Para
consolidar la posición activa de la mujer dentro de la institución familiar,
era costumbre entre los andalusíes otorgar a la novia regalos en forma de
propiedades inmobiliarias, locales comerciales o centros artesanales mediante
contratos jurídicos denominados al¬siyaqa. A continuación, el padre de la novia
debía ofrecer a la recién casada los regalos matrimoniales del ajuar
(al-swvar). La tradición consistía en mantener un cierto equilibrio entre lo
ofrecido por el futu¬ro marido y por el padre de la novia en cuanto al valor
material de sus respectivas ofrendas.
Los contratos matrimoniales no se firmaban según un modelo uniforme para toda
la gente, como sucede en las actuales sociedades musulmanas, sino que se
ajustaban tras llegar a un acuerdo sobre las cláusulas por ambas partes
contratantes. Se trataba más bien de un acuerdo de carácter civil, cuyas
condiciones debían ser respetadas durante toda la vida matrimonial bajo el
control del juez.
Numerosos son los casos de mujeres que lograron repudiar a la segunda esposa
con la que su marido había contraído matrimonio sin solicitar su opinión,
simplemente porque habían previsto en su propio contrato matrimonial conservar
dicha facultad. Tampoco carecemos de datos sobre mujeres que consiguieron
repudiarse contra la voluntad de su esposo por haber incluido dicha cláusula
como condición en su acta matrimonial.
Señalemos que la virginidad no figuraba normalmente como cláusula necesaria en
las actas matrimoniales. Más importancia tenía el estado jurídico de la mujer
dispuesta a contraer matrimonio, como era ser soltera (bikr), divorciada o
viuda. Se menciona la virginidad (al¬`udra) como condición solamente en el caso
de que fuera solicitada por el marido y acordada por el matrimonio. Es cierto
que los notarios so-lían distinguir en la redacción de las actas la mujer
soltera (bikr) de la señora que había perdido su virginidad por un matrimonio
anterior (thayyeb). Sin embargo, sólo la gente ignorante de la `amma confundía
a la joven soltera que nunca había tenido marido (bikr) con la mujer que había
conservado voluntariamente su virginidad ('adra'). Se trataba más bien de una
discordancia conceptual del término virginidad, que aunque contenía un valor ético
y social, no tenía ningún efecto legal. En numerosos casos los padres y tutores
acudieron al notario para hacer constar en acta la pérdida natural o accidental
de la virginidad de sus hijas preparadas para contraer matrimonio como
solteras, tal como se recoge en el formulario notarial del algecireño
al-Yaziri.
Produce estupor la interpretación negativa que se ha venido dando en Europa de
la condición de la mujer en al-Andalus. Basta echar un breve vistazo sobre la
situación de la mujer en las sociedades de Europa, incluso en los reinos
cristianos del norte peninsular durante los siglos X y XI, para advertir que se
trata más bien de una postura demagógica sin fundamento.
La mencionada interpretación, tan anacrónica como confusa, se empeñó en
investigar el origen del adelanto social en al-Andalus a través de una lectura
en los logros conseguidos por las sociedades europeas modernas, gracias a los
fundamentos de la revolución francesa e industrial. Y para consolidar los
resultados de esta desafortunada metodología, los mencionados ensayos se
centraron en la existencia de algunos versículos del Corán y de la tradición
atribuida al profeta, a través de las más oscuras interpretaciones teóricas
realizadas por jurisconsultos tardíos de escasa credibilidad científica. Pocos
son los trabajos de investigación sobre la historia concreta de la mujer en
al-Andalus o en otros territorios de la Dar al-silm.
Las mujeres de la `amma gozaban, como los hombres, de libre acceso a los
mercados, zocos, plazas y vías públicas sin prohibición alguna. Se reunían en
los zocos de las telas y las hilanderías, en las orillas del río. Además,
podían acceder a los baños públicos en unas horas determinadas. Tanto en
Córdoba como en Sevilla, las mujeres participaban en la celebración de las
fiestas y festivales y acudían a las explanadas, jardines y oratorios para
disfrutar de los mejores momentos de ocio. En una noticia dada por Abu-l-Walid
al-Tartusi, éste señalaba que en Córdoba los hombres salían en grupos con las
mujeres para pasear. Y en Sevilla, las mujeres se reunían al borde del río para
lavar la ropa y conversar en prosa, recitar poemas y contar chistes en compañía
de los hombres. Mujeres y hombres paseaban con frecuencia en la prade¬ra de la
plata, en el jardín de la novia y en el recreo de Alfunt, junto a la gran
alberca.
Sólo las mujeres de las capas más altas de la sociedad no salían de casa. No se
trataba de una cuestión religiosa, sino de tradición, según nos aclara el sabio
erudito y jurisconsulto de la escuela malikí Ibn Rushd. Cuanto más categoría
social tenían, más espeso era el velo con que se ocultaban al resto de la
sociedad, a juzgar por una serie de datos textuales que hemos logrado recuperar.
Sin embargo, la costumbre consistía en romper con esta tradición durante los
días festivos, y sobre todo cuando se celebraban las fiestas mayores. Ni una
mujer velada quedaba en aquellos días o noches en clausura dentro de sus casas
o palacetes, según las referencias de al-Dabbi y de Ibn Jaqan.
Es cierto que una buena parte de las mujeres se inclinaba por ocultarse, por
demostrar modestia, pudor y solemnidad. No obstante, la gran mayoría optó por
mostrar su rostro, exponer su gallardía y dar publicidad a sus encantos. Se
mostraban más bien moderadas en su forma de vestir y en su expresión corporal,
tanto como en su forma de hablar. Era el comportamiento femenino denominado por
la `amma como carácter al-mutamandil.
Era costumbre de aquellas mujeres presentarse en las reuniones maquilladas,
adornadas y perfumadas. Las peluqueras no escatimaban ningún esfuerzo en
embellecer a sus clientes, peinándolas con los mejores moños. Para sacar
partido a su belleza, las mujeres se aplicaban exquisitos perfumes (al-`itr),
fragancias (asnan), agua de rosas (ma'al-ward) y agua de azahar (ma'zhar). Se
depilaban las cejas y las piernas y se pintaban tatuajes con una serie de
utensilios como al-minsas, al-mintaj y al-minqas.
La estética rural optaba más bien por los productos naturales: el khol, para
embellecer los ojos, la henna, para las manos y los pies, y al-siwak para la
dentadura. Para pintar sus labios, las mujeres empleaban las cáscaras del
almendro, y sobre todo la planta de al-zu`ayfira', que daba un hermoso color
amarillento parecido al azafrán diluido. Las más atrevidas se pintaban con un
tipo de carmín de labios de color rojo muy fuerte. Por otra parte, el autor del
calendario de Córdoba (yawmiyat Qurtuba) nos aporta algunas noticias sobre el
medicamento que se usaba para estrechar la vagina y mejorar la relación sexual.
Cabría señalar que la estética figuraba como especialidad médica, cuyos logros
reflejan el grado de interés que los andalusíes prestaron a la belleza.
Los hombres también cuidaban su aspecto físico. Utilizaban con frecuencia los
productos básicos de maquillaje: el khol, al-swak y la henna. La costumbre
consistía en recortar la barba y el pelo de la cabeza despejando las orejas y
dejando caer el flequillo sobre las sienes. Pocos eran los que se afeitaban
todo el pelo dejando la cabeza y la cara totalmente rapadas, porque aquel
aspecto se consideraba como fealdad y falto de gusto. Los mozos de los pueblos
se inclinaban por dejarse crecer el pelo.





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