domingo, 29 de abril de 2012

Recetas. Batido de platano al caramelo


BATIDO DE PLATANO AL CARAMELO


Ingredientes

  • 4 vasos de leche
  • 8 cucharadas de helado de chocolate
  • 4 plátanos maduros
  • 4 cucharadas de azúcar
  • Un poco de canela en polvo
Elaboración

Ponemos en  un cazo al fuego con el azúcar y unas gotas de limón, cuando este dorado, añadimos la leche y dejamos hervir hasta que el caramelo se disuelva. Cuidado al añadir la leche sobre el caramelo caliente, pues salta y puedes quemarte, es mejor retirarlo del fuego y lo dejes enfriar un poco.

Vierte la leche caramelizada en el vaso de la batidora, añade los plátanos pelados y cortados a trozos y por ultimo agrega el helado. Bátelo todo unos segundos hasta ver que el plátano esta integrado y bien batido, sírvelo inmediatamente en copas anchas, espolvoreado con una pizca de canela molida.

sábado, 28 de abril de 2012

Recetas. Crepes


CREPES

Ingredientes

  • 250 gramos de harina floja
  • 3 huevos enteros
  • ½ litro de leche
  • Una pizca de sal
  • 80 gramos de mantequilla fundida
Elaboración

Disponemos en un cazo la harina previamente tamizada, añadimos los huevos y la leche poco a poco batiéndolos al mismo tiempo con una varilla hasta obtener una masa fina y sin grumos, seguidamente incorporamos la mantequilla fundida y mezclamos bien, una vez conseguido esto dejamos reposar en el frigorífico por espacio de unos 45 minutos.

Después disponer a fuego lento una sartén antiadherente de unos 18 centímetros de diámetro y verter en ella un poco de mantequilla y extendemos por todo el fondo; retiramos el exceso, a continuación  echamos la cantidad suficiente de masa (un a o dos cucharadas soperas en la sartén e inclinar esta de forma que dicha masa se reparta por todo el fondo de la sartén. Doramos primero por un lado por espacio de unos segundos y después voltearla con ayuda de alguna tapadera y dorar por el otro lado por un tiempo igual. Continuar así hasta terminar la masa.

Recetas. Batido de naranja y chocolate


BATIDO DE NARANJA Y CHOCOLATE


Ingredientes

  • 10 cucharadas de helado de chocolate
  • 6 Naranjas de zumo
  • 6 cucharadas de azúcar
  • 6 cucharadas de brandy
Elaboración

Exprimimos las naranjas, pasamos el zumo por un colador, y metemos el mismo el vaso de la batidora, añadimos el brandy, luego el azúcar y por ultimo el helado, batimos todo junto, a buen ritmo unos segundos hasta que este bien mezclado. Servir en copas altas o en vaso de refrescos.

Recetas. Batido de chocolate con miel


BATIDO DE CHOCOLATE  CON MIEL

Ingredientes

  • 10 cucharadas de helado de chocolate
  • 6 cucharadas de miel clara
  • El zumo de un limón
  • 6 cucharadas de nata montada para adornar (opcional)
Elaboración

Exprimimos el limón y pasamos el zumo por un colador, rebajamos el mismo con dos cucharadas de  agua y vertimos en el vaso de la batidora, añadimos la miel y por ultimo el helado, batimos unos segundos a ritmo fuerte y sírvelos en vasos de refrescos o en copas altas.

En lugar de limón puedes usar el zumo de dos naranjas, en cuyo caso no hay necesidad de rebajarlo con agua.

Recetas. Batido de mandarina


BATIDO DE MANDARINA

Ingredientes

  • 6 mandarinas sin pepitas
  • 10 cucharadas de helado de vainilla
  • 6 cucharadas de azúcar
Elaboración

Pelamos las mandarinas, separamos en gajos y trituramos en la batidora, quitándoles previamente las pepitas, pasamos el zumo por un colador (o bien se exprimen sin pelar por un exprimidor). Echamos el zumo en el vaso de la batidora, añadimos el helado, el azúcar y batimos unos minutos más. Sírvelos inmediatamente en copas altas, se toma con pajitas o con cucharillas, se pueden sustituir las mandarinas por naranjas.

Recetas. Batido de limón


BATIDO DE LIMÓN

Ingredientes

  • 12 cucharadas de helado de vainilla
  • 2 vasos y medio de leche entera
  • 1 limón y medio
  • 6 cucharadas de azúcar

Elaboración

Dejamos el helado a temperatura ambiente para que se ablande y podamos preparar el batido con mayor rapidez. Limpia el limón, ralla la piel y reserva 6 cucharaditas. Exprime el zumo del limón y échalo en el vaso de la batidora, añade también  la corteza rallada, el azúcar, el helado y la leche. Batimos el compuesto hasta conseguir un conjunto homogéneo y guárdalo en el frigorífico hasta el momento de servir.








Historia de los musulmanes en al-Ándalus. La mujer en al-Ándalus (II)



LA MUJER EN AL-ANDALUS


La presencia árabe en toda la Península Ibérica no se resume a los siglos de dominación directa sino que, desde que llegaron al límite de los Pirineos, los árabes dejaron en nuestro territorio una profunda huella no sólo en el ámbito lingüístico o artístico sino también en el social. Así pues la reconquista de esos territorios- en un tiempo árabes- a manos de los cristianos, no borró de un solo golpe aspectos como la religión anterior sino que existieron rescoldos de ella incluso tras la expulsión de los últimos moriscos de la entonces recién creada España.


La España andalusí no era diferente de cualquier otro territorio árabe. Por ello los modelos de familia patriarcal y poligámica -con una diferencia amplia entre los géneros- así como situación de la mujer, podían asemejarse en gran medida a la de sus vecinas africanas o asiáticas: las costumbres y leyes en Al- Ándalus permitían el harén como modelo ideal de familia. En ella el hombre podía tener hasta cuatro esposas aunque el poder económico de la familia era realmente el que determinaba cuantas mujeres podía mantener el varón.


En algunas familias nobles, según explica Jesús Greus, también contaban con concubinas esclavas muchas de las cuales eran de origen cristiano convertidas al islamismo. El número de ellas podía llegar a ser muy extenso pero sólo las que daban un hijo varón al sultán alcanzaban el codiciado título de princesas madre que les daba derecho a tener fortuna personal y a emanciparse al morir su señor. Por ello en la realidad del día a día era el dinero y no la tradición la que en la mayoría de los casos describía a la familia andalusí.


Tanto si las estirpes eran monógamas o polígamas, una cosa compartían en común todas ellas: la solidaridad desarrollada entre las féminas de las familias. Este hecho es considerado como uno de los sistemas de solidaridad y ayuda mutua más estudiados a lo largo de la Historia de las Mujeres ya que debido a la presencia de tantas mujeres en el mismo hogar, entre ellas se desarrollaba un apoyo y cooperación poco común en otras sociedades.


Entre las tareas que repartían sin recelo u odio se encontraban la resolución común de los problemas, el cuidado de los hijos propios y de los de su marido así como las tareas del hogar o trabajos u obligaciones diarias que, por otro lado, no eran distintas a las cristianas y como las otras, su clase social y poder económico determinaban si debían ser ellas mismas las que las realizasen o por el contrario podían disponer de servicio doméstico - compuesto principalmente por esclavas- que cumpliesen con esos tediosos trabajos.


En estos hogares tan amplios podían convivir el varón junto con su esposa- esposas- hijos y sirvientes. En el domicilio pasaban los primeros años de vida mujeres - hasta que se casaban pasando a formar parte de la familia de su marido con quién además vivirían- y varones hasta que el padre los consideraba suficientemente mayores como para educarles él mismo. Asimismo los hombres acudían a la mezquita a recibir las nociones necesarias para su pleno desarrollo como ser humano mientras la instrucción de ellas era recibida directamente por las madres quienes las educaban según la clase social. Así la mujer noble se preocupaba por la cultura y aunque podían ser minoría, hubo mujeres que sabían leer y escribir con el fin de consultar y recitar El Corán.





Éstas pudieron a su vez enseñar a otras niñas recibiendo así el status o reconocimiento de maestras. Nos puede llamar la atención, pues tenemos una idea muy diferente de lo que supusieron, que otro grupo fuertemente influido por la cultura fueran las esclavas de los más poderosos ya que en el mundo árabe la cultura es sinónimo de placer. Por tanto, aquellas que debían entretener y hacer menos pesadas las veladas, habían sido instruidas en las artes y las ciencias, la música y la poesía.


La mayor parte de las salidas de las mujeres en la España árabe tenían un fin religioso aunque no era muy común verlas en las mezquitas ya que la religiosidad de la mujer árabe es más privada que la practicada por las cristianas. Al pasar tanto tiempo dentro de los hogares, éstos contaban con amplios espacios, siendo común que las casas tuviesen dos pisos distribuidos a partir de un patio porticado que en uno de sus lados tenía una escalera por la que se subía al piso superior, reservado a las mujeres. El patio era el centro de la vida familiar donde las mujeres podían estar largo tiempo sin miedo a que alguien pudiese observarlas.


En Al-Ándalus la mujer de las clases más altas tenía una obligación sobre las otras: cuidar su aspecto exterior con el fin de gustar a su esposo, el único autorizado para verla plenamente. A pesar de que eran las más privilegiadas las que cuidaban su aspecto, todas las mujeres acudían una vez por semana- si la sobreabundancia de las obligaciones se lo permitía- a los baños públicos en los que se repartían tiempos y espacios distintos para hombres y mujeres. Allí, además de lavarse, aquellas que lo podían pagar, recibían cuidados especiales como masajes con ungüentos cremosos y olorosos así como atención al cabello- las mujeres solían tener una cabellera larga, espesa y muy negra- y el rostro e incluso han llegado hasta nosotros testimonios que aseguraban que ya en la España musulmana, las mujeres se depilaban con fines estéticos.


En estos baños, según cuentan las crónicas, podían olerse magníficos perfumen que manaban por sus ventanas y es que es por todos conocido los excepcionales perfumes y esencias del mundo árabe. Gracias a los maestros perfumistas, las mujeres poseían distintos frascos que utilizaban en las diversas ocasiones de la vida cotidiana en las que realmente disfrutaban con la fragancia de dulces e intensos aromas.


La coquetería de la mujer andalusí continuaba con el ropaje que solía ser de colores vivos-los más lujosos estaban además bordados con hilos de plata y oro-, donde las telas iban ceñidas a la cintura y la cabeza cubierta. Del mismo modo eran muy comunes los adornos y complementos que, al igual que hoy en día, buscaban resaltar la belleza de las mujeres. Las joyas más comunes eran los collares y brazaletes de piedras preciosas pero también se sabe que usaban diademas o broches de oro, plata y perlas.




(Autora del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:
Ana Molina Reguilón



Historia de los judíos en al-Ándalus. El esplendor del Sefarad


EL ESPLENDOR DE SEFARAD



Los siglos XII y XIII fueron la edad de oro de los judíos en España. De sus aljamas surgieron médicos, financieros, intelectuales e incluso consejeros reales, hasta que el creciente y violento antisemitismo acabó con el esplendor de las juderías hispánicas.


Establecidos en la península Ibérica desde tiempos remotos, los judíos vivieron su época de esplendor en los siglos XII y XIII, cuando muchos destacaron como consejeros y prestamistas de los reyes y sus aljamas conocieron un gran auge económico. En el siglo XV, algunos autores judíos aseguraron que la presencia hebrea en España era anterior a la llegada del cristianismo, tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por el rey babilónico Nabucodonosor II (587 a.C.) y la consiguiente diáspora judía. La Península habría sido un lugar definitivo de refugio que, a lo largo de los siglos, se convirtió en una verdadera patria para generaciones de judíos, hasta la dramática expulsión de su antiguo hogar por los Reyes Católicos en 1492. En realidad, la arqueología y la epigrafía nos dicen que la presencia judía en la Península no fue anterior a la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén por los romanos (70 d.C.). A partir de entonces, las comunidades judías se desarrollaron en la costa levantina y en el sur peninsular. En el siglo VII sufrieron una creciente persecución por parte de las autoridades visigodas, que alcanzó su momento de culminación con Egica (687-702), quien ordenó la confiscación de todas las propiedades de los judíos y la retirada a los padres de la custodia de sus hijos para educarlos en el cristianismo. Esta situación explica que, en el año 711, los judíos recibieran a los musulmanes como auténticos liberadores. Las comunidades judías conocieron un considerable desarrollo en Al-Andalus. Tras la crisis del califato de Córdoba, a principios del siglo XI, las comunidades hebreas resurgieron con los reinos de taifas, gracias a la labor desarrollada en las cortes de algunos de estos reinos por destacados personajes judíos. Diversos fueros de los siglos XI y XII garantizaban la autonomía administrativa y judicial de los judíos, organizados en corporaciones denominadas aljamas. En los fueros se especificaban los privilegios de los judíos: el derecho a profesar libremente su religión, el reconocimiento de la plena propiedad de todos sus bienes muebles y raíces, la confirmación legal de los contratos de préstamo, y la autonomía judicial en causas civiles y criminales. La reticencia popular hacia los judíos se incrementó desde el siglo XII, lo que tiene mucho que ver con el crecimiento demográfico de las comunidades hebreas y, principalmente, con el peso cada vez mayor que fueron adquiriendo los judíos mercaderes y financieros en relación con los judíos agricultores. En la segunda mitad del siglo XII llegaron a los reinos hispano-cristianos grupos numerosos de judíos andalusíes que huían de Al-Andalus tras su invasión por parte de los almohades. Las juderías de ciudades como Toledo y Gerona experimentaron un gran crecimiento. Comenzó así una fase de esplendor en la historia de los judíos hispanos que, sin embargo, no estuvo exenta de tensiones y traumas. A lo largo del siglo XIII, el número de funcionarios y cortesanos judíos creció de forma considerable tanto en la corte castellana como en la aragonesa. Sin embargo, a mediados de este siglo el antijudaísmo también avanzó en los reinos hispanos no sólo en el terreno doctrinal, sino también en el legislativo. El terror producido por los asaltos a las juderías en 1391 provocó que muchos judíos se convirtieran al cristianismo. Pese a que el sentimiento antijudío se extendía rápidamente por el reino de Castilla, la primera mitad del siglo XIV fue uno de los períodos más esplendorosos para el judaísmo castellano gracias a la política abiertamente projudía de Alfonso XI y, muy en particular, de Pedro I, bajo cuyo reinado algunos judíos alcanzaron puestos de responsabilidad en la corte, velando desde ellos por el bienestar de sus correligionarios. En definitiva, en la segunda mitad del siglo XIV el antijudaíso era ya un fenómeno irreversible en los reinos hispánicos. Alcanzó sus más altas cotas en 1391, con las persecuciones que, iniciadas en el valle del Guadalquivir, se extendieron rápidamente por numerosas comarcas hispanas, provocando la ruina de algunas de las aljamas más importantes. La comunidad judía nunca se recuperó.


Historia de los cristianos en al-Ándalus. Mozárabes - los cristianos del Islám

MOZÁRABES, LOS CRISTIANOS DEL ISLAM

En el siglo X, muchos cristianos arabizados procedentes de al-Andalus llegaron a la España cristiana. Influidos por la brillante cultura árabe, vivían, vestían y hablaban como los musulmanes.

En el siglo X, en los pueblos y ciudades de la España cristiana había muchas gentes que hablaban, vestían y se llamaban como los árabes. Pero no eran musulmanes, sino cristianos «arabizados» llegados de al-Andalus. «Mozárabes», «muzárabes», «almosárabes», «mixtiárabes»... Con todos estos nombres se conocía en la Edad Media a los habitantes de la península Ibérica que, siendo cristianos, residían o habían residido en al-Andalus. El término procedía del vocablo árabe musta’riba, utilizado por los musulmanes para referirse a las comunidades no musulmanas que adoptaban la cultura árabe. Un «mozárabe» era, por tanto, un cristiano «arabizado». Descendía de aquellos hispanos que no huyeron al norte ni se resistieron tras la repentina invasión musulmana del año 711 y aceptaron la imposición de un nuevo orden social, político, económico y militar. Siguiendo los preceptos del Corán, que no admite la coacción en la religión, los musulmanes respetaron a cristianos y judíos que vivían bajo su dominio. Les llamaban «gentes del libro» (ahl al-kitab) y les permitían practicar su religión a condición de que no hiciesen proselitismo. La coexistencia de credos se basó en un pacto: los no musulmanes tenían libertad de culto y derecho a organizarse municipal y jurídicamente, pero a cambio debían someterse a la autoridad militar y civil islámica y pagar un impuesto especial, la jizya. Los nasara, cristianos practicantes, pervivieron así en el territorio de al-Andalus. Su propia existencia constituía un tipo de resistencia; pero paulatinamente fueron adaptándose a la cultura que les rodeaba y tomando algunas de sus costumbres. Muchos dejaron de comer carne de cerdo, algunos se circuncidaron y la mayoría aprendió árabe. La influencia fue haciéndose notar en las comidas, las fiestas, los vestidos, la arquitectura... Al mismo tiempo, el aislamiento les llevó a preservar tradiciones que los cristianos del norte de la Península iban perdiendo. Se creó, así, una cultura propia de unas comunidades muy concretas, las llamadas «mozarabías». La mayor parte de éstas se encontraban en zonas rurales, pero las de más peso estaban en urbes como Córdoba, Mérida, Sevilla, Granada, Toledo o Zaragoza. En esos lugares, la población anterior a la ocupación islámica, formada por hispanorromanos, visigodos y judíos, se integró con mayor facilidad en la cultura de los conquistadores. Pronto empezaron a multiplicarse los «muladíes»: eran conversos al Islam o descendientes de matrimonios mixtos que pasaban obligatoriamente a ser musulmanes. A causa de ello, el porcentaje de la población cristiana fue decreciendo. La medicina, por ejemplo, era estudiada a partir de escritos latinos y practicada sobre todo por cristianos, judíos y muladíes. Éstas tres comunidades constituían también la mayoría de los astrólogos y de los farmacéuticos. La convivencia pasó, sin embargo, por momentos de tensión, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo IX. Muchos cristianos emigraron de al-Andalus para participar en el proceso repoblador de la Meseta norte que, impulsado por los reyes leoneses, se llevó a cabo en los siglos X y XI. Los cristianos que habían vivido en al-Andalus llevaron consigo a la Meseta algunos de los rasgos del mestizaje cultural del que procedían. El avance de la Reconquista cristiana no terminó con el fenómeno mozárabe. Al contrario, éste ganó un peso aún mayor. Especial importancia tuvo la conquista de Toledo por Alfonso VI, en 1085. A diferencia de lo que ocurriría más tarde en la conquista de las grandes urbes andaluzas, en Toledo no hubo un desalojo de los musulmanes para dar paso a los cristianos, sino que la mayor parte de la población, de origen hispanocristiano, permaneció en la ciudad. Quizá por ello, la élite mozárabe mantuvo el control del gobierno local. A Toledo emigraron en el siglo XII cristianos y judíos andalusíes, que huían de la llegada de los almohades, dinastía de origen bereber que rompió con la tradición de relativa tolerancia que había imperado hasta entonces en al-Andalus. Durante bastante tiempo, el árabe se siguió hablando y escribiendo en Toledo. En el siglo XIV, este fenómeno ya agonizaba. El castellano se había impuesto como lengua escrita y hablada, y los nombres de los toledanos, y de sus antepasados, volvían a ser latinos.