativa de su hijo y sucesor, a quien comparan desfavorablemente con su padre. La fuente antes citada señala que el primer Ibn Jizrūn murió en el año 420/1029, aunque sin aportar dato alguno respecto a las circunstancias concretas en las que tuvo lugar su fallecimiento. Fue sucedido por su hijo, quien asentó el poder de la taifa, extendiendo su autoridad por amplias zonas del territorio gaditano e incluyendo el dominio de sus principales poblaciones, tales como Arcos, Jerez, Algeciras y Calsena..

Bibliografía

D. Wasserstein, the Rise and Fall of the Party Kings. Politics and Society in Islamic Spain, 1002-1086, Princeton, Princeton University Press, 1985

F. Maíllo Salgado (intr., trad. y notas), Crónica anónima de los reyes de taifas, Madrid, Akal, 1991, pág. 27

M.ª J. Viguera, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes (Al Andalus del XI al XIII), Madrid, MAPFRE, 1992, págs. 121-123

F. Maíllo Salgado (est., trad. y notas), La caída del califato de Córdoba y los Reyes de taifas = Al-Bayān al-Mugrib/Ibn ‘Iḏārī, Salamanca, Universidad-Estudios Árabes e Islámicos, 1993, pág. 180

M.ª J. Viguera (coord. y pról.), Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XI, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. VIII-I, Madrid, Espasa Calpe, 1996

F. Clément, Pouvoir et légitimité en Espagne musulmane à l’époque des taifas (Ve-XIe siècle). L’imam fictif, pról. de P. Guichard, París, L’Harmattan, 1997

J. M. Toledo Jordán, El Cádiz andalusí (711-1485), Cádiz, diputación Provincial de Cádiz, 1998, págs. 75-81, 119-124 y 144

Ibn Khaldoun, Histoire des berbères et des dynasties musulmanes de l’Afrique Septentrionale, vol. III, trad. de M. Le Baron de Slane, París, 1999, págs. 280

Autor/es

  • Alejandro García Sanjuán

 

HABUS B. MAKSAN B.ZIRI


HABUS B. MAKSAN B. ZIRI

Ḥabūs b. Māksan b. Zīrī. Al-Muẓaffar. Ifrīqiya (Túnez), s. m. s. IV/X – ¿Granada?, 429-430 H./1038 C. Rey de la taifa de Granada entre 1019-1020 (o 1025) y 1038.

Rey de Taifa

Biografía

En 411/1019-1020, o quizás en 416/1025 según Ibn al-Jaṭīb, Zāwī b. Zīrī al-Ṣinhāŷī, fundador de la taifa de Granada, abandonó al-Andalus para regresar a Ifrīqi­ya, su tierra. Su sobrino, Ḥabūs b. Māksan, se hizo cargo de toda la taifa, desplazan­do a los propios hijos de Zāwī ayudado por el poderoso cadí granadino Abū ‘Abd Allāh b. Abī Zamanīn. Afirma el emir ‘Abd Allāh, su descendiente y último rey de la taifa, en sus “Memorias” (El siglo XI en primera persona, 91-92), que en cuanto Zāwī decidió volver a su tierra y se alejó en su camino de regreso a Ifrīqiya, Ḥabūs fue convocado por los delegados de aquél por ser considerado el más adecuado para gobernar la taifa y, atendiendo rápidamente a la llamada, los Ṣinhāŷa lo acogieron “con muestras de obediencia y de sumisión a su autoridad”.

Ḥabūs había llegado a al-Andalus con su tío, el mencionado Zāwī, jefe del clan tribal de los Zīríes, beréberes Ṣinhāŷa de la rama de los Barānis, que emigraron a principios del siglo XI tras las diferencias habidas con Bādīs b. al-Manṣūr b. Buluggīn b. Zīrī, señor de Ifrīqiya (996-1016). Según subraya el emir ‘Abd Allāh, (Idem, 82), entre los jefes beréberes que pasaron al territorio andalusí en tiempos de al-Muẓaffar, hijo y sucesor de Almanzor, destacaban Zāwī b. Zīrī y su sobrino Ḥabūs b. Māksan.

Había sido el califa al-Musta‘īn —según informa Ibn ‘Iḏārī— en medio de la gran confusión causada por la fitna beréber y en respuesta a la ayuda recibida por éstos y otros beréberes ‘nuevos’, quien concedió Ilbīra a los Ṣinhāŷa. Informa Ibn Hamad en la obra de M.ª J. Viguera, que “instalados los Zīríes en Ilbīra y extendiéndose hasta Jaén, acordaron crear dos áreas, separadas aunque conectadas, y Zāwī quedó al frente de la de Ilbīra, mientras su sobrino Ḥabūs b. Māksan regía el resto” (véase Zāwī b. Zīrī). Según informa el emir ‘Abd Allāh (El siglo XI, 88), Zāwī decidió instalarse en una sede propia y se trasladó al cercano lugar de Granada, mientras Ilbīra quedaba arruinada y los habitantes del antiguo lugar empezaron a construir sus hogares en el nuevo emplazamiento.

Con el traslado de la capital comenzó la edificación de la que habría de convertirse en una gran ciudad. El núcleo urbano se inició en la colina situada junto a la orilla derecha del río Darro y posteriormente se extendió hacia la zona llana donde se levantó el conjunto de edificios que dieron lugar al espacio principal de la ciudad. Los emires se instalaron en la alcazaba vieja y tanto este emir como sus sucesores mantuvieron como objetivo principal la edificación de la capital, de manera que, en palabras de al-Idrīsī (s. XII) fueron “consoli­dadas sus murallas y construida su alcaza­ba por Ḥabūs al-Ṣinhāŷī, a quien sucedió su hijo Bādīs b. Ḥabūs, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento, que aún continúa” (véase Zāwī b. Zīrī).

Ḥabūs se mantuvo al frente de la taifa granadina desde la partida de Zāwī b. Zīrī a Ifrīqiya en 1019-1020 o 1025, como quedó dicho, hasta su muer­te, en 1038, siendo sucedido por su hijo Bādīs y posteriormente por su bisnieto cAbd Allāh que alaba en sus “Memorias” su acertada organización judicial, económica y milita­r, así como la seguridad general conseguida por él. Este retrato halagüeño de sus “Memorias” —en traducción de E. García Gómez (El siglo XI, 92)— dice así: “Ḥabūs b. Māksan encontró despejado su camino y procedió de la mejor manera y de la forma más equitativa. Delegó en los cadíes de sus tierras la misión de dictar sus sentencias, y él apenas intervenía en nada, guardándose muy bien de cometer ningún acto prohibido por la religión ni de sacar dinero a sus súbditos. Las gentes le amaban, ya que en su tiempo estaban seguros los caminos, eran raros los desórdenes y desapareció la injusticia”.

Según la misma fuente, había sido un gobernante de gran habilidad hasta el punto de que dividió el territorio en circunscripciones militares y para éstas animó a cada uno de sus caídes a reclutar cierto número de soldados. De esta forma, todos los contríbulos de Ḥabūs eran señores del territorio que les había sido asignado y con ellos consiguió un consejo de aliados, que sentían la satisfacción de ser dirigentes militares, gobernadores de su propio territorio y participantes en los asuntos de la taifa. Crecieron durante su gobierno los efectivos del ejército y se reforzó la disciplina militar entre los soldados. Era proverbial su amor por los Ṣinhāŷa, y su delicadeza y benevolencia para con sus colaboradores, consiguiendo con todo ello una gran solidez para su taifa.

En lo que se refiere a su política exterior, mantuvo buenas relacio­nes con el eslavo Zuhayr de Almería y reconoció, como su antecesor, a los califas ḥammūdíes, procurando reforzar el grupo de aquellas taifas beréberes frente al expansio­nismo de los cAbbā­díes de Sevilla, ayudando también contra ellos a los Birzā­líes de Carmona que, poco después de la muerte de Ḥabūs, lograron —en octubre de 1039— vencer a los sevillanos en Écija.

La sucesión de Ḥabūs por su hijo Bādīs, decidida por aquél en vida, fue aceptada por su otro hijo Buluggīn b. Ḥabūs pero discutida por un sobrino, Ŷaddayr b. Ḥubaša, que mantenía la esperanza de convertirse en su legítimo sucesor puesto que había ejercido como colaborador de Ḥabūs y dado que, según ‘Abd Allāh, resolvía con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le encomendaba. Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los Zīríes granadinos.

Ḥabūs b. Māksan murió sin haber acuñado moneda en su nombre.

 

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Autor/es

  • Fátima Roldán Castro