TRABAJO DE MUJERES: AGENCIA FEMENINA Y ECONOMÍA PRODUCTIVA EN EL MUNDO
NAZARÍ
¿Y
si las mujeres del reino nazarí no estuvieron confinadas al ámbito doméstico,
sino que fueron protagonistas clave de una economía internacional en expansión?
Este artículo desmonta viejos estereotipos para sacar a la luz el papel
esencial de la mujer en la producción textil, el trabajo agrícola e incluso la
construcción. Desde los telares y el zoco del hilado en Granada hasta los
mercados de seda italianos, las mujeres nazaríes no fueron espectadoras: fueron
tejedoras, hilanderas, comerciantes y agentes económicos de pleno derecho en
una cadena productiva que cruzaba el Mediterráneo.
Adela Fábregas García
Universidad de Granada
Ḥadīth Bayāḍ
wa Riyāḍ . Ms. Vat. Ar. 368, f. 15r.
Una
revisión magnífica acerca de los estudios sobre mujeres en al-Andalus realizado
hace pocos años por Bárbara Boloix en la revista Anaquel de Estudios Árabes,
destacaba lo mucho que se ha avanzado en el conocimiento sobre la mujer
andalusí. Pero también ponía de manifiesto el déficit que encontramos en el
campo concreto del trabajo femenino, y lo residual, casi podríamos decir, que
había sido su estudio hasta entonces. Por supuesto existen aproximaciones
fundamentales, clásicas, ya, por las que cualquiera que pretenda abordar este
campo debe comenzar, como los trabajos de Manuela Marín o de Maya Shatzmiller.
Pero los esfuerzos por avanzar a partir de estas bases excelentes se hicieron
duros durante mucho tiempo, ofreciéndose notas generales o mostrándose como
referencias obligadas, aunque breves. Afortunadamente, sobre todo en los
últimos años, se están realizando esfuerzos más que notables por ofrecer
aproximaciones y reflexiones elaboradas, que están marcando vías por las que
seguir avanzando en este ámbito.
Posiblemente
una de las razones que puedan explicar esta tradicional falta de estudios
específicos en torno al trabajo femenino en al-Andalus tenga que ver con un
problema de acceso a fuentes de información fiables y de calidad. La mujer
tiene un claro reflejo en las fuentes andalusíes, pero si buscamos un perfil
definido como agente económico, ese reflejo disminuye drásticamente, o aparecen
de manera residual.
Familia
y trabajo doméstico
En cualquier caso, no podemos atribuir totalmente
esta circunstancia de manera exclusiva a unas fuentes deficientes. No vemos el
trabajo de las mujeres porque este en muchas ocasiones se hace invisible. En
muchos aspectos, la mujer es una realidad escondida. Responde fielmente a un
estereotipo mantenido a lo largo del tiempo que la ha relegado al ámbito
doméstico, dejando el espacio público al hombre de manera casi absoluta. Como
apuntaba acertadamente hace años Maribel Fierro, Corán y Hadices son bastante claros
y monolíticos en lo que se refiere a las mujeres. Destacan dos ideas básicas,
que obviamente tienen un impacto no menor en el desarrollo de la vida cotidiana
de la mujer musulmana en la Edad Media. Por un lado, se incide en la clara
diferencia entre hombre y mujer, establecida a partir de términos de
superioridad e inferioridad, obviamente en detrimento de la segunda. Y por otro
lado se subraya la estricta separación de ámbitos de vida, que tienen en el
espacio privado, identificado mayoritariamente con el ámbito doméstico, el
lugar natural de la mujer, siendo el espacio público territorio
masculino.
Así pues, tendríamos que buscar a la mujer en lo
que se atribuye como su ámbito natural, que es su casa. Y por extensión se le
presupone realizando tareas propias de esa esfera, que tienen que ver
fundamentalmente con el mantenimiento de la casa y de la familia.
“La cuarta utilidad del matrimonio es librar a la
mente de ocuparse de la ordenación de la casa y de las tareas domésticas…Aunque
careciera de deseo, sería difícil para el hombre vivir solo, porque al ocuparse
de las tareas domésticas perdería la mayor parte de su tiempo y no podría
ocuparse de la ciencia y el trabajo” (Al-Gazali, s. XI).
Evidentemente es aquí, en el espacio doméstico y
en las obligaciones asociadas a la mujer donde buscamos y, encontramos, a las
mujeres con más facilidad. Son ellas quienes asumen esa responsabilidad
siempre. Lo hace de manera directa, en la mayor parte de los casos, o bien, si
la familia goza de una mejor situación económica, delegando en asistentes,
criadas o esclavas, esa responsabilidad del mantenimiento de la casa, en todo
caso llevada a cabo bajo la tutela de su dueña y señora.
“Contrata Fulan (…) a Fulana (…) para el servicio
en su casa, para amasar y cocinar, o para barrer, preparar las camas, traer
agua, lavar la ropa, tejer y otras cosas de servicio…para un año a partir de
tal fecha, por tanto y cuanto …” (Ibn Mugit al-Ṭulaytuli. Formulario notarial.
Córdoba, s. XI).
En cuanto al cuidado de los hijos, las familias
pudientes acuden a nodrizas para su cría y alimentación. Esta práctica estaría
tan normalizada entre algunos sectores que llegó a suscitar quejas cuando no se
podía acudir a esta ayuda; y por supuesto se contempló una normativa
contractual bien regulada para la contratación de criadas y asistentas de todo
tipo en las tareas domésticas de las mujeres de clases sociales y económicas
superiores.
La reina de Omán dando a luz. Ḥarīrī. Maqāmāt
(1237 circa). Bibliothèque
National de France. Ms. Árabe 5847, fol. 122v .
Así que sí, el trabajo doméstico es trabajo de
mujeres y el cuidado familiar su responsabilidad. Pero hay que decir que esta
primera forma de trabajo restringida al ámbito exclusivamente doméstico puede
tener extensiones interesantes, que muestran ya formas de participación
femenina en otros sectores ajenos a la propia familia. Ocurre, por ejemplo, que
la obligación de la mujer de alimentar y cuidar al marido pueda extenderse,
asumiendo también la obligación de asegurar el mantenimiento de todos sus
empleados o dependientes. Así se constata en el s. X, cuando se narra el paso
del alfaquí del siglo X Ahmad b. ‘Abd Allah b. Sa’id, conocido como sahib
al-warda, por una finca rural, donde la esposa del intendente es
responsable de alimentar a todos los jornaleros de la finca, preparándoles pan,
una fuente de requesón, seguramente elaborado también por ella misma, y
cebolla. Otro ejemplo de extensión de tareas que en principio podrían
considerarse como de ámbito doméstico tiene que ver con el trabajo textil,
dedicado en principio a dotar de los tejidos necesarios la casa y la familia,
que es desarrollado muchas veces en el entorno doméstico, pero cuya producción
puede superarlo ampliamente. Hablaremos más delante de ello.
Interesa subrayar ahora esa dicotomía
público/privado en que se ha encerrado el universo femenino andalusí y que ha
podido limitar el conocimiento de la verdadera dimensión económica de su
trabajo. Es también importante aclarar que ese axioma está siendo superado de
manera progresiva, lanzando miradas cada vez menos casuales a los espacios
fuera del entorno doméstico, donde se van buscando, y encontrando, mujeres. Y
también se está desde hace tiempo revisando ese otro principio que vinculaba el
trabajo femenino con el ámbito familiar, de manera que, por ejemplo, el trabajo
en el entorno doméstico se asocia también con actividades remuneradas y con
tareas productivas de significado económico ajeno a la propia familia. En
definitiva, se está planteando la cuestión de si todo el trabajo que
desarrollan las mujeres en ámbito doméstico es un trabajo que podemos
considerar orientado al mantenimiento de la familia… Y la respuesta es que
posiblemente no. Todo ello está permitiendo matizar ciertas cuestiones y avanzar
en el conocimiento de la verdadera dimensión del trabajo femenino en
al-Andalus.
El
trabajo remunerado
Por lo pronto queda claro ya que, aunque
legalmente no parece contemplarse la capacidad de las mujeres para realizar
trabajos remunerados, lo que las convertiría automáticamente en activos
económicos, tampoco existe en realidad ninguna prohibición explícita para ello.
Las mujeres tenían derecho a obtener ganancias, y a mantener esas ganancias
bajo su propiedad. Como nos contaba Ibn Hazm, contemplamos a las mujeres como
trabajadoras remuneradas y lo hacemos en todos los ámbitos, en el campo, en los
entornos urbanos, con actividades asociadas a tareas artesanales e incluso
comerciales, y en el sector servicios, y no solo como asistentas o criadas. Es
cierto que cuentan con limitaciones, o mejor dicho con condicionantes que
conviene no olvidar. Un caso bien conocido, y complejo, es el de las nodrizas.
Legalmente se contempla la posibilidad de que las mujeres, mayoritariamente
dentro del matrimonio, dispongan de su capacidad para amamantar a bebés ajenos
como fuente de ganancias, y que no tengan la obligación de compartir esas
ganancias con el marido, ya que forman parte de su patrimonio personal. Esta
división estricta del patrimonio dentro del matrimonio es un principio
respetado de manera escrupulosa dentro de la tradición jurídica malikí
imperante en al-Andalus. Ahora bien, el hecho de que el marido no tuviera
derecho a beneficiarse de las ganancias de su esposa por esta actividad no
impedía que sí tuviera la capacidad de permitir o negar el contrato que
estipulaba los términos en que se desarrollaría esta actividad. Y podría
hacerlo en virtud del grado de afectación que esa actividad pudiera tener en su
vida marital y en sus relaciones sexuales. Así que esa actividad existió, sí,
estaría contemplada y protegida jurídicamente, pero presentaría limitaciones,
no directas, aunque sí subsidiarias. En muchos casos, si bien no declarado de
manera explícita, el intento de prohibir los maridos el trabajo remunerado a
sus esposas, fuera este del tipo que fuera, tendría que ver con la
consideración social negativa. En este sentido, los juristas tienden a recordar
que una mujer tiene derecho a realizar un trabajo remunerado siempre y cuando
este sea legal y no infrinja las leyes de la moral pública.
Volvamos la vista a esos trabajos remunerados,
que sabemos que realizaban. Podían actuar ofreciendo servicios básicos, como la
asistencia en el hogar, el cuidado y alimentación de los bebés, o como el
oficio extendido de peluqueras, por ejemplo, indispensables en algunos
momentos. Tenían derecho a desempeñar esos oficios y protegían ese derecho
incluso a través de cláusulas específicas incluidas en los contratos
matrimoniales, donde se contemplaba a veces el compromiso expreso por parte del
futuro marido de respetar la actividad de su esposa, al menos sobre el papel
(fuera este derecho finalmente respetado o no). Pero también podemos hablar de
otras actividades que requerirían mayor grado de especialización y formación y
que podían tener una más alta consideración y aprecio social. Conocemos a
mujeres vinculadas a la medicina, con una formación reglada, que ejercerían la
profesión libremente y cobrarían unos honorarios por ello, unos honorarios
altos, como los que cobra la mujer que discute en la fetua de Ibn Saḥl acerca
del tratamiento médico aplicado a dos niñas. Se trataría incluso de figuras que
encajarían en los niveles formativos más altos, como parece ocurrir en este
caso o en el de las hija y nieta de Avenzoar, a quienes acudirían no solo
mujeres, sino también hombres de la corte almohade (s. XII). Y les acompañarían
otras profesionales de la salud como matronas, de amplia experiencia y buena
valoración social.
En los espacios rurales, las mujeres ya no solo
mantienen y asisten a sus hombres. También aparecen desempeñando un número
limitado de labores agrícolas según las fuentes escritas. Pueden aparecer
vinculadas directamente con el trabajo de la tierra, eso sí, siempre dentro de
la unidad productiva familiar y sin que podamos hablar, tal y como advierte
Shatzmiller, de una división de género del trabajo agrícola. El formulario
notarial de Ibn Salmūn nos las muestra en el siglo XIV involucradas en labores
de siembra, cuidado y recolección, e incluso aparecen como aparceras, debiendo
pagar el arrendamiento de la tierra de su esposo:
Se refirió ‘Isa en el Kitab al-yidar a la mujer
que siembra la tierra de su marido con la simiente y los bueyes de éste,
afirmando que la semilla era para la mujer si realmente aquélla declarara que
la sembró para ella misma, pero tendría que pagar el arrendamiento (kirā’) de
la tierra y de los bueyes, así como devolver la cantidad de semilla sembrada,
que había tomado de su marido (Ibn Salmun, s. XIV. Extraído de Cano Ávila,
1987).
Labores agrícolas. Kitāb al-Diryāq. S.XII. BNF,
ms. Árabe, 2964.
Pero resulta llamativo que cuando lo hacen,
aparezcan asociadas en muchos casos a tareas agrícolas vinculadas con el ciclo
de trabajo textil, de manera que, tal y como nos muestra Ibn al-Awwam, aparecen
tratando plantas textiles como algodón y cáñamo antes de someter las fibras al
proceso de hilado (“Con él [cáñamo] hacen las mujeres las mismas maniobras que
con el algodón hasta poder hilarlo, del cual se tejen lienzos…”), o bien
incubando los huevos de gusanos para extraer posteriormente la seda, según se recoge
en un célebre pasaje del calendario de Córdoba (“[En febrero,] las mujeres
comienzan a cubrir los huevos del gusano de seda hasta que nacen”). Esta
dedicación a la actividad textil es una constante en el trabajo femenino, en la
ciudad y en el campo, y deja huella. Estudios de dentición llevados a cabo en
los últimos años a partir de muestras amplias procedentes de la necrópolis
rural de Talará muestran la presencia de dos individuos, un hombre y una mujer
(aunque el número podría aumentar a partir de los nuevos estudios que se están
realizando en la actualidad) con desgaste dental atribuido al desarrollo de
alguna tarea artesanal, ya que se trata de surcos generados por una actividad
diferente a la masticación. El hecho de que en otras ocasiones estas muescas
hayan sido relacionadas con la manipulación de fibras de origen vegetal
relacionadas con la producción textil, ha llevado a pensar que aquí ocurriría
algo similar. Así que la dedicación al ámbito textil es patente, lleva a las
mujeres hasta los campos y deja huellas en su cuerpo.
En cuanto a la actividad femenina en ámbito
urbano, podríamos decir que sigue los mismos patrones que la masculina y cuenta
con un claro reflejo material. Volvamos un momento a esos
interesantísimos estudios osteoarqueológicos. El estudio de algunos huesos deja
elementos de análisis sugestivos. Los huesos largos acusan el estrés que puedan
recibir, ante una mayor carga mecánica, por ejemplo, desarrollando refuerzos
que modifican su morfología en el punto donde reciben el mayor impacto del
estrés de carga. Otro elemento objeto de análisis son las modificaciones que se
puedan observar en la entesis, la cavidad en la que se insertan tendones y
ligamentos de músculos en el hueso. Estas cavidades pueden verse modificadas
cuando el tejido se mineraliza, o se osifica, lo que puede producirse a raíz de
un trauma, de sobrecargas musculares o de desgaste mecánico. Los estudios
realizados hasta el momento en ámbitos rurales y urbanos destacan la presencia
de más huellas de estrés mecánico en huesos largos y desarrollo muscular en
contextos urbanos de ciudades como Baza y Granada, tanto en hombres como
mujeres. En el caso concreto de las mujeres presentan un desarrollo muscular
más acusado en los brazos y en hombros. También se observan diferencias
importantes en las mujeres en la inserción del tríceps en la entesis. Este
músculo interviene en movimientos de extensión del antebrazo y participa
también en la aducción y extensión del brazo en su conjunto, así como en
movimientos de retroversión de la escápula. En fin, se trata de reconocer
patrones generales de comportamientos, por supuesto, no de identificar
actividades específicas, y lo que queda claro es que los hombres, y también las
mujeres, acusarían una mayor actividad física en entornos urbanos, donde el
desarrollo de trabajos vinculados con la producción industrial y comercial es
marcado. Esta circunstancia se ha relacionado con un papel más activo en
trabajos artesanales y comerciales (carga, acarreo) es preponderante.
Una de las actividades que se han tratado más
recientemente tiene que ver con la participación femenina en el sector de la
construcción. Elena Diez Jorge ya llamaba la atención acerca de la vinculación
femenina con esfuerzos constructivos, patrocinándolos, pero también el papel
que podían desempeñar como proveedoras de materiales, artesanas o trabajadoras
no cualificadas, algo vigente fuera de al-Andalus. Su presencia en almacenes de
cal, declarada por Ibn Abdun en su Tratado de hisba redactada en la
Sevilla del s. XII (“Debe impedirse que en los almacenes de cal y en los
lugares vacíos se vaya a estar solos con mujeres”) puede estar en sintonía con
la actividad que tuvieran como productoras de ladrillos de adobe, según nos
descubre también la deliciosa anécdota del rey sevillano al Mutamid que nos
cuenta al -Maqqari: su esposa, I‘timad, vio hacer a las mujeres del pueblo
ladrillos amasando con sus pies la arcilla y quiso ella imitarlas, amasando con
los pies un limo oloroso elaborado con grandes cantidades de azúcar, canela,
jengibre y perfumes de varios tipos.
Las mujeres producen materiales de construcción y
esto refuerza el rastro que la misma profesora Díez Jorge ofrecía respecto a la
gestión por parte de Isabel Robles de una fábrica de ladrillos que proveía a la
Alhambra poquísimo tiempo después de la conquista castellana de Granada, en
1501. Por otro lado, Christine Mazzoli daba un paso más, abriendo la
posibilidad de una intervención directa de mujeres en la ampliación de espacios
domésticos, al construir habitaciones superiores como algorfas. De momento poco
más podemos decir, pero muestra de nuevo la existencia de facetas desconocidas
hasta hace no mucho.
Queremos apuntar también otros ámbitos de
ocupación importantes, aunque apenas estudiados, como la intervención femenina
en actuaciones comerciales propiamente dichas. El reconocimiento de mujeres
mercaderas no es usual, aunque existe. Pueden llegar a alcanzar posiciones
económicas holgadas y una consideración social positiva. Se podía hablar de su
vinculación con la industria alimentaria, preponderante en este caso,
elaborando productos como vinagre, pan, dulces, algunos platos preparados para
su venta… o bien comprando y almacenando bienes, como cereales, con fines
especulativos; o de su calidad como propietarias de establecimientos
mercantiles, como tiendas y alhóndigas. De hecho, convendría hablar también de
la cuestión de la propiedad femenina, que constituye, lo sabemos, un elemento
de no menor importancia a la hora de calibrar su capacidad como agentes
económicos, capaces de gestionar de manera autónoma, compras, ventas,
préstamos, arrendamientos… lo que llevó a las mujeres nazaríes, al menos aquí parece
claro que ocurre, a presentarse como participantes activas del funcionamiento
económico del emirato. Aún sin poder tratar el tema en esta ocasión, no podemos
perder de vista este amplio espacio de estudio futuro.
El
sector textil
De todos modos, por supuesto, la actividad
profesional que permite calificar a las mujeres andalusíes como agentes
económicos de pleno derecho se concentra principalmente en el sector textil,
donde asumen un papel de primer orden. Las tareas textiles de cualquier tipo
tradicionalmente se han interpretado como una extensión de sus habilidades en
ámbito doméstico. Sin embargo, los caracteres de su actuación en un sector
productivo fundamental en la economía de al-Andalus pueden adquirir otras
dimensiones. Nos referimos a una actuación profesional, especializada,
remunerada y fundamental en la industria textil vinculada a un consumo externo,
en el que interviene una actuación comercial. Se trata de una ocupación de
sectores sociales y económicos más necesitados, cargada de una consideración
social no siempre positiva, cuando se excede el entorno estrictamente familiar,
que tiene su posible origen en la concepción generalizada de la figura femenina
de la que ya hemos hablado, pero también en los tintes negativos asociados al
trabajo manual en el mundo islámico.
El peso económico que asume la participación
femenina en la industria textil es tan destacable como para ser protegido, a
través de fetuas que permiten la continuación de la tarea de hilado a las
mujeres durante el ramadán, sin que por ello se considere que están
contraviniendo la norma de ayuno. Y son también objeto de control fiscal, o de
intento de control fiscal, lo que puede generar dificultades, al desarrollarse
muchas veces la tarea en entornos domésticos, difícilmente accesibles a los
extraños. Una fetua firmada por Al-Saraqusti muestra la escena de una mujer
dedicada al trabajo textil en su telar y obligada a pagar al recaudador de
impuestos, para lo que se endeuda (Lagardère, 1995, 175). Desgraciadamente no
disponemos de series que nos permitan hacer un seguimiento fiscal en época
nazarí, aunque los estudios que se están realizando al respecto en primera
época castellana podrían resultar interesantes.
Conversaciones en una ciudad. Al-Ḥarīrī. Maqāmāt
(1237 circa). Bibliothèque
National de France. Ms. Árabe 5847, f. 138.
También en este sector por tanto cabe
replantearse algunas cuestiones tradicionalmente aceptadas en su formulación
actual y en las que matices y puntualizaciones a veces importantes ayudarán a
recalibrar los términos de la participación femenina en la industria textil
como actores económicos de primer nivel.
Tradicionalmente, por ejemplo, se ha atribuido a
la actuación femenina tareas vinculadas con las fases preparatorias y de cría
del gusano de seda, hasta el hilado. En esa línea se entendía también que el
trabajo masculino se centraría en las fases más avanzadas de tejido y acabado,
que podía desarrollarse fuera del ámbito estrictamente doméstico. Con ello se
limitaba su protagonismo en el proceso económico de producción y
comercialización textil. Sin embargo, esta división tan estricta del trabajo no
tendría por qué cumplirse. Lo hemos podido ver en Talará, donde los dientes
desgastados por su uso en el hilado corresponden tanto a hombres como a
mujeres. Por otro lado, Jorge Garrido nos muestra la existencia de hombres
hiladores en la Granada del s. XIV y también de mujeres desempeñando otros
oficios textiles vinculados al tejido de las fibras. Encontramos hilanderas,
devanadoras, tejedoras y bordadoras, y están también implicadas en la
fabricación de productos como alfombras, ropa y artículos de cuero…, de manera
que su participación en la industria textil puede estar mucho más extendida que
su mera implicación en las fases iniciales del trabajo. Contamos incluso con
rastros de mujeres tejedoras, como María de Fez y Constanza de Fez, contratadas
en 1513 en Granada por Juan Alharraz (antes Mahomad), para que enseñaran a
labrar e hilar la seda a sus hijas, Leonor de 7 años y Francisca de 11
años.
Tampoco parece una norma la asociación estricta
trabajo femenino-espacio doméstico en el sector textil. Esta actividad puede
desarrollarse en el entorno doméstico, sí, pero también fuera. Encontramos
espacios de reunión de las mujeres para desarrollar esta actividad, tanto en el
medio rural, tal y como ocurre en los huertos de las afueras de Málaga
trasladados por su repartimiento, o bien desarrollarse en locales adaptados
para estos trabajos. En la tarbea granadina de Bibbalbonut, por ejemplo “texen
xarga e hilan seda […]” a principios del siglo XVI…, y son diversas las
ocasiones en que los mismos tratados de hisba se hacen eco de la
producción textil femenina en el contexto del zoco, aludiendo además a su
participación en el tratamiento de diversas fibras textiles, como seda, por
supuesto, pero también lino y algodón. De hecho, podrían existir lugares
específicamente destinados a desarrollar esta tarea en el espacio público,
concretamente en mercados especializados, tal y como ocurre en la misma ciudad
de Málaga, donde se identifica un zoco del hilado. Posiblemente estuviera
situado en el corazón de la madina y próximo a otros mercados
relacionados con la industria textil, como el de los sastres o alfayates y el
de los pañeros. Sabemos además que en el zoco del hilado las materias primas
eran la seda junto al algodón y el lino, estando además atestiguada la presencia
de mujeres desde bien temprano, tal y como reflejan espontáneos poemas, como la
uryuza del siglo XI firmada por al-Huhali:
“Pero me puso a trabajar, aprovechando/mi
destreza, en el zoco del hilado/diciéndome: “Si quieres cosas bonitas/comer y
beber bien, y ropas nuevas, despabílate, /menea los dedos, y/echa fuera de ti
los caprichos”.
Por último, tenemos que dar una nueva dimensión a
la tarea del hilado. No podemos negar la importancia de la mano femenina en
este trabajo, dentro y fuera del ámbito familiar. Las mujeres que llevan a cabo
esta tarea remunerada pueden trabajar por cuenta propia, vendiendo después su
producto en el mercado, en cuyo caso las madejas suelen ser comercializadas por
intermediarios, como familiares, comerciantes, corredores o recaudadores de
impuestos:
“…en modo ni circunstancia alguna podrán [las
mujeres] poner tenderete [para la venta de su hilado] …Para la venta de su
hilado, conviene que las mujeres no recurran a nadie que no sea un anciano de
fiar; conocido por ser hombre piadoso y de bien. Esto es porque [dichos
intermediarios] se codean con las mujeres, con las que charlan cuando la
entrega o pago [de su hilado]” (Abd al-Ra’uf, s. X).
También podrían asumir encargos con material
proporcionado por terceros. Las mujeres hilan, sí. Pero es que el hilado se
convierte precisamente en la actividad que reporta mayores beneficios
económicos a un emirato, el nazarí, especializado en elaborar materia prima que
es objeto de exportación para nutrir la naciente industria textil europea. La
exportación de madejas de seda hilada constituye, de hecho, una de las
principales fuentes de beneficio económico del emirato nazarí a través del
comercio y de su incorporación a un espacio de crecimiento que está integrando
ya mercados, procesos de trabajo y sistemas de producción preindustrial a
finales de la Edad Media…
Las madejas de seda hilada nazarí son adquiridas
por mercaderes florentinos, pero sobre todo genoveses y valencianos, que llegan
a pugnar por hacerse con el control monopolístico de la exportación de este
artículo, y que las venden en centros textiles sederos como Lucca, Venecia y
Brujas. También llega seda nazarí por esta vía a Túnez, por ejemplo. Así que
cuando un mercader como Leonel Lomelín encarga a granadinas el devanado de
mazos de seda que les habría entregado y por cuya desaparición serían denunciadas,
está poniendo a la mujer en el centro de un proceso económico de gran calado,
convirtiéndola en un agente económico fundamental y en el centro de una cadena
productiva mucho mayor. Queda aún mucho por estudiar en este sentido, pero
sabemos que las mujeres estarían directamente implicadas en la producción del
objeto de interés comercial prioritario de los representantes del gran comercio
internacional, mercaderes extranjeros que llegan a estas tierras buscando la
seda hilada para nutrir la gran industria textil europea.
A pesar de las dificultades con las que se
seguirá encontrando la investigación en este campo, el desbloqueo de
estereotipos puede permitir dar un nuevo impulso a estas investigaciones. Por
supuesto, hay que subrayar la implicación de las mujeres en trabajos
asalariados, principalmente en el sector manufacturero, con particular interés
en la industria textil, y en el sector servicios, que parece amplia. Se trata
de actividades que sustentan su valor como actores económicos y que cuentan con
la protección jurídica, facilitando su participación en un entorno social
restrictivo. Por último, su participación activa en cadenas de producción más
complejas, como la que implica el trabajo textil en una dimensión asociada a
dinámicas de desarrollo internacionales es también un elemento destacable. Todo
ello convierte a las mujeres nazaríes y a su trabajo en agentes económicos de
primer orden.
Para ampliar:
·
Boloix, B., “Los estudios sobre las mujeres en
al-Andalus. Un estado de la cuestión”. Anaquel de Estudios Árabes, 32
(2021), pp. 53-84.
·
Boloix, B., “Las mujeres nazaríes y la seda: una
aproximación a su estudio”, en Artesanía e industria en al-Andalus:
actividades, espacios y organización, Granada, Comares, 2023, pp.
97-114.
·
Boloix, B., “Las mujeres del mundo rural nazarí.
Vidas cotidianas, espacios y objetos domésticos según la Tufhat al-Mugtarib
de Ahmad al-Qastali (siglo XIII)”. Anuario de Estudios Medievales, 53
(2023), pp. 477-514.
·
Cano Ávila, P., Contratos conmutativos en la
Granada Nazarí del siglo XIV según el formulario notarial de Ibn Salmun
(m.767/1366). Tesis doctoral en acceso abierto, Universidad de Granada,
1987 (http://hdl.handle.net/10481/6446), p. 617
·
Díez Jorge, M.E, “Mujeres en la Alhambra:
Isabel de Robles y el Baño de Comares“. Cuadernos de Arte de la
Universidad de Granada, 37 (2006), pp. 45-55.
·
Díez Jorge, M.E., “Women and the
architecture of al-Andalus (711-1492): a historiographical analysis”, en Reassessing the roles of women as «makers» of medieval art
and architecture, Leiden, Brill, pp. 479-522
·
Fierro, M., “La mujer en el trabajo en el Corán y
el Hadiz”, en La mujer en al-Andalus. Reflejos históricos de su actividad y
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·
Garrido López, J. “The Study of Textile
Production at the End of al-Andalus and the Early Sixteenth Century: A
Characterization of the Forms of Production”. Medievalista, 39 (2026),
pp.325-340
·
Lanfranchi, Z., Martín Flórez J.S, Charisi D.,
Jiménez Brobeil S., “Aproximación al estilo de vida en el reino de
Granada desde la antropología física: la ciudad y el
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·
Marín, M., mujeres en al-Ándalus, Madrid,
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Mazzoli-Guintard, C., “Género y arquitectura
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Moreno-Narganes, J. M., “Tejiendo en casa:
actividades textiles y espacios domésticos en al-Andalus (ss. XII-XIII)”, en A.
Clarinda Cardoso, A. Mariani, L. Ferreira, P. Monteiro y R. F. Teixeira da
Conceiçao (coords.), Incipit 9. Workshop de Estudos Medievais da
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·
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