viernes, 17 de abril de 2026

PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CÓRDOBA

 

PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CÓRDOBA

MANUEL OCAÑA JIMENEZ

LEYENDAS SOBRE EL EMPLAZAMIENTO DE LA MEZQUITA

Para los historiadores musulmanes, la zona de Córdoba ocupada por la Gran Aljama había sido siempre un terreno sagrado, pues en él se venía dando culto a Dios, ininterrumpidamente, desde los tiempos más remotos. Y esta teoría cristalizó en una leyenda que, corregida y aumentada con el correr de los años, quedó concebida, poco más o menos, así: dicha zona fue, en los albores de la civilización, una enorme hoya, en la que los cordobeses arrojaban basuras, cadáveres y toda clase de carroña; cuando el profeta Salomón visitó la Península tuvo ocasión de contemplar detenidamente la hondonada y mandó a los Genios que la rellenasen, aplanaran y construyesen sobre ella un templo, donde los hijos de Israel pudieran elevar sus preces al Altísimo; después, cuando Dios envió a Jesús y se expandió el Cristianismo, aquel templo pasó a manos de los cristianos, que lo convirtieron en iglesia bajo la advocación de San Vicente ; más tarde, cuando los musulmanes conquistaron Córdoba, instituyeron en la mitad de dicha iglesia una mezquita aljama y dejaron la otra mitad en poder de la mozarabía, y, finalmente, cuando el príncipe omeya 'Abd al-Rahmán I se arrogó el poder de la España musulmana, adquirió a la comunidad mozárabe la otra parte de la iglesia, mandó demoler ésta en su totalidad e hizo erigir en el solar resultante la que, andando los años, habría de convertirse en la Gran Aljama del occidente islámico. Nuestros historiadores también han reconocido el carácter sacro de la zona en cuestión y han creado, asimismo, su leyenda sobre el particular; pero no la remontan a los días de Salomón como sus colegas musulmanes, sino que la hacen partir de un supuesto templo levantado a Jano. Modernamente, han compensado con creces esta falta de fantasía y hablan de una monumental Basílica de San Vicente levantada a expensas del rey visigodo Egica, quien incluso se vio forzado a acuñar moneda especial para hacer frente a los cuantiosos gastos acarreados por la fundación, y nos describen con todo detalle la conmovedora escena que, durante el tiempo en que el templo estuvo compartido entre musulmanes y cristianos, se daba cada día, cuando ambas comunidades, separadas tan sólo por una sutil y liviana estera de pleita, celebraban sus respectivas liturgias sin el menor incidente, lo que constituye la mejor prueba del elevado grado de pacífica convivencia y mutuo respeto a que habían llegado vencedores y vencidos. Considero innecesario el hacer aquí una crítica seria de estas leyendas; pero no puedo pasar por alto, sin embargo, un pasaje que es común a ambas, o sea, el referente a la iglesia compartida. Y advertiré que, la tal coincidencia se da, exclusivamente, en dichas leyendas y no en las fuentes históricas, toda vez que, por parte cristiana, no existe texto alguno que aporte el más insignificante dato sobre el templo en cuestión. La legendaria Basílica de San Vicente En realidad, los musulmanes que se establecieron en Córdoba tuvieron resueltos el problema de sus rezos en común desde que el emir al-Samh (719/21 J. C.) fundó, extramuros, dos grandes oratorios 276 PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA al aire libre: la Musalla-l-Rábad u Oratorio del Arrabal, que estuvo en el arrabal de Secunda allende el río y la Musalla-l-Musara u Oratorio de la Musara, que se estableció en una llanura así denominada del W. de la ciudad. Más, a partir del afío 750 y como consecuencia del derrocamiento de la dinastía de los Banu Umayya por obra de los Banu ’Abbas, el emir Yusuf al-Fihrí se vio acuciado por la necesidad de instituir una aljama cordobesa, donde los miembros de la jassa o aristocracia árabe afincados en la capital testimoniasen públicamente su adhesión a los S abbasíes, al asistir, cada viernes, al sermón solemne del mediodía o jutba y unirse al jatib o predicador en sus ruegos a Allah en favor de la dinastía triunfante. Y, según dejan entrever las crónicas árabes, fue entonces y no antes cuando se expropió a los mozárabes su Iglesia de San Vicente, que estaba frontera ala fachada oriental del Qasr al-Umara’o Alcázar de los Emires, el actual Palacio Episcopal, y se convirtió en aljama islámica. Efectivamente, hacia el año 748, o sea, treinta y siete años después de la conquista de Córdoba por el caudillo musulmán Mugith al-Rumí, la iglesia en cuestión sirvió de escenario para degollar a unos setenta mahometanos rebeldes, lo que es fehaciente indicio de que el templo se hallaba a la sazón, si no en manos de los cristianos, al menos abandonado por éstos, pues de haber estado para entonces consagrado al culto islámico, en todo o en parte, no se hubiera llevado a efecto en el mismo la citada matanza. Sin embargo, a mediados de mayo del 756 y a consecuencia de la reacción que un hijo del mencionado emir al-Fihrí tuvo contra ‘Abd al Rahmán I, que acababa de apoderarse de Córdoba, el lugarteniente de éste, Abu ‘Uthmán, fue sitiado y hecho prisionero en el torreón del Alcázar que era la sawmu‘a de la aljama, lo que quiere decir que, para dicha fecha, nuestra iglesia ya estaba convertida en mezquita, incuestionablemente, y que un bastión del palacio frontero, por su posición dominante, había sido elegido para hacer las veces de sawmu‘a o torre de llamada a la oración. Y, en consecuencia, venimos obligados a admitir que la iglesia pasó a ser templo musulmán no antes del año 748 ni después del 756, como patentizan las respectivas fechas de los sucesos relatados, conclusión ésta que marcha en total acuerdo con lo anteriormente expuesto. Ahora bien y a pesar de su indiscutible valor documental, estas noticias no son las más primordiales de las que nos aportan las fuentes árabes sobre la iglesia, pues queda por mencionar otra que las supera en importancia ya que ha sido la clave para la localización del edificio. Tal noticia nos remite hacia el año 1080 aproximadamente, cuando el monarca castellano-leonés Alfonso VI trató de imponer al sevillano alMu’tamid mayores tributos y una nueva vejación: la de que permitiese entrar en la mezquita cordobesa a su mujer de turno, Constanza de Borgoña, que se encontraba embarazada, para que diese a luz en cierta parte del costado occidental del templo islámico, la cual le había sido indicada por las dignidades eclesiásticas de su corte como correspondiente al emplazamiento de la iglesia sobre la que los musulmanes construyeran la Gran Aljama. Esta referencia tan concluyente instigó a don Félix, allá por el año 1935, a excavar el subsuelo de todo el sector occidental de la vieja mezquita de'Abd al-Rahmán I y nos puso al descubierto, en la zona correspondiente a la Puerta de San Esteban, parte de la planta de un edificio de muy pobre fábrica, al parecer iglesia de tres naves, orientado en el sentido E-W. y cuyo muro meridional conserva restos de un nicho de planta semicircular, en franca armonía con lo que pudo ser el mihrab o nicho de orientación de una mezquita. El tal edificio, que está ubicado entre los niveles del suelo romano y el musulmán, posee todas las características de una obra visigótica, que en modo alguno puede ser explicada como no se identifique con esa tan traída como llevada Iglesia de San Vicente. Mas, sus dimensiones, aunque están acordes con las que tenían los templos cristianos de su misma época, no son nada extraordinarias ni permiten ninguna división del edificio entre dos credos religiosos tan dispares, a efectos litúrgicos, como son el musulmán y el nuestro. Y, por tanto, este hallazgo arqueológico da en tierra con esa bonita leyenda de la Basílica de San Vicente, aquella de las proporciones monumentales, infinitas columnas rosadas, estera divisoria..., etc., sin que puedan impedirlo quienes se obstinan en no admitirlo así y siguen, por sistema, supervalorando 277 MANUEL OCAÑA JIMENEZ lo legendario y subestimando lo indubitable. No quiere decir lo expuesto que el reparto del que nos hablan con tanta insistencia los textos árabes no se diese jamás, sino que nuestros historiadores lo han interpretado de una manera un tanto ingenua. La palabra kanisa o iglesia se aplica, generalmente, en dichos textos para designar un cenobio o monasterio, y así debe ser aceptada en el caso concreto que nos ocupa, a igual que en otros muchos. Consiguientemente, lo que Yusuf al-Fihrí expropió, sin duda, a los mozárabes cordobeses fue la iglesia propiamente dicha del cenobio de San Vicente, y les dejó el resto de los edificios secundarios y tierras dedicadas a cementerio, huerta..., etc., que integrarían el mismo. Y este resto fue, exactamente, la parte que les adquirió ‘Abd alRahmán I unos treinta años más tarde. La fundación de ‘Abd al-Rahmán I Con el advenimiento de ‘Abd al-Rahmán I y la consiguiente protección que este príncipe puso en práctica en favor de los marwaníes, la gente de su casta, la jassa o aristocracia inició su crecimiento en Córdoba, y pronto la aljama que instituyera al-Fihrí resultó pequeña para albergarla. Se colocó entonces un entarimado promediando la altura entre el techo y el suelo del edificio; pero tal altura, menos de dos tallas normales de hombre más el grueso del entarimado, no permitía a los creyentes mahometanos ponerse de pie, y tenían que permanecer en la Aljama con la cabeza baja, aparte de que les resultaba bastante dificultosa la entrada al templo a causa de las pocas puertas con que contaba el mismo. Durante no pocos años, ‘Abd al-Rahmán no se dio por enterado del problema que planteaba la falta de capacidad de la Aljama, hasta que, habiendo adquirido la certeza de que sus días en este mundo tocaban a su fin y que iba a pasar a la otra vida sin llevar en su haber una obra meritoria de auténtica categoría, decidió enfrentarse con la cuestión y se preocupó de resolverla con la máxima eficacia y rapidez. A tal efecto, convocó a los mozárabes y les propuso la compra, a buen precio, del resto del cenobio de San Vicente, que eĒos aún poseían; les adquirió dicho resto; mandó demoler, a continuación, todo el conjunto con inclusión de la iglesia convertida en aljama, y, finalmente, ordenó que, sobre el solar resultante, se pusieran los cimientos de una nueva mezquita, aquella que, andando el tiempo, se habría de convertir en la Gran Aljama del Islam en Occidente, La cronología de esta fundación no está muy clara; pero creo que se puede fijar, sin temor a error, como sigue: la compra completa del cenobio, su demolición total y la obligada nivelación del terreno para subsanar el declive natural de la zona tuvo lugar a lo largo del año 785 y parte del 786, y, en los primeros días de septiembre de este último año, se inició, con seguridad plena, la cimentación antedicha. Y debe descartarse, en absoluto, ese año 780 que se propone modernamente para fecha de este magno acontecimiento, ya que la crónica árabe de donde tal dato procede se refiere a la erección de la aljama de Algeciras, que también se realizó sobre el solar de una iglesia anterior, y no a la fundación de la cordobesa. Va ya para cuarenta años que se argumentó bastante sobre la posibilidad de que la aljama de ‘Abd alRahmán I hubiera tenido nueve naves y no once, como se venía admitiendo tradicionalmente. Primero, fue un reputado especialista en la historia del arte islámico, Mr. Lambert, quien, hacia 1932, lanzó la hipótesis, y, unos años después, el descubrimiento de ciertos textos árabes, que aportaban noticias inéditas sobre el particular, vino a prestar a la misma gran apariencia de verosimilitud. Sin embargo, los resultados de las exploraciones que realizó el maestro Hernández Giménez para dilucidar la verdad fueron precisos y terminantes: las dimensiones primitivas de la aljama en cuestión habían sido las de un cuadrado casi perfecto de unos 79 metros de lado y dividido de S. a N. en dos partes sensiblemente iguales, de las que, una, la meridional, se dedicó a sala de oración, y otra, la septentrional, a patio de 278 PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA abluciones, y dicha sala de oración estuvo constituida, desde un principio, por las mismas once naves que, desde siempre, han recibido el calificativo de primitivas. Lo que esta vieja mezquita es y significa arquitectónicamente considerada, ya ha sido explicado, una y mil veces, por los manuales de Arte al uso, por lo que no considero procedente volver aquí a re- pertirlo. Por contra y siguiendo el estudio cronológico del monumento, añadiré que, a la muerte de ‘Abd al-Rahmán I (30 septiembre 788), la nueva aljama no estaba totalmente construida, y tuvo que rematar la obra el príncipe Hisham I, el hijo y sucesor del gran ‘Abd al-Rahmán, edificando un alminar, un pabellón de abluciones o mida'a y una galería alta o saqifa destinada a la oración de las mujeres. A decir de las crónicas árabes, tanto el mencionado alminar como la citada mida‘a estuvieron íntimamente ligados con sendos muros de cerramiento de la vieja aljama, el septentrional y el oriental, respectivamente. La localización de ambas construcciones tenía, en consecuencia, un gran valor arqueológico, ya que la misma condicionaba el conocimiento de cuáles fueron, en realidad, tales muros de la fundación de ‘Abd al-Rahmán I. Cuando menos, así lo entendió don Félix, por lo que procedió a explorar la cara externa de la cimentación del muro que, por tradición, se venía considerando como el primitivo oriental y, adosados a dicha cara, encontró los cimientos de la mida’a, como era lo presumible. A este importante hallazgo, vino a sumarse, algo después, el de los fundamentos del alminar hishamí, encontrados por el ilustre arqueólogo tras una concienzuda excavación que realizó en el patio actual, donde hoy pueden verse convenientemente señalizados. Y estos descubrimientos jugaron uno de los más importantes papeles en la mencionada polémica sobre las dimensiones originarias de la Mezquita. La ampliación de 'Abd al-Rahmán II Los no pocos años de paz y prosperidad que este monarca, con su sabia política, consiguió para sus súbditos a lo largo de su reinado, supusieron a Córdoba un considerable aumento de población a todos los niveles sociales, y llegó el momento en que a la aljama de ‘Abd al-Rahmán I le faltó capacidad para albergar nuevas gentes. Para paliar en parte esta insuficiencia, ‘Abd al-Rahmán II mandó realizar, en la fundación de su bisabuelo, la construcción de dos nuevas galerías altas en los costados E. y W. del patio, armonizadas con la que levantara Hisham I en el costado S. y destinadas, como ésta, a la oración de las mujeres. Como es lógico, tan pequeño aditamento no resolvió el problema, y, unos quince años más tarde, el soberano decidió solucionarlo ampliando la Aljama en profundidad, con lo que el monumento ganó unos 26,6 metros de largo. Esta ampliación supuso la demolición obligada del viejo muro meridional de cerramiento, que era para los fieles el de la qibla u orientación, y el derribo del nicho de referencia o mihrab del mismo, por lo que se erigió otro en el nuevo muro de qibla. Y el flamante mihrab se inauguró con la jutba correspondiente al viernes 12 de octubre del año 848. También fue ‘Abd al-Rahmán II quien completó las galerías altas del patio edificando otra adosada al muro N., que era el único carente de saqifa hasta entonces. Y fue, igualmente, este monarca quien, en su ampliación, inició la noble y laudable tarea de dar más monumentalidad y prestancia a la aljama cordobesa, tarea en que sería secundado por su hijo y sucesor, Muhammad I, y por sus nietos, al-Mundhir y ‘Abd Allah, con el correr de los años. En efecto y en el año 241 H. (855/6 J. C.), Muhammad I terminó todo el decorado de la parte de mezquita ampliada por su padre y renovó el correspondiente a la parte vieja, según consta en la inscripción cúfica que ostenta el tímpano de la Puerta de San Esteban. Un decenio después, el mismo monarca estableció una maqsura o lugar reservado para la oración de él y su séquito ante el mihrab 279 MANUEL OCAÑA JIMENEZ que levantara su progenitor. Hacia 887, su hijo y sucesor, el soberano al-Mundhir dotó a la Aljama de una habitación, la Bayt al-Mal o Cámara del Tesoro, para guardar las donaciones pías que se hacían al templo. Y, finalmente, el príncipe ‘Abd Allah, hermano y sucesor del desgraciado al-Mundhir, mandó edificar un sabat o pasadizo elevado, mediante el cual el viejo Qasr al-Umara’ y, a la sazón, palacio real omeya, quedó directamente comunicado con la maqsura antedicha, permitiendo al cauto monarca asistir a los oficios de la mezquita sin tener que soportar el contacto con el pueblo. La ampliación de ‘Abd al-Rahmán III Esta nueva ampliación no afectó, como la anterior, a la sala de oración de la Mezquita, sino al patio de la misma y fue motivada por una simple cuestión de estética: tanto el patio como el alminar se habían quedado visiblemente empequeñecidos en relación con dicha sala desde el instante en que ésta fue ampliada en profundidad, y se hacía necesario restituir la armonía del conjunto en lo posible. Su ejecución se inició el año 951 por orden del primer califa cordobés, el gran ‘Abd al-Rahmán III al-Nasir, y, en virtud de ella, se demolió el viejo muro de fachada N. con inclusión del alminar hishamí, se erigió una nueva sumu‘a a unos 8,5 metros al norte de la torre derribada, se levantó nuevo muro de fachada N., que es el actual, y se alargaron los muros laterales de cierre hasta su encuentro con el mismo. Y, aunque no dicen las crónicas nada al respecto, es presumible que se rehiciesen las rnqaìf o galerías altas destinadas a los rezos de las mujeres, ya que tales galerías quedarían totalmente desmanteladas al ampliarse el patio. Complemento de ios que antecede, fue la obra de refuerzo a que hubo de ser sometido el muro de división entre el patio y el oratorio. Este muro se resintió en su estructura a consecuencia de las sobrecargas que le habían supuesto el alargamiento de la sala de oración en días de ‘Abd al-Rahmán II, y hubo necesidad de adosarle otro por su cara exterior o de fachada al patio, el cual vio su nueva anchura disminuida en 1,7 metros a consecuencia de la reforma. Y la fecha de estos trabajos fue la del mes de dhul-hichcha del año 346 H. (23 febrero/24 marzo 958 J. C.), según consta en la lápida árabe existente en la Puerta de las Palmas. Aparentemente, el todopoderoso al-Nasir parece que aportó bien poca cosa a la aljama de sus abuelos; pero, lo cierto es que su sumu‘a fue una pieza arquitectónica fuera de serie que hizo notar su influencia en cuantas torres, tanto islámicas como cristianas, se erigieron durante ios siglos siguientes. Y así nos lo ha dejado firmemente asentado don Félix en su extraordinaria monografía El Alminar de (Abd al-Rahmán III en la Mezquita Mayor de Córdoba, que salió a la luz escasos días antes del óbito del insigne maestro. La monumental ampliación de al-Hakam II Al advenimiento al trono del califa al-Hakam II al-Mustansir, la aljama cordobesa resultaba, de nuevo, insuficiente para cobijar al crecido número de personas que venían obligadas a asistir a los oficios del viernes por entonces. Todas las crónicas árabes que nos documentan sobre el particular andan acordes al respecto y todas también, sin excepción, resaltan que el piadoso hijo y sucesor de ‘Abd al- Rahmán III inauguró su mandato ordenando que se procediese inmediatamente a ampliar la Mezquita hacia el S. tanto cuanto permitiera la proximidad del lienzo meridional del recinto murado de la ciu280 PRECISIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA dad. La fecha oficial del comienzo de las obras fue el domingo 20 de julio del año 962, y no está aún totalmente definida la data de terminación de las mismas, si bien se propone como muy probable la del año 971. A consecuencia de esta ampliación, la más excelsa y maravillosa de cuantas experimentó el monumento, la Aljama perdió el mihrab de ‘Abd al-Rahmán II, la maqsura de Muhammad I, la Bayt alMal de al-Mundhir y el sabat de sAbd Allah. Y, en compensación, alcanzó su largo actual, y se vio enriquecida con el portentoso mihrab que hoy admiramos en ella, una maqsura mucho más amplia y fastuosa que la antigua, una nueva Bayt al-Mal y un no menos nuevo sabat de mayores proporciones que el desaparecido. Una extraordinaria novedad que introdujo esta ampliación alhakamí fue la de los qibab o pabellones cupuliformes, que tanta trascendencia tendrían después en Arquitectura. Mas conviene puntualizar al respecto que, de acuerdo con las fuentes árabes y en contra de lo que se viene afirmando día tras día, repitiendo los supuestos gratuitos de algún que otro de nuestros escritores del siglo XVII, el tránsito a la magna ampliación de al-Mustansir lo señalaba un sólo pabellón, que recibía el nombre de Cúpula Mayor o al-Qubba al-Kubra. Por tanto, malamente pudieron ser destruidas por manos cristianas dos presuntas cúpulas colaterales a la mencionada, porque no existieron nunca. Y, desde luego, el afirmar, como se afirma en una reciente publicación oficiosa, que dicha al-Qubba al-Kubraf la antigua ubicación de la Capilla de Villaviciosa, corresponde al mihrab de ‘Abd al-Rahmán I, es algo tan absurdo y pueril que conviene ignorarlo en absoluto, pues no se puede escribir con una mayor insensatez. Y ya que he hecho mención de la Capilla de Viilaviciosa, aprovecharé la ocasión para recalcar una vez más que, la hermosísima lápida que se expone en la misma del período de al-Hakam al-Mus- tansir y ostenta la fecha de 358 H. (968/9 J. C.) se refiere a la terminación de unas obras que nada tuvieron que ver con la ampliación alhakamí, aunque se pretenda relacionarlas con la misma, divulgando . una pésima interpretación de Amador de los Ríos, el cual leyó “con aspecto de fortaleza y complemento de sus arcadas”, donde las grafías cúficas dicen “con la supervisión de Ma'qil y Tammam sus dos eunucos”, como ya rectificó con todo acierto el inolvidable epigrafista francés E. Lévi-Provençal nada menos que en el año 1931. Y conviene no dar por finalizada la relación de los trabajos de al-Hakam II en la Mezquita, sin añadir que este califa mandó demoler el viejo mida 'a de Hisham I e hizo levantar, en los costados E. y W. de la sala de oración, sendas series de cuatro nuevos cada una: dos grandes para el servicio de los hombres, y dos más pequeños para el de las mujeres. Dotó todos estos pabellones para la ablución de agua abundante, que venía conducida desde la Sierra. Y, por último, ordenó instalar en las fachadas E. N. y W. del patio otras tantas grandes tazas de piedra, a las que iba a para el agua sobrante de los indicados servicios, para que las gentes pudieran aprovecharse de la misma. La última ampliación de la Mezquita En los días de Hisham II al-Mu’ayyad, el hijo y sucesor de al-Hakam al-Mustansir, y en plena dictadura del célebre Almanzor, la población de Córdoba alcanzó su máximo desarrollo, y otra vez se sintió la necesidad de dar mayor capacidad a la Aljama. Entonces se llevó a cabo la ampliación más grande de todas las que experimentó el monumento en cuanto a extensión añadida; pero la más pobre en cuanto a calidad de fábrica. Las obras dieron comienzo hacia el año 987 y tuvieron una duración aproximada de unos dos años, siendo la causa de que se ignore la fecha exacta de la terminación de los trabajos una prohibición impuesta por Almanzor de que no se conmemorase el acontecimiento en inscripción alguna, para evitar que ésta fuera redactada a nombre del califa nominal Hisham II, según 281 MANUEL OCAÑA JIMENEZ hubiese sido lo protocolario. Lo fundamental de esta ampliación, la única que se hizo hacia el E., fue que, gracias a ella, la Mezquita alcanzó las dimensiones extraordinarias que tiene al presente y pasó a ser considerada por los musulmanes como la mayor y más excelsa Aljama del occidente islámico, tanto por su enorme amplitud como por su inusitada monumentalidad. Y lo secundario que, a consecuencia de esta adición, los pabellones que erigiera al-Hakam II para las abluciones rituales desaparecieron y fueron sustituidos por cuatro grandes pilas destinadas a la misma finalidad, las cuales mandó colocar el dictador ‘amirí dentro del patio, donde, por añadidura, hizo excavar la cisterna para la recogida de aguas plubiales, que subsiste todavía. Esta ampliación de Almanzor fue la última que los musulmanes llevaron a cabo en la Mezquita, como todos sabemos, y, aunque tuvieron necesidad, indudablemente, de realizar en ella algunas obras de mantenimiento y reparación, a lo largo de los dos siglos y medio bien cumplidos que el monumento se mantuvo aún consagrado al Islam, tales obras no han dejado huella alguna en las crónicas árabes porque fueron, sin duda, de poca monta, y sólo la Arqueología nos aporta unos pocos datos inconexos entre sí, que a nada autorizan. Más no debemos perder la esperanza de que, en un futuro más o menos próximo, el hallazgo de nuevos textos árabes venga a arrojar alguna luz sobre esa época poscalifal, la más oscura en la historia del monumento. Y, viviendo en esa esperanza, pongo punto final a esta breve síntesis.

jueves, 16 de abril de 2026

COL AL AJILLO Y PIMENTÓN

 

COL  AL AJILLO  Y PIMENTÓN

Este repollo con ajo y pimentón es posible la mejor receta que he probado de col, recomendada por un amigo. Tiene un sabor increíble. Ingredientes básicos que seguro tenéis en la despensa y se prepara en tan solo 20 minutos.

Podemos servirlo como guarnición o entrante, junto a unas patatas asadas y pescado a la plancha, para una comida fabulosa.

Podemos usar col verde (yo use col verde), también puedes usar col morada o una combinación de ambas. En cualquier caso, debemos hervir la col cortada entre 3-4 minutos. Si la dejamos mas tiempo, quedara blanda, lo mejor es que quede al dente.

 

Ingredientes

450 gr de col

60 ml de aceite de oliva virgen extra

1 cabeza de ajo

¼ de cucharadita de guindilla triturada

1 cucharada de vinagre de vino blanco

2 cucharadas de pimentón dulce

Sal

Pimienta negra recién molida

Cebollino picado y pimentón para decorar

 

Elaboración

En una olla grande, llenamos Hasta un poco más de la mitad con agua, sazonamos generosamente con sal y calentamos a fuego alto.

Mientras tanto, retiramos 1-2 hojas exteriores de la cabeza del repollo, luego cortamos la cabeza en 4 trozos de tamaño uniforme, cortamos el tallo de cada trozo y luego cortamos el repollo en rodajas de 1 centímetro de grosor o un poco más, agregamos el repollo cortado a un colador y lo enjuagamos con agua.

Una vez que el agua hierva en la olla, agregamos el repollo cortado en rodajas, mezclamos bien, tapamos la olla y bajamos fuego bajo, y cocinamos fuego lento durante 3-4 minutos o hasta que el repollo este tierno, luego retiramos la olla del fuego, escurrimos el repollo en un colador y enjuagamos con agua muy fría.

Separamos los dientes de la cabeza de ajo, retiramos la piel y cortamos cada diente en laminas.

En la misma olla, que habremos vaciado del agua de cocción del repollo,  calentamos la misma a fuego medio y añadimos el aceite de oliva.

Después de un par de minutos, agregamos el ajo en laminas y la guindilla triturada y mezclamos continuamente. Después de 1-2 minutos, cuando el ajo esta ligeramente sofrito, agregamos el vinagre y el pimentón y mezclamos rápidamente. Luego agregamos la col y sazonamos con sal y pimienta negra recién molida. Mezclamos continuamente durante 2-3 minutos o hasta que la col este ligeramente sofrita y bien caliente.

Transferimos a una fuente grande, espolvoreamos con un toque de pimentón dulce y cebollino picado.

¡Buen provecho!

 

AJILIMÓJILI

 

AJILIMÓJILI

Tortilla española, chuletón, dorada, o merluza. Nada se resiste a esta salsa “ ajilimójili”, una salsa versátil que combina con casi todo. Lo primero que llama la atención es su nombre, sin duda. Luego, sus ingredientes: sencillos y comunes. Lo único que puede llevar un poco mas de tiempo son los pimientos asados al horno, que se pueden comprar ya preparados. No hay problemas. Un clásico de Jaen (Andalucía), el ajilimójili es uno de esos platos fáciles de incorporar a la vida cotidiana. Sobre todo, para añadir un toque de color y sabor.

 

Ingredientes

½ kg de patatas

2 pimientos asados, o 1 frasco de pimientos del piquillo asados

2 dientes de ajo

½ cucharadita de comino molido

1 cucharadita de sal

Un poco de vinagre

Aceite de oliva virgen extra al gusto

 

Elaboración

En una cacerola, hervimos las patatas peladas y troceadas. Una vez cocidas, las retiramos y las dejamos enfriar completamente.

En el vaso de una batidora, mezclamos todos los ingredientes. Es mejor quitar las semillas de los pimientos asados o pimientos del piquillo.

Añadimos aceite de oliva virgen extra al gusto, unos 100 ml. . Prestamos atención tanto a la textura de la salsa como a su sabor final. De hecho, todos los ingredientes, exceptos las patatas, dependen de nuestras preferencias, incluso los pimientos: si quieres un color mas intenso, puedes añadir más.

Lo único que tenemos que hacer una vez elaborada la salsa, es meterlo en el frigorífico para que repose y se enfrié pro completo.

Es un acompañamiento perfecto para la tortilla de patatas, pero sobre todo para el pescado.

¡Buen provecho!

ESPAGUETIS CON GAMBAS AL AJILLO

 

ESPAGUETIS CON GAMBAS AL AJILLO

Ingredientes

160 gr de espaguetis

150 gr de gambas frescas (o congeladas)

2 dientes de ajo

1 guindilla

Aceite de oliva

Perejil fresco

 

Elaboración

Retiramos las cabezas, patas , cola y piel de las gambas (se `puede hacer con langostinos o gambones). Podemos desecharlas o usarlas para hacer un caldo, el cual se puede usar para cocer pasta mas adelante o congelarlo para usarlo en otra ocasión.

En una cazuela de barro, calentamos abundante aceite de oliva. Agregamos el ajo cortado en rodajas y la guindilla. Cuando el ajo empiece a dorarse, apagamos el fuego, añadimos las gambas y tapamos para que se cocinen al vapor del aceite.

Mientras se cocina el ajo y las gambas, en una olla con agua al fuego cocinamos la pasta siguiendo las instrucciones del paquete.

Una vez cocida la pasta y bien escurrida, mezclamos en un bol con las gambas al ajillo para que absorban el aceite aromatizado. Por último, añadimos el perejil fresco muy picado por encima del plato (opcional).

Sevir caliente

¡Buen   provecho!

 

YUSUF III

 

YUSUF III

Yūsuf III: Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. Yūsuf b. Muḥammad b. Yūsuf b. Ismācīl b. Faraŷ b. Ismācīl b. Yūsuf b. Muḥammad b. Aḥmad b. Muḥammad b. Jamīs b. Naṣr b. Qays al-Jazraŷī al-Anārī, al-Nāṣir li-Dīn Allāh. Granada, 27.II.778/16.VII.1376 – Almuñécar (Granada), 29.IX.820/9.XI.1417 (emirato 810-820/1408-1417). Emir de al-Andalus, decimotercer sultán de la dinastía de los Nazaríes de Granada, precedido por Muḥammad VII y sucedido por Muḥammad VIII.

Poeta, tisaSultán nazarí

Biografía

Nació en Granada a media noche del 27 de afar de 778/16 de julio de 1376. Su infancia transcurrió durante la época de apogeo nazarí y bajo la protección del más destacado sultán de la dinastía, su abuelo Muḥammad V (1354-1359 y 1362-1391), que organizó una solemne celebración del icdār (ceremonia de circuncisión masculina) para él y para su hermano menor Muḥammad (VII). En esta ceremonia, que se desarrolló con gran boato y magnificencia de acuerdo con la tradición andalusí, Yūsuf y su hermano demostraron gran valor a pesar de su niñez pues avanzaron sin miedo hacia el encargado de realizarles la operación, según describe el visir y poeta oficial Ibn Zamrak.

Era el mayor de cinco hermanos, que, además de él, fueron Abū cAbd Allāh Muḥammad (futuro sultán Muḥammad VII, hijo de madre distinta), Abū l-Ḥasan cAlī y Abū l-cAbbās Aḥmad, además de su hermana uterina Umm al-Fatḥ, de excepcionales cualidades y cuya opinión y criterio solía seguir cuando accedió al poder.

Recibió una magnífica educación y su formación intelectual, tanto científica como literaria, fue excelente, como se refleja en sus escritos, comentarios y poesías y como avala asimismo la lista de sus maestros, destacados sabios de su época como al-Šarīšī, Ibn cAllāq o Ibn al-Zayyāt.

Cuando su padre Yūsuf II fue entronizado en 793/1391, Yūsuf (III) fue designado heredero oficial por ser el primogénito y, al parecer, también por su cultura, conocimientos y cualidades. Ello provocó el descontento de su hermano (hermanastro) Muḥammad, que ambicionaba ocupar el trono y no dudó en sublevarse contra su padre, aunque sin éxito. Al poco tiempo de esta sublevación, Yūsuf II murió repentina y prematuramente el sábado 16 de ū l-qacda de 794/5 de octubre de 1392, probablemente por envenenamiento con implicación del citado hijo, que fue elevado al trono y se convirtió en Muḥammad VII. Para ello, tuvo que desplazar al primogénito y heredero oficial, su hermano Yūsuf.

A partir de este momento la vida de Yūsuf, que tenía dieciséis años a la sazón, cambió radicalmente: de gozar de un puesto preeminente en la corte de la Alhambra como príncipe heredero pasó al exilio y reclusión en el castillo de Salobreña, en donde su hermano Muḥammad VII lo confinó de por vida para anular toda posibilidad de reivindicación de sus legítimos derechos dinásticos y el peligro de una sublevación.

El castillo de Salobreña era utilizado por los Nazaríes como palacio de recreo, además de ser fortaleza vigía del litoral, pero también desempeñó funciones de cárcel de personajes ilustres y soberanos, como ya ocurriera con el padre de Ismācīl I entre el 713/1314 y el 720/1320. Allí permaneció Yūsuf largos años de encierro llenos de soledad, tristeza y nostalgia por Granada, pero también de indignación y quejas contra su hermano y sus contemporáneos por la injusticia que sufría. Tanto la nostalgia como el reproche a su hermano o el dolor por la muerte de su padre los plasmó en su poesía ya que, como hombre culto y buen literato, se dedicó a la actividad poética, que inició en este prolongado periodo de reclusión de quince años y siete meses.

Pero su destino cambió de pronto cuando, repentina e inesperadamente, su hermano Muḥammad VII, a pesar de su juventud, falleció. Según la versión de las fuentes cristianas, el emir gobernante, consciente de su agonía, quiso antes de morir asegurar el trono a su hijo, para lo que ordenó ejecutar a su hermano Yūsuf recluido en Salobreña. Cuando la orden llegó allí, Yūsuf se hallaba jugando una partida de ajedrez con un alfaquí y solicitó que le permitieran terminarla antes de morir; esta prórroga permitió la llegada providencial de mensajeros desde Granada que anunciaron la muerte de Muḥammad VII y la designación de Yūsuf como nuevo emir, que cambiaba así la tumba por el trono en un instante.

Cierta o no la historia fantástica de la partida de ajedrez, lo que sí parece más que probable es que Muḥammad VII hubiese dado la orden, incluso antes de su agonía, de que su hermano fuese ejecutado cuando él muriera para asegurar así la sucesión de su descendencia. También resulta bastante probable la versión de las fuentes cristianas sobre la muerte de Muḥammad VII por envenenamiento, que habría que atribuir a un complot urdido por los partidarios de Yūsuf para entronizarlo; así lo indica, entre otros indicios, el hecho de que el artífice de su liberación y proclamación, el alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ (un liberto de origen cristiano) se convirtiera enseguida en el hombre más influyente en el estado nazarí por debajo del sultán.

De esta manera y una vez trasladado rápidamente a Granada con gran sigilo para que los enemigos de la frontera no conociesen la delicada situación hasta que el nuevo emir estuviera asentado en el trono, Yūsuf III fue proclamado el domingo 16 de ḏū l-ḥiŷŷa de 810/13 de mayo de 1408. En esa fecha contaba ya casi treinta y dos años, la mitad de los cuales había pasado privado de libertad. Adoptó el laqab (sobrenombre honorífico) de al-Nāṣir li-Dīn Allāh (el Defensor de la religión de Dios).

Nombró como ḥāŷib (gran visir o chambelán) a Abū l-Surūr Mufarriŷ, quien pronto se convertiría en el hombre de confianza del nuevo emir. Más aún: a pesar de sus orígenes cristianos ya mencionados —había sido capturado de niño, islamizado y posteriormente manumitido—, llegó a emparentar con la familia real nazarí y además de forma muy directa: se convirtió en suegro de Yūsuf III, que desposó a una hija suya.

El nuevo sultán era un hombre sabio y culto, como ya se ha dicho, pero merece ser destacada especialmente su capacidad literaria y su producción poética. De hecho, se considera que integra la tríada de grandes poetas del siglo XV, junto con Ibn Furkūn y al-Basṭī. No es de extrañar, por tanto, que cuando salió de su prisión y se instaló en la Alhambra creara una nutrida corte literaria en torno a él, que fue muy fecunda. Así lo revela la existencia de los numerosos poemas que le dedicaron, tanto su poeta oficial y secretario privado, Ibn Furkūn, como más de una docena de otros autores, algunos de los cuales llegan a atribuir ampulosamente el título de califa al emir nazarí. Todos estos poemas fueron reunidos por el citado Ibn Furkūn en una obra, mientras que las poesías compuestas por el propio Yūsuf III fueron tantas como para formar un diván propio que ha sido editado dos veces en el siglo XX. Además de su Dīwān, Yūsuf III es autor de otro libro dedicado a la vida y obra del primer ministro Ibn Zamrak, que sirvió a su abuelo Muḥammad V, su padre Yūsuf II y su hermano Muḥammad VII y cuyas poesías, que decoraban epigrafiadas la Alhambra, reunió en dicho libro.

Su buen carácter y prudencia son alabados no solo por las fuentes árabes, sino también por las castellanas, que dicen que era “apacible y manso, y que contra su voluntad, e inclinación vino a ser enemigo de Christianos” y que “[f]ue buen príncipe, y gouernó su reyno con mucha prouidencia y justicia”, hasta el punto de que no tomó represalias contra los que apoyaron a su hermano para desplazarlo del trono, sino que les concedió cargos y acogió en sus palacios a los hijos de Muḥammad VII.

En cuanto a su vida familiar, se casó tras su largo encierro, casi inmediatamente después de su exaltación al trono, con la hija del difunto alcaide Abū Yazīd Jālid, liberto al servicio de su abuelo Muḥammad V y visir de su padre Yūsuf II, aunque este último lo había ajusticiado por conspirar para envenenarlo. El banquete se celebró en el Riyā al-Sacīd (Patio de los Leones) de la Alhambra y en el primer año su esposa ya alumbró a su primogénito, el último día [30] de muḥarram de 812/[14] de junio de 1409 aunque, desgraciadamente, la madre murió tras el parto. El hijo fue denominado Yūsuf en la caqīqa (ceremonia de imposición de nombre y ofrenda del pelo del bebé) que se celebró al cabo de la semana, el 6 de ṣafar de 812/20 de junio de 1409, y en la que fue saludado como heredero oficial. Pero el destino aciago se cebó nuevamente con el emir y a los dos días vio cómo su hijo moría también. De otro matrimonio posterior con una hija del alcaide Abū l-Surūr Mufarriŷ llamada Umm al-Fatḥ (la Horra On Malfath de los documentos cristianos), también celebrado en el Patio de los Leones, tuvo su segundo hijo, que fue una niña nacida el sábado 8 de raŷab 812/16 de noviembre de 1409. Posteriormente llegó su hijo Muḥammad (VIII), que se convirtió en príncipe heredero y fue el que le sucedió, después su hijo Abū l-Ḥasan cAlī en rabīc I de 814/23 de junio-22 de julio de 1411, luego cAbd Allāh el 30 de raŷab de 818/5 de octubre de 1415, que poco después murió durante un periodo de peste.

Pero antes de esta muerte y en la última decena [19-29] del mes de šacbān del año [818]/[24 de octubre-3 de noviembre] de 1415, Yūsuf III celebró una gran fiesta, en la que obsequió espléndidamente tanto a la aristocracia como al pueblo llano e invitó a los notables de todo el país, a los que regaló magníficas vestimentas. En ella, el emir reunió tres celebraciones: la caqīqa de este recién nacido, el icdār (ceremonia de circuncisión) de dos de sus hermanos y la bayca (juramento de fidelidad) de su heredero, el futuro Muḥammad VIII.

Una de sus primeras actuaciones políticas fue la de remitir una misiva oficial a Alonso Fernández, alcaide castellano de Alcalá la Real, el 20 de mayo de 1408, nueve días después de la muerte de su hermano. En ella informaba sobre la muerte de este y su exaltación al trono al mismo tiempo que expresaba su deseo de mantener la tregua vigente. Igualmente, pedía que, mientras llegaba la respuesta del rey, se ordenara respetar la situación de paz a los fronteros cristianos.

Sus esfuerzos diplomáticos por mantener la paz, consciente de la complicada y peligrosa situación militar en la que se hallaba al-Andalus, dieron fruto y su embajador cAbd Allāh al-Amīn consiguió que los regentes de Juan II, su tío el infante Fernando y su madre la reina Catalina de Lancaster, renovaran la tregua vigente de ocho meses que terminaba el 15 de noviembre de 1408 y se ampliara hasta abril de 1409. Posteriormente, este tratado de paz se prorrogó dos veces: la primera renovación, por cinco meses, se extendió de 1 de abril a 1 de septiembre de 1409 y la segunda, por siete meses, del 1 de septiembre de 1409 al 1 de abril de 1410. Ello no impidió que se produjeran incidentes fronterizos, como el intento de los cristianos de repoblar Priego (el de Málaga) en septiembre de 1408 que los nazaríes desbarataron apoderándose y derruyendo la plaza.

Una vez terminada la tregua, Yūsuf III, que conocía los preparativos castellanos para la guerra, también sabía que era inminente una gran campaña contra el emirato naṣrí. Por ello, los Nazaríes se adelantaron: musulmanes de Ronda atacaron Zahara, fortaleza que había sido conquistada a su hermano por el infante Fernando en octubre de 1407, y la saquearon el 5 de abril aunque sin llegar a reconquistarla, éxito que fue comunicado a la Alhambra y celebrado en ella días después, el miércoles 4 de ḏū l-ḥiŷŷa de 812/9 de abril de 1410. Al mismo tiempo, el hermano de Yūsuf III, el príncipe Abū l-Ḥasan cAlī, dirigió una expedición contra Segura de la Sierra, donde incendió Génave y otros lugares del valle mientras otra parte de su tropa atacaba Caravaca; a su regreso triunfal de Segura, el príncipe tuvo el honor de ver ensalzada su gesta en la casida oficial que compuso el ministro Ibn Furkūn con motivo del cīd al-aḍḥà (fiesta del Sacrificio del cordero) de 812/15 de abril de 1410.

Por su parte, el infante regente Fernando emprendió el asedio de una plaza de importancia, la rica y fértil ciudad de Antequera, cuya estratégica posición controlaba el paso hacia Málaga. Los castellanos iniciaron el sitio el 26 de ese mismo mes de abril y establecieron un enorme cinturón de cinco campamentos situados alrededor de la ciudad para asfixiarla al impedir cualquier apoyo exterior.

La reacción de Yūsuf III fue inmediata y ya el 4 de mayo había concentrado en Archidona su ejército al mando de sus dos hermanos, Abū l-Ḥasan cAlī y Abū l-cAbbās Aḥmad, que al día siguiente establecieron su real en la sierra llamada la Boca del Asna (hoy Boca del Asno), a escasos kilómetros de Antequera y dominando la ciudad. El día 1 de muḥarram de 813/6 de mayo de 1410 se desencadenó una batalla de forma imprevista y caótica que acabó con la derrota de los musulmanes, que tuvieron que abandonar el campamento ante la superioridad castellana y a pesar de la heroica hazaña protagonizada por el jurista Abū Yaḥyà Muḥammad Ibn cĀṣim, que luchó con tenacidad y coraje manteniendo con gran perseverancia y energía su posición de combate; incluso, cuando sus compañeros se retiraban, el ilustre sabio siguió combatiendo en solitario ante los atacantes castellanos, a los que logró detener mientras sus compañeros huían salvando la vida y él acababa sucumbiendo ante la multitud de cristianos.

Otra importante pérdida militar pero sobre todo humana que afectó personalmente a Yūsuf III fue la muerte de su suegro, el alcaide y ḥāŷib Abū l-Surūr Mufarriŷ a primeros de julio de 1410; murió luchando con gran bravura en las cercanías de Montefrío, rodeado de enemigos cristianos en una desafortunada escaramuza en la que, por error, su tropa se había quedado atrás. El propio emir compuso una elegía en su honor conservada en su diván.

Tras numerosas escaramuzas y combates en diferentes lugares de la frontera —algaradas cristianas en la frontera oriental, Loja, Ronda, Montefrío, la hoya de Málaga y Archidona; victorias nazaríes en Montejícar y Setenil—, Yūsuf envió una solicitud de tregua ofreciendo parias a cambio de que se levantara el asedio, pero el infante necesitaba la victoria para su prestigio personal en Castilla y para recuperar la fuerte inversión realizada, por lo que respondió con unas condiciones abusivas y exorbitantes que eran inaceptables para el emir.

Mientras tanto, los nazaríes antequeranos defendían la ciudad heroicamente y con todas sus fuerzas y abnegación, hasta el punto de que despertaron la admiración en el real castellano enemigo, donde sabían que los continuos ataques no dejaban dormir ni descansar a los sitiados y los cristianos no entendían “cómo omes de carne e ueso podian tanto sofrir”.

Finalmente y tras cinco meses de duro asedio durante el que los castellanos sometieron a los de Antequera a cuatro modalidades diferentes de sitio (en mayo, el cinturón de cinco campamentos; en junio, artillería; en agosto, una cerca de tapial; después, apertura de minas en la muralla), se produjo la entrada en la ciudad, que fue saqueada mientras la población se refugiaba en el castillo. Con escasas reservas de agua, los antequeranos tuvieron que capitular a cambio de salvar la vida y sus pertenencias. Los castellanos entraron en la ciudad el 24 ó 25 de septiembre de 1410.

Para Yūsuf III, la pérdida de esta ciudad tuvo un gran impacto negativo por la importante merma territorial y sobre todo geoestratégica que suponía. Además, la caída de una plaza de tan gran fortaleza y relevancia en el emirato fue un duro golpe en la mentalidad y la moral de los andalusíes.

A pesar de ello, se sobrepuso y lanzó una incursión de castigo por los alfoces de Alcalá la Real y posteriormente las tropas nazaríes recuperaron la fortaleza de Jébar, en las cercanías de Antequera, y la derruyeron, aunque los cristianos la ocuparon de nuevo. Estas acciones eran una razón más para que el regente Fernando aceptara las treguas, porque, entre otras circunstancias, el infante quería reclamar el trono de Aragón, vacante tras la muerte de su tío Martín el Viejo el 31 de mayo de 1410. El embajador nazarí Sacīd al-Amīn cerró el acuerdo paz el 10 de noviembre de ese mismo año por un periodo de dieciséis meses, hasta el 10 de abril de 1412. La tregua incluía al sultán benimerín de Fez, como era habitual, y contemplaba las “parias de cautivos” (300), pues Castilla comenzó a imponer la entrega de cautivos cristianos en los tratados que podía. Por parte nazarí, la firmaron Yūsuf III y su hermano Abū l-Ḥasan cAlī, de manera que en caso de fallecimiento del emir su hermano respondía del mantenimiento de la tregua.

A partir de entonces, Yūsuf III pudo mantener la paz ya hasta su muerte prácticamente puesto que Fernando I, una vez que alcanzó el trono aragonés en 1412 tras el compromiso de Caspe y absorbido por cuestiones internas, siguió renovando en nombre de Castilla y Aragón —en su doble condición de regente de Castilla y rey de Aragón— la tregua anualmente hasta 1415. Tras su muerte el 2 de abril de 1416, la regente de Castilla y madre de Juan II hizo lo mismo a partir de 1417, aunque a partir de estas treguas Yūsuf III sí consiguió un plazo mayor, de dos años, si bien tuvo que aceptar a cambio las “parias de cautivos” que después de 1412 había logrado que no se incluyeran en los tratados, ni tampoco parias monetarias. A partir de entonces se fueron concertando treguas en periodos de dos y tres años en 1417, 1419, 1421, 1424 y 1426 con la intervención como representante nazarí de Sacīd al-Amīn, alfaqueque mayor del sultanato.

Por lo que respecta a Aragón específicamente, cuando murió Fernando I, el sucesor en el trono aragonés, Alfonso V el Magnánimo, mantuvo la tregua de su padre hasta abril de 1417, fecha en la que finalizaba. Posteriormente, Yūsuf III mantuvo relaciones y contactos con el soberano aragonés, pero no se iniciaron negociaciones formales ni se estableció tregua oficial.

La buena relación con la corona de Aragón permitió que se realizara una invitación a la emigración a los mudéjares aragoneses hacia Granada. Para ello, se lanzó una proclama desde Barcelona consistente en una supuesta carta de Yūsuf III, que realmente escribió su embajador, de origen mudéjar y que estuvo en Barcelona a finales de 1409 o comienzos de 1410 negociando la renovación de la tregua. En ella se alababa y se presentaba a Yūsuf III como defensor y protector de los musulmanes y a Granada como refugio y morada segura para ellos, al mismo tiempo que se recordaba la obligación de emigrar de territorio infiel.

Por tanto, Yūsuf III proporcionó un periodo de paz considerablemente amplio, pues sentó las bases para que se extendiera más allá de su muerte abarcando casi dos decenios, entre 1410 y 1428. No obstante, como solía suceder en estos periodos de treguas, hubo algunas violaciones incidentales de la paz sin mayores consecuencias pues se resolvieron diplomáticamente, como era habitual.

Estabilizado el frente con los reinos cristianos, a Yūsuf III se le planteó un grave problema con los Benimerines y el sultán de Fez, Abū Sacīd cUmān III (799-823/1397-1420), con el que le enfrentó una gran rivalidad y enemistad que acabó debilitando a ambos estados y beneficiando con ello a los reinos cristianos. La rivalidad desembocó en conflicto abierto por el control de una de las plazas más importantes de al-Andalus, Gibraltar, que había recuperado el abuelo del emir granadino, Muḥammad V, en 775/1374. En el año 813/1410, la guarnición benimerín de Gibraltar se sublevó contra los Nazaríes y se entregó a la soberanía del sultán de Fez. Yūsuf III inició inmediatamente el asedio de la plaza para recuperarla, pero la fortaleza del Peñón, potentemente reforzada además por los Benimerines en el siglo XIV, era tan inexpugnable que los sitiados pudieron resistir varios años. El propio Yūsuf III se puso al frente de sus tropas en el asedio en diversas ocasiones; sus prolongadas estancias en su campamento gibraltareño le llevaron a componer dos de sus casidas sobre el sitio de la plaza en 815/1412 y 817/1414, que posteriormente se incluyeron en su diván.

Además del cerco militar a Gibraltar, Yūsuf III emprendió otra acción estratégica para recuperar la plaza. Con el objetivo de debilitar y desestabilizar el gobierno benimerín de Fez, liberó al sultán destronado al-Sacīd (Muḥammad b. cAbd al-cAzīz), que se hallaba refugiado o recluido en Granada desde niño en 776/1374, y lo proclamó el primero de šacbān del año 813/29 de noviembre de 1410. Luego se dirigió a Málaga, donde entró el lunes 3 de šacbān de 813/1 de diciembre de 1410, y desde allí envió poco después a este pretendiente destronado al Magrib el 17 de ramaḍān de 813/13 de enero de 1411 acompañado de tropas de jinetes y arqueros que alcanzaron la costa magribí y le permitieron desembarcar en tierras de la cudwa al cabo de trece días; dos meses más tarde, la flota nazarí regresaba victoriosa de la conquista de Tánger, cuya alcazaba tomó cĀmir, el hijo de al-Sacīd, el 17 de ū l-qacda de 813/13 de marzo de 1411.

Mientras tanto, los sitiados en Gibraltar resistían el asedio, que se prolongó durante casi cuatro años, hasta que perdieron definitivamente la esperanza de recibir socorros de Fez y se rindieron tras pactar su inmunidad. Además, el enfrentamiento con Fez ya se había solventado —el pretendiente enviado por Yūsuf III y el sultán de Fez Abū Sacīd llegaron al final a un acuerdo para dividirse el Magrib— y Abū Sacīd le había propuesto al emir nazarí firmar la paz tras la fiesta del Sacrificio (del cordero) de 815/13 de marzo de 1413.

La entrada del príncipe Abū l-Ḥasan cAlī, hermano de Yūsuf III, en Gibraltar se efectuó el viernes 15 de ŷumādà I de 817/3 de agosto de 1414; la noticia llegó a la Alhambra el día siguiente, sábado, y para su celebración y ensalzamiento se compuso en aquel mismo momento una casida por el poeta oficial y secretario personal del emir, Ibn Furkūn, y otra más cuando Yūsuf III ocupó la plaza once días después.

Con la recuperación de Gibraltar y una vez muerto el pretendiente enviado por el emir nazarí, al-Sacīd (el primero de muḥarram de 816/3 de abril de 1413, al mes siguiente de su armisticio con Abū Sacīd), se restablecieron las buenas relaciones y amistad entre Yūsuf III y el sultán de Fez Abū Sacīd cUṯmān III (1397-1420), aunque Yūsuf III no cesó de intervenir e influir posteriormente en el gobierno benimerín.

Completan el cuadro de sus relaciones político-diplomáticas los contactos con Túnez (el sultán Abū Fāris le envió caballos y víveres) y el Magrib Central regido por los cAbd al-Wādíes de Tremecén.

Durante el periodo de la sublevación de Gibraltar, también hubo otro motín en el interior del emirato nazarí, en la misma capital, poco antes de la fiesta del Sacrificio (del cordero) del año 815/13 de marzo de 1413. Fue protagonizado por las gentes del Albaicín y otros que los siguieron, al parecer alfaquíes, y no tuvo mayores consecuencias.

Recuperadas completamente la estabilidad y tranquilidad, Yūsuf III no pudo, sin embargo, disfrutar de ellas mucho tiempo. El 26 de ŷumādà I de 818/3 de agosto de 1415 una flota portuguesa de doscientos cuatro barcos apareció en el Estrecho y permaneció varios días en el puerto de Algeciras, desde donde se dirigió a conquistar Ceuta dos semanas después. Los Nazaríes sospecharon que el primer objetivo de los portugueses era apoderarse de Gibraltar y costas andalusíes y rechazaron a los lusitanos; Yūsuf III quiso dirigir personalmente la defensa, pero se lo impidió una grave enfermedad por la que tuvo que ser intervenido, después de muchos días de padecerla, a mitad [15] de ŷumādà II de 818/22 de agosto de 1415.

No obstante, contemplados globalmente en el decenio de su reinado, el sitio de Gibraltar y el incidente de la escuadra portuguesa fueron cuestiones menores que no afectaron mucho la estabilidad general del sultanato y no impidieron a Yūsuf III mantener un estado de prosperidad y brillantez. Así lo muestran las intensas actividades interiores que desarrolló este emir, como la acuñación de moneda (se han conservado dinares de oro batidos a su nombre) o las construcciones en la Alhambra (reforma del palacio del Partal Alto o de Yūsuf III y quizás en el Generalife y alrededores, algunas de ellas en rabīc I y šacbān de 815/julio y noviembre de 1412) y poblaciones fronterizas (ampliación de la alcazaba del castillo de Moclín desde el 22 de ŷumādà II de 812/1 de noviembre de 1409).

Igualmente, realizó numerosos viajes, visitas y estancias por sus territorios con diversos motivos políticos, militares, administrativos o de descanso; así, tenemos constancia de su presencia fechada con total precisión en diversos lugares como la alquería de Wād (Huétor Santillán), Málaga (cuatro viajes, el primero para revisar un alarde del ejército local y durante el que ordenó que se eliminaran las bebidas alcohólicas y se observase rigurosamente la moral y buena conducta), Moclín, Gibraltar (tres viajes al menos), alquería del Nublo (cuatro estancias documentadas, aunque muchas más probablemente), Alhama, Almuñécar (dos viajes), Güéjar, Alhendín y Algarrobo (Axarquía malagueña).

También fue en esta etapa de paz cuando su hermano uterino (de la misma madre) Abū l-Ḥasan cAlī falleció en la capital, la noche del domingo 14 de ŷumādà II de 819/9 de agosto de 1416. No se conoce la causa, pero fue una muerte repentina pues, además de ser joven (menos de cuarenta años), sorprendió al propio Yūsuf III en Huétor cuando iba de viaje. El emir se apresuró a regresar a la Alhambra para las exequias y al día siguiente reemprendió su viaje. La importancia de este hermano en la defensa del Estado y la relación especial que el emir mantenía con él se reflejó en diversos aspectos, como el sobrenombre honorífico que le dio (al-Mucizz li-l-Dawla, que era propio de soberanos), la forma de festejar su matrimonio o llorar su muerte y el papel fundamental que desempeñó en la defensa del Estado andalusí.

Su última actuación política estuvo dirigida al Magrib meriní siguiendo su línea de intervención en el gobierno de Fez. Como en ocasiones anteriores, envió un nuevo pretendiente al trono fesí, el sultán Abū Yūsuf Yacqūb. El emir nazarí, a pesar de que la enfermedad que padecía había empeorado, viajó a Almuñécar para ocuparse personalmente de la travesía del pretendiente, que salió de este puerto granadino hacia el Magrib el 25 de ramaḍān de 820/5 de noviembre de 1417.

Esto sucedía a finales del ayuno del mes de ramaḍān, por lo que Yūsuf III ordenó realizar los preparativos para la celebración de la fiesta de Ruptura del ayuno al término del mes. Sin embargo, la muerte le impidió disfrutar de esta celebración, pues falleció el martes 29 de ramaān de 820/9 de noviembre de 1417, en el mismo Almuñécar. Aquella misma noche lo llevaron en su ataúd a Granada, adonde llegó entrada la mañana del día de la fiesta sin que nadie advirtiera su entrada porque estaban ocupados en la oración de la fiesta, hasta que se reunieron todos en la Alhambra y entonces llevaron a cabo la proclamación del heredero y el entierro de Yūsuf III.

Su prematura muerte —contaba a la sazón solo cuarenta y un años de edad— se debió sin duda a la enfermedad que le aquejaba desde hacía años y que era la tercera vez que la padecía, pero que en esta ocasión no pudo superar. Años atrás había sufrido una fuerte dolencia estando en Málaga, tras su viaje a Gibraltar, de la que pudo curarse el 16 de afar de 814/9 de junio de 1411. Luego había enfermado por segunda vez en ŷumādà II de 818/agosto de 1415, cuando fue operado, y finalmente en 820/1417, cuando murió.

Fue enterrado en la rauda (rawḍa), el cementerio familiar de la dinastía nazarí situado en los jardines contiguos al palacio real, al este de la mezquita mayor de la Alhambra. Tras la conquista de la capital de Granada en 1492 sus restos fueron trasladados, junto a los de otros miembros de la familia real nazarí, por el último sultán de la dinastía, Muḥammad XI (Boabdil), a Mondújar, en las posesiones que a este le concedieron los Reyes Católicos.

Después de nueve años y medio de emirato dejó al-Andalus en paz y estabilidad en todos los frentes y aunque tuvo que pagar el precio de la pérdida de Antequera y algunas otras plazas menores, salió de la situación de tensión bélica que heredó de su hermano y antecesor para legar a su hijo y sucesor un Estado en equilibrio y desarrollo interior y exterior.

Su vida fue breve pero intensa y sufrió con entereza las más duras pruebas del destino, como la cárcel, la sequía en sus territorios o la muerte de sus seres más queridos: esposa, hijos y hermano, a pesar de lo cual mantuvo la fe y confianza en Dios demostrando un sentimiento religioso que se manifestó en su creación poética.

Obras

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al-Baqiya wa-l-mudrak min šicr/kalām Ibn Zamrak, ed. M. Tawfīq al-Nayfar, Beirut, Dār al-Garb al-Islāmī, 1997, y ed. A. S. al-Ḥimī, Sayda, al-Maktaba al-cAriyya, 1998.

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Autor/es

  • Francisco Vidal Castro