domingo, 19 de mayo de 2024

DAWUD B. 'A'ISA

 

DĀWŪD B. ‘Ā’IŠA.


Dāwūd b. ‘Ā’iša fue un relevante personaje de la época de Yūsuf b. Tāšfīn, primer emir almorávide, del cual solo disponemos de unas cuantas noticias dispersas en crónicas y fuentes de diverso tipo, las cuales son insuficientes para reconstruir su perfil biográfico y su trayectoria política.

Las primeras noticias nos lo sitúan como uno de los responsables de las cuatro regiones en las que, hacia 1074-1075, Yūsuf b. Tāšfīn dividió sus dominios territoriales magrebíes, correspondiéndole, en concreto, el gobierno de Siŷilmāsa y la región de Dar’a. Ello obliga a considerarlo como uno de los personajes más relevantes del momento, impresión que se corrobora mediante el análisis de su actuación posterior.

A partir de este momento, no tenemos más noticias de su actuación hasta una década más tarde cuando, en 1086, y ante la gravedad de la amenaza cristiana, Yūsuf b. Tāšfīn cruza el Estrecho para dirigirse a al-Andalus. En este momento, Ibn ‘Ā’iša vuelve a desempeñar un papel de primer orden, actuando como auténtica mano derecha del emir almorávide. En efecto, Ibn ‘Ā’iša aparece junto al emir durante los preparativos realizados en Marrakech antes de la partida, siendo, en realidad, el jefe de la expedición. En calidad de tal, se adelantó a la llegada del emir a Algeciras, donde debía desembarcar la expedición, para entrevistarse con el gobernador y pedirle que abandonara la ciudad para que el emir almorávide pudiera ocuparla. Tras la llegada de la orden del soberano abadí sevillano al-Mu’tamid, Ibn ‘Ā’iša tomó posesión de la ciudad, tras lo cual se produjo la llegada del emir almorávide.

Su segunda aparición en las fuentes se produce en el contexto de la célebre batalla de Sagrajas, cerca de Badajoz, ocurrida en octubre de 1086 y en la que la coalición formada por el emir almorávide y los principales reyes de taifa logró derrotar al soberano Alfonso VI, conquistador de Toledo. Ibn ‘Ā’iša tuvo en este episodio un protagonismo propio destacado. En efecto, de acuerdo con la tradición vigente, ambos soberanos habían acordado el día del combate pero, incumpliendo su palabra, los cristianos se dirigieron contra el campamento almorávide, atacando a las fuerzas de los régulos taifas, que formaban la vanguardia, obligándoles a retirarse hacia Badajoz. Ibn ‘Ā’iša quien, junto a al-Mu’tamid de Sevilla, formaba una segunda línea, pudo detener el avance de las fuerzas cristianas, hasta que, finalmente, las fuerzas comandadas por el emir decidieron la lucha a favor de los musulmanes.

 

Bibl.: J. Bosch Vilá, Los almorávides, Tetuán, Editorial Marroquí, 1956 (reed. Granada, Universidad, 1990), págs. 119, 133, 134 y 137; M.ª J. Viguera, Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes (Al Andalus del XI al XIII), Madrid, MAPFRE, 1992; M.ª J. Viguera (coord. y pról.), Los reinos de taifas. Al-Andalus en el siglo XI, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, vol. VIII-2, Madrid, Espasa Calpe, 1997; V. Lagardère, Les almoravides. Le djihâd andalou, Paris, L’Harmattan, 1998; P. Guichard, Al-Andalus frente a la conquista cristiana: los musulmanes de Valencia (siglos XI-XIII), Madrid-Valencia, Biblioteca Nueva-Universitat de València, 2001; H. T. Norris y P. Chalmeta, “Al-Murābiṭīn”, en VV.AA., Encyclopédie de l’Islam, vol. VII, Leiden, E. J. Brill, 1993, págs. 584-591.


Alejandro García Sanjuán

 

IBN GANIYA

 

IBN GANIYA

Ibn Gāniya: Yaḥyà b. ‘Alī b. Gāniya. ?, f. s. XI-p. s. XII – Granada, 10 de ša‘bān de 543 H./24.XII.1148 C. Político y militar, último gobernador almorávide de al-Andalus.

Caudillo andalusí, Militar, Político,

BIOGRAFÍA

Yaḥyà b. Gāniya fue un prominente político y militar, cuya actuación tuvo lugar, principalmente, durante la última fase del dominio almorávide en al-Andalus. Es el primer personaje conocido de los Banū Gāniya, dinastía bereber cuyo nombre, femenino, procede del de una princesa almorávide que fue entregada en matrimonio por el emir Yūsuf b. Tāšfīn a ‘Alī b. Yūsuf, jefe de la familia, el cual tuvo dos hijos, Yaḥyà y Muḥammad. Los Banū Gāniya fueron los últimos defensores de la legitimidad almorávide, incluso cuando su gobierno había caído hacía ya tiempo, llegando a crear un dominio territorial soberano en las Islas Baleares que no fue conquistado por los almohades hasta 1203.

Las fuentes no suministran ninguna biografía de Yaḥyà b. Gāniya, por lo cual es preciso espigar los datos que se encuentran dispersos en las diversas crónicas y fuentes históricas respecto a su actuación. A este respecto solo conocemos informaciones puntuales y fragmentadas de las diversas funciones que realizó y de las actuaciones que protagonizó durante los gobiernos de ‘Alī b. Yūsuf y Tašfīn b. ‘Alī, segundo y tercer emir almorávide respectivamente, siendo un personaje clave durante el período de declive del poder almorávide en la Península, que se produce a partir de la década de 1120.

Comenzamos a tener noticias de su actuación política a partir de 1133, cuando fue nombrado gobernador de Valencia, cargo que hasta entonces había ejercido en Murcia, donde desempeñó una actuación eficaz e incluso brillante. Al año siguiente obtuvo su principal éxito político y militar que fue, al mismo tiempo, una de las últimas victorias de los almorávides sobre los cristianos. Tras apoderarse de Mequinenza, el rey aragonés, Alfonso el Batallador, puso sitio a la localidad de Fraga, que se encontraba a punto de caer en sus manos. El gobernador almorávide de al-Andalus, Tašfīn b. ‘Alī, envió para socorrerla un contingente encabezado por sus mejores generales, Zubayr b. ‘Amr al-Lamtūnī, Yaḥyà b. Gāniya y ‘Abd Allāh b. ‘Iyāḍ, gobernador de Lérida. De ellos fue Ibn Gāniya el que llevó la iniciativa y organizó la disposición estratégica de sus fuerzas, colocando a la vanguardia a las tropas de Ibn ‘Iyāḍ, en el centro las suyas y en la retaguardia las de Zubayr. El encuentro con los cristianos se produjo el 23 de ramadán de 528/17 de julio de 1134 y fue favorable a los almorávides, quienes contaron con el apoyo de la población sitiada que, al ver que los cristianos eran derrotados, se lanzaron sobre su campamento. Ello hizo que el rey aragonés se viera obligado a retirarse, emprendiendo la marcha hacia Zaragoza. Gracias a esta victoria y con la ayuda del gobernador de Fraga, Sa’d b. Mardanīš, Ibn Gāniya logró apoderarse de Mequinenza y reocupar diversas localidades fortificadas de la marca oriental situadas en torno a dicha plaza.

En 1143 o 1144, al declararse la revuelta del místico Ibn Qasī en Mértola, Yaḥyà b. Gāniya fue trasladado a Sevilla, sede del poder almorávide en la Península, lo de que, de hecho equivalía a otorgarle el gobierno de al-Andalus, quedando como gobernador de Valencia su sobrino, ‘Abd Allāh b. Gāniya. A finales de 1144, Ibn Gāniya puso asedio a la ciudad de Niebla, principal centro urbano del territorio onubense durante la época medieval y una de las ciudades del Suroeste peninsular que habían reconocido la autoridad del rebelde Ibn Qasī. Sin embargo, en febrero de 1145 estalló otra revuelta en Córdoba, protagonizada por el cadí de la ciudad, Ibn Ḥamdīn. Ello obligó a Ibn Gāniya a abandonar el asedio de la capital iliplense para tratar de restablecer el control almorávide en la antigua capital omeya.

A partir de entonces y durante dos años, Ibn Gāniya tratará infructuosamente de recuperar el control de Córdoba desde Sevilla. En ŷumādà II de 540/19 de noviembre-17 de diciembre de 1145, los cordobeses, disgustados con la actuación de Ibn Ḥamdīn, reclamaron la presencia de Ibn Gāniya, a cuyo encuentro salió el cordobés, siendo derrotado en Écija, de forma que, el 12 de ša‘bān de 540/28 de enero de 1146, los almorávides recuperaron el control de la capital cordobesa. Pero Ibn Ḥamdīn no se resignó a perder el poder y, tras un breve refugio en Badajoz, se trasladó a Andújar, hacia donde de inmediato se dirigió Ibn Gāniya para capturarlo. El cordobés acudió entonces a la ayuda de Alfonso VII, quien aceptó su solicitud y acudió personalmente a socorrerlo. Ello obligó a Ibn Gāniya a retirarse a Córdoba, pero el 10 de ū-l-ḥiŷŷa de 540/24 de mayo de 1146 Alfonso VII e Ibn Ḥamdīn lograron entrar en la ciudad, obligando a Ibn Gāniya a ofrecer su vasallaje al soberano castellano-leonés. El almorávide, no obstante, mantuvo el control de la ciudad, mientras que Ibn Ḥamdīn se retiró a Hornachuelos, acogido por el emperador.

A comienzos de 1147 se produce la irrupción en la Península de los almohades, quienes se apoderan de Sevilla en enero. Sin embargo, el dominio inicial de los almohades se vino abajo por la defección de los caudillos andalusíes que los habían apoyado frente a los almorávides. Ello permitió a Ibn Gāniya protagonizar una última acción, recuperando Algeciras de manos de los almohades. Finalmente y ante la amenaza combinada de cristianos y almohades, Ibn Gāniya pactó con el general almohade Barrāz la entrega de Córdoba y Carmona a cambio de que le dejaran Jaén, donde, al poco tiempo, fue sitiado por el emperador Alfonso VII. Gracias a una estratagema pudo huir a Granada, ciudad en la que murió el 10 de ša‘bān de 543/24 de diciembre de 1148, siendo su tumba conocida aún en tiempos de Ibn Jaldūn, según afirma el célebre cronista tunecino.

 

IBN 'AMMAR

 

IBN 'AMMAR

Ibn Ammār: Abū Bakr Muḥammad b. ‘Ammār b. Ḥusayn b. ‘Ammār. Silves (Portugal), 422 H./1031 C. – Sevilla, 479 H./18.IV.1086-7.IV.1087 C. Literato y visir de la corte abadí de Sevilla.

BIOGRAFÍA

Abū Bakr Muḥammad b. ‘Ammār es, sin duda, uno de los personajes más célebres del período taifa. Al igual que otras relevantes figuras de su época, destacó en los ámbitos de la política y de las letras, habiéndose conservado parte de su producción poética. Su importante papel en ambos terrenos se combina con una trayectoria personal muy agitada, llena de vicisitudes, en la que se suceden momentos de auge y de completa postración, todo lo cual genera un perfil biográfico de tintes casi novelescos. La actuación de Ibn ‘Ammār está marcada por su relación personal y política con el soberano abadí al-Mu‘tamid y destaca por su enorme ambición política y su afán por emprender arriesgadas aventuras y empresas personales que acabaron suponiendo su final.

Ibn ‘Ammār era natural de una pequeña localidad rural cercana a la ciudad hoy portuguesa de Silves, la aldea de Šannabūs. Sus orígenes no hacían presagiar, en absoluto, su destino, ya que procedía de una familia humilde y sin antecedentes en el ámbito de la política, carente por completo de relevancia social y económica. Tras iniciar su formación en Silves, marchó a Córdoba, donde completó sus destrezas poéticas, dando, desde entonces, rienda suelta a su vocación literaria, dedicándose a recorrer la Península ganándose la vida con su talento, el cual le abrió las puertas de la carrera política, pues la poesía cortesana era entonces una de las principales vías de propaganda para los soberanos y de promoción personal para los vates. Su golpe de fortuna le vino gracias a una casida compuesta en alabanza del soberano abadí al-Mu‘taḍid, en la que elogiaba la derrota que había infligido a los beréberes, siendo desde ese momento inscrito entre los poetas cortesanos oficiales. A partir de entonces se inicia su ascenso, muy ligado a su estrecha amistad con el príncipe heredero abadí, que gobernaría más tarde como al-Mu‘tamid, personaje, asimismo, de fuerte vocación poética. Como indica metafóricamente una crónica árabe, Ibn ‘Ammār llegó a estar más unido a al-Mu‘tamid que los pelos de su pecho y más cercano a él que las venas de su cuello.

Dentro de su trayectoria política se pueden distinguir dos etapas, separadas por el acceso al poder de su amigo y mentor al-Mu‘tamid en 461/1069. El imparable ascenso de Ibn ‘Ammār se inicia antes de su proclamación y se sitúa hacia el año 455/1063, cuando Silves fue conquistada y anexionada a la taifa sevillana. El soberano al-Mu‘taḍid otorgó el gobierno de la ciudad a su hijo y heredero, quien se llevó consigo a Ibn ‘Ammār. Pero al-Mu‘taḍid no veía con buenos ojos la enorme influencia del visir sobre su hijo, por lo que decidió apartarlos, siendo desterrado Ibn ‘Ammār, que buscó refugio en Zaragoza. No pudo regresar hasta que en el año 461/1069, al-Mu‘tamid sucedió a su padre y desde entonces ganó tal confianza que, como señala el cronista al-Marrākušī, “lo hizo participar en lo que no hace uno participar a su hermano ni a su padre”.

Se inicia a partir de entonces la ascendente carrera de Ibn ‘Ammār, que dio comienzo en su tierra natal, pues en principio eligió convertirse en gobernador de Silves, si bien no permaneció allí mucho tiempo, siendo pronto requerido por al-Mu‘tamid, quien lo convirtió en su primer ministro. Ibn ‘Ammār se hizo imprescindible por su sagacidad, reflejada en la célebre anécdota en la que se cuenta cómo libró los dominios abadíes de la presión de Alfonso VI ganándole una partida de ajedrez.

Pero su sagacidad se tornó pronto en audacia, lo que acabó produciendo la ruptura entre el soberano y su visir y, finalmente, selló el destino de éste. Su afán de protagonismo lo llevó a tratar de ampliar los dominios abadíes como forma de promoción personal, si bien sus empresas no culminaron con éxito y, a la postre, fueron la causa de su muerte. Completada en la etapa de al-Mu‘taḍid la anexión de los territorios del Occidente andalusí, las miras de Ibn ‘Ammār se dirigieron a la zona del Levante, donde sus objetivos principales fueron Granada y Murcia, pero en ambos fracasó, a pesar de que no dudó en aliarse con el enemigo cristiano para lograr sus metas. El rey zirí ‘Abd Allāh nos ofrece en sus Memorias un detallado relato del fracasado empeño de Ibn ‘Ammār por adueñarse de Granada, ofreciéndonos una pésima imagen del visir sevillano, criticando su desmedida ambición y su afán por lograr un dominio personal, traicionando, así, a su soberano.

La negativa de ‘Abd Allāh de pagar parias a Alfonso VI fue el momento propicio aprovechado por Ibn ‘Ammār para entablar relación con el rey cristiano y pactar con él la conquista de Granada, para lo cual acordaron construir una fortaleza desde la que hostigarla, eligiendo el emplazamiento de Belillos, desde el que podían fácilmente atacar y devastar la rica vega granadina. La empresa, sin embargo, no prosperó, pero Ibn ‘Ammār había empeñado su compromiso y debía grandes sumas a Alfonso, por lo que siguió excitando su codicia para adueñarse de la ciudad del Darro, hasta que, finalmente, el rey ‘Abd Allāh se vio forzado a aceptar el pago de parias a Alfonso VI como única forma de subsistir. Ello lo libraba de la amenaza cristiana mientras que Ibn ‘Ammār, en cambio, no pudo ver cumplido su objetivo de tomar Granada.

Seguidamente dirigió su atención hacia Murcia, de la que trató de apoderarse en dos ocasiones, aunque de nuevo sin éxito. La primera vez buscó la alianza de Ramón Berenguer II, conde de Barcelona, a quien prometió una alta suma a cambio de su ayuda, poniendo como garantía del pago a al-Rašīd, hijo y heredero de al-Mu‘tamid. Las tropas sevillanas y catalanas salieron en expedición y atacaron Murcia, pero, al no llegar el dinero prometido, tanto Ibn ‘Ammār como al-Rašīd fueron presos por el conde, aunque finalmente liberados, a cambio del pago de un fuerte rescate por al-Mu‘tamid. La segunda tentativa de tomar Murcia la llevó a cabo con la ayuda de Ibn Rašīq, gobernador de la fortaleza de Bal’ (Vilches o Vélez). Ambos se apoderaron de Mula, población clave en el abastecimiento de Murcia, que cayó al poco tiempo en manos de Ibn Rašīq, mientras que Ibn ‘Ammār ya había regresado a Sevilla. Contando con apoyos internos, lograron apresar al señor murciano, Ibn Ṭāhir, y seguidamente Ibn Rašīq hizo proclamar al soberano abadí. Era el año 1079-1080 y Murcia pasaba a engrosar los dominios de la taifa sevillana. Allí se trasladó Ibn ‘Ammār, quien pronto comenzó a mostrar veleidades de independencia, como revela con contundencia el relato de las Memorias del soberano zirí, que resulta muy elocuente de la actitud del visir sevillano y de sus veleidades en Murcia:

“La conducta seguida por Ibn ‘Ammār en Murcia fue desastrosa: su altanería para con las gentes, su vida libertina y su pasión por el vino le enajenaron el afecto de los habitantes. Su actitud para con Mu‘tamid era una fingida obediencia que frisaba en la rebeldía. Llegó incluso a herir públicamente su honor, satirizándolo por cosas de que Dios había librado al príncipe. Obró, pues, como los hombres más bajos y ruines”.

De esta forma, Ibn Rašīq supo hacerse pronto con el dominio de la situación, aprovechando para ello la salida de Ibn ‘Ammār de la ciudad en embajada hacia Alfonso VI “con el pretexto de ocuparse de la suerte de los territorios de Levante vecinos al suyo, por si podía apoderarse de ellos (por ejemplo, de Santa María de Albarracín), y para ver si contrarrestaba el daño que le infería Ibn Rašīq”, según el testimonio del emir granadino. En esta situación, Ibn Rašīq se apoderó de Murcia, tras haberse ganado a sus habitantes, de forma que, enemistado con al-Mu‘tamid por su actitud y privado de Murcia, Ibn ‘Ammār hubo de buscar nuevos apoyos, encontrando acogida junto a Ibn Hūd de Zaragoza, ciudad en la que había estado cuando fue desterrado por al-Mu‘taḍid.

A partir de entonces se inicia la fase descendente de la carrera política de Ibn ‘Ammār. En sus Memorias, el emir granadino explica la enemistad entre él y al-Mu‘tamid como consecuencia del trato desdeñoso del visir hacia al-Rašīd, el heredero abadí, No obstante, su trágico final se vincula al asunto de Segura, cuya toma ofreció Ibn ‘Ammār a Ibn Hūd cuando se acogió a él tras perder el control de Murcia a manos de Ibn Rašīq. La ciudad había estado hasta entonces en manos de al-Mu‘tamid, que la había evacuado, detentando su control un esclavo de Sirāŷ al-Dawla, hijo de ‘Alī b. Muŷāhid, señor de Denia, el cual pretendía entregarla al soberano abadí. Para atraerlo al lado de Ibn Hūd, Ibn ‘Ammār se fue a hablar con dicho esclavo, pero lo que éste hizo fue apresarlo y enviárselo a al-Mu‘tamid.

Uno de los hijos del soberano abadí, al-Rāḍī, fue el encargado de trasladarlo, siendo llevado a Córdoba, donde estaba entonces al-Mu‘tamid, cargado de cadenas y montado en una mula, para servir de escarnio al pueblo, “humillado, temeroso y pobre, sin poseer más que la ropa puesta”, como afirma con elocuencia el cronista al-Marrākušī. Una vez en la capital hispalense fue encarcelado en el alcázar al-Mubārak, lo cual hizo alimentar su esperanza de poder recuperar la libertad y ganar de nuevo la confianza de al-Mu‘tamid, especialmente tras entrevistarse con el soberano. Sin embargo, Ibn ‘Ammār precipitó los acontecimientos, ya que, adelantándose a los actos del soberano abadí, divulgó desde su encierro la conversación entre ambos, manifestando su confianza en ser pronto liberado. Encolerizado, al-Mu‘tamid asesinó en persona a su visir a golpes de hacha, como narra de manera pormenorizada el cronista al-Marrākušī, tras lo cual ordenó enterrarlo en el propio alcázar. Era el año 479/18 de abril de 1086-7 de abril de 1087.

 

sábado, 18 de mayo de 2024

ALBONDIGAS EN SALSA PORTUGUESA

 

ALBONDIGAS EN SALSA PORTUGUESA

 


Ingredientes

Para las albóndigas:

1 K de carne de ternera molida

1 Cebolla mediana cortada en daditos

2 Huevos  batidos

1 Cucharada de perejil picado

100 gr de pan remojado en leche

Sal Pimienta negra recién molida

Nuez moscada

Para rallado

Aceite para freír

 

Elaboración

En un bol grande, ponemos la carne picada, la cebolla en daditos, los huevos batidos, las migas de pan remojadas en leche, sal, pimienta  negra recién molida al gusto y nuez moscada, perejil picado y algo de pan rallado si fuese necesario..

Amasamos muy bien, hasta que todos los ingredientes estén bien  integrados. Dejamos reposar en el frigorífico, tapado con papel film, como 1 hora, tiempo suficiente para que los ingredientes cojan sus sabores. Hacemos bolitas del tamaño de una pelota de golf, pasamos por pan rallado y freímos en abundante aceite caliente.

Sacamos y colocamos sobre plato forrado con papel absorbente para quitarle el exceso de aceite. Reservamos.

Ingredientes para la salsa portuguesa:

100 ml de aceite de oliva

1 Cebolla grande cortada en juliana

1 Diente de ajo machacado

¾ k de tomates pera maduros

2 Pimientos rojos cortados en dados  pequeños

Sal

Pimienta negra recién molida

2 Hojas de laurel

1 Vaso de vino blanco seco

 

Elaboración

En una sartén grande, vertemos el aceite de oliva y rehogamos en ella, la cebolla con  el diente de ajo machacado, una vez que veamos que la cebolla esta transparente, añadimos el tomate cortado en daditos, los pimientos rojos en dados pequeños, el laurel y 1 cucharadita de azúcar para quitar la acidez del tomate, removemos bien, y dejar sofreír un poco. Añadimos el vino blanco seco y cocinamos a fuego moderado hasta que los pimientos estén tiernos.

En ese  momento, agregamos las albóndigas, removemos bien en la salsa portuguesa y le damos una pequeña cocción para armonizar los sabores.

Servimos sobre fuente de  loza calentita.

¡Buen provecho!

 

 

EL LEGADO CIENTÍFICO Y CULTURAL DE AL.ÁNDALUS

 

El legado Científico y Cultural, DE AL-ANDALUS


Cabe pensar que, en un principio, los árabes eran minoritarios en al-Andalus, siendo los hispanos y los beréberes mayoría. La lengua hablada, por lo tanto, no era el árabe. Sin embargo, a lo largo del siglo IX se produjo una fuerte arabización. La lengua árabe fue en al-Andalus sinónimo de refinamiento y erudición. No solo hablaban árabe los musulmanes, sino que también los propios mozárabes, cristianos que permanecieron bajo dominio musulmán, acabaron expresándose y escribiendo en este idioma, lo mismo que los judíos, comunidades ambas muy participativas en la vida pública de al-Andalus, dependiendo del momento. En este sentido existe un elocuente pasaje de Álvaro de Córdoba quejándose del auge del árabe en el siglo IX: “Muchos de mis correligionarios leen poesías y cuentos árabes, y estudian las obras de los filósofos y teólogos mahometanos, no para rebatirlas sino para aprender a expresarse en el lenguaje árabe más correcta y elegantemente”. Algunos de los más relevantes lingüistas de al-Andalus fueron al-Qali, Ibn al-Qutiyah y al-Zubaydi, todos del siglo X.

La cantidad y calidad de las ciencias, el arte y las letras cultivadas en al-Andalus es admirable, y el interés con que numerosos escritores supieron plantear las cuestiones básicas de la existencia humana. No es extraño que los andalusíes expresaran repatidas veces sus elogios de al-Andalus, como cuando al-Saqundi, en el siglo XIII, a un paso ya de que Córdoba y Sevilla dejaran de ser políticamente andalusíes, afirmaba en su preciosa “Epístola en elogio de al-Andalus”: “yo alabo a Dios, porque me hizo nacer en al-Andalus y me concedió la gracia de ser uno de sus hijos. Mi brazo puede alzarse con orgullo y la nobleza de mi condición me impulsa a realizar acciones meritorias”, o como cuando el visir granadino Ibn al-Jatib, ya en el siglo XIV, pondera sobre las demás “estas tierras andalusíes”, las mejores del mundo, dice “en belleza y vegetación, en extensión y bienes, en construcciones y fortalezas, en gentes y animales, en carácter y manera de ser, en costumbres y modo de vestir, en nobleza e inteligencia, en industrias y minas, en coraje y ardor, en refinamiento y gracia”.

La educación y el saber tuvieron desde el principio enorme importancia en el mundo musulmán. Frases como “Busca el saber desde la cuna hasta la tumba” o “No hay nada más importante a los ojos de Dios que un hombre que aprendió una ciencia y la enseñó a las gentes”, son algunas de las máximas más influyentes en la época. Los propios emires y califas como Abderrahman II, Abderrahman III y al-Hakam II fueron grandes eruditos que se rodearon de sabios. Hicieron traducir las principales obras del saber clásico, crearon bibliotecas públicas y privadas –algunas tan célebres como la de al-Hakam II–, y edificaron mezquitas y madrazas en las que se impartían ciencias religiosas y jurisprudencia. Algunos fueron excelentes poetas, como el propio rey al-Mu‘tamid de Sevilla y su amigo y visir, Ibn Ammar.

Se dedicaron numerosas obras al estudio del saber y a la enseñanza, y a la clasificación de las ciencias, como la que escribió Ibn Abd Rabihi en el siglo X: al-Iqd al-Farid (El collar único). Así se expresaba el autor acerca de los distintos saberes: “(son) los pilares en los que descansa el eje de la religión y del mundo. Diferencian al hombre de los animales, y al ser racional del irracional”. También el célebre Ibn Hazm (994-1064) dedicó numerosas páginas a clasificar las ciencias en libros como el Maratib al-ulum, o el Kitab al-ajlak. Este autor ha sido uno de los más prolíficos que ha dado el mundo musulmán, destacando como poeta, teólogo, jurista, historiador y filósofo. Cuatrocientas, nada menos, fueron las obras que escribió. Su lengua era tan crítica y mordaz contra el poder y la pobreza de espíritu que se llegó a decir que “su lengua era tan afilada como la espada de al-Hach-chach”. Acerca del saber dijo lo siguiente: “El que busca el saber para jactarse de él, o para ser alabado, o para adquirir riqueza y fama, está lejos del éxito, pues su objetivo es alcanzar algo que no es el saber”.

La prosa, la poesía y la música

La prosa y la poesía fueron dos disciplinas altamente valoradas por los andalusíes. La época de taifas supuso también una “descentralización” del saber. Los reyes de taifas compitieron entre sí por lograr el más alto grado de erudición y la corte más sabia, y cultivaron en especial la poesía. Uno de los poetas que alcanzaron más alta fama, aparte del mencionado al-Mu‘tamid, fue Ibn Zaydun (1003-1071), lo mismo que su amada, la bella princesa Wallada. También fueron renombrados al–Ramadi (m. 1015) y, siglos más tarde, Ibn Zamrak, el poeta del siglo XIV que plasmó sus versos en los muros de la Alhambra. La forma más cultivada y elegante en poesía era la qasida, de complicado metro, aunque también surgieron nuevas formas populares llamadas muwashaha y zéjel, cuyo máximo exponente fue Ibn Quzman (siglo XII), cuyo renombre llegó hasta Bagdad.

En al-Andalus proliferaron grandes músicos, entre los que cabe destacar el célebre Ziryab, procedente de Bagdad en el siglo IX, quien, además de revolucionar las modas en el vestir, la cosmética y la cocina, fue un magnífico tañedor de laúd, instrumento al que agregó una quinta cuerda.

La prosa –sobre todo filosófica– también tuvo buenos representantes, algunos de la talla del gran pensador Ibn Tufayl, que destacó con su delicioso Hayy Ibn Yaqzan, también conocido como el Libro del filósofo autodidacta, sin duda precursor del Robinson Crusoe de Defoe. También destacó el poeta Ibn Suhayd (m.1034), con su obra al-Tawabi wa-l-zawabi (Espíritus y demonios).

La historia y la geografía

Entre los musulmanes de la Edad Media, la historia cobró un especial interés, escribiéndose numerosas obras repletas de interesantes datos históricos, pero también geográficos, sociológicos y biográficos.

Hay constancia de que existieron numerosos historiadores, geógrafos y antologistas en al-Andalus, aunque muchas de sus obras se han perdido. Entre ellos surgió una saga de al-Razi, entre los que destacó Isa (siglo X), que escribió una historia general de al-Andalus conocida más tarde como “La Crónica del moro Rasis”. Igualmente valiosa fue la Historia de la conquista de al-Andalus, de su contemporáneo Ibn al-Qutiya. En el siglo XI surgieron una serie de notables historiadores como Ibn Hayyan, nacido en Córdoba en 987, erudito autor de numerosas obras que reflejan la sociedad y acontecimientos de su época. Más adelante destacaron Ibn Said al-Magribi, nacido en Granada a principios del siglo XIII y su contemporáneo Ibn Idari.

El siglo XIV contó con dos grandes estadistas y pensadores: el lojeño Ibn al-Jatib y el tunecino Ibn Jaldún, autor de una obra fundamental de su tiempo: la Muqaddima.

Finalmente, entre los antologistas tuvo gran relevancia el sevillano al-Himyari y los autores del siglo XII, Ibn Bassam e Ibn Jaqan. Entre los geógrafos brillaron al-Udri (siglo XI), su contemporáneo al-Bakrial-Idrisi, llamado el “Estrabón de los árabes”, y el tangerino Ibn Batuta –el mayor viajero de su tiempo–, legándonos importantes testimonios de al-Andalus y de muchos otros lejanos lugares del mundo entonces conocido.

Filosofía y sufismo

En los primeros tiempos del Islam en Oriente pronto se cultivó la ciencia de la filosofía y la lógica en un clima de tolerancia religiosa e intelectual. En al-Andalus se introdujeron las primeras traducciones al árabe de los filósofos griegos, en especial Aristóteles, y fue surgiendo un pronunciado interés por esta materia que, sin embargo, dependiendo del momento no era bien vista por las rígidas autoridades religiosas. A menudo se prohibió su estudio y se quemaron las obras de Ibn Hazm, del oriental al-Gazali y de Averroes. Los filósofos, sin embargo, sostenían que el intelecto y la razón no estaban en absoluto reñidos con la revelación, y constituían el instrumento más adecuado para alcanzar la verdad. “La filosofía es amiga y hermana de leche de la religión. No contradice a la revelación, sino que la confirma”, afirmaba Averroes.
El propulsor del estudio de la filosofía fue Ibn Masarra, autor del siglo X. Después surgió Ibn Hazm y su contemporáneo malagueño, el hebreo Ibn Gabirol, que profesó una filosofía neoplatónica en su Yambu al-hayat (Libro de la fuente de la vida). El siglo XII vio florecer a Ibn Bayyah (Avempace), y a su discípulo Ibn Tufayl, cuya obra, la ya mencionada Hayy Ibn Yaqzan, tuvo una honda repercusión entre los cristianos.

Pero sin duda, el que más influyó, tanto en el mundo musulmán como en toda Europa, fue Averroes (Ibn Rushd, 1126-1198), de quien se han conservado varias importantes obras. Contemporáneo suyo fue el eminente filósofo judío Maimónides (1135-1204).

No obstante, contra esta corriente racionalista existieron en al-Andalus varios místicos sufíes de la talla de Ibn al-Arif (1088-1141) o Ibn Arabi de Murcia (1165-1240), quienes sostenían aquella tradición profética que reza: “conócete a ti mismo, y conocerás a tu Señor”, pero no desde un punto de vista racional e intelectual, sino puramente intuitivo y místico.

Las ciencias naturales

No se puede dejar de mencionar a los grandes sabios andalusíes de las ciencias naturales, que revolucionaron muchos aspectos de la vida con su saber. Estudiaron las matemáticas, la astronomía, la medicina, la botánica, la agronomía, etc., pero también otras ciencias más reprobadas por la ortodoxia como la astrología, la alquimia y la magia. Se estudiaron con detalle los movimientos de las estrellas y los planetas por medio de sofisticados astrolabios, se avanzó en el estudio del álgebra y la aritmética, cuyo precursor fue el oriental al-Jwarizmi (de donde procede la palabra logaritmo), y se perfeccionaron en medicina las teorías de Hipócrates y Galeno.

En al-Andalus destacaron en el campo de los matemáticas numerosos autores, como el madrileño Maslama al-Mayriti, Ibn Mu’ad, al-Mu’taman ibn Hud o Ibn Bayya (Avempace), entre muchos otros.

La medicina tuvo su máximo exponente en Averroes, destacando numerosos autores en este campo, como al-Zahrawi, Ibn Zuhr, etc.

Y no habremos de olvidar en este rapidísimo repaso al botánico malagueño Ibn-Baytar (1197-1248) o al agrónomo Ibn al-Awam, a quien debemos un exhaustivo y valioso tratado de agricultura, El Libro de la Agricultura. Todos ellos influyeron decisivamente en la Europa contemporánea y en la posterior, y sus textos fueron estudiados hasta bien entrado el siglo XVII por hombres de la talla de Miguel Servet, Copérnico, Nicolás Massa o Galileo.

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viernes, 17 de mayo de 2024

BIZCOCHO DE NARANJA "CARLOS J."

 

BIZCOCHO DE NARANJA”CARLOS J.”

Ingredientes

300 gr de azúcar

200 gr de mantequilla

3 Huevos

500 gr de harina leudante

1 Taza de jugo de naranja natural

Las cascaras de las naranjas cortadas en tiritas  muy finas y previamente hervidas en agua con azúcar hasta notarlas tiernas.

Elaboración

En un bol, ponemos la manteca con el azúcar, y l batimos ambos ingredientes hasta que estén bien integrados, vamos añadiendo los huevos uno a uno mientras seguimos batiendo, así hasta obtener una masa homogénea.

Tamizamos la harina y añadimos a la preparación anterior, mezclándola bien para su integración en la misma, intercalando con el jugo de  naranja y las pieles de las naranjas confitadas (si queréis la poder cortar en trocitos), hasta obtener una masa suave y esponjosa.

En un molde a su elección, bien enmantequillado y enharinado, vertemos el contenido del bizcocho de naranja, y metemos en horno a fuego moderado 160º, previamente precalentado, y cocinamos sobre una hora aproximadamente.

Una vez comprobado que el bizcocho está en su estado óptimo, sacamos del horno dejamos atemperar, y desmoldamos sobre rejilla o plato de servir  hasta que enfrie.

¡Buen  provecho!

CROQUETAS DE PATATAS RELLENAS

 

CROQUETAS DE PATATAS RELLENAS


IIngredientes

1 K de patatas

2 Yemas de huevo

Sal

Pimienta negra recién molida

Nuez moscada

Queso mozzarella en daditos

Perejil muy picado

Leche

Harina

Huevos batidos

Pan rallado

Aceite para freír

 

Elaboración

En una olla, con abundante agua, hervimos las patatas con o sin piel.

Hacemos un pure con las patatas peladas agregando las yemas de huevo, sal, pimienta negra recién molida, nuez moscada, perejil muy picado y algo de leche tibia, mezclamos todo muy bien en el bol, hasta que tenga la consistencia deseada. Reservamos de 6 a 12 horas, tiene que estar frio.

Formamos las croquetas con las manos introduciendo en cada una un pedacito de mozzarella en el centro. Pasamos por harina, luego por huevo batido y por ultimo por el pan rallado. Y las dejamos reposar en una bandeja.

En una sartén con fondo y abundante aceite, calentamos el aceite a fuego fuerte, y cuando este bien caliente vamos friendo las croquetas unas pocas cada vez, hasta freírlas todas.

Las colocamos sobre papel absorbente de cocina para quitarles el exceso de aceite.

Servir caliente.

¡Buen provecho!

jueves, 16 de mayo de 2024

BUÑUELOS DE COLIFLOR

 

BUÑUELOS DE COLIFLOR

La coliflor siempre tan versátil, integra un  bocadito de lo más  sabroso para disfrutar con un  buen vino blanco seco helado...

 

Ingredientes

1 Coliflor

250 gr de harina

10 gr de levadura prensada

½ Cucharadita de azúcar

Sal

150-2000 cc de agua tibia

Aceite para freír

 

Elaboración

Quitamos las hojas a la coliflor y el tallo grande, lavamos bien y la cocemos en abundante agua con una cucharada de sal gruesa, una vez cocida, es preferible dejar un poco al dente, sacarla suavemente y escurrirla bien.

Mientras tanto diluimos la levadura con un poco de agua tibia y media cucharada de azúcar. Dejamos fermentar y agregamos la harina, mejor tamizada,  un poco de sal y el agua necesaria para que la masa este bien liquida pero  con textura, removemos muy bien para que se integren los ingredientes, dejamos levar  a temperatura ambiente...

En una sartén con abundante aceite  con una temperatura moderada para que se tenga tiempo de cocinar hasta dentro de la envoltura de masa sin que lo exterior se pase de un color dorado aceptable, sumergimos unas cuantas florecillas de coliflor en la mezcla hasta que tengan el color dorado aceptable como explico anteriormente.

Sacamos y colocamos sobre un plato de servir con papel absorbente de cocina para quitar el exceso de aceite, y finalmente espolvoreamos con un poco de sal fina.

Si desea darle un toque diferente y de distinción a este buñuelo, incorpore a la masa una buena dosis de pasas de Corinto o de Málaga sin pepitas u daditos de manzana peladas  acida.

 

¡Buen provecho!

MANITAS DE CERDO GRATINADAS

 

MANITAS DE CERDO GRATINADAS

Ingredientes

4 manitas de cerdo, ya cocidas

3 Cebollas moradas

2 Dientes de ajos

2 Ramitas de tomillo

4 Champiñones grandes

2 Cucharadas de mostaza30 gr de manteca de cerdo

3 Cucharadas de pan rallado casero

Sal

Pimienta negra recién molida

 

Elaboración

Precalentamos el horno a 200º.

Recalentar las manitas de cerdo en una fuente  honda en  el horno durante 15 minutos.

Pelamos y cortamos las cebollas. Cocemos en una sartén con la manteca de cerdo, agregamos el ajo rallado y el tomillo, y dejamos que se doren a fuego lento.

Mientras tanto, limpiamos y cortamos los champiñones en láminas, los agregamos a las cebollas y subimos el fuego. Dejamos cocinar por 5 minutos, sazonándolos al final de la cocción.

Deshuesamos las manitas de cerdo y colocamos en el fondo de una fuente  metálica especial para hornos. Untamos con mostaza.

Untamos el relleno sobre las manitas de cerdo, quitando la ramita de tomillo, espolvoreamos con pan rallado y horneamos de 15 a 20 minutos aproximadamente.

¡Servir caliente!