SOLO PARA MUJERES: LOS RITUALES DE LA VIDA Y EL ESPACIO DOMÉSTICO
Entre
las paredes de las casas andalusíes y moriscas palpitan los principales
momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los rituales que envuelven estos
límites de la vida están, a la fuerza, en manos de las mujeres
Dolores Serrano-Niza
Universidad de La Laguna
Hadīth Bayāḍ wa Riyāḍ (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº15r. Wikimedia Commons
La casa y los rituales de paso de la vida
El espacio doméstico ha sido, tradicionalmente,
considerado el espacio femenino por excelencia. Aun no estando totalmente de
acuerdo con la ecuación según la cual uno de sus elementos sean las mujeres y
el otro el espacio doméstico, es indiscutible que, desde el punto de vista
metodológico, analizar dicho ámbito resulta ser muy rentable para la Historia
de las mujeres.
De manera que, en este texto, voy a centrarme en el
espacio propiamente femenino comenzando por “la casa” como núcleo y corazón de
la domesticidad. En ella, no solo la distribución de espacios está marcada por
la presencia de mujeres, sino también los objetos que habitan en la vivienda
llevan impregnados una marca de género. Su estudio aporta datos que acaban,
indiscutiblemente, vinculados a la historia de las emociones; a modo de ejemplo
sirvan el ajuar que trae la novia el día de su boda, esa prenda de vestir que
la madre deja en herencia a su hija, el arca que pasará de las manos de la
abuela a la nieta. Es decir, elementos vinculados a la cultura material que,
ahora, por fin, serán rescatados como testigos directos de una época y
observados como objetos de estudio que aporten una información hasta este
momento silenciada en las fuentes.
Otra razón por la que el análisis del espacio
doméstico ofrece tanto interés es porque es el lugar en el que se pare, se
nace, se muere y se descansa, en otras palabras, es orbe en el que se gestan
los rituales de paso de la vida. En ese lugar tan privado es en el que se crea
todo un universo de relaciones tejidas en género femenino cuya exploración
resulta esclarecedora para entender el entramado familiar, pero, sobre todo,
para conocer un mundo femenino de solidaridad, gestión y autonomía, sobre el que
las crónicas del contexto andalusí y morisco no mostraron apenas interés.
El espacio doméstico y el tiempo de las mujeres
Se pudiera decir que al invocar el mundo femenino en
la cronología que aquí hemos determinado – al-Andalus (711-1492) y el periodo
morisco (1492-1609) – las primeras imágenes que surgen son, inexorablemente,
las de mujeres veladas o semiveladas, ociosas entres cojines y enmarcadas en
paisajes domésticos y patios porticados. Son las imágenes de harenes que el
orientalismo del siglo XIX construyó y que permanece en el colectivo imaginario
del siglo XXI absolutamente viva y es más, con más frecuencia de la que sería
deseable, se traslada al estudio de las mujeres de épocas medievales.
«Mujeres de Argel en su apartamento”de Eugène
Delacroix (1834). Museo del Louvre, París. Wikimedia Commons
Junto al romantizado retrato del espacio doméstico se
transmite, además, una idea que también funciona en el imaginario colectivo:
mujeres ociosas, recluidas y ocultas de la mirada extraña; sin embargo, esta
imagen orientalista es fácilmente desmontable a través de la investigación. Se
podría decir, sin temor a equivocarnos, que las mujeres andalusíes y moriscas
se fueron de la Historia, de las que estaban prácticamente ausentes, para
habitar únicamente en el espacio doméstico. Ahora bien, recuperando su estudio
ocurre algo sorprendente, y es que las mujeres vuelven a estar presentes y esta
vez, habitando de pleno derecho esa misma Historia de las que fueron expulsadas
por las fuentes.
“Odalisca con esclava” de Jean Auguste Dominique
Ingres y Paul Flandrin (1842). Walters Art Museum. Wikimedia Commons
Así las cosas, no se puede analizar lo que representa
dicho espacio doméstico en relación con las mujeres sin que, previamente, se
establezca una distinción entre las coordenadas espacio-temporales. En efecto,
hay que tener presente que, en la estructura de una sociedad medieval las
coordenadas tiempo y espacio son diferentes dependiendo de si se nace hombre o
mujer y, de hecho, existe un tiempo y un espacio masculino cuyas coordenadas
vienen predeterminadas por la segregación de espacios que caracteriza a este
tipo de sociedad y que culmina con una predeterminación de roles. Se trata de
un encasillado que convierte al hombre en proveedor con lo que ello conlleva:
trabajo remunerado, reconocimiento y la propiedad del espacio público. Por el
contrario, a las mujeres se les asigna el papel de reproductora: maternidad,
crianza y el cuidado de la familia al completo, tareas que se desempeñan en el
espacio privado. Todo esto afecta profundamente a la coordenada temporal. El
tiempo masculino se ajusta, perfectamente, a la referencia cronológica en la
que se enmarca este trabajo porque ese calendario pertenece a los hombres y se
refiere al transcurrir del tiempo teniendo como contexto el espacio público y
construido con unas bases muy concretas: la alternancia trabajo-ocio;
día-noche y las grandes fechas históricas.
En cambio, de puertas para adentro el tiempo y la vida
transcurre con otros parámetros temporales. Entre las paredes del hogar, los
ejes tiempo-espacio tienen una dimensión muy diferente; ese calendario que se
acaba de describir no es imputable en el caso femenino ya que el cuidado de la
familia -su trabajo principal- desconoce el ocio y el descanso, e, incluso, la
alternancia día-noche. Así es que, excluidas de este escenario, tampoco la
medida artificial del tiempo les afecta, pudiéndose decir que ni el transcurrir
histórico ni el mundo se perciben, por lo que, tal vez, sería más exacto
afirmar que el tiempo de estas mujeres, realmente, sigue su ciclo vital y,
además, está estrechamente vinculado a los rituales de la vida, es decir, el
nacimiento, el óbito y el matrimonio, estando todos ellos, insertos y
arraigados en el espacio doméstico.

«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530).
Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 101 “Morisca en Granada
dispuesta hilar” y 102 «Morisca barriendo la casa». Wikimedia Commons
Alegría y bienvenida: el nacimiento
Entre las paredes de las casas andalusíes y moriscas
palpitan los principales momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los
rituales que envuelven estos límites de la vida están, a la fuerza, en manos de
las mujeres. Ellas paren y lo hacen entre familiares y amigas que las asisten,
creándose una relación puramente femenina en el momento del parto y de la
crianza, que conlleva, también, dos profesiones que salen del espacio doméstico
y atraviesan el público. Me refiero a la comadrona y, en su caso, la nodriza.
La primera no solo atiende partos y enfermedades “de mujeres” sino que llegan a
actuar como verdaderas forenses en determinados momentos, certificando la
muerte del recién nacido si se diera el caso.
Asimismo, en las casas se produce ese momento de
bienvenida a la comunidad que supone la imposición de un nombre propio a quien
acaba de nacer. Durante el periodo andalusí, las madres no asisten a esa
ceremonia, denominada tasmiya. Por el contrario, en la época
morisca, la participación femenina es fundamental, entre otras cosas porque,
ante la obligación del bautismo eran ellas las encargadas de lavar esa huella
y, por tanto, las encargadas del ritual islámico. Esta ceremonia pasó a
denominarse fadas y, según la documentación, se daban dos
rituales diferentes para recién nacidos, dependiendo de si eran niños o niñas.
A estas les pintaban unos puntos en la frente mientras que a los niños le
rapaban parte de la cabeza, desde las sienes hasta la parte posterior.
Asimismo, siguiendo a Tejada Remiro “en los ocho días siguientes al parto, las
mujeres vestían no sé qué alcandora. (…) el día tercero o séptimo después del
nacimiento hacen convites y congregaciones nuevas (…) usando también alcandora
la mujer servía la mesa” (Tejada Remiro, 1855: 389-392).
Queda por conocer cómo eran exactamente esas
alcandoras, pero lo más relevante de esta documentación es, sin duda alguna, la
referencia directa que hace a que las madres moriscas se visten con un
determinado atavío en el momento de la celebración del nacimiento del nuevo
miembro de la comunidad, formando parte, por tanto, dicha prenda del ceremonial
de bienvenida. Téngase en cuenta que, en este caso, se establece un vínculo
entre la ropa vestida en el ceremonial y las mujeres, poniendo de manifiesto la
importancia que ellas tienen en este tipo de eventos, a pesar de que la
tradición parecía haberlas excluido.
«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530).
Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 99.»Traje de casa de las
mujeres moriscas de Granada» y 100. «Traje de casa de mujeres y niñas de los
moriscos». Wikimedia Commons
Tristeza por la pérdida: la muerte
También el protocolo del óbito estaba en manos de las
mujeres. Son ellas quienes lavan y amortajan el cadáver, como bien explica la
cita recogida por Manuela Marín: “Hicieron con ella lo que se hace con los
muertos: cerrarle la boca, ajustarle la barbilla y cubrirle el rostro. Así se
quedó desde la oración de la tarde hasta el día siguiente. Después la lavaron y
envolvieron en el sudario” (Marín, 2000: 611). De hecho, en esta ceremonia
funeraria, la presencia femenina aparecerá en las diferentes etapas que conlleva
el ritual en sí y que comienza con los llantos y el plañir de mujeres que
recorrían las calles dando a conocer la defunción de un pariente; a veces,
desveladas, a veces, autolesionándose, como queda registrado en el tratado
de hisba de Al-Saqati.
Bien es cierto que llorar a los muertos no es propio
de una u otra religión y, si la expresión de los sentimientos fluye -según la
concepción tradicional- con más facilidad entre las mujeres, el duelo es común
a ambos sexos. De hecho, los rituales mortuorios, a juzgar por las fuentes,
igualan en gran medida a toda la sociedad. Y no es menos cierto que, con la
escasez de con las que se cuenta, resulta muy difícil reconstruir no ya una
historia de mujeres sino también lo que ellas sentían, es decir, una historia
de sus emociones. Conocer, por ejemplo, qué sentimientos las estremecían en los
momentos cruciales de la vida es algo quimérico, sin duda, pero el concierto de
fuentes, a veces, saca a la luz datos que pueden reconducirnos por la memoria
de este colectivo. Un ejemplo de lo que acabo de mencionar es el hecho
simbólico del luto femenino. Las mujeres, en el momento de la muerte se ponen
vestidos negros de luto denomindado hidâd y sillâb y,
por otra parte, se sabe que existe un atuendo denominado sidâra,
una prenda de lana que se echaba sobre la cabeza y cubría pecho y brazos, usada
por ellas cuando habían perdido un hijo. Estas manifestaciones de dolor
propiamente femeninas me llevan a considerar que las mujeres son las
depositarias de la cultura. En estas sociedades, recae sobre ellas la
obligación y el deber de transmitir a sus hijos los valores intrínsecos de su
propia comunidad y, por otra parte, la relación entre los vivos y los muertos
es un rasgo cultural de gran importancia, donde cada religión y cada cultura
elaboran y construyen los términos de dicha relación.
En el caso de las moriscas, se podría decir que el
duelo y su ceremonial se llevaba a cabo en absoluta clandestinidad y esto
conlleva un acto de resistencia en las que las mujeres también han sido
protagonistas. Hay documentación con la que corroborar lo que se acaba de
afirmar, entre ellas, la inquisitorial conformada por delaciones y torturas que
relatan la manera en que las mujeres participaron activamente en estos ritos.
Es el caso de la vecina de Granada, María Ruiz, casada con un sastre de Baza, Miguel
López, ambos procesados en 1606. A María Ruiz se la acusaba de “amortajar a un
niño con ceremonia, lavándole todas las partes del cuerpo, y ynvocando a Mahoma
para que llevase su ánima al cielo”, porque la Inquisición perseguía a esas
mujeres amortajadoras que purificaban los cuerpos difuntos con sus lavados.
Una nueva etapa de la vida. El matrimonio
Otro de los rituales de paso que se celebraba entre
las paredes de una casa era el matrimonio. El carácter civil del matrimonio
islámico que se materializa ante un cadí no resulta tan sugerente como la
celebración propiamente dicha. En esta sociedad en que, para las mujeres, el
matrimonio y la maternidad encarnan su auténtico destino trazado de antemano,
la fiesta de la boda acaba siendo una ceremonia puramente femenina, un espacio
de sociabilidad y de resistencia pasiva, si se habla de las moriscas en concreto.
Se sabe que cada boda traía consigo más de una reunión de mujeres encargadas de
los muchos preparativos necesarios para la celebración del festejo y que había
para la ocasión “maestras de bodas”. El protagonismo femenino en este ritual es
absoluto en casi todos sus momentos. Sirva de ejemplo que, por lo general, los
primeros tanteos de boda lo realizan las mujeres: buscan pareja, negocian el
ajuar y la dote y establecen las conexiones entre las respectivas familias de
los futuros novios.
Cuando el festejo propiamente dicho tiene lugar, se
realiza el traslado de la novia hasta su nueva casa y allí recibirá todos lo
agasajos de las mujeres de las respectivas familias y de las allegadas. Las
fuentes no dan mucha más información sobre estos momentos de la boda,
probablemente, porque están teñidos de un halo lo suficientemente doméstico
como para que no interese a las crónicas, pero también porque el territorio en
el que se desenvuelve es absolutamente femenino razón por la que escapa totalmente
a la pluma masculina del cronista. Aun así, sabemos que, en esos momentos, la
novia, sentada en el tálamo nupcial, se halla respaldada por otras mujeres
mientras va recibiendo los regalos en un acto que sirve, a la vez, de
presentación de la futura esposa. Una confrontación de este hecho en los
diccionarios de indumentaria arroja un dato muy interesante: cada momento iba
asociado a un determinado atavío. A modo de ejemplo, citaré aquí el manto que
las cubre en el momento en que son trasladas en palanquín (kidn) o el
que colocan sobre su vestido de novia y que las debe ocultar totalmente (jifâ’).
Asimismo, las mujeres se ocupaban del banquete
nupcial. Excepto del sacrificio de los animales, ritual estrictamente
masculino, todo lo demás estaba a su cargo. La celebración del citado banquete
es un momento social tan esperado como importante, una verdadera ocasión de
unión de la comunidad y de reunión de familias, parientes y amigos. No hay que
olvidar que la unión matrimonial se convierte en una celebración de la
comunidad que refuerza, en gran medida, la cohesión del grupo y que estas
fiestas eran, también, un momento propicio de encuentro y relación entre
hombres y mujeres en edad de contraer matrimonio.
Hadīth Bayāḍ wa Riyāḍ (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº13r. Mujer
hablando con una anciana. Wikimedia Commons
Además, se debe tener en cuenta el capital aportado
por la novia al nuevo hogar. Esa parte de la dote destinada al ajuar de la
recién casada y de la casa y en esto, las mujeres participaban activamente,
sobre todo porque el mobiliario básico de un hogar andalusí o morisco era
textil: tejidos de diferentes texturas y tamaños que servían como alfombras,
tapices, cortinas, manteles, colchones, almohadones, etc. salidos expresamente
de telares domésticos y elaborados para tal ocasión o legados por otras mujeres
a la novia. En definitiva, en el ritual de la boda, la mujer también es la
auténtica protagonista y en las diferentes etapas que componen dicho ritual, es
habitual que se construyan espacios femeninos que escapan, por completo, al
control de los hombres. Así es que la segregación espacial que caracteriza a
toda sociedad medieval ha conducido a las mujeres a la búsqueda de un espacio
propio. Además, pareciera que la participación femenina en los rituales de paso
de la vida irá cobrando paulatinamente protagonismo con el cambio de sociedad
de al-Andalus a la sociedad morisca. Esas transformaciones derivan,
probablemente, de las tensiones entre la población cristiana y la dominada. En
este caso, el papel de transmisora de cultura que tiene la mujer se incrementa
y la necesidad de salvaguardar sus valores la van a situar en un lugar de
relieve. En definitiva, son ellas las que crían a los hijos, les cantan
canciones de cuna, los alimentan con comidas aprendidas de sus madres, les
enseñan juegos y les hacen llegar toda la historia cultural y familiar. Son,
por tanto, las transmisoras de la cultura que poseen y de los valores en los
que se desenvuelven. Sin embargo, la vida de las mujeres y, por tanto, la
sociabilidad femenina se establece, sobre todo, en espacios domésticos, pero
también en los semipúblicos, es decir, en las tareas del campo, las reuniones
para coser, las visitas a otras mujeres de la familia, etc. Este mismo entorno
es el proclive a establecer alianzas solidarias, aunque, como se ha visto, tales
alianzas pueden observarse, con mayor nitidez, en el espacio ritual que a ellas
se ha reservado: los momentos del parto y el nacimiento, la muerte y el
matrimonio.
Para ampliar:
·
Al-Saqati (s. XIII) Kitab fi Adab
al-hisba, traducción de Pedro Chalmeta, 1968.
·
Ana Labarta, «La mujer morisca: sus actividades»,
en María Jesús Viguera (ed.), La mujer en Al-Andalus. Reflejo histórico
de su actividad y categorías sociales, Madrid-Sevilla: Universidad Autónoma
de Madrid y Editoriales andaluzas unidad, 1989, pp. 219-231.
·
Pedro Longás, La vida religiosa de los
moriscos, Granada: Universidad de Granada, 1990.
·
Gloria López de la Plaza, «Las mujeres moriscas
granadinas en el discurso político y religioso de la Castilla del siglo XVI
(1492-1567)», En la España Medieval, 16 (1993), pp. 307-320.
·
Manuela Marín, Mujeres en Al-Andalus, Madrid:
CSIC, 2000.
·
Dolores Serrano-Niza, “Moriscas granadinas en
comunidad (emocional). Indumentaria y ritos en el espacio doméstico morisco
(ss. XV-XVI)» en Mª Elena Díez Jorge, Sentir la casa. Emociones y
cultura material en los siglos XV y XVI, Ediciones Trea, Gijón, 2022,
pp. 279-307
·
Juan Tejada Ramiro, «Colección de Cánones y
concilios de la Iglesia Española», V, Madrid, 1855, pp. 389-392.
·
Thorton, Lynne, La femme dans la peinture
orientaliste, París, ACR Editions, 1993.